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La Epístola de Judas


person Autor: Edward DENNETT 16


De la revista «Christian Friend», vol. 15, 1888, p. 265 etc.

1 - Judas 1 al 7

Nada se sabe con certeza acerca del escritor de esta epístola, más allá de la descripción que aquí es presentada. Él se contenta con dos títulos – «siervo» (esclavo) «de Jesucristo, y hermano de Jacobo». Si el mencionado Jacobo es el hermano del Señor, del cual habla Pablo (Gálatas 1: 19), en vez del apóstol Judas, no el Iscariote (Juan 14: 22), el cual parece haber sido el hermano de Jacobo, el hijo de Alfeo (Lucas 6: 15, 16), entonces Judas era también, según la carne, un hermano del Señor. Si es así, qué gracia y humildad son exhibidas en que él no llama la atención sobre el hecho. Y qué lección para todos los que asumen, o procuran asumir, un lugar entre los creyentes sobre la base de ¡la distinción humana o el nacimiento!

La similitud de esta epístola con la Segunda Epístola de Pedro no puede dejar de sorprender incluso al lector común; pero, a decir verdad, existe una diferencia notable, a saber, Pedro habla de pecado, Judas habla de apostasía, el alejamiento de la Asamblea de su estado primitivo ante Dios. El apartamiento de la santidad de la fe es el tema que Judas trata. Él no habla de separación exterior, es decir, separación de la Asamblea, o del cristianismo profeso. Teniendo esto en cuenta, hay grados de corrupción que pueden ser rastreados a través de 2 Pedro, Judas, y 1 Juan. En Pedro, como ha sido señalado, es el pecado –el pecado obrando realmente en formas flagrantes– en el seno de la Iglesia; en Judas es la apostasía moral, aunque los que son culpables de ella aún conservan su lugar en el interior (versículo 12); mientras que en Juan los apóstatas han salido. «Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros», etc. (1 Juan 2: 19).

Otro punto debe ser mencionado como indicativo del carácter de esta importante epístola. Mientras que Judas lidia con males que ya existen en su propio día, estos males son tomados como un asomo del estado de cosas que será encontrado al final; y por tanto él habla del Señor viniendo con sus «santas miríadas, para hacer juicio contra todos», etc. (Judas 14, 15). Por consiguiente, la epístola es profética, y como tal tiene una importancia especial para aquellos cuya porción ha caído en los postreros días, en los cuales se esperan «tiempos peligrosos» (2 Timoteo 3: 1).

La dedicatoria de esta epístola es tan hermosa como peculiar a este escritor, leemos, «a los que son llamados, santificados [1] en Dios Padre, y guardados por Jesucristo» (versículo 1). Judas les recuerda a aquellos a quienes escribe que, si eran santos, ellos lo eran por gracia, por un llamamiento divino y soberano –un llamamiento que, dirigido a ellos, en el poder del Espíritu Santo por medio de la palabra de Dios, llegó a sus corazones y conciencias, y los separó del mundo, para ser pueblo de Dios.

[1] La lectura generalmente aceptada ahora es: «Amados en Dios Padre» (véase las versiones de la Biblia: JND, LBLA, RVA, VM.

Nunca es demasiada la frecuencia con que recordamos el hecho de que fue el llamamiento de Dios el que nos hizo santos, y que, por consiguiente, nosotros no somos llamados a ser santos, sino que somos santos mediante llamamiento divino. Luego tenemos la doble descripción de los llamados. En primer lugar, santificados, o más bien, «amados en Dios Padre». Judas sitúa así a los santos en la presencia inmediata de Dios, les enseña que ellos son los objetos de Su corazón, y querría que ellos supiesen que, como tales, ellos han sido traídos al disfrute de una relación íntima con Él; porque él es el Padre de ellos, así como Dios [2].

[2] Se puede comparar con la dedicatoria de las Epístolas a los Tesalonicenses donde leemos: «A la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre», etc. Pero aquí es quizás que la vida espiritual de los santos se ha desarrollado especialmente en la relación filial.

En segundo lugar, ellos son guardados en Jesucristo. El terreno, y posiblemente el medio, de la seguridad de ellos son así afirmados; y nunca debe ser olvidado el hecho de que, si somos guardados, preservados en medio de todos los peligros que nos rodean, y de todos los lazos y tentaciones del maligno, es solamente por medio de Jesucristo. Es el poder de Dios lo que nos guarda, pero el poder es ejercido, mostrado a favor nuestro en él y por medio de él, el cual está sentado a la diestra de Dios. ¡Qué motivo entonces para la meditación! ¡Sí, qué fundamento para la alabanza y la adoración se encuentra en estas dos palabras: «amados en Dios Padre», y, «guardados por Jesucristo»! (Judas 1).

La salutación difiere tanto de las de Pablo como de las de Pedro; aunque ella se parece a las de Pablo cuando escribe a individuos en la introducción de «misericordia», y a las de Pedro en el uso de la palabra «paz». Judas dice: «Misericordia, paz y amor os sean multiplicados» (versículo 2). Tal era su deseo y el de Dios, expresado por medio de él para estos santos amados. Misericordia es lo primero (véase versículo 21), porque en vista de las circunstancias en las que ellos se encontraban, esta era su necesidad primordial, misericordia para su debilidad (compárese con Hebreos 4: 16); el constante fluir de la tierna compasión de Dios para proteger, sostener, y guardarlos en medio de los peligros de su senda. También la paz, no paz con Dios, sino paz, absolutamente la paz que posee toda el alma, y en cuyo poder podemos andar con imperturbable serenidad en la presencia de los mayores peligros de los enemigos más malignos. No se dice si se trata de la paz de Dios (Filipenses 4) o de la paz que Cristo da, su propia paz, a los suyos (Juan 14), porque en realidad es una paz que, fundamentada en la obra de la redención, el alma disfruta en la relación con el Padre y con el Hijo. El amor es añadido –la expresión de la naturaleza divina, ese círculo y esa atmósfera santos a los cuales son llevados los redimidos en los que ellos viven y se mueven y tienen su existencia. (Compare con 1 Juan 4: 16). Y Judas desea que todas estas cosas (y el lector observará el orden, a saber, misericordia, paz como el fruto de la misericordia, y luego amor como la esfera de la vida del alma), les sean multiplicados. Porque incluso si estas bendiciones son poseídas, son poseídas solo en una medida, viendo que, al igual que la fuente desde donde ellas emanan, ellas son infinitas en su carácter. Por consiguiente, el creyente nunca puede decir que lo ha logrado, y su descanso debe estar, por tanto, como se ha dicho a menudo, no en el logro, sino en lograrlo; y se siente atraído a esto por cada nuevo destello que obtiene de los tesoros ilimitados que están guardados para él en Cristo.

