Índice general
El camino de Dios en tiempos difíciles
Autor: Adrien LADRIERRE 9
Tema: Los últimos días, la última hora del actual periodo de la gracia
NdT. Escrito hacia 1890
1 - La situación en el pasado
El tema que deseo plantear al lector cristiano es de suma importancia. Todo nos indica que estamos en los últimos días y en los tiempos difíciles que señalan los apóstoles (1 Tim. 4:1; 2 Tim. 3:1; 2 Pe. 3:3; 1 Juan 2:18). No me refiero aquí a las dificultades políticas y sociales: eso atañe al mundo; hablo de lo que concierne a «la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3), y es importante que los cristianos sepan cuál es, en lo que respecta a las cosas de la fe, el camino de Dios en estos tiempos difíciles, para poder recorrerlo con obediencia. Es evidente que solo se puede conocer este camino, la expresión de la voluntad de Dios, en su Palabra, en la Escritura divinamente inspirada. Supongo, pues, que mis lectores están plenamente convencidos de que en las Escrituras tienen toda la Palabra de Dios, nada más que su Palabra, y que, por tanto, estas son para él la autoridad suprema, la única que establece la norma, y a la que todos los cristianos están obligados a someterse.
Cualquier lector atento de las Escrituras no puede sino quedar impresionado por el contraste que existe entre la Iglesia, tal y como nos la presenta el Nuevo Testamento, y el estado de la cristiandad en nuestros días. Esta es la primera cuestión en la que me detendré y que es necesario comprobar claramente.
1.1 - Antes de Pentecostés
El Señor Jesús, durante su vida en la tierra, había reunido a su alrededor a un remanente procedente de la nación judía. Eran sus discípulos, aquellos que habían creído en él y habían respondido a su llamado. De ellos habló, tras haber sido rechazado por los líderes de los judíos: «¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He ahí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre» (Mat. 12:48-50). Jesús solo reconocía en Israel a aquellos que, al adherirse a su Persona, hacían la voluntad de Dios; desde siempre, lo que caracteriza a quienes agradan a Dios y forman un remanente en medio del mal es la obediencia.
Más adelante, tras la confesión de Pedro: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!», oímos al Señor anunciar a sus discípulos este gran hecho: «Sobre esta Roca» –sobre la verdad fundamental que encierra esta confesión– «edificaré mi Iglesia [1], y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mat. 16:18). La Iglesia debía seguir a Israel en cuanto al testimonio de Dios; era algo aún por venir que Cristo debía edificar, algo que le pertenecía –«mi iglesia» –y que, una vez establecida, estaba protegida contra todos los esfuerzos del enemigo por el poder vivo del Hijo de Dios. Tal es la primera mención que se hace de la Iglesia en las Escrituras.
[1] Utilizaré indistintamente las palabras «Iglesia» o «Asamblea», que tienen el mismo significado, aunque la primera se suele emplear con un sentido diferente, como designación del lugar de reunión.
Mientras Cristo estuvo en la tierra, la Iglesia no existía. Las piedras vivas que la iban a componer estaban allí, en la persona de Pedro y de los demás discípulos, pero Cristo no había consumado la redención y aún no había mostrado, mediante su resurrección, su poder de vida que triunfa sobre la muerte y sobre aquel que tenía el poder de la muerte (Hebr. 2:14). Ahora bien, es sobre Cristo, «designado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos» (Rom. 1:4), sobre quien debía fundarse la Iglesia. Tenía que ocurrir algo más. Se había prometido el Espíritu Santo, pero no podía venir hasta que Jesús hubiera sido glorificado (Juan 15:26; 7:39). El Espíritu Santo era el poder que debía reunir a las piedras vivas y establecerlas sobre la Roca, para que se alzara el edificio.
1.2 - Después de Pentecostés
De acuerdo con la promesa del Señor, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los que estaban reunidos en Jerusalén (Hec. 2:1-4), y desde ese momento existió la Asamblea, la Iglesia. En lugar del templo, Dios tuvo en la tierra una «morada en el Espíritu» (Efe. 2:22), en medio de aquellos sobre quienes había descendido el Espíritu Santo, y desde entonces nunca tuvo otra.
La Iglesia, de la que el Señor había dicho que la edificaría, había comenzado así su existencia; estaba compuesta por aquellos que habían creído en el Señor Jesús y habían sido bautizados en el Espíritu Santo. Inmediatamente después de este hecho importante, aquellos a quienes el Señor había llamado, los apóstoles, con Pedro a la cabeza, comienzan a predicar el Evangelio (Hec. 2:14). Multitudes creen en su palabra, son salvas, bautizadas y se añaden… ¿a qué? A la Asamblea (Hec. 2:47). Hasta entonces, la Iglesia no había traspasado los límites de Jerusalén; pero pronto la obra se extiende. De los judíos pasa a los samaritanos, luego a los gentiles (Hec. 8:10), y en todos los lugares donde las almas se convierten al Señor, se reúnen y forman, en esos diversos lugares, asambleas o iglesias locales, que en el Nuevo Testamento no reciben otras denominaciones que las de iglesias de Dios o de Cristo, con la indicación de la ciudad o la región en la que se encuentran. Así se habla de las iglesias de Judea, Samaria y Galilea (Hec. 9:31); de la iglesia de Antioquía, de las de Siria y Cilicia, de las de Galacia y Asia (Hec. 13:1; 15:41; Gál. 1:2; 1 Cor. 16:19); de la iglesia de Dios en Corinto, de la de los tesalonicenses en Dios Padre, de las iglesias de Cristo (1 Cor. 1:1; 1 Tes. 1:1; Rom. 16:16). Y quienes componen estas asambleas son los «santos», los «fieles», los «hermanos» (Hec. 26:10; Efe. 1:1; Hec. 11:29). Sería demasiado extenso citar todos los pasajes en los que aparecen estos términos.
1.3 - Una Iglesia única
Pero, aunque hubiera iglesias locales en diversos lugares, de las Escrituras del Nuevo Testamento en su conjunto se desprende un gran hecho: que todas estas iglesias formaban en la tierra un único Cuerpo –la Asamblea o la Iglesia de Dios – del que cada asamblea local era la expresión en el lugar donde se encontraba.
Así, el Señor dice: «Edificaré mi Asamblea». Por lo tanto, es una. Pablo habla a los ancianos de la iglesia de Éfeso de «la Iglesia de Dios, la que adquirió con su propia sangre». A Timoteo le dice: «La Casa de Dios (que es la la Iglesia del Dios vivo)»; vemos de nuevo aquí que es una. «Todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo Cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu», dice el mismo apóstol. «[Hay] un [solo] cuerpo y un [solo] Espíritu», y ese Cuerpo es la Iglesia, pues Pablo añade: Dios «ha sometido todas las cosas bajo sus pies (los de Cristo)», para que fuera «la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia»; «él es la Cabeza del Cuerpo» (Hec. 20:28; 1 Tim. 3:15; 1 Cor. 12:13; Efe. 4:4; 1:22-23; Col. 1:18). Todos estos pasajes demuestran la unidad de la Iglesia, y fíjense en que, en todos los casos, se trata de la Iglesia en la tierra, de su manifestación aquí como un solo Cuerpo, y que, en cualquier lugar donde se reunieran los cristianos, todos ellos juntos eran la expresión de la Iglesia universal de Dios o de Cristo, sin que ningún otro nombre los distinguiera, salvo quizá los términos despectivos que les atribuían sus adversarios, tales como «nazarenos», «en todas partes se habla contra esta secta» o «el Camino» (Hec. 24:5; 28:22; 9:2; 24:14).
