Hacia Babilonia

Sobre el ecumenismo


person Autor: André GIBERT 10

flag Tema: El ecumenismo


La unidad de los cristianos está al orden del día. Pero es obvio que la mayoría de los que hablan de ello no han captado lo que la Escritura dice al respecto, si es que incluso reconocen la autoridad de ella. Los numerosos esfuerzos por remediar las divisiones de la cristiandad tienden, a pesar de todas sus loables intenciones, a promover una confusión que se consumará en la Babilonia del Apocalipsis.

1 - La unidad de los cristianos existe, a pesar de que no la muestren

Nada es más valioso que esta unidad. Pero no es una visión ideal a la que debamos acercarnos lo más posible, es un hecho positivo que los creyentes deben poner en evidencia rechazando todo lo que se ha construido o lo que se quiere construir fuera de ella.

La unidad de los cristianos existe. Incluye a todos los verdaderos creyentes y solo a ellos. Por muy mezclados que estén con los profesos sin vida del llamado mundo cristiano, «conoce el Señor a los que son suyos» (2 Tim. 2:19). No dejemos que se socave la reconfortante certeza dada a los fieles, en los tiempos más desafortunados, por esta primera cara del sello puesta sobre el sólido fundamento de Dios, que permanece.

1.1 - La unidad de la familia de Dios

Dios tiene hijos en medio de las grandes masas, así como en las fracciones más desmoronadas de la cristiandad, y son «uno», en respuesta a la oración de Jesús en Juan 17, porque poseen, al haber «nacido de nuevo», la misma vida que Cristo, una misma naturaleza con Él. Su unidad se manifestará en gloria a los ojos del mundo (v. 23), pero es efectiva ahora, «para que el mundo crea» que Jesús es el enviado del Padre (v. 21), y no hay que crearla, sino dar al mundo la prueba de su existencia. Esta unidad de la familia de Dios es ciertamente externa a este mundo. A este mundo se le pide que crea, y como se niega a hacerlo, tendrá que saber, en el día en que los creyentes sean «perfectos en unidad», lo que antes no quiso creer; su unidad es, pues, en su mismo principio, el hecho de los que «no son del mundo, como yo no soy del mundo», dice Jesús (v. 14, 16). Así, en contra de lo que se suele afirmar, es solo como extraños al mundo que, estando en el mundo, los creyentes pueden llevar el mensaje divino al mundo.

1.2 - La unidad de la Iglesia, Cuerpo de Cristo

Desde otro punto de vista, constituyen la Iglesia (o Asamblea) de Dios, que él adquirió al precio de la sangre de su Hijo (Hec. 20:28); esta Iglesia está constituida en la tierra desde Pentecostés, cuando el Espíritu Santo bajó del cielo para bautizar a los creyentes «para constituir un solo cuerpo» (1 Cor. 12:13), y permanece allí hasta que el Señor venga a llevársela con él al cielo. Esta unidad del Cuerpo de Cristo, como la de la familia del Padre, es perfecta e inalterable. «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu» (Efe. 4:4). Todos los creyentes están unidos por el Espíritu Santo a la Cabeza glorificada, Cristo en el cielo.

Pues bien, querer hacer una unidad que existe ¿no es negar que ya existe? Trabajar para hacer la unidad de los cristianos, es ignorar la obra de Dios. Esta debe ser vivida y manifestada por aquellos a quienes ella abarca.

1.3 - La infidelidad de los cristianos y la fidelidad de Cristo

Porque es demasiado evidente, por desgracia, que esta unidad no es aparente, por culpa de los creyentes, y esto desde hace mucho tiempo, por no decir desde los primeros tiempos de la historia de la Iglesia en la tierra. Si la Asamblea estuviera en su estado normal, como la vemos al principio de los Hechos, todos los creyentes (y solo ellos) mostrarían la misma vida, expresarían en la mesa del Señor la unidad del Cuerpo de Cristo, y el Espíritu actuaría con poder en medio de ellos. Ese tiempo ya no existe. Los cristianos han faltado al testimonio que debían dar. Sin embargo, puesto que cada uno de ellos da un testimonio en la tierra, que dará mientras viva, todos ellos, miembros de la familia de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, son solidarios y se les exhorta a «guardar la unidad del Espíritu» porque «hay un solo cuerpo».

«El Cuerpo de Cristo, que es la asamblea» (véase Efe. 4:3, 4; 5:22, 27; Col. 1:24). Él la ama como a su Esposa, se entregó por esta única Iglesia, la ama, la alimenta y la purifica. Nada es más refrescante, cuando el corazón pronto se secaría en los trabajos y luchas, que este pensamiento del amor de Cristo por la Iglesia. Es constante, fiel, lleno de solicitud y verdadero. La Iglesia solo subsiste en virtud de este amor inmutable. ¿De dónde viene, dijo un querido siervo de Dios hace más de un siglo y medio, que la gente se pregunta por tantos lados: “Dónde está la Iglesia”? –Porque Cristo no la ha olvidado» (G. V. W.). Por ella ha vencido a la muerte, a Satanás, al mundo y las puertas del hades no prevalecerán contra ella. La ve tal como se la presentará a sí mismo. Estemos llenos del Espíritu de Cristo de tal manera que podamos discernir en cada creyente un hijo de Dios, un miembro del Cuerpo de Cristo, y lo amemos como tal.

