Índice general
Los últimos días del cristianismo
Autor: John Nelson DARBY 107
Tema: Los últimos días, la última hora del actual periodo de la gracia
1 - El problema de la debilidad de la Iglesia
Hace un rato, mi mente estaba ocupada con el pensamiento de que los 2 grandes sistemas apóstatas, el sistema civil y el sistema eclesiástico, están destinados a crecer en fuerza y magnificencia a medida que se acerca el día de su sentencia y su juicio. Testigos de ello son la condición de la Mujer en Apocalipsis 18 y la de la Bestia en Apocalipsis 13 y 19.
Y me pregunto si las circunstancias por las que estamos pasando en los tiempos actuales no son una prueba evidente de ello. ¿No tiende la gran apostasía eclesiástica a apoderarse del mundo casi a pasos de gigante? ¿Acaso el mundo, en su carácter civil o secular, no hace cada día nuevos progresos, no lleva a cabo nuevas conquistas, en pro de su bienestar, sus placeres, en el cultivo de todo lo deseable y grandioso, en una medida que supera todo lo que se ha visto hasta ahora? ¿No es así realmente incluso para el observador menos atento? ¿Y no es esto una prueba de que todo avanza rápidamente hacia el desarrollo perfecto de la Mujer y de la Bestia, en todos los géneros de grandeza y magnificencia que, según la Palabra de Dios, deben preceder a su juicio? Todo esto, lo confieso, me resulta muy claro y sencillo.
Pero planteo otra pregunta: ¿hay en la Palabra de Dios algún indicio de que los santos, o la Iglesia, deban alcanzar un estado de belleza o de fuerza en armonía con su propia naturaleza, antes de que suene la hora de su arrebato? Como hemos visto, las cosas de la apostasía deben llegar a ser grandes y magníficas precisamente antes de ser golpeadas por el juicio; pero, me pregunto si la cosa verdadera, la cosa de Dios, debe ser eminente a su manera, fuerte y bella con esa fuerza y esa belleza que le son propias, antes de su traslación a la gloria.
Este es un interesante tema de investigación. Veamos cuál es la respuesta que nos dan los oráculos de Dios.
2 - Lo que dicen Pablo, Pedro, Judas y Juan
En la Segunda Epístola a Timoteo, Pablo contempla «los últimos días» en su carácter de tiempos difíciles, y en el estado de ruina en el que hemos visto y vemos, en estos tiempos, por todas partes, a la Iglesia de Dios. Pero ¿qué anuncia que sucederá a este estado de ruina entre los santos, los elegidos de Dios? Puedo decirlo con toda seguridad: el apóstol no presagia un retorno al orden de la Iglesia, una reconstrucción de la casa de Dios, por así decirlo, ni un restablecimiento de la belleza y la fuerza del Cuerpo digno de esta dispensación; sino que exhorta a los que tienen el corazón puro a invocar juntos al Señor, fuera de “la casa grande”, y a practicar allí también, juntos, las virtudes y cultivar las gracias que les convienen y que les pertenecen.
Pedro, en su Segunda Epístola, contempla también «los últimos días», y ve entre quienes profesan la piedad, abominaciones impuras y bien terribles, y en el mundo, el audaz desprecio que los incrédulos tienen de las promesas divinas. Pero no sugiere en absoluto la idea de que habrá un restablecimiento del orden y de la fuerza en la Iglesia, o en la acción espiritual en Cuerpo. Simplemente exhorta a los santos a crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor y Salvador, y a estar bien seguros de que la promesa de su venida y su majestad no son fábulas artificialmente inventadas. Les habla de una entrada en el reino eterno, pero nunca de un retorno a un orden de cosas, en la Iglesia, restaurado en la tierra.
