Inédito Nuevo

Jesús en medio de los suyos

Juan 20:19-23


person Autor: William Wooldridge FEREDAY 15

flag Tema: La asamblea reunida


Siempre es muy conmovedor examinar los últimos capítulos de los Evangelios, meditar sobre el sufrimiento, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesús. Nada tiende más a calentar nuestros afectos e inclinar nuestros corazones a adorarlo. Nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio a Dios, perfume de buen olor, borrando, en ese momento supremo, todos nuestros pecados, en toda justicia, ante Dios. Juan 20 lo presenta, resucitado; la muerte no pudo retenerlo. Cumplida su obra, anulada la muerte y glorificado Dios, resucitó al tercer día con vistas a la gloria a la diestra del Padre.

Después de darnos los detalles de su resurrección en el Evangelio según Juan, el Espíritu nos presenta 4 imágenes sorprendentes e instructivas: en primer lugar, se muestra de nuevo al resto creyente judío en la persona de María Magdalena, induciendo a sus corazones a dejar las esperanzas terrenas por una relación con él y con el Padre en el cielo, adonde se dirigía (véase Juan 20:17-18); en segundo lugar, se manifiesta a los discípulos reunidos, imagen de la asamblea cristiana congregada en torno a él (20:19); en tercer lugar, se da a conocer a Tomás, disipando todas sus dudas, signo de lo que hará por la nación de Tomás en un día aún por venir (20:27); por último, en el mar de Tiberíades, en la extraordinaria pesca (21:6), tenemos una imagen milenaria de la reunión de las naciones gentiles para la bendición.

Por el momento, deseo llamar la atención sobre la segunda de estas imágenes. «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban juntos los discípulos, por temor de los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros» (v. 19). Aquí, la asamblea cristiana está presentada de manera notable. Pero que el lector no se equivoque. Aunque los discípulos reunidos, con el Señor en medio de ellos, nos hablan llamativamente de la Iglesia, ellos no eran la Iglesia de Dios en aquel tiempo. La Iglesia no existió como tal hasta que Jesús fue glorificado y el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés. Los que se salvaron ni siquiera lo sabían entonces. Solo cuando fue suscitado el apóstol Pablo, nacido a su debido tiempo, que el misterio de Dios fue revelado. Así pues, aunque los discípulos de Juan 20 se habían convertido en la Iglesia, e incluso en sus primeros miembros, todavía no eran la Iglesia en el día del que estamos hablando. Pero su posición y su privilegio, especialmente la presencia del Señor en medio de ellos, lo anunciaban muy expresamente.

El Espíritu cuida decirnos que fue el primer día de la semana cuando Jesús vino a estar en medio de ellos. El Señor da así su aprobación, por así decirlo, a la reunión de sus santos en ese día; ¡y qué día más apropiado! Antes, era el séptimo día –el sábado– el que estaba reservado para adorar a Dios. Se podría pensar que la diferencia entre el séptimo día y el primer día es solo una ligera diferencia de palabras. La diferencia es fundamental. El séptimo día ponía fin a la semana laboral del hombre; forma parte de la Ley del Sinaí, con solemnes consecuencias si se quebranta. El primer día de la semana no se refiere en absoluto al trabajo del hombre, sino a un orden de cosas totalmente nuevo, introducido por Dios y basado en la muerte y resurrección del Señor Jesús. Nos habla de la eliminación de la carne sin valor, de la redención lograda, de la justicia cumplida, de una nueva creación en la que todo es de Dios. Por eso los cristianos se reúnen en este día para recordar triunfalmente al Señor y anunciar su muerte, partiendo el pan hasta que él venga.

Es casi costumbre confundir los 2 días, como si fueran esencialmente idénticos, pero la diferencia es inmensa. Uno es del judaísmo, el otro del cristianismo. Desgraciadamente, la vuelta al judaísmo, con sus elementos mundanos, sus fiestas y sus sábados, se produjo muy pronto. Basta leer las Epístolas a los Romanos y a los Gálatas para ver con qué ardor el apóstol resistía a la acción de esta levadura. Pero a medida que el llamado celestial se difuminaba más y más en las mentes de los hombres que llevaban el nombre del Señor, y también el sentido de la gracia divina, el judaísmo avanzó rápidamente, de modo que incluso hoy el cristianismo de las Escrituras parece una doctrina extraña para la mayoría.

