Inédito Nuevo

Crecer en la verdad

1 Pedro 2:1-6


person Autor: John Nelson DARBY 110

flag Tema: El crecimiento espiritual (los progresos del creyente)


1 - La posición del creyente en el nuevo nacimiento: un niño recién nacido

Si, en cierto sentido, como nos enseña aquí el Espíritu de Dios por boca del apóstol, el estado normal del cristiano debe ser el de «niño recién nacido», en otro sentido estamos naturalmente llamados a crecer, para convertirnos en «jóvenes» y «padres» en Cristo; sin embargo, la posición en la que se encuentra el alma, en la práctica, cuando recibe la verdad de parte de Dios, es la de «niños recién nacidos»: «Desead la leche espiritual pura, para que con ella crezcáis para salvación» (v. 2). Es en esta posición donde, como creyentes, nos coloca el Espíritu Santo, para que crezcamos en Cristo.

2 - Las condiciones del crecimiento

2.1 - Lo que hay que rechazar

Pero si tenemos que «crecer por la leche espiritual pura» de la Palabra, no es ejercitando nuestra inteligencia sobre la Palabra, ni siquiera haciéndola objeto de un estudio particular. Lo que necesitamos es la enseñanza del Espíritu Santo, y para ello debemos ejercitarnos en la piedad; debemos rechazar «toda malicia, todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias» (v. 1), para que el Espíritu Santo no se entristezca. ¿Permitirá el cristiano que la envidia, el engaño y la hipocresía actúen en su corazón? Entonces no podrá crecer en el verdadero conocimiento de las cosas de Dios.

2.2 - Los verdaderos medios para el crecimiento

Por eso estamos llamados a ser como «niños recién nacidos» y, conscientes de nuestra impotencia, nuestra debilidad y nuestra ignorancia, a acudir, con sencillez de corazón, a recibir todo el alimento de la Palabra de Dios. Así es como el Señor guarda a los suyos que son sencillos y que quieren vivir en su dependencia, como nos dice este pasaje: «Gracia y paz os sean multiplicadas en el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor» (2 Pe. 1:2). El conocimiento de Dios siempre nos hace humildes; cuanto más aprendemos a conocer a Dios, más reconocemos nuestra propia nada. «Si alguien piensa saber algo, no conoce nada todavía como conviene conocerlo» (1 Cor. 8:2).

2.3 - La Palabra de Dios, la fe y el Espíritu Santo

Así como el niño recibe constantemente de su madre el alimento que necesita, también nosotros debemos recibir constantemente el alimento espiritual de la Palabra de Dios; y al recibir esta Palabra con fe, ella nos fortalece y “crecemos por ella” en el conocimiento de Dios y de su gracia. El apóstol Pablo, habiendo oído hablar de la fe en el Señor Jesús que tenían los efesios, pide que «el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento pleno de él; 18 siendo iluminados los ojos de vuestro corazón, a fin de que sepáis cuál es la esperanza de vuestro llamamiento, cuál la riqueza de la gloria de su herencia en los santos» (Efe. 1:15-18).

2.4 - La necesaria comunión con Dios y una verdadera humildad

Habiendo «gustado que el Señor es bueno», acudimos a su Palabra, y de él recibimos por medio de ella lo que necesitamos para que nuestras almas sean restauradas, refrescadas y alimentadas. La Palabra nos trae siempre un sabor del Señor mismo, es «la Palabra de su gracia» (vean Hec. 20:32); pero hay que estudiarla en la comunión con el Señor; de lo contrario, no nos beneficiará, al menos no por el momento. Dios no revela estas «cosas a los sabios y a los entendidos», sino a los «niños» (vean Mat. 11:25)

No es al poder del pensamiento del hombre que juzga las “cosas de Dios” a quien se da la bendición; es al espíritu del niño pequeño que desea «la leche espiritual pura» de la Palabra, para crecer por medio de ella. Dios dice: «Abre tu boca y yo la llenaré» (Sal. 81:10). Es como un «niño recién nacido» que el hombre de mayor inteligencia debe abordar la Palabra de Dios. Lo mismo ocurre cuando se trata de la verdad de Dios: en cuanto no podamos hablar como «oráculo de Dios», en el poder de la comunión, lo nuestro es guardar silencio (1 Pe. 4:11).

2.5 - Permanecer humildes

Debemos tener cuidado de no manejar ligeramente verdades que aún no hemos asimilado; nada obstaculiza tanto el crecimiento; entonces nos erigimos en doctores, en lugar de situarnos entre los que tienen que aprender. No hay nada más difícil para el corazón que ser humilde; nada más fácil, por el contrario, que salir de esa posición de humillación. No es solo mediante las enseñanzas como llegamos a ella o nos mantenemos en ella, sino gustando «que el Señor es bueno». Es absolutamente cierto que Dios es un Dios de juicio, y que ejercerá venganza contra todos sus enemigos; pero no es bajo este carácter como se presenta al cristiano.

