Inédito Nuevo

La lucha de la fe


person Autor: Arend REMMERS 13

flag Tema: Las batallas de la fe


1 - La naturaleza de los combates

1.1 - No se trata de la lucha contra la carne

El estado de guerra espiritual forma parte de la vida de fe. Las posesiones y bendiciones espirituales de los creyentes cristianos merecen ser mantenidas y, por lo tanto, deben ser defendidas. Sin embargo, muchos santos luchan una guerra de la que la Palabra de Dios no habla en absoluto. Luchan contra su carne, contra el pecado que mora en ellos. De hecho, es el conflicto de un alma que en realidad no conoce la liberación espiritual, y es una lucha sin esperanza. Siempre llegará a las palabras de Romanos 7:24: «¡Soy un hombre miserable! ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?». Lo que le falta a tal alma es el conocimiento y la fe de que «nuestro viejo hombre ha sido crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Rom. 6:6). Solo la fe en la obra expiatoria de Cristo en la cruz y en su resurrección puede traer, no la liberación del pecado como tal, sino la liberación de la «ley del pecado», es decir, del poder del pecado en el creyente (Rom. 8:2). ¡Cuántas almas se agotan en esta lucha equivocada y sin esperanza, en lugar de verse a sí mismas como muertas «al pecado, pero vivas para Dios en Cristo Jesús» (Rom. 6:11)!

1.2 - No es una lucha contra los hombres

Además, un creyente cristiano nunca debe dejarse arrastrar a luchar contra otros hombres. Las Escrituras no apoyan los conflictos mundanos ni las luchas entre cristianos. Las guerras del pueblo de Israel en los tiempos del Antiguo Testamento tenían un carácter especial, como puede verse en Deuteronomio 20:4, 10. Dios quería utilizar a su pueblo terrenal para ejecutar su juicio sobre los pueblos idólatras de Canaán (Gén. 15:16). Pero en el tiempo presente de la gracia de Dios (Hec. 20:24), estamos llamados a sufrir en lugar de vengarnos, y mucho menos atacar a nadie (Ma. 5:39; 1 Pe. 2:23). Nuestro Señor mismo se encargará de nuestro caso. ¡Qué bendición saber eso!

Solo un pasaje del Nuevo Testamento habla literalmente de «guerras» entre cristianos. En su Epístola, Santiago escribe: «¿De dónde vienen las guerras y las luchas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que guerrean en vuestros miembros?… lucháis y guerreáis…» (4:1-2). Las palabras griegas utilizadas en estos versículos proceden de la lucha en las guerras y en el campo de enfrentamiento (griego: polemos, machê, polemeô, machomai). En este contexto, se refieren a graves disputas entre cristianos, que deben ser condenadas. No, estamos llamados a la paz. El siervo del Señor no debe reñir (machomai), sino «ser amable con todos» (2 Tim. 2:24).

La verdadera guerra cristiana tiene un carácter totalmente distinto. En muchas Epístolas del Nuevo Testamento encontramos referencias o alusiones a la necesidad de luchar por lo que hemos recibido por la fe en la Palabra de Dios. Se utilizan varias palabras para describir esta guerra, así como una serie de verbos relacionados, pero no siempre significan que tengamos que defendernos o atacar a un enemigo.

2 - Combatir, luchar, carrera, como un atleta

2.1 - Llegar a la meta, ganar la carrera. La preparación

La palabra griega más utilizada (agôn) parece proceder del ámbito deportivo y originalmente significaba una competición o lucha por premios. En Hebreos 12:1 se traduce «carrera», y en otros pasajes «lucha» (Fil. 1:30; 1 Tim. 6:12; Col. 2:1; 2 Tim. 4:7; 1 Tes. 2:2). En todos estos casos, no se trata de resistir o luchar contra un enemigo. Más bien, en cada pasaje, se trata del serio esfuerzo necesario para alcanzar la meta y ganar la carrera.

Los antiguos griegos eran entusiastas del deporte; es bien sabido que fueron los “inventores” de los Juegos Olímpicos. Así que, lo que Pablo intentaba transmitirles, debía entenderse de inmediato. Nótese que no estaba animando a los cristianos a practicar deporte, que es una trampa para algunos jóvenes creyentes de hoy en día.

La lección que podemos aprender de esto es sencilla: un atleta renuncia a sí mismo y ejerce autocontrol sobre todos los aspectos de su vida para alcanzar el éxito. Utiliza toda su energía para alcanzar la meta que se ha fijado y no se deja distraer de ella. Del mismo modo, el cristiano está llamado a librar la batalla de la fe con todas sus facultades y todas sus fuerzas.

