Inédito Nuevo

Sacerdocio y sacerdotes


person Autor: André GIBERT 13

flag Tema: El culto y el ministerio por el Espiritu


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1985, página 29

1 - El origen y la función del sacerdocio

El propósito del sacerdocio es poner a los hombres en relación con Dios. Este oficio se basa en la obra de Cristo y en la operación del Espíritu de Dios, sin lo cual no podría haber relación entre Dios, el Dios santo, y el hombre pecador, y nadie sería regenerado. Está ejercido por hombres, los ángeles no son sacerdotes. Implica una separación, según la libre elección de Dios. «Nadie se atribuye este honor, sino [cuando] es llamado por Dios» (Hebr. 5:4). La pretensión humana puede aspirar indebidamente al sacerdocio, como se ve en el Antiguo Testamento con Coré, el rey Uzías. Pero esto es propio de toda religión de la carne, y el caso de las formas religiosas que, desconociendo el «sacerdocio santo» de todos aquellos que han «gustado que el Señor es bueno» (1 Pe. 2:3, 5), quieren establecer intermediarios. Por no hablar de los cultos a dioses falsos y sus sacrificios (Gén. 41:45; 2 Reyes 11:18; Éx. 2:16, etc., Hec. 14:13).

El sacerdocio consiste esencialmente en dones (u ofrendas) y sacrificios (Hebr. 8:3). La relación fundamental y suprema que asegura y mantiene es, en efecto, la adoración: ¡hombres capacitados para rendir culto a Dios! (Hebr. 10:2; Fil. 3:3; Ez. 46:2). La expresión final en Israel, según la Ley de Moisés, era ofrecer, después del holocausto consumado en el altar de bronce, incienso en el altar de oro, ambos de olor agradable a Jehová (Deut. 33:10), así como la ofrenda de pan sobre el que se quemaba el incienso. Los sacrificios del tiempo presente son sacrificios espirituales, «de alabanza... el fruto de labios que confiesa su nombre» (Hebr. 13:15) y, por otra parte, el «sacrificio vivo» del cuerpo del creyente, presentado en «servicio racional», le es agradable (Rom. 12:1).

NdT. Nuestro propósito es la exposición sencilla de verdades que, esperamos, sean familiares para muchos de nuestros lectores, pero que es útil recordar.

Pero el hombre, siendo pecador, no puede acercarse a Dios sin un sacrificio por el pecado. Una víctima prefiguraba el sacrificio de Cristo, ahora cumplido para siempre, «una vez por todas». Él abre el camino al adorador y asegura su acercamiento (vean Hebr. 10:10, 16-20). Y, por último, el creyente aquí, falible y siempre expuesto a la contaminación, necesita que se le recuerde siempre ante Dios el valor de esta ofrenda de Cristo, por la cual está santificado, hecho apto para presentarse ante Dios; tal recordatorio forma parte de las funciones del sacerdote, y eso es lo que hace por nosotros el intercesor divino, Cristo mismo. Esta intercesión tiene lugar, no para obtener para el creyente la justicia y la paz con Dios –que le han sido concedidas irrevocablemente por la redención– sino para que pueda disfrutarlas efectivamente en este cuerpo mortal.

2 - El sacerdocio y los sacerdotes en el Antiguo Testamento

El sacerdocio presentaba, por tanto, diferentes características, según el desarrollo en la tierra de los caminos de Dios preparados en el Lugar Santo (Sal. 77:13).

Los patriarcas ofrecían sacrificios –llamados habitualmente holocaustos, excepto en Génesis 31:54 y 46:1– ya fuera para ellos mismos, para su familia o para otras personas (Job 1:5). Siempre se trata de sacrificios de animales; solo el sacerdocio de Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, es un sacerdocio de plena bendición, fruto de la victoria obtenida por Abram sobre los reyes de Oriente; bendice a Abram por medio de este Dios Altísimo, y bendice a este Dios Altísimo con Abram.

