¿Qué es una reunión de asamblea?

Hebreos 2:11-12; Mateo 18:15-20; 1 Corintios 14:23-33


person Autor: Henri ROSSIER 18

flag Tema: La iglesia local y las reuniones


1 - La Asamblea

Antes de contestar a la pregunta de nuestro título, es necesario recordar brevemente lo que es la Asamblea según la Palabra de Dios.

La Asamblea, o Iglesia, se compone de todos los rescatados de la dispensación actual, desde Pentecostés hasta el retorno del Señor. En ese sentido, todos los santos, los que estén todavía aquí cuando el Señor venga, y los que hayan sido llevados con Él antes de su venida, forman parte de ella, pero comúnmente la Palabra de Dios considera a la Asamblea como estando compuesta de todos los miembros de Cristo presentes sobre la tierra en un momento determinado.

La Asamblea es la esposa de Cristo a quien amó, por la que se dio a sí mismo y a quien se la presentará gloriosa; pero también nos es mostrada bajo dos aspectos con relación a lo que nos ocupa:

1. Es el Cuerpo de Cristo. Este Cuerpo fue formado en Pentecostés (Hec. 2). En ese día, el Señor sentado en el cielo a la diestra del Padre después de la obra de la redención, envió a la tierra el Espíritu que recibió (Hec. 2:33) para unir juntos a todos los rescatados en la tierra, en un solo Cuerpo con él, su Cabeza gloriosa en el cielo. Sin duda que en Pentecostés faltaba revelar un lado de ese misterio, misterio revelado al apóstol Pablo y que constituye su ministerio especial, que los gentiles eran «coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio» (Efe. 3:6). El segundo capítulo de los Hechos nos presenta a la Asamblea bajo su forma judía, por así decirlo, según la alusión hecha en el Salmo 22:22; sin embargo, es la Asamblea. Lo que se cumplió en Pentecostés por el don del Espíritu Santo, permanece y permanecerá hasta la venida del Señor. Bautizados con un solo Espíritu para ser un solo Cuerpo en la tierra, todos los creyentes están unidos por ese solo Espíritu con su Cabeza celestial, hasta que sean recogidos para estar con Él en la gloria. Esta unidad, «un solo cuerpo y un solo Espíritu» (Efe. 4:4), existe lo mismo hoy como al comienzo. Es indestructible y la ruina no la puede alcanzar.

Por otra parte, el principio de la Asamblea, es decir la unidad del Cuerpo de Cristo, la persona del Señor es su centro (más adelante insistiremos sobe la importancia de esto) y el Espíritu Santo, el agente de su funcionamiento.

El Espíritu obra por medio de los dones conferidos a su Iglesia por el Señor resucitado (Efe. 4) o distribuidos por el Espíritu como él quiere (1 Cor. 12). La expresión de esa reunión en la tierra es la mesa del Señor. Es allí que es proclamada la unidad de su Cuerpo, además de la memoria de su muerte (1 Cor. 10:16-17).

2. Con relación al descenso del Espíritu Santo a la tierra, la Asamblea es considerada también como la Casa de Dios en la tierra, como una morada de Dios por el Espíritu. Es como un edificio y no como un cuerpo que Mateo 16 la presenta, en la primera mención que está hecha de ella. Cuando Pedro, quien recibió la revelación del Padre, declaró que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Señor le dijo que sobre esa roca construiría la Asamblea, y que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella. Esta construcción comenzó con el descenso del Espíritu Santo, después que el Hijo del Dios viviente fue «designado Hijo de Dios con poder» por la resurrección de entre los muertos (Rom. 1:4). Ella continúa y no terminará sino hasta su venida, cuando lo que edificó será transportado al cielo para ser la Ciudad de Dios, la nueva Jerusalén. Esta Casa está compuesta por piedras vivas, edificada sobre Aquél que es el fundamento, «la principal piedra del ángulo» (Efe. 2:20). Un trabajo tal es perfecto, porque es de Dios, de Cristo y del Espíritu. Es también inalterable como la formación de un solo Cuerpo en la tierra.

Lo mismo que el Cuerpo, el edificio es considerado también compuesto por todos los rescatados que existen en todo el mundo en un momento dado. «En quien», está dicho a los Efesios, «también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (2:22).

