Caída (o recaída), tropiezo

Con unas palabras para los siervos cristianos


person Autor: Frank Binford HOLE 28

flag Tema: Alejamiento y regreso


Extraído de la revista «Scripture Truth», volumen 2, página 296.

Un amigo, estando últimamente en mi presencia, me ha comentado que hay aldeas y caseríos en las Islas Británicas donde no es tan fácil encontrar a un pecador. La población parece estar compuesta de cristianos verdaderos, por una parte, y de los que recaen por la otra.

Esto puede haber sido una forma algo exagerada, aunque pintoresca, de plantear el caso; no admite duda alguna el dato de que un hecho grave estaba englobado en la afirmación. Existen inmensas multitudes que en algún momento u otro han hecho constar una profesión de religión o incluso de una clara conversión, y sin embargo hoy en día están lejos –muy lejos de ellas– del reino de Dios.

¿Por qué sucede esto? ¿Que significa todo esto? ¿Podemos nosotros discernir algo que lo explique? ¿Cómo deberíamos diagnosticar el caso?

Es imposible, evidentemente, diagnosticar cada caso individual, o realmente diagnosticar con infalible precisión cualquier caso individual. Existen sutilezas y complejidades en el alma del ser humano que desafían todo, excepto solamente a Dios. Una plomada divina es necesaria si deseáramos sondear el corazón y nosotros no la poseemos. «Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Tim. 2:19). No obstante, mientras evitamos el error de incluso anunciar nuestros juicios con un aire de infalibilidad papal, no dejemos de observar las claras diferencias que la Escritura hace con respecto a este tema.

Tomando la Biblia en nuestras manos encontramos que los que recaen están divididos en tres clases, a saber:

  1. El apóstata que recae.
  2. El inconverso común que recae.
  3. El creyente que tropieza.

1 - La primera clase: El apóstata que recae

Hebreos 6:4-8 describe la primera clase. Todo judío que había abrazado el cristianismo había encontrado así una entrada a un círculo muy privilegiado, y se convirtió en partícipe de muchos beneficios sorprendentes, independientemente si en el fondo él se había convertido realmente o no. Era posible que bajo el estrés de la persecución y del alboroto algunos podrían desear deshacerse de la lealtad a Cristo y regresar al judaísmo de ellos, y en estos versículos el Espíritu de Dios advierte a los tales de las consecuencias. Para ser reintegrados adecuadamente entre sus anteriores asociados judíos, tendrían que crucificar de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios, exponiéndole a la ignominia pública.

¡Verdaderamente esto es recaer! Es recaer de la profesión del cristianismo de inmediato hasta llegar a la profundidad de la apostasía. Esto es recaer en su forma más agravada, tan agravada como solo es posible para una persona no convertida, y que ha de ser digna del más tremendo e implacable juicio. Es imposible renovar a los tales para arrepentimiento. Su condenación está irrevocablemente fijada.

¿Tiene esto una aplicación actual? ¿Es posible una recaída de este carácter hoy en día? Ciertamente creemos que lo es. Cuando estuve en Sudáfrica, algunos años atrás, un amigo deseó que visitáramos una mezquita musulmana en cierta ciudad. Él dijo que el permiso podía ser obtenido fácilmente ya que un inglés (cristiano) ocupaba un lugar preponderante en relación con dicho permiso. Después de una consulta, supimos que él había abandonado definitivamente el cristianismo por Mahoma, y la Biblia por el Corán. La luz, el don celestial, el Espíritu Santo, la Palabra de Dios, y los poderes del mundo venidero, son encontrados exclusivamente en el círculo cristiano. Él había salido de eso y se había sumergido en las tinieblas.

Nosotros podemos esperar y creer sinceramente que tales casos son raros, sin embargo, son posibles. Por lo tanto, mantengamos en alto el estandarte de la advertencia de Hebreos 6 más que nunca.

2 - La segunda clase: El inconverso común que recae

En la parábola del sembrador (Lucas 8:6, 13) encontramos la segunda clase, a la cual pertenece la gran mayoría de los que recaen. La semilla del evangelio es sembrada sobra la piedra cubierta por una fina capa de tierra. Casi de inmediato hay un aparente resultado, pero no habiendo profundidad no hay raíz, y por tanto nada permanente ha sido cumplido.

Sobre la superficie de esto yace el significado. Qué incontables miles de personas han llegado a estar en algún momento u otro bajo el sonido del evangelio y de sus influencias. Ellas han sido conmovidas y han profesado una conversión. Transcurre un poco de tiempo y ellas se han deslizado de regreso al mundo, y se ve que la profesión de ellas está vacía y sin valor. Ellas recaen.

No confundir esta clase con la que nombramos primero. Ellos caen de la profesión de la religión cristiana a la apostasía. Los de la segunda clase caen de la profesión de una determinada conversión a la mundanalidad y a la indiferencia.

