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Ecumenismo: ¿dónde está la verdadera unidad de los cristianos?


person Autor: Bibliquest 7

flag Tema: El ecumenismo


Artículo extraído de “Hacia Babilonia” de A. Gibert

1 - La unidad de los cristianos según la oración de Juan 17

1.1 - Lo que dice el Señor en Juan 17. Características de los verdaderos cristianos

El movimiento ecuménico pretende unir a todos los cristianos en una sola iglesia. Se apoya para eso especialmente en la oración del Señor en Juan 17, y su versículo 21 del que extraemos las palabras «que todos sean uno… para que el mundo crea».

Para entender esta frase, es importante ver el contexto, lo que exactamente dijo nuestro Señor en esta oración.

Hablando de los discípulos en el versículo 14, el Señor dice: «Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo». Esto subraya, a) que los verdaderos discípulos son conducidos por la Palabra de Dios y b) que son extranjeros en este mundo, estando sometidos a su enemistad como lo estuvo Cristo, según el odio que llevó al mundo a crucificarlo, al Hijo de Dios. Este carácter de conformidad con Cristo y de extranjero (espiritualmente) al mundo se subraya en el versículo 16: «No son del mundo, como yo no soy del mundo», mientras que el versículo 15 reconoce claramente que es en «el mundo» (físico) donde el cristiano debe encontrarse: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno». Esta presencia del mal en este mundo obliga al cristiano a mantenerse apartado, a protegerse del mal; esta es la santidad de la que habla el versículo 17 que sigue: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad»: el medio de santidad y santificación es, pues, la Palabra de Dios. Todo esto no significa que el cristiano no tenga nada que ver con el mundo; al contrario, el versículo 18 dice: «Como me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo». Nuestro modelo es la posición del Señor Jesús, que se rebajó a ir a todo tipo de pecadores para llevarles la buena noticia de la salvación. De hecho, el versículo 20 muestra que la oración del Señor no se limitó a los once discípulos, sino que se extiende a nosotros: «No ruego solamente por estos, sino también por los que crean en mí por medio de la palabra de ellos». Y luego, en el versículo 21, el Señor pide a su Padre: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti; que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste». Ya vemos hasta qué punto se puede distorsionar su significado si lo sacamos de su contexto.

De este pasaje se desprende que el cristiano no puede tener un cristianismo mezclado con el mundo y mezclado con el espíritu de este mundo, sino que es ajeno a él, separado del mal, para dar un testimonio conforme a la Palabra de Dios. La unidad de los creyentes es, en efecto, según el deseo del Señor, pero es ante todo una unidad entre creyentes fieles a Cristo según la Palabra de Dios: «los que crean en mí por medio de la palabra de ellos» (v. 20). Judas estaba fuera en el momento de esta oración (13:30). No basta con estar bautizado para estar concernido por la unidad de los cristianos, sino que se debe haber nacido de nuevo (Juan 3). Lo mismo se encuentra en 1 Corintios 12:12, donde se afirma que la unidad de los creyentes es la de los miembros de un mismo cuerpo, el Cuerpo de Cristo: ¿quién podría imaginar que se puede ser miembro del Cuerpo de Cristo sin tener la vida de Dios, la vida nueva?

La unidad por la que ora el Señor en Juan 17 es, por tanto, una unidad en la separación del mal y del espíritu del mundo, y en la obediencia a la Palabra de Dios, incluso cuando se trata de llevar el mensaje divino (evangelio) al mundo.

Este pasaje de Juan 17 no debe ser truncado para retener solo el versículo 21, olvidando todo lo demás.

1.2 - ¿Cómo la oración de Juan 17 fue respondida?

1.2.1. Los creyentes constituidos en uno, por el Espíritu Santo: el Cuerpo de Cristo desde Pentecostés.

Las epístolas están ahí para mostrarnos el cumplimiento de esta oración del Señor para la unidad. Se ha cumplido en que los verdaderos cristianos (nacidos de nuevo) constituyen una misma familia, la de los hijos de Dios que han nacido de nuevo, pero lo más importante es que constituyen un solo Cuerpo desde Pentecostés (Hec. 2), esta unidad habiendo sido formada por el Espíritu Santo (1 Cor. 12:12-13 y Efe. 4:4); y este único cuerpo se llama el Cuerpo de Cristo, siendo Él la cabeza (Efe. 1:22-23; Col. 1:18). El Señor mismo se lo hizo saber a Pablo en su conversión («Yo soy Jesús, a quien tú persigues», Hec. 9:5), y por revelación en relación con la Cena del Señor (1 Cor. 10:17; 11:23).

1.2.2. Una unidad real, que debe ser vivida

Según la Escritura, esta unidad existe; no hay que hacerla, sino vivirla y manifestarla.

Algunos dirán que esto se contradice con los hechos, con la fragmentación de la iglesia universal. Ciertamente, los cristianos han faltado a dar el testimonio colectivo que debían presentar, pero cada uno sigue siendo portador de un testimonio que dará según la realidad de su vida interior. Todos los miembros de la familia de Dios, los miembros del Cuerpo de Cristo, son solidarios (1 Cor. 12:15-25) y exhortados a guardar la unidad del Espíritu (Efe. 4:3). Estemos llenos del Espíritu de Cristo de tal manera que podamos discernir en cada verdadero creyente un hijo de Dios, un miembro del Cuerpo de Cristo, y amarlo como tal, sabiendo que Cristo ama a su asamblea: se entregó a sí mismo por ella, la alimenta, la cuida y la purifica (Efe. 5:25-29).

