format_list_numbered Índice general

Inédito Nuevo

El Cuerpo de Cristo, la Iglesia


person Autor: William KELLY 26

flag Tema: El Cuerpo de Cristo


0 - Introducción

Jesús derramó su sangre, resucitó y fue exaltado a la diestra de Dios. Si Dios fue glorificado en él, Dios también lo glorificó en sí mismo. El Hijo del hombre subió al lugar de dónde procedía. Fue glorificado por el Padre, con la gloria que tenía delante del Padre antes de que existiera el mundo.

1 - Dos puntos clave para la formación de la Iglesia

1.1 - La presencia de Cristo glorificado en el cielo

Su glorificación tuvo repercusiones en otras personas. En la tierra, el Hijo de David no podía ocultar sus glorias, sino que guiaba la fe de una pobre cananea hacia una fuente de gracia infinita, más elevada, que le haría tomar conciencia de la profundidad de su ruina y de su desgracia, y abundaba aún más en misericordia para sanarla. En la tierra, «no pudo estar oculto» (Marcos 7:24), ¿cuál sería la naturaleza de la bendición que emanaría del Hijo del hombre a quien ha exaltado y coronado de gloria y honor en los cielos? ¿No debían, aquellos a quienes amaba, saborear su gozo allá arriba? ¿No habría, pues, en este momento, ningún poder para una comunión especial con él?, digna de Aquel que ha sido colocado a la diestra de Dios, «en los lugares celestiales, por encima de todo principado, y autoridad, y poder, y señorío, y de todo nombre que es nombrado, no solo en este siglo, sino también en el venidero» (Efe. 1:20-21).

1.2 - La presencia del Espíritu en la tierra

Es precisamente en el intervalo entre su entronización en el trono de su Padre y su venida para ocupar su propio trono donde se revela y se desarrolla el gran misterio de Cristo y de la Iglesia. Los designios terrenales de Dios parecían frustrados, pero en realidad se cumplirán con certeza, ya que solo se han suspendido por un tiempo. Mientras tanto, Dios ha utilizado la cruz como fundamento para otros designios más elevados (formados en su pensamiento antes de la creación del mundo, pero ocultos en él hasta entonces) y, sobre este fundamento, ha exaltado al Señor de gloria crucificado, y ha enviado al Espíritu Santo para que sea el testigo divino de Cristo y de su lugar en el cielo, y para reunir, mediante su presencia en la tierra, de entre los judíos y los gentiles, una Asamblea llamada a participar de la gloria celestial de Cristo –en una palabra, para formar la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, «la plenitud del que todo lo llena en todo» (Efe. 1:23).

2 - Especificidades de la Iglesia

2.1 - La vida y la fe no son la característica específica de la Iglesia

Es en relación con esta nueva Asamblea celestial que la Escritura habla de una estrecha identificación con Cristo y de unidad con él como su Cuerpo. Tal unidad no indica simplemente que personas aquí y allá, más o menos numerosas, hayan sido y sean objetos del amor y del poder vivificante del Hijo de Dios. La nueva vida no es, ni produce, esa unidad; los que tienen la vida siguen siendo individuos. La nueva vida no dejaba de lado, para este mundo, para los que la poseían, la característica notable que Dios había establecido, a saber, separar a los judíos de los gentiles; y mucho menos separaba exteriormente a los judíos creyentes de sus parientes incrédulos según la carne, cualesquiera que fueran las afinidades, las esperanzas y los intercambios mutuos de quienes temían al Señor. Si había gentiles piadosos (y hay pocas razones para dudar de que Dios, en su misericordia, hubiera suscitado algunos antes de que se pudiera predicar el Evangelio de su gracia, como lo atestigua Cornelio), estos le servían y le adoraban, pero como gentiles. No había ninguna unión entre ellos y los judíos piadosos. La fe de un gentil podía ser admirable a los ojos del mismo Señor –«Os digo que ni aun en Israel he encontrado fe tan grande» (Lucas 7:9)– pero seguía siendo un gentil.

La fe, en sí misma, no había cambiado ni podía cambiar esta situación, en lo que respecta a esta vida. No le correspondía a la fe, sino al Dador de la fe, operar un cambio maravilloso, inesperado y total del orden antiguo. Así, en cuanto a los judíos, aunque tuvieran los dones y el llamamiento de Dios, la fe de los individuos que creían operaba sin duda una separación moral, y los sufrimientos eran la consecuencia de ello; la nueva vida tiene afectos que le son propios, al igual que la vida natural tiene sus propios deseos depravados; pero los judíos fieles no formaban aquí una compañía santa manifiesta: vivían como judíos, morían como judíos. Renunciar a su prerrogativa y a su condición de judíos habría sido un pecado por su parte. Incluso en la vida y el ministerio del Señor Jesús, la enemistad, es decir, la Ley de los mandamientos que consisten en ordenanzas no fue abolida. Esta seguía existiendo. Además, él la sancionaba cuando, en los días de su carne, prohibía a aquellos a quienes enviaba en misión que fueran a las naciones o entraran en una ciudad de los samaritanos (comp. con Mat 10:5).

