«No sois del mundo»

Efesios 1


person Autor: John Nelson DARBY 115

flag Tema: El mundo


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1928, página 34

En este capítulo tenemos una exposición completa de los pensamientos y designios de Dios. La Epístola a los Efesios aborda 2 temas: la presencia y el poder del Espíritu Santo en la tierra y, como consecuencia, la posición en la que nos encontramos; a continuación, el fundamento de todo ello: la exaltación de Cristo a la diestra de Dios. En esta Epístola no se habla de la venida del Señor, porque su tema no es la forma en que somos introducidos en la gloria, sino la bendición actual de los santos. Al final de la Epístola hay una parte diferenciada que trata de nuestro conflicto con Satanás, pero el esquema general es el que he señalado: la exaltación de Cristo como fundamento de toda bendición; a continuación, el designio de Dios respecto a nosotros; y, por último, el conocimiento que tenemos de ese designio por medio del Espíritu Santo que ha descendido a la tierra. «Resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra» (Efe. 1:20). Necesitábamos saber esto para comprender nuestra posición y las importantes consecuencias que se derivan de ella. La presencia del Espíritu Santo, con el que hemos sido sellados y que es la garantía de nuestra herencia, caracteriza nuestra condición actual, basada en el hecho de que Cristo resucitó y se sentó a la diestra de Dios.

Un hombre está sentado a la diestra de Dios: ¡qué verdad tan maravillosa para nosotros! «Mis delicias son con los hijos de los hombres» (Prov. 8:31). Como era un hombre y, con su muerte, glorificó perfectamente a Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su diestra. A continuación, el Espíritu Santo descendió a la tierra, de modo que, aunque nuestros cuerpos aún no estén en el cielo, estamos, sin embargo, unidos de corazón y de espíritu con Cristo y con las cosas de arriba. Ahí es donde debe estar nuestro corazón; nuestra ciudadanía está en los cielos, pues ahí es donde se encuentra el Señor; él viene a transformar «nuestro cuerpo de humillación en la semejanza de su cuerpo glorioso» (Fil. 3:21); pero, por el momento, poseemos al Espíritu Santo, que nos introduce en el lugar donde se encuentra Cristo.

Dios nos ha «bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efe. 1:3). Tal es el pensamiento de Dios. De hecho, aún no estamos allí; pero ese es el pensamiento de Dios respecto a nosotros, y deberíamos tenerlo continuamente presente. Las promesas hechas a los judíos, de bendiciones terrenales bajo el dominio de Cristo, se cumplirán a su debido tiempo; pero para nosotros se trata de «bendiciones espirituales»; de «lugares celestiales» y «en Cristo» mismo; y nuestra participación actual en estas bendiciones nos la concede el Espíritu Santo.

En los versículos 4 y 5, encontramos 2 aspectos de estas bendiciones espirituales: en primer lugar, se nos presentan en relación con el Dios, y luego con el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es decir, que Cristo es considerado a la vez como Hijo y como Hombre. En el tiempo de su humanidad, Dios lo reconoció como Hijo en Mateo: «Este es mi amado Hijo, en quien tengo complacencia» (3:17). Se llama a Dios el Dios de nuestro Señor Jesucristo cuando a este se le considera como Hombre. Se le llama «el Padre» cuando a Cristo se le considera como Hijo.

Este es el gran fundamento de la maravillosa posición en la que nos encontramos. Es al hombre a quien Dios tenía en mente al introducir en esta posición de gloria a Su propio Hijo. Esto conlleva las consecuencias más elevadas.

La soberanía de su gracia no se afirma por el hecho de que Dios nos haya elegido antes de la fundación del mundo, pues, suponiendo que Dios quisiera elegirnos ahora, sería un acto tan soberano como haberlo hecho entonces. Pero esta verdad tiene una consecuencia práctica: que no tenemos absolutamente nada que ver con el mundo; hemos sido elegidos antes de su fundación; no tenemos nada que ver con él, salvo salir de él. Dios quería introducirnos en una comunión con Él mismo que nos separara por completo del mundo. Lo único que tenemos que hacer, al atravesarlo, es “mantenernos puros del mundo”.

Dios había decidido nuestra posición celestial incluso antes de que existiera el mundo. Dios quería tener un pueblo en Cristo «santos e irreprochables delante de él, en amor» (Efe. 1:4-5). Él, que es Luz y Amor, nos lleva a ser, según su propia naturaleza, «santos e irreprochables» ante él. Ahora nos presentamos ante Dios como ante el objeto infinito de nuestros corazones y, como hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina, podemos disfrutar de ese objeto. Aún no hemos sido apartados del mundo, pero tenemos que atravesarlo como lo hizo Cristo. El pensamiento de Dios respecto a nosotros es que seamos lo que Cristo mismo era ante Dios.