1.4 - «Guardar la unidad del Espíritu» y expresar que hay «un solo Cuerpo»

Así guardaremos «la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». Esto no significa que podamos apoyarnos mutuamente para conducirnos mal, sino que podemos animarnos a obedecer juntos. Tampoco implica que reconozcamos como cristianos a quienes claramente no tienen ni la vida ni el Espíritu. Los apóstoles, Pedro, Juan y Pablo, así como Judas, denuncian enérgicamente a los falsos cristianos, «falsos hermanos, que se introducían furtivamente» (Gál. 2:4), «han entrado con disimulo» (Judas 4). Pero, en la confusión actual, no siempre es fácil desenmascararlos. Aquí es donde entra la segunda inscripción del sello: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (2 Tim. 2:19). La certeza de que el Señor conoce a los que son suyos no puede permitir que pongamos bajo el disfraz de la «unidad del Espíritu» la unión del bien y del mal, la verdad y el error. La separación del mal es individual («aquel»), pero se invita a los fieles a seguir «la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón puro invocan al Señor». El amor sufrirá por no poder caminar con personas que, siendo ciertamente cristianas, no obedecen el mandato de separarse del mal, pero sería negar ese mismo amor alentarlas en la «iniquidad» de la que deben separarse. Prestemos atención a 1 Juan 5:2.

No hay otro camino porque Dios no quiere que haya comunión entre la luz y las tinieblas (2 Cor. 6:14). Los que obedecen se mantienen unidos sobre el fundamento que permanece; tendrán a su disposición los recursos y las instrucciones de la Palabra, dadas a la Iglesia en todas las épocas. Que sean dos, cien o millones no cambia los privilegios y las responsabilidades de esa Iglesia de la que tienen que, incluso aunque sean pocos, dar testimonio que ella existe. La expresión de la unidad del Cuerpo se encuentra esencialmente en el «único pan» de la mesa del Señor (1 Cor. 10:17): los que participan de él dan testimonio de la existencia del Cuerpo de Cristo, aunque son conscientes de que no son los únicos miembros. Tienen la responsabilidad de caminar en consecuencia, en obediencia a la Palabra. Traducen con este símbolo esta unidad que está hecha, no que se debe hacer: les corresponde mostrarla en la práctica, en el amor y en la verdad.

2 - Esta unidad no tiene nada que ver con los esfuerzos del ecumenismo

Las verdades que acabamos de recordar son conocidas, nos gusta creer, por la mayoría de nuestros lectores. Hay que recordarlos con mayor vigilancia en un momento en que se desarrollan los esfuerzos de los que hemos hablado para reunir a los numerosos cuerpos entre los que está dividida la cristiandad. La gran corriente del “Movimiento Ecuménico” involucra a la mayoría de las iglesias y congregaciones protestantes, a los anglicanos, a las iglesias ortodoxas orientales, todas ellas adheridas a un Consejo Ecuménico de Iglesias Cristianas, fundado en 1927, y, sin que exista todavía una colaboración efectiva, atrae la atención interesada, y preocupada al mismo tiempo, de la Iglesia romana.

2.1 - Deseos legítimos y designios incoherentes

Estos esfuerzos tienen una hermosa apariencia. Pretenden responder a la necesidad de unión que sienten muchos, necesidad que va acompañada de un sincero sentimiento de confusión y dolor por la fragmentación del cristianismo [1]. Los promotores se refieren a pasajes de la Escritura, especialmente a la “oración sacerdotal” de Juan 17. Muchos tienen alguna noción de la unidad existente que incluye a todos los verdaderos creyentes y solo a ellos, a la que llaman erróneamente la iglesia invisible, y reconocen fácilmente que todas las iglesias particulares son “culpables del pecado de división”.

[1] La oración del padre Couturier se repite en muchos círculos: “Que llegue la unidad visible del reino de Dios, tal como Cristo quiere, por los medios que Él quiere. El Papa Juan XXIII, al anunciar la reunión del Concilio Vaticano II, habló de los generosos y crecientes esfuerzos que se realizan por muchas partes para reconstituir la unidad visible de todos los cristianos, según los deseos del divino Redentor” (Bula Humanae salutis, 25 de diciembre de 1961).

Vayamos más allá. Este movimiento aprovecha los efectos de una innegable obra del Espíritu de Dios para hacer que los creyentes sean conscientes de que la venida del Señor es inminente y para instarles a que lo esperen. Los ecos del grito de medianoche continúan. «Y el que oye, diga: ¡Ven!» La unidad de la Iglesia se consumará en la gloria, y bien podemos asociarnos a la oración de este cristiano que pedía a Dios una acción poderosa de su Espíritu en vista de la venida del Señor, añadiendo: “Para la gloria de tu Hijo, cuando venga, que encuentre aquí abajo un pueblo que lo espere”. [2] ¿Cómo no desear que los verdaderos hijos de Dios se unan como extranjeros en la tierra, pero dispuestos a entrar en su patria, y a vivir su inefable destino en el amor, la fe y la esperanza?

[2] Ecos de las Conferencias de Vevey de noviembre de 1902, p. 157.

Parece que lo único que habría que decir es: “Somos uno, dejemos todas las separaciones construidas por los hombres entre los creyentes, y en cambio guardemos cuidadosamente, juntos, la verdad divina, en la separación entre los creyentes y el mundo”. Ahora aparecen las incoherencias más extrañas.

2.2 - Miembro del Cuerpo de Cristo y miembro de una iglesia, dos nociones muy diferentes

La primera es que se dice: “Busquemos ser uno, conservando nuestra respectiva individualidad como grupo, que mezcle o no a creyentes y simples profesos”. Se protesta por el deseo de unión, pero como reformados, ortodoxos, anglicanos, metodistas, etc., y católicos romanos si lo consienten. Esto es tan cierto que existe una fuerte objeción al “proselitismo”, es decir, a cualquier intento de trasladar a alguien de un grupo a otro. Una miopía pertinaz impide ver que la existencia de iglesias contradice la unidad de la Iglesia. Los que más hablan de reducir las barreras entre grupos no dejan de hacer hincapié en sus iglesias, cada una con su propia confesión de “fe”, por no hablar de sus propios ritos.

