Índice general
La libertad del Espíritu en la adoración
Autor: Leslie Marion GRANT 4
Tema: El culto y el ministerio por el Espiritu
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2008, página 336
1 - El Espíritu estableciendo a la Iglesia
La dispensación actual, la de la gracia, presenta el mayor contraste con todo lo que la precedió. El Hijo amado de Dios ha venido, ha cumplido con su sacrificio la poderosa obra de la redención, ha resucitado por la gloria del Padre, ha subido como Hombre a la diestra de Dios y ha enviado al Espíritu Santo para que more en la Iglesia. Todo esto ha puesto un fundamento precioso y puro, la única base para un cristianismo verdadero y práctico.
La dispensación anterior, la de la Ley, se introdujo mediante el establecimiento de un legislador –Moisés– y de un Sumo Sacerdote –Aarón–, apartado junto con sus hijos para ejercer el sacerdocio. El culto consistía en un ritual terrenal, que incluía numerosos sacrificios de animales, con el servicio del tabernáculo y ordenanzas muy detalladas.
Pero cuando nuestro Señor completó su obra, ascendió al cielo y envió al Espíritu de Dios –lo que marcó el comienzo de la historia de la Iglesia en la tierra–, no hubo nada que recordara el inicio de la historia de Israel como nación. Nadie fue ungido como legislador o Sumo Sacerdote, ni investido de una autoridad particular. Los apóstoles se dedicaron a confirmar la autoridad del Señor Jesús en medio de los suyos y la libertad del Espíritu para dirigir todo según la voluntad de Dios. Como el Nuevo Testamento aún no se había escrito, los apóstoles fueron utilizados especialmente por el Espíritu para comunicar la Palabra de Dios en ese período. Y cuando el Nuevo Testamento se completó, todos ellos abandonaron la escena, sin dejarnos otra autoridad que la «Palabra de la gracia» de Dios para guiarnos (Hec. 20:32). Esto es inestimable más allá de toda expresión. El servicio cristiano apela a la nueva naturaleza del creyente y despierta vivas actividades en su alma, para aprender de la Palabra de Dios y obedecerla con una devoción espontánea.
No es esclavitud a mandamientos legales, sino de la verdadera libertad del Espíritu de Dios.
2 - La presencia permanente del Espíritu
El Espíritu de Dios mora en la Iglesia a lo largo de toda su historia en la tierra, a pesar de la triste manera en que hemos fallado a la hora de darle el lugar que le corresponde, a pesar de la debilidad con la que nos hemos sometido a su dirección, y a pesar también de la forma en que hemos obstaculizado (quizás involuntariamente) su libertad.
La dirección del Espíritu debería ser evidente en toda nuestra vida personal, en nuestras alabanzas personales y en el servicio que cada uno de nosotros ha recibido. También debería ser evidente en la vida práctica de la asamblea, en la oración y el ministerio de la Palabra, y en el más alto grado en la adoración de la asamblea y en la celebración de la Cena del Señor (Fil. 3:3). Si no se le da al Espíritu de Dios plena libertad en el culto, es poco probable que se le dé en el resto de la vida de la asamblea.
El partimiento del pan es la expresión de la unidad de la comunión (1 Cor. 10:16-17), y debe celebrarse en memoria del Señor Jesús. ¡Preciosa comunión! ¡Precioso recuerdo, en efecto! Lo más importante aquí es la gloria de su persona, así como el valor infinito y la perfección de su obra. No perdamos nunca de vista esto en relación con el más mínimo detalle de la Cena, pues se trata de “la Cena del Señor” (vean 1 Cor. 11:23-26).
El Espíritu de Dios, en cada uno de los relatos que nos da de la Cena del Señor, nunca se menciona a sí mismo. Esto es así porque su actividad consiste en fijar los ojos y los corazones en la persona y la obra del Señor Jesús, de manera que se produzca una respuesta de amor espontánea en los corazones de cada uno de sus amados.