En el versículo 5 tenemos, pues, al Padre. Podría habernos hecho sus siervos, como a los ángeles, pero ese no era su pensamiento: «Habiéndonos predestinado para ser adoptados para él por medio de Jesucristo» (Efe. 1:5). Insiste en este punto –y cuánto vale para nosotros–: es ante Dios, pero para él, el Padre. Cuando se establece una relación entre nosotros y él, es con el Padre.

«Santos e irreprochables». Aquí no dice: “Según el beneplácito de su voluntad”, pues Dios no habría podido tener en su presencia a seres en estado de pecado. Pero, cuando se trata de una relación, entonces se dice: «según el beneplácito de su voluntad» (Efe. 1:5). Él ha elegido tenernos como hijos. Poseemos el amor, la propia naturaleza de Dios –«en amor»– y un amor predilecto. La posición en la que estamos introducidos es según el beneplácito de su voluntad y él nos presenta ante sí mismo, como partícipes de su propia naturaleza; no hay ni una sombra en este cuadro, pues nos «colmó de favores en el Amado» (Efe. 1:6)–es con este nombre con el que él se refiere a Cristo aquí, para resaltar todo el carácter de la bendición, al introducirnos en su presencia.

Tal es el designio de Dios; aquí no se nos dice hasta qué punto ya se ha cumplido: solo se cumplirá plenamente cuando estemos en la gloria. No es hasta el final del capítulo cuando nos enteramos de qué parte de este designio ya se ha cumplido, lo que nos permite disfrutar ya de estas cosas en Espíritu. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su diestra en los lugares celestiales. Esto es algo ya cumplido «propósito eterno que realizó en Cristo Jesús»: Cristo, como hombre, está en la gloria de Dios (vean Efe. 3:11).

En tercer lugar, aprendemos que el Espíritu Santo ha descendido a la tierra, en el intervalo. Antes de que se cumpliera el consejo de Dios, pero tan pronto como se consumó la obra en Cristo, Dios envía al Espíritu Santo como un sello sobre aquellos que forman parte de su consejo, y como garantía de su herencia. De este modo, nos vemos capacitados para comprender los planes de Dios con respecto al propio Cristo, su propósito «de reunir todas las cosas en Cristo, las que están en los cielos como las que están en la tierra» (Efe. 1:10). Entonces llega la gloria.

Los primeros versículos trataban de nuestra vocación; los siguientes, de nuestra herencia, una herencia «según al consejo de su voluntad» (Efe. 1:11). Lo que nos introduce en esta posición es la gracia soberana hacia unos pobres pecadores. De hecho, solo tomaremos posesión de esta herencia cuando él venga; él, por quien la hemos sido: «predestinados según el propósito del que todo lo hace conforme al consejo de su voluntad» (Efe. 1:11). Lo que nos ha llevado a estar sellados con el Espíritu Santo es la fe en “el Evangelio de nuestra salvación”. Juan el Bautista fue el precursor de Aquel que iba a llevar a cabo esa salvación; pero ahora hemos recibido la buena nueva como consecuencia de la exaltación de Cristo; y el sello del Espíritu Santo es para nosotros la garantía de lo que está por venir.

Mientras aún estamos en este mundo, sometidos a la disciplina, aprendemos la diferencia entre la carne y el espíritu; esos son los caminos de Dios, pero eso no forma parte de Su designio. El Espíritu Santo, descendido del cielo, nos da a conocer a Cristo, nos revela nuestra herencia y da testimonio de que somos herederos de Dios y coherederos de Cristo. Nos enseña dónde estamos y nos muestra que pertenecemos al cielo y no a la tierra. Leemos en Proverbios: «Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra… Cuando formaba los cielos, allí estaba yo… Y mis delicias son con los hijos de los hombres» (Prov. 8:22-31). Así, él se hizo hombre, y como tal entró en la gloria como nuestro precursor.

Me gustaría que nuestros corazones comprendieran que Dios, en sus pensamientos y en sus designios, nos ha dado un lugar completamente al margen del mundo, y que nuestra única tarea, mientras lo atravesamos, es mantenernos puros del mundo. Yo no pertenezco a este mundo; fui elegido antes de la fundación del mundo. No se trata aquí simplemente de la soberanía de Dios, sino también del hecho de que, como cristianos, no pertenecemos en absoluto al mundo. Somos la carta de Cristo; puede que no nos demos cuenta, pero a eso estamos llamados: a manifestar al segundo Hombre en medio del mundo que lo rechazó.


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