La sana enseñanza


person Autor: André GIBERT 10

flag Temas: Las reuniones de edificación La sana enseñanza

(Fuente autorizada: biblecentre.org)


La mayor parte de nosotros hemos sido puestos temprano en contacto con las verdades de la Biblia relativas a la Persona y a la obra de Cristo, a la Iglesia de Dios y a la venida del Señor.

En esto Dios nos ha favorecido más de lo que nosotros podemos darnos cuenta. En el período difícil de la historia de la Iglesia en la cual hemos sido llamados a vivir, los creyentes tenemos a nuestra disposición más aclaraciones que nunca tuvieron los creyentes después de los tiempos de los apóstoles, explicaciones nada nuevas, pero puestas en evidencia. Sin ignorar en modo alguno lo que Dios ha dado en otro lugar, decimos que el conjunto de los «escritos de los hermanos» constituye una inestimable riqueza para nosotros, puesta liberalmente a nuestra disposición. Ellos conservan intacto el ministerio de obreros cualificados que han expuesto, no sus puntos de vista o doctrinas personales, sino la Palabra de Dios, a la cual nos conducen sin cesar, para hacernos encontrar a Cristo. Este tesoro, que no ha sido adquirido ni guardado sin trabajo, luchas y penas, nos ha sido fielmente transmitido.

Es la enseñanza de obreros esenciales del poderoso trabajo operado ya hace más de un siglo. Es necesario citar, entre muy buenas obras, y escritos traducidos al francés, también ahora al español, las de J.N. DARBY, especialmente sus Estudios sobre la Palabra, su preciosa Introducción a la Biblia, sus Notas sobre los Evangelios, sus diversos tratados para la salvación y la edificación. Los de H. ROSSIER, de W. KELLY, de J.G. BELLETT, y tantos artículos y estudios contenidos en la colección igualmente rica del Mensajero Evangélico, en francés. Es bueno decir aquí que el presente artículo había sido primeramente escrito para los jóvenes. También ha parecido útil repetirlo para un círculo más amplio de lectores.

¿Qué hacemos nosotros?

Es totalmente lamentable que a menudo, gloriándonos de lo que hemos heredado como si no lo hubiésemos recibido, nos deslizamos hacia un espíritu tradicionalista y rutinario lleno de suficiencia. A la acción viva del Libro de Dios se sustituye la adopción pasiva de pensamientos y expresiones tomadas de otros. Es fácil ser teólogo con los escritos que menciono, y discutir sobre varios pasajes sin que el corazón y la conciencia sean verdaderamente afectados, e igualmente sin comprender muchas veces lo que se ha leído. Creamos así una autoridad humana que colocamos, sin pensar, por encima de la Palabra: «Los hermanos han dicho…, J.N.D. a dicho…». Es exactamente lo contrario de lo que han deseado estos queridos siervos de Dios, que colocaban a las almas en contacto directo con la Palabra divina, ayudándolas, nunca gobernándolas.

Pero más lamentable aún es, lo opuesto, la tendencia muy difundida hoy en día, de rehusar «la sana enseñanza» de nuestros conductores. «¡Oh! dice uno, yo leo mi Biblia, no tengo necesidad de guía. Esos hombres han podido equivocarse…».

Cuidémonos de no menospreciar el ministerio de aquellos que el Señor ha dado para usar «bien la Palabra de verdad» (2 Tim. 2:15), «hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2:2), porque ellos también se han alimentado a sí mismos con las Santas Escrituras.

Si rechazáis lo que el Señor os presenta mediante ellos, él no lo dará dos veces. Tal ministerio se recomienda precisamente porque no se hace valer a sí mismo, sino solamente la Palabra, y Cristo en la Palabra. Estos conductores no han dicho: «Seguidnos a nosotros», sino: «He aquí lo que dice la Palabra de Dios». Ellos no imponen su manera de ver, remiten a la autoridad divina. Despreciarlos voluntariamente, es a menudo arrogancia, es estimar su propio pensamiento como superior al de ellos, y es exponerse a errar por ignorancia, torciendo las Escrituras (2 Pedro 3:16). El pensamiento de un J.N. Darby, no inspirado, no hay necesidad de decirlo, pero enseñado por Dios, nunca puede ser indiferente, y se ofrece siempre al control de esta Palabra de donde él está impregnado y al cual ha sido invariablemente sumiso. No nos privemos de una ayuda de este valor.

Alguno dirá: «No tengo tiempo». Si realmente es ese el caso, no hay ninguna duda: leed primeramente y ante todo la Biblia. Pero en nuestros días el tiempo libre es más extenso que en los días de nuestros padres, que se alimentaban ávidamente de los escritos de que disponían. Se encuentra tiempo para el descanso, para el deporte, ejercicio corporal útil, también se encuentra tiempo para leer los diarios, las revistas, libros de todas clases. ¿No se encontrará tiempo para un ejercicio espiritual?

