«La Iglesia, la cual es su cuerpo»


person Autor: William Wooldridge FEREDAY 9

flag Tema: El Cuerpo de Cristo


Mi propósito es considerar brevemente la obra del Espíritu Santo en la formación de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. «Todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu» (1 Cor. 12:13). El bautismo del Espíritu es poco comprendido por la mayoría de los creyentes. Algunos piensan que es una especie de “segunda bendición” concedida a unos pocos privilegiados que ya han recibido la salvación; otros piensan que es una repetición de lo ocurrido, y que los santos deben implorarla individual y colectivamente con oraciones sinceras.

La Escritura habla de otra manera. El bautismo del Espíritu tiene como objetivo el Cuerpo de Cristo (siendo Cristo el que bautiza, Juan 1:33). Por medio de este bautismo, los santos, por muy numerosos que sean, se unen a la Cabeza viva en el cielo y los unos con los otros. Tal cosa era desconocida hasta que Cristo fue glorificado. Hubo hombres piadosos antes, por supuesto; la fe individual ha existido desde los días de Abel, si no de Adán. Pero no había ninguna unión, y no podía haberla hasta que la redención fuese cumplida y Cristo ascendiera a la diestra de Dios. Fue entonces cuando apareció un propósito, formado antes de la fundación del mundo, pero mantenido oculto en Dios hasta el momento oportuno. Ese propósito era tener una compañía de personas en la gloria celestial con el Segundo Hombre, para compartir con Él todos los resultados de su gloriosa obra, en estrecha asociación con él como miembros de su Cuerpo.

Los miembros son reunidos mientras el consejo de Dios sobre la tierra está en actividad. Cuando el Mesías fue presentado a Israel, lo rechazaron. El Reino, con todas sus bendiciones para toda la tierra, ha sido pospuesto. Todo se arreglará pronto, y todo lo que los profetas han predicho se cumplirá; pero por el momento, Cristo está sentado a la derecha de Dios, y el Espíritu Santo está aquí reuniendo a sus miembros y coherederos. Cuando su número esté completo, el Señor descenderá en las nubes y los llevará consigo. Es maravilloso formar parte de tal consejo. En el pasado, ser judío y estar en posesión de la palabra de Dios y del santuario divino era un gran privilegio. Pero el vino nuevo es infinitamente mejor para la fe. En la nueva compañía, desaparece toda distinción entre judíos y gentiles, habiendo sido destruido el muro divisorio de clausura, todos tienen acceso al Padre por medio de un solo Espíritu, y todas las bendiciones de la Cabeza resucitada son nuestras que somos uno con Él (Efe. 2). Por lo tanto, para conocer verdaderamente nuestro lugar, debemos aprender cuál es el lugar de Cristo para poder captar nuestra parte celestial. Hay que entender la porción de Cristo, pues todos los miembros participan de ella, por la gracia infinita de Dios. Todas las bendiciones espirituales del cielo son nuestras en él; y todo el amor del Padre descansa sobre nosotros en él.

Esto eleva el alma fuera del mundo y le da un carácter celestial. Si nuestra porción es totalmente celestial, y somos uno con el Hombre exaltado allá arriba, nos veremos impulsados a querer conocer lo que hay allí y a familiarizarnos con ello. Es imposible que un creyente comprenda verdaderamente por la fe su unión con Cristo en la gloria, y ame a un mundo hostil y malvado. La comprensión intelectual es inútil y vana.

Comprender ese lugar de bendición y privilegio conlleva las correspondientes responsabilidades para nuestro caminar en la tierra. El apóstol subraya estas responsabilidades en 1 Corintios 12. La diferencia entre Efesios y 1 Corintios con respecto a la verdad del Cuerpo único es que uno nos da el lado celestial, y el otro el terrenal. Todos los miembros han recibido algo de la Cabeza para la edificación y bendición del conjunto, y no hay que estar insatisfecho con el lugar y las funciones divinamente asignadas a cada uno (1 Cor. 12:14-18). Por otra parte, los más dotados no deben despreciar a los menos dotados. Todos son necesarios y ninguno debe ser despreciado (v. 19-21). Los miembros más débiles, lejos de ser inútiles en el Cuerpo, deben recibir nuestro especial afecto y cuidado. Debe haber intereses comunes entre los miembros de Cristo (v. 22-26).

Vemos estos principios divinos comprendidos y puestos en práctica por la fe en los primeros santos. El cuadro presentado por el Espíritu de Dios en los primeros capítulos de los Hechos es encantador por su belleza y sencillez. La Iglesia se ha alejado gravemente de todo esto. El vaso de honor que fue utilizado como administrador de la verdad de Cristo y de la Iglesia –el apóstol Pablo– vio dolorosamente cómo la gran mayoría declinaba antes de ser llamado al descanso. ¡Qué rápido fue el declive tras su marcha! ¡Qué rápido se perdió la verdad por completo! Solo recientemente Dios la ha recuperado para los suyos. Gran parte de la verdad relativa a la bendición individual de los creyentes se recuperó en el siglo 16, pero poco o nada se entendió entonces respecto a la Iglesia. Pero el Espíritu de Dios ha puesto en evidencia la verdad antes de la venida del Señor. Él querría que los santos entren en su verdadera relación con Cristo, para que hubiera una conducta adecuada, individual y colectiva, y una actitud correcta hacia Él.

Se podría argumentar que es prácticamente imposible actuar según estos principios después de todo lo que le ha sucedido a la Iglesia profesa. ¿Qué debemos hacer con la mayoría de los que confiesan a Cristo y gastan sus energías en construir cuerpos hechos por el hombre? No olvidemos que la Iglesia está formada por individuos y que cada santo tiene su propia responsabilidad ante el Señor. Es inútil buscar que el conjunto de la profesión cristiana sea correcto, cada uno debe seguir el camino del Señor por sí mismo. El Espíritu Santo sigue en la tierra, y el Cuerpo de Cristo sigue ahí, como leemos: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, como también fuisteis llamados a una sola esperanza de vuestro llamamiento» (Efe. 4:4). Si solo algunos se empeñan en lograrlo por la fe, pueden contar con la presencia del Señor con ellos y el poder del Espíritu de Dios. ¿Qué más puede desear el corazón? (Mat. 18:20).

Extraído de «Truth for the Last Days» – Vol. 1-1900, p. 119


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