Por otra parte, la Asamblea no es considerada solamente edificada por el Señor, sino confiada a la responsabilidad del hombre para su edificación (1 Cor. 3). Por este lado todo fracasó; la Iglesia ha venido a ser como «una casa grande» donde se encuentran vasos de honra y de deshonra (2 Tim. 2:20). Si la manifestación de la unidad del Cuerpo ha fracasado, y si nadie puede reconocer esta unidad de la manera como la Asamblea se presenta hoy en día a los ojos del mundo, es porque otros elementos que las piedras vivas han entrado en la construcción de la Casa, y bajo este aspecto la Casa está en ruinas.

2 - La asamblea local

En Pentecostés toda la Asamblea estaba reunida en Jerusalén. Extendiéndose la obra, no pudo seguir reunida «en un mismo lugar» (Hec. 2:44). Se formaron reuniones locales por doquier, como lo vemos en los Hechos y en las epístolas, pero cada una de ellas era la representación del conjunto, del único Cuerpo. Era la asamblea de Dios en la localidad; era inseparable de «todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1:2). La asamblea en una localidad se componía de todos los rescatados que la habitaban. Tal era la asamblea de Dios en Corinto, en Antioquía, en Jerusalén, en Éfeso, y en todo lugar. El pensamiento de Dios en cuanto a la asamblea local, es que ella tenga en su seno a todos los rescatados de una localidad, y que represente a la Asamblea entera ante Dios y ante el mundo. Esto es de mucha importancia por la pregunta que hemos formulado al comienzo de este artículo, pues es de la asamblea local de la que nos ocuparemos. No podríamos ser suficientemente insistentes sobre el hecho de que no hay sino un solo principio de reunión según la Palabra: el de la unidad del Cuerpo de Cristo; toda reunión local que no represente al conjunto del Cuerpo, no puede ser sino sectario.

La Palabra de Dios prevé en Mateo 18 y en 2 Timoteo y en muchos otros pasajes, que la ruina del edificio confiado a la responsabilidad del hombre, cambiaría completamente la apariencia primitiva de reunión de los santos en la tierra, hasta verle consistir solo en dos o tres reunidos en el nombre del Señor (Mat. 18:20), pero nunca que el principio de reunión debe ser modificado por esto. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu y debemos siempre «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efe. 4:3).

Cuando hablamos de una asamblea local hoy, no puede tratarse sino de donde dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo y en la unidad de su cuerpo, en medio de centenares de otros creyentes que tienen un principio de reunión que no es conforme a las Escrituras, pero esos dos o tres tienen el privilegio de ser la representación de la Asamblea universal en esa localidad, al mismo tiempo de tener la responsabilidad y la autoridad que la presencia del Señor confiere a la asamblea local.

El pasaje de Mateo 18:15-20, que nos presenta la práctica de la gran verdad de la Asamblea, proclamada en el capítulo 16, nos muestra el funcionamiento de esta asamblea, compuesta por esos dos o tres. Está reunida en el nombre del Señor, Él está en medio de ella, dándole su autoridad para administrarse, y lo que decida estando reunida alrededor suyo y bajo la dirección del Espíritu Santo, es ratificado en el cielo. En este pasaje tan importante, el Señor prevé hasta dificultades personales entre dos hermanos. Cuando se trata de sí mismo, el creyente debe ser sin piedad (v. 8-9); necesita arrancar, cortar; pero cuando se trata de su hermano, como el mal no puede ser tolerado, es necesario obrar con gracia y con mucha paciencia. Si el que pecó contra su hermano no quiere escucharle ni a él ni a los testigos que lleve, el caso es llevado a la asamblea, de la que unos y otros forman parte, y ella interviene como última medida. La asamblea habla y si no es atendida, entonces ya agotados todos los medios empleados, el hermano herido debe considerar al que pecó contra él como «un gentil y un cobrador de impuestos». La asamblea es en este momento competente para juzgar en última medida un caso individual. Ese versículo 17 no habla de la disciplina ejercida por la asamblea y de la separación del malo. «Sea para ti» dice, y no “tenedle”. Hay que buscar en 1 Corintios 5 y no aquí, el ejemplo de disciplina ejercida por la asamblea.

