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Siete conferencias acerca de los mensajes proféticos a las siete iglesias


person Autor: John Nelson DARBY 48

flag Tema: Las siete iglesias de Asia

(Fuente autorizada: graciayverdad.net – artículo corregido)


Escritos compilados, proféticos, volumen 5

1 - Primera conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulo 1

Antes de entrar en el detalle de los mensajes a las siete iglesias, acerca de lo cual es mi propósito hablar, sería bueno decir unas pocas palabras con respecto al carácter general del libro en el cual se encuentran estos mensajes. Es extremadamente importante que obtengamos una comprensión correcta y clara de ciertos grandes principios, los cuales son presentados a través de todo el libro del Apocalipsis, o no entenderemos de qué Dios habla en este libro, haciendo estas cosas. Y en este punto, recuerden que es solamente en las Escrituras donde descubrimos cuál es el propósito de Dios, y lo que Dios se propone, al hacer lo que él hace, y haciéndolo de la forma en que él lo hace.

El primer capítulo presenta el libro completo. Es una revelación dada a Jesucristo para mostrar a sus siervos, cosas que sucederán, en preparación para la aparición de Cristo. Es un maravilloso pensamiento el que Dios haga tales comunicaciones, al igual que lo es la forma en la cual él lo hace. Porque Dios no puede escribir como lo hace el hombre, simplemente para contar acerca de lo que interesa o afecta las pasiones de los hombres. Pero cuando Dios escribe, es para presentar algo con lo cual probar nuestras almas y atraerlas a la comunión con él mismo. Tomemos como ejemplo los evangelios. Ellos no están escritos solamente para dar una cuenta histórica de cuando Cristo estuvo aquí abajo, sino para revelar a nuestras almas los propósitos y medios de gracia de Dios en la obra y la Persona de su Hijo. Y solo si aprendemos de esta manera cuales son los pensamientos y los modos de obrar de Dios, nosotros somos hechos capaces de entender lo que Dios está haciendo en cualquier parte de sus modos de obrar.

El libro del Apocalipsis es un libro de juicio en su totalidad. Dios es revelado en el libro como alguien a punto de ejecutar juicio. Esto es aplicable a la iglesia misma, como se ve en los capítulos 2 y 3. Ella es vista en la tierra, sometida a juicio. La profecía puede hablar de las cosas que están bajo juicio y de los medios a través de los cuales el juicio podría ser evitado; pero, aun así, es judicial en su totalidad, si exceptuamos la descripción del glorioso estado de la Iglesia como la Jerusalén celestial. Pero, no obstante, también es el caso, con referencia a la Iglesia, cuando está activa, esta aparece sobre caballos blancos en el capítulo 19. Hasta que nosotros no consigamos asir claramente esta verdad en nuestras mentes, nunca puede ser entendida la intención del libro.

Entonces, por otra parte, no encontramos en este libro el nombre del Padre en relación con los santos. Se habla del Padre en relación con Cristo (capítulo 2: 27; capítulo 3: 5, 21), pero esto solo confirma el comentario en el texto. También es usado en el capítulo 14: 1, donde el nombre del Padre del cordero está escrito en la frente de los ciento cuarenta y cuatro mil, y aun entonces es su Padre, aunque Su nombre está en sus frentes; y tampoco está allí la relación de la esposa, la esposa del Cordero, hasta que se menciona que están teniendo lugar las bodas del Cordero. El sistema y las relaciones en el libro del Apocalipsis son, en conjunto, de otro carácter. Es Dios tratando con lo que está en la tierra, de acuerdo con la responsabilidad. Este sencillo pensamiento evita por sí mismo muchos errores. Y, además, el libro no es solamente judicial en su carácter, sino que trata de un juicio relacionado con la tierra, –es decir, que los hombres son responsables en la tierra de aquello que se encarga a su cuidado. Así que, si aún se habla de la Iglesia en este libro como estando en la tierra, el asunto del que se habla es el de su responsabilidad y, como tal, ella cae bajo juicio. De esta forma ustedes tienen la tierra como tema.

El siguiente comentario importante es que el carácter total del libro es profético. «Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía». Y aun cuando el mensaje se dirige a las siete iglesias, el lenguaje es profético. Esto no es así en las varias epístolas en la parte anterior del Nuevo Testamento. Aquellas son comunicaciones dirigidas a las iglesias, o a los santos, dirigiendo su conducta actual en la relación en la cual Dios, por Su gracia, los ha puesto consigo mismo y con Cristo el Señor.

Yo digo que estos mensajes son proféticos, es decir, son los anuncios de resultados y consecuencias que vendrán sobre aquellos a los cuales estos mensajes son aplicables, como formando un cuerpo público, en la forma de juicio, –no en la ministración de gracia y dirección en una unión segura y subsistente en relación con la cual no se sufre ningún cambio. No es que signifique una bendición presente para el que habla y para los que la recibirían al mismo tiempo, como teniendo oídos para oír. Nosotros vemos la misma diferencia en los profetas del Antiguo Testamento, y en los pasajes proféticos diseminados a través de las epístolas. Si ustedes examinan 1 Pedro 1: 11, 12, verán lo que quiero decir. «A estos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas». Este es el carácter correcto de la profecía. Es dirigida a uno, pero está destinada para otros. No dice «nos», como dice el Espíritu Santo en las epístolas; pues es una revelación de cosas futuras. Un profeta no profetizaba acerca de sí mismo. El Espíritu de Cristo revela al profeta cosas acerca de otros, y no acerca de él mismo. Además, la diferencia es que estas mismas cosas fueron informadas a los santos por aquellos que habían predicado el evangelio con el Espíritu Santo enviado desde el cielo. Cuando el Espíritu Santo habla en los santos, Él revela las cosas de las que Él habla como pertenecientes a ellos mismos; y, consecuentemente, de eso se trata cuando el Espíritu Santo habla en los santos. Él constantemente dice: «nos». Nosotros no encontramos esta pequeña palabra, «nos», en la misma relación, en ninguna parte del Antiguo Testamento. Veamos algunos ejemplos: «Al que nos amó y nos lavó», –«que nos bendijo», –«según nos escogió», –«habiéndonos predestinado», –«el cual nos ha librado», –«y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús». No se trata de mostrar meramente cosas que están por venir. Cuando el Espíritu Santo muestra cualquiera de las cosas de Cristo, Él incluye a todos los santos, –leemos, que «seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos». En una palabra, el Espíritu Santo, hablando de esta forma, incluye a todos los santos, como estando ahora asociados en la bendición, y apropiándose de todo lo que Dios nos ha dado «en Cristo Jesús». Solo que todavía no todo es disfrutado, de manera que aún tenemos que esperar hasta el final, «en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado».

 

Tenemos aquí tres etapas:

  • en primer lugar, el Espíritu de profecía ministrando en los tiempos pasados en los profetas no para ellos mismos;
  • en segundo lugar, el Espíritu Santo enviado a la tierra a anunciar la salvación;
  • en tercer lugar, Él llega a ser el sello, las arras, la unción, a través de los cuales nuestra porción es conocida y disfrutada, en la forma del Espíritu de esperanza, ya que mientras estemos aquí en el cuerpo, no tenemos realmente lo que habremos de tener. Tenemos las arras, pero esperamos la adopción, es decir, «la redención de nuestro cuerpo». Aun así, el Espíritu de Dios, como morando en la Iglesia, en su apropiado carácter eclesiástico, presenta el conocimiento del disfrute actual de lo que él revela en esas dos palabras enfáticas, «nos», y, «nosotros».

Nosotros vimos hace muy poco tiempo, hablando de Hebreos 9, que al final de su carrera, Cristo fue llevado arriba al cielo, y mientras él está allá arriba, antes que él regrese a esta tierra, hay una obra que se está efectuando por medio del Espíritu Santo. Se está reuniendo un Cuerpo y se lo asocia con Él, –la Cabeza en el cielo a la diestra de Dios, tal como se lee en el Salmo 110: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». En virtud de que la Cabeza fue ensalzada de esta manera a la diestra de Dios, él envía el Espíritu Santo para reunir un Cuerpo para que se identifique con él en gloria, para tener su misma gloria, para ser miembros de su carne y de sus huesos. He aquí el apropiado carácter eclesiástico del Espíritu; no es profecía, no son las comunicaciones a otros de lo que va a suceder sobre la tierra, sino que él es el sello, las arras y la seguridad de las bendiciones que son nuestras, testificando de qué manera Dios nos ha bendecido, –no alguien más–, y morando con nosotros hasta que Cristo venga. Entonces, bendito sea Dios, no quedará atrás ni una partícula del precioso polvo de sus redimidos; debido a que «el que se une al Señor, un espíritu es con él», y Cristo tomará al hombre completo, espíritu, alma y cuerpo, al más completo disfrute con Él mismo y para siempre.

Cuando el Espíritu de Dios llega a ser un Espíritu profético, el asunto es muy diferente. Su testimonio debe ser aplicado a una cosa terrenal. Él nunca profetiza acerca del cielo. Si el Espíritu Santo viene y dice: «Su gloria está sobre la tierra y el cielo» (Salmo 148: 13 - VM), esto no es una profecía de algún acontecimiento, –por ejemplo, una revelación. Nosotros estamos allí, en un sentido. Nos damos cuenta de nuestra comunión en los lugares celestiales, mientras esperamos aquí que tenga lugar el cumplimiento de todo, esperando la redención del cuerpo.

Pero, cuando yo desciendo a la tierra para pensar acerca de la tierra, aun si tengo que tratar con la iglesia, no obstante, lo seguro que son sus privilegios eternos vistos en su verdadero carácter, ella está frente a mí como un Cuerpo responsable sobre la tierra, y leemos –«las (cosas) que son»–, ella es responsable de acuerdo a la medida de los privilegios en los cuales ella es dejada aquí abajo.

Y es de extrema importancia asirse firmemente de esta verdad o no entenderemos los actos de Dios. El Espíritu Santo que mora en la Iglesia me une a Cristo. Si el asunto es acerca de la justicia, yo soy justicia de Dios en él; si el asunto es referente a la vida, él es mi vida; si es referente a la gloria, él dice: «La gloria que me diste, yo les he dado». Todo lo que él tiene es nuestro, salvo y excepto su Deidad, con respecto a la cual no hay necesidad de decir, obviamente que, con respecto a nosotros, él está solo [1]. Todo lo que Cristo tiene me pertenece, porque «el que se une al Señor, un espíritu es con él».

[1] Sin embargo, moralmente, nosotros somos hechos partícipes de la naturaleza divina, para que podamos deleitarnos completamente en Dios.

La profecía no podía tratar con esto debido a que era un misterio escondido en Dios, escondido por siglos y generaciones; pero ahora ha sido revelado por medio del Espíritu Santo, a saber, que en la actualidad la Iglesia viviente está en unión viva con Cristo, a la diestra de Dios en el cielo, –Cristo, la Cabeza en el cielo–, la iglesia, los miembros, en la tierra. Los santos del Antiguo Testamento no podrían haber hablado acerca de un hombre en el cielo que tuviese miembros sobre la tierra. La expresión “miembros sobre la tierra”, no habría tenido ningún significado para ellos; y Cristo tenía que haber sido rechazado de la tierra antes que yo pudiese hablar de él como siendo la Cabeza en el cielo, y teniendo miembros sobre la tierra. Cuando yo voy a la profecía, es entonces cuando yo veo a la Iglesia recibiendo el conocimiento de lo que Dios va a hacer sobre la tierra.

Cuando se habla a las iglesias, en Apocalipsis 2 y 3, el Espíritu nunca habla de la gracia fluyendo desde la Cabeza a los miembros del Cuerpo; y aun cuando vemos a los santos en lo alto, ellos no son presentados como un Cuerpo sino como adoradores separados que tienen un “objeto” que adorar en el cielo, sacerdotes para Dios. De hecho, el Espíritu no habla de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo en estos mensajes, sino de ciertos grupos y en ciertas circunstancias, y no como miembros de un cuerpo, ni tampoco habla del poder vivificador de la gracia obrando aquí abajo para producir bendición; sino que habla de la conducta de aquellos que han disfrutado de los beneficios de esta gracia cuando han sido puestos en este lugar de bendición. No habla de lo que la Iglesia es, sino que de lo que la Iglesia ha hecho. No se trata de la condición de la Iglesia situada en la gracia por el poder del Espíritu Santo (debido a que no se habla del Espíritu Santo, el cual la puso en esa posición, como obrando o morando en ellos); se trata de la responsabilidad de la Iglesia. Ustedes no podrán encontrar en ninguna parte, tal como lo dije antes, el amor del Padre por los hijos, ni siquiera al Espíritu Santo como el alma del Cuerpo (por decirlo de esta forma), uniéndolo a la Cabeza, ni del poder de la gracia, cuyo gran resultado es las bodas del Cordero; sino que es la Iglesia en una condición dada sobre la tierra, sometida a juicio. No hay nada aquí acerca de la unión con Cristo. Pero encontraremos esto, –a saber, el testimonio de lo que Cristo es para cada estado de cosas de los cuales se habla–, sus juicios actuales, los cuales él revela. Esto hace que ello sea muy sencillo y fácil de comprender, y también está lleno de provecho para nuestras almas, en el sentido de advertencia; mientras que los privilegios en los cuales hemos sido puestos son el manantial de toda bendición que hace muy verdadero que «el gozo del Señor es nuestra fuerza».

Pero, lo que nosotros obtenemos en Apocalipsis 1: 1, es muy precioso y pleno de enseñanza. «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto». Evidentemente, esto no es Cristo como la Cabeza del Cuerpo en el cielo, ni el Espíritu Santo obrando en sus miembros para edificar ese Cuerpo. Esa relación y posición son claramente puestas en evidencia en las epístolas. Pero, aquí está la revelación que Dios dio a Cristo para manifestar (no a los hijos, sino) a sus siervos, cosas que deben suceder pronto. Reitero, esto no es el Espíritu Santo, como en la Epístola a los Efesios, trayendo instrucciones de lo alto a los hijos y a la esposa, y mostrándoles a ellos sus relaciones con el Padre y el Esposo, sino que es una revelación a siervos acerca de cosas que sucederán sobre la tierra, «y la declaró enviándola por medio de su ángel». El ministerio de los ángeles es presentado así, mostrando el carácter profético de este pasaje. Obsérvese, además, que esta no es la revelación de las riquezas de Cristo mismo por medio del Espíritu Santo, sino que es un mensaje por medio de un ángel.

Versículo 2. «Que ha dado testimonio», –no de la comunión en Cristo o de la plenitud de Cristo–, sino «de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo». El testimonio de Jesucristo no es su plenitud, sino su testimonio rendido a algo más. Y noten aquí de qué manera hemos descendido ahora a los eventos sobre la tierra (y estos eventos no son nunca la plenitud de Cristo en el cielo); debemos tener claridad en nuestra mente acerca de este punto.

Versículo 3. Allí está, entonces, la bendición prometida para aquellos que leen u oyen esta profecía.

Versículo 4. «Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono». Aquí, la gracia y la paz no son las que vienen del Padre y del Hijo, sino de Jehová. El saludo, especialmente en lo que respecta al Espíritu Santo, no es lo mismo que vemos en 2 Corintios 13: 14, aunque sin duda los siete Espíritus aluden al Espíritu Santo, siendo el número siete el símbolo de perfección en Su diversidad de poder. El título que aquí se da al Espíritu está relacionado con la demostración del poder y de la inteligencia con los cuales es gobernada la tierra (compárese con capítulo 5: 6).

Versículo 5. «Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra». «Y de Jesucristo», –Cristo es el último de los tres que son mencionados, como mostrando cuán enteramente él es presentado en relación con el gobierno de la tierra. «El testigo fiel», –el que sacó a relucir infaliblemente lo que Dios es, y, de hecho, toda la verdad, cuando él estuvo en la tierra. «El primogénito de los muertos», –este es el poder de la resurrección «de entre los muertos», aquí abajo. «El soberano de los reyes de la tierra», –su lugar en el poder por sobre todo dominio aquí abajo, un lugar del cual él tiene que tomar aún la posesión efectiva. Aquí no se le llama «el Hijo del Padre», ni tampoco se le menciona como Cabeza del Cuerpo, la Iglesia; ni siquiera como el Cordero en medio del trono, sino como el Soberano de los reyes de la tierra, demostrándonos, de esta forma, que lo que se resalta aquí es simplemente su relación con la tierra.

Pero, además, en el momento que Cristo es mencionado, noten como el corazón de la iglesia se manifiesta con el gozo de su adecuada y personal relación con ese Cristo: leemos, «Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para su Dios y Padre» (Apocalipsis 1: 5, 6 – LBA). Esto no falla nunca; cuando se habla de Cristo, sin importar cuál sea el tema, él es todavía nuestro Cristo, con quien estamos vivamente asociados, de tal manera que es imposible oír su nombre sin que este atraiga la respuesta del alma y el reconocimiento de lo que Cristo es para ella. Aunque yo piense en el juicio y en él como el Juez, yo digo: “Yo estoy asociado con él; él es mi Cristo en todas las cosas”. Si en esta vida la mujer de algún hombre eminente lo viese venir, ella diría naturalmente: “Allí viene mi marido”, debido a que, en sus pensamientos, y ocupando el primer lugar, está su propia relación. Así sucede con respecto a la Iglesia en cuanto a Cristo, ante cualquier carácter en el cual él sea revelado. Así es al final del libro, cuando finaliza la parte profética, donde nosotros encontramos otra respuesta de la misma clase; en el momento que él dice: «Yo soy… la estrella resplandeciente de la mañana», la Iglesia responde instantáneamente de acuerdo a su esperanza en él, y dice, ven. «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven». Y así debiese ser siempre con respecto a nosotros: Cristo mismo debería estar llenando cada pensamiento y afecto del corazón. Es solamente esto lo que da valor a todo carácter del testimonio de Cristo, a cada parte de su gloria. Lo que concierne a Cristo me concierne a mí, cualquiera que sea el tema inmediato. Si mi corazón está ocupado con Aquel que posee la gloria venidera, a menos que yo lo encuentre en la gloria, la gloria por sí misma no sería nada para mí. Yo siempre quiero algo que concierna a Cristo; y porque concierne a Cristo, me debe concernir necesariamente. Es perfectamente verdadero que algunos temas, aunque estén en relación con nuestro Señor, son más interesantes que otros, y esto, en proporción a que nos lleven a una relación más cercana con él mismo.

En aquel día, la corona de Jesús estará compuesta de muchas diademas, y cada una de ellas, aunque usadas más con respecto a otros que con respecto a la Iglesia, formará parte de nuestro gozo debido a que tenemos parte en su gloria, ya que deberíamos sentirnos infelices si pensásemos que él podría perder cualquier parte de su corona y gloria. Nuestro gozo no consiste solamente en el conocimiento de la salvación individual, puesto que nuestra salvación no es el objetivo de nuestro gozo. Aunque, bendito sea Dios, es el comienzo para nosotros, no hay ninguna cosa vista en su relación con la gloria de Cristo que pueda perder nunca su valor a los ojos de un santo, aunque parezca desconectada de ella. Nosotros podemos ver esto llevado a cabo en el lecho de muerte de un cristiano; si Cristo ha sido su gozo, todo lo que le pertenece a Él será precioso. Si el alma ha estado ocupada solamente con la obra de Cristo, trayéndole salvación a ella misma, habrá paz porque conoce la salvación; pero si la Persona de Cristo se ha convertido en el objeto de su afecto y el alma está ocupada con Él mismo, una persona como esta tiene un constante manantial de gozo en su interior, así como una paz estable; debido a que cuando Cristo es el objeto personal del alma, ella posee un gozo que, el solo hecho de saber que nosotros somos salvos (lo cual ya es una bendición), no puede darnos en forma continua. Si Cristo llena el corazón no seré simplemente feliz debido a que soy salvo, sino que al pensar en Aquel hacia el cual yo estoy yendo llenará mi alma. Es verdad que yo voy al cielo, pero el pensamiento que hace del cielo un cielo para mi alma, es pensar que Cristo mismo está allí; hay alguien allí hacia quien ir. La Persona que he amado en la tierra es aquella con la que voy a estar en el cielo. Y en la Escritura siempre está expresado de esta manera. Para el espíritu, ello es partir y estar con Cristo.

Desde el principio mismo del libro, la Iglesia es puesta en un lugar aparte; pues su lugar sacerdotal está arriba en el cielo (fuera de la esfera de acción de este libro, o, más bien, adentro, detrás del velo), en el lugar desde donde vino este libro. Estos, entonces, como hablando en la tierra en el versículo 5, son los pensamientos acerca de la Iglesia, – «Al que nos ama». No hay ningún asunto acerca de juicio: Él «nos ama»; ninguna incertidumbre con respecto a la condición: Él nos «libertó de nuestros pecados con su sangre». El lugar del creyente ya no es un asunto dudoso cuando comienza el testimonio profético del libro. Cristo murió y resucitó, «e hizo de nosotros un reino y sacerdotes» (Apocalipsis 1: 6 – LBA), títulos que obtenemos sin que nuestra responsabilidad los ponga en duda. Tenemos responsabilidades, pero Jesús nos libera, y somos conscientes del lugar en que somos puestos, teniendo la respuesta del corazón en el cual mora el Espíritu Santo.

El lugar de la Iglesia es dejado establecido incuestionablemente antes de que cualquier otra cosa sea revelada. Este mismo principio es expuesto más detalladamente en Efesios 1. En primer lugar, la Iglesia es puesta en la misma verdadera aceptación en la que está puesto el propio Señor Jesucristo, antes de que sea mostrado «el misterio de su voluntad» (Efesios 1: 9). Esto no es profecía, sino que es la Iglesia siendo puesta como Cristo mismo, para ser el resplandor de su gloria. De esta forma, en primer lugar, «aceptos en el Amado» (Efesios 1: 6), luego, Dios, en las abundancias de Su gracia y en sabiduría y prudencia hacia ella, la deja entrar a los secretos de Sus pensamientos y propósitos con respecto a la gloria de Cristo, de reunir todas las cosas en Él.

El Espíritu concluye todo esto con un Amén, y ahora Él comienza con la tierra, y habla de los efectos de la venida de Cristo en sus habitantes.

Versículo 7. «He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él». No así la Iglesia. Yo no me voy a lamentar cuando vea a Cristo. ¡Ah! cómo resplandecerá mi rostro cuando yo obtenga un primer vislumbre de Él. Aunque, ¡lamentablemente! si nuestros afectos no son correctos, no puede ser un gozo actual pensar en ser transformados para encontrarnos con él. Y en este punto yo preguntaría, ¿hay algo que usted se permita que le hiciera desear una demora en la venida del Señor, incluso cualquier afecto natural que entre, desviando el ojo y el corazón? Si el corazón está bien ligado arriba con Cristo, y nosotros sentimos lo que es estar en un mundo como este, no solo de esfuerzo sino de pecado, ¡qué pensamiento es el estar con Cristo fuera de este! ¡Con toda seguridad no hay una cuerda en el corazón del santo que no vibre, contrariamente a los sentimientos de aquellos cuyos ojos le verán y harán lamentación! Y aún la esperanza positiva, el gozo de verlo y de estar con él mismo, es aún más una fuente plena y permanente de gozo que la salvación misma. Cuando digo: «Todo ojo le verá», entonces ello es lamentarse con el pobre mundo; pero cuando digo: “Mi ojo le verá”, entonces cada sentimiento de mi alma estará absorto con gozo, –todo lo opuesto a lamentar. ¿Estoy solamente esperando no ser castigado? ¿acaso no dijo Cristo?: «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros…, y vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo», como diciendo realmente: “Este mundo no es lo suficientemente bueno para ustedes; yo no me puedo quedar con ustedes aquí donde están estampados por todo alrededor el pecado y el sufrimiento; pero cuando el lugar esté preparado, yo vendré y los tomaré para que estén conmigo donde yo estoy”. ¡Que completa diferencia entre los dos aspectos de la venida del Señor!

Versículo 8. Después de ver su gloria y dominio, obtenemos la gloria de su Persona, «El Alfa y la Omega, principio y fin», – el Todopoderoso. No es el Padre el que está aquí. ¡Qué diferencia hay entre esperar lo que el Todopoderoso hará en la tierra, y ser llevado arriba a la casa de mi Padre y hablar de lo que mi Padre es para nosotros allí!

 

Hay tres grandes nombres en los cuales Dios se revela al hombre.

• En primer lugar, a Abraham en Génesis 17: «Yo soy el Dios Todopoderoso (El Shaddai); anda delante de mí y sé perfecto». Esto fue como decir: “Yo soy el Todopoderoso: por lo tanto, confía en mí”. A lo que se llama perfección es a una respuesta al carácter en el cual Dios es revelado a nosotros. «No consintió que nadie los agraviase, y por causa de ellos castigó a los reyes» (Salmo 105: 14).

• En segundo lugar, cuando él viene a Israel, él asume otro nombre. En Éxodo nosotros le hallamos revelándose a ellos como Jehová, el eterno yo soy, avanzando para cumplir todas sus promesas.

• En tercer lugar, para los santos, él es ahora como un Padre. Ellos son tomados y puestos en relación con el Todopoderoso y Eterno Jehová, en la relación de hijos con un Padre, en el disfrute de la vida eterna que se les ha impartido. «Y seré para vosotros por Padre… dice el Señor Todopoderoso». Por lo tanto, no podemos responder a esta revelación más que con el espíritu de adopción, y siendo realmente hijos y poseyendo la naturaleza y el Espíritu de Aquel que es nuestro Padre. Ahora no se dice, como en el caso de los títulos Todopoderoso y Jehová: «Sé perfecto»; sino que cuando el nombre del Padre es revelado, cosa que Cristo hizo, se dice: «Sé perfecto como». Nosotros no confiamos en él como extranjeros; nosotros andamos con y como él, en calidad de hijos. Así que es como Padre que nosotros le conocemos, Aquel que es Todopoderoso; y Cristo dice que la vida eterna es conocer al Padre y a Él mismo. Además, leemos, «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»; y, por otra parte, «cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí». Ellos piensan que están sirviendo a Dios cuando están dando muerte a los hijos de Dios; pero ellos no conocen al Padre ni al Hijo. Nosotros hemos visto que este título de «Padre» no es el título en el que Dios es revelado en el Apocalipsis; él es revelado como Todopoderoso y Jehová.

Versículos 9 a 13. «Yo Juan… estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo». Presten atención nuevamente aquí al carácter que toma Cristo en relación con las siete iglesias, así como con el mundo. No es como Cabeza del Cuerpo, como la fuente de gracia para sus miembros abajo, sino que es como el de alguien caminando en medio de algo que está fuera de él mismo, y pronunciando su juicio acerca de su estado externo.

Versículo 13. Vemos que, aunque Cristo es revelado como el Hijo del hombre, él también es Jehová y lleva todas las características del Anciano de días en Daniel 7. «Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana». En Daniel, el Hijo del hombre es traído al Anciano de días. En Apocalipsis 1: 14 [2], él mismo es mostrado como siendo el Anciano de días, «Sus ojos como llama de fuego» para penetrar en el corazón en juicio. «Dios es fuego consumidor». «De su boca salía una espada aguda de dos filos», –empuñando de esta forma toda autoridad con la espada del juicio.

[2] De hecho, en Daniel vemos también que él mismo es el Hijo del hombre, el Anciano de días. Véase Daniel 7: 22.

Versículos 17, 18. «Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos». Es maravillosamente alentador para el alma pensar que él, que es divino, el Alfa y la Omega, el primero y el último, fuera de quien no hay Dios, es Aquel verdadero que descendió bajo el poder de la muerte por mis pecados, y entonces, resucitando de nuevo sin ellos, no solamente ha quitado para siempre todo pecado, sino que me ha liberado de aquel que tenía (y además justamente) el poder de la muerte, es decir, el diablo, y me llevó arriba a la presencia misma de Dios. Él «padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios». Esto es lo que brinda una paz tan inmutable al alma; porque si yo me he encontrado con Dios, yo no tengo que buscar nada más. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Si mi alma ha visto a Cristo muriendo sobre la cruz por sus pecados, yo me he encontrado también allí con Dios en la solemne cuestión del juicio; y entonces he venido ante Dios a través de un Cristo muerto y viviente; y habiendo llegado él mismo ante Dios, he conseguido todo lo que la tierra abajo o lo que el cielo arriba me pueden dar. Porque este muy manso, este único muy humilde, quien fue llevado como un cordero al matadero, es el mismo Dios ante quien yo he sido traído y que ahora, sin la más pequeña mancha de pecado que me podría avergonzar en su presencia, de forma que estoy con él en perfecto amor, toda causa de temor ha sido eliminada para siempre; y él vive para revelarse a nosotros en el poder de una vida eterna.

Versículo 19. Volviendo a la parte profética, tenemos aquí lo que es muy importante: a saber, las tres grandes partes del libro del Apocalipsis muy claramente expuestas.

  • En primer lugar, «las cosas que has visto», –es decir, Cristo caminando en medio de los candeleros.
  • En segundo lugar, «las (cosas) que son», –la condición temporal o el estado externo de las iglesias, o iglesia profesa en la tierra; no el estado eterno y los inmutables privilegios de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
  • En tercer lugar, «las cosas que han de ser después de estas» [3], –las cosas proféticas, los acontecimientos finales en el trato con el mundo.

[3] Es decir, después de las cosas «que son».

El capítulo 4 muestra a la Iglesia en el cielo. Al hablar yo de las cosas que son, no aludo de ninguna manera (puesto que la Escritura no lo hace) al estado eterno de la Iglesia en su unión con Cristo, como su Cabeza en gracia, sino que aludo a una condición temporal, a un estado externo de la Iglesia considerada aquí abajo como responsable durante un período dado; y esta condición temporal, este estado externo, es juzgado en las siete iglesias. Repito nuevamente, no son de nuestras «bendiciones espirituales en los lugares celestiales en Cristo» de lo que se habla aquí, sino de aquello en medio de lo cual Cristo está caminando, fuera de él mismo en la tierra. En la tierra él necesita un candelero, –una luz; no así en el cielo, allí no hay necesidad de ningún candelero–, de ninguna luz de lámpara, para que alumbre allí, «porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera». Pero él necesita portadores de luz en la tierra, y por este motivo el símbolo de los candeleros es entregado a las siete iglesias, –para ser la «luz del mundo». Ellos son iluminados desde el cielo para que den luz en la tierra, en los oscuros lugares abajo–, para dar testimonio de Cristo, mientras él está lejos en el cielo, escondido en Dios. Y es para probar a estos portadores de luz por lo que Cristo camina como Hijo del hombre entre los candeleros. Es verdad que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, pero mientras caminamos en la tierra nosotros debemos resplandecer como luminares en el mundo, como los que muestran lo que el cielo puede producir, –estar viviendo en el cielo mientras se camina en la tierra; como Jesús habló cuando estuvo en la tierra, «el Hijo del hombre, que está en el cielo».

Versículo 20. «El misterio de las siete estrellas» presenta el pensamiento de poder –poder subordinado, y los ángeles [4] son los representantes simbólicos de las iglesias.

[4] Observen aquí lo siguiente: se ha supuesto que esta palabra, «ángel», es usada en referencia al ángel de la sinagoga y por lo tanto significa un obispo o jefe de ancianos. Pero el ángel (angélo, mensajero) de la sinagoga no era en absoluto el gobernante de la sinagoga; él era un lector, una especie de empleado. El gobernante de la sinagoga era realmente otra persona. Podría ser que en el tiempo en que fue escrito el Apocalipsis el más anciano o el más eminente de entre los ancianos tuviese una especie de preeminencia; pero, aunque de hecho haya sido así, de tal forma de hacerle responsable, el hecho que aquí él es llamado ángel es una prueba de que, si la responsabilidad era mantenida, ningún título eclesiástico de ese tipo habría sido reconocido en la Escritura por el Señor.

Poder espiritual, como representando a Cristo en la tierra, es lo que la iglesia podría haber mostrado. A través de toda la Escritura el poder superior es simbolizado por medio del sol, y el poder subordinado por medio de las estrellas. El ángel de algo significa el representante de eso que no estaba presente allí en sí mismo, como incluso el ángel de Jehová. Así, cuando Pedro tocó a la puerta, se dijo, «¡Es su ángel!»; y de los niños se dice, «sus ángeles» (Mateo 18: 10). Para una ilustración de lo que yo quiero decir, cuando Jacob se encontró con el ángel en Peniel, él luchó con el ángel y prevaleció, pero él llamó al lugar: «el rostro de Dios». Así estuvo Moisés con el ángel en la zarza. Y es de esta manera que nosotros tenemos los ángeles de las siete iglesias.

Tomemos ahora la idea general. Hemos visto que no tenemos aquí a la Iglesia considerada como unida con Cristo su Cabeza; ni tampoco es vista en su apropiado carácter celestial (aunque debería ser manifiesto de por sí), sino que la vemos en su estado temporal, como bajo la mirada del Señor para juicio. En vez de Cristo como Cabeza del Cuerpo, lo que se deja muy en claro aquí son las responsabilidades vinculadas al Cuerpo en su estado temporal, y cierta conducta esperada por los privilegios recibidos. Tampoco se trata del acto de dar estos privilegios, sino del uso que hemos hecho de estos privilegios. Demos una mirada a épocas particulares de bendición a la Iglesia como ilustración de esto. La Reforma, por ejemplo, fue una obra del Espíritu de Dios; y Dios viene a ver qué es lo que ha hecho el hombre con esta, Su obra, –de qué modo los hombres han usado la bendición que obtuvieron por medio del resurgimiento de Su verdad, juzgando cuál uso están haciendo de privilegios dados a ellos en ese entonces. ¿Qué se descubre de los más de cuatrocientos años transcurridos desde que el Espíritu de Dios obró tan poderosamente? La obra de su propio Hijo, el evangelio de su gracia, la justificación por medio de la fe, fue, y nosotros lo sabemos, lo que salió a la luz en aquel entonces. ¿Qué es lo que esto ha producido en la iglesia profesa? Es como si él hubiese dicho: “¿Qué más podía hacerse? Yo sembré buena semilla, yo planté una viña escogida y ahora yo he venido a buscar fruto; ¿y dónde está este fruto?” Por consiguiente, ninguna de las siete iglesias es vista como la obra de Dios en sí misma. Lo que tiene lugar es una investigación judicial, y Dios no está juzgando su propia obra (escasamente necesito decirlo), sino al hombre en el terreno de la responsabilidad, de acuerdo a lo que él ha recibido a través de esa obra.

Yo veo en la Escritura una completa y muy definida diferencia al hablar de la Iglesia de Dios. Los padecimientos de Cristo y la gloria que debería seguir eran el testimonio de los profetas antes que el Espíritu Santo fuese enviado aquí abajo. Cristo dijo, «Sobre esta roca, edificaré mi iglesia»; esta aún no había sido formada. No podemos obtener a Cristo como la Cabeza en el cielo, hasta que la redención sea algo consumado; no estoy hablando aquí de la salvación individual, sino del Cuerpo de Cristo. En Esteban obtenemos otro paso: un hombre en la tierra, lleno del Espíritu Santo, ve los cielos abiertos y al Hijo del hombre estando de pie a la diestra de Dios («y dijo: He aquí, yo veo abiertos los cielos, y al Hijo del hombre, puesto en pie, a la diestra de Dios». Hechos 7: 56 - VM). En Pablo, por otra parte, hay un punto más, –es decir, la unión con Cristo. Los cristianos son miembros de él mismo, y esto no es simplemente por medio de la participación en su naturaleza, partícipes de la naturaleza divina, sino por el poder en el cual él fue resucitado, unión con él mismo, la Cabeza, por medio del Espíritu Santo, leemos: «¿Por qué me persigues?» (Hechos 9: 4). Si mi mano es herida, yo digo que estoy herido debido a que mi mano forma parte de mí. Pero, además, por consiguiente, hay otro carácter que tiene este cuerpo y es que somos «juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu». Siendo ahora la Iglesia el lugar donde mora Dios, y puesta sobre la tierra para la manifestación de la gloria de Dios, Dios viene entonces a juzgar cuál ha sido el fruto de estos privilegios, cuando los puso en la mano del hombre. No es del hecho del Espíritu Santo morando en la Iglesia de lo que aquí se habla, sino del uso que los hombres han hecho de esto.

Hay dos principios sobre los cuales Dios juzga siempre a su pueblo:

  • en primer lugar, su estado original, el punto desde el cual ha habido alejamiento, es decir, la bendición que él les dio al comienzo;
  • en segundo lugar, ese punto hacia el cual se encaminan sus pasos, –la esperanza puesta delante de su pueblo–, la aptitud para la bendición con la cual él va a encontrarse con ellos al final, en la manifestación de su presencia.

Podemos tomar a Israel a modo de ejemplo, como sacando a relucir el principio. En Isaías 5, Dios dice: «¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?» Y luego, en el capítulo 6 donde la gloria del Señor es vista, su manifestación no solamente demostró que el estado de Israel no respondía a la bendición otorgada sobre ellos al comienzo (por lo que Isaías dice, «¡yo habito en medio de pueblo que tiene labios inmundos!»), sino que su estado no estaba preparado para la gloria que el Señor les había enseñado esperar. Los del remanente siempre son preservados de acuerdo con la gracia, mientras los demás son juzgados.

Pero, volviendo a la condición de la Iglesia: el Señor muestra primeramente el privilegio que él ha dado y luego pregunta si el caminar ha sido de acuerdo con este privilegio; tal como él dice a la Iglesia de los efesios: «¿Has dejado tu primer amor? Sí, lo has dejado». «Recuerda, por tanto de donde has caído». «Yo te he amado y me entregué a mí mismo por ti», era la medida justa del amor a él, en la cual ellos deberían haber caminado como «la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre», –puestos bajo la protección de la sangre en cuanto a toda santa manera de vivir, tal como es vista, en su tipo, en los sacerdotes. La sangre se ponía sobre la mano, el pie y la oreja de ambos, del leproso para ser limpiado y del sacerdote en su consagración, de tal manera que no se permitiría nada que deshonrara una protección como esa. Entonces viene la pregunta, ¿Hemos actuado nosotros de acuerdo a la sangre que ha sido puesta sobre nosotros? ¿Nada ha pasado por la mente, acción, o al caminar, sino lo que ha sido según Dios? El Señor siempre ejerce juicio en una iglesia, aunque él tiene una gran paciencia con ella. Él mostró su paciencia para con Israel por más de setecientos años después que pronunció juicio por boca de Isaías, y Dios no baja nunca el nivel de las demandas de su primera bendición, aunque pueda ser paciente cuando su pueblo fracasa.

Él dice a Sardis: «No he hallado tus obras perfectas delante de Dios»; sin embargo, ¡cuán bajo ella había caído! Podemos postrarnos ante Dios en el fracaso, pero, aunque siempre encontramos la gracia que nos levanta de nuevo, a pesar de eso, Dios nunca rebaja la norma de lo que debe ser producido, ni podríamos siquiera desear que Dios debiera hacerlo. Ningún santo verdadero podría desear que debiera rebajar el nivel de Su santidad para dejarnos entrar en el cielo.

Yo no podría aceptar (por medio de la gracia) nada menor a la imagen de la Iglesia tal como Dios la presentó por primera vez. Tomen incluso al hombre como hombre: ¡es lamentable! yo he perdido la inocencia; pero ¿puedo yo aceptar cualquier nivel menor a la ausencia total de pecado? Y esto no es todo, puesto que ahora Dios levanta un más excelente Objeto de deseo ante mi corazón, en el cual Él reemplaza lo que ha sido perdido, por medio de la completa revelación de sí mismo, su propia gloria en su pueblo. Por lo tanto, el santo tiene que juzgar su estado, no por medio de lo cual cayó Adán, ni siquiera solamente por medio del primer estado de la Iglesia, sino por medio de Cristo con quien él tiene que encontrarse.

Por lo tanto, hay dos formas en las cuales Dios está juzgando: a saber, el alejamiento de la primera condición de bendición; y luego, cuán lejos se halla la plenitud de la bendición a la cual Dios nos está llamando. Por consiguiente, Dios nos juzga por nuestra pasada bendición y por nuestra bendición futura. Mientras vemos en todos los mensajes a las iglesias su abandono de la bendición original, y la indagación acerca de hasta dónde su presente condición se corresponde con la bendición a la cual ellos son llamados, y de la cual se habla en forma de promesa. Pablo pudo decir: «Pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo a la meta», y cuando un hombre puede decir esto, entonces su conciencia es buena y feliz con Dios, a la vista de la gloria ante él. Pero me gustaría insistir sobre todas sus almas con esto, –que el nivel de ustedes está equivocado y sus afectos están equivocados, si ustedes están haciendo cualquier otra cosa excepto seguir al Cristo de gloria presentado al ojo de su corazón. Ustedes saben bien que la Iglesia no ha guardado su primer amor. Recuerden que, aunque él es paciente, él no puede rebajar el nivel, y por consiguiente: «arrepiéntete». Hay abundante gracia para levantar y restaurar, pero mi conciencia no podría ser feliz si Dios rebajara la imagen que él me ha dado de la Iglesia.