La ocasión de la epístola es presentada ahora. Leemos, «Amados, teniendo mucho empeño en escribiros acerca de nuestra común salvación, me veo en la necesidad de escribiros con el fin de exhortaros a que luchéis por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3). Judas, tal como él nos dice, había estado fervientemente deseoso de ministrar para la edificación de los santos; pero el estado de cosas era tal que hacía esto imposible, y más bien tuvo que incitarlos para que se pusieran su armadura, se ciñeran sus armas, y se preparasen para el conflicto. Esto presenta un principio de importancia inmensa y permanente. Cuando Satanás, por medio de sus emisarios, ha encontrado un asidero en el interior, y se dedica a corromper y socavar los fundamentos de la verdad, hablar de edificación es una pérdida de tiempo; porque Dios, en un momento tal, llama al conflicto, y es solamente mediante este conflicto que Su obra puede ser realizada. Las almas tímidas siempre se perturban ante la más mínima señal de controversia; ellas abogan por paz y amor, e insisten ante las almas sobre el peligro de la batalla. Pero cuando está en peligro la verdad del cristianismo, ¿es amor genuino a las almas el que cede el campo a los adversarios? Cuando Goliat desafió a los ejércitos de Israel fue David quien trabajó más para el bienestar del pueblo de Dios. Cuando Pedro negó en Antioquía la verdad de la gracia al negarse a comer con los creyentes gentiles, fue Pablo el que se opuso a él cara a cara, el que trabajó más eficazmente para la bendición de los santos.

Si Dios llama al conflicto, no es más que el egoísmo supremo el que se aparta de la batalla bajo el argumento de desear proteger a los santos (Compárese con Jueces 6: 16, 17, 23). Por ejemplo, cuando Nehemías se dedicó a edificar los muros de Jerusalén, el enemigo estuvo tan activo que cada uno con una de sus manos trabajaba en la obra, y con la otra ceñía un arma. Leemos, «Los que edificaban, cada uno tenía su espada ceñida a sus lomos, y así edificaban». Además, él añade, «y el que tocaba la trompeta estaba junto a mí». Y él mandó a todas las clases del pueblo que donde oyeran el sonido de la trompeta se reunieran allí (Nehemías 4: 17 al 20). Si la trompeta hacía sonar su llamado al conflicto, la edificación del muro debía ser suspendida, y todos debían enfrentarse al enemigo en dependencia de Dios. Y esta es la lección impuesta por Judas. En otras palabras, él dice: “Ahora es el momento del conflicto”. Él coloca la trompeta de Dios en sus labios, por así decirlo, y los convoca a la batalla, para despertarlos, a fin de que velen, estén firmes en la fe, se porten varonilmente, sean fuertes, y contiendan «a que luchéis por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3). Apenas es necesario que se observe que «la fe» es la cosa creída, la verdad, y el conflicto debía ser librado para mantenerla tal como había sido entregada a los santos. Cualquier modificación, cualquier evolución de ella, cualquier adaptación al pensamiento y al sentimiento modernos –todas las cuales son, en realidad, corrupciones de la verdad– debían y deben ser resistidas. Entregada a nosotros por medio de los apóstoles, debemos contender por ella en la misma forma en que ha sido recibida.

El versículo siguiente señala la fuente y la causa del peligro: leemos, «Porque han entrado con disimulo ciertos hombres, los cuales desde hace tiempo estaban destinados para este juicio, impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje, y niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo» (Judas 4). Tenemos, por tanto, la historia y el carácter de estos apóstatas corruptores. En primer lugar, ellos se habían infiltrado en la asamblea encubiertamente, de manera solapada; es decir, el verdadero carácter de ellos no fue discernido cuando fueron llevados a la asamblea. En un día de mal no puede haber mayor responsabilidad que la de los «porteros» (véase 2 Crónicas 23: 19); los que guardan, por así decirlo, las puertas, y cuyo deber es admitir solamente a los que tienen un derecho y una calificación indudables para el privilegio de ingreso. Hubo negligencia en este día cuando a estos hombres se les permitió entrar sigilosamente; y cuán a menudo hay una lamentable falta de vigilancia de la misma manera en el momento actual. La consecuencia, ya sea en aquel entonces o ahora, es confusión y corrupción. Si bien los «porteros» habían fracasado, estos hombres «desde hace tiempo estaban destinados para este juicio»[3]; ellos habían sido previstos por el ojo omnisciente del Espíritu de Dios, y el fundamento de su condenación había sido determinado y proclamado de antemano. En su carácter esencial ellos eran hombres «impíos» –hombres que no tenían temor de Dios delante de sus ojos, y actuaban sin referencia a Él, excluyendo a Dios de todos sus pensamientos, sus acciones y sus caminos. (Compárese con Judas 15).

[3] La palabra griega traducida como «condenación» es la misma que en 1 Corintios 11:29, donde está traducida como «juicio» y significa no el acto de condenación, sino el asunto o el cargo por el cual ellos son condenados.