Existía, pues, aunque en diversos lugares, una única asamblea cristiana, la Asamblea de Dios, claramente distinguida como Cuerpo de todo lo que la rodeaba, tanto judíos como gentiles, tal y como muestra el siguiente pasaje: «No deis ocasión de tropiezo, ni a judíos, ni a griegos, ni a la iglesia de Dios» (1 Cor. 10:32). De ello se deduce que, cuando un alma se había convertido al Señor, no tenía que buscar a quién unirse.
En cada lugar solo había una asamblea de Dios, y el alma que había creído, por ese mismo hecho, formaba parte de esa asamblea, se añadía a ella y, de este modo, formaba parte del Cuerpo, de la Iglesia de Dios en todo lugar [2]. La Iglesia era distinta del mundo y era una, según el deseo expresado por el Salvador en su oración (Juan 17:14, 20-21). Se entraba en ella, no adhiriéndose a ningún credo, ni tras una formación más o menos prolongada, sino mediante la conversión, «mediante el lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo» (Hec. 16:31-34; 2:38, 41; Tito 3:5, etc.).
[2] Del hecho de que en cada lugar solo hubiera una única asamblea de Dios –aunque pudiera haber varios lugares de reunión– se derivaba también que una carta dirigida a la asamblea de ese lugar llegara sin duda a su destino. (NdT: Vean Rom. 16:14-15).
1.4 - Relaciones entre las asambleas locales
Las asambleas locales estaban en comunión unas con otras, pues todos los que las componían se consideraban miembros del mismo Cuerpo (Rom. 12:4-5; 1 Cor. 12:12, 26-27). En una misma asamblea local, esta comunión de los miembros del Cuerpo entre sí encontraba su expresión en la Mesa del Señor, en el partimiento del pan. El apóstol dice: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo Cuerpo; porque todos participamos de un solo pan» (1 Cor. 10:16-17). Pero como todos los creyentes son miembros del Cuerpo de Cristo –la Iglesia–, la Mesa en la que se reunían en distintos lugares era una misma Mesa del Señor en todos esos lugares. Quien estaba en la Mesa del Señor en Corinto y partía allí el pan, también estaba en la Mesa del Señor en Roma y podía partir allí el pan. La unidad, así como la comunión entre las asambleas locales, se expresaba y se mantenía de este modo. Y se manifestaba también de otra forma. Vemos a la asamblea de Antioquía enviar ayuda a los necesitados de la iglesia de Jerusalén (Hec. 11:27-30); esa misma asamblea envía a Pablo y a Bernabé, junto con algunos otros, a Jerusalén, para exponer ante los apóstoles y los ancianos una cuestión relativa a la observancia de las ceremonias judaicas por parte de los gentiles. ¿Debían observarlas o no? Una vez tomada la decisión, se confirma la comunión entre las iglesias locales de Judea y las de las naciones (Hec. 15:30-31; 16:4-5). Otro hecho que pone de manifiesto esta unidad y esta comunión son las cartas de recomendación que se entregaban a los cristianos que se desplazaban de una asamblea a otra (Hec. 18:27).
1.5 - Desarrollo de las reuniones
A esto se suma también el libre ejercicio de los dones en las asambleas. Los obreros del Señor, sin recibir órdenes de ningún hombre ni de ningún grupo de hombres, sino guiados únicamente por el Espíritu Santo, salen a evangelizar o se dirigen a las distintas asambleas para enseñar o edificar, según el don que han recibido del Señor (Hec. 9:20; 8:4-5, 26, 40; 13:2; 18:24-27; 1 Cor. 16:12, etc.). Nadie se autodenomina ni es llamado pastor de una congregación; en cada una hay varios ancianos (a veces llamados obispos o supervisores), pero no hay rastro alguno de una jerarquía, ni de una consagración distinta a la del Espíritu Santo. No hay clero.
Los santos se reúnen en torno al Señor para partir el pan en memoria de su muerte (Hec. 20:7; 1 Cor. 11:20-26). Si, en una reunión, alguien tiene un Salmo, una enseñanza o cualquier cosa dada por Dios para la edificación de la asamblea, actúa con total libertad (1 Cor. 14:26-33). Si se encuentra presente un don como el de apóstol, por ejemplo, la asamblea se alegra de escucharlo. Pero no vemos ni reglamentos, ni organización de ningún tipo, ni constitución. El Espíritu Santo presente en la asamblea –reconocida dicha presencia– era su director = conductor, y contaba con las enseñanzas de los apóstoles.
1.6 - Casos de desorden
Podían producirse desórdenes, surgir errores. En ese caso, se ejercía la disciplina según las instrucciones dadas por los apóstoles. Se separaba (o se ponía fuera de comunión, o se excluía) al malhechor, se separaba al hereje (1 Cor. 5:13; Tito 3:10-11; 2 Juan 9-10). Pero estas instrucciones se consideraban suficientes, pues en Corinto, por ejemplo, donde coexistían tanto el mal moral como el mal doctrinal, el apóstol no establece ninguna autoridad, ni de un solo hombre ni de varios, para mantener el orden y la doctrina; es la propia asamblea la que debe purificarse del mal, siguiendo las exhortaciones del apóstol inspirado, cuyas palabras son los mandamientos del Señor (1 Cor. 5:2, 7; 14:37). La Iglesia, la Asamblea en su conjunto, era responsable de separarse del mal, de mantener el orden y de guardar la sana doctrina.
Así era, en aquellos tiempos, la Iglesia de Dios en la tierra, visible para todos. Era una, sin otra designación que la de la Asamblea de Dios o de Cristo. Se entraba en ella mediante la conversión. En ella se ejercía un ministerio libre, según el don de gracia recibido; y la disciplina, ejercida por la propia Iglesia, excluía al malvado y al hereje. La Asamblea, la Iglesia, era así ante los ojos del mundo un testimonio único y vivo de la presencia del Espíritu Santo, de la glorificación de Cristo y del poder vivificante de la gracia.
2 - La situación actual
2.1 - Lo que se denomina profesión cristiana
Ahora bien, ante lo que era la Iglesia en sus orígenes, pregunto a mis lectores si lo que nos ofrece actualmente la cristiandad no difiere por completo de ello. La respuesta no es difícil para quienes abren los ojos y no dejan que las ideas preconcebidas le nublen la vista. No voy a entrar en el análisis de las causas que han llevado a la situación actual. Simplemente quiero comprobarla. El paganismo y el judaísmo ya no entran en cuestión: nacemos en el cristianismo. La gran mayoría de nosotros hemos sido iniciados en él mediante el bautismo; lo que vemos a nuestro alrededor y en lo que nos encontramos es la profesión cristiana. Pero este cristianismo, esta profesión, lo que se entiende por ese nombre, ¿qué nos presenta? Nada más que división y confusión.
2.2 - La multiplicidad de cuerpos
En lugar de un único Cuerpo, vemos multitud de cuerpos diferentes que se denominan a sí mismos iglesia y que, para distinguirse unos de otros, añaden a ese nombre una denominación. Está la Iglesia romana, que se autodenomina Iglesia católica o universal, que reivindica para sí la sucesión apostólica y pretende ser la única y verdadera Iglesia. Junto a ella, encontramos en Oriente la Iglesia griega, la Iglesia armenia, la Iglesia copta y la Iglesia abisinia; en estas diferentes Iglesias existen numerosas y diversas sectas. Aparte de las que acabamos de mencionar, existen numerosas iglesias protestantes: anglicanas, luteranas, reformadas, presbiterianas, congregacionalistas, bautistas y metodistas; unas sometidas al Estado, y otras liberadas de su yugo.