2 - Otros pasajes de la Escritura que confirman Juan 17

2.1 - 2 Corintios 6 después del versículo 14: No hay comunión entre la luz y las tinieblas

Los corintios son objeto de largos reproches por parte del apóstol a causa de su partidismo y división: este es el tema de los cuatro primeros capítulos de su Primera Epístola a los Corintios. A continuación, insiste en la unidad de los creyentes en la asamblea (o iglesia) en el sentido de que son «un solo cuerpo» (1 Cor. 12:12-13) animado por un solo Espíritu (1 Cor. 12:4-11). Sin embargo, el mismo apóstol insiste en que el creyente es incompatible con el no creyente (2 Cor. 6:15, y v. 14-18). El que profesa ser cristiano, pero no ha nacido de nuevo, es uno de los incrédulos. Esta incompatibilidad impide toda comunión (2 Cor. 6:14): ¿qué comunión hay entre la luz y las tinieblas? Pero el creyente es «luz en el Señor» (Efe. 5:8 y Fil. 2:15).

2.2 - No hay unidad con el mal

Otros pasajes enseñan lo mismo que lo anterior.

En general, Dios es un Dios santo que no soporta ver el mal (Hab. 1:13).

Guardar «la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efe. 4:3) no implica ayudarse mutuamente a hacer el mal, sino animarse a obedecer juntos al Señor según la Palabra de Dios. No es necesario reconocer como cristianos a quienes claramente no tienen ni vida ni Espíritu. Todos los apóstoles, Pedro, Juan, Pablo, como también Judas, denuncian enérgicamente a los falsos cristianos, «falsos hermanos que se introducían furtivamente» (Gál. 2:4), «han entrado con disimulo ciertos hombres» (Judas 4), que solo tienen «apariencia de piedad» (2 Tim. 3:5). Solo que, en la confusión actual, no siempre es fácil desenmascararlos. Sin embargo, todo creyente tiene la obligación de apartarse del mal: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (2 Tim. 2:19). La certeza de que el Señor conoce a los suyos (2 Tim. 2:19) no puede permitir que el bien y el mal se unan, ni la verdad y el error, bajo la apariencia de «unidad» o «unidad del Espíritu». La separación del mal comienza individualmente («cualquiera»), y se invita a los fieles a «seguir la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que corazón puro invocan al Señor» (2 Tim. 2:22). El amor sufre por no poder caminar con personas que, siendo cristianas, no obedecen el mandato de separarse del mal, pero sería negar ese mismo amor alentarlas en la «iniquidad» de la que deben separarse. Tengamos cuidado con 1 Juan 5:2.

2.3 - Lucas 9:49-50 y 11:23 – A favor o en contra de Cristo

En Lucas 9, el Señor afirma: «El que no está contra vosotros, por vosotros está» (v. 50). Esta afirmación se utiliza a veces para afirmar que uno puede asociarse con todos aquellos que no son opositores declarados de Cristo. Pero la ocasión para esta declaración era simplemente que un hombre, que no seguía la compañía del Señor (y de los discípulos) expulsaba, sin embargo, demonios en el nombre de Jesús. Los discípulos no debían reprocharle ni prohibirle porque no los seguía. Este hombre caminaba de forma diferente a los discípulos, pero manifestaba un poder real en el nombre de Jesús: no se le podía clasificar como «contra» Cristo.

En Lucas 11:23, sin embargo, la situación ha cambiado y el Señor es rechazado. Incluso es acusado de expulsar demonios por el jefe de los demonios (11:15). Entonces el Señor tiene que decir: «El que no está conmigo, contra mí está» (11:23a).

Cuando se considera a Cristo como aceptable, no estamos puestos a prueba moralmente; pero cuando la opinión pública está por todas partes en contra de él, y es evidente que seguir a Cristo es ser despreciado por los grandes y los sabios, entonces aquí hay un criterio fuerte: «El que no está conmigo, contra mí está» (11:23a). Cuanto más se rechaza a Cristo, más debe compartir su destino el verdadero cristiano.

¿Cómo podemos entonces practicar el ecumenismo con tantos que o bien niegan la divinidad de Cristo, o bien niegan la inspiración de su Palabra, o simplemente no tienen la verdadera fe personal que salva y lleva al nuevo nacimiento?

2.4 - Lucas 11:23 – Dispersar o reunir con Cristo

Ahora bien, si la prueba anterior es para las personas, el Señor da también una prueba para sus obras, según lo que se añade: «El que conmigo no recoge, desparrama» (Lucas 11:23b). Este es un principio muy solemne. Puede ser que un hombre esté con los cristianos, y sin embargo en sus obras construye o apoya lo que es de este mundo. Tal persona puede llegar a ser un predicador popular, y producir grandes efectos, tanto humanitarios como religiosos; pero poco importan los efectos aparentes: el hecho es que, «el que conmigo no recoge, desparrama», dice el Señor.

No hay dispersión tan real a los ojos de Dios, como la de reunir a los cristianos sobre principios falsos. Es peor que si no se reunieran en absoluto. Esto es un obstáculo más profundo para la verdad, porque hay un espíritu de partido y de denominación que inevitablemente se vuelve hostil a Cristo. Un falso punto de reunión sustituye a Cristo por otro centro, y por tanto aumenta la confusión y la dispersión.

Así llegamos a la paradoja del ecumenismo: mientras pretende reunir, en realidad dispersa, porque no reúne solo en torno a Cristo.

