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El temor a Jehová


person Autor: Frank Binford HOLE 54

flag Tema: El temor del Señor


Hay principios bíblicos de gran importancia que se entrelazan en todo el tejido de la Biblia sin que en ningún momento se cristalicen en una declaración formal y definitiva. Tomemos, por ejemplo, lo que se dice en el Antiguo Testamento sobre «el temor a Jehová». Esta frase se encuentra en todo el Antiguo Testamento, pero es particularmente prominente en el Deuteronomio, donde Moisés trata la condición moral de Israel, y en los Salmos, los Proverbios y los últimos Profetas, donde tenemos palabras de testimonio divino hacia ellos por su decadencia y fracaso. Creemos que un examen de estos y otros pasajes similares bastaría para convencer a cualquiera de que existe un principio de las Escrituras que puede enunciarse aproximadamente así:

  • Dios presta relativamente poca atención a la posición externa cuando no hay una condición interna correspondiente, pero insiste mucho en la condición interna.
  • Con la expresión “posición externa” no nos referimos a la nueva posición del creyente en Cristo, ni a esas relaciones celestiales y divinas en las que está introducido. Estas relaciones son, por supuesto, de suma importancia. De hecho, el conocimiento y el disfrute de estas relaciones son la única manera de formar y mantener una “condición interna” adecuada en cada uno de nosotros.
  • Además, no es nuestra intención desacreditar la “posición externa” como si no tuviera importancia. Nuestro propósito es simplemente mostrar, a partir de las Escrituras, la importancia relativa de la posición externa, y dar el primer lugar en nuestras mentes a aquellas cosas a las que pertenece.

Queremos acercar cuatro pasajes impactantes del Antiguo Testamento, dos de los Salmos y dos en el último de los Profetas.

1 - El secreto

«La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto» (Sal. 25:14).

Todo el salmo hace hincapié en la condición moral y espiritual que agrada a Dios. Insiste en la humilde confesión de los pecados, la confianza en Dios, la mansedumbre de espíritu y la obediencia a los testimonios divinos. Estas cosas son de gran valor para Dios en todas las dispensaciones, como lo demuestra el hecho de que, aunque fue escrito por David, este salmo contempla la victoria final de esta simiente justa y piadosa en la era del Milenio (v. 13). Son estas cosas a las que Dios se interesa hoy, y están resumidas en la frase «el temor a Jehová».

Pero, es para los que temen a Jehová que encuentran su secreto. Dios no da a conocer su pensamiento y el secreto de sus caminos, ni admite en la intimidad de un amigo a todos sus hijos, y mucho menos al mundo. Todos los hijos de Dios tienen la misma posición en cuanto a la gracia, gozan de la misma vida, de la misma relación y del mismo favor, pero no todos gozan de la misma intimidad de comunión. Para conocer el pensamiento de Dios, una cosa es necesaria, y no es una posición externa, una postura correcta o un conocimiento erudito de las Escrituras, sino un espíritu y una vida llenas del temor de Dios.

La Escritura nos da muchos ejemplos de esto. Lot fue considerado justo como Abraham, pero nunca fue llamado, como Abraham, «amigo de Dios» (Sant. 2:23). Mientras este último fue puesto al corriente del secreto de lo que Dios iba a hacer en Sodoma, Lot no supo nada hasta el último momento.

Un ejemplo aún más sorprendente es el contraste entre los primeros capítulos de Mateo y Lucas:

  • Mientras el mayor acontecimiento de la historia de Israel era inminente, toda Jerusalén estaba envuelta en la ignorancia y la indiferencia. No solo Herodes, aficionado a los placeres, sino también los sacerdotes, los escribas versados en la Ley y los religiosos fariseos, ignoraban en grado sumo que el Mesías largamente prometido había nacido entre ellos. La primera indicación la habían recibido a través de los sabios venidos de Oriente, que eran extranjeros a Israel y a la alianza de la promesa. Y lo que es peor, cuando lo supieron, al parecer meses después de que ocurriera el hecho, fueron capaces, con bastante ligereza y precisión, de citar las Escrituras relativas al lugar donde debía nacer el Mesías, ¡y luego utilizaron su conocimiento de las Escrituras para tratar de darle muerte! Así eran los hombres que, en aquella época, se enorgullecían de su posición externa.
  • El Evangelio de Lucas se abre con escenas muy diferentes. Somos introducidos en los hogares de los humildes de Galilea, gente sin fama ni posición en el mundo, y los vemos pronunciar palabras inspiradas sobre el nacimiento del Mesías, meses antes de su venida. Además, cuando Jesús nació en Belén, había pastores, hombres piadosos, pero los más humildes, simples vigilantes nocturnos de los rebaños. Y gracias a la intervención de un ángel, se enteraron del feliz acontecimiento solo unos minutos después de que hubiera ocurrido.

