Inédito Nuevo

El poder de la fe en medio del mal

Éxodo 32


person Autor: Sin mención del autor

flag Tema: Los últimos días, la última hora del actual periodo de la gracia


1 - La decadencia de Israel, que cae en la idolatría

Los detalles que nos da este capítulo ponen de manifiesto la miserable situación en la que cayó Israel. Aquí, ¡desgraciadamente!, no encontramos entre este pueblo ningún rastro del gozo y de los elevados sentimientos que había manifestado al salir del mar Rojo. Allí, bajo la profunda impresión que la liberación de la que acababa de ser objeto producía en lo más profundo de su alma, el pueblo entona un cántico de alabanza a Jehová que lo salvaba. Esta circunstancia, comparada con la que nos ocupa en este capítulo, pone de relieve la completa decadencia de este pobre pueblo: desconocía la Roca de su salvación, abandonaba a Jehová su Dios. Este triste hecho, tan grave en su naturaleza, no es el único rasgo característico que la Palabra pone aquí ante nuestros ojos; también se menciona a Moisés y a Aarón, tan distantes el uno del otro en su respectiva conducta, frente a la apostasía de Israel.

2 - El contraste entre Aarón y Moisés: 2 actitudes ante el mal

Observemos primero que Moisés y Aarón, ambos instrumentos activos en la obra de la redención de Israel, contrastan ante la apostasía de Israel, su estado moral ya no está al mismo nivel.

3 - Aarón: debilidad y ausencia de poder espiritual

En el versículo 1 leemos la propuesta que el pueblo le hizo a Aarón y, en el versículo 2, tenemos la respuesta del propio Aarón; pero, llegados a este punto, nos quedamos atónitos y nos preguntamos con asombro: ¿Cómo pudo Aarón, un hombre de Dios, suscribir el voto del pueblo con una condescendencia que parece tan cobarde? Ni una palabra, ni un comentario que tienda a despertar la conciencia y el sentimiento moral del pueblo, sale de su boca. ¿Simpatizaba Aarón, en su corazón, con un plan tan culpable? ¿O debemos ver en ese silencio el temor de un hombre que está en debilidad y que se pliega a todo? Cualquiera que sea la propuesta en la que nos detengamos, llegamos a la misma conclusión, a saber: que en Aarón se ve una ausencia total del poder y de la energía de Dios; el versículo 5 incluso llevaría a creer que simpatizaba con este culto idólatra, que se tomaba la molestia de adornarlo con el nombre de Jehová, como para disimular su odiosidad. El apóstol Pablo, exhortando a los corintios a no ser idólatras, alude al versículo 6 (1 Cor. 10:7).

Retrocedamos un poco. En el capítulo 19:20, Moisés, llamado por Jehová, sube a la cima de la montaña, donde Dios había descendido. Allí, Dios le ordena que vuelva a llamar al pueblo, para que no sobrepase los límites que habían sido establecidos según la ordenanza de Dios. En el capítulo 20:21, Moisés, habiendo cumplido su misión, regresa ante Dios, pero el pueblo se mantiene alejado; Jehová continuó hablando con su siervo, enseñándole lo que debía hacer, para que supiera cómo gobernar de manera que se mantuviera el orden, la justicia y la bendición en medio de Israel (vean el cap. 20:21-31 inclusive). Cuando Dios terminó de hablar con Moisés, y mientras Moisés aún estaba con él en la montaña, se produjo la apostasía del pueblo. Moisés se enteró de la noticia por boca de Dios. Entonces, indignado, Jehová declaró que ese pueblo era el de Moisés y no el suyo: «Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido» (32:7).

4 - Moisés: firmeza, fe e intercesión

La defensa de Moisés se basa en la gloria de Dios y en las promesas incondicionales hechas a los patriarcas.

Fue en ese momento decisivo cuando Moisés se puso en la brecha, luchando con Dios por la salvación del pueblo culpable; descartando cualquier idea de convertirse él mismo en una gran nación, en lugar de Israel, suplica a Jehová que no se encienda su ira contra «tu pueblo» (v. 11); basando su petición en que, en tal caso, los egipcios aprovecharían la ocasión para difamar la gloria adquirida hasta entonces por el nombre de Jehová. Luego, remontándose al origen de las relaciones de Dios con su pueblo (v. 13), Moisés insiste en el hecho de que Jehová mismo se había comprometido, mediante promesas incondicionales, a bendecir a su pueblo y a darle en herencia la buena tierra de la que había hablado.

5 - Moisés desciende de la montaña

Habiendo obtenido de Dios que el pueblo no fuera consumido (v. 14), Moisés desciende de la montaña (siempre con la energía del Espíritu, según la cual había intercedido por el pueblo ante Dios) y camina directamente hacia el objeto que deshonraba al Dios de Israel, y lo reduce a polvo. Habiendo vengado así a Dios por la deshonra infligida a su majestad, Moisés adoptó una postura que ponía a prueba a todo Israel.

