Nuevo En desarrollo

Hechos de los apóstoles


person Autor: Samuel PROD'HOM 9

library_books Serie: Pláticas sencillas

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


1 - Introducción

El libro de los Hechos de los Apóstoles sigue a los evangelios. En los cuatro evangelios vemos algo de las glorias del Señor presentadas en sus actos y sus palabras, resaltando los caracteres de Mesías, Siervo, Hijo del hombre e Hijo de Dios respectivamente. Luego se describe su muerte y su resurrección, necesarias para que Dios fuese glorificado salvando al pecador.

El libro de Hechos de los apóstoles es como la continuación del evangelio según Lucas; ambos son del mismo autor y se dirigen a la misma persona, llamada en el evangelio «excelentísimo Teófilo», probablemente un funcionario romano que se hizo cristiano [1]. En Hechos ya no es llamado «excelentísimo», bien sea porque había renunciado a sus funciones, o porque en la intimidad fraternal este título dejó de emplearse.

[1] El título de «excelentísimo» es dado a Félix y a Festo (cap. 23:26; 24:3; 26:25).

Al final del evangelio según Lucas, el Señor dice a sus discípulos: «Está escrito, y así era necesario, que el Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicase el arrepentimiento para perdón de pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí que yo envío sobre vosotros la promesa de mi Padre; pero quedaos en la ciudad hasta que seáis investidos de poder desde lo alto» (cap. 24:46-49). En Hechos 1 el Espíritu de Dios reanuda este tema mencionando detalles omitidos en el evangelio.

El libro de los Hechos se divide en dos partes:

  1. capítulos 1-12;
  2. capítulos 13-28.

En la primera parte encontramos la ascensión del Señor, el descenso del Espíritu Santo el día de Pentecostés, el ministerio de Pedro y Juan entre los judíos, la conversión de Saulo de Tarso (el apóstol Pablo), la difusión del Evangelio fuera de Judea y la muerte de Jacobo.

La segunda parte relata el ministerio de Pablo entre los gentiles, predicando la salvación por la fe, a los judíos, primeramente y después a los griegos, a quienes da a conocer todas las verdades relativas a la Iglesia, a saber, su carácter celestial en unión con Cristo glorificado, cabeza de su Cuerpo, del cual cada creyente es miembro y a la vez habitación de Dios por el Espíritu. La Iglesia reemplaza a Israel como testimonio de Dios en la tierra.

Toda la actividad del gran apóstol de los gentiles es presentada en cuatro viajes misioneros, hasta su encarcelamiento en Roma. En el curso de esos años escribió sus epístolas.

2 - Hechos 1

2.1 - Los discípulos y Jesús resucitado

«Escribí el primer tratado, oh Teófilo, acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado órdenes por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido». Este primer tratado, el que también hace referencia al evangelio según Lucas, abarca las cosas que «Jesús comenzó a hacer y a enseñar». Toda la actividad del Señor aquí en la tierra era el comienzo de la gran obra que sería continuada por el poder del Espíritu Santo y mediante sus siervos, hasta el cumplimiento del consejo de Dios para el cielo y la tierra. El libro de los Hechos narra la participación de los apóstoles en esta obra. Al final del evangelio según Marcos, leemos: «Con la colaboración del Señor, confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Marcos 16:20).

¿Qué pueden hacer los siervos de Dios si el Señor no opera en ellos y mediante ellos? La obra es del Señor, el siervo no es más que un instrumento. El mismo Señor la empezó, y será enteramente terminada cuando la creación actual ceda su lugar a cielos nuevos y a una tierra nueva.

El Señor dio órdenes a los apóstoles que había escogido mediante el Espíritu Santo, su agente, por quien siempre lo ha cumplido todo. Como hombre, el Señor le recibió al principio de su ministerio, para su servicio; y por el mismo Espíritu también actuó después de su resurrección.

El Espíritu de Dios nos recuerda que el Señor, «después de padecer, se presentó vivo con muchas pruebas convincentes a lo largo de cuarenta días; dejándose ver de ellos y hablándoles sobre el reino de Dios» (v. 3). Esta declaración tiene gran importancia en nuestros días, porque afirma la verdad capital de la resurrección del Señor. Después de haber padecido, murió, pero luego se presentó vivo, dando todas las pruebas de que era el mismo. Los apóstoles lo vieron durante cuarenta días; comió y bebió con ellos, dice Pedro (cap. 10:41), y les habló acerca del reino de Dios. En el último capítulo de Lucas encontramos los detalles de este versículo 3. Allí el Espíritu de Dios subraya la importante verdad de que el Señor era el mismo después de su resurrección. Aunque su cuerpo era espiritual, también era visible y tangible, lo cual demuestra que no era solo espíritu. Cuando se encontró entre sus discípulos, les hizo palpar sus manos y sus pies para que comprobaran que seguía siendo el mismo; y comió delante de ellos, aunque su cuerpo ya no tenía necesidad de alimentos. La aparición de Jesús resucitado a sus discípulos no fue repentina y fugaz; duró cuarenta días. En la Palabra, el número cuarenta representa el tiempo necesario para una prueba. Fueron necesarios cuarenta años para probar al pueblo de Israel en el desierto. Moisés permaneció cuarenta días en la montaña con Dios. Durante este tiempo el pueblo se mostró tal como era al hacer el becerro de oro. La prueba del hombre duró cuarenta siglos, hasta la venida de Cristo. El Señor permaneció en la tierra el tiempo requerido por Dios para que la gran verdad de su resurrección fuese establecida de manera irrefutable, pues por ella la obra de Cristo adquiere todo su valor. Ella prueba que Dios ha sido perfectamente glorificado por la muerte de su Hijo, y que todos nuestros pecados, llevados por él en la cruz, han sido expiados, porque si no hubiese sido así, Dios no le hubiera resucitado: «Si Cristo no ha sido resucitado, vana es vuestra fe; todavía estáis en vuestros pecados» (1 Cor. 15:17).

En este libro veremos la importancia de la resurrección para la predicación del Evangelio en medio de un pueblo que, después de haber dado muerte al Señor, creyó la mentira de sus jefes, quienes aseguraban que sus discípulos habían venido de noche y habían sustraído su cuerpo. Es fácil comprender que, si el Señor no hubiese resucitado, todo lo que él dijo e hizo durante su ministerio no tendría valor alguno, pues su obra y su persona habrían culminado con la muerte. En consecuencia, la muerte eterna sería la porción de todos los hombres, Satanás hubiera triunfado destruyendo toda la obra de Dios, lo cual es imposible. Dios quiso que de hombres pecadores y perdidos pasáramos a ser los felices y gloriosos habitantes de cielos nuevos y tierra nueva. Pero para eso hacía falta un Salvador que tomase sobre sí todas las consecuencias del pecado y, después de haberlo cumplido todo, saliese de la muerte triunfante y vencedor.

Nos hemos detenido en este versículo debido a la importante verdad de la resurrección del Señor, en la cual descansa todo el cristianismo, aunque hoy en día la menosprecien quienes enseñan que Jesús resucitó solo en espíritu. No resucitó en espíritu como tampoco murió en espíritu (1 Pe. 3:18). Por la gracia de Dios murió verdaderamente: padeció por nosotros el juicio que merecíamos; y Dios le resucitó y le glorificó para mostrar su perfecta satisfacción por la obra cumplida en la cruz. El Señor Jesús es un verdadero hombre, pero un hombre divino que vivió en este mundo, murió y resucitó; ahora está en el cielo, y volverá en gloria con todos los santos glorificados para reinar mil años en esta tierra. Durante este tiempo, los que no hayan creído en su muerte expiatoria y en su resurrección estarán en el Hades, en espera de comparecer ante Él en juicio, cuando se siente en el gran trono blanco para juzgar (Apoc. 20:11-15).

«Y estando reunido con ellos, les mandó que no se ausentaran de Jerusalén, sino que esperasen allí la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan, en verdad, bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo, dentro de pocos días» (v. 4-5). El Señor había anunciado varias veces la venida del Espíritu Santo (Juan 14-16), al cual llamaba «la promesa del Padre» porque ya había sido prometido en el Antiguo Testamento (léase Is. 32:15; Ez. 36:27; Joel 2:29). Esperando el momento para cumplir las predicciones proféticas a favor del pueblo terrenal, el Espíritu Santo vino como Consolador para aquellos que el Señor dejaba en la tierra, como poder para cumplir su servicio, como sello de la fe en quienes creen, y como habitación de Dios en medio de los suyos. Antes de la venida y la glorificación del Señor, el Espíritu Santo nunca vivió personalmente en la tierra. Obró momentáneamente en los profetas, en creyentes y aun en no creyentes, como en el caso de Saúl (1 Sam. 10:10; 19:23); pero no moraba en ellos.

2.2 - La ascensión del Señor

Vemos a los discípulos en una libertad e intimidad perfectas con el Señor resucitado. En el versículo 4 estaban «reunidos», igual que en el versículo 6 cuando lo interrogaban. Él no podía «unirse» con el mundo que le había rechazado. Fuera de los discípulos, nadie lo vio resucitado. Jesús había dicho a los judíos: «No me veréis en adelante, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Mat. 23:39). Lo mismo ocurre hoy; el Señor ha prometido su presencia, no a todo el mundo, sino a esos dos o tres congregados a su nombre.

Los apóstoles preguntaron al Señor: «¿restituirás en este tiempo el reino a Israel?» Ellos conservaban sus pensamientos judaicos en cuanto al reino, creyendo que solamente era para Israel. El reino de Dios de que hablaba el Señor en el versículo 3 es divino; en él se entra por la fe, sea uno judío o gentil. El Señor respondió: «No corresponde a vosotros saber los tiempos ni las circunstancias que el Padre ha puesto bajo su propia autoridad; pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y seréis mis testigos, no solo en Jerusalén sino también en toda Judea, Samaria y hasta en los últimos confines de la tierra» (v. 7-8).

La respuesta del Señor se puede dividir en dos partes. En la primera les dice que el momento para la restauración de Israel solo lo conoce el Padre. Los tiempos y las sazones se relacionan con el establecimiento del reinado de Cristo en la tierra. Estos no conciernen a la Iglesia que tiene su porción en el cielo, donde no hay tiempo ni sazones. Estos términos indican los tiempos que han de transcurrir antes de que el Rey tome su gran poder para reinar. Para aquel momento, él espera la voluntad de su Padre. El Señor dice en Marcos 13:32: «Pero acerca de aquel día y de la hora, nadie sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre». En 1 Tesalonicenses 5:1 Pablo dice: «Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, hermanos, no tenéis necesidad de que se os escriba. Porque vosotros mismos sabéis con precisión que el día del Señor viene como ladrón en la noche». También aquí se trata de su venida para juzgar y reinar. En el capítulo 4 de la misma carta el apóstol habla de la venida del Señor para resucitar a los muertos en Cristo y transformar a los vivientes. Esta venida puede ocurrir de un instante a otro. Cada creyente la espera a diario, no para ser introducido en el reino terrenal, sino en el cielo, donde están las bendiciones eternas. En cuanto a la venida del Señor en gloria con todos los santos, está en relación con el tiempo y las estaciones. Ella sorprenderá cual ladrón en la noche a aquellos que hayan sido dejados en la tierra después del arrebato de los santos.

En la segunda parte de su respuesta, el Señor indica a los discípulos su porción en espera del restablecimiento del reino. Dejados en el mundo que rechazó al Señor y que continuaba siéndole hostil, ellos serían sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. A todas partes se había de llevar el testimonio del Señor y Salvador. Les hacía falta poder para ser testigos de Aquel a quien los hombres crucificaron, a quien el corazón natural odia. El Espíritu Santo vendría sobre ellos y los capacitaría para cumplir su servicio. Así tendrían a su disposición el mismo poder que el Señor tuvo para cumplir su obra en la tierra; Aquel a quien «Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder… anduvo haciendo el bien por todas partes y sanando a todos los oprimidos por el diablo», dice Pedro (Hec. 10:38). En los distintos relatos de este libro veremos de qué manera el Espíritu de Dios operó en los apóstoles y los capacitó para hacer lo que el Señor les mandó en Juan 14:12: «El que cree en mí, hará también las obras que yo hago; y mayores que estas hará, porque yo voy al Padre».

«Y habiendo dicho esto, fue elevado viéndolo ellos; y una nube lo recibió y lo ocultó a su vista» (v. 9). ¡Qué hecho extraño y maravilloso, ver a un hombre elevado al cielo, tomado de en medio de aquellos que lo rodeaban! Lo mismo sucederá cuando la voz de mando y la trompeta de Dios se dejen oír y los hijos de Dios vayan al encuentro del Señor en las nubes. Muchos de ellos, hallándose en medio de los incrédulos, en su trabajo, de viaje o en cualquier otra parte, desaparecerán delante de ellos. Será un hermoso momento para los que están preparados, pero una angustia terrible para los incrédulos, si logran darse cuenta de su situación. Luego, el día del Señor los sorprenderá como ladrón en la noche. Dios quiera que ninguno de nuestros lectores se halle entre estos últimos.

El Antiguo Testamento habla de dos hombres que subieron al cielo sin pasar por la muerte: Enoc, figura de la Iglesia arrebatada antes de los juicios, fue llevado al cielo antes del diluvio, y Elías, después de haber acabado su ministerio. Pero, obsérvese la diferencia de las expresiones que el Espíritu de Dios emplea con respecto al arrebato del Señor y al de estos dos hombres de Dios. Del Señor dice que fue alzado: le recibió una nube que le ocultó de sus ojos; pero Enoc fue traspuesto (Hebr. 11:5), Elías fue quitado (2 Reyes 2:3, 5). El Señor fue alzado al cielo donde tenía derecho de entrar con toda la gloria que se le debía. Se elevaron las puertas eternas para dejar entrar al Rey de gloria (Sal. 24:7-10). Mientras los apóstoles miraban, una nube le recibió y le ocultó de sus ojos. La nube era señal de la morada de Jehová; Jesús entraba en ella con todo derecho. Cuando esta nube llenó el tabernáculo en el desierto y, más tarde, el templo de Salomón (Éx. 40:34-35; 1 Reyes 8:11-12), nadie pudo entrar, porque la presencia de Dios es inaccesible al hombre natural. No fue una nube la que recibió a Elías. La Palabra dice que un carro de fuego y caballos de fuego le apartaron de Eliseo, y subió al cielo en un torbellino (2 Reyes 2:11). Los carros y los caballos de fuego son ángeles. El fuego tipifica el juicio que había caracterizado el ministerio de Elías. Cuando el Señor vuelva desde el cielo para ejercer la venganza, lo hará con los ángeles de su poder, en llama de fuego, según 2 Tesalonicenses 1:8. Los ángeles ejecutan los juicios de Dios. Ellos no eran necesarios para que el Señor subiese al cielo. Jesús descendió del Padre y a él volvió después de haber cumplido toda la obra que el Padre le había encomendado.

2.3 - Los mensajeros celestiales

«Mientras ellos seguían mirando fijamente al cielo y veían cómo se alejaba, dos varones con vestiduras blancas se pusieron junto a ellos, y les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, volverá del mismo modo que lo habéis visto subir al cielo» (v. 10-11). Podemos imaginar la sorpresa de los discípulos, quienes habiendo vuelto a encontrar al Señor después de su resurrección, aún no comprendían que él debía subir al cielo, sino que esperaban que restableciera el reino para Israel. Creían que llevaría a cabo lo que los profetas habían anunciado en cuanto a su reinado. Pero el rechazo hacia el Rey aplazaba el establecimiento del reino. Dios, en su bondad, envió dos ángeles que los tranquilizaron diciéndoles que Jesús volvería del mismo modo que le habían visto irse. El hecho de haber sido rechazado no anulaba el cumplimiento de las promesas. La fe de los discípulos recibió un precioso estímulo; en vez de mirar al cielo como si todo se hubiese perdido, «regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos», pues sabían que Jesús volvería (Lucas 24:52).

Esta venida del Señor, anunciada por los ángeles, no se refiere al arrebato de la Iglesia que hoy esperamos, en la cual los muertos en Cristo resucitarán y los creyentes que aún estén vivos serán transformados (1 Tes. 4:14-17). Se trata de su aparición gloriosa, de la cual hablaron los profetas. Jesús subió al cielo desde el monte de los Olivos, y en Zacarías 14:4 leemos: «Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente». También se mantendrá allí para liberar al residuo fiel, y a Jerusalén caída en manos de las naciones. Todos los que le hayan hecho la guerra serán destruidos y el Señor establecerá su reino de paz y justicia, no solamente para Israel, como lo creían los discípulos, sino sobre todas las naciones. El tiempo que transcurre entre la ascensión y la venida del Señor para el arrebato es necesario para que el Evangelio de la gracia se anuncie al mundo, en vista de formar la Iglesia, la Esposa del Rey, que aparecerá con él en gloria. Por eso la tomará a su lado, al mismo tiempo que resucitará a todos los santos fallecidos, antes de venir para reinar: «Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con él a los que durmieron en Jesús» (1 Tes. 4:14). Los traerá glorificados, sin que falte ni uno de ellos: «Y vendrá Jehová mi Dios, y con él todos los santos» (Zac. 14:5).

Después de haber recibido el mensaje de los ángeles, los discípulos regresaron a Jerusalén, al aposento alto donde moraban los once apóstoles cuyos nombres son dados en el versículo 13. Allí, «Todos ellos unánimes se dedicaban asiduamente a la oración, con las mujeres, María la madre de Jesús y con los hermanos de él» (v. 14). El aposento alto se menciona a menudo. En ese lugar retirado, fuera del mundo y de su agitación, libres de su influencia, los discípulos podían hacer subir libremente sus oraciones a Dios. Hoy en día, nosotros también tenemos el privilegio de reunirnos para buscar la presencia del Señor en un lugar que corresponde al aposento alto, fuera del agitado mundo y de todas sus formas religiosas. El Señor ha prometido su presencia en medio de todos los que se congregan a su nombre, aunque no estén más que dos o tres en un lugar. También encontramos el aposento alto en Hechos 9:37 (V. M.) y 20:8.

En realidad, en Oriente esta habitación estaba ubicada en lo alto de las casas, e incluso solía estar edificada sobre los techos, planos en estos países. Pero lo que para nosotros tiene significado es la situación figurada de esta habitación. Fue en el aposento alto donde Eliseo, después de haber cerrado la puerta, suplicó a Dios por la resurrección del hijo de la sunamita (2 Reyes 4:33). También fue en el aposento alto donde Pedro quiso estar solo para orar por la resurrección de Dorcas (Hec. 9:40). El mismo Señor buscó este aislamiento para resucitar a la hija de Jairo (Lucas 8:54). Esta habitación era la más indicada para los discípulos, como morada y para perseverar allí en la oración; así se aislaban de la ciudad culpable, asesina de los profetas y de su Rey. Recordaban las exhortaciones del Señor con respecto a la oración, en vista de Su partida (Juan 14:13-14; 15:7, 16; 16:23-24, 26).

La oración era su único recurso, al igual que lo es para el creyente en todos los tiempos y circunstancias. Por eso la oración es tan importante. El Señor siempre escucha la súplica, tanto la de los niños como la de los mayores. La posición de los discípulos era muy especial. Ellos esperaban, en Jerusalén, la venida del Espíritu Santo, conforme a la promesa del Señor, perseverando en la oración con las mujeres, entre las cuales se encontraba la madre del Señor; ella se unía de corazón a las oraciones de los discípulos. El Espíritu de Dios tiene cuidado de mencionar este hecho para mostrar cuán grande es el error de quienes se dirigen a María, para que interceda ante su Hijo a favor de ellos. A pesar del gran honor que ella tuvo de transmitir la humanidad al Hijo de Dios, por naturaleza era una pecadora, salvada por la obra de la cruz, dependiente de Dios como cualquier otro discípulo. Los hermanos de Jesús también se hallaban en el aposento alto; se habían vuelto creyentes, pues antes «ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).

2.4 - El reemplazo de Judas

Durante el tiempo transcurrido entre la ascensión del Señor y el descenso del Espíritu Santo, reunidos los discípulos, en total unos ciento veinte, Pedro se levantó y les demostró que lo que había sucedido con Judas evidenciaba el cumplimiento de las Escrituras, tal como el Espíritu Santo lo había anunciado por boca de David. Recordó que el dinero que Judas devolvió a los jefes de los judíos, cuando vio que Jesús era condenado, sirvió para comprar el campo en el cual el traidor se quitó la vida; se llamaba Acéldama, o sea campo de sangre. Luego citó un pasaje del Salmo 69:25, relativo a aquel lugar: «Sea su palacio asolado; en sus tiendas no haya morador». Y también: «Tome otro su oficio» (Sal. 109:8), indicando que Judas sería reemplazado. Con la autoridad de esta escritura, Pedro dijo: «Es necesario, pues, que de estos hombres que nos acompañaron durante todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía con nosotros (comenzando desde el bautismo de Juan, hasta el día en que fue elevado arriba de entre nosotros), uno de ellos nos acompañe como testigo de su resurrección» (v. 21-22).

Otra vez vemos la importancia de la resurrección en el testimonio que los apóstoles debían dar del Señor. Fijémonos también, en este discurso de Pedro, que es la Palabra escrita la que dirige a los creyentes. El Señor abrió la inteligencia de los discípulos para que comprendiesen las Escrituras (Lucas 24:45), de modo que ellos no tenían necesidad de otra dirección para reemplazar a Judas. Hoy la revelación de Dios, perfectamente completa, contiene todo lo que es necesario para que el creyente sea guiado en su marcha y reciba instrucción en todas las cosas. Toda enseñanza que no concuerde con las Escrituras o que provenga de otra fuente, de supuestas revelaciones del Espíritu o de los espíritus, es falsa. El Espíritu de Dios nos dirige por medio de la Palabra escrita.

Los apóstoles señalaron a dos discípulos, «a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra cuál de los dos has elegido, para que tome el lugar en este ministerio y apostolado, del que se desvió Judas para irse a su propio lugar» (v. 23-25). Era importante tener la dirección de Dios para escoger a este apóstol. Vemos al Señor pasar la noche en oración antes de llamar a sus discípulos (Lucas 6:12-16). Los apóstoles, desde el principio, hicieron uso de la Palabra y de la oración. Estos preciosos recursos están a nuestra disposición hasta la venida del Señor. Si los empleamos, seremos guardados de obrar según nuestra propia voluntad, y de todo lo que Satanás emplea para dañarnos e impedir que honremos al Señor con un andar de obediencia.