Naturalmente que la intervención de la asamblea local en un caso individual lleva a un segundo punto contenido en el versículo 18: «En verdad os digo, que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo». El Señor nos muestra aquí que como él dio la autoridad individualmente al apóstol Pedro en cuanto al reino de los cielos (Mat. 16:19), la da ahora a la Asamblea con relación a su administración por el hecho de su presencia personal en medio de ella. En los tiempos apostólicos, los doce tenían individualmente esta autoridad en la Iglesia (Juan 20:23), pero la autoridad de la Asamblea dependía exclusivamente de la presencia de Cristo. Esas dos autoridades subsistían juntas sin reemplazarse la una a la otra, como lo vemos en el caso de 1 Corintios 5:4-5. Después de la desaparición de los apóstoles, no hay más esta autoridad individual en la Iglesia, pero la autoridad conferida por la presencia del Señor en la asamblea local subsiste hasta su venida.

La Asamblea tiene pues un deber: el de atar o desatar aquí en la tierra. Sus decisiones son ratificadas en el cielo. Su autoridad judicial tiene su principio en el hecho de que el Señor está en medio de ella y que posee también la dirección del Espíritu Santo. Es de mucha importancia notar que el versículo 20: «Allí estoy yo en medio de ellos», se relaciona con el versículo 18, como también con el 19, de los que hablaremos más adelante. El poder no reside en medio de los dos o tres reunidos en su nombre sobre la base de la Asamblea, sino en el hecho de que Él está personalmente allí.

3 - La reunión de asamblea

Hemos visto ya lo que son la Asamblea y una asamblea local según la Palabra. Ahora podemos contestar la pregunta de nuestro título. Pero primero digamos lo que no es una reunión de asamblea.

Algunos creyentes pueden reunirse con un motivo útil y bendecido, sin estar por eso reunidos sobre la base de la Asamblea. Un padre puede reunir a su familia, un maestro a su casa, un hermano a jóvenes para meditar en la Palabra o estudiar las Escrituras; hermanos ancianos acordarán reunirse con ese mismo fin; un hermano dotado del Señor, evangelista o maestro, ejercerá su ministerio ante un auditorio convocado para ese fin, ya sea en el local de la asamblea o en otra parte, ese hermano tendrá en el corazón exponer un tema o una porción de la Palabra en reuniones seguidas, en una serie de meditaciones, y con el acuerdo de la asamblea, esas reuniones tendrán lugar quizás durante la semana en vez del día habitual cuando la asamblea se reúne. La asamblea asistirá a esas predicaciones, donde la responsabilidad está sobre el que ejerce su don; aprovechará esto; habrá la luz acordada y resultados producidos por el Espíritu Santo sobre la conciencia; aquél que juzga no asistir seguramente sufrirá pérdida. Pero todos los casos que hemos enumerado no son reuniones de asamblea.

Una reunión de asamblea es aquella en la cual la asamblea local se reúne bajo el principio de la Asamblea como tal. «Al reuniros en asamblea», dice el apóstol a los Corintios (1 Cor. 11:18). Se reunían según el principio puesto en el capítulo 1, versículo 2, de la misma epístola. Además, la asamblea se coloca alrededor del Señor quien está en medio de ella, en completa dependencia suya y del Espíritu Santo que obra entre ellos. Cuando los creyentes comprenden el valor que la Asamblea o Iglesia tiene para el corazón de Cristo y a los ojos de Dios, ellos buscan naturalmente realizar esta inmensa bendición, y tienen el gozo de encontrar al Señor personalmente presente en medio de ellos, según su promesa. Esta presencia no es corporal, como cuando se puso en medio de los discípulos después de su resurrección, pero por eso no es menos real. Es una presencia personal y espiritual. Notemos esto: aunque los suyos «estén reunidos a [en] su «nombre» (Mat. 18:20), su presencia es personal. Dice: «allí estoy yo en medio de ellos», y también «en medio de la congregación te alabaré» (Sal. 22:22). No dice: “mi Espíritu está allí”; “mi Espíritu te alabará”; “mis rescatados te adorarán por el Espíritu”; todo esto es verdad, pero: «Allí estoy yo»; yo «te alabaré», es mucho más.

No importa el número de personas; su presencia es la misma; ya sean tres mil como en el principio, o tres como en un tiempo de ruina; su presencia en medio de los suyos es la bendición muy especial de una reunión de asamblea.

Todas estas consideraciones nos llevan a diferentes caracteres que pueden revestir una reunión de asamblea.