Del mismo modo, la guía del Espíritu no deja nada al azar en cuanto al momento de partir el pan. El Evangelio según Lucas nos dice: «Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los doce apóstoles con él» (22:14). No se dice a qué hora del día tuvo lugar esto, pero fue a una hora conocida de antemano, y por supuesto el propósito de la reunión era explícito. Esto es también lo que vemos en Hechos 20: «El primer día de la semana, como estábamos reunidos para partir el pan» (v. 7). No debe extraerse ninguna ley de este pasaje, pues la Escritura dice: «Porque siempre que comáis este pan y bebáis de esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que él venga» (1 Cor. 11:26). Si la asamblea se encuentra en tal estado que desea partir el pan cada día, no hay ninguna prohibición para hacerlo, aunque, evidentemente, el primer día de la semana se ha convertido en el momento más apropiado para este servicio. En cualquier caso, cada vez que tuviera lugar, el momento debía conocerse de antemano, al igual que el propósito de la reunión.
3 - La dirección del Espíritu para los detalles
Dado que la primera Cena del Señor tuvo lugar en un aposento alto, algunos han insistido en que hagamos lo mismo. Por supuesto, no hay ninguna objeción a utilizar un aposento alto, pero convertirlo en una ley iría más allá de la Escritura, que no nos dice dónde debe celebrarse el memorial. De hecho, hay lugares donde sería imposible encontrar un aposento alto, y en cuanto al lugar, el Señor dice: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Espiritualmente, el aposento alto evoca un nivel por encima del mundo. En otras palabras, nuestra verdadera adoración no está en la tierra, sino en el santuario, en la presencia de Dios, donde todo habla de su gloria. Lo que importa es el significado espiritual, no el lugar físico de la reunión.
Del mismo modo, algunos han señalado que, dado que la levadura debía ser eliminada de las casas para la fiesta de la Pascua, el Señor necesariamente tuvo que usar pan sin levadura. Y de ello concluyeron que debíamos hacer lo mismo sin falta. Sin embargo, cada vez que se habla del pan que el Señor tomó para instituir su memorial, la palabra utilizada no es «ázimos», la palabra griega para el pan sin levadura, sino «artos», la palabra común que designa el pan. Por lo tanto, el tipo de pan utilizado no tiene importancia, y establecer una regla al respecto sería puro legalismo.
En la misma línea, algunos se oponen al uso del vino en la Cena del Señor, e incluso en cualquier momento. Esto sería otra vez una regla puramente humana, ya que se invita a Timoteo a tomar un poco de vino por el bien de su estómago (1 Tim. 5:23). El Señor mismo hizo «buen vino» (Juan 2:7-11), y evidentemente bebió vino (Mat. 11:19), aunque ciertamente no en exceso, como algunos le acusaban de hacer. Pero no establece ninguna ley sobre lo que la copa debe o no debe contener, y nosotros no debemos formular normas al respecto. Recordemos que el pan habla del cuerpo de Cristo, y la copa de su sangre, y no nos dejemos distraer por los pensamientos legalistas de los hombres.
4 - La sencillez del Memorial
Observemos la hermosa sencillez de la reunión para el partimiento del pan. Las acciones de gracias, la alabanza y la adoración son ciertamente apropiadas en una reunión de este tipo, y el Espíritu de Dios debe tener libertad para dirigir toda actividad espiritual. El Señor mismo dio gracias antes de partir el pan, y de nuevo antes de dar la copa a los discípulos. Luego, cantaron un himno y se marcharon (Marcos 14:22-23, 26). La Palabra no dice en qué momento de la reunión debe celebrarse la Cena del Señor, ni qué debe precederla ni qué debe seguirla. Pero todo debe hacerse en memoria del Señor Jesús.
Seamos dependientes, y podremos estar seguros de la dirección del Espíritu de Dios en cada una de nuestras reuniones. Podemos esperar que él nos guíe en el desarrollo que él mismo considera conveniente.