Los apóstoles echaron suertes sobre estos dos discípulos y el Señor hizo que la suerte cayera sobre Matías. El echar suertes era una costumbre judía; esta es la última vez que dicha práctica se nombra en la Biblia. Hoy ya no tenemos necesidad de ella, porque la Palabra de Dios es completa y el Espíritu Santo dirige a los creyentes con inteligencia para que obren en conformidad con las Escrituras y hagan uso de la oración.

3 - Hechos 2

3.1 - La venida del Espíritu Santo

Los discípulos permanecían en Jerusalén, según la orden del Señor, esperando la venida del Espíritu Santo que les había sido prometido. El día de Pentecostés, estando ellos todos juntos, «De repente vino del cielo un estruendo, como de un viento fuerte e impetuoso, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Aparecieron lenguas como de fuego, y se repartieron posándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran» (v. 2-4). Este acontecimiento es de capital importancia porque se trata nada menos que de la venida, desde el cielo, de una de las personas de la Trinidad, para permanecer en la tierra con los creyentes y en ellos. Cuando el Señor Jesús, otra persona de la Trinidad, vino al mundo, tomó un cuerpo, porque debía ser un hombre, el hombre de los consejos de Dios, para cumplir la obra de la redención. El Espíritu Santo, como persona divina, no necesitaba un cuerpo. Descendió directamente sobre los discípulos, hechos aptos para recibirle por la obra de Cristo en la cruz. Tal como el Señor lo había dicho en el capítulo precedente, el Espíritu Santo sería en ellos el poder que necesitaban para su actividad como testigos en este mundo, en el cual ellos encontrarían la oposición de Satanás obrando por medio de los judíos, enemigos de Cristo, y de los gentiles, envueltos en las tinieblas del paganismo. A través de los discípulos, absolutamente impotentes en sí mismos, el Señor cumpliría una gran obra, gracias a la predicación del Evangelio.

El Señor Jesús, hombre perfecto, también recibió al Espíritu Santo al principio de su ministerio: «Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret… este anduvo haciendo el bien» (Hec. 10:38). Sobre él, el Espíritu Santo descendió en forma de una paloma, símbolo de la gracia, de la bondad y de la dulzura que caracterizaron el ministerio de Jesús. Su voz no se oyó en las calles y tampoco apagó el pábilo que humeaba (véase Mat. 12:19-20). Sobre los discípulos descendió en forma de lenguas repartidas, como de fuego, emblema del juicio. En el Señor no había nada que juzgar, y su ministerio no llevaba el carácter de juicio; en cambio la obra del Espíritu Santo, en medio de un mundo opuesto a Dios, juzgaría todo lo que no era según Dios. Por eso un estruendo como de viento fuerte llenó toda la casa. Nada semejante tuvo lugar cuando el Espíritu Santo descendió sobre Jesús.

Otra diferencia que podemos notar en este acontecimiento maravilloso es que el Espíritu Santo vino sobre los discípulos como «lenguas»; Dios les mostraba así que ellos serían capaces de anunciar el mensaje de la gracia en todos los idiomas hablados en aquel entonces. La lengua de los hombres había sido diversificada por el juicio de Dios cuando quisieron construir la torre de Babel. Ahora, el Evangelio podría ser llevado a todas las naciones en su propia lengua. Así, «la misericordia se gloría frente al juicio» (Sant. 2:13).

Es interesante observar cómo Dios ha velado para que, en todos los tiempos, el Evangelio llegue a todos los hombres. Por medio de la Reforma Dios volvió a sacar a la luz su Palabra, la cual durante siglos había estado velada en las tinieblas del papismo y había sido reemplazada por las enseñanzas de hombres extraviados por Satanás. Sin embargo, era difícil conseguir ejemplares de la Biblia. Solo existían en forma de manuscritos y en lenguas antiguas, desconocidas por el pueblo. Pero Dios quería que fuera leída y puesta al alcance de todos. Para eso permitió que el invento de la imprenta precediese a la Reforma. Desde entonces, la Biblia fue traducida e impresa en diferentes idiomas, lo cual facilitó su divulgación, a pesar de la violenta oposición del clero romano. En el siglo 19 se produjo un despertar general y la evangelización cobró impulso. Dios favoreció la extensión del Evangelio en el mundo entero, no por medio de un nuevo Pentecostés, como algunos piensan, sino al facilitar la traducción de la Biblia a un gran número de lenguas. Actualmente (en 2014) se la publica en ediciones completas o parciales, en unos 2.600 idiomas, pertenecientes a los cinco continentes. Vemos cómo Dios ha provisto todo para que la buena nueva de la salvación pueda esparcirse por todo el mundo. Por eso la responsabilidad de los que la desprecian es grande, y las consecuencias son terribles.

Este capítulo presenta la venida del Espíritu Santo hablando del poder y de las capacidades que necesitaban los discípulos para cumplir su servicio. Estos (lo sabemos por otras porciones de la Palabra) le recibían individualmente como Espíritu de adopción, por el cual tenían conciencia de que eran hijos de Dios (Rom. 8:14-17). También mediante el Espíritu Santo Dios ha venido a habitar en su casa, compuesta por todos los creyentes que están en la tierra. «Sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:22). En aquel momento los discípulos fueron bautizados con un solo Espíritu, para ser un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, del cual él es la cabeza glorificada en el cielo. «Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu» (1 Cor. 12:13).

En pocas palabras, la Iglesia o Asamblea fue formada por el descenso del Espíritu Santo. Por medio del mismo Espíritu el creyente puede comprender las Escrituras. Él es «las arras» de la herencia celestial (Efe. 1:14), es decir, que por él ya tenemos una parte de lo que esperamos. En la gloria su poder nos hará disfrutar, sin trabas, de todas nuestras bendiciones en Cristo.

Hay muchas cosas que decir sobre el Espíritu Santo, pero esto basta para comprender la importancia del maravilloso acontecimiento de Pentecostés.

Este mismo Espíritu permanecerá en la tierra mientras la Iglesia esté en ella. No tenemos, pues, necesidad de pedir una segunda venida del Espíritu Santo, como algunos lo enseñan. Basta andar en la obediencia a la Palabra de Dios para que él pueda cumplir su obra: ocupar nuestros corazones con la persona del Señor. Y, sin duda, él la cumplirá en su plenitud cuando todos nosotros hayamos llegado a la gloria.

El Espíritu descendió del cielo en Pentecostés, para cumplir lo que representaba esta fiesta. La Pascua, primera de las fiestas judías, se cumplió en la muerte de Cristo. Después de la Pascua (Lev. 23), el sacerdote presentaba a Jehová, el día siguiente al sábado, una gavilla de las primicias de la mies. El cumplimiento de esta figura tuvo lugar en la resurrección del Señor, primer fruto de la victoria que acababa de obtener sobre la muerte y Satanás, y primicias de la gran cosecha de los rescatados. Cincuenta días después se celebraba la fiesta de Pentecostés [2], figura de la reunión de los creyentes, fruto de la obra de Cristo en la cruz. Por eso el Espíritu Santo vino sobre los discípulos aquel día.

[2] Pentecostés significa quincuagésimo.

Una vez cumplida la obra de Cristo, vemos que todo responde plenamente a lo que prefiguraban los tipos del Antiguo Testamento.

3.2 - Los primeros efectos del don de las lenguas

La fiesta de Pentecostés atrajo a Jerusalén a muchos judíos piadosos que habitaban en los países nombrados en los versículos 6 al 11. Dios quiso que fueran testigos de los resultados maravillosos de la venida del Espíritu Santo. Leemos: «Cuando esto se supo, se juntó la multitud, y estaban confusos porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban atónitos y, en su asombro, decían: ¿No son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo pues los oímos hablar, a cada cual en la lengua del país en que nacimos?… Los oímos hablar en nuestras propias lenguas sobre las grandes obras de Dios».

Es la contrapartida de la confusión de lenguas que tuvo lugar en la torre de Babel.

Después del diluvio los hombres quisieron tener un nombre y un poder que impidiese su dispersión sobre la tierra, a la inversa del pensamiento de Dios, quien había dicho a Noé y a sus hijos: «Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra» (Gén. 9:1). Dios los obligó a dispersarse confundiendo su lenguaje. Los que hablaban la misma lengua se agruparon y habitaron en un mismo lugar: así se formaron las naciones. Como estas se entregaron a la idolatría, Dios llamó a Abraham para que saliera de su país y de su parentela y formase un pueblo que guardara el conocimiento del verdadero Dios. Desde entonces las naciones fueron abandonadas a sus propias codicias. El pueblo de Israel se entregó a la idolatría, como los gentiles, y sufrió el cautiverio. Un remanente volvió, con Nehemías y Esdras, para recibir al Mesías prometido, quien luego fue rechazado y muerto. Dios había agotado todos los medios para hacer felices a los hombres sobre la base de su propia responsabilidad; pero, al no obtener sino rebeldía y pecado, no le quedaba más que ejecutar sobre ellos los juicios merecidos. Entonces manifestó su amor dando a su Hijo unigénito, para sufrir en la cruz el juicio por los culpables. Así se satisfizo la justicia de Dios contra el pecado, lo cual permitió que el Evangelio de la gracia se proclamara a todos y en todo lugar.

Los discípulos, encargados de anunciar este mensaje de amor, predicando «el arrepentimiento para perdón de pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén» (Lucas 24:47), eran galileos iletrados y no conocían más que su propia lengua. Pero, así como los recursos para salvar a los pecadores estaban solo en Dios, también era Dios el único que podía darles a conocer esta gran salvación. Entonces envió al Espíritu Santo para que sus débiles siervos fueran capaces de proclamar el Evangelio a todos los pueblos en su propia lengua. Así fue como el día de Pentecostés, aquellos judíos, nacidos en diversos países, los oyeron anunciar en sus propias lenguas «las grandes obras de Dios», el mensaje de un Dios que no exige nada del pecador, sino que, al contrario, le ofrece gratuitamente la remisión de los pecados, una salvación eterna. ¡Qué cosas magníficas salen del infinito tesoro del amor de Dios, manifestado en la persona y la obra de su muy amado Hijo! Podemos imaginar la perplejidad de los judíos «diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?» (v. 12). Pero la oposición del corazón natural, insensible a la gracia, se manifestó en seguida: «Pero otros burlándose, decían: Están llenos de vino nuevo». Por en medio del odio y de la dureza del corazón influenciado por Satanás, el poder del Espíritu Santo, obrando en los discípulos, iba a abrirse camino para llevar al mundo entero la gracia maravillosa de Dios, comenzando por Jerusalén, la ciudad más culpable que jamás haya existido.

Mientras tanto, el Espíritu Santo descendió sobre los creyentes, tal como lo hará sobre el futuro remanente, porque se arrepentirán y recibirán al Señor. A los que decían: «¡Hermanos!, ¿qué tenemos que hacer?», Pedro les respondió (v. 38): «Arrepentíos, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo». Desde entonces todos los que se han arrepentido y han creído en el Señor Jesús han recibido el Espíritu Santo. Pero la profecía de Joel se cumplirá para los judíos solo después del arrebato de la Iglesia, y antes de que venga el gran día de los juicios sobre los enemigos del pueblo y de Cristo: «Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Y hasta sobre mis siervos y sobre mis siervas, en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Haré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra; sangre y fuego, y vapor de humo; el sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, grande y notable. Sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo» (v. 17-21). En espera de este día, el Espíritu Santo ha dado a los discípulos la capacidad de testificar del Señor Jesús glorificado al anunciar el Evangelio en todo el mundo. Él mismo permanecerá en la Iglesia hasta el arrebato.

Sea en el período actual de la gracia o en el precedente al fulgurante y gran día del Señor, «todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo». Este es el gran tema del Evangelio, el único medio de tener parte en las bendiciones presentes y futuras, ya que por parte del hombre no hay ningún recurso.

El discurso de Pedro se divide en varias partes. Hasta aquí él ha refutado la absurda acusación de los judíos estableciendo, por la Palabra, que aquellos a quienes tomaban por ebrios no hacían sino dar cumplimiento a una profecía de Joel. Así, los efectos de los cuales eran testigos, eran producidos por el Espíritu Santo. Luego, y hasta el versículo 36, Pedro habla a los judíos de Jesús, a quien ellos mataron, pero a quien Dios resucitó e hizo sentar a su diestra. Les dice: «¡Varones israelitas, escuchad estas palabras! Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo mediante él en medio de vosotros (como vosotros mismos sabéis), a este, entregado por el determinado designio y presciencia de Dios, vosotros matasteis crucificándolo por mano de hombres inicuos» (v. 22-23). El apóstol recuerda aquí tres grandes hechos relativos al Señor.

1. Era un hombre «aprobado por Dios». Pedro no menoscaba la gloria de su persona al llamarle Jesús nazareno, un «varón», como todos lo vieron en el curso de su ministerio. Era aprobado por Dios, enviado para cumplir la obra maravillosa de la cual ellos fueron testigos.

2. Fue «entregado por el determinado designio y presciencia de Dios». Es el lado de Dios en la obra que el Señor cumplió en la cruz. Murió conforme a los consejos divinos. Si Dios quería salvar a los pecadores y obtener la victoria sobre toda la obra del diablo, era necesario que su Hijo amado, hecho hombre, fuese entregado.

3. Los hombres son culpables de haberlo clavado en una cruz. El hecho de que el Señor, sí mismo, se entregó para cumplir los consejos de Dios, no quita la culpabilidad de los hombres. Estos lo odiaban y no podían soportar su presencia por más tiempo; lo mataron voluntariamente.

Pero si ellos dieron libre curso a su odio, Dios intervino para resucitar al Señor de entre los muertos. Pedro continúa diciendo: «A él Dios resucitó, liberándolo de las ataduras de la muerte, por cuanto no era posible que él fuese retenido por ella» (v. 24).

La muerte fue obligada, por así decirlo, a liberar al Señor. Él había entrado en ella por gracia, para abrir al pecador arrepentido el paso hacia la vida, a través de esta terrible consecuencia del pecado. Jesús no había hecho nada que mereciese la muerte; entró en ella para liberarnos de la misma; la muerte no tenía poder sobre él. A través de la resurrección Dios también mostró cuán plenamente satisfecho y glorificado quedaba por la obra de Jesús.

Pedro cita a continuación los versículos 8 al 11 del Salmo 16, los cuales expresan la confianza del Señor como hombre frente a la muerte. Él sabía que Dios no lo dejaría en la tumba, esto es, en el estado en que el alma queda separada del cuerpo: «Porque David dice de él: Contemplaba al Señor siempre delante de mí; pues está a mi diestra para que yo no sea conmovido. Por eso se alegró mi corazón y se gozó mi lengua, y aun mi carne reposará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. 28 Me hiciste conocer las sendas de la vida; me llenarás de gozo en tu presencia». El apóstol se sirve de textos muy conocidos por los judíos para probarles que Jesús era Aquel de quien David habló en los Salmos. Dios había prometido levantar a uno de los hijos de David, después de él, y establecer su trono para siempre (véase 1 Crón. 17:11-14). Este hijo es Jesús, nacido, según la carne, de María, descendiente de David. Cuando los magos de Oriente vinieron a rendirle homenaje, porque sabían del nacimiento del Rey de los judíos, los principales sacerdotes supieron decir a Herodes que el Cristo nacería en Belén, según una profecía de Miqueas. En lugar de regocijarse, los principales sacerdotes procuraron dar muerte al niño y consumaron su deseo al crucificarle.

Pero el rechazo hacia Cristo no anulaba las promesas, porque este Rey no era solamente el Hijo de David, sino también el Hijo de Dios; debía resucitar. David, como profeta, habló de su resurrección en el Salmo 16, el cual Pedro explica en los versículos 29 al 31, y añade: «A este Jesús lo ha resucitado Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Siendo exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, él ha derramado esto que veis y oís» (v. 32-33). Así, estos desdichados judíos tenían ante ellos, por el poder del Espíritu Santo, las pruebas de la resurrección de Jesús. El hecho de que Dios le exaltara por su diestra, es decir, por su poder, demostraba que él era el Cristo, a quien ellos habían dado muerte. Pedro cita, además, otra expresión de David en el Salmo 110:1: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». Al decir esto, el Señor (o Jehová) no hablaba de David, cuya tumba con sus despojos seguía en Jerusalén; David no había subido al cielo; aún no había resucitado. Estos versículos hablaban, evidentemente, de Cristo. Pedro concluye diciendo: «¡Que toda la casa de Israel lo sepa con certeza: Dios ha hecho Señor y Cristo a este mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis!» (v. 36). ¡Terrible demostración de la gravedad de su culpa! ¡Qué contraste entre la apreciación de los hombres y la de Dios respecto a su Hijo, y a todas las cosas! Los hombres matan a Jesús; Dios lo resucita y lo glorifica estableciéndolo como Señor de todo.

3.3 - Los resultados del discurso de Pedro

La gracia de Dios se sirvió de la predicación de Pedro para obrar en la conciencia de un gran número de personas. Estas se compungieron de corazón cuando comprendieron el ultraje cometido contra Dios al crucificar a quien él hizo Señor y Cristo. Entonces dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «¡Hermanos! ¿Qué tenemos que hacer? Pedro les dijo: ¡Arrepentíos, y sea bautizado cada uno de vosotros… y recibiréis el don del Espíritu Santo! Porque la promesa es para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para todos a cuantos llame el Señor Dios nuestro. Con otras muchas palabras testificaba y los exhortaba diciendo: ¡Salvaos de esta generación perversa!» (v. 38-40). Una vez despierta la conciencia respecto a la culpabilidad, lo primero que hay que hacer es arrepentirse. El arrepentimiento no es solo el pesar por haber obrado mal, como muchas veces se piensa, este exige la transformación de uno mismo y de su manera de proceder. Por ejemplo, si oímos a un hombre decir, muy satisfecho de sí mismo: “No he hecho mal a nadie; no he matado, ni robado”. Pero, algún tiempo más tarde confiesa: “Soy un miserable pecador, merezco el juicio; estoy perdido”. Entonces reconocemos que este hombre se ha arrepentido. No solo siente pesar por lo que ha hecho, sino que emite un juicio sobre sí mismo absolutamente opuesto al anterior.

A ese hombre se le puede anunciar el Evangelio, se le puede decir que la sangre de Jesucristo lo purifica de todo pecado. La predicación de Pedro había producido en muchas personas un profundo dolor por haber ofendido a Dios matando a su Hijo. ¿Qué hacer entonces para librarse de las inevitables consecuencias de tan grave pecado? Primeramente, arrepentirse, luego reconocer ante Dios, con sinceridad, que el camino que habían seguido era malo, y cambiar completamente de pensamiento con respecto a ellos mismos y a Aquel a quien habían rechazado. Después de haberse arrepentido, debían pasar por el bautismo, reconocer en la muerte de Cristo el único medio para obtener el perdón de los pecados. Por el bautismo, figura de esta muerte, ellos entraban en el nuevo estado de cosas cristiano que reemplazaba a Israel como testimonio de Dios en la tierra. Una vez allí, recibirían el don del Espíritu Santo, prometido por Dios en el Antiguo Testamento y llamado «la promesa», que en principio pertenecía al pueblo terrenal de Dios, pero que luego se extendió a todos los que el Señor llamase a sí, fuera de Israel. Es lo que tuvo lugar cuando el Espíritu Santo cayó sobre Cornelio y los gentiles que con él estaban (cap. 10). «Paz, paz al que está lejos y al cercano, dijo Jehová; y lo sanaré» (Is. 57:19).

Nosotros que no somos judíos formamos parte de los que estaban lejos, lejos de Israel y por consiguiente lejos de Dios, pero Él nos ha llamado para brindarnos su gracia. «Los que recibieron su palabra fueron bautizados; y fueron añadidas en aquel día como tres mil almas» (v. 41). ¡Maravilloso resultado de esta primera predicación del Evangelio! Este número fue añadido al de los ciento veinte discípulos reunidos después de la ascensión del Señor. Ellos formaban la Iglesia o Asamblea, testimonio de Dios en la tierra, habitación de Dios por el Espíritu. Dios no podía habitar en medio de los judíos, puesto que lo habían rechazado en la persona de su Hijo.

3.4 - El feliz comienzo de la Iglesia

Aquí vemos lo que caracterizaba esta Asamblea de creyentes en todo el frescor del principio, en medio de la cual el Espíritu Santo obraba con poder. Nada lo contristaba, al contrario de lo que sucede hoy en día a causa del triste estado de la Iglesia, que pronto abandonó su primer amor (Apoc. 2:4). Está escrito que ellos «Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos conotros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (v. 42).

Después de haber recibido la verdad, es preciso perseverar, porque afuera, todo procura apartarnos de ella. A pesar de la ruina actual, podemos tener presentes todas las preciosas verdades contenidas en este pasaje; cosas que permanecen y que la fe abraza en todos los tiempos. Cuando las hemos recibido debemos perseverar en ellas, y no escuchar las voces que se hacen oír, las cuales desvían de la bendición que resulta de la obediencia a la Palabra. En aquel tiempo los apóstoles comunicaban su doctrina en forma oral. Hoy la poseemos por completo en forma escrita, en la Palabra de Dios, a la cual debemos entera sumisión para no imponer nuestros propios pensamientos y opiniones. Sumisos a la Palabra, seremos partícipes de la comunión de los apóstoles y de la comunión unos con otros. Tener comunión es tener una misma porción en común. Allí todos tenían comunión con los apóstoles en las cosas que ellos presentaban. El apóstol Juan dice: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros. y con certidumbre nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1:3). No hay nada más grande y precioso, a la espera de la gloria, que tener cosas en común con el Padre, con el Hijo, y unos con otros, ya que poseemos la misma vida.

