Inédito Nuevo

La armadura completa de Dios

Efesios 6:10-20


person Autor: Henri ROSSIER 18

flag Tema: La lucha cristiana


Notas tomadas de una meditación

Debemos recordar que todos los esfuerzos de Satanás contra los santos, contra nosotros, tienen como objetivo separarnos de las cosas celestiales, de Cristo.

Satanás busca interponerse entre nosotros y Cristo, entre nosotros y las cosas celestiales, para que no las disfrutemos o perdamos el disfrute de ellas. Su propósito es quitar a Cristo, quitar el cielo de delante de nuestros ojos. Despliega todas sus artimañas, por un lado, y todo su poder, por otro, para asustarnos, para impedirnos avanzar o para hacernos retroceder.

Israel, en el desierto y en Canaán, nos presenta un ejemplo de cómo es la lucha con Satanás: cuando atraviesa el desierto, Amalek (Satanás actuando a través de la carne) obstaculiza su camino. Cuando ha cruzado el Jordán, el enemigo erige una fortaleza ante él para impedirle entrar en posesión del país, y una vez que ha entrado en el país, trata de impedirle mantener esa posesión y disfrutar de ella, pues, para disfrutar de las cosas celestiales hay que haber puesto el pie en cada porción de la tierra prometida. Debemos tomar posesión gradualmente, y a esto se opone Satanás.

La Epístola a los Efesios nos introduce directamente en el cielo. Somos bendecidos «con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo»; nos coloca «santos e irreprochables delante de él, en amor» (Efe. 1:3-5); nos da una herencia, una porción con Cristo; nos asienta en los lugares celestiales en Él; introduce a los cristianos en la plena posesión de las cosas celestiales en Cristo, antes de que entren en la gloria.

Ahora encontramos, al final de la epístola, que se trata de luchar, para que Satanás no nos impida disfrutar de estas cosas. Satanás tiene dos armas igualmente peligrosas. La primera de estas armas, mencionada en 1 Corintios 15:12; 2 Tesalonicenses 2:2 y 2 Timoteo 2:8, son las falsas doctrinas que introduce subrepticiamente en la Iglesia, entre los hijos de Dios. Por este medio busca menospreciar a Cristo, separar a los cristianos de Cristo, quitarles el disfrute de las cosas celestiales, quitarles la esperanza.

Su segunda arma, a la que se refiere más especialmente en este pasaje, y que emplea con frecuencia y contra la que tenemos que luchar, es hacer que nuestros corazones y nuestras mentes vuelvan al mundo, para que nos sentemos y nos acostemos a gusto entre los muertos, en medio de las tinieblas, como si perteneciéramos a ellas. Nos hace cerrar los ojos a nuestra esperanza, a la espera de Cristo, y el mundo ya no puede descubrir en nosotros a los cristianos que esperan al Señor.

Esto es lo grandioso para Satanás: quitarnos el disfrute de las cosas celestiales, hacernos perder la vista de ellas, quitarnos la luz, asimilarnos al mundo, a las tinieblas, hacer de nosotros, en lugar de una carta de Cristo «conocida y leída por todos los hombres» (2 Cor. 3:2), una carta del mundo conocida y leída por el mundo.

El peligro está ahí –para nosotros hoy– y es a este peligro al que se refieren casi siempre los pasajes que tratan de la lucha cristiana. Consideremos algunos de ellos, comenzando por Romanos 13:11-12, 14: «Conociendo el tiempo, que ya es hora de despertarnos del sueño; porque ahora la salvación está más cerca que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día se acerca; desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz… Revestíos del Señor Jesucristo». Satanás quiere que los creyentes pertenezcan a las tinieblas, para que pierdan de vista la esperanza que tienen ante sí. Pero aquí hay un cristiano que ha luchado, que se ha puesto una armadura, garantizándolo en medio de la oscuridad. Esta armadura es la propia luz, y mientras esté revestido con estas armas de luz, mientras tenga la luz como armas, ¿cómo pueden las tinieblas tener alguna influencia sobre él? Yo velo, y el mundo reconoce que hay algo que me separa del carácter del mundo. El mero hecho de velar demuestra que no pertenezco a las tinieblas, y que espero esa «salvación tan grande» que fue anunciada por el Señor (Hebr. 2:3). Cuando hago esto, todo el poder de Satanás ya no puede hacer nada contra mí (1 Tes. 5:4-8): «Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que el día os sorprenda como ladrón; porque todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios» (¡lo contrario de lo que es el mundo!) «Porque los que duermen, de noche duermen; y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, siendo del día, seamos sobrios, vestidos con la coraza de la fe y del amor, y, por casco, la esperanza de salvación». Esto es lo que necesitamos para luchar contra esta tendencia a dormirnos, que nos impide esperar a Jesús que viene del cielo.

