Los consuelos de Dios

Salmo 94


person Autor: Hamilton SMITH 58

flag Tema: Salmos


Este salmo muestra de manera muy alentadora cómo el hombre piadoso puede experimentar los consuelos de Dios en el sufrimiento y «descansar en los días de aflicción» (v. 13, 19).

Los sufrimientos de los que habla el salmista son los que resultan de una vida de fidelidad a Dios en un mundo que lo rechaza, un mundo en el que, actualmente, se gozan «los impíos» (v. 3), en el que pronuncian «cosas duras» contra Dios y su pueblo (v. 4), en la que se vanaglorian (v. 4), en la que «quebrantan» al pueblo de Dios y «afligen» su herencia (v. 5), en la que actúan con violencia hacia los necesitados (v. 6) y desafían a Dios (v. 7).

Las circunstancias en las que se encuentra el cristiano pueden ser muy diferentes a las del salmista, pero los consuelos e instrucciones de este salmo siguen siendo válidos hoy en día. Sigue siendo cierto que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tim. 3:12). Quizá experimentemos que los sufrimientos más dolorosos son los que provienen de personas que, al menos en apariencia, forman parte del pueblo de Dios. El apóstol lo comprendió cuando, a causa de su vida fiel, fue abandonado por «todos los de Asia» (2 Tim. 1:15), tuvo que enfrentarse a «opositores» (2:25) y sufrió «mucha maldad» por parte de algunas personas (4:14).

Sin embargo, ya sea en los días del salmista o en los últimos días de la cristiandad, el que desea caminar en obediencia a Dios experimentará que un tiempo de sufrimiento puede convertirse en un tiempo de bendición. Pero, para que esto ocurra, primero debemos renunciar a cualquier idea de salir de eso con nuestras propias fuerzas y vengarnos de quienes se oponen injustamente a nosotros y nos hacen daño. Por mucho dolor que sufra, el cristiano debe renunciar a la venganza. Cuando la carne es insultada y sufre injustamente, siempre está dispuesta a tomar represalias. Cuando alguien se opone a nosotros o nos habla mal, nos gustaría vengarnos. Pero el hombre fiel no devuelve mal por mal, ni insultos por insultos. Dios no confía al creyente la tarea de enderezar a los que se le oponen. La venganza solo le pertenece a él: es el «Dios de las venganzas» (v. 1).

Entonces, como cristianos, ¿somos impotentes e indefensos ante los que hablan «cosas duras» contra otros, mientras se jactan de sí mismos (v. 4)? Al contrario. El salmo muestra que tenemos el mayor recurso de todos: el Señor mismo. La fe se basa en que nada se le escapa. Él oye cada palabra malvada, ve cada acto malo, conoce cada motivo secreto. «El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá? El que castiga a las naciones, ¿no reprenderá? ¿No sabrá el que enseña al hombre la ciencia? Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad» (v. 8-11). Los hombres mal intencionados pueden decir palabras agresivas contra los fieles y calumniarlos en secreto, pero el Señor oye, el Señor ve, el Señor sabe.

Al hacer de la prueba un motivo para acercarse al Señor, el creyente encontrará una gran bendición. Aprenderá que todas las pruebas y sufrimientos que ocurren en su vida son permitidos por Dios, y hacen parte de su disciplina (comp. Hebr. 12:5-7). Al recibir una bendición a través de la disciplina, podrá decir: «Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, corriges, y en tu ley lo instruyes» (v. 12).

El diablo busca ocupar nuestros pensamientos con la prueba para poner distancia entre nosotros y el Señor. Trata de llenar nuestras mentes con las palabras y hechos malvados de aquellos que nos perjudican para «enojarnos», para «afligirnos» y para poner «amargura» en nuestras almas como vemos en la historia de Ana (1 Sam. 1:6, 8, 10). Al hacer de las pruebas una oportunidad para acercarse a Dios, la fe no solo vence al diablo, sino que transforma la prueba en una fuente de bendición.