Así, tenemos las iglesias nacionales y las iglesias libres de Francia, del cantón de Vaud, de Ginebra y de Neuchâtel, donde conviven iglesias nacionales, independientes y libres, sin contar las innumerables y diversas sectas que hay por doquier, todas de denominaciones diferentes, todas separadas por divergencias a menudo profundas, y, sin embargo, cada una de las cuales reclama para sí la verdad. ¿No es así? ¿Es este cuadro exagerado? ¿Les parece que esto presenta la más mínima analogía con la Iglesia tal y como la vemos en el Nuevo Testamento? ¿Hay algún indicio en las Escrituras de que se apruebe tal situación? ¿Es esa la unidad visible? No, es la confusión visible. Tomemos el caso de una ciudad, Ginebra, por ejemplo. ¡Cuántas comunidades religiosas o iglesias distintas veremos allí, fundadas en principios diferentes! Supongamos que se enviara una carta apostólica dirigida “a la Iglesia de Dios en Ginebra”; ¿adónde iría? Y si todos los que profesan ser cristianos se reunieran para tomar conocimiento de ella, ¿no sería para escuchar palabras como estas: «Os ruego, hermano… que no haya divisiones entre vosotros; sino que estéis perfectamente unidos» (1 Cor. 1:10). Y también: «Evidentes son las obras de la carne, que son… divisiones, sectas» (Gál. 5:19-20).
2.3 - La Iglesia que se apoya en el Estado y en el mundo
Pero eso no es todo. Como ya he recordado, y tal y como se ponía en práctica en los primeros tiempos, el Señor dijo a sus discípulos: «No son del mundo, como yo no soy del mundo» (Juan 17:14). Tal es el carácter de la Iglesia. Ahora bien, ¿qué vemos? Lo que distingue a un gran número de comunidades religiosas es el apoyo que reciben del Estado y, por consiguiente, la dependencia en la que se encuentran respecto a él. ¿No es eso ser del mundo? La Iglesia romana tiene una pretensión aún mayor: quiere dominar a los príncipes, y en el pasado ya ejerció esa autoridad. ¿Querer una autoridad temporal, es propio de quienes no son del mundo, de quienes se reivindican del nombre de Aquel que no quiso ser rey en la tierra? (Lucas 12:14; Juan 6:15; 18:36). ¿Qué diré de las pompas mundanas del culto de las iglesias romana, griega y anglicana, de sus altos dignatarios en unas y otras –el papa, cardenales, arzobispos, obispos y demás, que habitan en palacios, se autodenominan príncipes de la Iglesia y perciben generosos sueldos? ¿Son estos los sucesores de los pobres pescadores Pedro y Juan? ¿Es eso no ser del mundo? Si pasamos a las iglesias protestantes, no veremos allí tales pretensiones, ni tal ceremonial en el culto, es cierto. Pero unas están sometidas al Estado, que ejerce un control absoluto sobre ellas: eso sigue siendo estar asociado al mundo; las otras se rigen por constituciones que ellas mismas se han elaborado, unas según una forma, otras según otra, obra humana sin duda, y que, en cualquier caso, acentúan la división. De estas numerosas asambleas independientes del Estado, pero no del hombre, algunas se han formado en torno a una doctrina o una forma, otras deben su nombre a un hombre. Una vez más, pregunto: ¿es esto lo que leemos en la Palabra de Dios?
2.4 - La desaparición de la sana doctrina
Si consideramos la doctrina, ¿qué encontraremos? La Palabra de Dios nos dice: «Hay una [sola] fe», del mismo modo que dice: «Hay un [solo] Cuerpo» (Efe. 4:4-5). ¿Es eso lo que existe? Las iglesias romana y griega conservan algunas verdades vitales, pero enterradas bajo una gran cantidad de tradiciones y mancilladas por el contacto con un culto idólatra. Las iglesias protestantes tienen sus confesiones de fe, sobre las que hay tan poco acuerdo que muchos opinan que sería mejor no tener ninguna. Otros las quieren lo suficientemente amplias como para abarcarlo todo y, de este modo, dan pie a la ambigüedad, de tal forma que pueden suscribirlas 2 hombres completamente opuestos entre sí en tal o cual punto de doctrina. En los púlpitos, las facultades de teología, los libros y los periódicos se enseñan doctrinas racionalistas en mayor o menor medida, con mayor o menor sutileza. La autoridad de las Escrituras, su inspiración divina, se socava; la Persona de Cristo, ya sea en su divinidad suprema o en su humanidad inmaculada, es atacada de diversas maneras, y las doctrinas de la salvación por la gracia y de la expiación por la sangre de Cristo quedan relegadas a un segundo plano. Y si hay quienes aún se aferran a la sana doctrina, en lugar de obedecer el mandato de las Escrituras que dice que hay que separarse de tal mal, ¡siguen asociados a él!
2.5 - El clero – clericalismo
Si consideramos el ministerio, ¿en qué se ha convertido? Me apresuro a decir que no pretendo juzgar a las personas. Hay muchos que son siervos de Dios dedicados. ¡Me refiero a los principios! Pues bien, ¿qué vemos en las distintas órdenes religiosas con respecto al ministerio? En primer lugar, prevalece en todas partes un principio general. No se puede ejercer el ministerio sin haber sido consagrado por un hombre o un grupo de hombres, que a su vez deben haberlo sido. He aquí un clero establecido en la Iglesia de Dios. En las iglesias romana, griega y anglicana, este clero forma toda una jerarquía, de la que no vemos rastro alguno en las Escrituras, y que desciende desde el arzobispo hasta los simples funcionarios eclesiásticos, sin contar, en la Iglesia romana, a aquel que tiene la triste osadía de ponerse al frente y por encima de todos, autodenominándose vicario de Jesucristo.
Aunque no haya llegado a ese extremo, el protestantismo, en sus diferentes denominaciones, no deja de presentar un verdadero clero en los cuerpos de ministros consagrados, que son los únicos que pueden administrar el bautismo y la Cena del Señor, y que no pueden, sea cual sea el don que hayan recibido de Dios, ejercerla sin largos años de estudios, no de las Escrituras –que ocupan un lugar bastante secundario– sino de ciencias más propias de derribar la fe que de establecerla. En lugar del ministerio en el poder del Espíritu, se tiene un ministerio creado y preparado por el hombre, y que, en lugar de ejercerse libremente, según el don de gracia recibido, en dependencia exclusiva del Jefe de la Iglesia, necesita el control y la aprobación del hombre. Y esto es tan cierto que, si hubiera alguien en una asamblea que hubiera recibido tal don de gracia, a menos que fuera un ministro consagrado y autorizado, no podría abrir la boca. ¿No es eso apagar el Espíritu? (1 Tes. 5:19). ¿Es este el principio según el cual, en la Palabra, vemos actuar a los obreros del Señor?, y según el cual Pablo decía de sí mismo: «Apóstol, no de parte de los hombres, ni mediante hombre, sino por Jesucristo y por Dios Padre» (Gál. 1:1). Si a veces, en algunas asambleas, se permite un poco de libertad, se trata de una excepción: el principio y la forma de actuar general son precisamente lo que he expuesto.
