Un éterno peso de gloria

2 Corintios 4:17-18


person Autor: Samuel PROD'HOM 7

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


El hombre, en su estado natural, ha manifestado plenamente los caracteres de su mala naturaleza. La ley, que le había sido dada, solo incitó a que esta naturaleza produjese todo el mal que le fuera posible. Para cumplir otra cosa que no fuese lo malo a los ojos de Dios, hacía falta una nueva naturaleza, comunicada al creyente por medio de la fe en la obra de Cristo en la cruz. Allí, no solamente sus pecados fueron expiados, sino que el viejo hombre murió con Cristo. Esta nueva naturaleza tuvo su perfecta expresión en Cristo, hombre divino. Andando en medio de los hombres y de todas las consecuencias del pecado, Él manifestó en este bajo mundo las perfecciones de esta vida que Dios destinaba al hombre según sus consejos eternos, para reemplazar su horrorosa naturaleza pecaminosa en la cual no podía ser agradable a Dios.

Por la fe, el creyente es revestido «del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efe. 4:24). Desde entonces, es capaz de manifestar los caracteres de Dios, tal como fueron vistos en Cristo. Por eso el apóstol Pablo dice: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó» (Efe. 5:1-2). De manera que la vida de Cristo es la vida que todo creyente ha de manifestar en este mundo, andando en medio de los hombres que no pudieron soportar verla en Cristo, cuando estaba en medio de ellos. Dios quiso que la vieran en aquellos que son nacidos de nuevo y que participan de la naturaleza divina. Así, el creyente es la carta de Cristo que ha de ser desplegada y hecha legible ante los hombres. El apóstol dice a los corintios: «siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros» (2 Cor. 3:3). Tal cambio entre los paganos de antaño constituía la demostración evidente de lo que era el ministerio del apóstol quien, por el Espíritu del Dios viviente, había escrito esta carta, «no en tablas de piedra», como la ley, «sino en tablas de carne del corazón», por medio de la predicación del Evangelio. Esto es lo que sucede en cada creyente. Por consiguiente, lo que debe manifestar en su vida, es a Cristo, después de haber manifestado lo que es el primer Adán, antes de su conversión. Al dejarnos penetrar por esta importante verdad, comprenderemos por qué hemos sido convertidos, y por qué Dios nos deja en este mundo por algún tiempo. Muchos cristianos se limitan a creer que fueron convertidos para ir al cielo en el día de su muerte o de la venida del Señor; sin embargo, si Dios no nos lleva al cielo en el día de nuestra conversión, es para darnos la oportunidad de manifestar en todo nuestro andar los caracteres de su Hijo amado. Solo podemos hacerlo en obediencia a la voluntad de Dios a la cual los hombres se oponen, pues no son dirigidos más que por la suya propia. Se debe considerar como un gran honor de parte de Dios el ser dejado en este bajo mundo para vivir la vida de su Hijo que lo glorificó tan perfectamente, haciendo siempre las cosas que le agradan.

Al contemplar al Señor en su andar de obediencia perfecta, vemos pues lo que es nuestra nueva vida, esta vida que ha reemplazado nuestra horrorosa naturaleza heredada de Adán. Podemos decir con un amado siervo de Dios: «Cuando ponga mis ojos en Jesús, cuando contemple toda su obediencia, su pureza, su gracia, su ternura, su paciencia, su dedicación, su santidad, su amor, la completa ausencia en él de cualquier interés en sí mismo, puedo decir: He aquí mi vida». La contemplación de tal persona nos capacita para ser semejantes a él en la práctica.