Tengamos presente que estas ilustraciones deportivas no transmiten la menor idea de competición o de deseo de vencer a nuestros hermanos y hermanas en la fe, pues ello estaría en total contradicción con las numerosas exhortaciones de la Escritura a ser humildes, a estimar a los demás como más excelentes que nosotros mismos y a no desear vanagloriarnos, provocarnos o envidiarnos unos a otros (Fil. 2:3; Gál. 5:26). Más bien, las 2 cosas que debemos aprender de estas ilustraciones deportivas son concentrarnos en la carrera o lucha de la fe, y apartarnos y abstenernos de cualquier cosa que pueda impedirnos seguir firmemente a nuestro Señor Jesús.

2.2 - Los ejemplos de la Palabra

¡De cuánta fuerza tenía necesidad el apóstol Pablo para no desfallecer en sus sufrimientos por Cristo! ¡Cuánta energía espiritual y corporal necesitaba para predicar la Palabra de Dios tanto a los incrédulos como a los creyentes! Al igual que los deportistas, deberíamos abstenernos incluso de cosas que no son malas en sí mismas, pero que pueden representar un peligro para nuestra vida espiritual y su desarrollo.

Epafras, colaborador de Pablo, estaba «luchando siempre» con oraciones por los colosenses (Col. 4:12; agônizomai). Esta lucha espiritual por la salvación y la prosperidad de las almas es lo que más a menudo nos está presentado cuando el Nuevo Testamento habla de «guerra». Que podamos, también nosotros, saber lo que significa participar en esta lucha, que no exige emplear todas nuestras fuerzas. Que no dejemos de hacerlo por descuido o auto satisfacción.

En 1 Corintios 9:24-27, Pablo nos da una imagen clara y concreta de esta lucha espiritual por el premio: «¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren en verdad, pero solo uno recibe el premio? ¡Corred de forma que lo obtengáis! Y todo aquel que lucha se impone un estricto régimen. Ellos en verdad por una corona corruptible, pero nosotros por una incorruptible. Así yo corro, no como a la ventura; así peleo, no como golpeando el aire; pero mortifico mi cuerpo, y lo someto; no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo quede descalificado».

2.3 - Las condiciones de la atribución del premio

Según las reglas, el premio solo se concede al ganador. En la carrera espiritual es distinto, porque todos los que corren bien reciben el premio. Por eso Pablo anima a los creyentes de Corinto a emplear toda su energía para ganarlo. A continuación, utiliza el ejemplo de un atleta que, incluso durante el entrenamiento previo a la carrera propiamente dicha, debe renunciar a muchos placeres que otros sí pueden permitirse. El llamado para nosotros es el siguiente: si esto es lo que hacen las personas en sus actividades terrenales e incluso mundanas, ¡cuánto más deberían caracterizarse los creyentes por esta actitud cuando se trata de recibir una corona incorruptible! Pablo es un brillante ejemplo de ello. Vivió y trabajó para su Señor en constante abnegación para mantener y aumentar su fuerza espiritual.

Hebreos 12:1-2 nos exhorta: «Despojándonos de todo peso y del pecado que nos asedia, corramos con paciencia la carrera (agôn) que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús». Hay muchas cosas en la vida que parecen inofensivas, pero nos quitan tiempo y energía; otras son realmente malas y nos enredan si las dejamos. Ambas cosas nos impedirán correr la carrera por Cristo, nuestro Señor.

3 - Combatir por la fe

3.1 - Combate, lucha, para mantener pura la fe

La idea del deporte como competición se utiliza a veces para ilustrar nuestra lucha por mantener pura la fe. En su Epístola, Judas tuvo que exhortar a los creyentes a luchar (ep-agônizomai) «por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3). La idea aquí es muy similar a la de librar una batalla, ya que los enemigos atacan las preciosas verdades de nuestra «salvación común». Lo mismo ocurre con otra palabra que suele traducirse como «combate» y «lucha», la palabra griega athlêsis o athleô (de la que se deriva la palabra atleta), que también se tomó prestada originalmente del mundo del deporte (Fil. 1:27; 4:3; 2 Tim. 2:5; Hebr. 10:32).