2.2 - El resultado específico y distintivo de la muerte de Cristo

Ahora bien, la doctrina de la Epístola a los Efesios (cap. 2 y 3) presenta que una obra de Dios totalmente nueva y diferente ha comenzado a raíz de la cruz: una obra que pertenece a los lugares celestiales y allí espera su perfecta manifestación; que existe realmente en la tierra y que tiene consecuencias muy importantes en el tiempo presente. No se trata de la muerte de Cristo para la nación judía, ni de Dios reconciliando por esta muerte todas las cosas consigo mismo. No se trata de la muerte de Cristo para la redención de las transgresiones bajo el primer pacto, ni de su muerte para la bendición de los gentiles que serían salvos durante su futuro reinado; cosas que sin duda no serían cuestionadas por un escriba instruido en el reino de los cielos. Esta doctrina expone que Dios ha fundado en la cruz, y ha consumado por medio del Espíritu Santo dado en esa ocasión, una base y un edificio que no tienen igual en el Milenio, en el que se restablecerán las antiguas diferencias notables entre judíos y gentiles –restablecimiento que aparece abundantemente en los Salmos y los Profetas.

2.3 - Judíos y naciones reunidos en un solo Cuerpo

En Efesios 2:11-18, el apóstol contrasta lo que se ha formado recientemente con las relaciones anteriores, que incluían a los que estaban cerca (los judíos) y a los que estaban lejos (v. 17): «Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en la carne, que erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión (hecha a mano en la carne), estabais entonces separados de Cristo, sin derecho de ciudadanía de Israel, extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que antes estabais lejos, habéis sido acercados a él por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de dos ha hecho uno, derribando el muro que los separaba, aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los mandamientos en [forma de] decretos, para crear en sí mismo de los dos un hombre nuevo, haciendo la paz; y reconciliar a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por medio de la cruz, matando por ella la enemistad. Y, vino y anunció la paz a vosotros los de lejos, y paz a los de cerca; porque por él, los unos y los otros tenemos acceso por un solo Espíritu al Padre».

Lo nuevo, en la Iglesia, es la abolición de tales distinciones carnales. Cuando la Iglesia se consuma en la gloria en el cielo, estas distinciones serán sin duda desconocidas. Pero el apóstol va más allá e insiste particularmente en el hecho de que son, y deben ser, desconocidas desde ahora mismo. Un punto clave respecto a la Iglesia es que nadie, ni siquiera Cristo, es conocido según la carne: «Y si incluso a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así» (2 Cor. 5:16). La Iglesia no se fundamenta en nada más que en la muerte y la resurrección de Cristo. Se regocija en su Cabeza glorificada en los cielos, y sabe ya aquí que es una con él allá arriba. Por lo tanto, está elevada por encima de la alta condición del judío y de la baja condición del gentil. «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo» (Fil. 3:20).

Además, muchos de los que se reunían en la Iglesia eran gentiles desconocidos y rechazados; no podían decir que eran israelitas, «de quienes son la adopción, la gloria, los pactos, la promulgación de la Ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, vino el Cristo, ¡el cual es, sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos!» (Rom. 9:5). Pero estos gentiles han recibido una adopción mejor y una gloria más elevada. No tienen simplemente los pactos relacionados con las cosas terrenales y presentados por un Mesías que es ministro de la circuncisión para confirmar las promesas hechas a los padres por la verdad de Dios; sino las riquezas insondables de Cristo, dadas gratuitamente, que convenía al Dios de gracia y gloria conceder a la miseria y la angustia de aquellos que, desde lejos, no poseían nada.

2.4 - La Iglesia, una con Cristo

Tal era «el misterio» confiado especialmente al apóstol Pablo; le había sido dado a conocer por revelación: «Según ya lo he escrito brevemente. Y leyéndolo podréis conocer mi entendimiento en el misterio de Cristo, que en otras generaciones no fue dado a conocer a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo Cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús mediante el Evangelio» (Efe. 3:4-6). Este misterio abarca tanto a Cristo como a la Iglesia, siendo esta, por gracia, una con Aquel que es Cabeza sobre todas las cosas.

3 - La cuestión del misterio

3.1 - La incredulidad de los judíos, ocasión de la revelación del misterio

En tiempos antiguos, el Espíritu había vivificado almas: no había nada extraño en ello. Antes de ser elevado, el Hijo de Dios decía: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo» (Juan 5:17). Y, cosa extraordinaria, cuando los judíos rompieron sus obligaciones de separación, al solicitar la ayuda de los gentiles para crucificar a su propio Mesías, esa ruptura, inevitablemente creada entre Dios y un mundo culpable, fue la ocasión para introducir un secreto hasta entonces oculto, pero ahora revelado. La corrupción y la violencia de la nación elegida habían llegado a su colmo. El nombre de Dios era blasfemado entre las naciones por aquellos que habían sido apartados para ser los grandes depositarios de sus oráculos y sus testigos en la tierra. ¿Qué quedaba, si la tierra y su pueblo elegido eran así rebeldes? ¡El cielo! Así, en lo más profundo de su compasión, de su sabiduría y de su amor divino, Dios creó un nuevo Cuerpo que no era propiamente ni judío ni gentil, aunque procedía de unos y otros, ambos reunidos en uno, ambos reconciliados en un solo Cuerpo, destinado a una esfera tan ajena a los más elevados como a los más degradados de la tierra.

