Inédito Nuevo

Sobre el aislamiento o la independencia


person Autor: William KELLY 14

flag Temas: Los peligros de la vida cristiana Los últimos días, la última hora del actual periodo de la gracia


Estimado Señor,

Si entiendo correctamente su posición, es la de “mantenerse aparte” o no pertenecer a ninguna relación eclesiástica. Ciertamente: «Mejor es un bocado seco y en paz, que casa de contiendas llena de provisiones» (Prov. 17:1); y «mejor es vivir en un rincón del terrado que con una mujer rencillosa en casa espaciosa» (Prov. 21:9).

Pero en la última Epístola del gran apóstol (el único a comunicar la verdad sobre la Iglesia), leo inequívocamente que la gracia ofrece un recurso muy distinto ante el desorden y los peligros de los últimos días. Las circunstancias pueden dejar a una persona aislada aquí o allá; pero el aislamiento no es ni el recurso que indica la Palabra, ni la meta legítima. «Permanece el sólido fundamento de Dios, que tiene este sello: El Señor conoce a los que son suyos, y que todo el que pronuncie el nombre del Señor se aparte de la iniquidad (injusticia)». Es un paso individual y un momento importante, cuando es así. Pero todo no termina ahí. «En una casa grande no hay solo vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para honor, y otros para deshonor. Si, pues, alguien se purifica de estos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena» (2 Tim. 2:20-21). Y eso usted lo reconoce y lo ha puesto en práctica. No estamos atados a la corrupción de naturaleza eclesiástica cuando está sancionada por un sistema del que no puede ser eliminada. Si no podemos eliminar el mal, debemos sí mismos purificarnos. Pero, ¿eso es todo? Mientras que el apóstol exhorta a su amado hijo a huir las muchas y a veces sutiles codicias de la juventud, añade: «y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón puro invocan al Señor» (véase 2 Tim. 2:19-22). Podemos y debemos buscar compañeros de viaje y testigos llamados a la misma fidelidad. El aislamiento nunca es una opción. El Espíritu Santo nos invita por gracia a desear y creer en la comunión de los santos, por grande y general que sea la ruina de la cristiandad.

Vd. habla de desorden, parcialidad y dispersión entre los que antes estaban unidos. Ay, esto es verdad; pero ¿no hay algunos que han rechazado esta indigna situación, y que ahora son odiados por los que la aceptan? Algunos, al menos, han denunciado estas tendencias y estos clanes, y han resuelto, por gracia, guardar la Palabra de Cristo y no negar su nombre, y rechazar cualquier “nuevo comienzo”. Pero una tendencia de «nueva masa» estaba en el aire, y algunos confesaron abiertamente que no temían la división, a pesar de que el apóstol la denuncia y nos previene contra ella. La dificultad consistía en justificar lo que los santos rechazaban por considerarlo injustificable y malo. Fue entonces cuando oímos por primera vez entre nosotros que no era necesario un versículo para justificar su postura: algo extraño para aquellos cuya consigna había sido hasta entonces: «Escrito está». Fue realmente un nuevo y triste comienzo.

Tomemos el gran concilio de Jerusalén, celebrado cuando el espíritu de partido, provocado por la antigua dificultad de separar al judío del gentil, según la carne, crecía hasta anular la unidad del Espíritu. Estaban allí todos los apóstoles, excepto Santiago, el hijo de Zebedeo, que había sido martirizado. También estaba Pablo, un apóstol cuya vocación era superior a la de cualquier otro, aunque todos habían recibido dones de Cristo en lo alto. A pesar de la presencia de tales hombres, hubo muchas discusiones. Pedro habló con fuerza, y Bernabé y Pablo contaron los signos y prodigios que Dios había realizado por medio de ellos entre los gentiles. Entonces otro Santiago llamó la atención sobre la Palabra escrita y ahí se acabó la controversia, porque “las palabras de los profetas” tienen autoridad. Amós, a quien se cita, habla de: «Aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre… y a todas las naciones» (9:12). Los apóstoles y los ancianos, junto con toda la asamblea, decidieron en consecuencia. Para ellos, ya se trate de doctrina, de disciplina o de práctica, la Escritura proveía; era una cuestión de obediencia a Dios, colectiva o individualmente.

Apocalipsis 2 y 3 pueden invocarse a favor del individualismo. El llamamiento: «El que tiene oído, escuche» (2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22), es un imperativo que no permite en absoluto que las asambleas dirijan la fe o la práctica. Algunos pretenden tener autoridad para justificar el mal o el error; yo estoy obligado a no escucharlos, sino a escuchar lo que el Espíritu les dice. Su voz es, ente todo, merecedora de gran respeto y obediencia, pero ciertamente no si hay un error o falta conocida o incluso reconocida; de lo contrario, esta esfera, que debería ser santa, se convierte en una pantalla para el mal y puede acabar siendo una guarida para toda ave asquerosa y execrable. Como libro profético, el Apocalipsis advierte y llama a la obediencia a la Palabra; pero esta Palabra no lleva a ninguna alma fiel a aislarse. Al contrario, anima al que se separa del mal impuesto por los hombres que abusan del nombre de Señor, a tomarse a pecho una comunión que es tan conforme a Dios como la separación. Porque, en efecto, Cristo murió para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos, y el Espíritu Santo vino para bautizarlos en un solo Cuerpo, ya fueran judíos o gentiles. La voluntad de Dios respecto a este privilegio y deber indiscutibles no debe ser nunca secundaria. Nos obliga, y el Espíritu Santo permanece para dar continuidad y poder, pues también nosotros estamos llamados a estar sometidos al Señor. De ahí la bendición de su propia promesa de estar en medio (ciertamente no de todos los cristianos en sus errancias, sino) de todos los que están reunidos a su nombre, ya sean 2 o 3. Que se apliquen por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz, y que lo hagan con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándose mutuamente con amor.

Atentamente, en Cristo, William Kelly


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