El hombre ha perdido la inocencia; pero la bendición ha entrado por medio de la cruz, y aunque yo no he alcanzado el glorioso resultado de esa redención manifestada en la gloria de Aquel que la consumó, «yo prosigo a la meta»; mi conciencia no podría estar feliz de otro modo. Supongamos que el pensamiento del Señor viniendo a recibirnos a la gloria estuviese muy presente para nosotros, ¡cuántas cosas desaparecerían! ¡Cuántos objetos a los cuales ahora nos aferramos, cuántos dolores y preocupaciones que nos agobian serían nada, si la esperanza de su venida estuviese firmemente ante nuestros ojos! «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro». (1 Juan 3: 3).

Pero la iglesia ha dejado su primer amor, y también ha perdido su expectativa. La esperanza de la venida del Señor hace que él esté muy presente para nuestras almas, así como para juzgar la condición en la cual nosotros estamos. Tú estás llamado para encontrarte con Jesús; ¿estás tú en una posición tal que te haría avergonzar ante él en su venida?

Puedo agregar que hay también otro principio que es un motivo para santidad en la iglesia, la presencia del Espíritu Santo. Está dicho: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios». No hagan nada inconsistente con su presencia, así como con la gloria hacia la cual ustedes están yendo, de la cual él es el testigo. En las tres primeras iglesias no hay ninguna referencia a la venida del Señor; pero después de ese tiempo, cuando el fracaso se ha instalado completamente, entonces es cuando es presentado el pensamiento de la venida del Señor. Ello es nuestro gozo y nuestra esperanza para sostenernos cuando todo lo demás fracasa.

Yo solamente resumiría lo que he dicho. El carácter del libro del Apocalipsis es profético. Nosotros no vemos de ninguna manera aquí a la Iglesia como habitada por el Espíritu Santo, dando el conocimiento de Cristo como Cabeza del Cuerpo, o en comunión con el Padre y el Hijo. Todo es judicial. Claramente, Cristo es el Juez, primero de la Iglesia y luego del mundo, – de la Iglesia contemplada en su condición terrenal, obviamente, no en su condición celestial. Todo el libro está dividido en tres partes:

  • las cosas vistas,
  • las cosas que son
  • y las cosas que han de ser después de estas.

Y, tal como hemos visto, Dios tiene dos grandes formas de juzgar. Él ve si estamos obteniendo provecho según las bendiciones ya otorgadas, y si estamos caminando en una manera apropiada a la gloria prometida.

Hay un regreso esperado en gracia según los privilegios concedidos, y una respuesta del corazón a la gloria hacia la cual él nos está llamando. Habiéndonos bendecido, él espera la respuesta: «Sí, ven, Señor Jesús». Él espera el fruto de su gracia hacia nosotros y yo debo mirar hacia lo que yo soy llamado por medio de ella. No que yo lo haya logrado, pero prosigo en el poder de una nueva vida, «olvidando ciertamente lo que queda atrás». Dios ha dispuesto su corazón para bendecirnos de una cierta manera y lo que él busca es que nuestros corazones respondan a este conocimiento del llamamiento celestial.

Que nosotros podamos gustar ahora de aquello a lo cual Dios nos ha llamado en comunión con su Hijo. Que esto pueda tener tal dominio sobre nuestros afectos que podamos estar honestamente capacitados para decir: «Pero una cosa hago». Que el Señor abra y llene nuestros ojos con la gloria del Señor Jesucristo, y nos haga andar en el poder de esa esperanza, –la esperanza de verle a él tal como él es, y de estar con él y como él para siempre.

2 - Segunda conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulos 2 y 3

La Iglesia. La última vez que estuvimos hablando, yo me estuve refiriendo brevemente al carácter distintivo de la Iglesia de Dios; y al carácter de este libro, en cuanto a que es un libro de juicio, ya sea con respecto a la Iglesia o al mundo.

Es importante distinguir entre la visión de la Iglesia de Dios como un Cuerpo responsable en la tierra, y por esta razón sujeta a juicio, y esa visión de ella que la ve como el Cuerpo de Cristo y disfrutando de su lugar apropiado ante Dios, y de sus privilegios como tal. Debemos mantener estas dos verdades claramente y sin ninguna duda ante nuestras mentes, o nos confundiremos al respecto.

La vez anterior vimos que Dios le ha otorgado a Cristo ser «Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo». El pensamiento y el propósito de Dios acerca de la Iglesia son que ella debería ser el Cuerpo de Cristo cuando Él asuma el dominio sobre todas las cosas. Dios ha exaltado a Cristo muy por sobre todo principado, autoridad, poder y señorío, y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su Cuerpo, y, por consiguiente, ella es llamada: «la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo». Toda la plenitud de la Deidad habita en Cristo; pero esto realmente es otra cosa. Nosotros somos Su plenitud, es decir, nosotros completamos el hombre místico, siendo Cristo la Cabeza. Porque la Iglesia es aquello que completa y exhibe la gloria de Cristo en el mundo venidero, y en aquel tiempo el creyente no solo conocerá a Cristo en el cielo, sino a Cristo como gobernante sobre la tierra, sobre todas las cosas. Es un pensamiento bienaventurado el de que no es simplemente Dios como Dios quien llena todas las cosas, sino que Cristo llena todas las cosas en redención y plenitud intercesora en gracia y justicia. «El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo». Desde el polvo de la tierra hasta el trono de Dios en lo alto, todo ha sido la escena del cumplimiento, y testimonio también, de la gloria de Cristo. Pero cuando realmente y de esa forma él «llene todo», y esto no es simplemente conocido a la fe, no hará esto a solas, sino que lo hará como Cabeza del Cuerpo que está siendo formado ahora, tomando a la Iglesia para compartir en Su dominio y gloria. En ese día todas las cosas estarán sujetas a él, pero la Iglesia estará asociada con él. Tal como fue en el huerto: a saber, Adán, la imagen de Aquel que había de venir, era señor sobre toda la creación; Eva no era ni parte de la creación sobre la que Adán reinaba, ni tenía ella aún ningún derecho propio sobre esta, pero estaba asociada con él en el dominio. El pasaje en Efesios 5 toma la formación de Eva y la aplica a la iglesia, – «Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia».

Cristo tiene todos los derechos a este dominio sobre todas las cosas (véase Colosenses 1). Como Dios, todas las cosas fueron creadas por él y para él. Y observen que en el pasaje él tiene una doble primacía, –Cabeza de la creación cuando como Hijo, él toma su lugar en ella porque él es Creador; y también Cabeza de la Iglesia porque «él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia».

Un segundo derecho a la primacía es que él es «el Hijo», –no simplemente como Creador (como hemos visto en Colosenses 1, «nos ha… trasladado al reino de su amado Hijo».), sino también por herencia. En Hebreos 1 encontramos este consejo e intención de Dios con respecto a su Hijo: «a quien constituyó heredero de todo», etc. Aquí la atención está puesta en el Mesías.

Un tercer derecho a la primacía es que él es hombre. El Salmo 8, el cual celebra la gloria del milenio, es citado y aplicado por el Espíritu Santo a Cristo en Hebreos 2:6 al 9: «Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra», y todas las cosas puestas bajo sus pies (véase también Efesios 1: 22; 1 Corintios 15: 27). Vemos, de esta forma, su derecho al dominio: primero como Creador, «Porque en él fueron creadas todas las cosas»; en segundo lugar, como el Hijo, «a quien constituyó heredero de todo»; en tercer lugar, como Hombre, bajo cuyos pies son puestas todas las cosas en los consejos de Dios. Entonces, podríamos agregar, él no puede tomar la herencia como una cosa contaminada y, por lo tanto, él tiene un cuarto derecho en la forma de la redención. Su derecho es para una herencia redimida y purificada, «las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos». Con nosotros, quienes estábamos bajo el pecado, enajenados en nuestras mentes haciendo malas obras, no es simplemente purificación: también es eliminada la culpa. Entonces él nos toma y nos hace su Cuerpo, como está escrito: «Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos». El Espíritu Santo desciende y nos consagra para ser el Cuerpo de Cristo en poder viviente y en unidad, puesto que somos bautizados con el Espíritu Santo en un solo Cuerpo. No solamente cada alma es vivificada y sellada por el Espíritu, sino que, con respecto a los creyentes, «por un solo Espíritu fuimos bautizados en un cuerpo». Esto comenzó en el día de Pentecostés y desde entonces este bautismo ha sido la porción de cada creyente. Es una gran y bienaventurada verdad el que, con independencia de cómo nosotros podamos haber contristado el Espíritu, a pesar de eso, individualmente, el Espíritu permanece con el creyente y lo reprende. Y también es una gran bendición con respecto a la Iglesia el hecho de que el Espíritu Santo no está aquí solamente por un poco de tiempo con su pueblo y luego se marcha, como el Señor Jesús. Leemos: «Os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre». Y noten esto, que la presencia permanente del Espíritu Santo en la Iglesia es en virtud de la redención que Cristo ha llevado a cabo y no está subordinada a nuestro uso de los privilegios otorgados (aunque cuando él está presente su acción está de acuerdo al uso o abuso de estos privilegios).

La Iglesia de Dios, unida al Señor Jesucristo, tiene su sitio, en primer lugar, por la virtud de la Persona de Cristo; en segundo lugar, en la redención llevada a cabo por Cristo; en tercer lugar, por la presencia del Espíritu Santo. Esta no es una cuestión de profecía, sino que es el poder de la divina gracia viviente, situando a la Iglesia en la gloria divina. En el momento que el Espíritu Santo formó de esta manera la Iglesia, ella es tratada aquí abajo como el Cuerpo de Cristo, «en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios». (Colosenses 2: 19). Tal como en el crecimiento de un niño, el cuerpo está allí, y cada miembro en su lugar, y crece hasta su estatura completa.

Sin embargo, en Efesios 1 y 2, nos son presentados dos aspectos distintos de la iglesia, –a saber, el Cuerpo de Cristo está en el cielo, y la morada de Dios por el Espíritu, en la tierra. Este segundo carácter de la Iglesia es profundamente importante. La Iglesia de Dios, siendo formada por el Espíritu Santo en la tierra, involucra necesariamente la responsabilidad de la Iglesia de manifestar en la tierra la gloria de Aquel que la estableció de esta manera. La responsabilidad nunca cambia la gracia de Dios. Pero mientras la Iglesia permanece en la tierra, ella es responsable aquí abajo con respecto a la gloria de su Cabeza ausente, –no como bajo la ley, obviamente; sino que la Iglesia es responsable de representar la gloria de Aquel que la redimió y la puso aquí. Es para ser una luz en medio de la oscuridad, –«en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo»; «para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable». Y, como Pablo dice en 2 Corintios 3, «así que sois manifiestamente una epístola de Cristo… conocida y leída de todos los hombres» (2 Corintios 3: 2, 3 - VM). La palabra es «epístola», y no, «epístolas», de Cristo. Ella es un solo Cuerpo, –una sola transcripción de Cristo. La Iglesia fue puesta como la carta de recomendación de Cristo para todos los hombres, para que en ella los hombres puedan leer y ver el poder de la redención y el carácter de Aquel que está fuera de la vista, por medio del Espíritu Santo morando en ella y formándola para ser el testimonio visible de su invisible Cabeza. Jesús dice en Juan 17: «para que todos sean uno». ¿Y con qué propósito? «Para que el mundo crea (no todavía para que sepan, –ese es el fruto de la gloria) que tu me enviaste». Este debería haber sido el efecto de esta unidad en referencia a la época presente. Cuando la Iglesia esté en la gloria manifiesta con Cristo y como Cristo, el mundo necesariamente sabrá que el Padre envió al Hijo; y no solo esto, sino que sabrá que el Padre nos ha amado como Él amó a Jesús, viéndonos a nosotros en la misma gloria que a Jesús. Por lo tanto, debía ser con anterioridad a esa época que el mundo, para poder creer, debía ver a la Iglesia como una sola, –debía ver a la Iglesia en su lugar de responsabilidad, como esta epístola de Cristo. Su responsabilidad es que la vida de la Cabeza en el cielo debería ser manifestada en la tierra en poder. Vemos, de este modo, qué lugar de responsabilidad es estar bajo la gracia, porque es por el hecho de estar bajo tal gracia gratuita, como estamos, que aparece nuestra correcta responsabilidad. Cuando llegamos a este terreno del un solo cuerpo responsable en la tierra, encontramos, obviamente, al Señor tomando conocimiento de las acciones de la Iglesia bajo esta responsabilidad.

De esta forma, en estos dos capítulos (Apocalipsis 2 y 3) tenemos al Señor, no como la Cabeza del Cuerpo, no como Aquel del cual fluye la gracia hacia abajo a los miembros del Cuerpo, sino caminando en medio de los candeleros en el carácter de un Juez, para ver si ellos están actuando de acuerdo con la gracia recibida. Este principio de juicio recorre todas ellas: es decir: “Yo daré a cada uno de ustedes de acuerdo con el uso que haya hecho de los privilegios y la gracia en las que la Iglesia fue puesta al principio”. Esta es una palabra solemne para nosotros, justo en proporción a nuestra estimación de la gracia. No es condenación como por medio de la ley, sino que, mientras más entiendo el amor al cual he fallado en testificar, mi corazón estará más afligido cuando yo no dé una respuesta verdadera a esa gracia, puesto que relaciona al pecado, como si lo estuviese, con el nombre de Dios, el cual yo llevo. El efecto de la maldad de Israel no solamente demostró que el hombre era un pecador, sino que, habiendo puesto Dios Su nombre allí, esto relacionó el pecado con el nombre de Dios. Fue en este terreno que el Señor reprochó a Israel cuando Él dijo, «el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros». El testimonio de Su nombre fue puesto en su custodia y debería haber sido guardado por ellos. Dios sabrá cuan completamente reivindicar Su santo nombre al final, en la tierra. Aún más es este el caso con respecto a la Iglesia del Dios viviente. El mundo prácticamente debería ver santidad perfecta y perfecto amor en la Iglesia: porque somos hechos partícipes de la santidad de Dios y somos los objetos de su infinito y perfecto amor. La Iglesia debería tener solamente una posición y un servicio constantes en la tierra, y ello es manifestar al mundo lo que ella recibe de su Cabeza viviente en el cielo. La Iglesia nunca conoció a Cristo después que él estuvo en la carne; el único Cristo que conoce la Iglesia es el Cristo que el mundo rechazó y que ahora está en el cielo; y, por consiguiente, la Iglesia debería estar en tal entera abstracción del mundo, como para manifestar lo que su Cabeza es. Y de esta forma la Iglesia debería ser la carta de recomendación de Cristo. Y noten aquí la fuerza de la palabra «epístola». El mundo debería ver en ustedes lo que Cristo es, así como la ley fue vista escrita en las tablas de piedra (2 Corintios 3), una epístola viviente, «conocida y leída de todos los hombres» (2 Corintios 3: 2 - VM). Y el carácter de nuestro caminar será grandemente profundizado, de acuerdo a la magnitud de nuestra comprensión de lo que su gracia ha hecho por nosotros y a lo que nos ha llamado. De este modo vemos como verdad fundamental, que el Señor nunca abandona esto. Él nunca se aparta de aquello a lo cual la Iglesia es llamada en testimonio y como testigo, aunque él la soporta con paciencia.

Pero ahora pasaremos a otro asunto: el uso que se debe hacer de estos mensajes a las iglesias. Hay dos cosas a la vista en este asunto. En primer lugar, es un hecho histórico que había iglesias en la tierra en la condición de la que se habla aquí; después, en segundo lugar, que la enseñanza moral es aprovechable para cada santo individual, –es decir, es aplicable a toda persona que tiene un oído para oír, y un corazón con entendimiento para conocer el pensamiento del Señor. Esto es muy sencillo.

Pero, si nosotros avanzamos, encontraremos que hay importancia en el número de iglesias a las que los mensajes son dirigidos. El número siete, siendo el símbolo de perfección, es el número usado a menudo en este libro, –tenemos, siete sellos, siete trompetas, siete copas. De este modo, la elección de este número marca el círculo completo de los pensamientos de Dios acerca de la Iglesia, como responsable en la tierra de acuerdo a la gracia en la cual ella ha sido establecida allí. No es que hubiese solamente siete iglesias o asambleas en la tierra en la época en que estos mensajes fueron entregados, tal como nosotros sabemos, por ejemplo, Colosas y Tesalónica, y así muchas otras; pero estas, y todas las otras, fueron dejadas fuera, debido a que ellas no proporcionaban los elementos morales que eran necesarios al Espíritu Santo para este retrato completo.

Cuando pensamos en la unidad del Cuerpo con la Cabeza, entramos a los privilegios y no a la responsabilidad, –es decir, la vida de Cristo y la gloria de Cristo como medida y objetivo. Pero, estos capítulos presentan el estado real y diversificado de la Iglesia. El siguiente asunto es, que estas siete iglesias son tomadas, claramente, en relación con la responsabilidad; y entonces, además, no se pueden aplicar todas ellas al Cuerpo completo en general al mismo tiempo, puesto que encontramos estados tan diferentes entre ellas y, por consiguiente, no podemos aplicar lo que se dice en una de ellas indistintamente a otra, puesto que hay acusaciones claras y promesas claras para cada una de ellas. Sin embargo, entrando en los detalles, encontraremos que se habla de diferentes partes de la iglesia profesa con caracteres claros como subsistiendo parcialmente al mismo tiempo. Así que tenemos esto: cada descripción es aplicable, en un sentido, a la Iglesia en general, y aun así, no todo a la Iglesia completa en uno y al mismo tiempo. Y, por lo tanto, ustedes obtienen en estas iglesias, o bien un retrato sucesivo de la condición de la iglesia en la tierra de una manera profética, como responsable ante Dios desde el comienzo hasta el final de esta época, o un estado particular de una parte de ella necesario para completar el retrato completo, –es decir, los diferentes aspectos que ella ha presentado en el mundo hasta que el Señor la vomite de Su boca.

Entonces, ustedes dirán: “¿Cómo puede la Iglesia ser vomitada de la boca de Cristo, cuando la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y debe estar con Él en la gloria?” Esto es cierto si ustedes hablan del Cuerpo de Cristo, pero la Iglesia, como un cuerpo externo en la tierra, nunca pierde su responsabilidad, cualesquiera puedan ser sus características. Contemplada mientras está en la tierra, ella es responsable por su conducta. Si el siervo inútil no hizo la voluntad de su amo, él tuvo que ser tratado, no como no siendo un siervo en absoluto, sino como un hipócrita de acuerdo a la posición en la que él se encontraba, aunque no siendo realmente uno, porque él no era realmente un siervo. No se le dijo: “Tú no eres un siervo” sino: «echadle en las tinieblas de afuera… y pondrá su parte con los hipócritas». De este modo, él fue tomado y condenado en el terreno de su profesión.

Así fue con Israel. Ellos fueron formados por Dios para llevar su nombre ante el mundo; pero, ellos fracasaron; fueron tratados como responsables y fueron desechados, como contemplados bajo el antiguo pacto. La palabra a la higuera estéril fue: «Nunca jamás coma nadie fruto de ti». La higuera podía llevar hojas, pero cuando el Señor vino buscando fruto no encontrando ninguno, él dijo: «Nunca jamás nazca de ti fruto… Y luego se secó la higuera». De esta forma, Israel, como un vaso para llevar el nombre de Dios hacia el mundo, fue desechado; pero esto no tocó la cuestión de la fidelidad de Dios. Él restaurará a Israel en los últimos días, y hasta entonces la gracia aún sigue fluyendo, tomando al remanente de entre ellos como la verdadera simiente de Abraham, solamente que en mejores privilegios; porque, si Israel como un todo fue desechado, entonces Dios establece algo nuevo y, de entre el judío y el gentil, «el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos» (Hechos 2: 47 – LBA). El asunto aquí no es referente a la seguridad de la salvación individual, sino acerca del vaso que Dios está usando para llevar su nombre ante el mundo. Los individuos que creen irán al cielo, pero el vaso del testimonio, habiendo fracasado, debe ser roto. Dios tiene una larga paciencia con esto, pero, si después de todo lo que ha sido hecho solamente produce uvas silvestres, esto debe ser cortado. Indudablemente que hay un remanente fiel llevado al cielo, pero el vaso, como testimonio público visible en la tierra, es desechado.

En Romanos 11, vemos de qué manera Dios pone en la tierra lo que Él ha formado actualmente para llevar su nombre, en la posición de un sistema público visible, como él puso a Israel. «Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado» (Romanos 11: 22). Dios puede desechar a la iglesia profesa en perfecta consistencia con lo que Él ha revelado de lo que él mismo es, porque este no es un asunto acerca de su gracia y bondad o de salvación individual, sino solo y simplemente de responsabilidad. Y esto es lo que hace que estos tratos con estas iglesias sean una profunda y positiva advertencia para nosotros, puesto que el mismo exacto principio es aplicable tanto al testimonio gentil como al judío. Dios cumplirá al pie de la letra cada promesa que él ha hecho a Israel. Más aún, todos nosotros sabemos, cómo un hecho evidente, que Dios ha desechado a Israel como testigo visible para llevar su nombre al mundo. Y él desechará de la misma manera a la iglesia si esta fracasa en su responsabilidad en la tierra. Vemos, de esta forma, de qué manera Dios mantiene Su gobierno con respecto al testimonio que su pueblo debiera llevar en cada época, y que, mientras la salvación individual está asegurada para siempre para individuos en Israel y la Iglesia, ambos serán desechados en cuanto a su testimonio público visible. Nosotros tenemos así, no solamente la responsabilidad, sino los resultados del fracaso.

 

Éfeso. Tomaremos ahora el ejemplo positivo y la advertencia que Dios nos presenta en la Palabra a Éfeso. Es, obviamente, un gran recurso para fortalecer el alma, –el hecho de ser enseñados en los modos de obrar y acciones de Dios en las Escrituras; pero es una fuente de gozo para mí mismo obtener la inmediata aplicación de la verdad a mi propia alma. Los principios generales de la Escritura son muy bienaventurados, pero la aplicación individual de la verdad al corazón y a la conciencia es aún más feliz.

En estos mensajes a las iglesias tenemos, en primer lugar, el carácter de Cristo, el cual está siempre adaptado al estado de una iglesia en particular. De esta manera, en la primera, a Éfeso, y como un asunto de aplicación general, nosotros leemos, «El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro», – es decir, Cristo revelado en el carácter particular en el cual él ejerce juicio. En segundo lugar, en cada iglesia vemos el carácter especial de los juicios de los fieles. Y, en tercer lugar, una promesa especial es dada para sostener la fe de aquellos bajo el juicio. De este modo, todo está preparado en gracia y misericordia para enfrentar las circunstancias especiales. Y entonces, en cuarto lugar, esperando el tiempo de la más completa bendición, vemos la porción dada, «Al que venciere», cuando Cristo ha tomado a los santos para Sí mismo (Juan 14: 1 al 3).

Las iglesias están divididas en dos partes; tres iglesias en la primera sección y cuatro en la segunda. Este es un punto de gran interés. Parece que en las tres primeras iglesias se les habla directamente como a tales. Es decir, los santos, aunque tienen que vencer, son contemplados en el Cuerpo en general; estando el pequeño remanente más claramente separado en las últimas cuatro. De esta forma, también por medio de esta división, obtenemos partes características claras de la iglesia profesa. En el mensaje a las tres primeras iglesias, la exhortación: «El que tiene oído, oiga…», precede a las promesas para los fieles vencedores. En las últimas cuatro iglesias, la exhortación sigue a las promesas. En las primeras tres se habla del oído que oye en relación con el testimonio general de la iglesia antes de distinguir fuera al remanente fiel que vence. En las últimas cuatro, la exhortación sigue al triunfo. Además, en las primeras tres no se habla de la venida del Señor, pero por el mismo motivo en cuanto a la mayor distinción del remanente. Con la cuarta, se dirige la atención a la venida de Cristo. Esta era ahora la esperanza del remanente, no el regreso al orden primitivo. El cuerpo profeso público estaba totalmente corrompido.

En las tres primeras, los pensamientos de la iglesia son, por así decirlo, llamados a regresar a la condición y al lugar originales, –una condición que fue ofrecida, a la cual era posible que ella pudiera ser restaurada si se arrepentía. En la anterior conferencia estuvimos comentando que Dios tenía dos estándares de juicio al tratar con un pueblo puesto en responsabilidad: a saber, o la gracia que los ha puesto allí y, por tanto, el pensamiento de restauración debido a esta gracia, y según el estándar que ella ha presentado; o la gloria a la cual ellos son llamados. En las tres primeras iglesias encontramos el primero de estos estándares. Pero en Tiatira hace su entrada otra cosa. La iglesia, como un todo, ha demostrado estar en una condición sin esperanza (yo hablo aquí de la Iglesia en testimonio como un Cuerpo visible en el mundo), y entonces, siempre es presentada la esperanza individual, y el mensaje del Espíritu es especialmente para aquellos que vencen, y, como puede ser visto, la gloria venidera al regreso de Cristo es ofrecida como estímulo. Y, por consiguiente, en Tiatira tenemos esta clara esperanza ofrecida al remanente: «pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga».

Con estas verdades generales, yo también haría notar que, en el mensaje a la primera iglesia, Éfeso, vemos el carácter general de Cristo ejerciendo juicio, dado que él «tiene las siete estrellas en su diestra» (es decir, sosteniendo toda la autoridad y todo el poder), y «anda en medio de los siete candeleros», las iglesias, –yendo alrededor para ver si las luces estaban ardiendo brillantemente, entregando esa luz verdadera que él había encendido.

Consecuentemente, nosotros vemos en cada una de ellas el peculiar sello de la responsabilidad. Entonces, observen de qué manera él comienza este mensaje a Éfeso, tocando cada punto que puede aprobar de cualquier forma, antes de que él presente el lado opuesto del retrato. «Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia». ¡Qué bendición es que él conozca todo acerca de nosotros, aún «los pensamientos y las intenciones del corazón»! «Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor». Noten ahora otro principio importante. ¿De qué debe estar necesariamente celoso Cristo sino de Su amor por la iglesia, el cual fue más fuerte que la muerte? Es completamente imposible que él pueda olvidar su amor por la iglesia y, por consiguiente, tan imposible como que él pueda estar satisfecho sin la devolución del amor de ella por él; porque recuerden, que es solamente el amor lo que puede satisfacer al amor. El mismo reproche que él hace presenta la fuerza de su amor por la iglesia, que no puede descansar hasta que consigue lo mismo de ella; porque él no puede enfriarse para estar satisfecho con una débil devolución de su amor, no obstante, lo mucho que la Iglesia pueda haberse enfriado en sus pensamientos acerca del amor de Cristo por ella. Puede haber todavía mucho fruto externo en «obras, y arduo trabajo y paciencia», pero dejen que las obras y el trabajo sean lo que son, la fuente de todo esto ya no está: «Has dejado tu primer amor»; allí está el gran mal. No es asunto de cuánto ustedes puedan obrar, pues si el amor de Cristo no es el motivo de todo su servicio, será solamente como el apóstol dice, «como metal que resuena, o címbalo que retiñe», el cual muere con el sonido por ese motivo.

Entonces aquí, en Éfeso, tenemos el primer gran principio del fracaso y, por consiguiente, el gran juicio general que vino sobre la iglesia entera. Leemos, «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras (vean como él los lleva de regreso al punto del cual se desviaron) pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido» (Apocalipsis 2: 5). Él no puede permitir que quede en el mundo aquello que fracasa en mostrar el gran amor con el cual él amó a la iglesia, porque si él lo hiciera, él no sería «el testigo fiel y verdadero». Este principio de un tierno y fiel reproche, es la demostración bienaventurada de que su amor nunca se enfría, no obstante, lo mucho que el nuestro pueda fallar.

En este aspecto, la manera de tratar del Señor con las almas individuales es exactamente la misma que con la iglesia. Toma nota de todo abandono de Él, pero la puerta está siempre abierta para «arrepentimiento», y cuando el pecado es juzgado y es considerado en la luz en que Dios lo ve, entonces no hay nada que impida una inmediata restauración. En el momento que la conciencia se somete al pecado y lo confiesa, entonces ella puede enderezarse; pues un enderezamiento de alma, allí donde ha estado el mal, es mostrado al tener conciencia del mal y el poder para confesarlo; y, por consiguiente, la Iglesia de Dios, o un alma individual, debe llegar a este estado de enderezamiento ante Dios, para que él la restaure; Job 33: 23 al 26. Logren ustedes que el pecado sea juzgado en la conciencia, y entonces hay la revelación del inagotable amor de Dios para satisfacer la necesidad. Es de esta manera en los detalles diarios de la vida cristiana. Los juicios pueden ocurrir en su pueblo, pero en todo esto se ve su amor correctivo.

Y de este modo se entiende el motivo por el cual el Señor reprocha a la iglesia el haber dejado su primer amor. Hay en esto la revelación de su perfecto e inalterado amor resplandeciendo a través de la condenación del estado de ellos. Y, ¿acaso no vemos nosotros este alborear en las relaciones naturales de la vida? Tomen a un marido y esposa. Una esposa puede cuidar de la casa y cumplir todos sus deberes de tal manera de no dejar nada sin hacer por lo que el marido pudiera encontrar defecto; pero si su amor por él ha disminuido, ¿le satisfará a él todo su servicio si su amor por ella es el mismo que al comienzo? No. Entonces bien, si esto no es suficiente para él, esto no será suficiente para Cristo: Él debe tener el reflejo de su amor. Él dice: “yo no estoy ciego para tus buenas cualidades, pero yo te quiero a ti”. El amor, que una vez fue la fuente de toda acción ya no está, y, por lo tanto, el servicio es sin valor. Si el amor falta, el resto es como nada. Es verdad que nuestro amor no puede responder merecidamente, pero, a pesar de todo, puede responder verdaderamente; porque Cristo busca a lo menos que haya integridad en cuanto al objeto, aunque no haya adecuación de afecto. Si hay inestabilidad de afecto, es porque debe haber un corazón dividido. Este fue el secreto de todo el fracaso en Éfeso. Se había perdido el corazón íntegro con respecto al objeto del afecto, ya no estaba la sencillez de ojo, y ya no existía el reflejo perfecto de ese amor con que él había asido a la iglesia para sí mismo. A pesar de todo, mientras Cristo dice: «Pero tengo contra ti», él señala todo lo que está bien. «Y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado». Bueno, entonces se podría decir: “¿Qué más podría querer el Señor?” Él dice: “Yo la quiero a ella”. Recuerden esto con respecto a la Iglesia. Entonces él dice, «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras». Para mí, esta es una muy solemne pero conmovedora palabra para nosotros, debido a que nos hemos alejado mucho más allá del primer amor de lo que ellos lo habían hecho; pero, a pesar de todo, el corazón de aquel que es fiel encuentra un refugio seguro en Cristo, porque su alma encuentra en el reproche mismo, una prueba infalible de Su inalterado amor.

¿De qué es lo que él toma nota como siendo excelente? «Obras… y trabajo… y paciencia». No se nombra nada evidente que marque la decadencia, pero las obras que fueron hechas no estaban vinculadas con el primer amor. Y, observemos aquí, que la Iglesia tiene un servicio muy distinto del que los judíos tuvieron alguna vez. Dios no estaba buscando que los judíos salieran en amor, pero la Iglesia, habiendo recibido la gracia, debe salir en gracia a llamar a los pobres pecadores a entrar. El judío tenía la ley como un muro para mantener a la justicia adentro, pero ninguna puerta abierta para que fluyera el amor.

Tomen a los tesalonicenses, quienes en esto están en contraste directo con los santos efesios y quienes estaban en el frescor de su «primer amor», y ¿qué es lo que se nota en ellos? Leemos: «De la obra de vuestra fe, y del trabajo de vuestro amor, y de la paciencia de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tesalonicenses 1: 3 - VM), –precisamente las mismas cosas que son elogiadas en Éfeso. Entonces, ¿cuál era la diferencia? No era que ellos no tuviesen obras, sino que la fuente verdadera de estas ya no estaba; mientras que en los tesalonicenses la fuente de todo esto estaba en plena acción. Los tres grandes principios de la cristiandad, fe, esperanza y amor, estaban todos en Tesalónica (es decir, el vínculo completo del corazón con la fuente de poder). La fe que caracterizaba su «obra», los mantenía en comunión con Dios. El amor que caracterizaba su «trabajo», los vinculaba con la fuente de poder. Y en la «esperanza» que caracterizaba su paciencia, tenemos la venida del Señor como el objeto ante sus almas, para su paciente espera en el servicio. De esta manera, en los tesalonicenses ustedes obtienen poder espiritual, Cristo mismo como el objeto, y el amor caracterizándolo todo. Supongan que yo voy a trabajar y que el espíritu de amor está en mi trabajo, ¡qué diferencia habrá allí cuando el servicio sea sellado con el carácter de ese amor! ¡Si es solamente el predicar el Evangelio, cuan plenamente yo pondré el amor de Dios a disposición de un mundo perdido, si es que el amor de Cristo está brotando en forma fresca en mi alma! Pero, ¡lamentablemente! cuán a menudo debemos reprocharnos el hecho de continuar en una rutina de deber cristiano, fiel en su intención general, pero que no fluye de la fresca comprensión del amor de Cristo hacia nuestras almas.

Pero, la justicia y la verdadera santidad, y el aspecto de la Iglesia en relación con estos caracteres de Dios, tienen su lugar tanto como el amor, el cual es su naturaleza. «No puedes soportar a los malos». El estado natural, el estado normal de la Iglesia, es el pleno poder de Dios en medio del mal, presentando un resplandeciente testimonio por medio del poder divino. La Iglesia no debiera ser el lugar dentro del cual el bien y el mal están en conflicto, sino que debiera estar en un estado tal como para ser la manifestación del bien en medio del mal. Pero, supongan que hay una decadencia, entonces es que hay un asunto de mal en su interior. «De su interior correrán ríos de agua viva», es el único estado correcto de la Iglesia. Este es su estado primario y absolutamente propio. Luego viene el poder para quitar el mal, y hace de esto una ocasión de bendición cuando este surge (véase el Libro de Los Hechos). Pero si cesa de ser de esta manera, entonces surge una cuestión de mal adentro, como aquí: «No puedes soportar a los malos». Ahora el mal había entrado, o esto no habría sido dicho. Ya no estaba más esta corriente desbordante de virtud, sino que al ser más lenta la corriente, navegarla en seguridad y bendición era un proceso doloroso. Las riberas se habían roto y el mal había entrado, o no podría haber estado este asunto referente al mal. Tomen el caso de Ananías y Safira. Ellos querían obtener el carácter de consagración, porque la Iglesia tenía tal carácter, pero sin el costo de ello. La hipocresía había entrado en la Iglesia de esta forma, pero el poder del bien estaba allí para exponer el mal que buscó el carácter del bien a causa de la reputación. El amor al dinero los gobernaba realmente a ellos, modificado por la reputación del amor de la Iglesia. Y la presencia del Espíritu Santo debió ser manifestada en juicio. Este fue un triste comienzo, cuando el bien tuvo que ser caracterizado por el conflicto con el mal, en vez de ser manifestado el bien en mantener afuera el mal. Entonces, en cuanto a doctrina, es la misma cosa. «Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco». Se tuvo que ejercitar la paciencia. Vemos de inmediato que este no es el primer estado (gozo sobre aquello que es bueno), sino una obra de paciencia que era necesaria; y tenemos que ver especialmente esta característica en nuestro andar como cristianos. La paciencia es lo que caracteriza individualmente el poder cuando comienza el tiempo de conflicto con el mal.

Pero, además, obtenemos otro principio. Hay casos en los cuales Cristo aprueba el aborrecimiento. «Que aborreces» eso que «yo también aborrezco». La doctrina de los nicolaítas introdujo una licencia para el mal con el carácter de la gracia, poniendo de esta manera a Cristo en asociación con el mal. Y esta es una cosa terrible, –introducir lo que asocia a Dios con el mal; porque Satanás imitaría o falsificaría la gracia, y de esta forma asocia a Dios con el mal, la cosa misma de la cual Dios dice: «mi alma aborrece». Hemos visto que el carácter en que Cristo es presentado está relacionado con juicio. Él está caminando entre los candeleros. Y aquí, siendo la iglesia en Éfeso general e introductoria, el juicio es también el juicio general resultante. Por lo tanto, la advertencia es que la iglesia será quitada. En resumen, nosotros tenemos los tres asuntos: responsabilidad, fracaso y, como consecuencia, juicio. Luego, con respecto a la promesa: «Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios», el paraíso que él ha hecho para sí mismo. No es el paraíso en el que Dios visitó al hombre, así como vino a Adán, para ver lo que él estaba haciendo, y si lo estaba haciendo bien le permitiría permanecer, pero si lo hacía mal, lo iba a expulsar; sino que es Dios tomando al hombre a Su propio paraíso. Que diferencia entre el paraíso del hombre, al cual Dios vino y donde encontró pecado, y el paraíso de Dios al cual el hombre es tomado como resultado de la redención, para no volver a salir nunca más. Aquí no hay dos árboles; aquí no está el árbol del conocimiento del bien y el mal, –y hemos tenido bastante de esto en nuestra propia responsabilidad. Nosotros poseeremos ese conocimiento allí, de acuerdo a la santidad de Dios; y, de hecho, nosotros ya lo hacemos en naturaleza, siendo renovados en el conocimiento de acuerdo a la imagen de Aquel que nos creó en justicia y verdadera santidad. Pero, no hay más que un árbol, y este es el árbol de la vida, la única inagotable y perfecta fuente de vida en Dios; y uno, participando de él, –siendo esto el resultado, no de responsabilidad sino de la redención y del poder otorgador de vida, y una redención de acuerdo con los propios consejos y pensamientos de Dios–, responsabilidad que no es dispensada con el amor de Cristo, sino que es llevada a cabo de acuerdo al propio amor de Cristo. «Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida». La gracia ha sostenido al individuo que venció; y cuando la Iglesia ha fracasado, en lugar de seguir navegando con la corriente del fracaso, ellos mismos vencen (teniendo el corazón del santo individual, energía espiritual para formar una estimación del fracaso dentro de ella y de juzgar esto en la visión de Dios, en vez de ser desalentado y hundirse cuando otros estuvieron dejando ir su primer amor). Pero, por otra parte, es bueno ver que la gracia lo hizo todo. «Bástate mi gracia». Y el resultado fue que ellos tuvieron su lugar en el paraíso de Dios, alimentándose de todos los frutos maduros que el árbol de la vida podía producir.

Al aplicar todo esto como un principio general, encontramos que el testimonio secreto de la gracia a los corazones de los fieles es la fuente de la fortaleza. Si «para mí el vivir es Cristo», es el testimonio de la gracia inagotable lo que me lleva a través de todas las pruebas y dificultades; mejor dicho, mientras más grandes son la prueba y el fracaso, más se pone en evidencia lo que Dios es para mi alma, para que yo conozca a Dios de una manera en la que nunca lo conocí antes (como Abraham, «cuando fue probado, ofreció en sacrificio a Isaac» (Hebreos 11: 17 - VM); y entonces él conoció «que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos», lo cual él nunca había conocido antes). ¡Qué consuelo es encontrar que se disfruta más de Cristo mientras más estamos en medio de los obstáculos, y que, viendo el fracaso, lo miramos a él, quien nunca fracasa! «El secreto de Jehová es para los que le temen; a ellos hará conocer su pacto» (Salmo 25: 14 - RVA).

Encontramos, entonces, en Éfeso, que comenzamos con el fracaso de la iglesia. Tal es el testimonio del Juez, y el resultado del fracaso será el retiro de su candelero, a menos que ella se arrepienta; y con respecto a esto, ella es llamada a volver a las primeras obras, o de lo contrario cesará de ser un testigo en la tierra.

El fracaso no estaba en la actuación pública, no en la rectitud refutando a falsos maestros, sino en su amor, en la intimidad de comunión con Cristo. Sus obras no habían disminuido en cantidad o celo; pero el carácter de ellas estaba deteriorado: Cristo sabía cuándo no había en ellas el mismo amor hacia él.

3 - Tercera conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulos 2 y 3

Esmirna. En nuestra conferencia anterior vimos que el carácter de juicio recorre el libro completo del Apocalipsis, –en primer lugar, entre las iglesias, y después, en el mundo. Por lo tanto, tenemos al Señor caminando en medio de los candeleros, ejerciendo juicio, tomando nota de todo lo que está sucediendo y diciendo: «Os daré a cada uno según vuestras obras». Y vimos, también, la importancia de recordar la diferencia entre la iglesia vista en el cielo en Cristo, y vista en la tierra como representando a Cristo. Nosotros somos partícipes de su vida, y estamos unidos a él en el cielo; pero, es igualmente cierto que él ha puesto a la Iglesia como un vaso para llevar Su nombre ante el mundo, «una epístola de Cristo… conocida y leída de todos los hombres» (2 Corintios 3: 2, 3 - VM). También comentamos que la responsabilidad de la Iglesia aquí abajo no toca de ningún modo la cuestión de la salvación; y también que la fidelidad de Dios para con los individuos no toca el juicio del cuerpo colectivo que lleva Su nombre. Dios, en su fidelidad, ha prometido llevarlos a la plenitud de Su gloria; pero, al mismo tiempo, él debe juzgarlos por el fracaso en la responsabilidad en que los había puesto aquí abajo. No debemos confundir su juicio del vaso puesto en testimonio en la tierra, y su fidelidad a la Iglesia, –la esposa, unida por el Espíritu Santo a Cristo en el cielo. Pero, además, Dios juzga a sus santos de manera individual para bien de ellos, ejercitando sus corazones y conciencias en advertencias; y ellos son bendecidos sometiéndose bajo Sus juicios, mientras «los simples pasan y reciben el daño» (Proverbios 22 : 3), y, a la postre, como un cuerpo, son vomitados fuera de Su boca, mientras todas las pruebas, disciplina y correcciones se vuelven en provecho de la Iglesia en cuanto a su llamamiento celestial. En el mensaje a cada iglesia se hace una revelación peculiar de Cristo, con la que se corresponde el juicio peculiar; y también promesas especiales y garantías dadas al fiel, ajustadas a su necesidad especial, que satisfacen el ejercicio del corazón, para sostenerlo.