¡Qué gran contraste! Los hombres de ascendencia noble y alto rango son completamente ciegos. Los hombres que no tienen más que el temor del Señor conocen perfectamente el secreto del Señor.

2 - La bandera

«Has dado a los que te temen bandera que alcen por causa de la verdad» (Sal. 60:4).

El escenario de este versículo es claramente bélico. Todo el contexto habla de conflicto. La derrota marca los primeros versículos, y en virtud de la intervención de Dios, la victoria marca el final.

Por lo tanto, si un ejército sufre un revés y corre el riesgo de desintegrarse y que, sin embargo, se transforma en una fuerza capaz de vencer, debe ser el resultado del despliegue de una bandera de agrupación. En efecto, es a través del despliegue de dicha bandera que Dios intervino.

Las diversas circunstancias de las batallas de David contra los sirios y los edomitas ciertamente proporcionaron la ocasión para escribir estas palabras, pero el alcance de su significado claramente no se limita a ellas solamente. La bandera de la verdad permanece a través de todos los conflictos de la peregrinación de los santos de Dios, y debe ser desplegada. Un secreto es algo que hay que apreciar, que, por su propia naturaleza, es apto para los oídos de algunos, pero no de todos. Por el contrario, una bandera ilustra por naturaleza el resultado de una inscripción que todos deben ver, que se aprecie o no.

La verdad, entonces, como una bandera, debe mantenerse muy alta. Pero, ¿en manos de quién debe estar? Las manos de «los que te temen» –y nadie más. Siempre ha sido así. Solo tenemos que volver a esos primeros capítulos de Lucas para encontrar ilustraciones de esto.

Apenas los pastores ponen los ojos en el Mesías, aún niño, que comienzan a dar testimonio de él (Lucas 2:17-18). Cuando Ana, la profetisa, lo vio, fue inmediatamente a hablar «del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén» (v. 38). Así es como la bandera fue elevada, inicialmente en un círculo muy reducido.

Del mismo modo, el comienzo del libro de los Hechos es la historia del despliegue de la bandera de la verdad por parte de «hombres sin letras y del vulgo», que sin embargo fueron reconocidos por «que habían estado con Jesús» (Hec. 4:13), señalando la completa bancarrota de aquellos que reclamaban la sucesión y los poderes sacerdotales. La segunda parte muestra la bandera llevada por Pablo al mundo gentil y mantenida en alto, a pesar de la más feroz oposición de hombres de la misma clase.

Cuando llegamos a las Epístolas, encontramos al mismo apóstol transmitiendo la bandera, no a hombres conocidos por ostentar un determinado cargo, no a ancianos o diáconos u hombres con este o aquel don, sino a Timoteo, que, más que los demás, se caracterizaba por una condición interna según Dios.

Pablo había escrito antes sobre Timoteo: «Porque a nadie tengo del mismo ánimo, que tan realmente se interese por lo que os concierne» (Fil. 2:20). Esta frase «del mismo ánimo» debe relacionarse no solo con el ejemplo de Pablo, dado en el versículo 17, sino con el ejemplo infinitamente mayor de Cristo mismo, dado en los versículos 5-8. Timoteo era un hombre en el que residía en una medida muy especial «este pensamiento que también hubo en Cristo Jesús» (v. 5), y por lo tanto fue a él a quien el mandato de despedida de Pablo fue dado: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor» (2 Tim. 1:8), y de nuevo: «Predica su palabra» (2 Tim. 4:2).

La bandera del «testimonio… del Señor» fue transmitida –repetimos– por Pablo el veterano, no a una clase o grupo de hombres caracterizados por una determinada posición externa, sino a una persona que estaba caracterizada por una condición interna particular, una persona que realmente poseía la «mente de Cristo» (1 Cor. 2:16).

Esto ilustra perfectamente nuestro tema y se aplica muy bien a nuestra época.

3 - El libro

«Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre» (Mal. 3:16).

El libro de Malaquías nos ofrece la última visión, en lo que respecta al Antiguo Testamento, de los judíos que habían abandonado la tierra de su cautiverio y regresado a Jerusalén. También nos da el primer esbozo de la situación que se desarrolló. Revela la presencia de un remanente de corazón sincero en medio de los líderes y del pueblo satisfechos de sí mismos. Los primeros capítulos de Lucas, a los que ya hemos aludido, conectan naturalmente con el final de Malaquías, mostrándonos de nuevo un «remanente según la elección de la gracia» (Rom. 11:5). Seguramente podemos dar por sentado que nunca ha faltado ese remanente a lo largo de los 350 a 400 años que separan a ambos.