3.2 - El combate bélico contra Satanás

Sin embargo, las luchas en los juegos y las carreras no son las únicas imágenes utilizadas en el Nuevo Testamento. También hay guerra (strateia; comp. “estrategia”) mencionada en 2 Corintios 10:4-5 (traducido «milicia») y 1 Timoteo 1:18 (traducido «lucha»). Se trata de la guerra espiritual contra Satanás, el enemigo de Dios y de nuestras almas. Él siempre resiste a la autoridad de nuestro Señor y a su Palabra. Satanás trató de engañar a la primera pareja humana en el Jardín del Edén con “fortalezas” intelectuales, y «razonamientos y todo lo que se levanta contra el conocimiento de Dios» –y tuvo éxito. Por los mismos medios, intentó que el Señor Jesús desobedeciera a su Dios y Padre, pero sin éxito. El Señor usó el arma de la Palabra de Dios para hacerlo callar, diciendo 3 veces: «Escrito está», cuando Satanás trató de apartarlo de la obediencia a su Dios y Padre (Mat. 4:4, 7, 10). Satanás utilizó otro método cuando el apóstol Pablo estaba en Corinto. El arma de Pablo era llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Cor. 10:5).

Satanás utiliza el mismo tipo de tácticas para tratar de derrotar a los cristianos de hoy. Considere las conclusiones aparentemente lógicas a las que ha llegado la ciencia moderna. El Big Bang, la evolución y la teología moderna se basan en la suposición de que Dios no existe como persona divina activa, lo cual no puede probarse ni refutarse, porque es una cuestión de fe. Otros efectos perversos de la teoría de la evolución pueden verse en la educación opuesta a la autoridad, la exaltación de las relaciones sexuales fuera del matrimonio, etc.

3.3 - La guerra defensiva

Debe quedar claro que nuestra tarea no es luchar abiertamente contra todo este tipo de pensamiento que niega la existencia de Dios y la necesidad de la salvación. Sin embargo, sí tenemos la obligación de mantenernos alejados de estas ideas peligrosas en nuestra vida personal, familiar y de asamblea. Esta es nuestra guerra. No se trata de una guerra agresiva, sino defensiva. Es más, recordemos que nuestros enemigos no son personas. Las armas de nuestra guerra no son carnales, sino poderosas por medio de Dios; y nuestra lucha no es contra sangre y carne (2 Cor. 10:4; Efe. 6:12). Cuántos cristianos se han equivocado enredándose en las llamadas guerras de religión que siguieron a la Reforma –¡incluso hoy en algunas partes del mundo! Ciertamente no hicieron ni hacen caso de las palabras de 2 Corintios 10:3-5: «Porque, aunque andamos en la carne, no combatimos según la carne. Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destruir fortalezas, derribando razonamientos y todo lo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo».

3.4 - La intervención de Dios en las situaciones desesperadas

En esta lucha, experimentamos la ayuda de nuestro poderoso Dios de una manera admirable. El Antiguo Testamento nos da un ejemplo maravilloso, después de que Dios liberó a Israel del poder de Egipto. Cuando los israelitas se acercaron al mar Rojo, los egipcios los persiguieron con un poderoso ejército. En esta situación aparentemente desesperada, cabía esperar que lucharan, pero eran incapaces de hacerlo; así que Dios les dijo por boca de Moisés: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Éx. 14:13-14; véanse también 2 Crón. 20:17; Neh. 4:20). Encontramos ejemplos similares a lo largo de la historia de Israel en el Antiguo Testamento. Cuando el siervo de Eliseo se desesperó al ver la ciudad rodeada por el ejército sirio, el hombre de Dios pidió a Jehová que abriera los ojos del joven, «y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo» (2 Reyes 6:17). En el capítulo siguiente tenemos otra ocasión: Jehová hizo oír al ejército de sirio «ruido de caballos, y estrépito de gran ejército… Y así se levantaron y huyeron al anochecer, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus asnos, y el campamento como estaba; y habían huido para salvar sus vidas» (2 Reyes 7:6-7). En el capítulo 19:35 del mismo libro, un ángel de Jehová salió e hirió a 185.000 soldados en el campamento asirio. Aún podrían citarse otros incidentes de este tipo.

3.5 - Resistir – cómo obtener fuerza

¿Qué nos enseñan estos ejemplos? Que nuestro Dios nos pone a menudo en situaciones en las que tenemos que resistir al enemigo de nuestras almas. Sentimos que no tenemos fuerzas para resistir o luchar. Nuestra fe es puesta a prueba en cuanto a si cedemos a la desesperación y al miedo o si estamos decididos a poner nuestra confianza en el Señor y resistir, a pesar de las pocas fuerzas que creemos tener. Si optamos por lo segundo, él vendrá en nuestra ayuda y tomará las riendas de las cosas de una manera que jamás habríamos esperado. ¿No fortalece esto nuestra fe para que podamos poner más confianza en él y en su poder ilimitado? El Señor glorificado le dijo a Pablo: «Mi gracia te basta; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor. 12:9). Y la respuesta del apóstol es: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor. 12:10).

