Crecer en la gracia


person Autor: Frank Binford HOLE 28

flag Tema: Ser un discípulo


1 - ¿Está usted creciendo en la gracia?

El crecimiento es una de las señales más certeras de una vida saludable. Es así, sea esto en el reino vegetal o en el reino animal, ni tampoco es de otra manera en la esfera espiritual. Nosotros esperamos, por tanto, ver el crecimiento en cada cristiano. En la naturaleza, en un cierto punto, el crecimiento se detiene y comienza el deterioro, pero con el creyente este crecimiento siempre debería continuar.

Ningún creyente sensato espera que una persona convertida en el día de ayer sea algo más que un niño en la esfera espiritual. Pero no se puede esperar que dicha persona permanezca siendo un niño. Con un gran apetito por la comida espiritual saludable, una buena digestión, una gran cantidad de aire fresco del cielo y ejercicio, él está obligado a crecer, y la Escritura «Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pe. 3:18) se aplica a cada uno de nosotros.

2 - ¿Qué es el crecimiento?

El crecimiento espiritual no tiene ninguna relación directa con la edad. Un hombre, con el paso de los años, puede peinar canas, y puede haber pasado muchos acontecimientos que marcaron un hito desde su conversión y, no obstante, puede ser un niño disminuido. Algunos de los creyentes hebreos eran así. Ellos tropezaban con el “silabario” cristiano cuando deberían haber sido maestros; y necesitaban leche cuando ellos deberían haber estado preparados para comida sólida (véase Hebr. 5:12-14).

El crecimiento no está relacionado necesariamente con lo que nosotros hacemos. Puede existir mucho fervor y actividad y, no obstante, ningún crecimiento. Los cristianos efesios ejemplificaron tristemente esto en sus años posteriores. Cuando el apóstol Pablo les escribió su epístola, ellos eran como un árbol plantado junto a corrientes de aguas, verde y vigoroso; pero cuando el Señor se dirigió a ellos por medio de su siervo Juan, aunque reconociendo sus obras, trabajo y paciencia, él tuvo que decir: «Has dejado tu primer amor. ¡Recuerda de dónde has caído!» El brote superior del hermoso árbol joven había sido helado por la escarcha, y el crecimiento fue detenido (véase Apoc. 2:1-7).

El crecimiento ni siquiera depende de lo que nosotros conocemos. Nuestro desarrollo mental puede superar por mucho a nuestro desarrollo espiritual. Un “niño prodigio”, independientemente de lo que él pueda ser en círculos musicales o educacionales, es un objeto digno de compasión en la esfera espiritual, y acaba mal. El neófito (novato, principiante), si es capaz de percibir abstracciones, puede captar rápidamente mucha verdad en su mente, pero no permitan que él asuma que, por consiguiente, él ha llegado a ser un gigante y capaz de enseñar a su abuelo.

Algunos creyentes de los corintios cayeron bajo este engaño. Ellos fueron enriquecidos en «toda palabra y en todo conocimiento» (1 Cor. 1:5); ellos asumieron ser sabios (1 Cor. 3:18); todos ellos trataron de ser maestros (1 Cor. 14:26); ellos incluso permitieron que sus mentes se desmandaran con la verdad cardinal de la resurrección (1 Cor. 15:12, 35). El hecho era que ellos eran ignorantes (1 Cor. 6:2-3, 9, 15, 19; 8:2; 10:1; 12:1; 14:38; 15:36), carnales y nada más que niños (1 Cor. 3:1-3). Ellos usaban su «conocimiento» para daño de algunos de sus hermanos (1 Cor. 8:11). Tal ciencia (conocimiento) solo envanece. El amor edifica (1 Cor. 8:1).

El crecimiento, por lo tanto, es completamente una cuestión acerca de lo que nosotros somos. La epístola misma que nos exhorta a «crecer en la gracia» comienza con una excelente declaración de lo que el crecimiento es realmente. Ella dice así: «Poned todo empeño, y añadid a vuestra fe, virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; al afecto fraternal, amor» (2 Pe. 1:5-7).

