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Lecciones sobre 1 Samuel


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 41

library_books Serie: Lecciones del Antiguo Testamento

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


1 - Introducción

«Porque lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza» (Rom. 15:4).

Estas breves palabras confieren al cristiano, de manera clara e inequívoca, un título que lo habilita a recorrer el vasto y magnífico campo de las Escrituras del Antiguo Testamento y a recoger de allí instrucción y consuelo según la medida de su capacidad y el carácter o la profundidad de su necesidad espiritual. Hay otra porción inspirada que, si fuera necesario, también avala esto mismo con igual claridad: «Y estas cosas les acontecían como ejemplos, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado» (1 Cor. 10:11). Por cierto, que cuando leemos el Antiguo Testamento, así como el Nuevo, hace falta una continua necesidad de vigilancia, de despojamiento de nosotros mismos y de dependencia de la enseñanza directa del Espíritu Santo, por quien toda la Escritura ha sido inspirada. No debemos dar rienda suelta a la imaginación, para no caer en nociones groseras e interpretaciones fantasiosas, que no sirven para nada, sino para debilitar el poder de la Escritura sobre el alma e impedir nuestro crecimiento en la vida divina. Pero nunca debemos olvidar que en Romanos 15:4 tenemos el estatuto divino: «Lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito».

2 - David – La vida de la fe

Es fácil seguir los sucesivos pasos que llevaron a establecer un rey en Israel, pues todos aquellos que estudiaron con cierta atención la historia humillante del corazón humano, tal como se presenta en ellos mismos o en otros, se darán fácilmente cuenta de este hecho.

El comienzo del primer libro de Samuel presenta un muy solemne e instructivo cuadro de la condición en que se hallaba el pueblo de Israel. El escritor sagrado nos muestra, en la casa de Elcana, un ejemplo notable de Israel según la carne y de Israel según el Espíritu: Elcana tenía «dos mujeres; el nombre de una era Ana, y el de la otra, Penina. Y Penina tenía hijos, mas Ana no los tenía» (1 Sam. 1:2). Así pues, vemos desarrollarse en el círculo familiar de este hombre efrateo, escenas semejantes a las acontecidas mucho tiempo antes, bajo las tiendas de Abraham, entre Sara y Agar. Ana era la mujer estéril, y sentía profundamente su estado, porque «su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido tener hijos» (v. 6).

La mujer estéril, en la Escritura, es siempre el tipo de la condición natural del hombre arruinado y sin fuerza, sin ninguna capacidad de hacer nada para Dios, sin la menor energía para llevar fruto, presentando por doquier la muerte y la esterilidad: esta es la verdadera condición de todo hijo de Adán. Nada puede hacer para Dios ni para sí mismo, en cuanto a su destino eterno. Es, en toda la extensión de la palabra, «sin fuerzas» (Rom. 5:6), un «árbol seco» (Is. 56:3), una «retama en el desierto» (Jer. 17:6).

Pero el Señor hizo sobreabundar su gracia en la debilidad e impotencia de Ana, y puso en su boca un cántico de alabanza. La hizo capaz de exclamar: «Mi poder se exalta en Jehová; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré en tu salvación» (1 Sam. 2:1). Plugo al Señor alegrar de manera especial a la mujer estéril, puesto que él solo puede decir: «Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová» (Is. 54:1). Ana vio estas palabras hechas realidad en ella y, en breve, Israel, ahora desolado, las verá también hacerse realidad, como lo dice el profeta: «Porque tu marido es tu Hacedor; Jehová de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel» (Is. 54:5). El magnífico cántico de Ana es la acción de gracias del alma que reconoce los caminos y los hechos de Dios respecto de Israel. «Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece. El levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor» (1 Sam. 2:6-8). Es lo que tendrá lugar para este pueblo en los días venideros, pero es lo que disfruta hoy toda alma que, por gracia, es arrancada de su condición pecaminosa, de ruina y perdición, y llevada a gozar de la bendición y la paz en Jesús.

El nacimiento de Samuel llenó un gran vacío, no solo en el corazón de Ana, sino también, sin lugar a dudas, en el de todo fiel israelita que tomaba a pecho los intereses de la casa de Jehová y la pureza de sus ofrendas, todo esto sometido al menosprecio por parte de los profanos hijos de Elí. En el deseo de Ana de tener «un hijo varón» no vemos simplemente el corazón de la madre, sino también el de la verdadera israelita. Indudablemente, ella había contemplado la ruina de todo lo que atañía al templo de Jehová, y había gemido por ello. Los ojos oscurecidos de Elí, las acciones culpables de Ofni y Finees, la lámpara que estaba por apagarse, el templo profanado, los sacrificios menospreciados, todo contribuía para decir a Ana que el pueblo experimentaba una necesidad real y apremiante, a la cual podía tan solo responder el don preciado de un hijo varón de parte de Jehová.

Por esta causa, ella dijo a su marido: «Yo no subiré hasta que el niño sea destetado, para que lo lleve y sea presentado delante de Jehová, y se quede allá para siempre». ¡Quedar allá para siempre! Nada más que esto podía satisfacer el corazón anhelante de Ana. No era meramente el hecho de que su oprobio había sido quitado lo que volvía a Samuel tan precioso a los ojos de ella. No, Ana deseaba ver «un sacerdote fiel» (1 Sam. 2:35) delante de Jehová, y, por la fe, su mirada se detenía en aquel que debía quedar allá para siempre. ¡Qué fe admirable! ¡Qué santo principio que eleva el alma por encima de la influencia abrumadora de las cosas visibles y temporales, remontándola a la luz de las cosas invisibles y eternas!

3 - 1 Samuel 3 – Naufragio de la casa de Elí

En el capítulo 3 se halla la predicción del terrible derrumbe de la casa de Elí: «Y aconteció un día, que estando Elí acostado en su aposento, cuando sus ojos comenzaban a oscurecerse de modo que no podía ver, Samuel estaba durmiendo en el templo de Jehová, donde estaba el arca de Dios; y antes que la lámpara de Dios fuese apagada, Jehová llamó a Samuel» (1 Sam. 3:2). Todas estas palabras tienen un alcance serio. Los ojos oscurecidos de Elí y el llamado de Jehová al niño, representan, en otros términos, la desaparición de la casa de Elí y la entrada en escena del «sacerdote fiel». Samuel corre hacia Elí, pero, ¡ay!, todo lo que este puede decirle es: «Vuelve y acuéstate» (v. 5). No tenía ningún mensaje para el joven. Abrumado por la edad y los ojos oscurecidos, podía pasar su tiempo en el sueño y las tinieblas, mientras que la voz de Dios se hacía oír muy cerca de él. ¡Qué advertencia solemne! Elí era sacerdote de Jehová, pero le faltaba vigilancia en su andar, orden en su familia, firmeza para contener a sus hijos; de ahí su triste fin. «Y Jehová dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos. Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado» (1 Sam. 3:11-13).

«Lo que el hombre siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7). ¡Cuánta demostración tiene esta verdad en la historia de todo hijo de Adán, y particularmente en la de cada hijo de Dios! Segaremos según lo que hayamos sembrado. Esta fue la experiencia de Elí, y es lo que experimentaremos tú y yo, querido lector. Hay en esta declaración divina una realidad mucho más práctica, mucho más seria de lo que algunos, sin duda, imaginan. Si nos dejamos arrastrar por una corriente de malos pensamientos, si adoptamos malos hábitos de conversación y usamos palabras ligeras y vanas, si proseguimos una indecorosa línea de conducta, tarde o temprano segaremos los frutos. (*) ¡Que la consideración de esta verdad nos conduzca a una mayor vigilancia en nuestros caminos, y a ser más solícitos en sembrar «para el Espíritu», a fin de segar también del Espíritu «vida eterna» (Gál. 6:8)!

(*) La declaración del texto, no hace falta decirlo, no afecta para nada la estabilidad eterna de la gracia divina y la perfecta aceptación del creyente delante de Dios sobre la base de todo el valor de la bendita persona de Cristo. Esta es una gran verdad fundamental. Cristo es la vida del creyente, y Cristo es su justicia: el inquebrantable fundamento de su paz con Dios. Él puede perder el gozo de esta verdad, pero eso no cambia en absoluto el hecho en sí, pues es Dios quien lo ha establecido sobre una base indestructible, y si se quisiera mover esta base, habría que poner en duda el hecho de la resurrección de Cristo, porque está claro que Cristo no podría estar allí donde se encuentra ahora, si la paz del creyente (su paz con Dios), no estuviese perfectamente establecida. Para tener una paz perfecta, debo conocer mi perfecta justificación; es preciso que sepa, por la fe en la palabra de Dios, que Cristo cumplió la obra de una propiciación perfecta. Tal es el orden divino: Una perfecta propiciación como fundamento de una justificación perfecta; y una justificación perfecta como fundamento de mi paz perfecta. Dios unió estas tres cosas, y no es posible que la incredulidad del corazón del hombre las separe. De este modo, la declaración del texto citado no puede ser mal comprendida ni mal aplicada. El ejemplo siguiente hará comprender el principio contenido allí: si, contrariamente a mi prohibición, mi hijo se acerca demasiado al fuego, puede hacerse daño y causarme dolor, pero no por eso es menos hijo mío. La declaración del apóstol tiene toda la amplitud posible: «Lo que el hombre siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7). No especifica si se trata de un creyente o de un inconverso; y, por consiguiente, el pasaje debe tener su plena aplicación. No afecta en nada la cuestión de la gracia pura y absoluta.

4 - 1 Samuel 4 – Estado humillante de Israel

El capítulo 4 presenta un cuadro humillante de la condición de Israel, en relación con la casa culpable de Elí: «Por aquel tiempo salió Israel a encontrar en batalla a los filisteos, y acampó junto a Eben-ezer, y los filisteos acamparon en Afec. Y los filisteos presentaron la batalla a Israel; y trabándose el combate, Israel fue vencido delante de los filisteos, los cuales hirieron en la batalla en el campo como a cuatro mil hombres» (v. 1-2). En ese momento, pesaba sobre Israel la maldición inherente a la infracción de la ley (Deut. 28:25). No podía hacer frente a sus enemigos; su desobediencia lo privaba de toda fuerza.

Notemos ahora la naturaleza y la base de su confianza, en ese instante de apremiante necesidad: «Cuando volvió el pueblo al campamento, los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos? Traigamos a nosotros de Silo el arca del pacto de Jehová, para que viniendo entre nosotros nos salve de la mano de nuestros enemigos» (v. 3).

¡Qué motivo pobre para confiar! No contiene una palabra acerca de Jehová. No piensan en él como la fuente de toda fuerza; no es para ellos su «escudo y adarga» (Sal. 91:4). No; confían en el arca e imaginan vanamente que ella puede liberarlos. ¿De qué podía servirles?, si no iba acompañada de la presencia de «Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel» (1 Sam. 17:45). Él no estaba allí; había sido contristado por los pecados no confesados ni juzgados del pueblo. Y ningún símbolo, ni ninguna ordenanza, podía reemplazarlo.

Sin embargo, Israel, en su vana esperanza, se imaginaba que el arca bastaría para todo, y grande fue el regocijo del pueblo –aunque fundado– cuando ella entró en el campamento, acompañada, no por Jehová, sino por los dos sacerdotes profanos, Ofni y Finees: «Aconteció que cuando el arca del pacto de Jehová llegó al campamento, todo Israel gritó con tan gran júbilo que la tierra tembló» (v. 5). Todo esto, a juzgar por lo exterior, podía parecer imponente, pero, ¡lamentablemente, era algo hueco! Las voces de triunfo de los israelitas no tenían fundamento ni tampoco convenían. Debieron haberse conocido mucho mejor a sí mismos antes de desplegar semejante escenario vacío. Sus algazaras armonizaban mal con su miserable estado moral delante de Dios. Pero ocurre siempre así: los que menos se conocen a sí mismos, son los que tienen las más altas pretensiones y los que asumen la posición más elevada. El fariseo miraba con orgullosa indiferencia al publicano; se figuraba muy alto y al publicano muy bajo, en la escala moral; pero ¡cuán diferentes son los pensamientos de Dios! El corazón contrito y humillado es siempre el lugar donde tiene a bien habitar Aquel que es «el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo» (Is. 57:15). ¡Loado sea su nombre! Sabe levantar y consolar a los corazones abatidos. Esta es su peculiar obra, y en ella se complace.

Pero los hombres de este mundo atribuyen siempre importancia a las elevadas pretensiones. Es algo que les gusta, y generalmente asignan un alto lugar en sus pensamientos a los que afirman ser algo, mientras que, por otra parte, procurarán rebajar aún más al que realmente se humilla. Así pues, en la instructiva escena que tenemos ante nosotros en este capítulo, vemos que los filisteos no concedían poca importancia a los gritos de los hombres de Israel. Como en esto no eran diferentes, era una cosa que comprendían y apreciaban. «Cuando los filisteos oyeron la voz de júbilo, dijeron: ¿Qué voz de gran júbilo es esta en el campamento de los hebreos? Y supieron que el arca de Jehová había sido traída al campamento. Y los filisteos tuvieron miedo, porque decían: Ha venido Dios al campamento» (v. 6-7). Suponían naturalmente que el grito de triunfo estaba basado en una realidad. No veían lo que estaba debajo de la superficie: un sacrificio manchado, un sacrificio despreciado y un templo profanado. Miraban el símbolo exterior, y se imaginaban que el poder lo acompañaba; de ahí su temor. Ignoraban que su temor y el triunfo de Israel eran también infundados. «Esforzaos, oh filisteos» decían «y sed hombres, para que no sirváis a los hebreos, como ellos os han servido a vosotros; sed hombres, y pelead» (v. 9). Tal era el recurso de los filisteos: ¡Sed hombres! Los israelitas no podían decir esto. Si el pecado los privaba de los recursos de Dios, eran más débiles que los demás hombres. Su única esperanza estaba en Dios, y si Dios no estaba con ellos, si se trataba de un combate de hombre a hombre, un israelita no era rival para un filisteo. El resultado del combate demostró plenamente esta verdad: «Pelearon, pues, los filisteos, e Israel fue vencido» (v. 10). ¿De qué otra forma iba a ser? Los israelitas no podían sino ser derrotados, y huir delante de sus enemigos, ya que su «escudo y adarga», es decir, Dios mismo, no estaba en medio de ellos. Fueron derrotados, la gloria los dejó, el arca fue tomada; se vieron privados de su fuerza; sus gritos de triunfo se convirtieron en gemidos de dolor, su porción fue la vergüenza de la derrota; y el anciano Elí, a quien podemos considerar como el representante del sistema de cosas existente, cayó con este sistema, y fue sepultado bajo sus ruinas.

5 - 1 Samuel 5 y 6 – Icabod, sobre Israel

Los capítulos 5 y 6 abarcan el período durante el cual «Icabod» (privado de gloria) fue escrito sobre la nación de Israel. Durante este tiempo, Dios dejó de actuar públicamente en favor de Israel, y el arca de su presencia fue llevada de ciudad en ciudad entre los filisteos incircuncisos. Este período está lleno de instrucción. El arca de Dios entre extranjeros, e Israel, durante este tiempo, puesto a un lado, son circunstancias que no pueden dejar de interesar al espíritu y cautivar la atención de toda persona que estudia la Escritura con cuidado e inteligencia.

«Cuando los filisteos capturaron el arca de Dios, la llevaron desde Eben-ezer a Asdod. Y tomaron los filisteos el arca de Dios, y la metieron en la casa de Dagón, y la pusieron junto a Dagón» (1 Sam. 5:1-2). Vemos allí el triste y humillante resultado de la infidelidad de Israel. Con manos descuidadas y con corazones incrédulos, no supieron guardar el arca de Dios y evitar que fuese tomada y colocada en el templo de Dagón. ¡De qué manera había faltado Israel!: dejaron caer todo de sus manos; abandonaron lo más sagrado, y dejaron que fuese profanado y blasfemado por incircuncisos. Y nótese que estos consideraron que la casa de Dagón era suficientemente sagrada para el arca de Jehová, la cual pertenecía al lugar santísimo. La sombra de Dagón fue sustituida por las alas de los querubines y los rayos de la gloria divina. Los pensamientos de los príncipes de los filisteos eran el triunfo de Dagón sobre Jehová, pero no eran esos los pensamientos de Dios. Si los israelitas no supieron defender el arca, porque habían olvidado la gran verdad de que el arca jamás podía separarse de la presencia de Dios en medio de ellos; si, por otra parte, los príncipes de los filisteos habían presumido insultar el símbolo sagrado de la presencia divina, asociándolo de una manera impía con su dios Dagón; si, en una palabra, los israelitas se habían mostrado infieles y los filisteos profanos, el Dios de Israel seguía siendo fiel a sí mismo –fiel a su propia santidad– y Dagón cae delante del arca de Su presencia. «Cuando al siguiente día los de Asdod se levantaron de mañana, he aquí Dagón postrado en tierra delante del arca de Jehová; y tomaron a Dagón y lo volvieron a su lugar. Y volviéndose a levantar de mañana el siguiente día, he aquí que Dagón había caído postrado en tierra delante del arca de Jehová; y la cabeza de Dagón y las dos palmas de sus manos estaban cortadas sobre el umbral, habiéndole quedado a Dagón el tronco solamente» (1 Sam. 5:3-4).