Así pues, el Señor vino en medio de los suyos el primer día de la semana, el mismo día de su resurrección. Si estudiamos los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas, veremos que este día se convirtió en el día oficial de reunión de la Asamblea de Dios, cualesquiera que fuesen las otras ocasiones que hubiese tenido de reunirse para mutua edificación y bendición. En Hechos 20:7 dice: «El primer día de la semana, como estábamos reunidos para partir el pan». Esa era la costumbre. No estaban reunidos para escuchar a Pablo, que al día siguiente los dejaría para siempre, sino para partir el pan. Esta no era una costumbre local en Troas, sino una costumbre acordada de la Iglesia de Dios en aquel tiempo. Así pues, ese día el Señor ocupó su lugar entre los suyos. ¡Qué alegría para ellos! ¿Es de extrañar que leamos: «se alegraron los discípulos, viendo al Señor»? ¿Acaso su bendita presencia no es el cielo para nuestras almas? ¿Qué sería la gloria sin Cristo? Si pudiéramos ir allí y no encontrar a Cristo, ¿satisfaría eso nuestros corazones? No, mejor un cuchitril con Cristo que la gloria sin él. El corazón renovado encuentra su deleite solo en Cristo; es en su bendita presencia donde florecen nuestras almas.

La presencia de Jesús en medio de sus santos es tan real hoy, aunque él esté en el cielo, glorificado. Lo que dijo: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20), sigue siendo verdad. ¡Qué recurso en este día de debilidad y bancarrota! Él no ha cambiado para con los suyos. Si miramos atrás, nuestros corazones están humillados y abatidos por 2.000 años de inmensa bancarrota, pero él es tan fiel como siempre a aquellos que, con la sencillez de la fe, se vuelven a él. ¡Qué consuelo! Si no tenemos nada más, tenemos a Cristo. ¿Nos basta con eso? ¿Buscamos dones, riquezas o influencias, o es realmente a Cristo? A menudo pienso que el Señor tenía en mente un día como este cuando habló de 2 o 3. No había 2 o 3 en los primeros días de la Iglesia; los que creían estaban todos juntos. No había hombres que hablaran palabras perversas, ni lobos peligrosos habían entrado en el rebaño para dispersarlo y devorarlo. ¡Cómo han cambiado las cosas hoy! Sin embargo, sus palabras siguen siendo válidas hasta el final. «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Necesitamos hacer realidad su presencia más profundamente. Corregiría muchas de las cosas que nos hacen gemir ante él. ¿Llegarían tarde los santos el primer día de la semana si sintieran que el Señor está allí? ¿Hacia quién nos reunimos? ¿A quién encontramos? ¿Me atrevería a hacer esperar a Aquel que se digna venir en medio de sus santos reunidos? Es más, cuando estamos juntos, ¡qué tranquilidad reinaría si pudiéramos sentir su presencia! La prisa, la impaciencia o las manifestaciones carnales no nos harían sufrir, si cada uno de nosotros hiciera realidad el hecho simple pero vital de que el Señor está allí. Se notaría en nuestra vestimenta, en nuestras palabras, en todo nuestro comportamiento. Que el Señor nos conceda tener el corazón ejercitado ante él.

Fíjese en el lugar donde están separados estos discípulos. Estaban confinados dentro; el mundo –el mundo que dio muerte a Cristo– estaba fuera. Es cierto que las circunstancias eran peculiares en aquel momento, pero el principio permanece. ¿Qué tiene que ver la Iglesia con el mundo? ¿Dónde está escrito que todos los feligreses se unen a los santos en “culto público”? ¿Dónde encontramos tal idea de “culto público” (o lo que se entiende por ello) en la Palabra de Dios? Estamos llamados a dar testimonio al mundo, a predicarle el Evangelio y a advertirle que huya de la ira venidera; ¡pero adorar con el mundo! Ni mucho menos. Juan 13:1 dice: «Los suyos que estaban en el mundo». Si pertenecemos al círculo llamado «los suyos», no podemos pertenecer al otro círculo, «el mundo». Los 2 son distintos y opuestos en naturaleza y carácter.

Las primeras palabras del Señor a sus discípulos son: «Paz a vosotros». Esto es muy valioso después de la obra que él realizó. Volvía de la batalla, el enemigo había sido derrotado, la obra estaba cumplida, la justicia divina estaba satisfecha. Por eso vuelve a aquellos por quienes sufrió, y anuncia el resultado grandioso y bendito. No solo eso, sino que «dicho esto, les mostró sus manos y su costado», como diciendo: “Mirad cómo se ha hecho la paz”. La hizo con la sangre de su cruz. Ninguna otra cosa habría bastado.

Cuando Juan vio al Cordero en la gloria, era «un Cordero como sacrificado». Las marcas del Calvario nunca se borrarán de su santa persona. Cada vez que le miremos allí (pero, ¿podríamos dejar de mirarlo?), nuestro corazón recordará lo que le costó redimirnos para Dios.