Con fe todos nosotros hemos empezado. Pero, si ella ha de servir de mucho, debe añadírsele la virtud. La virtud debe ser controlada por el conocimiento. El conocimiento debe ser temperado por la moderación o dominio propio. La moderación o dominio propio ha de desarrollarse en paciencia (o resistencia). La paciencia (o resistencia) engendra piedad. La piedad produce y desarrolla afecto fraternal. El amor, el amor divino, corona y adhiere todo junto en el corazón del creyente.

Estas cosas, tomen nota, deben estar en nosotros y deben «abundar» (2 Pe. 1:8). No son cosas que uno debe ponerse encima de la misma forma que un hombre se pone un abrigo, sino que deben ser producidas interiormente en el poder del Espíritu Santo, de manera que ellas lleguen a ser parte inherente de nosotros mismos.

El apóstol Pedro deseaba realmente que los rasgos de la hermosa vida de Cristo se reprodujeran en estos creyentes.

El crecimiento, entonces, es una cuestión de carácter. A medida que crecemos nosotros somos moldeados más y más en conformidad a Cristo.

3 - ¿Está usted creciendo?

Pregúntese usted entonces: “¿Está este tipo de cosa sucediendo conmigo? ¿Hay debajo de mi actividad cristiana y del aumento de mi conocimiento bíblico un desarrollo robusto del carácter cristiano?” Habiéndose usted preguntado esto, responda con sinceridad y gran cuidado.

Haciéndolo así, no obstante, un peligro acecha. A la vez que nada es tan de ayuda como el juicio propio delante de Dios, nada es más nocivo que permitir que esta necesaria inspección degenere en ocuparse excesivamente de sí mismo.

Tenga cuidado de no hacer que sus pensamientos se centren morbosamente sobre usted mismo.

Supongamos que tres niños tienen pequeños jardines hermosamente delimitados en los terrenos del padre de ellos. ¡Qué diferentes se ven los jardines! En este la maleza crece espesa y larga, las flores crecen pocas y débiles. ¡No hay ningún rastro de un desplantador y un rastrillo y una regadera! En el segundo jardín todo está ordenado, la maleza es mantenida a ras del suelo, y las flores no siendo de primera clase, están saludables; mientras que el tercer jardín muestra marcas de mucha labor. Efectivamente, está casi fatigosamente ordenado, pero cada flor está inclinada o muerta. ¡Qué fácil es adivinar el carácter de los niños a partir del estado de los jardines! Y si el estilo descuidado, o “hazlo como te plazca”, del número uno ha de ser deplorado, la ansiedad febril condujo al número tres a levantar una y otra planta para ver de qué manera las raíces se desarrollaban es casi igualmente desastroso desde un punto de vista práctico.

Evite ambos extremos. Que el Señor pueda librarle a usted de esa clase de religión descuidada y acomodadiza que jamás le permite hacerse honestamente la pregunta: “¿Estoy yo creciendo realmente en la gracia?”, por temor a sentirse molesto; y que también le libere de la morbosa ocupación de sí mismo que le conduce a estar haciéndose siempre esa pregunta, halando fuertemente todo por las raíces en su pobre corazón en el esfuerzo por responderla.

Encuentre usted el término medio, enfrentando la pregunta con el corazón a la luz del sol del amor de Jesús, y si usted es llevado a concluir que su crecimiento es solo pequeño, permita que ello le incite alegremente a conocer más de Cristo.

4 - ¿En qué crecemos nosotros?

Es importante recordar que, como creyentes, nosotros estamos en la gracia (o favor) de Dios (véase Rom. 5:2), y por eso se nos dice por medio del apóstol Pedro: «Creced en la gracia» (2 Pe. 3:18).

La gracia, entonces, es el terreno en el cual el creyente está plantado. No es el mundo, aunque si uno juzgara por los modos de obrar de algunos cristianos, uno casi podría pensar que lo es. Aunque todos los creyentes están en la gracia, muchos se rodean de tal manera de una atmosfera mundana que todo progreso se detiene.

