Índice general
¿No deberíamos arrepentirnos de esto?
Autor: Charles Henry MACKINTOSH 97 (1857)
Tema: La humillación y la confesión
1 - Las causas reales de un testimonio debilitado y de una decadencia general
¡Qué daño no ha sufrido el testimonio del Hijo de Dios, en estos últimos tiempos, por nuestras faltas! …El mal se ha manifestado, es cierto, bajo diversas formas: orgullo, vanidad, mundanidad, espíritu carnal, motivos tristemente mezclados, despliegue impío de una energía puramente carnal o intelectual, uso de la preciosa Palabra de Dios como un pedestal para elevarnos a nosotros mismos, miserables pretensiones de una posición en la Iglesia o en el mundo, afectación de dones, exposición desleal de principios cuyo dominio nuestras conciencias nunca han experimentado realmente, presentación a los demás de una balanza en la que nunca nos hemos pesado nosotros mismos en presencia de Dios, lamentable estado de una conciencia que, si hubiera estado bien regulada, nos habría llevado a ver la evidente inconsistencia que existe entre los principios que profesamos y nuestra forma de actuar.
2 - Las graves y solemnes consecuencias
En todas estas cosas, como también en muchas otras, ha habido una caída de las más profundas y evidentes, caída que ha entristecido al Espíritu Santo de Dios, por el cual profesamos estar sellados, y que ha deshonrado el santo Nombre que se proclama sobre nosotros.
3 - La necesidad de un arrepentimiento sincero, profundo y duradero
El pensamiento de esta caída debería hacernos tomar el cilicio y la ceniza, cubrirnos de vergüenza y de confusión, llevarnos a la humillación y a la confesión –no por un momento, ni un día, ni una semana, sino hasta que Dios mismo nos levante. A veces tenemos reuniones de oración y humillación, pero ¡ay!, hermanos, apenas salimos de ellas, demostramos, con la detestable ligereza de nuestro espíritu y de nuestra forma de ser, cuán poco hemos juzgado realmente nuestro estado ante Dios. De este modo, ¿cómo podría alcanzarse la raíz tan profunda y extensa de la enfermedad de nuestros corazones?
4 - La necesidad de un trabajo de la conciencia
Nuestra conciencia necesita ser profundamente labrada, para que la semilla de la verdad divina no sea sembrada en vano. El instrumento del que Dios se sirve para labrar y sembrar a la vez es la Verdad. Por lo tanto, debemos someternos a la acción de esta verdad; hay que poner bajo su influencia “un corazón honesto y bueno”, una conciencia sensible y un espíritu recto. Ahora bien, si la verdad actúa sobre nosotros de esta manera, ¿qué nos revelará ella? ¿Cuál es nuestro estado? ¿Qué somos en medio de esta esfera, en la que el Maestro nos ha mandado: «Retened lo que tenéis hasta que yo venga»? (vean Apoc. 2:25).
5 - El diagnóstico del estado de las asambleas
¿A qué se debe que nuestras reuniones de culto, nuestras reuniones de edificación y nuestras reuniones de oración sean tan a menudo sin poder y sin eficacia? Sin embargo, la promesa de Cristo sigue siendo cierta: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Ahora bien, donde su presencia se hace realidad, debe haber poder y bendición; pero él solo nos hace sentir su presencia en la medida en que nuestros corazones, sinceros y rectos ante él, lo buscan como el objeto especial de nuestra reunión. Si tenemos en mente algún otro objeto que no sea él mismo, ya no podemos decir que estamos reunidos en su nombre y, en consecuencia, su presencia no se hará presente.
6 - La causa principal: Cristo no es nuestro verdadero objeto
Cuántos cristianos hay que asisten a las reuniones sin tener a Cristo como su primer y directo objeto. Algunos van para escuchar discursos, con el fin de ser edificados. Es la edificación, y no Cristo, lo que los reúne. Puede haber emociones piadosas, aspiraciones santas, mucho sentimiento religioso, un vivo interés intelectual al ocuparse de la letra de las Escrituras o de ciertos puntos de la verdad; pero todo eso puede existir sin la más mínima realización de la santa y santificadora presencia de Cristo, según la promesa hecha en Mateo 18:20.