Luego siguen sus rasgos especiales: a saber, ellos convertían la gracia de Dios en libertinaje (o, lascivia), y negaban al único Amo (despótes) y Señor, Jesucristo. Se apoderaban de la gracia como una excusa para el pecado; continuaban en pecado para que la gracia pudiera abundar (Romanos 6: 1); y rechazaban la autoridad de Cristo, quien era, de hecho, su único Amo (o, Soberano). (Compárese con 2 Pedro 2: 1). En una palabra, ellos rechazaban la voluntad de Cristo, para poder ser libres de hacer su propia voluntad. Se trataba, por tanto, de la reafirmación del hombre en esa esfera (la esfera de la asamblea) donde Cristo y su autoridad son todo. Esta es la esencia de toda iniquidad, y era, por tanto, apostasía verdadera, aunque ellos aún ocupaban exteriormente el terreno del cristianismo. El apóstol Pablo escribe así: «Porque el misterio de la iniquidad ya está actuando; solo que el que ahora lo retiene, lo hará hasta que desaparezca de en medio. Y entonces será revelado el inicuo», etc. (2 Tesalonicenses 2: 7, 8). Estos hombres que habían entrado encubiertamente entre los santos eran de este modo los precursores de la abierta apostasía y de la revelación del hombre de pecado; porque eran gobernados por el mismo espíritu que será exhibido en él de manera más pública. Estos hombres impíos existían en los días de Judas; pero que no olvidemos que ellos tienen sus representantes en todas las épocas de la Iglesia y, por tanto, en nuestro propio tiempo. Por consiguiente, estamos advertidos, y necesitamos estar alertos, celosos por los derechos y la honra de nuestro Señor, contra la más mínima desviación de su Palabra, o la más pequeña tendencia a abusar de la gracia. La semilla de siembra de la apostasía puede estar en lo que parece ser un insignificante acto de la reivindicación de la voluntad del hombre en oposición a la del único Señor, nuestro Señor Jesucristo.

A continuación, Judas cita ejemplos para mostrar la certeza del juicio sobre todos los que dejan el lugar de sumisión al Señor, o caen en pecado y corrupción. Leemos: «Pero os quiero recordar, aunque lo sepáis todo [4], que el Señor, habiendo salvado al pueblo de Egipto, destruyó a los que no creyeron. Y a los ángeles que no guardaron sus orígenes, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo tinieblas en prisiones eternas, para el juicio del gran día. Como Sodoma y Gomorra y las ciudades de su alrededor, que se habían abandonado a la fornicación de la misma manera que estos, yendo en pos de otra carne, son propuestas como ejemplos, sufriendo el castigo del fuego eterno» (Judas 5 al 7).

[4] Muchos leen y con mejor fuente: «aunque una vez conocíais todas las cosas», una afirmación que contiene una triste demostración del menguante estado y del menguante conocimiento de los santos.

No podemos dudar de que hay un doble motivo para citar estos ejemplos de juicio inmensamente diferentes. En primer lugar, es para mostrar, a partir del caso de Israel, que el juicio será llevado a cabo sobre la base de que ellos han ocupado el lugar del pueblo de Dios. Además, pareciera –y esto será visto más claramente más adelante en la epístola– que el estado de estos hombres será característico hacia el final del cristianismo público. En segundo lugar, nosotros tenemos en estos tres ejemplos, los rasgos –las formas del pecado y de la iniquidad– exhibidos en estos «soñadores» de los cuales Judas habla en el versículo 8. Así, aquellos de los israelitas que fueron destruidos en el desierto (y solo dos de los que salieron de Egipto fueron excluidos –Caleb y Josué) no creyeron; eran niños en quienes no había fe. Leemos: «¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a los que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de su incredulidad» (Hebreos 3: 18, 19). Leemos a continuación: «Y a los ángeles que no guardaron sus orígenes, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo tinieblas en prisiones eternas, para el juicio del gran día» (Judas 6). El pecado de los ángeles que no guardaron su estado original fue más bien el de la desobediencia; porque una de las características de los ángeles que han sido preservados es que ellos ejecutan Su palabra, leemos «Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto» (Salmo 103: 20). Finalmente, en el caso de Sodoma y Gomorra fue la voluntad de la carne, la voluntad propia en concupiscencia, y yendo en pos de carne extraña. «Como Sodoma y Gomorra y las ciudades de su alrededor, que se habían abandonado a la fornicación de la misma manera que estos, yendo en pos de otra carne, son propuestas como ejemplos, sufriendo el castigo del fuego eterno» (Judas 7). Y nótese el orden moral: a saber, en primer lugar, la incredulidad, luego la desobediencia, y finalmente el libertinaje de la carne –un orden que es continuamente ejemplificado en la Palabra de Dios.

Otras dos cosas pueden ser indicadas. Los ángeles caídos, como aprendemos de esta Escritura y de 2 Pedro 2: 4, están guardados en cadenas eternas bajo tinieblas para el juicio del gran día. Por consiguiente, ellos son una clase de ángeles aparte del diablo y de los demonios del Nuevo Testamento que tan a menudo se los encuentra involucrados en su malvada obra en la tierra. Es a estos ángeles caídos a los que Pablo puede referirse en 1 Corintios 6: 3. Además, la destrucción de Sodoma y Gomorra, y las ciudades circunvecinas, es presentada como un ejemplo, experimentando la venganza del fuego eterno. Esas ciudades están todavía bajo el peso de su condenación, engullidas por el juicio por el cual fueron alcanzadas; y el Espíritu de Dios apela a esto como una advertencia y un ejemplo, una advertencia de la certeza del juicio venidero, y un ejemplo de su carácter eterno. Por lo tanto, ¡tengan cuidado! todos los que corrompen la gracia de Dios y se rebelan contra la autoridad de Cristo.

2 - Judas 8 al 16

El escritor de esta epístola había interrumpido su descripción de «ciertos hombres» que habían «entrado con disimulo» entre los santos, mediante la introducción de tres ejemplos de juicio divino sobre pecadores –pecadores entre su pueblo en el desierto, entre ángeles, y los habitantes de Sodoma y Gomorra, con las ciudades circunvecinas. Él vuelve ahora y señala que estos hombres, a pesar de estos ejemplos públicos y tristemente célebres de la certeza del juicio de Dios contra el mal, siguieron cursos similares. Él dice: «Sin embargo, de la misma manera también estos soñadores ensucian la carne, desprecian a las potestades y blasfeman las glorias celestiales» (versículo 8).

Esos eran tres de los caracteres del mal exhibidos en estos falsos profesos. Pero primero ellos son designados como «soñadores», porque indudablemente, engañados como lo estaban por Satanás, confiaban en ellos mismos en el sentido de que eran justos, al mismo tiempo que despreciaban a los demás (véase el versículo 19). Verdaderamente eran soñadores, andando según las imaginaciones de sus propios corazones y, por lo tanto, creyendo equivocadamente en una falsa seguridad aun cuando la tormenta del juicio ya se estaba acumulando sobre sus cabezas. Además, ellos «ensucian la carne» –un término que expresa la corrupción moral y carnal. Es notable que en todas partes en la Escritura una profesión religiosa altiva, carente de realidad, siempre está asociada con pecados abominables (véase Mateo 23: 25 al 38; 2 Timoteo 3: 1 al 5; Tito 1: 15, 16).

