Índice general
Cómo estudiar las Escrituras
Autor: Charles Henry MACKINTOSH 98
Tema: La interpretación de las Escrituras
1 - La imposibilidad de recomendar un método para el estudio de las Escrituras
Es muy difícil para cualquiera pretender prescribir a otros el método adecuado para estudiar las Escrituras. Las profundidades infinitas de las Sagradas Escrituras, al igual que los recursos inagotables que se encuentran en Dios y las glorias morales de la Persona de Cristo, solo se revelan a la fe y a la necesidad. Eso es lo que hace que la cosa sea tan sencilla. No es la inteligencia ni el poder intelectual lo que necesitamos, sino la sencillez de un niño pequeño. Aquel que compuso las Sagradas Escrituras debe abrir nuestra inteligencia para que recibamos su preciosa enseñanza. Y lo hará, si tan solo lo esperamos con verdadera sinceridad de corazón.
2 - La forma correcta de abordar las Escrituras
Nunca debemos perder de vista este hecho fundamental: es poniendo en práctica lo que sabemos, como nuestro conocimiento aumentará. De nada sirve sentarse como un ratón de biblioteca a leer la Biblia. Podemos llenar nuestro intelecto de conocimientos bíblicos, podemos conocer las doctrinas de la Biblia y la letra de las Escrituras al dedillo sin una pizca de unción o de poder espiritual. Debemos acudir a las Escrituras como un hombre sediento acude a un pozo; como un hombre hambriento acude a una comida; como un marinero acude a un mapa. Debemos acudir a ellas porque no podemos prescindir de ellas. Acudimos a ellas, no simplemente para estudiar, sino para alimentarnos. Los instintos de la naturaleza divina nos llevan a la Palabra de Dios como el recién nacido anhela la leche que le permitirá crecer. Es alimentándose de la Palabra como crece el nuevo hombre.
3 - El vínculo entre el estudio de la Biblia y la vida práctica y espiritual
Vemos, pues, hasta qué punto esta cuestión de cómo estudiar las Escrituras es real y práctica. Está íntimamente ligada a nuestra condición moral y espiritual, a nuestro caminar diario, a nuestros hábitos y a nuestra forma de ser. Dios nos ha dado su Palabra para formar nuestro carácter, para regir nuestra conducta y trazar nuestro camino. Por lo tanto, si la Palabra no ejerce una influencia formadora y un poder regulador sobre nosotros, es el colmo de la locura pensar en acumular una gran cantidad de conocimientos bíblicos en el intelecto.
4 - Los peligros del conocimiento por el intelectualismo
Esto no puede sino envanecernos y engañarnos. Es extremadamente peligroso especular y razonar sobre una verdad que no se siente ni se vive; esto engendra una indiferencia de corazón, una ligereza de espíritu, una insensibilidad de la conciencia, lo cual es aterrador incluso para las personas de piedad sincera. Nada tiende tanto a entregarnos por completo en manos del enemigo como acumular una gran cantidad de conocimientos intelectuales de la verdad sin una conciencia sensible, un corazón sincero y un espíritu recto. La simple profesión de la verdad que no actúa sobre la conciencia y no se manifiesta en la vida es uno de los peligros particulares de la época en que vivimos.
5 - Preferir siempre el poder formador de la Palabra de Dios a la mera teoría
Es mucho mejor saber solo un poco, pero con realidad y poder, que profesar una gran cantidad de verdad que permanece impotente en el ámbito de la inteligencia, sin ejercer ninguna influencia formadora sobre la vida. Prefiero con mucho estar honestamente en Romanos 7 que ficticiamente en el capítulo 8. En el primer caso, estoy seguro de llegar al lugar correcto, pero en el segundo, nadie sabe dónde podría acabar.
6 - El uso y la utilidad de los escritos
En cuanto a la cuestión del uso de los escritos humanos para ayudarnos en el estudio de las Escrituras, se impone cierta prudencia. No hay duda de que el Señor puede utilizar y de hecho utiliza los escritos de sus siervos, al igual que utiliza su ministerio oral para nuestra instrucción y edificación. De hecho, en el estado actual de fractura y división de la Iglesia, es maravilloso comprobar la rica gracia y la tierna solicitud del Señor, que alimenta a su pueblo amado a través de los escritos de sus siervos.
7 - La función central de Dios mismo y del Espíritu Santo
Pero, repetimos, se impone cierta prudencia, así como una ferviente espera en el Señor, para que no abusemos de un don tan precioso, y para que no nos lleve a especular con un capital prestado.
Si realmente dependemos de Dios, él nos dará lo que necesitamos; pondrá el buen libro de su Palabra en nuestras manos. Nos dará el alimento que nos conviene. Al hacerlo, la recibimos directamente de él mismo y la conservamos en comunión con Él mismo. Ella es fresca, viva, poderosa, formadora; toca el corazón y resplandece en la vida; y crecemos en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
8 - ¡Qué crecimiento tan precioso! ¡Quiera Dios que haya más!
Por último, debemos recordar que la Sagrada Escritura es la voz de Dios y que la Palabra escrita es la transcripción de la Palabra viva. Solo mediante la enseñanza del Espíritu Santo podemos comprender verdaderamente la Escritura, y es Él quien revela sus profundidades vivas a la fe y a la necesidad. No lo olvidemos nunca.