8 - El triunfo de amor (cap. 8:5-14)

Un perfume derramado


1 - Las hijas de Jerusalén (v. 5)

«¿Quién es esta que sube del desierto, recostada sobre su amado?» (v. 5).

La esposa quería poder expresar su amor abiertamente. En esta última estrofa, su esperanza está satisfecha. Se la ve subiendo del desierto, apoyándose en su amado, y las hijas de Jerusalén se preguntan: «¿Quién es esta?»

La esposa había buscado y encontrado al esposo. Ella había conocido con él una dulce pero secreta comunión. Ahora, finalmente, ella es manifestada ante el mundo en su compañía, pero apoyándose en él. Los vagabundeos del desierto han terminado, ante ella brilla la gloria.

Este será el caso de Israel, la esposa terrenal. El Señor la atraerá y la llevará al desierto. Allí, le hablará a su corazón y cuando ella será restablecida, le dirá: «Te desposaré conmigo para siempre» (Oseas 2:14-23).

Cuando la peregrinación de la Iglesia en el desierto también haya terminado, y las bodas del Cordero hayan llegado, ella será manifestada como asociada con Cristo en gloria, como una esposa adornada para su marido. Lo expresamos con gozo en el himno:

¡No más noche, ni distancia!
Tu esposa a tu lado,
Reflejará tu poder
Y tu gracia, y tu belleza.

Fruto de tu amor supremo,
La veremos en ese día,
Ella misma envuelta
De tu amor eterno.

(H. y C., del himnario francés, n° 156, estrofas 3 y 4).

 

El Señor actúa de la misma manera con los creyentes. Deambulamos y caemos, pero la gracia nos eleva y nos echa sobre Cristo, así como se ve aquí a la esposa apoyada en su amado. Tenemos caídas, como Pedro, porque confiamos en nuestro propio amor por Cristo; pero en su gracia empática, él nos levanta y nos lleva a confiar en su gran amor por nosotros.

Qué experiencia tan feliz es la de Juan, de quien se dice: «Estaba recostado sobre el pecho de Jesús uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba» (Juan 13:23). –¡Con qué lentitud aprendemos la lección de la dependencia! Reconocer nuestra nada y su plenitud, nuestra debilidad y su poder, y así encontrar todas nuestras fuentes en Él, es algo difícil debido a nuestro orgullo. No es fácil aprender que, como pecadores, no podemos traer nada a Cristo; y que como creyentes debemos recibir todo de él. Estas son sus propias palabras: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Apoyarse es la expresión de la debilidad que se asocia a la fuerza. Inclinarse sobre el seno de Jesús es apoyarse en el amor de Aquel en quien mora toda la plenitud de la deidad corporalmente.

2 - El esposo (v. 5)

«Debajo de un manzano te desperté; allí tuvo tu madre dolores, allí tuvo dolores la que te dio a luz» (v. 5).

La esposa fue llevada a la feliz dependencia del amor del esposo. Vale la pena recordarle que todas sus bendiciones, desde que nació en la enfermedad, se las debe al amado.

No olvidemos nunca que somos deudores a la gracia de todo lo que somos y de todo lo que poseemos. Ya sea un creyente caído que encuentra de nuevo la comunión y el servicio público; Israel caído y restaurado en la gloria terrenal; o la Iglesia arruinada y dispersa, manifestada en la perfección de la gloria del cielo, «todos» deben su posición a la gracia soberana del Señor que nos ha despertado, nos ha sacado de nuestra degradación y nos ha asociado con él.

3 - La esposa (v. 6 al 8)

«Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo» (v. 6).

Apoyada en su amado, consciente de que es a su gracia a quien debe su existencia, y que nunca más podrá confiar en su propio amor por él, exclama: «Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo».

Los nombres de los hijos de Israel estaban grabados en una obra lapidaria, con un sello grabado en los hombros y el pecho del sumo sacerdote, la figura de Cristo (Éx. 28). Así, pues, eran llevados constantemente ante Dios. Y la amada quiere ocupar este lugar aquí. Realmente él tiene un lugar en su corazón, pero la seguridad de la esposa es ocupar uno en el de él.

Este es el lugar que Cristo le ha dado, aunque las almas recién convertidas no sean plenamente conscientes de ello. Un alma restaurada puede decir: Estoy a salvo. Mi nombre está en el corazón de Cristo, tengo un lugar en sus afectos, mi nombre está grabado en su brazo, tengo la protección y el apoyo de su poderoso brazo.