Hemos visto que la primerísima cosa que caracterizaba a la Iglesia, considerada en su responsabilidad como es retratada por Éfeso, era que ella se había apartado del poder de su lugar original, había «dejado su primer amor». Tampoco es ahora el tema de la suministración de gracia desde la Cabeza; ya no es más, «la cohesión que aportan todas las coyunturas» (Efesios 4 : 16 - RVA), sino la entrega de reprobaciones, advertencias y promesas, para que actúen en los corazones y conciencias de cada uno de los santos en su responsabilidad aquí abajo.

Otra cosa que es bueno recordar aquí, es que nosotros nunca encontraremos que el objeto del mensaje es el poder del Espíritu Santo obrando activamente para formar y reunir. Si de lo que se habla es de juicio, claramente ello no puede ser, porque nunca se puede decir que Cristo juzga la obra del Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo obra, es el poder obrando en la gracia. Cristo, al ejercer su juicio, está dando a conocer su estimación del uso práctico que ha sido hecho de la obra del Espíritu después que ha sido dado. La primera gran verdad es que el Señor mira a la Iglesia como responsable por todo el amor del cual ella es el objeto, y espera una devolución; y si él no la encuentra, sino que encuentra la dejación del primer amor, que es solamente el triste comienzo de un mayor fracaso, entonces dice: «arrepiéntete… pues si no… quitaré tu candelero de su lugar».

Entonces, además, presten atención a otra cosa. No son individuos los que son juzgados aquí, sino iglesias (aunque los individuos pueden oír y sacar provecho de las advertencias). El Espíritu habla así a las iglesias; pero no habiendo respuesta de la iglesia, ningún arrepentimiento, al no realizar las primeras obras, ningún regreso al primer amor, el candelero debe ser quitado. Y entonces el mensaje viene individualmente a aquel que «tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias».

Pero, aunque ella ha fracasado como iglesia y el candelero deba ser removido, aún hay alguna cosa tal como energía individual para vencer. Y, presten atención aquí, que se trata de vencer en la condición en la que la iglesia se encuentra en sí misma. La responsabilidad de los individuos es la de vencer donde ellos estuviesen. Esto era muy diferente del estado de cosas cuando la plenitud de la bendición fue derramada por el Espíritu Santo. Aquello que debía ser vencido estaba ahora al interior de la iglesia, no solamente en el mundo. «Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe». Él reavivará el corazón del fiel por medio de promesas para sostenerlo contra el lazo de Satanás en el mundo; pero, cuando la decadencia ha entrado, entonces la conciencia necesariamente llega a ser ejercitada con respecto al mantenimiento del lugar donde ellos estuviesen. Han entrado lazos, dificultades y peligros; porque debemos recordar que, cuando se le habló a Esmirna, la iglesia había caído de su primer amor; y en el momento que el Espíritu se dirige a la iglesia como una iglesia caída, ella deja de ser, en sí misma, un lugar de seguridad para el santo; él no puede dar por hecho que, al andar con ella, él anda de acuerdo al poder y a la voluntad de Dios. Una iglesia caída no me puede asegurar del error; estando ella misma bajo juicio, ella no puede ser una garantía con respecto a nada. Verdaderamente ella nunca lo fue; sino el poder apostólico y la energía que la sostenían, y cuidaban de ella, mientras los apóstoles vivían (véase Hechos 20: 28, 29 y 2 Pedro 1: 15.)

Después, los individuos son señalados, porque la iglesia ya no me puede garantizar en esto o en aquello. La iglesia puede tener razón en esto o en aquello, pero yo tengo que hacer efectiva mi seguridad en contra de la iglesia, o, en todo caso, con independencia de ella, por medio de la palabra de Dios; pues yo debo discernir lo que puedo y lo que no puedo seguir por medio de la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu. Pero, por otra parte, este estado de cosas no significa, de ninguna manera, que no hubiese bendición alguna, que no hubiese quedado nada excelente en la iglesia; porque encontramos al Señor reconociendo y alabando muchas cosas. Pero, ciertamente, yo escasamente necesito decir cuán sorprendentemente importante es este principio, a saber, que una iglesia que fracasa deja de ser una garantía; y, por consiguiente, yo tengo que juzgar en responsabilidad individual lo que voy a recibir y lo que voy a rechazar. La Iglesia ha sido, tal como fue formada por Dios, un lugar de bendición con respecto al individuo, un guardián para Cristo del estado en el que ellos estaban, como siendo el vaso y la expresión del poder del Espíritu Santo, el resultado apropiado de Su obra; pero esto no es así de ninguna manera ahora que ella ha dejado su primer estado; y, como hemos comentado, de hecho, solamente los apóstoles la mantuvieron siempre en ese estado, como en el caso de Ananías y Safira, la iglesia en Corinto, etc. No obstante, nuestra responsabilidad nunca cambia; ni tampoco Cristo puede fracasar en la gracia necesaria para el estado en el cual se encuentra la Iglesia.

Yo aprovecharía aquí la oportunidad para hacer un comentario acerca de la palabra, “desarrollo”, que Satanás ha introducido como una palabra muy favorita. Pues bien, hay una perfecta y total infidelidad envuelta en este pensamiento de desarrollo en la Iglesia del Dios viviente. No hay nada en Dios que se deba desarrollar; él es el inalterable origen perfecto de todo. A lo que Dios nos ha llamado ahora es a una revelación perfecta de sí mismo en Cristo, tal como vimos en 1 Juan 1: 1, 2. Allí estaba la manifestación de esa vida eterna la cual estaba con el Padre; y es evidente que no puede haber ningún desarrollo de aquello que ha sido manifestado, a no ser que nosotros podamos conseguir algo más allá de la perfección de Cristo, en quién habita toda la plenitud. Dios es luz; Cristo era la luz verdadera; y esto resplandeció plenamente en la revelación de la gloria de su Persona, por el poder del Espíritu Santo. ¿Y podemos nosotros conseguir algo mejor o más pleno que esta «Luz»? ¿Podemos agregar algo a esta revelación de la «Verdad»? Hay mucho que se debe aprender acerca de él; pero lo que aquí es presentado es una Persona, y no una doctrina. Si fuera meramente una doctrina, podríamos conseguir que se agregara algo, –otra doctrina; pero no es meramente una cuestión de doctrina, sino de una Persona viva que ha sido revelada. Entonces bien, ¿si es Cristo mismo, que más puede ser revelado? Nosotros no podemos agregar a lo que Dios ha forjado. ¡Cuán lamentable!, el hombre puede decaer de ello, como fue el caso en Éfeso. Ellos habían dejado su primer amor; ellos habían dejado algo: no hay ningún desarrollo en esto. Nosotros siempre podemos aprender, obviamente, y deberíamos estar siempre aprendiendo más sobre aquello que fue revelado al principio; pero Dios siempre presenta perfecta cada cosa en el principio. Porque Dios no puede crear nada sino lo que es perfecto, nada que sea inferior o contrario a su pensamiento.

Por tanto, el hombre en inocencia fue creado perfecto en esa inocencia, y Adán cayó. El sacerdocio de Aarón fue perfecto en su tipo, pero hubo fracaso en Nadab y Abiú. Cualquier cosa que Dios haya sembrado, ha sembrado una semilla totalmente correcta de acuerdo con su pensamiento. Lo que viene de Dios debe ser perfecto, y no puede ser hecho más perfecto por ninguna otra operación, en absoluto. Esta es una verdad muy simple; pero es una verdad que corta de raíz y derriba un sistema completo de pensamientos y sentimientos que podrían poner algo entre nuestras almas y Cristo. No es que Dios no pueda revelar en la criatura más de lo que él ya ha revelado, y lograr lo que es mejor de lo que fue antes. Él lo hace: el segundo Adán es clara e infinitamente más excelente que el primero. Pero, lo que él crea es absolutamente perfecto, como la expresión de su mente en ello. El hombre no puede mejorar o agregar a ello. Lo establecido para nosotros es la manifestación perfecta de Dios en Cristo; aquí la noción de desarrollo es un rechazo del verdadero objeto, o blasfemia. Así lo dice Juan, «Lo que era desde el principio», cuando él guardaría seguros a los santos. Pero, incluso con respecto a la gloria, como en la responsabilidad del hombre, eso fenece. Dios «te había plantado vid muy escogida, toda ella de buen veduño; ¿cómo pues te me has convertido en sarmientos degenerados de una vid extraña?» (Jeremías 2: 21 - VM). A raíz de esta causa, –cuando algo es puesto directamente en la mano de un hombre, hay alejamiento.

Obtenemos entonces otro principio. Una vez que ha entrado este alejamiento, Dios usa el poder de Satanás que actúa por medio de la hostilidad del mundo, para dos fines: primero, para ejercitar la vida divina en un santo; en segundo lugar, para impedir un mayor alejamiento del Señor. Esta es la «tribulación» que iban a tener; y, por consiguiente, cuando llegamos a Esmirna, oímos de persecuciones. Si ustedes toman la historia de la vida de Cristo, ella fue un ejercicio de prueba y padecimiento hasta que llegó a la cruz; y no fue que necesitara la cruz para liberarlo a él de cualquier mal existente; ella solamente resaltó más plenamente su perfección, que él pudiera ser hecho perfecto en el justo resultado, como un hombre en gloria, de lo que él era moralmente. «Por lo que padeció aprendió la obediencia». La manifestación de todo lo que estaba en él fue presentada por medio de la oposición y el desprecio. Su senda hacia la cruz se volvió más y más oscura. Él tenía que vencer a Satanás, y dice para otros: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono».

El segundo objetivo para el cual Dios usa el poder de Satanás, en persecuciones y pruebas para los santos, es para evitar un mayor alejamiento de Él mismo. Hay una tendencia constante en el corazón de los santos a tomar un descanso en las circunstancias prósperas, debido a que la carne se vuelve, de manera natural, hacia aquello que es agradable en el mundo para descansar, cuyo resultado es un decaimiento de vitalidad interior; pero esto no sirve. Por consiguiente, Dios dice, «Levantaos y marchad, porque no es este vuestro descanso; por cuanto está contaminado» (Miqueas 2: 10 - VM). La persecución es la porción natural de la Iglesia de Dios mientras esté aquí abajo, en un mundo de pecado. Y cuando la Iglesia empezó a descansar al comienzo, Dios se vio obligado muy pronto a introducir la persecución en medio de ellos.

En el evangelio según Mateo, el Señor revela de hermosa manera el espíritu y carácter del reino en el sermón del monte: «Bienaventurados los pobres en espíritu»; «Bienaventurados los mansos»; «Bienaventurados los de limpio corazón», etc., etc. Bendecir es el carácter en el cual él introduce el testimonio que él estaba llevando. Dios estaba mostrando lo que era bienaventurado a su vista. En aquel tiempo, la gracia de Cristo estaba recién comenzando a ser manifestada, mostrando las consecuencias naturales de los principios y del carácter moral de su reino. Los milagros que él ya había realizado habían atraído la atención de multitudes de todo el país circundante, y, por tanto, él explica aquí a los que oían, el verdadero espíritu y carácter del reino, que ellos en verdad estaban pensando que era absolutamente de otra manera, y dice quiénes son los bendecidos; pero al final del evangelio, en el capítulo 23, es «¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!» en vez de bendición. «He aquí vuestra casa es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor». Esto fue porque la oposición del hombre fue resaltada totalmente por la manifestación perfecta de lo que Cristo era. El comienzo del evangelio según Mateo era la emanación bienaventurada de lo que estaba en su corazón, mientras que el curso de su vida resalta lo que había en sus corazones, y por eso la palabra: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!», etc.

Volviendo al tema, –Dios nos envía tribulación, oposición desde afuera, para resaltar la gracia y para impedir la tendencia constante a la ruina; y con Cristo esto fue siempre y solamente para resaltar la gracia. Por tanto, Dios usa a Satanás como un instrumento para producir bendición incluso para la Iglesia. Tomen a Job, por ejemplo. ¡Cuán maravillosamente fue usado Satanás por Dios para bendición en el caso de Job! Es Dios quien comienza la conversación con Satanás, y sabía perfectamente bien todo lo que él estaba haciendo al atraer la atención de Satanás hacia Job, y dice: «¿No has considerado a mi siervo Job?» La maldad de Satanás estaba totalmente dispuesta para infectar y perseguirlo; pero esta malignidad de Satanás fue usada por Dios para traer a Job a aquello que era necesario para su bendición, –a saber, el conocimiento del mal que había en su corazón, lo cual él no habría aprendido de ningún otro modo. Entonces, por otra parte, tomen ustedes a Pablo. Fue arrebatado al tercer cielo, para obtener allí tal sentido del poder de Dios, que lo capacitaría para su servicio peculiar a la Iglesia y al mundo, y tal revelación de la gloria de Jesús como era apropiado para sostenerlo bajo todas las pruebas a través de las cuales él tenía que pasar inevitablemente. ¿Y cuál sería el uso que la carne haría de esto? De qué forma se habría envanecido y habría dicho: “Pues bien, Pablo, tú has estado en el tercer cielo, y nadie ha estado antes allí sino tú”. De manera que se le dio un aguijón en la carne, el mensajero de Satanás para que lo abofeteara; y por esto él rogó tres veces al Señor, que lo quitara de él; pero no, no podía ser quitado, para que Pablo no se pudiera enaltecer en forma desmedida. Pero él obtiene esta seguridad: «Bástate mi gracia». Eso que llegó a ser una fortaleza para Pablo, en lo que a él mismo le concernía, fue aquello a través de lo cual él aprendió su propia debilidad, –el «aguijón en la carne», el mensajero de Satanás para abofetearlo; porque eso llegó entonces a ser un asunto de la gracia y de la fortaleza de Cristo, y no de Pablo. «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo» (2 Corintios 12: 9).

Parece asombroso que Dios deba usar a Satanás como un instrumento con el cual probar a los santos, y no interfiera para liberar: pero Él lo hace así, tal como lo vemos aquí; porque él no dice: “Yo te echaré en la cárcel”, sino: «el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel»; pero, ¿acaso no podía el Señor haber impedido esto? Por supuesto que él podía; pero como la prueba era necesaria, si hubiera impedido que el diablo actuara de esa forma, él les habría impedido a ellos las bendiciones que habrían resultado de una prueba tal. Tomen, además, el caso de Pedro. El Señor dijo: «Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte»; ¿Qué? ¿Acaso Pedro no debía ser zarandeado? No, no es así; porque Pedro necesitaba ser zarandeado, debido a que él tenía confianza en la carne. Pero el Señor oró para que su «fe no falte»; es decir, que Pedro pudiera ser sostenido bajo su prueba, –que su corazón no dejara de asirse de Cristo, sino estar asegurado de Su amor y obtener la bendición supuesta. Y Pedro alude a tales pruebas de la fe cuando él dice: «para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 Pedro 1: 7). Y cuando Satanás hubiera cernido la paja del trigo, entonces el Señor lo usaría como él dijo: «y tú, vuelto a mí, fortalece a tus hermanos» (Lucas 22: 32 - VM).

Cuando la Iglesia había caído, –había dejado su primer amor, ella tenía que ser puesta en el horno, para evitar que el mundo, sus tentaciones y su maldad actuaran sobre sus propias tendencias perniciosas, mientras permanecía en un cuerpo de pecado y muerte. Mientras la Iglesia estuvo caminando en la frescura de su «primer amor», el mundo no tuvo ningún poder sobre ella. Cristo era demasiado vívidamente el objeto delante de la Iglesia para que ella se sumergiera en otros afectos que dejan el corazón abierto al razonamiento de la incredulidad. Pero, cuando el «primer amor» fue dejado, entonces la Iglesia llegó a ser la presa de su propia carne maligna, actuó según los males de alrededor y, por consiguiente, ella debió ser puesta en el horno, el lugar donde Satanás perseguía, para impedir que ella fuera al lugar mucho más peligroso donde mora Satanás, es decir, el mundo.

Versículo 9. «Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico)». Cuando la Iglesia fue creada al principio, los cristianos eran pobres y despreciables en apariencia. Al dejar su primer amor, ellos estaban en peligro de caer dentro de la corriente de los razonamientos del mundo; y el Señor deja suelto al príncipe del mundo contra ellos, los deja encontrar su padecimiento donde ellos estaban en el peligro de encontrar un descanso y gozo falsos, pero, el verdadero carácter de enemistad del mundo, en lugar de sus falsas tentaciones que los guio a entrar, y lejos del amor del Padre; y ellos se sumergen en la insignificancia y pobreza dentro de las cuales la oposición del mundo pone a los santos. «Pero tú eres rico», dice el Señor. Estos pocos pobres despreciados poseían una riqueza inagotable. Se multiplicaron y aumentaron en el mundo, y entonces hubo una tendencia a descansar en los efectos producidos y no en el Señor; y el Señor, amándolos demasiado para permitir esto, debe ponerlos en el horno para hacer que se apoyen en Él mismo. Pues él lanzará a la Iglesia en conjunto en su propia porción apropiada y, por consiguiente, él usa la hostilidad del mundo para conducirla de regreso hacia sus propias esperanzas y privilegios apropiados. Pero, para esto parecería extraño que el Señor deba dejar que ellos sean probados «diez días», si no fuera para enseñarles que su porción es el cielo y no la tierra; que ellos no van a permanecer en la tierra, sino que van a pasar a través de ella como peregrinos y extranjeros, para glorificarlo a él, el cual fue un extranjero cuando estuvo aquí abajo, y quién, ahora en la gloria, es un extranjero para el mundo, como el mundo. Pero, por otra parte, esto muestra también que la prueba es medida. Dios puede usar a Satanás como una vara, pero él no puede tocar un cabello de nuestra cabeza más allá de lo que se le permite.

Pero, la Iglesia debe ser traída a la conciencia profunda del estado desde donde ella ha caído tan profundamente. Por este motivo, Cristo no solo permitió al diablo echar algunos de ellos en la prisión, sino que también dice: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida». Ellos pueden ser martirizados, ¿y entonces qué? Jesús les da una corona de vida. La Iglesia se había deslizado al interior del mundo; y, a pesar de eso, dónde la fe viviente estaba en ejercicio, el efecto era darle a Cristo su verdadero lugar y fortalecer todo. Una vez llegada la cuestión de abandonar a Cristo, había mártires, quizás incluso entre los más mundanos. Esto es visto a menudo. Tal como lo es ahora, en el día en el cual nosotros vivimos. Los cristianos están buscando lo que el mundo busca principalmente, riqueza, poder e influencia: y estas tres cosas son justo lo que el Señor no tenía. ¿Y puedo yo decir que soy un extranjero donde tengo poder e influencia? Ciertamente no; y si el Señor vuelve la corriente contra ellos, entonces deben atravesar el horno. Si la Iglesia se interesa en el mundo, en cualquier sentido, como su porción, debe dejar a un Cristo celestial y a un Cristo crucificado. La Iglesia de Dios no puede estar asociada con el mundo y con la religión sin que ella pierda su verdadero carácter.

El objetivo del judaísmo era asociar la religión con este mundo, con la tierra. Y Dios probaba así si el hombre podía ser atraído al propio Dios a través de cosas terrenales que estaban asociadas con Él. Con este objetivo, Dios les dio un templo magnífico, vestimentas hermosas, ceremonias espléndidas, la música y el canto, para que él pudiese mezclar los sabores y sentimientos de la naturaleza con Él mismo. Pero, noten que todo esto necesitaba un sacerdocio entre ellos y Dios; porque no se trataba de la presencia de Dios, como luz, en el cielo, y la comunión pacífica con él. Estas cosas terrenales no hacen sino mantener el alma a una distancia de Dios. Porque, dondequiera que el mundo se conecta con la religión, el sacerdocio debe entrar, pues en el momento que ustedes tienen al hombre tal como él es, no puede estar de pie ante Dios; él no puede estar de pie en la luz y, por consiguiente, necesita un sacerdote.

Pero ahora nosotros somos hechos cercanos; podemos estar en la luz, así como Dios está en la luz: somos sacerdotes; y con respecto a nuestro lugar en la presencia de Dios, no hay ninguna necesidad de un sacerdocio entre Dios y nosotros. Cristo padeció fuera de la puerta; y en el momento que la sangre de Cristo, con la cual somos santificados, es llevada dentro del lugar santo a la presencia de Dios, nuestra asociación es con los lugares celestiales, y nunca más con una ciudad terrenal (puesto que ahora no hay una ciudad santa); y somos sacados completamente del mundo (del mundo, que es religioso de manera carnal, y por eso, para nosotros, es el campamento. «Salgamos, pues, a él, fuera del campamento») y estemos dentro del velo con él. Ello era exactamente lo que el apóstol estaba enseñando a los hebreos. Ellos no podían seguir con la religión de carácter mundano, con el judaísmo, que era la religión terrenal de Dios. De ahí también que el apóstol diga que, si él había conocido a Cristo según la carne, ya no lo conocía más así. Él solo era para Pablo un Cristo celestial.

Bajo el judaísmo, las ordenanzas carnales relacionaban al hombre con Dios; pero, siendo Cristo rechazado, sus seguidores tienen su lugar de aceptación en el cielo, y el rechazo en la tierra. La cruz o el cielo. Ahora no hay punto intermedio, –Cristo es completamente celestial; y nosotros hemos sido resucitados para sentarnos en lugares celestiales en él. En el momento que la Iglesia pierde el sentido de su lugar celestial en Cristo, el Señor, en su fiel amor, deja suelto el poder de Satanás sobre nosotros, simplemente para que podamos aprender que el mismo mundo que estamos buscando adoctrinar religiosamente, es el lugar del trono de Satanás. Por supuesto que en tal caso estaremos seguros de tener al mundo, y sus pensamientos sobre la religión, completamente opuesto a nosotros; pero entonces tendremos a Cristo y sus pensamientos con nosotros, el cual dice: «No temas en nada lo que vas a padecer», porque, «Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto».

El carácter de Cristo en el mensaje a esta iglesia es como, «muerto y vivo». Cristo no es meramente divino, –Dios–, sino que él es también Aquel que estuvo muerto y está vivo nuevamente para siempre. Considerado como hombre, él ha sido rechazado y echado fuera; así que, como María Magdalena, debemos tener un sepulcro vacío (porque esto es todo lo que el mundo es, si buscamos a Cristo), o a un Jesús resucitado. Si el corazón de ustedes está fijo en Cristo, todo lo que ustedes encontrarán en este mundo es el sepulcro de Jesús, y nada en él. Entonces, nosotros no tenemos nada que ver con este mundo, porque si estamos en espíritu con nuestra Cabeza en el cielo, nosotros tenemos todas nuestras bendiciones allí. Pero, por otra parte, tener y mantener el corazón y el alma elevados hacia esto, es una constante dificultad en un mundo como este; pero esto debe ser hecho. Pues de lo contrario, si no nos adherimos al mundo, el mundo por sí mismo se adherirá a nosotros; y si entra el decaimiento y es dejado el primer amor, entonces debe venir la «tribulación», para que no nos conformemos «a este siglo». Este fue el caso aquí con la iglesia. Ellos habían dejado su primer amor, por consiguiente, tenían que ser puestos a través de este curso de prueba, para mantenerlos en el recuerdo de que ellos no eran del mundo. El judaísmo entró sigilosamente, –el desarrollo, etc., etc.–, «entremetiéndose en cosas que nunca vio, hinchado vanamente por su ánimo carnal» (Colosenses 2: 18 - VM), en vez de ser unos pocos despreciados, una «manada pequeña». Ellos crecieron asombrosamente en número, así que quisieron ser bien vistos en la carne. De hecho, ustedes se encuentran con que la cosa completa se conformó rápidamente a semejanza con la jerarquía judía. Entonces entra la persecución y estalla sobre todo ello; y si incluso hubo persecución hasta la muerte, donde hubo una fe viviente en un Dios viviente, aunque una persona tal pudo morir aquí, él no sufrirá daño de la segunda muerte. La historia de estos tiempos demuestra que el poder viviente, y la verdad en la Iglesia, no estuvieron en sus maestros sino en sus mártires.

 

Pérgamo. «Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás». Aquí nosotros tenemos otro y más sutil carácter de mal. El Señor reconoce el mérito a todo lo que Él puede. La Iglesia había pasado por la persecución, y había sido fiel. Leemos, «Pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto». Pero, ahora no se trataba meramente de mundana persecución externa (eso asaltaba, pero purificaba la Iglesia), sino de corrupción doctrinal en su interior. La Iglesia de Dios tiene su lugar de responsabilidad en el mundo donde está el trono de Satanás. Si este deja de ser un mundo perseguidor, debido a que la Iglesia ha dejado de ser una Iglesia testimonial celestial, a pesar de eso, la Iglesia está viviendo allí; ese es el lugar donde ella aún está, con respecto a sus formas externas, y ha estado siempre desde la época mencionada aquí. Aquí no es un asunto de conducta individual, sino de posición colectiva de la Iglesia.

Las personas tienen la noción de que Satanás dejó de ser el príncipe de este mundo cuando Cristo fue crucificado. Pues bien, yo diría simplemente que fue en la cruz de Cristo donde Satanás llegó a ser enfáticamente el príncipe de este mundo. Realmente él siempre lo fue, referente al corazón del hombre. Pero hasta que Cristo fue rechazado, se podría haber esperado que de algún modo se podría hallar, o podría hacer que brotara, algún bien en el hombre; pero la cruz demostró y determinó el sometimiento del corazón del hombre a Satanás, de tal forma que nada podría liberarlo como tal. Por supuesto que la cruz fue virtualmente la destrucción de su poder, porque allí Cristo venció a aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo. Entonces, en un sentido, referente al cumplimiento de la obra que debía efectuar esto, referente a la justicia ante Dios, su poder cesó, su cabeza fue herida, aunque el fruto de esta obra cumplida aún no ha sido presentado mediante poder. El hombre ha sido probado en todas las formas y, finalmente, en el sistema judío, ha sido puesto bajo responsabilidad por la ley y examinado en el terreno de la obediencia. Allí él ha fracasado, pero él está dispuesto a pensar que, si él hubiese hecho todo lo que a él le gustaba, él habría establecido todo en forma correcta. Él fue puesto a prueba en esto, por la entrega de poder en sus manos, en la persona de Nabucodonosor. Él fracasó en ambas formas, es decir, en los judíos, y en el representante del poder imperial. Cristo vino. Satanás arriesgó todo para deshacerse de Cristo, pero esto solo terminó en su propia derrota; y a pesar de eso, se le ha dejado conducir, por un tiempo, el mundo fuera del cual Cristo ha sido echado, el cual, en sus formas universales y variadas, es el instrumento de Satanás (tal como vemos en la crucifixión del Señor). Satanás, el príncipe de este mundo, vino y no encontró nada en Cristo; pero los principales sacerdotes, los fariseos, Poncio Pilato, los judíos y el poder gentil, estaban todos guiados por él. E incluso Sus propios discípulos lo abandonaron, a causa del temor de ellos al poder de Satanás manifestado en el mundo. En una palabra, el mundo entero fue guiado por Satanás para rechazar a Cristo, y desde ese momento Satanás es el príncipe manifiesto de este mundo: porque, hasta que Cristo fuese rechazado por el mundo, Satanás no podía ser expuesto como el príncipe del mundo. Y el Señor lo tenía como tal, llamándolo «el príncipe de este mundo», diciendo: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Juan 12: 31). «Porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí» (Juan 14: 30).

La Iglesia de Dios ha sido sacada enteramente del mundo para estar asociada con el Príncipe de Dios en el cielo; y, por consiguiente, los cristianos no tienen nada por lo que estar habitando, como su lugar de morada, su hogar, donde está el trono de Satanás, viviendo en el mundo y como el mundo. Pero, ¡lamentablemente!, la Iglesia prácticamente se ha deslizado fuera de estar «asiéndose de la Cabeza», y ha tomado un carácter terrenal. Si «para mí el vivir es Cristo», no es Cristo el hecho de estar en la religión mundana; porque el hombre en la carne debe tener algo entre él y la Cabeza. La diferencia entre el cristiano y la religión del mundo es del carácter más absoluto. «Si pues moristeis con Cristo en cuanto a los rudimentos mundanos, ¿por qué, como si vivieseis (es decir, estuvieseis vivos) aún en el mundo, os sujetáis a tales decretos…?» (Colosenses 2: 20 - VM). Un hombre en el mundo debe tener preceptos. ¿Cómo puede continuar religiosamente sin ellos? Pero los preceptos no son Cristo; ellos han sido clavados en Su cruz. No hay posibilidad de escapar de la religión del mundo, de preceptos, y de cosas por el estilo, excepto por medio del saber y el andar en el poder de un Cristo muerto y resucitado. El hombre en la carne debe tener una religión de preceptos entre él y Dios; pero si está unido a la Cabeza en el cielo, nada puede necesitar para llevarlo más cerca, porque él es uno con Cristo; y si él no es uno con la Cabeza, entonces está separado de Cristo. Pongan ustedes cualquier cosa entre Cristo y las almas, y todo está perdido. Entonces la posición se convierte en una totalmente diferente.

Esta tendencia corrupta a la asociación con el mundo trajo la persecución al interior, pero con la promesa apropiada: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida». Es bastante verídico que el Señor causa la prueba, pero ustedes nunca encuentran que hay en él cualquier consentimiento moral en el mal. Él no puede tentar según una doctrina maligna. El Señor les ha enseñado la maldad de esta asociación corruptora con el mundo, convirtiéndolo en un mundo perseguidor; pero él no pudo haber enviado la enseñanza maligna de Balaam. Porque sería imposible hablar de Cristo enviando la tentación moral como una vara para la corrección de los santos. Él puede permitirlo en su sabiduría santa. Al esfuerzo del enemigo en Pérgamo no le gustaría la tribulación de la cual se habla en Esmirna. Balaam los asociaría religiosamente a ellos con el mundo, –un mal más doloroso que el poder de Satanás persiguiendo abiertamente.

En Éfeso, nosotros tuvimos el primer punto de alejamiento, el dejar su «primer amor». En Esmirna ellos fueron puestos en el horno. La persecución no había logrado los objetivos de Satanás, –la fidelidad incluso hasta la muerte había coronado a las víctimas con un honor de mártir: pero aquí surge un nuevo peligro. Ellos estaban morando donde está el trono de Satanás. El mundo es el lugar del trono de Satanás; y ahora la corrupción es enseñada, agradando a la carne, asociando a la Iglesia con el mundo. El enemigo está trabajando adentro. «Tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam».

De este modo, hay una sorprendente y muy instructiva diferencia entre la persecución de Esmirna y la seducción de Pérgamo. El Señor dice en Esmirna: «el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados… Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida». “Yo he muerto por ti, y ahora tú sé fiel hasta la muerte por mí”. En Esmirna el Señor no daría un paso para impedir las consecuencias de la posición en que ellos estaban, pero los vuelve hacia el mantenimiento de la Iglesia decadente en su propio carácter verdadero, dando la seguridad de la promesa eterna y celestial, una corona para el fiel. Pero, en Pérgamo, el hecho de estar morando en el lugar donde estaba el trono de Satanás muestra a la Iglesia en otra forma. Y el Señor no podía, sin juzgar al mundo, quitar el lazo actuando sobre el mundo mismo. Ustedes tienen la sutileza satánica actuando conjuntamente con el mundo, y por medio de su espíritu en la iglesia, –un falso profeta que lleva a la asociación con el lugar del trono de Satanás dónde este trono está–, es decir, el mundo que había dejado de ser un perseguidor. Ustedes tienen allí a Balaam; no todavía a Jezabel.

Un carácter muy terrible y espantoso es ese de Balaam. La cuestión ya se había planteado en el terreno del fracaso de Israel, si Dios los llevaría a la tierra, –si Satanás, a través de sus instrumentos, Balac y Balaam, podría impedir la entrada de Israel en Canaán. El esfuerzo era conseguir que Jehová maldijera a Israel, pero ellos no pudieron. Porque, como entre Él y el acusador, Dios no «ha visto perversidad en Israel», ni había allí alguna posibilidad de usar el poder de Satanás contra el pueblo de Dios, como dijo Balaam: «Que no hay hechizo contra Jacob, ni hay adivinación contra Israel» (Números 23: 23 - VM). Dios contuvo los labios de Balaam y lo obligó a hablar bendiciones en vez de maldiciones, a pesar de él mismo. «Resistid al diablo, y huirá de vosotros». Cuando el diablo viene como un adversario, él no tiene poder; el secreto de su poder consiste en entrar como un tentador y seductor. Cuando Satanás no pudo prevalecer en conseguir que Jehová maldijera a Israel, él los sedujo hacia la maldad, guiándolos «a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación». Y entonces, ¿cómo podría el Dios santo hacerlos entrar?, (véase Números 25).

En Pérgamo, Satanás viene al interior de la Iglesia como un Satanás seductor; mientras que, en Esmirna, Satanás se mantiene fuera de la Iglesia como el Satanás perseguidor. Por consiguiente, en Esmirna ellos son exhortados: «No temas en nada lo que vas a padecer». La debilidad está en el «temor»; el peligro está en temer. Cuando el santo está fuera de la persecución, él a menudo tiembla mientras la mira y se asusta. Pero cuando una vez que él está completamente en ella, si él tiene fe, él saca su vista de ella y mira a lo alto a Dios, y encuentra que él nunca fue tan feliz. De esta forma, él es separado del mundo y preparado para percibir cuál es su propia porción apropiada. Pero, como la Iglesia de Dios está morando en territorio de Satanás, si él no tiene este carácter persecutorio, entonces él le da a ella tanto del mundo cuanto él puede (porque, como dice Satanás: «A ti daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy» (Lucas 4: 6); y si se puede decir del mundo “tú has enriquecido a la iglesia”, entonces el mundo va a poseer el corazón de la Iglesia, en vez de su Cabeza resucitada, «Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Balaam fue un profeta, aunque uno falso, y pudo usar el nombre de Jehová y declarar que él debía hablar solamente por Su palabra; y nosotros encontramos aquí su espíritu viniendo al interior de la Iglesia para hacerla estar a gusto en el mundo. El siervo malo (quien dijo en su corazón: «Mi señor tarda en venir; y comenzaré… a comer y a beber con los borrachos»), aun así, fue tratado como un siervo, aunque uno malo. Si Satanás puede hacer que un solo cristiano esté cómodo en el mundo, él ha logrado su objetivo. Entonces ellos podían ir y comer en el templo del ídolo, etc.

En los nicolaítas tenemos a la carne actuando en la Iglesia de Dios; y en Balaam es el espíritu del mundo, introducido por el falso profeta, entrando, y de una manera seductora, para llevar a la Iglesia a unirse con el mundo, para hacer que la Iglesia esté tranquila y cómoda en el mundo que dio muerte a Cristo.

Tenemos aquí un maestro, un tipo de instructor religioso; como dice, «los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel». «Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco». En el caso anterior, en Éfeso, fueron «las obras de los nicolaítas», pero aquí hay una doctrina que permite obras malignas, –el antinomianismo, y peor–, que no solo estaba contra la ley, sino contra Cristo, estando la corrupción interior conectada con la asociación con el mundo de afuera, y estimulada por dicha asociación. Es muy triste (y nuestros corazones debieran llevar la carga de lo que sucede al interior de la Iglesia) ver cómo la Iglesia decayó a pesar de eso, después que la tribulación la había iluminado hacia Dios luego de comenzar a fracasar en Éfeso (porque la raíz de mal estaba allí), y volviéndose cómoda la hizo estar satisfecha de morar donde estaba el trono de Satanás, y entonces, claro, se abrió la puerta para la doctrina maligna, la enseñanza falsa, conectando la carnalidad con la espiritualidad, lo cual es antinomianismo. Satanás no deseó perseguir donde él pudo corromper; porque las persecuciones de Satanás solamente iluminan al alma hacia Dios, mientras que las corrupciones seductoras de Satanás separan imperceptiblemente el alma de Dios. No había aún la plena madurez de maldad como en la época de Jezabel, sino solamente la enseñanza de la doctrina que permitía estas obras malignas; pero, en la iglesia siguiente nosotros vemos que hay hijos nacidos de este mal, siendo el mal su lugar de nacimiento moral.

Vemos que el ojo y el corazón del Señor los ha seguido hacia donde ellos moran, cerca del trono de Satanás, como Él dice: «Yo conozco… dónde moras»; y desde allí (es decir, del espíritu de asociación con esto) él los llamaría con su palabra de advertencia: «Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca». Aquí se habla de la palabra en forma judicial, como de una espada saliendo de la boca de Cristo. En tal estado de cosas la palabra de Dios es la fuente hacia la cual el santo es atraído. Ahora la promesa se vuelve mucho más individual: «Al que venciere, daré a comer del maná escondido». Era la fidelidad escondida que iba a ser sostenida por la promesa de este maná escondido (visto, de hecho, en un sentido, porque los frutos serían manifestados a todo alrededor). La Iglesia, como un Cuerpo, estaba morando en el mundo; entonces, como una consecuencia necesaria, viene la vida secreta del corazón del alma fiel con Dios en el poder de la Palabra. Este es el vínculo interior con eso que nunca cambia en su carácter, sosteniendo la fidelidad secreta a Dios. ¡Y que diferente es esto del uso judicial de la Palabra!, –a saber, ¡ser combatido por la espada de la boca de Cristo (los miembros que viven estando asociados con el Cristo que sufrió en la tierra, pero que ahora está en el cielo)!

El maná señala al Hijo de Dios que se encarnó para dar vida a nuestras almas, su entrada en humillación dentro de todas nuestras circunstancias, y es la provisión para el andar diario a través del desierto; porque encontramos que se habla del maná en relación con Jesús como el pan de vida enviado desde el cielo. «Este es el pan que descendió del cielo» (Juan 6). Pero entonces, ¿qué es el maná escondido? El maná para Israel era esparcido alrededor del campamento; y ellos debían recogerlo diariamente para su comida. Y así es igualmente Cristo para ser la provisión diaria del alma mientras ella está en el desierto de este mundo; pero este no es el maná escondido. Tenía que haber una vasija de oro conteniendo maná puesta ante Dios, y cuando los Israelitas se habían instalado dentro de la tierra, ellos tenían que tener el memorial de lo que habían disfrutado en el desierto. Este maná escondido es el recuerdo de un Cristo sufriente aquí abajo, –el recuerdo de lo que Cristo ha sido en el desierto, como un hombre, un hombre sufriente y humillado, y quien es el eterno deleite de Dios en el cielo; y en nuestro estado eterno, aquel que ha vencido, aquel que ha sido fiel en separación del mundo con Cristo, tendrá el eterno disfrute de la comunión con Dios en Su deleite en un Cristo que fue una vez humillado, –la misma clase de deleite, aunque en una medida diferente. Si estamos andando fielmente con un Cristo rechazado, en vez de dejar que Balaam entre a nuestros corazones, disfrutaremos así de Cristo aquí abajo en espíritu; pero no podemos disfrutar de Cristo en nuestras almas si estamos mezclados con la impiedad en el mundo; pues si pretendemos esto, entonces se vuelve nicolaísmo. Pero, a medida que alcanzamos y aprendemos en nuestras almas el secreto de lo que Cristo fue en el mundo, nos alimentaremos de Él; pero esto no puede ser si andamos en el espíritu del mundo. Incluso no podemos disfrutar de la presentación de Cristo en los evangelios, a menos que sea alimento para el alma. Un hombre puede decir que la verdad es muy hermosa; pero si esta alimenta solamente la imaginación, no le hace a él ningún bien. Dios no dio a su Hijo para que padeciera aquí abajo, y para que después se juegue con él, sino para alimentarse.

La «piedrecita blanca» da la idea general de un voto a favor de alguien; es la marca secreta de aprobación de una persona a otra. Hay gozos públicos en el cielo comunes a todos, miles y miles de voces en comunión y alabanza, haciendo eco del cántico de alabanza. Y aquí hay gozos que compartimos juntos en Cristo; pero él debe tener nuestros afectos individuales tanto como nuestros afectos en común. Ustedes nunca pueden conocer mi propio gozo especial en Cristo, ni yo nunca puedo experimentar el de ustedes; y esto es verdad acerca de los más elevados afectos. Leemos: «Escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe». El nombre no tendría ningún significado para nadie más excepto para aquel a quien es dado. Cristo se revela a sí mismo al alma de tal manera que un extraño no se interpondrá con su gozo. El gozo individual, la comunión personal, aunque lo mejora, es distinto del gozo universal; y ese gozo individual que conocemos aquí abajo nunca será interrumpido. Esta promesa, así como todas aquellas dadas a las iglesias, está relacionada con el tiempo futuro de bendición celestial; pero ahora también es la fuente de gozo y fuerza. El Espíritu de Dios hace que anticipemos el día. Podemos recibir ahora de Cristo en espíritu esta «piedrecita blanca», esta expresión secreta de su gracia y amor, que otros no pueden recibir para mí, ni que yo puedo recibir para ellos. ¡De qué manera esto hace a esta «piedrecita blanca» digna de todo lo demás! Aunque todo el mundo piense que estoy equivocado, ¡qué fuente secreta de fuerza es esta, ¡si yo tengo la piedrecita blanca de la aprobación de Cristo, adquirida siguiendo la Palabra, pero conocida en el corazón! Pero, reitero, yo tengo que juzgar todo por medio de la Palabra, esa espada de su boca que desarma y purga todas las obras de Balaam. Entonces, no me importa, –dejen que el mundo hable acerca de cosas como le agrade, Cristo me ha hablado, y en el día de gloria venidero reconocerá todo lo que él me ha dicho.