3 - Antes de hablar de unidad, los principios básicos que están mal

3.1 - El nuevo nacimiento ignorado

La mayoría de las iglesias cristianas tradicionales aceptan a todos los bautizados, o incluso más: son “iglesias multitudinarias”, como se las llama. Es significativo que apenas se oiga hablar del nuevo nacimiento en el discurso ecuménico. Desgraciadamente, cuanta gente engañada, que se creen cristianas, por entradas en el reino de Dios, y se les trata como tal, e incluso se dice que son «hijos de Dios», aunque no hayan «nacido del agua y del Espíritu» (Juan 3), concepto que se ignora, cuando no es desconocido. ¿Cómo, en estas condiciones, se puede conocer el culto según la Palabra?

3.2 - Otras verdades importantes ignoradas o desconocidas

Además de esta cuestión del nuevo nacimiento, hay muchas otras verdades que son mal conocidas o desconocidas, o bien rechazadas, cuando no se ridiculizan. Podemos citar en particular: –la Biblia como Palabra de Dios; –el regreso del Señor para llevarse a su Iglesia; –el juicio eterno; – el estado de perdición del mundo que va al juicio (castigo); –la muerte de Cristo como sacrificio por el pecado; –la resurrección de los cuerpos; – la conducta cristiana en la piedad que surge de la enseñanza de la gracia (Tito 2:12), etc…

Esta cuestión de la verdad dejada de lado se retoma más adelante.

Ahora bien, todas estas verdades tienen consecuencias prácticas para la verdadera vida cristiana, primero individualmente y luego colectivamente.

3.3 - Confusión entre el cristianismo de nombre y el Cuerpo de Cristo que une realmente a los verdaderos creyentes

Pero, se dirá, a pesar de todo lo dicho, el ecumenismo ha hecho verdaderos progresos: algunas iglesias protestantes han fusionado, las distintas iglesias aumentan su diálogo, se han superado puntos de doctrina que parecían irreductibles, especialmente entre la Iglesia católica y los luteranos; en muchos lugares, protestantes «reformados» y luteranos han fusionado; se multiplican las acciones sociales y humanitarias.

Pero si bien estas diversas iglesias constituyen la «cristiandad», no constituyen el «Cuerpo de Cristo»: cómo podría incluir a personas que claramente no tienen la vida de Dios, muchas de las cuales niegan verdades fundamentales como la divinidad de Jesucristo, la inspiración divina de la Escritura, la salvación por la gracia y muchas otras; sin pretender además someterse a la autoridad de esa Escritura.

En otras palabras, la verdadera naturaleza de la unidad de los cristianos que surge de la realidad del Cuerpo de Cristo es una verdad mal entendida o desconocida. Se habla del Cuerpo de Cristo, pero la idea de una conexión vital con el Cristo glorificado, la idea de que esto es lo que realmente une a los verdaderos creyentes entre sí, la idea de que la Iglesia está llamada a manifestar a Cristo en la tierra, todo esto se desconoce o se ignora voluntariamente.

La confusión entre el cristianismo de nombre y el verdadero Cuerpo de Cristo explica por qué una iglesia calificada como tal, la de Laodicea (Apoc. 3:16), puede ser vomitada por Cristo, –por qué otra, Sardis, puede ser considerada por Él como muerta (Apoc. 3:1), a pesar de su reputación de estar viva. Esto no es algo extraño y hasta ahora desconocido: 1 Corintios 10:1-13, toma como ejemplo lo que le ocurrió a Israel, donde todos, exteriormente, formaban parte del pueblo, pero un gran número no fue aceptado por Dios. Estos fueron llamados «profesos sin vida».

3.4 - Un vocabulario que engaña y vacía de contenido al cristianismo

Se puede decir que es presuntuoso negar la etiqueta de iglesia cristiana a grandes iglesias enteras. No debemos discutir sobre las palabras (2 Tim. 2:14), sino que debemos hablar el lenguaje de la Escritura. Esto es lo que ocurre en las grandes iglesias:

  • Se habla de cristianos, pero se conforman con gente bautizada, sin tener la verdadera fe.
  • Se habla del Evangelio, sin hablar de Cristo que murió por nosotros, soportando el castigo que merecíamos por nuestros pecados, ni de la liberación del pecado, ni del arrepentimiento.
  • Se habla de salvación y de ser salvo, pero esto es más a menudo en relación con las dificultades de la tierra, y no con la liberación del pecado o la ira de Dios contra el pecado, y mucho menos el destino eterno.
  • Se habla de la Iglesia contra la que no prevalecerán las puertas del Hades, pero no ven que esta es la Iglesia edificada por Cristo con piedras vivas que son los verdaderos creyentes.
  • Se habla de adoración, pero la adoración se sustituye por discursos o música, sin que haya verdadera adoración.
  • Se habla de alabanza, pero solo escuchamos a un grupo de cantantes o a una orquesta.
  • Y en lo que respecta a la iglesia católica, continúa en todos los errores básicos de su culto (véase más abajo). –El ecumenismo no rechaza nada por miedo a verse bloqueado en el camino de la unidad.

3.5 - El compromiso político lleva a la ruina

La otra característica sorprendente de todas las organizaciones eclesiásticas modernas es la preocupación por su influencia terrenal, incluso política. Las iglesias se preocupan cada vez más por los problemas del momento, tanto económicos como sociales y políticos, estimando que su tarea es dar respuestas y ayudar a construir la sociedad: esto es dejar de lado la Escritura y negar la condición de extranjeros (1 Pe. 2:11).

