Índice general
El ministerio del Espíritu
Autor: Charles Henry MACKINTOSH 99
Temas: El culto y el ministerio por el Espiritu El Espíritu Santo
1 - La presencia del Espíritu Santo en la tierra
Deseo llamar la atención de los lectores cristianos sobre una verdad gloriosa, claramente revelada en las páginas del Nuevo Testamento, pero que, lamentablemente, se ha perdido de vista en el seno de la iglesia profesa. Me refiero a la presencia del Espíritu Santo en la tierra. Desde hace más de 20 siglos, una Persona divina obra en medio de toda la oscuridad moral, la ruina y la confusión de este mundo donde reina Satanás. El Espíritu descendió el día de Pentecostés, enviado por el Padre en nombre del Hijo; y desde entonces está aquí, obrando con paciencia y benevolencia –afligido, obstaculizado y sofocado– pero continuando, no obstante, con su obra, bendito sea su santo nombre.
He aquí un hecho prodigioso, no una simple doctrina o un principio para la mente, sino una realidad divina viva para el corazón: una gran verdad práctica y formadora, concebida y eminentemente apta para conmover todo el ser moral, para regir la conducta y para formar el carácter. Existe una Persona divina –Dios el Espíritu– presente en la tierra, al igual que hubo una Persona divina –Dios el Hijo– presente en la tierra durante 33 años, recorriendo las ciudades, los pueblos y las aldeas de Israel, enseñando, predicando y obrando, con una gracia y una paciencia sin igual. Y ese Bienaventurado, cuando las altas autoridades religiosas de la época le preguntaron qué hacía, dio esta respuesta impactante y evocadora: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo» (Juan 5:17).
Así se presenta ante nuestros corazones la Trinidad divina y eterna, obrando desde hace casi 6.000 años, con una gracia y una paciencia infinitas, en medio del desastre, la ruina y la miseria moral de este mundo. ¿Hay algo que pueda superar, en grandeza moral, este hecho magnífico? Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo en acción, en medio de un mundo de pecadores arruinados, miserables y merecedores del juicio. Sin duda, al contemplar tal hecho, no podemos sino exclamar con el bienaventurado apóstol: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién conoció la mente del SEÑOR! ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, y será recompensado? Porque de él, y por medio de él, y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén» (Rom. 11:33-36).
2 - El ministerio del Espíritu Santo
Pero nuestro objetivo concreto en este breve artículo es presentar a los lectores, para que lo estudien en oración, la verdad profundamente interesante e importante del ministerio del Espíritu, tal y como se revela en los Hechos y en las Epístolas. En el primero, lo encontramos como evangelista; en las segundas, como pastor y maestro, actuando a través de instrumentos humanos, sin duda alguna; pero es Él el gran protagonista. Es invisible a los ojos de los hombres; pero ha sido la fuente y el manantial de cada acto del verdadero ministerio en la Iglesia y en el mundo a lo largo de los últimos 2.000 años.
3 - El Espíritu Santo en la evangelización
Todo verdadero evangelista que ha salido al mundo para anunciar la buena nueva de la salvación de Dios a los pecadores que perecen ha sido preparado, lleno y utilizado por él. Todo verdadero maestro que ha buscado instruir a la Iglesia de Dios ha sido capacitado, animado y guiado por él. Cada verdadero pastor que se ha levantado para alimentar y pastorear a los corderos y las ovejas del amado rebaño de Cristo ha sido dotado de dones, dirigido y animado por él. No existe ni un solo átomo de verdadero ministerio, bajo la bóveda celeste, que no brote de la presencia y el poder de Dios el Espíritu.
Él puede servirse de un pescador analfabeto, de un labrador ignorante o de un erudito culto; el instrumento no es nada; el don, la gracia, el poder… todo es Suyo. Toda la educación y toda la autoridad humana del mundo no podrían convertir a un hombre en evangelista, pastor o maestro. El don del ministerio y la autoridad para ejercerlo deben ser divinos. Todo lo demás no es más que un engaño, una vanidad, una ilusión.