Moisés, antes del Sinaí, pero después de la salida de Egipto y la Pascua, da testimonio de la bondad incansable de Dios hacia un pueblo ingrato desde su entrada en el desierto, e indócil; el altar de Jehová Nisi (Jehová es mi estandarte) lo expresa (Éx. 17:15), y luego vemos a Moisés asociar a su suegro Jetro, un madianita, a los sacrificios ofrecidos a Dios (Éx. 18:12).

Pero es entonces cuando Jehová da a conocer su intención con respecto a su pueblo: «Seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éx. 19:5-6). La promesa es inmutable, pero su cumplimiento aún está por llegar, en el reino de Cristo. Este pueblo terrenal, siempre apartado, es puesto a prueba, se le impone una condición: «Si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto...», lo que Israel no hizo y era incapaz de hacer; por lo que el pensamiento de Dios solo se cumplirá en el reino de paz y justicia, donde Israel será el centro de las bendiciones de la tierra como reino de sacerdotes: «Seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de nuestro Dios seréis llamados» (Is. 61:6).

Con el régimen de la Ley del Sinaí, bajo el cual el pueblo se coloca deliberadamente, desconociendo la gracia que hasta entonces lo había guiado, este pueblo no es reconocido en su totalidad como sacerdote, el sacerdocio se confía a una familia, la de Aarón (Éx. 28:1), especialmente consagrada «para que sean mis sacerdotes». Está encargada de asegurar todas las ceremonias del culto judaico: «Porque bajo este recibió la Ley el pueblo» (Hebr. 7:11). En sus ritos siempre se encuentran, por un lado, las ofrendas, ya sean holocaustos, ofrendas de pan, sacrificios de prosperidad y, por otro lado, los sacrificios por el pecado (Hebr. 5:1-4). El sacerdote lo necesita para sí mismo. Porque este sacerdocio ha fallado, como todo lo que se pone en manos de los hombres; falló desde su origen en la persona de Aarón: cediendo a la voluntad del pueblo, Aarón, el sacerdote designado por Dios, ¡había hecho él mismo el becerro de oro! Sin embargo, subsistió, «rodeado de debilidad» (Hebr. 5:2), mientras Dios no apartó a su pueblo y se mantuvieron las relaciones oficiales, cualquiera que fuera el estado de los corazones, alejados de Dios, mientras que los labios pretendían honrarlo.

3 - Cristo sacerdote

3.1 - Según el orden de Melquisedec

Permaneció hasta que se levantó «otro sacerdote», que no fue nombrado según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec (vean Hebr. 7:11). Terminó por un tiempo, después de que Jesús tuviera que decir: «¡Vuestra casa queda desolada!… hasta que digáis: Bendito el que viene en nombre del SEÑOR» (Mat. 23:38-39). Cuando Él venga para reinar, se reanudarán las relaciones levíticas, la Ley será escrita en sus entendimientos y en sus corazones, el culto se celebrará según el pensamiento de Dios, con sacerdotes de la raza de Aarón (Ez. 44:15), pero será a la luz de un sacerdocio mucho más elevado, el de Melquisedec.

3.2 - El sacerdocio actual

Cristo ejerce este sacerdocio desde ahora, en favor de los que creen. Lo adquirió por su obediencia, que lo llevó a la cruz del Gólgota. Su perfección fue «consumada» en el sufrimiento (Hebr. 5:9). El mismo que le dijo cuando vino a este mundo: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy», le dijo cuando fue «recibido arriba en gloria»: «Tú eres sacerdote para siempre» (vean 1 Tim. 3:16; Hebr. 5:5-6). Él espera ser manifestado en gloria: el Señor dijo a mi Señor: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal. 110).

