Índice general
¿A quién miraré?
Autor: Elie LONGE 3
Tema: La humillación y la confesión
«Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2).
«Y le dijo Jehová: Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella» (Ez. 9:4).
1 - La promesa segura del regreso de Jesucristo
Queridos hermanos, hemos llegado a la víspera del momento en que el Señor Jesús, con su voz poderosa, va a arrebatar a todos sus queridos redimidos para encontrarse con ellos. En medio de la ruina actual de la Iglesia, el Señor «conoce a los que son suyos» y no dejará a ninguno atrás. De acuerdo con su fidelidad a las promesas de su Palabra, él mismo viene a llevarnos consigo (Juan 14:3; 1 Tes. 4:16). Su amor quiere tenernos junto a él para que veamos su gloria (Juan 17:24). A pesar de todo el poder del Adversario, él presentará «a sí mismo la Iglesia gloriosa, que no tenga mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Efe. 5:27). Este es el resultado de su propia obra. «¡A él sea la gloria, por los siglos de los siglos! Amén» (2 Tim. 4:18).
2 - La dolorosa comprobación de la ruina del testimonio de la Iglesia
Pero si pensamos en los resultados de lo que se nos ha confiado, ¡cuántos motivos tenemos para humillarnos ante él! ¡Cuántas desolaciones, cuántas ruinas hemos acumulado unas sobre otras! Pensemos en el testimonio que el Señor nos ha confiado; en las preciosas verdades de la Palabra que él ha querido sacar a la luz para nuestro gozo en vísperas de su regreso. ¡Cuán poco hemos caminado a la altura de estas verdades! ¿No ha sucedido, por el contrario, que a menudo nos hemos servido de estas verdades para enorgullecernos unos contra otros? ¿Cuáles han sido las consecuencias? –¡Abuso de la autoridad que el Señor ha confiado a su Asamblea; abuso de los principios de la Palabra o descuido respecto a ellos! ¡Ay! Todo ha servido de ocasión para nuevas divisiones. “¡A nosotros nos corresponde la confusión que vemos hoy!”
3 - La multiplicación de las divisiones y sus causas
Huelga decir que, al lamentar estas divisiones, no nos referimos a aquellas legitimadas por doctrinas perversas que han atacado a la gloriosa Persona del Señor Jesús, Hijo de Dios, Hijo eterno del Padre, ni a aquellas que han perjudicado «a la Iglesia, la cual es su Cuerpo, la plenitud del que todo lo llena en todo» (Efe. 1:23). No separarnos de esos errores habría sido la mayor infidelidad a la Palabra y una indiferencia respecto a la Persona de Cristo y a la verdad. Tender la mano a los cristianos que permanecen en comunión con tales errores sería el fin de todo testimonio para el Señor. Pero pensemos en las vergonzosas divisiones, «obras de la carne» (vean Gál. 5:20), aquellas surgidas por falta de amor, de apoyo mutuo, por el abuso de los principios, por el espíritu de independencia o por la voluntad propia en acción; pensemos también en lo que nos caracteriza: la búsqueda de nuestros intereses particulares en lugar de los del Señor, nuestra indiferencia hacia tantos de sus redimidos que aún están retenidos por las enseñanzas de los hombres y a quienes deberíamos buscar para iluminarlos, y hacia las almas que dejamos perecer en sus faltas y en sus pecados sin advertirles.
4 - La confusión y el debilitamiento general
¡Qué lejos queda de nosotros esa actividad desplegada en el siglo 19, al comienzo del testimonio, cuando se formaron multitud de asambleas en diversos países y en muy poco tiempo! Hoy, por el contrario, ¿no asistimos al colapso de muchas congregaciones y, a menudo, sin siquiera acudir en su ayuda? ¿Por qué tan poca dedicación al servicio del Señor? (comp. con Esd. 2:40; 8:15).
5 - La necesidad de la humillación y de la confesión
¿No son todas estas cosas, y muchas otras más, motivo para postrarnos con la frente en el polvo? Si hemos fallado en nuestra responsabilidad, en nuestro testimonio ante el Señor, ¡que al menos él nos encuentre humillados a su llegada! Este espíritu de humillación lo encontramos siempre en los hombres de Dios, que permanecieron fieles en tiempos de ruina.