«Hacer el bien a todos» (Gál. 6:10) los hombres, no es inmiscuirse en sus conflictos. Los que sienten especialmente que las divisiones entre los cristianos son un factor de debilidad para la cristiandad como potencia mundial son, en su mayoría, cristianos de nombre; ven a la iglesia como nada más que un organismo del mundo, y al cristianismo como nada más que un elemento moral útil. La cristiandad está siendo invadida por la irreligión mientras que se la quiere aún más fuerte que en el pasado, y tratan de contrarrestar esta amenaza uniéndose. Entonces ocurre lo contrario.

4 - Unificación ecuménica: métodos a la luz de la Palabra de Dios

4.1 - Una unificación de las iglesias

La unidad de su Iglesia hecha por Dios es una unidad entre creyentes, miembros del Cuerpo de Cristo, siendo Cristo la cabeza de este Cuerpo. Esto es lo que enseñan la Epístola a los Efesios y la Primera a los Corintios. Esta unidad existe y no tiene nada que ver con los esfuerzos del ecumenismo. Este movimiento pretende unir a las iglesias, cada una guardando más o menos su individualidad.

4.1.1 - Unir perpetuando las divisiones

Parece que lo único que hay que decir es: “Somos uno, dejemos todas las separaciones construidas por los hombres entre los creyentes, y en cambio guardemos cuidadosamente, juntos, la verdad divina, en la separación entre los creyentes y el mundo”. Aquí aparecen las mayores incoherencias.

La propia existencia de varias iglesias distintas contradice la unidad de la Iglesia. Los que más hablan de reducir las barreras entre grupos no dejan de proponer sus propias iglesias, cada una con su propia «fe», por no hablar de sus propios ritos. La noción de «miembros del Cuerpo de Cristo» («Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular», 1 Cor. 12:27) se pierde, ya que los individuos son considerados solo como “miembros de una iglesia”. Algunos siguen hablando del «Cuerpo de Cristo», pero o bien consideran que las propias iglesias son estos miembros (lo cual es bastante contrario a lo que dice la Palabra en 1 Cor. 12), o bien llegan a considerar que los individuos son miembros de este Cuerpo de Cristo a través de su iglesia, lo cual no es mejor. Se considera que las iglesias son las que deben entenderse entre ellas. Esto es para consagrar la división –¡la división de los cristianos que pertenecen a diferentes iglesias!

Otros esperan fusionar las denominaciones protestantes entre ellas a largo plazo, y luego unirlas en un gran cuerpo con las iglesias ortodoxas y romanas, en tolerancia mutua de sus diferentes puntos de vista. Esto equivale de nuevo a perpetuar las divisiones eliminando las etiquetas, o a presentar como unidad la mezcla de elementos irreconciliables, y esto es una nueva incoherencia.

La unidad del Cuerpo de Cristo no es la unificación externa de las iglesias visibles, ni el compartir ciertas convicciones a costa de las verdades fundamentales del cristianismo.

4.1.2 - Unificación externa

¿De dónde vienen las divisiones, si no del hecho que el espíritu del hombre ha suplantado la acción del Espíritu de Dios? La “fe cristiana” ha sido interpretada por algunos de una manera, por otros de otra, cada denominación la confiesa según su propia comprensión particular. En cierto modo, las iglesias dicen ahora: “Unámonos, compartiendo el mayor número posible de nuestras convicciones, pero conservando las peculiaridades que ahora nos separan”. Pero estas particularidades tocan la mayoría de las veces los fundamentos del cristianismo: ¡no importa, parece decirse, mientras los diferentes grupos colaboren en la unificación externa!

4.2 - La verdad y la Palabra de Dios dejadas de lado

Esta cuestión ya se ha abordado en parte anteriormente.

Hay una verdad, y hay que mantenerla. Pero la verdad, es Cristo (Juan 14:6) tal y como lo da a conocer el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios. Ahora bien, para permitir reunir a las iglesias, se consiente o se consentiría la coexistencia de opiniones diferentes sobre la divinidad de Cristo, sobre Su humanidad, sobre Su misma existencia histórica, así como sobre la realidad de Su resurrección, sobre la redención, sobre la inspiración de las Escrituras, sobre el sentido de la cruz, sobre el juicio eterno. Nos guste o no, todo se hace comprometiendo la verdad de las Escrituras.

Otros van más allá: creyendo que no hay acuerdo sobre la doctrina, declaran que esta es divisoria y que es mejor no tratarla. Es una característica de la época ser cada vez más indiferente a la verdad, incluso afirmar que no existe una verdad absoluta. Respondemos con la Escritura, en su letra y en su espíritu: «Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6) –«Tu Palabra es la verdad» (Juan 17:17) –«¿Está dividido Cristo?» (1 Cor. 1:13), –y de nuevo: «…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios» (Efe. 4:13). La exhortación de Judas a luchar «por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3) sigue siendo válida hoy.

Hacer pedazos la fe para unir a los hombres en sus ruinas, pretender vivir mejor secando los manantiales de la vida, poner las especulaciones de los hombres a la altura de la verdad de Dios, discutir y diseccionar su Palabra en lugar de someterse a ella, –todo esto no es el camino del verdadero cristiano. En cualquier caso, no es el amor en la verdad (2 Juan 1 y 1 Juan 5:2).

Es como si, mientras se lamenta el hecho de haber dejado que el agua se corrompa de diversas maneras en múltiples canales, invadidos por residuos de todas procedencias, se hicieran todo tipo de planes para encontrar agua pura combinando estas aguas contaminadas, en lugar de volver a la fuente.