3.1 - La primera reunión de asamblea es la del culto

Hablando de una manera general, el culto es la adoración rendida en común a Dios por lo que él mismo es y por lo que hizo a nuestro favor. El culto es de una importancia esencial a los ojos del Padre y del Hijo. «La hora viene», dijo el Señor, «y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adoran al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4:23-24).

El culto es lo primero que realizan los creyentes que han comprendido lo que es la Asamblea, pues se trata de personas unidas en un solo Cuerpo por un mismo Espíritu. El culto tiene lugar en presencia de Dios el Padre y alrededor del Cordero. Cuando tomamos este lugar, pensamos en todo lo que el Hijo es para el Padre, en todo lo que Cristo es para Dios (Apoc. 5:9), en el hecho de que Dios fue perfectamente glorificado aquí, en la vida y en la muerte de Jesús. Pero toda esta obra cumplida para nosotros, como también su autor, hicieron las delicias del Padre. Podemos apreciar su extensión porque somos sus objetos. El reconocimiento, pues, está mezclado en el culto de adoración al Padre y al Hijo.

El Señor mismo es el centro del culto para la alabanza. Él mismo nos ha reunido; está en medio de nosotros. Su presencia personal en el culto tiene tanta importancia que, sin esta presencia, no habría alabanza digna de ese nombre. Dice: En medio de la congregación «te alabaré» (Sal. 22:22). ¿Cómo alaba él? Sirviéndose de la voz de la asamblea reunida alrededor suyo. Es indiscutible que esto no puede tener lugar sino por su Espíritu y por nuestra boca, pero es verdad que es él quien alaba. La alabanza se expresa en ese Salmo hacia el Dios de amor que salva y libra, pero fue Cristo mismo el que fue librado de la muerte: «me respondiste de entre los cuernos de los búfalos» (versión francesa, Darby). Solamente él, puede conocer el alcance de esa salvación y celebrarla de una manera adecuada. Pero esta liberación es también para nosotros, la obra que hizo descender a Jesús en la muerte. Su alabanza debe ser también la nuestra; solamente Cristo, por su Espíritu, la expresa en toda su plenitud. Cristo estando entre los cuernos de los búfalos, sabe perfectamente quién es Dios en la liberación, y cuál es la grandeza de esa liberación; nosotros lo apreciamos muy imperfectamente, pero nuestra debilidad encuentra su consolación y su aliento en el pensamiento de que la alabanza sube como un perfume a la presencia de Dios el Padre, porque el Señor que nos la revela es el centro, el que la ordena y el que la expresa. No hay duda de que nuestro estado moral puede contristar al Espíritu Santo e impedirle dar plena expresión a la alabanza, pero no es menos verdad que Dios es la fuente de ella (como dice: «de ti será mi alabanza en la gran congregación» Sal. 22:25), que el Señor es el centro, y que se la expresa por el Espíritu Sant o.

Encontramos un segundo elemento del culto en los capítulos 10 y 11 de la Primera Epístola a los Corintios. La cena es presentada allí como centro visible de la Asamblea reunida alrededor de la mesa del Señor, mientras que el Señor mismo es el centro invisible. Esta reunión a la que se relaciona el culto en su expresión más alta, es por excelencia una reunión de asamblea, y es así como es considerada en 1 Corintios 11, donde encontramos esas palabras ya citadas anteriormente: «Al reuniros como asamblea» (v. 18), y aún: «¿despreciáis la iglesia de Dios?» (v. 22), palabras que indican claramente ese carácter de reunión de Asamblea alrededor de la mesa del Señor. Este tema es muy conocido para que nos detengamos más. Tal vez es más necesario hacer notar que si comúnmente el culto se une a la Cena, esto no excluye de ninguna manera una reunión de asamblea para el culto sin la fracción del pan, distinta a la del primer día de la semana cuando la asamblea está reunida alrededor de la mesa del Señor para partir el pan (Hec. 20:7). De ese culto que encuentra su expresión en estas palabras: en medio de la asamblea «te alabaré»; más de una vez los hermanos reunidos en asamblea han hecho la experiencia feliz y bendita.