Difícilmente podamos concebir algo más humillante y deprimente, en apariencia, que el estado en que se encontraba Israel en ese momento de su historia. El arca había sido arrebatada de en medio del pueblo; ellos demostraron ser indignos e incapaces de ocupar el lugar de testigos de Dios ante las naciones vecinas; y en cuanto a los motivos de triunfo que tenían sus enemigos, bastaba con decir: el arca está «en la casa de Dagón». Desde cierto punto de vista, esto era verdaderamente terrible; pero, desde otro punto de vista, ¡qué gloria maravillosa vemos estallar! Israel había faltado, había perdido todo lo que era sagrado y precioso para él, había dejado que el enemigo arrastrase su honor en el polvo y pisotease su gloria; pero Dios estaba por encima de todo. Allí se encontraba la fuente profunda de consuelo para todo corazón fiel. Verdaderamente Dios estaba allí, y él mismo se mostró en su maravilloso poder y gloria. Si Israel no fue capaz de defender el arca de Dios, Dios actuará por sí solo. Los príncipes de los filisteos habían vencido a Israel, pero los dioses de los filisteos caen prosternados delante de esta arca que, en otro tiempo, había hecho retroceder las aguas del Jordán. Tal era el triunfo divino. En las tinieblas y la soledad de la casa de Dagón, allí donde no había ningún ojo para ver, ningún oído para oír, el Dios de Israel obraba para defender estos grandes principios de verdad que su pueblo Israel no había sabido mantener. Dagón cae, y su caída proclama el honor del Dios de Israel. Las tinieblas del momento solo proveen a la gloria divina una ocasión de brillar con todo su esplendor. La escena estaba tan vacía de la criatura, que el Creador podía desplegar todo Su carácter. Como reza el refrán: “La extrema necesidad del hombre es la oportunidad de Dios”. La falta y la caída del hombre dieron lugar a la fidelidad de Dios. Los filisteos demostraron ser más fuertes que Israel, pero Jehová era más poderoso que Dagón.

Todo está repleto de instrucción y aliento para el tiempo presente, cuando, en el pueblo de Dios, se advierte una tan triste decadencia en relación con la devoción y la separación que deberían caracterizarlo. Podemos bendecir al Señor por la seguridad que nos da de su fidelidad: Él «no puede negarse a sí mismo». «Pero el sólido fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (2 Tim. 2:13, 19). Por eso, hasta en los tiempos más sombríos, él mismo mantendrá su verdad y suscitará un testimonio para sí, aunque sea en la casa de Dagón. Los cristianos pueden abandonar los principios de Dios, pero los principios permanecen. Su pureza, su poder, su virtud celestial, en nada se ven afectados por la inconstancia y la inconsecuencia de profesos infieles; y, finalmente, la verdad triunfará.

Los filisteos querían guardar en medio de ellos el arca de Dios, pero sus esfuerzos resultaron ser un completo fracaso. No podían hacer que Dagón y Jehová permaneciesen juntos: era una tentativa impía. «¿Qué armonía de Cristo con Belial?» (2 Cor. 6:15). Absolutamente ninguna. La medida de Dios nunca puede rebajarse para adaptarse a los principios que gobiernan a los hombres de este mundo; y querer tener a Cristo de una mano y al mundo de la otra, no puede sino terminar en vergüenza y confusión de rostro. Sin embargo, ¡cuántas personas hay que intentan seguir este camino! ¡Cuántos hay, para quienes la gran cuestión consiste en saber lo que podrán retener del mundo sin sacrificar el nombre y los privilegios de cristianos! Es uno de los males más peligrosos, una trampa de Satanás, y, con toda propiedad, bien puede estar enmascarado con el más refinado egoísmo. Es bastante triste por cierto ver a los hombres andar en la iniquidad y corrupción de su propio corazón; pero asociar el mal con el santo nombre de Cristo, es la cima de la perversidad. «Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel… He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones?» (Jer. 7:3, 8-10). Y leemos también, como uno de los caracteres particulares de los últimos tiempos, que los hombres «teniendo apariencia de piedad, pero negando el poder de ella» (2 Tim. 3:5). La forma o apariencia conviene al corazón mundano, porque sirve para guardar la conciencia confortable, mientras que el corazón goza del mundo con todos sus atractivos. ¡Qué ilusión! ¡Cuán necesaria es la exhortación del apóstol: «De estos apártate» (2 Tim. 3:5, V. M.)! La obra maestra de Satanás consiste en amalgamar las cosas exteriormente cristianas con las que son decididamente profanas, y él seduce mucho más por este medio que por otros. Necesitamos una gran sagacidad espiritual para descubrir esta trampa. ¡Quiera el Señor concedérnosla, pues él sabe lo mucho que la necesitamos!

6 - 1 Samuel 7 – Restauración de Israel

Sin detenernos más en las valiosas enseñanzas de los capítulos 5 y 6, pasaremos a considerar brevemente la feliz restauración de Israel, bajo el ministerio del «sacerdote fiel».

Israel tuvo que lamentar la ausencia del arca y hacer el duelo durante varios días; los espíritus languidecían bajo la influencia desecante de la idolatría, y, por fin, los afectos comenzaron a volverse hacia Jehová. Pero, en este mismo despertar, podemos ver hasta qué punto el pueblo había descendido. Siempre ocurre así. Cuando, en otro tiempo, Jacob fue llamado a salir de en medio de las contaminaciones de Siquem y a ascender a Betel, no tenía sino poca idea de cuánto él y su familia se habían dejado atrapar en las redes de la idolatría. Pero el llamado de Dios: «Sube a Bet-el», despierta sus energías adormecidas, reaviva su conciencia y agudiza su percepción moral. Por eso dice a su casa: «Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos» (Gén. 35:1-2). La sola idea de Betel (donde Dios le había aparecido) en contraste con Siquem, ejerció una influencia revitalizadora en el alma de Jacob y, vuelto a despertar, puede conducir a los demás con renovado poder.

Lo mismo ocurre con la posteridad de Jacob, en el capítulo que estamos considerando. «Habló Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y solo a él servid, y os librará de la mano de los filisteos» (1 Sam. 7:3). Vemos aquí, hasta dónde habían descendido los israelitas en relación con la casa de Elí. El primer paso en el mal, es poner su confianza en una forma religiosa, dejando de lado a Dios, dejando de lado también los principios que dan a la forma su valor. El paso siguiente es erigir un ídolo. Por eso vemos que Israel dice primero sobre el arca: «Traigamos… el arca… para que… nos salve», y luego, por boca del profeta, leemos: «Quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros» (1 Sam. 4:3; cap. 7:3).

Lector, ¿no hay en todo esto una solemne advertencia para la iglesia profesa (*)? Ciertamente que sí. Los días actuales son, de manera particular, un tiempo de forma sin poder. El espíritu de un formalismo frío y sin influencia, se mueve en la superficie de las turbulentas aguas de la cristiandad, y pronto todo se reducirá a la calma de muerte de una profesión falsa, que solo se romperá con «voz del arcángel y con trompeta de Dios» (1 Tes. 4:17).

(*) N. del T. (Nota del traductor): En un sentido amplio, la profesión cristiana –también a veces la Iglesia profesa– abarca a todos los que llevan el nombre de «cristianos», tanto a aquellos que lo son de verdad –o sea, a los que son salvos por la obra de Cristo– como a aquellos que lo son meramente de nombre, los que solo se llaman a sí mismos cristianos. Pero en un sentido estricto, el término: cristiano profeso, se aplica a aquellos que solo tienen la apariencia exterior del cristianismo, pero sin tener la vida, sin la posesión de la salvación. Hay profesión, pero no posesión. Puede tratarse de personas muy religiosas y moralistas, pero que no han nacido de nuevo, no son convertidas. En este sentido, hay pues una diferencia sustancial entre un cristiano profeso y un cristiano nacido de nuevo (véase, por ejemplo, Mat. 15:8; Apoc. 3:1).

Pero la actitud de Israel en el capítulo 7 forma un contraste perfecto con la escena del capítulo 4. «Y Samuel dijo: Reunid a todo Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros a Jehová. Y se reunieron en Mizpa, y sacaron agua, y la derramaron delante de Jehová» (una expresión de su débil y desvalida condición), «y ayunaron aquel día, y dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado» (1 Sam. 7:5-6). Era una obra efectiva, y podemos decir: «Dios estaba allí» (véase Jueces 20:27). No vemos allí la confianza en un mero símbolo o en una forma sin vida, ninguna pretensión ni vana presunción, ningún ruido ni ninguna jactancia, todo es real y profundo. Sus lamentos, el agua que derraman, el ayuno, la confesión, todo indica el gran cambio que se produjo en la condición moral de Israel. Ahora recurren al «sacerdote fiel», y, por él, al mismo Jehová. No hablan ahora de ir a buscar el arca, no; su palabra es: «Entonces dijeron los hijos de Israel a Samuel: No ceses de clamar por nosotros a Jehová nuestro Dios, para que (él) nos guarde de la mano de los filisteos. Y Samuel tomó un cordero de leche y lo sacrificó entero en holocausto a Jehová; y clamó Samuel a Jehová por Israel, y Jehová le oyó» (1 Sam. 7:8-9). Allí estaba la fuente de la fuerza de los israelitas. El cordero de leche ofrecido enteramente a Jehová, daba a las circunstancias de ellos un nuevo aspecto, era un nuevo punto de partida en el curso de su historia.

Y obsérvese que los filisteos parecen haber ignorado por completo todo lo que había pasado entre Jehová e Israel. Se imaginaban, sin duda, que, al no oírse gritos de triunfo, los israelitas estaban, si es posible, en una condición más miserable que antes. No hicieron que la tierra temblara nuevamente a causa de sus gritos, como en el capítulo 4, pero, ¡ah, había una obra silenciosa, que el ojo de un filisteo no podía ver y que el corazón de un filisteo no podía apreciar! ¿Qué podía conocer un filisteo de las lágrimas de arrepentimiento, del agua derramada o de un cordero ofrecido en holocausto? Nada. Los hombres de este mundo solo pueden tomar conocimiento de lo que yace en la superficie. El mundo comprende bien la grandeza exterior y las apariencias, la pompa y el deslumbramiento, el despliegue de la fuerza en la carne, pero nada sabe de los ejercicios profundos del alma delante de Dios. Y, sin embargo, es esto último lo que el cristiano debería buscar con más ardor. Un alma ejercitada es algo de lo más precioso a los ojos de Dios; y con ella Él se complace en permanecer en todo tiempo. No pretendamos ser algo; tomemos simplemente nuestro verdadero lugar delante de Dios, y seguramente él será nuestra fuerza y nos dará la energía según la medida de nuestras necesidades.

«Y aconteció que mientras Samuel sacrificaba el holocausto, los filisteos llegaron para pelear con los hijos de Israel. Mas Jehová tronó aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, y los atemorizó, y fueron vencidos delante de Israel» (1 Sam. 7:10). Tales fueron los felices resultados de la confianza en Dios y de la espera en «el Dios de los escuadrones de Israel». Fue algo semejante al glorioso despliegue del poder de Jehová en las orillas del mar Rojo. «Jehová es varón de guerra» cuando su pueblo necesita de él, y cuando su fe puede contar con él para hallar «el oportuno socorro» (Hebr. 4:16). Cuando los israelitas dejaban que Jehová combatiese por ellos, él siempre estaba dispuesto a aparecer, espada en mano, a favor de ellos; pero toda la gloria debe pertenecerle. Los vanos gritos de triunfo de Israel deben dar paso al silencio, a fin de que la voz de trueno de Jehová pueda oírse claramente. ¡Qué bueno es permanecer en silencio, y dejar que Jehová hable!

¡Qué poder en su voz! Es el poder que trae la paz al alma de su pueblo, y que infunde terror en el corazón de sus enemigos. «¿Quién no te temerá, Señor, y glorificará tu nombre?» (Apoc. 15:4).

7 - 1 Samuel 8 – Israel pide un rey

Tenemos aquí un paso decisivo en el establecimiento de un rey sobre Israel. «Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel… Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho» (1 Sam. 8:1, 3) ¡Triste cuadro! Es el del hombre en cada época. El hombre, en todo tiempo, se corrompió a sí mismo y corrompió todo lo que le fue confiado a su cuidado a la primera oportunidad. Moisés y Josué vieron de antemano el alejamiento de Israel después de su partida (Deut. 31:29; Josué 23:15-16). Y Pablo pudo decir a los ancianos de Éfeso: «Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos voraces, que no perdonarán el rebaño» (Hec. 20:29).

Pues bien, apenas Israel se recuperó de los efectos de la inmoralidad de los hijos de Elí, sintió los tristes resultados de la avaricia de los hijos de Samuel, y fue así empujado a la senda que finalmente condujo al rechazo de Jehová y al establecimiento de Saúl como rey. «Habiendo Samuel envejecido, (él) puso a sus hijos por jueces sobre Israel». Algo muy diferente, por cierto, de un llamado de Dios. La fidelidad de Samuel no garantizaba de ningún modo la de sus hijos. Es lo que se pudo ver en la tan alabada teoría de la sucesión apostólica. Y ¿qué clase de sucesores hubo? ¿Se parecieron en algo a sus predecesores? Pablo podía decir: «No he codiciado la plata, ni el oro ni los vestidos de nadie» (Hec. 20:33). Sus pretendidos sucesores, ¿pueden decir lo mismo? Samuel podía decir: «Aquí estoy; atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he tomado el buey de alguno, si he tomado el asno de alguno, si he calumniado a alguien, si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho para cegar mis ojos con él» (1 Sam. 12:3). Pero, ¡lamentablemente, los hijos y sucesores de Samuel no podían decir esto!; para ellos, las «ganancias deshonestas» eran el principal móvil de sus acciones.

Ahora bien, vemos, en este capítulo, que los israelitas se aprovecharon de esta perversa conducta de los hijos de Samuel, como una razón aparente para demandar un rey. «He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones» (1 Sam. 8:5). ¡Qué decadencia! Israel consiente en descender al nivel de las naciones que lo rodean, y eso porque Samuel era viejo y porque sus hijos se habían vuelto «tras la avaricia». Jehová es excluido. Si los israelitas hubiesen levantado los ojos hacia Él, no habrían tenido ninguna razón para procurar ponerse bajo la tutela de un pobre mortal, semejante a sí mismos. Pero la capacidad de Jehová, para guardarlos y guiarlos, tenía poca cabida en sus pensamientos. No ven nada más allá de Samuel y sus hijos; si no podían obtener ninguna ayuda de parte de ellos, entonces de inmediato habrán de descender de su alta posición como pueblo que tiene a Jehová por Rey, y hacerse semejantes a las naciones vecinas, las cuales tienen una cabeza humana. Para el viejo hombre, es demasiado difícil mantenerse mucho tiempo en la posición de fe y dependencia; solo el sentimiento efectivo de una necesidad apremiante puede mantenernos apegados a Dios. En el capítulo 7, no es de ninguna manera cuestión de un rey: Dios era todo y en todos para Israel. Pero ahora no es así: Dios es excluido, y un rey es el objeto predominante. Pronto veremos a qué triste resultado conduce todo esto.

8 - 1 Samuel 9 al 13 – Carácter del rey pedido por el pueblo

Estos capítulos nos dan a conocer el carácter de Saúl, su unción y el comienzo de su reinado. No nos detendremos mucho tiempo en esto, dado que nuestro principal objetivo en esta introducción, es llamar la atención del lector respecto de los pasos que condujeron al establecimiento de un rey en Israel.