Luego, ellos «desprecian a las potestades». Esto expresa el desarrollo pleno de la voluntad propia en el hombre, reivindicándose a sí mismo y sus derechos, y al mismo tiempo negándose a reconocer cualquier autoridad superior. No se plantea el asunto de a qué autoridad, o a qué señorío se hace referencia, ya que es más bien el espíritu, el espíritu totalmente insumiso, de estos soñadores, el que es estigmatizado. Es la mente de insubordinación, la mente que crece en el mundo de hoy; y, como hace mucho tiempo ha sido señalado, la tendencia maligna en el mundo en cualquier período es la que más afecta a la Iglesia en ese momento. El cultivo de la independencia, la rebelión de la mente del hombre contra el orden de Dios, el desechar toda reverencia a la autoridad, ya sea en la Iglesia o en el mundo, son expuestos aquí en toda su patente deformidad como una advertencia a los santos de Dios. Finalmente, el fruto de rechazar la autoridad es vista al blasfemar de las potestades superiores. Ello es el libertinaje de la lengua de los que no veneran a Dios ni respetan al hombre y que repudian toda lealtad –de los que dicen: «Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios son nuestros; ¿quién es señor de nosotros?» (Salmo 12: 4).

Habiendo presentado el retrato de estos malos hombres, Judas presenta un contraste en la conducta de Miguel el arcángel. «Pero el arcángel Miguel, cuando contendía con el diablo, discutiendo por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir contra él un juicio injurioso, sino que dijo: ¡El Señor te reprenda!» (versículo 9). El único objetivo de la introducción de esta controversia entre el arcángel y Satanás es mostrar el verdadero carácter de la conducta de aquellos que blasfeman de las potestades superiores. Ellos se permiten “blasfemar”, mientras que el arcángel, incluso cuando lidiaba con Satanás, la personificación de todo mal, y conociendo la enemistad de él contra el pueblo de Dios, no se permitió hacerlo, sino que con la mesura de uno que actúa conforme a Dios, apeló al juicio de Dios mismo*5. Y al hacerlo, él emplea el mismo lenguaje –«El Señor te reprenda»– que es usado por el propio Señor cuando Satanás estaba de pie a su diestra para resistir la misericordiosa interposición de Jehová en favor de Jerusalén, representada por el sumo sacerdote Josué. Leemos: «Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle. Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel» (Zacarías 3: 1, 2).

[5] Miguel es mencionado en el libro de Daniel (Daniel 10:13; 12: 1) como uno «que está de parte de los hijos de tu pueblo»; y en Apocalipsis 12 como luchando con sus ángeles contra el dragón y sus ángeles. Nosotros no tenemos absolutamente ningún conocimiento de la naturaleza de su debate con el diablo acerca del cuerpo de Moisés. Las especulaciones sobre el asunto, y especialmente sobre la base de la misteriosa afirmación en Deuteronomio 34:6, han sido interminables, pero es uno de los secretos de Dios en el que es imposible que el hombre penetre.

Ciertamente todo hijo de Dios puede hallar aquí una guía para su propia conducta en sus conflictos con el mal, pues, ¿quién puede apelar al Señor en vano cuando Sus intereses están amenazados? ¡Con cuánta más frecuencia los esfuerzos del enemigo serían frustrados si el pueblo de Dios supiese cómo considerar al Señor de esta manera para vengar Él su propia causa!

Judas prosigue con el contraste: «Pero estos blasfeman de lo que no conocen; y en lo que naturalmente conocen como animales irracionales, en eso se corrompen» (versículo 10). El lector observará la recurrencia de la palabra “vilipendiar”, traducida en los versículos 8 y 10 como «blasfeman». Bastará con indicar su significado si se señala que la misma palabra griega es usada en los evangelios en la frase: «el que blasfeme contra el Espíritu Santo» (Marcos 3: 29). Se trata de una palabra que delata realmente que la voluntad y la corrupción del corazón están en una actividad mortal. Esto es visto de dos maneras en la acusación que Judas trae contra estos hombres. Ellos blasfeman de las cosas que no conocen, las denigran, probablemente las cosas espirituales, o las verdades divinas de las que hablaban los cristianos entre quienes ellos se movían, cosas que ellos no podían comprender porque «el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Corintios 2: 14). Por otra parte, con respecto a las cosas «que naturalmente conocen», en estas ellos mismos se corrompen, usándolas, como lo hacían, para la gratificación de sus propios apetitos y pasiones. Tales eran los hombres que buscaban camuflarse con una profesión de cristianismo.

Habiendo expuesto así el verdadero carácter de ellos, arrancando su máscara, por así decirlo, Judas amontona sobre ellos las denuncias más solemnes, añadiendo, al mismo tiempo, rasgos distinguidores adicionales: leemos, «¡Ay de ellos! Porque anduvieron en el camino de Caín, se lanzaron en el error de Balaam por una recompensa, y perecieron en la rebelión de Coré. Estos son escollos en vuestros ágapes, festejan y se apacientan a sí mismos sin temor; nubes sin agua, empujadas por los vientos; árboles otoñales sin fruto, dos veces muertos, desarraigados; impetuosas olas del mar, que arrojan la espuma de sus infamias; estrellas errantes, a las que han sido reservadas la oscuridad de las tinieblas para siempre» (versículos 11 al 13). Hay algo muy solemne en la pronunciación de este lamento profético acerca de estos corruptores de la verdad; un lamento que, al encarnar la santa indignación del Espíritu de Dios, lleva consigo, donde no hay arrepentimiento, la sentencia irrevocable del juicio. J.N. Darby escribe: “Después Judas resume tres tipos o caracteres del mal (como son vistos en estos hombres), y de alejamiento de Dios; en primer lugar, el de la naturaleza, la oposición de la carne al testimonio de Dios, y a su verdadero pueblo, el ímpetu que esta enemistad da a la voluntad de la carne. En segundo lugar, el mal eclesiástico, enseñando el error por una recompensa, sabiendo todo el tiempo que ello es contrario a la verdad, y contra el pueblo de Dios. En tercer lugar, abierta oposición, rebelión contra la autoridad de Dios en su verdadero Rey y Sacerdote» [6].