En estos versículos tenemos tres partes que constituyen una coraza completa. Si en el capítulo 1 vimos que la fe, el amor y la esperanza son lo que caracteriza el caminar cristiano, aquí vemos que estas mismas cosas son las verdaderas armas para resistir a Satanás. Si Cristo es el objeto de mis afectos, así como de mi fe, si su venida es el objeto de mi esperanza, me es imposible dormir. Mi corazón está lleno de un objeto excelente que me impide dormir. Tengo por casco, sobre mi cabeza, la esperanza de la salvación. La armadura que tenemos que ponernos resiste ese sueño en el que Satanás busca hacernos caer.

El ministerio del apóstol tuvo que vérselas de manera especial con el primer esfuerzo de Satanás, con las falsas doctrinas. Alude a ello en 2 Corintios 10:4. Sus armas son espirituales y Jericó cae. Lo mismo ocurre en 2 Corintios 6:7. Pablo se ponía en la brecha, armado con todas las armas para resistir por los demás. Solo él comenzaba la batalla golpeándose a sí mismo (1 Cor. 9:27). La espada, como en Hebreos 4, debe ser aplicada primero a nuestra propia conciencia, antes de poderla usar contra Satanás.

Pero nosotros mismos, debemos tener cuidado de no dormirnos. Cada uno de nosotros puede decir que esa es nuestra tendencia, pero que hay momentos en los que el Señor despierta y refresca –hay momentos en los que, a todos, se nos abren los ojos. ¿Cuánto tiempo dura? ¿Cuánto tiempo nos mantenemos en la sobriedad? ¿Cuánto tiempo velamos? Nuestros ojos se cierran, el sueño se apodera de nosotros y nos sumimos en la oscuridad, en el mundo, y Cristo pierde su valor para nuestras almas. El poder de Satanás ha prevalecido. Siempre está despierto, cuando dormimos; merodea, obrando para devorar las almas, para enfriar los corazones, para desviar los afectos por Cristo.

Para poder resistir, «vestíos de toda la armadura de Dios», dice el apóstol, «para que podáis estar firmes contra las artimañas del diablo». Tenemos que tener cuidado de no ponernos la armadura en los días malos. Se necesita tiempo para ponerse una armadura, y el enemigo viene inesperadamente a nuestro encuentro. No, debemos estar constantemente bajo las armas. Cuando lleguen los días malos, debemos haber tenido que ver con Dios y habernos equipado con todas nuestras armas en el arsenal de Dios. Estas armas deben revestirnos de cabeza a pies, para que estemos preparados en los días malos y nos mantengamos firmes. Pablo alude a esto cuando dice: «para que podáis estar firmes». No solo debemos vencer una vez, sino mantenernos siempre firmes.

Sabe que somos incapaces de resistir el poder del enemigo por nosotros mismos, y dice: «Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza» y, entrando en el detalle de la armadura, describe sus dos partes. Uno tiene un carácter defensivo, el otro un carácter ofensivo. La primera parte, es la parte defensiva, lo que yo llamaría las armas pasivas. La segunda, es la parte ofensiva o las armas activas. No se puede pasar a la ofensiva sin haberse puesto primero la armadura completa.

Todas las partes de la armadura defensiva son cosas absolutamente prácticas. Se trata de un estado práctico, no de posición, ni de conocimiento doctrinal. La primera parte de la armadura, es el cinturón de nuestros lomos: «Teniendo los lomos ceñidos con la verdad». El cinturón, aplicado a nuestros lomos, es decir a lo más oculto, al hombre interior. Se aplica para fortalecerlo. El cinturón, por tanto, significa fuerza, y la fuerza se encuentra en la verdad. –El cinturón, el poder, es la verdad misma.

La verdad se compone de tres cosas inseparables:

1. El Señor dice: «Yo soy… la verdad» (Juan 14:6).

2. También dice: «Santifícalos en la verdad» (Juan 17:17).

3. Y de nuevo: «El Espíritu es la verdad» (1 Juan 5:6).

La Palabra aplicada a nuestro hombre interior nos trae la persona misma de Cristo por el poder del Espíritu Santo. El cinturón de la verdad es el arma más oculta, la que está en el fondo de todas las demás. El cinturón juega su papel en todas las circunstancias de nuestra vida:

• Israel se ceñía para la marcha (Éx. 12:11).