Nunca ha sido más necesario distinguir entre las personas (laicos, o ministros y sacerdotes de cualquier rango) y los sistemas en los que participan. Reconozcamos la poderosa obra del Espíritu Santo en la vivificación de las almas, y los benditos efectos de la gracia en llevarlas a un camino de dedicación activa y santidad personal. Dios no es injusto para olvidar lo que se hace por Él. Pero la noción de “miembros del Cuerpo de Cristo” («Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular», 1 Cor. 12:27), se escapa [3], los individuos son considerados solo como “miembros de una iglesia”, o, si se llega a considerarlos como miembros de este Cuerpo de Cristo, es a través de una iglesia. Son las iglesias las que tienen que llevarse bien entre ellas. El objetivo, según uno de los ecumenistas más autorizados, sería que “cada iglesia reconozca a las comunidades de las que está separada como verdaderas iglesias de Cristo”. En otras palabras, la unidad se lograría consagrando –en el sentido más fuerte de la palabra– la división primero. Sin duda, los dirigentes del Movimiento Ecuménico esperan a largo plazo fusionar las denominaciones protestantes entre sí y luego unirlas en un vasto conjunto con las iglesias ortodoxas y romanas, pero en la tolerancia mutua de sus diferentes puntos de vista, lo que equivale a perpetuar las divisiones al tiempo que se eliminan las etiquetas o, y esta es otra incoherencia, presentar como unidad la amalgama de elementos irreconciliables.

[3] «El Cuerpo no es un solo miembro, sino muchos», dice (1 Cor. 12:14). Varios miembros, pero no varios cuerpos. Eso sería una tontería.

2.3 - La unidad del Cuerpo de Cristo no es la unificación externa de las iglesias visibles, ni el compartir ciertas convicciones a costa de las verdades fundamentales del cristianismo

¿De dónde vienen las divisiones, si no es del hecho de que el espíritu del hombre ha suplantado la acción del Espíritu de Dios? La «fe cristiana» ha sido interpretada por algunos de una manera, por otros de otra, cada denominación la confiesa según su propia comprensión particular. Y ahora, pareciendo “poner”, como escribe un publicista católico, “tanto celo en reconciliarse como antes en dividirse”, estas iglesias dicen: “Reunámonos, pongamos en común lo más posible nuestras convicciones, conservando las particularidades que actualmente nos separan”. Pero estas particularidades tocan la mayoría de las veces los fundamentos del cristianismo: ¡no importa, mientras los diferentes grupos colaboren en la unificación externa!

Es cierto que los más destacados admiten que hay una verdad, y que hay que mantenerla en común. Pero la verdad es Cristo, como el Espíritu Santo lo da a conocer a través de la Palabra de Dios. Ahora bien, se consentiría, para permitir la reconciliación, que coexistieran opiniones divergentes sobre la divinidad de Cristo, sobre su humanidad, sobre su misma existencia histórica, así como sobre la realidad de su resurrección, sobre la redención, sobre la inspiración de las Escrituras, sobre el sentido de la cruz, sobre el juicio eterno. O bien, uno se esforzará por “presentar la verdad de forma accesible a todos”, lo que es legítimo, pero que expone el peligro de distorsionarla. En realidad, nos guste o no, todo se hace comprometiendo la verdad bíblica. Citemos a un activista ecuménico, un ortodoxo: “Los que buscan la comunión en la oración y la unidad en el amor… se convierten en hermanos unidos en el amor, aunque estén divididos en su fe” [4]. Respondemos con la Escritura, en su letra y en su espíritu: «¿Está dividido Cristo?» (1 Cor. 1:13), y de nuevo «… hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios» (Efe. 4:13). Entonces, ¿ya no tenemos que luchar «por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3)? ¿Ya no es la Palabra de Dios la verdad (Juan 17:17)?

[4] Énfasis añadido.

«Honrad a todos. Amad a los hermanos» (1 Pe. 2:17), sí, efectivamente; Dios nos lo conceda; este ecumenismo es permanente. Siempre se ha ordenado: Que todo «se haga con amor», pero también, e incluso principalmente, «estad firmes en la fe» (1 Cor. 16:14, 13). Desgarrar la fe para unir a los hombres sobre sus ruinas, pretender vivir mejor secando la fuente de la vida, poner las especulaciones de los hombres a la altura de la verdad de Dios, discutir y diseccionar su Palabra en lugar de someterse a ella, ¿es esto a lo que querría suscribir un verdadero cristiano?

Sin duda, se declara muy bien que quieren unir “a todos los que invocan al único Señor en una iglesia universal”, pero ¡qué equívoca es esta misma invocación! El apóstol Pablo le ordena a Timoteo que se reúna con «los que de corazón puro invocan el nombre del Señor»: no es que su corazón sea mejor que el de los demás y que pretendan ser superiores, sino que son los que simplemente obedecen a la Palabra separándose de la iniquidad manifiesta. El equívoco está, por otra parte, volvamos a ello, en el significado mismo de la Iglesia, esa Iglesia universal de la que se habla muy vagamente, y en la que vemos en realidad solo el cuerpo exterior que reclama el nombre de Cristo en el mundo, pero que Él no puede reconocer como su propio Cuerpo, que es un Cuerpo celestial. Bien se dice que hay una Iglesia invisible y unas iglesias visibles y se quiere reunir a estas, pero ¿para qué?

Aquí estamos en medio de una contradicción, y lejos, en todo caso, de la verdadera Iglesia. Algunos hablan de iglesias que deben federarse, perpetuando la división y afirmando al mismo tiempo esta «Iglesia invisible», otros tienden a agrupar las iglesias en una super-iglesia autoritaria, otros finalmente a fusionar todo en una vasta síntesis sin que sea cuestión de la Iglesia invisible, pero siempre se deja obstinadamente de lado la unidad real y efectiva. Es como si, lamentando haber permitido que el agua se corrompiera de diversas maneras en múltiples canales, invadidos por residuos de todo origen, se hicieran todo tipo de planes para encontrar agua pura combinando estas aguas contaminadas, en lugar de volver a la fuente inicial.