[6] Sinopsis de los Libros de la Biblia, volumen 5, página 552, J.N. Darby.

Estas tres formas del mal fueron exhibidas, tal como se nos recuerda aquí, en Caín, Balaam, y Coré; y ahora nos enteramos que por medio de la energía del enemigo, ellas se reproducen en cada época de la Iglesia; nos enteramos que, de hecho, ellas son las expresiones típicas del corrupto corazón del hombre en oposición a la obra del Espíritu de Dios. Por lo tanto, se nos pone en guardia; y no es demasiado decir que, enseñados así, no es difícil detectar todas estas corrupciones en la Iglesia de Dios en el momento actual.

El Espíritu de Dios, usando a Judas como el vehículo de sus pensamientos, procede a continuación a usar una variedad de figuras e ilustraciones para indicar el carácter inútil y engañoso de estos lobos con vestidos de ovejas. Ellos son, dice él, «escollos en vuestros agapes». Era la práctica de los primeros santos, en el fervor de su primer amor, reunirse en feliz comunión en lo que se denominó fiestas de amor fraternal o ágape; pero tal como en la fiesta que el rey hizo para la boda de su hijo hubo un hombre que no estaba vestido de boda (Mateo 22), así también en estas fiestas de las cuales habla Judas, se encontraban estos «soñadores» –que no tenían absolutamente ningún derecho para estar presentes. Por tanto, ellos eran «manchas», o como algunos prefieren traducir, “rocas sumergidas, ocultas”, rocas que de manera peculiar son el peligro para el marinero incauto. De la misma manera estos constituían un peligro oculto para los santos con quienes ellos se reunían y, sin embargo, siendo lo que eran, ellos banqueteaban sin temor con ellos apacentándose «a si mismos». ¡Qué demostración de corazones duros y de conciencias cauterizadas! Porque siendo hipócritas ellos no obstante se mezclaban con los santos de Dios, profesando disfrutar lo que ellos disfrutaban, y no tenían temor. Así como de algunos de los cuales Pablo escribe, su Dios era su vientre, porque “se apacentaban a sí mismos”, se gloriaban en su vergüenza, y solo pensaban en lo terrenal (Filipenses 3: 18, 19).

A continuación, ellos son descritos como «nubes sin agua», nubes que al elevarse sobre el horizonte prometían lluvias fertilizantes para la tierra cansada, pero a medida que avanzaban se descubría que estaban «sin agua», y eran «llevadas» por los vientos. Después, cambiando la figura, ellos eran «árboles otoñales sin fruto». Había llegado la temporada para los frutos, pero estos árboles, cuando eran discernidos por medio del Espíritu Santo, se descubría que eran infructuosos, porque, en realidad, ellos estaban «dos veces muertos», muertos como otro ha dicho, por naturaleza, y muertos por su apostasía, y como tales, ya desarraigados, o, «desarraigados», acabados para siempre en lo que a este mundo se refiere. Otras dos ilustraciones son mencionadas: a saber: «impetuosas olas del mar, que arrojan la espuma de sus infamias», no simplemente vergüenza, sino vergonzosas, pues ninguna otra cosa puede proceder del corazón del hombre bajo el poder del mal (véase Mateo 15: 19, 20); y ellos eran también, «estrellas errantes», estrellas que habían dejado su propia órbita y ahora se apresuraban incontroladas e incontrolables a su destrucción, y por eso Judas añade: «a las que han sido reservadas la oscuridad de las tinieblas para siempre».

Que el lector haga una pausa y medite sobre este retrato solemne; y que recuerde mientras medita, que estos hombres, a quienes el Espíritu Santo describe así, no eran enemigos públicos y declarados de la verdad de Dios, sino cristianos profesos, adentro y no afuera, mezclándose con toda libertad con los santos, y tomando parte en sus reuniones. Es verdad que ellos eran hipócritas y apóstatas de corazón, pero solo aquellos que eran guiados por el Espíritu, y podían discernir con Su discernimiento, podían haber penetrado a través del disfraz usado. ¡Cuán fielmente necesitamos andar con Dios para ser preservados en un día tan malo! «Conoce el Señor a los que son suyos», y si permanecemos en el secreto de su presencia, también nosotros los conoceremos, mientras recordamos la responsabilidad que recae sobre todo aquel que reconoce a Cristo como Señor, a saber, la responsabilidad de apartarse de la iniquidad (2 Timoteo 2: 19).

Es una gran consolación saber que el Señor siempre había previsto las maquinaciones del enemigo, así como también ha provisto a los santos con su protección y defensa. Enoc había predicho así la aparición de estos instrumentos de Satanás: «De estos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, que vino el Señor con sus santas miríadas, para hacer juicio contra todos, y convencer a todos los impíos de todas las obras impías que impíamente hicieron, y de todas las palabras duras que los impíos pecadores hablaron contra él» (versículos 14, 15). Enoc fue trasladado para que no viese la muerte, y, raptado así de la tierra antes del juicio del diluvio, él es un tipo de la Iglesia –de los santos que serán arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire, antes de la manifestación del hombre de pecado y de que ocurra la gran tribulación. Y ahora nos enteramos que Enoc era un profeta, y que fue por medio de él que Dios anunció la venida del Señor en juicio con las “miríadas” de sus santos.

La significancia de esta sorprendente profecía está bien mostrada en los siguientes comentarios: “Antiguamente el Espíritu había anunciado por boca de Enoc el juicio que debía ser ejecutado. Esto presenta un aspecto muy importante de la enseñanza aquí presentada; a saber, que este mal que se había infiltrado entre los cristianos (en el día de Judas) continuaría y todavía sería hallado cuando el Señor regrese para juicio… Existiría un sistema continuo de mal desde el tiempo de los apóstoles hasta que el Señor viniera. Esto es un testimonio solemne de lo que sucedería entre los cristianos”[7].

[7] Sinopsis de los Libros de la Biblia, volumen 5, página 553, J.N. Darby.