Podemos confiar en su corazón y en su brazo, aunque no podamos tener ninguna en los nuestros. Nunca agotaremos el amor de su corazón y no hay límites para el poder de su brazo.

«Porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos» (v. 6).

En el amor del esposo se fundamenta la seguridad de la esposa, así como el amor de Cristo es el fundamento de nuestra seguridad. Es un amor demostrado, fuerte como la muerte.

La muerte mantiene al hombre bajo su poderoso abrazo; ¡toda la fuerza humana no es más que un juguete para ella! Desde la caída, el hombre y la muerte han mantenido una dura lucha, pero la muerte siempre ha triunfado, hasta que el amor, el amor divino, finalmente descendió a este valle oscuro y entró en conflicto con la muerte.

¡En la cruz, el amor vino a luchar contra la muerte y triunfó! La muerte no pudo vencer el amor de Cristo. Se puede decir que la muerte le quitó la vida, pero no pudo quitarle su amor. El amor triunfó porque consintió en morir, para que pudiera prevalecer sobre la muerte. La muerte se hirió a sí misma a muerte cuando lo hizo morir.

Los celos son tan crueles como el Seol. Este es despiadado. Se traga al joven, el ser más querido, amable o inteligente. Los celos son despiadados contra cualquier cosa que se interponga entre la esposa y su esposo.

El Señor debe anteponerse a los demás: «El que ama a padre o a madre más que a mí, no es digno de mí» (Mat. 10:37), dice. Su amor es tan grande que no puede soportar que los afectos de su esposa se debiliten y ella se aleje de él. «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; ten fervor, pues, y arrepiéntete» (Apoc. 3:19). Es la tierna llamada que nos dirige mientras nos disciplina para nuestro beneficio, para que rechacemos todo lo que le causa disgusto. Sí mismo se entregó para adquirirnos. Tiene derecho a esperar que le pertenezcamos sin reservas.

El apóstol llevaba los caracteres de Cristo y escribía a los creyentes: «Estoy celoso por vosotros, con celos de Dios; pues os he prometido a un solo esposo, para presentaros como virgen pura a Cristo» (2 Cor. 11:2). Su amor por el Señor y su amor por los santos lo habían hecho celoso de que alguien o algo pudiera interponerse entre Cristo y ellos. No tenía piedad por aquel que, mediante falsas doctrinas, hubiera querido seducir a los santos y alejarlos del Señor. «Si incluso nosotros, o un ángel del cielo os predicara un evangelio diferente del que nosotros os hemos predicado, ¡sea anatema!», dijo también (Gál. 1:8). Esta es la característica de un amor celoso.

«Sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama» (v. 6).

El amor lleva dentro de sí un fuego consumidor. Tal era el amor del Salvador que no podía soportar ninguna deshonra arrojada sobre el nombre del Padre. Cuando expulsa a los cambistas del templo, los discípulos recuerdan que de él está escrito: «Me consumió el celo de tu casa» (Sal. 69:9).

¿No es también la llama impetuosa de ese amor lo que sostenía a Pablo a lo largo de su notable vida? Estaba activo y totalmente dedicado a los santos (2 Cor. 12:15), dejando hogar y bienestar, enfrentando hambre y sed, frío y desnudez, peligros, persecución y muerte, bajo el abrazo del amor de Cristo (2 Cor. 5:14).

Este celo devoró a la gran cohorte de mártires y santos perseguidos. La llama de amor que ardía en sus corazones triunfaba sobre la llama de las hogueras que consumían sus cuerpos.

«Muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos» (v. 7).

Nada puede extinguir el amor divino. El Señor Jesús se enfrentó a muchas aguas, pero no pudieron apagar su amor. Se enfrentó a los ríos, pero no pudieron sumergir su amor. En la cruz «los ríos alzaron su sonido» (Sal. 93:3), pero solo para demostrar que el amor divino es más poderoso que el sonido de muchas aguas. Allí «me rodearon ligaduras de muerte, y torrentes de perversidad me atemorizaron», dice el Señor (Sal. 18:4). No pudieron hacer que su amor cediera. «Las aguas han entrado hasta el alma» (Sal. 69:1), dice, pero no pudieron sumergir el amor que había en su corazón.