Judas, a su vez, anticipa de la misma manera «el final del tiempo» y diversas corrupciones aterradoras, como la perversión de la gracia de nuestro Dios en «disolución» (vean 1 Pe. 4:4). ¿Y qué dice después? No hace ninguna promesa de un retorno a la belleza y al estado de los primeros días, sino que exhorta precisamente a los «amados» a edificarse a sí mismos sobre su santa fe, a mantenerse en el amor de Dios; pero está tan lejos de fomentar alguna esperanza de restablecimiento del orden y del poder en la Iglesia en la tierra, que dice a los creyentes que esperen algo muy distinto, a saber, «la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para vida eterna» (v. 21).
Juan, en su camino, nos presenta el juicio de las 7 iglesias de Asia, en Apocalipsis 2 y 3. ¡Qué cuadro tan solemne! En medio de ellas hay algo de bien y mucho de mal. La voz del Espíritu nos hace escuchar allí advertencias saludables, tanto para nuestro estado individual como para nuestra condición colectiva. Pero no hay ninguna promesa, como si el juicio fuera a corregir o sanar. Las iglesias son juzgadas y dejadas bajo el juicio; no aprendemos nada más sobre ellas en la tierra: y la primera vez que se vuelve a hablar de los elegidos, es en el cielo donde se les ve (cap. 4).
Todo esto es muy serio, y sin embargo feliz; y los grandes fenómenos morales que están ocurriendo en este momento a nuestro alrededor, ante nuestros ojos, o de los que oímos hablar, confirman de manera deslumbrante la perspectiva que la Palabra nos presenta en cuanto a la Iglesia y al mundo. Sabemos, en efecto, que las grandes cosas de la apostasía, las cosas del mundo, el orden civil y el orden eclesiástico, están igualmente en progreso, a punto de alcanzar el pleno esplendor de su belleza y su vigor. Mientras que lo verdadero, lo de Dios, la Iglesia, aparece quebrantada, debilitada, caída, sin indicio ni promesa alguna de que vaya a recuperar lo que poseyó antaño en los días del orden y del poder, cuando la unidad del Cuerpo se realizaba gloriosamente.
Pero esto es bueno. Es en su gracia que el Señor nos presenta así, en su Palabra, el gran camino por el que estábamos destinados a viajar, y las señales que debían llamar nuestra atención. ¡Y qué gozo saber que nuestro arrebato no está supeditado al restablecimiento de la dispensación en su antiguo estado de orden y poder! Porque, de lo contrario, según las apariencias actuales, tendríamos que esperar mucho tiempo antes de que nos tocara esta bendición.
3 - Ejemplos de las Escrituras
3.1 - En el Evangelio
Pero he aquí algunas otras observaciones que respaldan la misma verdad.
En el momento en que Jesús iba a liberar al pobre cautivo de Satanás, el enemigo, en ese mismo instante, desarrollaba en el mal una nueva energía, y su desdichado cautivo parecía encontrarse en su estado más afligido. Esta era otra forma del mismo hecho que se encuentra en toda la Palabra de Dios; lo que es apóstata se encuentra en un estado particular de fuerza y de magnificencia justo en el momento en que su juicio está a las puertas; mientras lo que es de Cristo se encuentra, por el contrario, en una condición de debilidad y ruina precisamente cuando la liberación, que Él trae consigo, está ahí.
3.2 - José, Moisés y David
José, Moisés y David son también ejemplos de ello. Uno fue sacado de una prisión para alimentar y gobernar a un pueblo; otro fue traído de un desierto lejano y desconocido, donde cuidaba de los rebaños, para liberar a una nación; el tercero fue suscitado y manifestado desde el seno del descuido y el desprecio de que era objeto por parte de su propia familia, para sostener, con su sola mano, a todo un pueblo y a todo un reino. Y lo que más nos llena de asombro en medio de tales cosas es que muchos de estos hombres se encontraban, a causa de su propio pecado y del juicio de Dios, en un lugar de degradación y ruina.