Es bueno tener siempre presente esta palabra del Señor Jesús al instituir la Cena del Señor: «Haced esto en memoria de mí» (Lucas 22:19). No les pide que den gracias, alaben o adoren, aunque estas cosas sin duda tienen su lugar en ese momento. Si nos reunimos con el propósito de adorar, corremos el peligro de intentar producir nosotros mismos esa alabanza, en lugar de experimentar el frescor y la espontaneidad de la libre acción del Espíritu. Si realmente estamos aquí para recordar al Señor Jesús, entonces, sin duda, al pensar en él, la adoración será espontánea, la alabanza brotará de corazones verdaderamente conmovidos, y las acciones de gracias serán sinceras y libres de formalismo. Será una adoración «en espíritu y en verdad» (vean Juan 4:23), que se expresará en acciones de gracias y alabanza, en la libertad del Espíritu y con toda sencillez.
5 - Los diversos pensamientos del Espíritu acerca de Cristo
Y al recordar a Cristo, podemos considerar su eterna comunión con el Padre antes de que el mundo existiera, su envío por parte del Padre como expresión de toda la gloria de Dios, y el misterio de su encarnación. Podemos detener nuestros pensamientos en la maravillosa unión de Dios y del hombre en una sola persona, en su vida sin mancha de total consagración a Dios y de bondad hacia el hombre, en su fiel ministerio de gracia y verdad, en su paciencia en medio de la persecución de los hombres. Podemos contemplar el gran y precioso sacrificio de sí mismo, cuando no solo sufría los maltratos odiosos de sus criaturas, sino cuando experimentaba la angustia de estar abandonado por Dios, él, el verdadero sacrificio por el pecado, maldecido por nosotros. No solo recordamos su muerte, lo recordamos a él, y anunciamos su muerte. Nos acordamos de él en todas las circunstancias por las que pasó, y todas ellas centran nuestra atención en su maravilloso sacrificio.
Las ofrendas del Levítico hablan de todo esto. El holocausto (Lev. 1) subraya el valor personal y la excelencia del Señor Jesús como aquel que sí mismo se ofreció, en una consagración total a su Dios y Padre. Todo asciende hacia Dios como un aroma agradable, llenando su corazón de deleites. Al partir el pan, es nuestro privilegio poder presentar al Señor Jesús ante Dios como el tema de nuestra adoración bajo este aspecto glorioso.
La ofrenda de flor de harina (Lev. 2) habla de él en la perfecta belleza de su humanidad, correspondiendo cada partícula de la harina fina a alguna cualidad preciosa de su persona, formando todo ello una ofrenda que presentar a Dios en la adoración agradecida de corazones apegados a su persona. Al Espíritu de Dios le agrada dirigir nuestra atención hacia Cristo de esta manera, y el Padre se regocija cuando su Hijo le es presentado así.
El sacrificio de paz (Lev. 3) se repartía entre el adorador, el sacerdote y Dios, cada uno con su parte. Esto evoca una comunión compartida en el valor del sacrificio. Cristo es entonces presentado a Dios como la ofrenda por la cual se establece la paz entre Dios y los creyentes, y ciertamente, ellos tienen el privilegio de presentar al Señor Jesús a Dios de esta manera también, por el poder del Espíritu.
El sacrificio por el pecado (Lev. 4), en la ofrenda de Cristo, evoca el hecho de que él soportó, en una angustia terrible, el juicio inexorable de Dios contra el pecado, esa raíz de todo mal que tanto ha corrompido la creación, y que nada más que su propio sacrificio podía quitar. Sin ello, no podríamos tener ninguna parte en él ni con él. Al recordar al Señor, lo presentamos a Dios bajo este carácter de sacrificio por el pecado, por el cual el pecado es juzgado y nosotros mismos somos purificados para su presencia, lavados de todos nuestros pecados. Al instituir la Cena, nuestro Señor dijo: «Esto es mi sangre, la del pacto, la cual es derramada por muchos, para remisión de pecados» (Mat. 26:28).