Saúl era muy particularmente el hombre según el corazón de Israel. Tenía todo lo que la carne desea: era «joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo» (1 Sam. 9:2). Todo esto era muy imponente para los que miran solo la apariencia; pero ¿qué había debajo de este atractivo exterior? Toda la conducta de Saúl lleva la huella del más profundo egoísmo y del más grande orgullo, arropados bajo el manto de la humildad. Cuando Saúl se esconde, es solo con el fin de aparecer luego de una manera más imponente. Con el corazón lleno de pensamientos de realeza, guarda a este respecto el más profundo secreto hacia su tío; con todos sus pensamientos vueltos hacia la corona, se esconde entre el bagaje, a fin de convertirse en el objeto de mayor atención de toda la asamblea. En cada ocasión donde lo vemos aparecer, podemos solo reconocer en él a un hombre profundamente egoísta, lleno de su propia importancia y completamente insumiso. Es verdad que el Espíritu viene sobre él, como sobre alguien puesto aparte para ocupar un cargo en medio del pueblo de Dios; pero Saúl era, en todo, una persona que solo buscaba su propio interés, y empleaba el nombre de Dios solo para sus propios fines, y las cosas de Dios como un pedestal para realzar su propia gloria. (*)

(*) El lector debe distinguir con la mayor precisión entre el Espíritu Santo que viene sobre alguien, y el Espíritu Santo que hace su morada y actúa en nosotros. Algunos pueden encontrar una dificultad en estas palabras de Samuel: «El Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre» (1 Sam. 10:6). Pero no es aquí el Espíritu que produce el nuevo nacimiento, sino simplemente el que vuelve a Saúl apto para cumplir un cargo. Si se tratase de regeneración, no sería simplemente el Espíritu que viene sobre alguien, sino que actuaría en él. El Saúl revestido de un cargo, y el Saúl hombre, son completamente distintos, y esta distinción se mantiene con respecto a varias de las personas mencionadas tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Además, hay una diferencia de fundamental importancia en las operaciones del Espíritu Santo antes y después de la resurrección de Cristo.

La escena que tiene lugar en Gilgal es muy característica y hace resaltar el principio que hacía actuar a Saúl. Impaciente de esperar el momento fijado por Dios, «se esforzó» y «ofreció el holocausto» (1 Sam. 13:12); pero debe oír de los labios de Samuel estas solemnes palabras: «Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó» (1 Sam. 13:13-14). Es el resumen de todo, en lo que toca a Saúl: «Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová… tu reino no será duradero». ¡Solemnes verdades! Saúl, el rey según el corazón del hombre, es puesto a un lado, para dar lugar al hombre según el corazón de Dios. Los hijos de Israel tuvieron numerosas ocasiones de poner a prueba el carácter de aquel que habían escogido para conducirlos y combatir en sus batallas. La caña en la cual tanto habían deseado apoyarse, se había roto, e iba a perforarles la mano. El rey según el hombre, ¡Ay!, ¿qué era y qué podía hacer? ¿Qué hará en una circunstancia difícil? ¿Cómo actuará? La agitación y el sentimiento de su propia importancia caracterizan todas sus acciones. Ninguna dignidad, ninguna santa confianza en Dios, ninguno de sus actos que esté regido por los principios de la verdad. Todo es el «yo» por donde se lo vea, y esto, en las ocasiones más solemnes, actuando al mismo tiempo, en apariencia, para Dios y para su pueblo. Tal era el rey que agradaba al hombre.

9 - 1 Samuel 14 – Jonatán actúa por fe

Este bello capítulo presenta un contraste sorprendente entre la eficacia de lo que Israel había deseado y obtenido para ser conducido, y la del antiguo principio de una fe simple en Dios. Saúl se sienta debajo de un granado, símbolo, podemos decir, de un vano despliegue de grandeza sin el menor poder real. Su hijo Jonatán, al contrario, actuando en un espíritu de fe, se convierte en el feliz instrumento de salvación para Israel. Israel, en su incredulidad, había pedido un rey para conducir sus guerras, y se imaginaba, seguramente, que, habiendo obtenido el objeto de sus deseos, ningún enemigo podría hacerle frente. Pero ¿era así? Una palabra del capítulo 13 nos dará la respuesta: «y todo el pueblo iba tras él temblando» (v. 7). ¡Qué cambio! ¡Cuánto diferían de ese ejército poderoso que en otro tiempo había seguido a Josué, marchando contra las fortalezas de Canaán! Ahora, tenían a su cabeza al rey deseado, pero Dios no estaba allí, y por eso tiemblan. Que el hombre tenga la apariencia más imponente, sin el sentimiento de la presencia de Dios, es la debilidad misma; pero que Dios esté en su poder allí, y nada le puede resistir. En otro tiempo, Moisés, con una simple vara en su mano, había hecho milagros; pero ahora, Israel, que tiene delante de sí al hombre según su corazón, no puede sino temblar delante de sus enemigos: «Todo el pueblo iba tras él temblando». ¡Qué humillación! «No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras» (1 Sam. 8:19-20). He aquí lo que habían dicho los hijos de Israel. Pero verdaderamente «mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes» (Sal. 118:9). Jonatán lo experimentó de una manera bendita. Marcha contra los filisteos en el poder de esta palabra: «No es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos» (1 Sam. 14:6). Era «Jehová» quien llenaba su alma, y, teniéndolo a Él, «muchos o pocos» no hacía ninguna diferencia. La fe jamás toma en cuenta las circunstancias; para ella es: o Dios o nada.

Y nótese el cambio que se produce en las circunstancias de Israel desde el momento que la fe comienza a actuar entre ellos. Son, ahora, los filisteos quienes tiemblan: «Y hubo pánico en el campamento y por el campo, y entre toda la gente de la guarnición; y los que habían ido a merodear, también ellos tuvieron pánico, y la tierra tembló; hubo, pues, gran consternación» (1 Sam. 14:15). La estrella de Israel brillaba de nuevo, simplemente porque Israel actuaba sobre el principio de la fe. Jonatán no miraba a su padre Saúl para la liberación, sino a Jehová; sabía que «Jehová es varón de guerra», y en él se apoyaba para ver a Israel liberado de sus enemigos en el día de la angustia. ¡Feliz dependencia! No hay nada semejante. Las ordenanzas humanas perecen, los recursos humanos se desvanecen, pero «Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre» (Sal. 125:1); «hubo, pues, gran consternación» porque Dios mismo estaba provocando el terror en los corazones de los filisteos y llenaba a los israelitas de gozo y de triunfo. La fe de Jonatán fue reconocida por Dios; los mismos israelitas que habían huido anteriormente del campo de batalla a las montañas, se sintieron reafirmados, y se pusieron a perseguir a los filisteos. Así ocurre siempre; no podemos marchar en el poder de la fe sin dar un impulso a los demás, y, por otra parte, un solo corazón cobarde basta para detener a un gran número. La incredulidad, además, desvía siempre a uno del campo de batalla o de servicio, mientras que la fe, de seguro, conduce a él.

Pero ¿qué hace Saúl en todo esto? ¿Cómo coopera con el hombre de fe? Era absolutamente incapaz de actuar sobre este principio. Se sienta debajo de un granado, sin fuerza para inspirar ánimo a los corazones de aquellos que lo habían elegido como su jefe y, cuando se pone en movimiento, o más bien cuando se agita, no hace otra cosa que entorpecer, por su locura y precipitación, los preciosos resultados de la fe.

10 - 1 Samuel 15 – Rechazo de Saúl como rey

El capítulo 15 nos da a conocer la prueba final y el rechazo del rey según el corazón del hombre. «Ve, pues, y hiere a Amalec» (1 Sam. 15:3), tal es la palabra de Jehová, y la piedra de toque que realmente va a sacar a luz el estado moral del corazón de Saúl. Si hubiera sido recto delante de Dios, su espada no habría sido envainada antes de que la simiente de Amalec hubiese dejado de existir. Pero el resultado mostró que Saúl tenía demasiadas cosas en común con Amalec, para ejecutar hasta el final la sentencia divina. ¿Qué había hecho Amalec? «Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto» (1 Sam. 15:2). En una palabra, el pensamiento espiritual ve a Amalec como el primer gran obstáculo en la marcha de los redimidos que suben de Egipto a Canaán, y sabemos lo que actúa de la misma manera con respecto a aquellos que, ahora, salen del mundo para seguir al Señor Jesús.

Ahora bien, Saúl acababa justamente de mostrarse como un obstáculo en el camino del hombre de fe. En realidad, toda su marcha estaba en oposición a los principios de Dios. ¿Cómo pues habría podido destruir a Amalec? Era imposible. Saúl perdonó «a Agag» (v. 9). Saúl y Agag encajaban demasiado bien el uno con el otro, y Saúl no tenía la fuerza para ejecutar el juicio de Dios sobre el gran enemigo de su pueblo. Y obsérvese la ignorancia de este desdichado hombre y cuánto se complace a sí mismo. «Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo: Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová» (v. 13). ¡Qué tristes son estas palabras! «He cumplido la palabra de Jehová» –dice–, ¡y Agag, el rey de los amalecitas, todavía vivía! ¡Oh, qué terribles ilusiones se hace un alma que no anda rectamente con Dios! «¿Pues qué balido de ovejas y bramido de vacas es éste que yo oigo con mis oídos?» dice Samuel (v. 14). ¡Solemne pregunta, que escudriña el corazón! Estas palabras debían de haber llegado al fondo del corazón de Saúl. Pero no; busca un recurso vano en un hecho que puede parecer plausible al corazón natural: «para sacrificarlas a Jehová»: pobre recurso para el corazón desobediente. Como si Jehová pudiese aceptar un sacrificio de uno que anda en abierta rebelión contra su mandamiento. Hay más de uno que, desde los días de Saúl, procuró ocultar su espíritu de desobediencia bajo el manto de «un sacrificio a Jehová». También la respuesta de Samuel a Saúl es siempre de aplicación universal: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación» (v.22-23).

No importa de qué valor sea el sacrificio, un solo acto de obediencia a la voz del Señor le es infinitamente más precioso. El Señor no busca las ofrendas, sino la obediencia: un corazón sumiso y un espíritu dócil lo glorifican más que el sacrificio de «los millares de animales en los collados» (Sal. 50:10).

¡Qué importante es que este gran principio se grabe profundamente en nuestras conciencias, en estos días cuando tantos encubren todo tipo de desobediencia bajo las palabras: “¡Sacrificio! ¡Sacrificio!”! «Obedecer es mejor que los sacrificios». Es infinitamente preferible que la voluntad esté sometida a Dios, que cargar el altar con los sacrificios más preciosos. Cuando la voluntad está sometida, todo toma su verdadero lugar; pero para aquel cuya voluntad está en oposición a la de Dios, hablar de sacrificios no es sino una vana decepción. Dios no mira la cantidad de sacrificio, sino el corazón de donde proviene. Veremos siempre que todos aquellos que, en el espíritu de Saúl, hablan de sacrificar a Jehová, esconden en el fondo del corazón algún interés egoísta –algún Agag– «lo mejor de las ovejas y del ganado mayor», algo que agrada a la carne y que tiene más influencia que el verdadero servicio y el verdadero culto a Dios.

¡Que todos aquellos que leen estas páginas procuren conocer la verdadera bendición que se encuentra en una voluntad enteramente sometida a Dios! Allí se experimenta el precioso reposo que el manso y humilde Salvador prometió a todos aquellos que están cansados y cargados, el mismo reposo del que él mismo gozaba cuando decía: «¡Te alabo, Padre… porque así te pareció bien!» (Lucas 10:21). El inquieto y ambicioso Saúl no conocía nada de todo esto. Su voluntad no estaba de acuerdo con la de Dios respecto a Amalec. Dios le había dicho que destruyese enteramente ese pueblo, pero su corazón quería reservar una parte que, para él, al menos, parecía buena y deseable; estaba dispuesto a cumplir la voluntad de Dios respecto a «todo lo que era vil y despreciable» (1 Sam. 15:9), pero pensaba poder hacer ciertas excepciones, como si la línea de demarcación entre lo que era «despreciable» y lo que era «bueno», debía ser trazada por él, y no según el infalible juicio de Aquel que veía a Amalec desde su verdadero punto de vista, y no consideraba, en la refinada delicadeza de Agag, nada que no fuese vil y despreciable. Dios veía en Agag a aquel que, con todo su refinamiento, se opondría a Israel más fuertemente que nunca. Este era el fundamento de su controversia con Amalec, y que Saúl era absolutamente incapaz de comprender y apreciar.

El fin del capítulo muestra claramente cuál era la corriente de los pensamientos y los deseos de Saúl. Recién acababa de oír el solemne llamado de Samuel y las declaraciones de Dios contra él; declaraciones que concluían con estas solemnes palabras: Entonces Samuel le dijo: «Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú» (v. 28). Estas palabras fulminantes todavía resonaban en sus oídos, pero tan lleno estaba de sí mismo que puede decir: «Te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel» (v. 30). Tal era Saúl. «El pueblo», alega, «perdonó» lo que debía ser destruido (v. 15), la falta fue de ellos, pero, a mí, “hónrame”. ¡Qué vanidad! ¡Un corazón sumido en la iniquidad y que busca el honor de parte de gusanos como él! Rechazado por Dios en cuanto al cargo que le había sido confiado, se aferra al pensamiento de ser honrado delante de los hombres. Parece que, con tal de conservar su lugar en la estima de su pueblo, poco importa lo que Dios piensa de él. Pero Dios lo había desechado, y el reino había sido desgarrado de él; no importaba demasiado que Samuel volviese con él y estuviese presente, mientras Saúl cumpliera sus formas de culto a Jehová, a fin de no perder su rango e influencia a los ojos del pueblo.

«Después dijo Samuel: Traedme a Agag rey de Amalec. Y Agag vino a él alegremente. Y dijo Agag: Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte. Y Samuel dijo: Como tu espada dejó a las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las mujeres. Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag delante de Jehová en Gilgal» (v. 32-33). La finura de Agag no podía engañar a aquel que fue enseñado por Dios. ¡Qué notable también es ver a Samuel cortando en pedazos a Agag en Gilgal! Era el lugar donde el oprobio de Egipto había sido quitado de Israel (Josué 5:9); y, recordando la historia del pueblo, encontramos a Gilgal asociado con el poder sobre el mal. Y allí el amalecita encuentra su fin bajo la mano del justo Samuel. Esto es muy instructivo. Cuando el alma realiza su plena liberación de Egipto, por el poder de la muerte y la resurrección, se encuentra en la mejor posición para obtener la victoria sobre el mal. Si Saúl hubiese conocido algo del espíritu y del principio de Gilgal, no habría perdonado a Agag. Había estado dispuesto a ir a Gilgal para renovar «allí el reino» (cap. 11:14-15), pero no con la intención de quebrantar y poner de lado allí todo lo que agradaba a la carne. Pero Samuel, actuando con la energía del Espíritu de Dios, trata a Agag según los principios de la verdad, porque está escrito: «Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación» (Éx. 17:16). El rey de Israel debería haber sabido esto.

11 - 1 Samuel 16 – David es ungido rey

Ahora vamos a nuestro tema, tan rico y variado: la vida y los tiempos de David, rey de Israel. En toda la Escritura, podemos ver cuán maravillosamente el Dios de gracia supo sacar siempre el bien del mal. Para Israel fue un pecado rechazar a Jehová su Rey, con el fin de tener un hombre a su cabeza; y, en este hombre, que fue el primero en llevar el cetro en medio del pueblo, habían aprendido cuán vana es la ayuda del hombre. Pero Jehová iba a hacer salir de la insensatez y del pecado de su pueblo, una rica cosecha de bendición.

Saúl había sido rechazado, según los designios de Dios. Había sido pesado en la balanza y hallado falto; el reino iba a ser arrebatado de su mano y entregado a un hombre según el corazón de Dios. Este hombre debía ocupar el trono, para la gloria de Dios y la bendición de Israel. «Dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel?» (1 Sam. 16:1). Estas palabras nos introducen en el secreto del dolor de Samuel con respecto a Saúl durante el largo período de su separación de él. En el último versículo del capítulo 15, leemos: «Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel lloraba a Saúl». Era natural. En la triste caída de este desdichado hombre, había muchas cosas susceptibles de afectar profundamente el corazón. En otro tiempo, hizo brotar de la boca del pueblo este grito: «¡Viva el rey!» (cap. 10:24). Más de una mirada, sin duda, más de un corazón lleno de entusiasmo, se había detenido sobre este varón «joven y hermoso», y ahora, todo esto se esfumó. Saúl fue rechazado por Dios, y Samuel se había visto forzado a tomar respecto de él un lugar de entera separación. Era la segunda persona que Samuel veía despojada de su cargo. Al principio de su carrera, había sido portador de malas noticias para Elí; y, ahora, al término de su curso, había sido encargado de anunciar a Saúl el juicio de Dios sobre su conducta. Sin embargo, Samuel fue llamado a entrar en los pensamientos de Dios con respecto a Saúl. «¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado?». La comunión con Dios nos conduce siempre a estar conformes con Sus caminos. El sentimentalismo puede llorar por las grandezas perdidas, pero la fe echa mano de la gran verdad de que el infalible consejo de Dios debe permanecer, y que él hará todo cuanto quiera (véase Is. 46:10). La fe no podría derramar una sola lágrima por Agag, ni por un Saúl rechazado, porque siempre está en armonía con el pensamiento de Dios, ya sea que a Él le plazca rebajar o elevar a alguien. Hay una inmensa diferencia entre el sentimentalismo y la fe: mientras el primero se sienta a llorar, el otro se levanta y llena su cuerno de aceite.