Para nosotros es muy fácil abjurar del mundo en lo abstracto, mientras nos complacemos en particular en sus placeres.

Ilustremos esto. Hace algún tiempo se estaba llevando a cabo una reunión de oración. Un considerable fervor se manifestaba en la reunión. Y un hombre comenzó a invocar a Dios. En tonos ardientes él clamó:

– «¡Señor, sálvanos del mundo!»

«¡Amén! ¡Amén!» se elevó un coro sonoro desde todas partes del edificio.

Hubo una pausa momentánea, entonces:

– «¡Señor, sálvanos del tabaco!»

¡Silencio total y abominable! Pareció poner término a la reunión.

Usted puede no aprobar que se ore de este modo, pero ello muestra cuán fácil es orar para ser preservado del mundo en lo abstracto y poco apreciarlo en los detalles.

Recuerde usted que las viñas de Salomón eran mordidas y estropeadas por las «zorras pequeñas» (Cant. 2:15). Había gran cantidad de ellas, y siendo pequeñas, ellas entraban disimuladamente sin atraer mucha atención.

Muchos cristianos, asimismo, sufren viviendo en una atmósfera de ley. Ellos viven y se mueven, leen y oran, sirven y adoran, mediante una norma. ¡Nadie puede esperar crecer si está encerrado en hierro fundido!

¡Qué dulce es la libertad que la gracia da! Libertad, yo digo, y no licencia. Porque la gracia que trae salvación enseña también que «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos sobria, justa y piadosamente en el presente siglo» (Tito 2:12).

Que nuestras raíces penetren hondo en la gracia. Gocemos del calor en su resplandor. ¡Oh!, el efecto humillador, que somete al alma, es el conocer que, a pesar de todo lo que encontramos en nosotros mismos, el dulce y perfecto favor de Dios reposa sobre nosotros debido a Cristo, y nada nos puede separar «del amor de Dios, que es» –no en nosotros sino– «en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom. 8:39).

5 - ¿Cómo crecemos?

Se ha dicho bastante en público, últimamente, acerca de la pobre psiquis de miles de niños que asisten a la escuela. La pregunta práctica es: ¿Qué se debe hacer? ¿Se afrontará el caso dándoles mucho que hacer en la forma de ejercicio y actividad? No, ellos no tienen la fuerza vital o el vigor para mucho de eso. ¿Incluiremos algunas enseñanzas acerca de la salud en los estudios escolares, y les enseñaremos de qué manera el cuerpo humano crece añadiendo célula a célula y tejido a tejido, el valor de las diferentes clases de alimento, y las leyes que gobiernan el proceso de la digestión?

Seis años de tales estudios no añadirán tantos centímetros a la estatura de ellos como lo haría un curso de seis meses acerca de la buena alimentación, ¡comidas sustanciosas de alimentos adecuados, cuatro veces al día y siete días a la semana! Si usted ha de crecer, seleccione, entonces, buen alimento espiritual. Buen alimento, recuerde. No seleccione novelas, literatura liviana, u otra basura mundana. Y digiéralo. Tome tiempo para meditar y considerar las cosas en su mente. Cuando el buey rumia generalmente se recuesta. Del mismo modo, la digestión espiritual se va grandemente favorecida por algo de quietud, con las rodillas dobladas en oración.

El alimento del cristiano está en una palabra: Cristo «creciendo por el conocimiento de Dios» (Col. 1:10), y ya que es en Cristo que Dios es conocido por nosotros, Pedro lo expresa, «creced en la gracia y [en] el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pe. 3:18).

Es bueno conocer acerca de él, y todo lo que nos ayuda en esa dirección es de provecho, pero el punto de suprema importancia es conocer al Señor Jesucristo mismo; gozar de esa santa intimidad que es el fruto del vivir y andar diario en su presencia. Aun aquí en la tierra el estar “cerca y confiado a su lado, en divina comunión”.