Es bastante doloroso lo que un Balaam está enseñando en la Iglesia; pero entonces, noten, no puede haber ningún problema entre los santos que no ponga en evidencia la fidelidad de Aquel que espera para bendecir «al que venciere», y traer de esta forma al alma a la comunión con Cristo de una forma en que ninguna otra cosa podría. Pues nada da el bienaventurado conocimiento de la aprobación de Cristo entre el alma y Él mismo como la fidelidad dónde el mal empieza a corromper. Si hay falsa enseñanza en el interior, la Palabra (como en la persecución, y con todo lo demás) es «Vencer». El que tiene oído para oír lo que el Espíritu dice a las iglesias va a estar venciendo ese mal que asalta a la Iglesia, cualquiera que este mal sea.

 

Tiatira. Lo avanzado de la hora no me permite hacer más que considerar por un momento a Tiatira. Ustedes obtienen esta diferencia cuando entra Jezabel; a pesar de todo es una profetisa, pero ella por sí misma llega a ser la madre de hijos; pues una clase completa de personas nace de esta corrupción. De personas que estaban perdiendo el tiempo con esta corrupción y este mal (así como almas simplemente extraviadas), Él dice que las arrojará «en gran tribulación…, si no se arrepienten». Pero aquellos cuya existencia moral tiene su origen en esta corrupción: «Yo les daré muerte», –tal como Él dice: «Y a sus hijos heriré de muerte». Pero, en el momento que ustedes tienen esta condición de la Iglesia, como la engendradora de corrupción, entonces entra el juicio de las naciones: «como vasos de alfarero serán desmenuzados» (Apocalipsis 2: 27 - VM); y el corazón del creyente es guiado hacia la venida del Señor, «y le daré la estrella de la mañana».

Yo me alegro de finalizar con esta promesa, ella está llena de bendición. Mientras tanto, el Señor mismo llega a ser el maná escondido para nosotros. Que él nos permita, y a todos sus santos, evitar todo lo parecido al espíritu y a la enseñanza de Balaam. Nosotros somos uno con Jesús, miembros de su Cuerpo; somos de su carne y de sus huesos, y nada permanecerá sino esta unión con Cristo; puesto que el conocimiento de nuestra unión con Cristo, y hacerla realidad en nuestras almas, es la única salvaguardia contra el espíritu seductor del día en que vivimos. Que el Señor nos otorgue ser fieles a esta verdad bienaventurada de ser uno con él, el cual está a la diestra de Dios. Entonces las personas pueden intentar interponerse entre yo y Dios por medio de sus ordenanzas o su sacerdocio; pero yo puedo decir: “No; yo soy llevado a estar muy cerca de Dios como para que usted se interponga entre nosotros; y también muy cerca de Dios como para que usted me pueda acercar más. Allí es donde la gracia me ha puesto; y todo lo demás no es más que un lastimoso despropósito”.

Nosotros estamos llamados a juzgar lo malo en la Iglesia, si podemos, porque Dios no puede aceptar a Balaam y a Jezabel. Por consiguiente, que el Señor nos permita recordar que el fracaso al interior de la Iglesia debe ser juzgado. Somos llamados a prestar atención a esto especialmente, debido al día en que vivimos, y a que la Iglesia, estando ella misma bajo juicio, no puede ser una garantía para la fe o para cualquier otra cosa.

4 - Cuarta conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulos 2 y 3

Tiatira. La tarde anterior yo aludí en unas pocas palabras a la iglesia de Tiatira a causa de la relación de Balaam y Jezabel; siendo Balaam un profeta que actúa entre los santos para seducirlos; y Jezabel, una profetisa, establecida dentro de la iglesia, siendo un avance superior en el mal, – no meramente un seductor, como Balaam, sino una madre de hijos allí, como Jezabel, teniendo hijos de esta corrupción.

Y ahora llegamos (en esta parte del capítulo) a lo que podemos llamar un nuevo terreno. Dos cosas señalan esto. El Espíritu de Dios que se eleva muy por encima de nuestro fracaso dirige la vista del remanente fiel hacia la venida del Señor Jesús. Y la expresión: «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias», ya no está en relación con el mensaje a la iglesia en general, sino después de las promesas a aquellos que «vencieren». Y esto distingue al remanente como separado del cuerpo en general. La posición del remanente está especialmente distinguida, como no estando más en conexión con el cuerpo general de la iglesia, sino en el lugar en que se hallan aquellos a quienes es enviada la promesa, como «Al que venciere». En el mensaje a esta iglesia, y para las tres iglesias siguientes, la exhortación a oír está puesta después de la promesa especial.

El rasgo distintivo que encontramos incluido al interior de la anterior iglesia (Pérgamo) es que el mundo es el lugar del trono de Satanás. Por consiguiente, la iglesia debe estar en alguna de estas dos posiciones, –a saber, una iglesia sufriente y perseguida en el mundo a causa de su fidelidad, o perder ese carácter y ser llevada a conformarse y continuar en el mundo.

Nosotros vimos en Éfeso el decaimiento que caracterizó su estado, –pues leemos, «has dejado tu primer amor». En Esmirna entra la persecución y leemos: «el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel», aclarando de esta forma la situación de ellos por Dios. Y después, en Pérgamo, las instrucciones corruptoras comienzan a operar en su interior; y todas estas, no con respecto al fracaso individual, sino al estado colectivo de la Iglesia, siendo este el estado que estuvo caracterizando a la Iglesia en ciertos períodos de tiempo en esta época de la gracia. En el mensaje a Pérgamo encontramos la enseñanza seductora comenzando a corromper lo que estaba adentro, pero no aún como establecida e instalada adentro, como para que lo que caracterizaba el interior debiera ser productor del mal. La maternidad del mal estaba ahora en la iglesia.

El falso profeta Balaam estaba seduciendo y uniendo a la iglesia al mundo. «Tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam», y para el que «venciere» es dada la promesa individual y la bendición del maná escondido y de la piedrecita blanca. Pero ahora hay algo más allá, –pues leemos, «toleras a esa mujer Jezabel» (Apocalipsis 2: 20 - VM). Aquí se permitía el mal. Nosotros vimos que cuando Balaam no logró obtener que Dios maldijera a Israel, él trató de ponerlos en problemas a través de la asociación en el mal con el pueblo del adversario. Esto ahora había tenido éxito en la iglesia profesa.

En Tiatira tenemos, por lo tanto, un aún más terrible estado de cosas que en Pérgamo. No solamente estaba la enseñanza maligna, –es decir, aquellos que «retienen la doctrina de Balaam», sino una persona establecida en el interior, teniendo hijos de esta seducción; no meramente seduciendo a los hijos de Dios hacia esto, sino Jezabel estaba, por así decirlo, tan a gusto allí, que le nacieron hijos, encontrando su hogar y lugar de nacimiento en el mal, ¡sí!, brotando de la corrupción misma. Pero noten entonces que, en este aumento de mal y maldad, también encontramos aumentada energía de parte de los fieles; puesto que Dios tenía un remanente en medio del mal cuya fidelidad brilló mucho más resplandeciente por causa de la densa oscuridad alrededor. Vemos esto ejemplificado en la historia de Israel. En medio de la idolatría, adorando el becerro de oro o bajo una perseguidora Jezabel, hombres de poder como Elías y Eliseo fueron levantados en un poder especial de testimonio para Dios, manifestando de esta forma que Dios era y es siempre suficiente para las necesidades de Su pueblo.

Cuando el mal llega a tal altura como para hacer imposible a los fieles seguir junto a él, entonces ellos obtienen un estado más avanzado de conocimiento y poder en separación de él que el que tenían cuando la Iglesia estaba en una condición más próspera (aunque pueda ser un estado de mayor prueba). En los tiempos de Elías Dios preservó Su nombre de una manera muy especial. La totalidad de la nación de Israel estaba tan horrendamente mal que Dios habría estado obligado a cortarlos; pero el tiempo aún no había llegado. Pero, en el tiempo de Eliseo ellos no tenían nada correctamente en orden; no había templo, ni sacrificio, ni sacerdocio en el Monte Carmelo; no obstante, Dios estaba allí para los pocos fieles de una manera en que el pueblo en Jerusalén no tenía conocimiento ni gozaba de ella; puesto que el inmenso poder de Dios estaba allí para dar testimonio a la palabra de Su profeta. Y así nuevamente con Moisés, él siguió adelante fielmente con el Señor mientras Israel estuvo fracasando en todo alrededor de él. No fue cuando a Israel le fue bien que Moisés estuvo más cercano a Dios, sino cuando a ellos todo les había salido mal. Cuando fue hecho el becerro de oro, entonces «Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos, fuera del campamento» (Éxodo 33: 7); y entonces él fue a encontrarse con Dios, y allí «hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero» (Éxodo 33: 11). Y encontramos que Dios se refiere a esto en Números 12 como distinguiendo gloriosamente a Moisés. Cuando Aarón y María hablaron contra Moisés, y no acerca de Moisés subiendo a Dios en el Monte de Sinaí, Dios dice: «mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa… Cara a cara hablaré con él… ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?» (Números 12: 7, 8).

Cuando Moisés se encontró con Dios en el tabernáculo fuera del campamento, él era más excelente, por decirlo así, que cuando Dios lo llamó a la cima del Monte de Sinaí. En efecto, encontramos en esto un principio constante en la Escritura y es que, donde está el fracaso más manifiesto y universal, allí Dios presenta en Sus fieles un testimonio y un poder mucho más grandes de los que hayan sido conocidos en el cuerpo completo, mostrando de esta forma, como dijo Jetro, «pues en aquello mismo en que los adversarios se mostraron altivos (por su pecado y rebelión contra Dios), él (Dios) fue más alto que ellos» (Éxodo 18: 11), en gracia y poder. Esto fue así en la época del Señor Jesús quien fue un ejemplo muy bendito y glorioso de este principio; siendo el Señor Mismo quién presentó el testimonio más pleno y más bendito de gracia y justicia, por sobre los caminos del mundo, y de Su propio pueblo, en el momento del pecado más oscuro y más profundo de Israel y del mundo al crucificar al Hijo de Dios. Porque al mismo tiempo que el corazón de Israel se engrosó –cuando ellos estuvieron en condición de recibir otros siete espíritus peores que el que los había poseído desde hacía tiempo, dispuestos a unirse en un último estado, el cual era peor que el primero, entonces Dios, quien les había hablado anteriormente de muchas maneras mediante sacrificio y tipo y profetas, les habló por Su Hijo, en la Persona del manso y humilde Jesús.

Este es el caso aquí cuando Jezabel ha entrado en Tiatira. «Yo conozco tus obras… y que tus obras postreras son más que las primeras». El efecto de la condición de la iglesia profesa fue conducir a los santos en un tipo de energía que ellos no habían conocido antes. Y en efecto, así ha sido siempre en la historia de la Iglesia en lo que ha sido llamado: “las edades oscuras”. Nosotros encontramos el más fiel testimonio, tal medida de devoción (de la cual estoy seguro que debería alegrarme de verla ahora en cualquier manera), desconocida en otros tiempos, hombres que arriesgan sus vidas para dar testimonio para Dios; ¡pero cuán poco de esto hay en nuestros días de comodidad y pereza!

«Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras» (Apocalipsis 2: 19). Aquí tenemos obrando el amor y la fe, los que faltaban en Éfeso; y ahora el Señor dice: «Yo los animaré con esperanza», para que nosotros obtengamos fe, esperanza y amor, los tres grandes principios del cristianismo. Aunque no producidos en su feliz orden propio como en Tesalónica, a pesar de todo ellos están todos aquí en un sentido. Y noten cuán rápido de visión es siempre Dios para tomar nota de las cosas buenas, y eso antes de que Él hable de las cosas malas.

Tenemos aquí en Cristo este carácter de juicio. Leemos: «Estas cosas dice el Hijo de Dios, el cual tiene los ojos como llama de fuego, y los pies semejantes a bronce bruñido» (Apocalipsis 2: 18 – VM). El fuego es un símbolo de juicio infalible; este penetró por todas partes, como el ojo de Dios. ¿Pero qué es lo primero que Él ve? Sin duda él ve enseguida a través de este terrible mal; pero primero él advierte lo que deleita su corazón en estos pobres santos a los que a nadie les importaba nada. Él ve en los pocos despreciados aquello que es deleitoso para él mismo; y mientras sus pies, semejantes a bronce bruñido, señalan el carácter inmutable de esa justicia que Dios manifiesta aquí abajo (en sus tratos espirituales y derechos sobre el hombre), y los que sostienen su juicio puro e infalible. Por esta razón el altar del sacrificio en el tabernáculo era de bronce, y lo que en el hombre fue divinamente cumplido en Cristo y caracterizó a Su Persona, aun así, el ojo de Dios reposa en la última chispa misma de fidelidad en medio del mal. No hay un latido del corazón que late sincero para con Él en medio de la iniquidad abundante que pase inadvertido para Él; y esto es lo que sostiene el corazón en medio de las circunstancias inmanejables. Y para nosotros es muy feliz el saber (en la simplicidad de la fe) y realizar en poder en nuestras almas, el pleno significado de estas dos pequeñas palabras: «Yo conozco», andando de esta forma en el feliz conocimiento de que los ojos de Dios están sobre nuestro andar y nuestros caminos.

Versículo 20. «Pero tengo unas pocas cosas contra ti; que toleras que esa mujer Jezabel, etc…». Ahora la Iglesia, tomada como un todo, está caracterizada por tolerar el mal; ahora no es como antes, «y que no puedes soportar a los malos»; existía ahora la plena aceptación pública de este espíritu del mal que estaba en la Iglesia. Esto era descender mucho más abajo en la balanza que tener simplemente la enseñanza maligna entre ellos: pues leemos, «que toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos». Ellos toleraban a una mujer que tenía un carácter profeso en la Iglesia, «que se dice profetisa», –una profetisa falsa seguramente, aun así, una que profesaba retener y enseñar la palabra de Dios en la Iglesia. «Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse» (versículo 21). Vemos de esta manera que Dios no entra inmediatamente en juicio con ella, sino que le da tiempo para arrepentirse; él tiene paciencia con ella, pero ella no se arrepiente. Él no estaba tratando aquí con los paganos: a ellos él les predica el evangelio para que sus almas puedan ser ganadas para Cristo. Pero aquí estaba en la Iglesia alguien que decía ser profetisa, enseñando a los siervos de Dios a «fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos», y Dios trata con ella en este terreno de su profesión. Él le ha dado «tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación»: por consiguiente, él tiene que ejecutar juicio.

Y noten que aquí no se hace mención de un candelero. Él le dio tiempo para arrepentirse; pero aquí no se dice: «quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido», –porque, de hecho, Jezabel no es reconocida como un candelero. Hay dos caracteres de juicio puesto que no todos ellos eran hijos de Jezabel. Cometer adulterio es una figura común en la Escritura de la unión con el mal, particularmente el mal idólatra, porque era el pueblo de Dios entregándose a otros en vez de entregarse a Él. En primer lugar, «He aquí, yo la arrojo en cama, y en gran tribulación a los que con ella adulteran, si no se arrepienten de las obras de ella» (versículo 22). En segundo lugar, leemos: «Y a sus hijos mataré con penosa muerte» (versículo 23 – RVA). Están aquellos que no son sus hijos, sino personas que tienen cosas para hablar con ella, quienes están satisfechos de acomodarse y tener compañerismo con el mal. «A ellos Yo los castigaré, ellos comerán del fruto de sus caminos: y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón» (Versículo 23). Yo voy a ver a los que están satisfechos de descender flotando en la corriente con el mal, o quien resiste en fidelidad para conmigo. A los que han cometido adulterio con ella, que se han acomodado con este espíritu de falsa profecía, yo los arrojaré «en muy grande tribulación, a menos que se arrepientan» (versículo 22 - RVA); pero a aquellos que son sus hijos, a los que han obtenido su lugar y nombre de cristianos en virtud de esta doctrina falsa, ellos tendrán un juicio pleno, «Y a sus hijos mataré con penosa muerte» (versículo 23 – RVA). No es meramente tribulación para ellos porque ellos son objeto de un juicio pleno y completo: sino que, habiéndoseles dado tiempo para arrepentirse, aquellos que son nacidos de ella serán visitados con juicio inmediato, Yo los «mataré con penosa muerte».

Cuán triste, cuán verdaderamente triste, es ver a cristianos, como a menudo vemos, entremetiéndose con semejante mal. Tomemos por ejemplo a los gálatas: allí había santos que se estaban entrometiendo con el judaísmo, los que querían introducir la ley; pero no se trata de que ellos no eran cristianos, sino que estaban mezclados con aquello que era absolutamente aborrecible para Dios. Por consiguiente, Pablo les dice: «Me temo de vosotros» (Gálatas 4: 11), aunque después su fe los une con su Cabeza resucitada y en virtud a la inagotable gracia de Cristo y a su estar completos en Él, él dice: «Yo confío respecto de vosotros en el Señor» (Gálatas 5: 10). Se requiere gran vigilancia porque el alma está siempre en peligro de mezclarse con principios que Dios aborrece absolutamente. En los colosenses ellos no estaban sostenidos de la Cabeza; ellos estaban poniendo algo entre la Cabeza y los miembros. El apóstol Pablo entra en una agonía cuando él ve la entrada de cualquier cosa que separa al santo de su relación inmediata, apropiada y personal con Cristo. Si es un verdadero cristiano el que está entrometiéndose de esta manera con el mal, él debe ser puesto en tribulación para que se esmere para Dios; y si él no es convertido, entonces no hay nada ante él sino el juicio. Así que todos los que en el mundo público cristiano de hoy se entrometen con la corrupción del cristianismo, representada por Jezabel en Tiatira, serán arrojados a una aflicción desesperada, si no se arrepienten de sus obras. Este es un pensamiento muy solemne, pero es un pensamiento verdadero que, habiéndoles enseñado Dios a los santos que ellos son uno con Cristo, aquel que pone una cosa cualquiera entre ellos y la Cabeza, niega virtualmente el cristianismo. Esta fue la gran verdad que se le dio a Pablo para que la revelara; fue lo que él recibió especialmente del Señor: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hechos 9: 5). Por consiguiente, fue eso lo que puso a la mente de Pablo en una agonía, cualquier cosa que pudiera ser, o bien las obras de la ley, el sacerdocio, o cualquier otra cosa que, poniéndose entre el alma y Cristo, negaba la gran verdad que él había aprendido, la misma verdad a la que él se convirtió, que la Iglesia era una con Cristo, miembros de Su cuerpo, de Su carne y de Sus huesos (Efesios 5: 30).

Esta verdad bienaventurada, mantenida en la simplicidad de la fe, da poder al alma y limpia de cualquier otra cosa; y también limpia a través del curso completo de la vida diaria del cristiano, si es que él tiene algo entre su alma y Cristo. Si yo fuera un judío, yo necesitaría alguna cosa en la tierra, y a alguien entre yo y el Dios a quien conozco oscuramente; pero soy un cristiano y por consiguiente todo lo que yo quiero está en el cielo. Pero repito, si soy un cristiano, estoy unido con Cristo, soy uno con él; por lo tanto, si estoy unido con él, soy uno con él, nada puede estar entre nosotros, de tal forma que intentar introducir cualquier cosa entre nosotros es realmente dejar completamente de lado el cristianismo. Muchos cristianos estarían horrorosamente asustados si supieran cuántas cosas están poniendo entre ellos y Cristo, negando virtualmente de esta manera su unión con Cristo en el cielo. Si ustedes ponen a un sacerdote en la tierra entre yo y Dios, cualquier otro sacerdote y no a Cristo en el cielo, ustedes destruyen de inmediato mi privilegio, porque si Cristo es un sacerdote y yo soy uno con Él, yo también debo ser un sacerdote; pero, ¿está este sacerdocio llevado a cabo en la tierra? No; el lugar de Su sacerdocio está en el cielo. Un sacerdocio terrenal niega doblemente el cristianismo. Esto hace que el sistema y la posición sean terrenales, y esto niega nuestra asociación con Cristo. Si yo fuera un judío, debería ir a un templo terrenal, y lo haría correctamente; pero siendo un cristiano, cuando me acerco a Dios, esto debe ser en el cielo. Siendo uno con Cristo, yo no tengo ningún lugar de adoración en la tierra, aunque mi cuerpo pueda estar allí. Habiendo sido Cristo mismo echado fuera de ella, yo estoy en el cielo, y si voy a usar cualquier sacerdote en la tierra, debo dejar el cielo para bajar aquí abajo para usarlo allí. El sacerdocio es ejercitado en el lugar al cual pertenece. Un sacerdocio terrenal era apropiado donde Dios estaba entre los querubines detrás del velo en la tierra. Un sacerdocio celestial tiene su lugar de ejercicio en el cielo. Si, queridos amigos, si nuestras almas son lavadas en la sangre de Cristo, todo lo que podemos posiblemente desear está en el cielo. Nuestra vida «está escondida con Cristo en Dios» (Colosenses 3: 3); y entonces, necesariamente, «tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos» (Hebreos 7: 26). Solamente el buen Señor da a Su propia verdad bendita más poder en nuestras almas y entonces todas las interrogantes del sacerdocio terrenal, las ordenanzas y lo similar, pronto se desvanecerán. O yo tengo un sacerdote verdadero en el cielo o no tengo a un verdadero Cristo para mi alma.

Noten ahora el carácter que toma Dios: «yo soy el que escudriña la mente y el corazón» (versículo 23). “Ustedes no se escaparán de mí; y no obstante cuán creíble pueda ser el mal, e independientemente de que ustedes puedan poner el nombre del Señor sobre esto (así como Israel nombró como Jehová al becerro de oro cuando ellos dijeron: «Israel, estos son tus dioses… Mañana será fiesta para Jehová» (Éxodo 32: 4, 5), a pesar de eso, esto se encontrará con el juicio completo, porque ustedes han puesto a mis santos más abajo de lo que yo los había puesto en Cristo y han corrompido en forma idólatra la verdad de Dios”.

Versículo 24. Desde este versículo en adelante, el Señor se dedica al remanente fiel, y, por consiguiente, Le encontramos asumiendo otra forma de tratamiento. «Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina», (es decir, cometer fornicación y comer cosas sacrificadas a los ídolos), «y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga». Esta abstención del mal, aunque es bienaventurado, a pesar de eso, no es el alma creciendo de fuerza en fuerza hasta su porción total en Cristo; «Solamente aferraos a lo que tenéis». «Y a sus hijos mataré con penosa muerte… Solamente aferraos a lo que tenéis, hasta que yo venga» (versículos 23, 25 – RVA). Esto es ahora hacia lo que él dirige la fe de ellos, el ojo de sus almas, –a saber, a su venida. Él no espera que ellos vuelvan al punto de donde la iglesia se apartó, sino que los dirige hacia delante, hacia su venida. «Yo voy a ejecutar juicio». «Y a sus hijos mataré con penosa muerte». Por consiguiente, ustedes no deben esperar que Jezabel se corrija, o que esté en la condición de un candelero. No, vuestros ojos deben reposar sobre otra cosa; y aquí entra la esperanza. Aún no es presentada en la forma de la resplandeciente y bienaventurada esperanza que ellos tenían al comienzo, como los tesalonicenses, donde ellos se convirtieron «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo» (1 Tesalonicenses 1: 9, 10). Ahora esto tiene un carácter diferente, siendo presentado como un refugio para el fiel, debido a que «en el lugar de la justicia, allí había iniquidad» (Eclesiastés 3: 16 - VM). Este es el consuelo ofrecido en medio de la ruina total, a saber: «hasta que yo venga». El Señor efectivamente reconoce «tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia» (versículo 19), que efectivamente existen. Ustedes tienen ahora solamente este poco, «Solamente aferraos a lo que tenéis, hasta que yo venga» (versículos 23, 25 – RVA)». Una cosa es tener la venida del Señor presentada como un alivio a unos pocos fieles en medio del mal y la corrupción del estado “Jezabel” de la iglesia, y otra cosa muy diferente es tenerla como la resplandeciente y bienaventurada esperanza de la Iglesia para sostenerla y sacarla de las corrupciones del mundo. Pero no es meramente el hecho de Su venida: solamente el resplandor de él mismo, del que viene, puede satisfacer el deseo del corazón.

Versículos 26-28: Él revela ahora las consecuencias de su venida para las naciones y para la iglesia. «Yo le daré autoridad sobre las naciones» (versículo 26). Esta es una expresión notable y nosotros no encontramos nada parecido cuando la Iglesia estaba en plena prosperidad. Pero ahora, cuando la iglesia profesa llegó a una posición de ser ella misma la prueba más grande posible para los santos, y su asociación con el mundo ha hecho que lleve su nombre la madre de los hijos de la corrupción, los fieles, en medio de esto, tienen promesas especiales para aquietar sus almas. Sabemos por la historia, de qué forma en los tiempos más oscuros los hombres de fe han tenido que pasar a través del mal en la Iglesia, y temiendo ser detectados por aquellos que se llamaban a sí mismos con ese nombre, y bajo una amarga persecución del poder gobernante en la tierra. Siendo realmente la iglesia nominal el poder de Satanás por medio de la corrupción ejercitada entre las naciones. Y así es aquí; los santos, teniendo fe y paciencia, siguen perseverando a través de cada dificultad, sea esta Jezabel y sus hijos con el nombre de iglesia, por un lado, y persecución por parte de las naciones por el otro. La promesa es la asociación con Jesús mismo, la estrella resplandeciente de la mañana; y donde haya habido fe en esto, habrá poder sobre las naciones. El mundo que bajo el poder de Satanás ha sido la prueba de los santos será sujeto a ellos. «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin», (en medio de esa corrupción que aún tiene el nombre y la responsabilidad de una iglesia), «yo le daré autoridad sobre las naciones». En Mateo 24 tenemos lo mismo en cuanto a principio, aunque no como aplicándose a la misma época: «Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo» (Mateo 24: 13). «Y le daré la estrella de la mañana» (Apocalipsis 2: 28). Él está dando de esta manera al remanente fiel, mientras está en esta condición, el conocimiento especial de la unión con él. La dificultad de la posición en la que ellos se encontraban era que todos alrededor de ellos se estaban volviendo hacia Jezabel y su corrupción, a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación. Y entonces ellos claman: «¿qué debo hacer yo?», a lo que el Señor contesta, «Sígueme, –guarda tus obras hasta el fin, y entonces tendrás mi porción al final, «como yo también la he recibido de mi Padre» (versículo 27).

Vemos aquí señalados, en la promesa hecha al fiel, dos caracteres de la venida del Señor. El primero se relaciona con la posición de ellos con respecto al mundo, –y se trata de «autoridad sobre las naciones» (versículo 26); y luego, en segundo lugar, la propia y apropiada bendición de los vencedores, a saber, la estrella de la mañana. En relación con el primero, hay una referencia a ello en el Salmo 2: 9. La Iglesia del Dios viviente en su caminar en la tierra debería haber juzgado al mundo, pero ahora, habiendo cometido fornicación con el mundo, ella no tiene el poder para juzgarlo: por consiguiente el Señor dice, «Me es necesario»; porque habiendo fracasado la Iglesia en la santidad y la separación de su andar para condenar el mundo, el Señor tiene que dar testimonio de lo que el mundo es cuando es juzgado (véase Salmo 2). Si los perseguidos se inclinaron ante la autoridad del mundo, como algo ordenado por Dios, a pesar de todo ellos fueron separados de este. Y ellos se mantuvieron totalmente apartados con horror de la corrupción de Jezabel, sin importar cual pudiera ser la influencia de Jezabel. Se sentían honrados por ser martirizados. Al final, los poderes del mundo se asociarán contra el ungido de Dios, pero, a pesar de todo, él tomará su autoridad sobre las naciones. ¿Y cuáles son el lugar y la porción de la Iglesia allí? Cristo está ahora sentado a la diestra de Dios y el Espíritu Santo ha descendido para reunir a la Iglesia; y después que los santos sean llevados al Señor, entonces él aparecerá para juzgar al mundo.

«Yo mismo he ungido a mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te he engendrado hoy» (Salmo 2: 6, 7 - RV1977). La palabra hijo no es usada aquí en el carácter del eterno Hijo del Padre, sino como alguien nacido en el mundo, el hombre elevado en gloria para gobernar sobre la tierra. «¡Pídeme, y te daré las naciones por tu herencia!» (Salmo 2: 8 - VM). Cristo no está haciendo esto ahora; él no está orando ahora por el mundo. En el momento que él le pregunta a Dios con respecto a este, debe sobrevenir el juicio en el mundo. «Los quebrantarás con vara de hierro» (Salmo 2: 9). En Juan 17 Cristo dice: «no ruego por el mundo, sino por los que me diste». Él deja el mundo fuera de sus peticiones. Él no está quebrantando las naciones ahora, sino que él está haciendo avanzar su bienaventurado evangelio para reunir almas fuera del mundo; y el Espíritu Santo es enviado para unirlas a él mismo, formando de este modo la Iglesia. Pero, cuando él pregunte por las naciones, será para desmenuzarlas como vasija de alfarero. Este será el juicio de los vivos. Y por este motivo tenemos la palabra de advertencia al final del Salmo 2: «¡Ahora, pues, oh reyes, obrad con cordura!… Besad al Hijo, no sea que se enoje» (Salmo 2: 10, 12 – VM); “porque si ustedes no se inclinan a esta convocación, dándoles de esta manera con paciencia una oportunidad para que se arrepientan, ustedes deben inclinarse ante la ira del Cordero”. «Ante mí se doblará toda rodilla» (Romanos 14: 11; Isaías 45: 23).

Y presten atención aquí a lo que es la porción de la Iglesia al ser ella una con Cristo, «Al que venciere… yo le daré autoridad sobre las naciones… como yo también la he recibido de mi Padre» (Apocalipsis 2: 26, 27). Y de Cristo se dice: «(Él) las regirá con vara de hierro». El mundo debe ser puesto en orden y él ejecutará juicio sobre este, y cuando él venga a hacerlo la Iglesia estará asociada con él en esto; pero ella está ahora morando donde está el trono de Satanás, con el mal por todos los lados, y no puede tocarla a modo de arreglarla. Y, por consiguiente, es como si Cristo debiera decir a su remanente fiel, “No temas, no estés inquieto por causa de las persecuciones, ni siquiera acerca de las corrupciones de Jezabel: solamente guarda mis obras hasta el fin”. Este es el tiempo para la paciencia y para la humilde fidelidad. Anda tú a través del mundo como yo anduve a través de Israel, y Yo te «daré autoridad sobre las naciones… como yo también la he recibido de mi Padre». El poder será tuyo cuando yo asuma el mío y reine». Este es el carácter especial de asociación con Cristo en poder.

Pero, mientras tanto, ¿qué tenemos que hacer nosotros con respecto a poner en orden el mundo? Nada, y esto la carne no lo puede entender. No debemos entrometernos con la furia de las naciones, ni involucrarnos con las alianzas de las naciones (aun teniendo en cuenta que tenemos que someternos y obedecer a los poderes que existen, tal como Dios lo ordenó), ni siquiera contaminarnos tocando las maldades de Jezabel, sino esperar en Dios. Guarda «mis obras hasta el fin» y espera pacientemente; porque cuando Cristo tendrá el control, así también nosotros. Nuestros intereses son los suyos y los suyos son los nuestros; estos están tan juntos y englobados que no pueden ser separados. La fuerza de esa expresión en Colosenses: «Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos…? (Colosenses 2: 20), –es justamente esto: Él está escondido en Dios y yo también (ese es el razonamiento); su vida es nuestra. «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Colosenses 3: 3). Él se refiere así a nuestro estado con él que, si él está escondido en Dios, nosotros también estamos escondidos. Y si se habla de su manifestación: «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Colosenses 3: 4). Así, siendo enteramente uno con Cristo mientras él está esperando en el trono del Padre, nosotros estamos llamados a esperar aquí abajo en espíritu con él.

A propósito, yo podría mencionar que en el Salmo 110 puede haber alguna explicación de la expresión, «Pero de aquel día… nadie sabe… ni el Hijo» (Marcos 13: 32). El Hijo está sentado a la diestra de Dios y es contemplado proféticamente como esperando allí, como Jehová le dijo: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Salmo 110: 1). Por consiguiente, en este sentido, del Hijo, –como ministro profético de la verdad revelada, y como tal él habló en Israel (véase Hebreos 1)–, puede decirse que no sabe ni el día ni la hora; porque, como dice Pablo en Hebreos 10, él está «de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies» (Hebreos 10: 13), cuando ellos también sean nuestro estrado. Por ese motivo en el mensaje a Filadelfia nosotros somos llamados a guardar la palabra de su paciencia, y si él está esperando, no hay duda de que nosotros también tenemos que esperar; y es él, quien es la mejor parte de lo que nosotros estamos esperando.

Esta es la porción apropiada y característica de la Iglesia, –a saber, asociación con él; y lo otro, es decir el poder sobre las naciones, es meramente el fruto y la consecuencia de ello. Él debe juzgar, pero para ustedes él es la «estrella de la mañana». El juicio es su «extraña obra». Él es lento para la ira, pero debe ejecutar juicio debido a que no puede permitir que la iniquidad continúe para siempre; porque él va a tomar posesión de su propio trono y no puede tener un trono relacionado con Satanás y su maldad y, por consiguiente, él debe eliminar el mal porque no lo puede permitir; así que el poder anticristiano en el mundo debe ser abatido, tal como él no puede instaurar su trono y dejar lo que existe. Como está dicho en el Salmo 94: 20: «¿Se juntará contigo el trono de iniquidades?» Esto no podría ser. Por consiguiente, él tiene que hacer su extraña obra: pero su obra apropiada, por así decirlo, es brillar en su propio resplandor celestial, –y nuestro lugar apropiado es estar asociados con él allí.

«Le daré la estrella de la mañana» (Apocalipsis 2: 28). ¿Y quién es aquel que ve la estrella de la mañana? Es aquel que vela mientras es de noche. Todos ven el sol en su brillantez: pero solamente quienes no son de la noche, aun sabiendo que moralmente es de noche y están esperando la estrella de la mañana, –aquellos, y solamente aquellos, ven la estrella de la mañana y la obtienen como su porción. Ellos no son hijos de la noche sino del día; y, por consiguiente, ellos esperan el día. Cuando se levantó la estrella que anunció a Jesús, el cual nació Rey de los Judíos, Ana y Simeón estaban esperando la consolación de Israel. ¿Y quiénes eran los amigos de Ana en esos días de oscuridad? Simplemente aquellos que estaban esperando la redención en Israel, y ella les habló de él. En ellos se cumplió esa palabra en Malaquías: «Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero» (Malaquías 3: 16). Vemos que ellos se conocían unos a otros y que gozaron de consuelo en el espíritu por medio de la verdad de Jesús de lo que sigue en el profeta: «Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación» (Malaquías 4: 2). Hubo unos pocos pobres despreciados que fueron tan poco conocidos como faltos de atención; pero ellos estuvieron “esperando” la redención en Israel, conscientes de la ruina y del mal, porque vivían para la gloria de Dios y por el privilegio de ser su pueblo. En ellos, débiles como eran, encontramos una marca más brillante de fe que la que encontramos en Elías cuando él estuvo pidiendo que cayera fuego del cielo. Ellos no estaban arreglando el templo, sino que estaban juntos hablando de los pensamientos de Dios. Elías estuvo poniendo en orden las cosas exteriores, pero no tuvo fe para las cosas interiores [5].

[5] Observen el carácter de Cristo aquí. Siendo él mismo perfecto bajo la ley, él, por la paciencia inagotable de su gracia, soportando todas las cosas, cumple trayendo la voz del pastor a cada oveja en el redil. El pobre Elías, tan devoto como era, hace caer fuego del cielo sobre los desobedientes, pero no estuvo en contacto con los siete mil que Dios conocía. Cristo rehúsa a hacer caer fuego del cielo. Él soporta el juicio si bien él cumplió la ley, e hizo que la voz de Jehová alcanzara a toda costa a los más pobres, a los más culpables y a los más escondidos del rebaño. La consecuencia es, –como de hecho es la causa– que las ovejas del rebaño son suyas, y todo el poder de juicio se le da a él por encima de todo.

Elías no tuvo una confianza apropiada en la gracia inagotable de Dios hacia el remanente. La ley fue la medida de su aprehensión; pero las Ana y los Simeón tuvieron el secreto de Dios en sus almas, («El secreto de Jehová es para los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto». Salmo 25: 14 – RV1977 - JND), y estuvieron andando en la senda estrecha y silenciosa de la fe, no tratando de poner en orden el templo sino hablando a todos los que estaban esperando consolación en Israel. Pero, ¿estuvieron ellos satisfechos con el estado de las cosas? No; pero, en separación del mal ellos esperaron la consolación para Israel, que era lo único que podría enmendar el mal. Y tal es así en nuestros días. El cristiano no puede cambiar a Jezabel, ni él tampoco puede mezclarse con los simples “adoradores del templo”, el así llamado sistema religioso actual. Mientras los deja a ellos al juicio del Señor, él camina lejos de los violentos ataques que caen sobre los cristianos, en silenciosa separación de todo mal, esperando pacientemente y velando durante la larga y oscura noche de dolor, a la estrella de la mañana en el día de gloria. «Al que venciere… le daré la estrella de la mañana»; y esta estrella de la mañana es Cristo mismo. Y él es conocido de esta manera para aquellos que, siendo hijos del día, aunque están en la noche, no son de la noche. La estrella de la mañana se va antes que el mundo vea el sol, antes que salga el sol, antes que el día aparezca. Pero antes que salga el sol, allí está la estrella de la mañana para aquellos que están velando en la noche. El mundo verá el sol; pero, por lo que concierne al mundo, la estrella de la mañana se ha ido antes que salga el sol. Así nosotros nos iremos para estar con la estrella de la mañana antes que el día de Cristo aparezca para el mundo; y cuando Cristo aparezca, entonces también nosotros seremos «manifestados con él en gloria» (Colosenses 3: 4).

Hay tres pasajes que se refieren a esta estrella de la mañana que es importante mencionarles. En 2 Pedro 1, él dice: «Tenemos también la palabra profética más segura (esto es, confirmada) a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones». Los profetas de Israel habían profetizado acerca del día de plena bendición sobre la tierra, diciendo: «Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz» (Isaías 60: 1). «He aquí que para justicia reinará un rey» (Isaías 32: 1). Y el testimonio de ellos fue confirmado a los discípulos por medio de la visión en el monte santo (Mateo 17: 1 al 9; Marcos 9: 2 al 8; Lucas 9: 28 al 36). Ellos profetizaron también de eventos por suceder en la tierra que confirmaban su juicio en todas sus rebeldes formas de voluntad y poder, –de Nínive y Babilonia, y de las bestias que se levantarían sobre la tierra–, de Jerusalén y su porción por apartarse de Dios; y el juicio fue así señalado, de tal manera que hubo una luz de advertencia, la cual, en medio de la oscuridad de este mismo mundo daba una luz que llamó a aquel que prestara atención a esto a evitar el crimen de la voluntad humana que llevaba al juicio divino. Ellos hicieron bien en hacer caso a esto, hasta que el lucero de la mañana salió en sus corazones, porque él era la luz en un lugar oscuro. Pero el lucero de la mañana era, en sí mismo, algo aún más excelente.