Es bueno examinar bien este contraste. Somos muy propensos a dejarnos llevar por el mero sentimiento, lo que es a menudo extremadamente peligroso. En la medida en que proviene de la naturaleza, deberá fluir en una corriente diferente de la corriente de los pensamientos del Espíritu de Dios. Ahora bien, el remedio más eficaz contra la nefasta actividad del sentimentalismo, es una firme, profunda, cabal y permanente convicción de la realidad del propósito de Dios. En presencia de esta convicción, el sentimentalismo se marchita y muere, mientras que la fe vive y florece en la atmósfera de los pensamientos de Dios. La fe dice: «Te alabo, Padre», para los acontecimientos y las circunstancias, los propósitos y los consejos, que asestan el golpe mortal a las emociones del sentimentalismo. Este importante principio está puesto ante nosotros de manera muy notable en el primer versículo del capítulo 16: «¿Hasta cuándo llorarás a Saúl?… Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey» (v. 1). Sí; «¿Hasta cuándo llorarás a Saúl?», es la cuestión. El dolor humano se hace sentir hasta que el corazón haya encontrado el reposo en los abundantes recursos del Dios de bondad. Todos los vacíos que dejan en el corazón los acontecimientos humanos, pueden ser llenados solamente por el poder de la fe en estas preciosas palabras: «He provisto». Esto realmente lo resuelve todo, seca las lágrimas, alivia los dolores, llena los vacíos. Desde el momento que el espíritu reposa en los recursos del amor de Dios, se pone fin a todas las murmuraciones. ¡Ojalá que todos podamos conocer el poder y las diversas aplicaciones de esta verdad!

¡Que podamos saber lo que es tener nuestras lágrimas enjugadas y nuestro cuerno lleno de la convicción del tierno amor, la sabiduría y los recursos de nuestro Padre! Es una bendición rara; es difícil elevarse completamente por encima de la región de los pensamientos y los sentimientos humanos. Hasta un Samuel aparece objetando el mandamiento divino, y manifestando lentitud para correr en el camino de la simple obediencia. Jehová dice: «Te enviaré», y Samuel responde: «¿Cómo iré?». ¡Extraña pregunta! Pero ¡qué bien muestra la condición moral del corazón humano! Samuel había estado lamentándose por Saúl, y ahora que es enviado para ungir a otro en su lugar, dice: «¿Cómo iré?». La fe jamás habla así. No hay ningún “cómo” en su vocabulario. No; tan pronto como el mandamiento divino traza la senda, la fe se apresura a emprenderla, en voluntaria obediencia y sin tener en cuenta las dificultades.

Sin embargo, Jehová, en su bondad, viene para despejar la dificultad de su siervo: «Jehová respondió: Toma contigo una becerra de la vacada, y di: A ofrecer sacrificio a Jehová he venido» (1 Sam. 16:2). Así pues, con un sacrificio y con su cuerno lleno de aceite, sube a la ciudad de David, donde un joven desconocido y de quien ignoraba los designios de Dios para con él, apacentaba algunas ovejas en el desierto.

Entre los hijos de Isaí, parece haber habido algunos bellos ejemplares de la naturaleza humana, sobre los cuales Samuel, si se hubiese dejado llevar por su propio juicio, habría fijado los ojos, para darles la corona de Israel. «Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido» (v. 6). Pero no fue así. Los dones naturales y lo que llama la atención del hombre, no tienen nada que ver con la elección de Dios. Él mira lo que hay debajo de la superficie dorada de los hombres y de las cosas, y juzga todo según Sus infalibles principios. El capítulo 17 nos hace conocer algo del espíritu altivo y autosuficiente de Eliab. Pero el Señor no pone su confianza en la estatura de un hombre; Eliab no era aquel que había escogido. Es una cosa notable, en este capítulo, ver a Samuel errar tan a menudo. Su duelo por Saúl, su negativa o más bien su vacilación cuando se trata de ir a Belén a ungir a David, su error en lo tocante a Eliab, todo muestra cuán extraviado estaba de los caminos de Dios. La palabra que Jehová le envía es muy seria: «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (v. 7).

He aquí la gran diferencia, la apariencia exterior, y el corazón. Samuel mismo habría estado muy cerca de ser seducido por la primera de estas cosas si Jehová no hubiese intervenido para enseñarle el valor de la segunda. «No mires a su parecer». ¡Memorables palabras!

«Entonces llamó Isaí a Abinadab, y lo hizo pasar delante de Samuel, el cual dijo: Tampoco a este ha escogido Jehová. Hizo luego pasar Isaí a Sama. Y él dijo: Tampoco a este ha elegido Jehová. E hizo pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha elegido a estos» (v. 8-10). Así pues, la perfección de la naturaleza humana, por decirlo así, pasa delante del profeta, pero en vano; la naturaleza no puede producir nada para Dios ni para su pueblo. Y lo que es notable en todo esto, es que Isaí no piensa en absoluto en David. El joven rubio estaba en la soledad del desierto con las ovejas, y ni siquiera se le pasó por la mente a Isaí, mientras este hacía pasar delante del profeta lo más selecto de su familia. Pero, ¡ah!, los ojos de Jehová estaban puestos en este joven olvidado, y contemplaba en él a aquel del cual, según la carne, debía venir Cristo, para ocupar el trono de David y reinar para siempre sobre la casa de Israel. «Jehová no mira lo que mira el hombre»; porque «Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y Dios escogió lo vil del mundo, y lo despreciado, lo que no es, para anular lo que es; para que ninguna carne se gloríe ante Dios» (1 Cor. 1:27-29). Si Eliab, Abinadab, Sama o algún otro de los siete hijos de Isaí hubiera sido ungido, la carne habría podido vanagloriarse delante de Dios, pero desde el momento que David, el joven olvidado, aparece en la escena, reconocemos en él a aquel que le dará toda gloria al Dios que iba a poner el cetro en su mano. David se presenta ante nosotros como el tipo del Señor Jesús que, cuando estuvo entre los hombres, fue despreciado y olvidado; y a medida que avancemos en la instructiva historia del hijo más joven de Isaí, veremos cuán sorprendentemente prefigura al verdadero amado de Dios.

«Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque este es» (v. 11-12). «Queda aún el menor», decía Isaí, quien seguramente pensaba: no puede ser él el elegido. El hombre no puede comprender los pensamientos de Dios. El instrumento del que Dios va a servirse, es ignorado y despreciado por los hombres. Pero Dios ha dicho: «Levántate y úngelo, porque este es»: la respuesta perfecta que Dios da a los pensamientos de Samuel y de Isaí.

Es interesante también observar la ocupación de David. «Apacienta las ovejas». A esto se refiere luego Jehová, cuando le dice a David: «Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel» (2 Sam. 7:8). Nada podría ilustrar más dulcemente los pensamientos de Dios acerca del oficio real, que el trabajo de un pastor. Si el rey no desempeña su oficio en el espíritu de un pastor, su propósito se verá frustrado. El rey David había captado perfectamente este punto, como puede observarse en estas conmovedoras palabras: «¿Qué hicieron estas ovejas?» (2 Sam. 24:17). El pueblo eran las ovejas de Jehová, y David, como su pastor establecido sobre ellas por Jehová, las guardaba sobre los montes de Israel, de la misma manera que había guardado las ovejas de su padre en los lugares apartados cerca de Belén. No cambió su carácter cuando fue del redil al trono y cuando cambió el cayado por el cetro. No; todavía era el pastor, y sentía la responsabilidad de proteger a las ovejas del Señor contra los leones y los osos que merodeaban siempre alrededor del rebaño. La alusión del profeta al verdadero David es muy bella y conmovedora, cuando habla de Israel en los días venideros: «Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán para rapiña; y juzgaré entre oveja y oveja. Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor. Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo Jehová he hablado» (Ez. 34:22-24). En el capítulo 10 de Juan, el Señor se presenta como el fiel y buen Pastor, que ama y cuida a su rebaño; y no podríamos dudar de que las palabras del Señor en el capítulo 6 del mismo evangelio, hacen más o menos referencia a su carácter de pastor: «Y esta es la voluntad de aquel que me envió, que de todo lo que me ha dado, yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día postrero» (v. 39). Tenemos aquí un importante principio de verdad. Independientemente de su amor personal por las ovejas, amor tan maravillosamente demostrado por su vida y su muerte, el Señor Jesús, en el pasaje que acabamos de citar, se presenta como responsable –voluntariamente, sin duda– hacia su Padre, de guardar cada oveja de su preciado y amado rebaño a través de todas las vicisitudes de su curso, e incluso en la muerte, y de presentarla en el día postrero en la resurrección en gloria. Tal es el Pastor a quien la mano del Padre nos confió; y ¡cómo nos ha provisto para el tiempo y para la eternidad, colocándonos en tales manos, en las manos de un Pastor siempre vivo, todopoderoso, que siempre nos ama, cuyo amor las muchas aguas no pueden apagar, cuyo poder ningún enemigo puede resistir, que tiene en su mano las llaves de la muerte y del Hades, y que adquirió su derecho sobre su rebaño poniendo su vida por él! Podemos decir de verdad: «Jehová es mi pastor; nada me faltará» (Sal. 23:1). ¿Cómo podríamos estar necesitados, cuando es Jesús quien nos apacienta? Esto es imposible. Nuestros corazones insensatos pueden desear alimentarse a menudo de pastos malsanos, y nuestro Pastor puede tener que mostrarnos los cuidados de su gracia en nosotros privándonos de los tales, pero una cosa es cierta: que aquellos a los que Jesús apacienta «no tendrán falta de ningún bien» (Sal. 34:10).

Hay, en el carácter de pastor, algo que parece estar completamente en armonía con el pensamiento divino. Encontramos, en efecto, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, actuando en este carácter. El Salmo 23, en su primera aplicación, puede considerarse como la experiencia de Cristo, complaciéndose en la seguridad de que su Padre lo conduce y vela por él como un pastor. Luego, el capítulo 10 del evangelio de Juan, nos muestra al Hijo como el buen Pastor. Y, por último, en Hechos capítulo 20, y en 1 Pedro 5, vemos al Espíritu Santo actuando como tal, suscitando y dotando para su obra, a los pastores subordinados. Es edificante para el alma, observar cómo nuestro Dios se nos presenta en las relaciones que implican los más tiernos cuidados, y que son las mejor calculadas para atraer nuestros afectos y ganar nuestra confianza. ¡Bendito sea su nombre para siempre! Sus caminos son todos perfectos: nadie hay semejante a él.

Fijemos nuestra atención en el contraste que existe entre las circunstancias en las cuales Samuel encontró a David, y aquellas en que encontró a Saúl. Recordemos que Saúl había ido a buscar las asnas de su padre, cuando entró en contacto con Samuel. No interpreto el hecho, solamente lo menciono. Creo que tiene un significado en cuanto a los futuros caminos de Saúl, así como la ocupación de David en el redil de las ovejas anunciaba su futura carrera como pastor de Israel. (*) Cuando vemos a David cuidando las ovejas de su padre en el desierto, despreciado o poco considerado en el círculo de su familia, somos conducidos a ver en el futuro algo que corresponderá a lo que era entonces, y no nos equivocamos. Asimismo, cuando consideramos a Saúl yendo en busca de las asnas de Cis, no podemos dejar de suponer que habrá en su carácter y sus costumbres subsiguientes, algo que recordará esta circunstancia. Los pequeños detalles a menudo llevan con ellos una gran enseñanza. Los afectos de David y su tierna solicitud para con el rebaño del Señor, junto con su abnegación, pueden verse ya en las circunstancias donde se encuentra introducido ante nosotros; y, por otra parte, podemos entrever ya el espíritu ambicioso y personal de Saúl en el objeto de sus pretensiones, cuando se encuentra con Samuel. No hago hincapié en estos hechos, dejando al lector el cuidado de considerarlos con la luz que el Señor le dé. Solamente recordaré, que nada puede ser insignificante de lo que, a lo largo de las Escrituras, el Espíritu Santo apuntó respecto de hombres que presentan un contraste tan sorprendente, y que, tanto uno como otro, ocupan un lugar tan importante en la historia del pueblo de Dios.

(*) N. del Ed. (Nota del editor): Las palabras de Job 11:12 en cuanto a que el hombre ha nacido como «un pollino de asno montés», describen la condición natural del hombre: obstinado, inmanejable, impuro. Compárese con Éxodo 13:13 y Oseas 8:9. Saúl e Israel son muy claramente descritos en esta infructuosa búsqueda tras las asnas de su padre. David era el pastor de las ovejas.

Lo que vemos, sobre todo, es la gracia que toma, por conductor del pueblo de Dios, a aquel en quien se manifestaban los rasgos de carácter tan bien adaptados a la obra que debía cumplir. «Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David» (1 Sam. 16:13). David está pues ahora ante nosotros como el ungido de Jehová, y tenemos que seguirle en las vicisitudes de su vida errante, mientras es rechazado por los hombres y espera el reino.

12 - 1 Samuel 17 – El valle de Ela

Tan pronto como el aceite de la unción de parte de Jehová fue derramado sobre David, este es llamado a dejar su lugar de retiro y a presentarse ante Saúl, el rey desechado por Dios y atormentado por un espíritu malo. Este pobre hombre necesitaba los dulces sonidos del arpa de David para neutralizar la influencia de este espíritu que, día tras día, lo atormentaba. ¡Miserable hombre! ¡Triste resultado al que condujo una vida llena de la búsqueda de sí mismo!

David no vacila en tomar la posición de siervo, en la casa misma de aquel que pronto se mostrará como su más encarnizado enemigo. Poco le importaba dónde servía o lo que tenía que hacer: proteger las ovejas de su padre de los leones y los osos, o expulsar al espíritu malo de Saúl. De hecho, desde el momento que su historia se inicia, David es visto como siervo, dispuesto a cumplir todo tipo de trabajo; y en el valle de Ela se manifiesta de manera muy sorprendente su carácter de siervo.

Saúl parece no haber podido ni imaginar quién era aquel que estaba ante él, cuyos armoniosos acordes refrescaban su turbado espíritu; ignoraba que tenía ante sí al futuro rey de Israel. «Y él le amó mucho, y le hizo su paje de armas» (v. 21). El egoísta Saúl estaba contento de usar los servicios de David en sus necesidades, aunque dispuesto a derramar su sangre en cuanto comprendiera quién y qué era.

Pero fijemos la mirada en las escenas tan interesantes que se desarrollan en el valle de Ela. «Los filisteos juntaron sus ejércitos para la guerra» (1 Sam. 17:1). Llegamos a algo muy apropiado para hacer resaltar el verdadero carácter y el valor respectivo de Saúl y de David, del hombre de la forma y del hombre del poder. Es la prueba que pone en evidencia lo que hay de real en los recursos de un hombre. Saúl ya había sido probado, pues «todo el pueblo iba tras él temblando», y difícilmente estaba en condiciones de mostrarse, en esta nueva ocasión, como el jefe adecuado para animar y sostener los corazones. Un hombre abandonado por Dios y afligido por un espíritu malo, no era el más apropiado para estar a la cabeza de un ejército delante del enemigo, ni para combatir cuerpo a cuerpo con el poderoso gigante de Gat.

El conflicto en el valle de Ela está caracterizado de una manera muy especial por la propuesta que hace Goliat de dirimir la cuestión en un combate singular. Era el verdadero medio de conocer el valor de un individuo. No se trataba, como en los casos ordinarios, de combatir ejército contra ejército, sino de saber qué hombre de todo el ejército de Israel querría aventurarse contra el terrible enemigo incircunciso. De hecho, era evidente que Dios quería hacer sentir una vez más a Israel que, como pueblo, estaba absolutamente sin fuerza, y que, al igual que en los días pasados, su único recurso para ser liberado era el brazo de Jehová, dispuesto todavía a mostrarse y a actuar como «varón de guerra», siempre que la fe se dirigiera a él como tal.

