Inédito Nuevo

El grito de medianoche: la llegada del Esposo

Mateo 25:1-13


person Autor: Henri ROSSIER 41

flag Temas: La esperanza personal del regreso del Señor La esperanza de la Iglesia


Estos versículos presentan al Señor como el Esposo que viene. Las diez vírgenes salen a su encuentro; parecen formar un grupo homogéneo, pero en realidad está compuesto por dos partes de caracteres morales completamente opuestos. «Cinco de ellas eran insensatas, y cinco prudentes». Estas vírgenes salen. En este acto, no se trata propiamente de que venga a llevarnos a él, sino de nuestra responsabilidad, pues nuestro deber es ir a su encuentro. Para salir, debemos dejar, como Abraham, el lugar donde vivimos, nuestro país y nuestros parientes; olvidar, como la novia del Salmo 45, a su pueblo y la casa de su padre; pero ¿tendrá lo que dejamos algún valor, algún poder para retenernos, cuando se trata de ir al encuentro del Esposo?

Las vírgenes están llamadas a formar su cortejo cuando entra en el banquete de bodas. Por ello, se proveen de lámparas, o más exactamente de antorchas (comp. Juan 18:3), que deben ser alimentadas con aceite, y llevan este suministro indispensable en recipientes. ¿De qué sirve una comitiva nocturna sin antorchas? ¿Honraría al que está escoltado? ¿No debería la persona del Esposo estar puesta a la luz a los ojos de la multitud por los que le acompañan?

Las vírgenes insensatas, al tomar sus lámparas, habían olvidado proveerse de aceite. Nadie habría sospechado esto hasta el momento de la formación de la comitiva. Cuando preparaban sus lámparas, podían incluso dar una apariencia de luz; de hecho, las oímos decir a las prudentes: «Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan»; pero esta luz solo podía durar mientras se consumía la mecha de sus antorchas.

Este relato nos presenta una gran verdad: aunque la profesión cristiana pertenece a todos, porque las vírgenes insensatas tienen las mismas lámparas que las prudentes, la profesión no es en absoluto suficiente para iluminar la persona del Esposo. Su venida mostrará que la profesión sola no es mejor que las tinieblas más profundas. Lo que da valor a la profesión, es la vida que la acompaña. El aceite suele ser en la Palabra el emblema del Espíritu Santo, y el Espíritu es inseparable de la vida. La profesión y la vida en conjunto forman el testimonio. Tenemos que dar testimonio del Esposo hacia el que hemos salido. Las vírgenes que no lo hacen son «insensatas». Pensamiento fatal, insignia de locura, en verdad, imaginar poder escoltar al Esposo, el día de la boda, con apariencias y sin la realidad del testimonio. Lo único que da derecho a la escolta a entrar en la boda, es la lámpara con su aceite.

Esta parábola también señala un hecho angustioso: «Como tardaba el esposo, todas cabecearon y se durmieron». Su sueño duró mucho tiempo, ha durado siglos. Las vírgenes, sin duda, entraron en algún lugar similar al que habían salido al principio, pues «a la media noche se oyó un grito: ¡He aquí que el esposo! ¡Salid a su encuentro!». Habían encontrado un lugar propicio para su sueño. Al principio, el pueblo cristiano se había desprendido de todo lo que tendía a atarlo, para ir al encuentro de Jesús; pero el mundo, el amor al bienestar, las mil atracciones del “lugar oscuro”, pronto apagaron este primer celo. En algún momento del siglo en el que vivimos, el grito «¡He aquí el esposo!» resonó en medio del cristianismo profeso. Sin embargo, el Esposo aún no ha aparecido. Pasa algún tiempo entre el grito y su venida. Este intervalo, no lo olvidemos, es suficiente para probar la condición moral de cada uno de nosotros. Las lámparas de las vírgenes insensatas tienen tiempo de apagarse y mostrar, por desgracia, que son inútiles en la comitiva; las vírgenes prudentes tienen tiempo de “prepararse” y estar en su sitio cuando llegue el Esposo. Recordemos que, si nuestras lámparas no brillan antes de que él venga, no podremos entrar en las bodas con él.

Deseo ser breve, pero las preguntas presionan mi pluma. Todos hemos oído el grito de medianoche. ¿Nos dejó indiferentes? ¿Hemos aprovechado el intervalo que nos separa del momento de su venida? ¿Tenemos quizás la tentación de adormilarnos y quedarnos dormidos por segunda vez? Recordemos que no habrá un nuevo grito. El tiempo es corto, el momento se acerca. ¿Nos encontrará el Esposo velando? ¿Nos sorprenderá su llegada? ¡Qué preguntas tan serias! Que podamos responderlas por los hechos, o más bien por el mero hecho de ser encontrados por él como sus testigos. «Las preparadas entraron con él al banquete».

¿Y las otras? «¡Mejor es que vayáis a los que las venden, y comprad para vosotras!» Es demasiado tarde; han perdido la oportunidad ofrecida a todas de conseguirla. «Mientras ellas iban a comprar, vino el esposo». Ahora se apresuran, llegan con las antorchas apagadas; la puerta está cerrada. Llaman a la puerta: «¡Señor, Señor, ábrenos!» ¡Es demasiado tarde! Son dejadas en las tinieblas de fuera, con sus lámparas inútiles, separadas para siempre de Aquel que les dijo: «No os conozco».

¡Velemos, pues!, porque no conocemos ni el día ni la hora.

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1994, página 286


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