En realidad, las profecías son claras, su advertencia es clara; ellas me guardan de estar mezclado con el espíritu del mundo, cuyo juicio es anunciado. En Apocalipsis yo leo acerca de espíritus inmundos a manera de ranas que van a los reyes de la tierra en todo el mundo para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso. Si yo ni siquiera entendiera exactamente quién y qué significan las ranas, a pesar de esto, la gran importancia de la profecía es evidente. Ellas no son el poder del bien; ellas guían a los reyes de la tierra a la batalla del gran día del Dios Todopoderoso. De esta forma, esto es una antorcha que alumbra en lugar oscuro que es la noche de la historia de este mundo en la ausencia de Cristo. Pero la estrella de la mañana es Cristo mismo, tal como nosotros lo vemos en Apocalipsis 22. Él es la estrella resplandeciente de la mañana. Él será el Sol de Justicia para el mundo cuando él aparezca; pero entonces allí habrá juicio. El malvado será como cenizas bajo las plantas de los pies (Malaquías 4: 3), –como estopa (Malaquías 4: 1)–, y el día del Señor será como fuego. Pero la estrella aparece a los que velan, antes que el sol aparezca para el mundo; porque, como yo puedo entender en la advertencia profética que este lugar oscuro va a ser juzgado, que «la noche está avanzada, y se acerca el día»; no obstante, ahora todavía es la noche, aunque la gente piense cualquier otra cosa. Y yo quiero a la estrella de la mañana en mi corazón (la esperanza de Cristo antes del día, viniendo para llevarse a la Iglesia consigo (Juan 14: 3), porque la estrella de la mañana es dada a los que vencen), para que aliente mi alma a través de la noche larga y lúgubre que ahora es más oscura de lo que era entonces, pero aun así avanzada, así como la oscuridad de la noche siempre se espesa hasta que el amanecer de otro día se levanta más allá en el otro lado del cielo y la estrella de la mañana aparece para fijar el ojo del alma que está en vela y esperando, y alentar al corazón con una esperanza segura y cierta. ¿Y qué necesitamos nosotros, entonces, de las cosas de este lugar oscuro, el cual está ahora bajo juicio por haber clavado en la cruz al Hijo de Dios? Por consiguiente, no estén buscando las riquezas, los honores, el poder de este mundo, sobre el cual Cristo está viniendo para ejecutar juicio. Un rayo de la gloria de Cristo marchitará toda la gloria de este mundo manchado como una hoja de otoño. Por consiguiente, no sigan ustedes mezclándose con el mundo ni amontonando riquezas. ¿Qué van a hacer ustedes con ellas cuando Cristo venga? Recuerden que el Señor está cerca. Pero, ¿estoy yo separado del mundo simplemente por el hecho de que este va a ser juzgado? Ciertamente no. Mi porción completa para el tiempo y la eternidad está en Cristo; el lucero de la mañana ha salido en mi corazón. Yo estoy apartado del mundo por afecto y no por temor.

Tenemos la venida de Cristo como la estrella de la mañana como una cosa distinta de la salida del sol porque cuando el sol salga en el mundo será para juicio (véase Isaías 2 y Malaquías 4: 1 al 3) Pero además y antes de todo esto, nosotros tenemos nuestra porción en Cristo; nosotros no somos de este mundo, somos redimidos fuera de él y pertenecemos al Señor Jesucristo, y nos uniremos con él antes que él se manifieste para el juicio de este mundo y, por consiguiente, los truenos del juicio no nos pueden tocar porque estamos sentados con él en el cielo, desde donde viene el juicio. En Apocalipsis 4 tenemos un retrato muy bienaventurado y consolador de la posición de la Iglesia. Hay veinticuatro ancianos sentados en sus tronos, alrededor del trono de donde salen los truenos, los relámpagos y las voces; y ellos continuaban perfectamente impasibles. ¿Era esto insensibilidad? No, ciertamente; porque, cuando Dios mismo es mencionado en su santo carácter, inmediatamente ellos se postran y echan sus coronas delante de él. Tampoco es esta santidad la causa de cualquier temor, cuando los seres vivientes proclaman por tres veces la santidad de Aquel que está sentado sobre el trono; pues lo que irrumpe es su adoración y ellos se postran y echan sus coronas ante él en la plena conciencia de la bienaventuranza de Aquel que se sienta solo sobre el trono. Cristo, entonces, es esta Estrella de la mañana, y si el día ha amanecido y el lucero de la mañana ha salido en nuestros corazones, nosotros conocemos nuestra asociación con Cristo mismo, como dentro del lugar desde donde proceden los juicios.

Al final de Apocalipsis tenemos nuevamente el lugar de la Estrella; capítulo 22: 16. El Señor nos trae de regreso desde el testimonio profético a él mismo, leemos: «Yo Jesús he enviado mi ángel… Yo soy la raíz y el linaje de David –(esto es en relación con que él es la fuente de la promesa y el heredero de ella, como Rey de Sion, «¡Domina tú en medio de tus enemigos!», salmo 110: 2 - VM)–, la estrella resplandeciente de la mañana». Pero, en el momento que él se presenta a sí mismo como la estrella resplandeciente de la mañana, «el Espíritu y la Esposa dicen: Ven» (versículo 17); el Espíritu Santo en la Iglesia dice: «Ven». Esta respuesta es lo que está conectado con él. La mención de él atrae y despierta la respuesta de la Iglesia. Este es el carácter en el cual la iglesia misma debe hablar de Su venida. Dios, en el amor de su propio corazón, ha asociado a la Iglesia con Jesús, y la mención misma de su nombre despierta la exclamación: ¡«Ven»! Porque pulsa una cuerda que da una respuesta inmediata; y por consiguiente él no dice aquí: «He aquí yo vengo pronto», como en el versículo 22. Aquí no se trata de cuándo él vendrá, sino de que es él mismo el que está viniendo. Él no habla de su venida, aunque este pensamiento es bienaventurado, sino que él se revela a sí mismo; y esto es lo que despierta la respuesta del corazón por medio del poder del Espíritu Santo. Nosotros somos para él y estaremos con él: no puede ser nada menos que esto porque él nos llama «Su cuerpo». ¡Qué glorioso lugar es este! No es meramente maravilloso, sino glorioso, –a saber, la identificación con el Cristo de Dios. Ninguna explicación de la Escritura profética (no obstante, lo buena y verdadera que ella sea, no obstante, cuan útil sea como una solemne advertencia con respecto a este mundo), podría nunca tomar el lugar, en el alma que es enseñada por Dios, del conocimiento de su unión viviente con un Jesús que viene y de la actual espera por él. Ninguna simple explicación de su venida como una doctrina es la esperanza apropiada del santo. Esa esperanza no es profecía; es la expectativa real y bienaventurada y santificadora de un alma que conoce a Jesús y que espera verlo y estar con él.

Solamente la esposa oye la voz del Esposo, la que de inmediato muestra la expresión de su deseo por su venida. A esto él responde asegurándole a ella su venida; y entonces Apocalipsis finaliza dejándole esto como su propia expectativa, no obstante, él pueda haberle comunicado previamente lo referente al juicio de este mundo, al cual ella no pertenece. El Señor Jesús es representado como partiendo él mismo, y viniendo y tomando a su esposa para estar con él. Entonces, cuando el mundo esté diciendo «Paz y seguridad», vendrá sobre ellos destrucción repentina, y no escaparán (1 Tesalonicenses 5: 3).

Pablo finaliza 1 Tesalonicenses 4 con estas palabras: «y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4: 17). ¿Y eso es todo? Sí, eso es todo; porque Pablo no le puede decir nada más al corazón que ha aprendido a amarlo a Él. Entonces él añade: «Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba» (1 Tesalonicenses 5: 1) [6].

[6] Yo no dudo que la conexión directa del capítulo 5 es con el versículo 14 del capítulo 4, siendo desde el versículo 15 hasta el final del capítulo 4 un paréntesis.

Ustedes son hijos del día, ustedes esperan eso. Una explicación de esto como doctrina jamás puede alcanzar un corazón. Ustedes no pueden hacer que una persona entienda una relación: para entenderla la persona misma debe estar en la relación. Un alma reposada podría entender de una forma lo que significa la profecía; pero nada menor al sentido y al gusto de estar relacionados con Cristo mismo puede otorgar el deseo de su propia venida personal. ¿Y por qué? Porque para esto se debe conocer la relación. En Apocalipsis 22: 16 la relación es conocida, el afecto es despertado y hay allí una respuesta inmediata.

Tomen ustedes un caso: una mujer está esperando a su esposo; él llama a la puerta. Ninguna palabra sale de su boca; pero esta esposa ya sabe quién está a la puerta, porque es aquel a quien ella ama el que está allí, y de esta forma son despertados los sentimientos y afectos naturales apropiados para una esposa cuando la cuerda es pulsada por aquello que actúa en ellos. Pero, además, el vínculo debe estar en el corazón; para producir la respuesta el afecto debe estar allí; la cuerda que vibra con esta verdad bienaventurada tiene que estar allí para que sea despertada por esta. Hay un conocimiento tal de unión con Jesús a través del poder del Espíritu de Dios, que en el momento mismo en que se habla de él en este carácter, la cuerda es tocada, y la exclamación instintiva es: «Ven». Ninguna cantidad de inteligencia, meramente, producirá esto. ¡Y qué diferencia hay entre esperar al Señor Jesús porque él me ha hecho a mí y a sus santos una parte de sí mismo y su esposa, y esperar su venida para juzgar a los pobres pecadores! Noten ahora el efecto práctico de esta espera por Jesús: nos toma limpios fuera del mundo al cielo. Si mi corazón es correcto en sus afectos hacia él, yo también estoy mirando demasiado hacia lo alto como para darme cuenta de las cosas a mí alrededor. Hay bastantes cosas alrededor en el mundo, bastante bullicio y agitación; pero esto no perturba la bienaventurada calma de mi alma; porque nada puede alterar nuestra relación indisoluble con un Jesús que viene, así como nada debería dividirnos en la esperanza.

Ver la venida del Señor Jesús a buscar la Iglesia cambia el carácter de mil Escrituras. Por ejemplo, tomen los Salmos, –esos que hablan acerca de los juicios sobre los impíos, como leemos: «el justo… sus pies lavará en la sangre del impío» (Salmo 58: 10). Nosotros no somos personas que dicen esto. Ese es el lenguaje de judíos, y además de judíos piadosos los cuales serán liberados por medio de la vara de poder golpeando con violencia a sus enemigos, cuando todas las tribus de la tierra se lamentarán debido a Él. Pero, ¿acaso quiero yo que mis enemigos sean destruidos para alcanzar a Cristo? No, ciertamente. Yo los dejaré para estar con él. Es verdaderamente un pensamiento doloroso, aunque reconocemos el justo juicio de Dios, que tal juicio se cumplirá sobre los que lo desprecian a él y a su gracia. Pero, por lo que a mí respecta, yo estoy yendo verdaderamente a Cristo en el cielo. Mi lugar está en él, mientras él está escondido en Dios, en la unión más cercana e íntima. Yo pertenezco a la esposa, soy un miembro de su Cuerpo, de su carne y de sus huesos. Cuando nos hemos sostenido de este bendito centro, Cristo, y con él, por consiguiente, de Dios mismo, entonces toda Escritura cae en su lugar apropiado; y obtenemos un entendimiento espiritual de cosas celestiales por medio del Espíritu Santo y de nuestra relación con ellas; y de cosas terrenales y de nuestra separación de ellas; y, sobre todo, nuestros corazones se sitúan en su lugar apropiado, porque, estando situados en Jesús mismo, estamos esperándolo. Cuando él se manifieste, nosotros seremos manifestados con él en gloria (Colosenses 3: 4), pero estaremos para siempre con el Señor.

¡Que el Señor nos dé un entendimiento tal de la redención y de nuestra posición en él, que pueda fijar de tal forma nuestros corazones en él mismo, de tal manera que podamos andar diariamente aquí abajo como hombres que esperan a su Señor, el cual ha prometido venir y tomarnos consigo, velando en medio de una noche de tinieblas, conscientes de que es de noche, aunque no somos de la noche, sino que velamos y esperamos el día, teniendo a la estrella de la mañana saliendo en nuestros corazones! Que el Señor nos guarde de los ídolos y, sobre todo, de cualquier cosa que tenga sabor a Jezabel, que podamos estar en temor, en temor de contristarlo a él en cualquiera de esas cosas que han entrado para estropear y corromper aquello tan hermoso que él una vez plantó para la manifestación de su gloria en este mundo oscuro y malo.

5 - Quinta conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulo 3

Sardis. Yo siento, amados hermanos, que el comienzo mismo de este capítulo lo consuela a uno de una manera particular en relación con la extraordinaria solemnidad del mensaje a la iglesia de Sardis. No conozco nada más solemne que el punto de vista desde el cual el Espíritu de Dios, en este mensaje a Sardis, considera a la iglesia profesa, en cuanto a su nombre, su carácter, y su responsabilidad en el mundo; porque, aun cuando el mensaje es a la iglesia, el punto de vista desde donde se la considera es lo que el Hijo de Dios es en Su propia plenitud de bendición; puesto que ella debería ser, en el poder de la gracia divina, la expresión de Su naturaleza y poder, de Aquel de quien emana su vida; y este mensaje es enviado necesariamente a la iglesia profesa de acuerdo con la declarada posición que ella ha tomado. Yo siempre encuentro una pequeña dificultad al hablar sobre el tema debido al sentido de responsabilidad que pesa sobre mí; y ruego que el Señor les pueda comunicar el sentido que tengo (no, más bien, un sentido mucho mayor del que tengo) de la responsabilidad relacionada con esto. De hecho, la iglesia de Sardis estaba en una condición muy solemne. A pesar de eso, hay un consuelo dado aquí para la necesidad de la iglesia, en la plenitud y en la perfección de Cristo; y, cuando podía parecer que todo el resto fracasa, tanto más Cristo pone en evidencia la inalterable plenitud que siempre está allí en Él, para que se dependa de ella.

El carácter del Señor (el cual, como decía antes, es habitual en estos mensajes), se adapta al estado de aquellos a los que Él está hablando, –leemos, «El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto» (versículo 1). Aquí no se dice, como fue dicho en el mensaje a Éfeso, «El que tiene las siete estrellas en su diestra»; sino, «El que tiene las siete estrellas». Y, presten atención, ninguna palabra es omitida o cambiada en la Escritura sin un significado pleno. Las estrellas (los ángeles) de las siete iglesias son los representantes simbólicos de las iglesias [7], pero considerados en aquellos que tienen un carácter de autoridad bajo Él, el cual es la Cabeza del gobierno.

[7] Aunque aquí tales asuntos no son mi objetivo, puedo comentar como explicación, ya que se ha puesto tanto énfasis en esto, que el ángel de la sinagoga no era de ninguna manera el gobernante de la sinagoga: ellos eran más bien los empleados de la sinagoga. Los ángeles pueden aventajar en fuerza, pero son espíritus ministradores. La estrella, como símbolo, no la palabra «ángel», es lo que da el ideal de autoridad, aunque de autoridad subordinada.

En el mensaje a Éfeso, Cristo tiene toda la autoridad en Su mano (siendo las estrellas, como yo he comentado antes, los representantes simbólicos del completo sistema de autoridad, –es decir, de esa energía activa que caracteriza a las iglesias a los ojos de Cristo, que actúa en Su nombre en medio de los siete candeleros de oro), juzgando el estado de la iglesia, y teniendo a los representantes en Su diestra.

Pero aquí en Sardis, el fracaso e incluso la muerte espiritual habían entrado y caracterizaban el estado de la iglesia, pues leemos, «Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto». Hemos visto de qué modo el fracaso y el deterioro ya habían entrado previamente en la iglesia; pero, bajo un punto de vista, Sardis estaba en un estado incluso peor que cualquiera antes de ella, teniendo nombre de que vivía, aun cuando estaba muerta. Esto era el deterioro del poder vital, –no es el poder del mal obrando, sino una cosa moralmente desgastada y, consecuentemente, el Señor se presentó a Sí mismo a Sardis como teniendo para la fe toda la plenitud del Espíritu Santo a Su disposición,– pues, «El que tiene los siete espíritus de Dios»; y las siete estrellas, que es todo el poder en la iglesia, estaban también a Su disposición (siendo el siete el símbolo de la perfección) [8].

[8] Pero, yo pienso que esto es en la actividad de sus ministraciones.

Con independencia de cuál puede ser el fracaso de la iglesia, de cualquier forma, en que ella puede haberse unido con el mundo, esto siempre permanece verdadero, a saber, que la capacidad plena y divina del Espíritu Santo en sus varios atributos es su porción, bajo Él, el cual es la Cabeza de la Iglesia y cuida de ella, y la ama, y vela sobre ella; así que, por una parte, la Iglesia está sin excusa, y por otra, el creyente tiene un recurso. Pero, ahora que toda la cosa ha fracasado completamente, que no solamente los santos de Dios fueron seducidos por la falsa doctrina de Balaam, y que Jezabel había encontrado allí un hogar, teniendo hijos nacidos allí (se dirá, tal como se dijo de Sion, «Este y aquél han nacido en ella» (Salmo 87: 5), así que aquí estaban aquellos que tenían nombre de cristianos y su lugar de nacimiento en el mal mismo), se presenta otra escena aquí después que el mal se ha desarrollado plenamente por sí mismo, –un estado mortuorio, aunque toda la energía espiritual y el poder autoritario está allí en Cristo mismo, con quien ellos tienen que ver. Y el hecho mismo de todo esto de estar tranquilos y siempre en Cristo puede condenar mucho a la iglesia profesa, la verdad preciosa de todo el poder en relación con el Espíritu Santo siendo entonces, como siempre, hecha resaltar ciertamente en Cristo, para el consuelo y bendición del fiel “vencedor”. Ella es su soporte en medio del mal abundante.

Cualquiera que pueda ser la forma en que la corrupción haya entrado, sea Jezabel o sea Balaam, el Señor dice «Yo lo sé todo». Si la muerte está impresa sobre la iglesia profesa, a pesar de eso, Cristo dice «Yo tengo los siete espíritus de Dios y nada puede tocar esto» y, por consiguiente, mientras todo está saliendo mal, nosotros encontramos que Él tiene todavía todo lo que se necesita para la plena bendición de la iglesia, –«tiene los siete espíritus de Dios». Esto no es alterado ni en un ápice, ni por el fracaso del hombre, ni por la maldad de Satanás.

En Apocalipsis 4 versículo 5, y en el capítulo 5 versículo 6, tenemos igualmente mención de los siete espíritus de Dios, –siete lámparas de fuego; siete cuernos y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios, mención expresiva de poder multiforme y de sabiduría múltiple; de tal forma que es como si el Señor hubiese dicho: “Aquí está todo lo que puede producir el bien, y un bien seguro, y yo lo tengo todo en Mi custodia”. En Tiatira, él había estado obligado a enseñarles a esperar su venida como el único refugio en medio del mal; y esta esperanza es presentada como la estrella resplandeciente de la mañana para iluminar el alma en medio de la oscuridad circundante. Luego, en la iglesia en Sardis, donde ellos tenían el nombre de que vivían mientras que estaban muertos, él consuela además a los fieles con la seguridad de que no hay ningún fracaso con respecto a la fuente real de toda fuerza. Si toda provisión exterior se ha acabado, él todavía es el mismo, y ahora él hará que esto sea conocido a la iglesia como el poder que sostiene y sustenta a los pocos fieles; pero él no hace un milagro para su liberación. Así igualmente podemos observar que cuando Israel hizo el becerro de oro no se obró ningún milagro para enfrentar ese fracaso, sino que hubo allí poder espiritual en Moisés cuando él puso el tabernáculo fuera del campamento.

Los profetas profetizaron en Judá, pero no obraron ningún milagro, excepto cuando el reloj de sol de Acaz volvió atrás diez grados como una señal especial dada a Ezequías. Ellos testificaron con el propósito de traer al hombre de regreso a la verdad públicamente reconocida en un sistema establecido divinamente y consolar los corazones de los fieles. Pero, cuando toda la nación de Israel se hubo apartado abiertamente de Dios bajo Jeroboam y Baal fue establecido y adorado finalmente, entonces Dios obró milagros por mano de sus siervos Elías y Eliseo. Así que, mientras Dios, en misericordia y gracia, siempre estuvo enviando testimonio tras testimonio a Judá, pero ningún milagro cuando entró el abierto fracaso, su poder tuvo que ser mostrado para probar que él era Jehová, en contraste con Baal, el cual Judá no negó. La acción poderosa para con los sostenedores corruptos de la verdad los corrompería aún más; La acción poderosa como testimonio para aquellos que se han alejado es la paciente bondad de Dios. Este es un gran principio en los caminos de Dios, y es de este gran principio del cual estoy hablando y no acerca de si hubo milagros allí [9].

[9] Moisés obró milagros como una prueba de su misión, puesto que nada estaba divinamente establecido entonces en Israel. Pero esto no es nuestro asunto aquí. Es el mismo principio. Los profetas judíos apelaron a lo que estaba establecido.

El gran principio práctico está establecido, a saber, que siempre podemos contar con Dios con independencia de cuál pueda ser el fracaso. Es verdad que no podemos sino ser conscientes del fracaso y debiésemos tener un sentido profundo de él, mientras, al mismo tiempo, nunca debemos permitir que el sentido absoluto del fracaso del hombre oscurezca el ojo de la fe para el conocimiento del poder de Cristo; más bien debe volverse más definitiva y claramente a eso que nunca puede fracasar. De esta forma podemos considerar con serenidad el fracaso de la Iglesia porque lo consideramos desde nuestra posición morando en aquel amor que nunca puede fallar; pero, a pesar de eso, a nosotros nos debe importar y debemos sentirlo profundamente como siendo deshonroso para el Señor.

Tomen, por ejemplo, al apóstol Pablo; cuán completamente él se situó por encima de la posición de los fracasados corintios y gálatas cuando se elevó a la fuente de confianza en el Señor. Vean de qué manera tan chocante se habían conducido los corintios cuando Pablo les escribió. Allí había «tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles» (1 Corintios 5: 1). Por consiguiente, él tuvo que censurarlos, pero él consideró por encima de su estado real a la fuente de su vida y esperanza y, por consiguiente, antes de que él se ocupara del mal de ellos, puede hablar acerca de ellos como estando confirmados «hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 1: 8); porque, «Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor» (1 Corintios 1: 9). Así también a los gálatas. Cuando Pablo les escribió, dijo, «Estoy perplejo en cuanto a vosotros» (Gálatas 4: 20); porque ellos se habían puesto bajo la ley y, por consiguiente, Pablo pregunta si debe cambiar sus palabras, –quiere saber de qué forma él debe hablarles; porque ellos estaban fuera del terreno cristiano de la gracia y, en consecuencia, pasa a hablarles de acuerdo a la ley. Pero cuando él se vuelve a Cristo, entonces su corazón llega a la fuente de confianza –no la confianza en ellos, sino acerca de ellos–, y entonces él pudo decir: «Yo confío respecto de vosotros en el Señor, que no pensaréis de otro modo» (Gálatas 5: 10). El estado correcto de nuestras almas es tener un valor justo por todo lo que hay en Cristo y habilidad para entenderlo y, consecuentemente, de todo lo que la Iglesia debe ser para Cristo, con el propósito de tener un sentido más profundo de su fracaso, conforme a eso que vemos en Cristo de quien ella debe ser testigo fiel y llena de fruto; y entonces el sentido del fracaso aumentará, y no disminuirá nuestra confianza en el Señor Jesús. Y esto es lo que guardará firme y sereno al santo a través de todo esto, porque nuestra confianza no está en lo que la Iglesia debe ser para Cristo, sino en lo que Cristo es para ella.

Observen, entonces, la benignidad del Señor, en la forma en que él comienza este mensaje a Sardis. Antes de que él se refiera a su terrible estado, se presenta, en primer lugar, como poseyendo aún el poder plenario del Espíritu para el recurso de la fe; para que, no obstante, todo el fracaso y el mal que han entrado, el poder y el prevalecer del Espíritu todavía permanecían los mismos, porque no dependían del andar del santo aquí abajo, sino del valor de la obra de Cristo arriba. Tal como Dios antaño habló a Israel cuando ellos habían fracasado, por boca de Hageo el profeta, diciendo, «Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis» (Hageo 2: 5). Y así es aquí –«Estas cosas dice el que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas» (Apocalipsis 3: 1 – VM). Entonces él continúa para volver sobre el estado de la iglesia –«Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto». ¡Qué terrible condición es esta! Retrata completamente lo que vemos a todo nuestro alrededor –y no me refiero solamente al tiempo presente, sino al que ha sido realmente el estado de la Iglesia durante el último siglo y más.

En Sardis, no es la Iglesia como habiendo dejado el primer amor como en Éfeso (aunque eso ha sido el origen de todo lo que sucedido desde entonces), ni es como Esmirna, sufriendo bajo la persecución de Satanás, quien tiene el poder del mundo. Ni es como Pérgamo, morando en el mismo mundo donde está su trono, teniendo a los que retienen la doctrina de Balaam y de los Nicolaítas, una doctrina que permite obras de maldad. Ni es como Tiatira, tolerando que la profetisa Jezabel enseñe y seduzca a Sus siervos a cometer fornicación y a comer cosas sacrificadas a los ídolos. Ni ha llegado todavía al estado de Laodicea, simplemente lista para ser vomitada; ni es similar a Israel, como los adoradores abiertos y positivos de Baal. La gracia todavía tiene alguna obra para hacer, y por consiguiente la encontramos actuando aquí y allá. La iglesia en Sardis, como hemos visto, se había alejado de la doctrina maligna y de la enseñanza real de la corrupción; pero la maldad de Sardis era más negativa –una forma muerta sin ningún poder vivo. Tiene el gran nombre de que vive, ciertamente. Aquí no es Jezabel, no es el comer cosas sacrificadas a los ídolos, ni tampoco es vomitada todavía de la boca de Cristo. Ellos tenían la verdad exterior, pero estaban muertos, no teniendo ningún poder vivo; tenían una cierta profesión exterior y confesada y apariencia de cristianismo; pero, ¡lamentablemente!, si tenía el nombre de que vivía, no había ningún poder de vida. Ellos sostenían el nombre y la doctrina del cristianismo, pero Cristo no estaba allí, ¡lamentablemente! Tomen ustedes la ortodoxia tal como es ahora y como ha sido desde un tiempo atrás, ¿y no es justamente esto? Salvados de Jezabel, ha entrado una forma muerta. Y recordemos aquí lo que hemos comentado antes, a saber, que en estos mensajes a las iglesias nada de lo que se pone bajo juicio tiene alguna referencia a la energía del Espíritu Santo obrando. Lo que es juzgado es el uso hecho de estas gracias y dones del Espíritu de Dios.

Tomen ustedes la obra de la Reforma como una ilustración de esto. Con referencia a lo que la produjo, hubo una obra indudable del Espíritu de Dios; y comprobamos con gozo lo que Dios estaba haciendo y no lo que él está juzgando. Es por no ver esta distinción por lo que las personas entran en dificultad. Ahora bien, se puede preguntar: “¿Dónde está el fruto que debería haber sido producido por los privilegios entregados en la Reforma y que han sido disfrutados por tanto tiempo hasta ahora?” Dios enciende una luz, no para ponerla debajo de un almud, sino sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en casa; entonces Dios mira para ver si lo que él ha puesto allí alumbra. En las iglesias encontramos que se habla de un buen o un mal estado, pero nunca se nombra el buen estado en relación con el Espíritu Santo como si él lo produjera.

«No he hallado tus obras perfectas delante de Dios» (Apocalipsis 3: 2). La perfección que había en Cristo para ella había sido establecida por completo y, por consiguiente, él busca aquello que debe responder a esto, la perfección en la que ella fue establecida originalmente. De esta forma, el Señor se presenta a Sí mismo como el Único que tiene todas estas perfecciones en poder y energía espirituales, y está buscando aquello que responda a estas. Nosotros podríamos decir: “¿acaso no es extraño decir que sus obras no eran perfectas cuando se nos dice que ellos estaban muertos?” No, porque el Señor no puede descender más abajo de Su propia medida al tratar con el mal, sea en la iglesia o con un individuo. Si él da una norma, es por ella por la cual él debe juzgar. La Iglesia debe ser juzgada de acuerdo a los recursos que ella tiene a su disposición. Dios nunca desciende por debajo de esto buscando una respuesta a lo que Él ha hecho. Por consiguiente, tenemos que preguntarnos a nosotros mismos si, como individuos, estamos mostrando al mundo la santidad de la cual hemos sido hecho partícipes y el amor del cual nosotros somos el objeto. Hay muchos que profesan a Cristo, mientras que hay comparativamente pocos que viven a Cristo. Aquí no hay cargo con respecto a Balaam y su doctrina corrupta, o de comer cosas sacrificadas a los ídolos, o a Jezabel; sino que el Señor está buscando vida. Él busca obras completas, plenas, de acuerdo a la medida de la gracia con la cual él ha relacionado a la iglesia. Si nos miramos a nosotros mismos, queridos amigos, ¿qué podemos decir? La pregunta no es si estamos produciendo algún fruto, sino si los frutos que se producen son los frutos correctos para Él, para quien se labra el terreno. Si yo labro un terreno y lo siembro con trigo, y no produce según mis trabajos dedicados a él, yo debo abandonarlo y no lo siembro más con trigo. No estoy hablando aquí acerca de la salvación de un alma, sino del juicio del Señor de los resultados en los santos, en almas ya salvadas.

Es cierto que Dios producirá los frutos de cada principio de Su gracia en perfección cuando Cristo tome su poder; pero, antes de esto, él se lo encarga al hombre. Él dio la ley a Israel, y ellos fracasaron absolutamente en respetarla. Pero Cristo dice: «tu ley está en medio de mi corazón» (Salmo 40: 8). Así también con Israel, Dios, en los postreros días, escribirá la ley en sus corazones. Ahora Israel se ha convertido en «refrán y escarnio entre todos los pueblos» (1 Reyes 9: 7 – LBA), por haber sido infiel; pero en el día del poder de Cristo, cuando Dios producirá fruto en perfección y plenitud, entonces «Israel florecerá y brotará, y llenarán el mundo entero de fruto» (Isaías 27: 6 – LBA).

Tomen entonces el gobierno que fue puesto en la mano del hombre. A Nabucodonosor se le confió el poder y sabemos lo que resultó de esto. Pero, el gobierno será establecido en perfección cuando el reino del mundo habrá venido a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo (Apocalipsis 11: 15 – LBA). Así también la Iglesia de Dios fue establecida en la tierra completa en Cristo, para manifestar la gloria de su Cabeza ausente en el cielo y el poder del Espíritu Santo conferido a ella. Ella era la morada de Dios en el Espíritu. Pero, ¡lamentablemente! cuán miserablemente ella ha fracasado, y lo que Dios está buscando son los frutos de la gracia como un testimonio y testigo de su gracia recibida. Pero cuando Cristo «venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron» (2 Tesalonicenses 1: 10), entonces la Iglesia será manifestada en gloria y el mundo aprenderá que la Iglesia ha sido amada con el mismo amor con el cual Cristo fue amado. Pero ahora es un asunto de responsabilidad, y esto para cada individuo si la Iglesia fracasa. Se llegará a esto, con respecto a la iglesia profesa: que será vomitada de su boca. Pero, recuerden que esta no es una cuestión de salvación sino de profesión ante el mundo.

Tomen el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo fue dado para producir ciertos resultados. Allí fueron producidos los frutos adecuados. Entonces, la pregunta con respecto al tiempo presente es, obviamente, ¿está la Iglesia de Dios produciendo los frutos para Dios que responden al poder del testimonio que se le confió? No, la Iglesia como un Cuerpo no lo hace. Entonces la individualidad es mostrada –«El que tiene oído, oiga» (versículo 6), y esto trae la pregunta a cada uno de nosotros, ¿hasta qué punto estamos nosotros produciendo individualmente un testimonio de la gracia de Dios?–, yo quiero decir, no un testimonio de acuerdo con la primera plenitud pública de poder manifestada en la Iglesia, sino si acaso estamos nosotros llenando ahora la medida de lo que hemos recibido individualmente y el servicio espiritual de un santo, de acuerdo al poder de Cristo; porque, en la práctica, así trata Dios con la Iglesia, y la gracia en Cristo es siempre suficiente para eso. Cuando la pregunta entre el alma y Dios es esta, ciertamente tendremos que reconocer que esta medida individual de gracia no es lograda. Es verdad que podemos contender celosamente por un nombre; pero la pregunta ante Dios es con respecto al poder y a los frutos plenos de la gracia en la medida de lo que ha sido recibido, y si el alma no llega a eso, es algo terrible para ella estar descansando en una reputación religiosa, mientras las obras no son perfectas ante Dios.

¡Oh!, que el Señor nos preserve a todos de descansar sobre una reputación religiosa; porque estoy seguro de que de todas las cosas terribles que le pueden ocurrir a un santo de Dios, una de las peores es confiarse en una reputación religiosa –sobre todo para uno que está comprometido en el ministerio. ¡Es lamentable!, cuán a menudo hemos visto a una persona tal trabajando consagradamente, diligentemente, bendecido en sus labores, reuniendo a otros realmente en la verdad a Cristo, pero reuniendo de esta forma un círculo alrededor de él. El “yo” está allí y de esta manera toma “un nombre de que vive”, llegando a estar satisfecho con el círculo que él ha hecho y descansando en los frutos producidos y no en Aquel quien es el único poder de vida. Así su utilidad se ha ido, y al final él mismo se detiene. Consideren ustedes ahora el contraste directo de esto en la senda terrenal del Señor. A cada paso que dio, Él perdió reputación con los que estaban a su alrededor, porque siguió andando con su Padre, resplandeciendo más y más luminoso; hasta que al final los hombres no pudieron soportar su resplandor y, en lo que a ellos respecta, lo disiparon en la cruz, porque los que estaban alrededor de Él no conocieron su medida de comunión, y no pudieron de ninguna manera alcanzar ese nivel. Incluso sus mismos discípulos no pudieron estar a la altura de lo que implicaba el discipulado; y ellos también le abandonaron, tal como dijo: «seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Juan 16: 32). Nosotros vemos así que el bendito Señor descendió más y más en la estimación del hombre hasta que ellos lo enviaron a la muerte, «y muerte de cruz».

Luego tenemos a Pablo. ¡Qué energía espiritual de fe hubo en él! Caminó con Dios en poder; pero vemos que los que estaban alrededor de él no pudieron lograr el punto que él había alcanzado; por consiguiente, como Pablo avanzaba, necesariamente debe dejarlos detrás de él. Su senda se tornó más y más solitaria y al final de su carrera él tuvo que decir: «me abandonaron todos los que están en Asia» (2 Timoteo 1: 15). Y, además, «todos me desampararon… Pero el Señor estuvo a mi lado» (2 Timoteo 4: 16, 17). De todos los que él había reunido, Pablo tuvo solo una persona que lo visitaba en la prisión. La energía plena se mantuvo en Pablo, en el poder con que él caminó con Dios, mientras otros retrocedieron; como él dice, ellos eran «enemigos de la cruz de Cristo… que solo piensan en lo terrenal» (Filipenses 3: 18, 19). Y aún aquellos que no eran así no se estaban poniendo a la altura del punto de fe; ellos perdieron de vista su ciudadanía celestial; buscaron lo suyo propio más que las cosas de Cristo Jesús.

El grado de nuestro aislamiento será exactamente en proporción a que exista esta medida secreta de comunión en nuestro andar con Dios, en lo que está pasando a cada hora entre el alma y Dios. Lo que tenemos que buscar muy especialmente es que todas nuestras obras sean perfectas delante de Dios, que todos nuestros hechos sean medidos con referencia inmediata a Dios, y esto necesariamente debe producir un cierto grado de aislamiento. Esto fue así con Cristo: Él siempre fue humilde y Él ya estuvo solo, no obstante, lleno de amor por todos, perfecto en afabilidad con cada alma necesitada, así como con sus discípulos. Es que no importa de qué modo penetramos en la estimación de los demás ya que esto será la consecuencia necesaria de la fidelidad; y lo contrario de todo esto es con una gran exhibición ante el mundo –exactamente esto, «tienes nombre de que vives, y estás muerto», «porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios» (versículos 1, 2). Las obras son hechas con referencia al hombre y no a Dios. Al mismo tiempo, es una cosa realmente correcta andar con los santos y mantener y cultivar sus afectos, aunque cuanto más fiel es el andar individual, mayor debe ser el aislamiento, porque habrá muchos menos que lo entiendan. Y, sin embargo, cuanto más cercanos a Cristo, más grande, obviamente, será la gracia hacia los demás, como Él dice: «como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13: 34). De esta forma, en un andar cercano con Dios habrá un sentido permanente de Su favor secreto; pero entonces esta dependencia personal en Dios debe conducir al aislamiento. Nuestro camino será un camino solitario como siempre fue el de Cristo. Con toda su gracia y humildad, para oír a todos y servir a todos; sí, incluso para lavarnos nuestros pies, aun así, él fue dejado solo, pero no fue abandonado por Dios, tal como dijo: «el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8: 29).

Vean ustedes ahora las consecuencias de las obras que no son perfectas delante de Dios; y esto es lo que yo siento que es tan solemne en la advertencia presentada aquí: «Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete» (versículo 3). Observen aquí los dos conceptos, «recibido y oído». En primer lugar, la gracia que ella había recibido y en la cual había sido establecida y, en segundo lugar, la palabra revelada de Dios como su norma y guía. La gracia ha sido recibida y la palabra comunicada. No es que nosotros seamos llamados a considerar lo que no hemos recibido, sino lo que hemos recibido. El Señor presenta la medida de responsabilidad en estos dos conceptos, lo que la Iglesia ha recibido y en lo cual ella ha sido establecida, y lo que fue oído (siendo la palabra de Dios la única medida de guía revelada). Dios nos da su Palabra para guiarnos y gracia para andar conforme a ella.

«Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti» (versículo 3). Velar ahora es una cosa muy pesada y fatigosa; porque uno tiene que vigilarse a sí mismo también, y nosotros somos propensos a dormirnos. El corazón se cansa de estar constantemente despierto para todo lo que pasa. Es imposible velar si no nos mantenemos cerca de Cristo, –si no somos conscientes de que Él nos está mirando y prestándonos atención. Necesitamos una gran vigilancia en el servicio activo. En verdad, todo nuestro servicio debería estar conectado con Dios como un asunto de fe individual. Nosotros podemos ser probados en esto. El bosque puede ser muy espeso pero el objeto al otro lado debería estar claro. Hay una tendencia constante de deslizarse lejos de esa claridad de juicio acerca de una cosa, claridad que deberíamos tener si estamos cerca de Cristo. Al juzgar una prueba en la presencia de Cristo, la manera de salir de ella parece fácil; pero cuando nos hemos situado en la prueba, no siempre lo vemos tan claramente. Cuando por vez primera estamos descendiendo a un valle, el objeto al otro lado y la dirección que deben ser tomados son vistos bastante claros; pero, cuando nos hemos situado en la espesura del valle no es tan fácil discernir la senda a través de los detalles del camino. Cuando entramos en el cansancio y la distracción de las circunstancias de la prueba estamos inclinados a perder la claridad de aprendizaje que tuvimos al juzgarla en la presencia de Cristo. Todos nosotros encontramos que hay mucha más dificultad práctica de ver tan claramente en la espesura del valle que cuando estamos en las alturas con Cristo. Nuestro ojo debe ser sencillo para hacer la voluntad de Dios y, mientras más humildes seamos, más sencillos seremos, y así seremos guiados a través por la sabiduría de Su propia voluntad, el cual ve el fin desde el principio y nos guía por Su palabra y Espíritu. La mente más grande del hombre que alguna vez fue oída nunca podría discernir las sendas de Dios, mientras que el “niño pequeño” que recurre a Dios tiene la sabiduría de Dios. Cada paso que tomamos debería estar marcado con la sensación de la aprobación de Dios. Pues Él, «Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera» (Salmo 25: 9).

«Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti». Si en la iglesia profesa no hay esta vigilancia, ¡cuán solemne es el resultado! «Vendré sobre ti como ladrón». ¡Qué cosa más terrible cuando la iglesia profesa, con su gran nombre, es reducida al nivel del mundo en la estimación y el juicio de Dios, cuando ella no logra satisfacer con sus obras la expectativa de Dios! Él no ha hallado sus obras perfectas delante de Dios porque no están de acuerdo a los privilegios dados por Dios. Aquí Dios les dice a ellos que, “Si no está la respuesta a lo que yo te he dado, si no hay vigilancia, yo debo tratarte tal como será tratado el mundo”. En 1 Tesalonicenses 5: 2, se dice con respecto al mundo, «el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche». Pero a los santos se les dice: «Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, como para que aquel día os sorprenda como un ladrón. Todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día» (1 Tesalonicenses 5: 4, 5 - RVA). Y cuando venga Aquel que trae el día, los hijos del día vendrán con Él. En realidad, ellos serán como los rayos del Sol de Justicia. «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Colosenses 3: 4); «cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron». (2 Tesalonicenses 1: 10). Y, además, «La gloria que me diste, yo les he dado… para que el mundo conozca… que los has amado a ellos como también a mí me has amado» (Juan 17: 22, 23).

En 1 Tesalonicenses 5 el Espíritu de Dios contrasta el mundo con la Iglesia de Dios; mientras que aquí en Sardis el Señor contrasta la iglesia profesa con los verdaderos santos de Dios, y le anuncia la porción del mundo. Por consiguiente, a Sardis se le habla como al mundo; no se le denuncia como a Jezabel, sino como recibiendo el juicio de lo que ella es en espíritu, el mundo; porque si la iglesia profesa no está ascendiendo a la medida de lo que ha «recibido y oído», esta es su porción. Si no se la encuentra vigilando se está exponiendo en su medida al mismo juicio que el mundo. Obviamente nosotros no estamos diciendo que la Iglesia de Dios, que es una con Cristo en la gloria y cuya vida está escondida con Cristo en Dios, podría ser tratada así alguna vez; pero es un pensamiento sumamente solemne que el gran cuerpo profeso, con su «gran nombre de que vive» y una «buena apariencia en la carne», esté a la espera del mismo juicio del mundo. De hecho, ella es en sí misma el mundo. Entonces emerge esta pregunta, ¿hasta qué punto nuestras almas se han dado cuenta que todo lo que está sucediendo alrededor nuestro y que lleva el nombre de Dios, aun cuando no es de Dios, –es decir, la iglesia nominal, o la cristiandad como se le llama, que es en verdad el mundo, pero teniendo este nombre,– será tratada como lo que es en verdad, –a saber, el mundo? Bien, entonces, estimados amigos, cuan solemne es este hecho de que nosotros estamos en este día en que vivimos atravesando una escena que debe ser visitada así porque Dios lo ha dicho y, ¡lamentablemente!, no sabemos cuán pronto. No conozco nada más solemne que la identificación, en el juicio, de la iglesia profesa con el mundo, lo cual se encuentra aquí.

«Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas» (Apocalipsis 3: 4). Aquí tendremos expuesto otro asunto importante; porque aquí encontraremos las características de lo que es llamado la “iglesia invisible”. «Pero tienes unas pocas personas en Sardis». Estas «personas» representan aquí a “individuos” a quienes el Señor había contado y había conocido a cada uno de ellos por su nombre. Estos son aquellos «que no han manchado sus vestiduras»; ellos no habían continuado con el mundo ahora que la iglesia profesa había manchado sus vestiduras. Puede ser que a Sardis no se le acuse con las seducciones de Balaam, o las corrupciones de Jezabel; pero ella está pensando en «lo terrenal» y está gloriándose en «su vergüenza». Sardis no ha guardado sus vestidos sin ser manchados por el mundo, y, por consiguiente, su mancha no es “la mancha de Sus hijos”. Como dijo Pablo, «aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo… que solo piensan en lo terrenal» (Filipenses 3: 18, 19). De lo que aquí se habla es del espíritu del mundo llenando el corazón como un objeto aceptado, y de la conformidad a él para andar con él. Pero aquellos que se han asido de la cruz de Cristo con los vestidos sin manchar, «andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos».

El carácter de la bendición responde siempre a la dificultad. Ellos habían guardado sus vestidos sin ser manchados por el mundo cuando estuvieron aquí abajo. Por consiguiente, caminarán con Él en vestiduras blancas allá arriba, «y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles» (versículo 5). Observen cuán individual es esto, – «su nombre», repitiéndose tan constantemente.

La fuerza de la expresión, «del libro de la vida», es evidentemente la de un registro general de la profesión, tomado de la costumbre de corporaciones de ciudades dónde un nombre puede ser inscrito, el derecho al cual puede demostrar ser falso, dando, a primera vista, un título válido a algo, aunque al ser investigado tendrá que ser borrado. Los que estaban inscritos en este libro tenían una profesión, «nombre de que vives». Esto era muy diferente de estar «escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida» (Apocalipsis 17: 8); porque, en ese caso, Dios los había escrito allí: este era así el libro de los consejos y propósitos de Dios.

«Y confesaré su nombre». El Señor distinguirá a cada uno que es Suyo. Y en estos individuos vemos que la Iglesia invisible existe en medio de la ruina de todo, y cuando el cuerpo visible sea juzgado, ellos escaparán, y no meramente escaparán, sino que serán arrebatados para el Señor antes de esto. Para que, cuando el Señor venga a juzgar al mundo, ellos vengan con Él; y la iglesia visible, no respondiendo a la gracia, será tratada como el mundo. Por consiguiente, yo no dudo de que hay una Iglesia invisible; pero observen que cuando la verdadera Iglesia es invisible, entonces la iglesia visible es tratada como el mundo. Estas iglesias fueron llamadas candeleros, y Dios había puesto luz en ellos, no para ser puesta bajo un almud, sino para ser puesta en un candelero para dar luz a todo alrededor. Bien, entonces, ¿es invisible la luz? Si ella lo es, ¿para qué es útil la luz invisible? Solo merece la condenación. Lo que ha sido dicho por los hombres durante los últimos trescientos años es bastante verídico, que hay una Iglesia invisible, pero entonces esta es la condenación de la que es visible. Considerada con respecto a su testimonio colectivo público para Dios, ¿confirma ella los preceptos de Cristo en su conducta y vida? No; y, por consiguiente, no ha habido en la Iglesia el testimonio visible de toda la gracia, y la verdad, y la bienaventuranza, que son la porción de la Iglesia en Cristo.

Nosotros haríamos notar aquí cuán diferentes aspectos de la venida del Señor nos son presentados en estos mensajes. En Tiatira, en el estado Jezabel de la iglesia, Él aleja el ojo de toda esperanza de restauración, y lo vuelve a la Estrella de la Mañana para el consuelo de aquellos que, aunque no son de la noche, aun sintiendo que es de noche, están velando por la Estrella de la Mañana; presentando así la esperanza de Su venida como un refugio al fiel vencedor en medio del abundante mal. Aquí en Sardis, Su venida tiene el carácter de juicio, –«vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti». Estando Sardis en un estado muerto y deteriorado, necesariamente trae un juicio a sí misma; porque si la iglesia profesa entró en un estado como de muerte, entonces debe ser tratada como el muerto. Pero en Filadelfia, es una cosa bastante diferente; allí Él se dirige a un pobre y débil remanente en medio de la apostasía, con la esperanza bendita y alentadora de Su pronta venida, –«He aquí, yo vengo pronto».

 

Filadelfia. Nosotros hemos visto que el curso general de las primeras de estas iglesias es la decadencia; luego, el hecho de ser desviadas por Satanás; después, las advertencias. Aquí se conforta a un remanente. Aquí, lo que caracteriza a los fieles es que, si bien ellos no tenían fuerza, sin embargo, están en relación íntima con el Señor Jesucristo mismo. Lo que caracteriza al padre que está en Cristo, en la primera epístola de Juan, es el conocimiento de Aquel que es desde el principio. Así aquí en Filadelfia, nosotros tenemos poca fuerza, es cierto; pero no hay ninguna negación de Su nombre. El mensaje a la iglesia, el fundamento de la declaración hecha a ella, está relacionado con Cristo, es Él mismo; no es una cuestión de poder. Pero, cuando todo está saliendo mal, como en la Epístola de Juan, dónde estaban los muchos Anticristos, estaban sin embargo los que tenían aquello por medio de lo cual podían detectar lo falso; leemos, «el que es engendrado de Dios se guarda, y el maligno no le toca» (1 Juan 5: 18 - VM). Sintiendo ahora que buscar cualquier restauración de la Iglesia es un tipo de algo imposible, hasta donde concierne al poder aparente, guardar la palabra de la paciencia de Cristo es lo que caracteriza a la iglesia en Filadelfia; y el nombre del «Santo, el Verdadero», está impreso en ella de una manera peculiar. No hay ningún asunto de poder en la forma en que Cristo es presentado aquí, como en Sardis, sino la infalible certeza de lo que Él era en Su carácter y de lo que Él ha dicho, –«El que es santo, el que es veraz» (Apocalipsis 3: 7 – VM). Con estas dos cosas podemos juzgar todo. Cuando todo alrededor iba mal, ellos debían guardar la sencillez que había en Cristo; como en la Epístola de Juan, –«Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Juan 5: 20). «Hijitos, guardaos de los ídolos» (1 Juan 5:21). Ellos tenían la vida eterna en sus almas y, habiéndolo tocado y palpado, y habiéndolo visto por la fe, pudieron decir quién era este Verdadero; y también pudieron decir, este es el «Santo», porque Él no solo es el Único que tiene el poder, sino que Él es el Santo.

Observen también que los caracteres de Cristo presentados aquí no forman parte de la gloria original de Cristo, de la que se habló en el capítulo 1, sino que se refieren a Su carácter moral, discernido por el santo ejercitado en la fe en la época a la cual la iglesia alude. Pero, los santos habían guardado aquí “la palabra de la paciencia de Cristo”; y cuando la palabra de Dios es estimada como tal, entonces el carácter del propio Cristo gobierna el alma. Sus mandatos se vuelven nuestra autoridad, y el propio Cristo gobierna personalmente los afectos del corazón, y con un ojo sencillo el cuerpo está lleno de luz. Así fue con María, cuando la partida del Señor se acercó. La palabra de Dios vincula el alma con Cristo tal como él era, y como él es; sencillamente le presenta a uno un Cristo escrito. Vean en Mateo 5: «Bienaventurados los pobres en espíritu»; ¿y quién hay tan pobre en espíritu como Cristo? «Bienaventurados los de limpio corazón»; ¿y quién hay tan puro como él? «Bienaventurados los mansos»; ¿y quién hay tan manso como él? «Bienaventurados los pacificadores»: y él fue el gran pacificador, el Príncipe de Paz mismo.

Lo primero es, obviamente, tenerle a él como el Cristo vivo para la salvación del alma; y luego, a través de la palabra escrita, obtenemos la percepción espiritual de lo que este Cristo es. Ella es la expresión sencilla del propio Cristo, de Aquel que era la imagen explícita de Dios; quién «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1: 14 - LBA). Y cuando obtenemos así el testimonio que el Espíritu da de Cristo, el corazón se aferra a él como el «santo» y el «verdadero». Así, el Cristo encontrado en la palabra gobierna los afectos, porque no osamos estar y no nos atreveríamos a estar sin este Cristo escrito, o a apartarnos de él. Este vínculo viviente con un Cristo vivo es el único resguardo contra aquellos que nos seducirían. Un Cristo santo en quien tenemos la verdad es la bienaventurada, fuerte y moral convicción del alma, cuando una cristiandad mixta y sin vida es impotente contra el engaño y, cuando las mismas causas hacen incapaz a la iglesia profesa discernir un camino llano, cuando no hay fe suficiente para arreglárselas sin el mundo, y la mezcla está por todas partes, entonces un Cristo santo y verdadero es la guía segura y sostén del alma.

Pablo dijo a Timoteo, «desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Timoteo 3: 15), y ciertamente no puede haber conocimiento mejor a conseguir que el conocimiento de Cristo. Este fue el argumento en la Epístola de Juan. El padre en Cristo ha «conocido al que es desde el principio» (1 Juan 2: 14); y él pudo decir lo que el verdadero Cristo era; él conoció a «el Santo, el Verdadero». No es desarrollo lo que se necesita, sino simplemente volver a la sencillez que es en Cristo, –conocerle a él verdaderamente como fue revelado al principio, él que era desde el principio. Por consiguiente, si mi alma está ligada al Cristo de la palabra escrita, el Cristo que yo he amado aquí es el mismo Cristo que yo estoy esperando que venga y me lleve allí arriba.

El bienaventurado retrato que obtenemos aquí del Señor Jesús no es parecido al presentado en el capítulo 1 de Apocalipsis con: «sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno», –firme, inmutable, un fuego consumidor en el juicio, y ahora revelado así, y según lo que fue revelado por el Espíritu Santo. Pero, el retrato que es presentado aquí de él está en relación con el carácter moral dado de él en la palabra escrita, – a saber, «El que es santo, el que es veraz» (Apocalipsis 3: 7 – VM).

«El que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre» (versículo 7). Cristo no está buscando fuerza en sus santos: Él entra en su propio servicio personal y peculiar y él mismo sostiene «la llave»; y esta es nuestra confianza. Si olas furiosas se levantan en los países a nuestro alrededor, y la predicación del evangelio parece estar prohibida, bueno, todo está en sus manos. Yo podría desear que el evangelio pudiera predicarse en una cierta tierra, y los estorbos pueden parecer demasiados y demasiado grandes; pero mi consuelo es saber que Cristo tiene la llave, y todo el poder divino de Dios a su disposición; y es como en Juan 10, «A este abre el portero», así que cuando Jesús se presentó (como en los evangelios) nadie pudo dejar afuera su testimonio. Todos los poderes de la tierra, –los fariseos, los intérpretes de la ley, los principales sacerdotes, los gobernadores, los Pilato, y los Herodes (esos zorros),– no pudieron impedir a ninguna pobre oveja que oyera la voz del Buen Pastor en los días de Su carne; y así es ahora, porque Cristo es «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Esta es nuestra confianza al predicar el evangelio; porque yo no podría contar con un año más con toda la libertad con la que somos bendecidos en este país altamente favorecido, sino por esta sencilla promesa, «he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar» (versículo 8); y yo podría ir intrépidamente a cualquier país, cualesquiera que pudieran ser las circunstancias exteriores, si yo viera que el Señor hubiera puesto ante mí una puerta abierta.

Es obvio que debemos esperar el tiempo del Señor para tener la puerta abierta; como vemos en el caso de Pablo, pues una vez le prohibieron hablar en Asia y después lo encontramos allí durante tres años, reconociendo el Señor sus obras allí, de modo que toda Asia (de la que Éfeso, dónde él estaba reuniendo una iglesia, era la capital) oyó la palabra de Dios. Obviamente, nosotros tendremos que estar satisfechos de apoyarnos en fe en el brazo de Aquel que sostiene la llave, y en nuestra paciencia tendremos que sujetar nuestras almas; porque siempre habrá allí circunstancias para ejercitar nuestra fe, y Dios permitirá que surjan estas circunstancias, para demostrarnos que no podemos hacer nada sin él. Porque es entonces cuando encontramos que no tenemos fuerza, y que Dios contesta a nuestra debilidad según su propia fuerza; porque él no puede fallar en responder a la fe que ha dado. «He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar». Esta palabra me ha dado a menudo gran confianza, –«la cual nadie puede cerrar». Este es un consuelo tan bienaventurado a saber que, si Cristo ha abierto una puerta, ningún hombre, diablo, o espíritu maligno, puede cerrarla; y aunque no tenemos ni siquiera la fuerza para empujar la puerta para que se abra, ella está abierta para nosotros. La Iglesia entera está débil, tan débil como puede estar, y eso en un mal sentido, pues, ¿qué fe tenemos nosotros? Nosotros oímos de una fe pequeña. Dios nos muestra su poder, como hemos oído de lo sucedido en Madagascar. Pero, ¿dónde están la fuerza y energía de la fe que deben ser oídas entre nosotros?

«Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba» (versículo 10). Esto sella nuestra seguridad y nuestro poder. Se trata de la propia paciencia de Cristo, porque él también está esperando el reino, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Nosotros esperamos cómo él y con él; pero esto es aquí mediante la palabra. Es eso lo que es nuestra garantía y nuestra seguridad, –la palabra por la que él nos guía en la misma mente y espíritu en los que él espera, separados del mundo y unidos a él en las mismas esperanzas, y alegrías, y deleite, no encontrando descanso hasta que él encuentre el suyo, –es la guía de nuestra mente, por hacernos partícipes de la suya, en los pensamientos y expectativas que él tiene en sí mismo. Solo mantengamos retenida la palabra de la paciencia de Cristo en estos últimos tiempos peligrosos. Es nuestro poder contra el adversario, –en el conocimiento del propio Cristo, no en el poder eclesiástico, sino como santos y verdaderos, esperando separados del mundo, como él está, y guardando su palabra, y perteneciendo a él, para que él nos libre de la hora de la prueba que pende sobre el mundo y, mientras tanto, la puerta abierta del servicio es nuestra, a pesar de todo.

Pues, asociados así con él, tenemos su propia porción. No siendo moradores en espíritu en la tierra, sino esperando con él, él no nos hace atravesar esa hora de prueba que va a entresacar a aquellos que tienen su hogar aquí, confundiendo por el poder del enemigo y la tribulación de Dios a los hombres de este mundo, y haciendo del mundo, al que se haya aferrado cualquiera de los suyos, un tormento demasiado grande para seguir aferrándose. El santo de Filadelfia escapa de todo esto; él puede mirar directo al cielo y al Cristo celestial al que pertenece; y el corazón asociado con él sabe que no faltará a su corazón, sino que en cuanto él se levante a tomar su lugar y poder hacia el mundo, lo arrebatará para estar con él, según la esperanza que él le ha dado. Solo atengámonos simplemente a la palabra escrita de Dios, entonces podremos desafiar todo el poder de nuestros adversarios (y no que nosotros seríamos los adversarios de ellos, ¡Dios no lo permita!), que solo haya en el corazón la conciencia de la aprobación de Cristo, y esa cercanía de corazón a Dios que toma la palabra de Dios por guía porque es la de él, y entonces estará el poder de Cristo, la fuerza de Cristo hecha perfecta en nuestra debilidad. Lo que caracteriza a los verdaderos santos en este tiempo presente es la palabra escrita de Dios, en cuanto trae el carácter y nombre de Cristo como verdad y santidad en el corazón y, andando así, ellos estarán seguros, en el compañerismo y la comunión con Aquel que es «el Santo, el Verdadero».

«He aquí, yo haré a los de la sinagoga de Satanás, a los que dicen que ellos son judíos, y no lo son, sino que mienten: he aquí, los haré que vengan y se postren ante tus pies, y sepan que yo te he amado» (Apocalipsis 3: 9 - VM). Tenemos aquí a aquellos que tienen un carácter opuesto; y el Señor habla muy claramente, él no los perdona ni por un momento. Ellos son la sinagoga de Satanás. ¿A qué pretendían estos judíos? A todo lo que externamente les dio un título religioso para gobernar, para mandar, en la verdad, –es decir, en la antigüedad y en las ordenanzas establecidas por Dios, como ellas realmente lo fueron en el caso de los judíos, y la prueba de que ellos eran el verdadero y único pueblo de Dios, el sacerdocio instituido por Dios. Ellos tenían la pretensión de ser los administradores competentes de Dios de Sus bendiciones, y ninguna de ellas en ningún otro lugar; y ellos tenían celo para con Dios, la posesión de sus oráculos. Todo el resto, a excepción de ellos, estaban sin estos privilegios distintivos. ¿En qué otra parte se podía encontrar la vida eterna? Cuando la autoridad de Cristo es reconocida en el corazón, entonces entra esta palabra: a saber: «Os escribimos a vosotros que creéis, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios» (1 Juan 5: 13). Si Dios nos ha dado vida eterna en Cristo, nosotros no queremos a los que pretenden ser los administradores exclusivos de esta; y no podemos permitir que entre ninguna cosa y haga separación entre nosotros y Él; no podemos alejarnos de Cristo, y tenemos el verdadero Cristo en la palabra, y no podemos sino hablar de las cosas que hemos visto y oído. A quién me quisiera guiar a otra parte, yo lo puedo descubrir fácilmente como de la sinagoga de Satanás. Ellos pueden prosperar ahora: yo esperaré con Cristo, guardando esa palabra que me enseña lo de él, y con él para esperar hasta que él venga y establezca la bendición y la gloria.

Pero, si a ustedes Dios les ha dado vida eterna, entonces no disputen con estos de la sinagoga de Satanás como si ellos tuvieran algún título de Dios (ellos no tienen ninguno); sino juzguen ustedes si van a obedecerlos a ellos o a Dios. Nosotros tenemos al «Santo, el Verdadero», –y, «El secreto de Jehová es para los que le temen» (Salmo 25: 14 - RVA). Ellos no debían contender con esta sinagoga de Satanás, y aunque tenían poca fuerza y no tenían ninguna reputación, sin embargo, debían sujetar sus almas en paciencia, porque Cristo aún manifestará su amor a ellos ante sus adversarios. La sinagoga de Satanás era una religión de la carne que descansaba en cosas exteriores, –en todo lo que la naturaleza podría reivindicar como religioso,– obras, ordenanzas, y cosas por el estilo, asumiendo y ocupando el lugar de los judíos en la época de Pablo; y ahora es lo mismo espiritualmente. Pero, «conocerán que yo te he amado» (Apocalipsis 3: 9 - RVA), y en el idioma griego se marca con énfasis los pronombres personales «yo» y «te». Entonces, de acuerdo con esto, la pregunta es, ¿es Cristo suficiente para mí? ¿Es la aprobación de Cristo el motivo suficiente para gobernar mi conducta? Si la aprobación de Cristo no es suficiente para satisfacer un alma, esa alma nunca puede andar recto.

«He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes» (a saber, «la palabra de mi paciencia») (versículo 11). «Yo estoy esperando, y tú debes esperar»; Cristo está esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. En vez de estar descansando debemos estar esperando hasta que él llegue, así como él siempre esperaba hasta que su Padre tomase parte, y tal como él lo hace ahora hasta que su Padre ponga a sus enemigos por estrado de sus pies. Yo señalaría aquí cuán enfáticamente el adjetivo posesivo, «mi», entra a lo largo de todo este mensaje. Es la identificación práctica del santo con Aquel que es «Santo, el Verdadero». Esperando con él en el rechazo de parte de aquellos que tenían todas las ordenanzas y la antigüedad para ellos, seremos partícipes con él en la gloria. El adjetivo posesivo «mi» se relaciona sobre todo con todas las cosas en la gloria. Tú has sido débil en el testimonio aquí abajo, pero «has guardado la palabra de mi paciencia», y serás una «columna» de fortaleza «en el templo de mi Dios», yo escribiré en ti «el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios… la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo» (versículos 10 y 12). Esta identificación con Cristo en paciencia y en él en todo, es del más profundo interés y enseñanza.

Que el Señor nos dé el andar en el poder del Espíritu con nuestros corazones fijos en Cristo revelado como el Santo y el Verdadero, guardando la palabra de su paciencia para que su aprobación pueda ser nuestro eterno galardón. ¡Que él nos mantenga separados del mundo sobre el cual él está viniendo en juicio!

Qué grande es el contraste entre esperar eso que está pendiendo como un terror sobre la cabeza de una persona, y conocer a Cristo de una manera tal, teniéndolo a él tan completamente como el objeto entero de nuestros deseos y afectos que, cuando él dice: «Ciertamente vengo en breve», la respuesta inmediata de nuestros corazones pueda ser: «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22: 20).

6 - Sexta conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulo 3

Filadelfia. La tarde anterior solo nos referimos brevemente a los rasgos generales de la iglesia en Filadelfia, justo lo necesario para relacionarla con la precedente iglesia en Sardis. Por consiguiente, volveremos ahora de nuevo, con la ayuda del Señor, a considerar más especialmente los detalles de la iglesia en Filadelfia; y al hacerlo así, notaremos en primer lugar que el rasgo más prominente en esta iglesia en Filadelfia es que es de bendición especial para satisfacer una necesidad especial. Pues, después de todo el despliegue de terrible mal a través del cual hemos tenido que pasar en la condición anterior de las iglesias, ahora que hemos llegado a Filadelfia encontramos que todo es misericordia y bendición.

Es muy bienaventurado el hecho de observar que, a pesar de lo pobre y débil que el pueblo de Dios pueda ser, aunque los fieles son reducidos a un remanente de individuos, Él nunca se olvida de ellos. Sus ojos están siempre sobre ellos para darles de Sus propios recursos, según lo que necesitan y cuando lo necesitan, en el momento que las cosas circundantes son más oscuras. Cuando los dos, la iglesia y el mundo, han llegado a un estado de oscuridad palpable, entonces los pocos fieles tienen más «luz en el Señor», pues la vida de fe siempre es alimentada y sostenida por la gracia fiel de Cristo, según el poder de aquello que la incentiva, –conforme a las dificultades a través de las cuales dicha fe tiene que pasar.

Otro asunto es si acaso el pueblo del Señor va a ser utilizado en testimonio por Él en época de fracaso, pues esto sería según Su sabiduría. Esto lo vemos ejemplificado (como hemos comentado antes) en Israel, donde el fracaso del becerro de oro se enfrentó con el poder espiritual interior en Moisés que pone el tabernáculo fuera del campamento. Y cuando el culto abierto y confesado de Baal prevaleció, entonces Dios levantó a Elías y Eliseo con gran manifestación exterior de poder; pero entonces los siete mil fieles estaban ocultos por Dios. El Señor no puede escoger poner la honra exterior del testimonio en aquello que ha fracasado. No obstante, él da la gracia que se necesita y el poder interior de vida para sostener al alma individual; y esto, en lo que concierne ahora a los santos, fluyendo de la Cabeza en la gloria para el alimento del Cuerpo en la tierra, nunca puede fallar. Así, en lo que concierne a los dones en la iglesia, por ejemplo, aquellos que eran para señales (“dones de señal” como a veces se les llama y un testimonio al mundo, siendo las señales para aquellos que no creen, como las «lenguas», los «dones de sanidad», etc.), todas estas pueden haberse terminado; pero nunca pueden ser quitados esos dones que emanan de la Cabeza para sostener a los miembros del Cuerpo; porque «nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia» (Efesios 5: 29).

En la Epístola a los Efesios, donde la iglesia está tan especialmente resaltada como el Cuerpo de Cristo, encontramos que se habla de los dones para la iglesia como siendo para «perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4: 12). Aquí no tenemos ni una palabra sobre los dones de señal, mientras en los Corintios tenemos «dones de sanidades», «diversos géneros de lenguas», «interpretación de lenguas», etc. (1 Corintios 12: 9, 10). Vemos así claramente señalados en la Escritura dos caracteres de dones: primero, los dones de señal, como en los Corintios, que eran las señales públicas ligadas a la iglesia para el testimonio exterior, para atraer a un mundo descreído por medio de ellas; en segundo lugar, esos dones que emanan de la Cabeza para el alimento del Cuerpo. Esta alimentación debe permanecer siempre. Puede entrar en la forma de testimonio exterior, o directo del propio Cristo en la forma de gracia; pero siempre debe haber este suministro desde la Cabeza. Esto es lo que hemos hecho resaltar en la iglesia de Filadelfia; porque lo que la caracterizó fue la debilidad, –solo un poco de poder, pero una proximidad mucho mayor a Aquel que es el poder, un grado mayor de afecto al Señor, más intimidad de comunión con él, y en las promesas hechas a ella, una identificación mucho más definida con él.

Lo que caracterizó a la iglesia en Filadelfia es la debilidad, pero entonces fue sin reproche del Señor. Y nosotros debemos recordar esto siempre: a saber, que aunque Dios pueda dar un despliegue exterior de poder, como los dones de sanidad, las lenguas, y cosas por el estilo, como un testimonio al mundo, o que todos estos puedan haberse acabado, no obstante, en todo momento, con o sin esta manifestación exterior de poder, la sensación de debilidad es la fuerza competente si es mezclada con la fe. Puede haber dificultad de corazón junto con este sentido de debilidad sin incredulidad. Este sentido del dolor circundante estuvo en el Señor Jesús. «¡Ahora está turbada mi alma! ¿y qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora!» (Juan 12: 27, – VM). Pero vemos así que el dolor fue la cosa misma que inmediatamente lo unió con Su Padre.

Pero, ¡lamentablemente!, existe en nosotros demasiado a menudo una entrada tal en comunión con el propio dolor, el dirigir de tal forma nuestras almas a los pensamientos de dolor, como para llevarnos a desconfiar de la competencia de Dios para atender a ellos. Pues en vez de decir: «En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma» (Salmo 94: 19), nos estamos dando vueltas en la multitud de nuestros pensamientos para pensar en qué es lo que se debe hacer, y de este modo mirando y ocupándonos nosotros mismos acerca de las circunstancias, o lo que encontramos dentro de nosotros, tanto como para dejar totalmente fuera a Dios; pero este nunca fue el caso con el Señor Jesús. Porque en el momento en que la hora de dolor apareció ante Su alma, el lamento inmediato fue: «¡Padre, sálvame de esta hora!» (Juan 12: 27, – VM). Pero si nosotros estamos pensando sobre nuestra propia debilidad de cualquier otra forma menos en la que nos lleva a la dependencia inmediata en el poder de Dios, Dios con nosotros y Dios por nosotros, esto es incredulidad.

Además, nuestra fuerza no descansa en un sentido en la grandeza de los dones de Dios y en las revelaciones que nos han sido hechas. Porque las señales y los milagros no dan fuerza interior; ellos nos pueden confirmar su palabra en tiempos de prueba, pero nunca pueden impartir fuerza interior; y es de importancia entender esto claramente. Tomen, por ejemplo, el caso de Pablo, quien fue arrebatado hasta el tercer cielo y oyó cosas que no le fue posible expresar. Esta es una cosa asombrosa, e indudablemente fue un tipo de antecedente para que el alma de Pablo tuviese descanso en sus pruebas, habiendo estado él en el tercer cielo. Pero ello no le dio fuerza interior. Al contrario, la carne, sin el cuidado predominante de Dios, se habría envanecido, y esto no es fuerza; pero cuando él recibió algo que lo hizo consciente de su propia debilidad, entonces el poder de Dios pudo entrar. Y así es con nosotros: nuestros corazones son tan traicioneros, y nuestra carne tan mala que, si no se nos vigila, abusaríamos de todo lo que el Señor nos hace conocer. No necesitamos detenernos aquí para inquirir lo que fue el «aguijón en la carne» de Pablo, aunque a menudo se hace de esto el objeto de investigación muy infructuosa, producto de simple curiosidad; pero comentaremos esto, que cada uno de nosotros tendrá un aguijón diferente según el peligro en que estemos. Conocemos mucho de esto en Gálatas 4: 13, 14, que era algo que tendió a hacerlo despreciable en la carne, produciendo así una sensata debilidad en su ministerio. Y, por consiguiente, Pablo rogó tres veces al Señor para que se lo quitara; a lo que el Señor contestó, «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12: 9). Pablo debió comprender este sentido de debilidad para aprender dónde yace el verdadero poder; y entonces él puede gloriarse en sus enfermedades, para que el poder de Cristo pueda descansar en él; cuando él dice, «cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12: 10).

Siempre hay fortaleza al recurrir a Dios; pero si la mente descansa en la debilidad en vez de echarla sobre Dios, esto llega a ser incredulidad. Las dificultades pueden entrar. Dios puede permitir que surjan muchas cosas para demostrar nuestra debilidad; pero la senda sencilla de la fe es seguir adelante, no considerando de antemano lo que nosotros tenemos que hacer, sino contando con la ayuda que necesitaremos, y encontraremos cuando el tiempo llegue. La sensación de que no somos nada nos hace felices de olvidarnos de nosotros mismos, y es entonces cuando Cristo llega a ser el todo para el alma. Hay fortaleza real siguiendo la senda sencilla de la obediencia en lo que podamos tener que hacer, cualquiera que pueda ser la prueba. Así fue con David cuando él tuvo que luchar. «Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo» (1 Samuel 17: 37). A David no le importó si era el león, el oso, o este gigante de los filisteos; todos fueron lo mismo para él, porque él, en sí mismo, era tan débil en la presencia del uno como del otro; pero él siguió haciendo su deber calladamente, dando por sentado que Dios estaría con él. Esto es fe. Observen el contraste con esto en la incredulidad de los espías enviados por Moisés a reconocer la tierra. Ellos temblaron y dijeron que ellos no eran sino como langostas ante los ojos de sus enemigos, olvidándose así realmente de lo que Dios era para ellos, y haciendo de esto un asunto entre ellos y los hijos de Anac, en vez de entre los hijos de Anac y Dios. Pero, donde hay una sencilla referencia al Señor, entonces yo, «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4: 13). Cuando llega el problema, no debemos considerarnos a nosotros mismos, sino que sabiendo que no somos nada más que debilidad, recurramos sencillamente al Señor como siendo toda forma de fortaleza para nosotros.

El caso de Filadelfia fue uno de decidida debilidad, pero hubo fidelidad; pues puede haber gran poder evidente y, sin embargo, al mismo tiempo puede haber la debilidad misma. Tal como el Espíritu Santo dice en 1 Corintios, puede haber el hablar en lenguas humanas y angélicas, la comprensión de todos los misterios, y todo el conocimiento, y sin embargo puede haber, al mismo tiempo, la debilidad más perfecta, porque todo esto no se hacía en comunión con Dios. Nada hay más peligroso que tener la manifestación exterior de poder yendo más allá de la asociación interior y comunión del alma con Dios; pues la vida interior debe ser igual al despliegue exterior de poder. Últimamente hemos aludido a esto en el caso de Elías.

«Esto dice el Santo, el Verdadero» (Apocalipsis 3: 7. Aquí, en Filadelfia, tenemos al Señor en su carácter moral y no en el carácter de poder personal como Hijo de Dios, sino como «el santo» y «el verdadero», presentándose a sí mismo como una norma de juicio acerca de todo lo inconsistente con él, y adaptándose él mismo en gracia a la condición y necesidad de sus fieles, y presentando mediante su verdad un método de juicio y seguridad de corazón y confianza a los santos. Y también lo encontramos disponiendo de medios a favor de la Iglesia, de una manera tal que, si él abre una puerta, ninguno puede cerrarla, o si él cierra una puerta, ninguno puede abrirla. De este modo están las dos cosas: él es el Santo y el Verdadero para aquellos que confían en él; y él también tiene, en realidad no aquí el despliegue de poder, sino la llave del poder, (como Jehová le dijo a Sebna acerca de Eliaquim en Isaías 22: 22: «Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá»). Así que, donde esta debilidad existe, él anima a la Iglesia a recurrir a él como el Santo y el Verdadero, y a confiar en él; y donde existe este descanso en su derecho para abrir y cerrar, y esta confianza en su Persona, y conformidad a su carácter, la Iglesia está absolutamente segura, sin importar lo que pueda pasar. Que todo el poder del hombre o de Satanás hagan lo peor, pues si yo estoy descansando en Cristo, el cual es absolutamente verdadero y ha abierto una puerta, ni el hombre ni el diablo pueden cerrarla.

¡Cuán semejante es esta posición de la iglesia en Filadelfia a la de Cristo cuando él estuvo en la tierra! Todos buscaron cerrarle la puerta; Pilato, Herodes, escribas, fariseos, y la nación entera de los judíos, todos estuvieron intentando cerrar la puerta contra Cristo. Cristo, al igual que la iglesia en Filadelfia, estuvo en medio de un orden de cosas que Dios había instituido una vez, pero que había fracasado completamente; porque en la época de Cristo no había ninguna arca, ningún Urim y Tumim, ninguna Shekiná (la gloria de la presencia de Dios en el templo). Todo lo que realmente había constituido el despliegue práctico de poder y testimonio había terminado, y, en vez de Jehová teniendo un trono en Jerusalén, ellos mismos habían caído bajo el poder gentil y eran esclavos de un trono de hombre. De ahí surgió la sutileza excepcional de la pregunta que los judíos plantearon a nuestro Señor: «Dinos pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?» (Mateo 22: 17). Si el Señor hubiese contestado: No, habría sido la negación del castigo de Dios por sus pecados; y si hubiese dicho: Sí, entonces esto iba a la negación de su título como Mesías. Pero (percibiendo el Señor su maldad), su respuesta a ellos equivalió a esto: “Ustedes se han puesto a sí mismos bajo este dominio debido a sus pecados y, por consiguiente, ahora ustedes deben someterse a su autoridad”. No solo las autoridades «que hay, por Dios han sido establecidas», y como tal nosotros nos sometemos a ellas; sino que en el caso de Israel ello habría sido negar el castigo de Dios impuesto sobre ellos por sus pecados (como se dice, «hoy nosotros somos esclavos debido a nuestros pecados»).

De esta forma, el propio Señor se sometió a pagar el tributo del templo. Pero, aunque Israel, como un cuerpo, fracasó en su fidelidad a Dios, sin embargo, Dios no podía fallar en su fidelidad a ellos, porque su Espíritu permanecía entre ellos, como aprendemos en Hageo y, por consiguiente, nosotros encontramos que hubo un pequeño remanente en las Ana y los Simeón que estaban esperando la redención en Israel (como se dice en Malaquías, «los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero» - Malaquías 3: 16). Vemos de esta forma que era una condición de oscuridad completa, y cuando entra Aquel que era la Luz, es rechazado enseguida. Bueno, ¿entonces qué? ¿Estaba la puerta cerrada para él? No: «A este abre el portero» (Juan 10: 3). Cristo entró por la puerta, no como todos los pretendientes que vinieron antes que él, subiendo de alguna otra manera; sino que mientras obraba en el poder divino, Cristo entró por la propia forma designada por Dios, y ningún hombre podía cerrarla. Él llegó a ser el camino designado por Dios para nosotros; él dijo acerca de sí mismo, «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo» (Juan 10: 9).

Cualquier cosa que vincule nuestra posición con Cristo, como un ejemplo y un modelo, es en verdad una bendición para nosotros; porque ¿hubo alguna vez alguien que pasara a través de todo con tal fidelidad inagotable, fidelidad humilde a Dios en la vida, como él lo hizo? Observen el contraste de su humilde senda con el de Elías; ¿y qué vemos nosotros? Elías estuvo prosiguiendo en su servicio con gran poder exterior, haciendo caer fuego del cielo para destruir a los profetas de Baal, y pensando ser el único que quedaba que era leal a Dios; mientras que Dios tenía siete mil que no habían doblado la rodilla ante Baal, de los que Elías no se había enterado. Cristo estuvo satisfecho de ser nada en un mundo en el que el hombre era todo y en el que se había dejado a Dios afuera. Él estuvo satisfecho de ser tratado como el mismo rastrojo de la tierra y, aun así, al mismo tiempo, no hubo ni una sola oveja perdida de la casa de Israel que no fue alcanzada por su voz como la voz del buen Pastor (ya sean ellos los más viles pecadores, una mujer de Samaria, una adúltera, o un publicano), que su ojo no descubrió. Así, en virtud de su propia humillación, él pone a aquellos que ahora tienen «poca fuerza», en la mismísima posición que él tomó, y entonces, tal como el portero lo hizo para él, él abre la puerta para ellos, la cual ninguno puede cerrar.

Nosotros estamos esperando la gloria, pues leemos: «La gloria que me diste, yo les he dado» (Juan 17: 22); y mientras esperamos así, nosotros tenemos que atravesar aquello que tiene escrito en sí el nombre «Icabod» (la gloria se ha apartado - 1 Samuel 4: 21). El testimonio de esta época en su poder público ha desaparecido para nunca ser recuperado. Sobre lo que el Señor está insistiendo en ellos, es que no deben suponer que el mal, como el de Tiatira y Sardis, se puede arreglar; pero él dice, «He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona» (versículo 11); es decir: «guarda la palabra de mi paciencia hasta que yo venga». Nos encontramos así en circunstancias similares a las de Cristo; porque cuando el Señor dice: «He aquí, yo vengo pronto», es con el propósito de que podamos entrar en una semejanza mayor a la posición de Cristo, y aunque dura y humillante, aun así, es una posición de bendición, encontrándonos nosotros mismos en la misma posición que Jesús tomó, con la misma promesa, –una puerta abierta que ninguno puede cerrar. Esto es fe actual; no es mucha fuerza lo que queremos: la cosa que más se necesita es una conformidad mayor a la posición de Cristo.

Observen otra cosa que es peculiar a esta iglesia en Filadelfia. El Señor no escudriña sus trabajos, sino que deja satisfecho el corazón de estos pobres débiles con la conciencia de que él los conoce. No fue así para las otras iglesias; él nota el carácter de sus obras. A Sardis, él dijo: «no he hallado tus obras perfectas delante de Dios». Pero es suficiente para nosotros que él conozca nuestras obras. Oh, que consuelo es esto, porque si nosotros tuviéramos que buscar la perfección, como en Sardis, tendríamos que encontrar muy molesto el rendir cuenta de ello. La mezcla de cosas, la fe pequeña, nos desanimaría. De hecho, ninguna de nuestras obras ha respondido a la gracia recibida. Hay bastante actividad, hay mucho que el hombre puede aprobar, pero tomando el carácter general del servicio, ¡qué difícil encontrar lo que Dios puede aprobar! Entonces, por otra parte, si nos ocupamos en el estado de cosas en el mundo a nuestro alrededor, y en la misma Iglesia de Dios, nuestros corazones se hundirían dentro de nosotros, porque no recurrimos a esta verdad muy bienaventurada, a saber, que Cristo sabe todo acerca de ello.

Pero, ¿entonces él dice que ellos no tienen nada? No; él dice: «has guardado mi palabra». Lo que caracterizó a Cristo debe ser la característica de la Iglesia de Dios. Cristo pudo decir: «Dentro de mi corazón he atesorado tu palabra» (Salmo 119: 11 - VM); y esta es especialmente la característica de la fidelidad en los postreros días. Escribiendo a Timoteo, Pablo dice: «en los postreros días vendrán tiempos peligrosos» (2 Timoteo 3: 1), y habría una forma terrible de piedad sin poder; porque incluso entonces el misterio de iniquidad ya había entrado, «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor» (2 Timoteo 3: 13). Mas el resguardo es: «pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras» (2 Timoteo 3: 14, 15), –la clara palabra escrita, lo que nosotros llamamos la Biblia, leída desde su juventud. La seguridad no estaría en la manifestación de poder exterior, ni aun en los milagros, sino simplemente en la palabra escrita. Este era el instrumento de bendición; y esta, la autoridad reconocida por Timoteo. Obviamente, fue necesaria la gracia de Dios para su conversión. Yo me refiero ahora a esto, a como mantenerse cerca de la Palabra es la seguridad especial de estos postreros días (a saber, la autoridad especial misma de la Palabra de Dios, exactamente lo que Timoteo, como niño, encontró en las Escrituras) y, añadido a esto, con respecto a Timoteo, obviamente, estaba lo que él había aprendido de los apóstoles, igualmente inspirado, y que era así una autoridad divina inmediatamente conocida en una persona «de quién», dice el apóstol, «has aprendido», y la que desde entonces ha llegado a ser la Palabra escrita para nosotros. La Palabra escrita de Dios es donde descansa toda nuestra seguridad por medio de la gracia.