Ellos perseveraban también en el partimiento del pan y en las oraciones, gran privilegio con el que contamos también ahora. Sin embargo, tempranamente los cristianos dejaron de perseverar en el partimiento del pan. Y hasta hoy, muchos cristianos, en vez de hacerlo cada primer día de la semana, como nos lo enseña la Palabra, lo hacen a largos intervalos, e incluso los hay que nunca lo hacen; así rehúsan el memorial del Señor muerto para quitar nuestros pecados. El enemigo hace grandes esfuerzos para privar a muchos hijos de Dios de tan gran privilegio.

También hace falta energía para perseverar en la oración, ya sea individualmente, en familia, o en la Iglesia. Satanás sabe que el creyente se debilita espiritualmente si no persevera en la lectura de la Palabra y en la oración; sus esfuerzos tienden a privarlo de esta fuente de poder y de gozo. Perseverar en la doctrina no es solamente ocuparse de la Palabra que contiene la doctrina de los apóstoles, sino poner en práctica lo que ella enseña.

Todos los cambios producidos en la Iglesia en el transcurso de los siglos provienen de la infidelidad del hombre. Pero lo que es de Dios ha permanecido intacto desde el principio y no puede cambiar. Su Palabra, su Espíritu, permanecen con nosotros. La misma Palabra enseñaba a los santos en el principio; el mismo Espíritu los ocupaba con el Señor. Dios no cambia, el Señor tampoco. Podemos usar libremente la oración, este bendito medio por el cual colocamos todas nuestras necesidades delante de Dios, haciéndolo intervenir en cualquier circunstancia para recibir la sabiduría, la inteligencia, la fuerza necesaria para servirle fielmente y honrarle en toda nuestra vida. Dios escucha tanto al más joven niño como al cristiano adulto.

En presencia de los efectos maravillosos del poder del Espíritu Santo, «El temor se apoderó de todos». En medida menor, todavía puede producirse este temor en los testigos del andar fiel de un creyente, porque el mundo se da cuenta de cualquier manifestación de la vida divina, aunque no siempre quiera reconocerlo.

«Y muchos prodigios y señales se hacían por medio de los apóstoles». Ya no tenemos a los apóstoles para hacer milagros; estos fueron necesarios para el establecimiento del cristianismo, pero no alimentaban ni edificaban las asambleas. Se dirigían a la gente de afuera. Acompañaban la predicación de la Palabra asombrando al mundo. Pero por sí mismos no comunicaban la vida a nadie. Toda la obra de Dios en los inconversos, en los creyentes y en la Iglesia se hace por medio de la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu Santo. Los milagros, destinados al establecimiento del cristianismo en medio de judíos hostiles y de paganos supersticiosos, ya no tienen, pues, su razón de ser. Es verdad que en medio de las naciones que profesan el cristianismo, Dios obra para salvar a los pecadores; pero su Palabra basta. «La fe viene del oír; y el oír, por la palabra de Dios» (Rom. 10:17). En Lucas 16:19-31, el hombre rico, estando en el lugar de los tormentos, quería que se produjese un milagro para que sus hermanos no fuesen a parar al mismo lugar donde él se hallaba. Pero se le contestó: «Tienen a Moisés y a los profetas», es decir, las Escrituras, «que los escuchen… Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos».

Con ello el Señor prueba que la Palabra de Dios por sí sola produce la salvación en los corazones. El poder milagroso, que tanto se pide en ciertos medios cristianos, de ningún modo es necesario para convertir un alma ni para edificar a los creyentes. Todo lo que hace falta para obrar según Dios, ha permanecido intacto desde el principio, tal como lo vimos en el versículo 42. El creyente solo tiene que perseverar en la verdad y obedecer la Palabra de Dios. No hace falta decir que Dios todavía puede hacer milagros cuando le parece oportuno. Pero esto es muy distinto pretender que hoy, en el triste estado en el cual se encuentra la cristiandad, se hagan milagros como en aquel tiempo.

Los versículos 44 y 45 nos describen los efectos maravillosos de la vida divina en su primer frescor: «Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común. Vendían sus posesiones y sus propiedades, y las repartían entre todos según la necesidad de cada cual». La vida eterna, la vida divina y celestial, manifestaba claramente sus caracteres propios.

Primeramente, se manifiesta el amor en actividad por la necesidad de encontrarse juntos: «Todos los creyentes estaban juntos». Esta necesidad todavía se hace sentir hoy, dondequiera que la vida de Dios esté libre y activa. Dios es amor y quiere reunir un día a todos sus rescatados en torno al Señor en la gloria. Los que poseen la vida divina desean, naturalmente, reunirse ya aquí en la tierra; pero no pueden encontrarse todos en un mismo lugar, ya que, por la gracia de Dios, hay rescatados en todo el mundo. «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre», dice el Señor, «allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Allí disfrutan de su presencia y pueden gozar de sus bendiciones en espera de su regreso para reunirlos a todos en torno a Él en la casa del Padre.

Seguidamente estos primeros cristianos comprendieron que sus bienes eran celestiales y que el Señor iba a venir. Por eso ponían sus bienes materiales al servicio del amor. No tenían otro valor que el de proveer a las necesidades de los hermanos. Aquellos que los poseían los vendían. Hoy en día no podemos obrar del mismo modo; no obstante, cuando obra la vida divina, esta se manifiesta con los mismos caracteres. Los creyentes cuyo corazón está lleno del amor de Dios y valoran las bendiciones espirituales, saben emplear sus bienes materiales para ayudar a los hermanos necesitados y para los intereses del Señor. No los venden, sino que los consideran como propiedad del Señor, de quien son administradores.

Esta manera de obrar según el pensamiento de Dios dista mucho de parecerse al comunismo, del cual tanto se ha hablado y que exige el reparto de los bienes de aquellos que los poseen. Es el amor de Dios activo en el corazón, el que hace pensar en los demás, y no en sí mismo. Este no exige nada de nadie, sino que encuentra su felicidad en hacer el bien. El amor da sin pedir nada a cambio.

«Con constancia diariamente asistían al templo; partían el pan en las casas, compartían el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y cada día el Señor añadía a la Iglesia los que iban siendo salvos» (v. 46-47). Estos cristianos judíos todavía reconocían el templo como la casa de Dios y lo consideraban con todos los sentimientos religiosos debidos a este edificio. Pero para partir el pan se retiraban a sus casas, separados del pueblo y del templo, porque no podían recordar allí al Señor muerto, rechazado por el pueblo y por los jefes religiosos. El acto de partir el pan pertenecía al nuevo orden de cosas, a la Iglesia, de la cual ellos formaban parte; no podía mezclarse con el judaísmo. Más tarde los creyentes judíos aprendieron a romper por completo con todo lo que constituía el culto levítico.

Estos creyentes también comían juntos con alegría y sencillez de corazón, y alababan a Dios. Excluían de su vida toda ventaja carnal. No se complacían en la buena comida, como tampoco en la posesión de bienes materiales. El amor, el gozo y la alabanza caracterizaban su existencia. Disfrutaban del favor de todo el pueblo, testigo de esta vida maravillosa.

Está escrito que «cada día el Señor añadía a la Iglesia los que iban siendo salvos». ¿Por qué no dice: “todos los que eran salvos”? Este pasaje habla de los que estarían a salvo de los juicios que caerían sobre la nación judía por haber crucificado a su Rey. En la Iglesia, nuevo testimonio de Dios en medio de los hombres, los creyentes estaban seguros. En un día futuro, en los tiempos de tribulación, sabemos que los juicios alcanzarán a la cristiandad apóstata y al mundo entero. Como en la antigüedad, el Señor añade hoy a la Iglesia los que se salvarán de dichos juicios, no gracias a la protección del mundo, sino porque serán arrebatados para ir al encuentro del Señor en el aire y estar con él. Nos hemos convertido «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar de los cielos a su Hijo, al que ha resucitado de entre los muertos, a Jesús quien nos libra de la ira venidera» (1 Tes. 1:9-10).

El Señor permita a todos, jóvenes y mayores, aprovechar las enseñanzas de este maravilloso capítulo. ¡Seamos fieles mientras esperamos que él venga para buscar a todos los suyos! Entonces estaremos todos juntos en un mismo lugar: la casa del Padre. Allí, la felicidad de todos será perfecta. Veremos al Señor cara a cara. Ya no tendremos necesidad de recordarlo con el partimiento del pan. La vida divina que desde ahora poseemos en la tierra se desplegará en pleno. Entretanto, debemos mostrarla a los que nos rodean.

Estimado lector, ¿tiene Vd. esta vida? ¡El Señor viene! Que todos aquellos que no la poseen se apresuren a aceptarla: se ofrece a todos gratuitamente. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). Para aquel que cree y duda si realmente es salvo, el mismo apóstol dice: «Estas cosas os he escrito, a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Juan 5:13).

4 - Hechos 3

4.1 - La curación de un lisiado

Subían al templo Pedro y Juan a orar, a la hora novena (para nosotros, las tres de la tarde). Los discípulos judíos todavía reconocían el templo como la casa de Dios, una casa de oración, tal como el Señor lo recuerda en Lucas 19:46, hasta que comprendieron toda la verdad concerniente a la Iglesia (o Asamblea), cuya formación vimos en el capítulo precedente. Ella reemplazaría a Israel como testimonio de Dios en la tierra. Más tarde el Señor enseñó a sus discípulos a abandonar Jerusalén y el templo, antes de ser destruidos por los romanos (esto sucedió en el año 70 después de J. C.). Al llegar Pedro y Juan, traían a un hombre cojo de nacimiento que solía sentarse a la puerta del templo, llamada la Hermosa, para mendigar. Cuando los apóstoles iban a entrar, el lisiado les dirigió su petición. Entonces «Pedro, mirándolo fijamente, como Juan, le dijo: Míranos. Él les estaba atento, esperando recibir algo de ellos. Y Pedro dijo: Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te doy: ¡En el nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y anda! Tomándole de la mano derecha, lo levantó; y al instante se fortalecieron sus pies y tobillos; y de un salto se puso en pie y caminaba; y entró con ellos en el templo, andando, saltando y alabando a Dios» (v. 4-8). Esta curación daba un testimonio público del valor y del poder del nombre de Jesucristo de Nazaret ante aquellos que lo despreciaron, lo rechazaron y mataron.

En medio del pueblo, Jesús hizo grandes milagros que tendrían que haber convencido a los judíos de que él era realmente el Mesías prometido. Desde que Dios lo resucitó, lo glorificó y lo hizo Señor y Cristo, como Pedro lo dice en Hechos 2:36, su nombre actuaba con el mismo poder por medio de los apóstoles. Todos los testigos de este milagro estaban llenos de asombro.

En esta curación se produjeron los mismos efectos que en la conversión. La pobreza y la incapacidad de andar caracterizaban a este hombre. Estaba sentado y mendigando. Después de su curación, andaba, saltaba y alababa a Dios. Su corazón se llenó de agradecimiento para con el Señor que tan maravillosamente lo había liberado. En su estado natural, moralmente, todo hombre se parece a este lisiado; está sin recursos y es incapaz de seguir el pensamiento de Dios.

Pero por el poder del nombre de Jesús, siempre a disposición de la fe, puede andar de una manera que glorifique a Dios, con un corazón lleno de agradecimiento, de alabanza y de adoración. Si estamos entre aquellos que poseen la salvación, no olvidemos que Dios nos ha liberado del triste estado en el cual el pecado nos había hundido, para que andemos de una manera digna de Él y le alabemos ya aquí en la tierra.

«Estando él agarrado a Pedro y a Juan, todo el pueblo, admirado, corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón» (v. 11). Si este pueblo hubiese persistido en estos sentimientos de admiración, si se hubiese arrepentido al reconocer en este milagro el poder y la gracia de aquel a quien había crucificado, ¡qué bendiciones habría recibido! Pero, como veremos en este capítulo, no hubo nada de eso, por el contrario, perseveró en su rechazo hacia Jesús.

4.2 - El testimonio de Pedro hacia el pueblo

Aprovechando la presencia de la muchedumbre atraída por el milagro, Pedro anunció delante de todos cómo se había efectuado la curación y los invitó a creer en aquel que habían crucificado, para que recibiesen las bendiciones prometidas por los profetas.

«Al ver esto Pedro, les dijo: Varones israelitas, ¿por qué os asombráis de esto? ¿o por qué fijáis la vista en nosotros, como si por nuestro propio poder o piedad hubiésemos hecho andar a este hombre?» (v. 12). El mundo siempre procura atribuir al hombre lo que le da fama, y este se las ingenia para apropiarse de lo que corresponde a Dios. Pero los apóstoles sabían que ellos eran meros instrumentos del poder del Señor. Un instrumento solo es útil si se deja dirigir por aquel que lo emplea. Para Pedro y Juan este milagro no tenía nada de particular, pues conocían el poder de aquel en quien habían creído y a quien Dios había glorificado. Por eso Pedro les dice: «El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis ante Pilato, cuando él había decidido soltarlo. Pero vosotros negasteis al Santo y Justo, y pedisteis que se liberara a un homicida; y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de entre los muertos; de lo cual nosotros somos testigos» (v. 13-15).

El Dios de sus padres había hecho promesas y envió a Jesús para cumplirlas; pero ellos le dieron muerte. ¿Entonces todo estaría perdido? De ningún modo. Por medio de su Hijo, sobre el cual descansaban todos sus pensamientos, Dios cumpliría con lo que prometió. Por eso Dios también lo resucitó y lo glorificó; los apóstoles eran testigos de ello. Él lo hizo sentar a su diestra, hasta que sus enemigos fueran puestos por estrado de sus pies (Sal. 110:1). Aunque fue rechazado por el pueblo, nada podía impedir la manifestación del poder de Jesús glorificado, salvo la incredulidad de los judíos que se ven privados, por algún tiempo, de todas las bendiciones destinadas a ellos. Los resultados gloriosos y eternos de la venida del Señor en gracia a este mundo se dirigen a todos y a cada uno de los que creen y se apropian de estas bendiciones. Solo la incredulidad priva de estos beneficios a los que rechazan el mensaje de la gracia.

Pedro colocó ante los judíos cuatro graves acusaciones que hacen resaltar su terrible culpabilidad con respecto al rechazo de Jesús:

  1. Lo entregaron.
  2. Lo negaron ante Poncio Pilato, cuando este lo quería soltar.
  3. En lugar del Santo y Justo, prefirieron a un homicida.
  4. Le dieron muerte.

Mataron al príncipe de la vida; pero Dios lo resucitó y los discípulos fueron testigos de ello. En la historia de la humanidad es imposible encontrar mayor contradicción como también tamaña culpabilidad. Estos hechos inauditos muestran el abismo moral que separa al hombre de Dios, su incapacidad para juzgar las cosas según Dios. La presencia de su Hijo lo probó. Pero esta comprobación, tan humillante para el hombre, resalta la gracia de Dios quien, después de semejante experiencia, le ofrece su perdón y la felicidad eterna.

Pedro siguió diciendo: «Por la fe en su nombre, a este que vosotros veis y conocéis, ese nombre lo ha fortalecido; y la fe que es mediante Jesús le ha dado esta perfecta salud en presencia de todos vosotros» (v. 16). El nombre es la expresión de la persona; ese nombre, el Señor mismo, crucificado por los judíos y resucitado por Dios, es quien cumplió este milagro. Basta tener fe para aprovechar su poder. La prueba indiscutible estaba ante los ojos de todos; ¿qué hicieron de ella? Lo veremos en el capítulo 4:16-17.

4.3 - Pedro llama al pueblo al arrepentimiento

Lo que Pedro presentó luego en su discurso era de capital importancia para el pueblo. De su aceptación o rechazo dependía la bendición o la ruina. Israel escogió la ruina. El hombre no sabe hacer otra cosa si Dios le deja que asume su propia responsabilidad. La ruina de los judíos era la consecuencia del rechazo de Cristo; pero Dios quería seguir actuando en gracia para con ellos. En la cruz, el Señor había intercedido a favor de aquellos que le daban muerte, diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). En virtud de esta oración y por boca de Pedro, Dios les ofreció la posibilidad de arrepentirse a fin de que volviese el Señor trayendo las bendiciones de las que se privaron al darle muerte: «Ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo hicisteis, como también vuestros gobernantes; pero Dios ha cumplido lo que había anunciado por boca de todos los profetas, que su Cristo debía padecer» (v. 17-18). La gracia de Dios admite que el pueblo obró por ignorancia al dar muerte al Señor. Así consideró Dios su acto, hasta que ellos rechazaron el testimonio que el Espíritu Santo daba de Cristo glorificado; y eso en respuesta a la intercesión del Señor en la cruz. Por el rechazo de Jesús, Dios cumplió lo que sus profetas habían predicho, a saber, que Cristo, o sea su Ungido, debía sufrir. Pero por esto no podemos concluir que los hombres son menos culpables. Ellos llevan toda la responsabilidad de su infame acto. No lo entregaron para que Dios cumpliese sus designios de gracia, sino para satisfacer su odio contra él, contra Dios, de quien Jesús era la manifestación en gracia, porque no podían soportar más que él estuviese en medio de ellos. Y al mismo tiempo, por su muerte, el Señor cumplió los designios de Dios para la salvación de los pecadores. En lo que a eso respecta, los hombres nada tienen que ver.

Dios escogió el momento en que el odio y el pecado del hombre estaban en la cima, para manifestar su perfecto amor y el anhelo de salvarles. Por eso era necesario que Jesús sufriera, de parte de Dios, el juicio debido al pecado.

Dios, al considerar que el pueblo había obrado por ignorancia, lo instó a través de Pedro: «Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados, para que vengan tiempos de alivio de la presencia del Señor, y para que él envíe a Jesucristo, que previamente os fue designado; a quien es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas desde la antigüedad» (v. 19-21). Si los judíos se hubiesen arrepentido y convertido, si hubiesen cambiado su parecer con respecto al Señor, reconociendo la espantosa falta cometida al darle muerte, sus pecados habrían sido borrados y el Señor habría vuelto a bajar del cielo para establecer su reinado, lo que Pedro llama los «tiempos de alivio» anunciados por los «santos profetas». Este momento, pues, era decisivo para el pueblo. ¿Pero, qué hicieron? Los judíos veneraban profundamente a los profetas. Estos habían hablado del Señor, de su venida, de sus sufrimientos, de su exaltación, de su regreso para cumplir las promesas hechas a los padres. ¿Los escucharían? Y ¿escucharían el testimonio del Espíritu Santo por boca de Pedro? No. Animados por un odio implacable con respecto al Señor, rehusaron la última oferta de la paciente gracia de Dios.

Pedro les citó aún a Moisés, el más venerado de los profetas. Él les había hablado de Jesús, así como de las consecuencias que amenazaban a los indiferentes: «Moisés, en verdad, dijo: El Señor [3] vuestro Dios, os levantará un Profeta semejante a mí de entre vuestros hermanos; a él escucharéis conforme a todo lo que os hable. Toda alma que no escuche a este Profeta, será exterminada del pueblo» (véase Deut. 18:15-19). Y añadió: «todos los profetas, desde Samuel y los que le sucedieron, todos los que han hablado, también han anunciado estos días» (v. 22-24). Para que no comprendieran, debían haber sido cegados por un espíritu de incredulidad. Los profetas habían anunciado la venida de Cristo y las bendiciones que de ella resultarían; pero hacía falta recibirlo. Y estas profecías se dirigían precisamente a los judíos. Pedro les dijo: «Vosotros sois hijos de los profetas y del pacto que hizo Dios con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. Después de manifestar a su siervo, Dios os lo envió primero a vosotros para bendeciros, apartando a cada uno de sus iniquidades» (v. 25-26). ¿Hay algo más claro? En este discurso todo estaba dirigido a tocar el corazón del pueblo y a abrir sus ojos. Dios había establecido un pacto con Abraham; este descansaba en la fidelidad de Dios para cumplirlo. Con ese fin Dios envió a su Ungido, pero no podía hacer nada mientras los judíos permanecieran en su incredulidad; ellos debían arrepentirse. El Señor los exhortó a que se apartasen de sus maldades. Con anterioridad, Dios había enviado a Juan el Bautista quien les dijo: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado»(Mat. 3:2).

[3] Aquí, como en otros pasajes del Nuevo Testamento, al citar el Antiguo Testamento, el escritor usa la palabra «Señor» en lugar de «Jehová», que significa «el Eterno».

Pero fue en vano. En vez de escucharlo, lo mataron. Si el Señor solo hubiera realizado milagros y los hubiera liberado del yugo de los romanos, sin hablarles de sus pecados, sin duda lo habrían recibido. Pero no habría sido un reinado de justicia, en el cual no se puede soportar el pecado. Los derechos de un Dios santo no habrían sido reconocidos. Dios no puede apartarse de lo que conviene a su naturaleza, para ser agradable a los hombres. El Mesías no podía establecer el reinado de justicia sobre pecadores, pues esta los habría hecho perecer a todos. Hablando del reinado milenario dice: «De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra» (Sal. 101:8).

Todavía hoy, los hombres quieren un Dios que satisfaga sus propios deseos, que los libre de las consecuencias del pecado y transforme este mundo en un paraíso. Si así lo hiciera, los hombres creerían en Él. Pero el Dios que ellos quisieran no es el que Jesús vino a revelar. Jesús reveló a un Dios de amor, pero a la vez justo, santo y «Muy limpio eres de ojos para ver el mal» (Hab. 1:13). Para que Dios mantuviera estos caracteres, en medio de un mundo manchado y perdido, fue necesaria la cruz. Allí fue satisfecha la justicia de Dios contra el pecado, fue mantenida su santidad por el juicio que el Señor sufrió, para que el amor de Dios pudiera ser conocido por los pecadores.

Un día, bajo el reinado del Hijo del hombre, esta creación reconciliada con Dios por la misma obra de la cruz, se parecerá a un paraíso. Allí los hombres serán felices y disfrutarán de los beneficios que Dios esparcirá por doquier (véase Is. 2:2-5; 55:12-13; 65:17-25; Ez. 34:23-31, etc.). Pero aquellos tiempos no llegarán hasta después de los terribles juicios por los cuales Dios quitará de la tierra a todos los malvados, sobre todo a aquellos que en los tiempos actuales rehúsan creer en el Señor Jesús como su Salvador.