3.2 - La bendición de las naciones, conocida desde Abraham, no es el misterio

En el Salmo 67, los santos judíos decían: «Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros; para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación… Bendíganos Dios, y témanlo todos los términos de la tierra» (v. 1-2, 7). Tal es la bendición en el mundo venidero: los judíos en el círculo interior, y en el círculo exterior los gentiles que, por medio de los judíos, se regocijarán y cantarán de gozo, pues Dios reinará en justicia. La bendición de las naciones era una verdad antigua a menudo recordada: proclamada a Abraham (Gén. 12:3), renovada en la Simiente (22:18), repetida a Isaac (26:4) y a Jacob (28:14). Estaba estrechamente ligada a las promesas tan conocidas y queridas, que garantizaban a la posteridad de Abraham el lugar más elevado sobre la tierra.

¿Es la conocida promesa de la bendición de las naciones en la Simiente prometida, tan a menudo y tan claramente mencionada en la Ley de Moisés, los profetas y los Salmos, el misterio «oculto desde los siglos y desde las generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos»? (Col. 1:26). ¿Se puede decir realmente que esta promesa, desde que fue hecha a los patriarcas, estuvo absolutamente oculta, cuando era bien conocida y se hablaba de ella con familiaridad entre el pueblo de Dios? Lo que fue publicado de edad en edad y declarado de generación en generación no es ni secreto ni oculto. Lo que se dio a conocer a los padres, y de hecho a todo Israel, no puede ser, por esa misma razón, el misterio de Cristo –ese misterio particular, «que en otras generaciones no fue dado a conocer a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (Efe. 3:5).

3.3 - El misterio oculto, nunca mencionado en el Antiguo Testamento

Sé que algunos, por incredulidad, por la consiguiente falta de inteligencia espiritual y por el apego a la tradición humana, han tratado involuntariamente de neutralizar la especificidad del «misterio», y por tanto su naturaleza y su esencia, suponiendo que había sido revelado desde el principio y que siempre había sido vagamente comprendido por los santos del Antiguo Testamento. La respuesta es clara: el apóstol Pablo afirma sin ambigüedades que «ahora ha sido revelado». Estaba oculto en Dios desde los tiempos de los siglos (Efe. 3:9). Ahora ha sido revelado a los apóstoles y a los profetas, pero a nadie antes (ὡς νῦν ἀπεκαλύφθη τοῖς ἁγίοις ἀποστόλοις αὐτοῦ καὶ προφήταις ἐν πνεύματι). No fue a los apóstoles de ahora ni a los profetas de antaño a quienes se reveló. Se ha revelado «ahora», y la revelación se ha hecho a personas reunidas en una misma clase. Quienes son competentes para juzgar la estructura de estas palabras excluyen la idea de que evocan profetas anteriores a la misión del Espíritu en Pentecostés. Los profetas a los que se refiere el texto pertenecen a la economía actual, al igual que los apóstoles; por lo tanto, lejos de debilitar el hecho de que el «misterio» sea distinto, estas palabras tienden realmente a reforzarlo, como algo nunca revelado en los tiempos antiguos. Era una revelación nueva.

3.4 - En la promesa a Abraham, las naciones bendecidas permanecen separadas de los judíos

Además, en la promesa a Abraham, la bendición de los gentiles tiene un carácter muy diferente al del «misterio». «De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra», etc. (Gén. 22:17-18). Todas las naciones serán bendecidas en la Descendencia, pero son distintas de ella. No se confunden con Israel, ni forman un solo Cuerpo con él, como tampoco lo hacen los enemigos cuya puerta será poseída por Israel. Israel y las naciones heredarán sin duda una bendición. Pero si se trata de la misma bendición, ¿quién sostendrá que es semejante o concedida en la misma medida? Si es así –si la simiente de Abraham y todas las naciones de la tierra son bendecidas sin distinción y de la misma manera– ¿dónde está la prerrogativa notable y característica de la simiente de Abraham? ¿O es que, al fin y al cabo, no hay ningún privilegio particular para su descendencia? Por el contrario, si la descendencia, prometida por el favor divino y superior a todas las naciones que son bendecidas en Cristo, tiene un lugar particular, entonces el juramento hecho a Abraham es muy diferente del «misterio» en el que tales diferencias no existen, sino donde los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de su promesa en Cristo por medio del Evangelio.