4.3 - La unidad según el catolicismo. La tradición anula la Palabra de Dios

Frente a toda esta actividad ecuménica, el catolicismo también está interesado en la unidad. Su posición es mucho más clara: se esfuerza por devolver a su redil a otros cristianos, a los que antes rechazaba como “fuera de la iglesia no hay salvación”, y ahora llama “hermanos separados”. Pero su doctrina no cambia. A pesar de las ventajas de lo que se llama progresismo, es decir, una cierta acomodación a las ideas modernas, sobre el fundamentalismo, es decir, el apego irreductible a los dogmas, se negaría a sí misma si abandonara su tradición, su jerarquía, sus dogmas, el de la infalibilidad pontificia, así como el de la presencia real en el “sacrificio de la misa”, la intercesión de los santos, el culto mariano, la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Virgen María, María como mediadora de las gracias, la reversibilidad de los méritos, las indulgencias, etc. Estas doctrinas y prácticas derivan de la «Tradición», y esto anula la Palabra de Dios, según lo que dice nuestro Señor en Mateo 15:6.

¡Frente a este poder del catolicismo, la otra mitad del mundo cristianizado no tiene ninguna «sana doctrina» que oponer (Apoc. 3:1b)! Se halaga que los más diversos conceptos, que no son más que nociones religiosas lo más amplias posibles, convivan en fórmulas ambiguas. La doctrina y la práctica se inclinan incluso hacia el catolicismo. Sin una doctrina sólida y fiable, no se puede resistir la absorción por parte de Roma. Esta es la dirección que parece prevalecer cada vez más.

4.4 - Cuando el centro de reunión y unidad se convierte en el hombre

Cuando se deja de lado la Palabra de Dios como única referencia para guiarnos, cuando Cristo deja de ser el único y verdadero centro de la reunión de los creyentes, el hombre lo sustituye. Encontramos todo tipo de líderes, dirigentes, pastores, supuestos profetas, conductores de alabanza. En la iglesia católica, la iglesia en sentido literal es el clero (jerarquía, párroco, obispo, papa, o la virgen y los santos). Es el hombre en formas particulares.

El clímax de este desorden será cuando el anticristo, el hombre de pecado, se sentará en el templo de Dios, presentándose como Dios (2 Tes. 2:4).

4.5 - ¿Una unidad mayor que el cristianismo?

Una evolución en el ecumenismo que merece la pena destacar es el acercamiento a las religiones no cristianas. Religiones animistas han sido incluso incluidas en algunas ceremonias. Incluso la iglesia católica ha entablado un diálogo interreligioso, especialmente con los encuentros de Asís.

Con el pretexto de la paz mundial, de la fraternidad de todos los hombres, primero se establece un diálogo, luego se intercambian los oradores, aceptando incluso a los que propagan falsas doctrinas. Luego, abandonando la verdad cristiana, hay muchos llamamientos para contribuir a la paz mundial, especialmente en Oriente Medio. Estos llamamientos exigen la cooperación de todas las religiones.

Es imposible escapar al hecho de que el islam, por ejemplo, niega la divinidad del Señor, y por lo tanto participa del carácter del anticristo según 1 Juan 2 –y que no ofrece ningún Salvador, sino solo ritos religiosos. ¿Cómo puede Cristo cooperar con el anticristo? Es el dedo en el engranaje de la más completa confusión religiosa, el engranaje de la evolución hacia la futura Babilonia del Apocalipsis (véase más adelante).

5 - ¿Qué futuro tiene el cristianismo?

Lo que dicen las Escrituras sobre el destino del cristianismo

5.1 - Estado moral

5.1.1 - ¿Puede triunfar el Evangelio cuando Cristo sigue siendo rechazado?

Almas piadosas, pero mal enseñadas, sueñan con ver al mundo entero convertido al Evangelio de la gracia, la Iglesia ampliada a las dimensiones de la humanidad y el reino de Dios así establecido. Esta atractiva idea ignora, por desgracia, la enseñanza de las Escrituras, que muestra claramente a la Iglesia como asociada a un Cristo actualmente rechazado, que la tomará para sí (1 Tes. 4:14-18) cuando esté a punto de tomar el poder para establecer el reino de justicia y paz en la tierra, mediante terribles juicios. Hasta entonces se ofrece la gracia. El mundo no la quiere. Los redimidos son librados «del presente siglo malo», como dice Pablo a los gálatas (1:4); «habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo» (2 Pe. 1:4). «No son del mundo» (Juan 17:16).

5.1.2 - Indiferencia, dejadez en todas partes, pero no es inevitable

La incapacidad de la Iglesia para dar testimonio es la consecuencia del olvido de su vocación celestial. La razón profunda del estado en que se encuentra la cristiandad es que la Iglesia ha olvidado que su vocación es celestial y exclusivamente celestial. Ha permitido que el mundo penetre en ella. Se ha atado a él. La cizaña ha crecido con el trigo, la levadura ha fermentado la masa, el grano de mostaza se ha convertido en el gran árbol que es guarida de las aves del cielo (Mat. 13:24-43). Han surgido toda clase de falsas doctrinas; multitudes se llaman a sí mismas cristianas sin tener la vida de Dios, y la cristiandad mundana, se despliega en sus diversas formas, usurpa el nombre de Iglesia. Será juzgada por el Señor según este título con el que se adorna, pero no es la Iglesia: esta, que ha fracasado tristemente en su misión, sigue en medio de ella, conocida solo por su Jefe, que la cuida con fidelidad y solicitud.

«Un enemigo ha hecho esto» (Mat. 13:28), porque los siervos dormían (Mat. 13:25). ¿Dónde encontrar un remedio? «Dejadlos crecer juntos hasta la siega» (Mat. 13:30). En otras palabras, es imposible restaurar lo que el hombre ha estropeado. Pero siempre es posible actuar de acuerdo con lo que queda. No se trata de rehacer la Iglesia primitiva, sino de vivir como Iglesia permanente, con la ayuda de Dios y según su gracia, con su Palabra escrita.