¿Qué se deduce de ello? Un joven quiere dedicarse al ministerio, como se suele decir. Quizá no tenga ningún don, quizá ni siquiera está convertido, da igual; cursará sus estudios de teología, se presentará a los exámenes, defenderá una tesis y, convertido o no, sano en la fe según las Escrituras o no, obtendrá algún título, como en las ciencias humanas, y, si lo solicita, será ordenado, obtendrá un puesto de pastor y se convertirá así en un guía de almas, con la responsabilidad de enseñarlas y alimentarlas con la sana doctrina que quizá no posea, al igual que los dones necesarios para su ministerio pastoral. ¿Dónde está en todo esto la guía del Espíritu de Dios? ¿Dónde está la sumisión a las Escrituras?
¿No es cierto lo que acabo de exponer? ¿No es también cierto que, en más de un púlpito, el pastor que lo ocupa y debe edificar al rebaño es un incrédulo, no cree en la inspiración de las Escrituras, rechaza la divinidad de Cristo, y que, en otros casos, aunque sea más ortodoxo, sin embargo, no es un convertido? Son pocos, en las iglesias, los que mantienen absolutamente la sana doctrina, «nutridos», como dice Pablo a Timoteo, «en las palabras de la fe y de la buena doctrina» (1 Tim. 4:6). ¿Y quién puede negar que el mal va en aumento? ¿Y no es triste ver cómo aquellos que se han mantenido fieles siguen asociados a quienes derriban la fe?
2.6 - Ordenación
Otro hecho muy llamativo y que se refiere al ministerio es el siguiente. Un hombre es nombrado por un arzobispo, por un sínodo o por cualquier otra autoridad humana para ser el pastor de una iglesia. A partir de ese momento dice: “Mi iglesia”, “mi rebaño”. ¿Es esto lo que Pablo decía a los ancianos de Éfeso? Escuchémoslo: «Cuidad por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto por supervisores» (Hec. 20:28). Son varios y no uno solo, establecidos por el Espíritu Santo, y no por el hombre. Y en ninguna parte de las Escrituras se habla de la iglesia o el rebaño del señor Fulano. Y ese único hombre establecido sobre el rebaño debe hacerlo todo: ser evangelista, doctor, pastor, supervisor, etc., ¡cuando quizá solo tenga uno de esos dones o ninguno en absoluto! La separación, o más bien la división, entre las diversas denominaciones es tan marcada que, si incluso viniera un ministro de otra iglesia –y mucho menos un simple cristiano, un laico, como se dice– no podrá hablar en la asamblea sin una autorización expresa.
Antiguamente, cuando un alma se había convertido verdaderamente al Señor, era añadida a la Asamblea por ese mismo hecho y tenía su lugar en la Mesa del Señor, que era una sola. Hoy en día, uno nace católico o protestante, y si no quiere permanecer en la institución nacional, se da la adhesión, verbalmente o por escrito, a una profesión de fe, y uno se convierte en miembro de tal o cual iglesia –denominación inexacta, pues la Escritura solo habla de los miembros de Cristo (1 Cor. 12:27). Y en lo que respecta a la Cena del Señor, la mayoría de las veces, para ser admitido en ella, hay que haber recibido una instrucción religiosa, tras la cual, convertido o no, se permite comulgar, sin discernir, en la mayoría de los casos, el Cuerpo del Señor (1 Cor. 11:29).
2.7 - El culto
Podría extenderme aún más sobre el culto o lo que se entiende por este término. Entre los católicos griegos o romanos, no es más que una sucesión de actos de idolatría; entre los anglicanos, un ritualismo vano; entre la gran mayoría de los protestantes de diversas confesiones, se denomina así a la predicación acompañada de algunas oraciones litúrgicas. ¿Dónde está el culto en espíritu y en verdad, el culto por el Espíritu, que caracteriza al cristiano, esos sacrificios espirituales de alabanza y de adoración, agradables a Dios por medio de Jesucristo, ofrecidos por el conjunto del santo sacerdocio, todos los creyentes reunidos en torno a la Mesa del Señor? (Fil. 3:3; 1 Pe. 2:5; Hebr. 13:15; Juan 4:23). Una predicación, por excelente que sea, y aunque tenga su lugar entre los cristianos, no es el culto.
He hablado de la Mesa y de la Cena del Señor. ¡Cuánta confusión hay aún a este respecto! El acto más dulce para el corazón del cristiano, –recordar la muerte del Señor hasta que él venga– aunque sin duda es al mismo tiempo solemne, se convierte entre los católicos en idolatría y en una iniquidad sin nombre. Entre muchos protestantes, se rodea de terror, se desvía de su verdadero significado y se convierte en un medio de gracia. Unos, incluso los que se dicen verdaderos cristianos, no le dan ninguna importancia; otros lo espiritualizan; algunos consideran que basta con comulgar una vez al año. En algunas iglesias, se celebra 4 veces al año, en las fiestas, como se las llama, aunque no se mencione nada al respecto en el Nuevo Testamento. Otras iglesias consideran que es bueno celebrar la Cena del Señor cada mes. En un gran número de denominaciones, no existe una disciplina respecto a la Cena del Señor. Convertidos o no, incrédulos o creyentes, todos están admitidos bajo su propia responsabilidad, como si la Iglesia no tuviera ninguna. ¿Qué se hace con las indicaciones de las Escrituras? Y eso no es todo. Se plantea una cuestión aún más grave y apremiante. En medio de esta confusión y estas divisiones, ¿dónde está realmente la Mesa del Señor? ¿Puede estar en cada una de estas iglesias, denominaciones y sectas divergentes?
2.8 - Hay que reconocer que el estado actual de la Iglesia no es el de la Palabra de Dios
Como vemos, pues, en todos los aspectos, el estado actual de las cosas en la cristiandad difiere por completo de lo que existía en el principio y está en total desacuerdo con los principios que encontramos en la Palabra de Dios, nuestra sola regla, nuestra única, pero soberana autoridad. Desacuerdo en cuanto a la unidad, en cuanto a la doctrina, en cuanto al culto y al ministerio. ¿Qué debemos concluir de ello? Que, por causas que no quiero exponer aquí, la Iglesia, como Cuerpo responsable en la tierra, ha fallado en el testimonio que debía dar, ha caído de su posición primitiva, se ha desviado del camino del Señor y ha caído en ruinas. Este es un hecho, queridos lectores, un hecho palpable y evidente. En lugar de intentar paliarlo o excusarlo, ¿no es infinitamente mejor, y no es conforme a Dios, reconocerlo con dolor y humildad de corazón, tal y como en su día Daniel reconoció y confesó la ruina de su pueblo? (Dan. 9:4-8). Esta situación ¿no es acaso un mal, como toda desviación de lo que Dios ha establecido?
Ruego a mis lectores que observen que, en todo lo que he dicho, no he hablado de las personas. En esta cristiandad caída y arruinada hay muchos queridos y amados hijos de Dios, pues el Señor, en medio de la confusión existente, prosigue su designio de gracia para salvar almas y llevar a muchos hijos a la gloria (Hebr. 2:10). Pero estos hijos de Dios, que se encuentran en todos los sistemas humanos de la cristiandad, no son uno, como pidió Jesús. Sin duda, hay quienes sienten la necesidad de hacer realidad esa unidad, de ahí surgen iniciativas como la Alianza Evangélica, en la que, durante unos días al año, se deja de lado, en cierto modo, el color propio; pero como cada uno vuelve después a su sistema, retomando su estandarte, no se hace más que afirmar la división, en detrimento de la gloria del Señor. No, la ruina existe, y por mucho que nos esforcemos –ya sea con una Alianza Evangélica o una Federación de Iglesias– no la evitaremos, sobre todo porque, en estas asociaciones siempre se deja de lado a grandes comunidades religiosas que forman parte de la cristiandad.
