Eutico
Hechos de los Apóstoles 20:7-12
Autor: Philippe LAÜGT 9
Tema: Eutico
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1990, página 3
El apóstol Pablo continúa lo que será su último viaje misionero. Se apresura para llegar, si es posible, el día de Pentecostés a Jerusalén. Incluso se decidirá a «navegar sin detenerse en Éfeso, para no perder tiempo en Asia» (Hec. 20:16). Pero en Tracia permanece toda una semana, en esa región que había abandonado a regañadientes unos años antes (2 Cor. 2:12).
Pablo apreciaba la compañía y la comunión con otros siervos del Señor. Aquí le acompañan nada menos que 7 personas, y Lucas también se une a ellos. Aprovechan la ocasión para partir el Pan en esta asamblea. Esperan al primer día de la semana y no parten hasta el día siguiente.
Vemos que los discípulos ya tenían la feliz costumbre de reunirse ese día en torno al Señor, para responder al deseo que él expresó la noche en que fue entregado (Juan 20:19, 26). Es el primer día de la semana el que recuerda a los redimidos la gloriosa resurrección de Aquel que sacrificó su vida por ellos. ¿Es el recuerdo del Señor algo muy valioso para cada uno de nosotros? ¿O bien mostramos negligencia, aunque solo sea, por ejemplo, durante el periodo de vacaciones?
También en esta ocasión todos pueden disfrutar del ministerio de Pablo, ese vaso de elección (Hec. 9:15) a quien Dios había revelado las verdades relativas a la Iglesia, sus bendiciones celestiales y su glorioso futuro. El apóstol prolonga su discurso hasta medianoche en aquel aposento alto. Los creyentes se encuentran allí reunidos, apartados del mundo, y disfrutan de una preciosa comunión, bajo la única autoridad del Señor (Mat. 18:20).
Había muchas lámparas, precisa la Escritura. El contraste con la oscuridad circundante es evidente. Cada creyente está llamado a difundir la luz a su alrededor (Efe. 5:8; Fil. 2:15). Pero también la Palabra, en este caso la enseñanza apostólica, derrama su luz viva (Sal. 119:105), y el Espíritu Santo, que habita en medio de la Asamblea y en cada creyente, ilumina la Escritura y nos ayuda a discernir el pensamiento de Dios (1 Cor. 2:10). El mundo está sumido en una densa oscuridad moral, pero los redimidos tienen el privilegio de estar colocados en la luz de la vida (Juan 8:12).
¡Qué inmensa bendición descansa sobre estos hermanos! El apóstol no pone ninguna reserva a anunciarles «todo el consejo de Dios» (Hec. 20:27). De muy buen grado se entrega, y se entregará por completo por las almas (2 Cor. 12:15). No descansa ni un momento, sino que, tal y como recomienda a Timoteo, su hijo amado, predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, convence, reprende y exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Tim. 4:2).
Sin embargo, ni su presencia, ni sus enseñanzas, por muy elevadas que sean, ni la gran luz que ilumina esta sala, impedirán que alguien se quede profundamente dormido. La Palabra no precisa por qué Eutico estaba abrumado por el sueño. ¿Se debía a la duración del discurso de Pablo, al calor que desprendían las lámparas o al cansancio acumulado a lo largo del día? Quizá un poco de todas esas razones. También podría haber motivos de orden moral. Y si ese es el caso, es una advertencia que debemos tomar en cuenta respecto al sueño espiritual y sus consecuencias. Eutico significa “feliz”. Lo somos si pertenecemos a Cristo, pues sus riquezas insondables son ya nuestras. Pero no olvidemos que la prosperidad espiritual puede generar confianza en uno mismo, el corazón se enaltece y, entonces, puede producirse una caída (Sal. 30:6-7; Prov. 16:18).