Pero hay más en Juan 20: «Jesús, pues, les dijo otra vez: Paz a vosotros. Así como el Padre me envió a mí, yo también os envío» (v. 21). ¿Se trata de una repetición innecesaria? No, no hay nada parecido en las Escrituras. En este versículo, el Señor da una orden y, en relación con ella, por segunda vez dice: «paz». Quiere que los suyos lo sirvan con el alma en paz. ¿Cómo podríamos servirle de otro modo? Qué paz de espíritu produce la firme certeza de que la paz ha sido hecha y es nuestra; y lo que es más, ¡que guarda el corazón y la mente! Las circunstancias del servicio y del testimonio son a menudo desalentadoras, y a veces se tiende a abandonar; pero su palabra «Paz a vosotros» viene a nosotros y el corazón descansa y está sostenido.

Es una misión bendita, pero solemne. Así como el Padre envió al Hijo, el Hijo envía a los suyos al mundo. ¡Qué posición para nosotros! Tomados del mundo, entregados al Hijo, luego enviados al mundo para actuar en su nombre. El Hijo estuvo en la tierra para dar a conocer a Dios y dar testimonio de la verdad; el mismo lugar es, en cierta medida, el nuestro. De hecho, es un privilegio que se nos permita pasar unos años en la tierra antes de ser llevados al cielo. Cuando nos llamó por primera vez a conocerlo, su objetivo era colocarnos en la Casa del Padre; y podría haberlo hecho en ese mismo momento si hubiera querido. Pero prefirió darnos tiempo en la tierra para que actuáramos por él. No podemos dar testimonio en el cielo. Tal servicio debe hacerse en la tierra, y cuanto más difícil y penoso sea –cuanto más sufrimiento y reproche– tanto más encontrará su aprobación y recompensa en el día que se acerca.

Y dicho esto, sopló en ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). Este pasaje puede presentar serias dificultades para algunos. No se trataba todavía del don del Espíritu Santo como persona divina que habitaba en ellos –para eso tenían que esperar a que Jesús fuera glorificado. En Hechos 1:5 se dice: «Vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo, dentro de pocos días», palabra pronunciada después de la escena que tenemos ante nosotros. Para comprender plenamente el acto del Señor, tenemos que remontarnos a un acto similar en Génesis 2. Allí, el Señor Dios forma primero el cuerpo del hombre a partir del polvo de la tierra, y luego insufla en su nariz el aliento de vida. Esto es lo que distingue al hombre de las bestias. Aquí, el Señor, resucitado de entre los muertos, habiendo realizado la redención, insufla su propia vida resucitada, por medio del Espíritu Santo, en sus queridos discípulos. No cabe duda de que antes estaban convertidos; ahora el Señor les hace partícipes de una vida más abundante con él. Es de suma importancia comprender que la vida que tenemos en Cristo es una vida de resurrección. ¿Qué tiene que ver el juicio con esto? ¿Qué tiene que decir la Ley al respecto? Es victoriosa y está fuera del alcance del enemigo. En Romanos 8 se ilustra la diferencia entre el Espíritu como vida y su morada en nosotros. En los versículos 1-11 no se trata tanto de su presencia personal como de que es el Espíritu de vida, que inspira nuestros pensamientos y caminos, y da carácter a nuestra vida en la tierra; en los versículos 12-27 se le ve más bien como una persona distinta que mora en nosotros, testifica con nuestro espíritu, simpatiza con nosotros en nuestros suspiros y penas, y él mismo intercede por nosotros según Dios.

Consideremos atentamente las siguientes palabras del Señor: «A los que perdonéis los pecados, les son perdonados; y a los que se los retengáis, les son retenidos» (v. 23). ¡Cuánto se han malinterpretado e incluso pervertido! Durante mucho tiempo se afirmó que otorgaban a una clase de sacerdotes la autoridad de absolver a sus semejantes de las consecuencias eternas de sus pecados. Pero seamos claros: no existe una clase sacerdotal en el cristianismo. Había una en Israel, pero la redención aún no se había consumado, y los del pueblo no podían entrar por sí mismos en su presencia en el santuario. Pero desde la muerte y resurrección de Cristo, ¿es así? Por supuesto que no, de lo contrario, ¿qué habría logrado? El velo está rasgado, todos los que creen son constituidos sacerdotes de Dios –un sacerdocio santo–, todos pueden acercarse sobre la base de la sangre derramada una vez por todas. Además, tenemos un gran Sumo Sacerdote en la presencia de Dios, por nosotros. Por tanto, afirmar que hoy existe una clase sacerdotal es la negación del cristianismo; pone a las almas en la esclavitud, en las tinieblas y lejos de Dios. Nunca insistiremos demasiado en este punto. Las masas que profesan el nombre de Cristo se entregan a esto y a cosas peores: prefieren la esclavitud, las tinieblas y el alejamiento a la libertad que Cristo proporciona y a la bendita cercanía a Dios en la luz, que es la verdadera e inalienable porción de todos los que creen.