2.9 - Falsas justificaciones
Se ha intentado justificar las divisiones que existen en la cristiandad; se ha dicho que el Nuevo Testamento no nos presenta ninguna norma que debamos seguir y que, por consiguiente, el Señor deja a los cristianos la tarea de organizarse según los tiempos, los lugares y las circunstancias, y que, sin embargo, se mantiene la unidad en la diversidad. Es un grave error afirmar que no tenemos nada en el Nuevo Testamento que nos sirva de guía. ¿Qué se hace con toda la enseñanza de Pablo relativa al orden en la asamblea: «Así ordeno en todas las iglesias»; «tal como enseño en todas partes, en cada iglesia»? (1 Cor. 7:17; 4:17). ¿Acaso no estaba allí el Espíritu Santo para distribuir según le placiera? ¿Había entonces diversas organizaciones? El Espíritu Santo reunía a las almas en torno al Señor, actuaba en la Iglesia, el Dios del orden estaba presente y las instrucciones de los apóstoles servían de guía; ¿se trataba acaso de dejar a cada uno la libertad de organizarse como le pareciera? ¿Hay en las Escrituras un solo pasaje que nos autorice a pensar que habría algo mejor que lo que había al principio, que la obra del hombre valdría más que la de Dios? No; tanto el esfuerzo por afirmar su unidad cuando, de hecho, las divisiones persisten, ya sea el intento de justificar esas divisiones, no hacen más que decirnos: “La Iglesia ya no es lo que fue, lo que siempre debería haber sido; ha fallado”. Nos encontramos en medio de lo que es obra del hombre, y lo que este hace es malo, ya que tiende a derribar la obra de Dios. En el edificio cristiano, el hombre ha introducido madera, heno y paja, y el resultado es la ruina. ¿Creen que esto le puede resultar indiferente al Señor?
2.10 - Obras de gran apariencia: la evangelización
Pero, se dirá, ¿acaso no vemos hoy en día obras magníficas? ¿No se predica el Evangelio a una escala más amplia de lo que quizá nunca se haya hecho, y no se difunde la Palabra de Dios en abundancia? Bendito sea Dios, así es. La maldad del corazón natural del hombre, el hecho de que eche a perder todo lo que se le confía, no obstaculiza, como he dicho, la gracia de Dios, que, en este tiempo en que aún reina, quiere salvar las almas y actúa para ello por medio de su Espíritu. Pero eso no invalida en absoluto el hecho de la confusión, el desorden y la ruina en la Iglesia, el hecho de que ella no haya respondido a la oración de Jesús: «Para que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17:21), de modo que ya no es su testimonio ante el mundo el que glorifica a Jesús y al Padre, y que, si hay almas salvadas, es a pesar de la ausencia de ese testimonio, y por efecto de la gracia soberana de Dios. Y que nadie diga: “¿Qué más da, si al fin y al cabo hay almas salvadas?”. Sería ignorar por completo lo que atañe a la gloria del Señor. La forma en que juzga el mal en las iglesias (Apoc. 2 y 3) nos muestra claramente que no le es indiferente.
Sí, bendito sea Dios, hay predicación del Evangelio y almas salvadas, pero ¡cuánto más poderosa sería la evangelización en el mundo si se apoyara en el testimonio de la Iglesia! ¡Y qué diferencia en la forma de anunciar el Evangelio antes y ahora! Entonces, simplemente se presentaba a Cristo y su obra, y las almas conmovidas por el arrepentimiento acudían a Cristo y eran salvadas. Ahora, se busca actuar sobre todo en los sentimientos y, como sabemos, a menudo por medios puramente humanos y absolutamente ajenos a las Escrituras, o bien se persigue un resultado puramente filantrópico más que la salvación de las almas y la gloria de Cristo.
2.11 - Confusión
Otro rasgo llamativo de la confusión que reina, del estado de ruina en el que nos encontramos, del mal que ha invadido la cristiandad, es el siguiente. Un alma ha sido salvada; es seria ante Dios y se pregunta: “¿Adónde iré para adorar a Dios? ¿A quién me uniré?”. Se encuentra ante 36 denominaciones diferentes entre las que debe elegir, y si las examina con rectitud a la luz de las Escrituras, descubre que todas ellas, al fin y al cabo, no son más que instituciones humanas, en las que a menudo se sacrifican los principios divinos. ¡Qué ruina! Parece que hay que asociarse con el mal para no quedarse solo.
He intentado presentar a mis lectores lo que había al principio, cuando la Iglesia caminaba por los caminos del Señor, y lo que existe ahora. Más de una vez se ha impuesto la conclusión. Es un estado de ruina, es desobediencia, es el mal. La pregunta que cabría plantearse ahora es: “¿Qué debemos hacer en tal situación para caminar según Dios?” Pero antes de intentar resolverla, quisiera mostrar que esta ruina de la Iglesia había sido anunciada de antemano en la Palabra de Dios. Esto confirmará la verdad de lo que hemos dicho y, al mismo tiempo, nos ayudará a encontrar los recursos que Dios ha reservado para quienes desean caminar fielmente y en obediencia a Dios en medio de la situación actual.
3 - Los testimonios de la Palabra de Dios sobre la ruina
3.1 - La construcción original es sólida
El Señor, y tras él los apóstoles, no habían dejado de advertir que el mal se introduciría en el nuevo orden de cosas que se iba a establecer y que debía, por un tiempo, sustituir a Israel como testimonio de Dios en la tierra. Nada tan grande, nada tan precioso a los ojos y para el corazón del Señor como la Iglesia o la Asamblea, según los designios eternos de Dios. Ella es el templo santo que se eleva, compuesto de piedras vivas y fundado sobre el Hijo de Dios; es el Cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que lo llena todo en todos; es la perla de gran valor: Él lo dejó todo, sí mismo se entregó para adquirirla; es su Esposa, a la que ama, alimenta y santifica, y que se presentará ante él sin mancha. Todo esto ya existe en lo que respecta a los verdaderos creyentes, y pronto tendrá su realización completa y perfecta en la gloria.
3.2 - La ruina de lo que se deja bajo la responsabilidad del hombre
Pero si consideramos a la Iglesia en su existencia y su camino en la tierra, su administración ha sido confiada al hombre y a su responsabilidad, como siempre ha sido el caso en las diferentes dispensaciones de Dios en la tierra. Ahora bien, hay un hecho doloroso de constatar, pero totalmente evidente, y es que el hombre siempre ha fallado cuando Dios le ha confiado algo a su responsabilidad. El primer hombre, que debía custodiar el jardín del Edén, se dejó seducir. Noé, salvado para ser el nuevo tronco de la raza humana, después de que los hombres impíos fueran engullidos por el diluvio, Noé, a quien Dios confió las riendas del gobierno, se embriagó y cayó. Israel, pueblo elegido por Jehová para mantener la verdad de la unidad de Dios en medio de las naciones idólatras, se deja llevar por la adoración del becerro de oro. El sacerdocio, establecido para mantener las relaciones entre Dios y el pueblo, cae en la persona de Abiú y Nabal, que ofrecen un fuego ajeno. La realeza, que debía guiar al pueblo por los caminos de la justicia, por el contrario, lo arrastra al culto de falsas divinidades. Y la Iglesia, responsable de hacer brillar en la tierra la luz de Cristo y de manifestar allí su vida –una vida celestial– incumple a su vez su elevada vocación y se convierte en lo más corrupto de todo, tanto más culpable cuanto que ha disfrutado de mayores privilegios.