3.3 - Cristo, Sumo Sacerdote de los cristianos, ellos mismos sacerdotes

Es como miembro del orden de Melquisedec que él es el sacerdote de nuestra confesión, el Sumo Sacerdote de los cristianos, Jesús. En el cielo, él aparece por nosotros ante Dios, ante la presencia de Dios. A todos los que creen en él les abre el camino, de modo que pueden acercarse a Dios sin conciencia de pecado, y ellos mismos son una familia, la familia de los hijos de Dios, para adorar a Dios en su santuario. Entran, el velo está rasgado, por el camino nuevo y vivo que está abierto a los sacerdotes para bendecir a Dios y proclamar las virtudes de Aquel que nos ha salvado. Constituyen un sacerdocio santo, un sacerdocio real. Esto incluye a todos los que han «gustado que el Señor es bueno» (1 Pe. 2:3), a todos los creyentes. Entre los no creyentes, no hay sacerdotes. Podemos acercarnos, familia aceptada, nación santa, un «sacerdocio santo» llamado a bendecir a Dios ofreciéndole «sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo» (1 Pe. 2:5), y anunciar «las virtudes del que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (id. v. 9). Todos los «nacidos de nuevo» son sacerdotes. ¡Y solo ellos! De lo contrario, sería la negación del cristianismo, basado en la plena suficiencia de la obra expiatoria de Jesucristo, que vino a la tierra para revelar el amor de Dios.

3.4 - Los sacerdotes también necesitan un Sacerdote

Pero estamos en la tierra, “envueltos en debilidades” mientras estemos en estos cuerpos mortales. Para que hagamos realidad los privilegios de nuestra posición en Cristo, para que nuestras relaciones con Dios sean efectivas en nuestra vida terrenal, necesitamos el oficio mediador, del que el servicio de Aarón era una figura imperfecta. Jesús resucitado y glorificado lo asegura en el cielo, «viviendo siempre para interceder» por nosotros (Hebr. 7:25) que caminamos sobre la tierra como el pueblo de Jehová caminaba por el desierto hacia Canaán.

3.5 - La perfección del sacerdocio de Cristo

Necesitamos tal ministerio, pero Aarón y sus hijos estaban en el mismo estado de debilidad que nosotros, mientras que Cristo, hombre perfecto, semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado, es Hijo del hombre, pero Hijo de Dios, que vino a la tierra para obedecer y fue glorificado, habiendo sido saludado por Dios como sacerdote para la eternidad. Un «Hijo, hecho perfecto para siempre» (Hebr. 7:28). Él ejerce actualmente a la perfección los oficios de Aarón en su dignidad y tiene el carácter de Melquisedec. Hay a la vez analogía entre las funciones del sacerdocio levítico y las de Cristo para nosotros, como contraste en la forma en que se lleva a cabo este sacerdocio. El sacerdocio aarónico, imperfecto, falible y limitado, solo daba «la imagen y la prefiguración de las cosas celestiales» (Hebr. 8:4-5). Era limitado en su acción: el Lugar Santísimo estaba cerrado, los sacrificios debían repetirse sin cesar y solo representaban el recuerdo de los pecados, no su expiación, y los sacerdotes mismos estaban sujetos al pecado y a la muerte (Hebr. 7:23). El sacerdocio de Cristo es perfecto, intransferible, eterno, ilimitado.

3.6 - Tratar de comprender la grandeza

Nosotros somos los destinatarios, queridos hermanos y hermanas, por gracia, pero somos incapaces de comprender toda su grandeza, de percibir su alcance, de medir su eficacia y de comprender todo lo que implica de amor infinito.

Pero Dios ha preparado en su Palabra, para nuestro entendimiento limitado, ilustraciones que nos permiten vislumbrar algo de ello; son los diversos “tipos” que nos proporciona el Antiguo Testamento. Todos los detalles que nos da la Escritura sobre la separación de Aarón y de sus hijos, sus vestiduras, su consagración, su servicio, son aptos para instruirnos y, sobre todo, nos representan algún aspecto de Cristo y de su obra. Los sacerdotes ofrecían ofrendas según la Ley, pero servían en el tabernáculo, figura del tiempo presente, sombra de las cosas celestiales. ¡Que nuestros pensamientos y miradas se dirijan más hacia las perfecciones de nuestro Sumo Sacerdote!