El carácter del mal que va a ser juzgado también debe ser observado. El juicio va a ser ejecutado sobre todos; entonces se distinguirá a aquellos sobre los cuales el golpe caerá especialmente. Ellos son los «impíos» y serán juzgados por todas sus obras «impías», que ellos han hecho «impíamente», y por todas sus cosas duras que los pecadores «impíos» han hablado contra el Señor. La repetición de la palabra «impío» no puede dejar de llamar la atención; y debe ser mencionado el hecho de que el Señor los convencerá de toda su culpa; o más bien, los dejará «convictos», les demostrará su pecado para hacer que sean conscientes de ello, así que serán dejados sin excusa. Además, como por ejemplo en Romanos 1: 2, así también aquí, las dos bases del juicio son las obras y el rechazo de Cristo, sus propias acciones, y su pecado contra la gracia en la persona de Cristo. Largos siglos han pasado desde que Enoc profetizó, y el proclamado juicio aún persiste; pero no es menos cierto que vendrá; leemos: «Cuando estén diciendo: ¡Paz y seguridad!, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como el dolor de parto a la que está encinta; y no podrán escapar» (1 Tesalonicenses 5: 3).

Ahora son añadidos varios rasgos más: «Estos son murmuradores querellosos, que andan en sus malos deseos, cuya boca profiere palabras arrogantes, halagando a las personas por interés» (Judas 16). Murmurar y quejarse caracterizaron a Israel, y especialmente a la multitud mixta (la grande multitud de toda clase de gentes) en el desierto (véase Éxodo 12: 38; Éxodo 17; Números 11; Números 14; 1 Corintios 10: 10), y por este motivo, como llamando a que prestemos atención al paralelismo, las palabras se usan sin duda aquí. La cláusula siguiente desciende hasta las raíces del mal –andan tras sus propias pasiones. De hecho, ellos estaban gobernados por sus propias inclinaciones y deseos, y no por la voluntad de Dios (compárese con Efesios 2: 3). Finalmente, ellos eran habladores ruidosos y pomposos, que usaban palabras arrogantes; y además de esto, ellos eran aduladores que cortejaban y homenajeaban a aquellos de los cuales podían obtener algún beneficio. Dios, como se nos dice frecuentemente en las Escrituras, no hace acepción de personas; pero esto es exactamente lo que eran estos «soñadores», con miras a su propio interés. ¡Qué humillante es ver estos variados rasgos del corrupto corazón del hombre! Lo es más aún cuando nos recordamos que ellos están aquí delineados tal como son encontrados en expresión real entre los santos de Dios. Y sobre todo es humillante recordar, aunque ello nos lleve a ensalzar la gracia poderosa de Dios que ha obrado tan eficazmente por nosotros en Cristo, que la capacidad de todo este mal también se encuentra en el corazón de todos nosotros.

3 - Judas 17 al 25

A continuación, Judas dirige nuestra atención a los propios santos, a los que estaban andando aparte de los males que él había indicado, y fortalece sus almas con necesarias palabras de sabiduría y guía, al mismo tiempo que señala los medios por los cuales ellos podían ser preservados de las asechanzas y seducciones del enemigo. ¡Y con qué alivio él debe haber pasado de su solemne denuncia acerca de estos apóstatas, a alentar a los amados santos! Leemos: «Pero vosotros, amados, recordad las palabras que han sido dichas antes por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, que os decían: Al final del tiempo habrá burladores, andando según sus propios deseos de cosas impías. Estos son los que causan divisiones, hombres naturales, que no tienen el Espíritu» (Judas 17 al 19).

El lector recordará que la lectura correcta del versículo 1 es «amados en Dios Padre»*1. Es sin duda por este motivo que Judas se dirige a los santos aquí, y en el versículo 20, como «amados», por tanto, no solo como expresión de su propio amor en el Espíritu, sino como estando también en comunión con el corazón de Dios Padre con respecto a su pueblo. ¿Y qué querría él que ellos hagan con respecto a los males con los cuales estaban rodeados? Ante todo, él les haría recordar las advertencias que habían sido dadas por los apóstoles. No solamente Enoc había profetizado acerca de estos hombres impíos, sino que los apóstoles del Señor también habían predicho su aparición. De hecho, el Señor nunca deja a los suyos sin advertencia de los peligros y enemigos que tendrán que encontrar (véase Mateo 24; Juan 15, 16; 1 Timoteo 4; 2 Timoteo 3; Apocalipsis 2, 3, etc.). Y si Sus advertencias son atesoradas en sus mentes, ellos no se sorprenden ni se desalientan cuando hay temores internos, así como luchas externas, sino que están preparados para el conflicto con todas las formas de enemistad de Satanás. El Señor dijo así a sus discípulos «Se levantarán falsos cristos, y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios, tratando de extraviar incluso a los escogidos si fuera posible. Esto os he dicho de antemano» (Mateo 24:24, 25). ¡Cuán necesario es, entonces, que el creyente esté familiarizado con estas advertencias de los peligros venideros!

Para evitar toda posibilidad de error en la identificación de aquellos de quienes los apóstoles habían profetizado, Judas presenta rasgos más característicos. Ellos serían «burladores» o “escarnecedores”; hombres totalmente sin reverencia, y capaces de burlarse de las cosas santas, y guiados por sus propias pasiones impías. Sin embargo, ellos «causan divisiones», no del mal, ya sea moral o doctrinal, no hace falta decirlo, sino con un orgulloso espíritu farisaico, presumiendo de un conocimiento superior o un progreso intelectual, dispuestos a despreciar a los cristianos humildes que todavía creen y descansan implícitamente en la Palabra de Dios; ellos tomarán así una posición aparte, formándose a sí mismos, tal vez, en una escuela de opinión. Pero no los que se elogian a sí mismos son aprobados; y, en una frase, Judas quita a estos apóstatas su ropa espléndida, y los exhibe tal como aparecen ante los ojos de Dios. Son, nos dice, nada más que hombres «naturales»; porque esa es la fuerza de la palabra traducida como “sensuales” en algunas versiones de la Biblia, hombres naturales; los que nunca han nacido de nuevo, o nunca han sido limpiados en la sangre preciosa de Cristo, y por tanto, no tienen el Espíritu de Dios. Alguien pregunta, ¿es posible que tales hombres se encuentren entre los cristianos, y sean considerados como tales? Que aquel que pregunta mire a su alrededor y vea lo que existe hoy en día. Él pronto descubrirá que existen aquellos que ocupan altos cargos entre los cristianos; es más, hay algunos que ocupan lugares prominentes en los púlpitos de la cristiandad, los cuales se burlan de la fe sencilla de sus antecesores, que predican una así llamada moralidad en lugar de Cristo, y que buscan, de todas las maneras posibles, socavar la inspiración de las Escrituras, y las verdades del cristianismo. ¿Y qué son estos hombres? Son en verdad burladores, que andan según sus propios deseos impíos –deseos que excluyen a Dios; y podemos saber, por lo tanto, por el hecho mismo de su existencia, y de su número creciente, que estamos «al final del tiempo».