En este capítulo, en contraste con el precedente y los siguientes, es muy importante e instructivo considerar el carácter bajo el cual el Señor es presentado a los judíos. En el capítulo 2, Pedro contestó a los que se compungieron de corazón, al comprender la gravedad de su situación por haber rechazado a Cristo: «¡Arrepentíos, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo!». Unas tres mil almas creyeron, fueron bautizadas y añadidas a la Iglesia, ya constituida por la venida del Espíritu Santo.

El capítulo 3 forma, en cierto modo, un paréntesis en el relato del establecimiento de la Iglesia, pues Pedro no habla del arrepentimiento y del bautismo con miras a recibir al Espíritu Santo y formar parte de la Iglesia. Les dijo: «Arrepentíos, y convertíos para que sean borrados vuestros pecados, para que vengan tiempos de alivio de la presencia del Señor, y para que él envíe a Jesucristo…», en otros términos, para que establezca su reino de paz y de justicia en la tierra. Era, lo hemos dicho, un último llamado a los judíos como pueblo, basado en la intercesión de Cristo en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

El rechazo a este llamado, consumado por el homicidio de Esteban en el capítulo 7, tuvo como consecuencia el distanciamiento de los judíos, hasta que ellos digan: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mat. 23:39). Desde entonces el Evangelio ha sido anunciado a todos, primeramente, a los judíos, luego a los gentiles. Individualmente todo judío podía recibir al Señor y ser salvo. Si esto sucedía, ya no formaba parte del pueblo que Dios puso a un lado. Pertenecía a la Iglesia, la que el Señor vendrá a buscar antes de reanudar su relación con Israel y establecer su reinado en la tierra.

5 - Hechos 4

5.1 - La intervención de los jefes religiosos

La curación del lisiado y el discurso de Pedro no tardaron en llamar la atención de las autoridades religiosas. Es la primera vez que las vemos en contacto con los apóstoles, o más bien con el poder del Espíritu Santo. «Mientras hablaban al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes, el capitán de la guardia del templo y los saduceos, irritados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en nombre de Jesús la resurrección de entre los muertos» (v. 1-2). Dos cosas alborotaban a estos hombres opuestos a Dios: el hecho de que los apóstoles enseñasen al pueblo y que anunciasen por Jesús la resurrección de entre los muertos. Los jefes religiosos, el clero de aquel entonces, reivindicaban la enseñanza para sí. Es probable que el milagro los hubiera fastidiado menos si no hubiese dado la ocasión de colocar ante el pueblo la verdad concerniente a la persona de Jesús, cuyo poder había operado esta curación. Más tarde, no les prohibieron hacer milagros; pero sí les prohibieron «hablar o enseñar en el nombre de Jesús» (v. 18). Luego vemos aparecer a los saduceos, los cuales negaban la resurrección (véase Mat. 22:23; Marcos 12:18; Lucas 20:27) y a quienes pertenecía cierto número de jefes religiosos (cap. 5:17).

La resurrección de Jesús no solamente era contraria a su doctrina, sino que manifestaba la victoria que el Señor obtuvo sobre el mundo y su príncipe, Satanás. Ella también era el fundamento del cristianismo, ese nuevo orden de cosas que anulaba el anterior, al cual los judíos permanecían sujetos; pero al mismo tiempo les revelaba su terrible culpabilidad. Comprendemos fácilmente la irritación de aquel mundo religioso al oír anunciar estas verdades. La resurrección de Jesús inauguró e hizo posible la resurrección de entre los muertos; a la voz de Cristo, cuando venga a por su Iglesia, ella tendrá lugar para todos los creyentes. La resurrección de Cristo fue la manifestación especial del favor de Dios que descansaba sobre Él, porque Cristo lo glorificó plenamente. A causa de su excelente obra, todos los creyentes fallecidos antes del retorno de Cristo saldrán de sus tumbas, como objetos del mismo favor. Aquellos que no hayan creído serán dejados en sus sepulcros hasta el momento en que aparecerán delante del gran trono blanco para el juicio final (Apoc. 20).

Como ya era tarde, los jefes religiosos detuvieron a los apóstoles y los aprisionaron hasta el día siguiente. «Pero muchos de los que oyeron la palabra, creyeron; y llegó a ser el número de los hombres como cinco mil» (v. 4). Nadie puede impedir la acción de la Palabra de Dios: se puede encarcelar a los que la traen, pero no a la Palabra en sí, ni tampoco circunscribir sus efectos. Tres mil hombres se convirtieron durante la primera predicación de Pedro. Poco después, el número aumentó aproximadamente en dos mil más. Y a través de los veinte siglos que han transcurrido desde estas primeras predicaciones, un número incalculable se ha añadido a los cinco mil, a pesar de la oposición constante de Satanás. Para ser salvo, primero es preciso oír y luego creer. El Señor dijo: «Quien oye mi palabra, y cree a aquel que me envió, tiene vida eterna, y no entra en condenación, sino que ha pasado ya de muerte a vida» (Juan 5:24).

«Vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efe. 1:13).

«La fe viene del oír; y el oír, por la palabra de Dios» (Rom. 10:17). Todos los que han oído la Palabra de Dios, aunque solo sea una vez, son responsables de su propia salvación.

Queridos lectores que han oído la Palabra de Dios desde hace mucho tiempo, ¿tienen su fe puesta en Jesús? ¡Qué terrible sería para uno recordar, en la desdicha eterna, que oyó el mensaje de gracia y lo despreció! El que se encuentre en tal caso podrá decir eternamente: “Estoy en esta situación por culpa mía, pues no quise creer”. ¡Que esta no sea la parte de ninguno de los que leen estas líneas!

5.2 - La comparecencia de Pedro y Juan

Al día siguiente, un imponente grupo de dignatarios del pueblo judío, compuesto por jefes, ancianos y escribas, se reunió en Jerusalén. Allí estaban Anás, sumo sacerdote, su yerno Caifás, quien estaba en funciones en el momento de la muerte de Jesús, Juan y Alejandro, probablemente hijos de Anás, y todos los del linaje de los sumos sacerdotes. Después de hacer comparecer a Pedro y a Juan, les preguntaron: «¿Con qué poder o en nombre de quién hicisteis esto?» (v. 7). Pedro respondió exponiendo la verdad concerniente a Jesús, con el objetivo de obrar sobre la conciencia de todos, y presentándoles el único medio para ser salvos. «Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos: si nosotros hoy somos interrogados acerca de la buena obra hecha a un hombre enfermo, de qué manera ha sido curado, sea conocido de todos vosotros y de todo el pueblo de Israel que en el nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado, a quien Dios resucitó de entre los muertos, en su nombre se presenta él ante vosotros sano» (v. 8-10).

El Espíritu Santo dio a Pedro una fuerza y una seguridad propia como para confundir a su auditorio. Pedro experimentó lo que el Señor les había dicho cuando les predecía que serían conducidos ante los gobernadores y los reyes, a causa de su nombre: «Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios» (Lucas 21:12-15). Los apóstoles estaban con Dios; toda la asamblea allí reunida estaba en su contra. Pedro y Juan tenían la fuerza del Espíritu Santo; la de los judíos descansaba en su odio contra el Señor, y Dios los había puesto a un lado. Por eso Pedro pudo decirles de frente que la forma en que ellos manifestaron su oposición a Dios, fue dando muerte a Jesucristo de Nazaret, mientras que Dios había mostrado todo el valor que su Hijo amado tenía para Él, resucitándolo de entre los muertos. El nombre de Jesús tenía tal poder que, a pesar del desprecio de los hombres, bastaba para cumplir ese gran milagro, como Pedro lo había dicho a la muchedumbre en el capítulo precedente.

El apóstol va más lejos al resaltar la culpabilidad de los jefes del pueblo. Dice: «Esta es la piedra desechada por vosotros los edificadores, que ha llegado a ser cabeza del ángulo» (v. 11).

«Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado entre los hombres, en el que podamos ser salvos» (v. 12).

Pedro alude al Salmo 118:22: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo». Así, todo el edificio de la bendición para Israel descansaba en la persona del Señor Jesús. Los edificadores, los que tenían una responsabilidad y sabían que su bendición debía provenir de Cristo, en lugar de llevar al pueblo a recibirle, le incitaron a darle muerte. Despreciaron la piedra angular que debía sostener todo el edificio. Pero, a pesar de esto, ella sigue siendo la piedra principal del ángulo, sobre la cual reposa el cumplimiento de las promesas de Dios para el pueblo terrenal en el porvenir y, por la fe, la salvación de todo hombre. En Isaías 28:16 leemos: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure» (o «no será avergonzado» –Rom. 9:33). Cuando el remanente futuro atraviese la gran tribulación y sufra una angustia sin par, podrá contar con ella, a pesar de las apariencias contrarias.

En la espera de los tiempos venideros, dirá: «Bendito el que viene en el nombre del Señor». El nombre de Jesús, es decir, Jehová salvador, es el único dado a los hombres por el que podamos ser salvos. Al decir «podamos», Pedro se incluye entre los que, en aquella época, podían aprovechar esta salvación al creer en Jesús, cuando todavía había esperanza para el pueblo judío con tal que recibiera a Jesús, como lo dice en el capítulo anterior. En 1 Pedro 2 el mismo apóstol dice, después de haber citado el pasaje de Isaías 28: «Para vosotros que creéis, tiene gran valor; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores rechazaron ha llegado a ser cabeza de ángulo, piedra de tropiezo y roca de escándalo; porque siendo desobedientes ellos tropiezan con la palabra» (v. 7-8). En Mateo 21:44, el Señor cita también el pasaje del Salmo 118 para demostrar a los judíos cuán culpables eran por no recibirle. Luego anuncia las consecuencias: «El que caiga sobre esta piedra será quebrantado». Así sucedió con el pueblo; Dios lo ha rechazado por algún tiempo. El Señor añade: «Mas sobre quien ella caiga, lo desmenuzará». El Cristo rechazado subió al cielo y allí permanecerá hasta su regreso en gloria; pero cuando él venga, el juicio caerá como una piedra sobre el Israel incrédulo y lo desmenuzará, en tanto que el remanente se salvará porque habrá creído en Él.

Mientras el pueblo está a la espera de recibir las bendiciones que el Señor traerá a su regreso glorioso, Cristo es el fundamento sobre el cual descansa la Iglesia; el que cree en su nombre es salvo.

5.3 - La confusión del concilio

«Viendo ellos el denuedo de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús» (v. 13). Estos jefes religiosos, asombrados por lo que llamaban el denuedo de Pedro y de Juan, y que no era otra cosa que el poder de sus palabras bajo la acción del Espíritu Santo, comprobaron el hecho sin saber su causa. Si hubiesen sido hombres instruidos, se habría atribuido este hecho a su erudición; pero eran incultos, es decir, no tenían la instrucción de los rabinos. De haberla tenido, su palabra no habría poseído más poder por eso. El mismo comentario se hizo respecto del Señor. «¿Cómo sabe este de letras, sin haber aprendido?» (Juan 7:15). «La multitud se asombraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mat. 7:28-29). El divino poder de la palabra del Señor y de los apóstoles estaba fuera de toda cuestión de instrucción y sabiduría humana.

El Espíritu Santo, cuando los necesita, se sirve tanto de hombres letrados como de hombres sencillos. Pero unos y otros no deben ser más que conductos alimentados por una fuente divina para comunicar lo que lleva el carácter divino. En el Señor se verificó esto en toda su perfección, pues en él nada entorpecía la acción del Espíritu, como tampoco en los apóstoles en su maravilloso comienzo, porque ellos estaban «llenos del Espíritu Santo». Esto lo leemos más de una vez. Todavía hoy, en medio de la ruina de esta Iglesia, que comenzó bajo la poderosa acción del Espíritu de Dios, la Palabra de Dios obra en los oyentes cuando quienes la presentan actúan bajo la acción del Espíritu, siendo conscientes de su propia debilidad. Así, pues, el Espíritu Santo permanecerá en la Iglesia y en el creyente hasta la venida del Señor.

Los que oían a Pedro y a Juan reconocían que estos habían estado con Jesús. En su lenguaje y actitud había algo que recordaba al Señor cuando estaba en la tierra. De alguna manera eran un reflejo de Jesús, porque él estaba en ellos. No solo aquellos que el Señor utiliza para anunciar su Palabra, sino todos los creyentes, jóvenes y adultos, deberíamos llevar este carácter siempre y en todas partes. Pero eso requiere que estemos ocupados con él, con su Palabra, que vivamos en él por la fe. Entonces nuestra actitud, nuestro lenguaje y toda nuestra manera de comportarnos harían evidente nuestra relación con Jesús, manifestándose prácticamente como «carta de Cristo», legible para todos (véase 2 Cor. 3:2-3).

La presencia del lisiado curado daba otra prueba irrefutable del poder del nombre de Jesús. «Y viendo al hombre que había sido sanado de pie en medio de ellos, nada podían decir en contra» (v. 14). Sin embargo, ¿qué pensarían al oír a Pedro acusarlos de haber hecho morir al Señor? Su conciencia debió haberlos tocado en algo, porque no pudieron contradecir lo que oían y veían. Por eso mandaron a los apóstoles que salieran del concilio para discutir entre ellos qué medidas tomarían a fin de anular el efecto producido sobre el pueblo por la curación del lisiado. Dijeron: «¿Qué haremos con estos hombres? Porque es evidente a todos los que habitan en Jerusalén que un milagro notable ha sido hecho por medio de ellos, y no podemos negarlo. Pero para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que de aquí en adelante a nadie hablen en este nombre» (v. 16-17). Con sus pretensiones e ilusoria autoridad no se daban cuenta de lo ridículo de su decisión.

Siendo tan culpables y estando alejados de Dios, pues lo habían rechazado en la persona de su Hijo, cegados por su odio contra Él, ¿podrían en alguna manera detener el ejercicio del poder del Espíritu Santo, la otra persona de la Trinidad, enviada desde el cielo para cumplir los designios de Dios en este mundo? Llamaron, pues, a Pedro y a Juan y «les prohibieron hablar o enseñar en el nombre de Jesús» (v. 18). He ahí la orden dada por los hombres. En el capítulo 1:8 el Señor había dicho a los discípulos: «recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y seréis mis testigos, no solo en Jerusalén sino también en toda Judea, Samaria y hasta en los últimos confines de la tierra». He ahí la orden divina. Los apóstoles tenían plena conciencia de ella y contestaron: «¡Juzgad vosotros si es justo ante Dios escucharos a vosotros más bien que a Dios!Porque nosotros no podemos dejar de hablar de las cosas que hemos visto y oído» (v. 19-20).

Esta respuesta comprueba la decadencia del sistema judío representado por estos hombres, el cual Dios ponía a un lado. Hasta Cristo, los sacerdotes, vínculo entre Dios y el pueblo, debían ser escuchados. Ellos usaron su autoridad sobre el pueblo para que Jesús fuese crucificado. Los edificadores ya no tenían entre manos nada que procediera de Dios. Iban a oponerse a la predicación de la gracia en la medida en que Dios se lo permitiera, pero fue en vano. El poder pertenecía a los discípulos de Jesús de Nazaret. Como todos los hombres, los sacerdotes tuvieron que reconocer que Dios hablaba por medio de los apóstoles. Por eso Pedro y Juan dijeron: «Juzgad vosotros si es justo ante Dios escucharos a vosotros más bien que a Dios», lo que significaba claramente: “No obedeceremos; Dios no habla más por vosotros”. La respuesta era tan fuerte como verdadera.

Esto irritaba a los jefes religiosos, pero contuvieron su ira y se limitaron a amenazar a los apóstoles; no porque estuvieran convencidos con la afirmación de estos, sino para no indisponer al pueblo contra ellos mismos, queriendo retener el prestigio y la autoridad que habían perdido sobre los apóstoles. «Después de amenazarlos los soltaron, no hallando cómo castigarlos a causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo sucedido; porque tenía más de cuarenta años el hombre en quien fue hecho este milagro de curación» (v. 21-22). El clero ha pretendido desde siempre servir a Dios, pero quiere retener para sí la gloria que corresponde a Dios y, si no tiene la aprobación divina, por lo menos quiere tener el favor del pueblo.

5.4 - La oración de los discípulos

«Puestos en libertad, volvieron a los suyos y les refirieron todo lo que los jefes de los sacerdotes y los ancianos les habían dicho» (v. 23). Todavía hoy, Dios nos concede el gran favor de tener a «los suyos», aquellos con quienes compartimos los mismos pensamientos, porque poseemos la misma vida, al mismo Objeto, la misma experiencia, y la misma Palabra que nos enseña. Estamos fuera del mundo y de todo lo que lo caracteriza. Los creyentes debemos andar juntos, buscarnos mutuamente para fortalecernos en la fe y animarnos en medio de este mundo que no conoce a nuestro Salvador y Señor. Juntos podemos elevar nuestras oraciones a Dios, presentarle nuestras inquietudes, hablarle, como otrora los discípulos, de la oposición del adversario, para recibir la fuerza y la sabiduría a fin de dar testimonio en medio del mundo en el cual el Señor nos deja como testigos, extranjeros y peregrinos.

Al oír el relato de Pedro y Juan, «alzaron unánimes la voz a Dios, diciendo: ¡Soberano! Tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo cuanto en ellos hay». Reconocían su soberanía y su poder, sabiendo que podían confiar en Él. Luego, recordaron también lo que Dios había dicho por boca de David: «¿Por qué se amotinaron las naciones, y los pueblos meditaron vanos proyectos? Acudieron los reyes de la tierra, y los príncipes unánimes se juntaron contra el Señor y contra su Cristo» (v. 24-26). Aquí se cita el Salmo 2:1-2, cuyo cumplimiento literal tendrá lugar cuando las naciones se junten en torno a Jerusalén, contra el Señor que habrá venido para establecer su reino en gloria. Pero estas palabras se cumplieron parcialmente el día que Satanás reunió a los representantes del mundo entero para dar muerte a Jesús. Por eso los discípulos lo dijeron en su oración. «Porque en verdad se juntaron en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para llevar a cabo cuanto tu mano y tu consejo predestinaron que sucediera» (v. 27-28).

Cuando el Señor venga en gloria, aniquilará a las naciones y a los reyes que se levanten contra él. Pero no obró de la misma manera frente a los que lo crucificaron y que, sin saberlo, como lo vimos en el capítulo precedente, cumplieron con lo que Dios había decidido en sus consejos, a saber, la obra de la redención. Las naciones subsisten y el mundo sigue oponiéndose al Señor y a sus testigos. Hasta que él venga, la porción de la Iglesia es su oprobio, el odio del mundo que Dios deja subsistir para la hora del juicio. A fin de cumplir fielmente su servicio durante este tiempo, los creyentes pueden contar con el poder del Soberano, creador del cielo y de la tierra, y con el socorro del Espíritu Santo. Los apóstoles lo comprendieron. Por eso, al entender el pensamiento de Dios, no le pidieron que destruyera a sus enemigos, sino: «Ahora, Señor, mira sus amenazas; y concede a tus siervos que con todo denuedo anuncien tu palabra, mientras extiendes tu mano para sanar, y para que se realicen señales y prodigios en nombre de tu santo siervo Jesús» (v. 29-30).

Los discípulos conocían la vanidad de lo que los hombres proyectan contra Dios. ¿Cómo le impedirían cumplir sus designios? Semejantes al viento que alza las olas del mar, ellos bien pueden asustar a los débiles siervos del Señor, oponérseles, pero nunca podrán vencer al poder que los sostiene. El Creador, más aún, el que los amó, que los salvó de un peligro mucho mayor, de la muerte eterna, y que los envió al mundo a llevar el mensaje de salvación, los acompañará y los protegerá por el poder de su Santo Espíritu. Todas nuestras dificultades, pequeñas o grandes, crean la ocasión para hacer intervenir a Dios en nuestra vida, siendo conscientes de nuestra debilidad, pero con plena confianza en su fuerza y amor. Los discípulos solo pidieron poder anunciar la Palabra con todo denuedo, y Dios les respondió con una manifestación inmediata de su poder: «Habiendo así suplicado, fue sacudido el lugar donde estaban reunidos, y todos fueron llenos del Espíritu Santo; y hablaron la palabra de Dios con denuedo» (v. 31).

Cuando nuestras oraciones tienen por finalidad la gloria de Dios, tengamos la seguridad de que serán oídas, aun cuando el cumplimiento no sea inmediato, porque a menudo Dios debe obrar en nosotros antes de concedernos lo que pedimos. En el caso de los discípulos, nada impedía que Dios les respondiera; ellos estaban de su lado, fuera del mundo que se les oponía. Por eso les dio una prueba visible de que su poder estaría con ellos para cumplir sus deseos: «Todos fueron llenos del Espíritu Santo». Tendremos oportunidad de ver de qué maravillosa manera este poder, que había sacudido el lugar en donde los apóstoles estaban congregados, los acompañó luego.

5.5 - Los efectos de la Palabra

«La multitud de los creyentes era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo cosa alguna de lo que poseía; sino que tenían todas las cosas en común» (v. 32). Se cumplió lo que el Señor había pedido a su Padre en la oración de Juan 17, al hablar de los que creerían por la palabra de sus enviados: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti; que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (v. 21).

Puesto que todos los creyentes poseen la misma vida divina, son de un corazón y un alma. Esta vida, que manifiesta en todos los mismos efectos, produce lo que se ha llamado la unidad de comunión. El Espíritu Santo no solo obraba en aquellos que predicaban la Palabra, sino también en los que la recibían por la fe; porque él es el poder de la vida divina. En ese momento nada lo contristaba; podía manifestar los caracteres de esta vida en su pureza. Un corazón y un alma, provenientes de una misma vida, caracterizaban a la muchedumbre que había creído.

