Paz y liberación


person Autor: Frank Binford HOLE 28

flag Tema: Dos naturalezas


Comparemos dos pasajes que pondrán nuestro tema ante nosotros. El primero es: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1).

El segundo: «Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:24, 25).

La paz con Dios y la liberación del pecado y de la carne en nosotros son dos grandes bendiciones que el evangelio de Dios presenta a todos. Van de la mano, pero son distintas. Es bueno que entendamos la diferencia que hay entre ellas, así como la forma en que nos apropiamos la una y la otra. La cruz de Cristo es, por supuesto, la gran base de ambas.

En primer lugar, podemos notar que los tristes resultados del pecado se manifiestan externa e internamente.

Externamente, el pecado ha cortado el vínculo feliz que unía al hombre, como criatura inteligente, con su Creador. Satanás tuvo éxito desde el principio usando el pecado para romper la línea de comunicación entre el hombre y el origen del cual él depende –Dios mismo. Desde entonces, la humanidad está en la posición de la pequeña ciudad de la que habla Salomón. Un gran rey vino contra ella, la asedió y construyó grandes baluartes contra ella (Eclesiastés 9:14). Así, el pecado ha traído distancia, separación y enemistad del hombre hacia Dios, y todas sus relaciones con Dios están en la más terrible confusión.

Internamente, la ruina no es menos completa. Las fuentes de la vida han sido envenenadas; el resorte de la voluntad y del afecto del hombre se ha roto. El caos reina como amo en las mentes y corazones de cada pecador. En vez de ser libre y feliz, y vivir en el favor de Dios, siendo sumiso a Él, el hombre está en la esclavitud. En vez de ser dueño de sí mismo, el pecado es su amo. En vez de tener control de su intelecto y de su cuerpo, su mente está a merced de toda una panoplia de pasiones y codicias perversas.

Los capítulos 1 a 3 de la Epístola a los Romanos describen el terrible estado en que el pecado ha sumergido al hombre en cuanto a sus relaciones con Dios. Entonces se expone el remedio divino que está en la muerte y resurrección de Cristo, con la consecuencia para la fe: la paz con Dios.

El capítulo 7 revela la anarquía interna y la confusión. ¡En qué maraña de deseos, de emociones y de luchas contradictorias, el pecado nos ha sumergido! Pero es posible salir de todo esto, gracias a la cruz de Cristo y al poder del Espíritu (Romanos 8:1-4), con este resultado: la liberación de este cuerpo de muerte.

La paz es, pues, con Dios, porque todas nuestras relaciones están establecidas con él sobre la base justa y suficiente de la obra de Cristo.

Somos librados de este cuerpo de muerte, es decir de este cuerpo de corrupción, que todos tenemos en nosotros, a causa del pecado en la carne.

Por lo tanto, hay una clara distinción entre estas dos grandes bendiciones, pero ambas son mediante «Jesucristo nuestro Señor». Su cruz es la base de ambas. Era la respuesta completa a toda nuestra culpabilidad, de manera que nosotros que creemos, somos justificados por Dios mismo (Romanos 3:25, 26), y la condenación total de todo lo que éramos en nosotros mismos como hijos de Adán (Romanos 6:6; 8:3), para que seamos liberados por el poder de Cristo resucitado.

Pero aunque la base de ambas es obviamente la misma, la forma en que las recibimos es diferente.

Se dice claramente que la paz es recibida por la fe (Romanos 5:1), aunque siempre es precedida por la ansiedad producida por el ejercicio de consciencia de estar en una posición peligrosa hacia Dios.

La liberación, por otra parte, aunque no pueda ser separada de la fe, está relacionada en gran medida con la experiencia. Es necesario caminar a través del pantano de Romanos 7 para llegar a la roca que se erige ante nosotros al final del capítulo.

Es necesario aprender las lecciones útiles, aunque dolorosas, de que no mora «el bien» en la carne (v. 18), de que los mejores deseos son impotentes (v. 23), incluso cuando provienen de una nueva naturaleza interior, llamada aquí «la ley de mi mente» o «el hombre interior». Entonces, asqueada por el pecado y por uno mismo, el alma cansada busca un liberador externo y lo encuentra en el Señor Jesucristo.

Esta liberación se encuentra al reconocer que la cruz de Cristo significa la condenación del pecado en la carne, y por el poder del Espíritu de Dios, que hace de Cristo una realidad tan viva que el orden comienza a surgir del caos y que la victoria se obtiene sobre el pecado.

1 - ¿Es posible tener los pecados perdonados sin tener la paz?

¿De qué depende el perdón? Por supuesto por la simple fe en Cristo. «Todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados», dice la Escritura (Hechos 10:43).

¿De qué depende la paz? De la fe en el Evangelio de Dios, que pone ante nosotros a un Salvador que «fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25).

La pregunta entonces es: «¿Es posible creer simplemente en Cristo y confiar enteramente en él como un pobre pecador, sin creer con la misma sencillez en el mensaje del evangelio que nos presenta no solo a Cristo, sino también a su obra y sus resultados?»

La respuesta puede ser, ¡ay! Sí. Demasiada gente presta tanta o más atención a sus sentimientos que al evangelio, y por lo tanto no tiene paz, aunque tenga plena confianza en Cristo.