La característica en la que nos centramos está en primer plano. Se caracterizaban por «el temor a Jehová». Sus mentes estaban ocupadas con él, pues pensaban «en su nombre», es decir, se preocupaban por todo lo que él había revelado ser, y se preocupaban por Su reputación en consecuencia. Sus bocas estaban ocupadas con su Palabra, pues «hablaron cada uno a su compañero», y sus palabras encontraban la aprobación divina –«Jehová escuchó y oyó». Así, su conversación era claramente «buena para la necesaria edificación» (Efe. 4:29). Además, sus actividades tenían a Dios como meta y objeto, pues se habla del «justo… que sirve a Dios» (Mal. 3:18).

No tenemos forma de saber quiénes eran estos hombres de bien. No tenían ninguna fama en el tiempo que vivieron. Los protagonistas de aquella época eran los sacerdotes, que eran los débiles y deplorables representantes de la otrora gloriosa jerarquía establecida por Dios. Estos hombres se habían sentado, ellos mismos, «en el púlpito de Moisés» (Mat. 23:2). Estaban orgullosos y los hombres los consideraban felices (Mal. 3:15). Sin embargo, fueron reprendidos de forma contundente por el Señor a través del profeta. Solo los que «temían a Jehová» eran aprobados.

Y fue para estos últimos que fue escrito el «libro de memoria» ante Jehová. Su historia está conservada en lo alto, esperando salir a la luz cuando los anales de la historia humana sobre los orgullosos se hayan desvanecido. No solo está a salvo su historia, sino que ellos mismos serán manifestados como el «especial tesoro» de Jehová (Mal. 3:17), en el día del Reino venidero. «En aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro»; esto es lo que se predice en el libro de Daniel (12:1) sobre la descendencia piadosa, a la que le tocará pasar por la gran tribulación de los últimos días.

Parece bastante obvio, a partir de un pasaje como Apocalipsis 3:7-11, que el libro del recuerdo sigue en uso y que la historia de los que temen al Señor y piensan en su Nombre –es decir, los que se caracterizan por una determinada condición y no por una determinada posición– sigue siendo registrada.

4 - El sol

«A vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada» (Mal. 4:2).

Detrás de esta impactante imagen tenemos la promesa de la aparición del Señor. Él es el Sol, es decir, el centro, la fuente de luz y calor, la fuente de autoridad, poder y fuerza. Él es el Sol de justicia, ya que, al aparecer en un escenario de caos moral e injusticia, la justicia debe ser necesariamente su principal característica.

Pero cuando se levante como Sol de justicia, ¿no será para todos? En efecto, pero no se levantará para todos con la curación en sus alas. Para muchos, su aparición significará lo contrario. Se levantará con un calor feroz y ardiente: «Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama» (Mal. 4:1). Se levantará y «en sus alas traerá salvación» solo para aquellos que temen su Nombre.

Es muy significativo que aquí, en las últimas palabras del Antiguo Testamento, tengamos las dos clases de personas, no solo tan claramente distinguidas entre sí, sino también tan claramente etiquetadas: «los que teméis mi nombre» por un lado y «los soberbios» por otro. Lo significativo es que aquí, al final, se revela con claridad la tendencia que inevitablemente se manifiesta en la carrera de quienes hacen hincapié en la posición antes que en la condición. Se termina, siempre se ha terminado y siempre se terminará por el orgullo, el rasgo que, de todos los otros, es el más detestable para Dios.

Poner el énfasis principalmente en la posición externa, relegando a un segundo plano las cuestiones de condición espiritual, tiende necesariamente en esta dirección. Estamos ocupados entonces con algunos privilegios y ventajas externos –reales o imaginarios– de los que se puede presumir, mientras que las consideraciones sobre cuál es, en definitiva, nuestro propio estado o mala condición, que tenderían a humillarnos, se apartan de la vista.

Enfatizar la condición interna y dejar en segundo plano la posición externa tiene el efecto contrario. Produce el espíritu manso y humilde que es de gran valor a los ojos de Dios (1 Pe. 3:4), un espíritu como el que vemos, por ejemplo, en María, que pudo decir: «¡Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador! Porque ha mirado el humilde estado de su sirvienta…» (Lucas 1:47-48). Por lo que respecta a ella, se convirtió en la madre del Mesías, y así «un amanecer desde la alto» visitó a los pobres del rebaño de Jehová (Lucas 1:78). Pronto se levantará en gloria como el «Sol de justicia» para la justificación y bendición de los que le temen.

(Extractado de la revista «Scripture Truth», Volumen 9)


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