En el Antiguo Testamento, el acto de ofrecer un sacrificio formaba parte de un culto que la Epístola a los Hebreos llama «carnales» (9:10). En la fracción del pan, por el contrario, los creyentes están llamados a hacer esto en memoria del Señor Jesús. Cuando se acuerdan de él bajo uno o varios de los aspectos que hemos recordado, sus corazones expresan un culto espiritual; presentan a Cristo ante Dios como la única ofrenda que deleita el corazón del Padre. Si su recuerdo es real para nosotros, una adoración apacible y silenciosa ascenderá espontáneamente de nuestros corazones hacia Dios, una adoración en espíritu y en verdad. Se expresará oralmente en acciones de gracias y alabanzas, mediante himnos o la lectura de versículos apropiados, en el orden en que el Espíritu de Dios quiera conducirnos. Él también nos guiará en cuanto al momento en que debe partirse el pan.
6 - El Espíritu conduce a los que participan
Que cada hermano cultive un espíritu de disponibilidad, manteniéndose dispuesto a ser utilizado por Dios, ya sea para leer la Escritura, para orar o para entonar un himno, según le impulse el Espíritu de Dios. Cada uno de ellos debería estar dispuesto ante el Señor a dar gracias por el pan y por la copa, si el Señor lo guía por medio de su Espíritu. Nunca deberíamos acostumbrarnos a dejar esto en manos de 2 o 3 hermanos hasta el punto de no sentirnos concernidos. El Señor ciertamente puede utilizar para ello tanto a un hermano joven como a uno mayor. El deseo de destacar es lamentable, pero quedarse atrás cuando el Señor nos lleva a avanzar es igualmente triste. Dediquémonos más al estudio de la Palabra y busquemos adquirir un buen conocimiento de nuestros himnarios. Meditemos a menudo en la persona y en la obra del Señor Jesús, de modo que tengamos una cesta llena cuando nos acerquemos a Dios para la adoración (comp. con Deut. 26:2).
Las hermanas también, aunque no se expresen oralmente, participan de manera esencial en la adoración, y lo que ocurre en sus corazones tiene un efecto determinante sobre lo que los hermanos expresan en voz alta. Porque la adoración en sí misma no es en absoluto audible: es desde los corazones de donde se eleva. Encontramos una magnífica imagen de ello en la unción de los pies del Señor Jesús por parte de María de Betania (Juan 12:1-8). Su perfume de gran valor fue gastado por completo para él personalmente, no para su obra, sino para él mismo. Ella no tuvo necesidad de decir ni una sola palabra. De igual modo hoy, el Espíritu de Dios puede actuar en una hermana de tal manera que su mera actitud de adoración tenga un efecto precioso en la expresión de la alabanza mediante los labios de los hermanos.
La alabanza, «el fruto de los labios que confiesa su nombre» (Hebr. 13:15), tiene por objeto a la persona divina o su obra. «Alaben el nombre de Jehová, porque solo su nombre es enaltecido» (Sal. 148:13) –es la alabanza de su nombre, de lo que él es. «Alabadle por sus proezas» (Sal. 150:2) –es la alabanza por lo que ha hecho. La acción de gracias, por su parte, está relacionada con lo que se ha recibido. «¡Gracias a Dios por su don inefable!» (2 Cor. 9:15). Este don es, sin duda alguna, Cristo mismo.