La verdadera razón es la falta de apetito para esta alimentación fuerte. Es verdad que ella atrae menos que tales publicaciones religiosas donde «hay tantas buenas cosas», se nos dice, y también agradablemente presentadas que se las lee sin esfuerzo. Sin embargo, lo que se lee sin esfuerzo está a menudo marcado de debilidad. La extraordinaria propagación de producciones impresas actuales, adaptadas a todos los niveles, arriesga de quitar el vigor en muchos espíritus, o de paralizar su crecimiento. Sin duda, y la Palabra nos lo enseña, que hay alimentos diferentes según la edad y el grado de desarrollo espiritual; unos necesitan leche, otros, alimento sólido y la presentación de la verdaddebe ser, claramente, puesta a diversos niveles. Pero lo propio de un alimento sano, para un niño, es ser estimulante, para darle las fuerzas deseadas para tomar luego un alimento más sólido. Sin embargo, muchas veces, nos acostumbramos a una enseñanza diluida o que, mezclando de manera atrayente el mundo y el cristianismo, no es más que una enseñanza adulterada.

Es necesario reaccionar, y particularmente para los jóvenes que desean «ser fuertes». ¿Cuántas veces no oímos decir: «¡Oh! J.N. Darby es muy profundo para mí, no lo entiendo…»? ¡Y lo abandonan! Vale la pena, no lo dudemos, romper el cascarón, aunque sea duro, porque la nuez es exquisita. Vale la pena escalar pacientemente el sendero arduo, para descubrir enseguida magníficas perspectivas. Para quien se ha puesto a esto decididamente, no hay lecturas más atrayentes, ni tan provechosas. Solamente, a diferencia de muchas otras, ellas exigen que se tenga siempre la Biblia ante sí, y que se lean acompañadas de la oración. Porque tales obras no reemplazan la vida cristiana, ellas la alimentan de Cristo.

Los ataques contra el testimonio se multiplican. Es manifiesto que la mayoría de las personas que critican la persona o la vida de estos conductores, de J.N. Darby en particular, ni siquiera han leído sus obras esenciales. Fallamos mucho en nuestra conducta, pero no es de ninguna manera por falta de las enseñanzas que nos han sido transmitidas: muy al contrario, somos nosotros que no hemos retenido estas enseñanzas, cuando no las hemos deformado. También es altamente deseable que cada uno las lea y las estudie por sí mismo. Seremos sorprendidos al ver con qué conocimiento de los hombres y de las cosas, con qué fuerza y con qué amplitud de perspectivas, estos cristianos de hace cierto tiempo han hablado de temas que parecen recientes para la nueva generación: la evangelización necesaria, el lugar y la función del cristiano aquí abajo, las relaciones llenas de afecto con los de afuera, pero andando rigurosamente en el sendero estrecho. Veremos como ellos denuncian los dos escollos que encontramos siempre en nuestro camino; por un lado, la mundanalidad, por el otro, la estrechez de corazón. Es solamente leyéndolos que comprenderemos qué distancia existe entre la enseñanza de esos venerados hermanos, suscitados en la Iglesia hace más de un siglo y la idea que a veces nos hacemos de ellos. Nada nos guardará tanto del peligro de constituir una secta más en la confusión de la cristiandad, secta que sería el «darbismo», que de asir la verdad escritural a propósito del testimonio tal y como ellos lo reivindicaron siempre y únicamente, a saber: la reunión alrededor del Señor, en obediencia a su Palabra, bajo la dirección del Espíritu Santo.

Dios nos de la gracia para comprender siempre más el valor y el sentido de este testimonio al cual él nos ha llamado. Nosotros no hemos escogido, es él quien nos ha colocado allí. Evitemos a la vez la indiferencia culpable y el espíritu partidista, que a veces toma el lugar de celo, y por esto sopesemos el camino con nuestros pies (Prov. 4:26), lo que quiere decir estudiemos. El conocimiento hincha, sí, pero nunca el conocimiento del Señor, aprendido humildemente a sus pies. Leed a este respecto la segunda epístola de Pedro, muy llena de esta expresión: el conocimiento. Alimentémonos de lo que ha alimentado a los testigos a los cuales sucedemos. Dios nos mostrará cómo adaptar a las nuevas necesidades «lo que es desde el principio». Pero que «lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros» (1 Juan 2:24).

Encontramos en Génesis 26:8-33 una ilustración muy útil para meditar. Abraham y sus siervos habían cavado pozos. Él siendo muerto, los filisteos los habían tapado. Isaac, bendecido extraordinariamente por Jehová después de la muerte de su padre, habría perecido con todas sus riquezas por falta de agua si no hubiera destapado los pozos de Abraham. Queridos amigos, nuestros padres han cavado, y han encontrado el agua viva, que es Cristo. Dios nos ha colmado de riquezas espirituales que no merecíamos, y la posesión de ellas no nos impedirá sucumbir si no reencontramos el agua de la cual nuestros padres han bebido y que hemos permitido recubrir por el enemigo. Tomemos el pico en nuestras manos, tarea humilde, quizá menospreciada, por la que se nos podrá tratar de atrasados, que nos valdrá la hostilidad del mundo. Pero el gesto siempre ha sido el mismo, cavadores de pozos que se han agachado para encontrar el agua. Esta tradición, no nos apartemos de ella, es fecunda. El agua está siempre allí, el agua viva, de la cual nuestras almas deben beber por ellas mismas si deseamos hacerlas surgir luego para los demás. Pero nos hace falta la energía obediente y paciente de la fe vinculada a la «sana enseñanza».

Traducido de «Le Messager Évangélique» año 1947, pág. 92 a 97.


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