5.1.3 - Mundanalidad (¡no confundir con globalización!)

No hay que confundir mundanalidad con globalización. La mundanalidad es la tendencia de la iglesia a ajustarse al mundo que la rodea. La globalización es el fenómeno observado de que los mismos problemas ocurren en todo el mundo y provienen de las interacciones de todos los pueblos y movimientos. La Palabra de Dios es severa contra la mundanalidad. Por otro lado, las profecías globales sobre la historia de la Iglesia en Apocalipsis 2 y 3 y el castigo que seguirá al tiempo de gracia concuerdan con una generalización de los problemas y las faltas, que es parte de la globalización.

No debería sorprendernos la situación de la cristiandad. Fue anunciado por los apóstoles, el mal había comenzado en su tiempo y había seguido empeorando. El abandono del primer amor (Éfeso), la mundanalidad, retardada por la persecución (Esmirna), luego imperante (Pérgamo), la idolatría asociada a la profesión cristiana dentro de un vasto sistema religioso corrupto y prepotente (Tiatira), el formalismo muerto ganando a los que habían salido de ese sistema (Sardis), la poca fuerza de un testimonio fiel y despreciado (Filadelfia), el orgullo espiritual excluyendo a Cristo (Laodicea), –todos estos son capítulos (Apoc. 2 al 3) de una historia profundamente triste si consideramos solo la obra del hombre, pero una historia maravillosa si consideramos la paciencia y la firmeza de Aquel que camina en medio de las siete lámparas de oro (Apoc. 1:12, 20). Él está listo para venir, juzgando a Jezabel y a su gente, atrapando a Sardis como un ladrón, vomitando de su boca a Laodicea, pero lleno de promesas y recompensas para los vencedores, aquellos que no se habrán dejado arrastrar por la corriente dominante.

Cristo vuelve; aún no ha venido, la cristiandad aún no ha sido puesta de lado por Dios; por muy grave que sea su condición, por muy grande que sea su responsabilidad, sigue siendo objeto de su paciencia, y se dan advertencias para instarla al arrepentimiento. Pero su ruina no hace más que aumentar a pesar de las apariencias, de las altas pretensiones y de las actividades multiplicadas; el testimonio filadelfio participa de la ruina, lo que no autoriza en absoluto a abandonarla, sino todo lo contrario. Escuchemos a Aquel que nos dice: «Vengo pronto; retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona» (Apoc. 3:11).

5.2 - Curso de los acontecimientos según la profecía – hacia lo peor

5.2.1 - Apostasía

¿Dónde termina todo? El lector atento del Nuevo Testamento se convencerá de que el desenlace no se hará por el triunfo en la tierra de una Iglesia restaurada, sino por la venida del Señor, primero para llevarse a los suyos (Juan 14:3; 1 Tes. 4:14-18). La diferencia con los meros cristianos de nombre no la vemos mucho hoy en día, pero el Señor sabrá a quiénes ha de quitar (a los nacidos de nuevo) y a quiénes ha de dejar (a los no nacidos de nuevo).

La venida del Señor será entonces para juzgar a «los que habitan en la tierra» (Apoc. 6:10), los que quedarán después del arrebato. Este será «el día del Señor» de 2 Tesalonicenses 2, y «no vendrá sin que venga primero la apostasía» (2 Tes. 2:3), es decir, la negación de la fe cristiana por parte de lo que todavía conservará, durante algún tiempo, la gran forma del edificio de la cristiandad. Al mismo tiempo se producirá la negación de su Dios por parte de los judíos vueltos a su país. «Y entonces será revelado el inicuo» (2 Tes. 2:8), «el hombre de pecado» (2 Tes. 2:3), es decir, el Anticristo que engañará a los judíos y a las naciones.

La apostasía ya está en marcha, progresando rápidamente pero aún no se ha generalizado. Tendrá lugar abiertamente cuando la verdadera Iglesia haya sido arrebatada. El desarrollo de una profesión religiosa sin vida aún no está completo, lo estará cuando «el que ahora lo retiene» (el Espíritu Santo) «desaparezca de en medio», así como «el que lo retiene» (todo lo que Dios, en su gobierno, emplea para impedir este desarrollo – 2 Tes. 2:6-7). Pero «el misterio de la iniquidad», que operaba desde el tiempo del apóstol, está listo para salir a la luz. Todo se está preparando activamente para la entrada en escena de los que han sido llamados los grandes actores de la crisis final, crisis que la aparición gloriosa del Señor resolverá. Entre estos actores, está «Babilonia la grande».

5.2.2 - Babilonia

Una vez que la verdadera Iglesia haya sido llevada al cielo, toda la estructura de la cristiandad, la «casa grande» de 2 Timoteo 2:20, permanecerá en la tierra, vacía de todo lo que ha tenido la vida de Dios, pero llena de los que habrán sido «profesos» o cristianos nominales. Esto tendrá durante un tiempo la apariencia más espléndida, pero engañosa. La unidad del llamado mundo cristiano tendrá lugar, sí, pero en esta orgullosa, opulenta y maquinadora Babilonia, que se describe simbólicamente en el capítulo 17 del Apocalipsis, y de la que el capítulo 18 evoca la inigualable riqueza e influencia. El grandioso edificio romano permanecerá con toda su imponente organización. Es en su seno donde se llevará a cabo una confusión religiosa total (este es el significado de la palabra Babel, o Babilonia), la apostasía de la cristiandad (Cristo apartado). Ortodoxos, protestantes, católicos, estas palabras ya no contarán. En la frente de la «gran ramera» habrá «un nombre escrito: La gran Babilonia» (Apoc. 17:5; Dan. 4:30).