Entonces descubriremos, poco a poco, sus glorias polifacéticas, y apreciaremos los varios caracteres en que él está en relación con nosotros. En las líneas siguientes, trataremos de sugerir unas pocas de ellas.

El comienzo de nuestra relación con Jesús es como:

6 - Salvador, para liberar

Para el pecador ansioso, cargado con culpa, gimiendo bajo el pecado, y temblando ante la muerte y el juicio, Jesús se presenta como Salvador. Él ha afrontado el pecado; él ha muerto y ha resucitado. ¡Qué perfecto y atractivo es él! No es de extrañar que al pecador recientemente perdonado no le importe nadie y nada más.

¿Puede usted mirar hacia atrás por un momento?, cuando usted saboreó el gozo de la salvación, así como Israel lo hizo cuando, estando en la orilla opuesta del juicio del mar Rojo ellos cantaron diciendo: «Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado… Y ha sido mi salvación» (Éx. 15:1-2). ¿O como sucedió con Israel siglos más tarde?, cuando David enfrentó a Goliat de Gat, y en el nombre de Jehová obró liberación. Entonces la tensión y el miedo horribles finalizaron. Un estremecimiento poderoso recorrió las huestes vigilantes, «Luego los de Israel y los de Judá, gritaron, y siguieron a los filisteos» (1 Sam. 17:52).

Fue así con nosotros. Hemos sido liberados. Nuestros días de lamentación y terror terminaron. La victoria está ganada, ¡y Jesús vive! Y aunque, quizás, han pasado años desde que le conocimos así por vez primera, la emoción de aquel momento está hoy en día en nuestros corazones.

Nosotros no avanzamos mucho antes de ver al mismo Jesús bajo otro carácter. Él es:

7 - Señor, para ordenar

El Evangelio (o, las buenas noticias), obviamente, nos lo presenta a él como Señor (2 Cor. 4:5). Nosotros no creemos solo con el corazón para justicia, sino que también le confesamos como Señor con la boca para salvación (Rom. 10:9-10). Pero algún tiempo pasa antes de que nos demos cuenta qué significa esto.

Jesús está en el lugar de autoridad. A él le corresponde mandar, a nosotros obedecer de buena gana, y eso significa la rendición de nuestras voluntades a la suya.

La conversión del apóstol Pablo fue una conversión ideal. Él alcanzó el punto de rendición muy rápidamente (véase Hec. 9:5-6). Mientras estaba en el polvo del camino a Damasco, él reconoció a Jesús como su Señor, y su vida entera fue transformada. La mayoría de nosotros está muy por detrás de él. No obstante, todos nosotros tenemos que llegar a ese punto.

Estuvimos hablando el otro día con un cristiano, y durante nuestra conversación él se refirió varias veces a “los días de su juventud, cuando él era un creyente mundano, indulgente, teniendo solo un lánguido interés por las cosas de Dios. Él dijo, “Yo creí realmente en el Señor Jesús para el perdón de mis pecados y si hubiera muerto, estoy seguro que habría ido al cielo”.

Aun así, esos eran “los días de antaño”, ya que un nuevo día había amanecido con el descubrimiento de que Jesús era su Señor, un Amo para el cual vivir y servir. Al pasar a estar bajo esta nueva “administración”, tuvo lugar una gran alteración. Él fue un hombre diferente.

¿Ha amanecido este nuevo día en su historia? Si no es así, ¡que este pueda llegar rápidamente! Esto yace al comienzo mismo del crecimiento cristiano.

Uno de los primeros resultados de un reconocimiento sincero del señorío de Cristo es que el convertido queda sumido en una buena cantidad de tribulación y ejercicio de alma, puesto que sus esfuerzos para hacer la voluntad de su Amo recientemente encontrado le llevan al conflicto con su propia voluntad.