Así fue en el caso de David y Moisés. José, lo reconozco, fue un mártir, y se elevó, desde el seno de los sufrimientos que padecía por la justicia, a las grandes recompensas de la gracia. Lo mismo ocurrió con David en los días de Saúl, cuando David, al final, llegó al reinado. Pero en los últimos tiempos, David no fue un mártir; fue un penitente. Él mismo había atraído sobre sí toda la ruina, todas las penas, todas las vergüenzas de la rebelión de Absalón; –y sobre el pecado que había producido todos esos frutos amargos, pesaba ese juicio de la justicia, aún más pesado: «Ahora no se apartará jamás de tu casa la espada» (2 Sam. 2:10). Y nunca salió. Estaba, pues, bajo el juicio; se encontraba en medio de las ruinas que su propia iniquidad había atraído sobre él; era un monumento de la visita de Dios en su santidad, cuando de repente, en la persona de Salomón, su casa se elevó a la cima de la gloria y el poder.
Lo mismo ocurrió con Moisés antes de David. Moisés, lo confieso, fue un mártir en sus primeros días en Madián; y es desde el lugar de exilio al que su fe lo había arrojado, desde donde se encamina hacia el honor y el gozo de ser el libertador de Israel. Pero, en los últimos tiempos, al igual que David, Moisés estuvo bajo el juicio, bajo el juicio de Dios, por su incredulidad y su pecado. Pecó, como sabemos, en las aguas de Meribá, y pecó hasta tal punto que perdió de inmediato todo derecho a entrar en la tierra prometida; y hasta el final, nada pudo hacer cambiar esa resolución de Dios. En este sentido, la espada nunca salió de la casa de Moisés, ni tampoco de la casa de David. En diversas ocasiones suplicó al Señor, pero fue en vano. Nunca entró en la Tierra (prometida), –y así fue juzgado, y se encuentra incluso bajo el juicio cuando abunda la gracia; pues fue quitado (en principio), llevado a la cima de la montaña, y no a las llanuras de Canaán, a las alturas de Pisga y no a las llanuras de Jericó y del Jordán.
Así sucedieron estas cosas. Pero es mejor ser juzgado por el Señor que ser condenado con el mundo (1 Cor. 11:32); pues lo pobre y débil es juzgado, es llevado a la luz de Dios y a una redención cumplida por él, mientras que lo orgulloso y fuerte es humillado bajo el poder de su propia fuerza.
3.3 - La Iglesia
Del mismo modo, puedo decir, el Nuevo Testamento no contiene la promesa de que la Iglesia recuperará su estado y su belleza antes de que llegue su arrebato. Ella pasa de sus ruinas a su gloria, mientras que el mundo pasa de su magnificencia a su juicio, –ruinas también, añadiré, que dan testimonio del juicio de Dios. La espada nunca ha salido de su casa.
Amados, a la luz de estas preciosas verdades, ¿no les puedo decir?: Consuélense mientras miran aquí y allá, y consideren bien qué es lo que es fuerte hoy, y qué es lo que es débil. Pero permitidme añadir que la debilidad de la que hablo, la debilidad de los santos, como Cuerpo o Iglesia, no debe ser el más mínimo pretexto para un relajamiento moral personal. Sería hacer un uso triste y terrible de las verdades de las que hablamos y que recogemos de las Escrituras. Sin duda alguna, debemos separarnos del mal con tanta claridad como siempre, y cultivar con tanto esmero como siempre la santidad en todos nuestros pensamientos y en todos nuestros caminos.
3.4 - Israel
Pero sigamos. Es posible que dudemos sobre cómo hablar exactamente de la historia de Israel, si debemos verla como la historia de un mártir o de un penitente. Tiene algo de ambos, aunque más, creo, de este último. Pero sea como fuere, los restablecimientos y las redenciones de los que fue objeto iluminan el misterio que ahora contemplamos, a saber, que lo apóstata llega al juicio en el momento de su mayor fuerza y de su mayor grandeza; y que lo verdadero se eleva en medio de sus debilidades y de sus ruinas, hacia su gloria y su bendición.
