Índice general
La Iglesia arrebatada antes de los juicios apocalípticos
Autor: William TROTTER 4
Temas: La esperanza personal del regreso del Señor El futuro y las profecías
1 - Las dificultades de la profecía
Quien estudia la profecía se enfrenta con frecuencia a una dificultad, tan pronto como da los primeros pasos en su investigación. Esas investigaciones pueden haberle convencido por completo de que la segunda venida de Cristo debe preceder e introducir el Milenio; de que los judíos serán restablecidos en su país, y que una parte de ellos pasará allí por las más crueles penurias de la angustia. Se puede haber comprendido que esta angustia alcanzará su punto álgido cuando todas las naciones se reúnan contra Jerusalén y esas naciones así reunidas reciban su sentencia de la propia mano de nuestro Señor Jesucristo, quien se revelará desde el cielo en una llama de fuego, y cuya venida traerá la liberación a los pobres judíos (el remanente de Israel) oprimidos, al tiempo que confundirá y destruirá a sus adversarios.
[1] NdT. Escrito hacia 1850
Además, podemos haber admitido plenamente, según todo lo que nos enseña el Nuevo Testamento, que la esperanza que nos está presentada a nosotros, los cristianos, es la venida de nuestro Señor Jesucristo; que ese es el gran acontecimiento que se nos exhorta a considerar, a apresurar con nuestros deseos y anhelos, y sin embargo a esperar con paciencia; en una palabra, que el estado normal de nuestra alma debe ser el de una espera continua de ese glorioso acontecimiento. Pero aquí surge la dificultad de la que acabo de hablar. Quien estudia la profecía dirá tal vez: “Si toda una serie de hechos debe suceder en la tierra antes de la venida del Señor –si los judíos deben regresar a su país; si los gentiles deben reunirse contra ellos; si debe sobrevenir un tiempo de tribulación sin igual; si los sellos, las trompetas y las copas del Apocalipsis deben llevar a cabo sucesivamente sus juicios; y si la venida del Señor debe suceder a todos estos acontecimientos– ¿cómo, sin ver aún el comienzo de ninguno de ellos, podríamos esperar la venida del Señor y esperarla de manera inteligente?”.
Son estos acontecimientos preparatorios los que podemos esperar; pero hasta que comiencen, hasta que aparezcan, solo a través de ellos podemos mirar hacia lo que, sabemos, debe ponerles fin; pero ¿cómo podríamos mantener la postura de una espera continua de Cristo, si su venida debe ir precedida de tal manera por un buen número de hechos aún por cumplirse?» Creo haber expuesto la dificultad en toda su fuerza: estas páginas finales están destinadas al examen y a la solución de esta dificultad, en la medida en que mi actual comprensión de la Escritura me lo permita.
2 - Esperar al Señor
En primer lugar, quisiera recordarles, hermanos y hermanas, que las dificultades no justifican la incredulidad: si en el Nuevo Testamento se revela claramente que el lugar de un cristiano es esperar continuamente a nuestro Señor, la fe debería recibir y acoger esta revelación, por muchas dificultades que la rodeen. ¿Quién, conociendo la Palabra de Dios, podría poner en duda tal revelación? Nuestro Señor mismo describió la actitud en la que le gustaría encontrar a su pueblo a su llegada: «Sed vosotros semejantes a hombres que esperan a que su señor regrese» (Lucas 12:36). La seguridad positiva que él da a sus discípulos para consolarlos ante su próxima partida es esta: «Si voy y os preparo un lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3).