Por el poder del Espíritu Santo que se vale de la Palabra para tal fin, podemos mirar a cara descubierta la gloria del Señor a fin de que se reproduzca en nosotros, quienes vivimos de la misma vida y quienes lo poseemos como el Objeto y la Fuente de esta vida. Cuando esto sea realidad, comprobaremos a los ojos de todos que somos cristianos. Esta es la única manera de glorificar a Dios y de mostrarle nuestro agradecimiento por su gran amor con el cual nos dio el don de tal vida en su amado Hijo

Mientras estamos en este mundo, tenemos esta vida en vasos de barro poco apropiados para contener tal tesoro y, por eso, tienen que ser quebrados para que pueda manifestarse. De ahí la exhortación de llevar «en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Cor. 4:10). Tan pronto como nuestro cuerpo, y todo lo que se refiere a él, se vuelve un obstáculo para esta manifestación, es preciso aplicarle la muerte de Jesús, porque juntamente con Él hemos sido muertos, en la cruz. Para experimentar en nuestras vidas la muerte de Jesús se necesita tener la vida de Jesús. Para un inconverso, es imposible experimentar esta muerte; pero en cuanto se vive la vida de Jesús, es posible hacerlo. Sin embargo, puesto que no tenemos suficiente cuidado de manifestar esta muerte siempre y por todos lados, el apóstol dice: «Nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús», –¿por qué?– «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Cor. 4:11). Dios nos entrega a la muerte por medio de pruebas de toda índole. Sabe que, dejados a nosotros mismos, no llevaríamos lo suficiente esta muerte de Jesús; por eso nos ayuda, sabiendo de qué seríamos privados sin este socorro. Rompe, por decirlo así, el sobre que contiene la carta de Cristo para que pueda ser leída por todos; en otras palabras, para que manifestemos en mayor medida la vida de Jesús, lo que constituye nuestra razón de estar en este mundo que lo rechazó.

El apóstol Pablo, quien, en mayor medida que nosotros, llevaba siempre por todas partes la muerte de Jesús, estaba entregado a muerte más de lo que lo estamos nosotros. Experimentaba esta muerte por los sufrimientos tan grandes que resultaban de su fidelidad en la obra que el Señor le había confiado, como lo recuerda en 2 Corintios 11:22-33. La consecuencia era el poder con el cual cumplía su servicio en la presentación fiel de Cristo, el gran tema del Evangelio. No somos apóstoles; sin embargo, lo que Dios espera de cada uno de nosotros, ya sea que tengamos facilidad o no para la obra del Señor, es que sea manifestada la vida de Jesús en todo nuestro andar. Para esto, tenemos que ser quebrados constantemente por los diversos medios que Dios tiene a bien emplear, según nos conoce. Solo el vaso se deteriora, «nuestro hombre exterior se va desgastando»; pero su contenido, la vida de Cristo, «el interior» se renueva de día en día y no participa en el desgaste propio del cuerpo humano. En la medida que se quiebre, pueden manifestarse las bellezas morales de la naturaleza divina que contiene. Por tanto, no hay por qué desmayar ni cansarse (2 Cor. 4:16) al pasar por las pruebas que se nos dispensan.

Los versículos 17 y 18, citados al principio de estas líneas, nos revelan cuáles son los resultados eternos de esta obra de Dios en el hombre exterior: «Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas». La tribulación que nos alcanza es llamada leve, en contraste con el peso de gloria que produce, en una medida cada vez más excelente; es momentánea, aunque dure toda una vida, en relación con la duración del peso de gloria, la cual es eterna; y la gloria está en contraste con la tribulación. Sin embargo, para medir la tribulación como leve y momentánea, no se debe mirar las cosas que se ven, sino las que no se ven. Si miramos las pruebas, las hallaremos pesadas y prolongadas. Mientras que, al considerar las cosas que no se ven, entre las cuales se encuentran los resultados eternos y gloriosos de nuestras pruebas, hallaremos que las penas que Dios nos dispensa son leves y momentáneas[1] . En estos versículos 17 y 18, el Espíritu de Dios nos hace descubrir la otra vida a fin de que consideremos los resultados gloriosos de nuestras tribulaciones, a fin de que no desmayemos al pasar por ellas; sabiendo también que de un instante a otro podemos decir adiós a las cosas visibles y estar con el Señor, poseyendo el peso eterno de gloria en la bienaventurada eternidad donde el Señor se regocijará en los frutos gloriosos de su paso en gracia por este mundo y de su obra en la cruz.