6 - Su llamamiento público y la respuesta de la tribu de Leví

Desde la puerta del campamento profanado (v. 26), Moisés apeló a la conciencia y a los sentimientos del pueblo engañado: «¿Quién está por Jehová?», dijo, «júntese conmigo» (vean v. 26). Como vemos, Moisés, aunque seguía reconociendo a Israel como el pueblo de Dios, tuvo que separarse de la asamblea y adoptar ante ella una postura de testimonio. En ese día, y mediante un acto público, la tribu de Leví se consagró solemnemente a Jehová; este acto no perdonó los lazos de sangre y carne (v. 27 y Deut. 33:9).

7 - Moisés vuelve a Dios y pide perdón para el pueblo

Dios bendijo la petición de su siervo, y la obra de restauración dio un paso adelante; entonces Moisés presentó al pueblo su pecado (v. 30) y volvió a Dios, diciendo: «Quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado».

Aquí, por el momento, la acción de Moisés ante el pueblo se detiene; pero de nuevo, bajo la mirada de Dios, el trabajo de su alma comienza de nuevo, aunque el pueblo sigue siendo el objeto; confiesa el pecado del pueblo y pide el perdón de Dios. La primera vez (v. 11-13) no se había confesado el pecado del pueblo, era necesario que Moisés oyera con sus oídos y viera con sus ojos toda la miseria del pueblo.

8 - Los 4 aspectos de la intercesión de Moisés

Aquí, pues, es el pecado del pueblo lo que ocupa los pensamientos de Moisés; este pecado, que de manera tan inesperada revelaba y atestiguaba la ingratitud del pueblo hacia Jehová, fue el motivo de la notable intercesión de la fe de Moisés: «Que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito» (v. 32). ¡Qué hermoso es ver a Moisés anteponer la existencia del pueblo de Dios a la suya propia! Si solo él fuera borrado del libro, los filisteos no le darían importancia, y así se salvaguardaría la gloria de Jehová. Tal era la visión de Moisés, ¡qué hermosa página de su historia! Este hecho nos recuerda a Jesús, más excelente que todos los demás, ascendido a Dios en lo más alto de los cielos, sin un “quizás” en los labios, sino con la certeza de que con su propia sangre se había hecho propiciación ante Dios por los pecadores (1 Juan 2:1-2).

Observemos también que la intercesión de Moisés se caracteriza por estas 4 cosas:

1. Moisés pide que el pueblo sea preservado para mantener la gloria de Dios;

2. pide a Dios que perdone el pecado del pueblo, condición indispensable para que el pueblo esté en paz con Dios;

3. pide además que Dios vuelva a ocupar su lugar en medio de su pueblo, para que la claridad de su rostro lo ilumine y le dé gozo cada día.

4. Por último, Moisés pide ver la gloria de Dios, pero es imposible contemplarla fuera de Cristo; «no podrás ver mi rostro»; pero he aquí que, en Dios, hay una roca, un refugio seguro, donde Moisés sería colocado por la mano de Dios (33:20, 22), pero su rostro no se vería.

Moisés sería testigo de todo lo que bastaba para las necesidades del momento. «Haré pasar todo mi bien (bondad) delante de ti», hasta que viniera Aquel que pondría «fin al pecado», «y expiaría la iniquidad» (vean Dan. 9:24) y en cuyo rostro se manifestaría la gloria de Dios para ser contemplada (vean 2 Cor. 3:18).

Así termina este edificante alegato, en el que se ven el poder y la virtud de la fe, triunfando por la voluntad de Dios, para sustraer al pueblo del juicio que merecía.

9 - La aplicación práctica para servir al pueblo de Dios hoy

9.1. Estar en la presencia de Dios para tratar el mal de manera justa

Ahora me gustaría compartir con mis queridos hermanos algunas reflexiones prácticas, sugeridas por este precioso tema. Ciertamente no hay ningún hijo de Dios, en quien haya un poco de afecto del Espíritu, que no sienta en algún momento esa necesidad del corazón de ser útil en medio del pueblo de Dios; porque existe una relación viva y real entre él y este pueblo y él es consciente de ello, en cierta medida, lo cual ya es una gran gracia; pero para actuar en el Espíritu y el poder de Moisés, es necesario, como él, estar en presencia del Señor, es necesario que el mal, del que deseamos ocuparnos seriamente, nos encuentre en esa posición.

10 - El ejemplo de Aarón muestra cómo nuestra debilidad puede llevar a otros a la caída

Hemos visto que Moisés y Aarón, ambos honrados por Dios como siervos, actuaron en la misma circunstancia de manera totalmente opuesta: uno contribuyó a la ruina del pueblo, el otro contribuyó a su levantamiento. Ya hemos señalado el punto importante, a saber: que uno estaba en la presencia de Dios y el otro no; de ahí la diferencia entre ellos en cuanto al resultado; uno fue vencido por el mal y el otro venció al mal con el bien. Por lo tanto, aquí es donde debemos fijar nuestra atención: Aarón no resiste la tentación, sino que sucumbe a ella y, en la medida de sus posibilidades, desarrolla en el pueblo la desafortunada disposición que ya se manifestaba en él. Esto es también lo que ocurre, como resultado, cuando nosotros mismos sucumbimos a la tentación; nuestro ejemplo desarrolla en nuestros hermanos disposiciones malas, apenas eclosionadas. ¡Cuántas veces sucede que uno se cree justificado al dar rienda suelta a su propia voluntad, porque el otro ha dado rienda suelta a la suya, aunque naturalmente el pecado haya seguido a ello! Antes de ceder a la tentación, pidamos a Dios que nos libere de ella, y él lo hará.