El Señor no dice: “tú tienes fuerza”, sino: «has guardado mi palabra»; y luego, además, él no dice: “me has conocido en este o ese carácter”, sino: «no has negado mi nombre». El nombre del Señor siempre significa la revelación de lo que él es; como si a él se le llama Cristo, él es el Ungido. El Señor está diciendo aquí que: como tú te has adherido rápidamente a Mí según lo revelado, ahora yo haré qué los que tienen un nombre falso y pretensiones «vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado» (versículo 9). Aquí tenemos los dos caracteres contrastados; y también noten el énfasis en la palabra, «mi», pues es en la palabra de Cristo en lo que yo estoy llamado a descansar; «Mi palabra», –la palabra del propio Cristo, para entrar en la comunión personal con Cristo mismo,– ni siquiera la palabra de la Iglesia. Supongan, por ejemplo, que yo tomo la palabra de la Iglesia, es decir, asumo que la Iglesia tiene la autoridad; pero si yo tomo la palabra de Cristo, entonces yo tengo la autoridad del propio Cristo; y es por la palabra de Cristo que yo debo juzgar todo acerca de la propia Iglesia. Y la palabra de Cristo nos asocia con Cristo, su nombre y su Persona; y estas son las dos cosas que son especialmente esenciales que las tengamos, para permitirnos caminar contrariamente a los engaños que sabemos que son característicos de los postreros días. Lo que caracteriza a estos tiempos es el poder engañador, «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor» (2 Timoteo 3: 13). «Os he escrito esto sobre los que os engañan» (1 Juan 2:26).

Al hablar de una manera general acerca del carácter de los tiempos, nosotros esperamos un poder engañoso. Habrá un Anticristo inconfundible y claro que lo mostrará de otra manera, pero «así ahora han surgido muchos anticristos» (1 Juan 2: 18); y, por consiguiente, tenemos que contender «ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 1: 3). Si él, cuya venida es conforme al poder de Satanás, con señales y prodigios mentirosos, prevalecerá sobre aquellos que «no recibieron el amor de la verdad para ser salvos» (2 Tesalonicenses 2: 10), entonces nosotros tenemos necesidad de retener aquello que nos guardará contra el que llegará como un ángel de luz; y los que caen en sus trampas son aquellos que no han recibido el amor a la verdad. Y nosotros tenemos esta salvaguardia en la palabra del propio Cristo, –guardando la palabra de su paciencia, y no negando su nombre. Ello debe ser una cosa individual, porque el poder engañoso, habiendo entrado, señala los tiempos en que vivimos como siendo los «tiempos peligrosos» (2 Timoteo 3: 1), no por la persecución abierta y cosas por el estilo; sino como la serpiente engañó a Eva por su sutileza, así nuestras mentes están en peligro de ser corrompidas de la sencillez que hay en Cristo. ¿Y qué tenemos nosotros para liberarnos de esto? ¿Es la manifestación exterior de poder, los milagros, etc.? No, no tenemos poder exterior para enfrentar a Satanás, nosotros somos la debilidad misma, –«tienes poca fuerza»; pero nuestra salvaguardia está en esto, cada alma individualmente por sí misma, reteniendo la palabra escrita de Cristo, y no negando su nombre.

Parece que no hay mucho que decir acerca de ellos, «has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre», porque allí ellos no hicieron mucho. Pero, estimados amigos, cuando el poder engañoso del mal estuvo allí, esto estuvo diciendo todo acerca de ellos; pues cuando todo lo que estuvo sucediendo fue para desechar la palabra escrita, ellos la guardaron; y cuando todo iba hacia la negación del nombre de Cristo, ellos no negaron su nombre. Lo que es una gran cosa a la vista de Dios no es hacer caer fuego del cielo como hizo Elías, sino ser fiel en medio de la infidelidad circundante. Así, igualmente, no pareció decir mucho para los siete mil que no se conformaron al acto grosero de adorar a Baal decir simplemente que sus «rodillas no se doblaron ante Baal» (1 Reyes 19: 18), sino que estaba, en verdad, diciendo todo para ellos, porque ellos fueron rodeados por todos aquellos que doblaron la rodilla ante Baal. Así, igualmente, la Iglesia de Dios fue establecida al principio en poder, pero la cizaña fue sembrada abundantemente entre el trigo, y lo que distingue a los fieles es sencillamente esto, que cuando entra el poder engañoso del mal, ellos no son engañados y alejados por él. No se trata de la manifestación de poder exterior, sino de la fidelidad sencilla caminando con Dios en medio del mal. Así en la iglesia en Filadelfia hubo fidelidad al caminar, lo que les dio poder interior, aunque no hubiera ningún despliegue exterior de poder.

«He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten» (versículo 9). Aquí encontramos esta fidelidad individual en un andar secreto con Dios, contrastado con los que se aferran a algo establecido, donde había abundancia de forma, una buena apariencia en la carne, jactándose de ser judíos e intentando establecer de nuevo lo que solía ser la característica exterior del pueblo de Dios, no viendo esa cosa «nueva» que Dios había establecido ahora, y que pone el corazón a prueba. Ellos no rechazan la Palabra de Dios (los judíos tampoco lo hicieron); pero no es la Palabra de Dios lo que los gobierna. Los judíos recibieron las Escrituras, pero ellos rechazaron a Cristo, y lo mataron; como el propio Jesús dijo: «Os expulsarán de las sinagogas» (Juan 16: 2). Tampoco fue sin noción que ellos estuvieron sirviendo Dios haciéndolo así: «viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios» (Juan 16: 2). Pero esto era el rechazo puro de la luz que Dios envió: «Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí» (Juan 16: 3). Ninguna verdad antigua que ha ganado crédito en el mundo como para ser considerada ortodoxa pone el corazón a prueba. Ella hace digna de crédito a la naturaleza: uno es estimado por ella. Si yo puedo tomar la religión y darme crédito con ella, en vez de tener el corazón puesto a prueba por ella en el ejercicio de la fe, puedo estar totalmente seguro que no es el pensamiento de Dios. Aunque hasta cierto punto pueda ser verdad, esto no es fe en Dios. Eso es lo que estaba haciendo esta sinagoga de los judíos. Ellos estaban poniendo el nombre de Cristo y la palabra de Cristo a un lado, por aquello en lo que se podía descansar, donde no había ningún corazón para Cristo. La tradición, las ordenanzas, el linaje, etc., eran las cosas que ellos amaron, y no la palabra de Cristo para ellos. Es absolutamente verdad que los judíos habían sido el pueblo de Dios; pero ellos habían rechazado y habían pisoteado el nombre de Cristo. Y esto es lo que representa toda la diferencia; porque ahora que Cristo ha sido manifestado, lo que Dios está buscando es la obediencia fiel a su Hijo. La adhesión fiel a Cristo es ahora el todo.

«Yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado». Dios no reconoció como su pueblo a estos pretendientes por la antigüedad religiosa. Todo lo que ellos conseguirían era saber simplemente que Cristo había amado a este pobre y despreciado remanente: «y reconozcan que yo te he amado». Vean lo que el corazón tiene ahora para estar satisfecho, –no el reconocimiento presente de los que profesan conocer a Dios, mientras ellos Lo niegan con sus obras, sino la calma, la confianza asentada de que Cristo lo ama. Esto es lo que pone el corazón a prueba. Si tú quieres gozo inmediato, cuadros luminosos puestos delante de la mente, el sabor satisfecho, la imaginación alimentada, los hombres ganados, algo de “antigüedad digna de reverencia”; Cristo no está en ninguna de estas cosas. «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13: 8); y él es la Verdad, – «el Santo, el Verdadero». Y si tenemos el amor de Jesús como una cosa presente en nuestras almas, tenemos todo lo que queremos en él.

Hay muchas personas preguntando, ¿Qué es la verdad? Tales pretensiones pueden tener peso con tales personas. La sinagoga de Satanás puede ser religión, antigüedad, y clericalismo, llena de atracciones vistosas, y de lo que tiene autoridad sobre la carne (y para nosotros, todo esto es aceptado por aquellos que, como Pilato, preguntaron ¿Qué es la verdad? y luego crucificaron a Jesús, el cual es la Verdad, para agradar a los sacerdotes de la época). El carácter de estos postreros días es solamente este, que los hombres siempre están buscando, y nunca llegando al conocimiento de la verdad. Si yo la tengo, yo no tengo necesidad de estar preguntando qué es la verdad; un hombre busca lo que no ha obtenido. Un hombre que siempre está buscando la verdad demuestra por sus acciones que no la ha obtenido. Cristo dijo, yo soy la verdad; él es el centro de toda verdad, y es el terreno de todo lo que nos une con Dios. Un infiel levantará dudas, sobre todo, pero no establece nada; pero nosotros queremos algo que es cierto. En el momento que tenemos a la Persona de Cristo, tenemos la Verdad: pues, «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1: 18). ¿Quiero yo saber lo que Dios es? ¿lo que el hombre es? Yo obtengo en Cristo un retrato perfecto de lo que Dios es para el hombre, y de lo que él es como hombre para Dios. Todo ello está en Cristo: y obviamente tenemos que avanzar en el conocimiento de esto. El corazón que tiene a Cristo no quiere la sinagoga de Satanás; el corazón que ha recibido Su testimonio tiene como su sello que Dios es verdadero. El alma que sabe esto, está guardada del mal de la manera más sencilla. Yo tengo la gracia, así como la verdad, –«la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1: 17).

Cuando yo vivía en la mentira fue la gracia la que trajo la verdad a mi mente; ¿y qué más puede querer un alma? De hecho, ella siente dolor a causa del lugar profano a través del cual ella está pasando ahora; pero ya no hay incertidumbre acerca de su porción, ha obtenido todo en Cristo. No hay nada que falte agregar a la bendición secreta, «yo haré que vengan y se postren a tus pies» (es decir, en el sentido de rendir homenaje), «y reconozcan que yo te he amado». Nosotros lo sabemos ahora, no como mereciéndolo verdaderamente, porque todo esto es por gracia; sino que tenemos el gozo presente de esto por medio de la presencia de Cristo. Conocemos ese amor de Cristo que, de hecho, comunica conocimiento, y el amor del Padre también; como él dice: «Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos» (Juan 17: 26). El mundo no lo sabe ahora, pero en ese día el mundo sabrá que el Padre nos amó como amó a su Hijo. Cuando el corazón se sostiene de este amor de Cristo por él, este descansa allí; está satisfecho con el disfrute presente del amor de Cristo, aunque los de alrededor no conozcan nada de la aprobación que esto comunica al corazón. El Señor está apartando ahora de varias maneras nuestros corazones de todo lo que nos rodea, para que podamos encontrar, en el testimonio de su amor personal a nosotros, aquello que fortalece nuestra fe, fija la conciencia, y guía el corazón. Cristo dice: «Yo soy la puerta» (Juan 10: 7), y esa es la autorización para la oveja que lo sigue afuera. En la época de Cristo estaba el orden judío de cosas que Dios había establecido y no hubo ninguna autorización para salir de este sistema judío hasta que Cristo salió; pero el corazón, atraído y unido a Cristo, tenía la autorización especial de ir tras él, fuera del sistema establecido, –«siguen al Cordero por dondequiera que va» (Apocalipsis 14: 4).

En esta iglesia en Filadelfia tenemos la promesa que satisfizo la esperanza que el creyente tenía de estar con Cristo en la gloria. La identificación con él en su posición los asocia con él y con la palabra de su paciencia. Ellos no eran de un solo pensamiento con toda la iglesia profesa; y no estaban disfrutando todavía el resultado pleno de su amor (quiero decir, no teniendo a Cristo personalmente y plenamente presente con ellos); y si el amor de Cristo debe ser la guía de mi conducta, lo que el corazón quiere es que Cristo esté con él, porque si nosotros amamos a una persona, ciertamente queremos estar con ella; pero teniendo a Cristo en nuestros corazones, estamos guardando la palabra de su paciencia. Este es, sin ninguna duda, un tiempo difícil, que cierne, depurador y ejercitante, pero nosotros debemos esperar. Y observen, además, cómo estas bienaventuradas identificación y asociación con él son guardadas a través de todo, ya que no es simplemente la palabra de la paciencia, sino de, «mi paciencia». ¿Y por qué «mi paciencia»? Porque Cristo todavía está esperando (véase Salmo 110); y esto es lo que determina toda nuestra conducta, porque si Cristo está esperando, nosotros también debemos esperar. Cristo tiene que esperar el tiempo del Padre en un estado de expectación, por así decirlo, en el ejercicio de la paciencia; y es en este sentido, no lo dudo, que se dice que él no sabe el tiempo que el Padre puso en su sola potestad. Cristo ha hecho todo lo que se necesitaba para presentar a sus amigos a Dios, y está sentado a la diestra de Dios, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Cristo está esperando hasta que él reúna a todos sus amigos antes de que él haga, como dice, su «extraña obra» en la tierra (Isaías 28: 21), tratando con sus enemigos. Y por este motivo, lo que se necesita es esta palabra de «mi paciencia», porque estamos esperando ese día del que Cristo nos dice (Juan 14), «vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo».

Nosotros vemos a toda la creación gimiendo a nuestro alrededor, esperando ese día; y también gemimos dentro de nosotros, esperando la redención del cuerpo; pero todo está en desorden hasta entonces. ¿Dónde están los judíos, los «amados por causa de los padres»? (Romanos 11: 28). Ellos son como vagabundos y como hombres errantes sobre la faz de la tierra entera, sin sacerdote, sin terafines, sin nada, como una encina y un roble cuando han soltado sus hojas, aunque el Señor está obrando entre ellos. Si yo miro el mundo, todo es pecado y miseria. Si yo miro a cada cosa creada, esta está gimiendo. Miren a la que se llama a sí misma la iglesia: el lamento universal es: «¿Quién nos mostrará el bien?» (Salmo 4: 6), –¿quién está satisfecho con algo? Yo no hablo así en el sentido malo del descontento; pero no hay nada en lo que el alma pueda descansar. No importa qué: tome cualquier sistema que usted quiera. El sentimiento general es que todos los fundamentos del mundo están fuera de curso. El cuervo, de hecho, puede ir y puede descubrir alguna carcasa flotante muerta; pero la paloma no puede encontrar ningún descanso para la planta de su pie, excepto en el arca.

Y, ¿qué tenemos nosotros en medio de la densa oscuridad de la noche para que nuestras almas descansen? Tenemos nada más que la expectativa cierta de la venida de la Estrella resplandeciente de la mañana. ¿Cuánto tiempo Cristo estará esperando hasta que él pueda entrar en juicio, y cuándo él puede hacer esto? Cuando él tenga a sus amigos con él, entonces él empieza a actuar en el carácter de Juez, de hecho, no es que él los cortará enseguida a todos, sino que será entonces cuando él tomará para sí su gran poder. Lo que él está esperando especialmente es que aquellos que tienen su porción estén con él y como él. Nosotros hemos sido predestinados a ser hechos conforme a su imagen. «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Isaías 53: 11), cuando él reciba a su esposa con él y como él. Si el hombre poderoso, el hombre místico, el niño-hombre de Apocalipsis 12 ha de actuar, él antes debe estar completo (obviamente él lo es, esencialmente así, en sí mismo, pero como Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia que es su Cuerpo). La Cabeza y el Cuerpo deben unirse antes que él pueda actuar como teniendo este título ante el mundo; porque el hombre místico, como un todo, no puede tomarlo hasta que la Iglesia sea llevada arriba a él. Porque hasta entonces, –hasta que la Iglesia, el Cuerpo, sea unida a la Cabeza, Cristo, en el cielo–, el hombre místico no está completo en ese sentido y, por consiguiente, la Iglesia debe ser recogida antes de que Cristo pueda entrar en juicio.

¿Cuál es ahora el gran impedimento para la plena bendición de la Iglesia? Todos desde el principio han fracasado: Adán, hombre antes del diluvio, Noé, hombre bajo ley. ¡Tomen entonces a la cristiandad, –de qué manera la cizaña ha sido sembrada entre el trigo! El sacerdocio, a través de la influencia de Satanás, tomando el lugar de Cristo y de nuestra unión con él. Después de esto, –sumadas en la última apostasía, comienza la acción del poder judicial para poner a un lado el mal. El primer acto de poder, cuando el hombre místico esté completo, será arrojar a la tierra a Satanás y a sus ángeles (Apocalipsis 12: 9), para expulsarlos del cielo; y ellos nunca más se ven allí en absoluto, sino que son arrojados a la tierra; y entonces el diablo tiene gran ira, porque él sabe que él no tiene sino un tiempo corto; y, en su gran ira, él revuelve todas las cosas contra el Señor Jesucristo, en su carácter pleno de adversario. Entonces el Señor vendrá con sus santos a ejecutar juicio en la tierra. Él debe arreglar las cosas quitando el mal. Y tan pronto como sus enemigos son puestos por estrado de sus pies, entonces él introduce la plenitud de bendición. Pero, nosotros debemos tener presente que el juicio es consecuente a la asociación de la Iglesia con Cristo. El hombre místico debe estar completo en ese sentido antes de que él pueda ejecutar el juicio. Entonces Cristo toma un carácter completamente diferente. Hasta que él nos levante a la gloria, él se presenta como un Salvador (y habrá incluso entonces indudablemente, un remanente salvado, –después que la Iglesia sea quitada). Pero entonces el tiempo aceptable se ha acabado; y entonces «con justicia juzga y pelea» (Apocalipsis 19: 11). Y cuando él se presente así, nosotros entenderemos totalmente por qué ahora es la palabra de su paciencia; porque hasta entonces, hasta que él tome hacia sí mismo su gran poder y reino, nosotros somos unidos con él en corazón y mente en la palabra de su paciencia; y la bendición de esto para nosotros es nuestra asociación con el propio Cristo, la vinculación perfecta arriba con Cristo en todas las cosas. Como Hombre (de ninguna forma referente a la gloria divina de su Persona, sino como tomando el carácter oficial de un siervo) Cristo tiene que esperar hasta que Dios, en su buena disposición, ponga todas las cosas bajo sus pies; y esto, yo no dudo, como he dicho, es el significado de las palabras: «de aquel día y de la hora nadie sabe…, ni el Hijo, sino el Padre» (Marcos 13: 32). Pero, unidos así con Cristo y teniendo su amor presente como la porción que satisface el alma, tenemos más bien que esperar y esperar con él, que tener eso antes que él. La asociación completa con el propio Cristo es el carácter apropiado de la Iglesia de Dios; porque no es meramente de bendición, sino que está asociado con Aquel que bendice. Nosotros somos su Esposa, este es nuestro lugar apropiado; y siempre que descendemos de esto, nos alejamos del poder pleno de los pensamientos de amor de Dios acerca de nosotros, y acerca de lo que él ha hecho que Cristo sea para nosotros.

Independientemente de lo que se diga acerca de Cristo en el día de gloria, nosotros encontramos que la iglesia está asociada con Él en todo, – por ejemplo, en Su carácter de Melquisedec, el lugar más elevado en autoridad como Rey, y el más cercano en adoración como Sacerdote: y nosotros hemos sido constituidos en un reino y sacerdotes (leemos, «Tú los has constituido en un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra», Apocalipsis 5: 10 – RVA). Eva estuvo asociada con Adán en el dominio; pero no hubo nada en la entera creación que pudiese haber tenido este lugar. Como está escrito, «mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2: 20); pero cuando Eva, como hueso de su hueso y carne de su carne, fue traída a él, él pudo decir, «Esto es ahora [ahora, esta época, porque ese es sentido del original] hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Génesis 2: 23). Se encontró una ayuda idónea para él. Esto es igualmente verdad del Señor y la iglesia, porque Él puede decir, «ahora esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne», y se puede regocijar y deleitar en el producto de Su propio amor.

Que el Señor no permita que zozobremos desde este nuestro verdadero lugar; y que él pueda darnos un sentido profundo y permanente del hecho de estar unidos así en completa asociación bienaventurada con él; porque el corazón de Cristo no se podría satisfacer sin esto, y los nuestros tampoco. No es un asunto de nuestro mérito (porque en nosotros mismos, estando en la carne, somos viles pecadores), sino del afecto de Cristo. La verdadera humildad no es pensar mal de nosotros mismos, sino en no pensar en absoluto acerca de nosotros. Pero, observen, es algo mucho más duro olvidarse de uno mismo que incluso tener pensamientos malos sobre uno mismo. Si no somos humildes, debemos ser humillados.

«Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré», etc. El Señor dice: “Si yo te reconozco como guardando «la palabra de mi paciencia», y no como teniendo alguna fuerza, sino como en relación conmigo, «yo también te guardaré», etc.”. Así él nos asocia consigo, aunque seamos gente pobre y débil, como los ceneos que no eran sino una gente débil, sin embargo, ellos pusieron su nido en la peña (Números 24: 21). «Yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra» (versículo 10). Ahora bien, con respecto a las consecuencias, ¡qué consuelo hay aquí! No era en absoluto una cuestión de fuerza, sino de ser guardado de un tiempo terrible que estaba llegando, «para probar a los que moran sobre la tierra». Estas últimas palabras describen la condición moral de una clase de personas.

¿Tú supones que Dios se agrada afligiendo a su pueblo? No, en verdad él no quiere ponerlos en la prueba; pero si tú te has puesto en una posición en la que te has mezclado con estos moradores en la tierra, sobre quienes la hora de prueba está llegando, hay que ocuparse de ti para que seas liberado de aquello sobre lo cual esa hora terrible está viniendo. Ahora se predica el evangelio y está sacando almas del mundo; y todos los pensamientos, sentimientos, deseos, y afectos de los santos deberían estar esperando el día de gloria. Y si ellos se han puesto en el lugar de la paciencia de Cristo, ellos no quieren ser zarandeados como el mundo quiere; pero si están mezclados con el mundo, deben ser partícipes en los problemas de la hora de prueba que está viniendo a probar a los que moran sobre la tierra, o, de manera práctica, zarandeados antes de ser rescatados de esta hora. Está llegando un tiempo cuando la bestia blasfemará a los que moran en el cielo, pero él no puede tocarlos. Cuando conocemos nuestro carácter celestial, esto nos hace extranjeros y peregrinos sobre la tierra, en lugar de morar aquí y buscar nuestra porción aquí; pero los que moran aquí deben entrar en esta hora de prueba que está viniendo a probar a los que moran sobre la tierra. Y noten aquí que esta es una cosa distinta de la tribulación de la que se habla en Mateo 24. Ese tiempo de angustia está confinado a Jerusalén; como está dicho en Jeremías: «tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado» (Jeremías 30: 7). Pero aquí, este es un tiempo de angustia «que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra». A los que han guardado la palabra de la paciencia de Cristo ahora, él los guardará de ese tiempo. Si el Señor está recibiendo ahora fruto de ellos, de la forma en que se entiende que esta prueba produce, entonces no habrá necesidad que sean probados por ella.

Pero, vean ahora cómo él los anima: «He aquí, yo vengo pronto» (versículo 11), como si dijese: “Si tú vas a compartir mi porción y gloria, tienes que continuar llevando mi porción en paciencia, y en la cruz también; pero, yo vengo pronto”. No se trata de su venida como la presentada a Sardis, como ladrón en la noche; sino que sobre lo que Cristo insistiría ahora en la Iglesia es que su regreso es una cosa pronta. Él no les dice el momento, pero coloca su venida ante ellos como su consuelo, alegría, y esperanza, y así fija el corazón en él; como que no es tanto el que él está viniendo pronto, sino que es él mismo quién está viniendo: «Yo Jesús», etc., etc. ¡Oh! si el corazón ha gustado el amor de Dios, qué consuelo es, después de todo, descansar en él, como al cierre de este libro. Después que Cristo ha llevado la mente de la Iglesia a través de esas cosas que él va a hacer en la tierra, entonces él trae de regreso el corazón de la Iglesia a él, –«Yo Jesús» (Apocalipsis 22: 16).

Lo que caracteriza a la iglesia en Filadelfia es su unión inmediata con él; es el propio Cristo quién está viniendo. No es ni el conocimiento, ni la profecía, lo que puede satisfacer al corazón; sino que el pensamiento de que Jesús está viniendo para llevarme consigo es la esperanza bendita de uno que está unido a él por gracia. La profecía se refiere a que Cristo está viniendo a la tierra; pero mi ida a Cristo es la esperanza apropiada y bendita de uno que está unido a Cristo por la fe. Yo respeto solemnemente y reverencio las advertencias de Dios acerca del próximo juicio, etc.; pero no es una cuestión de afecto. Los propósitos de Dios acerca de Jerusalén, Babilonia, etc., de lo cual la profecía habla, son muy importantes e instructivos para la mente; pero los afectos no se manifiestan sabiendo acerca de la condena de Babilonia, y el Anticristo. Yo amo a Cristo; por consiguiente, yo anhelo verle. Pero las profecías del juicio venidero no asocian el espíritu y el corazón con la Persona del Señor Jesús.

Tenemos entonces esta advertencia: «retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona». ¡Oh! que el Señor nos de el guardar su palabra y estar esperándolo como algo actual. Si el diablo pudiera quitarnos la esperanza de la venida del Señor como algo actual, esto nos quitaría nuestra esperanza y corona. Ningún hombre o diablo pueden quitarnos nada si no tenemos nada sino ese sentido claro de fe que nos asocia con la venida del Señor Jesucristo como algo actual. Perder esto es perder el poder espiritual; y cualquier cosa que nos robe poder espiritual en nuestra asociación con Cristo, nos roba la bendición actual y aquello que es la senda hacia nuestra corona. Y, amados hermanos, ahora estamos pasando por todo tipo de cosas que parece probable que nos roben nuestra corona, –todo lo que pone a prueba la fe en un Jesús que viene y que pone esto en duda.

En el caso de las diez vírgenes, todas ellas cabecearon y se durmieron; las prudentes se quedaron dormidas tan rápidamente como las insensatas, y a medianoche, cuando se oyó el clamor, «¡aquí viene el esposo…!» (Mateo 25: 6), todas ellas se levantaron y arreglaron sus lámparas. No hubo ninguna diferencia en este respecto; pero una tenía el aceite del Espíritu, la otra no; y entre el clamor que salía y la venida propiamente dicha del Esposo, hubo tiempo suficiente para que las lámparas se apagaran si no se les proporcionaba el aceite; y por este motivo la diferencia manifiesta entre las vírgenes estuvo en el suministro de aceite que ellas tenían. Si el primer pensamiento en los corazones de las vírgenes insensatas hubiese sido el Esposo, ellas habrían estado pensando en la luz que él querría cuando viniera; pero estaban ocupadas con otras cosas, satisfechas meramente de estar en compañía con las vírgenes. El vestido y las lámparas sin el aceite bastarían para ponerlas entre el grupo; pero, ¡lamentablemente! sin el aceite ellas no podían mantener sus lámparas encendidas para su Señor hasta que él viniera. Sin embargo, ahí estaban las que se habían preparado para recibirlo, y cuando vino el esposo, «las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta» (Mateo 25: 10). Y así es con nosotros. El clamor ha salido, y entre esto y su venida propiamente dicha, el Señor está probando si nuestros corazones están puestos en él o no.

Solo nos queda tiempo ahora para considerar la promesa: «Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, etc.» (versículo 12). Vemos aquí cuán definitivamente se asocian todas las promesas con el tiempo de gloria –la «nueva Jerusalén»–, y aquí el corazón es elevado a su morada propia y adecuada. ¿Estamos nosotros asumiendo la posición de moradores celestiales mientras andamos en la tierra? Observen de qué manera tan completa los santos son asociados con la Jerusalén celestial, la morada eterna de aquel que venciere. Él estará en el templo de Dios en contraste con la sinagoga de Satanás, en el disfrute pleno de las cosas de Dios (cada propósito de su amor totalmente puestos en evidencia). «Yo lo haré columna». Aquel que fue un creyente fiel pero débil en la tierra, cuando la iglesia profesa era grande pero no cumplía el propósito de Dios como «columna y apoyo de la verdad» (1 Timoteo 3: 15 – VM), él será entonces el pilar mismo de fortaleza, y de la misma fortaleza de Dios, porque había habido firmeza contra el poder de seducción.

Siempre es «mi Dios». A lo largo de todo, Cristo hace subsistir esta unión con Él. Él fue una vez, en apariencia, el débil en la tierra; él dice: “Yo he sido rechazado y tú has tomado el lugar de rechazo conmigo, y yo sé que me has sido fiel; yo voy a mi Padre y a tu Padre, a mi Dios y a tu Dios”. Él es el que tiene paciencia y que espera el tiempo del Padre por la gloria que se le debe a él, y nosotros tenemos parte en su paciencia.

«Y escribiré sobre él el nombre de mi Dios», la forma en que Cristo, como hombre, conoce a Dios: “Tú tendrás ese nombre puesto públicamente en ti, puesto que no has negado mi nombre aquí abajo, «la ciudad de mi Dios», esperada en la fe; este es tu lugar”. Abraham esperaba una ciudad cuyo arquitecto y constructor era Dios (Hebreos 11: 10). Se trataba de una ciudad celestial que ellos quisieron para ellos mismos en la tierra, incluso cuando la carne había construido una aquí. Esta ciudadanía celestial se sellará entonces en el creyente, en la ciudad del Dios de nuestro Señor Jesucristo, el extraño en la tierra. Si los hombres están buscando una estabilidad eclesiástica, un establecimiento presente de cosas, ellos pueden tenerlo ahora; pero entonces, esto no es según la Palabra de Dios; pues si ahora hay satisfacción sencillamente en andar con Cristo, esperando hasta que Dios posea una ciudad como suya («la ciudad de mi Dios»), ellos la tendrán entonces; ella desciende del cielo, de Dios. Y así es con el cristiano; él pertenece a Cristo; él es un hijo del día, esperando a Cristo y el día de su aparición.

«Mi nombre nuevo». No es el nombre antiguo de Mesías, sino su nuevo nombre maravilloso tomado como resultado de una redención celestial. Entonces tendremos lo que es estable, aunque ahora, en un sentido, no lo tenemos.

Que el Señor nos otorgue conocer lo que es realmente estar asociados con el propio Cristo, y conocer este bienaventurado pensamiento de Dios acerca de nosotros, a saber, «para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia», etc. (Efesios 2: 7). Él nos ha asociado con el objeto de toda su infinita complacencia, –su eterna complacencia, porque somos miembros de su Cuerpo, de su carne, y de sus huesos, y por consiguiente tenemos el privilegio y la porción del propio Jesús. Que Dios mantenga nuestros corazones sin ser manchados por este presente siglo malo y en el frescor de afecto para con él. Esto solo puede ser manteniéndonos en comunión con el propio Cristo. Conocer nuestra porción en él, conocer el valor de su nombre, da valor y fortaleza para guardar su palabra y no negar su nombre.

7 - Séptima conferencia

Lectura bíblica: Apocalipsis, capítulo 3

Laodicea. Yo había pensado y esperado haber cerrado nuestra consideración de esta porción de la Escritura la tarde anterior; pero no lamento ahora que en ese momento el tiempo no lo permitiera ya que siento muy fuertemente la importancia de este último mensaje a Laodicea. Y ello me dará la oportunidad de continuar de manera más general lo que hemos examinado en relación con el testimonio que rinde la palabra de Dios a la venida del Señor Jesucristo. Vemos en este mensaje a la iglesia de Laodicea que ella es amenazada con el juicio final y completo, sin ninguna posibilidad de escape en absoluto. En realidad, no es que ella ha llegado a la consumación plena del mal; porque si hubiese llegado, ¿dónde estaría la utilidad de advertirla? A esta iglesia de Laodicea, como a todas las otras seis iglesias anteriores, se le habla como teniendo el carácter de iglesia de Dios (es decir, como sosteniendo ante Dios la posición de reconocido testimonio Suyo para el mundo); y como a tal, se le amenaza con el rechazo. Esto es importante en relación con otras partes de la Escritura. No es la historia de lo que ha sido cumplido, sino la advertencia y amenaza de lo que está por venir. Por este motivo su carácter es profético. Y como todo el libro del Apocalipsis es juicio, así también, en estos mensajes a las iglesias, tenemos el juicio de la iglesia profesa, situada bajo la vista de Dios como sosteniendo esta posición. Y yo aquí volvería a traer a sus memorias lo que he dicho antes, y lo que es importante recordar, a saber, que lo que está ante nosotros en todas estas iglesias no es la obra de la gracia de Dios en sí misma; porque estos mensajes a las iglesias no tendrían ningún lugar si ella lo fuera, –ni siquiera es Cristo la Cabeza del cuerpo, como la fuente de gracia a los miembros,– ni siquiera es la obra del Espíritu de Dios, porque eso, obviamente, nunca es el sujeto del juicio; como también la gracia que fluye de la Cabeza a los miembros nunca puede fallar. Esto nunca puede ser el sujeto de advertencias o amenazas. Lo que es revelado es la condición y el estado de la iglesia como teniendo el lugar de responsabilidad bajo la vista de Dios, y las relaciones consecuentes de Cristo con esto en la expectativa de fruto.

Además, estos mensajes no son a individuos, sino a iglesias y, sin embargo, hay bastante para recopilar en estos mensajes por individuos que tienen oído, a través de la enseñanza del Espíritu Santo: y confío que incluso ahora hayamos recopilado un poco de tal enseñanza. Las promesas también son a individuos, «Al que venciere», en medio de las circunstancias malas, pero el trato es con el Cuerpo.

Entonces, no se trata de la provisión del Espíritu de gracia desde la Cabeza, ni siquiera de las indicaciones a través del Espíritu del amor del Padre tratando con los hijos que están adentro, porque eso supone que la iglesia está en un estado acepto y saludable, y que él le da instrucciones apropiadas a ese estado, y respondiendo al propósito para el que se la llamó en la posición de iglesia. En Laodicea está aquello que no se puede aplicar a los individuos; pues ustedes pueden advertir a los individuos en la iglesia de Dios, «mas los simples pasan y reciben el daño» (Proverbios 22: 3). Pero, esto no es simplemente advertencia; se anuncia una extirpación, y eso nunca se puede aplicar a un santo de Dios. «Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3: 16). Ello es la extirpación del cuerpo profeso externo que lleva el nombre de iglesia, como tal. Esto nos lleva a ver la importante verdad de la responsabilidad de la iglesia profesa de Dios en la tierra; y es por eso que me alegro mucho de esta oportunidad de examinar de nuevo los principios generales relacionados con esto.

«Y al ángel de la iglesia que está en Laodicea, escribe: Estas cosas dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios» (Apocalipsis 3: 4 - VM). El carácter de Cristo presentado aquí es notable. En las últimas tres iglesias hemos visto que Cristo abandona, por así decirlo, las características dadas de él en el capítulo 1 (es decir, él no es presentado en ninguna parte con el carácter que asume en el capítulo 1); sino que encontramos una nueva revelación especial de él según las circunstancias de la iglesia a la que habla. No se dan los mismos rasgos de carácter de él como los que Juan había visto en la visión; no se relaciona así con las cosas “vistas”, sino con «las que son», en una condición nueva y distinta de la que ellos habían sido situados en su relación original con Cristo y, por consiguiente, se hace una revelación nueva de Cristo para la necesidad y ocasión de la iglesia.

En Filadelfia, Cristo no fue conocido en el mismo carácter en el que fue conocido en Tiatira, como «hijo sobre su casa» (Hebreos 3: 6), sino que la iglesia se iba a apropiar de rasgos nuevos de su carácter para su necesidad particular. Desde el mismo período de tiempo, e incluso antes, es decir, desde el tiempo de la corrupción completa de su posición original, la venida del Señor es ofrecida a la Iglesia. El santo ya no podía ocuparse más en la esperanza de restauración de la Iglesia como un todo profeso y, por consiguiente, la venida del Señor es puesta ante él como su único recurso, para que el remanente fiel pudiera esperarlo a Él, encontrando en Cristo aquello en lo que ellos pudieran apoyarse y confiar, cuando el terreno exterior estaba deslizándose debajo de sus pies. Los que tenían fe especial en Jesús no podían seguir fluctuando con la corriente común de los pensamientos de la iglesia; porque si ellos lo hacían se encontrarían con Jezabel, o con Sardis, teniendo un nombre de que vivían y sin embargo estaban muertos. La fe ha tenido que ser sostenida de una manera especial para guardarme de las seducciones de la «sinagoga de Satanás». La gracia común bastará cuando la propia Iglesia esté en su lugar, pero se necesita gracia excepcional para sostener al creyente cuando la iglesia no está guardando su lugar. Si Jezabel está allí, yo no puedo seguir con la fe común; pues Cristo y la falsedad no pueden seguir juntos. Si tiene un nombre de que vive, estando muerta, yo debo tener algo especial para que sostenga la vida en mí. Por consiguiente, ya sea Jezabel seduciendo [10], o Babilonia adulterando, o Laodicea que va a ser vomitada, yo no podría continuar satisfecho con el estado moral de las cosas. Por consiguiente, necesito una gracia especial adecuada para esto, discernida solamente por la preocupación espiritual, no siendo esta la relación natural entre Cristo y la iglesia. Obviamente que necesitamos la gracia sostenedora de Dios en todo momento, nosotros no podemos proseguir sin ella, como cada uno sabe; yo la necesito, tú la necesitas, todos nosotros la necesitamos. Pero cuando aquello que lleva el nombre de iglesia de Dios se acerca a la maldición, va a ser vomitada, entonces se necesitan una medida doble y un carácter especial de gracia para sostener a los fieles en la estrecha y a menudo solitaria senda en la que ellos serán llamados a andar. Y observen aquí: cuando ellos habían llegado al estado de cosas de Filadelfia, con su poca fuerza y guardando la palabra de Cristo y no negando su nombre, la venida del Señor es presentada para el consuelo de los fieles; y luego el asunto es descartado.

[10] Jezabel es la fuente de daño interior; Babilonia corrompe el mundo; la propia Laodicea es lanzada fuera como sin valor).

Ahora bien, aquí, aunque la iglesia profesa todavía subsiste en la forma, sin embargo, ella es absolutamente rechazada y se declara incondicionalmente que Cristo la vomitará de su boca. El juicio no se ha cumplido, pero es seguro y es asumido como tal. Y el motivo por el cual la venida del Señor es descartada después de Filadelfia, es que, habiéndose arruinado moralmente toda la cosa y sujeta a juicio, el Señor se presenta como estando afuera en Laodicea, «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo» (versículo 20). Si todavía hay santos adentro, el testimonio a ellos es como desde fuera de la escena de la que ellos forman parte. En Filadelfia, todo trato con los santos como manteniéndolos en un lugar de testimonio es finalizado; porque la iglesia profesa se había entonces convertido o en Jezabel en la corrupción, o en Sardis en la muerte, para que sea juzgada como el mundo; y el remanente tenía el testimonio por guardar la palabra de la paciencia de Cristo y son confortados por la convicción de que Cristo vendrá pronto. Ahora ellos debían estar satisfechos con la seguridad de que entonces la sinagoga de Satanás sabría que Cristo los había amado.

En la iglesia de Filadelfia el carácter de la venida de Cristo fue puesto en su lugar verdadero y apropiado. Vista por la Iglesia, la venida de Cristo es para sí misma. Cristo dice, “es por ti por lo que yo estoy viniendo”, y la esperanza de la Iglesia es verlo a Él. Se trata de, “ti,”, y de, “yo mismo”, Él dice que deben estar juntos, constituyendo el carácter de esperanza apropiado de la Iglesia y la alegría cumplida. Por este motivo, en el capítulo 22 de Apocalipsis, después que el Señor ha pasado por la profecía entera, dice: «Yo Jesús he enviado a mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias», – «Yo soy… la estrella resplandeciente de la mañana» (Apocalipsis 22: 16); y la presentación de él mismo despierta el clamor para que venga. Cuando advierte a los hombres, no dice, «He aquí, yo vengo pronto». El Espíritu y la Esposa dicen: «Ven», y entonces, en una respuesta que asegura el corazón, él dice: «Ciertamente vengo en breve»; a lo que la Iglesia responde, «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22: 17, 20). Es así muy evidente que la venida del Señor para llevarse a la Iglesia consigo debe ser algo exclusivamente entre él y la Iglesia. Pero no será así con el remanente de Israel, para ellos se necesitará la ejecución del juicio para que tomen su lugar en la tierra. De hecho, la venida del Señor a la propia tierra debe ser esperada con la ejecución del juicio, recogiendo afuera de su «reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad» (Mateo 13: 41). Y es evidente que la liberación del remanente de Israel relaciona la venida del Señor con la ejecución del juicio sobre lo que lo desprecia a Él, antes de que Israel pueda posiblemente conseguir su bendición. Y esto justifica el fuerte clamor de venganza que encontramos a lo largo de los Salmos; tomen, por ejemplo, el Salmo 94, donde está escrito, «¡Oh Dios, a quien la venganza pertenece, muéstrate» (Salmo 94: 1 – KJV). Ahora bien, nosotros no queremos venganza para estar con Cristo en bendición. Dios nos ha dado, en todos los sentidos, la gracia como nuestra porción, y nosotros tenemos que ver completamente con la gracia. Yo no estoy esperando que venga el Señor y me vengue en mis enemigos, porque estoy esperando ser arrebatado para encontrarme con él en el aire. Y, que pueda entenderse claramente, yo comentaría de nuevo que a lo largo de todas las Escrituras este clamor, en relación con el Señor viniendo a la tierra, es el idioma del remanente de Israel, y no el idioma de la Iglesia de Dios.

