Inédito Nuevo

¿Cómo leer la Palabra de Dios?


person Autor: P. C. 1

flag Tema: ¿Cómo leer la Palabra de Dios y apropiársela?


1 - Dios habla al hombre

1.1 - A través de la Palabra escrita

«Toda la Escritura está inspirada por Dios, y útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16). En vano pretenderían los hombres conocer a Dios sin las Escrituras. Durante mucho tiempo han buscado ardientemente lograrlo por sus propios medios: la ciencia, la filosofía, etc., pero han acabado confesando así su ignorancia: «A un Dios desconocido» (Hec. 17:23). Tal era la tan alabada sabiduría de los griegos: nada de lo que realmente se pueda estar orgulloso. A Dios solo se le puede conocer mediante la revelación de sí mismo, y él ha dado esa revelación en las Escrituras. Ha dado pruebas visibles de su poder eterno y de su divinidad en la creación; pero esas pruebas, si bien bastan para condenar al insensato que dijo en su corazón: «No hay Dios» (Sal. 14:1), no lo revelan en su naturaleza y su carácter. Solo las Escrituras, por estar inspiradas por Dios, pueden darlo a conocer. Solo allí se manifiesta Dios en su santidad, su justicia y su amor. «Dios es luz» y «Dios es amor» (1 Juan 1:5; 4:8, 16), eso es lo que aprendemos y vemos tanto en su Palabra escrita como en la Palabra encarnada.

1.2 - Por la Palabra «hecha carne»

Nuestro Señor Jesucristo es la Palabra encarnada, «el resplandor de su gloria y la fiel imagen de su Ser» (Hebr. 1:3). «Nadie ha visto jamás a Dios: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Juan 1:18). El testimonio personal del Hijo se suma a los Escritos del Antiguo Testamento y a los del Nuevo para dar a conocer a Dios. Si el hombre elige deshonrar al Hijo poniendo en duda su veracidad, o deshonrar a Dios poniendo en duda la verdad de su Palabra escrita, lo hace a su costa. Una cosa es segura: al aferrarse el hombre a su propia concepción de Dios, de su Cristo y de su Palabra, nunca saldrá de las tinieblas –tinieblas interiores ahora, exteriores más tarde, si persiste en su incredulidad. «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is. 8:20).

1.3 - A través de las pruebas

La fe no pone en duda lo que está inspirado por Dios. Lo recibe con un corazón sincero, sin reservas ni sospechas. Confirma que Dios es verdadero. No es otra cosa que lo que suelen hacer los hombres con respecto a la palabra de sus semejantes. ¿Es Dios menos digno de confianza que ellos? ¿Acaso no ha hablado en beneficio del hombre? «Sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende. Por sueño, en visión nocturna, cuando el sueño cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho, entonces revela al oído de los hombres, y les señala su consejo, para quitar al hombre de su obra, y apartar del varón la soberbia. Detendrá su alma del sepulcro, y su vida de que perezca a espada. También sobre su cama es castigado con dolor fuerte en todos sus huesos, que le hace que su vida aborrezca el pan, y su alma la comida suave. Su carne desfallece, de manera que no se ve, y sus huesos, que antes no se veían, aparecen. Su alma se acerca al sepulcro, y su vida a los que causan la muerte. Si tuviese cerca de él Algún elocuente mediador muy escogido, que anuncie al hombre su deber; que le diga que Dios tuvo de él misericordia, que lo libró de descender al sepulcro, que halló redención; su carne será más tierna que la del niño, volverá a los días de su juventud. Orará a Dios, y este le amará, y verá su faz con júbilo; y restaurará al hombre su justicia. Él mira sobre los hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz. He aquí, todas estas cosas hace Dios dos y tres veces con el hombre, para apartar su alma del sepulcro, y para iluminarlo con la luz de los vivientes» (Job 33:14-30).

En verdad, Dios, mediante las pruebas, lleva al hombre a sentir su propio pecado y su ruina, para decirle que ha encontrado un rescate y que, ante su sincera confesión, está dispuesto a liberar su alma para que no descienda a la fosa e incluso a establecerla en su favor; un Dios así merece ser creído, sobre todo cuando nos muestra, en la cruz de su Hijo, lo que le ha costado nuestra redención. Ahora bien, por el simple hecho de aceptar su Palabra, el hombre nace de nuevo, nace del agua y del Espíritu, y la nueva vida así adquirida debe alimentarse de la sustancia que la ha producido. Por su propia naturaleza, no puede alimentarse de otra cosa, y su desarrollo será proporcional al alimento que reciba.

