2 - El hombre


person Autor: Frédy GFELLER 12

library_books Serie: Temas importantes de las Sagradas Escrituras

flag Tema: El hombre y la muerte

(Fuente autorizada: creced.ch)


2.1 - Conocer al hombre

¿Basta con mirarse al espejo para conocerse? ¿Basta con codearse con una persona para saber cómo es? Ni las cualidades naturales ni los defectos se disciernen fácilmente, cuanto menos el alma humana en sus profundos recovecos que solo ciertas circunstancias pueden sacar a la superficie.

Sin embargo, Dios no ha querido ocultar al hombre su propio estado. Sin esperar que los acontecimientos nos revelen qué es el hombre, busquemos, pues, su imagen en la Palabra de Dios, ya que es un espejo fiel.

2.2 - El origen del hombre

«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gén. 1:26-27).

«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Gén. 2:7).

«El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo» (Gén. 5:1-2).

«He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto» (Ecl. 7:29).

«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay… él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra» (Hec. 17:24-26).

Independientemente de lo que el hombre haya llegado a ser en su envilecimiento, queda, no obstante, una criatura superior, hecha a la imagen de Dios y a su semejanza. La dignidad de la naturaleza humana es reconocida en la Palabra de Dios, tal como nos dice la epístola de Santiago: «Con ella (la lengua) bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios… Hermanos míos, esto no debe ser así» (cap. 3:9-10).

Al tomar esta naturaleza humana, excluyendo el pecado, Jesús ha demostrado que lo que Dios creó es excelente. El hombre, con sus facultades físicas, mentales y espirituales, es la obra maestra de la creación. El plan de su formación fue elaborado por el consejo divino con el propósito de que fuera capaz de mantener una relación con su Creador. Sobre todo con ese fin el hombre, única criatura terrestre que tiene tal capacidad, fue creado a la imagen de Dios. Es cuerpo, alma y espíritu. Su cuerpo, sacado de la tierra, vuelve al polvo, mientras que el espíritu vuelve a Dios, según lo que está escrito: «el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio» (Ecl. 12:7).

2.3 - La responsabilidad del hombre

Desde su creación, el hombre fue considerado responsable delante de Dios, habiéndosele conferido una función: «señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Gén. 1:28). «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Gén. 2:15). Toda responsabilidad comporta un lado negativo y uno positivo. Lo mismo ocurrió en la creación, por la prohibición formulada en relación con el árbol del conocimiento del bien y del mal. Esta responsabilidad del hombre le sitúa de entrada a un nivel superior a todas las criaturas terrestres, porque ninguna de ellas, a excepción del hombre, tiene relaciones con Dios.

2.4 - La caída del hombre

No satisfecho con lo que se le había dado, el hombre deseó lo que le había sido prohibido. Con el propósito profundo de sustraerse a su posición de dependencia respecto a su Creador, el hombre escogió la desobediencia del único mandamiento que se le formuló. La voz mentirosa de Satanás fue escuchada, porque correspondía al deseo secreto, escondido en el fondo del corazón. «Seréis como Dios», dijo el Enemigo, y llevó a nuestros primeros padres al camino del orgullo y de la rebelión, camino característico de todo hombre desde los primeros tiempos hasta nuestros días. Toda la historia de la humanidad es la demostración de lo que revela esta escena del huerto de Edén. La sentencia divina que se pronunció entonces, también es demostrada por la historia humana, pues: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom. 5:12). En lo sucesivo separado de Dios, convertido en pecador, el hombre irá de mal en peor, y los cinco primeros capítulos del libro de Génesis nos lo muestran. Los periódicos de hoy en día no contradicen esta afirmación: violencia y corrupción, he aquí el cuadro que día a día se nos pone delante de los ojos.

2.5 - El destino del hombre

«Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz; porque ¿de qué es él estimado?» (Is. 2:22). ¿No existe, pues, ningún remedio? ¿Debemos dejar de tener esperanza en el hombre?

Puesto a prueba en la inocencia, falló. Puesto a prueba sin ley, se corrompió más allá de toda medida. Puesto a prueba bajo la ley, la transgredió tan pronto como fue establecida. Puesto a prueba bajo la gracia, hoy, y bajo el reino de la justicia mañana, demostrará cada vez más su incapacidad total para hacer frente a su responsabilidad delante de su Creador.

No obstante, Dios tiene en mente una bendición eterna para el hombre que Él creó a su imagen. Desde la eternidad, las delicias de su corazón estaban en los hijos de los hombres y quería formar una familia de entre ellos. Él cumplirá este designio de gracia y los siglos venideros revelarán el maravilloso consejo de su voluntad divina en aquellos que hayan sido beneficiados por la obra de salvación cumplida en el monte Calvario.

Sobre la base de esta obra, la misericordia divina está en actividad en favor de aquellos que miran al Dios Todopoderoso, tanto si pertenecen al pueblo de Israel o no. La Palabra de Dios nos da varios ejemplos por medio de la historia de Job, los patriarcas y los profetas. Todas las ceremonias del culto levítico también anunciaban por anticipado la obra que iba a ser cumplida y por medio de la cual los pecados iban a ser expiados (léase Rom. 3:24-26).


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