3.2 - La segunda reunión de asamblea es para la oración, mencionada en Mateo 18:15-20 [1]

[1] Se puede ver con razón en el ejercicio de admisión de disciplina en el versículo 18 de este capítulo, una reunión de asamblea. Hacemos mención de ello porque comúnmente está ligado al culto cuando las almas son recibidas o disciplinadas. Pero debería encontrarse más frecuentemente una reunión de asamblea para la humillación. Está vislumbrada en 1 Corintios 5:2. Cuando un pecado es descubierto en la asamblea y es necesaria la exclusión del culpable, la asamblea debe hacer duelo y humillarse por ese pecado haciéndolo suyo ante el Señor. La exclusión puede ser dicha por la asamblea en esta reunión de humillación, lo que es de gran solemnidad.

En el versículo 18, el Señor había dicho a sus discípulos: «Os digo…»; en el 19: «Otra vez os digo…» ligándolos con el versículo 20, aunque haciendo la diferencia entre ellos. «Otra vez os digo, que si dos de vosotros estáis de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que pidáis, les será concedido por mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres se hallan reunidos a [en] mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Así la presencia del Señor no constituye solamente una reunión de asamblea para el culto, sino también para la oración.

Prácticamente es de mucha importancia comprender esto. Una reunión de oración tiene un carácter muy especial, tan especial como una reunión de culto. Un hermano podría tener algún motivo aceptable para no asistir a uno u otro ejercicio de ministerio, pero nadie puede tener ninguna razón para no asistir a la reunión de asamblea para la oración, porque el Señor está allí, personalmente presente en medio de los suyos. Si nuestros corazones apreciaran ese privilegio, no sucedería lo que acontece muy a menudo que en una asamblea solo cinco o seis sienten el deseo de ir a orar juntos. ¿Le dejaríamos a Él? El Señor, presentarse solitario allí donde toda la asamblea debería estar reunida. Sin duda, según su promesa, no deja de estar presente en medio de dos o tres, pero ¡qué menosprecio de la asamblea para con su persona cuando podría ser distinto! ¡Ah, qué podamos sentir profundamente nuestra responsabilidad en esto!

¿De dónde proviene la debilidad en los pedidos en nuestras asambleas de oración? ¿De dónde los silencios angustiosos? ¿De dónde las vanas repeticiones, los pedidos triviales presentados sin convicción y como tallados por un mismo patrón? Todo esto, ¿no es porque su presencia en medio de la asamblea no está ni buscada ni realizada? Si fuera lo contrario habría tanto poder en la reunión de asamblea para la oración como para el culto. Sin duda la una difiere de la otra. En el culto son las alabanzas, en la oración los pedidos que suben a Dios, pero en las dos, el pensamiento de los santos, expresado por el Espíritu Santo, es dirigido por el Señor. La alabanza es más elevada que el pedido, pero ambos son perfectos en la boca del Señor Jesús «cuando clamó a él, le oyó» (Sal. 22:24).

Notemos que las oraciones no están ausentes de la escena celestial mientras que hay santos que sufren en la tierra. Los veinticuatro ancianos caen sobre sus rostros ante el Cordero, teniendo cada uno un arpa (la alabanza) y copas de oro llenas de perfume que son las oraciones de los santos (Apoc. 5:8). Es así como esos ancianos cumplen esos dos actos. Es la «reunión de asamblea» celestial, con el Cordero inmolado como centro, visible a los ojos de todos en medio del trono (lo que no es hoy), la reunión de asamblea celestial para la adoración y para la presentación de las copas de oro, que son las oraciones de los santos.

3.3 - La tercera reunión de asamblea está mencionada en 1 Corintios 14

Para comprender la importancia de este capítulo, es necesario notar que después de la introducción de la epístola (cap. 1 y 2), los capítulos 3 al 10 tratan sobre el orden de la Asamblea como casa de Dios bajo la dirección del Espíritu Santo. El capítulo 10:1-13, habla de los privilegios y de la responsabilidad de la profesión cristiana. Los capítulos 10-14, nos muestran el orden en la Asamblea con relación a la unidad del Cuerpo de Cristo. El Espíritu produce esta unidad; la Cena es la expresión (cap. 10 y 11).

