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La belleza y perfección de Cristo


person Autor: Hamilton SMITH 22

flag Tema: Señor Jesús

(Fuente: bibletruthpublishers.com)


1 - Salmo 16

«Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado» (v. 1).

«Oh, alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor, no hay para mí bien fuera de ti» (v. 2).

«Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia» (v. 3).

«Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios. No ofreceré yo sus libaciones de sangre ni en mis labios tomaré sus nombres» (v. 4).

«Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado» (v. 5-6).

«Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia» (v. 7).

«A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido» (v. 8).

«Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción» (v. 9-10).

«Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre» (v. 11).

2 - La belleza y perfección de Cristo, Salmo 16

Necesitamos todas las Escrituras, las cuales son inspiradas por Dios y útiles «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim. 3:16); pero las Escrituras que nos presentan las cosas concernientes a Cristo, «Su Hijo [de Dios] nuestro Señor» (Rom. 1:3), deben tener un especial embeleso para el cristiano. Esto hace que el Salmo 16 sea tan atractivo, por cuanto nos presenta las perfecciones morales de Cristo, el Hombre perfecto, mientras él anduvo la senda de su vida a través de este mundo de pecado y de muerte. Así que nos será muy útil despojarnos de nuestro yo y de lo mejor de nuestro viejo hombre, para contemplar a este Hombre perfecto en todas sus excelencias –sentarnos, como si dijéramos, debajo de su sombra con gran deleite y disfrutar su dulce fruto a nuestro paladar espiritual (Cant. 2:3).

Un hermano que escuchó el ministerio de un fiel siervo del Señor, ya en su presencia, quedó impresionado por lo que aquel dijo, y cómo le había ayudado a ver la hermosura de Cristo. En este Salmo 16, podemos decir con toda seguridad que David, guiado por el Espíritu de Dios, expone ante nosotros las bellezas de Cristo.

Todos sabemos bien que Cristo es una Persona divina –el Hijo eterno, y, como tal, ha sido la perfecta manifestación de Dios al hombre. Pero también sabemos que Cristo fue un verdadero Hombre –el Hijo del hombre– y, como tal, fue la perfecta expresión del hombre delante de Dios; y es en este último aspecto que Cristo nos es presentado en este precioso salmo.

Solo es en Cristo que podemos aprender lo que Dios es; y podemos aprender lo que el hombre es en perfección solamente por lo que Cristo se manifestó en sí mismo. En él, vemos todas las hermosas cualidades, las gratas experiencias, el gozo y la alegría que caracteriza la vida del hombre perfecto delante de Dios, juntamente con la plenitud de gozo a la cual esta vida conduce. Es por esto que Cristo se convierte en el único modelo por excelencia –el dechado perfecto para el creyente. Y más que esto, si estamos ocupados con Cristo, adquiriremos el poder transformador. Nutriéndonos de Cristo, como siendo el «Pan de Vida» el cual «desciende del cielo» (Juan 6:32-33), para seguir su senda a través de este mundo, en toda su belleza, nos hará, de manera especial, manifestar nuestro afecto para él. Mientras Cristo estuvo en este mundo, el Padre le abrió los cielos para manifestar su deleite en él; y ahora él nos da el que nosotros nos deleitemos en el mismo Objeto en el cual él se deleita. Al deleitarse nuestras almas en él seremos transformados a su semejanza (véase 2 Cor. 3:18).

Hasta aquí, pues, hemos descrito en toda su belleza la vida interior que un Hombre perfecto vivió ante Dios, por uno que anduvo esta senda de la vida en perfección, y que alcanzó el fin de la senda –la diestra de Dios.

3 - Pasemos ahora a considerar el Salmo 16

«Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado» (v. 1).

Esta perfecta vida de Cristo es una vida de «dependencia» y «confianza» –dependencia del poder de Dios y confianza en su amor. El Señor Jesús no confió en sí mismo, ni puso su esperanza en otros –ora fuesen hombres o fuesen ángeles– para ser preservado de toda la oposición y peligros que tuvo que afrontar. Tampoco dependió de sí mismo, sino que anduvo en completa dependencia de Dios, diciendo: «Guárdame, oh Dios»; y Cristo hizo esto con entera confianza, diciendo también: «En ti he confiado» –en toda su senda y en todas las cosas. Cristo anduvo en plena dependencia en las todopoderosas manos de Dios, porque él tuvo total confianza en el corazón de amor de Dios. Con una confianza sin límites y un amor infinito, acudió a Dios para que le preservase.

