Índice general
No desanimarse
Autor: Ernst August BREMICKER 21
Tema: Las exhortaciones
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2010, página 297
0 - Introducción
En el Nuevo Testamento, varios pasajes nos exhortan a no desanimarnos. Uno puede desanimarse, es decir, relajarse, dejar de hacer las cosas de buen grado, en diversas actividades que en su día se llevaban a cabo con celo.
Dios nos llama a seguir nuestro camino con la energía de la fe. Sin embargo, puede sucedernos que nos encontremos como Elías bajo el retamo (1 Reyes 19:4). El futuro parece sombrío. El valor nos abandona. Las fuerzas disminuyen. Nos cansamos y nos rendimos.
Tal estado puede ser pasajero, causado por circunstancias externas. Pero también puede afianzarse y volverse duradero. Más de un cristiano ha empezado bien, pero luego la energía espiritual ha flaqueado y se ha instalado un estado de cansancio. Si ese es nuestro caso, ¡que Dios nos despierte y reavive nuestro valor!
Deseamos considerar los pasajes del Nuevo Testamento que nos exhortan a no cansarnos, en los que la propia palabra griega característica aparece en el texto original.
1 - No cansarse en la oración
«Les contó una parábola para [mostrarles] la necesidad de orar siempre y no desanimarse» (Lucas 18:1).
El Señor Jesús insistió varias veces en la importancia de la oración. Aquí lo hace mediante una parábola, para animar a sus discípulos a orar siempre, sin cansarse. «Siempre» no significa que no debamos hacer nada más que orar. Eso, evidentemente, no sería posible. Significa que debemos vivir continuamente en una actitud de dependencia de Dios y que debemos acudir a nuestro Dios con todos los problemas que podamos encontrar. La parábola que el Señor expone aquí, la de la mujer que importunaba continuamente a un juez injusto, muestra claramente su intención: exhorta a perseverar en la oración y a no desanimarse si la respuesta divina no llega de inmediato.
Encontramos enseñanzas similares en otros pasajes del Nuevo Testamento. Como hombre perfectamente dependiente, el Señor Jesús pasó toda una noche orando a Dios (Lucas 6:12). Los discípulos «unánimes se dedicaban asiduamente a la oración» (Hec. 1:14; comp. con 6:4). Se exhorta a los creyentes de Roma a perseverar en la oración (Rom. 12:13), y Pablo escribe a los de Colosas: «Perseverad en la oración, velando en ella con acciones de gracias» (4:2).
A través de la oración, tenemos la posibilidad de hablar con nuestro Dios en el cielo. Lo hacemos personalmente, en familia y en la asamblea. El peligro de descuidarnos o cansarnos es grande, ya sea en uno u otro de estos ámbitos, o incluso en todos. Quizás hayamos abandonado poco a poco la buena costumbre de comenzar y terminar nuestros días con la oración. O bien, participar en las reuniones de oración de la asamblea local se ha convertido para nosotros en una pesada obligación, y tal vez ya ni siquiera asistamos. También puede ser que, respecto a un tema concreto por el que hemos orado mucho, nos cansemos porque nada cambia.
En cualquier caso, recibamos el ánimo que nos da el Señor para no cansarnos en la oración, y empecemos de nuevo. «La ferviente súplica del justo puede mucho» (Sant. 5:16).
2 - No cansarse en el servicio
«Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio, según la misericordia que se nos otorgó, no desfallecemos» (2 Cor. 4:1).
El apóstol Pablo había recibido del Señor un ministerio bien definido y de carácter único. Era siervo del Evangelio y siervo de la Iglesia (comp. con Col. 1: 23, 25). En 2 Corintios 3, se presenta como ministro del nuevo pacto (v. 6). Llama a este ministerio el del Espíritu y el de la justicia (v. 8-9). El primer versículo del capítulo 4, citado anteriormente, se refiere a esto y muestra un aspecto particular de su servicio. Habiéndolo recibido por la misericordia de Dios, Pablo no quería ni relajarse ni cansarse y, de hecho, no lo hizo.
Ninguno de nosotros querrá compararse con Pablo. Y, sin embargo, sin duda deseamos servir a Dios por el Espíritu y mantenernos a su disposición allí donde Él quiera emplearnos. Cada uno de nosotros ha recibido un don de gracia, un servicio (1 Pe. 4:10; Efe. 4:7). Y al don va unida la responsabilidad de cumplir fielmente el servicio encomendado y de no cansarse.
¡Lamentablemente, sucede que un creyente abandona por completo su servicio al Señor! Tenemos un ejemplo de ello en la persona de Juan, apodado Marcos. Había ido con Pablo y Bernabé para ayudarles en su misión (Hec. 13:5). Pero muy pronto los abandonó y regresó a Jerusalén. Sin conocer con precisión las razones de su abandono, podemos decir que este siervo se cansó.
También puede ser que un servicio nos resulte una carga y ya no queramos cumplirlo. Quizás busquemos algo más fácil o que nos deje más tiempo libre. Recordemos la exhortación dada a Arquipo: «Mira por el ministerio que has recibido en el Señor, para que lo cumplas» (Col. 4:17). También a Timoteo se le animó a perseverar en el ministerio recibido: «Cumple tu ministerio» (2 Tim. 4:5).
3 - No cansarse en las circunstancias difíciles
«Por eso no nos cansamos; porque cuando nuestro hombre exterior va decayendo, el hombre interior se va renovando de día en día. Ya que nuestra ligera aflicción momentánea produce en medida sobreabundante un peso eterno de gloria» (2 Cor. 4:16-17).