11 - El ejemplo de Moisés muestra cómo un hombre puede reconducir (en lugar de perder) al pueblo

En cuanto a Moisés, la función que desempeña es digna de Dios, bajo cuya mirada se encuentra; allí, tiene la inteligencia de lo que conviene a Dios, a su gloria y a la miserable situación del pueblo. Al oír la triste noticia, su corazón no es insensible; juzga la gravedad de las cosas a las que se ha abandonado el pueblo, por el carácter de las palabras que Dios le hace oír. Ahora bien, el pueblo, alejado de Dios, no tenía idea de que su conducta culpable fuera causa de una labor tan profunda y seria para el corazón de Moisés; pero Jehová veía toda esa labor y la apreciaba a su justo valor. Lo mismo ocurre con nosotros. Dios le había dicho lo suficiente a Moisés para que inmediatamente se pusiera en la brecha, luchando con Dios, para que el pueblo no fuera consumido; se olvida de sí mismo y está tan cerca de Dios que solo busca los intereses de su pueblo y no los suyos propios. Su pensamiento está por encima de todo lo que no se refiere al objetivo por el que su alma está trabajando; absorto en el pensamiento de lo que amenaza al pueblo, solo tiene un objetivo: apartar del pueblo la ira de ehová. Una vez obtenida esta gracia, Moisés se ocupa del pecado del pueblo (Aarón lo había dejado completamente despojado, v. 25); abre una puerta para que cualquiera que juzgue el mal pueda retirarse hacia Jehová. Ese era el camino de la liberación para el pobre israelita. Sin duda, aún quedaba mucho por hacer para lograr una recuperación completa: la convalecencia a veces es larga; pero los testimonios que Dios da a la fe son motivo para esperar siempre más.

12 - Lo que requiere hoy el servicio a la Iglesia

Hoy, queridos hermanos, el estado moral del pueblo de Dios no es tal que pueda compararse con su pasado (Hec. 9:31); el enemigo ha abierto enormes brechas. Sin embargo, por grande que sea el mal al que haya que enfrentarse, no es mayor que el amor y la gracia de Dios. La situación del pueblo de Israel no podía ser peor de lo que era entonces y, sin embargo, a petición de Moisés, la ira de Jehová se apartó de su pueblo y este pudo volver a disfrutar del favor de su Dios.

13 - La fe en las promesas inmutables de Dios, la comunión con Él, un amor dispuesto a sufrir

Así es como nosotros mismos podemos apartar de nuestros hermanos los golpes del bastón, sin debilitar por ello en sus corazones el sentimiento de la gravedad de su falta. Si, pues, el conocimiento que podemos tener del estado actual de la Iglesia produce en nuestros corazones el efecto que produjo en el de Moisés, luchemos con confianza, basándonos en este principio: «para Dios ninguna cosa será imposible» (Lucas 1:37). Que las miserias y las dificultades no nos desanimen; la fe nos lleva a una fuente de gracia que triunfa y nos hace triunfar.

Cuando Moisés volvió hacia Jehová, lo encontró en el mismo lugar donde lo había dejado para bajar al pueblo; Jehová, misericordioso y compasivo, no podía retirarse así; quería dar aún a su pobre pueblo un testimonio brillante de su constante bondad; por eso esperaba el regreso de su siervo, dándole así la oportunidad de defender una vez más la causa del pueblo ante Él. La fe en Dios, en sus promesas inmutables, y una íntima comunión con Dios son 2 cosas indispensables para ocuparse, con resultado, del pueblo actual de Dios, sea cual sea la posición en la que se encuentre. Al hacer tal servicio, es posible que seamos ignorados o menospreciados por aquellos mismos que son sus destinatarios, pero Dios, bajo cuya mirada estamos luchando con fe y con nuestras oraciones, lo ve todo y toma buena nota de la labor de nuestros corazones. El servicio de la fe y del amor no se hace sin derramar muchas lágrimas; el apóstol Pablo lo menciona varias veces (Hec. 20:19, 31; 2 Cor. 2:4).

14 - Aunque la Iglesia actual esté moralmente degradada, nada es imposible para Dios

No lo olvidemos, sino fortalezcámonos en la gracia que hay en Jesucristo. Dios siempre responde a las exigencias de la fe. Es dulce pensar que la intercesión sincera de los cristianos menos avanzados le da a Dios la oportunidad de desplegar su gracia en medio de los suyos, porque nuestras oraciones, por imperfectas y débiles que sean, le son agradables, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria eternamente. ¡Amén!