El hecho de que este tipo de reincidente aparezca inevitablemente en relación con la obra del evangelio es reconocido por nuestro Señor Jesucristo en esta parábola; pero el grado terrible hasta el cual este tipo de recaída ha prevalecido en nuestros días debería realmente alarmarnos, y llevar a muchos escudriñamientos de corazón con respecto a qué significa todo ello. Sus dolorosos efectos están sobre nosotros por todos lados. Esas personas son en sí mismas doblemente difíciles de ganar, y son los mayores tropiezos posibles para los demás.

A todos los siervos cristianos nosotros les insistiríamos seria y afectuosamente en que ha habido demasiado evangelismo despreocupado y algunas veces frívolo. Hemos procurado influenciar demasiado a las personas mediante lo que es meramente humano, por medio de himnos sentimentales, de cánticos cautivadores, de habla elocuente, de sucesos patéticos, y cosas por el estilo; hemos confiado demasiado poco en lo que es divino. De ese modo, hemos producido una cosecha innecesariamente grande de oyentes de terreno pedregoso.

Hombres intrigantes en el siglo primero, fariseos y escribas, conocían cómo manipular a la indiferente multitud judía hasta que todos clamaran con una sola voz: «¡No a este, sino a Barrabás!» (Juan 18:39-40). Si en el siglo 21 usamos los últimos y más aprobados métodos modernos de evangelización para imponernos sobre las multitudes para que acepten a Cristo, ¿qué hemos obtenido? Nada, excepto que haya esos realmente compungidos de corazón por el poderoso poder convincente del Espíritu Santo, como lo fueron los tres mil en el día de Pentecostés. Nada, y peor que nada, porque hemos obtenido el daño y la pérdida de pobres almas, llevadas de prisa y corriendo a una posición falsa de la cual pronto caerán para su propia turbación y el descrédito del Evangelio.

Abstengámonos de todo lo que pueda conducir a estos resultados desastrosos, independientemente del efecto sobre nuestra propia reputación para el éxito en la obra del Señor. Nunca recubran la pared con lodo suelto, diciendo, ¡Paz! ¡Paz! cuando no hay paz (Ez. 13:10-11). Nunca lleven a un alma de prisa a una confesión. Nunca traten el pecado con ligereza. Prediquen tanto la verdad como la gracia. Enfaticen el arrepentimiento. No hagan planes basados en eventos futuros que podrían no suceder, ni den por sentado algo que no es real. Si lo hacen, estas cosas no tendrán fuerza.

Los que recaen, que pertenecen a esta clase, no son un caso perdido. Ellos pueden ser restaurados, pero la única restauración posible es una sólida y concienzuda conversión a Dios.

 

3 - La tercera clase: El creyente que tropieza

La tercera clase de los que caen está descrita en 2 Pedro 1:8-10. Lean cuidadosamente los versículos y observen que aquí no leemos acerca de caer. Dice: «haciendo estas cosas, no tropezaréis jamás». El creyente puede tropezar, aunque no cae en la apostasía. ¿De qué cae? Cae de la comunión con Dios, de procurar las excelentes gracias cristianas descritas en 2 Pedro 1:5-7. ¿A qué cae? Cae a la ceguera espiritual, a la insensibilidad y al olvido de la maravillosa limpieza y del maravilloso perdón que la gracia ha hecho en él. Esta Escritura no dice que ese creyente que tropieza ya no está purificado de sus pecados, sino que él ha olvidado que fue purificado de sus antiguos pecados (1 Pe. 1:9).

Estas líneas serán leídas por algún creyente caído y angustiado. Su clamor es: “¿Qué debo hacer?” La respuesta es que debes confesar tu pecado y tu tropiezo a Dios. El perdón y la limpieza, de acuerdo con 1 Juan 1:9, serán tuyos. La cura para ti es la confesión, para que la obstrucción pueda ser eliminada, y luego procurar diligentemente aquello que es bueno (2 Pe. 1:10).

Observen, por último, que en la vida del Señor Jesús se nos proporciona un ejemplo y una ilustración de cada clase de los que recaen. El apóstata que recae, respondiendo a Hebreos 6, fue Judas Iscariote. Él zozobró en un descabellado momento desde su posición de privilegio exterior y amistad hasta las profundidades de la traición apóstata; y como un remanente sin esperanza, él paso a la perdición.

Los creyentes profesos de Juan 2:23-24 ilustran la segunda clase. No había una obra real en ellos y Jesús lo sabía. Poco más tarde (Juan 6:66) ellos habían regresado al mundo donde habían estado anteriormente.

El propio Pedro es el ejemplo de la tercera clase. Cuán apropiado es que él aluda a tal tropiezo en su epístola. Fue recuperado y restaurado por medio de la confesión.

Mi lector, ¿has caído, o tropezado? Si es así, regresa al Señor, regresa mediante una conversión o una confesión, tal como convenga a tu caso, pero ¡regresa!

¿O eres tú un siervo del Señor Jesús –un obrero en el campo de la siega? Entonces te suplicamos que pongas tu rostro seriamente y con oración en contra de lo que no es real en la obra del Señor, que te abstengas de toda obra meramente superficial, para que pueda haber alguna recuperación de la epidemia de recaídas y tropiezos que se ha convertido en un escándalo en la Iglesia de Dios.


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