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«Allí estoy yo en medio de ellos»

Mateo 18:20


person Autor: Paul FUZIER 11

flag Tema: La iglesia local y las reuniones


La verdad de la presencia del Se­ñor en las reuniones de los santos nos es bastante conocida. Él es fiel a su promesa: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Pero, el conoci­miento de una verdad y su realización práctica son dos cosas muy distintas. ¿No es verdad, hermanos, que solemos experimentar su presencia con mucha debilidad cuando nos reunimos en tor­no suyo? Por cierto, él nos concede go­zar dicha presencia, algunas veces con mayor intensidad que otras, puesto que su gracia es ilimitada; pero demasia­das veces perdemos de vista sus pala­bras: «allí estoy yo en medio de ellos». ¿Es posible que nos reunamos una sola vez sin recordarlas? Muy dife­rente sería nuestra actitud en las re­uniones si pudiésemos contemplar al Señor con los ojos de la carne. ¡Con cuánta reverencia entraríamos en el lugar donde él está presente! ¡Con qué temor, reverencia y sentido de respon­sabilidad actuaríamos entonces en la asamblea!, y ¡con qué atención escu­charíamos lo que él quiere decirnos por su Palabra y el ministerio del Espí­ritu! Pero, el hecho que es solo por los ojos de la fe que podemos verle, ¿ha de modificar en algo nuestra actitud en su presencia? Cada uno de nosotros, ejercitados ante Dios a ese respecto, podemos dar nuestra contestación.

A menudo, la Palabra refleja la ac­titud de los varones de Dios, cuando se hallaban en su presencia. Cuando Jehová apareció a Abraham en el va­lle de Mamré, «se postró en tierra» (Gén. 18:1-2). Cuando apa­reció a Moisés en llama de fuego en medio de una zarza, «cubrió su ros­tro, porque tuvo miedo de mirar a Dios» (Éx. 3:2-6). Cuando tuvo que librar el combate en Canaán, Jo­sué se encontró ante el «Príncipe del ejército de Jehová» y él «postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró» (Josué 5:14). El lugar donde estaba era tierra san­ta, así como en el caso de Moisés. Recordemos también la visión del pro­feta Ezequiel: «Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba» (Ez. 1:28). ¡Qué escena más solemne debió ser!, cuando, al volver del cautiverio, «se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas». Esdras «trajo [el libro de] la ley… leyó en el libro… Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo». Luego «Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: !Amén! !Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra» (Neh. 8:1-6). Bien es ver­dad que, en el Antiguo Testamento, a cuyo relato nos hemos referido, no te­nemos aún la plena revelación de Dios en gracia, en la persona del Señor Je­sucristo. Pero, ¡cuánto temor!, ¡cuán­to respeto!, ¡qué sentimiento más pro­fundo de la posición que conviene ante la presencia de Jehová! ¿No debe­mos, nosotros, hermanos, manifestar una semejante actitud en el día de hoy? También hallamos en el Nuevo Testamento muchos otros ejemplos. Vemos en el capítulo 17 del evangelio según Lucas, que el Señor limpió a diez leprosos (siendo la lepra figura del pecado), y solamente uno de ellos «alabando a Dios a gran voz; y cayó sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias» (Lucas 17:15-16). ¡Qué actitud más digna, en la presencia del Señor, para expresarle la alabanza que Él merece!

Dejando aparte lo que fuera afectación y, por consiguiente, hipocresía, podemos decir que nuestra actitud en las reuniones alrededor de la persona del Señor, es el fiel reflejo de nuestra vida espiritual. El israelita adoraba, inclinado delante de Jehová su Dios («Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh Jehová. Y lo dejarás delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios», Deut. 26:10), porque había pre­viamente realizado siete cosas.

Él debía:

  1. Entrar en la tierra prometida,
  2. Poseerla,
  3. Habitar en ella,
  4. Tomar de las primicias de todos los frutos,
  5. Ponerlos en un canastillo,
  6. Ir al lugar que Jehová había escogido para hacer habitar allí su Nombre, y,
  7. Alle­garse al sacerdote (Deut. 26:1-3).