Todas las olas y los flujos de Dios pasaron sobre él (Jonás 2:4) sin extinguir su amor por su esposa.

Su amor ha triunfado y permanece. Podemos cantar con razón: «Al que nos ama, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre… ¡a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén» (Apoc. 1:5-6).

«Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían» (v. 7).

No se puede comprar el amor. Cristo, es verdad, ha dado por así decir todos los bienes de su casa. Abandonó reinos, tronos y coronas, pero dio aún más: «Jesús, el que sí mismo se dio» (1 Tim. 2:6). Así demostró su inmenso amor, porque «nadie tiene mayor amor que este: que da su vida por sus amigos» (Juan 15:13). Y a cambio de este amor, él espera ser amado. Nada puede satisfacer el amor de su corazón, excepto el de nuestros corazones. Podemos ofrecer el trabajo de nuestras manos, nuestro dinero, nuestras obras de caridad e incluso nuestros cuerpos para ser quemados, pero si falta el amor, todo esto será inútil, despreciable.

El amor de Cristo hace nacer el amor. «Le amamos, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19).

Así es el amor con el que somos amados:

  • Un amor que nos ha dado un lugar en el corazón de Cristo.
  • Un amor que nos ha puesto al abrigo en su poderoso brazo.
  • Un amor fuerte como la muerte.
  • Un amor celoso, de celos de Dios.
  • Un amor que arde con una llama impetuosa.
  • Un amor que no puede ser extinguido, y
  • Un amor que no se puede comprar.

«Tenemos una pequeña hermana, que no tiene pechos; ¿Qué haremos a nuestra hermana cuando de ella se hablare?» (v. 8).

Restaurada, feliz en el amor del esposo, la esposa está libre de pensar en la bendición de los demás.

Si primero la esposa representa al pueblo terrenal de Dios, los judíos restaurados y bendecidos por Cristo, la hermana pequeña es una probable figura de Efraín o de las diez tribus. Sabemos que serán llevados a saborear la misma bendición, pero a través de experiencias diferentes. Su afecto por Cristo no se habrá desarrollado a través de las pruebas por las que otros judíos han pasado y todavía están pasando. Pero también, para Efraín, se acerca el día favorable, el día en que hablaremos de esta «hermana pequeña».

¿Qué haremos por ella entonces?

4 - El esposo (v. 9)

«Si ella es muro, edificaremos sobre él un palacio de plata; si fuere puerta, la guarneceremos con tablas de cedro» (v.9).

Tenemos la respuesta aquí. Cuando Israel será de nuevo establecido sobre un fundamento sólido, como un muro, será un monumento de gracia redentora: «Construiremos sobre él un palacio de plata». Cuando se convierta en puerta, es decir, cuando su corazón se abra a Cristo, será objeto de su protección y de su solicitud: «La guarneceremos con tablas de cedro».

¿No pueden estos principios aplicarse a muchas personas cuyo afecto por Cristo, como en el caso de Efraín (Jer. 31), no ha encontrado la oportunidad de desarrollarse? ¡Cuántos, desgraciadamente, son los que se parecen a la hermana pequeña del Cantar! Sus vidas pueden ser, externamente, correctas. No se les puede atribuir ninguna falta de conducta grave. Nunca deambularon como la esposa, los guardias nunca le quitaron el velo, nunca les pegaron. No siguieron un valle oscuro para llegar a conocerse y no subieron a los picos de Amana o del Hermón para aprender con qué amor está lleno el corazón de Cristo. Sus afectos se ven afectados por esta falta de conocimiento práctico de Cristo.

¿Qué debemos hacer por ellos? Ellos “necesitan” estar firmemente establecidos en sus relaciones con el Señor y sus corazones deben abrirse a él. De esta manera se convertirán verdaderamente en testigos de su gracia redentora para los que les rodean, y sus corazones serán un jardín cerrado para Cristo.

5 - La esposa (v. 10 al 12)

«Yo soy muro, y mis pechos como torres, desde que fui en sus ojos como la que halla paz» (v. 10).

Por gracia la esposa puede decir: «Yo soy un muro». Firmemente establecida en sus relaciones con el esposo, su afecto es el secreto de su fuerza y la medida de su testimonio ante los demás.

