Inédito Nuevo

Luchar por la fe


person Autor: Elie LONGE 2

flag Tema: La fe o la doctrina cristiana


En estos tiempos de decadencia, viendo la tendencia a abandonar los principios de la verdad y el testimonio de nuestro Señor en peligro, es necesario exhortar a los que son «guardados» en medio de la ruina «a que luchéis por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 1-3). Esta «fe» es el conjunto de la doctrina cristiana fue enseñada a los santos mediante la palabra de los apóstoles. Es la enseñanza que «oísteis desde el principio» (1 Juan 2:24), y que está registrada en las Sagradas Escrituras.

Después de la partida de los apóstoles, y tal como ellos habían predicho, la Iglesia en su conjunto había abandonado las verdades del principio, y la mayoría de las verdades más importantes relativas a la Asamblea de Dios habían sido olvidadas. Pero a principios del siglo 19, el Señor, en su gracia, quiso que estas verdades volvieran a salir a la luz por medio de siervos fieles que gemían por el estado ruinoso de la Iglesia, que se había convertido en una casa grande, que contenía algunos vasos «para honor, y otros para deshonor». En obediencia al Señor, se apartaron «de la iniquidad» y se separaron de los vasos para deshonor para andar por el camino marcado en su Palabra (2 Tim. 2:19-22). Se formó un testimonio en medio de la ruina, un testimonio que encontramos expresado en la Epístola a Filadelfia (Apoc. 3:7-12).

Pero, desde el principio de este testimonio, el enemigo trató de corromperlo con doctrinas perversas que socavaban la Persona de Cristo mismo. Después, trató de introducir falsos principios que permitían recibir a los que estaban contaminados por estas herejías. Estos fueron los esfuerzos del adversario para atacar, primero, a Cristo, la Cabeza del Cuerpo; luego, a la Iglesia «la cual es su Cuerpo» (Efe. 1:22-23). Pero estos graves errores fueron denunciados por los fieles, que se mostraron «inocentes en este asunto» rechazando toda comunión con los que aceptaban los principios de falta de deferencia hacia Cristo y los blasfemos. Por la misericordia del Señor, los esfuerzos de Satanás fueron frustrados y se mantuvo el testimonio.

Hoy en día, el enemigo está trabajando de nuevo para llevar a la nueva generación de vuelta a esos errores que fueron repelidos en el siglo pasado por la energía del Espíritu Santo. El peligro es aún mayor debido a la difusión de estos falsos principios en los diversos países donde el Señor había establecido su testimonio. Aunque muchos de los que se reúnen con ellos no tienen doctrinas falsas, han conservado, sin embargo, los principios por los que admiten a los que las tienen en su mesa; por lo tanto, tienen comunión con ellos, y si fueran recibidos en la mesa del Señor, también la pondrían en comunión con su mesa, de acuerdo con la enseñanza del apóstol en 1 Corintios 5:5-8; 10:14-22 (comp. con Hag. 2:13-14). Si Dios ha permitido que esta situación continúe, es sin duda para mostrar a los fieles y probar su obediencia a la verdad.

El comienzo del libro de los Jueces está lleno de instrucciones para nosotros en este sentido. Así como el libro de Josué corresponde para la Iglesia a la Epístola a los Efesios, el libro de los Jueces, que narra la decadencia del pueblo de Israel en su propia tierra, corresponde a la Segunda Epístola a Timoteo.

Israel había servido «a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel… Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los Baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores… Y la ira de Jehová se encendió contra Israel, y dijo: Por cuanto este pueblo traspasa mi pacto que ordené a sus padres, y no obedece a mi voz, tampoco yo volveré más a arrojar de delante de ellos a ninguna de las naciones que dejó Josué cuando murió» (Jueces 2:7, 10-21).