Durante cuarenta días, el filisteo se acercó y se presentó a los ojos del desdichado Saúl y de su ejército sobrecogido de terror. Y obsérvese qué amargo insulto les lanza a los israelitas: «¿No soy yo el filisteo, y vosotros los siervos de Saúl?» (1 Sam. 17:8).

¡Lamentablemente, esto era demasiado cierto! Habían descendido de su alta posición como siervos de Jehová, para convertirse en meros siervos de Saúl. Samuel les había advertido acerca de eso. Les había dicho que el rey y amo a quien escogían haría de ellos sus guardias, amasadores, cocineros y perfumistas (1 Sam. 8); y esto en lugar del servicio de «Jehová, el Dios de Israel», al cual habrían podido considerar como su único Amo y Rey. Pero nada instruye mejor al hombre, que las dolorosas lecciones de la experiencia; y los sangrientos ultrajes de Goliat debían, sin duda, enseñar de nuevo a Israel cuál era su verdadera condición bajo el aplastante yugo de los filisteos. «Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí», dice el gigante (cap. 17:8). ¡Qué poco sabía acerca de quién iba a ser su antagonista! En la fuerza brutal y totalmente carnal de la que se vanagloriaba, se imaginaba que ningún israelita se atrevería a medirse con él.

Y aquí, podríamos preguntarnos: ¿dónde aparece Jonatán en esta escena? El que vimos actuar con una fe tan simple y con tanta energía, en el capítulo 14, ¿por qué no está dispuesto ahora para salir a luchar contra el gigante? Si observamos de cerca sus acciones, en el capítulo que acabamos de citar, podemos ver, me parece, que su fe no tenía ese carácter completamente simple e independiente de las circunstancias, que hace pasar a uno a través de todo tipo de dificultades. El defecto en su fe se muestra en estas palabras: «Si nos dijeren así» (cap. 14:9). La fe jamás dice «si»; ella tiene que ver solo con Dios. Cuando Jonatán dijo: «No es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos» (cap. 14:6), enunció un bello principio que debía haber seguido hasta el final, sin mezclarlo con un «si». Si la fe de Jonatán hubiera reposado más simplemente en el poder de Dios, no habría buscado una señal. Es verdad que, en su bondad, Jehová le da una, tal como en otro tiempo lo había hecho con Gedeón, porque Dios siempre suple las necesidades de sus siervos. Pero Jonatán no aparece en el valle de Ela; parece haber cumplido su obra y actuado según su medida. En la escena que tenemos ahora ante nosotros, hacía falta algo más profundo que todo lo que Jonatán había conocido.

Jehová preparaba en secreto un instrumento para esta obra nueva y más difícil. ¿No es así como actúa siempre nuestro Dios? Forma en el secreto a aquellos a quienes va a utilizar en público. En la íntima solemnidad de su santuario, se da a conocer a sus siervos, y hace pasar ante ellos Su grandeza, a fin de hacerlos capaces de contemplar, con una mirada fija y segura, las dificultades del camino. Así ocurrió con David. Había estado a solas con Dios, mientras pastoreaba el rebaño en el desierto; su alma estaba llena del pensamiento del poder de Dios, y ahora hace su aparición en el valle de Ela, con toda la sencillez y la dignidad del propio renunciamiento que caracteriza a un hombre de fe. Los cuarenta días durante los cuales Goliat había desafiado a Israel, habían demostrado la incapacidad total del hombre. Saúl no habría podido hacer nada contra el gigante; los tres hijos mayores de Isaí no habían salido a su encuentro para combatir con él; más aún, Jonatán mismo se hallaba sin fuerzas; todo estaba perdido, o parecía estarlo, cuando el joven David entra en escena, revestido de la fuerza con que iba a poner en el polvo la gloria y el orgullo del feroz filisteo.

Las palabras del filisteo llegan a oídos de David, y este en seguida reconoce en ellas un blasfemo desafío al Dios viviente. «¿Quién es este filisteo incircunciso», dice, «para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?» (1 Sam. 17:26). La fe de David ve en el ejército tembloroso que está delante de él a los escuadrones del Dios viviente, y, en seguida, reduce el hecho a una cuestión entre Jehová y el filisteo. Tenemos aquí una gran enseñanza. Ningún cambio de circunstancias puede privar a los ojos de la fe de la dignidad de que está revestido el pueblo de Dios. Este pueblo puede ser rebajado al juicio del hombre, como era el caso de Israel en esta ocasión, pero la fe jamás puede perder de vista lo que Dios le comunicó; y esta es la razón por la cual David, al ver a sus pobres hermanos desfalleciendo a los ojos de su temible enemigo, los reconoce sin embargo como aquellos con los que el Dios viviente estaba identificado y, por consiguiente, como aquellos que no debían ser desafiados por un filisteo incircunciso. Cuando la fe está en ejercicio, pone al alma en relación directa con la gracia y la fidelidad de Dios, y con Sus propósitos para con su pueblo. Es verdad que Israel, por su infidelidad, había atraído sobre sí toda esta dolorosa humillación; no era según el Señor que se desalentara frente a un enemigo; era el resultado de sus propios actos, y es también lo que la fe comprende y reconoce siempre. Pero para la fe permanece aún la pregunta: «¿Quién es este filisteo incircunciso?». No es el ejército de Saúl el que ocupa las miradas del hombre de fe. No; son los escuadrones del Dios viviente: un ejército bajo el mando del mismo Jefe que había conducido sus ejércitos a través del mar Rojo, a través de aquel «desierto grande y espantoso», y que, finalmente, los había hecho pasar el Jordán para entrar en Canaán. Eso era lo que veía la fe, lo único que podía satisfacerla.

Pero ¡qué poco son comprendidos y apreciados los juicios y las acciones de la fe, cuando el estado espiritual de las almas es bajo entre el pueblo de Dios! Lo vemos en cada página de la historia de Israel y, podemos decirlo, en cada página de la historia de la Iglesia. La senda de una fe simple e infantil está totalmente fuera del alcance de la vista humana, y si los siervos del Señor llegan a caer en un estado carnal, si el nivel de sus pensamientos desciende, no pueden comprender más el principio de poder que se encuentra en el alma de aquel que realmente actúa por la fe, y este seguirá siendo incomprendido de diversas maneras; le serán atribuidos malos motivos, será acusado de ponerse adelante o de actuar según su propia voluntad, de manera independiente. Es lo que debe esperar aquel que «se pone en la brecha» (*), en un tiempo de decadencia espiritual general. En medio de la falta de fe de la mayoría, el hombre de fe queda solo, y, cuando es conducido a actuar de parte de Dios, puede estar seguro de que sus actos serán mal interpretados.

(*) N. del T.: En Ezequiel 22:30 leemos: «Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé». La alusión es a una grieta o brecha en el muro que rodeaba la ciudad, levantado para protegerla de los ataques del enemigo. Los muros nunca debían tener brechas; su existencia es una señal del descuido y de la baja condición espiritual del pueblo y su vulnerabilidad frente a los ataques del enemigo. En Ezequiel 13:5 se reprende al pueblo por no haber subido a las brechas (compárese Is. 22:9). En esta condición de decadencia general, el hombre de fe debía ir y «ponerse en la brecha».

Esto fue precisamente lo que ocurrió con David. No solamente fue dejado solo en el momento de la dificultad, sino que tuvo que sufrir los reproches y los sarcasmos de la carne que salen de la boca de Eliab, su hermano mayor. «Y oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido» (1 Sam. 17:28). Tal fue el juicio que Eliab pronunció sobre David y sus actos. «David respondió: ¿Qué he hecho yo ahora? ¿No es esto mero hablar?» (v. 29). David fue impulsado por una energía totalmente desconocida para Eliab, y no se preocupaba por defender su conducta delante de su altivo hermano. ¿Por qué Eliab no había actuado en defensa de sus hermanos, el pueblo de Israel? ¿Por qué Abinadab y Sama no lo habían hecho? Porque les faltaba fe; esta era la sencilla razón. No solo estos tres hombres estaban sin fuerza, sino que toda la congregación estaba sobrecogida de terror en presencia del enemigo, y ahora que aparece en la escena aquel por el cual Dios iba a actuar de manera maravillosa, nadie lo comprende.

«Y dijo David a Saúl: No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo» (1 Sam. 17:32). Tal es la fe. Ninguna dificultad la intimida; nada la puede detener. ¿Qué era el filisteo para David? ¡Nada! Su prodigiosa estatura, su formidable armadura, no eran sino meras circunstancias, y la fe jamás mira las circunstancias; mira directamente a Dios. Si el alma de David no hubiera estado llena de energía por la fe, jamás habría podido decir estas palabras: «Tu siervo irá»; porque, oigamos las palabras de aquel que tendría que haber sido el primero en enfrentar al terrible enemigo de Israel: «Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él» (v. 33). ¡Qué lenguaje para un rey de Israel!

¡Qué contraste entre el hombre simplemente revestido de un cargo y el hombre que actúa en el poder de la fe! Seguramente, Saúl habría debido tomar la iniciativa de defender el rebaño confiado a sus cuidados. Pero Saúl no se preocupaba por Israel, a menos que Israel se relacionara con su persona, y por eso podemos afirmar que exponer su vida para defender al pueblo, era algo que jamás habría tenido cabida en su corazón egoísta. Y no solamente no podía ni quería actuar él mismo, sino que habría querido paralizar las energías de aquel que manifestaba los frutos del principio divino implantado en él, y que demostraría ser absolutamente capaz de cumplir la tan elevada función que el propósito de Dios le había asignado y para la cual había sido ungido.

«No podrás tú». Era verdad; pero Jehová era capaz, y David se apoyaba simplemente en la fuerza de Su brazo. Su fe echaba mano del poder de Aquel que apareció a Josué bajo los muros de Jericó, con una espada desenvainada en su mano, el «Príncipe del ejército de Jehová» (Josué 5:13-14). David sentía que Israel no había dejado de ser el ejército de Jehová, por más decaído que estuviere si se lo compara con lo que era en los días de Josué. Sí, Israel todavía era el ejército de Jehová, y la batalla también era la batalla de Jehová de la misma forma que lo era cuando el sol y la luna fueron detenidos en su curso, a fin de que Josué pudiese ejecutar el juicio de Dios sobre los cananeos (Josué 10). La simple fe en Dios es lo que sostenía el espíritu de David, aunque Eliab lo acusara de orgullo y Saúl hablara de su incapacidad.

Querido lector, nada da más energía y poder para perseverar, que la conciencia de que se actúa para Dios y de que Dios actúa con nosotros. Esto quita todo obstáculo, eleva el alma por encima de toda influencia humana, y la introduce en la región de la omnipotencia. Tengamos solamente la plena seguridad de que estamos del lado del Señor y de que su mano actúa con nosotros, y nada podrá hacernos salir de la senda del servicio y del testimonio, adondequiera que nos conduzca: «Todo lo puedo», dice el apóstol, «en aquel que me fortalece» (Fil. 4:13); y también: «Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo» (2 Cor. 12:9).

El más débil de los santos lo puede todo por Cristo; pero si el ojo de la carne se fija en este débil santo, puede parecer presuntuoso hablar de poder hacerlo todo. Por eso, cuando Saúl mira a David y lo compara con Goliat, juzga sanamente cuando dice: «No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud» (1 Sam. 17:33). Es una comparación entre la carne y la carne, y, bajo esta perspectiva, es totalmente justa. Si se compara a un joven con un gigante, toda la ventaja está del lado de este último; pero Saúl habría debido comparar la fuerza de Goliat con la del «Dios de los escuadrones de Israel». Es lo que hace David. «David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y lo mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente» (cap. 17:34-36). Tal era el argumento de la fe. La mano que había liberado a David de una dificultad, lo liberaría de otra. No hay ningún «si» en todo esto. David no esperaba ninguna señal; simplemente dice: «Tu siervo irá». David había sentido el poder de la presencia de Dios con él en el secreto, antes de presentarse en público como siervo de Dios y de Israel. Él no se había jactado de su triunfo sobre el león y el oso. Nadie parece haber oído de esto antes; y él, sin duda, jamás habría hablado de eso tampoco, de no haber sido con el expreso propósito de mostrar sobre qué base sólida reposaba su confianza en cuanto a la gran obra que iba a emprender. Quería mostrar claramente que no daba ese paso en su propia fuerza. Así ocurrió con Pablo cuando fue arrebatado al tercer cielo. Durante catorce años, este secreto había permanecido sepultado en el corazón del apóstol, y jamás lo habría divulgado, si no fuera porque los razonamientos carnales de los corintios lo habían obligado a ello.

Estos dos ejemplos están llenos de instrucción práctica para nosotros. La inmensa mayoría de nosotros, somos demasiado propensos a hablar de nuestros pobres hechos o, por lo menos, a pensar en ellos. La carne tiene una fuerte tendencia a vanagloriarse en todo lo que exalta al yo; y si el Señor, a pesar de lo que somos, ha realizado algún pequeño servicio por nuestro medio, ¡cuánto estamos dispuestos a comunicarlo a los demás, en un espíritu de orgullo y autocomplacencia! Es bueno y conveniente hablar de la gracia del Señor, y tener el corazón lleno de gratitud y alabanzas, porque esta gracia se dignó servirse de nosotros; pero esto es muy diferente de la jactancia respecto de cosas que se relacionan con uno.

David guardaba en su corazón el secreto de su triunfo sobre el león y el oso, hasta el momento en que se presentó la ocasión adecuada para hablar de ello; incluso entonces, no habla de sí mismo como de aquel que realizó la hazaña, sino que simplemente dice: «Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo» (v. 37). ¡Preciosa fe que cuenta con Dios para todo y que no confía para nada en la carne!; ¡que introduce a Dios en cada dificultad, y nos conduce, con un corazón lleno de gratitud, a ocultar el yo y a dar al Señor toda gloria! ¡Ojalá que nuestras almas puedan conocerla más!

Pero a menudo hace falta mucha espiritualidad para descubrir la profunda diferencia que existe entre el lenguaje de la fe y el lenguaje de las frases repetidas y las expresiones formularias de la mera religiosidad. Saúl asume la vestimenta y la fraseología de la religiosidad; pudimos verlo más de una vez en su historia, y lo volvemos a ver en su entrevista con David. La religiosidad y la fe son vistas aquí en marcado contraste. Cuando David declaró su fe de forma clara e inequívoca en la presencia y el poder de Jehová, Saúl añadió: «Ve, y Jehová esté contigo» (v. 37). Pero ¡qué poco comprendía lo que implicaba el hecho de tener a Jehová consigo! Parecía confiar en Jehová, pero, en realidad, confiaba en su armadura. Si hubiese comprendido bien el alcance de sus palabras, ¿cómo habría pensado en vestir a David con su armadura? «Jehová esté contigo», era, en boca de Saúl, una mera expresión de uso común y formularia. De hecho, esto no significaba nada, porque no tenía la más remota idea de lo que era para David ir simplemente con el Señor.

Es bueno detenernos un momento a considerar, y señalar claramente, el mal que hay en el hecho de emplear palabras que, en lo que se refiere a nosotros, no significan nada, pero que, en el fondo, toman el nombre y la verdad del Señor con ligereza. Cuán a menudo hablamos de confiar en el Señor cuando, en realidad, nos apoyamos en alguna circunstancia o en un conjunto de circunstancias. Cuán a menudo hablamos de vivir día a día en la simple dependencia de Dios, cuando, si juzgáramos delante de él la verdadera condición de nuestras almas, encontraríamos que en realidad íbamos en busca de recursos humanos o terrenales. Se trata de un serio mal, contra el cual debemos guardarnos muy cuidadosamente. Es justamente lo que manifestó Saúl, cuando, habiendo hecho uso de la aparentemente piadosa expresión: «Jehová esté contigo», comenzó a vestir «a David con sus ropas, y puso sobre su cabeza un casco de bronce, y le armó de coraza» (v. 38). No tenía idea de que David combatiría de una manera diferente de la habitual. Sin duda, hacía profesión de que era en el nombre de Jehová, pero pensaba que David debía emplear medios ordinarios. Sucede a menudo que, al hablar de emplear medios, en realidad uno excluye totalmente a Dios. Profesamos emplear medios en la dependencia de Dios cuando, en realidad, solo empleamos el nombre de Dios mientras dependemos de los medios. Esto, prácticamente, y según el juicio de la fe, es hacer un Dios de los medios. ¿Qué es sino idolatría? ¿En qué tenía más confianza Saúl? ¿En Jehová, o en su armadura? En su armadura evidentemente; y lo mismo se puede decir de todos aquellos que no marchan verdaderamente por la fe: ellos se apoyan en los medios, y no en Dios.