Tomen el Salmo 68:23, donde se lee, «Para que tú los quebrantes, teñido tu pie en la sangre de tus enemigos, y saciada de ella la lengua de tus perros» (Salmo 68: 23 – VM). Estos no son los pensamientos que ocupan mi alma en la contemplación de encontrar a Jesús en el aire. Si por medio de la gracia yo me he inclinado ante la gracia del Cordero, entonces no tengo ninguna relación con lo que quedará bajo la ira del Cordero. Es a Él a quien yo estoy esperando por el hecho de lo que es en Sí mismo, aparte de cualquier otra cosa. Así también, en la descripción de los futuros tiempos judíos de bendición en Isaías 60: 12, leemos, «la nación o el reino que no te sirviere perecerá»; mientras que de la Nueva Jerusalén se dice, «las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones» (Apocalipsis 22: 2 - VM). Israel es la escena de los justos juicios de Dios; la Iglesia es la escena de la gracia soberana de Dios; y esto nunca deja de ser así. Porque la Iglesia, como tal, nunca pide venganza; ella verá la justicia de la venganza cuando Dios vengará la sangre de aquellos que han padecido, y se regocijará en que la corrupción sea destruida; pero su propia porción es estar con Cristo. La tierra será liberada a través del juicio; pero nuestra porción es encontrar al Señor en el aire, y estar para siempre con él.

Teniendo la iglesia en Filadelfia su porción apropiada, a saber, la venida del Señor, finaliza el asunto de esta esperanza bendita. En Laodicea, por consiguiente, no hay nada acerca de la venida del Señor, aunque obviamente esto permanece verdadero, pero, aun así, no es puesta ante ella. Es otra cosa lo que está a mano; y aquí entra el carácter profético, porque el Señor está hablando aquí de lo que iba a pasar en el juicio. Él va a juzgar a la propia Iglesia. Él siempre está hablando de la iglesia profesa (debemos recordar esto), de aquello que toma el lugar de la Iglesia de Dios como testimonio para Dios en el mundo. Y observen el carácter peculiar que Cristo toma aquí ahora; pues si la iglesia, este vaso de testimonio para Dios, este testigo, es desechada por el Señor con repugnancia, entonces el Señor mismo aparece como el «Amén, el testigo fiel y verdadero», no tanto en la dignidad de su Persona, como es mostrado en el capítulo 1, sino como el testigo fiel y verdadero, –«el principio de la creación de Dios», como que va a tomar el lugar de aquello que ha fracasado tan enteramente como testimonio de Dios en la tierra.

En la epístola universal de Santiago vemos que el propósito de Dios es, «que seamos nosotros [la Iglesia], en cierto sentido, las primicias de sus criaturas» (Santiago 1: 18 - VM), y la Iglesia tendrá ese lugar en la plenitud de la creación restaurada. Pero, aun ahora la Iglesia es llamada a tener su propio lugar peculiar, como teniendo las primicias del Espíritu; pero, contemplada como en una posición de testimonio, la Iglesia ha fracasado absolutamente, no sosteniendo, en el poder del Espíritu Santo, esta posición de primicias de sus criaturas. Pues, ¿cuáles son los frutos que indican ese poder? ¿No son ellos «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5: 22, 23)? ¿Ven ustedes esto en la iglesia profesa? No; y, por consiguiente, nosotros decimos que la iglesia profesa ha fracasado en ser, en cierto sentido, las primicias de las criaturas de Dios; porque la iglesia profesa no sostiene una posición por sobre el estado presente de la creación o el mundo alrededor de ella. Si un hombre viene a Londres desde China, ¿vería él estos frutos del Espíritu en la iglesia profesa? ¿o encontraría él la misma codicia, el mismo amor al mundo aquí, en todo sentido, como en su propio país? Él podría decir “¿Oh! yo podría hacer todo esto en China. Lo que los cristianos están haciendo en Londres (y los verdaderos cristianos también), yo lo puedo hacer a lo largo de toda China; aunque pueda haber una manera mejor y más refinada de llevarlo a cabo en Londres que en China”. Pero en China están los mismos resultados; porque lo que los cristianos profesos están haciendo en Londres también se hace en China, aunque puede no ser conseguido tan cómodamente con respecto a la carne, pero bastante a fondo en cuanto al corazón.

Yo no creo que la iglesia profesa esté todavía totalmente madura en la condición final de Laodicea; pues si así lo fuera, hubiese sido inútil advertirla. Dios está sosteniendo la brida y no permite todavía que el mal se desarrolle totalmente. Fue así tan verdadero en el principio en Éfeso, en el momento que la Iglesia se apartó de su primer amor; pero no lo encontramos desarrollado hasta el estado laodicense, cuando Cristo vomita de su boca la cosa entera. Y recuerden que es la iglesia profesa la que es vomitada así, y no la Iglesia del Dios viviente, el Cuerpo y la Esposa de Cristo. Tampoco es esta extirpación una mera remoción del candelero; porque cuando no se puede decir de la iglesia profesa, ustedes «no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan 17: 16), entonces, en vez de ser ella el objeto del deleite de Cristo, ella se convierte (y es terrible decirlo) en una repulsa para él: pues leemos, «te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3: 16).

Nada puede ser más solemne que la posición a la que llegará la iglesia profesa, a saber, a motivar una declaración tal por parte del Señor. Nosotros también encontramos en esto otro testimonio notable del carácter sucesorio de estas iglesias. En su carácter general, a pesar de la obra especial de gracia en detalle, la iglesia profesa se hace cada vez peor, hasta que llega a esa condición en la que tiene que ser vomitada de la boca de Cristo; y entonces hay «una puerta abierta en el cielo», y Juan es llevado allí arriba (Apocalipsis 4). Entonces comienza el juicio del mundo, y la introducción del Hijo Unigénito a su herencia terrenal.

Dios ha terminado con la iglesia como testimonio en el momento que Laodicea es vomitada. Y cuando la iglesia ha llegado a este completo estado de fracaso, entonces Cristo la reemplaza como «el testigo fiel y verdadero» de Dios. Cristo se presenta a Sí mismo haciendo lo que la iglesia debería haber hecho. Cristo es el gran Amén de todas las promesas de Dios; y la Iglesia debería haber mostrado de qué forma todas las promesas de Dios eran y Amén en Cristo Jesús; pero la Iglesia no ha podido hacer esto; ha fracasado en poner su amén a las promesas de Dios.

Amén significa «fe y verdad» firmes (véase Isaías 7: 9 - VM). “Si no creyereis, no tendréis estabilidad”, es decir, “si no creyereis [o amén, pues es la misma palabra], no tendréis estabilidad [o no seréis confirmados]”. El significado es, “si tú no confirmarás mis promesas, tú no serás confirmado”. Obviamente, no hay ningún pensamiento acerca de la posibilidad de que Dios fracase en sus propósitos en Cristo y, por consiguiente, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, estará en la gloria con su Cabeza: pero si es un asunto de testimonio en la tierra, entonces realmente la Iglesia no ha puesto en forma práctica su amén a las promesas de Dios en Cristo. Pues la Iglesia fue llamada a manifestar el poder de su llamamiento celestial mientras anda en la tierra; pero ella no ha dado en su andar la respuesta a lo que Dios ha afirmado, pues no vemos a la Iglesia presentando el testimonio celestial por medio del Espíritu Santo, respondiendo al Señor Jesucristo, sentado a la diestra de Dios y, por consiguiente, como Dios no se puede quedar sin testimonio, Cristo inmediatamente se presenta a Sí mismo como el «Amén, el testigo fiel y verdadero», la Persona que va a sellar firmemente todas las promesas y profecías, el que pone el gran amén a todo, como el «testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios». La iglesia profesa ha fracasado; y ella contiene dentro de su cercado una gran masa de personas que nunca se convirtieron, llevando el nombre de Cristo sin poseer la vida de Cristo. Pero, el fracaso comenzó con la Iglesia verdadera; fue por medio de ellos que la corrupción entró sigilosamente; “ellos dejaron su primer amor”, y entonces, como consecuencia, el mundo entró; tal como Dios dice, «Vi… (que) en el lugar de la justicia, allí había iniquidad» (Eclesiastés 3: 16 - VM). Como se dice a menudo: “la corrupción de lo mejor es la peor de las corrupciones”; así que realmente no hay nada en la faz de la tierra entera tan diametralmente opuesto a Dios como la cristiandad profesa.

«El principio de la creación de Dios». Cristo entra aquí como el testigo bienaventurado de que Dios aún establecerá la creación según su propia voluntad, siendo el propio Cristo el príncipe y el centro de toda ella (véase Proverbios 8). Esto no es la promesa de Cristo que viene a llevarse a la Iglesia consigo, como a Filadelfia, sino el propio Cristo tomando el testimonio pleno y perfecto para Dios, y como Aquel en quien se llevan a cabo todas las promesas de Dios, de las cuales la Iglesia debería haber sido la manifestación. En este carácter, Cristo reemplaza a la Iglesia en la manifestación de los propósitos y promesas de Dios, los que, como esto era, no pueden fracasar. Si la Iglesia ha desaparecido irrevocablemente, el testimonio permanece, y eso será el sostén del creyente individual. Aquí se trata de que la fe es sostenida, incluso donde el mal está aumentando como una inundación; aquí está el terreno firme que no puede ser tocado por nada, la fuerza en la que el alma puede permanecer en caso de que la Iglesia haya desaparecido porque el sustento de toda alma es confiar en Él.

Yo me referiría ahora al testimonio general en la palabra de Dios en cuanto al completo fracaso y al consiguiente repudio de aquello que debía haber dado testimonio de Él, para que el honor, el poder, y la gloria redunden exclusivamente para Cristo y solamente Cristo. El hombre, como hombre, fracasó en aquello que le fue encomendado, y entonces vemos a Cristo, el verdadero Hombre, dispuesto en los propósitos de Dios (Salmo 8). La declaración de Dios es que habrá un repudio completo para todo lo que ha llevado el nombre, el título, y la autoridad de Dios en la tierra.

Tomen por ejemplo el poder que fue ordenado por Dios para estar en manos del hombre y que fue así, en cierto sentido el representante de Dios; para que, como cristianos, debamos reconocer las autoridades que hay y someternos a ellas ya que «por Dios han sido establecidas» (Romanos 13: 1). Fueron llamados dioses «aquellos a quienes vino la palabra de Dios» (Juan 10: 35, Salmo 82: 6). Y leemos, «Pero como hombres moriréis, y como cualquiera de los príncipes caeréis» (Salmo 82: 7). Pues bien, ¿cuándo Dios juzga entre los dioses, qué muestra esto? Ellos han fracasado absolutamente, –y lo que sigue es el juicio inmediato que Dios ejecuta. Entonces, con respecto al poder en las manos del hombre, la piedra pequeña, cortada no con manos, hirió la imagen del poder gentil, la que se vuelve como el tamo de las eras de verano, y se lo lleva el viento, y nunca más se halla el lugar de ellos (Daniel 2). Entonces Cristo, según el propósito de Dios, asume el pleno poder del reino.

Presten atención a la paciencia de Dios durante el progreso del mal denotado en esta imagen de Daniel. Hay tres caracteres distintivos del abuso de poder en Babilonia vistos en los tres pasos sucesivos de maldad, –la idolatría, la profanación y la apostasía exaltadora del yo. En primer lugar, hubo idolatría en Nabucodonosor levantando la estatua de oro en el campo de Dura; preparando la idolatría para tener unidad en una influencia religiosa común. En segundo lugar, hubo profanación en Belsasar, quien saca los vasos traídos cautivos del templo de Dios. En tercer lugar, hubo apostasía en Darío quien se hizo a sí mismo un dios. Dios tiene larga paciencia con todo esto, hasta el final, cuando el poder se levante en positiva y abierta rebelión contra Cristo, y entonces Dios, levantándose en el poder de la piedra no cortada con manos, desmenuza la cosa entera como un vaso de alfarero. Entonces la piedra se vuelve un gran monte, llenando toda la tierra. Vemos así que el poder que fue dado al hombre en principio, para ser usado para la gloria de Dios, corrompiéndose en la mano del hombre es usado al final contra Dios. Y aquí termina el poder gentil para dejar paso a Cristo, el gran Vaso de poder y honra para Dios.

Tomen a Israel bajo la ley. Ellos no solo fracasan, caen sobre la piedra y son quebrantados, sino que el espíritu maligno de la idolatría que había salido de ellos, tomará otros siete espíritus peores que él, y entrando, los somete a esta perfección de maldad, y su postrer estado será peor que el primero. Es decir, ellos seguirán madurando en el mal hasta que, por fin, cuando ellos se unan abiertamente en idolatría y maldad apóstata, Dios los abandonará como nación, aunque un remanente será perdonado. Este mismo fracaso está en la casa de David.

Con respecto a la Iglesia de Dios hay mayor dificultad en creer que habrá el absoluto y último rechazo de ella, aunque, obviamente, esto solo será verdad acerca de la iglesia profesa. Es una verdad solemne que cuando el mal entra al principio este continúa aumentando y madurando hasta que el juicio viene; y observen también que el juicio no se ejecuta en ella hasta que dicho mal está totalmente maduro, –«porque aún no ha llegado a su colmo la iniquidad de los amorreos» (Génesis 15: 16 - VM). Este principio está total y claramente expuesto en la parábola de la cizaña. La cizaña fue sembrada al principio, pero no debía ser arrancada enseguida. La cizaña y el trigo tenían que crecer juntas hasta la siega. El Señor declara así positivamente que el daño entró al comienzo y continuaría madurando hasta la ejecución del juicio. No se trata de individuos, o de que si todo el trigo será recogido en el granero (que, obviamente, lo será), sino de que el testimonio público está estropeado. La siega se estropeó en el campo (es decir, el mundo); y eso no podía ser remediado por el hombre, porque, mirada como una siega en el campo, el hombre no es competente para remediarla, porque el hombre no es competente para juzgarla. Además, nuestra incumbencia es la gracia y no arrancar cizaña.

Tomen 2 Tesalonicenses: el misterio de iniquidad estaba en acción en los días de los apóstoles, pero algo impedía su plena manifestación. Y la mismísima iniquidad está todavía en acción, incluso en este, nuestro día, «solo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio» (2 Tesalonicenses 2: 7); pero, el mal continuará todavía en acción hasta que la rebelión abierta y apóstata terminará en la ejecución plena del juicio.

Tomen el Libro de Apocalipsis. Sin entrar en detalles, hay un testimonio amplio y muy claro de lo que será el fin de la época entera: «Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos a manera de ranas» (capítulo 16: 13). Las personas pueden intercambiar opiniones sobre lo que pueden ser estas ranas, pero una cosa está bastante clara, y es que ellas son algún poder de maldad que van a los reyes de la tierra para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso para combatir contra Dios. Las cosas están madurando de esta forma hasta la manifestación más plena del mal; y cuando la iniquidad haya llegado al máximo, entonces una gran voz del trono dirá: «Hecho está» (Apocalipsis 16: 17), y entonces el juicio sigue inmediatamente. Nosotros entendemos algo que es más claro para nosotros, aunque ello es aplicado directamente a la iglesia profesa.

Antes de la introducción de ese estado perfecto de bien relacionado con el poder y el reino de Cristo, vemos todos los hilos diferentes del mal moviéndose juntos para un juicio común.

El hombre, en su carácter de rebelión abierta, poniéndose en el lugar de Dios, debe ser juzgado.

Además, Israel está asociado con el poder apóstata, volviendo a la idolatría, de la cual Abraham había sido llamado fuera; identificándose ellos mismos con los gentiles apóstatas, y diciendo: «No tenemos más rey que César» (Juan 19: 15). Por consiguiente, habiéndose vendido a sí mismos por sus pecados a César, ellos deben regresar de nuevo a César, y asociarse en el mal con los gentiles y finalmente ser juzgados con ellos mientras unos escogidos heredan la bendición. Acerca de la propia nación judía, leemos en Isaías 66 acerca de su alejamiento completo: –«comen carne de cerdo».

Está entonces la corrupción babilónica de la cristiandad; porque el carácter de Babilonia es aquel de corrupción idólatra, y ella será destruida de la misma manera. Todo el mal habrá llegado entonces a su colmo. La mujer que se sienta sobre la bestia escarlata, la madre de las rameras, los resultados plenos de la seducción de Jezabel; la bestia, que es el poder; el falso profeta; el hombre en rebelión; la cristiandad en apostasía; la palabra de Dios desestimada; el alejamiento de la ley; la gracia despreciada: todas estas formas variadas de mal son encontradas apiñándose y fusionándose y serán al final el único objeto común del juicio (el mal siendo así totalmente desestimado para que no pueda quedar nada excepto lo bueno).

¿Está la iglesia profesa exenta de todo este juicio? Ciertamente no. Aunque el trigo será recogido a buen recaudo en el granero, sin embargo, si tomamos la palabra de Dios como nuestra guía no podemos suponer ni por un momento que la iglesia profesa puede estar exenta de este juicio general. Tomen a Judas, el cual al escribir a los santos dice que fue necesario que él los exhortara a contender ardientemente por la fe que les había sido una vez entregada; ¿y por qué? Porque, «han entrado disimuladamente ciertos hombres impíos… los cuales tornan en lascivia la gracia de nuestro Dios, y reniegan de nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo» (Judas 4 - VM). «De estos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías» (Judas 14, 15). Pero, ¿dónde se encontraban estos falsos hermanos? Se encontraban en la Iglesia de Dios, como dice Judas: «Estos que participan en vuestras comidas fraternales son manchas» (Judas 12 – RVA). Ellos no se encontraban entre los judíos, ni siquiera entre los paganos, sino en la Iglesia de Dios, corrompiéndola, «apacentándose a sí mismos sin temor alguno» (Judas 12 - RVA). Dios ha permitido, de manera muy benigna, que hubiese una manifestación marcada de todas las fuentes y formas de mal que posiblemente pudiesen surgir antes que el canon de la Escritura fuese cerrado; para que tuviésemos el juicio de la palabra escrita de Dios acerca de todo mal cuando este surge. Y sin esto, no podríamos descubrir la excedente sutileza del misterio de iniquidad el cual todavía está en acción, sino que, teniendo la palabra escrita como nuestra guía, somos exhortados como hijos de Dios a juzgar todo solamente por medio de esta. Por otra parte, en 2 Timoteo 3 leemos, «en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, etc.», siendo hecha manifiesta su falsa piedad por ser ellos «amadores de los deleites más que de Dios», y también «tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella». Y noten que no es simple judaísmo lo que se quiere significar aquí, aunque el espíritu del judaísmo está en acción. Y también se añade que, «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados». Luego el apóstol (habiéndose ocupado de las variadas características de esos falsos hermanos que «han entrado encubiertamente», las cuales también nos sirven como una guía a nosotros), da por finalizado todo diciendo a Timoteo: «Más persevera tú en las cosas que has aprendido, y de que has tenido la seguridad, sabiendo de quién las aprendiste; y que desde la niñez has conocido las Santas Escrituras, que pueden hacerte sabio para la salvación, por medio de la fe que es en Cristo Jesús» (VM); porque «Toda la Escritura es inspirada por Dios; y es útil para enseñanza, para reprensión, para corrección, para instrucción en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, estando bien preparado para toda buena obra». Nosotros aprendemos así, en las instrucciones de Pablo a Timoteo, que el único lugar firme y seguro del hombre de Dios en este día de creciente iniquidad es las Santas Escrituras; y eso, en el sencillo uso piadoso de ellas, como él y su madre y abuela, mujeres piadosas, las habían estudiado, –las mismísimas Santas Escrituras que él había leído desde su juventud. No es la autoridad o el poder (ni siquiera el poder del Espíritu de Dios) en lo que el santo puede confiar para ser guiado, aparte de la sencilla palabra escrita de Dios.

Aprendemos entonces, de estas Escrituras a las que nos hemos estado refiriendo, que la ocasión inmediata, el objeto y la fuente interna de todo el juicio terrible que está viniendo, es la propia iglesia profesa. Ella debería haber sido el testimonio de Dios en la tierra, la epístola de Cristo conocida y leída de todos los hombres; pero, habiéndose corrompido, es esta iglesia profesa la que principalmente y definitivamente hace descender la ira de Dios. ¡OH! queridos amigos, no puede haber un asunto más solemne que esto, que no solo Israel y la bestia caerán bajo el juicio, sino que, según la propia palabra de Dios, la iglesia profesa quedará bajo la misma condenación. Yo aplico aquí la palabra “iglesia” a la cristiandad, a lo que profesa llevar el nombre de Cristo. Está el mismo testimonio en la Epístola de Juan, «así ahora han surgido muchos anticristos» (1 Juan 2: 18). Yo no tengo ninguna duda de que el Anticristo se levantará entre los judíos y él será una manifestación plena de ese espíritu de Anticristo que aun ahora niega al Padre y al Hijo y también niega que Jesús es el Cristo. De hecho, muy horrenda cosa es pensar en esa apostasía que lleva un carácter religioso, tal como ella lo hace; pues la negación de la verdad cristiana es lo que caracteriza a los muchos anticristos, y aunque habrá una apostasía plena, aun así, será una apostasía a partir de las doctrinas de la cristiandad. ¡Cuán pronto entró el espíritu de esto! ¡Cuán prontamente hubo allí una causa para decir que, «todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús»! (Filipenses 2: 21). Que el Señor abra, en su gracia, los ojos de sus santos para que vean el tono y el carácter real de estos postreros días malos, y para recordar que, aunque él ha tenido larga paciencia mientras reúne afuera las almas para salvación, y en este sentido para tener «entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación» (2 Pedro 3: 15), –es decir, que su juicio, aunque demorado, no ha cambiado; porque la palabra ha salido de su boca, y el único remedio para el presente mal está en el juicio.

Desde el mismo comienzo de la Iglesia vemos que entran los principios de corrupción. El testimonio para Dios fracasó. La cizaña fue sembrada, la siega se estropeó así en el campo; el misterio de iniquidad estaba en acción. En el mensaje a Laodicea encontramos al Señor mostrando los principios malignos que entraron al comienzo produciendo el doble carácter encontrado en Laodicea. El objeto para el que la semilla había sido sembrada en el campo fue estropeado. En vez de ser un testimonio para Dios, la iglesia dice: «Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad» (Apocalipsis 3: 17). Encontramos así que hay dos asuntos de importancia especial como características de esta iglesia de Laodicea, –a saber, gran pretensión por las riquezas espirituales en sí misma, y ni frío ni caliente con respecto a Cristo. En primer lugar, hay gran pretensión por las riquezas espirituales; pero, por otra parte, con respecto a la vida, ellos tenían la forma de ella, pero no el poder– «no eres ni frío ni caliente» (versículo 15 - VM). No es aborrecimiento positivo para con Cristo, pero no es celo positivo por Cristo. Es la Iglesia que sigue en la comodidad exterior y la mundanalidad, y haciendo, al mismo tiempo, grandes pretensiones de riquezas espirituales, que son una señal segura de pobreza; pues siempre que veamos una tal gran profesión de poseer dentro de sí misma las riquezas de Dios, estaremos seguros de encontrar pobreza. ¿Y por qué? Porque esas riquezas solo se pueden encontrar en Cristo. Cuando la Iglesia dice: «Yo soy rico, y me he enriquecido [haciéndose a sí misma el vaso de gracia, en vez de Cristo], y de ninguna cosa tengo necesidad», ella alardea de riquezas dentro de sí misma. Por tanto, al hacer esto, ella no pone su «amén» a las promesas de Dios en Cristo Jesús, ni es el testigo verdadero y fiel para Dios. La Iglesia deja de ser esto, aparta la mirada de Cristo como la única fuente; y cuando ella asume para sí misma el hecho de ser el vaso de riquezas, entonces ella necesariamente se vuelve un testigo falso en vez de uno verdadero. Porque en el momento en que yo digo que la Iglesia es todo esto o todo aquello, o que la Iglesia es lo que yo estoy considerando y no a Cristo, el ojo es apartado completamente de Cristo hacia la Iglesia; yo la estoy mirando a ella en vez de a Él, no obstante, lo mucho que yo pueda pretender honrarlo a él. La fidelidad de Dios no es el asunto aquí, sino nuestro fracaso. Esto es de la mayor importancia para guardarnos contra el engaño.

En Filadelfia ellos no poseían todas las riquezas con que fueron dotados en Cristo: ellos tenían poca fuerza, y todo lo que el Señor podía decir de ellos fue, que ellos habían guardado su palabra, y no habían negado su nombre. Si bien había pobreza palpable en la Iglesia, Cristo estaba deleitándose en ellos y podía decir: «Yo estoy a tu favor, y estoy viniendo por ti. Yo haré que los de la sinagoga de Satanás… sepan que yo te he amado» (Apocalipsis 3: 9 - VM). Pero desde el momento que hay pretensión de riquezas en sí misma, cuando ella se da crédito con estas riquezas, en vez de que Cristo esté deleitándose en ella, hay una expresión de repugnancia positiva, –«te vomitaré de mi boca». Y si consideramos a la iglesia profesa en el día actual, veremos de qué manera ella está entrando en este estado, rica en sí misma. Cuando yo no encuentro sino muy poca fuerza, mientras la palabra es guardada y su nombre no es negado, entonces puedo decir: “Anímense; el Señor está viniendo pronto”. Porque reconocer que yo soy pobre y que no tengo sino poca fuerza, no es necesariamente incredulidad en Cristo; no está necesariamente negando lo que tenemos en él para nuestro uso cuando nos apoyamos en él para obtener fuerza porque nosotros no tenemos ninguna. Es el Cuerpo obteniendo la plenitud desde la Cabeza. Pero cuando encuentro en una iglesia este pensamiento de plenitud y riquezas en sí misma, entonces digo: “Ustedes están avanzando hacia Laodicea cuyo fin es ser vomitada de la boca de Cristo”. La iglesia en Laodicea, teniendo el pensamiento de plenitud y riquezas dentro de ella, era absolutamente ignorante de su estado ante Dios, –pues leemos: «Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (versículo 17). Por consiguiente, dice el Señor: «yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas» (versículo 18).

Esta iglesia no estaba considerando al Señor para estas cosas, y, por consiguiente, carecía de cada una de ellas. El oro es la justicia divina –el gran contraste con la justicia humana–, y es eso lo que caracteriza la posición y las riquezas y el fundamento de los santos. Las «vestiduras blancas» son las obras de los santos, que son los frutos de creer en la justicia divina. Ellos son consecuentes con la posesión de la justicia divina. La justicia humana es una cosa bastante distinta de la justicia de los santos; porque la justicia de los santos emana de corazones puestos en libertad por la justicia divina. Si miramos a un faquir en India, o a un derviche en Turquía; nosotros encontramos bastantes obras, pero nunca nada que esté fundamentado en la redención. Las obras del Espíritu emanan del Espíritu que ha sido el sello de la justicia divina al alma; estas obras santas son los frutos del Espíritu Santo en nosotros. Aquí, entonces, lo que les faltaba a los de Laodicea eran «vestiduras blancas». Por consiguiente, ellos no habían obtenido ni siquiera la justicia de los santos, porque, estando sin la justicia divina, no podían tener ninguna justicia espiritual práctica, ninguna obra santa; tal como ha sido dicho que «el lino fino blanco es la perfecta justicia de los santos» (Apocalipsis 19: 8 - VM). Ellos también estaban carentes de «colirio»; porque estaban tan ciegos como la naturaleza puede estar para las cosas de Dios, y sin el discernimiento espiritual en ninguna cosa, y aun así estaban diciendo: «Nosotros vemos»; y por consiguiente su pecado permanecía. De esta forma, no teniendo ni la justicia divina ni los consecuentes frutos del Espíritu, y permaneciendo todavía en la ceguera de la naturaleza, Laodicea carecía de todo. Había abundancia de pretensión, mientras faltaba todo lo que era real ante Dios, y todo lo que era ficticio estaba allí.

Pero, el Señor aún no desiste de todo trato con ellos; sino que aquí, en Laodicea, el Señor asume un carácter externo; porque cuando la iglesia nominal se ha situado en una posición judía de manera práctica, entonces el Señor asume su posición afuera, y llama a almas individuales que están adentro: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz…». El Señor desea obtener atención; él quiere ser admitido. él advierte a la iglesia de lo que está viniendo sobre ella, –del juicio positivo; pero hasta que ese juicio sea ejecutado, él necesariamente sigue en el ejercicio de su propia gracia bienaventurada. Pero, sus objetos son los individuos, porque la iglesia es desahuciada. «Si alguno… abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, él conmigo» (versículo 20); «él tendrá su porción en mi mesa». «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono» (versículo 21).

Ahora bien, observen ustedes que, aparentemente, esta es una gran promesa; pero me parece que es lo mínimo pues es simplemente un lugar en la gloria celestial. A ellos no se les habla de ninguna asociación especial con Cristo, tal como encontramos en la promesa a Pérgamo, o incluso al fiel en Sardis o en Tiatira. Ni es ningún pensamiento de cercanía individual, la cual es exclusivamente la porción de la Esposa, revelada como motivo. Reinar con Cristo es simplemente la manifestación pública del galardón y la gloria, que es una cosa muy diferente de la intimidad secreta del «maná escondido» y de la «piedrecita blanca». La llamada a la puerta fue oída, y por medio de la gracia fue obedecida; y ellos suben a la gloria celestial. Ellos han vencido y, por consiguiente, ciertamente deben tener su galardón, «que se siente conmigo en mi trono». Estos también tienen su parte en la «primera resurrección» y, como tales, reinan con Cristo. Pero otro tanto se podría decir de los dos testigos. Ellos subieron, «y sus enemigos los vieron» (Apocalipsis 11: 12). Ellos se sientan en tronos; ellos tienen su galardón, pero el galardón solo se suma al hecho de que tienen su lugar en la gloria. Pero no está la misma intimidad, no está el deleite especial, no está el gozo filadelfio de Cristo teniendo a la Iglesia por causa de ella, y la Iglesia que tiene a Cristo por causa de Él. No obstante, ellos obtienen su lugar en la gloria.

El testimonio solemne del Señor es que la iglesia profesa va a ser vomitada de su boca; y esto debemos entenderlo claramente, con más dolor en nuestros corazones que el juicio del mundo, teniendo un carácter mucho más terrible para el corazón que el juicio del propio Anticristo, porque es algo que repugna a Cristo –que es nauseabundo para Él–, debido al hecho de haber tenido esta un tipo de relación exterior con Él. Y de ahí la importancia de esto, si pensamos acerca de aquello en medio de lo cual estamos. Y al hablar de la iglesia profesa en el día en el que vivimos me refiero a lo que normalmente se llama la cristiandad, llevando el nombre de Cristo, pero negándolo en sus obras. Encontramos el corazón, los pensamientos y la naturaleza de Cristo, rechazando absolutamente como repugnante a la que había estado profesando tener una posición relacionada con él mismo.

Habrá al final mayor relación entre el judaísmo y la cristiandad nominal de la que las personas generalmente suponen. El cordero con dos cuernos, el falso profeta de Apocalipsis asumiendo el carácter de Mesías, actuará en manos del emperador romano. Desde el mismo comienzo la corrupción en la Iglesia ha tenido este doble carácter, de idolatría, el culto a los ángeles, etc., y el judaísmo. Tomemos la Epístola a los Colosenses: «Cuidado, no sea que haya quien os lleve cautivos, por medio de su filosofía y vana argucia» (Colosenses 2: 8 - VM), o que, «os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo» (Colosenses 2: 16); y, además, «Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles» (Colosenses 2: 18). Tomemos entonces el libro a los Gálatas: donde leemos que por sugerencia de los judíos ellos estaban observando los días, los meses, los tiempos, y los años. La tendencia ha sido siempre mezclar la cristiandad con el judaísmo; y cuando el judaísmo es desechado por Dios, esto no es nada mejor que el paganismo (véase Gálatas 4: 8 al 10). La religión carnal, el culto a los ángeles de los gentiles, la filosofía y la vana argucia, por un lado, y el judaísmo de guardar los días, los meses y los años, por el otro, habían entrado en la iglesia al comienzo y fueron la ocasión para la advertencia de Pablo en contra de volverse atrás a los pobres rudimentos y a esa esclavitud judía de la que ellos habían sido gratuitamente liberados.

Como él dice: «Mas ahora, conociendo a Dios… ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?» (Gálatas 4: 9). Dios se había ocupado de la carne en Israel para demostrar que no había nada bueno en ellos; él había permitido al judío seguir la tendencia de la religión del hombre dándoles la ley y las ordenanzas, y la ropa suntuosa y los edificios vistosos, con el sonido de trompetas y cosas por el estilo. Pero ahora Cristo ha venido; y él es «el fin de la ley para justicia» (Romanos 10: 4 - VM), por medio de lo cual los gálatas fueron liberados de toda su ignorancia irreligiosa y de dioses falsos. Pero, además, ellos vuelven atrás, y, abrazando el judaísmo, ellos realmente volvieron atrás nuevamente, como aún vivos en la vida de la carne, en este mundo, en el viejo paganismo, en el espíritu de lo que es la religión de la carne. Como se supone, Dios puede haber usado estas cosas para probar al hombre hasta que la Simiente prometida viniera. Pero ahora esto tiene su propio carácter, como antes en el paganismo, sin Dios en ninguna manera –la justicia de la carne, que echará mano de cualquier cosa que le dará una forma de cubierta razonable. Por consiguiente, la marea de corrupción que se instaló en el comienzo –este retroceso a los pobres rudimentos–, religiosidad en la carne, que se establecerá a sí misma en las ordenanzas, buscando cualquier cosa en vez de colirio, seguirá aumentando hasta el fin, siendo todo un solo principio; y así se une con lo que es formalmente el judaísmo, y el judaísmo con esto en un carácter idólatra pleno. El engaño del día presente es el judaísmo; es aquello que se satisface con cualquier cosa que asuma la apariencia sin el poder de la piedad.

Es ese principio de idolatría babilónica que finalmente gobernará por medio de la bestia. El espíritu de infidelidad aceptará cualquier cosa excepto la reivindicación de la verdad; aceptará el judaísmo como tal, y aceptará el sistema babilónico como tal. Y la consecuencia será que los judíos incrédulos serán seducidos por el poder babilónico asumiendo la forma de judaísmo en el Oriente, mientras que en el Occidente será la idolatría babilónica declarada. Y es muy solemne pensar que este mundo a través del cual estamos andando va a ser la escena de todas estas cosas. Y no obstante lo mucho que la iglesia profesa puede ser ahora el orgullo y la jactancia del hombre, al final será vomitada de la boca de Cristo como tal, con cada pretensión, incluso con su pretensión de tener el pleno poder del Espíritu Santo, pero con nada que le dé a Cristo su valor, sino atribuyéndose todo el valor a sí misma, dándose crédito a sí misma con esto.

Que el Señor nos mantenga en la condición de Filadelfia –puede ser con muy poca fuerza– y, sin embargo, guardando la palabra de su paciencia y en el disfrute consciente de la asociación perfecta con él, el cual ha puesto ante nosotros una puerta abierta, y la mantendrá abierta hasta que venga y nos tome consigo.

8 - Apéndice

Las notas precedentes de las conferencias cuyo objetivo fue la edificación práctica de los santos de Dios brindan espacio para expresar con más precisión lo que yo creo que son los estados sucesivos de la Iglesia, a los cuales la condición moral revelada en cada una de las iglesias es aplicable respectivamente.

El lector de las “Conferencias” recordará que él no debe esperar encontrar en ningún caso la energía activa del Espíritu de Dios que produce la bendición de la Iglesia, sino la forma o condición de la iglesia profesa después que esa energía ha estado en acción y que la responsabilidad del hombre entra a actuar. Puede haber una medida de bendición, o gran culpabilidad. Pero la energía del Espíritu Santo no puede ser el objeto del juicio.

De hecho, la primera iglesia muestra la decadencia de los santos de la primera condición de bendición producida por el poder del Espíritu Santo. Esto señala de manera suficiente la época a la que se refiere mientras caracteriza, de una manera general, el resultado para la iglesia profesa completa, como un sistema establecido por Dios en este mundo, como una luz en el mundo (y aquí la Iglesia es considerada como tal); no en su seguridad como el verdadero Cuerpo viviente de Cristo, según el poder de redención asegurado por el poder inagotable de Cristo.

Ella había dejado su primer amor. Este fue el punto que señaló que el hombre había fracasado bajo la bendición de Dios. Si la Iglesia, como vista en el mundo, no volvía a hacer sus primeras obras, esta sería quitada. Este ya era su estado en los días apostólicos inmediatamente después de su primer establecimiento; porque así es el hombre. La responsabilidad bajo el don del Espíritu Santo, el fracaso, la amenaza de remoción si no había un retorno a su primer estado –tal es la palabra a Éfeso. Ella es llamada a volver a la obra del Espíritu Santo, en resultado práctico al principio. Había mucho que aún era bueno, entre otras cosas, el hecho de mantener los vínculos de relación natural como lazos morales, y el juicio de aquellos que pretendían la enseñanza autorizada. Pero había un práctico alejamiento de corazón de Cristo.

Esto pronto pavimentó el camino para poner a la Iglesia en tribulación (no obstante, durante un tiempo limitado). Los pobres del rebaño, los fieles, serían sometidos a las imputaciones injuriosas de aquellos que profesan haber establecido derechos de ser el pueblo de Dios, y a persecución desde afuera. Esto caracterizó a la Iglesia. Este estado duró desde los emperadores Nerón a Diocleciano.

Después de esto, otro estado de cosas caracterizó a la Iglesia. Ella había pasado a través de la persecución, y había habido mártires fieles. El mundo, dónde estaba su morada terrenal, había sido su enemigo. Ahora las doctrinas, o más bien la enseñanza, entró, lo que la llevó a la asociación con el mundo –a cometer fornicación, y a comer cosas sacrificadas a los ídolos; y de este modo, cuando él no pudo maldecir y destruir como un enemigo, Balaam no había terminado con Israel; él aconsejó la corrupción como amigo. Hubo también doctrinas que llevaron a malas obras que aprobaron la ruptura de los lazos morales directos. La fidelidad personal fue llamada de en medio del mal. Esto continuó desde el emperador Constantino –ya estaba entrando encubiertamente antes, pero ahora caracterizó a la Iglesia y continuó haciéndolo así hasta que se convirtió en un sistema establecido; y el catolicismo romano, como tal, fue madre de hijos en la iglesia profesa.

Así es Tiatira. Jezabel no es simplemente una profetisa que seduce a los siervos de Dios, como aquellos que sostenían la doctrina de Balaam; ella es la madre de hijos. Aquellos que se asociaron con ella estarían en gran tribulación –sus hijos bajo juicio absoluto. Ya aquí la llamada para oír está después de la separación del remanente. En las tres primeras iglesias esto estaba todavía en relación con el Cuerpo entero; y, más aún, todo arrepentimiento y restauración del Cuerpo en general son descartados, y se ofrecen la venida de Cristo y el cambio entero de dispensación como la esperanza de los santos. Yo entiendo que esto finaliza la historia profética general del Cuerpo entero en general.

Tenemos a continuación el protestantismo (yo no digo la Reforma, como una obra del poder activo de Dios en el Espíritu Santo), sino el gran resultado público entre los hombres en la cristiandad profesa. Por consiguiente, Cristo es visto otra vez con todo en su mano para la Iglesia. Acerca de la propia Iglesia, ella tiene un nombre de que vive, pero está muerta. No es ninguna Jezabel dando a luz hijos de corrupción y prostitución e idolatría; pero no hay ninguna respuesta a lo que se ha recibido y oído. Ella sería visitada en juicio al igual que el mundo en la venida de Cristo (compárese con 1 Tesalonicenses 5). Se puede comentar que los estados característicos generales descienden hasta el final, como Éfeso, Tiatira, Sardis, Filadelfia y, obviamente, Laodicea, aunque algunos pueden comenzar tarde.

Pero no todo iba a ser dejado en este estado. No iba a haber restauración de la fuerza. Si me permiten hablar de esta forma, los siete Espíritus y las siete estrellas eran inútiles en la mano de Cristo, si no eran para condenar. Pero habría un grupo fiel a Cristo, guardando su palabra, no negando su nombre, teniendo solo un poco de fuerza, pero que abre la puerta ante él. Es expuesto el carácter de Cristo, no su poder; y la consistencia, la obediencia, la dependencia y poseer a Cristo, son señalados por el Espíritu Santo como caracterizando a aquellos acerca de quienes Cristo mostraría que él había amado. Ellos fueron consolados con el pensamiento de que él estaba viniendo pronto.

El resultado permaneció, aparte de estos despreciados –el resultado para el cuerpo profeso general. No fue la corrupción de Jezabel, sino la tibieza, tener una idea elevada de lo que ella tenía, pero sin la justicia divina, sin el discernimiento espiritual, sin los frutos de un carácter espiritual. Ella fue vomitada de la boca de Cristo. Así fue el final del mundo profeso, tan claro como el de Jezabel. Por tanto, la historia característica completa de la iglesia profesa es presentada desde los días de los apóstoles hasta que es absolutamente rechazada, o juzgada por el juicio de Dios: una advertencia ya dada a Éfeso, pero ejecutada, después de una paciencia maravillosa, en Jezabel y Laodicea, Cristo entonces, como en su título en el mensaje a Laodicea, tomando el lugar de testigo, el cual la Iglesia no fue capaz de mantener. El Señor nos dé ahora un verdadero carácter filadelfio.


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