Los puntos principales del cristianismo se siguen enseñando, incluso en el catolicismo, aunque distorsionados y sofocados por tradiciones puestas a la altura de la Escritura, e incluso por encima de ella. Nada quedará cuando Babilonia reinará y que, bajo el báculo de Roma, se logre la unidad de la cristiandad apóstata.

Pero pronto se dirá: «¡En una hora fue desolada!» (18:19), «¡en una hora vino tu juicio!» (18:10). El poder civil («los diez cuernos… y la bestia») la destruirá: «estos odiarán a la ramera, la dejarán desolada y desnuda, comerán sus carnes y la quemarán con fuego» (17:16-17).

5.2.3 - Persecución y opresión

Si antes hemos advertido del peligro de ser seducido por el ecumenismo, si hemos revelado su futuro hasta la total confusión religiosa de Babilonia, también hay priodos o lugares en los que el ecumenismo se vuelve opresivo o perseguidor. Esto es incluso históricamente una de las primeras fases del poder babilónico después de que Dios había apartado su trono en Jerusalén: Daniel 3.

El vasto imperio babilónico siendo difícil de gobernar debido a la multitud de pueblos que lo componían, su rey pensó en crear una unidad espiritual, que puso en práctica mediante la idolatría, imponiendo a todos sus principales funcionarios que adoraran simultáneamente una misma estatua de oro (esto era el ecumenismo antes de la letra). La condenación de muerte se estableció para aquellos que se negaran a inclinarse ante ella; los tres amigos de Daniel se negaron y fueron arrojados a un horno de fuego calentado siete veces más de lo normal (Dan. 3:19), pero Dios los liberó.

El deseo de unificar las iglesias con fines terrenales lleva a las personas y a los líderes a resentirse con aquellos que no aceptan unirse a su movimiento, o que incluso se oponen a él. A los que insisten en la importancia de la Escritura como única referencia se les llama de todo, como “divisores”, “alborotadores”, fariseos, santurrones, ignorantes y, sobre todo, “fundamentalistas”, que hoy se ha convertido en un insulto.

La unión del poder civil con el poder religioso siempre ha sido un objetivo interesante para ambos poderes, ya que es muy difícil hacer que los pueblos caminen en unidad y coherencia. Esta mezcla de los dos poderes religioso y civil está simbolizada por la fornicación (Apoc. 2:22), y por Babilonia sentada sobre la bestia (Apoc. 17:3).

Ahora bien, los que desean permanecer fieles en tal estado de cosas son despreciados, luego oprimidos, incluso perseguidos. En Tiatira fueron acusados de haber conocido las profundidades de Satanás (Apoc. 2:24); la Babilonia de Apocalipsis 17 está ebria de la sangre de los santos (17:6), mientras que en la Babilonia de Nabucodonosor los fieles eran arrojados al fuego, y más tarde al foso de los leones. La opresión puede adoptar diversas formas, locales o generales, que varían en intensidad y crueldad; primero vienen las amenazas, luego el acoso, las multas, el encarcelamiento. Pero el principio sigue siendo el mismo: se espera que todas las religiones contribuyan, voluntariamente o no, a la construcción de la sociedad. Para ello, la autoridad civil ve con agrado que todas las religiones empiecen a caminar juntas, voluntaria o forzosamente.

Los creyentes fieles nada bueno tienen que esperar de los avances ecuménicos.

Que se inspiren en la fe y la confianza de los tres amigos de Daniel, que no sabían si serían liberados del horno de fuego, pero que sabían que Dios podía hacerlo y que los liberaría de la mano del rey de todos modos; su decisión de adorar solo a Dios y obedecer solo a él era inquebrantable (Dan. 3:17-18). Es mejor obedecer a Dios que a los hombres (Hec. 5:29). Dios sabe cómo mantener o hacer brillar su testimonio en la tierra mediante instrumentos rechazados por todos, como lo fue Cristo en su tiempo.

6 - El lugar de los fieles independientemente de las circunstancias. Lo que es inmutable

6.1 - La Palabra de Dios es suficiente para las necesidades

El diablo siempre ha intentado hacer dudar a la gente de la Palabra de Dios, y llevar al creyente a un camino independiente de Dios. Lo encontramos en el jardín del Edén por parte de la serpiente hacia Eva, pero también por parte del diablo cuando tentó a nuestro Señor en el desierto. La respuesta del señor: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mat. 4:4) muestra cómo esta Palabra de Dios (la Biblia para nosotros) es la respuesta necesaria y suficiente a todas nuestras necesidades para dirigirnos en el camino de la carrera cristiana. Dios lo ha previsto todo y ha dado todos los recursos. Depende de nosotros ser y permanecer obedientes.