3.5 - La diferencia entre judíos y naciones abolida en la Iglesia

Repitámoslo: Efesios 2 y 3 no enseñan que los judíos tengan un lugar aparte, permanente e ilimitado por encima de los gentiles. Los judíos tenían un derecho legítimo a tal superioridad en este mundo, hasta que Cristo fue rechazado y ascendió al cielo; tal superioridad volverá a ser suya cuando el Seigneur regrese. Pero en el intervalo, es decir, en el período del llamado de la Iglesia, esta disposición queda abolida. Porque la Iglesia no es un simple conjunto de individuos o de creyentes a lo largo de los siglos, sino un Cuerpo distinto reunido por el Espíritu Santo, que está presente y habita en sus miembros, quienes son su templo, con vistas a su asociación a la gloria celestial de Cristo; en cuanto a los judíos redimidos, durante el Milenio, serán los más cercanos y los más favorecidos de su reino terrenal, cuando él aparezca en gloria.

4 - La obra del Espíritu Santo

4.1 - La presencia del Espíritu, poder de la nueva unidad

Es, pues, la presencia personal del Espíritu Santo, descendido del cielo, la que actúa como el poder de la unidad establecida en la Iglesia: una unidad no solo de vida, de doctrina y de servicio, sino también del Espíritu; una unidad formada y mantenida por el mismo Espíritu Santo (Efe. 4:3). Los discípulos, como los santos antes que ellos, eran creyentes antes de Pentecostés; pero no fue sino entonces cuando fueron unidos a Cristo en los lugares celestiales como su Cuerpo. Lo que nos une a Cristo, constituyéndonos miembros de su Cuerpo (como la Escritura declara a menudo), no es la fe que el Espíritu comunica, puesto que él siempre la ha comunicado, sino el Espíritu mismo, en persona, dado en Pentecostés.

4.2 - La diferencia entre unidad de espíritu (pensamientos) y unidad del Espíritu

Obsérvese que no se trata de una “unidad de espíritu”, tema en el que Pablo insistía ante los filipenses: «Solamente, comportaos de manera digna del Evangelio de Cristo, para que, sea que venga y os vea, sea que esté ausente, oiga hablar de vuestro estado, que estáis firmes en un mismo espíritu, con una sola alma, luchando juntos por la fe del Evangelio» (Fil. 1:27; comp. con Fil. 3:16). Pablo también oraba por los santos de Roma, para que el Dios de la paciencia y del consuelo les concediera tener entre ellos un mismo sentir según Cristo Jesús, a fin de que glorificaran de común acuerdo y con una misma boca al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (Rom. 15:5-6).

Por grande que sea esta gracia, la exhortación de Efesios 4 es de un orden superior. Los creyentes no debían pensar en su propio espíritu, ni en la unidad de espíritu entre unos y otros, sino en el Espíritu dado, en la unidad del Espíritu. Además, el apóstol no les dice que formen una comunidad con objetivos, opiniones o costumbres comunes. Ciertamente no estaban llamados a formar una alianza de ese tipo. Es la presencia del Espíritu la que hacía la unidad, y debían ser «solícitos en guardar (u observar, τηρεῖν) la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (v. 3). ¡Cuán humillado es el hombre y cuán exaltado Dios! ¡Esto es muy alentador, saludable y fortalecedor para sus santos!

4.3 - La Iglesia, según el pensamiento de Dios, no depende de la obra del hombre

Quien se adentra un poco en el pensamiento divino acerca de lo que es la Iglesia en los designios de Dios (lo que será o lo que era al principio, cuando contemplaba el rostro celestial de Aquel que la amaba, y reflejaba, por medio del Espíritu, algo de la luz de la gloria de Dios que allí había visto), y quien se aflige por la ruina del depósito confiado a las manos del hombre (y se siente humillado por los vanos y pobres esfuerzos del hombre por remediar la ruina que ya no puede ocultar), ¡qué alivio para él saber y sentir que aquí, en el desierto, no se trata de “mi rebaño”, ni de “nuestra Iglesia”, sino de la Iglesia de Dios, el Cuerpo de Cristo, la unidad del Espíritu!

Estas son las realidades vivas con las que nos enfrentamos. Debemos rechazar a toda costa todo lo que las niegan, tanto individual como colectivamente. Esta fidelidad sencilla e inquebrantable a la inmensidad del corazón de Dios hacia su pueblo, en una época en la que, en general, nos alejamos de él, nos llevará por un camino de soledad, no lo dudo, por paradójico que pueda parecer. Esta fidelidad parecerá estrechez, severa y exclusiva, para aquellos que no se han desprendido de la mundanidad y de la incredulidad ante las grandes ideas; pero los fieles no tienen otra opción. «Salgamos a él, fuera del campamento, llevando su oprobio» (Hebr. 13:13).