Este joven estaba sentado en la ventana: era un lugar muy peligroso, pues dicha ventana se encontraba en la tercera planta. ¿No debería haberle animado alguno de sus hermanos a ponerse a salvo, por miedo a que se cayera? (1 Cor. 12:25). ¿Cuál es nuestra actitud si vemos a uno de nuestros hermanos, aquel por quien Cristo murió (Rom. 14:15; 1 Cor. 8:11), adoptar deliberadamente una posición peligrosa? Caín había dicho: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?» (Gén. 4:9). Sin duda, lo expresamos de forma más educada, pero, por desgracia, el egoísmo y la búsqueda de nuestros intereses personales suelen prevalecer. Si los hermanos y hermanas se sientan cada vez más atrás en el lugar donde se reúne la asamblea, puede ser señal de un debilitamiento espiritual. Ya es hora de acercarnos a ellos y preguntarles con amor por su bienestar espiritual (3 Juan 2). Si ya no se acude con regularidad a la reunión, no tardarán en manifestarse la tibieza en el amor a Cristo, o incluso la incredulidad (Juan 20:25). No permanezcamos indiferentes ante el bien de nuestro hermano y, por amor, sirvámonos unos a otros (Gál. 5:13).
Sentados en el borde de la ventana, no estamos ni “dentro” ni “fuera”. ¡Hay tantas cosas en este mundo que atraen nuestra mirada y enfrían nuestro amor por Cristo! Un corazón distraído es una plaga para el cristiano. La bendición se retiene si el Señor no es nuestro único objetivo (Jer. 5:24-25). Hay que ser temerario para aventurarse en un lugar peligroso. No pongamos jamás la más mínima confianza en la carne, en la nuestra en particular, pues sería un grave error. Pedro ya se encaminaba hacia la caída al decirle al Señor: «¡Aunque todos se escandalicen, yo no!» (Marcos 14:29).
Probablemente todos habían oído hablar de la visita de Pablo. Todos coincidían en considerar sus cartas “serias y contundentes”. Se entiende que Eutico decidiera acudir aquella noche. Uno va a escuchar a tal o cual hermano y, sin darse cuenta, se fija en el instrumento. Nos atrae fácilmente la novedad, la elocuencia, un estilo particular; en una palabra, alguien «que canta bien» (Ez. 33:32). Con tales predisposiciones, no es de extrañar que, a veces, la presencia personal de quien habla nos parezca débil y su palabra despreciable (2 Cor. 10:10). También nos apresuramos a afirmar que una reunión ha sido aburrida, que apenas ha aportado edificación. ¿No es más bien nuestro propio estado el que está en cuestión? Porque Dios siempre se propone hablar a nuestra conciencia y a nuestro corazón. Existe un peligro real en reunirnos en torno al Señor, fuera del culto, solo en ocasiones especiales. “Tu presencia es el bien supremo” (Himnos y Cánticos francés, No. 161,2), cantamos con gusto. ¿Cómo es posible, entonces, que la busquemos tan poco? La oración en comunidad, la lectura y la meditación de la Palabra tienen todo su valor en torno a Él, centro de la reunión, el único digno de nuestro amor.
La predicación de Pablo se ve interrumpida de repente por una terrible caída. Eutico acaba de caer desde el tercer piso. Los que están fuera son testigos de ello, los que están dentro quedan profundamente conmocionados. Lo recogen sin vida; se trata aquí de la vida natural, pues quien posee la vida eterna no puede perderla. El sueño espiritual también puede hacernos caer muy bajo. «Un poco de sueño, cabeceando otro poco, poniendo mano sobre mano otro poco para dormir; así vendrá como caminante tu necesidad, y tu pobreza como hombre armado» (Prov. 24:33). La caída de Eutico no se produjo de forma inesperada. Hubo señales previas. Estaba –hecho que se repite 2 veces– abrumado por un profundo sueño (Hec. 20:9; 1 Tes. 5:6). La enseñanza del apóstol Pablo exige una atención constante, pues contiene cosas difíciles de comprender (2 Pe. 3:15-16). Eutico ya no está atento; ¿acaso la Palabra, para él, al igual que el maná para Israel (Núm. 11:9; 21:5), ha perdido su atractivo? Nunca un creyente cae de repente. Quizá su entorno se sorprenda mucho y se pregunte: “¿Cómo es posible?” Pero si pudiéramos ver lo que Dios ve (Jer. 17:9-10), comprenderíamos las razones de este colapso moral. El mal actuaba en secreto (Job 20:12-13).