Notemos qué sorprendente relación tiene todo esto con el título de este artículo La vida de la fe, el cual es puesto de relieve por la interesante escena que estamos considerando. En ella, vemos al hombre de fe y al hombre que recurre a los medios, y podemos ver hasta qué punto el primero hace uso de los medios. Sin duda, podemos servirnos de los medios, pero es necesario que estén en perfecta armonía con la actividad de la fe y con la intachable gloria del Dios de toda gracia y poder. Pues bien, David siente que la armadura de Saúl y su cota de malla no son medios que la fe pueda emplear y, por tanto, rehúsa utilizarlos. Si se hubiera servido de ellos, la victoria no habría sido tan manifiestamente del Señor, y David había profesado su fe en el poder de Jehová para librar al pueblo, y no en la armadura humana. Es cierto que debemos emplear medios, pero tengamos cuidado de que no excluyan a Dios. La fe espera en Dios, deja que él se sirva de los medios que quiera, y no le pide bendecir aquellos medios que escogeríamos nosotros.

«Y ciñó David su espada sobre sus vestidos, y probó a andar, porque nunca había hecho la prueba. Y dijo David a Saúl: Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué. Y David echó de sí aquellas cosas» (v. 39). ¡Feliz liberación de las trabas humanas! Se ha hecho observar con razón que la prueba de David no fue su encuentro y su combate con el gigante, sino la tentativa de vestirlo con las armas de Saúl. Si el enemigo hubiese tenido éxito en persuadirlo de ir a combatir con esta armadura, todo habría estado perdido; pero, por la gracia, la rechazó y se entregó así enteramente a las manos de Jehová. Sabemos qué seguridad encontró allí. Así es como la fe actúa siempre; ella deja todo en manos de Dios. No se trata de Jehová y de la armadura de Saúl, sino de Jehová solo (*).

(*) N. del Ed.: Cuán a menudo ocurre que un hijo de Dios o un siervo de Cristo que emplea técnicas humanas para su obra, encuentra en ellas dificultades y estorbos para su obediencia y su fe. Que se deshaga de ellas por la gracia, y el alma, arrojada sobre Dios, hallará de inmediato el gozo y la libertad para el servicio y la energía de la fe.

¿No podemos aplicar esto al caso de un pobre pecador perdido y sin fuerza, y que tiene necesidad de que sus pecados le sean perdonados? Satanás se esforzará por inducirlo a procurar añadir algo a la obra de Cristo con vistas a este perdón; algo que disminuya la gloria del Hijo de Dios como único Salvador de los pecadores. Querría decirle a tal alma: si usted añade lo que sea a la obra de Cristo, hará que no sea de ningún provecho. Si se hubiese permitido añadir algo, ciertamente habría sido la circuncisión, puesto que era de institución divina, y, sin embargo, el apóstol dijo: «Os digo yo, Pablo: si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. Y de nuevo declaro a todo hombre circuncidado, que está obligado a cumplir toda la ley. Os habéis separado de Cristo, todos vosotros que os justificáis por la ley; habéis caído de la gracia» (Gál. 5:2-4). Así pues, Cristo solo es todo lo que nos hace falta; no Cristo y nuestras obras, sino simplemente Cristo, porque él es plenamente suficiente. No necesitamos nada más; y nada menos podría bastarnos. Deshonramos la suficiencia de su obra expiatoria, cuando procuramos relacionar con ella algo que sea de nosotros, así como David habría deshonrado a Jehová si hubiese ido a enfrentar al guerrero filisteo vestido con la armadura de Saúl. Sin duda, los hombres prudentes del mundo no podían sino condenar en él lo que les parecía la temeridad y la precipitación de la juventud; de hecho, cuanto más versado era un hombre en la práctica de la guerra, más debía considerar una locura la conducta del hombre de fe. Pero ¿qué importaban estos juicios? David sabía a quién había creído; sabía que no era imprudencia lo que lo hacía actuar, sino su fe en la voluntad y el poder de Dios para ayudarlo en el momento de la necesidad. En todo el ejército de Saúl, ninguno conocía la debilidad de David más de lo que él mismo la sentía en ese momento crítico. Aunque los ojos de todos estaban fijos en él, como alguien que tenía mucha confianza en sí mismo, nosotros, no obstante, sabemos lo que sostenía su corazón y afirmaba sus pasos, mientras iba al encuentro de su temible enemigo. Sabemos que el poder de Dios estaba allí de una manera tan manifiesta como el día en que las aguas del mar fueron divididas, a fin de dar paso a los redimidos; y cuando la fe introduce el poder de Dios, nada puede, ni por un momento, interponerse en su camino.

El versículo 40 nos muestra la armadura de David. «Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo». Vemos, pues, que David emplea medios, pero ¡qué medios! ¡Qué menosprecio no arrojó sobre la poderosa armadura del filisteo! ¡Qué contraste entre su honda y la lanza del gigante, cuya asta era como el rodillo de un telar! ¡David no podía infligir herida más profunda al orgullo del filisteo que viniendo contra él con tales armas! Era decir lo poco que tenía en cuenta todo su equipamiento guerrero. Goliat lo sintió: «¿Soy yo perro?», dice (v. 43). Era poco importante, para el juicio de la fe, lo que era, un perro o un gigante; era un enemigo del pueblo de Dios, y David iba a enfrentarlo vestido con las armas de la fe. «Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano… y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos» (v. 45-47). Vemos aquí cuál es el verdadero objeto del hombre de fe, a saber, que Israel y toda la tierra puedan tener un glorioso testimonio del poder de Dios y de Su presencia en medio de su pueblo. Nunca lo habrían tenido si David hubiese utilizado la armadura de Saúl. No habrían sabido que «Jehová no salva con espada y con lanza» si David la hubiera empleado; su combate habría sido similar a cualquier otro, pero la honda y la piedra, si bien daban poca prominencia al que las usaba, daban toda la gloria a Aquel de quien provenía la victoria. (*)

(*) Es interesante observar que, en las palabras que David dirigió a Goliat, no dice: “Yo vengo a ti con honda y piedra”, sino: «Yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos». Para David, los medios no son nada, Dios es todo.

La fe honra siempre a Dios, y Dios honra siempre a la fe. David, como ya ha sido observado, se puso en las manos de Dios, y el feliz resultado es una plena y gloriosa victoria. «Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al filisteo y lo mató, sin tener David espada en su mano» (v. 50). ¡Qué magnífico triunfo! ¡Precioso fruto de una fe simple en Dios! ¡Cómo debería animar nuestros corazones a echar de nosotros toda confianza carnal y a aferrarnos a la única fuente verdadera de poder! David se convirtió en el instrumento de la liberación de sus hermanos. Los sarcasmos y las amenazas del filisteo incircunciso llegaron a su fin. El joven pastor, ignorado y despreciado, aunque siendo el rey ungido de Israel, vino del fondo de su retiro y se hizo presente en medio de los suyos; se enfrentó solo contra el enemigo de su pueblo; lo derribó e hizo de él un espectáculo a los ojos de todos; y todo esto, notémoslo bien, lo hizo como siervo de Dios y de Israel, y por la energía de una fe que las circunstancias no podían sacudir. ¡Maravillosa liberación operada por un solo golpe, sin maniobras militares, sin la destreza de los generales, sin que los soldados hayan realizado ninguna hazaña! Una piedra tomada del arroyo y lanzada por la mano de un pastor, bastó para tumbar en el polvo al hombre fuerte de los filisteos. Fue la victoria de la fe. «Cuando los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron» (v. 51). ¡Qué vana es la esperanza fundada en los perecederos recursos de la carne, hasta cuando parecen llenos de fuerza y energía! Los que veían al gigante y al muchacho entablar el combate, no podían sino temblar por el último. ¿Quién habría pensado que esta maciza armadura que cubría a Goliat no sería más que paja ante una honda y una piedra? Y, sin embargo, el paladín de los filisteos cae y, con él, todas las esperanzas que los filisteos abrigaban. «Levantándose luego los de Israel y los de Judá, gritaron, y siguieron a los filisteos hasta llegar al valle, y hasta las puertas de Ecrón» (v. 52). Podían, en efecto, dar gritos de júbilo, porque Dios había actuado manifiestamente en su favor, para liberarlos del poder de sus enemigos. Había obrado con poder por la mano de uno al que no conocían, ni reconocían como el rey ungido sobre ellos, pero cuya gracia moral era capaz de atraer todos los corazones.

Pero, entre los millares de israelitas que habían contemplado la victoria obtenida sobre el filisteo, se encontraba uno cuya alma entera se vio cautivada de un ardiente afecto por el vencedor. El más irreflexivo no podía menos que quedar impresionado y admirado ante semejante hazaña; todos los presentes, sin duda, se vieron afectados, en distintos grados y de diferente manera. Podemos decir, en cierto sentido, que fueron «revelados los pensamientos de muchos corazones» (Lucas 2:35). En algunos, puede que prevaleciera la envidia, en otros la admiración; unos se detenían en la victoria, y otros en el instrumento del que Dios se había servido, mientras que, en otros, el corazón se elevaba lleno de reconocimiento hacia «el Dios de los escuadrones de Israel», que había venido de nuevo en medio de su pueblo con la «espada desenvainada en su mano» (véase Josué 5:13), contra sus enemigos. Pero había, entre todos ellos, un corazón devoto, que fue poderosamente atraído por la persona del vencedor: era Jonatán. «Aconteció que cuando él hubo acabado de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo» (1 Sam. 18:1).

Jonatán se unía, sin duda, a la alegría general producida por el triunfo de David; pero experimentaba más que esto. No era meramente la victoria obtenida lo que atraía los profundos y ardientes afectos de su alma, sino la persona del vencedor. Saúl mismo, movido por un interés personal, podía desear guardar al valiente David cerca de él, no por afecto, sino simplemente para vanagloriarse. Jonatán, por el contrario, amaba realmente a David, y no sin razón. David había llenado un gran vacío en su corazón, y había quitado un gran peso de su alma. Una gran necesidad había sido sentida. El desafío del gigante, que cada día repetía sin hallar respuesta, había puesto de manifiesto la extrema pobreza de Israel. El ojo, recorriendo todas las filas del ejército, había buscado en vano a alguien que diera un paso al frente para responder al orgulloso filisteo. No había nadie. Cuando las altivas palabras de Goliat se hacían oír, «todos los varones de Israel que veían aquel hombre huían de su presencia, y tenían gran temor». «Todos» ellos, sí, todos huían cuando oían la voz y veían la prodigiosa estatura de este temible enemigo. La necesidad de una liberación era extrema, y no había nada para responder a ello. Así pues, cuando aparece el hombre que abate el orgullo del enemigo y salva a Israel, ¿ha de sorprendernos el hecho de que el alma de Jonatán se ligue a él con un afecto puro y sincero? Y cabe recordar que es David mismo, y no su obra, lo que toca el corazón de Jonatán. Admiraba la victoria que obtuvo, sin duda; pero mucho más aún al vencedor. Si es interesante observar esto, ¡cuán precioso es para nosotros hacer la aplicación al verdadero David, a Aquel de quien el pastor de Belén era un sorprendente tipo!

No cabe duda de que la escena entera es la imagen de una liberación infinitamente más grande. En Goliat, vemos el poder por el cual el enemigo mantenía cautivas a las almas, poder del cual ningún medio humano podía liberar. El enemigo podía seguir viniendo en actitud de reto día a día, año tras año, sin que nadie fuese capaz de responderle. De generación en generación, podía oírse la solemne sentencia contra la posteridad caída del Adán pecador: «Está reservado a los hombres morir una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebr. 9:27), y, al igual que Israel en el valle de Ela, la única respuesta del hombre frente a esta sentencia era el más aterrador espanto. «Por temor a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda su vida» (Hebr. 2:14). Había una profunda necesidad sentida e insatisfecha, un enorme vacío imposible de llenar. El corazón del hombre suspiraba ardientemente por algo, pero en vano. Los derechos de la justicia divina no fueron satisfechos, ni podían serlo; la muerte y el juicio fruncían el ceño a la distancia y, ante esta perspectiva, el hombre solo podía temblar. Pero, bendito sea el Dios de toda gracia, un Liberador apareció, el único que podía salvar: el Hijo de Dios, el verdadero David, el Rey ungido de Israel y de toda la tierra. Respondió a las necesidades, llenó el vacío y satisfizo plenamente los ardientes deseos del corazón. Pero ¿dónde, cómo y cuándo?: En el Calvario, por su muerte, en esa hora terrible cuando toda la creación sintió la solemne realidad de lo que se llevaba a cabo. La cruz fue el campo donde la batalla fue librada y la victoria obtenida. Allí, el hombre fuerte fue despojado de todas sus armas, y su casa saqueada. Allí, todos los derechos de la justicia fueron plenamente satisfechos, y «el acta escrita contra nosotros, la suprimió» (Col. 2:14), fue quitada y clavada en la cruz. Allí también, por la sangre del Cordero, las maldiciones de una ley violada fueron borradas para siempre, y los gritos de una conciencia culpable, apaciguados para siempre.

«La sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pe. 1:19), arregló todo para el alma creyente. El pobre pecador tembloroso puede contemplar la lucha y su glorioso resultado. Puede ver todo el poder del enemigo quebrantado con un solo golpe del todopoderoso Liberador, y sentir, por ese mismo golpe, su alma liberada de toda carga. La corriente de la paz y el gozo divinos puede fluir en su corazón, y puede seguir su camino en el pleno poder de la liberación adquirida para él por la sangre de Cristo, y proclamada en el Evangelio.

Y uno que es el objeto de tal liberación, ¿no amará a la Persona misma del Liberador? ¡Ah!, ¿cómo podría ser de otro modo?

¿Puede alguien que ha sentido la verdadera profundidad de su miseria, y gemido bajo la insoportable carga de sus pecados, dejar de amar a Aquel que satisfizo lo primero y quitó lo último? La obra de Jesús es ciertamente excelente, perfecta e infinitamente preciosa; ningún pensamiento humano podría sondear su extensión y valor. Es más, es Su obra la que, en realidad, satisface las necesidades del pecador, e introduce al alma en una posición en la cual puede contemplar su Persona, apreciarle y gozarse en ella. En una palabra, la obra del Salvador –lo que hizo y adquirió–, es para el pecador; la Persona de Cristo –lo que él es–, es para el santo.

Pero observemos bien esto. Podemos desarrollar con mucha exactitud la obra de Cristo para el pecador, y tener, a la vez, el corazón frío, los afectos apagados y los sentimientos muy poco desarrollados con respecto a su Persona. En el capítulo 6 del evangelio de Juan, vemos a una multitud de personas que siguen a Jesús por motivos puramente personales, de modo que se ve obligado a decirles: «En verdad, en verdad os digo: Me buscáis, no porque visteis los milagros, sino porque comisteis de los panes, y os saciasteis» (v. 26). Lo habían buscado, no por lo que era, sino por lo que tenía. Por eso, cuando les presenta esta declaración: «A menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (v. 53), vemos que «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban más con él» (v. 66). Entonces, comer su carne y beber su sangre, es, en otros términos, el alma que encuentra su alimento, su satisfacción, en la ofrenda de Sí mismo en sacrificio por nosotros.

Todo el evangelio de Juan es el desarrollo de la gloria personal de la Palabra o el Verbo hecho carne, quien se nos presenta como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pero el corazón natural no podía recibirlo como tal, y por eso «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban más con él». La mayoría de los discípulos no podía soportar que se les insistiera acerca de esta verdad; pero escuchemos el testimonio de uno que fue enseñado por Dios: «Le respondió Simón Pedro: Señor ¿a quién iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Juan 6:68-69).

Tenemos dos cosas en estas palabras del apóstol: primero, lo que Cristo tenía para ellos: la vida eterna que daba; y, en segundo lugar, lo que era para ellos, esto es, el Santo de Dios. Mediante lo primero, el pecador es atraído a Él, y mediante lo segundo, el santo es ligado a su Persona. No solo satisface por su obra todas las necesidades de nuestras almas, como pecadores, sino que, por su Persona, también satisface todos nuestros afectos y deseos, como santos.

Esta sucesión de pensamientos es claramente sugerida por la tan interesante y conmovedora entrevista entre David y Jonatán, una vez finalizado el combate. Los millares de Israel y de Judá, con gritos de triunfo, habían perseguido a los filisteos y recogido los frutos de la victoria, mientras que Jonatán se ligaba a la persona del vencedor. «Y Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte» (1 Sam. 18:4). Esto era amor, un amor puro y simple, sin afectación, ocupado únicamente con el objeto querido. El amor se despoja de todo por la persona amada. David se había olvidado de sí mismo y había expuesto su vida por Dios y su pueblo, y ahora Jonatán se olvida de sí mismo por David.