4 - El combate contra el poder espiritual de maldad en los lugares celestiales

4.1 - Las bendiciones del cristiano en los lugares celestiales

En Efesios 6:10-18 se describe otro combate menos conocido. La palabra utilizada para esta lucha (palê) solo aparece aquí. Su significado original es “lucha”, pero incluso en el griego clásico se ha desarrollado una connotación más general. En nuestro pasaje, se refiere muy claramente a la guerra más que al atletismo. En esta guerra, necesitamos medios de defensa y ataque muy diferentes, como describen estos versículos.

Ninguna otra Epístola del Nuevo Testamento presenta la posición celestial y las bendiciones del cristiano individual y de la Asamblea de Dios con detalles tan gloriosos como la dirigida a los Efesios. No solo se ve a Cristo mismo en los lugares celestiales (1:20), sino también a cada creyente individualmente (2:6). Es allí donde se encuentran nuestras bendiciones espirituales (1:3), y la asamblea da un testimonio especial a los principados y autoridades en los lugares celestiales (3:10). Pero entre estas clases de ángeles, también hay enemigos, los gobernantes de estas tinieblas, el poder espiritual de maldad en los lugares celestiales (6:12).

4.2 - Satanás busca impedir el disfrute de estas bendiciones

Satanás y sus poderes quieren impedir que los creyentes disfruten de sus bendiciones espirituales en los lugares celestiales. El conocimiento de nuestra posición como hijos e hijas de Dios, la posesión de la vida eterna en Cristo, la morada y el gozo del Espíritu Santo, la comunión con el Padre y el Hijo –todas estas cosas son bendiciones espirituales que nos han sido dadas sobre la base de la obra consumada de Cristo. Satanás, sin embargo, tratará por todos los medios de privarnos del disfrute –¡no de la posesión, porque eso es imposible!– de estas gloriosas bendiciones celestiales y espirituales.

Él no puede quitarnos nuestras bendiciones celestiales. Son una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada para nosotros en el cielo (1 Pe. 1:4). Lo que Satanás hace, es tratar de hacernos tropezar en nuestro camino en la tierra para descalificarnos de disfrutar de nuestras bendiciones espirituales en los lugares celestiales. Esto queda claro cuando estudiamos la lista de armas espirituales, todas las cuales se refieren a nuestro andar práctico en este mundo. Si fallamos en esta área, no podemos tratar con las cosas espirituales, sino que deberemos ser llevados al arrepentimiento y a la purificación por el Espíritu.

4.3 - La armadura para vencer

Como ya hemos mencionado, nuestro combate no es contra sangre y carne, es decir, contra adversarios o enemigos humanos. Para poder vencer, necesitamos la armadura completa (la “panoplia”) de Dios, que consiste en:

  • El cinturón de la verdad, es decir, la verdad doctrinal y práctica en nuestras vidas,
  • la coraza de justicia doctrinal y práctica,
  • los pies calzados con la preparación de las buenas nuevas de paz,
  • el escudo de la fe,
  • el yelmo de la salvación y, finalmente,
  • la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

No podemos dejar de pensar que la séptima y última cosa mencionada en estos versículos también debe formar parte de esta armadura completa (panoplia) de Dios: es la oración ferviente por medio del Espíritu.

4.4 - Casos en los que debemos huir en lugar de resistir

Aquí conviene hacer una advertencia. En este pasaje, como en Santiago 4:7 y 1 Pedro 5:9, estamos claramente invitados a resistir al diablo, el gran enemigo de Dios y de los que le pertenecen. En otros casos, sin embargo, se nos exhorta a huir: la fornicación, la idolatría, el amor al dinero (avaricia) y similares, y los deseos de la juventud (1 Cor. 6:18; 10:14; 1 Tim. 6:11; 2 Tim. 2:22). Se trata de peligros que Satanás presenta a nuestra carne para tentarnos. En la práctica, a menudo creemos que podemos resistir al diablo cuando deberíamos huir, y huimos cuando deberíamos defender al Señor y resistir al diablo.

4.5 - El arma principal: la Palabra de Dios

La Palabra de Dios es nuestra arma principal. Como en el caso de un arma material, el conocimiento y la práctica en su uso son indispensables. Un conocimiento profundo y detallado de las Sagradas Escrituras es necesario si queremos ser capaces de combatir «la buena batalla» (2 Tim. 4:7). Pero hay más: cuanto mejor conozcamos las Escrituras, más nos servirán de alimento y fuente de gozo para el alma.

Truth and Testimony, 2016-1 p.3