¿Sella la muerte el destino del hombre, o existe otra oportunidad?


person Autor: William Wooldridge FEREDAY 36

flag Temas: La muerte y el cristiano El estado eterno


1 - Un tema solemne

Este articulo trata sobre el futuro de quienes mueren en sus pecados, y ante un tema tan solemne, tememos escribir una sola palabra inexacta. Es evidente que la opinión humana no tiene aquí ningún valor. Si todas las autoridades eclesiásticas de la cristiandad se reunieran y llegaran a una opinión absolutamente unánime sobre el tema, esta no tendría ningún valor. Aquí, más que en ningún otro lugar, necesitamos la luz del cielo. Solo Dios conoce este tema y puede hablar de la vida en el más allá. Solo él sabe verdaderamente lo que merece el pecado. Su Palabra es la única autoridad para nuestras almas.

El tema es angustioso. Al hablar del juicio temporal, el Salvador lloró (Lucas 19:41-44); Jeremías habría deseado que su cabeza fuera aguas y sus ojos una fuente de lágrimas (Jer. 9:1); e Isaías experimentó una profunda agitación interior y una gran angustia (Is. 16:11). El apóstol Pablo, ante la ruina, tanto temporal como eterna, que esperaba a sus hermanos incrédulos, sentía una gran tristeza y un dolor continuo en su corazón; e incluso había deseado ser, por anatema, separado de Cristo por ellos (Rom. 9:1-4).

2 - El carácter divino

El cristiano se atiene a lo que dice la Escritura, y no tiene por qué decirle a Dios lo que conviene hacer. El discurso moderno según el cual un Dios de amor no podría en ningún caso castigar eternamente a los pecadores es absurdo. No corresponde a los hombres decir lo que el Creador debería o no debería hacer; más bien deberían discernir, a partir de su Palabra, lo que él ha dicho que quiere hacer. Cabe señalar que las declaraciones más contundentes sobre la ira venidera fueron pronunciadas por el propio Salvador y escritas por la pluma del apóstol del amor (Marcos 9:42-48; Lucas 16:19-31; Juan 3:36; Apoc. 14:9-11; 20:10-15).

3 - La constitución del hombre

Nos dirigimos, pues, a la Palabra de Dios. El hombre se diferencia de los demás seres creados en que está constituido por «espíritu, alma y cuerpo» (1 Tes. 5:23). Los ángeles son solo espíritus (Hebr. 1:7); los animales se componen de un alma y un cuerpo (Gén. 1:20, nota). El espíritu es la sede de la voluntad y de la inteligencia –las facultades mentales y morales (1 Cor. 2:11); el alma es la sede de los afectos (o sentimientos) y los deseos (1 Sam. 18:1; Lucas 2:35; Hebr. 10:38; aunque este término se utiliza a veces en el sentido de mera personalidad, como en Ez. 18:4; 1 Pe. 3:20); el cuerpo es el recipiente a través del cual se expresan el espíritu y el alma. La palabra «mortal» solo se aplica en las Escrituras al cuerpo; nunca al alma ni al espíritu.

La verdadera vida del hombre es algo distinto del cuerpo. Esto se vio desde el principio. Jehová Elohim formó primero al hombre del polvo de la tierra (es decir, formó su cuerpo); luego le insufló en las fosas nasales el aliento de vida, y así el hombre se convirtió en «un ser viviente» (Gén. 2:7). Las palabras de nuestro Señor en Mateo 10:28 van en este sentido; ante la inminente persecución, dijo a sus discípulos: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero que no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir el alma como el cuerpo en el Gehena». Los hombres podían matar el cuerpo, pero el alma estaba absolutamente fuera de su alcance. Sin embargo, cuando habla de Dios, el Salvador abandona la palabra «matar» y la sustituye por «destruir». Por lo tanto, el alma puede ser «destruida», pero no «matada». Juan 10:10 demuestra de manera concluyente que no se trata de un simple cambio de término. «El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir». Así pues, «matar» es una cosa; y «destruir», otra muy distinta. Volveremos sobre este punto en un momento.

Numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras muestran que, para el hombre, la muerte del cuerpo no es el fin de todo. Bastarán 2 pasajes al respecto. En Mateo 22:31-32, nuestro Señor insiste en que el alma vive, aunque el cuerpo se haya descompuesto, recordando a los saduceos que Dios utiliza el presente cuando habla a Moisés de Abraham, Isaac y Jacob. Refiriéndose a hombres que llevaban mucho tiempo muertos, Dios dice: «Yo soy el Dios de Abraham, etc.». A continuación, el Señor dice: «Dios no es el Dios de muertos, sino de los que viven». Así pues, para Dios, los hombres que se despidieron de la tierra hace siglos siguen vivos, pero en otra esfera. La conocida parábola del rico y Lázaro es una ilustración muy llamativa de esta solemne verdad (Lucas 16:19-31). La enseñanza que se desprende de ella es tan indiscutible que se han realizado esfuerzos desesperados por descartar este pasaje; y para ello, se le han atribuido interpretaciones de las más grotescas. Pero, aunque las olas de la incredulidad rompan con furia sobre él, esta historia permanece con su doble imagen: se ve a los hombres vivos en la tierra; luego se ve a esas mismas personas en el más allá, en sus respectivas situaciones de felicidad y desdicha, y ambas situaciones son inmutables.

4 - La palabra «destruir»

Volvamos a la palabra “destruir”. Hay varias palabras que se traducen así, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, pero ninguna significa aniquilación. “Ruina” o “desolación” significa que la persona o la cosa en cuestión queda inutilizada para el fin al que estaba destinada. Del mismo modo que hoy diríamos que un castillo bombardeado ha sido destruido; nadie supone que el edificio haya sido borrado por completo del mapa, sino que ha quedado inutilizado para residir en él o para utilizarlo como defensa en el futuro. La palabra que más se utiliza a este respecto en el Nuevo Testamento se traduce como “destruir”, “perecer” y “perder”.

Veamos algunos ejemplos, relacionados con otros temas distintos de las almas de los hombres:

Si examinamos estos pasajes, veremos que la idea de la extinción del ser no puede contemplarse ni por un solo instante.

5 - La palabra «eterno»

Circulan muchas tonterías sobre el significado de la palabra «eterno». Por sí sola, 2 Corintios 4:18 basta para indicar su fuerza a una mente honesta: «Las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas». El término “eterno” se opone así a “por un tiempo”. Uno expresa lo que está limitado por el tiempo; el otro, lo que no tiene ningún límite temporal. En las Escrituras, “eterno” se aplica a Dios mismo (Rom. 16:26); a la redención obtenida por el Señor Jesús (Hebr. 9:12); a la vida y la salvación de los creyentes (Juan 3:16; Hebr. 5:9); a la gloria a la que están llamados los santos (1 Pe. 5:10); y al juicio de los incrédulos (Mat. 18:8; 25:46; 2 Tes. 1:9; Hebr. 6:2). Esta palabra solo puede tener un único significado en los diversos contextos en los que el Espíritu de Dios se ha complacido en utilizarla.

6 - La expresión «por los siglos de los siglos»

La expresión «por los siglos de los siglos» aparece (aproximadamente) 21 veces en el Nuevo Testamento. 17 veces se aplica a Dios –a su ser, a su reino y a su culto–; una vez, al reinado de los santos; y 3 veces, al castigo de los perdidos. Insistamos en este hecho: el lenguaje más contundente que se conoce para expresar la eternidad se utiliza para el Ser divino, para la bienaventuranza de los creyentes y para los tormentos de los incrédulos. Si la expresión ya no se aplica a uno de estos elementos, entonces ya no se aplica a ninguno de los demás, pues la misma expresión se utiliza precisamente para todos de la misma manera.

7 - ¿Qué es la muerte?

Ahora unas palabras sobre la muerte. No es el cese de la existencia. Existen 3 tipos de muerte para el hombre considerado pecador: la muerte espiritual, la muerte corporal y la segunda muerte. El primer tipo representa el estado moral de perdición del hombre respecto a Dios (Efe. 2:1); el segundo tipo es la desintegración del cuerpo; y el tercer tipo es el lago de fuego. Pero ninguno de ellos significa dejar de existir. El hombre espiritualmente muerto está lleno de energía para el mal, «cumpliendo la voluntad de la carne y de los pensamientos» (Efe. 2:3); el hombre corporalmente muerto sigue viviendo para Dios, como ya nos han mostrado Lucas 16:19-31 y 20:37-38; del mismo modo, el lago de fuego no significa el cese de la existencia, pues cuando el diablo es arrojado allí 1.000 años después de la Bestia y el Falso Profeta, encuentra allí a esos transgresores aún presentes (Apoc. 19:20; 20:10).