La primera verdad presentada a esos mismos discípulos tras la partida de Jesús, cuando lo seguían con la mirada, tratando de vislumbrarlo aún a través de las nubes sobre las que se elevaba, es la seguridad de su regreso: «Este Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá del mismo modo que lo habéis visto subir al cielo» (Hec. 1:11). No les faltaba ninguna gracia a los fieles de Corinto, que esperaban «la revelación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1:7). El apóstol dice de sí mismo y de sus hermanos en Cristo: «No todos dormiremos, pero todos seremos cambiados» y más adelante: «Los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos cambiados» (1 Cor. 15:51-52). Declara que lo que él y sus hermanos esperan y desean: «No queremos ser desvestidos, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida». (2 Cor. 5:4). «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo de humillación…» etc. (Fil. 3:20-21).
3 - El ejemplo de los tesalonicenses
Los tesalonicenses se habían apartado «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar de los cielos a su Hijo» (1 Tes. 1:9-10). De una forma u otra, la venida del Señor se menciona en todos los capítulos de esta Epístola. Las palabras repetidas 2 veces en el capítulo 4: «Nosotros, los que vivamos», indican con bastante claridad cuál es la postura que corresponde a la Iglesia. Habría sido fácil para el apóstol decir, si tal hubiera sido el pensamiento del Señor: “Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también, en cuanto a nosotros los que hayamos dormido en Jesús, Dios nos llevará con él. Porque os decimos esto por Palabra del Señor, que los que estén vivos y permanezcan para la venida del Señor, no nos precederán a nosotros, que antes nos habremos dormido”. ¿Por qué, pues, no habla así? Sin duda porque era voluntad del Señor que sus santos le esperaran continuamente.
No es que el apóstol hubiera podido decir, o que ninguno de nosotros pueda decir ahora que sin duda estaremos entre los vivos y los que permanezcan. El apóstol lo supo más tarde, por una revelación particular, que él no permanecería hasta entonces; lo mismo puede ocurrir con nosotros. El Señor puede tardar hasta que hayamos dormido en él. Pero a falta de información segura sobre este tema, la fe debería decir, como en este pasaje: «Nosotros, los que vivamos, los que quedamos». La fe nos coloca donde nuestro Maestro desea vernos, es decir, en una actitud de espera y de vigilancia. Las vírgenes saldrán al encuentro del Esposo, y si la fe es puesta a prueba, si la esperanza parece pospuesta, no nos corresponde, sin embargo, decir: «¡Mi señor tarda!» (Mat. 24:48).
El apóstol pide que «el Señor dirija vuestros corazones en el amor de Dios y en la paciencia de Cristo» (2 Tes. 3:5). Habla de una corona de justicia que el Señor, el juez justo, le dará en aquel día, y «no solo a mí», añade, «sino también a todos los que aman su aparición» (2 Tim. 4:8). «Aguardando la bendita esperanza y la aparición en gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tito 2:13). Se nos dice que Cristo «aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que le esperan» (Hebr. 9:28).
4 - Ánimos en la espera
Para que no perdamos el ánimo y la esperanza aplazada no haga languidecer nuestros corazones, nos anima esta promesa: «Porque dentro de muy poco tiempo, y el que ha de venir vendrá: no tardará» (Hebr. 10:37). Aunque Pedro supiera, por boca del propio Señor, que no permanecería en la tierra hasta su regreso; aunque se le hubiera anunciado con qué muerte debía glorificar a Dios, no hay en sus Epístolas ni una sola palabra que pudiera llevar a aquellos a quienes escribía a considerar su partida antes del regreso del Señor como algo seguro. No, por el contrario, les dirige a ellos, así como a todos nosotros, exhortaciones semejantes a estas: «Por lo cual, consolidad vuestros pensamientos, sed sobrios, y poned perfectamente vuestra esperanza en la gracia que os es otorgada en la revelación de Jesucristo» (1 Pe. 1:13).