5 - El lugar distintivo de la Iglesia

5.1 - La unidad del Espíritu, distinta de las bendiciones comunes a todos los hombres

Nadie negará que, como hombres, pecadores, judíos o gentiles, tenemos cosas en común con todos los hombres. Existe una unidad de la humanidad caída, bajo la Ley o sin la Ley. En la tierra, hay una continuidad a lo largo de las dispensaciones en la administración de las promesas; según Romanos 11, los judíos son vistos primero como las ramas naturales del olivo; luego algunos son arrancados por causa de la incredulidad, y los gentiles (el olivo silvestre) son injertados entre ellos. A continuación, al no permanecer los gentiles en la bondad de Dios, los judíos son injertados de nuevo en su propio olivo[1]. Existe, pues, una unidad anterior al olivo del testimonio terrenal: la de todos los fieles que, reconociendo el pecado, común a todos, se vuelven hacia un Salvador común, y habrá una santa y bendita comunión de aquellos que participan de la primera resurrección.

[1] En Romanos 11, se quitan ramas: en Efesios, no hay nada semejante, pues de lo contrario sería un desmembramiento de Cristo, lo cual es imposible. En Romanos 11, los judíos eran las ramas naturales, y las bendiciones eran las de su propio olivo, en el que, contra natura, los gentiles son injertados temporalmente. Pero en Efesios, tanto los que estaban cerca como los que estaban lejos en el mundo son tratados todos como pecadores perdidos. El único rasgo que unos u otros tenían por naturaleza es el de «hijos de ira» (lo que eran los judíos favorecidos), «así como los demás» (Efe. 2:3).

Pero estos diferentes grupos se distinguen claramente de «la unidad del Espíritu». El Espíritu tiene, en efecto, una relación con los redimidos, en la medida en que es él quien ha llevado a las almas a creer en la salvación de Dios en Cristo. Esto no es nuevo, pero la unidad del Espíritu es algo nuevo, pues antes nunca había venido a morar en los redimidos, ni a hacerlos uno con Cristo glorificado en los cielos y uno con los Suyos en la tierra. Satanás había unido a judíos y gentiles en la cruz del Hijo de Dios; y fue en la cruz donde se puso el fundamento de la unión de Dios, hecha por la presencia y la morada del Espíritu en aquellos que disfrutan de las riquezas insondables de la gracia de Dios en su bondad hacia ellos en Cristo Jesús. «[Hay un [solo] Cuerpo y un [solo] Espíritu» (Efe. 4:4).

5.2 - La Iglesia, distinta de las naciones bendecidas en la tierra

Cabe hacer otra observación, en relación con lo anterior. Los que forman la Iglesia, aunque tengan bendiciones particulares, comparten muchas de ellas con todos los santos de cualquier época. La elección, la redención, la fe, la santidad y la herencia del reino, que son nuestros privilegios, no son propiedad exclusiva de la Iglesia. Son comunes a todos los creyentes. Esto es tan cierto que se pueden encontrar en los gentiles salvados y bendecidos de la impactante escena descrita en Mateo 25:31-46.

Allí, se supone que el Hijo del hombre ha venido, que ya se ha sentado en el trono de su gloria, y separa, entre todos los gentiles (πάντα τὰ ἔθνη) reunidos ante él, las ovejas de las cabras. Cabe señalar que el Evangelio del reino ha sido predicado, para servir de testimonio a todos esos gentiles (πᾶσι τοῖς ἔθνεσι) antes de que llegue el fin; y el objeto del juicio es la acogida o el rechazo de aquellos a quienes Jesús, como Rey (estando ya en vigor, manifestados y reconocidos sus derechos reales), designa como sus hermanos, los cuales se distinguen claramente de las ovejas y las cabras, aunque estén en contacto con ellas. A las ovejas, situadas a su derecha, el Rey dice: «¡Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo!» (25:34). Que se trate de almas creyentes, redimidas por la sangre de Cristo, nadie lo discutirá sin duda; y el pasaje afirma que el reino del que heredan ha sido preparado para ellas desde la fundación del mundo –aunque estos términos difieran de los de Efesios 1 (que muestran cómo el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos escogió en él antes de la fundación del mundo), son lo suficientemente claros como para establecer que Dios ha preparado una herencia especial para estos gentiles que están vivos, aunque tengan poca inteligencia espiritual.

5.3 - La Iglesia reunida por el Espíritu

Pero si bien existen bendiciones comunes a todos los creyentes de todos los tiempos, el Espíritu Santo, por otra parte, no podía descender personalmente y morar en los hombres en la tierra mientras Jesús no fuera glorificado en los cielos (comp. con Juan 7:38-39). Pero cuando tomó su lugar en el cielo como Cabeza glorificada, el Espíritu Santo fue enviado para reunir un Cuerpo para Cristo. Esto, y solo esto, es lo que en las Escrituras se llama «la Iglesia de Dios»; cuya unidad, que depende del bautismo del Espíritu Santo, es «la unidad del Espíritu». En Mateo 16:18 se encuentra la primera aparición de la palabra «Iglesia», o Asamblea, en el Nuevo Testamento. Es importante señalar que, aunque se mencione, aún no existe; no se ha manifestado ni organizado. No está construida, ni en proceso de construcción: «Sobre esta Roca edificaré mi Iglesia» (Mat. 16:20). Además, la promesa de que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella no alude a la inmutabilidad, y mucho menos a la infalibilidad, de la Iglesia en la tierra. Por último, se la menciona como algo totalmente distinto del reino de los cielos, cuyas llaves el Señor promete dar a Pedro (y no las de su Iglesia).