El vigor espiritual, fruto de una verdadera comunión con Dios, se fue convirtiendo poco a poco en una sequía de verano (Sal. 32:4). De repente, la realidad sale a la luz. Recordemos el ejemplo de David. Las Escrituras enseñaban que el rey no debía tener muchas mujeres para que su corazón no se desviara (Deut. 17:17). Pero, cediendo a sus deseos, David había desobedecido la voluntad de Dios (2 Sam. 5:13). En lugar de estar en la guerra, se queda en Jerusalén. Llega el día en que, ocioso, da un paseo y ve a Betsabé. Se entera de que es la mujer de Urías heteo, pero comete adulterio con ella. A partir de entonces, como los pecados vienen en tropel, este rey, hasta entonces conocido por su piedad, llegará incluso a asesinar a su fiel siervo, con la vana esperanza de ocultar su pecado.
Como tantos otros, Eutico cae, en sentido figurado, al mismo nivel que el mundo. No olvidemos nunca que la carne es tan mala en un creyente como en un incrédulo. Debe mantenerse muerta, allí donde la cruz de Cristo la ha colocado.
Hay que alimentarse de Cristo, velar, juzgarse sin complacencia; de lo contrario, tened por seguro que el Enemigo sabrá sorprendernos. Pedro había dicho: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!» (Mat. 16:16). Fue una maravillosa profesión de fe y el Señor lo declaró bienaventurado. Pero más tarde, se pondrá a maldecir y a jurar: «¡No conozco a este hombre de quien habláis!» (Marcos 14:71).
“Cuanto más camina un hombre con Dios, consciente de Su gracia, mayor es su solicitud por los demás ante sus faltas” (J.N. Darby). Aquí vemos a Pablo en este ministerio, el de un verdadero pastor. Se acerca de inmediato, con humildad, a quien ha caído y, como en otro tiempo Elías (1 Reyes 17:21) o Eliseo (2 Reyes 4:34), se inclina sobre Eutico y lo abraza (Hec. 20:10). La palabra «lo tomó en sus brazos» es muy intensa. Implica que Pablo, en su afecto, apretó con fuerza a aquel joven contra sí. En su forma de actuar se aprecian algunos rasgos del maravilloso amor de Aquel a quien servía tan bien (2 Tim. 2:10). ¿Tenemos nosotros la misma sincera solicitud por las almas que, a nuestro alrededor, necesitan estar restauradas?
Al instante siguiente, Pablo puede tranquilizar a los discípulos: «No os afijáis, porque su vida está en él» (v. 10). Eutico ha vuelto a la vida. La tristeza por la inminente partida del apóstol no se verá agravada por la muerte de este joven; al contrario, el gozo llena los corazones. Ya no se habla de sueño y, hasta el amanecer, Pablo seguirá con su enseñanza.
Este relato de la caída de Eutico puede evocar, por analogía, la historia de la Iglesia. Ella abandonó su primer amor (Éfeso) y luego se dejó distraer por las vanidades engañosas de este mundo (Pérgamo). De ahí su sueño, su ruina y su estado de muerte espiritual, de los que nos hablan Tiatira y Sardes. Pero, en su gracia, el Señor ha permitido un despertar, y ese es Filadelfia. A la espera de su venida, dispensa a los suyos alimento sólido y consuela sus corazones (vean Apoc. 2; 3).
Si, en el tiempo ya transcurrido, no hemos velado, e incluso si hemos caído, Aquel que nos levanta de nuestras caídas “desciende” en su amor, se inclina y nos restaura. Para el resto del tiempo que Él nos concede, guardemos juntos el buen depósito de la fe. No descuidemos ninguno de los aspectos de la enseñanza de Pablo: lo que destaca sobre la ruina completa del hombre y los recursos de Dios ante tal estado: la cruz en sus diferentes aspectos; pero también las verdades relativas a la Mesa del Señor, el misterio oculto y ahora revelado de la Iglesia; la venida del Señor para buscar primero a los suyos y, después, reinar en gloria. Ocupados así en lo excelente (Fil. 1:10), seremos fortalecidos para esperar con ardor a Aquel que, tal vez en un instante, aparecerá en todo el esplendor de su belleza.
“Levantemos los ojos hacia Jesús;
Pronto este glorioso Salvador
Descenderá de lo alto de los cielos.
En esta dichosa espera,
Que nuestra alma esté vigilante:
Estemos preparados, temamos dormir.
Cristianos, el Salvador va a venir”.
Himnos y Cánticos, 100 Himnario francés