Conoce­mos el significado de esas cosas para nosotros; si las realizamos en nuestra vida diaria, podremos dirigirnos, el primer día de la semana, con nuestro canastillo lleno de alabanzas, hacia el lugar que escogió Jehová, para ha­bitación de su Nombre, respondiendo con gozo a su invitación. Lo haremos, no para ver y oír a un determinado hombre, sino con el sentimiento de que acudimos solamente a su santa presencia. ¡Qué momento más solemne cuando nos hallamos congregados alrededor de su santa Persona!

Son cosas que sabemos y que hemos oído repetidas veces, pero si las cumpliéramos mejor, ¡qué ambiente más solemne sería el de las reuniones! ¡Cuán lejos de nosotros estarían los pensamientos que nos ocurren a veces al ir a reunimos, a preguntarnos si oiremos a tal o cual hermano? ¿Nos dejaríamos distraer, mirándonos unos a otro, u observando actitudes no co­rrectas en la presencia del Señor? ¿Llevaríamos a su presencia canasti­llos vacíos, que proclamaran que no hemos poseído ni habitado la tierra prometida? No, hermanos; manifesta­ríamos el recogimiento que conviene a la presencia del Señor, no con una solemnidad fingida, sino producida por el profundo sentimiento de su santa presencia. Presentaríamos fru­tos, en un culto presidido por la in­fluencia y el poder del Espíritu Santo no contristado por nosotros. Estaría­mos constantemente atentos para escuchar, no a un hombre, sino lo que el Señor quiere decir a los suyos, para edificarlos, exhortarlos y animarlos. ¡Cuán bendita sería la reunión, de los dos o tres reunidos así en el Nombre del Señor, y cuánto poder tendría semejante testimonio (comp. con 1 Cor. 14:25).

Ocurre, a veces, que nos quejamos de la aridez de las reuniones, de no haber recibido lo que deseábamos, de no tener entre nosotros los dones de­seados. Pero, ¿nos hemos examinado a nosotros mismos en este aspecto, en vez de juzgar a los demás? Este­mos seguros, hermanos, de que la espiritualidad de las reuniones se halla casi siempre acorde con nuestro esta­do individual. Un solo miembro puede ser causa de sufrimiento para todo el Cuerpo y un impedimento a la bendición colectiva. Es una grave responsabilidad delante de Dios. Bien es verdad que la gracia de Dios nos confunde con su grandeza. Él se complace en bendecirnos a pesar de lo que somos, como lo hemos experi­mentado tantas veces. ¡Qué sería de nosotros, si solamente recibiéramos la bendición a que somos acreedores! No obstante, por precioso y alentador que sea este pensamiento, no debe llevarnos a perder de vista nuestra respon­sabilidad.

Debemos confesar que hay una re­unión en la cual parecemos no reali­zar la presencia del Señor: es la re­unión para el cuidado de la asamblea (o reunión de administración). Sobre este asunto, se ha escrito: “La falta de consideración para con la persona del Señor es causa de muchos desórdenes. Muchas veces, se adoptan las más solemnes decisiones a través de discusiones ociosas en las cuales cada uno cree que debe hacer preva­lecer su opinión, a menudo influencia­da por consideraciones de orden personal” (Messager Évangélique, 1914. pág. 281). Ocurre, a veces, que esta reunión no se empieza ni termina en oración; viene a ser como un cambio de pareceres que diera la impresión de que fuera considerada la admi­nistración de la asamblea como un acto cualquiera de asociación huma­na. ¿Qué positivos resultados podrán dar semejantes reuniones, a pesar de nuestra buena voluntad? Muchas de las dificultades que se nos presentan, ¿no tendrán acaso su origen en tan defectuoso funcionamiento de la ad­ministración de la asamblea? La “bue­na voluntad”, por inmejorable que sea, no es más que la voluntad del hombre. No es lo que Dios nos pide: El quiere que obedezcamos plenamen­te a su Palabra.