Hay tres cosas, a lo menos, que deben ser aprendidas:

1.- El carácter verdadero de la carne (es decir, la vieja naturaleza mala aún dentro de nosotros), irremediablemente mala. «Sé que en mí (es decir, en mi carne), no habita el bien» (Rom. 7:18). Si «no habita el bien» (o no hay ninguna cosa buena), entonces ni siquiera un buen deseo se ha de hallar allí. Sin embargo, cuán largo tiempo nos lleva, a la mayoría de nosotros, abandonar toda expectativa de bien o aun de mejora desde adentro.

2.- El poder terrible de la carne. Tal es este poder que incluso el hecho de haber nacido de nuevo y, por tanto, de poseer una nueva naturaleza, no nos permite, por sí mismos, vencer. Nosotros encontramos un hombre diciendo, «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso práctico» (Rom. 7:19). Él deseaba el bien, demostrando la existencia de la nueva naturaleza en su interior; aun así, tal era el poder de la antigua naturaleza que avasallaba la nueva, llevándole a la cautividad (Rom. 7:23), y haciendo de él un hombre completamente miserable (Rom. 7:24).

¿Ha comenzado usted alguna vez a vivir, tal como usted suponía, una vida cristiana valiente para el Señor, solo para encontrase derrotado, no por enemigos gigantes del exterior, sino por la «carne» traicionera interior?

Esto es, entonces, la lección que usted está aprendiendo.

3.- Lo que Dios ha hecho con respecto a la carne en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne pecaminosa, y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne» (Rom. 8:3). ¡Qué alivio es saber esto! Dios trata ahora la carne como una cosa condenada, y ha terminado con ella. Nos queda solamente integrarnos con Dios, y por nuestra parte, tratarla como una cosa condenada, terminar con ella. Nosotros podemos hacer esto en vista de que, habiendo creído en Jesús, hemos recibido el Espíritu Santo, el nuevo poder, y él es más que un digno rival para el poder de la carne.

Guiados por el Espíritu Santo, nosotros podemos elevar nuestros ojos al cielo, y Jesús llega a ser para nosotros:

8 - Un objeto, que atrae irresistiblemente

Y este es el real secreto de la liberación práctica del creyente del poder del mundo, de la carne, y del diablo.

Satanás, el astuto adversario y acusador, se ocupa él mismo en atacar la fe de los santos (véase 2 Cor. 11:3; 1 Tes. 3:5; 1 Pe. 5:9), y de ahí que sea necesario enfrentarlo con el escudo de la fe (Efe. 6:16).

La carne nos proporciona todos esos bajos deseos que cada uno de nosotros conoce demasiado bien, así como también todo otro deseo que no está de acuerdo con la voluntad de Dios.

El mundo, este sistema gigantesco que nos rodea, el cual Satanás y el hombre han diseñado entre ellos, con la vana esperanza de hacer feliz a este último y que al mismo tiempo se pueda satisfacer sin Dios, este sistema mundial contiene dentro de sí mismo atracciones adecuadas a cada gusto y temperamento, y todo llamamiento a los deseos internos de la carne.

Aunque bien se podrían escribir volúmenes en cuanto a la liberación del creyente de su triple enemigo y la manera en que debe hacerse, esa liberación en sí misma es disfrutada sencilla y dulcemente por aquellos que, habiendo aprendido lo suficiente del mundo y del “yo” como para estar hartos de ambos, se vuelven a Jesús y encuentran en Él: “…El objeto resplandeciente y bello que llena y satisface el corazón”.

¿Es Jesús esto para su corazón –un objeto para amar y para el cual vivir? Pablo dijo, «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

Una ilustración sorprendente del poder de un objeto que atrae ocurrió cuando el primer avión militar llevó a cabo un vuelo de prueba alrededor de la ciudad de Londres. Durante la breve hora que voló sobre la Metrópoli, este avión llegó a ser el objeto de un millón de pares de ojos. Todo lo demás fue olvidado. Las últimas modas perdieron su atractivo, las tiendas quedaron desiertas, se dejó enfriar las comidas, el hombre de negocios dejó caer su pluma de escribir y el estudiante sus libros. Todo el mundo se detuvo y contempló este nuevo objeto en el cielo, y por un momento, se alejaron y se liberaron de su vida común.