3 - Aprovechar y comprender la gracia de Dios para crecer

3.1 - La dificultad natural para creer en la bondad de Dios

Lo conocemos como «el Dios de toda gracia» (1 Pe. 5:10), y la posición en la que nos encontramos es la de «gustar que Él es bueno». ¡Pero qué difícil nos resulta creer que el Señor es bueno! La tendencia natural de nuestros corazones, es decir: «Yo sabía, que eres hombre exigente» (Mat. 25:24). Cuando se frustra nuestra voluntad, murmuramos contra los caminos de Dios y nos irritamos por no poder seguir nuestro propio camino. Puede que esto no se manifieste exteriormente, pero sea como sea, por naturaleza todos carecemos del conocimiento de la gracia de Dios, somos incapaces de comprenderla.

4 - Ejemplos en la Palabra de Dios

4.1 - El hijo pródigo

Fíjense en el hijo pródigo del Evangelio: el pensamiento de la gracia de su padre no le pasa ni una sola vez por el corazón mientras va de camino a la casa paterna; cuenta con ser recibido como un mercenario. Pero ¿qué dice el padre? ¿Cuáles son los sentimientos del corazón del padre? «Sacad ahora mismo la mejor ropa y vestidlo; ponedle una sortija en su dedo y sandalias en sus pies; traed el becerro cebado, matadlo, comamos y alegrémonos; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado» (Lucas 15:22-24). He aquí la gracia, una gracia gratuita.

4.2 - La samaritana

Lo mismo ocurre con la samaritana, esa pobre mujer adúltera, que ignoraba que Aquel que le hablaba era el Hijo único del Padre, «lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14), y, por lo tanto, el mismo que mejor podía responder a sus necesidades. El Señor le dijo: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le habrías pedido, y él te hubiera dado agua viva» (Juan 4:10): “¡Si hubieras comprendido lo que es la gracia, tú me habrías pedido, y yo te habría dado!”.

4.3 - Los errores que hay que evitar

No es solo allí donde hay una oposición abierta contra Dios y una total indiferencia respecto a la salvación donde vemos reinar estas tinieblas morales en torno a la gracia. Nuestro corazón natural está tan alejado de Dios que, para encontrar la felicidad, se vuelve hacia todas las cosas del mundo, incluso hacia el mismo Satanás, en lugar de hacia la gracia de Dios. Cuando la conciencia se despierta y se vuelve atenta al pecado y al horror que este inspira a Dios, imaginamos que Dios no puede concedernos la gracia. Si Adán, al verse desnudo, hubiera conocido la gracia de Dios, habría acudido inmediatamente a Dios para que lo cubriera; pero no la conocía; al contrario, al ver su estado, buscó esconderse de Dios entre los árboles del jardín. Lo mismo nos ocurre a nosotros. Al no conocer la gracia, la conciencia de estar desnudos ante Dios nos empuja a huir de él.

Hay más: cuando, como creyentes en Jesús, nuestras conciencias están entrenadas y sentimos que debemos rendir cuentas a Dios en todas las cosas, puede que no tengamos una visión muy clara de la gracia del Señor y, en ese caso, no solo tendremos un profundo sentimiento de nuestra responsabilidad, sino también el de tener que cumplir lo que Dios nos pide, sabiendo que Él nos juzgará según la forma en que lo hagamos. Esto encierra una cierta medida de verdad: lo que Dios exige debe cumplirse, pero el error consiste en que suponemos que, si no encontramos en nosotros mismos lo que agrada a Dios, él nos condenará. Por otra parte, a veces se piensa que la gracia implica que Dios pasa por alto el pecado, mientras que es precisamente lo contrario. La gracia supone que el pecado es algo tan horrible que Dios no puede soportarlo. Si estuviera en poder del hombre mejorar sus caminos y corregirse, de tal manera que pudiera presentarse ante Dios, no habría necesidad alguna de gracia. El hecho mismo de que el Señor esté lleno de gracia muestra que el pecado es un mal tan grande, que el hombre, como pecador, se encuentra en un estado desesperado y sin recurso, y que nada puede salvarlo salvo la gracia gratuita; solo ella puede satisfacer su necesidad.

Se puede llegar a comprender que el pecado es algo que produce la muerte; que nada manchado puede entrar en la presencia de Dios, y la conciencia puede estar profundamente convencida de ello; –sin embargo, esto aún no es «gustar que el Señor es bueno».