7 - Los motivos erróneos que actúan en las asambleas
Otros acuden a la reunión con el corazón preocupado por lo que van a decir o hacer. Tienen un capítulo que leer, un himno que proponer, algunos comentarios que hacer, o tienen la intención de orar y están al acecho del momento oportuno para ponerse así en primer plano. Es, ¡ay!, muy evidente que no es Cristo el objeto principal de estos cristianos, sino únicamente el yo, sus pobres actos y sus miserables palabras. Estas personas contribuyen a despojar a la asamblea de su carácter de santidad, de poder y de verdadera elevación, pues, por culpa de ellas, no es Cristo quien preside, sino la carne quien se impone, y ello en las circunstancias más serias. La carne puede desempeñar su papel en un teatro o en una tribuna política; pero en una asamblea de santos, debería ser como si no existiera.
8 - La actitud correcta en la Asamblea
No estoy en absoluto autorizado a presentarme ante el Señor, en una reunión de hijos de Dios, con la intención premeditada de leer tal o cual capítulo, de indicar tal o cual himno, o con un discurso preparado. Debo acudir en medio de mis hermanos para sentarme allí en la presencia de Dios y someterme a su dirección soberana. En una palabra, si voy en nombre de Jesús, solo él será mi objeto y me olvidaré de todo lo demás. Esto no significa que, teniendo a Jesús como objeto, no pueda ni comunicar ni recibir edificación. ¡Oh, al contrario! Porque solo en la medida en que el Señor esté como puesto delante de mí, seré verdaderamente capaz de edificar o de ser edificado. Lo menor está siempre contenido en lo mayor. Si tengo a Cristo, no puedo dejar de tener edificación; pero si busco esta, en lugar de a Cristo, si la convierto en mi objetivo, pierdo ambos.
9 - El formalismo, la participación exterior sin vida interior
Además, ¡cuántos cristianos hay que vienen a rendir culto y no tienen ni la conciencia purificada, ni el corazón juzgado, ni la carne mortificada! Toman asiento en los bancos, pero están fríos y estériles, sin oraciones y sin fe, sin un objetivo real. Vienen por inercia, porque es su costumbre venir, pero no les mueve un deseo sincero de encontrarse con el Señor. Para ellos, reunirse no es más que una mera formalidad religiosa y, para los demás, no son más que un obstáculo para la bendición.
10 - Los obstáculos a la bendición
Vemos, pues, que diversas causas concurren a corromper las fuentes de vida y vigor en las asambleas, y he aquí por qué el testimonio es, en general, tan pobre y débil entre nosotros. Solo una profunda reflexión de la conciencia podría sondear hasta el fondo estas causas funestas.
11 - Las condiciones para una verdadera restauración
¡Ah! Que al menos surja de muchos corazones esta pregunta: «Señor, ¿soy yo?». Es totalmente inútil esperar una bendición duradera o una verdadera restauración, mientras no seamos llevados seriamente a una verdadera humillación, a un juicio sincero de nosotros mismos. Si estamos llamados a dar testimonio de Cristo, es necesario que ese llamado nos encuentre a los pies de Jesús, habiendo aprendido allí lo que somos y cuánto hemos fallado. Nadie tiene derecho a lanzar la primera piedra. Todos hemos pecado; todos hemos sido infieles al testimonio del Hijo de Dios; todos hemos contribuido, en cierta medida, a la humillante situación que nos rodea. No se trata aquí de una simple cuestión de iglesia –de una mera diferencia de juicio sobre puntos de la verdad, por importantes que sean en sí mismos.
12 - Un profundo retorno a Dios en la verdad y la humillación
No, hermanos, el mundo, la carne y el diablo están en el fondo de nuestro triste estado actual, y todos los argumentos que el amor de Cristo puede sugerirnos se unen para invitarnos a juzgarnos a nosotros mismos profundamente en la presencia de Dios.