3 - Diferentes posiciones respecto a los intentos de reunir a las iglesias

Frente a este movimiento, aparecen dos posiciones opuestas en la cristiandad

3.1 - Los evangélicos

Un cierto número de iglesias o denominaciones rechazan estas tendencias, pero se resignan al actual estado de cosas, que sin duda se considera desafortunado, pero al que siguen asociados manteniéndose como agrupaciones particulares. Se reúnen para ciertas actividades, sobre todo de evangelización, pero consideran necesario que cada una mantenga su propia organización, en un cuerpo separado. Que los queridos creyentes que pertenecen a ellas reflexionen sobre la seriedad de las palabras de una de ellas: informando sobre un congreso de la Unión de cristianos evangélicos, que agrupa a la mayoría de las denominaciones en cuestión, describe esta “visión conmovedora de la Iglesia de Jesucristo, diversa en su organización humana y en sus formas de culto [5], pero una y fraterna en torno a su Cabeza indiscutible, Jesucristo, el Señor y Salvador de los creyentes”. ¿Estamos autorizados, entonces, a dar a la Iglesia de Jesucristo una particular “organización humana y formas de culto”? ¿La Palabra y sus enseñanzas ya no son suficientes y son necesarios los arreglos y las tradiciones?

[5] Énfasis nuestro.

3.2 - Roma

La otra posición es la de Roma. La Iglesia romana se define como una, católica y apostólica [6]. Se considera el “único cuerpo”, ella sola. La ilusión es inmensa, de aquellos que piensan que pueden mantener sus doctrinas y sus formas uniéndose a Roma, o que esperan que Roma se transformará para estar al unísono con ellos. La Iglesia romana tiene su propio ecumenismo. Se proclama a sí misma como la Iglesia madre, única heredera y continuadora de la Iglesia de los apóstoles; afirma que es indispensable para que un alma encuentre a Dios; reconoce en su cabeza al Papa, vicario de Jesucristo, infalible cuando proclama un dogma en calidad de tal; forma un edificio grandioso, magníficamente administrado, y llamado, según ella, a dominar el mundo; verdaderamente se adora a sí misma y prescribe como primer deber la obediencia absoluta a lo que ordena. Una iglesia así solo puede concebir la unificación mediante la adhesión a su redil –«la casa paterna», como acaba de decir su nuevo pontífice después de otros– por parte de todos aquellos a los que ahora llama “los hermanos separados” después de haberlos combatido despiadadamente como herejes. Sabe adaptarse, y modificará algunas de sus estructuras si es necesario, pero para consolidar el conjunto, así como para poder “presentarse a los cristianos separados de ella de manera atractiva y facilitar así su reintegración sincera, en la verdad y la caridad, en el cuerpo místico de la única Iglesia católica” [7]. Pero a pesar de las ventajas de lo que se llama progresismo, es decir, una cierta acomodación a las ideas modernas, sobre el integrismo, es decir, un apego irreductible a los dogmas, se estaría negando a sí misma si abandonara su tradición, su jerarquía, sus dogmas, el de la infalibilidad papal así como el de la presencia real en el “sacrificio de la misa”, la intercesión de los santos, el culto mariano, la inmaculada concepción y la asunción de la Virgen, María mediadora de gracias, la reversibilidad de los méritos, etc.

[6] La Iglesia ortodoxa, dividida en iglesias nacionales autónomas situadas casi en su totalidad en Oriente, tiene la misma concepción de su unicidad, su catolicidad, su apostolicidad, que la iglesia romana, y reivindica una tradición más sólida y una liturgia superior. Se niega a reconocer la supremacía del obispo de Roma (el Papa). Además, invoca a María y a los santos. Su pretensión de representar a la única Iglesia es singularmente contradictoria con su presencia en el Consejo ecuménico de las iglesias.

[7] Homilía del papa Pablo VI el día de su coronación (1 de julio de 1963).

¡Si aún así, frente a este poder, la otra mitad del mundo cristianizado, la mitad que dirige la corriente ecuménica, tuviera una “sana doctrina” que oponer! Pero la hemos visto que, en lugar de aceptar echar abajo todo lo que no es el fundamento del cristianismo, se halaga haciendo convivir sobre fórmulas ambiguas las más diversas concepciones de lo que apenas puede llamarse verdades cristianas, sino nociones religiosas lo más amplias posibles. Incluso desvía las doctrinas y las prácticas hacia el catolicismo, como atestiguan las comunidades religiosas protestantes y la “renovación litúrgica”. ¿Cómo, sin una doctrina sólida y fiable, resistir a la absorción por parte de Roma? ¿No vemos ya a esta, gracias al concilio, sobre el ecumenismo, como una poderosa nave que arrastra en su estela una barca más ligera?

3.3 - ¿Dónde está el lugar de los fieles?

Así pues, tanto si se trata de iglesias que admiten que la verdad es algo relativo, y que contradicen con su existencia la unidad de la Iglesia, o de una iglesia que pretende ser la única, siendo todos los demás cristianos considerados por ella como cismáticos (ortodoxos, anglicanos) o heréticos (protestantes en general) bajo pena de aceptar el error o la mentira, el lugar de los fieles no está aquí o allí, sino fuera, hacia Cristo y solo hacia Cristo. Bendito sea Dios que el Señor reconozca a esclavos suyos en Tiatira, que haya en Sardis los «que no han ensuciado sus ropas», y que los corazones le abran la puerta en Laodicea; pero cualquiera que sea el número de estos fieles, no cambia la condición de estas asambleas, que representan tantos sistemas que serán juzgados.