Pablo se encontraba en circunstancias muy difíciles, como escribe en los versículos anteriores: tribulación, situaciones sin salida, persecución. En el versículo 10, dice: «Llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús».
El cuerpo humano se caracteriza por la debilidad. Se le llama «nuestro cuerpo de humillación» (Fil. 3:21). En el creyente, se deteriora de la misma manera que en el incrédulo. Es «un vaso de barro» (2 Cor. 4:7) que, durante la vida del cristiano, atraviesa circunstancias difíciles y variadas.
Si solo tuviéramos eso ante nuestros ojos, podríamos desanimarnos y cansarnos fácilmente. Muchos creyentes experimentan que su ser exterior se va deteriorando a simple vista. Aunque hoy en día conozcamos poco la persecución y la tribulación, todos experimentamos que el camino del cristiano conduce a la gloria a través del sufrimiento. Más de un creyente ha agotado sus fuerzas en el servicio al Señor. Muchos de nosotros conocemos la enfermedad y experimentamos cada día que el hombre exterior se va consumiendo. Pero sea como sea, no debemos cansarnos.
Pablo pone en contraste al hombre interior y al hombre exterior. El alma del creyente se renueva día a día mediante la comunión con el Señor glorificado. Además, el apóstol nos asegura que la tribulación, en comparación con la gloria que nos espera, es leve y momentánea. Esto nos anima a no desmayar, ni siquiera en las dificultades.
¿Hacia dónde están dirigidas nuestras miradas? Si se dirigen a las circunstancias, nos desanimamos fácilmente; si se dirigen al Señor en el cielo, no desmayamos.
4 - No desanimarse por las aflicciones de los demás
«Por lo cual ruego que no desmayéis a causa de mis aflicciones por vosotros, que son vuestra gloria» (Efe. 3:13).
También podemos cansarnos –o desanimarnos– a causa de las circunstancias difíciles de otras personas. Pablo estaba preso en Roma. Desde esa prisión, escribe a los efesios: «Por esta causa yo, Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles» (3:1). No estaba encarcelado por haber cometido ninguna falta, sino por haber llevado el Evangelio a las naciones no judías. Era posible que los efesios, que en su mayoría procedían de esas naciones, se desanimaran a causa de las difíciles circunstancias de Pablo y flaquearan en el vigor de su fe. El apóstol advierte de este peligro.
Aunque nuestra situación es diferente a la que encontramos aquí, podemos extraer una lección para nosotros. Pablo era un instrumento notable en la mano del Señor, y su servicio activo se había interrumpido. Algo similar también puede ocurrir hoy en día. Hay hermanos y hermanas que ocupan un lugar especial en el pueblo de Dios y que tienen un carácter ejemplar. Esto puede darse a nivel local o de manera más amplia.
Cuando tales personas cesan repentinamente en el servicio activo –ya sea por enfermedad, fallecimiento u otras circunstancias– existe el peligro de que otros se cansen y se desanimen.
Pero tenemos nuestro recurso en el «Señor nuestro; en quien tenemos seguridad y acceso con confianza mediante la fe en él» (Efe. 3:12). Se trata para nosotros –como en 2 Corintios 4– de no fijarnos en las circunstancias ni en las personas, sino en el Señor Jesús. Eso es lo que nos preserva de cansarnos.
5 - No cansarnos de hacer el bien
«No nos cansemos de hacer el bien; porque, a su tiempo cosecharemos, si no desfallecemos» (Gál. 6:9).
Los gálatas fueron severamente reprendidos por el apóstol Pablo. Al final de la Epístola, les muestra la relación inevitable entre la siembra y la cosecha, y le da una aplicación espiritual. El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción. Y el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna (v. 8).
La cosecha siempre sigue a la siembra, pero se produce con un cierto desfase temporal. Puede que sembremos el bien, pero que no veamos ningún resultado. Esto podría desanimarnos y llevarnos a cansarnos. Pero Pablo nos recuerda que la cosecha llega «a su tiempo», en el momento fijado por Dios. ¿Cuándo llegará ese momento?, no lo sabemos. La cosecha llegará a más tardar cuando seamos manifestados ante el tribunal de Cristo. Un día, Dios recompensará todo lo que se haya hecho con vistas al bien. Esto debe animarnos.
Encontramos en otro lugar una exhortación similar.
«Pero vosotros, hermanos, no os canséis de hacer el bien» (2 Tes. 3:13).
Aquí, Pablo acaba de hacer una advertencia respecto a aquellos que no quieren trabajar y se entrometen en asuntos que no les incumben. En contraste con tales comportamientos, Pablo exhorta a los creyentes a no cansarse de hacer el bien. Por lo tanto, no basta con evitar lo que no debemos hacer. También hay que saber lo que debemos hacer. Y eso se denomina aquí «el bien».
Hay que entender la exhortación a «hacer el bien» en un sentido muy general. No se trata especialmente de limosnas u obras de caridad, sino de hacer aquello de lo que estamos convencidos ante Dios de que debe hacerse.
En Santiago 4:17 se dice: «El que sabe hacer el bien y no lo hace, para él es un pecado». Es una afirmación que va muy lejos y que nos hace reflexionar.
Hacer el bien es, por nuestra parte, la respuesta a lo que Dios ha hecho por nosotros. Ningún hombre puede hacer el bien para ganarse un lugar en el cielo. Pero aquellos a quienes el Señor ha abierto el cielo por su obra en la cruz no deberían ahora cansarse de hacer el bien. Cada día hay abundantes ocasiones para hacerlo. No nos cansemos, pues.