5.4 - La posición de la Iglesia, aparte de las cosas terrenales y celestiales reunidas

La unidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo se manifestará en perfección para la administración de la plenitud de los tiempos, cuando Dios reúna en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. ¿Enseñaría este pasaje que la Iglesia formará parte de un sistema común, aunque por el momento sea aquí abajo un testigo celestial de la gracia de Dios? Por el contrario, este pasaje parece mantener a la Iglesia en su lugar distinto, particular y preeminente, de la afección y de la gloria de Cristo. Porque, en primer lugar, el apóstol habla de cosas celestiales y cosas terrenales reunidas en Cristo, lo cual se deriva de sus derechos como Creador, aunque le sean atribuidos como Primogénito de toda la creación (Col. 1:15-16); allí se afirma su supremacía, por derecho de creación, sobre todas las cosas: las que están en los cielos y las que están en la tierra. A continuación, se añade: «En quien también fuimos hechos herederos, predestinados según el propósito del que todo lo hace conforme al consejo de su voluntad; a fin de que fuésemos para la alabanza de su gloria, nosotros que previamente hemos esperado en Cristo. En quien vosotros también…» (Efe. 1:11-13).

Sin embargo, podemos observar que, tras afirmar su primacía sobre todas las cosas, la Epístola a los Colosenses aborda otra primacía: «Y él es la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia, él que es [el] principio, [el] primogénito de entre los muertos, para que en todo él tenga la preeminencia» (Col. 1:18). Ni las cosas celestiales ni las terrenales constituyen la Iglesia, aunque sean la herencia que ella comparte como coheredera con Cristo. Dios «ha sometido todas las cosas bajo sus pies, y lo ha dado por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su Cuerpo» (Efe. 1:22-23). En lugar de estar incluida en «todas las cosas bajo sus pies», ella disfruta y participa por encima de todo de su supremacía, en virtud de su unión con él. Sellada por el Espíritu Santo de la promesa, espera una herencia digna de Aquel que la ha adquirido, y de Aquel que es su garantía; digno (¿añadiremos nosotros?) del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, «¡A él sea la gloria en la Iglesia en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén» (Efe. 3:21; vean también Apoc. 21:2-3).

6 - La Iglesia, un organismo vivo

6.1 - El Cuerpo de Cristo, una verdad que debe concretarse en la tierra

Pero, aunque la gloria de Cristo, compartida por la Iglesia como Esposa, para que el mundo conozca esa gloria, será revelada para «la administración de la plenitud de los tiempos» (Efe. 1:10), sin embargo, hay un testimonio de esta gloria, producido y manifestado por el poder del Espíritu Santo en el único Cuerpo, en la tierra. Cuando el apóstol hablaba de los santos «juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:22), ¿era esa unidad algo ideal, futuro, que solo se haría en el cielo? ¿O no era un hecho real y presente, cumplido aquí por el Espíritu Santo enviado del cielo? ¿No es «la multiforme sabiduría de Dios» «ahora dada a conocer a los principados y a las potestades en los lugares celestiales… por medio de la Iglesia»? (Efe. 3:10). ¿Y la unidad del Espíritu, que los santos debían esforzarse por mantener, no estaba en la tierra? ¿Se esforzarán los santos en el cielo por mantenerla allá arriba? ¿Y los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros dados por Cristo (siendo él mismo exaltado por encima de todos los cielos), dónde estaban, y dónde se encuentran aún los dones de Cristo? ¿Dónde y con qué fin se ejerce la gracia dada según la medida del don de Cristo? ¿El perfeccionamiento (καταρτισμὸς) de los santos, la obra del servicio, la edificación del Cuerpo de Cristo, ¿tienen su lugar en el cielo? ¿Es allí donde corremos el riesgo de ser zarandeados y arrastrados de aquí para allá por todo viento de doctrina? ¿No es en la tierra donde nos encontramos con «todo viento de doctrina por la astucia de los hombres que con habilidad usan de artimañas para engañar»? ¿No es aquí? Donde «practicando la verdad con amor, vayamos creciendo en todo hasta él, que es la Cabeza, Cristo; de quien todo el Cuerpo, bien coordinado y unido mediante todo ligamento de apoyo, según la actividad de cada miembro, lleva a cabo el crecimiento del Cuerpo para su edificación en amor» (Efe. 4:15-16).