3.3 - El Señor anuncia el mal: parábolas de Mateo 13
El Señor ya había anunciado esta irrupción del mal en las parábolas del reino de los cielos, que leemos en Mateo 13. Jesús había sido rechazado formalmente por la nación judía, representada por sus líderes (Mat. 12:14, 24). Rompe con ella y ya solo reconoce como suyos a aquellos que hacen la voluntad de su Padre al aferrarse a Él (vean Mat. 23:38-39). A continuación, en el capítulo siguiente (cap. 13), sí mismo se presenta como quien siembra la Palabra de Dios en los corazones y muestra los diferentes resultados que produce esta obra según el estado del alma y la forma en que esta recibe la Palabra. Después, en las 3 parábolas siguientes, el Señor nos da a conocer el aspecto exterior que adoptará el reino de los cielos en ausencia del Rey que ha sido rechazado, y la forma en que se establecerá. La parábola de la cizaña nos enseña que, en el campo, que es el mundo, el Señor solo había sembrado buen grano: los hijos del reino, aquellos que en realidad le pertenecen. Pero, por su parte, el enemigo, el diablo, sembró la cizaña –los hijos del maligno– entre el buen grano, aprovechándose de la negligencia de los siervos. Y estos hijos del maligno no son ni los paganos ni los judíos que ya estaban allí cuando se estableció el reino. La cizaña representa un mal introducido por Satanás en medio de los cristianos. El enemigo la sembró después de que el trigo ya estuviera sembrado, y ahora se encuentran mezclados. Los judaizantes, los falsos doctores y los herejes surgieron pronto y difundieron las malas doctrinas, al tiempo que profesaban el cristianismo. Tal es el aspecto del reino en la tierra, testimonio de la incapacidad del hombre para mantener puro lo que se le ha confiado, y este estado de mezcla entre el bien y el mal lo podemos comprobar fácilmente. ¿Se puede poner remedio al mal? No, el Señor enseña que las cosas permanecerán así hasta el momento final de la cosecha. Entonces se ejecutará el juicio sobre los malvados, y el grano bueno se reunirá en el granero.
Las 2 parábolas siguientes también presentan el aspecto exterior del reino. En la primera, lo vemos representado como un gran árbol que brota de una semilla muy pequeña. De hecho, a los comienzos muy modestos del cristianismo, como es sabido, les siguió un crecimiento rápido y sorprendente en grandeza y extensión. En menos de 3 siglos, había traspasado los propios límites del vasto Imperio romano, y no ha dejado de extenderse. Se ha convertido en una gran potencia sobre la tierra, lo que siempre simboliza un gran árbol en el lenguaje figurado de las Escrituras (vean Dan. 4:20-22; Ez. 31:3-6). Pero este árbol da cobijo a las aves del cielo. También es una mezcla, y cabe señalar que, en general, las aves se consideran símbolos del mal. «Descendían aves de rapiña» sobre el sacrificio ofrecido por Abraham, y el patriarca debe ahuyentarlas (Gén. 15:11). «Como jaula llena de pájaros», dice Jeremías, «así sus casas están llenas de engaño» (5:27). Y en la parábola del sembrador, son la imagen del malvado que arranca la palabra del corazón. Así, el cristianismo, convertido en una gran potencia en la tierra, alberga toda clase de herejías, de errores y de hombres que las defienden, así como a multitud de no creyentes.
La siguiente parábola es la de la levadura que extiende su acción por toda la masa pura. Ahora bien, la levadura no es el Evangelio que llena el mundo; pues, por un lado, el mundo corrupto no es lo que representa la harina –algo puro– y, por otro lado, la levadura en las Escrituras es siempre símbolo de algo malo (Mat. 16:11, 12; 1 Cor. 5:6, 8; Gál. 5:9), por lo que no es el Evangelio. La masa sin levadura es lo que Dios ha establecido, y la levadura es lo que el hombre ha introducido y que lo estropea todo.
El Señor, en estas 3 parábolas, nos da a conocer, pues, que el mal, por la acción del enemigo y la negligencia de los siervos, se introduciría en el reino que se iba a establecer en la tierra en ausencia del Rey, y que ese mal se extendería y no terminaría hasta el juicio.
3.4 - Pablo anuncia el mal
El apóstol Pablo también es muy claro y tajante sobre este tema. Al despedirse de los ancianos de la iglesia de Éfeso, pero abarcando en su pensamiento a toda la Iglesia, anuncia que, tras su partida, cuando su autoridad apostólica y su energía por el Espíritu ya no estén ahí para refrenar el mal, este se introducirá bajo una doble forma. «Sé», dice, «que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos voraces, que no perdonarán el rebaño. Y de entre vosotros mismos se levantarán hombres hablando cosas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras de sí» (Hec. 20:29-30). Así pues, tanto desde fuera como desde dentro vendrían aquellos que corromperían a la Iglesia. ¡Y era precisamente de entre ellos!, cuya tarea era pastorear y cuidar del rebaño, de donde surgirían los falsos maestros. ¿No es eso lo que ha ocurrido y lo que vemos en la cristiandad?
En 1 Corintios 3:9-17, el apóstol nos muestra la construcción del edificio de Dios confiada a la acción del hombre. Él, como un sabio arquitecto, había puesto el único y verdadero fundamento: Jesucristo. Otros edifican sobre este fundamento, pero cada uno debe considerar qué materiales aporta a la estructura del edificio. Hay quienes aportan buenos materiales, otros que introducen materiales sin solidez ni valor, y otros, corrompen el templo de Dios. De hecho, eso es lo que ha ocurrido y lo que ha provocado la ruina del edificio.
Si tomamos 1 Timoteo 4:1-3, veremos allí anunciada la apostasía de algunos. Seducidos por el enemigo, a cuya voz habrán prestado oído, abandonarán las verdades que son objeto de la fe y las sustituirán por sus propias enseñanzas; enseñanzas contrarias a lo que Dios ha establecido, e introducidas con el pretexto y la pretensión de alcanzar una mayor santidad. ¿Quién no ve aquí los errores de Roma con respecto al celibato y al ascetismo?
2 Timoteo 3:1-5, revela un mal más general que caracterizaría los últimos días. Observemos que aquí no se trata de los paganos, como en Romanos 1, sino precisamente de aquellos que profesan el cristianismo y en quienes se encuentran los mismos rasgos de corrupción. Así, al igual que la levadura doctrinal, la levadura moral se extendería y corrompería la masa pura. ¿No es esto lo que vemos a nuestro alrededor? Aparte de unos pocos que rechazan abiertamente el cristianismo, ¿no lo profesa la mayoría, «teniendo apariencia de piedad, pero negando el poder de ella»? Y no creamos que haya una posible mejora para este mal; el apóstol dice más adelante: «Los hombres malos y los impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados» (2 Tim. 3:13).