«Esperando y apresurando la venida del día de Dios», así es como describe nuestra postura en su Segunda Epístola (3:12). La venida de Jesús también se menciona en la Primera Epístola de Juan, en forma de exhortación y aliento (vean los capítulos 2:28 y 3:2). En el Apocalipsis, este libro final, esta conclusión de la Escritura, la frase: «Vengo pronto», se repite varias veces, y al ver el volumen sagrado definitivamente cerrado con estas palabras de Jesús: «Sí, vengo pronto», palabras a las que la Iglesia responde: «Amén, ¡ven, Señor Jesús!» (Apoc. 22:20). Sin duda, el creyente de corazón sencillo sentirá que la postura de fidelidad y bendición consiste en esperar continuamente al Señor y aguardar su regreso. Estos testimonios, tan numerosos y variados, deberían bastarnos para mantenernos en la espera, dejando en manos de nuestro buen Maestro el cuidado de disipar todas las dificultades, cuando y como a él le plazca.
5 - Comprender este misterio
Pero tenemos un medio para desentrañar este misterio: nuestro Señor no nos ha dejado sin una solución a la dificultad en cuestión. Si lo hubiera hecho, repito, no habríamos estado en absoluto autorizados por ello a elegir una postura distinta de la que tan claramente nos ha asignado, y en la que su amor y su bondad se despliegan sobre todo para alegrar nuestras almas, mediante la luz que le complace derramar en su Palabra sobre un tema muy precioso para el corazón, que encuentra su gozo en la esperanza diaria de su regreso.
Supongamos ahora, hermanos míos, que hubiera un intervalo entre la venida de Cristo en las alturas, para recoger a sus santos junto a él, y su llegada a la tierra, acompañado de sus santos, para ejecutar el juicio; supongamos que ese intervalo fuera lo suficientemente largo como para permitir el cumplimiento de todos los acontecimientos proféticos que deben suceder antes de que él regrese para el juicio; supongamos que los judíos regresen a su país, que los gentiles se reúnan contra Jerusalén, que se revele el Anticristo, que llegue la gran tribulación, que se abran los sellos apocalípticos, que suenen las trompetas, que se viertan las copas; supongamos que todos estos acontecimientos se cumplan entre el arrebato de la Iglesia y la aparición de Cristo para ejecutar el juicio sobre sus enemigos reunidos: supongamos todo esto, y díganos si esta suposición no resolvería la dificultad en cuestión.
Ante este hecho (suponiendo que fuera un hecho), ¿no comprenderíamos que podríamos esperar al Señor con sensatez, sin tener en mente ningún acontecimiento intermedio? Es cierto que pueden suceder muchos acontecimientos, pero, en ese caso, no podríamos decir de ninguno que debiera ocurrir necesariamente. Nuestro misericordioso Salvador podría venir en cualquier momento a llevarnos consigo, y sin embargo el intervalo supuesto dejaría lugar a todos los acontecimientos de los que nos habla la Palabra de Dios, y que deben tener lugar antes de que Cristo vuelva para consumir al impío con el aliento de su boca y destruirlo con la manifestación de su aparición.
6 - La diferencia entre su venida a por la Iglesia y su aparición en gloria
Hay que recordar, pues, que la mera posibilidad de un intervalo semejante resuelve la dificultad que hemos planteado. Si es tan solo posible que haya tal intervalo entre la venida de Jesús en el aire y su aparición a la tierra para el juicio, ¿qué podría impedirnos mantener la actitud de una espera diaria de su regreso? ¿En qué consiste, en el fondo, la dificultad que estamos examinando? En esto: que muchos acontecimientos, que deben preceder al regreso de Cristo para el juicio, aún no han tenido lugar. Pero si fuera posible que, cuando Jesús descendiera de los cielos y nos arrebatara para ir a su encuentro, hubiera un intervalo durante el cual se cumplieran todos los acontecimientos; intervalo tras el cual el Señor, seguido de sus santos glorificados, descendiera a la tierra, –si tal hecho fuera posible, digo–, ¿no demostraría eso que también es posible que Jesús regrese en cualquier momento y que, por consiguiente, ya no hay nada que nos impida atenernos al sentido claro y positivo de los pasajes de la Escritura, que nos exhortan a esperar continuamente su llegada? ¿Y quién se atrevería a decir que no habrá tal intervalo? ¿Quién habría pensado que, entre 2 partes de un mismo versículo, en Isaías 61:2, se intercalaría un intervalo de varios siglos?