  • Aquí nos ceñimos para la batalla (Efe. 6:14).
  • El cinturón del sumo sacerdote era necesario para el culto (Lev. 16:4).
  • En Lucas 12:35 y siguiente, era necesario para esperar. Necesitamos la Palabra, fortaleciendo nuestro hombre interior, para esperar a Cristo.
  • En el mismo capítulo, versículo 37, se necesita para el servicio. También era necesario para presentar la Palabra a las almas; los portadores de la palabra profética se ceñían con un cinturón de cuero (2 Reyes 1:8; Mat. 3:4).

En una palabra, en todas las grandes funciones de la vida cristiana, es necesario que estemos en contacto con la Palabra que nos habla de Cristo y nos permite resistir la influencia adormecedora de la actividad de Satanás. Noten, repito, que no se trata aquí de una cuestión de posición, ni de conocimiento, ni de inteligencia, sino del estado práctico de un corazón cuyos afectos están comprometidos con Cristo.

La verdad nos trae un objeto para nuestros afectos. Si tenemos otro cinturón que el de la verdad, nuestros afectos están puestos en otros objetos, en el mundo, en las obras del mundo, y gastaremos nuestra energía en adquirir cosas que nos separan de Cristo, y así perderemos las únicas bendiciones que necesitamos. Seamos conscientes de este hecho, que a menos que estemos continuamente en relación con Cristo a través de su Espíritu y su Palabra, no podemos permanecer firmes ante el enemigo. El cinturón es, pues, un estado subjetivo del alma.

«Y vestidos con la coraza de la justicia». El apóstol escribió a Tito 2:11-13: «La gracia de Dios… enseñándonos que… vivamos sobria, justa y piadosamente en el presente siglo». Se trata de justicia práctica, y no de una posición de justicia ante Dios. Esa justicia, es estar separados del mal y del pecado en nuestro camino. La justicia ante Dios es siempre la ausencia de pecado, pero debemos mostrarla prácticamente por la conducta en medio del mundo. Un hombre justo se comporta con justicia. Si el cinturón se aplica a los lomos, los afectos están en orden. Si se ha puesto la coraza de la justicia, su conciencia está en orden.

1 - Satanás solo ataca al viejo hombre

Tenemos que mostrar esa justicia práctica que agrada a Dios y tener esa buena conciencia ante Dios y los hombres. De este modo, podremos avanzar, y los golpes de Satanás se verán apagados por la armadura que llevamos.

Cuando mi conciencia no está en buen estado y no se juzga a sí misma en presencia de Dios, Satanás logra detenerme, entonces tiene todo poder sobre mí.

«Calzado los pies para estar preparados a anunciar el evangelio de la paz». Recibí el Evangelio en mi alma y me trajo la paz. Es la gracia de Dios la que ha hecho esto; por la fe, tengo paz; el estado de enemistad ya no existe y estoy en el terreno de la paz con Dios. Esto me hace humilde. Pienso en lo que Dios ha hecho por un pobre y miserable pecador, y camino humilde y apaciblemente en medio de este mundo.

No olvidemos, sin embargo, que se trata de luchar, y no de caminar, y el cristiano no puede ir descalzo. Y si avanza con espíritu humilde, no podrá conducirse, en la batalla, con otro espíritu.

«Sobre todo, tomando el escudo de la fe, con el que podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno». Por encima de todo… Hay que poner una pieza de armadura por encima de todo, una pieza que se vea bien por fuera.

El escudo era el arma de la mano izquierda, con la que uno se protegía de los golpes del Enemigo. Esta palabra «fe» es de nuevo algo práctico: la confianza en la bondad y la gracia inalterable de Dios.

Pero si no tenemos la coraza de la justicia, si tenemos una mala conciencia, o si no tenemos el cinturón, nuestros afectos apegados a Cristo, ni nuestros pies calzados, si tenemos soberbia; si el estado del corazón y de la conciencia, y la conducta no están en orden, entonces solo podemos confiar en nosotros mismos; ya no podemos tener esa confianza inalterable en Dios. «Para que no confiásemos en nosotros mismos» (2 Cor. 1:9), dice el apóstol.

Con el escudo de la fe, puedo seguir adelante. ¿Qué puede hacerme Satanás? Si tengo mala conciencia, me escondo de Dios, y si no soy llevado al juicio de mí mismo ante Dios, dejo caer el escudo de la fe, los dardos de fuego del maligno llegan hasta mí. Estoy derrotado y pierdo hasta la seguridad y el conocimiento de mi salvación.