3.4 - Algunas ilusiones peligrosas

No nos dejemos engañar. Querer una unidad visible de todos los creyentes en la tierra se enfrenta con dos escollos insuperables: El primero es que, dado que los verdaderos creyentes solo son conocidos por el Señor, hay algunos que quedarán fuera; el otro es que, por la misma razón, los simples profesos serán necesariamente incluidos. O solo se reconoce a los adeptos de una doctrina particular, los que pronuncian Sibolet (Jueces 12:6) como vosotros, y eso es la secta; o bien se acepta a todos los bautizados, y eso es la iglesia de multitud. De hecho, es significativo que apenas se oiga hablar del nuevo nacimiento en el discurso ecuménico, por una angustiosa y creciente ignorancia de las verdades fundamentales de la salvación. [8] ¡Ay!, cuántas personas han sido engañadas, que piensan que han entrado en el reino de Dios y son tratadas como tales, aunque no hayan «nacido del agua y del Espíritu». ¿Cómo, en estas condiciones, se puede conocer el culto según la Palabra?

[8] La base de toda acción ecuménica es, según la expresión empleada en la conferencia introductoria del Consejo Ecuménico de las Iglesias Cristianas reunido en Montreal, el 12 de julio de 1963, “la existencia de una comunidad de bautizados”.

Probablemente el rasgo más llamativo que, característico de Roma, se va extendiendo a todas las organizaciones eclesiásticas, por diversas que sean, es la preocupación por su influencia terrenal. En todas partes el hombre se exalta a sí mismo y frustra a Cristo de su señorío. La iglesia, tal como está concebida, pasa antes que Cristo. Y la iglesia universal visible, de la cual se sueña más que se define (y con razón), se ve como una gran institución de la tierra. Es evidente que las iglesias están cada vez más preocupadas por los problemas del momento, económicos, sociales y políticos, como si su tarea fuera darles respuesta, lo que supone dejar de lado la Escritura y negar la condición de extranjeros. “Hacer el bien a todos los hombres” es no interferir en sus asuntos. Si los creyentes, dondequiera que estén, no pueden dejar de sentir dolorosamente las divisiones entre los cristianos, ¿no es a menudo que estas divisiones son un peligroso factor de debilidad para el cristianismo como potencia mundial? Este es el único sentimiento que puede animar a los cristianos de nombre; ven en la iglesia solo un organismo del mundo y en el cristianismo un elemento moral útil. La cristiandad está invadida por la irreligión, mientras que se la quiere aún más fuerte que en el pasado, y tratan de contrarrestar esta amenaza uniéndose.

Es justo notar que muchas almas piadosas, pero poco instruidas, están inflamadas por la esperanza de ver el mundo entero convertido al Evangelio de la gracia, la Iglesia ampliada a las dimensiones de la humanidad y el reino de Dios así establecido. Esta es una idea atractiva que lamentablemente ignora la enseñanza de la Escritura: esta muestra claramente a la Iglesia como asociada a un Cristo actualmente rechazado, que la tomará para sí cuando esté a punto de tomar el poder para establecer el reino de justicia y paz en la tierra, pero mediante el juicio. Actualmente está sentado a la diestra de Dios, esperando hasta que sus enemigos sean el escabel de sus pies. Hasta entonces se ofrece la gracia. El mundo no la quiere. Los redimidos son «librados del presente siglo malo», como dice Pablo a los gálatas (1:4); escapan de «la corrupción que hay en el mundo» (2 Pe. 1:4). «No son del mundo» (Juan 17:16).

4 - Lo que dice la Escritura del destino de la cristiandad

4.1 - El incumplimiento de la Iglesia en su testimonio, consecuencia del olvido de su vocación celestial

Acabamos de tocar la razón profunda del estado en que se encuentra la cristiandad: la Iglesia ha olvidado que su vocación es celestial y exclusivamente celestial. La que, por vocación y redención, es extranjera en este mundo, se ha instalado en la tierra, ha puesto allí toda o parte de su esperanza, perdiendo de vista la «esperanza de vuestro llamamiento» (Efe. 4:4). Ha permitido que el mundo penetre en ella. Se ha enlazado a él. La cizaña ha crecido con el trigo, la levadura ha fermentado la masa, el grano de mostaza se ha convertido en el gran árbol que sirve de guarida a las aves del cielo. Han surgido toda clase de falsas doctrinas; multitudes se llaman a sí mismas cristianas sin tener la vida de Dios, y la cristiandad mundana, satisfecha en sus diversas formas, usurpa el nombre de Iglesia. Será juzgada por el Señor según este título con el que se adorna, pero no es la Iglesia: esta,

que ha fracasado tristemente en su misión, sigue en medio de ella, conocida solo por su Jefe, que la cuida con fidelidad y solicitud.

«Un enemigo ha hecho esto» (Mat. 13:28), porque los sirvientes han dormido. ¿Dónde encontrar el remedio? «Dejadlos crezcer juntos hasta la siega». Es imposible restaurar lo que el hombre ha estropeado. Pero siempre es posible actuar de acuerdo con lo que queda. No se trata de rehacer la Iglesia primitiva, sino de vivir como Iglesia permanente, con la ayuda de Dios y según lo enseña su gracia.

No debemos sorprendernos del estado actual. Fue anunciado por los apóstoles, el mal había comenzado en su tiempo y no ha dejado de empeorar. El abandono del primer amor (Éfeso), la mundanidad, retardada por la persecución (Esmirna), luego prevaleciente (Pérgamo), la idolatría asociada a la profesión cristiana dentro de un vasto sistema religioso corrupto y dominante (Tiatira), el formalismo muerto ganando a los que habían salido de ese sistema (Sardis), la poca fuerza de un testimonio fiel y despreciado (Filadelfia), el orgullo espiritual excluyendo a Cristo (Laodicea), todos los capítulos de una historia profundamente triste cuando se considera solo la obra del hombre, pero maravillosa cuando se considera la paciencia y la constancia de Aquel que camina entre las siete lámparas de oro. Está listo para venir, juzgando a Jezabel y a los suyos, sorprendiendo a Sardis como un ladrón, vomitando de su boca a Laodicea, pero cargado de promesas para los vencedores.