7 - Mediante el Espíritu, no simples repeticiones
Hay que insistir en el hecho de que, al partir el pan, anunciamos la muerte del Señor. Sin embargo, lo recordamos no solo como alguien que murió, sino como alguien que resucitó de entre los muertos y se sentó a la diestra del Padre. Lo conocemos como el Resucitado que se encuentra en medio de los santos reunidos, tal como dice: «En medio de la asamblea te cantaré alabanzas» (Hebr. 2:12). Nuestros corazones deberían estar profundamente penetrados de esto cuando tenemos el privilegio de reunirnos «a su nombre». Cristo «sí mismo se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio a Dios, de olor fragante» (Efe. 5:2). Y por medio de él, cada ofrenda de sus santos en memoria de él y de su sacrificio se eleva como un perfume precioso para el corazón del Padre. En un momento así también recordamos que Dios «no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom. 8:32), como Abraham e Isaac iban «juntos» hacia el lugar del sacrificio (Gén. 22:6-8), estando el corazón de Abraham profundamente implicado en esta escena. El sacrificio fue tan grande para nuestro Dios y Padre al entregar a su Hijo, como lo fue para el Hijo al entregarse él mismo.
Es posible que, en alguna ocasión, el desarrollo del culto guiado por el Espíritu nos cause tal impresión que deseemos reproducir el mismo orden y adoptar ese desarrollo como práctica habitual. Tampoco debemos aferrarnos a lo que creemos que es la mejor forma, o la forma más elevada, de culto. Al hacerlo, nos olvidaríamos de la realidad viva y del poder del Espíritu de Dios, y de su libertad para utilizar otro orden. Estemos seriamente en guardia contra este peligro, pues ello equivale a volver en cierta medida a un culto formal, aunque no nos demos cuenta.
Este tipo de cosas puede introducirse en las asambleas de diferentes maneras, pues a menudo tendemos imperceptiblemente a establecer algún esquema formal. No busquemos nunca justificarlo, ni sobre todo enseñarlo como algo bíblico. Cuanto más tiempo aceptemos tal esquema, más tenderemos a considerarlo como el correcto. Que el Señor nos dé, por el contrario, un verdadero ejercicio del corazón para estar verdaderamente guiados por el Espíritu en una verdadera dependencia, en lugar de convertirnos prácticamente en prisioneros de una tradición humana, ¡lo cual es contrario a la libertad del Espíritu!
En la Escritura hay una abundancia inagotable de material que el Espíritu de Dios puede utilizar para ocuparnos del Señor. Si algún día nos lleva a detenernos en un aspecto particular de la gloria de la persona y la obra de Cristo, es bueno que seamos capaces de discernirlo y que estemos dispuestos a adentrarnos en ese tema concreto. En otra ocasión, el énfasis podrá recaer en un aspecto totalmente diferente, pero igualmente valioso. Seamos flexibles en las manos del Espíritu de Dios, y sintámonos comprometidos, en el afecto fraternal y en la unidad, a contribuir al culto con todo lo que él pone en nuestros corazones, y en el momento en que él nos guíe hacia ello. Mediante este ejercicio, así como el de esperarnos «unos a otros» (vean 1 Cor. 11:33), el Espíritu de Dios podrá guiarnos hacia una auténtica libertad.
No debemos esperar elevarnos más allá de nuestro estado real. Si la debilidad espiritual es evidente en nuestro culto, este no mejorará por la adopción de una forma o un esquema adecuado. Busquemos más bien individualmente la comunión con el Señor con corazones que encuentran su deleite en Él mismo y en su Palabra. Esto es lo que favorecerá una respuesta espontánea a la conducción del Espíritu cuando estamos reunidos. Nada sustituye a esto, pues Dios es celoso de su propia gloria y de nuestros afectos. Que cada hermano se sienta completamente libre ante Dios para expresar, mediante una alabanza agradecida, lo que hay en su corazón, ¡según le impulse el Espíritu! Guardémonos cuidadosamente de todo espíritu de crítica hacia nuestros hermanos, y animemos todo lo que constituya una verdadera adoración dirigida al Padre y al Hijo. Si dependemos realmente de la acción del Espíritu de Dios, él nos guiará en la libertad y en la unidad.