Hoy en día, esta manifestación de la vida de Cristo ya no tiene lugar en la misma medida; pero la vida sigue siendo la misma, y si tiene libertad para manifestarse, lo hace con los mismos caracteres. Para que pueda obrar en cada creyente, es preciso no contristar al Espíritu Santo con los frutos de la vieja naturaleza, o sea, el pecado. Así, esta unidad de pensamiento, de sentimiento, en una plena comunión y en el amor, caracterizará la vida de la Iglesia, dando testimonio ante el mundo, el cual, con esto, debería reconocer que el Padre envió a su Hijo. Entre estos primeros cristianos, el amor condenaba el egoísmo de la naturaleza humana a tal punto que lo que era de uno pertenecía a todos. No era como el comunismo que dice: “Lo tuyo mío es”, sino el amor que dice: “Lo mío es tuyo”. Los bienes materiales solo tenían valor cuando eran puestos al servicio del amor. Esto, en cierta medida, también se ve hoy, donde la vida divina es activa y guiada por la acción del Espíritu de Dios, en obediencia a la Palabra.

«Los apóstoles con gran poder daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús; y todos ellos gozaban de una abundante gracia» (v. 33). Es importante insistir, todavía hoy, sobre esta gran verdad de la resurrección del Señor, base de toda la predicación del Evangelio y de todo el cristianismo, ya que muchos la niegan. Pablo dice: «Si Cristo no ha sido resucitado, vana es vuestra fe; todavía estáis en vuestros pecados» (1 Cor. 15:17). Si el Señor Jesús no hubiese resucitado, la muerte dominaría sobre él y sobre todos los hombres; entonces, ¿cómo sabríamos que él llevó nuestros pecados en la cruz, y que estos fueron expiados? La venida del Espíritu Santo a este mundo, después de la glorificación de Cristo, nos lo enseña. Hacía falta, en efecto, un gran poder para anunciar la resurrección de Jesús en medio de los judíos, porque ningún hombre, aparte de los discípulos, lo vio resucitado. La mentira de los principales sacerdotes al decir que los discípulos habían robado su cuerpo se creyó con facilidad (véase Mat. 28:11-15). Tanto hoy, como en aquel entonces, para ser salvo hace falta depositar la fe en Cristo muerto y resucitado. La fe capta las cosas invisibles. Por eso el Señor apareció resucitado únicamente a aquellos que habían creído en él antes de su muerte.

En los versículos 34 y 35 el Espíritu de Dios nos recuerda lo dicho en los versículos 44 al 46 del capítulo 2, a saber, que todos los que poseían bienes los vendían. Estos bienes formaban parte de las cosas terrenales. Los creyentes manifestaban en gran medida su pertenencia al cielo y que allí estaban sus verdaderos bienes. No atribuían otro valor a lo que poseían, sino el de su utilidad para manifestar el amor entre sí. Por eso no había entre ellos ninguna persona necesitada, ya que todo el producto de la venta de sus propiedades lo ponían a los pies de los apóstoles, quienes sabiamente administraban esta abundancia según las necesidades. Un chipriota, llamado José, pero a quien los apóstoles llamaron Bernabé (hijo de consolación), también había entregado el producto de la venta de una tierra. El Espíritu de Dios menciona el nombre de este discípulo porque llegará a ser un instrumento de bendición en la obra, en la cual lo veremos trabajar según el significado de su nombre. Incluso es llamado apóstol en el capítulo 14:14.

Es bueno recordar que, de acuerdo a cómo obraban los discípulos con respecto a sus bienes, vemos la manifestación de la vida divina. Hoy podemos obrar según los mismos principios, sin vender y distribuir lo que poseemos. Si tenemos bienes terrenales, debemos considerarlos como la posesión del Señor, y nosotros como los administradores de cosas que no nos pertenecen. El Señor lo enseña en Lucas 16: tal como el administrador, podemos utilizar para otros los bienes de nuestro Amo con miras al porvenir. Pablo no dice a los ricos del presente siglo que vendan sus bienes, sino que sean «prontos a dar, generosos; atesorando para sí un buen fundamento para el futuro, a fin de que echen mano de la verdadera vida» (1 Tim. 6:17-19). El mismo apóstol también enseña que no son solamente los ricos quienes deben dar: «El que hurtaba, no hurte más; sino que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga algo para compartir con el que tiene necesidad» (Efe. 4:28). Es un gran favor de parte de Dios poseer esa vida, cuya manifestación tan maravillosa vemos entre los primeros cristianos. Ella nos ayuda a obrar según los mismos principios de amor, de entrega y de abnegación, los cuales contrastan con el egoísmo del corazón natural que se despliega en plena luz en medio del mundo en el que somos llamados a brillar como luminares. Para que la vida divina se desarrolle y se manifieste, no solamente debemos considerar a aquellos primeros cristianos, sino contemplar al Señor en su camino terrenal, manifestación perfecta de la vida que poseemos, nuestro modelo sin mancha y sin debilidad. ¡Que Dios nos de a todos, la capacidad de hacerlo, sin dejarnos distraer por los intereses de este mundo!

6 - Hechos 5

6.1 - Ananías y Safira

Ya hemos visto la formación de la Iglesia y su desarrollo en todo su frescor. El Espíritu Santo, obrando libremente, impedía toda manifestación del corazón natural. Lo que viene de Dios siempre es puro y lleva sus caracteres divinos, contrastando con los del hombre natural. No obstante, lo que Dios ha confiado a la responsabilidad del hombre se desintegra pronto, se estropea y se desnaturaliza por la actividad del corazón natural, incorregible y desesperadamente malo, que está siempre presente en el creyente.

Al principio de la historia de la humanidad, Dios creó a Adán perfecto, inocente, pero responsable de obedecerle solo en un punto; el hombre no obedeció y cayó. Después del diluvio Dios volvió a empezar con un mundo nuevo, y confió su gobierno a Noé, quien le deshonró. La misma decadencia tuvo lugar en el sacerdocio, con Elí (1 Sam. 2), en la realeza, con Saúl y toda la familia de David. La única excepción a esta humillante regla tendría que haberse producido con la Iglesia porque, desde la obra cumplida en la cruz, Dios obró de forma muy distinta para con los hombres. Dio a los creyentes la vida divina, manifestada en Cristo, y el Espíritu Santo, poder de esta vida para obrar en cada uno de ellos. Así que la vieja naturaleza que habitaba en ellos ya no debería caracterizarlos, pues ahora tienen el poder y el deber de considerarse como muertos al pecado, para manifestar la vida de Cristo. Pero el estado de ruina del testimonio de la Iglesia nos dice lo que ha sucedido durante los veinte siglos de su existencia; se reconoce muy poco de lo que la distinguía en los cuatro primeros capítulos de los Hechos. Un débil y escaso remanente lleva algunos caracteres cuya realidad solo el Señor puede apreciar.

El capítulo 5 señala el principio del mal. «Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una posesión; y sustrayendo una parte del precio, sabiéndolo también su mujer, trajo el resto y lo puso a los pies de los apóstoles» (v. 1-2). Arrastrados por el poderoso movimiento que producía el Espíritu Santo en los creyentes, Ananías y su mujer no querían quedarse atrás; pero el sacrificio que hacían sobrepasaba su estado espiritual. A menudo imitamos las buenas acciones ajenas, sin que la motivación provenga de un corazón enteramente sometido al Señor. La carne no juzgada quiere tener su parte de gloria al conservar para sí lo que a los ojos de los demás parece haber sacrificado. Mas, «Todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien tenemos que rendir cuentas» (Hebr. 4:13).

Es lo que Ananías y Safira experimentaron. Pedro dijo: «Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mientas al Espíritu Santo y te quedes con una parte del valor del campo? Sin venderlo, ¿acaso no era tuyo? Y vendido, ¿no te pertenecía? ¿Cómo es que concebiste esto en tu corazón? ¡No mentiste a hombres, sino a Dios!» (v. 3-4).

La presencia manifiesta del Espíritu Santo desplegaba un poder tan grande en medio de los discípulos que esto dio mayor gravedad a la mentira. El amor al dinero, activo en el corazón de Ananías y Safira, no fue juzgado. Esto los sustrajo a la influencia divina del Espíritu Santo, incitándolos a premeditar dicho acto; con frialdad, juntos decidieron mentir al Espíritu Santo, o sea, mentir a Dios. Todo pecado es un acto muy grave, ya que ofende a Dios. Bueno es recordarlo, porque somos expertos para justificar nuestras faltas. Es preciso tener el cuidado de juzgar todo pensamiento malo desde que aparece, para no familiarizarnos con él y perder la conciencia de la gravedad del mal: «La concupiscencia, tras concebir, engendra el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Sant. 1:15). Fue lo que sucedió con Judas. Ananías y Safira también son un ejemplo notable de ello (aunque el destino eterno de Judas no será el mismo que el de Ananías y Safira).

Lo que Pedro dijo nos muestra que Ananías era perfectamente libre de vender su propiedad o guardarla, y vendida, de conservar la totalidad o parte de su valor. La Palabra de Dios, que dirige la vida divina en el creyente, no es una ley impuesta; la vida del Señor –sus palabras– tienen autoridad. Nadie había dicho que estos creyentes tenían que vender sus bienes y distribuirlos. El amor activo, en el frescor y el poder de la vida divina, los incitaba a hacerlo para ayudar a sus hermanos necesitados. En el caso de Ananías y su mujer, este amor se debilitaba por el dinero; sus móviles no eran puros, y su acto no podía ser bueno.

En aquella época, en la que la presencia de Dios por el Espíritu Santo era tan manifiesta, semejante pecado no podía recibir el perdón bajo el gobierno de Dios [4]. Por eso, al oír a Pedro, Ananías cayó muerto. «Y se apoderó gran temor de todos los que lo oían. Se levantaron los jóvenes, lo envolvieron y, sacándolo fuera, lo sepultaron» (v. 5-6). Si Dios ha manifestado su gracia y su amor al salvarnos y al hacer de nosotros sus hijos muy amados, sigue siendo el Dios justo y santo con ojos demasiado puros para mirar el mal. Estamos exhortados a servirle con temor y reverencia, porque «nuestro Dios es fuego que consume» (Hebr. 12:28-29). Él hacía temblar y humear el monte de Sinaí; acompañaba a su pueblo en el desierto, también se nos ha revelado como Padre. Sin embargo, no puede soportar el pecado.

[4] Al igual que en tiempos de la ley, hoy, en el período de la gracia, existe todavía un gobierno de Dios con respecto a sus hijos. Tiene dos aspectos:

  1. Un aspecto general, según el cual un creyente está sometido como cualquier hombre al gobierno de Dios: «No se engañen; Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7).
  2. Un aspecto personal, que es la disciplina paternal de la cual todo hijo de Dios participa: «Porque el Señor disciplina al que ama, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿cuál es el hijo a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin disciplina, de la que todos han participado, entonces sois bastardos y no hijos» (Hebr. 12:6-8). El gobierno de Dios es, en sus manos, un medio eficaz para acercarnos a él y hacernos volver a gustar nuestra relación con él como Padre, si hemos faltado.

«Unas tres horas más tarde, entró su mujer, sin saber lo que había sucedido. Pedro le preguntó: Dime, ¿vendisteis el campo en tanto? Ella dijo: Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Cómo os pusisteis de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira los pies de los que sepultaron a tu marido están en la puerta, y te sacarán a ti. Al instante cayó ella a sus pies y expiró; y entrando los jóvenes la hallaron muerta; y sacándola, la sepultaron al lado de su marido» (v. 7-10). Pedro dijo a Safira: «¿Cómo os pusisteis de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor?» Y a Ananías: «¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mientas al Espíritu Santo?» Este pecado tenía dos caracteres íntimamente ligados: mentir al Espíritu Santo, al cual no se puede ocultar nada, y al mismo tiempo, tentarle, a ver si ignorara su acto. No debemos tentar a Dios, o sea, ponerlo a prueba para saber si es fiel en lo que dice. Debemos creerle sin pruebas. Satanás quiso tentar al Señor invitándolo a echarse abajo desde el pináculo del templo; le citó el Salmo 91:11-12: «A sus ángeles mandará acerca de ti… en las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra». Jesús le contestó: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios» (Mat. 4:7), lo que significa: “No harás ninguna cosa que tenga por fin el verificar si lo que Dios dice es verdad”. Uno debe creer lo que Dios dice porque es él quien lo dice. Si Dios hubiese mandado que Jesús se echara de lo alto del templo, habría obedecido, y Dios lo habría protegido, como lo dice el Salmo. Al obedecer a Dios somos guardados. Cuando desobedecemos, Dios tiene que encauzarnos en el camino de la obediencia, juzgando nuestra propia voluntad, a menos que, como para Ananías y Safira, el pecado cometido sea de muerte (1 Juan 5:16-17). El pecado de muerte es un pecado cometido por un creyente, tan grave que merece la muerte bajo el gobierno de Dios. Ananías y Safira son el primer ejemplo de ello en la Iglesia. Se trata de la muerte del cuerpo, como disciplina, y no compromete la salvación del alma.

«Sobre toda la iglesia sobrevino gran temor, así como sobre todos los que oían estas cosas» (v. 11). El Espíritu Santo no solamente obraba para formar la Iglesia, sino también para purificarla del mal que podría introducirse en ella. La manifestación de su poder producía temor en todos. El temor de Dios debería bastar para guardarnos del mal, sin que Él tenga que producirlo por la ejecución del juicio. En los Salmos y los Proverbios vemos todo lo que se vincula con el temor de Jehová, sobre todo lo concerniente a la bendición [5]. Temer a Dios no es tenerle miedo, sino temer desobedecerle y entonces desagradarle. Es un temor que tiene su origen en el amor con el cual somos amados por Dios, a quien respondemos con amor. Cuanto más amamos a alguien, tanto más evitamos desagradarle.

[5] Véanse en estos libros y en el de Job los pasajes que hablan del temor de Dios o de Jehová y medítense. Son muchos para enumerarlos aquí.

6.2 - El poder milagroso de los apóstoles

«Eran muchas las señales y maravillas que por mano de los apóstoles se hacían en el pueblo» (v. 12). La palabra que los apóstoles predicaban era confirmada con señales de poder. Los milagros se producían con este fin. Estas manifestaciones de poder predisponían los corazones para recibir el Evangelio, pero la Palabra operaba sola en ellos, lo que sigue siendo una verdad hoy en día. Las impresiones más fuertes no sirven para nada si la Palabra de Dios no ejercita la conciencia. «Unánimes se reunían todos en el pórtico de Salomón;y ninguno de los demás osaba juntarse con ellos; pero el pueblo los tenía en gran estima.Cada día se añadían al Señor más creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres» (v. 12-14). El poder del Espíritu Santo hacía sentir la presencia de Dios en medio de estos recién convertidos, pero mantenía a distancia a aquellos que no eran más que espectadores de semejante escena, mientras producía en el pueblo admiración y alabanza. Es posible que aquellos, llamados «los demás», fuesen los jefes religiosos, personas distinguidas del pueblo. Pero los creyentes, en quienes la Palabra había obrado, constituían otra clase a los ojos de Dios. Se unían, no a los apóstoles, sino al Señor, objeto de la predicación; reconocían su autoridad tanto como su gracia. Él era el centro de atracción de los que creían. Allí donde se consideraba que la obra había sido hecha por él, «Y cada día el Señor añadía a la Iglesia los que iban siendo salvos» (cap. 2:47). Aquí, como en el capítulo 11:23-24, en donde se ve el trabajo de los apóstoles, los creyentes se volvían hacia el Señor, y no hacia sus siervos. De ahí en adelante el Señor era todo para ellos: vivían de él y para él; disfrutaban de su comunión en la reunión de los suyos; él era quien los atraía; en el cielo estarían con él.

Tan grande era el poder del Espíritu en Pedro que la gente acudía a él sacando los enfermos a las calles, «para que al pasar Pedro, al menos su sombra cubriese a alguno de ellos. Llegaba también la multitud de las ciudades de alrededor de Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos; y todos eran sanados» (v. 15-16), lo que en Hebreos 6:5 se llama «los poderes del siglo venidero». Cuando el Señor establezca su reino en gloria, el Espíritu Santo obrará con gran poder para liberar a los hombres de las consecuencias del pecado y del poder del enemigo. Esta actividad del Espíritu Santo, que obra en la tierra para el reinado de Cristo, es llamada «la lluvia tardía» (Oseas 6:3; Zac. 10:1). La temprana cayó en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino sobre los creyentes solamente, mientras que, durante el establecimiento del reinado de Cristo, Él vendrá sobre todos, y la bendición milenaria será derramada sobre toda carne (Joel 2:28-29). Mientras tanto, la poderosa acción del Espíritu era un testimonio dado a Cristo, a quien los judíos habían rechazado, y a la Palabra que los apóstoles predicaban. Esta acción milagrosa del Espíritu Santo es muy diferente a la que opera en la Iglesia mientras espera la venida del Señor. Esta última tiene como meta edificar a la Iglesia ocupando a los creyentes en la persona del Señor, por medio de su Palabra, y haciéndoles anunciar el Evangelio al mundo. La acción milagrosa del Espíritu Santo dejó de obrar en la Iglesia desde el momento en que esta fue establecida. Si aún se ejerciese, sería entre los paganos.

6.3 - La liberación milagrosa de los apóstoles

Al ver que el pueblo alababa grandemente a los apóstoles y que su influencia se extendía a las ciudades aledañas, desde donde traían a los enfermos a Jerusalén, el sumo sacerdote y los saduceos que lo rodeaban sintieron grandes celos y encarcelaron a los apóstoles. Ellos veían disminuir su prestigio entre el pueblo y querían conservarlo a cualquier precio. Pero, como ya lo hemos notado, su rabia tropezaba con el poder de Dios que estaba enteramente del lado de los apóstoles. «Pero un ángel del Señor abrió de noche las puertas de la cárcel y, sacándolos, dijo: Id, presentaos en el templo y hablad al pueblo todas las palabras de esta vida. Oyendo esto, entraron en el templo al amanecer y enseñaban» (v. 19-21).

¡Qué desafío lanzado públicamente a la pretendida autoridad de los jefes religiosos! Sus ojos tendrían que haberse abierto para comprender que les era inútil luchar contra Dios. Pero el príncipe de este siglo los había cegado y los incitaba a resistir a Aquel que lo había vencido en la cruz, y que obraba con poder para liberar a aquellos a quienes el diablo mantenía bajo su poder. Los apóstoles debían anunciar «al pueblo todas las palabras de esta vida». Maravilloso mensaje es aquel que da a conocer las palabras de una vida que ha triunfado sobre la muerte, sobre Satanás y el mundo, de una vida eterna que Cristo Jesús nos ha dado; vida que el Evangelio hace brillar con la inmortalidad (2 Tim. 1:1, 10) en medio de una escena de muerte; vida que se obtiene por la fe.

El sumo sacerdote y sus allegados, ignorando lo que había sucedido durante la noche, reunieron al concilio y mandaron a buscar a los apóstoles. Pero, al no encontrarlos en la cárcel, los alguaciles informaron a sus jefes, diciendo: «La prisión hallamos cerrada con toda seguridad y los guardias ante las puertas; pero al abrir, no hallamos dentro a nadie» (v. 22-23). Al oír estas palabras, los dignatarios religiosos se quedaron perplejos, dudando «qué podría significar aquello» (v. 24). Nunca antes se habían enfrentado con semejantes dificultades. Con tan solo un poco de sabiduría, habrían abandonado la lucha; pero su orgullo no se lo permitió. Mientras tanto, alguien llegó y les dijo: «¡Mirad, los hombres que pusisteis en la cárcel, se encuentran en el templo enseñando al pueblo! Entonces el capitán de la guardia del templo fue con los alguaciles y los trajo sin violencia, porque temían ser apedreados por el pueblo» (v. 25-26). Temían al pueblo, pero no a Dios a quien se oponían. Si sus vidas no hubiesen estado en peligro, no hubieran temido; habrían obrado con los apóstoles según la maldad de su corazón. «No hay temor de Dios ante sus ojos», dice la Palabra en Romanos 3:18. Los apóstoles, pues, comparecieron ante el concilio. El sumo sacerdote les dijo: «¿No os prohibimos rigurosamente enseñar en ese nombre? ¡Y he aquí que habéis llenado a Jerusalén con vuestra enseñanza, e intentáis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre!» (v. 28). Es verdad que los apóstoles tenían prohibido hablar del Señor (cap. 4). Pero ellos no se habían comprometido a obedecer. Al contrario, habían dicho: «¡Juzgad vosotros si es justo ante Dios escucharos a vosotros más bien que a Dios! Porque nosotros no podemos dejar de hablar de las cosas que hemos visto y oído» (v. 19-20).

Estos hombres no se daban cuenta de que hacían uso de una autoridad que no poseían. Anteriormente habrían podido prohibir que se enseñara en contra de la ley de Moisés. Pero ahora la ley, como medio para obtener la vida, estaba puesta a un lado. Había sido reemplazada por la gracia que da la vida al creyente y perdona al pecador, gracia manifestada por Cristo, a quien los jefes religiosos rechazaron. Se quejaron de que los apóstoles, con su enseñanza, querían echar sobre ellos la sangre de Cristo, a quien llamaban «ese hombre». Pero no querían recordar que, para obligar a Pilato a crucificarle, ellos mismos exclamaron: «¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!» (Mat. 27:25). El malvado siempre está dispuesto a acusar a los demás de las desgracias que él ha atraído sobre sí mismo.

Al ver los actos de poder cumplidos en el nombre de Jesús y los resultados de lo que ellos llamaban «vuestra enseñanza», su conciencia probablemente estuvo molesta. Para descargarla solo habrían tenido que confesar su pecado, es decir, arrepentirse; la gracia se ofrecía a ellos como a todos los demás. Pero estos desgraciados no habían llegado a eso. Bajo el peso de la sangre de su Mesías, el Hijo de Dios, persistieron en su oposición a Dios. Como respuesta, los apóstoles precisaron, con más énfasis aún, lo que ya habían dicho en el capítulo 4, para que estos jefes religiosos comprendieran su culpabilidad por haber dado muerte al Señor. «¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres! El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A este, Dios exaltó con su diestra para ser Príncipe y Salvador, para arrepentimiento de Israel, y perdón de pecados. Y nosotros somos testigos de estas cosas, así como el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen» (v. 29-32). Es un testimonio claro y poderoso de la gracia de Dios para con su pueblo. En lugar de abandonarlos como culpables de la sangre vertida por su odio contra Cristo, se les ofreció el arrepentimiento y el perdón de pecados con tal que creyeran en Aquel a quien crucificaron, pero a quien el poder de Dios había exaltado como Príncipe y Salvador. Tenían ante sí un completo testimonio de este maravilloso hecho, a saber, los apóstoles y el Espíritu Santo venido del cielo después de la glorificación de Jesús. El Señor lo había dicho a sus discípulos al hablar del Espíritu Santo: «Él testificará de mí; y vosotros también testificaréis, porque habéis estado conmigo desde el principio» (Juan 15:26-27). Cegados por el deseo de mantener su propia importancia y de justificarse por haber dado muerte al Señor, el doble y divino testimonio no los conmovió.