2 - «Tomad el yelmo de la salvación»

Si la fe es la confianza en lo que Dios es, el casco de la salvación, es el gozo de lo que Dios ha hecho por mí. Si tengo el casco sobre la cabeza, el enemigo no puede asestar un golpe mortal a mi cabeza. Si voy a la batalla, confiando en Dios, regocijándome en lo que Él ha hecho, tengo la armadura práctica, «la armadura completa de Dios».

Ahora vienen las armas ofensivas –tengo dos– la primera, es la espada del Espíritu. «La espada del Espíritu, que es la palabra de Dios». Puedo usarla. Eso es lo que hizo Jesús, que como hombre estaba revestido con la armadura completa de Dios. ¿Se ha ceñido algún hombre con el cinturón de la Verdad como Él, para quien la Palabra haya sido aplicada a su hombre interior, que haya caminado en la senda de la justicia, en el camino de la paz, haya llevado el escudo de la plena confianza en Dios, que se haya apoyado en el Dios de su salvación, que haya tomado la espada del Espíritu en perfecta tranquilidad, para presentar su punta a Satanás? Y Satanás huyó de Él.

3 - La segunda arma ofensiva es la oración

«Orando en el Espíritu mediante toda oración y petición, en todo momento, y velando para ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos, y por mí, para que cuando yo abra la boca, me sea dada la palabra para hacer conocer con denuedo el misterio del evangelio».

¡La oración! Qué tema tan importante. «Toda oración y petición»; esto no significa repetir la misma oración por el mismo objeto todos los días. Fueron estas oraciones y súplicas las que el Señor Jesús conoció tan bien, «quien en los días de su carne ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, siendo escuchado y atendido a causa de su piedad» (Hebr. 5:7).

El Señor es el ejemplo perfecto que es presentado ante nosotros en esto como en todas las cosas. También tenemos un ejemplo de cómo son las oraciones y súplicas en Daniel (cap. 9). Cuando se entera de que ha llegado el momento de la liberación, no deja de arrodillarse orando y suplicando.

Obsérvese que dice «en todo momento», no una o dos veces al día, sino «en todo momento» (6:18). Esto debe caracterizar al cristiano.

Es un arma ofensiva con la que podemos derrotar todo el poder del enemigo.

Cuando Pablo libró una gran batalla por los colosenses y «los de Laodicea» (Col. 2:1), estaba cautivo, pero de rodillas ante Dios, ofreciendo toda clase de oraciones y súplicas en todo momento por el Espíritu.

No se trata de que las cosas repetimos simplemente porque se han presentado dos, tres, diez veces, y es fácil presentarlas una undécima vez.

Estas oraciones y súplicas deben ser «en el Espíritu» «con toda perseverancia». Cómo el apóstol acumula términos, para definir bien cuál debe ser la actitud cotidiana del cristiano, de todos los cristianos.

4 - «Oración y petición… por todos los santos»

Tenemos que presentar, no nuestras necesidades, las de nuestras familias, las de una asamblea local. No estamos limitados a este pequeño círculo. Tenemos que hacer súplicas por todos los santos, todos sin excepción, millones de ellos en el mundo. Y añade: «y por ».

Se trata de la obra de Dios, del ministerio del Señor Jesús en el mundo. Cuánto más fructífero sería el ministerio cristiano si todos los santos oraran por aquellos que Dios emplea para llevar su Palabra o para presentarla a los santos.

Hay veces que el siervo que Dios emplea experimenta un cansancio, una cierta sequedad hacia las almas, cuando se trata de presentar la Palabra. Si esto no viene de una condición personal, de tener que juzgarse a sí mismo ante Dios, ¿no viene del hecho de que los santos descuidan esta recomendación del apóstol y no presentan oraciones y súplicas por el siervo de Dios en todo momento?

El cristiano debe estar atento a esto, es decir, de no conformarse con tener la Palabra de Dios, sino de estar en relación directa con Dios. La oración es el signo de la dependencia, y tenemos que orar por todas las cosas, la obra evangélica, la obra ministerial.

Y fíjense que esto se refiere a cada uno de nosotros, no solo a las reuniones de oración.

¿Tenemos esa parte de la armadura, que tenían Samuel y Daniel, caracterizada por la oración?

¿No vemos al Señor Jesús siempre en oración y súplica, sobre todo lo que constituía la gloria de su Padre?

Necesitamos ese estado práctico que hace que podamos resistir a las artimañas del Enemigo que busca desviarnos, por todos los medios posibles, de nuestra comunión con nuestro Dios y nuestro Señor Jesucristo.

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1930, página 215


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