En el capítulo 12 encontramos que «todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo» y «a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu» (v. 13); ya no con relación a la cena sino con los dones. Esta unidad comprende la diversidad de dones administrados por el Espíritu Santo. Cada uno tiene su lugar en el funcionamiento del Cuerpo de Cristo que es uno. Los dones se ejercen bajo la autoridad del Señor y para él. La doctrina de los dones del Espíritu está también expuesta con detalles en este pasaje, luego, en el versículo 28, tenemos por así decirlo, los grandes dones colocados por Dios en la Asamblea.

En el capítulo 14, el apóstol nos muestra el funcionamiento; el ejercicio de los dones en la reunión de asamblea, después de haber introducido el amor en el capítulo 13, como móvil para el uso y el ejercicio de ellos.

Volvamos pues a nuestra tercera reunión de asamblea. Ante todo, es sin duda una reunión de asamblea. Ella está reunida como tal alrededor del Señor: «Si, pues, toda la iglesia se reúne en un mismo lugar», es dicho en el versículo 23, empleando el mismo término que en el capítulo 11:20, con motivo de la Cena [2] (ver también los versículos 5, 12, 19, 26, 28, 33, 34, 35). Pero el fin no es más el culto o la oración, sino la edificación, «El que profetiza edifica a la iglesia» (v. 3-4) «Para que la iglesia reciba edificación» (v. 5). «Procurad abundar en ellos para la edificación de la iglesia» (v. 12).

[2] Juntos, en un mismo lugar. Es el término para la reunión bajo (desde) el punto de vista práctico.

La asamblea se encuentra reunida aquí como para la Cena, en la unidad del Espíritu y alrededor de la persona de Cristo, pero lo que sucede, es que las bendiciones se derraman del Señor a su Asamblea, en lugar de subir a Dios por Él. Es bajo su autoridad que los dones espirituales son dispensados a los suyos para su edificación.

Hemos dicho ya al comienzo que puede haber algún ejercicio de dones en otros medios que la asamblea, sin aún hablar del evangelista que se dirige al mundo, pero tampoco es de este del que se habla pues este don no es mencionado en esos capítulos. Se está reunido en asamblea alrededor del Señor; se espera en él para recibir, por el Espíritu, lo que conviene para la edificación de su Iglesia. El hecho de su presencia da un carácter particular a los dones en la reunión de asamblea. Se trata de la edificación de la Asamblea, es decir del Cuerpo. Cada uno puede tener algo para dar (v. 26). No son precisamente ministerios constantes que se ejercen aquí, aunque se encuentra uno fundamental como es el de la profecía, y ni la doctrina ni aún las lenguas están excluidas; pero vemos el ministerio confiado por ocasión a todos o a cada uno, según la operación del Espíritu, y según la voluntad del Señor que está en medio de la Asamblea para su edificación y las necesidades reales conocidas por Él, pues vela por los suyos y purifica a su Asamblea «por la Palabra» (Efe. 5:26).

En esta ocasión la escena que se desarrolla está llena de bendiciones. Se encuentra una gran libertad junto a una gran dependencia. Un hermano se levanta y profetiza. En nuestros días la profecía difiere sin duda de la de 1 de Corintios 14, porque, estando ya completa la Palabra de Dios, no puede haber revelación nueva de su pensamiento, pero la comunicación del pensamiento de Dios subsiste. Todos los hermanos pueden profetizar, pues lo repetimos, no se trata aquí de algo constante y continuo «Cuando os reunís, cada uno tiene un salmo, tiene una enseñanza, tiene una revelación, tiene una lengua, tiene una interpretación. Que todo se haga para edificación» (v. 26). El ejercicio del don de profecía aparece aquí como una comunicación momentánea del pensamiento de Dios ejercida por uno o por otro. «En cuanto a los profetas, que dos o tres hablen, y los otros juzguen. Y si algo es revelado a otro que está sentado, que se calle el primero. Porque todos podéis profetizar uno a uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados» (v. 29-31). Esto no quiere decir que en el curso de una sola reunión de asamblea todos deben profetizar, aún cuando tendrían la capacidad, pues «los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas» (v. 32). Al contrario, se ve que el Espíritu limita el ejercicio de la profecía a dos o tres, en vista al orden, «porque Dios no es Dios de desorden, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos» (v. 33). Toda esta actividad se ejerce pues ricamente en su diversidad, y tiene como resultado una gran bendición para las almas.

Ellas han venido a buscar al Señor; Él está allí, y es en esta actividad espiritual que su presencia se hace sentir.