Todos los que leían o escuchaban esta profecía, en los días de Isaías (Is. 61:1-2), habrían concluido que «el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro» formaban un único y mismo período; pero cuando nuestro Salvador citó estas palabras en la sinagoga de Nazaret, sabía bien que un intervalo debía separar estas 2 declaraciones; sabía que había venido a anunciar únicamente «el año de gracia del Señor», y no a traer el «día de venganza del Dios nuestro». Se detuvo, por consiguiente; luego, «desplegó el rollo, lo devolvió al que lo sostenía y se sentó» (Lucas 4:19-20).
Si la preciosa Palabra de Dios nos muestra, en este ejemplo, cómo el Señor puede dejar, entre 2 breves partes de un mismo pasaje, el espacio necesario para toda la dispensación actual, ¿quién se atrevería a afirmar que, en relación con la segunda venida de nuestro Señor, no pueda haber en absoluto un intervalo de algunos años entre la primera y la segunda etapa de ese regreso? ¿Entre su llegada a los aires, para recibir a sus santos, y su aparición con todos sus santos, para ejecutar el juicio y reinar sobre la tierra? Lo repito, hermanos míos, con la esperanza de dejar este pensamiento en vuestros corazones: si puede existir tal intervalo, si es imposible demostrar por la Escritura que ese intervalo no existe, ¿no es entonces nuestro privilegio esperar continuamente, sin la menor dificultad, el regreso del Señor –de acuerdo con una multitud de declaraciones del Nuevo Testamento.
7 - El intervalo entre los 2 cumplimientos
Pero me parece que no se nos deja imaginar lo que podría ser. Diversas consideraciones me dan la convicción, no solo de que puede haber, sino de que habrá tal intervalo. Deseo presentar aquí estas consideraciones con toda sencillez, dejando a mis hermanos la tarea de sopesarlas en la balanza del santuario. ¡Que el Señor nos conceda a todos una sumisión real y profunda a su bendita Palabra!
Una primera consideración que presentaré en apoyo de la afirmación de que habrá tal intervalo no es en forma de una cita expresa de las Escrituras, sino más bien como el resultado de una comparación entre 2 partes de las Sagradas Escrituras. Espero, sin embargo, poder explicarla de forma clara para los más sencillos. Todos conocemos las numerosas exhortaciones que se nos dirigen en el Nuevo Testamento a revestirnos de un espíritu de perdón, y a manifestar hacia los demás la gracia que nuestro Padre celestial ha derramado sobre nosotros. Por otra parte, tal vez no haya un solo cristiano que no se haya sentido más o menos desconcertado por ciertos pasajes de los Salmos y otros libros del Antiguo Testamento, en los que los adoradores invocan las maldiciones y los juicios más terribles sobre la cabeza de sus enemigos.
Muchos de estos Salmos son evidentemente profecías relativas al tiempo que precederá inmediatamente a la aparición del Señor para ejecutar el juicio. Hermanos míos, ¿podrían estas palabras proféticas, llenas de imprecaciones, ser para nosotros? ¿Acaso se habrían puesto de antemano en boca de la Iglesia? Está claro, sin embargo, que ya no tendrán ninguna aplicación, una vez que el Señor haya venido a juzgar, haya destruido a sus adversarios y liberado al remanente de los judíos, su pueblo terrenal. ¿A quién pertenece, pues, el lenguaje de estos Salmos? ¿Y cuándo pueden ser pronunciados? Creo que es el lenguaje del remanente judío, en medio de la profunda oscuridad de su última tribulación, después de que la Iglesia haya sido arrebatada. No se puede atribuir tal lenguaje a la Iglesia, ni suponer que ella pueda seguir estando en la tierra, en el momento en que el Espíritu de Dios pone tales palabras en los labios del remanente judío, sin confundir cosas que el Espíritu Santo siempre ha distinguido cuidadosamente en la Escritura.