6.4 - Un sabio consejo

No contentos con ser responsables de la sangre inocente, estos jefes todavía querían añadir a su culpabilidad la muerte de los apóstoles: «Ellos al oír esto, se enfurecieron y querían matarlos» (v. 33). Si hubiesen temido pensando en sus pecados, hubieran encontrado el perdón en Aquel a quien habían crucificado; pero, endurecidos por su orgullo, iban a cargar su conciencia con otros crímenes. Sin embargo, se hallaba entre ellos un hombre que pareció convencerse de que la mano de Dios obraba a través de los apóstoles. Era Gamaliel, fariseo, doctor de la ley, honrado por el pueblo y a cuyos pies Saulo de Tarso se había instruido (Hec. 22:3). Este mandó salir a los apóstoles por un momento e hizo un discurso ante el concilio (v. 35-37) en el cual aconsejó que actuasen con cuidado para que no se hallasen luchando contra Dios. Citó el ejemplo de dos hombres muertos por haber conducido a insurrección a sus seguidores, quienes fueron dispersados porque cumplían una mala obra. Agregó: «No os ocupéis de estos hombres y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se destruirá; pero si es de Dios, no los podréis destruir; no sea que seáis hallados luchando contra Dios» (v. 38-39).

En Gamaliel se hallaba el temor a Jehová, que es el principio de la sabiduría. «Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos» (Sal. 111:10). Este temor le impedía compartir el odio que caracterizaba a los demás miembros del concilio. Dios se sirvió de él para liberar a Sus siervos de las manos de sus adversarios. Todos adoptaron su parecer. «Llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les mandaron no hablar en el nombre de Jesús, y los soltaron» (v. 40). Su temor de luchar contra Dios no era profundo, ya que mandaron azotar a los apóstoles y les renovaron su prohibición de predicar en el nombre de Jesús. Ellos agravaban su culpabilidad y, en su ceguera, iban al encuentro de los terribles juicios de Dios. Los golpes, las amenazas, la prohibición de hablar en el nombre de Jesús, no tenían ninguna influencia en los apóstoles, sino que estaban «gozosos de haber sido estimados dignos de padecer afrentas por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y proclamar la buena nueva de que Jesús es el Cristo» (v. 41-42). Así demostraron ser los discípulos de un Cristo victorioso, aunque rechazado. El poder del Espíritu Santo los sostenía para liberarlos del temor de los hombres. Siempre será así para aquellos que anden en el camino de la sencilla obediencia al Señor, solo temiendo desagradarle.

Hoy tenemos el privilegio de poder dar testimonio sin sufrir las persecuciones que soportaron los apóstoles y muchos creyentes después de ellos. Pero nuestra fidelidad, ¿está en consonancia con las ventajas que disfrutamos? El mundo de hoy no ama más al Señor que el de aquel entonces, aunque permanece más indiferente a lo que caracteriza la fidelidad cristiana. El enemigo se sirve de esta indiferencia –que deja a cada uno libre para pensar y decidir con respecto a las cosas de Dios– para atraer a los rescatados en la corriente del mundo, mientras que la persecución los alejaba de él. Para evitar la mundanalidad, necesitamos la energía espiritual que caracterizaba a los cristianos cuando sufrían persecuciones. Si confesamos el nombre del Señor, el temor a la desaprobación o a la burla no nos asustarán ni impedirán que le seamos fieles, como tampoco antaño los golpes, la prisión o el martirio. Sin embargo, lo que el Señor ha dicho es verdad para todos y en todos los tiempos: «Todo aquel, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mat. 10:32-33).

7 - Hechos 6

7.1 - Las murmuraciones de los griegos

«En esos días, habiendo aumentado el número de los discípulos, los helenistas se quejaban de los hebreos, refiriéndose a que sus viudas eran descuidadas en la distribución diaria de alimentos» (v. 1). En el seno del primer frescor de la obra de Dios, mientras crecía el número de los discípulos, el corazón natural se caracterizaba por el egoísmo y el descontento en presencia de la actividad del amor. Tales son nuestros corazones. Hemos visto cómo el amor se manifestaba entre estos primeros cristianos. Vendían sus propiedades y traían su valor a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según su necesidad. Pero el creyente sigue teniendo en sí su vieja naturaleza; esta no puede cambiar. Si la vida divina no es activa en él, aun disfrutando la gracia de la cual es objeto por parte del Señor, la vieja naturaleza reaparece en su fealdad. Vimos una burda manifestación de ella en Ananías y Safira, cuyo amor al dinero los condujo a engañar para aparentar generosidad. En el caso de los griegos, el mal era menos grave y, sin embargo, muy reprensible en presencia de la gracia activa a su favor. Sus murmuraciones provenían de ciertos celos. Es muy posible que los hebreos, creyendo en su superioridad religiosa, hayan sido más generosos para con sus propias viudas que para con las de los griegos. Fuese como fuese, no tendría que haber habido murmuraciones. Si había alguna queja, era preciso presentarla directamente a los apóstoles, quienes hubieran solucionado esta dificultad con sabiduría, tal como lo hicieron luego. Pero aún hubiese sido mejor entregar este problema al Señor y aguardar su respuesta. Debemos velar, porque por naturaleza estamos fácilmente descontentos, inclinados a envidiar las ventajas de nuestros hermanos en vez de estar agradecidos al Señor por lo que tenemos y por lo que Él les da. Está escrito: «Estando contentos con lo que tenéis ahora» (Hebr. 13:5).

Estos griegos, llamados helenistas, eran judíos que habían vivido durante mucho tiempo fuera de Palestina y que hablaban griego; también había entre ellos prosélitos, o sea griegos que habían abrazado el judaísmo. Nicolás, uno de los siete que serían designados para hacer la distribución diaria, era uno de ellos. Podía existir, pues, una ligera envidia nacional, la cual los cristianos deben evitar, porque todos los hijos de Dios son de la misma patria celestial, donde no hay distinciones entre «griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre; sino que Cristo es todo y en todos» (Col. 3:11).

En el caso de Ananías y Safira, el poder del Espíritu liberó a la Iglesia de aquel mal grosero por el juicio ejecutado sobre los culpables. Aquí el mal es conjurado por la sabiduría de los apóstoles, con un espíritu de gracia. Convocaron a la multitud de los discípulos y les dijeron: «Los doce, convocando a la multitud de los discípulos, dijeron: No conviene que nosotros, dejando la palabra de Dios, sirvamos a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu y de sabiduría, a quienes pongamos en este cargo; pero nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra» (v. 2-4).

Para los doce apóstoles, a quienes se les traían las ofrendas, significaba un gran trabajo repartir estas entre los necesitados. Les tomaba el tiempo que precisaban para dedicarse al servicio de la Palabra y de la oración, los dos grandes medios por los cuales el rebaño del Señor puede ser edificado y crecer. El Señor se sirvió de tal incidente para desligar a los apóstoles de este trabajo absorbente. Obraron con gran sabiduría al no escoger ellos mismos a los que debían administrar las ofrendas. Su propuesta complació a la multitud, que escogió a siete hombres (v. 5). Por los nombres de estos siete siervos o diáconos, parece que todos eran griegos. Esta elección satisfacía plenamente a los querellantes griegos y daba testimonio del desinterés de los discípulos judíos. El amor no busca su propio interés. Los apóstoles aceptaron esta elección y, después de haber orado, les impusieron las manos, demostrando así su aprobación y su identificación con los encargados de esta distribución.

Vemos la importancia que los apóstoles atribuyen a este servicio. Hacía falta hombres que tuviesen un buen testimonio y fuesen llenos del Espíritu Santo, a fin de que obrasen según el pensamiento de Dios, sin parcialidad. Aun cuando solo se trata de una asistencia material, este servicio forma parte de la obra de Dios y su Iglesia, en donde todo debe cumplirse fielmente, con gracia y justicia. Las ofrendas que entonces abundaban, como las que hoy una iglesia debe administrar, pertenecen al Señor. El apóstol Pablo dice: «Se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel» (1 Cor. 4:2). Nos muestra con qué cuidado cumple el servicio que le fue encomendado, el de llevar a Jerusalén los donativos de las iglesias de Macedonia y de Acaya. Dice: «evitando que seamos censurados en lo referente a este abundante donativo que administramos; porque procuramos hacer lo que es honrado, no solo en presencia del Señor, sino también delante de los hombres» (2 Cor. 8:20-21). Todo lo que el cristiano debe hacer, y muy particularmente en lo que concierne a la Iglesia, debe hacerse bajo el control del Señor que nos ha comunicado su pensamiento en su Palabra.

Esteban, señalado como un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, no se dedicaba solamente al servicio de las mesas, sino que, como había hecho grandes progresos, cumplía un servicio muy superior. Felipe, uno de los siete, llegó a ser el primer evangelista que predicó en una ciudad de Samaria. Cuando un cristiano cumple fielmente el servicio que el Señor le ha confiado, por sencillo que sea, gana para sí «una buena madurez, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús» (1 Tim. 3:13). El Señor también dice: «Mirad, pues, cómo oís; porque al que tiene, le será dado; y al que no tiene, aun lo que parece tener se será quitado» (Lucas 8:18). Todo servicio, por pequeño que sea, debe hacerse para el Señor, y por consiguiente con la seriedad, los cuidados y la entrega debidos a semejante Amo, quien nos ha dado un ejemplo perfecto del divino siervo al venir del cielo a este mundo para salvarnos.

«Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe» (v. 7). Aquí la Palabra está identificada con los frutos que producía en los que la oían, cuyo número aumentaba maravillosamente. Muchos sacerdotes obedecían a la fe, en contraste con la ley. La fe designa frecuentemente el conjunto de las verdades cristianas. Pablo habla también de «la obediencia a la fe» (Rom. 1:5); esta obediencia consiste en creer y andar según la verdad que capta la fe. Eran numerosos los sacerdotes que se convertían; aunque no todos tenían un cargo, conservaban su título; de allí su gran número.

7.2 - Esteban

«Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo» (v. 8). Lleno de fe y del Espíritu Santo, Esteban se parecía, en gran medida, a su divino Amo. Y le fue concedido parecerse a Él hasta su muerte, que tuvo lugar por haber dicho la verdad a los judíos. Había sido introducido en el servicio como siervo; ahora el Espíritu Santo lo suscitaba para declarar al pueblo su estado.

Unos judíos, venidos del extranjero, empezaron a discutir con Esteban. Algunos, llamados los libertos, probablemente liberados de la esclavitud durante un tiempo de destierro, tenían, según se dice, una sinagoga propia. Otros venían de Cirene (la costa norteña de África), de Alejandría, de Cilicia –Asia menor [6]– y de Asia. Quizás echaron la culpa a Esteban porque este probablemente era de origen extranjero (en griego su nombre significa «corona»). Pero, «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba». ¿Cómo podría el hombre natural, a pesar de su sabiduría y de su erudición, oponerse a la acción del Espíritu de Dios? ¿Acaso el Señor no había dicho a los discípulos?: «Porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios» (Lucas 21:15).

[6] Nota del editor (N. del Ed.): Era una provincia cuya capital era Éfeso. Había varias asambleas en esta región (Apoc. 2 y 3). Actualmente es Turquía.

No pudiendo hacer frente a Esteban con rectitud, contrataron a unos hombres para que lo acusaran falsamente delante del concilio: «¡Le hemos oído pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios!» (v. 11). Esto incitó en contra de Esteban la ira del pueblo, de los ancianos y de los escribas. Pero para que estas acusaciones fuesen admitidas por el tribunal religioso, según la ley (Deut. 19:15), hacía falta testigos. Entonces pusieron unos falsos, que dijeron: «Este hombre no cesa de pronunciar palabras contra este santo lugar y contra la ley; porque le hemos oído decir que ese Jesús, el Nazareno, va a destruir este lugar y a cambiar las costumbres que nos enseñó Moisés. Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron en él la vista, y vieron su rostro como el rostro de un ángel» (v. 13-15). Estos hombres hacían uso de las verdades que Esteban seguramente dijo al hablar de los juicios que alcanzarían a Jerusalén, si el pueblo persistía en rechazar al Señor. Él podía afirmar que la ciudad sería destruida, y así fue. Ellos interpretaban las verdades del cristianismo como un cambio al sistema legal enseñado por Moisés; la gracia reemplazaba la ley. Pero Moisés no contradecía, de ninguna manera, al Cristo que se predicaba al pueblo. El Señor había dicho a los judíos: «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis mis palabras?» (Juan 5:46-47). Esteban citó un pasaje en el que Moisés hablaba del Señor (cap. 7:37). Los hombres siempre han desplegado una gran habilidad para deformar el sentido de las palabras de verdad que les son dirigidas, a fin de escapar de su acción sobre la conciencia. Esteban estaba tan cerca del Señor y tan por encima de sus acusadores, que su rostro reflejaba un carácter celestial.

El capítulo siguiente contiene el discurso que pronunció ante el concilio y por el cual demostró a los judíos que el rechazar a Cristo no hacía más que colmar su oposición a Dios a lo largo de su historia. Al no poder soportar una verdad que traspasaba su conciencia y los condenaba definitivamente, lo lapidaron, creyendo que así acallarían la voz de Dios. Pero sucedió lo contrario y como consecuencia de esto, el Evangelio fue llevado a las naciones y el pueblo judío sería rechazado hasta el día en el cual diga: «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Mat. 23:39). Este clamor es el del futuro remanente judío, después de que haya atravesado un tiempo de pruebas terribles que lo formarán para dirigir este llamado ante el Señor.

8 - Hechos 7

8.1 - El discurso de Esteban

Después de oír las acusaciones emitidas contra Esteban, el sumo sacerdote le dijo: «¿Son así estas cosas?» Esteban respondió exponiendo ante todos, la historia del pueblo de Israel, desde el llamado de Abraham hasta su introducción en el país de Canaán por Josué. Aludió a la construcción del templo de Salomón, para demostrar que Dios no mora en casa hecha por manos. Terminó diciéndoles que no guardaron la ley y que dieron muerte al Justo, después de haber matado a los profetas que habían anunciado su venida. Este discurso tenía por fin alcanzar la conciencia del pueblo, colocando a los judíos ante su culpabilidad.

8.2 - Desde el llamado de Abraham hasta Moisés

Esteban se dirigió al concilio llamando a sus oyentes: «Varones hermanos, y padres». Todavía se consideraba parte de ese pueblo para con el cual Dios aún tenía paciencia; pero ese tiempo iba a llegar a su fin. Se remontó al principio de su historia y les recordó de qué manera Dios había obrado para formarse un pueblo separado de las demás naciones. Estas se habían formado desde la época de la torre de Babel; cada una tenía su propia lengua. Pero no tardaron mucho en hundirse en la idolatría. «Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» (Rom. 1:23). Entonces Dios se apareció a Abraham para hacerlo salir de su país y de su parentela. Esteban llamó a Dios: «el Dios de gloria», porque la gloria es el conjunto de todas las perfecciones divinas, manifestadas en la persona de Cristo durante su vida en la tierra, las cuales también brillarán en él por la eternidad. Está escrito que él era «el resplandor de su gloria y la fiel imagen de su Ser» (Hebr. 1:3), pero el mundo no veía en él ninguna belleza.

Este Dios de gloria llamó a Abraham para que saliera de su tierra y de su parentela y fuera al país que él le mostraría; porque su familia también era idólatra (Josué 24:2-3). Abraham vivía entonces en Ur de los Caldeos, en Mesopotamia. Se fue, pues, de Ur, pero habitó en Harán con su padre, hasta la muerte de este (Gén. 11 - 12). Después de la muerte de Taré, Dios hizo entrar a Abraham en Canaán, donde vivió como extranjero, pero con la promesa de que poseería este país, e igualmente su descendencia después de haber morado en una tierra extranjera, donde sería subyugada y maltratada durante cuatrocientos años. Después de ese tiempo, Dios juzgaría a la nación que la subyugó y, dijo Esteban al citar Génesis 15:13-16, «me tributarán culto en este lugar» (v.7). El propósito de Dios, al formar para sí un pueblo separado de las demás naciones, era que este le sirviera en el país que él le había dado, en contraste con las demás naciones que adoraban a los ídolos. Lo mismo sucede con respecto a los cristianos. Pablo dice a los tesalonicenses: «Os volvisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar de los cielos a su Hijo» (1 Tes. 1:9-10).

Sin embargo, hay una diferencia: Dios da al creyente una vida con la que este le puede servir, mientras que, bajo el antiguo pacto, todo judío debía servir a Jehová, teniendo al mismo tiempo una naturaleza que no le permitía someterse a su voluntad. Era la época de la prueba del hombre en Adán.

A Abraham, extranjero en la tierra prometida, le nació Isaac, a Isaac Jacob, a Jacob los doce patriarcas.

Aquí comienza el relato que el Espíritu de Dios quería poner ante los judíos por boca de Esteban, a saber, la oposición de este pueblo a Dios, desde el comienzo de su historia. José es una de las figuras más completas de Cristo. El sueño que tuvo (Gén. 37) y que le designaba como figura del Señor que un día reinaría se cumplió cuando fue elevado a un puesto glorioso en Egipto. José era muy particularmente amado por su padre, por ser el hijo mayor de Raquel, quien murió cuando nació Benjamín. Por esta causa sus hermanos lo aborrecían y su odio se manifestó todavía más cuando comprendieron el sueño relatado en Génesis 37:6-8. Esteban lo recordó diciendo: «Los patriarcas, celosos de José, lo vendieron para Egipto» (v. 9).

Conocemos muy bien la historia de José como para entrar en detalles. Resulta fácil encontrar en los hermanos de José el odio hacia Cristo que caracterizaba al pueblo al cual Esteban se dirigía, y en José, una figura del Señor Jesús, vendido por sus hermanos por treinta piezas de plata. Pilato «sabía que por envidia lo habían entregado» (Mat. 27:18). Pero, aunque fue rechazado por sus hermanos, Dios estaba con él, afirmó Esteban, «y le dio gracia y sabiduría ante Faraón rey de Egipto, el cual lo nombró gobernador de Egipto y de toda su casa» (v. 10). Es lo que Dios hizo también con su Hijo, rechazado por los hombres. Hemos visto que Pedro decía a los judíos (cap. 2:36): «¡Dios ha hecho Señor y Cristo a este mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis!». En el Salmo 8:5-6 leemos: «Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies». Es verdad que «aún no vemos que todas las cosas le estén sometidas. Pero vemos… a Jesús, coronado de gloria y honra» (Hebr. 2:8-9), esperando que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies (Salmo 110:1).

Esto se cumplirá después de la retirada de la Iglesia. Entonces, los que lo traspasaron le reconocerán, después de atravesar un tiempo de terribles pruebas; figura de esto es la prueba a la que José sometió a sus hermanos antes de darse a conocer a ellos. El hambre que soportaron en el país de Canaán fue lo que los condujo a los pies de su hermano ensalzado a la gloria suprema. Esteban lo recordó: «Vino entonces hambre sobre todo Egipto y Canaán, con gran aflicción; y nuestros padres no hallaban provisiones. Pero al oír Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez. Y en la segunda vez, José se dio a conocer a sus hermanos; y fue manifestado a Faraón el linaje de José. Y José envió e insistió en llamar a su padre Jacob, así como a toda su familia, setenta y cinco personas en total» (v. 11-14). Así el pueblo se encontró en Egipto donde se multiplicó y fue esclavizado hasta su liberación por Moisés. Jacob y sus hijos murieron allí, pero sus huesos fueron transportados al país de Canaán. Ellos tenían, como Abraham, la fe de que el país les pertenecería algún día y de que lo disfrutarían, aun cuando muriesen antes.

Por eso querían ser sepultados allí, para resucitar allí y tener su porción en las bendiciones que Dios les había prometido. En efecto, ellos tendrán parte en ellas. Resucitarán y serán glorificados para disfrutar, desde la gloria celestial, el cumplimiento de todo lo que Dios había dicho a los padres. El Señor dijo a los judíos: «Vuestro padre Abraham se regocijó por ver mi día; y lo vio, y se alegró» (Juan 8:56). Todas las promesas que Dios hizo a Abraham se cumplirán bajo el reinado de Cristo; por eso el Señor dijo que vio su día y se alegró. Lo vio por la fe. Los judíos no lo comprendieron. Creyeron que el Señor decía que había visto a Abraham, lo que además era verdad, ya que quien le había hablado era Él, Jehová.

«A medida que se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, hasta que subió al trono de Egipto un nuevo rey que no conocía a José. Este rey, obrando astutamente contra nuestro linaje, maltrató a nuestros padres, hasta hacer que sus niños recién nacidos pereciesen, para que no se propagasen» (v. 17-19). El tiempo de la promesa es aquel que Dios refirió a Abraham cuando le dijo que su simiente sería oprimida durante cuatrocientos años, pero que después de eso saldrían de allí con gran riqueza (Gén. 15:13-14). Este tiempo se acercaba, pero la liberación iría precedida por un tiempo de angustia, porque si el pueblo de Israel hubiese disfrutado el favor de los egipcios y la buena vida, les habría costado un gran esfuerzo salir del país. Era necesario, pues, que experimentaran una dura esclavitud por parte de Faraón, para que clamaran a Jehová, y él los liberase.

Lo mismo sucede con un alma que encuentra su felicidad en el mundo. Ella no piensa en su salvación, sino que quiere permanecer allí donde encuentra su felicidad. Pero si las circunstancias cambian y se vuelven dolorosas; si Dios le hace sentir por este medio la dominación cruel de Satanás, la vanidad de todo lo que es visible y, por encima de todo, su estado de pecado y el juicio venidero, esta alma clamará por la liberación y recibirá la respuesta del Dios Salvador. Dios a menudo permite que dificultades de toda índole caigan sobre aquellos a quienes él quiere salvar. La historia del hijo pródigo es un ejemplo de ello.