Según las enseñanzas de la Palabra, y lo que nos dice respecto a este asunto 2 Corintios 4, entre otros pasajes, podemos entender en qué consiste la gloria, de la cual el peso se halla en contraste con la leve tribulación momentánea. En 2 Corintios 3:18 leemos: «Mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor». Se ha dicho que la gloria de Dios ha sido manifestada en todas las perfecciones del hombre Cristo Jesús en este mundo. La gloria del Señor es, pues, lo que Él mismo ha sido en este mundo, donde era «el resplandor de (la) gloria (de Dios), y la imagen misma de su sustancia» (Hebr. 1:3). Todo lo que Dios es en amor, en gracia, en santidad, en verdad, en justicia, en perfecciones de toda índole, fue visto en Cristo. Los hombres no pudieron apreciar esta gloria; los discípulos mismos lo hicieron en una pobre medida; sin embargo, Dios la contemplaba en la vida de su Hijo amado, de quien todos los pensamientos, palabras y obras subían constantemente hacia él en olor fragante. Ahora esta gloria resplandece en él, Hombre divino glorificado, tal como brillaba en él moralmente cuando caminó por esta tierra. Cuando contemplamos esta gloria por el poder del Espíritu Santo, a través de la fe, las perfecciones de esta vida del Señor se reproducen en nosotros, moralmente, en nuestro andar, en debilidad, en pruebas de toda índole. A través de ellas, Dios nos ayuda a manifestar algunos de los rasgos de su vida. La tribulación quiebra el vaso para que se pueda difundir la luz que contiene; quiebra la voluntad, nos hace realizar el juicio de nosotros mismos, de nuestras obras, hace desaparecer lo que en nosotros es un obstáculo para el desarrollo de la vida divina, la cual entonces puede dejarse ver más claramente. Por eso, en la debilidad física, en la enfermedad, en pruebas de toda clase, en vez de manifestar impaciencia, insumisión, descontento, todo lo cual es tan natural al corazón del hombre, se verán sumisión, confianza, paciencia, gracia, agradecimiento en todos los aspectos, se manifestarán amor, verdad, santidad etc. Son tantos los rasgos de la vida de Jesús por los cuales el creyente es transformado de gloria en gloria, que no tendría lugar, en el mismo grado, en las circunstancias agradables de la vida humana que a menudo son más favorables a la vieja naturaleza que al nuevo hombre.

Todos estos caracteres de Cristo que se manifiestan moralmente en este mundo constituyen el peso de gloria que llevaremos cuando estemos en la presencia del Señor, vestidos de nuestros cuerpos gloriosos, semejantes a él. Serán vistos entonces, ya no a través de las hendiduras de un vaso de barro, sino manifestados en cuerpos gloriosos apropiados para eso. Esto nos hace comprender que las recompensas, de las cuales se habla en la Palabra bajo diversas figuras, consistirán en una semejanza al Señor bajo aspectos y grados diversos, ya que en el cielo no se verá más que a Cristo, y a Cristo en los suyos. Asimismo, cuando se manifieste al mundo, será «glorificado en sus santos y… admirado en todos los que creyeron» (2 Tes. 1:10).

Cuanto más comprendamos lo que es la gloria, por el tiempo y la eternidad, tanto más comprenderemos la importancia que hay en manifestar la vida de Jesús durante nuestra vida terrenal tan breve. En estos cuerpos mortales que llevan pesadamente las consecuencias del pecado, Dios habrá sacado algunos reflejos de la vida de su Hijo amado, mientras no habrá podido obtener nada del hombre en Adán.

Cuando lleguemos a la gloria, resultado de la obra de Cristo por nosotros en la cruz, y de la obra de Dios en nosotros durante nuestro paso en este mundo, atribuiremos toda la gloria eternamente a Dios, como a su Hijo, nuestro Salvador y Señor. Mientras tanto, acordémonos siempre que, si somos dejados algunos días en este mundo, es para presentar la vida de Jesús a Dios, y delante de los hombres, por nuestro andar, como expresión de nuestro agradecimiento por el gran amor que desplegó para con nosotros. Ese amor ha de constreñir nuestro corazón, pensando en esto, dice el apóstol Pablo: «que si uno murió por todos, luego todos murieron —o estaban muertos—; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5:14-15). ¡Solo así vale la pena vivir!


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