Nos es presentado ahora el segundo medio de seguridad: leemos: «Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe y orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para vida eterna» (versículos 20, 21). Este es entonces el recurso de los santos, así como el medio de preservación, en tiempos difíciles. La acción de Nehemías ya ha sido citada; y pocos pueden leer los dos libros (Nehemías y Esdras) sin que les llame la atención el paralelismo. Ambos tuvieron que instar a la defensa y a la lucha, y ambos también animaron a los santos a edificar. Por tanto, nosotros aprendemos de ambos que cuando tenemos que contender ardientemente con el enemigo en defensa de la verdad, es sobre todo necesario que nos edifiquemos sobre nuestra santísima fe. Los que empuñan la espada de Dios deben estar en un estado en condiciones de usarla, si quieren salir victoriosos del conflicto.

No obstante, examinemos estas exhortaciones. La fe, «vuestra santísima fe», como en el versículo 3, es la cosa creída, en una palabra, la verdad, y lo que Judas deseaba era que los santos estuviesen bien cimentados en ella, edificados sobre ella, como en un fundamento seguro que no puede ser sacudido, y preparados así para los ataques del enemigo; que ellos estuviesen descansando en la verdad, las grandes verdades del cristianismo, como la fuente de fortaleza para sus propias almas, siendo edificados por ella, llenos de los pensamientos de Dios, revelados por su Palabra, esa Palabra mediante la cual somos santificados, para que, reposando seguramente sobre cimientos divinos, ellos pudieran ser fuertes para el conflicto al cual estaban siendo llamados. Esto implicaría diligencia en la lectura de las Escrituras; y, consecuentemente, encontramos que cuando Jehová situó a Josué a la cabeza de sus huestes, y lo designó para conducir a Israel en sus conflictos, le dio la siguiente responsabilidad: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien» (Josué 1: 8).

La palabra de Dios y la oración están combinadas constantemente en las Escrituras; y, por tanto, lo siguiente que se ordena es: «orando en el Espíritu Santo». Casi podría decirse que estas dos cosas no pueden ser disociadas, pues cada vez que la palabra de Dios es recibida en el corazón, ella debe producir oración. Judas habla de orar «en el Espíritu Santo», porque de verdad ninguna otra es oración verdadera. Peticiones pueden ser ofrecidas, oraciones pueden ser hechas, pero la única oración conforme a Dios es la que es el fruto de esos deseos engendrados dentro de nosotros por su Espíritu. Aquí, sin embargo, orar significará más bien el mantenimiento en el alma, por el Espíritu Santo, del sentido constante de la dependencia total de Dios, pues ese es tanto el secreto de la seguridad como el de la fortaleza (compare Salmo 16: 1).

Lo siguiente es: «conservaos en el amor de Dios». Hay que señalar que la palabra «conservaos», como es a menudo el caso en exhortaciones similares, está en un tiempo pretérito (el aoristo), cuyo significado es que debemos procurar estar en esa condición, y quizás recordarnos de nuestra propia insuficiencia y de nuestra necesidad de gracia constante para ser conservados así. El amor al que se hace referencia es el amor de Dios hacia nosotros, el cual es invariable e inmutable, solo que Judas querría que fuésemos conscientes de él y que estuviésemos disfrutándolo. Nada nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús (Romanos 8:38, 39). Esto es conocimiento cristiano común; pero otra cosa muy distinta es vivir con la conciencia de ello en nuestras almas. Este es el secreto del disfrute tranquilo y bienaventurado en la presencia de Dios, y es la porción solo de aquellos que andan en el poder de un Espíritu no contristado, al mismo tiempo que ello se convierte en el corazón del creyente en la causa productora de santos afectos, ya sea hacia Dios o hacia nuestros hermanos santos (compárese con Juan 15:9 al 12).

Además, conscientes del amor de Dios, nosotros debemos estar «esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para vida eterna». Una referencia a Hebreos 4:16 explicará la necesidad de misericordia del santo mientras pasa a través del desierto. En Hebreos se trata de misericordia para nuestra debilidad, ministrada a nosotros en el trono de la gracia en respuesta a la intercesión de Cristo como Sumo Sacerdote. Aquí en Judas se trata de la misericordia del propio Señor Jesucristo, como conociendo nuestra constante necesidad de ella, porque él mismo caminó por el desierto. En los evangelios tenemos una exquisita ejemplificación en la que él la otorga a los suyos. En Getsemaní, cuando, durante su agonía ante la perspectiva de la cruz, él encuentra durmiendo a sus discípulos, Pedro, Jacobo, y Juan, le dijo a Pedro: «¿De modo que no habéis podido velar conmigo una sola hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mateo 26:40, 41). En la ternura de su corazón él sintió compasión por ellos en su debilidad. Él se conmovió por el sentimiento de las debilidades de ellos, y les ministró la misericordia necesaria. ¿Qué corazón hay como su corazón? Y el Espíritu de Dios quiere que contemos con él, con su tierna compasión, su misericordia, a lo largo de toda nuestra senda hacia la vida eterna. Como ha sido escrito por otro: “Es la misericordia que se necesita lo largo de toda la senda, la misericordia que llega hasta el final, y nos lleva a la vida eterna”*8.

*8. Algunos limitan la misericordia a la vida eterna al final, considerando la vida eterna como el resultado y la plena expresión de la misericordia de nuestro Señor; pero nosotros preferimos la interpretación presentada arriba. La vida eterna, como también en las epístolas de Pablo, es vista como futura y, por tanto, es vista en sus resultados; a saber, ser conformes a Cristo en la gloria. En la doctrina de Juan la vida eterna es una posesión actual, expresada en y a través del creyente, cualquiera que sea su crecimiento o su entendimiento. Todos por igual la poseen, y pueden saber que la tienen (1 Juan 5:13), aunque la manifestación de ella puede variar según ellos sean niños, jóvenes, o padres.