Ese rey, que no conocía a José, pertenecía a otra dinastía diferente de aquella que estableció a José como gobernador e instaló su familia en el país de Gosén. En los capítulos 1 y 2 del Éxodo leemos los hechos históricos de lo que dice Esteban en los versículos 17-19.

8.3 - De Moisés a Cristo

Esteban narró brevemente lo concerniente a Moisés hasta que se puso en contacto con sus hermanos, creyendo que ellos comprenderían que Dios los liberaría por su medio. Solamente dijo que Moisés nació cuando Israel sufría la opresión y Faraón procuraba exterminar la raza matando a todos los hijos varones. Leemos que este niño era agradable a Dios y fue elegido por Dios para liberar a su pueblo. Llevaba una señal divina que la fe de sus padres discernía (véase Hebr. 11:23). Por eso ellos no temieron la orden del rey. Pero cuando no pudieron esconder más al niño en su casa, lo pusieron en el río Nilo, donde la hija de Faraón lo encontró; ella lo tomó y lo crio para sí en el palacio propio de aquel que había prescrito su muerte. Dios es todopoderoso y el hombre no es nadie para oponerse a sus consejos. Incluso puede ser, sin proponérselo, un instrumento para cumplirlos.

«Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y en obras. Pero al cumplir los cuarenta años sintió en su corazón el deseo de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Viendo a uno que era maltratado, lo defendió y vengó al oprimido, matando al egipcio; Suponía que sus hermanos sabrían que Dios les daría salvación por su mano; pero ellos no lo entendieron» (v. 22-25). Moisés podía pensar que Dios, al haberlo colocado en la corte del rey, se valdría de su posición elevada para liberar a sus hermanos o suavizar su suerte. No obstante, Dios no solo quería aliviar su duro servicio, sino liberarlos enteramente del poder de Faraón, figura de Satanás, príncipe de este mundo, quien mantiene cautivos, desde la caída, a todos los hombres. Dios hizo ver a Moisés que, para liberar a su pueblo, no podía servirse de Faraón. Por el contrario, este debía ser vencido, tal como lo fue en el mar Rojo. Para arrancar a los hombres del poder de Satanás, el Señor tuvo que ganar una victoria completa sobre él en la cruz.

Moisés sabía que Israel sería liberado. Sus altas funciones no le hicieron perder de vista a su pueblo. Su fe era activa. En Hebreos 11, todo lo que se nos dice de él es atribuido a su fe. Pero no basta tener el deseo de servir al Señor. Hace falta ser formado en su escuela, donde la actividad de la carne es quebrantada para ceder el lugar a la dependencia de Dios, quien tan solo se sirve de instrumentos sin voluntad propia y dependientes de Él. Moisés tuvo que pasar cuarenta años en Madián, para que Dios lo moldeara e hiciera de él el siervo apto para su obra una vez que hubiese perdido toda la confianza en sí mismo. Durante este tiempo, el sufrimiento del pueblo aumentó de manera que le hizo recibir la liberación con felicidad.

Esteban enfatizó delante de los judíos que, así como sus padres rechazaron a Moisés, en lugar de comprender que los quería liberar, así también ellos hicieron frente al Señor. Después de herir al egipcio, Moisés procuró dirimir un pleito entre dos israelitas que reñían. «Pero el que maltrataba a su prójimo lo rechazó, diciendo: ¿Quién te constituyó gobernante y juez sobre nosotros? ¿Acaso me quieres matar, como mataste ayer al egipcio?» (v. 26-28). La intervención de Moisés por un desacuerdo entre un israelita y un egipcio se admite, pero entre hermanos no se soporta. Lo mismo sucedió con el Señor. Si hubiese prometido liberarlos del yugo extranjero, los judíos lo habrían recibido; pero como les señalaba sus propias faltas, lo rechazaron. Al ver que el asesinato del egipcio había trascendido, Moisés huyó al país de Madián, donde moró hasta que Dios lo llamó.

José y Moisés, rechazados por sus hermanos, son figuras del Señor Jesús desde dos puntos de vista.

José, vendido por sus hermanos y llevado fuera del país, llegó hasta la cumbre de la gloria. Durante ese tiempo se casó con una extranjera. También Cristo, rechazado por su pueblo, ha sido glorificado y, cuando sea reconocido por sus hermanos, tendrá una esposa, la Iglesia, tomada de entre los gentiles.

Moisés, igualmente rechazado, se marchó a un país extraño, pero conservó su carácter de extranjero. También tuvo una esposa, la cual compartió su rechazo, y no su gloria, como la de José. Por los nombres que Moisés dio a sus hijos, vemos que su estancia en Madián fue penosa. A uno de ellos llamó Gersón, lo que significa «forastero allí», y al otro, Eliezer, «Dios es ayuda». Sufría estar lejos de su pueblo que padecía, con el cual se identificaba, como se dice de él: «Escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar por un tiempo de los deleites del pecado» (Hebr. 11:25). Necesitaba una ayuda para atravesar aquel tiempo, y la encontró en Dios, como Eliezer lo indica. Los nombres que José dio a sus hijos en Egipto no denotan sufrimiento. Uno se llamaba Manasés, que quiere decir «olvido», y el otro Efraín, «doble fecundidad».

Cuando la prueba concluyó (la cifra cuarenta representa siempre un tiempo de prueba), un ángel apareció a Moisés en el desierto de Sinaí en una zarza que ardía en llamas. En Éxodo 3 está escrito que la zarza no se consumía, aunque siguiese ardiendo. Era una figura del pueblo de Israel en el sufrimiento; pero el ángel de Jehová permanecía con él y así no podía consumirse. Era el pueblo elegido de Dios. «Al verlo Moisés, se asombró de la visión; y acercándose para observarlo, vino a él la voz del Señor: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, y de Isaac, y de Jacob. Moisés, tembloroso, no se atrevía a mirar» (v. 31-32). Dios recordaba las promesas hechas a los padres. «Yo soy»: era Jehová, siempre el mismo, el que cumplía lo que decía. En verdad, el pueblo pasaba por el fuego de la prueba. Pero eso era necesario para su purificación, porque el Dios al cual pertenecía y quien quería rescatar de la servidumbre en Egipto era un Dios santo.

Por eso el Señor dijo a Moisés, cuando este quiso acercarse: «Quita el calzado de tus pies; porque el lugar donde estás, tierra santa es» (v. 33). La gracia de Dios, que nos trae la salvación y nos libera del poder del príncipe de este mundo, no puede estar separada de la santidad. Para estar en relación con Dios, hace falta purificarse de toda impureza que se adhiere a los pies; por eso Moisés tenía que descalzarse. También el creyente, santificado por la obra de Cristo, no puede tener comunión con Dios si no juzga prácticamente la impureza que se pega a su marcha. Después de comprender lo que convenía a la santidad de Dios, Moisés oyó estas palabras de gracia: «Ciertamente he visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado sus gemidos y he descendido para librarlos. Ahora, ven, que yo te enviaré a Egipto» (v. 34). Dios liberaría a su pueblo, pero para eso le hacía falta un instrumento. Lo encontró en Moisés a quien él mismo preparó para este servicio. Le dijo: «Ven… te enviaré a Egipto».

Esteban no relató toda la conversación de Jehová con Moisés, mientras que en Éxodo 4, leemos todas las objeciones que Moisés formuló. Hizo resaltar que este Moisés, a quien habían rechazado diciendo: «¿Quién te constituyó gobernante y juez?», era precisamente el que Dios había enviado «como gobernante y redentor, por medio del ángel que le apareció en la zarza» (v. 35). También, pronto, después del recogimiento de la Iglesia, el que los judíos rechazaron liberará al residuo de la mano de opresores aun más grandes que Faraón: el Anticristo y el Jefe del imperio romano renovado, bajo los cuales sufrirá la gran tribulación.

Esteban insistió aún diciendo: «Este los sacó, haciendo prodigios y señales en Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años» (v. 36). Todos los judíos honraban a Moisés en sumo grado; se prevalían de que Jehová le había hablado. Al ciego sanado dijeron: «Sabemos que Dios habló a Moisés; pero en cuanto a este (Jesús), no sabemos de dónde es» (Juan 9:29). Esteban citó luego unas palabras de Moisés para poner a prueba a los judíos y convencerlos de su espantosa culpabilidad: «Este es el Moisés que dijo a los hijos de Israel: Dios os levantará un profeta de entre vuestros hermanos, como yo; a él oiréis» (v. 37).

Este profeta es Cristo, tal como lo presenta el evangelio según Marcos. ¿Acaso lo escucharon? Todavía añadió: «Este es el que estuvo en la asamblea en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres; él recibió los oráculos vivos para dárnoslos; a quien nuestros padres no quisieron obedecer, sino que lo rechazaron, y en sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque en cuanto a este Moisés, que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le sucedió» (v. 38-40). Sus padres no tenían ninguna confianza en Dios, no más que en Moisés, a pesar de todas las manifestaciones de poder de las cuales habían sido testigos, cuando fueron liberados de Egipto. Aquellos a quienes Esteban se dirigía, ¿acaso eran más temerosos? No escuchaban a Moisés más de lo que lo habían hecho sus padres. El Señor lo probó, diciendo: «Pues si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él» (Juan 5:46). Y todavía: «¿No os dio Moisés la ley? Y ninguno de vosotros guarda la ley» (Juan 7:19). Aunque liberados «del horno de hierro» (Deut. 4:20) de Egipto, ellos conservaban la idolatría en su corazón. Por eso pidieron a Aarón que les hiciera un dios visible que anduviese delante de ellos. Sin haber nacido de nuevo, nadie puede andar por la fe. «E hicieron un becerro en aquellos días, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y se regocijaron en las obras de sus manos» (v. 41).

¡En qué aberración cayó el hombre al reemplazar al Dios todopoderoso, creador del universo, por la obra de sus propias manos! Así Dios lo entregó al amo a quien él eligió –que siempre es la peor sentencia, porque eso demuestra que no se quiere escuchar a Dios– y tuvo que pagar el terrible precio de haber escogido mal. Esto también sucederá con aquellos que hoy se muestran tan dispuestos a creer al error más que a la Palabra de Dios. Está escrito: «Por esto, Dios les envía una energía de error, para que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia» (2 Tes. 2:11-12). De los israelitas que prefirieron un ídolo al Dios que los había liberado, está escrito: «Dios se apartó de ellos y los entregó para rendir culto al ejército del cielo, como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios cuarenta años en el desierto, casa de Israel? Antes, llevasteis el tabernáculo de Moloc, y la estrella del dios Renfán, figuras que hicisteis para darles culto. Os deportaré más allá de Babilonia» (v. 42-43; cita tomada de Amós 5:25-27). El pueblo de Israel se entregó a la idolatría a lo largo de su historia. Sirvió a los falsos dioses en Egipto (Josué 24:14) y en el desierto, según este pasaje de Amós. Por eso Dios lo entregó al servicio del ejército del cielo como juicio, esto es, a la idolatría [7]. Y como terrible consecuencia de este grave pecado, el pueblo fue desterrado más allá de Babilonia, por Nabucodonosor, y luego más lejos aún, durante su dispersión por los romanos. El primer destierro fue consecuencia de su rechazo a Dios en favor de los ídolos, el último, el rechazo a Dios en la persona de Su Hijo, Rey de ellos, mientras prefirieron a César, diciendo: «No tenemos más rey que César» (Juan 19:15). Pero Dios también relaciona el juicio que cayó sobre ellos por mano de los romanos con la idolatría constante del pueblo.

[7] El ejército del cielo o de los cielos designa a los astros que los hombres adoraron desde la antigüedad (véase 2 Reyes 21:3, 5; 23:4-5, 11; en Jer. 7:18: «Reina del cielo»; Deut. 4:19; 17:3). Los caldeos practicaban el culto a los astros: el sol, la luna y los planetas, representados bajo diversas figuras en cada país. En la época de Salomón, Israel adoraba a Astoret o Astarté («estrella»), diosa de los sidonios (1 Reyes 11:33; 2 Reyes 23:13), que correspondía al planeta Venus. Baal designaba a una divinidad masculina, pero este nombre genérico se aplicaba a diversas divinidades. En Isaías 65:11, el Destino también parece ser Venus. Quemos, ídolo de los moabitas (Núm. 21:29; Jueces 11:24; 1 Reyes 11:33; 2 Reyes 23:13) correspondería a Mercurio; Moloc o Milcom de los amonitas a Saturno, divinidad de maldad cuyo favor se lograba al pasar por el fuego a niños (1 Reyes 11:7, 33; 2 Reyes 17:17; 23:13). Renfán, que tan solo se nombra en Hechos 7:43, el Quiún de Amós 5:26, también equivale a Saturno; Bel, dios caldeo corresponde a Júpiter, llamado la Fortuna en Isaías 65:11. El becerro o buey, divinidad de los egipcios, simbolizaba el sol, poder creador de la naturaleza.

Esteban recordó a los judíos (v. 44-48) que sus padres habían tenido en el desierto el tabernáculo de Dios, introducido por Josué en el país de Canaán. Si Dios era espíritu, objeto de fe, al cual los israelitas cambiaron por dioses visibles, Él tenía, sin embargo, su tabernáculo en medio de ellos, cosa visible, sea en el desierto, sea en Canaán, hasta el día en que Salomón le construyó una casa. «Si bien», dijo Esteban, «el Altísimo no habita en casas hechas a mano, como dice el profeta: El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué clase de casa me edificaréis, dice el Señor; o cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?» (48-50; véase Is. 66:1-2). Desde hacía mucho tiempo el templo de Jerusalén ya no servía de morada a Jehová. Su gloria se había retirado en el momento del paso del destierro a Babilonia (Ez. 10:18-19) a causa de la idolatría del pueblo, a pesar de las advertencias de los profetas. Desde el retorno del cautiverio, Dios permitió que el culto fuese restablecido. Los judíos consideraban el templo como la casa de Jehová, a pesar de su inconsecuencia con lo que esto significaba, puesto que el Señor les reprochó el haberla convertido en una «cueva de ladrones» (Mat. 21:13). Ellos se jactaban, pues, de poseer el templo de Jehová. Pero cuando el Señor llegó allí como rey, aclamado por la muchedumbre, cumpliendo la profecía de Zacarías 9:9, los sumos sacerdotes y los escribas lo rechazaron. Solo los niños le aclamaron (Mat. 21:15-17).

¿Para qué servía su pretensión de ser el pueblo de Dios y de tener su templo, si Dios no pudo habitar en medio de ellos? Y cuando vino en la persona de su Hijo, lo rechazaron, broche final de toda la historia de su oposición a Dios que fue consumada con el asesinato de Esteban: confirmaron, pues, que no querían que Cristo reinase sobre ellos.

Comprendemos el clamor de Esteban con el cual concluyó su discurso diciendo: «¡Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así hacéis vosotros.¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? ¡Y mataron a los que previamente anunciaban la venida del Justo, a quien ahora vosotros habéis entregado y matado!Vosotros que recibisteis la ley por el ministerio de ángeles, y no la habéis guardado» (v. 51-53). Nunca inclinaron su rostro para cumplir la voluntad de Dios, nunca se sometieron a ella. Su corazón y sus oídos permanecieron ajenos al deseo de Dios, y siguieron su propio camino. Ningún corazón para Dios, ningún oído para escucharle. Recibieron la ley dada por los ángeles en el Sinaí [8] y la aceptaron, diciendo: «Todo lo que Jehová ha dicho, haremos» (Éx. 19:8). Pero aun antes de recibirla de manos de Moisés, hicieron un becerro de oro.

[8] En Gálatas 3:19, el don de la ley es también atribuido a los ángeles, representantes o enviados de Dios para ejecutar su voluntad, y empleados muy especialmente en la historia del pueblo de Israel. En Sinaí, toda esta manifestación terrorífica de la presencia de Jehová (Éx. 19:16-19; Hebr. 12:18-21) era la acción de los ángeles de los cuales Dios se servía para dar la ley. Está escrito que Dios «hace sus ángeles espíritus –esto es, seres sin cuerpos materiales– y sus siervos llamas de fuego» (Sal. 104:4, según la versión francesa Darby). Para los cristianos, son «espíritus servidores, enviados para ayudar a los que van a heredar la salvación» (Hebr. 1:14).

El discurso de Esteban hace resaltar la soberanía de la gracia del Dios de gloria. Este llamó a Abraham para que saliera de la idolatría establecida en el mundo, a fin de tener un pueblo para sí, privilegiado y favorecido entre los demás. Demuestra la fidelidad de Dios para cumplir su palabra a favor de dicho pueblo, mientras este persistía en no escucharle. Si bien la idolatría no caracterizaba a aquellos en cuyo medio Cristo vino y a quienes Esteban se dirigía, ellos seguían resistiendo al Espíritu Santo, como sus padres, más gravemente aún que en la idolatría, puesto que dieron muerte a Jesús.

Cuadro asombroso del corazón natural de todo hombre, manifestado por la prueba que Dios hizo de él con el pueblo de Israel. Ella terminó en la cruz, en donde Dios ejecutó el juicio contra el hombre, al hacerlo caer sobre su muy amado Hijo. Desde entonces, el que cree en el Señor Jesús no solamente es salvo, sino que recibe una nueva naturaleza, la vida divina que, bajo la acción del Espíritu Santo, le capacita para hacer la voluntad de Dios, a la cual el hombre en Adán (la vieja naturaleza) no se somete.

8.4 - La muerte de Esteban

Al ver pasar delante de sus ojos el cuadro espantoso, aunque real de su propia historia, los judíos «se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él» (v. 54). Nada exaspera tanto al hombre como oír la verdad sobre lo que él es, sin que sea tocado por la gracia de Dios. ¡Qué contraste entre estos hombres y la samaritana! Después de haber escuchado al Señor, se fue de allí para clamar en la ciudad: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿Será acaso este el Cristo?» (Juan 4:29). Ella reconocía en este hombre al Cristo que reveló a su alma la triste realidad de su conducta, mientras que los judíos, en presencia de la misma luz, seguían rehusando reconocerlo. La Palabra revela al pecador toda su culpabilidad y, al mismo tiempo, la gracia que perdona todos sus pecados, mediante la fe en el Salvador.

Los oyentes de Esteban, que crujían los dientes, anticipaban lo que será su porción eternamente, si no se arrepintieron; «allí será el llanto y el crujir de dientes» (Mat. 22:13). ¡Qué contraste con la actitud de Esteban! «Pero él, lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios; y dijo: Mirad, veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (v. 55-56). En esta escena vemos la diferencia que existe entre un hombre que ha recibido a Cristo y aquellos que lo rechazan. Esa diferencia estará establecida definitivamente para la eternidad entre los que ocupen el cielo y los que estén en la Gehena [9]. Cristo ha venido a este mundo para manifestar la gloria de Dios y cumplir la obra en virtud de la cual el creyente puede entrar en su presencia.

[9] Esta palabra deriva del hebreo y significa «valle de Hinom», lugar donde los israelitas sacrificaban a sus niños en el fuego a los dioses de las naciones (2 Reyes 23:10); más tarde, los detritus de Jerusalén eran quemados allí. Este término representa el lago de fuego, el lugar de los tormentos eternos. El alma y el cuerpo de los incrédulos serán el objeto de una eterna destrucción en la gehena (Mat. 10:28). Jesús habla del “juicio de la gehena” (23:33) y de la “gehena de fuego” (5:22). En el lenguaje corriente se emplea la palabra “infierno” como sinónimo de Gehena.

Así, desde ahora, el cristiano lleno del Espíritu Santo ve por la fe esta gloria, y espera el momento en que entrará en ella. Los que rehúsan creer en el Señor moran en el estado de pecado y de perdición que la Palabra de Dios les revela. Ya en este mundo crujen los dientes de ira contra la verdad y sus testigos, pero luego los crujirán contra sí mismos, cuando reconozcan que ellos causaron su propia desdicha eterna. ¡Esto debería inducir a cada uno de los que todavía no son salvos, a recibir al Señor Jesús como su Salvador!

En vez de asombrarse por la actitud de Esteban y las palabras maravillosas que salían de su boca, los judíos «gritando a grandes voces, se taparon los oídos y se arrojaron todos a una sobre él; y echándole fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos dejaron sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo. Y apedreaban a Esteban, quien invocaba a Cristo y decía: ¡Señor Jesús, recibe mi espíritu! Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: ¡Señor, no les atribuyas este pecado! Y habiendo dicho esto, durmió» (v. 57-60).

La semejanza del testigo de Cristo con su Modelo era demasiado grande para que sus enemigos lo pudiesen soportar. Esteban, el primer mártir (palabra que significa «testigo») fue, en efecto, un fiel testigo del Señor en su vida y en su muerte. Después de haber dado testimonio a Jesús glorificado, le vio como el Hijo del hombre, de pie a la diestra de Dios, actitud de quien está esperando para saber si tiene que venir o no. Pedro había dicho a los judíos que, si se arrepentían y se convertían, Jesús volvería para establecer su reino según las profecías (cap. 3). Ahora, definitivamente rechazado, está sentado, hasta que se cumpla lo que Él mismo dijo (Lucas 19:27): «En cuanto a mis enemigos, los que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos aquí y degoyadlos delante de mí». Durante su ausencia, el Señor ejerce el sacerdocio a favor de aquellos que creen en él y esperan su retorno, no para ejercer sus juicios, sino para que estén siempre con él en la gloria eterna.

La contemplación del Señor llenó el corazón de Esteban, lo elevó por encima de las circunstancias y reprodujo en él los caracteres de este objeto glorioso. Él oraba bajo las piedras que caían como un diluvio sobre él. Pidió al Señor que recibiera su espíritu, como Jesús decía a su Padre: «¡En tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lucas 23:46). Sostenido por la contemplación del Señor glorificado, se arrodilló, y clamó en alta voz: «Señor, no les atribuyas este pecado». El Señor había dicho: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Pero Esteban no pronunció estas últimas palabras; desde que Jesús subió al cielo, el Espíritu Santo descendió para dar a conocer a los judíos las glorias de Aquel a quien crucificaron y la gravedad de su pecado. Los cristianos, que conocen el amor de Dios y el valor infinito de la obra de Cristo en la cruz, pueden pedir a Dios la conversión del mayor de los culpables. Ese es el espíritu de Cristo, que caracteriza el día, todavía actual, de la gracia. El día del juicio será inútil interceder por un pecador.