Pero, por ahora, no nos detendremos en lo que es puramente humano, sino que alegraremos nuestro corazón meditando en este hecho glorioso: hay una Persona divina en esta tierra, sí, en medio de nosotros, que lleva a cabo toda la obra que realmente se hace. Eso es lo más precioso, lo más reconfortante y lo más tranquilizador para el corazón. De hecho, el lenguaje humano no puede expresar adecuadamente la profunda bendición y la importancia práctica de este hecho grandioso. Si es cierto que Dios, el Espíritu, está entre nosotros, salvando almas y cuidando de los santos, ¿no es acaso nuestro deber solemne preguntarnos cómo nos comportamos ante esta Persona santa y sagrada? ¿Le entristecemos con nuestras conductas, o le sofocamos con nuestros sistemas eclesiásticos o nuestras normas comunitarias? Esta es una cuestión seria para cada alma, a lo largo y ancho de la cristiandad.
Al hojear los Hechos de los Apóstoles –o, como alguien los ha calificado más acertadamente, los Hechos del Espíritu Santo– vemos la forma encantadora en que el Espíritu de Dios llevó a cabo su gloriosa obra de evangelización. Le vemos hablar, por medio de Pedro, a miles de personas; lo vemos, en Felipe, salir al encuentro de un viajero solitario, subir a su lado en su carro y predicarle acerca de Jesús. Lo vemos, en las benditas manifestaciones de su amor, avanzar, a través de Pedro, más allá de los límites del judaísmo, para predicar el Evangelio a los paganos y llevarlos al reino. Le oímos, por boca del prisionero de Filipos, decirle al pobre carcelero de corazón quebrantado que crea en el Señor Jesucristo y será salvo junto con toda su casa. Le vemos infundir su energía a Pablo en el Areópago, revelando a los atenienses –eruditos pero ignorantes– al único Dios verdadero al que adoraban sin saberlo. Le vemos hacer lo mismo en Corinto: predicar a Cristo y reunir una gran congregación en torno a ese nombre sin igual.
En una palabra, vemos a lo largo de todo este maravilloso relato misionero, a este Obrero incansable, ferviente y asiduo, a través de sus instrumentos, los evangelistas, que recorrían la región de un extremo a otro, aquí y allá, a través de setos y carreteras, calles y callejuelas, para contar la preciosa historia del amor divino.
4 - La parábola de la dracma como ilustración
¡Cuán vivificante es todo esto! Tiene un valor inestimable. Nos recuerda la magnífica parábola de la mujer y su dracma perdida, que ilustra de manera especial la obra del Espíritu Santo. Ella enciende una lámpara, barre la casa y busca con diligencia, hasta que encuentra su moneda perdida (Lucas 15:8-10). Lectores, reflexionen sobre ello. Mediten en ello con deleite. Sumérjase, con todo su corazón, en esta página inspirada que presenta ante su mirada al Espíritu Santo, el Obrero invisible, al servicio de almas preciosas.
Y recuerden: este Ser bendito y glorioso siempre está ahí. Dondequiera que se predique fielmente el Evangelio puro y precioso, en público o en privado, ante grandes audiencias o ante personas solitarias, mediante la Palabra o a través del folleto silencioso, allí se encuentra el Espíritu evangelizando.
5 - El Espíritu Santo en la enseñanza y el cuidado pastoral
No solo resulta interesante y edificante, sino también profundamente conmovedor, repasar el precioso ministerio del Espíritu, en el pastoreado y la enseñanza, a través de las Epístolas. Ciertamente, se sirve de Pablo, de Pedro, de Santiago, de Juan y de Judas; pero es a él mismo a quien reconocemos con reverencia y admiración en cada uno de ellos. Es él quien llena el vaso, guía la pluma, da la Palabra. Es él quien instruye, reprende, exhorta, consuela, advierte y edifica.
6 - Todo ministerio verdadero en la Iglesia procede del Espíritu Santo
¡Ministerio precioso, precioso más allá de toda expresión! Cuánto deberíamos bendecir a nuestro Dios por ello y procurar sacar provecho de ello.