8 - El período de la gracia
El período actual es un período de gracia ilimitada. Actualmente, Dios no imputa a los hombres sus ofensas, sino que perdona gratuitamente a todos los que creen en Jesús, por muy malvados y viles que sean los pecadores. En cuanto a nosotros, la exhortación que se nos dirige es esta: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis». «Pero, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber» (Rom. 12:14, 20). «No devolviendo mal por mal, o maldición por maldición; sino al contrario, bendiciendo; porque para esto fuisteis llamados, para heredar bendición» (1 Pe. 3:9). Nuestro Señor mismo, mientras sus enemigos lo clavaban en la cruz, decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). El primer mártir por el nombre de Jesús exclamaba lo mismo, mientras lo apedreaban: «¡Señor, no les atribuyas este pecado!» (Hec. 7:60).
Pero llegará un tiempo en que oraciones semejantes a la siguiente (oraciones inspiradas, no lo olvidemos) ascenderán de la tierra al cielo: «¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre? ¿Por qué se ha encendido tu furor contra las ovejas de tu prado? Acuérdate de tu congregación, la que adquiriste desde tiempos antiguos, La que redimiste para hacerla la tribu de tu herencia; Este monte de Sion, donde has habitado…» Detengámonos aquí un instante para señalar que esto debe aplicarse a la situación de los hijos de Israel en un período posterior, e incluso muy posterior, al del comienzo de su cautiverio: «Dirige tus pasos a los asolamientos eternos, A todo el mal que el enemigo ha hecho en el santuario… No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo… ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador? ¿Ha de blasfemar el enemigo perpetuamente tu nombre? ¿Por qué retraes tu mano? ¿Por qué escondes tu diestra en tu seno?… Levántate, oh Dios, aboga tu causa; Acuérdate de cómo el insensato te injuria cada día. No olvides las voces de tus enemigos; el alboroto de los que se levantan contra ti sube continuamente» (Sal. 74).
9 - La aplicación de los Salmos
Esto muestra claramente a qué época se aplica esta clase de Salmos; es en el tiempo de la última tribulación de los judíos. Examinemos otro: «Oh Dios, vinieron las naciones a tu heredad; han profanado tu santo templo; redujeron a Jerusalén a escombros. Dieron los cuerpos de tus siervos por comida a las aves de los cielos, la carne de tus santos a las bestias de la tierra. Derramaron su sangre como agua en los alrededores de Jerusalén, y no hubo quien los enterrase… ¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Estarás airado para siempre? ¿Arderá como fuego tu celo? Derrama tu ira sobre las naciones que no te conocen, y sobre los reinos que no invocan tu nombre… Porque dirán las gentes: ¿Dónde está su Dios? Sea notoria en las gentes, delante de nuestros ojos, la venganza de la sangre de tus siervos que fue derramada… Devuelve a nuestros vecinos en su seno siete tantos de su infamia, con que te han deshonrado, oh Jehová» (Sal. 79).
Y también: «Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto. Porque he aquí que rugen tus enemigos, y los que te aborrecen alzan cabeza. Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos. Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que no sean nación, y no haya más memoria del nombre de Israel… Dios mío, ponlos como torbellinos, como hojarascas delante del viento, como fuego que quema el monte, como llama que abrasa el bosque. Persíguelos así con tu tempestad, Y atérralos con tu torbellino… Llena sus rostros de vergüenza, y busquen tu nombre, oh Jehová… Y conozcan que tu nombre es Jehová; tú solo Altísimo sobre toda la tierra» (Sal. 83).