Recordemos, querido lector, que el amor por Jesús es el resorte del verdadero cristianismo. El amor por Jesús hace que nos despojemos de nosotros mismos, y podemos decir que despojar el yo, para honrar a Jesús, es el más bello fruto de la operación de Dios en el alma. Como lo expresó el poeta:

 

¿Hablan ellos de moral?

Oh, Tú, Cordero sangrante,

Amarte a ti, es la mejor acción moral.

Muy diferentes eran los sentimientos de Saúl con respecto a la persona de David y a la hazaña que había llevado a cabo. Él no había aprendido a olvidarse de sí mismo y a regocijarse de ver la obra hecha por otro. Solo la obra de la gracia es capaz de producir esto. Todos nosotros naturalmente quisiéramos ser algo o hacer algo para ser admirados o tenidos en estima. Tal era Saúl; importante a sus propios ojos, no podía soportar oír a las mujeres de Israel cantar: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles» (1 Sam. 18:7). No podía tolerar la idea de ser el segundo. Olvidaba que él, como otros, había temblado ante la voz de Goliat, y, ahora, después de haber mostrado su cobardía, quería ser contado como luchador y valiente. «Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David» (1 Sam. 18:9). ¡Terrible mirada! Era la mirada de la envidia y de los «celos amargos» (*).

(*) Hacen falta un corazón muy recto y un ojo muy simple para regocijarse sinceramente en los frutos del trabajo de otro, así como en el trabajo de nuestras propias manos. Si la gloria de Dios y el bien de su pueblo hubiesen sido el único objeto que llenaba el corazón de Saúl, no se habría ocupado un solo momento en saber cuántos millares se le habían atribuido a él o a David. Pero él buscaba su propia gloria. Allí radicaba el secreto de su envidia y sus celos. ¡Qué santo reposo, qué verdadera elevación, qué perfecta tranquilidad de espíritu emanan de un sincero renunciamiento de uno mismo, de un renunciamiento que resulta de tener el corazón totalmente ocupado con Cristo! Si verdaderamente buscamos la gloria del Señor, no nos preocuparemos del instrumento, más allá de que seamos nosotros o cualquier otro.

A medida que avancemos, tendremos la oportunidad de ver el desarrollo del amor de Jonatán y del odio de Saúl. Ahora debemos seguir al hombre de fe a través de otras escenas.

13 - 1 Samuel 22 – La cueva de Adulam

Del glorioso campo de batalla del valle de Ela, David pasó a través de escenas muy diferentes en la casa de Saúl. Allí solo encontró miradas envidiosas y atentados contra su vida, en respuesta a los dulces acordes de su arpa y a sus valientes hazañas. Saúl debía la conservación de su trono a Dios y después a David y, no obstante, un par de veces quiso perforarlo con su jabalina (1 Sam. 18:8-11). Pero Jehová, en su misericordia, guardó a su querido siervo en medio de todos los obstáculos de una posición extremadamente difícil. «David se conducía prudentemente en todos sus asuntos, y Jehová estaba con él. Y viendo Saúl que se portaba tan prudentemente, tenía temor de él. Mas todo Israel y Judá amaba a David, porque él salía y entraba delante de ellos» (1 Sam. 18:14-16).

Así pues, David, ungido rey de Israel, era llamado a soportar el odio y el oprobio de parte del poder reinante, aunque era amado por aquellos que sabían apreciar su valor moral. Era imposible que Saúl y David siguiesen estando juntos. Sus principios eran totalmente diferentes: una separación debía, pues, tener lugar. David sabía que había sido ungido para ser rey, pero, mientras Saúl ocupaba el trono, estaba contento de esperar, en mansedumbre, el tiempo fijado por Dios, cuando todo lo que era verdad de él en principio sería cumplido. Hasta ese momento, el Espíritu de Cristo lo condujo a tomar su lugar como exiliado. La senda del exilado, del peregrino y del extranjero, del viajero sin hogar, estaba delante del rey de Israel, y entró en ella de inmediato. Su camino para llegar al trono debía pasar por muchos dolores y dificultades.

Como su divina realidad (Cristo), debía sufrir primero, antes de llegar a la gloria. David habría servido a Saúl hasta el final; lo honraba como el ungido de Jehová. Si un simple movimiento de su dedo lo hubiese colocado sobre el trono, no habría sacado provecho de eso. Lo sabemos con certeza, por el hecho de que dos veces perdonó la vida de Saúl, cuando todo indica claramente que Jehová la había entregado en sus manos (1 Sam. 24 y 26). Pero David esperaba simplemente en Dios. En esta entera dependencia estaban su fuerza y su grandeza. Podía decir: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza» (Sal. 62:5). Y por eso pasó felizmente a través de todas las trampas y peligros de su servicio en la casa y el ejército de Saúl. El Señor lo libró de toda obra mala, y lo preservó para el reino que le había preparado y que quería darle, después que haya «padecido un poco de tiempo» (véase 1 Pe. 5:10).

David, por decirlo así, había salido por un momento del lugar oculto donde había sido ejercitado y formado en secreto, para aparecer en el campo de batalla, y, habiendo cumplido allí su obra, fue llamado a tomar de nuevo su primer lugar para aprender allí algunas lecciones más profundas en la escuela de Cristo.

Las lecciones del Señor son a menudo difíciles y penosas, a causa de la obstinación y la indolencia de nuestros corazones; pero toda nueva lección aprendida, todo nuevo principio asimilado por nuestra alma, nos hace más aptos para cumplir todo lo que está puesto delante de nosotros. Es verdaderamente precioso ser discípulos de Cristo y someternos a la disciplina y a la educación de su gracia. El fin nos mostrará el precio de este lugar de sumisión; pero no necesitamos esperar el fin: ahora mismo, el alma encontrará su mayor felicidad en el hecho de estar sometida, en todas las cosas, al divino Amo: «¡Venid a mí», dice, «todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os daré descanso! Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí; porque soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave, y ligera mi carga» (Mat. 11:28-30). La Escritura nos habla de tres descansos. En primer lugar, hay un descanso que, como pecadores, encontramos en la obra perfecta de Cristo cumplida en la cruz; en segundo lugar, el descanso presente del que, como santos, gozamos al estar enteramente sometidos a la voluntad de Dios, este descanso se opone a la inquietud del alma. Y, por último, está el descanso que queda «para el pueblo de Dios» (Hebr. 4:9).

David conocía mucho este segundo descanso, al haber estado enteramente sometido al consejo y a la voluntad de Dios, con respecto al reino. Estaba dispuesto a esperar el momento de Dios, plenamente seguro de que era el mejor. Podía decir, como dice el himno:

En tu mano están mis tiempos;

Dios mío, mi corazón desea que allí estén.

Esta sumisión es verdaderamente de lo más deseable. Nos salva de mucha ansiedad e inquietud. Cuando uno sigue su camino con la plena y habitual convicción de que «todas las cosas cooperan juntas para el bien» (Rom. 8:28), el espíritu ¿no está maravillosamente tranquilo? No pasaremos nuestro tiempo en proyectos vanos, si creemos que Dios tiene sus designios de amor para nosotros; estaremos felices de dejar todas las cosas en sus manos. Pero, lamentablemente, ¡cuán a menudo actuamos del modo contrario! ¡Cuán a menudo nos imaginamos vanamente que sabemos hacer mejor las cosas que el Dios soberanamente sabio! No lo decimos explícitamente, pero nuestros sentimientos y nuestros actos lo declaran.

¡Que el Señor nos conceda un espíritu más sumiso y más confiado! La supremacía de la voluntad de Dios sobre la de la criatura, caracterizará la edad milenaria, pero el santo es llamado ahora a dejar que la voluntad de Dios lo gobierne en todas las cosas. Esta sumisión de espíritu es lo que condujo a David a ceder en lo que toca al reino, y a tomar su lugar en la solitaria cueva de Adulam. Deja a Saúl el reino, y sus propios destinos en las manos de Dios, seguro de que todo irá bien. Y, ¡oh, qué felicidad para él encontrarse fuera de la malsana atmósfera de la casa de Saúl, y lejos del envidioso ojo del rey! Al margen de lo que pudiera parecer a los ojos de los hombres, respiraba más libremente en la cueva que en el entorno familiar de Saúl. Siempre es así: el lugar de separación es el más libre y feliz. El Espíritu de Jehová se había apartado de Saúl, y esta era para la fe una razón para separarse de su persona, permaneciendo al mismo tiempo totalmente sometido a su poder como rey de Israel. Una mente inteligente no encontrará ninguna dificultad en hacer la distinción entre estas dos cosas. La separación y la sumisión deben ser ambas completas (*).

(*) El Nuevo Testamento enseña al cristiano a someterse a las autoridades establecidas; pero jamás contempla la posibilidad de que el cristiano ocupe una posición de autoridad en el gobierno. Esta es la razón por la cual no contiene directivas para un rey o un magistrado cristiano, si bien hay amplias instrucciones para todas las demás relaciones: esposos, padres e hijos, amos y siervos cristianos. Esto es muy significativo.

Pero no debemos considerar a Saúl solamente desde un punto de vista secular; debemos también considerarlo en relación con su carácter religioso y con su capacidad oficial, y, bajo esta relación, una clara y decidida separación era una necesidad tanto más imperiosa. Saúl había manifestado constantemente el deseo de gobernar las conciencias en materia religiosa; prueba de ello es la escena del capítulo 14, donde vimos la energía espiritual sofocada y restringida por los reglamentos religiosos de Saúl. Ahora bien, cuando el hombre establece reglamentos y normas de esa naturaleza, no hay otra alternativa que la separación. Cuando prevalece la forma de la piedad sin la fuerza, el mandato solemne del Espíritu Santo es: «De estos apártate» (2 Tim. 3:5). La fe nunca se detiene para preguntar: “¿Hacia qué pues me volveré?” La palabra es: «Apártate», y podemos tener la plena seguridad de que, si obedecemos esta orden, no se nos dejará sin saber qué hacer en cuanto al resto.

Veremos este principio mucho más claramente, si contemplamos a David desde un punto de vista típico. En realidad, David se vio forzado a tomar este lugar de separación, y así, como rechazado por el hombre y ungido por Dios, vemos en él un tipo de Cristo actualmente rechazado. David, en principio, era el rey escogido por Dios, y, como tal, experimentó la hostilidad del hombre y se vio obligado a exiliarse para evitar la muerte. La cueva de Adulam llegó a ser el gran lugar de reunión para todos los que amaban a David y estaban cansados del gobierno injusto de Saúl. Mientras David permaneció en la casa del rey, no hubo ninguna razón ni ningún llamado para que nadie se separara; pero desde el momento que David fue rechazado y debió tomar su lugar fuera, nadie podía permanecer neutral. La línea de demarcación fue claramente trazada; era David o Saúl. Por eso leemos: «Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam; y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él. Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres» (1 Sam. 22:1-2).

Todos aquellos que amaban las formas, un nombre vano, un cargo sin valor, siguieron aferrados a Saúl; pero todos aquellos a quienes estas cosas no podían satisfacer y que amaban al rey ungido de Dios, se reunieron alrededor de él en el lugar fuerte. El profeta, el sacerdote y el rey estaban allí; los pensamientos y las simpatías de Dios estaban allí, y, aunque la compañía formada allí podía presentar al mundo y a la carne una extraña apariencia, no obstante, todos estaban alrededor de la persona de David y ligados a sus destinos. Era una compañía de personas que, en su condición original, habían caído en el nivel más bajo, pero que, ahora, debían su carácter y su distinción a su cercanía y devoción al amado rey de Dios. Lejos de Saúl y de todo lo que se relacionaba con su poder, podían gozar sin trabas de la dulce comunión con la persona de aquel que, aunque entonces rechazado, estaba próximo a ascender al trono y a empuñar el cetro de la realeza, para gloria de Dios y para alegría de todo su pueblo.

Tenemos en David y sus compañeros menospreciados, una preciosa figura del verdadero David y de aquellos que prefieren estar asociados con él a todas las alegrías, honores y beneficios de esta tierra. ¿Que tenían que ver con Saúl y sus intereses, los que habían escogido estar con David? Absolutamente nada. Habían encontrado un nuevo objeto, un nuevo centro, y gozaban de la comunión con el ungido de Dios.

Su lugar alrededor de la persona de David no dependía de ninguna manera de lo que habían sido, ni se relacionaba con ello en absoluto. No importaba lo que habían sido: ahora eran los siervos de David, y él su jefe. Eso era lo que los caracterizaba. Unieron su suerte a la del exiliado de Dios; sus intereses y los de David eran idénticos. ¡Qué felices estaban de haber escapado del dominio y la influencia de Saúl! ¡Y cuánto más felices todavía de encontrarse en compañía del profeta, del sacerdote y del rey ungido de Dios! Su amargura, su desamparo, sus deudas, todo quedó olvidado en estas nuevas circunstancias. La gracia de David era su porción presente; su gloria, su perspectiva futura.

Así precisamente debiera ser con el cristiano ahora. Todos nosotros, por gracia y bajo las misericordiosas directivas del Padre, hemos encontrado nuestro camino hacia Jesús, el ungido de Dios, rechazado por los hombres y actualmente escondido en Dios. Seguramente todos teníamos nuestros respectivos rasgos de carácter en los días de nuestra culpabilidad e insensatez, descontentos, en la amargura de corazón, o bien en desamparo, todos cargábamos con la pesada deuda de nuestros pecados contra Dios, siendo miserables y desdichados, culpables y arruinados, privados de todo lo que podía atraer los pensamientos y los afectos de Cristo, y, sin embargo, Dios nos condujo a los pies de su querido Hijo; allí encontramos el perdón y la paz por su preciosa sangre. Jesús quitó nuestra amargura y nuestro descontento, alivió nuestras penas, borró nuestra deuda y nos trajo cerca de él. ¿Qué le devolvimos a cambio? ¿Qué le damos a cambio de toda esta gracia? ¿Estamos congregados con el corazón lleno de ardiente afecto, alrededor del Jefe de nuestra salvación? ¿Están nuestros corazones destetados del antiguo estado de cosas, bajo el dominio de Saúl? ¿Vivimos como aquellos que esperamos el momento cuando nuestro David aparecerá en su gloria y se subirá a su trono? ¿Están nuestros afectos fijos en las cosas de arriba? «Si, pues, fuisteis resucitados con Cristo», dice el apóstol, «buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra; porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, quien es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:1-4).

Es de temer en gran manera que tan pocos creyentes realmente entren en la verdadera naturaleza y las consecuencias prácticas de su posición, como asociados a Jesús crucificado y resucitado. Muy pocos realmente comprenden el profundo alcance y significado de las palabras de nuestro Señor: «No son del mundo, como yo no soy del mundo», y del Espíritu Santo: «El que santifica como los que son santificados, son todos de uno» (Juan 17:16; Hebr. 2:11). La medida de la separación del cristiano respecto del mundo, es nada menos que la de Cristo, es decir, el principio de esta. En la práctica, lamentablemente, es otra cosa, pero, en principio, no hay diferencia. Es de una enorme importancia poner hoy en día este principio en práctica. El llamado, la posición y las esperanzas de la Iglesia son cosas poco e insuficientemente comprendidas.

Sin embargo, el más débil creyente en Cristo, está, a los ojos de Dios, tan separado como Jesús mismo de todo lo que pertenece a la tierra. Esta separación no es una cuestión de logros ni algo a lo cual se llega mediante progresos sucesivos, sino una posición real, simple y que subsiste por sí misma. No es un objeto por el cual se lucha, sino un punto de partida para comenzar la carrera. Algunos han sido inducidos a error por la idea de que debemos esforzarnos para llegar a una posición celestial mediante el despojo de las cosas de la tierra. Esto, de hecho, es comenzar por el lado equivocado. En otro orden de verdades, es el mismo error que afirmar que debemos trabajar para nuestra justificación, mortificando los pecados de la carne. Ahora bien, no mortificamos el «yo» para ser justificados, sino porque ya lo somos; en efecto, hemos muerto y resucitado con Cristo.

Del mismo modo, no dejamos de lado las cosas de la tierra para convertirnos en celestiales, sino porque estamos en esta posición en Cristo. Abram fue llamado a dejar su tierra y su parentela e ir a Canaán; nuestro llamamiento –del cual Canaán era figura– es un llamamiento celestial, independientemente de todas las cosas, y, en la medida que hacemos esto realidad, nos separamos del mundo. Pero, querer que nuestra posición sea el resultado de nuestra conducta, es un grave error. Nuestra conducta debe ser el resultado de nuestra posición.