Es aquí, en la Iglesia, donde cada articulación aporta su contribución para alimentar al conjunto: es aquí, según la acción eficaz de cada parte en su medida, donde el Cuerpo crece. Es en este mundo, y solo en este mundo, donde «todo el Cuerpo, bien coordinado y unido mediante todo ligamento de apoyo, según la actividad de cada miembro, lleva a cabo el crecimiento del Cuerpo para su edificación en amor»; pues, en verdad, es aquí donde el Espíritu quiere que la paz de Cristo, a la que hemos sido llamados en un solo Cuerpo, reine en nuestros corazones.

Al escribir a los santos de Roma, a quienes el apóstol nunca había visto hasta entonces y que, humanamente hablando, no tenían por tanto ningún vínculo particular con él (lo cual era también el caso de los colosenses), dijo lo mismo: «Porque así como tenemos muchos miembros en un solo cuerpo, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo Cuerpo en Cristo, y cada uno, miembros unos de otros» (Rom. 12:4:5). Evidentemente, esta relación ya existía y era real; ese vínculo no había que establecerlo. No somos miembros de una iglesia local, sino del Cuerpo de Cristo; aunque, por otra parte, si alguien no está en comunión con la asamblea local donde reside, no puede estar al mismo tiempo en comunión con los santos de otros lugares.

6.2 - El único Cuerpo formado por el bautismo del Espíritu

El siguiente pasaje no podría ser más explícito: «Pero todas estas cosas las hace el único y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere. Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo Cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu» (1 Cor. 12:11-13). La composición de este único Cuerpo depende del bautismo del Espíritu Santo. Es por él que estamos bautizados en un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, seamos judíos, gentiles, esclavos o libres. Jesús ejerció sus derechos celestiales, ese es el hecho esencial. Él bautizó en el Espíritu Santo; y aquellos que así fueron bautizados se convirtieron de inmediato en el ámbito privilegiado de su presencia y de sus operaciones, el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo que subsistía en la tierra, sobre el cual actuaba el Espíritu, en el momento en que el apóstol escribía.

Las diversidades de dones, de ministerios y de operaciones no existirán en el cielo. Su ámbito es la Iglesia en la tierra. Es aquí donde se da la manifestación a cada uno (en la Iglesia) para que saque provecho de ella. Cabría preguntarse si la palabra de sabiduría para uno, la palabra de conocimiento para otro y la fe para un tercero no están orientadas al cielo, pero no cabe duda de que los dones de sanación, el de hacer milagros, los diversos tipos de lenguas y su interpretación, son para la tierra, hoy. Es el mismo y único Espíritu el que obraba todo esto, distribuyendo estos dones a cada uno. Porque los que son muchos son un solo Cuerpo; «todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo Cuerpo» (1 Cor. 12:13).

La importancia de estas últimas palabras se comprenderá mejor comparándolas con Hechos 1:4-5; y en particular la expresión: «Seréis bautizados con el Espíritu Santo, dentro de pocos días». En ese momento, los discípulos eran creyentes. Tenían vida, y vida en abundancia; podemos decir que Jesús, el Espíritu vivificante, había soplado en ellos y dicho: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20:22). También les había abierto el entendimiento, para que pudieran comprender las Escrituras. Pero nada de esto es el bautismo en el Espíritu Santo. Fue en Pentecostés cuando se vio el cumplimiento de la promesa del Padre. Fue entonces, y no antes, cuando los creyentes fueron bautizados en el Espíritu. Es este bautismo el que introduce en el único Cuerpo y lo forma; es el Espíritu, presente y que bautiza, el que comenzó a formar el Cuerpo de Cristo, el que lo organiza y selecciona a sus miembros. Por eso, el bautismo en el Espíritu coincide con el hecho de oír hablar, por primera vez en la Palabra de Dios, de este nuevo Cuerpo y de pertenecer a él. Fuesen cuales fuesen los numerosos privilegios que existían antes, lo que se denomina claramente «la Iglesia de Dios», en la Biblia, apareció en la tierra como consecuencia del Espíritu Santo enviado del cielo, que habita en los discípulos y los bautiza, ya sean judíos o gentiles, en un solo Cuerpo, del cual Cristo resucitado es la Cabeza. La Iglesia, su Cuerpo, debe su existencia a su presencia en el cielo como Hombre glorificado, y a la presencia en nosotros del Espíritu Santo, en la tierra.

6.3 - La elaboración de la unidad del Cuerpo en la tierra

«Pero ahora Dios colocó a cada uno de los miembros en el cuerpo como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Ahora bien, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo. No puede el ojo decir a la mano: No tengo necesidad de ti; y tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles, son mucho más necesarios; y los miembros del cuerpo que nos parecen menos dignos, los rodeamos con más honor, y nuestros miembros menos decorosos, los tratamos con mayor decoro, mientras que nuestras partes decorosas no tienen necesidad. Pero Dios ordenó el cuerpo, dando mayor honor al que le faltaba; para que no haya división en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos por los otros. Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro recibe honor, todos los miembros se alegran con él. Vosotros sois Cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular» (1 Cor. 12:18-27).