Después de hacer un llamamiento a la misericordia del Señor a favor de sus verdugos, Esteban durmió: ausente del cuerpo, presente al Señor (2 Cor. 5:8). «Dormir» es la expresión empleada para designar la muerte de un creyente. Este duerme mientras espera ser despertado para ir con el Señor, porque posee la vida eterna. Pero el sueño solo concierne al cuerpo, y no al alma del rescatado.

Con la muerte de Esteban, la historia del pueblo judío se interrumpe hasta el día en que Dios reanude sus relaciones con él, cuando reconozcan a Aquel a quien han traspasado. Como lo dijo el Señor: «No me veréis en adelante, hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mat. 23:39). Esta será la exclamación del remanente arrepentido.

Desde entonces, los creyentes de entre los judíos no esperaron más que la nación se arrepintiera, a fin de permitir el retorno del Señor para reinar. Ellos vinieron a formar parte de la Iglesia que espera la venida del Señor para llevar consigo a los santos vivos y resucitar a aquellos que han dormido, los cuales, al igual que Esteban, ya se encuentran junto al Señor. Más tarde, el Señor se levantará y volverá con todos sus santos para establecer su reino glorioso, «ejerciendo venganza sobre los que no conocen a Dios, y sobre los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesús» (2 Tes. 1:8). Hasta este momento la Iglesia, compuesta por todos los creyentes, judíos o gentiles, reemplaza a Israel como testimonio de Dios en la tierra. Saulo (o Pablo) es mencionado por primera vez en el momento de la muerte de Esteban. Él dará a conocer la posición celestial de la Iglesia, la cual existe desde Pentecostés, y la unión de todos los creyentes con Cristo, glorificado en el cielo, posición que no podía ser revelada mientras el Señor esperaba para ver si los judíos se arrepentían.

9 - Hechos 8

9.1 - La primera persecución

«Y hubo en aquel día una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén; y todos fueron dispersados por las regiones de Judea y Samaria, menos los apóstoles. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban, e hicieron gran duelo por él» (v. 1-2). Esteban fue el primer cristiano que murió como mártir después de la formación de la Iglesia. «Hombres piadosos sepultaron a Esteban»: no temieron el oprobio que se vinculaba a esta víctima del odio de los hombres. Este corto relato nos dice lo que se ha notado muy a menudo desde entonces, a saber, que el entierro de un cristiano lleva, en general, algo de los caracteres de su vida. Convenía que fuesen hombres piadosos los que tributasen los últimos honores a tal siervo de Dios. Comprendemos que el luto de los santos fue grande.

La victoria que el enemigo parecía obtener al lapidar a Esteban alentó a los judíos a armar una persecución contra la iglesia. Hasta entonces, solo los apóstoles habían sido maltratados, y la iglesia, próspera, había crecido considerablemente, sin sufrir mucho la oposición del mundo. A partir de ahí fue dispersada y solo los apóstoles se quedaron en Jerusalén.

Saulo aprobaba la muerte de Esteban y asistía a su lapidación. Era, sin duda, un hombre respetable e influyente entre los judíos, a pesar de su juventud. «Asolaba a la iglesia», se nos dice, «yendo de casa en casa; y arrastrando a hombres y mujeres, los metía en la cárcel» (v. 3). Satanás y sus agentes, desencadenando el odio de los judíos contra los cristianos, procuraban destruir la iglesia. Pero Dios dirigía las circunstancias hacia un fin absolutamente contrario. En su discurso, Esteban había dicho que el Altísimo no habitaba en moradas hechas por los hombres. Ya no tenía su sede en Jerusalén. Con la venida del Espíritu Santo tomó posesión de su morada espiritual en medio de los cristianos; y los judíos, llenos de ira, eran dejados a sí mismos, abandonados por Dios como pueblo. Podemos comprender cómo el enemigo procuraba aniquilar la Iglesia. Pero, en vez de lograrlo, su maldad no hizo más que propagar el Evangelio y aumentar el número de los discípulos en los países vecinos, hasta que lo hiciera llegar más lejos, por medio del gran perseguidor de Jesús y de los suyos.

Así es como Satanás siempre hace una obra engañosa. Enemigo vencido, no puede obrar sino bajo el control del jefe de la Iglesia que le ha quitado su armadura.

9.2 - Samaria es evangelizada

«Los que fueron dispersados iban por todas partes anunciando las buenas noticias de la Palabra» (v. 4). El enemigo que los perseguía no los intimidaba. Si por un lado soportaban sufrimientos por el nombre de Cristo, por otro, apreciaban la causa disfrutando una felicidad tan grande que deseaban comunicársela a los demás.

Si apreciáramos más la maravillosa gracia de la cual somos objeto por el conocimiento de un Salvador que nos puso a salvo del juicio que él mismo soportó por nosotros, si disfrutáramos en mayor medida su amor y la esperanza viviente y gloriosa que tenemos en él, tendríamos más celo para darlo a conocer a otros; tanto más cuanto que ya no sufrimos persecuciones como los primeros cristianos y otros tantos después de ellos. No es necesario tener el don de evangelista para anunciar a otros el Salvador que poseemos. No fueron los apóstoles quienes tomaron la iniciativa de la predicación del Evangelio en los países vecinos, puesto que permanecieron en Jerusalén.

Entre los cristianos esparcidos se encontraba Felipe, uno de los diáconos escogidos para repartir la ayuda a los necesitados de la iglesia en Jerusalén. Él descendió a la ciudad de Samaria y «predicaba a Cristo», según está escrito en el versículo 5. Cristo es el tema del Evangelio y el objeto del corazón de quien lo ha recibido. «De común acuerdo la multitud prestaba atención a las cosas que Felipe decía, oyendo y viendo los milagros que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, estos salían gritando con fuerza; y muchos paralíticos y cojos eran sanados. Y había gran gozo en aquella ciudad» (v. 6-8). Los siete elegidos para servir a las mesas (cap. 6) eran hombres llenos del Espíritu Santo y de «sabiduría». Su servicio se había acabado con la dispersión de la iglesia. Pero el Espíritu Santo dirigía a Felipe y lo había preparado para evangelizar, así como había formado a Esteban para el gran servicio que cumplió. El Señor prepara a quien quiere; él mismo llama para el servicio a quien le agrada. Felipe actuaba bajo el poder del Espíritu, y así la gente escuchaba atentamente las cosas que decía, las cuales él confirmaba con las señales que hacía. Solo la Palabra obra en los corazones y produce la conversión, mientras que las señales, sin la acción de la Palabra, no provocan sino un efecto pasajero, como lo veremos en Simón el mago. La multitud «prestaba atención a las cosas que Felipe decía, oyendo y viendo los milagros que hacía». Primero había que oír; las señales solo confirmaban la Palabra, pero no comunicaban nada. Hubo gran gozo en la ciudad cuando vieron la actividad de la gracia y el despliegue del poder del Espíritu Santo.

Los samaritanos adoraban lo que no sabían, dijo el Señor a la samaritana. Extranjeros despreciados por los judíos, ellos pretendían tener parte en las promesas. Una vez abolido «el muro que los separaba» (Efe. 2:14), es decir, la diferencia que Dios hacía entre el judío y el gentil, el Evangelio pertenecía a todos. Los samaritanos tenían la dicha de participar en las bendiciones obtenidas en virtud de la obra de Cristo en la cruz.

«Pero, antes había estado en dicha ciudad un hombre llamado Simón, que ejercía la magia y asombraba a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran personaje. A este todos prestaban atención, desde el menor hasta el mayor». Creían ver en él el gran poder de Dios, pero no era más que un vulgar engañador (v. 9-11). Así es como Satanás obra en medio de los hombres: por diversos medios busca apartarlos de Dios y atraer a sí las consideraciones que corresponden al Señor. Pronto colocará en el templo de Dios, en Jerusalén, a un hombre que recibirá los honores de todos. Asombrará «con todo poder, y señales, y prodigios de mentira, y con todo engaño de injusticia para los que se pierden, por cuanto no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos» (2 Tes. 2:9-10). Ya hoy, ¿acaso grandes y pequeños no escuchan a Satanás más que a Dios, cuando dejan de lado los llamados de la gracia para ir en pos de las cosas de este mundo que el enemigo sabe presentar de manera tan atractiva al corazón natural? El apóstol Juan dice a los jóvenes: «No améis al mundo, ni las cosas que hay en el mundo»(1 Juan 2:15).

Cuando los que admiraban al mago «creyeron a Felipe, que anunciaba las buenas noticias del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, eran bautizados, hombres y mujeres» (v. 12). Con el bautismo, estos creyentes profesaban públicamente que aceptaban el cristianismo y eran introducidos en la Casa de Dios. Esta figura de la muerte y la resurrección de Cristo ponía fin a su vida precedente y los hacía entrar en un orden de cosas nuevo, donde Dios habita. La buena nueva que Felipe anunciaba concernía al reino de Dios, mientras que el reino en donde se encontraban anteriormente pertenecía a Satanás, a quien servían, sin sospecharlo. Después de haber creído a Felipe, reconocieron los derechos de Dios sobre ellos, y desde entonces podían obedecerle, porque habían nacido de nuevo. El nombre de Jesucristo expresa todo lo que es esta gloriosa persona. Jesús quiere decir Jehová Salvador, quien vino a este mundo para liberar a los hombres del poder de Satanás y de la muerte eterna al darles la vida eterna. Cristo es el Mesías que los judíos rechazaron, pero a quien Dios hizo Señor y Cristo en la gloria. El Señor conserva el nombre de Cristo, en relación con el cristianismo. De allí viene el nombre de cristiano, dado a los discípulos en Antioquía (cap. 11:26).

En el versículo 13 está escrito que «El mismo Simón también creyó; y tras ser bautizado, no se apartaba de Felipe; y viendo las señales y los grandes milagros que se hacían, estaba asombrado». A simple vista uno puede creer que Simón realmente se había convertido, cuanto más tanto que está escrito que creyó y fue bautizado. Existe una fe que es simplemente cuestión de inteligencia, producida por efectos exteriores. En presencia de las manifestaciones del poder del Espíritu Santo, no podía sino reconocerlas y atribuirlas a una causa distinta a aquella por la cual su magia asombraba al mundo. En Juan 2:23-25 está escrito que «muchos creyeron en su nombre, viendo los milagros que hacía. Pero él no se fiaba de ellos, porque conocía a todos y no necesitaba de que nadie le diera testimonio acerca del hombre; porque él mismo sabía lo que había en el hombre». Si alguien dice que cree, debemos creerle; pero como no podemos saber, como el Señor, lo que pasa en el corazón, esperamos los frutos de esa fe. Estos faltaron en Simón. Por lo que se dice de él en el versículo 13, podemos discernir que la obra era superficial. Se mantenía cerca de Felipe, no para escuchar lo que este decía, sino porque disfrutaba viendo los prodigios y los grandes milagros que hacía. Los milagros no dan la vida y no pueden nutrir al verdadero creyente; eso lo hace la Palabra de Dios. En el capítulo 16:14 se dice que Lidia «escuchaba; y el Señor le abrió su corazón para que prestara atención a las cosas dichas por Pablo». Inmediatamente después ella produjo frutos que probaron que poseía la vida divina. Dios quiere que en la conducta cristiana se vean hechos reales y no solo impresiones o sentimentalismos.

9.3 - Pedro y Juan llegan a Samaria

«Al oír los apóstoles en Jerusalén que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan, quienes, descendiendo, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; tan solo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús» (v. 14-16). En Samaria la obra se realizó sin los apóstoles, por medio de los creyentes dispersados después de la muerte de Esteban, y muy particularmente por Felipe. Pero cualquiera que fuesen los medios empleados, la obra se cumplió en una perfecta unidad, porque procedía del Espíritu Santo. Para confirmarla y completarla, hacía falta la intervención de los apóstoles. Así, todo sucedió en plena comunión con la iglesia de Jerusalén, la única que existía hasta entonces. Los creyentes de Samaria tenían la vida de Dios y eran bautizados en el nombre de Jesús; deseaban seguirle en el camino que él trazó para los suyos fuera del mundo, a fin de que le sirvieran de testigos. Sin embargo, todavía no habían recibido el Espíritu Santo. Los apóstoles les impusieron las manos (v. 17), acto por el cual manifestaban públicamente que se identificaban con aquellos que habían recibido la Palabra y habían sido bautizados. Por consiguiente, Dios no hacía ninguna diferencia entre los creyentes judíos y los samaritanos: todos recibieron el Espíritu Santo, poder de la vida divina en el creyente, sello de Dios mediante el cual los reconoce como sus hijos muy amados, arras de la herencia.

La Biblia dice que el Espíritu Santo «tpdavía no había descendido sobre ninguno de ellos». Esto no significa que aquel día el Espíritu Santo haya descendido del cielo; lo hizo el día de Pentecostés, pero solamente sobre los creyentes de Jerusalén. La intervención de los apóstoles era necesaria para que estos creyentes recibiesen el Espíritu Santo al principio de la obra que se realizaba fuera de Jerusalén. Aquí se hace a favor de los samaritanos, despreciados por los judíos; en el capítulo 10 se hará a favor de los gentiles quienes, bajo el régimen de la ley, no tenían parte en las bendiciones de Israel. Bajo la gracia, toda distinción entre los hombres está abolida. Ante Dios, los judíos creyentes se encuentran sobre la misma base que los gentiles creyentes, todos son salvos por el sacrificio de Cristo en la cruz: teniendo «acceso por un solo Espíritu al Padre» ya no son «extranjeros ni forasteros, sino que sois conciudadanos de los santos y de la familia de Dios» (Efe. 2:18; véase también v. 19).

Hoy, aquel que cree recibe el Espíritu Santo sin que nadie intervenga, así como ocurrió sucesivamente con respecto a los judíos, samaritanos o gentiles creyentes, quienes vinieron a formar parte de la Iglesia. El apóstol dice a los efesios: «En quien vosotros también, habiendo oído la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efe. 1:13).

El corazón de Simón no había sido alcanzado por la Palabra de Dios y no se adhería más que a las manifestaciones exteriores del poder del Espíritu Santo. Al ver que este se adquiría mediante la imposición de las manos de los apóstoles, les ofreció dinero para obtener también este poder (v. 18-20). Este acto reveló su estado. «Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has creído que con dinero se obtiene el don de Dios. No tienes parte ni herencia en este asunto; porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de tu maldad, y ruega al Señor que, si es posible, te perdone el pensamiento de tu corazón; porque veo que estás en hiel de amargura y bajo la influencia de la iniquidad» (v. 20-23). Simón no era recto ante Dios; no se había reconocido como pecador perdido ante el Dios que podía otorgarle el perdón. Su acto constituía una gran maldad, como todo lo que proviene del corazón natural, de la cual tenía que arrepentirse. La amargura caracteriza el fruto del pecado. La iniquidad ligaba a Simón, por así decirlo, pero él podía arrepentirse; sin embargo, Pedro no le aseguró que el pensamiento de su corazón le fuera perdonado; él dijo: «Si es posible».

Si pensamos en el precio que ha sido necesario pagar para que el Espíritu Santo descienda sobre un creyente, comprenderemos la gravedad del pecado de Simón: fueron necesarios los sufrimientos y la muerte del Señor para que Dios fuese glorificado con respecto al pecado. Luego Dios exaltó al Señor resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra. Desde allí envió al Espíritu Santo, quien sella a los creyentes liberándolos, por la muerte de Cristo, de todo lo que los caracterizaba como hijos de Adán, perdidos y culpables. ¿Cómo pensar que un don adquirido a tal precio podía obtenerse con dinero?

Simón no parece, de ninguna manera, estar dispuesto a arrepentirse. Se preocupa más bien de evitar el juicio merecido, pero sin creer. Dice: «¡Rogad vosotros por mí al Señor, para que no me ocurra nada de lo que habéis dicho!» (v. 24). Eso caracteriza al corazón perverso del hombre: procura evitar las consecuencias inmediatas del pecado, sin confesar sus faltas para obtener el perdón eterno de ellas. Lo vemos también en el caso de Caín quien, oyendo la sentencia de Jehová contra él, dice: «Grande es mi castigo para ser soportado», y procura asegurar su vida (Gén. 4:13-14). El hombre no quiere sufrir en la tierra, pero tampoco se preocupa por protegerse contra los sufrimientos eternos, aun cuando Dios le ofrece gratuitamente el medio para lograrlo.

Pedro y Juan anunciaron la Palabra y volvieron a Jerusalén evangelizando a varios pueblos de los samaritanos. La obra de Dios había comenzado fuera de Judea, en pleno acuerdo entre los apóstoles y aquellos que el Señor había empleado en Samaria.

9.4 - La conversión del eunuco de Etiopía

«Pero un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino desierto que desciende de Jerusalén a Gaza» (v. 26). El Señor dispone de diversos medios para dirigir a sus siervos. Veremos varios ejemplos de ello en el capítulo 16, con el apóstol Pablo. Lo importante es que el siervo los discierna y obedezca. Felipe tenía un hermoso campo de trabajo en Samaria; parecía que él era el indicado para seguir trabajando allí. Pero el ángel, sin otra explicación, lo manda lejos, por un camino desierto. Felipe obedece y pronto encuentra su trabajo: anunciar el Evangelio no a una muchedumbre, sino a un solo hombre. Un eunuco etíope, poderoso en la corte de la reina Candace y administrador de sus tesoros, había llegado para adorar en Jerusalén. Volvía de allí y, sentado en su carro, leía al profeta Isaías. En este momento apareció Felipe. El Espíritu le dice: «Acércate y júntate a ese carro» (v. 27-29). Felipe acudió y oyó que el eunuco leía los versículos 7 y 8 del capítulo 53: «Como oveja es conducido al matadero; y como el cordero es mudo delante del que lo trasquila, así él no abre su boca. En su humillación, le negaron la justicia; y su generación, ¿quién la relatará? Porque su vida es quitada de la tierra». El eunuco rogó a Felipe que se sentase a su lado y le dijo: «Te ruego que me digas ¿a quién se refiere el profeta? ¿A sí mismo, o a algún otro?». Todo estaba preparado para que el siervo de Dios no tuviese más que hacer sino hablar. «Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura, le predicó la buena nueva de Jesús» (v. 30-35).

Este hombre piadoso, prosélito o judío de nacimiento, había venido para adorar al verdadero Dios en Jerusalén. Pero en su alma había verdaderas necesidades que no podían ser satisfechas en este lugar, porque el Dios a quien acudía para adorar había sido echado de allí y matado en la persona de su Hijo. La casa quedaba desierta, había dicho el Señor en Mateo 23:38. Pero si la presencia de Dios ya no se encontraba en su templo en Jerusalén, su Palabra sí permanecía. Ella hablaba «De los padecimientos de Cristo y las glorias que los seguirían» (1 Pe. 1:11).

Dios velaba sobre este extranjero y le mandó a aquel que podía darle a conocer a Jesús, de quien Isaías hablaba en este capítulo, en el cual describe su rechazo, su humillación, sus sufrimientos y los resultados de su muerte. «Por cárcel y por juicio fue quitado» fue liberado de la muerte; tiene, pues, una generación, es decir, una familia. «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado verá linaje… verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Is. 53:8, 10-11).

Al oír a Felipe, el eunuco comprendió que era de Jesús de quien hablaba el profeta; Jesús había venido a este mundo por él, había padecido por él, y si él creía, formaría parte de este «linaje», sería uno de los frutos «de la aflicción de su alma». Se apropió del valor de la muerte del Salvador; por eso, en seguida quiso ser un testigo de Cristo. Cuando llegaron a cierta agua, dijo a Felipe: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?» Ese hombre había comprendido que la muerte de Cristo lo separaba, en adelante, de todo lo que marcaba su estado anterior y lo introducía en un estado enteramente nuevo. Quería declarar públicamente, por el bautismo, que era un cristiano, discípulo de Cristo, y no solo un adorador del verdadero Dios en contraste con los idólatras. «Y bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y Felipe lo bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. Y el eunuco no lo vio más, y continuó su camino gozoso» (v. 38-39). Esta desaparición misteriosa no podía distraer al eunuco. Ahora él poseía a Jesús. Llevaba consigo la fuente de un gozo eterno y conocía a Dios como a un Padre al cual podía adorar en espíritu y en verdad, en cualquier sitio que se encontrara, sin tener necesidad de subir a Jerusalén, el único lugar donde se adoraba a Jehová. Por eso se marchaba lleno de gozo, llevando consigo un tesoro eterno.

Podemos creer que este hombre, una vez llegado a su país, habló a otras personas de la felicidad que poseía, porque en Abisinia, la Etiopía de aquel entonces, se han descubierto vestigios del cristianismo, como también restos del judaísmo, importado probablemente por la reina de Seba en los tiempos de Salomón. Una vez que nos encontremos allá, donde toda la obra de Dios será manifestada veremos, sin duda, gloriosos resultados de estos dos viajes.

Felipe se encontró en Azoto, la antigua Asdod de los filisteos, al borde del Mediterráneo, donde se hallaba el templo de Dagón al cual habían llevado el arca de Jehová (1 Sam. 5). Evangelizó todas las ciudades de la región hasta Cesarea, lo que comprende buena parte del litoral.

Este capítulo nos cuenta así el principio de la evangelización del mundo, fuera de Jerusalén, cumplida no por los apóstoles, sino por Felipe y unos creyentes sencillos. En el capítulo siguiente veremos la conversión del gran apóstol de las naciones, que pronto saldrá a escena, ahora que la obra fuera de Jerusalén ha empezado y los judíos, como nación, son rechazados por Dios hasta que la Iglesia sea llevada al cielo. Entonces, Dios reanudará sus relaciones con su pueblo terrenal.

Continuará próximamente


arrow_upward Arriba