El comienzo del capítulo 4 de la misma Epístola añade un rasgo más a este cuadro. «Vendrá», dice Pablo, un «tiempo en que no soportarán la sana doctrina; sino que, teniendo comezón por oír, se amontonarán para sí maestros, conforme a sus propias concupiscencias; y apartarán el oído de la verdad y se volverán a las fábulas» (v. 3-4). En general, ¿dónde está hoy en día la sana doctrina? ¿No es cierto que se prefieren los discursos que halagan agradablemente los oídos y que despiertan el interés de la inteligencia natural y la imaginación, sin preocuparse de si el fondo es Cristo y la verdad? ¿Qué es lo primero que se pregunta cuando se habla de un predicador? ¿Es: “¿Predica de manera bíblica?” o: “¿Predica bien?”, es decir, ¿de forma agradable?
3.5 - Pedro y otros anuncian el mal
A las palabras de Pablo, añadamos las del apóstol Pedro en su Segunda Epístola: «Pero también hubo falsos profetas entre el pueblo, como también entre vosotros habrá falsos maestros, los cuales introducirán furtivamente herejías destructoras… y muchos seguirán su libertinaje» (cap. 2:1-2).
De todos estos pasajes podemos concluir que la ruina de la Iglesia, que hemos comprobado con hechos, era algo previsto y anunciado por el Señor y sus apóstoles, del mismo modo que en otro tiempo lo había sido la apostasía de Israel por los profetas.
Otros pasajes del Nuevo Testamento nos revelan un hecho no menos importante: que el mal ya tendía a introducirse en tiempos de los apóstoles, aunque fue contenido y reprimido por su energía activa. Así, Dios ha dispuesto que dispongamos de las orientaciones y exhortaciones que pueden guiarnos en el tiempo presente, en estos «tiempos difíciles», «esta última hora», en la que nos encontramos.
3.6 - El inicio del declive
La primera indicación del comienzo del declive y la ruina en tiempos de los apóstoles se encuentra en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses. Esta es una de las primeras cartas que escribió el apóstol. Data aproximadamente del año 52. Al hablar a esta iglesia de la venida del Señor, de «la manifestación de su venida», como él la denomina, Pablo dice que este acontecimiento no tendrá lugar hasta que se haya producido la apostasía y haya aparecido el hombre de pecado; y luego añade: «El misterio de la iniquidad ya está actuando» (2 Tes. 2:7-8). Por lo tanto, lo que debemos esperar no es que la Iglesia recupere su pureza primitiva, sino una situación que irá empeorando y culminará en la apostasía y en el Anticristo. Ya se vislumbraban los gérmenes de ese terrible mal, y el ojo vigilante del apóstol los discernía.
En la iglesia de Corinto se manifestaban todo tipo de desórdenes: divisiones, mal moral tolerado y falsas doctrinas (1 Cor. 1; 5; 15). En Roma, había que vigilar a quienes causaban divisiones con cosas que no estaban de acuerdo con la doctrina que los cristianos habían aprendido (Rom. 16:17). Los gálatas se apartaban del Evangelio para seguir a los maestros judaizantes (vean toda la Epístola); entre los filipenses, había quienes eran enemigos de la cruz de Cristo (Fil. 3:18-19); los colosenses corrían el peligro de no mantenerse firmes en lo esencial y dejarse llevar por la filosofía y las enseñanzas de los hombres (Col. 2:4, 8, 19). El apóstol combate todas estas cosas con energía, advierte y reprende a los santos dándoles sabias y valiosas instrucciones que perduran para nosotros; pero los principios del mal estaban ahí y esperaban la ocasión para desarrollarse. Como hemos visto, la advertencia de Pablo a los ancianos de Éfeso muestra que de entre ellos mismos surgirían los falsos maestros.
En 1 Timoteo 5:15, se ve que el mal se estaba desarrollando; pero es sobre todo la Segunda Epístola, el último escrito de Pablo, la que nos da testimonio de sus funestos avances y del estado en que había caído la Iglesia. Toda la Epístola lleva la huella de ello. Antaño, toda Asia había escuchado el Evangelio de boca de Pablo, y las pruebas del poder del Espíritu para la conversión y el camino fiel de las almas habían sido evidentes (Hec. 19:10, etc.). Por eso podía decir con gozo: «Os saludan las iglesias de Asia» (1 Cor. 16:19). En Hechos 20:37-38 se aprecia el vivo afecto que los ancianos de Éfeso, la principal de esas iglesias, muestran al apóstol. Han pasado algunos años (unos 12) y cuánto han cambiado las cosas. Pablo, prisionero en Roma, escribe a Timoteo: «Se apartaron de mí todos los de Asia» (2 Tim. 1:15). ¡Se han apartado del apóstol, el heraldo de la verdad, el siervo dedicado del Señor, por cuyo ministerio habían recibido tantas gracias! ¡Cuántos hay hoy en día que se apartan de la doctrina del apóstol, diciendo que se equivocaron, que se dejaron influir por sus prejuicios rabínicos!
En la Primera Epístola, la Iglesia sigue presentándose en orden, como la Casa de Dios, la columna y el cimiento de la verdad (3:15). El apóstol sigue hablando allí de supervisores y siervos (obispos y diáconos), como cargos que reconoce en la Iglesia. Da normas relativas al orden que hay que mantener (1 Tim. 3; 5). En la Segunda Epístola, ya no se menciona nada de esto. El apóstol recomienda a Timoteo que confíe a hombres fieles el santo depósito de las sanas palabras (2 Tim. 2:2). Ya no se habla de la Casa de Dios; la situación se compara con «una casa grande», donde no solo hay vasos puros y preciosos, como correspondería a un templo de Dios –vasos destinados exclusivamente al servicio del Maestro–, sino donde, como en una vivienda humana, hay una mezcla confusa de vasos viles con los demás (2 Tim. 2:20-21). ¿No es esto lo que vemos plenamente manifestado? La cizaña había crecido, se distinguía claramente, mezclada con el buen grano. Se enzarzaban en discusiones estériles; el espíritu de especulación engendraba el error que se propagaba: Himeneo y Fileto enseñaban que la resurrección ya había tenido lugar (v. 14-18). Por otra parte, tal era el abandono en el que se había dejado al apóstol, tal era el enfriamiento del afecto cristiano, tal la falta de celo y el temor al mundo, que nadie en Roma había asistido a Pablo en su testimonio (cap. 4:10, 16).
3.7 - La comprobación y la denuncia del mal por parte de Juan y Judas
Juan, varios años después de Pablo, nos muestra que la triste y lamentable situación de la Iglesia había empeorado aún más: «Aun ahora», dice, «han surgido muchos anticristos… salieron de [entre] nosotros» (1 Juan 2:18-19). En su Segunda Epístola, advierte a la señora elegida contra esos seductores (v. 7) y, en la Tercera, vemos a un Diotrefe usurpando la autoridad en una asamblea y adquiriendo suficiente influencia como para poder rechazar al apóstol y excluir de la asamblea a quienes estaban en comunión con él (v. 9-10). Las Epístolas del Señor a las 7 iglesias del Apocalipsis, aparte de su carácter profético, dan testimonio también de la ruina que se iba agudizando cada vez más. Éfeso había perdido su primer amor; en Pérgamo, la Iglesia se había mezclado con el mundo, sede de Satanás, y permitía actuar a personas que defendían la doctrina de Balaam o la de los nicolaítas; Tiatira toleraba a la falsa profetisa Jezabel; Sardes daba la impresión de estar viva, pero estaba muerta, y Laodicea, debido a su indiferencia hacia Cristo, iba a ser vomitada de la boca del Señor (Apoc. 2 y 3).