La responsabilidad de adoptar de­cisiones revestidas de la autoridad del Señor es cosa tan solemne, que el solo hecho de pensar en su realización de­bería colocarnos en un estado de pro­funda humillación en nuestra incapa­cidad, y así ser llevados a elevar las manos y los corazones hacia Aquél que se digna estar presente en medio de nosotros. Nunca estaremos suficien­temente persuadidos de nuestra abso­luta incapacidad, aun cuando se trate de la más mínima cosa de orden ma­terial, cuya importancia no merecería, en principio, un detenido examen, siendo así que en la vida diaria solemos resolver más rápidamente bastantes asuntos de mayor importancia. Esta­mos expuestos a tomar entonces de­cisiones que no han sido meditadas en la presencia del Señor, y que, por lo tanto, carecen de su aprobación para cada uno de nosotros, derivándose de ello muchos disgustos y murmuraciones… Y así, el Enemigo se aprovecha de ellos para sembrar discordias y provocar disensiones entre los fieles. No olvidemos nunca, queridos herma­nos, que, a los ojos de Dios, no hay nada grande ni pequeño, y que una cosa que no nos parece importante, para él lo es, pues concierne a su Asam­blea, la Asamblea del Dios viviente, la cual Dios ganó por su sangre (Hec. 20:28). Dicha cosa merece el mismo ejercicio –en el temor reverente y conscientes de la presencia del Señor– que cualquier otra cosa que nos parece de mayor importancia, ya que tenemos el privilegio y la responsa­bilidad de podernos ocupar de cuanto concierne a su testimonio, pidamos al Señor que, en las reuniones para el cuidado de la asamblea, seamos pe­netrados del profundo sentimiento de su presencia, y –mantenidos con toda seriedad– seamos guardados de toda actitud incompatible con su presencia, que indudablemente no nos permiti­ríamos en una reunión de otro carác­ter; pidámosle que nos guíe para que todo se haga decentemente y con or­den (1 Cor. 14:40).

Querer instituir un rito nos apar­taría, sin duda, del pensamiento de Dios. No obstante, nuestros corazones deberían sentir la necesidad de orar juntos al principio de la reunión arriba mencionada, para ser mantenidos en un sentimien­to de reverente temor y de dependen­cia, y guardados en un espíritu de devoción y humildad. Si obrásemos siempre con este sentimiento y aquel espíritu, la mayor parte de nuestras dificultades –por no decir todas– desaparecerían. También deberíamos sentir la necesidad de dirigirnos a Dios al terminar esta reunión. ¿No nos alienta considerar de qué manera él obra entre nosotros, impulsándonos a bende­cirle? –¿No hay circunstancias en las cuales tenemos necesidad de ser ejerci­tados y guiados, necesidades las cua­les debemos exponerle para obtener su poderosa ayuda?– ¡Y en otras mu­chas circunstancias!… Solamente en la medida en que realicemos su presencia, sentiremos la profunda nece­sidad de clamar a él para todas estas cosas.

¡Ojalá tuviésemos mayor interés por el testimonio, pensando mucho en Él en oración, individual y colec­tivamente! Dejado este testimonio en nuestras manos para que sea mantenido a pesar de la debilidad y de la ruina por cuya causa gemimos, es ante todo preciso que la presencia –espiritual, pero no menos real– del Señor, sea realizada entre los dos o tres reunidos hacia su Nom­bre, con todo lo que ello implica. Y aún hay más a considerar: pensemos en sus derechos. ¡Él es el Señor! Recordemos su corazón lleno de amor: Aquél que dijo «Allí estoy yo en medio de ellos» es también Aquél que nos amó hasta la muerte, y muerte de cruz. Él sufre, hoy día, como cuando vi­vía en esta tierra, por la falta de res­peto y por otras lamentables indife­rencias a su Persona.

Amados hermanos, ¿contristaremos su corazón, despreciando su amor?

Revista «Vida cristiana», año 1954, N° 10


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