La muerte es una separación. El hombre espiritualmente muerto está separado de Dios; ningún movimiento de su ser se dirige hacia Él; el hombre corporalmente muerto está separado de todas las relaciones que tenía el cuerpo; y quien sufre la segunda muerte se encuentra separado de Dios y de todo lo que es bendito y santo por la eternidad.

8 - «Hades» y «Gehena»

«Hades», que significa «lo invisible» –el equivalente neotestamentario del «Seol» del Antiguo Testamento– representa la condición de los hombres en su estado despojado*. «El Gehena» es el lago de fuego en el que todos los transgresores –Satanás, los demonios y los hombres incrédulos– serán arrojados al final. El hecho de que el alma sea consciente tras abandonar el cuerpo queda claramente demostrado en pasajes como Lucas 16:19-31; Isaías 14:9-10; Ezequiel 32:21; Apocalipsis 6:9-10. Todos estos pasajes representan a hombres entablando una conversación mientras se encuentran en un estado desnudo [1].

[1] NdT: Alma desnuda, despojada de su cuerpo. “Despojado” = ἐκδύω. En 2 Corintios 5:3-4, se habla de una persona resucitada de entre los muertos, pero que, no obstante, se encuentra moralmente «desnuda» en sus pecados ante Dios. En Mateo 27:28 y Lucas 10:30, la versión inglesa autorizada (King James) utiliza el término “desnudo” para traducir esta misma palabra griega.

El término “castigo” no tendría ningún sentido si se aplicara a un objeto inanimado o inconsciente. Azotar a un cadáver no tiene sentido si la intención es castigarlo. La condición fija e inmutable de los hombres que han cruzado la línea divisoria se expone solemnemente en Lucas 16:26 y Apocalipsis 22:11. Este último texto afirma que la naturaleza tanto de los salvados como de los no salvados permanecerá inalterable e inmutable para siempre.

9 - «Los espíritus encarcelados»

A los hombres les gusta aferrarse a la idea de que, de una forma u otra, hay esperanza más allá de la tumba. Para fortalecer sus almas en esta gran ilusión, a menudo se tergiversa la Palabra de Dios. El pasaje de 1 Pedro 3:18-20 es su favorito. Si Cristo predicó a los espíritus en prisión –dicen–, entonces hay una buena noticia preparada para los hombres en el mundo invisible. Pero Pedro no afirma que se predique un Evangelio a las almas pecadoras en el más allá. Tal idea, totalmente en desacuerdo con toda la Escritura, se debe a una gran falta de atención a las palabras del apóstol. El versículo 19 no debe separarse del versículo 18. «Cristo padeció una sola vez por los pecados, [el] justo por los injustos, para llevarnos a Dios, sufriendo la muerte en la carne, pero vivificado por el Espíritu; por el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados».

Por lo tanto, no se trataba de una predicación personal por parte de Cristo, al igual que en Efesios 2:17: «Y, vino y anunció la paz a vosotros los de lejos, y paz a los de cerca»; este pasaje hace referencia, sin lugar a duda, al testimonio actual del Evangelio, y es evidente que el apóstol no quiere decir que Cristo predique en persona. Así, en 1 Pedro 3:19, Pedro dice que Él predicaba por (o en) el Espíritu. 1 Pedro 1:11 nos da la clave de esta cuestión: el Espíritu de Cristo estaba en los profetas del Antiguo Testamento; a través de ellos, su voz se oía entre los hombres. Ahora bien, Noé era un «pregonero de justicia», como dice expresamente Pedro en su Segunda Epístola (cap. 2:5). Si a esto le sumamos la declaración de Génesis 6:3: «No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre», aprendemos de manera concluyente que había un testimonio de gracia del Espíritu de Cristo «cuando la paciencia de Dios esperaba en los días de Noé, mientras se preparaba el arca». Es porque los hombres desobedecieron ese testimonio por lo que hoy son «espíritus encarcelados», pero no eran «espíritus encarcelados» cuando Noé se dirigía a ellos.