Es inútil multiplicar las citas. ¡En los Salmos se encuentran oraciones y anticipaciones similares a estas! «Acábalos con furor, acábalos, para que no sean; y sépase que Dios gobierna en Jacob hasta los fines de la tierra» (Sal. 59:13). «Se alegrará el justo cuando viere la venganza; sus pies lavará en la sangre del impío» (Sal. 58:10). ¿Es necesario que pregunte aún si puede ser la Iglesia la que emplea tal lenguaje, la que presenta tales oraciones, la que se regocija en tales anticipaciones? Imposible. Pero, se preguntará, ¿no puede la Iglesia estar todavía en la tierra, mientras el remanente judío derrama así su alma ante Dios? ¡Qué es esto! ¡El Espíritu de Dios, perfectamente uno, podría, al mismo tiempo, poner en el corazón de unos una oración por el perdón de los enemigos, e inspirar a otros la petición de su destrucción! Por otra parte, en la Iglesia no hay ni judíos ni gentiles, y la dispensación actual debe cambiar por completo antes de que pueda existir un cuerpo de pueblo al que el Espíritu Santo enseñe a apropiarse del lenguaje de los Salmos que hemos citado. Todo esto se vuelve claro y fácil de comprender si se admite que, tras el arrebato de la Iglesia, un intervalo durante el cual se forma el remanente judío y atraviesa una tribulación sin igual, esperando la venida del Mesías para liberarlos mediante la destrucción de sus adversarios y opresores. Sin ello, todo permanece, por el contrario, en una confusión inextricable.
10 - Lo que dice el libro del Apocalipsis
A esta consideración se objetará tal vez: “Pero todos estos pasajes están tomados del Antiguo Testamento; ¿hay alguno en el Nuevo que presente un sentido análogo?”. Ciertamente, los hay. Lea en Apocalipsis 11:3-6, donde se nos habla de los 2 testigos de Dios, que deben profetizar, vestidos de cilicio, durante 1.260 días, y de quienes se dice: «Si alguien quiere hacerles daño, sale fuego de sus bocas y devora a sus enemigos; y si alguien les quiere hacer daño, es necesario que muera de la misma manera. Estos tienen la potestad de cerrar el cielo para que no llueva en los días que ellos profetizan; y tienen potestad sobre las aguas para convertirlas en sangre y herir la tierra con toda clase de plaga, cuantas veces quieran». ¿Es este el ministerio del Evangelio de la gracia de Dios, confiado a la Iglesia? ¿Hay alguna relación, alguna semejanza entre estos 2 ministerios? Una vez, mientras el Señor estaba en la tierra, una aldea de samaritanos se negó a recibirlo: «Al ver esto los discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que pidamos que descienda fuego del cielo y los consuma, como hizo Elías?» ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? ¿Accedió a su petición? Pero Jesús, volviéndose, los reprendió severamente diciéndoles: «No sabéis de qué espíritu sois? Porque el Hijo del hombre no vino para perder las vidas de los hombres, sino para salvarlas» (Lucas 9:54-56). Cuán evidente es que la dispensación debe cambiar y la Iglesia retirarse de la escena, antes de que pueda surgir un testimonio semejante al de Apocalipsis 11. Pero examinemos más de cerca el plan completo del libro del Apocalipsis: ahí es donde veremos la prueba más clara de que la Iglesia debe ser arrebatada antes de los juicios de los sellos, las trompetas y las copas. Ya hemos encontrado, en la consideración anterior, una fuerte presunción a favor de esta opinión; aquí, me parece, tenemos una prueba directa y concluyente.