Una torre es un lugar de refugio y un punto de referencia para otros. El creyente, cuyos afectos han sido atraídos a Cristo, es alguien que verdaderamente ha encontrado la paz. María, llevada por sus afectos a descansar a los pies del Señor, era una persona que a Sus ojos había encontrado verdaderamente la paz, una paz que él no permitía que fuera perturbada. «María ha escogido la buena parte, que no le será quitada» (Lucas 10:42).

«Salomón tuvo una viña en Baal-hamón, La cual entregó a guardas, cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto» (v. 11).

Baal-Hamón significa “amo de una multitud”. Este pasaje anticipa el tiempo en el que Cristo, el verdadero Salomón, reinará sobre todas las naciones. La tierra se convertirá en una vid fructífera. Los reyes de la tierra serán los guardianes de la viña, gozarán de los frutos, pero estarán sometidos a Cristo. Ellos pagarán el tributo, trayendo por así decir 1.000 piezas de plata.

«Mi viña, que es mía, está delante de mí; las mil serán tuyas, oh Salomón, y doscientas para los que guardan su fruto» (v. 12).

La esposa tiene su propio viñedo. El Israel restaurado tendrá un lugar especial y este pueblo también admitirá gozosamente su sumisión a Cristo. Pero cuando reconocerá que todo pertenece a Cristo, la bendición también fluirá hacia los demás. Mientras que Salomón recibe 1.000 piezas, los demás reciben 200. El precioso perfume, contenido en el vaso de María, fue derramado sobre Cristo, pero otros también pudieron apreciarlo porque «la casa se llenó del olor del perfume» (Juan 12:3).

El alma que ha hecho la experiencia de los valles oscuros y de las cumbres montañosas, de los vagabundeos en la ciudad y de las delicias del jardín, es conducida a descansar en el amor eterno de Cristo (v. 5). Ella sabe un poco sobre la anchura, la longitud, la profundidad y la altura (v. 6). Ahora piensa en los demás (v. 8-9), reconoce gozosamente que Cristo tendrá autoridad universal (v. 10-11) y al mismo tiempo ella tiene todos sus bienes a su disposición (v. 12). Este es el triunfo del amor de Cristo.

6 - El esposo (v. 13)

«Oh, tú que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz; házmela oír» (v. 13).

Por última vez, el esposo hace oír su voz. Él encuentra sus delicias en reconocer lo que su amor ha producido. Los vagabundeos de la esposa son cosa del pasado, el amor la ha llevado a vivir en los jardines.

Qué felicidad cuando, atraídos por el amor de Jesús, encontramos nuestra parte lejos del mundo, en compañía de los suyos, en el jardín del Señor. Es solo desde este lugar feliz que podemos dar verdadero testimonio a los demás. Pero no es suficiente para el Señor que otros puedan escuchar nuestra voz, como testigos en el camino del Testimonio. Él mismo desea escuchar nuestra voz, como adoradores.

Inmediatamente la esposa responde, expresando su ardiente deseo.

7 - La esposa (v. 14)

«Apresúrate, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas» (v. 14).

El deseo del esposo está satisfecho. Alegremente oye a la esposa decir: «Apresúrate, amado mío». Tales palabras muestran claramente que el amor ha hecho su trabajo en el corazón de la esposa. Ahora está lleno de un amor que solo la presencia del esposo puede satisfacer, que solo su retorno puede satisfacer.

El amor también nos ha cuidado, ha soportado pacientemente todos nuestros vagabundeos, ha restaurado nuestras almas, ha despertado nuestros lánguidos afectos. Estamos en la compañía de Cristo, en su jardín, y allí nos abre los tesoros del amor y nos hace saber que nuestro Amado vendrá a llevarnos. La obra de amor en nuestros corazones termina cuando, en respuesta a su palabra: «Sí, vengo pronto», oye su propia respuesta: «Amén; ¡ven, Señor Jesús!» (Apoc. 22:20)!

Pero a través de lágrimas y tristezas
Tu voz nos llega de arriba,
Preludio de las próximas delicias,
Repitiendo: «Vengo pronto».

Y, grito de amor y esperanza,
La respuesta de tus electos
Por el Espíritu Santo a Ti brota:
«¡Amén, oh ven, Señor Jesús»!

(H. y C., del himnario francés, n° 212, estrofas 3 y 4).