4.4 - Simón Pedro

Es incluso muy útil llegar a este punto, pues entonces saboreo que el Señor es justo, y me es necesario saberlo, pero no debo detenerme ahí: el pecado sin la gracia me reduciría a la desesperación. Pedro no había saboreado que el Señor es bueno cuando dijo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador» (Lucas 5:8). Pensaba que su pecado le impedía estar en la presencia del Señor.

4.5 - Simón el fariseo

¿Qué le preocupaba a Simón el fariseo cuando la pobre mujer rociaba con sus lágrimas los pies de Jesús y los secaba con su cabello? “¡Ay!”, se decía, «Este, si fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le toca, porque es pecadora» (Lucas 7:39). ¿Y de dónde le venía a Simón razonar así? Porque no sabía que el Señor estaba lleno de gracia; tenía cierta comprensión de la justicia de Dios, pero no conocía la gracia. Si no conozco Su gracia, no puedo decir que Dios deba estar lleno de gracia, pero sí puedo decir que debería expulsarme de su presencia como pecador porque él es justo.

5 - La revelación de la gracia de Dios en Cristo

Vemos así que tenemos que aprender lo que Dios es para nosotros, no por nuestros propios pensamientos, sino por la revelación que Dios ha dado de sí mismo, como el «Dios de toda gracia». Desde el momento en que comprendo, como lo hizo Pedro, que soy un hombre pecador, y que es porque el Señor ha visto toda la magnitud de mi pecado y todo su carácter odioso, que ha venido a mí, desde ese momento comprendo la gracia. Por la fe discierno que Dios es más grande que mi pecado y que mi pecado no es más grande que Dios. «Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:8). En cuanto creo que Jesús es el Hijo de Dios, descubro que Dios vino a mí porque yo era pecador y no podía ir a él. La prueba ha demostrado plenamente que el hombre es incapaz de satisfacer las exigencias de la santidad de Dios: cuanto más resplandeciente se hacía la luz, más mostraba al hombre las tinieblas en las que vivía; cuanto más estricta era la Ley, más ponía al descubierto la propia voluntad del hombre. Y fue entonces, cuando «aún estábamos sin fuerzas», cuando Cristo… «a su tiempo murió por los impíos» (Rom. 5:6). Cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Eso es la gracia. Al ver la sangre de su Hijo, Dios queda satisfecho, y si yo encuentro en ella lo que me satisface a mí, Dios es glorificado.

5.1 - La vida cristiana práctica

Pero el Señor a quien he llegado a conocer como aquel que dio su vida por mí, es el mismo Señor con quien trato todos los días de mi vida y cuyos caminos hacia mí se basan en ese mismo principio de gracia. Si quiero saber hasta dónde llega su amor, la cruz me lo enseña: Él mismo se entregó por mí, para que toda la plenitud y todo el gozo que hay en él me pertenezcan. Siempre tengo que seguir aprendiéndolo y, como un niño recién nacido, desear «la leche espiritual pura» de la Palabra, para crecer.

5.2 - Mirar siempre al Señor como Aquel que es bueno y lleno de gracia

El gran secreto para crecer es mirar al Señor como «bueno y lleno de gracia». ¡Qué valioso y alentador es saber que Jesús siente y pone en práctica, en este momento, a mi favor, el mismo amor que cuando murió por mí en la cruz! Es una verdad que deberíamos comprender en los detalles más cotidianos y sencillos de la vida. Supongamos, por ejemplo, que encuentro en mí un mal genio que me cuesta vencer; –que lo pongo ante Jesús como ante mi amigo, y de él brota una virtud que viene en mi ayuda. Es la fe la que debo emplear contra la tentación y no solo mis propios esfuerzos, que nunca serán suficientes. La fuente de un poder real está en el sentimiento de la gracia del Señor.

5.3 - Es necesaria una humildad constante

Sin embargo, el hombre natural que hay en nosotros no acepta a Cristo como la única fuente de poder y bendición. Si no estoy en comunión con Dios, mi corazón natural dirá: “Debo corregir tal cosa antes de poder acudir a Cristo”. En cambio, si soy consciente de que Cristo está lleno de gracia, volveré a él inmediatamente, tal como soy, y me humillaré profundamente ante él. Solo en él y por él encontraremos lo que restaura el alma. La humildad ante él es la única humildad verdadera. Si nos reconocemos ante él tal y como somos realmente, experimentaremos que él solo nos mostrará gracia.

6 - Cristo, la piedra angular establecida por Dios mismo

Pero, aunque esté rechazada por los hombres –por el corazón natural que hay en cada uno de nosotros–, ¿quién es el que dice: «He aquí, pongo en Sion una piedra angular, escogida, preciosa; y el que crea en ella jamás será avergonzado» (1 Pe. 2:6)? Es Dios, es él quien colocó esta piedra angular, no es el hombre, y él dice: “¡Esto es lo que pienso de Cristo!”.