En Apocalipsis 1:19, se da la siguiente instrucción al discípulo amado: «Escribe, pues, las cosas que has visto, y las que son, y las que han de suceder después de estas». Las palabras griegas son meta tauta, que significan simple y positivamente «después de estas»; estas palabras no tienen el sentido de nuestra expresión indefinida «después». Meta es la palabra griega que significa «después»; tauta, la palabra griega que significa «estas», y como aquí se trata del plural neutro, debe ser «estas cosas». Tenemos, pues, aquí, dadas por el propio Señor, la división y el plan del Libro del Apocalipsis. «Escribe… las cosas que has visto», –las encontramos en el capítulo 1, es la visión de Juan en Patmos– «y las que son», las vemos en los capítulos 2 y 3, son las 7 iglesias y el juicio pronunciado sobre su estado por el Hijo del hombre; «y las cosas que han de suceder después de estas», es decir, las visiones que comienzan en el capítulo 4 y se extienden hasta el final del libro. Estudiemos esto con un poco más de detalle.
En cuanto a la primera parte, que comprende «las cosas que has visto», no necesita explicación alguna; evidentemente, se narran en el capítulo 1. La segunda parte del libro: «las que son», requiere un poco más de atención. No hay duda de que las 7 Epístolas de los capítulos 2 y 3 fueron dirigidas a las iglesias cuyos nombres llevan; pero ¿por qué se eligió precisamente a esas 7 para recibirlas? ¿No será, como piensan muchos de los que han estudiado la profecía, porque representaban, por su condición espiritual, por las advertencias, las amenazas, las exhortaciones y las promesas que les eran necesarias, todo el conjunto y toda la duración de la economía? Es decir, que estas Epístolas a las iglesias eran profecías de los diversos estados y (como no puedo evitar pensar) de los estados sucesivos de la Iglesia, desde el tiempo en que fueron escritas, hasta el arrebato de la verdadera Iglesia al regreso de Cristo, y del rechazo del cuerpo de los falsos profesos, convertido en una masa corrupta, apta solo para ser vomitada de la boca de Cristo. «Las que son» nos son presentadas, pues, en los capítulos 2 y 3. Tomemos ahora el capítulo 4:1: «Después de esto miré y vi una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que había oído como de una trompeta que hablaba conmigo, decía: Sube acá, y te mostraré lo que debe suceder después de esto», o «después de estas». Es exactamente la misma expresión que antes: meta tauta. Así, según el testimonio de esta voz que Juan oyó, la tercera parte del libro comienza aquí.
«Lo que debe suceder después de esto» le son reveladas ya en el capítulo 4. ¿Cuáles son estas cosas? Los capítulos 4 y 5 nos muestran una escena en el cielo, escena que no corresponde ni al estado de cosas existente en la economía actual, ni al estado de cosas que caracterizará al Milenio. El trono de Aquel que es adorado como «el SEÑOR Dios, el Todopoderoso, el que era, y que es, y que viene», se presenta ante los ojos del apóstol. «Y del trono salían relámpagos, voces y truenos». Sin duda, esto es diferente del trono de la gracia, al que se nos invita a acercarnos con confianza, para obtener misericordia y ser ayudados en el momento oportuno. «Relámpagos, voces y truenos» hablan de juicio y en absoluto de gracia. Y, sin embargo, es igualmente evidente que tampoco se trata del tiempo milenario, pues el libro sellado con 7 sellos, que aún no se ha abierto en el capítulo 5, revela los juicios que deben preceder al Milenio. El Cordero se ve aquí en medio del trono, y recibe este libro de Aquel que está sentado en el trono, como el único ser, en los cielos y en la tierra, que ha sido hallado digno de abrirlo.
Estos 2 capítulos describen, por tanto, evidentemente un estado transitorio, un intervalo entre la dispensación actual, llena de gracia, y la economía milenaria. ¿Dónde está la Iglesia durante este intervalo? Esa es la pregunta que se plantea. La única respuesta que ofrece el libro del Apocalipsis es esta: “La Iglesia está en el cielo”. ¿Qué representan los 24 ancianos, con vestiduras blancas y coronas de oro? ¿Qué representan los 4 seres vivientes descritos en estos 2 capítulos? Su cántico lo indica suficientemente: «Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: ¡Digno eres de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque fuiste sacrificado, y has comprado para Dios con tu sangre, de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes; y reinarán sobre la tierra!» (Apoc. 5:9-10). Evidentemente, no puede tratarse de 24 individuos, en sentido literal.