Él viene; aún no ha venido, la cristiandad aún no ha sido apartada por Dios; por muy grave que sea su condición, por muy grande que sea su responsabilidad, sigue siendo objeto de su paciencia, y las advertencias se dan para instarla al arrepentimiento. Pero su ruina no hace más que aumentar a pesar de las apariencias, de las altas pretensiones y de las multiplicadas actividades; el testimonio filadelfio participa de la ruina, lo que no autoriza en absoluto a abandonarlo, sino todo lo contrario. Escuchemos a Aquel que nos dice: «Vengo pronto; retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona».

4.2 - La apostasía consumada después del arrebato de la Iglesia

¿Cuál será el final? El lector atento del Nuevo Testamento se convencerá de que el final no será por el triunfo en la tierra de una Iglesia restaurada, sino por la venida del Señor, primero para arrebatar a los suyos y luego para juzgar a «los que habitan en toda la tierra» (Lucas 21:35). Este será «el día del Señor» de 2 Tesalonicenses 2, y «no vendrá sin que venga primero la apostasía» (id., 3), es decir, la negación de la fe cristiana por parte de lo que todavía conservará, durante algún tiempo, la gran forma del edificio de la cristiandad. Al mismo tiempo, se producirá la negación de su Dios por parte de los judíos de vuelta a su país. «Entonces será revelado el inicuo» (v. 8), «el hombre de pecado» (v. 3), es decir, el Anticristo.

La apostasía está actualmente en marcha, avanzando rápidamente, pero aún no ha llegado abiertamente. Tendrá lugar cuando la verdadera Iglesia haya sido arrebatada. El desarrollo de una profesión religiosa sin vida aún no está completo; lo será cuando «el que ahora lo retiene» (el Espíritu Santo) «esté lejos», y también «lo que lo retiene» (todo lo que Dios en su gobierno emplea para impedir este desarrollo) (id., 6-7). Pero «el misterio de la iniquidad», que operaba desde los tiempos del apóstol, está listo para salir a la luz. Todo se está preparando activamente para la entrada en escena de los que han sido llamados los grandes actores de la crisis final, crisis que se resolverá con la aparición gloriosa del Señor. Entre ellos, «la gran Babilonia».

4.3 - La gran Babilonia

Como acabamos de recordar, una vez que la verdadera Iglesia haya sido llevada al cielo, la «casa grande» dejada vacía en la tierra tendrá durante un tiempo la más espléndida pero engañosa apariencia. La unidad del llamado mundo cristiano tendrá lugar, sí, pero en esta orgullosa, opulenta y maquinadora Babilonia, que se describe simbólicamente en el capítulo 17 del Apocalipsis, y cuya riqueza e influencia sin parangón se evoca en el capítulo 18. El grandioso edificio romano, “el organismo más imponente del mundo moderno, sólido en su base, difícil de derribar”, según un historiador competente, permanecerá con todo su imponente aparato. Es dentro de este sistema, muchas veces secular, que se llevará a cabo la apostasía de la cristiandad, en una Babel (confusión) religiosa total. Ortodoxos, protestantes, católicos, estas palabras ya no contarán. En la frente de la «gran ramera» habrá «un nombre escrito: La gran Babilonia». Esta Babilonia, una falsificación de la Esposa del Cordero, estará estrechamente asociada con la reconstitución del imperio romano, una falsificación del Cordero mismo; ella tendrá por un tiempo ese dominio sobre el poder temporal, cuya búsqueda ha formado la trama de la historia del Papado. Ella se sentará «sobre una bestia escarlata» (la Roma imperial), como «la gran ciudad, que tiene soberanía sobre los reyes de la tierra» (Apoc. 17:18). Lo ha tenido a veces, y más o menos, en el pasado; lo ha perdido durante un tiempo, pero su poder religioso se ha visto reforzado por este repliegue sobre sí misma, y ha puesto sus valores espirituales más que nunca al servicio de su prestigio en el mundo. Ahora se la ve dispuesta a recuperar esta “realeza”, y es probable que las nuevas actitudes y el lenguaje de su líder atraigan al mundo moderno y recuperen a las masas. Hablamos, por supuesto, solo del sistema, no de las personas, ni de la obra de Dios, que se sirve de los instrumentos que quiere y como quiere, de modo que los puntos principales del cristianismo siguen siendo enseñados, por muy distorsionados y ahogados que estén por las tradiciones puestas al nivel y por encima de la Escritura. No quedará nada cuando Babilonia reine y que bajo el báculo de Roma se logre la unidad del cristianismo apóstata.

Pero pronto se dirá: «En una hora fue desolada» (18:19), «en una hora vino tu juicio» (id., 10). El poder civil («los diez cuernos… y la bestia») la destruirá: «estos odiarán a la ramera, la dejarán desolada y desnuda, comerán sus carnes y la quemarán con fuego» (17:16-17).

«Salid de ella, pueblo mío». Ya no habrá más tiempo cuando el juicio llegue. La cosa está dicha de antemano, como lo están todas las cosas de las que el ángel enviado por Jesús, para dar «testimonio a las iglesias» (22:16), para que el que tiene oídos y escucha, instruido por las palabras proféticas, tome la posición a la que el Señor lo llama. El mandato de separarse del mal, en 2 Timoteo 2, es individual, pero se da para que el que se separa se encuentre con los demás en el verdadero y único fundamento; la llamada a salir de Babilonia se dirige a un pueblo, a los que el Señor desea encontrar esperándole.