2 - La Palabra: un alimento

2.1 - Exponer correctamente la Palabra de Dios

Después del alimento, o en paralelo a este, vendrá la educación. El conocimiento espiritual irá, o debería ir, de la mano del crecimiento espiritual. La «doctrina» entrará aquí para bien. La doctrina consiste en «exponer justamente la Palabra de la verdad» (2 Tim. 2:15). De lo contrario, se corre el riesgo de hacer un terrible desastre con las Escrituras. La amalgama de la Ley y de la gracia, por ejemplo, conducirá a lo que se llama adventismo, una de las falsificaciones modernas del cristianismo. «Exponer justamente la Palabra de la verdad» exige un discernimiento espiritual, que el Espíritu Santo da al creyente. «Él os guiará al conocimiento de toda la verdad» (Juan 16:13), como prometió el Señor. Así guiados, y una vez barridas todas las ideas preconcebidas o tradiciones, discernimos las diferencias entre las dispensaciones, entre el llamado terrenal de Israel y el llamado celestial de la Iglesia.

2.2 - El Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento se dirige específicamente a Israel, el Nuevo Testamento específicamente al cristiano. Pero sería un error fatal creer que el Antiguo Testamento no tiene nada que ofrecer a los cristianos. Si son asiduos, encontrarán en cada página alimento, apoyo, consuelo, advertencias, exhortaciones, etc., y, cuando la luz del Nuevo Testamento se proyecte sobre él, encontrarán verdades de la mayor importancia, especialmente en forma de tipos. Cuando el apóstol dice: «Porque lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza» (Rom. 15:4), se refiere claramente a los escritos del Antiguo Testamento.

2.3 - Una alimentación variada

La alimentación es muy variada en la Palabra de Dios, y es una condición esencial para la salud del alma. De hecho, el mismo principio se aplica al cuerpo. Nadie podría vivir mucho tiempo, ni siquiera con la mejor carne preparada siempre de la misma manera. Debe haber leche para los lactantes y alimento sólido para los hombres adultos, e incluso leche para los hombres con mala salud, espiritualmente hablando, como lo estaban los corintios y los hebreos. Más aún: entre el alimento variado que contiene la Escritura, no hay ni uno solo del que el cristiano pueda decir: “No lo necesito”. ¡Qué gozo, cuando al leer el Antiguo Testamento, se descubre que el pensamiento de Dios está continuamente ocupado por Cristo, como lo muestran los tipos y lo declaran los profetas! ¡Qué ayuda tan valiosa son las advertencias extraídas de la historia de los pueblos antiguos! ¡Qué consuelo, en la prueba, son las piadosas palabras de los Salmos! Tienen derecho a sacar provecho de todas las instrucciones, advertencias, consuelos y promesas.

2.4 - Los Evangelios

Y si pasamos al Nuevo Testamento, ¿hay una sola página de la que pudiéramos o quisiéramos prescindir? Allí también hay un alimento muy variado. Tomemos los Evangelios: ¿Se conformarían con los 3 primeros, llamados “sinópticos”, y dejarían de lado el cuarto? ¿O dirían que el cuarto les basta? Si omiten uno, eliminan una parte de Cristo, en lo que respecta a su manifestación. Si amamos a nuestro Salvador y Señor, querremos descubrir al Mesías –Emmanuel, Dios con nosotros– tal y como se presenta en Mateo; su ministerio tal y como se ve en Marcos; su gracia tal y como se revela en Lucas; su divinidad unida a su humanidad perfecta –el Verbo hecho carne– tal y como se atestigua en Juan. También querremos estar cerca de él y aprender de él a través de cada uno de ellos. Así, cerca e instruido por él, exclamaremos: «Todo él es codiciable» (Cant. 5:16). Apártense, calumniadores que os atrevéis a criticar sus palabras o sus actos, o el testimonio inspirado de quienes le acompañaron cuando estaba en la tierra y que podían decir: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros. Y con certidumbre nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo esté completo» (1 Juan 1:3-4).

2.5 - Las Epístolas

Tomemos también las Epístolas. ¿Acaso no son también muy variadas, y tanto más útiles por su variedad? Así es como responden a los diversos estados de ánimo y a las condiciones de vida de aquellos a quienes se dirigen, que son, hoy en día, todos los cristianos. No podríamos descartar ni una sola de ellas sin causar un grave perjuicio a nuestras propias almas. No podemos prescindir de la Epístola a los Gálatas ni de la de los Efesios. La Epístola a los Gálatas nos preservará de caer en el legalismo de nuestra época, y la de los Efesios nos enseñará toda la medida de la vocación celestial. La verdad de Dios está constituida según el mismo modelo que el Cuerpo místico de Cristo: no hay una sola parte de este de la que podamos decir: «No tengo necesidad de ti» (1 Cor. 12:21).