No obstante, fue la novedad de la cosa lo que atrajo. No así con Jesús. Aquel que le ha amado por más tiempo, y le conoce mejor, cuyas atracciones son benditas y permanentes, resumido en una palabra, todo se centra en su poderoso y eterno Amor. Del mismo modo que un imán poderoso sacará una aguja de entre un montón de aserrín, el amor magnético de Jesús liberará un alma de cualquier cantidad de basura mundana y carnal. Que el Señor pueda llevar cada vez más, tanto a los lectores como al escritor de este artículo, bajo el poder de su amor.

Si todo esto ha de ser guardado, nosotros conoceremos y apreciaremos al Señor Jesús en otro carácter, es decir, como:

9 - Sumo sacerdote, para sostener

Hay muchos buenos cristianos que desean ser más consagrados, o vivir “la vida más elevada”. Pero, aunque sus deseos son buenos, sus circunstancias son difíciles, y su desempeño es pobre. ¿Es usted uno de ellos?

Posiblemente usted está familiarizado con la Epístola a los Hebreos y, por lo tanto, conoce bien que Jesús es su gran sumo Sacerdote en el cielo (Hebr. 4:14), pero la pregunta es, ¿le conoce usted verdaderamente y de forma práctica como su gran sumo Sacerdote que sostiene su alma día a día, entre las muchas pruebas y dificultades de la vida?

Solamente aquellos cuyos rostros se dirigen en la dirección correcta podrán esperar la ayuda del Sacerdote. Ayudar a un hombre sobre el mal camino no es una ayuda real, en absoluto. De ahí que el creyente descuidado, de mente carnal, no obtendrá ayuda del Sacerdote; él necesita que los servicios de Jesús, el Abogado, toquen su conciencia y le corrijan. El creyente de mente fervorosa que reconoce de corazón a Jesús como Señor, y le ama como objeto, la necesitará y la obtendrá, no solamente siendo el resultado de ser llevado a salvo al cielo en poco tiempo más, sino que también es llevado ahora al Lugar Santísimo, es decir, dándose cuenta conscientemente de la presencia de Dios (Hebr. 10:19-22).

Nada de lo que pueda ser dicho sobre el tema, sin embargo, dará un sentido tal de la gracia y el poder de Jesús como nuestro sumo Sacerdote, como un poco de experiencia práctica, obtenida al volverse a él en momentos de dificultad y necesidad. De manera que preste usted buena atención a la exhortación: «Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para el oportuno socorro» (Hebr. 4:16).

Todo esto nos enseñará a mirar hacia arriba gozosamente al Señor Jesús como:

10 - La Cabeza, para dirigir

Cristo es la Cabeza de la Iglesia, así como el Esposo es la cabeza de la esposa (Efe. 5:23).

De él como Cabeza viene, asimismo, todo sustento y provisión para su Cuerpo (Efe. 4:15-16).

Sabiduría, instrucción y sustento son necesidades de cada día, y la provisión de ellos no está en nosotros mismos, sino en él. Él es, como Cabeza, la fuente desbordante de todo. Si nos aferramos o nos asimos «a la Cabeza» (Col. 2:19), es apreciar y adherirse a él como tal, y realmente encontrar así en él lo que nos hace felizmente independientes de la sabiduría del hombre a manera de racionalismo (Col. 2:8), y de su religión a manera de ritualismo (Col. 2:20-23).

Cristo es todo, y él llega a ser así todo para el corazón del creyente. No buscamos nada fuera de él.

Una palabra de advertencia. No piense usted que cada uno de estos pasos en el conocimiento de Cristo es único. Ellos están estrechamente relacionados, y a menudo se fusionan los unos con los otros en la historia del creyente. El gran objetivo es que nosotros podamos estar completamente establecidos; ya no más siendo niños, sino plenamente adultos, siendo Cristo todo para nosotros.


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