Tal estado de cosas no es ni la intención de Dios ni lo que contemplan las Escrituras. Es el resultado de una enseñanza defectuosa, o el producto de la incredulidad.

2 - ¿La paz y la liberación, deben ser recibidas simultáneamente o, pueden adquiridas sucesivamente?

No se establecen reglas en las Escrituras, aunque obviamente son tratadas por separado en la Epístola a los Romanos. La paz es tratada completamente en Romanos 1 a 5, antes que la liberación lo sea en Romanos 6 al 8.

En la práctica, parecería que la cuestión de los pecados y cómo encontrar a Dios ocupa toda la mente hasta que se encuentra la paz, y que entonces el Espíritu de Dios plantea la cuestión del pecado y de la carne, y de la victoria sobre ambos.

Sin embargo, muchas personas dirían que en su caso, las dos preguntas estaban mezcladas en sus ansiedades y sus ejercicios, y que parecía que la luz se hacía sobre ambas al mismo tiempo. El autor de este artículo atestigua que, en su caso, no tuvo paz hasta que la luz comience a brillar sobre la cuestión de la liberación.

3 - ¿Es posible que una persona sea continuamente vencida por el pecado, como en Romanos 7, mientras que al mismo tiempo tiene paz con Dios?

No exactamente. Tomando el capítulo tal como está, solo podemos estar sorprendidos por el hecho de que en los versículos 7 al 24, el que habla, no se refiere ni a la obra de redención de Cristo ni al Espíritu de Dios. Estos ejercicios dolorosos son obviamente los de aquel que, aunque nacido de nuevo y por lo tanto poseedor de una nueva naturaleza, se pone bajo la Ley, no conoce la redención y no tiene el don del Espíritu morando en él. Por eso es «carnal», «vendido al pecado» (v. 14) y no hay absolutamente nada bueno en él.

Sin embargo, el creyente que tiene paz con Dios puede tener una experiencia semejante, pero diferente, ya que conoce la redención y posee el Espíritu. Aunque no está vendido al pecado, a menudo puede experimentar la tristeza de un fracaso humillante, pero sin un solo rayo de luz, como lo muestra este capítulo.

4 - Si una persona verdaderamente convertida pasa por tal experiencia, ¿no demuestra que algo anda mal?

Sí, por supuesto, pero es ella la que está equivocada, no su cristianismo. Lo lamentable es que muchos no parecen saber de esta experiencia. Hay algo que no va en ellos, pero no parecen sentirlo.

Así como nadie encuentra la paz sin antes estar angustiado, ningún creyente puede lograr esta liberación del pecado y del «yo», que conduce a un cristianismo sólido, sin una experiencia como la descrita en Romanos 7.

5 - ¿Cuál es el secreto para obtener esta liberación?

Simplemente no mirarse a sí mismo sino a Cristo. Note la incesante repetición del «mí» y especialmente del «yo» en los versículos 7 al 24, luego el cambio repentino en el último versículo. Enfermo y desesperado, el que habla mira hacia arriba y busca un libertador externo. No es «¿Cómo me libraré?», sino «¿Quién me librará?».

6 - ¿Obtenemos la liberación en un momento específico y de una vez por todas, como la paz?

No. La paz es el resultado de la aceptación del testimonio de Dios sobre la obra de Cristo; a menudo viene de repente. La liberación, por otra parte, depende no solo de la obra de Cristo para nosotros, sino de la obra del Espíritu en nosotros. Este trabajo no se hace de una vez por todas, sino que debe mantenerse y progresar.

Hay, por supuesto, un momento preciso en el que el alma grita: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?», un tiempo en el que empezamos a comprender lo que significa estar «en Cristo Jesús» (Romanos 8:1), y cuando probamos por primera vez la dulzura de la libertad que resulta del hecho de que estamos bajo el control del «Espíritu de vida en Cristo Jesús» (v. 2). Este es el momento en que comienza la liberación, pero debe ser mantenida y su medida debe crecer mientras estemos en este mundo.

7 - Algunos creyentes han pasado muchos años en vanas luchas contra el poder del pecado que mora en ellos. ¿Qué aconsejarles?

¡Renuncien a estas luchas y miren al gran Libertador! Piérdase en los dulces rayos de su amor y de su gloria –esa es realmente la liberación.

Un famoso evangelista utilizó una alegoría que ilustra esto. Aquí está:

«Las gotas en la superficie del océano miraban a las nubes algodonosas que pasaban sobre ellas en el cielo y anhelaban dejar sus profundidades selladas y volar ligeramente con ellas. Así que decidieron intentarlo.

«Llamaron al viento para que les ayudara. Sopló violentamente, y las olas furiosas se lanzaron con toda su fuerza contra las rocas hasta que rompieron las gotas en finas gotas que deberían haber llegado a las nubes y permanecer allí. Pero no, cayeron en una lluvia ligera sobre las olas oscuras y frías. Finalmente suspiraron: «Nunca será posible». El viento bajó y la tormenta se detuvo.

«Entonces el sol comenzó a brillar con fuerza, el mar estaba en calma bajo sus cálidos rayos y aquí, casi antes de que se dieran cuenta, las gotas se elevaron por su gran poder y, sin ruido ni esfuerzo, se encontraron flotando en el cielo azul, en forma de vapor.

La liberación es así. Guárdense bajo los dulces rayos del amor de Cristo para ustedes, y pronto dirán: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:25).


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