Nuestra incapacidad para realizar una reunión de asamblea que tenga el carácter que hemos descrito, tiene diferentes causas. Notemos en primer lugar, el hecho de que no estamos conscientes, como en el culto, de la presencia personal del Señor en quien se puede confiar completamente para la edificación de la Asamblea, como para el culto y para la oración. La diferencia de lo que pasa en nuestro espíritu, cuando vamos a una reunión de culto o de edificación es la prueba. Cuando vamos al culto estamos tranquilos y sin preocupación por lo que pasará, o de la acción que se ejercerá, porque vamos a buscar y a encontrar la presencia del Señor. Cuando se trata de una reunión de edificación, nos preguntamos con inquietud quién estará allí y quién tomará parte. ¿No pasa esto porque no vamos a buscar allí Su presencia?

Es también la falta de fe y de confianza en Él lo que estorba el ejercicio de los dones para la edificación y lo que nos hace decir: “yo no tengo confianza en mí mismo”. Desengáñese; si no tiene ninguna confianza en la carne, dejará obrar al Señor, y él podrá hablar por usted, para expresar su pensamiento en la dirección del Espíritu.

Hay otra causa y tal vez la principal como estorbo para esta forma de reunión de asamblea: estar nutridos de su Palabra, de toda su Palabra. Se siente angustia comprobando cuánto se descuida la lectura del Antiguo Testamento y cuán poco también es conocido el conjunto de los pensamientos de Dios en el Nuevo Testamento. Sin este alimento, no hay crecimiento, no hay progreso, y no hay capacidad para ser un instrumento de edificación. No se puede edificar a los demás si no se es edificado uno mismo. Y aún más, sin este alimento no se puede estar en comunión habitual con el Señor, y sin esta comunión, no hay edificación. Notemos también que el funcionamiento de una reunión de asamblea para la edificación, como la del capítulo 14, supone que la asamblea, y en particular todos los hermanos, anden en esta comunión y en la piedad que la acompaña. La Palabra nos presenta las cosas en relación con el estado normal de los creyentes. Esto nos habla a la conciencia. ¿No es humillante para nosotros tener que darnos cuenta de que, por nuestra culpa, por nuestra falta de comunión con el Señor estorbamos la manifestación de su presencia y de la acción del Espíritu en reuniones de asamblea? Veamos lo que pasa cuando la asamblea está reunida para la edificación, en la unidad del Espíritu, alrededor de la persona del Señor. Los efectos no se hacen sentir solamente en los de adentro, sino también en los de afuera.

En la asamblea de Corinto no había orden. Los corintios eran niños todavía, carnales, enorgulleciéndose de sus dones, y sobre todo de los dones de milagros para hacerse valer a sus propios ojos y a los de los demás. Era así como para ellos hablar en lenguas primaba cualquier otro don, y abusaban de ello hablando todos juntos de manera que no se entendía, porque no se preocupaban por ser interpretados. El apóstol restablece entonces el orden de parte de Dios.

Dos clases de personas están invitadas a entrar a la asamblea cuando ella está reunida: los indoctos y los incrédulos. Los indoctos o simples en el sentido que el Espíritu da a esa palabra son aquellos que no tienen conocimiento, (comp. v. 16); los incrédulos, son aquellos que no tienen relación con Dios por la fe. ¡Cuántos de estos simples hay en la cristiandad, que apenas conocen las Escrituras, muy poco al Señor, y que no tienen ninguna idea de lo que es la Asamblea! Estos indoctos o ignorantes son culpables ante Dios hoy más que antes. Sin embargo, Dios los lleva a la asamblea y lleva también allí a los incrédulos.

Los corintios hubieran podido objetar al apóstol: es por ellos que damos tanto lugar a las lenguas en la asamblea pues ellas son por «señal… para los incrédulos» (v. 22). El apóstol no impide las lenguas en la reunión de asamblea (v. 26), pues toda acción del Espíritu tiene lugar allí, ¿y quién podría limitar al Señor? Pero él pone límites para su uso. Ellos no debían hablar todos al mismo tiempo –Dios no es un Dios de confusión– sino cada uno por turno, y a más tres; y todavía faltaba un intérprete. De otra manera los simples o los incrédulos, «¿no dirán que estáis locos?» (v. 23) despreciando y condenando así a la asamblea. Podrían decir, ¿cómo es eso que hablan unos y otros y dicen palabras que ni ellos entienden, en lugar de hablar con inteligencia? (v. 19).