6 - El ejemplo de Daniel
Mencionemos a Daniel, ese hombre tan piadoso en medio de las circunstancias más difíciles. Sus propios enemigos se vieron obligados a decir: «No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle» (Dan. 6:5). ¡Pues bien! Vemos a este hombre tan fiel identificarse con la situación de su pueblo para humillarse ante su Dios: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas» (Dan. 9:5).
Era el primer año de Darío el medo y él había comprendido por «los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años» (v. 1-2). Había llegado, pues, la fecha en la que Jehová, según su promesa, debía hacer volver a su pueblo a su tierra (comp. con Jer. 29:10-14), y este pensamiento le llevó a humillarse profundamente para que Jehová cumpliera su promesa: «Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo» (v. 17-19).
¿No es esta la actitud que debería caracterizarnos en estos tiempos difíciles de los últimos días, cuando el Señor va a tomar a su Iglesia para que esté con él?
7 - Lo que nos diferencia de Daniel
Ciertamente, al igual que Daniel, no es por nuestras justicias y nuestra fidelidad por lo que nos atrevemos a decir: «¡Ven, Señor Jesús!» No es pensando que nos hemos ganado su aprobación como podemos regocijarnos en su espera, sino pensando que él, en su amor, quiere tenernos junto a él; pues «verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Is. 53:11).
Pero, por nuestra parte, si pensamos en lo que hemos sido como testimonio, ya sea individual o colectivamente, comprenderemos que nos conviene, como antaño a Rebeca, cubrirnos el rostro en el momento en que vamos a encontrarnos con nuestro Esposo. ¡Cuán deseable sería que los santos, en todas partes, sintieran más profundamente la ruina de la Iglesia y se humillaran ante Dios por ello! «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2).
8 - Cómo Dios anima y consuela a tales creyentes
Cuando Daniel terminaba su oración, confesando su pecado y el pecado de su pueblo Israel, el varón Gabriel vino a tocarlo «hacia la hora del sacrificio de la tarde», y luego le dijo: «Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento… porque tú eres muy amado» (Dan. 9:20-23). Del mismo modo, en el capítulo 10, después de que Daniel ayunó y estuvo «afligido por espacio de tres semanas enteras», la apariencia de un hombre lo tocó de nuevo, lo fortaleció y luego le dijo: «Muy amado, no temas; la paz sea contigo» (v. 18-19). ¿No es conmovedor que Daniel sea llamado 2 veces «amado», y cada vez después de haberse humillado ante su Dios llevando en su corazón el estado de ruina de su pueblo?
¡He aquí, pues, una actitud que el Señor aprueba y qué estímulo para nosotros en la humillación!
9 - El ejemplo de Esdras
No es necesario que esperemos a que todos nuestros hermanos sientan la necesidad de humillarse con nosotros para hacerlo nosotros mismos. Que aquellos que lo sientan se humillen primero, tanto por sí mismos como por sus hermanos. Esdras se humilló él solo, ¡y qué humillación encontramos en el capítulo 9 de su libro! ¿Y cuál fue el resultado? –«Mientras oraba Esdras y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se juntó a él una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños; y lloraba el pueblo amargamente» (Esd. 10:1).
La humillación de este siervo de Dios provocó ese mismo espíritu en los demás: el pueblo lloraba mucho. Y ese fue el punto de partida de la restauración del remanente en aquel tiempo.
10 - La aplicación actual de estos ejemplos
¡Que el Señor nos conceda la gracia de humillarnos y de ser conservados en su testimonio! Que derrame sobre sus redimidos en todo lugar, como lo hará en un futuro próximo sobre el remanente judío arrepentido, «espíritu de gracia y de oración» (Zac. 12:10), para que, reconociendo nuestras infidelidades y la ruina de la Iglesia, sepamos ocupar el lugar que nos corresponde en estos tiempos difíciles de los últimos días.
No olvidemos que el remanente cristiano está compuesto por todos aquellos que sienten y reconocen sinceramente la ruina y se sienten humillados por ella, que son gobernados por la Palabra y guiados por el Espíritu, apartándose del mal mientras esperan a su Señor.