Cuando los miembros de Cristo se reúnan en el cielo, con sus cuerpos transformados, conformados a la imagen del cuerpo glorioso del Señor, según el poder que tiene para someter todas las cosas a sí mismo, ¿habrá algunos que “parezcan más débiles”? ¿Pensamos que habrá algunos “menos honrosos” a quienes se les “concederá mayor honor”? Sostengo firmemente que se trata de consideraciones terrenales, ya que Dios nos da el sentimiento del cuidado que requiere el Cuerpo de Cristo y el sentimiento de su precioso valor. ¿Será esa nuestra preocupación cuando Cristo se presente la Iglesia a sí mismo, gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante? No, por lo tanto, tales miembros se consideran como si estuvieran en la tierra, pues Dios ha compuesto el cuerpo, «dando mayor honor al que le faltaba; para que no haya división en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos por los otros». «Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro recibe honor, todos los miembros se alegran con él», esto ocurre claramente en la tierra, no en el cielo. «Vosotros sois Cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular»: ¿dónde y cuándo tiene lugar esto? En la tierra, sin duda; no se trata del cielo. El Cuerpo existía aquí, aunque en una esfera espiritual, dotado de bendiciones y responsabilidades de la mayor importancia para la gloria de Cristo, para cada uno de sus miembros.

6.4 - Los diferentes significados de la palabra «Iglesia»

«Y Dios ha puesto en la Iglesia: primero a los apóstoles, segundo a los profetas, tercero a los maestros, luego, los que hacen milagros, después los dones de curar, de ayudar, de gobernar, y diversidad de lenguas» (1 Cor. 12:28). Estos dones se encuentran evidentemente en toda la Iglesia en la tierra. El apóstol se dirige sin duda a la asamblea que estaba en Corinto; está muy claro que el Nuevo Testamento habla a menudo de asambleas, o iglesias, de tal o cual localidad (comp. con Rom. 16:1, 5; Gál. 1:2, 22; Col. 4:15-16; 1 Tes. 1:1; 2:14, etc.). Esto no se discute, ni tampoco la aplicación de este término en Hebreos 12:23 a la asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, vista como una realidad consumada –que la fe anticipa, pudiendo decir: «Os habéis acercado» (Hebr. 12:22) a esta asamblea, al igual que a los demás componentes de la gloria. En resumen, además del aspecto local y futuro de la Asamblea, el versículo citado (1 Cor. 12:28) presenta claramente otro aspecto de la mayor importancia, como se ve en otras partes de las Epístolas de Pablo: la Iglesia, como Cuerpo en la tierra, con un alcance tan vasto como el bautismo del Espíritu. Toda esta comunidad, en la que él habita y actúa, es la Iglesia en la que Dios ha puesto apóstoles, profetas, maestros, etc. Ciertamente es imposible decir que los haya colocado a todos en la asamblea de Corinto; tampoco se sostendrá que los colocará en la Iglesia universal reunida en los cielos.

Existe, pues, un sentido más amplio de «Iglesia», en el que la unidad se refiere a todos los miembros de Cristo existentes en un momento dado en el mundo, sea cual sea la distancia que los separe; y esto en virtud de un solo Espíritu que los bautiza en un solo Cuerpo. El Cuerpo de Cristo, al igual que el cuerpo natural, está destinado a crecer, como indica claramente la Escritura. Pero al igual que en el cuerpo natural la identidad persiste cuando las células antiguas dan paso a otras nuevas, así también el Cuerpo de Cristo sigue siendo el Cuerpo, independientemente de los cambios que se produzcan en los miembros en particular. Aquel que, con su presencia, comunicó la unidad en sus inicios, conserva la unidad mediante su propia presencia fiel. Fue entregado para permanecer con los discípulos para siempre.

6.5 - Las consecuencias prácticas

En resumen, por «Iglesia» no se entiende un conjunto de diversas comunidades coordinadas (y mucho menos en conflicto), sino un Cuerpo, el único Cuerpo de Cristo, que posee los mismos privilegios, la misma vocación y responsabilidad en la tierra, y que espera la misma gloria en los cielos como Esposa de Cristo. Un hombre bautizado por el Espíritu se convierte así en miembro de la Iglesia; si tiene un don, este debe ejercerse según la medida de la fe para el bien del conjunto: el ministerio, o un miembro, no pertenece a una asamblea, sino a la Iglesia; cada miembro (articulación) pertenece al conjunto del Cuerpo, y el conjunto del Cuerpo a cada miembro (Rom. 12; 1 Cor. 3, 12, 14; Efe. 1, 4; Col. 2; 1 Tim. 3:15; Apoc. 22:17). Si tal es la verdad de Dios, el creyente debe actuar en consecuencia, caminar, servir y adorar según esta verdad. La verdad divina sin la fidelidad correspondiente es motivo de vergüenza y condenación para quien se contenta con poseer la verdad sin vivirla. «Si sabéis estas cosas, dichosos sois si las hacéis» (Juan 13:17).