Pero si todos profetizan y alguien de afuera asiste a tal asamblea, se produce en su alma una obra poderosa, es el resultado de la acción del Espíritu Santo en la asamblea: «es convencido por todos, es juzgado por todos; lo secreto de su corazón se hace manifiesto» (v. 24-25). Ve la libertad del Espíritu para la edificación; siente también que hay allí algo que jamás ha visto ni que había conocido antes, pues remarquémoslo, no es una reunión de evangelización, sino de edificación.

El hombre simple, (¡ay! en los días en que vivimos puede ser un creyente) dice: “¡Yo no conocía esto!” “¿En qué estado se encuentra mi alma?” “¿Qué velo la enceguecía para que hasta hoy haya quedado ciego a los pensamientos de Dios en su Palabra, para que esta presencia del Espíritu Santo me sea a tal punto extraña?” “¿Cómo es posible que haya sido hasta ahora indiferente a tales bendiciones?” Helo aquí «convencido por todos… juzgado por todos». Lo que dirigía secretamente su corazón es puesto a la luz, pues tiene que ver con una Persona invisible, que obra por sus instrumentos visibles; una Persona de la que se dice: «no hay criatura que no esté manifiesta ante él; sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien tenemos que rendir cuentas» (Hebr. 4:13). Es lo mismo para el incrédulo. A través de los creyentes se encuentra puesto en relación con Dios en la persona de Cristo que es el centro de su Asamblea: «Y así, cayendo sobre su rostro, adorará a Dios, declarando que Dios está entre vosotros» (v. 25). [3]

[3] O en vosotros, es decir en la Asamblea como unidad.

De esta manera los asistentes no tienen admiración por las personas, o atracción por los que ejercen su don, o apego al que habla, ¿por qué? Porque se encontraron directamente en presencia de Dios. Se prosternan y dicen: «Dios está entre vosotros». En efecto, está allí en la persona de Cristo.

Esta reunión de asamblea ofrece pues una doble bendición: primero, la asamblea experimenta la presencia del Señor y el poder moral que trae por la edificación de su amada Iglesia; segundo, los de afuera aprenden a conocerse, a juzgarse y a conocer al Señor en la luz de su presencia.

Hemos hablado ya de la dificultad en realizar esta tercera reunión de asamblea en el estado actual, acompañado de una debilidad espiritual general. Es mucho más cómodo dejar toda la responsabilidad de acción de los dones permanentes que el Señor ha puesto en su Asamblea, según Efesios 4 «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (v. 12). Aunque precioso como sea el ministerio de ellos, esperar en ellos para la acción compromete mucho menos la conciencia y la responsabilidad de los santos, que la obligación de venir a buscar al Señor en su Asamblea. En esta última alternativa, no se puede más reposar en el don y deslizar poco a poco en un espíritu clerical que ha hecho tanto daño en las asambleas. Estimemos pues altamente, el amor por su trabajo, a los que trabajan entre nosotros, pero retengamos esta verdad que las reuniones de asamblea tienen una importancia particular para la bendición de los amados hijos de Dios.

Cuando los corazones han gozado de esta bendición, tienen la costumbre de recordarla como un favor especial. Hay en la vida cristiana tiempos favorables cuando las almas son puestas de una manera continua y sin distracción en la relación con el Señor y su Palabra. En esas condiciones una reunión de asamblea para edificación es algo que fluye de la fuente. Estando en comunión con el Señor puede ser sentida su presencia. Si esto no es lo habitual, es, como lo hemos dicho, porque no hay una comunión acostumbrada y diaria con él y con su Palabra. Es por esto que deberían suspirar nuestros corazones, pues de lo contrario ciertamente vendríamos a buscar al Señor en la asamblea, y él respondería con una abundante actividad del Espíritu, una confianza de los suyos y con deseo sincero de gustar de su presencia.

¡Cuánta importancia tendría una realización así en las asambleas, sin un ministerio permanente, pero donde hubiera una verdadera piedad y una vida cristiana activa!

¡Qué Dios nos ayude a comprender y a realizar mucho mejor el verdadero carácter de las reuniones de asamblea para el culto, para la oración, y para la edificación!


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