Cuando nos volvemos al Señor, las acciones y las palabras de los que nos perjudican dejan de llenar nuestra mente. Y, a solas con él, comprendemos que permite la prueba para nuestro bien. Así, mantenemos al Señor entre nosotros y la prueba y no permitimos que se interponga entre nosotros y él.

También aprendemos que, si Dios permite que la gente hable malas palabras o actúe mal contra nosotros, quiere usar esta prueba para corregir muchas cosas en nuestros pensamientos, palabras y acciones que no están de acuerdo con él. No castiga voluntariamente a los suyos, pero lo hace cuando ve que la prueba es necesaria. A través de ella descubrimos la insospechada maldad de nuestro propio corazón. Juzgamos nuestra carne y nos lleva a decir, como Job: «Me aborrezco» (42:6). Una cosa es aceptar como verdad doctrinal que no hay bien en la carne, y otra muy distinta es experimentar esta verdad por nosotros mismos en la presencia de Dios.

Si miramos más allá de la prueba presente y vemos la mano del Señor obrando para nuestro bien, encontramos descanso y paz mental, y abandonamos la irritación y la amargura. Esto es lo que logró Ana en su gran prueba. Después de volverse a Jehová y «derramar su alma ante Jehová», «y no estuvo más triste». Su situación no ha cambiado, pero ella misma ha cambiado. Al derramar su alma ante el Señor, había pasado de la amargura al descanso (1 Sam. 1:15, 18).

A través de la disciplina de amor del Señor, aprendemos no solo a discernir y juzgar la maldad de nuestro propio corazón, sino también a descubrir la bondad y la gracia del corazón de Dios. Así, en el resto del salmo (v. 14-20), el hombre piadoso se ocupa de Dios y de todo lo que es para los suyos.

En primer lugar, sabe que, aunque Jehová castigue, «no abandonará Jehová a su pueblo, ni desamparará su heredad» (v. 14). Del mismo modo, el autor de la Epístola a los Hebreos recuerda a los creyentes la promesa de Dios: «No te dejaré, ni te desampararé» (13:5).

En segundo lugar, el hombre piadoso sabe que el Señor es su ayuda. No debe vengarse de sus enemigos y pregunta: «¿Quién se levantará por mí contra los malignos? ¿Quién estará por mí contra los que hacen iniquidad?» (v. 16). Su experiencia pasada responde a estas preguntas: «Si no me ayudara Jehová, pronto moraría mi alma en el silencio» (v. 17). Asimismo, seguro de que el Señor nunca le abandonará, el cristiano puede decir con confianza: «El Señor es mi ayudador; no temeré» (Hebr. 13:6).

En tercer lugar, el hombre piadoso se da cuenta de que no solo necesita ayuda a causa de sus enemigos, sino que necesita apoyo a causa de su propia debilidad: «Cuando yo decía: Mi pie resbala, tu misericordia, oh Jehová, me sustentaba» (v. 18).

Así, a través de la prueba, el salmista sabe que Jehová no lo abandonará, que es su ayuda y que lo sostendrá. El profeta Isaías también menciona estas tres cosas cuando dice: «No temas, porque yo estoy contigo… Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Is. 41:10).

Al llevar nuestros sufrimientos al Señor, no solo estaremos a salvo «en los días de aflicción» (v. 13), sino que también recibiremos sus «consuelos»: «En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma» (v. 19). Aprendemos que él está con nosotros, para ayudarnos en todas nuestras dificultades y llevarnos en nuestra debilidad. Así, los muchos pensamientos que distraen la mente se desvanecen, dando paso a los consuelos del Señor que «alegraban mi alma» (v. 19).

Guardando al Señor como objeto de nuestras almas, y dejándonos llenar por sus consuelos, ya no tememos a los malvados. Como diría más tarde el apóstol: «En nada aterrados por los adversarios» (Fil. 1:28). Estos hombres pueden juntarse «contra la vida del justo, y condenan la sangre inocente» (v. 21), pero Jehová es su «refugio» frente a cada asalto del enemigo y la «roca de su confianza» en cada tormenta. El Señor nunca abandonará a los suyos (v. 14), y a su debido tiempo destruirá a los malvados (v. 23).

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2015, página 103


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