Los israelitas se encontraban en una condición muy baja en Egipto, como nos lo dicen los hornos de ladrillos, los recaudadores y la tarea de ladrillos que se les exigía sin que se les proporcionara la paja habitual, justo en el momento en que Jehová envió a Moisés y su vara para su liberación. Así también en Babilonia, el enemigo se burlaba de sus cadenas y se entregaba al júbilo con un desprecio burlón hacia el cautiverio de Jerusalén y de su Templo, cuando, esa misma noche, el Libertador de Israel entró en Babilonia.
Así también en Persia. El decreto había fijado un día para su destrucción, y ese decreto no debía, ni podía, ser cambiado. Su perseguidor amalecita tenía el poder en sus manos, y, hasta donde alcanzaba la vista, todo presagiaba una destrucción total –pero Amán cayó, y los judíos fueron liberados. Así sería de nuevo para el mismo pueblo (Deut. 32:36; Is. 59:16). «Al caer la tarde habrá luz» (Zac. 14:7). La ciudad será tomada, todos los pueblos de la tierra la rodearán en los días de su asedio y de su angustia; la mitad de la ciudad irá al cautiverio; las casas serán saqueadas, y todo será devastación y desolación; pero, en ese mismo instante, el Señor defenderá su causa desde lo alto del cielo. «Al atardecer habrá luz», la sombra de la noche se convertirá en mañana (Zac. 14). –Otro ejemplo de estos maravillosos caminos de nuestro Dios. César Augusto se encontraba en pleno apogeo de su poder y majestad. Sus procónsules gobernaban en las provincias lejanas, su decreto había llegado hasta los confines de la tierra, y todo el mundo romano destacaba por su orden y belleza justo en el momento en que nació Jesús (Lucas 2). Pero el resto era la debilidad misma. La familia de David residía en Nazaret y no en Jerusalén. La esperanza de la nación descansaba en un pesebre en Belén. Uno o 2 santos, piadosos y solitarios, que esperaban el consuelo, frecuentaban el templo; y fue a los pastores, durante sus vigilias nocturnas, a quienes se revelaron las glorias. Israel estaba así caído junto con la casa de David, y ambos caídos por su iniquidad y por el juicio de Dios. El monarca podía ordenar que el jefe de los hijos de Israel se trasladara de Galilea a Judea, para ser estimado y tributado como las demás propiedades romanas. Pero el Señor estaba allí. El niño, que debía ser puesto para la caída y el levantamiento de las cosas y de las personas, acababa de nacer.
4 - Conclusión
Tengamos ánimo, según Dios, y no juzguemos según la carne y la sangre, sino a la luz del Señor. Y lo repito una vez más, como enseña el apóstol, es mejor ser juzgado por el Señor que ser condenado con el mundo. El juicio ha comenzado por la Casa de Dios. Él humilla a los soberbios y exalta a los humildes. Los candelabros están visitados por el poder agudo y penetrante de Aquel cuyos «ojos eran como llama de fuego» (Apoc. 1:14) –y, por lo que sabemos en la tierra, allí son dejados; pero el lugar del juicio se convierte inmediatamente en la puerta que da entrada a la gloria (Apoc. 1 al 4).
Todo esto es bueno y está lleno de consuelo para la fe, por extraño que lo encuentren los razonamientos y la religión del corazón natural. La Iglesia pasará inmediatamente de sus ruinas a la gloria –el mundo pasará del momento de su más orgullosa grandeza al juicio que le está reservado. Dios saca al miserable de entre el estiércol para sentarlo con los principales.
Que los santos de Dios se guarden de los proyectos y de las esperanzas del mundo. «Salid de ella, pueblo mío» (Apoc. 18:4).
El Señor mantendrá sus principios y establecerá sus pensamientos para siempre, a pesar de la debilidad de quienes dan testimonio de ellos, y aunque su voz esté a punto de perderse en el estruendo de la alegría del mundo. ¡Que el corazón del cristiano humilde y contrito sea consolado en Él!