Dios, que sabe sacar el bien del mal (Gén. 50:20), iba a utilizar lo que era una infidelidad positiva por parte del pueblo para probarlo por este medio. Moisés ya había dicho: «Si no echareis a los moradores del país de delante de vosotros, sucederá que los que dejareis de ellos serán por aguijones en vuestros ojos y por espinas en vuestros costados, y os afligirán sobre la tierra en que vosotros habitareis» (Núm. 33:55).

Encontramos tres razones por las que Jehová había permitido que las naciones enemigas permanecieran en la tierra y Dios quiere que seamos ejercitados por las mismas razones en nuestros días:

1. «Para probar con ellas a Israel, si procurarían o no seguir el camino de Jehová, andando en él, como lo siguieron sus padres» (Jueces 2:22). Los hermanos del avivamiento también quisieron guardar el camino del Señor. Para ellos, era caminar fielmente en el camino marcado por el Señor para el tiempo de la ruina en 2 Timoteo 2:19-21. Dios nos prueba hoy en día para manifestar si también caminaremos en su camino, a pesar de que muchos han abandonado el principio de separación del mal.

2. «Solamente para que el linaje de los hijos de Israel conociese la guerra, para que la enseñasen a los que antes no la habían conocido» (Jueces 3:2). Nuestros predecesores, en el siglo 19, debieron sostener una guerra de conquista para llevar de regreso a los santos a las verdades del principio; tuvieron que luchar contra muchas falsas doctrinas para formar y mantener un testimonio para el Señor cuando todo estaba en ruinas. Hoy en día, mientras el enemigo renueva sus ataques contra el testimonio por medio de principios relajados, la nueva generación también debe conocer «la guerra», pero para librar a los santos de los peligros que los amenazan y mantenerlos en la verdad. Se trata de luchar por mantener «la fe que una vez fue enseñada a los santos». El apóstol Pablo escribió a Timoteo, en un momento en que todos los que estaban en Asia, incluidos Figelo y Hermógenes, se habían apartado de él: «Comparte sufrimientos como buen soldado de Cristo Jesús… Predica su palabra, insiste a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende, exhorta con toda longanimidad y enseñanza; porque vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina». «Compartir los sufrimientos». El apóstol, habiendo llegado al final de su carrera, pudo decir: «He combatido la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 1:15; 2:3; 4:1-8).

3. Jehová tenía un tercer propósito al permitir que las naciones enemigas subsistieran al lado de su pueblo, a saber: «Para probar con ellos a Israel, para saber si obedecerían a los mandamientos de Jehová, que él había dado a sus padres por mano de Moisés» (Jueces 3:4). Los mandamientos de Jehová habían sido dados a Israel por Moisés. Para ser fiel, el pueblo tenía que escucharlos y caminar en ellos, en presencia de sus enemigos. Su única salvaguarda era escuchar esa Palabra que les había sido dada en el principio por Moisés. Lo mismo ocurre hoy en día. El apóstol escribía a Timoteo: «Pero tú, persevera en lo que aprendiste y fuiste persuadido, sabiendo de quién lo aprendiste» (2 Tim. 3:14-15).

Como hemos recordado, los hermanos del avivamiento fueron instrumentos en manos del Señor para sacar a la luz las verdades del principio. En presencia de los repetidos ataques del adversario para hacernos abandonar estas verdades, ¿deseamos ser testigos fieles para el Señor manteniendo una posición de separación para Él, y guardando su Palabra? Solo observando estas características que podremos mantener un testimonio para Dios en medio de la ruina. ¡Que el Señor nos conceda la gracia de hacerlo!

Que quieras, oh Jesús, mi Redentor,
¡Animarme con un celo santo!
Haz que para siempre tu siervo
Permanezca fiel a Ti,
Hasta el gran día en que los elegidos,
Vencedores por tu victoria,
Todos con túnicas blancas vestidos,
Contemplarán tu gloria.

(Traducción libre de un cántico)

MÉ, año 1938, página 255 y siguientes


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