6.1 - Crecer mirando a Cristo, no centrándose en uno mismo

Al ser instruido por Dios a través del Espíritu Santo, consigo tener un mismo pensamiento con él respecto a Jesús, y ahí es donde encuentro mi fuerza, mi consuelo y mi gozo. Aquel en quien Dios encuentra Su agrado y lo encontrará eternamente, es también mi gozo. Dios dice: «Este es mi amado Hijo, en quien tengo complacencia» (Mat. 3:17; Is. 42:1), y como su Espíritu produce esos mismos pensamientos en mí, yo también veo que Jesús es precioso y encuentro mi deleite en él. De este modo, Aquel que fue crucificado por mí, quien «llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero» (1 Pe. 2:24), es precioso para Dios y precioso para mí. Dios solo podía encontrar su descanso en Jesús. Por mucho que busquemos por todo el mundo, no encontraremos nada que pueda satisfacer nuestro corazón: solo Jesús puede hacerlo. Dios, al buscar la verdad y la justicia, ha encontrado en Jesús todo lo que podía desear y lo ha encontrado para nosotros. Esto es lo que fortalece el corazón. Veo a Jesús, apareciendo para ahora «comparecer ante Dios por nosotros» (Hebr. 9:24), y Dios está satisfecho, Dios encuentra su deleite en él.

6.2 - Encontrar en Jesús la fuerza y el fundamento de nuestra paz

Es en Jesús mismo donde Dios descansa y descansará para siempre. Pero Jesús, después de haber cargado con mis pecados y haberlos borrado con su propia sangre, me ha hecho uno con él en el cielo. Él vino del cielo y trajo aquí a Dios hasta nosotros, y subió a lo alto, colocando a los santos unidos a él mismo en el cielo. Si Dios encuentra a Jesús precioso, también me encuentra a mí precioso en él.

Jesús, como hombre, glorificó a Dios en la tierra: Dios descansa en eso. Como hombre, habiendo cumplido la redención, Jesús entró en los cielos, «para ahora comparecer ante Dios por nosotros»; y eso es lo que da a nuestras almas una paz que permanece y que nada de lo que pensamos de nosotros mismos puede darnos. La fe nunca piensa en lo que hay en nosotros mismos como fundamento del descanso; recibe, capta y ama lo que Dios ha revelado y lo que sabe que es Su pensamiento acerca de Jesús, en quien Dios encuentra su descanso.

6.3 - La contemplación de Jesucristo para crecer y ser transformado

Ninguna ciencia, ninguna sabiduría humana puede llevarnos hasta allí. Pero el pobre pecador ignorante, iluminado por el Espíritu, puede comprender, tan bien como el cristiano más inteligente, qué valor tiene Jesús para el corazón de Dios. El malhechor salvado en su cruz podía dar una visión más acertada de toda la vida de Jesús que todos los que lo rodeaban: «Este nada malo hizo» (Lucas 23:41). Había sido instruido por el Espíritu. Si vivimos en una comunión habitual con Dios, nuestros rostros resplandecerán y otros lo verán, aunque nosotros mismos no seamos conscientes de ello. Moisés, después de haber hablado con Dios, no sabía que la piel de su rostro resplandecía; se olvidaba de sí mismo; estaba absorto en Dios.

6.4 - Esta contemplación nos preserva de las caídas

Si Jesús nos es precioso, si nuestras miradas y nuestros corazones están ocupados en él, eso mismo nos impedirá dejarnos arrastrar por la vanidad y el pecado que nos rodean, y será nuestra fuerza contra el pecado y la corrupción de nuestros propios corazones. Todo lo que descubro en mí mismo, que no es Jesús, es pecado. Sin embargo, no es pensando en mis pecados, en mi indignidad, como seré humilde, sino pensando en el Señor Jesús, apoyándome en todo lo que hay de excelente en él. Es bueno haber acabado con uno mismo y mantenerse en el cielo con Jesús. Tenemos derecho a olvidarnos de nosotros mismos, a olvidar nuestros pecados, a olvidarlo todo, excepto a Jesús. Es mirando a Cristo como podremos dejar atrás las cosas que están detrás y caminar como hijos obedientes: es su amor el que nos impulsa. Si fuera solo un mandamiento, no tendríamos fuerzas para obedecer.

Que el Señor nos conceda aprender así la plenitud de la gracia que hay en Jesús, el amado y el elegido de Dios, para que seamos «transformados a la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18).

Que podamos, pues, queridos amigos, al escudriñar la verdad de Dios, y habiendo «gustado que el Señor es bueno», ser hallados siempre como «niños recién nacidos», deseando ardientemente «la leche espiritual pura», a fin de crecer por ella para la salvación.