6.2 - La unidad acorde con el carácter de Dios

No hay otro camino hacia la unidad que el de la separación del mal. Esto es así porque Dios no quiere la comunión entre la luz y las tinieblas (2 Cor. 6:14). Algunos argumentarán que esto es abandonar la idea de la unidad cristiana. Esto no es cierto: la unidad está hecha, hay que vivirla. Los que obedecen se encuentran juntos en el fundamento que permanece (2 Tim. 2:19). La expresión de la unidad del Cuerpo se encuentra esencialmente en el «único pan» de la mesa del Señor (1 Cor. 10:17): los que participan de él dan testimonio de la existencia del Cuerpo de Cristo, aunque son conscientes de que no son sus únicos miembros. Tienen la responsabilidad de caminar en consecuencia, en obediencia a la Palabra. Por ese símbolo manifiestan esa unidad que está hecha y que no se debe hacer: les corresponde mostrarla en la práctica, en el amor y en la verdad, esto es «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efe. 4:3). Tienen a su disposición los recursos y las instrucciones de la Palabra, dadas a la Iglesia desde tiempos inmemoriales. Que sean dos, o cien, o millones no cambia a los privilegios y a las responsabilidades de esta Iglesia de la cual tienen que, incluso en pequeño número, dar testimonio que existe.

6.3 - Un camino de fidelidad

Entre las iglesias que admiten que la verdad es algo relativo, y que contradicen con su existencia la unidad de la Iglesia, o una iglesia (la católica) que pretende ser la única, siendo todos los demás cristianos considerados por ella como cismáticos (ortodoxos, anglicanos) o heréticos (protestantes en general) o, el insulto supremo, los fundamentalistas (los que se aferran a la sola Palabra de Dios), el lugar de los fieles no es más aquí que allí, bajo pena de aceptar el error o la mentira. El lugar de los fieles está fuera, hacia Cristo y solo hacia Cristo (Hebr. 13:13). El Señor ciertamente reconocerá a sus siervos en Tiatira, en Sardis, en Laodicea; pero cual sea el número de estos creyentes, no cambia la condición de estas asambleas, que representan tantos sistemas que serán juzgados.

La otra fuente de aliento que nos muestra el camino a seguir es la débil iglesia de Filadelfia (Apoc. 3): al haber guardado la Palabra y no haber negado el nombre de Cristo como el Santo y el Verdadero, es la única iglesia en estos capítulos que tiene la aprobación de Cristo.

6.4 - La Palabra de Dios llama y seguirá llamando a la separación

«Salid de ella, pueblo mío» (Apoc. 18:4). Cuando llegue el juicio, será demasiado tarde para “salir de Babilonia”. La cosa está dicha de antemano, el ángel enviado por Jesús debe «dar testimonio de estas cosas a las iglesias» (Apoc. 22:16), de modo que el que tiene oídos y escucha, instruido por las palabras proféticas, tome ahora la posición a la que el Señor le llama. El mandato de separarse del mal en 2 Timoteo 2:19 es individual, pero se da para que el que se separa se encuentre con los demás, sobre el verdadero y único fundamento (2 Tim. 2:22); el llamado a salir de Babilonia (Apoc. 18:4) se dirige a los que el Señor desea encontrar esperándole (Lucas 12).

Solo que, si esta separación es a su vez una mera profesión externa, sería más pecaminosa que todas las demás. Pretender ser «los que de corazón puro invocan al Señor» (2 Tim. 2:22) correría el riesgo de convertirse en una pretensión irreal, en la peor clase de jactancia laodicea, y sería simplemente añadir un nombre a la angustiosa lista de sectas que el Señor vomitará (Apoc. 3:16). No es solo decir, sino mostrar que uno persigue «la justicia, la fe, el amor y la paz» (2 Tim. 2:22), con un corazón indiviso.

6.5 - Una llamada a los que han conocido la verdad

¿Es esto cierto de nosotros? Esta pregunta va dirigida a quienes tienen motivos para bendecir a Dios por haberles abierto los ojos a lo que es la Iglesia según la Palabra. Reconozcamos, con humildad, que no hemos dado ese testimonio simple y recto al que tuvimos el privilegio de ser invitados. Puesto que el Señor aún desea hacernos oír su voz para recordarnos su promesa y advertirnos, no cerremos nuestros oídos. «Vengo pronto», dice Él. ¿Lo estamos esperando?

Tengamos cuidado –y es de desear que lo mediten especialmente los jóvenes tentados de vender su derecho de primogénito–: si escuchamos las voces, a veces conmovedoras, de los cristianos que buscan la unidad, avanzaremos hacia esa unidad ilusoria, y volveremos a los caminos inciertos por los que aún luchan esos cristianos, y perjudicaremos a las almas sinceras en lugar de ayudarlas.

Que el Señor nos guarde de pensar en nosotros mismos como una iglesia o como la Iglesia, y nos mantenga unidos a Él, en dependencia y sumisión, para llevar el carácter de los que le invocan con un corazón puro, de los que retienen la preciosa verdad de su presencia personal en la reunión (Mat. 18:20), y allí realizan la unidad, disfrutando de un anticipo de lo que pronto se manifestará en la gloria, y que “prosiguen” la esperanza de la Iglesia hacia Él, el Cristo glorificado –no hacia Babilonia.

7 - En resumen, brevemente

La unidad cristiana solo puede tener lugar entre hijos de Dios nacidos de nuevo que caminan en la verdad según la Palabra de Dios (la Biblia). La unidad no puede hacerse reuniendo a las iglesias, sino que la unidad la hace Cristo formando a todos los verdaderos creyentes en un solo Cuerpo con Él como cabeza. El lugar del creyente es caminar continuamente por el camino de la fidelidad y obediencia a la Palabra de Dios, viviendo esta unidad divina que no se debe hacer, sino que está hecha.

La unidad externa de la iglesia podrá prosperar, pero solo resultará en una gran mezcla apóstata, sin Cristo, los verdaderos creyentes habiendo sido llevados al cielo. Por el momento, estos están llamados a separarse de todo lo que deshonra a Cristo en la cristiandad, y a reunirse con los otros creyentes fieles que desean caminar en el mismo camino.


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