El Señor no desconocía ni era indiferente a sus enemigos. Él mismo dijo: «Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa; se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué» (Sal. 69:4). Cristo conocía el número de ellos y también su poder; conocía así mismo su deslealtad y traición, pero también sabía que Dios estaba sobre todos sus enemigos, y que ninguno de ellos estaba por encima de Dios; y así confía perfecta y solamente en Dios, como podía decir en el lenguaje de otro salmo: «En cuanto a mí, a Dios clamaré; y Jehová me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré» (Sal. 55:16-17).

Y, además, en la perfección de su camino, él llegó algunas veces a lugares muy bajos en sus circunstancias, siendo así probado en un grado sumo, el cual nunca llegaremos a conocer. En algunas ocasiones no tuvo un lugar en el cual recostar su cabeza, y en otras ocasiones careció de un vaso de agua para mitigar su sed. Pero todas estas pruebas no hicieron otra cosa que manifestar las perfecciones de su humanidad, pues también él pudo decir: «Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado» (v. 1). Y Dios contestó su oración, y usó a una mujer caída para mitigar su sed, y alguien desconocido para proveer un cabezal para su cabeza.

Siguiendo las pisadas del Señor Jesús, el apóstol Pablo podía decir en sus prisiones: «Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial» (2 Tim. 4:18). En cuanto a nosotros, ¿tenemos tal confianza en el amor del Padre y de Cristo, que, en presencia de los enemigos, peligros y desamparo, podamos decir: «Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado» (v. 1)?

 

«Oh alma mía, dijiste a Jehová: tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti» (v. 2).

Una vida perfecta es una vida de una total sujeción de corazón a la voluntad de Dios. Como siendo totalmente un Hombre sujeto, el Señor Jesús pudo decir a Jehová: «Tú eres mi Señor». Entrando en este mundo, él dijo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebr. 10:9). Y pasando a través de este mundo, Cristo pudo decir: «Porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). Y ya dispuesto para salir de este mundo, él dijo, orando al Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).

Haciendo siempre solamente la voluntad del Padre, todo cuanto el Señor hizo fue perfectamente bueno. «Anduvo haciendo bienes» (Hec. 10:38). Todo esto era la divina bondad, perfectamente expresada en el Hijo de Dios. Pero la bondad de la cual este salmo habla es la bondad de Cristo como hombre hacia los hombres, y aunque perfecta en su lugar, no se eleva a la altura de la divina bondad. Pues como bien expresa la versión de J. N. Darby, en la última parte del versículo 2, se traduce: «Mi bondad no se eleva hasta ti».

Solamente estando sujetos a la voluntad del Padre, haremos el bien mientras seguimos nuestro camino. Cuando se convirtió, la primera pregunta que hizo el apóstol Pablo fue: «¿Qué haré, Señor?» (Hec. 22:10). Hasta este momento él había hecho su propia voluntad; pero ahora se somete a la voluntad del Señor. El orgulloso y despótico fariseo se torna en una persona humilde y sujeta al Señor.

«Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia» (v. 3).

Esta vida perfecta es una vida humilde que halla su delicia con el pobre pueblo de Dios. La perfección de Jesús en toda su humilde gracia es vista en el lugar que él toma en asociación con los pobres de la tierra. «¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?» (Sant. 2:5).

¿Existen en este mundo creyentes humildes y de poca reputación? Entonces que recuerden que el Señor se deleita en asociarse con ellos, según que leemos: «Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos» (Sal. 138:6). El tolerar el orgullo de la carne y gloriarse de una alta cuna, y buena posición mundana, es separarnos de los íntegros de la tierra y colocarnos «lejos» de Dios. Lo que se nos dice a cada uno es: «No altivos, sino asociándoos con los humildes» (Rom. 12:16).

Por muy débiles que sean, por muchos fracasos que tengan, y por muy pobres que sean, ellos son los íntegros de la tierra, y en ellos Dios halla su delicia. ¿Somos nosotros lo suficiente humildes a nuestra propia mirada, y hemos así aprendido nuestra propia inutilidad, de tal manera que nos podemos asociar con el pobre y humilde pueblo de Dios, y hallar nuestra delicia donde él halla la Suya?

«Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios. No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres» (v. 4).

La vida del Hombre perfecto es una vida de separación del mal. El Señor rehusó todo cuanto podría interponerse entre el alma y Dios. El diablo trató en gran manera por medio de la tentación el apartar al Señor de la senda de separación, ofreciéndole «todos los reinos del mundo,» si él, postrado, le adorase. La respuesta del Señor fue: «Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás» (Lucas 4:58). En cambio, para nosotros nos basta muy a menudo una pequeña porción de la gloria de este mundo para llevar tras de sí nuestras almas con engaño, y de esta manera nos apartamos, buscando alguna satisfacción pasajera en las cosas de este mundo, solamente para darnos cuenta más tarde que nos hemos multiplicado muchos dolores. El Señor rehusó los ídolos de este mundo. Él no quiso tomar sus nombres en sus labios. La palabra para nosotros actualmente es, «Hijitos, guardaos de los ídolos» (1 Juan 5:21).

«Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado» (v. 5-6).

El Señor es la porción de esta vida y de la herencia que arroja afuera a este mundo.

No solamente el Señor estuvo totalmente separado de este mundo, sino que el Señor Dios fue su porción en otro mundo. Más que esto, mientras que él siguió adelante en su camino hacia la herencia eterna, Dios llenó su copa en su senda diaria. La copa es el actualmente presente disfrute de la futura porción celestial. Siendo el mismo Dios su porción celestial, como siendo también la fuente de su presente gozo, él puede decir: «Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado» (v. 6). En cuanto a sus circunstancias, él fue, desde luego, el «varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Is. 53:3). Pero no es de las circunstancias que este salmo habla, sino de la vida interior vivida en las circunstancias. Su vida fue vivida en el dulce gozo del amor y apoyo del Padre, y tales experiencias cambiaron las ásperas sendas en «lugares deleitosos».

Ante la crudeza de nuestro camino, cuán poco realizamos que el gozo de la vida debe ser vivido en plena relación con el Padre y el constante gozo de lo que el Padre es. Nosotros vamos a conocer la plenitud del gozo de esta vida en el futuro; pero el Señor Jesús la conoció sin nube alguna mientras él anduvo la senda a través de este mundo.

«Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia» (v. 7).

Esta vida perfecta es una vida en la cual Dios es el Consejero y Guía. Está escrito: «Que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos» (Jer. 10:23). Y también leemos: «Fíate de Jehová de todo tu corazón… reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas» (Prov. 3:56). No es que meramente tengamos que acudir al Señor en algunas de nuestras grandes emergencias, sino que debemos habitualmente confiar en el Señor en todos los detalles de nuestra vida, sean pequeños o grandes. Reconociéndole en nuestros caminos, comprobaremos que él nos guía, por lo que seremos capaces de decir: «Bendeciré a Jehová que me aconseja» (v. 7).

«A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido» (v. 8).

La vida perfecta, tiene solo un objeto –el Señor en sí mismo. Cristo anduvo en esta tierra con ojo sencillo. Él puso a Jehová delante de sí, como siendo su único objeto. En tal vida no hubo nada del «yo», ni hubo lugar para la propia voluntad.

Poniendo a Dios delante de sí, halló que Dios estuvo siempre al alcance para sostenerle. Más que esto, estando a su diestra para sostenerle, nada pudo confundirlo ni apartarlo de la senda de la vida.

Tal es la senda que se abre al creyente. Pero ¡ay!, debemos reconocer cuán poco conocemos de esta gran bendición; con todo, si día a día ponemos al Señor delante de nosotros como nuestro único Objeto –para servirle, para complacerle, para hacer su voluntad– encontraremos que él estará a nuestra diestra para sostenernos. Y siendo así por él sostenidos, no seremos conmovidos ni desviados, cualesquiera puedan ser las circunstancias de prueba en las que estemos: ora sea oposición, menosprecio o sufrimientos a las cuales podamos tener que afrontar.

«Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción» (v. 9-10).

Esta vida perfecta tiene su gozo y su alegría, aunque no sea el gozo de este mundo, que depende de las circunstancias exteriores. El Señor dice: «Se alegró por tanto mi corazón», lo que no significa que sus circunstancias fueran brillantes. El gozo reside dentro del corazón; de esta misma manera, David pudo decir: «Tú diste alegría a mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto» (Sal. 4:7). El gozo y alegría de este mundo existe cuando las circunstancias son prósperas, en el grano y en el vino. El Señor pudo decir a sus discípulos: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:11).