¿Cómo podrían haber sido redimidos de toda tribu, lengua, pueblo y nación? Son personajes simbólicos, que representan a toda la multitud de los que han sido redimidos y que deben reinar sobre la tierra. Vemos, pues, que aquellos que están destinados a compartir la gloria real de Cristo durante el Milenio están, durante el período de transición entre la dispensación actual y el Milenio, reunidos alrededor de Cristo, en el cielo, reconociendo que él es digno y anticipando su reinado con él en la tierra. Cada vez que los vemos aparecer, en los capítulos 4, 5, 6, 7, 9, 14, 15 y 19, los encontramos ocupando el mismo lugar. Como alguien dijo tan acertadamente: “Vemos, en el capítulo 4, a los seres vivientes y a los ancianos coronados, rodeando el trono central del Dios Todopoderoso en el cielo. La acción cambia a lo largo del libro, pero la posición de estos personajes místicos no cambia. Se interesan por la acción, cantan y se regocijan en ciertas fases de esta acción, pero nunca participan directamente en ella, y no abandonan su elevada morada”.
El espacio solo me permite señalar aún 2 o 3 puntos. En Apocalipsis 19:4 tenemos la última mención de los 24 ancianos y de los 4 seres vivientes; luego se nos habla de las bodas del Cordero, cuya Esposa se ha preparado. Sin duda, la Iglesia debe estar completa y en la gloria cuando, como esposa del Cordero, está lista para las bodas. Estas bodas tienen lugar en el cielo; tras lo cual se abre el cielo, y el que monta el caballo blanco sale de él para la última batalla; viene a pisar el lagar del vino de la ira y del furor del Dios Todopoderoso. Fíjense ahora en el versículo 14: «Y los ejércitos celestiales le seguían, montados en caballos blancos, y vestidos de lino fino, blanco y puro». El versículo 8 nos enseña que «el lino fino son las acciones justas de los santos»; los ejércitos que están en el cielo. En los capítulos 2 y 3, se nos presenta 7 veces a la Iglesia en su responsabilidad sobre la tierra.
Desde el capítulo 4 al 19:4, encontramos a la Iglesia en el cielo, bajo los símbolos de los ancianos y de los 4 seres vivientes. Se abren los sellos, suenan las trompetas, se derraman las copas: todo ello trae terribles sufrimientos sobre la tierra y sus habitantes; pero es desde el cielo desde donde la Iglesia contempla todas estas cosas, celebrando las alabanzas de Dios y del Cordero. Mientras esperan así, en el cielo, el momento en que reinarán con el Cordero sobre la tierra, los santos están simbolizados por los ancianos coronados y por los seres vivientes. Pero en el capítulo 19, tras haber sido juzgada Babilonia, la usurpadora, tienen lugar las bodas del Cordero con su verdadera esposa, y a partir de entonces ya no se vuelve a hablar de los ancianos coronados ni de los seres vivientes. La Iglesia, convertida en la esposa del Cordero, forma parte de su séquito cuando él sale como vencedor y para vencer. En el capítulo 20 se establece el reino; desde el capítulo 21:9 hasta el 22:5, tenemos la gloria de la Iglesia como la Esposa, mujer del Cordero, la santa Jerusalén que desciende del cielo de junto a Dios. Desde el final del capítulo 3 hasta el 19, donde Cristo desciende del cielo, seguido de los ejércitos que están en el cielo, la Iglesia nunca se ve en la tierra, ni en ningún otro lugar que no sea el cielo.
Una cosa más: he aquí la promesa positiva que Jesús hizo en Apocalipsis 3:10 a aquellos que han guardado su Palabra y no han negado su nombre: «Porque has guardado y perseverado en mi palabra, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre todo el mundo habitado, para probar a los que habitan sobre la tierra».