Pero que esto no sea una mera profesión: sería más culpable que cualquier otra. Pretender ser de «los que de corazón puro invocan al Señor» puede llegar a ser una pretensión sin realidad, la peor clase de jactancia laodiceana, y sería simplemente añadir un nombre a la espantosa lista de sectas que el Señor vomitará. No se trata de decir, sino de mostrar que se sigue «la justicia, la fe, el amor y la paz» con un corazón indiviso.

¿Es este nuestro caso? Me dirijo a los que tienen motivos para bendecir a Dios por haberles abierto los ojos a lo que es la Iglesia según la Palabra. Reconozcamos, con humildad, que no hemos dado ese testimonio sencillo y recto al que tuvimos el privilegio de ser invitados. Ya que el Señor sigue dispuesto a dejarnos oír su voz para recordarnos su promesa y advertirnos, no cerremos nuestros oídos. «¡Vengo pronto!», dice Él. ¿Lo estamos esperando?

Tengamos cuidado de que –y es de esperar que esto lo mediten especialmente los jóvenes que están tentados de vender su derecho de primogénito– si escuchamos las voces, a veces conmovedoras, de los cristianos que buscan la unidad, no vayamos a hacer progresos hacia esa unidad ilusoria, sino que volveríamos a los caminos inciertos en los que esos cristianos siguen luchando, y perjudicaríamos a las almas sinceras en lugar de ayudarlas.

Que el Señor nos guarde de pensar en nosotros mismos como una iglesia o la Iglesia, y nos mantenga enlazados a Él, en dependencia y sumisión, para llevar el carácter de aquellos que lo invocan con un corazón puro, retienen la preciosa verdad de Su presencia personal en la reunión (Mat. 18:20), manifiestan la unidad allí, disfrutando de un anticipo de lo que pronto se manifestará en la gloria, y que lo «siguen» a Él, el Cristo glorificado, la esperanza de la Iglesia –y no a Babilonia.

5 - Apéndice

5.1 - Babilonia –origen (Babel)

Babel (o Babilonia, forma helenizada del nombre semítico), en Caldea (o Sinar), fue “el principio del reino de Nimrod”, que fue «el primer poderoso en la tierra» después del diluvio (Gén. 10:8, 10). El primer carácter de Babel es esta orgullosa afirmación de poder, «ante Jehová». Un segundo carácter, que procede de ella, es la voluntad humana ambiciosamente puesta en contra de la de Dios: una asociación excluye a Jehová para frustrar su mandato (comp. Gén. 11:4 y 9:1), de ahí el castigo, por la confusión (Babel, interpretación expresamente dada por la propia Escritura), y la dispersión forzada (11:9). Finalmente, vendrá la idolatría, de la cual Babilonia es un centro original (Josué 24:2).

5.2 - Babilonia (la ciudad histórica)

Estos caracteres marcan la Babilonia histórica, la de Nabucodonosor. Después de haber participado, como súbdita del asirio (2 Reyes 17:24), en el castigo de Israel por este último, se convirtió, una vez emancipada y conquistadora, en el instrumento del castigo de Judá. Ella inauguró el tiempo de las naciones, que aún continúa, durante el cual Dios, quitando el reino a su pueblo, confió el gobierno a los gentiles, que lo ejercieron sin poder establecer un dominio estable. Babilonia es la cabeza de oro de la gran estatua de Daniel 2, que simboliza la sucesión de los cuatro imperios de las naciones. Los profetas señalan el lujo de la gran ciudad, su idolatría (Jer. 50 y 51), la violencia de los caldeos (Hab. 1), el orgullo de los reyes y su exaltación contra el Dios del cielo, profanando Su templo y lo que de él han tomado (Dan. 5:18-23). Su caída, por medio de los medos y los persas, pone fin al cautiverio de Judá, pero los imperios que siguen, cualesquiera que sean sus características respectivas, permanecen unidos al carácter original, pues la estatua es una.

5.3 - La futura Babilonia

Hasta aquí el pasado. En el futuro, el Apocalipsis retoma el nombre de Babilonia la grande (comp. Dan. 4:30) y lo aplica simbólicamente a la «una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia» (Apoc. 17:3). Aquí estamos en el período de las cosas «que han de suceder después de estas», pero donde «estas» terminan, una vez que la época de la Iglesia (que no pertenece a la profecía) se cierra. El Cordero glorificado ha tomado el libro y rompe sucesivamente los sellos. El cuarto imperio, el imperio romano, revive: es «la Bestia» que «viste era y no es, y está para subir del abismo y va a la perdición» (17:8, 11). Babilonia la grande, la «gran ramera», está asociada a ella por un tiempo, con rasgos morales de la cabeza de oro de antaño (orgullo, idolatría, persecución de los santos); pero se trata de un «misterio», un poder que reclamará el dominio en nombre de una religión, en realidad en completa apostasía, de modo que la bestia que la porta está «llena de nombres de blasfemia». Se asienta sobre los «siete montes» que señalan inequívocamente a Roma, y «tiene soberanía sobre los reyes de la tierra» (v. 9, 18). Afirma falsamente ser la Esposa que reinará con Cristo, mientras que solo es una ramera que mantiene relaciones impuras con los potentados seducidos por su exterior y esclavizados por su magia (17:4; 18:23). Pondrá su asombrosa organización eclesiástica y su dominio espiritual sobre las masas (está «sentada sobre muchas aguas») a disposición del poder civil, pero lo utilizará, a cambio, para aumentar aún más su riqueza y su prestigio. En resumen, llevará a su apogeo una profesión religiosa reuniendo bajo la púrpura y la escarlata romanas las denominaciones entre las que hoy se divide la cristiandad, y de la que todo cristianismo habrá desaparecido, hundido en la apostasía común.