¡Qué magnífica gracia resplandece en cada aspecto del ministerio del Espíritu: la evangelización, la enseñanza, la solicitud pastoral! ¡Qué bendición es ser objeto de tal ministerio! ¡Ojalá le dediquemos todo nuestro ser moral! Y no perdamos nunca de vista, ni siquiera por un instante, que todo ministerio verdadero en la Asamblea es obra del Espíritu. «Si alguno habla» –no simplemente según, sino– «sea como oráculo de Dios» (1 Pe. 4:11). Palabras de gran importancia para todos aquellos que ejercen un ministerio. Si alguien intenta hablar en la asamblea de otra manera que no sea como portavoz de Dios, el Espíritu Santo, no tiene cabida allí, deshonra al Espíritu Santo y perjudica a la asamblea. ¡Una reflexión solemne para todos aquellos a quienes esto concierne! ¡Ojalá todos nos lo tomemos muy en serio, con reverencia y temor de Dios!
7 - El doble aspecto de la presencia del Espíritu Santo
7.1 - Un privilegio
Ahora bien, este gran hecho tiene un doble alcance: nos habla de 2 cosas: el privilegio y la responsabilidad. Tener la certeza de que una Persona divina está realmente presente entre nosotros, ejerciendo un ministerio, es un privilegio de la mayor importancia. Esto sostiene y anima el corazón, en medio de todas las dificultades y obstáculos que nos rodean por todas partes. El Espíritu lleva a cabo su preciosa obra, y seguirá haciéndolo hasta que el último miembro sea incorporado al Cuerpo de Cristo. Ninguna de las potencias de la tierra y del enemigo, ni los hombres ni los demonios juntos, puede impedir el cumplimiento del bendito designio del Obrero divino en Su misión actual en la tierra.
7.2 - Una responsabilidad
Pero también hay un segundo aspecto que debemos considerar. Debemos reflexionar sobre la cuestión de la responsabilidad, un asunto de la mayor solemnidad. A menudo nos vemos abocados a lamentar los escasos resultados de la predicación, de la Escritura y del servicio. Hay una intensa actividad por todas partes. Se utilizan numerosos medios e instrumentos y, sin embargo, vemos pocos frutos. ¿A qué se debe esto? ¿No será quizá porque confiamos demasiado en los medios y nos apoyamos en exceso en los instrumentos, en lugar de contar exclusivamente con el Obrero divino? Nos preocupamos por nuestros esfuerzos, nuestras disposiciones, nuestras organizaciones, nuestros ministros, nuestros hombres dotados, en lugar de apoyarnos, con una fe sencilla y una dependencia que nos vacía de nosotros mismos, en el Espíritu de Dios. Entonces él se entristece, se ve sofocado y obstaculizado.
8 - Depender por completo del Espíritu Santo sin entristecerlo
Todo esto es extremadamente grave y debería llevarnos a un examen profundo de nuestro corazón y de nuestra conciencia ante el Señor. Leemos en el Evangelio el relato de un lugar en el que el Señor Jesús no pudo hacer milagros a causa de la incredulidad de la gente. ¡Qué acontecimiento tan solemne! ¡De hecho, obstaculizaron la obra de nuestro bendito Señor con su incredulidad! ¿No nos hace esto reflexionar? Sin duda que sí. Nosotros también podemos obstaculizar la obra con nuestra incredulidad. Podemos limitar al Espíritu Santo. Apenas sabemos todo lo que perdemos por falta de una confianza sencilla, sincera y ferviente en el Espíritu de Dios.
¡Oh, que todos los amados del Señor se tomen estas cosas muy en serio y se dediquen a una oración ferviente y llena de fe por el progreso de la obra del Espíritu en el Evangelio y en la Iglesia! ¡Que rechacemos toda confianza carnal, toda mirada puesta en los hombres, los esfuerzos humanos y los mecanismos, y nos apoyemos exclusivamente en el poder del Espíritu Santo!