Pregúntese a un creyente, con verdadera inteligencia del llamamiento celestial, la razón por la cual está separado del presente sistema de cosas, ¿cuál será su respuesta? ¿Dirá que es para llegar a ser celestial? No. ¿Será porque el sistema de cosas actual está sujeto a juicio? Tampoco. Está fuera de duda que el mundo está bajo el juicio; pero este no es el verdadero fundamento de la separación. ¿Cuál es pues? La respuesta la hallamos en estas palabras: «Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». «No son del mundo, como yo no soy del mundo». «Hermanos santos, participantes del llamamiento celestial» (Col. 3:3; Juan 17:16; Hebr. 3:1). Aquí tenemos la verdadera razón de la separación presente del cristiano respecto del mundo. No importa que el mundo sea bueno o malo, el cristiano no es del mundo, aunque esté en él, como en un lugar diario de trabajo, lucha y disciplina.

¡Ojalá que todos los creyentes consideren con seriedad su llamamiento celestial! Es el único medio que proporciona una plena liberación del poder y de la influencia de la mundanalidad. Se puede intentar, por diferentes vías, abstraerse del mundo; pero solo hay una en que es posible lograr una efectiva separación de él. Se puede también intentar, por distintos conductos, no ser terrenales; pero solamente por uno de ellos podemos ser verdaderamente celestiales. Hay una diferencia entre abstraerse de las cosas, y separarse de ellas; tampoco se debe confundir no ser terrenal con ser celestial. El sistema monástico lo demuestra a las claras. Un monje, en cierto sentido, se abstiene de las cosas terrenales, pero sin ser del cielo; sale de la naturaleza, sin ser espiritual; no participa de las cosas del mundo, sin por eso estar separado de él.

El llamamiento celestial nos pone en condiciones de ver nuestra entera separación del mundo y lo elevado de nuestra posición por sobre las cosas de la tierra, en virtud de lo que Cristo es y del lugar que ocupa. El corazón que, instruido por el Espíritu Santo, comprende el alcance de estas palabras: «Porque tanto el que santifica como los que son santificados, son todos de uno» (Hebr. 2:11), conoce el secreto que lo libera de los principios, costumbres, sentimientos y tendencias del presente siglo. El Señor Jesús tomó su lugar arriba como Cabeza del Cuerpo, la Iglesia; y el Espíritu Santo descendió para poner a todos los miembros preconocidos y predestinados del Cuerpo, en comunión real con la Cabeza viviente, ahora rechazado de la tierra y escondido en Dios.

Por eso Pablo, en el evangelio que predica, une estrechamente la remisión de pecados con el llamamiento celestial, porque anuncia la unión del único Cuerpo en la tierra con su Cabeza glorificada en el cielo. Él proclama la justificación, no solo como una cosa abstracta, sino como el resultado de lo que es la Iglesia: una con Jesús, que está ahora a la diestra de Dios, dado por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, estando sujetos a él ángeles y principados. Pablo, sin duda, predicó la remisión de pecados, pero lo hizo con toda la plenitud, profundidad, poder y energía que le comunica la doctrina de la Iglesia.

La Epístola a los Efesios no dice solamente que Dios perdona a los pecadores, sino mucho más; despliega ante nuestros ojos la admirable verdad de que los creyentes son miembros del Cuerpo de Cristo. Leemos: «Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos».

Y todavía: «Dios, siendo rico en misericordia, a causa de su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en nuestros pecados, nos vivificó con Cristo (por gracia sois salvos), y nos resucitó con él, y nos sentó con él en los lugares celestiales en Cristo Jesús»; y «Cristo amó a la iglesia y entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el lavamiento de agua por la Palabra; para presentarse a sí mismo la iglesia gloriosa, que no tenga mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Efe. 5:30; 2:4-6; 5:25-27). Estos pasajes van mucho más allá del perdón de los pecados. Ser la esposa del Cordero es algo mucho más elevado y glorioso que tener simplemente nuestros pecados perdonados.

No solo tenemos el gozo

De nuestros pecados cancelados

Más feliz es vernos llamados

A compartir tu trono glorioso.

El Dios de toda gracia sobrepujó todo pensamiento humano en sus designios para con la Iglesia. Nos llamó, no solo a caminar aquí en la plena conciencia de su amor perdonador, sino también en el conocimiento del amor de Cristo por su Cuerpo, la Iglesia, y en la sublime y santa dignidad de esta Iglesia, sentada en los lugares celestiales con Cristo.

Tal vez el lector se pregunte: ¿Qué relación hay entre la cueva de Adulam y el lugar de la Iglesia en el cielo? Tan solo dar a conocer el lugar de rechazo adonde Cristo entró, que es el de todos aquellos que gozan de su comunión. De más está decir que los hombres de David ignoraban completamente el llamamiento celestial, tal como la iglesia lo conoce ahora. En el Antiguo Testamento se entrevén a menudo sombras del llamamiento celestial en los caracteres, el andar y las circunstancias de ciertos personajes que se nos presentan, pero que ciertamente no conocían tal llamamiento. El hecho es que, para ser precisos, no se conoció hasta después que el Señor Jesús se sentara en lo alto, y el Espíritu Santo descendiera para bautizar a todos los creyentes, judíos y gentiles, en un solo Cuerpo. Entonces el llamamiento celestial se desarrolló con todo poder y plenitud. La administración de esta verdad se confió especialmente a Pablo; fue una parte esencial del misterio ya contenido en estas palabras: «¿Por qué me persigues?» (Hec. 9:4). Saulo perseguía a los cristianos, y Jesús se le apareció en la gloria, revelándole que esos santos eran parte de Él mismo, sus miembros en la tierra. En adelante, este fue el gran tema de Pablo, el cual incluía la unidad de la Iglesia con Cristo y, por consecuencia, su llamamiento celestial.

Observemos que esto no era simplemente la admisión de los gentiles en el redil judío (*). No. Era sacar a los judíos y a los a gentiles de sus circunstancias naturales, y colocarlos en circunstancias nuevas tanto para unos como para otros. La obra cumplida en la cruz era necesaria para derribar «el muro que los separaba», y para hacer de los dos, judíos y gentiles, «un hombre nuevo» (Efe. 2:14-15), un nuevo hombre celestial, totalmente separado de la tierra y sus metas. El lugar actual de Cristo en el cielo está en relación con el rechazo de Israel y de la tierra, durante el período de la Iglesia, y contribuye para poner de relieve de una manera más clara y completa el carácter celestial de la Asamblea de Dios. Ella se encuentra totalmente aparte de las cosas terrenales; no tiene nada que ver con el «presente siglo malo» (Gál. 1:4), pertenece enteramente al cielo, y es llamada a manifestar en la tierra la energía viva del Espíritu Santo que mora en ella.

(*) Al principio del capítulo 10 del evangelio de Juan, el Señor mismo se presenta a la puerta del redil judío, y, una vez que entró, llama a salir a sus propias ovejas. Luego, dice: «Otras ovejas tengo que no son de este redil; a estas también tengo que traer, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Juan 10:16). No dice que habrá “un redil”, sino «un rebaño». Un redil encierra la idea de un cerco vallado para mantener las ovejas separadas y resguardadas, y por eso esta palabra se aplica adecuadamente a la economía judía. Pero ahora no se trata más de un redil –de un arreglo terrenal–, que tiene por objeto encerrar aquí abajo a las ovejas para ponerlas aparte. Todo esto se acabó. El Pastor celestial llamó a sus ovejas judías fuera del redil terrenal, y a sus ovejas gentiles de las oscuras montañas de este vasto mundo, y, habiendo hecho de ambos un nuevo y solo rebaño, los puso en la mano de su Padre. Vemos así la gran diferencia que existe entre el redil y el rebaño. No podemos confundirlos.

Así como los hombres de David quedaron apartados de toda relación con el sistema de Saúl en virtud de su asociación con el rey rechazado, así también todos aquellos que son conducidos por el Espíritu a conocer que son uno con Jesús ausente de la tierra, deben sentirse disociados de las cosas presentes, en virtud de su unión con Cristo.

Por eso, si se pregunta a un hombre celestial por qué no se asocia con los proyectos y las aspiraciones de este mundo, responderá: porque Cristo, mi Salvador, está a la diestra de Dios, y yo estoy identificado con él. El mundo lo desechó, y mi lugar está con él, aparte de todos los objetos y aspiraciones de este mundo. La verdadera piedra de toque para que el cristiano pueda probar los diversos objetos que se le presentan, es simplemente preguntarse: el Señor Jesús ¿podría comprometerse en esto? Si no, no tenemos nada que ver con ello. Todos los que comprenden la verdadera naturaleza del llamamiento celestial, andarán en separación del mundo; pero los que no lo comprendieron, tienen su porción aquí abajo y viven como los demás hombres.

¡Cuántos cristianos hay que se contentan con saber que sus pecados han sido perdonados y no van nunca más allá! Bien puede que hayan pasado el mar Rojo, pero no manifiestan ningún deseo de cruzar también el Jordán y de comer del fruto de la tierra prometida –de tomar su posición celestial y de alimentarse de las cosas de arriba. Sucedió lo mismo en el tiempo en que David fue rechazado: multitudes de israelitas no habían tomado partido por él, pero no por eso eran menos israelitas. Una cosa era ser israelita, y otra muy distinta estar con David en el lugar fuerte. Ni siquiera Jonatán se encontraba allí; todavía se adhería al antiguo orden de cosas. Aunque amaba a David «como a sí mismo» (1 Sam. 18:3), vivió y murió en compañía de Saúl. Es cierto que a veces se aventuraba a hablar en favor de David, y que procuraba estar con él cuando podía. Se había desnudado de su ropa para vestir a David, pero no había tomado su parte con él. Por eso, cuando el Espíritu Santo anuncia los nombres y las hazañas de los valientes de David, en vano buscamos entre ellos el nombre de Jonatán; cuando los devotos compañeros del exilio de David estaban reunidos alrededor de su trono y gozan del radiante esplendor de su realeza, el pobre Jonatán está tendido en el polvo, caído sin gloria en el monte de Gilboa, bajo los golpes de los filisteos incircuncisos.

¡Ojalá que todos aquellos que profesan amar al Señor Jesucristo, busquen estar identificados con él de una manera más decidida y real durante este tiempo en que es rechazado por el mundo! Sus conciudadanos enviaron tras él una embajada, diciendo: «No queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14). ¿Nos asociaremos con ellos para seguir sus planes que finalmente consiguen rechazar a Cristo? ¡Dios lo impida! ¡Que nuestros corazones estén con él allí donde él está! ¡Que podamos conocer la bendita y santa comunión de la cueva de Adulam, donde encontraremos al Profeta, al Sacerdote y al Rey manifestados en la adorable persona de Aquel que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre!

No podemos caminar al mismo tiempo con Saúl y con David; no podemos tener a Cristo y al mundo: hay que elegir entre los dos. El Señor nos conceda la gracia de rechazar el mal y de elegir el bien, recordándonos las solemnes advertencias del apóstol: «Fiel es esta palabra: Porque si morimos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él; si le negamos, él también nos negará» (2 Tim. 2:11-12). Es ahora el tiempo de sufrir, el tiempo de soportar las aflicciones y las penalidades: el descanso está en el futuro, en la gloria; tenemos que esperarlo.

Los hombres de David, a causa de su asociación con él, fueron llamados a soportar muchos trabajos y fatigas, pero el amor aliviaba todo para ellos y lo hacía más fácil; por eso sus nombres y sus hazañas son fiel y minuciosamente relatados, cuando David estuvo en descanso en su reino. Ninguno de ellos fue olvidado. Encontramos este precioso catálogo en el capítulo 23 del Segundo Libro de Samuel. Al leerlo, nuestros pensamientos son llevados hacia adelante, hacia el tiempo en que el Señor Jesús recompensará a sus siervos fieles, a aquellos a quienes el amor por su persona y la energía de su Espíritu condujeron a servirle en el tiempo en que fue rechazado. Este servicio puede no haber sido visto, conocido ni apreciado por los hombres; pero Jesús lo conoció en todos sus detalles, y lo reconocerá públicamente desde lo alto de su trono de gloria.

¿Quién hubiese conocido las hazañas de los hombres valientes de David, si el Espíritu Santo no las hubiera reseñado? ¿Quién hubiese sabido de la dedicación de los tres jefes que irrumpieron por el campamento de los filisteos, con el fin de buscar para David el agua del pozo de Belén? ¿Quién se hubiese enterado de la acción de Benaía que mató a un león en medio de un foso cuando estaba nevando? Esto mismo sucede hoy. Más de un corazón desconocido por todos palpita de amor por la persona del Salvador; más de una mano, oculta a los ojos humanos, se extiende para servirlo. Es una cosa dulce pensar, sobre todo en nuestros días de frío formalismo, que haya almas que aman a Jesús con toda sinceridad. ¡Hay varios que, lamentablemente, no solo son indiferentes a su adorable Persona, sino que llegan hasta el extremo de desprestigiarlo, de despojarlo de su dignidad y de rebajarlo haciéndolo apenas un poco mejor que Elías o uno de los profetas! Pero, gracias a Dios, no tenemos que detenernos en este tema; un tema más excelente nos es propuesto.

Pensemos en estos hombres valientes que exponían sus vidas por amor de su jefe, y que, en el instante en que expresara un deseo, estaban dispuestos, costara lo que costara, a satisfacerlo. El amor jamás se detiene a calcular. Era suficiente, para estos hombres ilustres, saber que David deseaba beber agua del pozo de Belén, para proporcionársela a cualquier precio: «Entonces los tres valientes irrumpieron por el campamento de los filisteos, y sacaron agua del pozo de Belén que estaba junto a la puerta; y tomaron, y la trajeron a David; mas él no la quiso beber, sino que la derramó para Jehová» (2 Sam. 23:16) (*). ¡Conmovedora escena! ¡Ejemplo precioso de lo que la Iglesia debiera ser!: No amar su vida hasta la muerte, por amor a Cristo. ¡Oh, que por el Espíritu Santo se encienda en nosotros la llama de un amor ardiente por la persona de Cristo! ¡Que despliegue siempre más ante nuestras almas las divinas excelencias de Jesús!, a fin de que lo apreciemos como el más «señalado entre diez mil», y «todo él codiciable» (Cant. 5:10, 16)), y que podamos decir como aquel cuyo corazón estaba lleno de él: «Y aún todo lo tengo por pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo» (Fil. 3:8).

(*) Hay algo particularmente bello y conmovedor en esta escena, ya sea que consideremos el acto de los tres hombres valientes buscando el agua para David, o el acto de David cuando la derrama delante de Jehová. Es evidente que David discernía, en un acto de tan extraordinaria devoción, un sacrificio que nadie excepto Jehová podía apreciar debidamente. Era un perfume demasiado exquisito para tomar, aunque sea lo menos para sí: debía dejarlo subir todo hacia el trono del Dios de Israel, el único digno de recibirlo, el único capaz de apreciar todo su valor. Este hecho nos recuerda el bello compendio de devoción cristiana que Pablo nos traza: «Pero, aunque yo sirva de libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me alegro y me regocijo con todos vosotros; asimismo vosotros también alegraos y regocijaos conmigo» (Fil. 2:17-18). En este pasaje, el apóstol representa a los santos de Filipos en su carácter de sacerdotes, que presentan un sacrificio a Dios y realizan un servicio sacerdotal a Dios; y tal era la intensidad de su devoción y olvido de sí mismo, que podía regocijarse de ser derramado en libación sobre su sacrificio, de modo que todo pudiera subir, en olor grato, hacia Dios. Los filipenses habían colocado un sacrificio sobre el altar de Dios, y el apóstol fue derramado sobre él, y todo subió a Dios como «perfume de buen olor». No importaba quién colocaba el sacrificio sobre el altar, o quién era derramado sobre él, con tal que Dios recibiese lo que le era agradable. Este era un verdadero y divino modelo de devoción cristiana. ¡Oh, que se nos conceda la gracia para que nuestros caminos sean formados de esta manera! Entonces, se oirá hablar menos de “mis hechos”, “mis palabras” y “mis idas y venidas”. Sería nuestro gozo cada vez que viéramos a uno u otro de los fieles ofrecer un sacrificio sobre el altar de Dios, servir de libación sobre este sacrificio, para gloria de Dios y para el gozo común de los santos.


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