Este sistema corrompido y corruptor pronto será encontrado tiránico por los mismos que se han beneficiado de él, y el poder político, «los diez cuernos… y la bestia», lo odiarán, y finalmente lo despojarán de su riqueza e influencia, y finalmente lo destruirán (Apoc. 17:16). Su caída, deplorada por todos los que vivieron en su lujo y, más generalmente, por todos los partidarios de la civilización que ella gobernaba, será celebrada con alegría en el cielo, como señal de las bodas del Cordero y de su manifestación en la gloria (18 y 19:1-5).

5.4 - El espíritu de Babilonia

Pero una vez que la cristiandad haya desaparecido, el nombre y el espíritu de Babilonia se encuentran en los acontecimientos proféticos que seguirán, y que convergerán en el «gran día de su ira [de Jehová]», donde se sucederán los juicios finales sobre los enemigos de Cristo y de su pueblo (el remanente fiel). Estos juicios, diferentes para cada enemigo, se llevarán a cabo todos en el territorio de Israel o en sus fronteras (Edom), objeto de codicia y competencia donde se reunirán los pueblos y sus líderes para ser destruidos. Ahora bien, quizás la profecía más notable en este sentido, sea el oráculo sobre Babilonia en Isaías 13 y 14: aunque trata del juicio de la Babilonia histórica, todavía futuro cuando el profeta escribió, ese juicio en sí no es sino una figura del futuro, y tenemos aquí un gran cuadro resumen de la crisis final, cuando tenga lugar, en el tumulto y la confusión de Babel, la reunión de la que acabamos de hablar. Reunidos para fortalecerse (Joel 3:9-12), en grandes confederaciones rivales, pero en realidad todos dispuestos contra Cristo, los pueblos agrupados se creerán invencibles; dirán: «¡Paz y seguridad!», y he aquí que «vendrá sobre ellos destrucción repentina, como el dolor de parto a la que está encinta; y no podrán escapar» (1 Tes. 5:3).

Tres grandes enemigos son colocados bajo las maldiciones pronunciadas contra Babilonia en este oráculo.

1. El jefe del imperio romano y sus ejércitos, del cual Apocalipsis 19:11-21 muestra la derrota en Armagedón por el Rey de reyes saliendo del cielo con sus ejércitos y arrojando a la Bestia (con el falso profeta) al lago de fuego y azufre. Su asociación previa con la cristiandad apóstata le hizo participar del carácter de Babilonia. Por otra parte, lo que es destruido entonces será, golpeado por la piedra desatada sin manos, la estatua de la cual, no olvidemos, Babilonia es la cabeza de oro. La caída de la Babilonia histórica y el retorno del cautiverio gracias a Ciro solo cumplieron parcialmente Isaías 14:3-11: es en Armagedón donde «Quebrantó Jehová el báculo de los impíos, el cetro de los señores», de manera total y definitiva. Así se cerrará el tiempo de los imperios de las naciones, babilónicos en su principio mismo.

2. Al mismo tiempo, será destruido el Anticristo, el inicuo, el hombre de pecado, el hijo de perdición, el rey en Judea, el falso profeta que habrá ejercido el poder de Satanás en beneficio del poder imperial romano. Se ha sugerido que “habrá alguna extraña unión, bajo la influencia secular actuando en concierto con el falso Mesías (véase Apoc. 13 y 2 Tes. 2) entre el romanismo idólatra y el judaísmo idólatra” (J.N.Darby). También es posible que el Anticristo no se desenmascare completamente como falso profeta hasta después del fin de la cristiandad (solo se le llama falso profeta en Apoc. 19:20 y 20:10); entonces engañará a «los habitantes de la tierra», de origen diabólica, tanto en el imperio romano (Apoc. 13:12-16) como en Judea (Dan. 11:36-39; 2 Tes. 2:4). Se beneficiará tanto de la apostasía cristiana (que niega al Padre y al Hijo) como de la judaica (que niega que Jesús sea el Cristo) según 1 Juan 2:22. No podemos dejar de reconocerlo, en Is. 14:12-20, en este «Lucero, hijo de la mañana», que toma falsamente el lugar de Cristo (v. 13-14) como la gran ramera tomó el lugar de la Iglesia, y cuya imagen se superpone, por así decirlo, a la de la Bestia y a la de Babilonia, cuyo rey se menciona en los versículos 16-17.

3. Finalmente, en el mismo oráculo sobre Babilonia, aparece también el asirio y «todas las naciones», asociadas a él, que han esclavizado a Israel. Sabemos que el asirio es el gran enemigo del pueblo de Dios, y el último, después de haber sido el primero, antes de que el gobierno fuera confiado a los imperios de las naciones. Pensará disputar «la tierra gloriosa» a la Bestia romana, y someterla. Destruido el poder occidental, presionará su ventaja y asediará Jerusalén, pero para ser destruido allí por Cristo, cuando «se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos» (Zac. 14:4). Un poco más tarde las naciones asociadas serán destruidas en la tierra de Edom. Todo esto se menciona en Isaías 13 y 14:24-27. Caldea formará parte de esta Confederación asiria, como antes formó parte del reino de Nínive, pero sobre todo le dará su carácter fundamental de confusión (13:2-8) en este conflicto final con el Mesías redentor de su pueblo. Finalmente, Babilonia, al igual que Edom, será destruida definitivamente, mientras que las demás naciones, sumisas, volverán a vivir en el reino milenario (Jer. 50:26-32; Is. 13:19-20).

5.5 - El final

No nos equivoquemos. Todo lo que los hombres intentan poner en común uniéndose como lo hicieron en su día los pueblos de la llanura de Sinar, para hacerse un nombre y no dispersarse, es en realidad la preparación de esa confusión final de los pueblos que se manifestará cada vez más cuando ya no exista «lo que retiene». Llevará a la subversión de todos los poderes terrenales. Babel es el sello común que les aplicó Dios. Se levantarán, diversamente y todos juntos, «Contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte… Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes» (Sal. 2).

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1963, páginas 253, 281, 309