Si el Señor hubiera pretendido conceder un privilegio o autoridad oficial, al menos deberíamos haber leído “se reunieron los apóstoles”. Esta suposición podría entonces haber estado justificada, pero el Señor es más sabio que los hombres. Era muy consciente de la pretensión de sucesión apostólica, y no quiso dejar lugar a tal ilusión en el versículo que nos ocupa. Por eso no dice “los apóstoles”, sino «los discípulos», término este último que incluye a todos los creyentes, apóstoles o no. Por cierto, el título «apóstol» nunca aparece en el Evangelio según Juan.

Sin duda, muchas personas están seguras de lo que el versículo no significa, pero sin poder explicar lo que sí significa, si se les preguntara. Examinemos el asunto detenidamente en presencia del Señor. Ya hemos visto que la asamblea de los discípulos, con Jesús en medio, es una imagen de la Asamblea cristiana. Aquí, pues, les da autoridad administrativa para recibir o ejercer la disciplina en su propia esfera. Sus palabras tienen aquí esencialmente el mismo significado que las de Mateo 16 y 18. En el capítulo 16, Pedro había hecho la gloriosa confesión de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo; el Señor dijo que sobre esta roca edificaría su asamblea, y luego dijo a Pedro: «Te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en el cielo; y lo que desates en la tierra, será desatado en el cielo» (v. 19). No se trata de consecuencias eternas. El Señor no está hablando de las llaves del cielo, como si Pedro o cualquiera de sus supuestos sucesores tuvieran el poder de excluir a voluntad a las almas de la bendición celestial; sino que está hablando de una administración terrenal que el apóstol ejerce debidamente en los Hechos. En Pentecostés abrió el reino a los judíos, y 3.000 de ellos entraron en él; en la casa de Cornelio lo abrió a los gentiles, y muchos se aprovecharon de él por gracia. Esto fue «desatar», mientras que los casos de Ananías y Simón ofrecen solemnes ejemplos de «atar».

Pero nada se dice de un poder de sucesión, a menos que la palabra del Señor en Mateo 18 deba tomarse como tal. Allí, el Señor habla de la Asamblea, de una compañía reunida para ser informada de la falta de un hermano; dice: «En verdad os digo, que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo». Esto está íntimamente ligado a su propia presencia en medio de los 2 o 3 reunidos en su nombre (v. 18-20). Así pues, la única forma en que se transmite la autoridad concedida a Pedro es la que el Señor ha concedido a sus santos reunidos, por pocos y débiles que sean. En consecuencia, cuando se recibe a una persona del mundo, la asamblea «entrega» o «libera». Si alguien está apartado de entre los santos, la asamblea «refrena» o «ata», y esto con la autoridad de su Palabra y su presencia entre ellos.

Las Epístolas a los Corintios proporcionan una ilustración de esto. En la primera, el apóstol pide a la asamblea que elimine al impío de entre ellos (a quien solo el apóstol, y no la asamblea, habría tenido la prerrogativa de entregar a Satanás para la destrucción de su carne). El hombre fue apartado, quedando su pecado ligado a él. Habiendo dado fruto la disciplina, vemos a Pablo escribir más tarde: «Le basta a esta persona la reprimenda dada por la mayoría. Así que, al contrario, más bien debéis perdonarle y consolarle, no sea que dicha persona sea consumida por una excesiva tristeza» (1 Cor. 5; 2 Cor. 2:6-7). Al recibirlo de nuevo, la asamblea ha perdonado administrativamente sus pecados. La Asamblea es responsable de mantener el honor del Señor. Si se cuela el mal, está obligada, cuando se conoce, a tratar con él en el temor del Señor, de lo contrario pierde todo derecho a ser considerada como la Iglesia de Dios. En estas ocasiones solemnes hay que tener en cuenta 3 puntos: (1) el honor del Señor, (2) la pureza de la asamblea, y (3) la bendición del que ha pecado. Si perdemos de vista el primero, todo lo que hagamos, por bueno que sea en sí mismo, es muy poco; si perdemos de vista el segundo, la conciencia de todos pierde el provecho moral que deberíamos sacar de las circunstancias dolorosas; y si perdemos de vista el tercero, nuestros corazones corren el peligro de volverse duros e indiferentes hacia los que son del Señor y están engañados por el enemigo.

Estar en la Asamblea de Dios es un privilegio inestimable, pero lleva aparejadas solemnes responsabilidades. Que el Señor nos permita a todos comprenderlas mejor.

De la revista «The Bible Treasury» Vol. N° 1, página 231 y sig.


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