 

Los versículos que siguen a continuación se relacionan con la actitud y la conducta de los santos hacia aquellos que Judas ha descrito, leemos: «A los que contienden, reprended; salvad a otros, arrancándolos del fuego; de otros tened compasión con temor, aborreciendo hasta la ropa contaminada por la carne» (Judas 22, 23) [9].

[9] Hay alguna confusión en la traducción de estos versículos, y se ofrecen muchas correcciones. Pero con respecto al sentido, cualquiera que sea la que se adopte, es muy poco afectado, dejamos el texto como está en la Versión Moderna.

La conexión de estos versículos con lo anterior indica un principio de mucha importancia. Judas insta primero a los santos a adquirir un estado correcto de alma –insta a la edificación, a la realización de su dependencia del poder del Espíritu, a su necesidad de disfrutar el amor de Dios, y de contar con la misericordia del Señor Jesucristo; y después él les enseña cómo actuar con respecto a aquellos que, aunque estaban dentro, eran realmente enemigos de la verdad. La lección es que a menos que nosotros mismos estemos andando delante de Dios en el poder de las verdades que profesamos sostener, no estamos calificados para lidiar con aquellos que se han extraviado; y esta lección es una que todos nosotros necesitamos recordar en el momento actual.

Otra cosa que hay que señalar es ese discernimiento necesario para lidiar con tales personas. Judas dice: «A los que contienden, reprended» (Judas 22). Puede haber líderes en el mal, corruptores de la verdad, de quienes debemos separarnos completamente, aquellos que han de ser totalmente rechazados; otros, aquellos que han sido desviados, almas simples que han sido engañadas mediante el lenguaje sutil, enredadas mediante falsos razonamientos, han de ser buscadas y recuperadas. Sobre estos debemos tener compasión –diferenciando su caso del de sus engañadores. Por otra parte, hay otros que ocupan otra posición que han de ser salvados con temor, «arrancándolos del fuego» (Judas 23). Estos han ido muy lejos en voluntad propia y corrupción, y por tanto es solo estando en comunión con Dios acerca de ellos y de sus obras que su caso puede ser alcanzado; porque, mientras se usa toda la energía para su liberación, hasta su ropa amancillada (contaminada) con la carne debe ser aborrecida. Tanto la separación sacerdotal como el discernimiento sacerdotal son necesarios para tal combate con el poder del enemigo.

Finalmente, Judas concluye con una adscripción de alabanza (o doxología) en la que también él dirige a los santos a la única fuente de su preservación: leemos: «Y al que os puede guardar sin caída, y presentaros sin mancha ante él, con gran alegría, al único Dios, nuestro Salvador, mediante Jesucristo nuestro Señor, ¡sea gloria, majestad, dominio y autoridad, desde antes de todo siglo, ahora y por todos los siglos! Amén» (Judas 24, 25 - JND) [10].

[10] La mayoría de los editores están de acuerdo en omitir la palabra «sabio» delante de «Dios», y en añadir «por medio de Jesucristo nuestro Señor», después de «Salvador».

Los santos son encomendados a Dios; y debe haber sido un inmenso consuelo, en medio de la presión del mal por todos los lados, recordarles de esta manera que Dios podía guardarlos de que cayesen en aquel entonces y a lo largo de todo el camino, hasta que fueran presentados sin mancha delante de la presencia de su gloria con gran alegría. Y nunca ha sido más necesario que ahora recordar esta verdad. Ello puede ser, y es, durante el día malo. El enemigo es a la vez sutil como activo; pero todavía es verdad que Dios puede guardarnos de caer, por muy abrasador que sea el fuego de prueba, o por muy fuerte que sea la tentación. Por lo tanto, no hay excusa alguna que se pueda avanzar si caemos; la culpa es totalmente nuestra, y exige un juicio propio sin reservas. Qué fundamento para nuestra fe es puesto entonces en estas pocas y sencillas palabras: ¡Dios puede evitar que caigamos! ¡Y qué diferente registro habríamos tenido de nuestras vidas pasadas si hubiéramos vivido en el recuerdo diario y constante de ello! Entonces nuestros ojos estarían siempre fijos en él, de quien solo viene nuestra ayuda, y quien, cuando andamos en su dependencia, nunca permitirá que nuestro pie resbale.

No obstante, Judas no solo ministra consuelo actual por medio del poderoso socorro de Dios, sino también estímulo en la gloriosa perspectiva cuando, una vez pasada toda prueba, Dios mismo presentaría a los santos sin mancha delante de su gloria con exultación. La expresión «sin mancha» es la misma usada acerca del propio Señor cuando la Escritura dice: «Se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios» (Hebreos 9:14; véase asimismo Efesios 1:4; 1 Pedro 1:19, etc.). Tal será la condición perfecta de los santos; y lo será necesariamente, ya que ellos no podrían estar de otra manera delante de la presencia de la gloria de Dios. No es de extrañar, entonces, que sean añadidas las palabras: «con mucho empeño», porque entonces ellos percibirán el resultado pleno de su «común salvación» (versículo 3), y entenderán, como nunca habían entendido antes, que toda la bienaventuranza a la que ellos habían sido entonces introducidos, a saber, la plena y entera conformidad a Cristo en la gloria, así como también el hecho de ser ellos preservados de todos los peligros que conlleva su viaje por el desierto, han emanado desde el corazón de Aquel ante el cual ellos se encuentran ahora en eterna bienaventuranza. Y el gozo de ellos encontrará expresión en esta adscripción, proporcionada para ellos cuando estaban aquí abajo en el estrés del conflicto. «Al único Dios, nuestro Salvador, mediante Jesucristo nuestro Señor, ¡sea gloria, majestad, dominio y autoridad, desde antes de todo siglo, ahora y por todos los siglos! Amén» (Judas 25). Por tanto, los cánticos del cielo pueden ser aprendidos en la tierra, pues Dios es sobre todo tiempo, inmutable, y su alabanza es, por lo tanto, eterna. Pero es la gracia, y solo la gracia, la que puede abrir nuestros labios para cantar su alabanza.


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