2.6 - Alimentarse de Cristo en la tierra y de Cristo exaltado

Durante su estancia en el desierto, los hijos de Israel solo tenían el maná para alimentarse. Nosotros, los cristianos, somos mucho más privilegiados. Tenemos el maná en los Evangelios –Cristo, el pan bajado del cielo, para que el hombre coma de él y crezca– y el trigo maduro de la tierra en las Epístolas –Cristo resucitado y glorificado. El alma solo goza de buena salud si se alimenta de ambos, o más bien de Aquel que descendió para morir y de Aquel que ascendió en el poder de una vida eterna. Disfrutamos profundamente de Él en su camino de obediencia hasta la muerte en la tierra, y por la fe disfrutamos por anticipado de las bendiciones celestiales que él nos ha abierto.

3 - Poner en práctica la Palabra

3.1 - En la vida cotidiana

Pero, además, necesitamos instrucciones y directrices para nuestro caminar diario, y las encontramos en las Escrituras y en la doctrina. El Señor, por medio de Moisés, dijo a los hijos de Israel: «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (Deut. 6:6-9). No bastaba con que pudieran ser leídas por los que pasaban, sino que, a la luz de ellas, estos pudieran llevar una vida acorde con ellas. Esto es lo que el mundo espera del cristiano, y con razón. Donde el ojo es sencillo, el cuerpo está lleno de luz. En verdad, que no se diga de ninguno de los que profesan conocer a Cristo y guardar su Palabra: «Dicen y no hacen» (Mat. 23:3).

3.2 - La obediencia a los mandamientos

Encontraremos abundante “enseñanza en la justicia” en el sublime Sermón de nuestro Señor en el Monte. ¿Quién pretenderá que el cristiano está por encima y más allá de esto? Es bueno para nosotros disfrutar de nuestra herencia celestial, pero incluso eso mismo puede convertirse en una trampa si olvidamos que estamos llamados, mientras permanezcamos aquí, a ser justos, en la práctica y en toda realidad. Todos nuestros caminos deberían estar en consonancia con la Palabra de Dios. Necesitamos, no solo instrucciones y directrices, sino también mandamientos. Es en el Evangelio según Juan, donde desde la primera página se nos introduce en la relación de hijos, o más bien de niños, donde el Señor habla más de mandamientos. Ciertamente, estos están en consonancia con esa relación; pero cuanto más elevada es la relación, más rigurosa es la exigencia de obediencia. Nuestro bendito Señor mismo es el modelo de la obediencia perfecta. ¿Acaso no dijo?: «Porque no hablé de mí mismo, sino que el Padre que me envió, él me ha dado mandamiento de lo que debo decir y lo que debo hablar. Yo sé que su mandamiento es vida eterna; todo lo que digo, pues, lo digo según me ha dicho el Padre» (Juan 12:49-50). Las mismas palabras que su Padre le había ordenado decir a sus discípulos se convirtieron en mandamientos del Padre para ellos. «Si me amáis, guardad mis mandamientos», dice, y también: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él»; y también: «Si alguno me ama, guardará mi palabra. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada con él»; y también: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Juan 14:15, 21, 23; 15:10).

3.3 - Caminar como Él caminó

Si alguien pregunta: “¿Dónde puedo encontrarlos?”, respondemos: “No en una lista, sino en todo lo que el Señor dijo y enseñó”. Esto nos obligará a seguir de cerca sus huellas, pero es precisamente lo que Dios espera de sus hijos. «Y en esto sabemos que le conocemos: si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él; pero el que guarda su Palabra, en este realmente el amor de Dios se ha perfeccionado; en esto sabemos que estamos en él. El que dice permanecer en él, también debe andar como él anduvo. Amados, no os escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo que teníais desde el principio; el mandamiento antiguo es la Palabra que oísteis. Otra vez, un mandamiento nuevo os escribo, que es verdadero en él y en vosotros; porque las tinieblas van pasando y la luz verdadera ya brilla» (1 Juan 2:3-8).

¡Quiera Dios que tengamos más gusto por esta Palabra de Dios, una apreciación más completa de su valor inestimable! ¿No diremos con Jeremías?: «Fueron halladas tus Palabras, y yo las comí; y tu Palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos» (Jer. 15:16).


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