¡Ojo! No hay motivo alguno para pensar que los hombres de la época de Noé, de entre todas las generaciones de hombres que han vivido y han muerto, tuvieran una oportunidad especial de salvación durante los 3 días en que nuestro Señor permaneció en un estado “desencarnado”. ¡Esta idea carece por completo de fundamento y es absurda!

La enseñanza de este pasaje puede resumirse así:

  • ¿Quién predicó? Cristo, pero por medio de (o en) el Espíritu. No el espíritu personal de Cristo en un estado “desencarnado”, sino el Espíritu Santo, al que en la misma Epístola (cap. 1:11) se le llama «el Espíritu de Cristo». Es él quien, por medio del Espíritu, habló a través de Noé.
  • ¿A quién predicó? A las personas que vivían en la tierra en la época de Noé. Se mostraron «desobedientes», por lo que ahora sus espíritus están en prisión.
  • ¿Cuándo predicó? «Cuando la paciencia de Dios esperaba en los días de Noé, mientras se preparaba el arca» (1 Pe. 3:20).

10 - Predicar a los muertos

Algunos se basan en las palabras del apóstol en el capítulo siguiente: «Por eso también a los muertos les fue predicado el Evangelio; para que sean juzgados según los hombres en cuanto a la carne; pero que vivan en espíritu según Dios» (1 Pe. 4:6). Pero esto no significa que la buena nueva se les haya predicado a esas personas después de su muerte. Significa que los antepasados de los lectores de Pedro habían oído la buena nueva en vida, al igual que ellos mismos, y que tendrán que rendir cuentas de ello en el día del juicio. Esta declaración se hizo necesaria debido a la ignorancia de los judíos respecto al tema del juicio de los muertos. Entendían perfectamente el juicio de los vivos, pues el Antiguo Testamento lo enseña en numerosas ocasiones. Observemos también con atención que a los hombres en estado incorpóreo no se les llama “los muertos” en las Escrituras, pues los espíritus nunca mueren. Nuestro Señor, en Lucas 20:38, insiste muy claramente en este punto.

Las palabras de Noemí a su nuera en Rut 1:8 pueden servir aquí como ilustración útil: «Andad, volveos cada una a la casa de su madre; Jehová haga con vosotras misericordia, como la habéis hecho con los muertos y conmigo». Huelga decir que esta bondad no se manifestó tras la muerte de aquellos hombres, sino mientras aún vivían en la tierra. Del mismo modo, la afirmación del apóstol de que «a los muertos les fue predicado el Evangelio» se refiere a aquellos que ahora están muertos y que escucharon la predicación mientras vivían entre los hombres.

11 - «En Cristo, todos serán vivificados»

Unas palabras sobre otro texto. Algunos preguntan: ¿No dice 1 Corintios 15:22?: «Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados». Es cierto, pero cuando se comprende la doctrina de los 2 jefes, el pasaje se vuelve bastante claro. Cada hombre se presenta ante Dios en relación bien con Adán, bien con Cristo; con el primer hombre o con el Segundo Hombre. En cada caso, toda la familia se ve implicada en la posición y el destino de su jefe. Los que están «en Adán» están bajo la condenación y la muerte; los que están «en Cristo» tienen la vida y la justicia. Es a estos últimos –la familia de la gracia, los creyentes en Cristo, que murió y resucitó– a quienes se aplica 1 Corintios 15:22, y a nadie más.

Es aquí, en la tierra, donde los hombres tienen la oportunidad de obtener la bendición divina. Cuando el rico suplicó a Abraham que enviara a Lázaro a advertir a sus 5 hermanos, por temor a que ellos también llegaran al lugar del tormento, se le respondió: «Tienen a Moisés y a los profetas (es decir, las Escrituras); que los escuchen» (Lucas 16:29). Tal es la situación en la que se encuentran los hombres hoy en día: tenemos las Escrituras. Es allí donde se declara el santo horror de Dios hacia el pecado y su justo juicio al respecto. Allí también se revela la historia de su maravilloso amor, manifestado en el don de su Hijo amado. Sobre el justo fundamento de la sangre del Salvador, Dios puede acoger en su corazón para siempre incluso al más vil de los pecadores que se humilla a sus pies y cree en el Evangelio. «¿Por qué moriréis?» (Ez. 33:11): tal es su tierna súplica a los hijos de los hombres que perecen.

«Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Quién cree en él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no haber creído en el nombre del Hijo único de Dios» (Juan 3:17-18).