El gozo del Señor permanece aún en vistas a la muerte; por cuanto su confianza está todavía puesta en Dios: «Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción» (v. 10). Cristo es desde luego «el Santo», y los creyentes somos «santos y amados», y como a tales podemos conocer la belleza de la vida como hombre. Nosotros podemos también mirar a lo alto con confianza, sabiendo que Dios no dejará nuestras almas en la muerte ni nuestros cuerpos en la corrupción.

«Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre» (v. 11).

Esta vida es una vida vivida en la luz de la gloria a la cual conduce. Cada senda tiene un fin destinado. «La senda de la vida» conduce dentro de la presencia de Dios, donde hay la plenitud del gozo y delicias para siempre. En toda la oposición con la cual el Señor Jesús tuvo que enfrentarse –la contradicción de pecadores, los insultos y vituperios del mundo religioso, la ignorancia y abandono de los Suyos– él lo soportó todo en la luz del gozo de la gloria que tenía delante de sí. Como leemos: «El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios». La palabra para nosotros es, «Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebr. 12:23).

¡Ay!, cuán a menudo caemos en presencia de las contradicciones e insultos; nos fatigamos a causa de ello, y desmayamos bajo la presión de pesadas pruebas y aflicciones, porque hemos perdido de vista la gloria que hay al final de la ruta –el gozo que nos es propuesto delante de nosotros. En vez de soportar los insultos y la vergüenza sosegadamente, demasiado a menudo volvemos mal por mal, y ofensa por ofensa. Puede que intentemos justificar nuestras palabras ásperas y nuestros denuestos, pero debemos preguntarnos, ¿Es que Jesús hubiese obrado como lo hemos hecho nosotros? ¿Hubiera él hablado como nosotros hablamos?

Entonces, si nosotros queremos pensar, hablar, y actuar como el Señor lo hizo en su senda aquí –si en alguna medida podemos experimentar la bendición de la perfecta vida manifestada por Cristo– tratemos de seguir nuestra senda «puestos los ojos en Jesús» en la gloria –el final de la senda; consideremos cómo Jesús anduvo la senda de la vida. Entonces podremos, por el poder transformador de los afectos de Cristo, aun ahora, transformarnos a su imagen «de gloria en gloria» (2 Cor. 3:18).

Recordemos además que la gracia que ha capacitado al Señor para andar la senda de la vida es válida para nosotros; porque desde su lugar en la gloria, continúa sirviéndonos como nuestro sumo Sacerdote, para socorrernos, simpatizar, y sostenernos mientras procuramos seguir sus pasos en la senda de vida que él nos ha marcado para nosotros. Sea lo que sea a que debamos enfrentarnos, o a lo que seamos llamados a soportar –oposición, insultos o deserciones– recordemos siempre la exhortación: «Esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús» (2 Tim. 2:1).

Tal es la grandeza y hermosura de Cristo, andando aquí la senda de vida, vivida en toda su belleza delante de Dios, y trazada para ser andada por su pueblo aquí: una vida de dependencia bajo la poderosa mano del Padre, de confianza en el corazón de amor del Padre, y sujeción a la voluntad del Padre; una vida llena de hermosura que halla su delicia con el pobre pueblo de Dios –lo más excelente del corazón; una vida de separación del mal, hallando en Dios su futura porción y su presente copa colmada de bendiciones; una vida guiada por los consejos de Dios, la cual le tiene como su único objeto, y tiene al siempre omnipresente Dios para confortarle; y una vida de gozo secreto y alegría que termina al final en la presencia de Dios, donde allí hay «plenitud de gozo; delicias a su diestra para siempre» (v. 11).

Ya ha pasado adelante el Señor,
Nuestra senda marcada él trazó;
Todo es cierto cual fuerte es su amor,
Que al espanto y temor ahuyentó.

Pues la senda en que anduvo el Señor
Le condujo a su Padre y su Dios,
Y de allí –hoy sentado en honor–
Nos da fuerza a seguir de él en pos.

¡Qué descanso tendremos por fin
Cuando estemos «con Cristo» en fulgor!
Gozaremos su amor –¡qué festín!
Santa paz junto a nuestro Señor.

(Traducción de un cántico desconocido).


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