Por último, Pedro, en su Segunda Epístola, al igual que Judas, en la suya, nos dan a conocer la espantosa mezcla que existía en las asambleas: malvados que, bajo el nombre de cristianos, se entregaban a todo tipo de iniquidades, y a quienes los fieles toleraban en medio de ellos (2 Pe. 2:10-14; Judas 4, 8-13).
3.8 - No hay restauración
Así pues, la situación en la que nos encontramos ya había sido anunciada y había comenzado en tiempos de los apóstoles, y continuará hasta el fin. Aunque Dios actuó de manera maravillosa cuando los hombres a quienes suscitó en tiempos de la Reforma sacaron a la luz su Palabra y las grandes verdades de la salvación por la fe, no ha habido una restauración de la Iglesia ni cabe esperarla. Fue como cuando los judíos regresaron del cautiverio de Babilonia. No fueron restablecidos en su posición original. Solo habían regresado 2 tribus, y aún permanecían bajo el dominio de los gentiles, y la gloria de Jehová no había vuelto a habitar en el templo. Para la Iglesia, el final es la apostasía definitiva y el juicio, tal y como hemos visto en 2 Tesalonicenses 2. El apóstol Pablo, en la Epístola a los Romanos, capítulo 11:16-24, deja entrever claramente este juicio cuando habla del futuro de los judíos. Ahora bien, como hemos visto, la cristiandad no ha perseverado en la fe y en la bondad de Dios, y será juzgada (vomitada), al igual que la higuera estéril que representa a Israel (Lucas 13:6-9). Esto es lo que se desprende de la Epístola de Judas y de las palabras del Señor a la iglesia de Laodicea. En Judas vemos cómo, a la venida del Señor, el juicio recae sobre los impíos de los que habló y que, en su época, se introducían entre los fieles (v. 14-15), y Laodicea, la iglesia profesa del fin es vomitada de la boca del Señor.
Puesto que no debemos esperar un resurgimiento, una restauración de la Iglesia como tal, ¿qué nos queda por hacer? Indagar si hay un camino de Dios que seguir en medio de la ruina, y cuál es. Se podría objetar a lo que hemos dicho con las palabras del Señor Jesús acerca de la Iglesia: «Edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mat. 16:18). Bendito sea Dios, así es. “El fundamento sólido permanece”. Dios actúa siempre por medio de su Espíritu y reúne a los miembros del Cuerpo de Cristo, las piedras vivas que son las únicas que forman parte de la estructura del templo santo que no deja de elevarse (Efe. 2:21). Lo que Cristo edifica, lo que depende de él, es perfecto y se manifestará así en la gloria; los designios de Dios prosiguen y tendrán su pleno cumplimiento, pero lo que dependía de la acción del hombre, lo que se le había confiado –la Iglesia como vaso del testimonio de Dios en la tierra– todo ello está en ruinas, y nuestra responsabilidad actual es buscar cómo andar conforme a Dios en medio de esta situación. Intentaremos mostrar lo que la Escritura nos enseña al respecto.
4 - ¿Cuál es el camino de la fe en tiempos de ruina?
4.1 - La gracia sigue trayendo almas
Aunque el estado de la Iglesia sea deplorable, como hemos mostrado, y aunque la ruina y la confusión se manifiestan por todas partes y se acentúan cada vez más, no debemos cerrar los ojos ante lo que Dios obra en su gracia soberana, incluso en una época como la que vivimos. Además de la Reforma, ha habido en diferentes épocas, y también en nuestros días, avivamientos en los que muchas almas han encontrado la salvación. Actualmente, hay una gran actividad dedicada a la evangelización. Sin duda sería deseable que esta obra continuara de una manera que, en general, estuviera más en armonía con la Palabra de Dios y los ejemplos que esta presenta. Con demasiada frecuencia se apela más a los sentimientos que a la conciencia, de ahí la escasa profundidad y realidad de los resultados. A menudo, además, se busca más bien una mejora en la conducta exterior, de modo que la evangelización se convierte en una obra filantrópica. Pero, sea como fuere, hay conversiones, alabado sea Dios por ello, pues el Espíritu Santo, que descendió a la tierra el día de Pentecostés (Hec. 2), actúa soberanamente y, para gloria de Cristo, salva las almas llevándolas a Él, a pesar de las faltas de los hombres y en medio de la ruina de la Iglesia.
4.2 - Se necesita más que la salvación del alma
Pero ¿es eso todo, ser salvo? No; cuando un alma se ha convertido al Señor, le queda por resolver la cuestión de su camino. Ya no se pertenece a sí misma, sino a Aquel que, por ella, murió y resucitó; por lo tanto, ya no debe vivir para sí misma, sino para Él (2 Cor. 5:15). Todo cristiano serio comprende que, al haber nacido de Dios, debe llevar, como individuo, una vida santa, dedicada a su Salvador, en obediencia a su Palabra. Pero eso no es todo; la obediencia no consiste únicamente en apartarse de lo que no es conforme a Dios y en cumplir con lo que le agrada en la vida individual. Hay otra parte del camino del cristiano que no es menos importante. No está llamado a permanecer solo. Es hijo de Dios y, como tal, forma parte de una familia; es miembro del Cuerpo de Cristo; ha sido constituido adorador de Dios, para rendirle culto en espíritu y en verdad junto con los demás adoradores; forma parte de la casa espiritual, del santo sacerdocio, para ofrecer a Dios sacrificios espirituales (1 Juan 3:1; Rom. 12:5; Juan 4:23-24; 1 Pe. 2:5). La pregunta que se plantea, pues, o que debería plantearse, para todo nuevo converso y para todo cristiano es la siguiente: “¿Con quién me reuniré para rendir culto a Dios? ¿Dónde se encuentra actualmente la reunión conforme a Dios y al pensamiento de Cristo?”. Y esto no es, estemos seguros de ello, algo indiferente para Dios, ni para el bien y el progreso del alma.
4.3 - Una pregunta: ¿Dónde reunirse?
Al principio, la cuestión ni siquiera se planteaba. Solo existían los judíos, los paganos y la Asamblea de Dios (1 Cor. 10:32). Un convertido de entre los judíos o los paganos pasaba necesariamente a formar parte de la Asamblea o Iglesia. Por lo tanto, se reunía con los cristianos de la localidad en la que se encontraba, rendía culto con ellos y se sentaba con ellos a la Mesa del Señor, que era una sola. Hoy en día, en medio de la ruina y la confusión universales de la cristiandad, la situación es muy diferente. Un alma se convierte y desea servir al Señor, ¿adónde irá? ¿Con quién se reunirá? Vuelvo a preguntar: ¿Es esto algo de poca importancia a los ojos del Señor? ¿Nos vemos reducidos, para resolver tal cuestión, a examinar y sopesar los argumentos que presenta cada iglesia o secta, dejándonos, al fin y al cabo, elegir solo entre opiniones humanas? ¿O habría que unirnos indistintamente a todos, como si la verdad se encontrara en todas partes, o más bien en ninguna?
¡No; bendito sea Dios! Él no nos ha dejado, ni en esta cuestión ni en la de la salvación, que nos guiemos por nuestra propia luz. Es importante para su gloria, como corresponde a su sabiduría y a su amor, que caminemos en todos los aspectos por el sendero que él nos ha trazado. Por eso ruego encarecidamente a cada uno de mis lectores que traten de comprender bien lo que tiene que hacer para obedecer a Dios en relación con este importante asunto. Lo que hemos dicho sobre la confusión que reina en la cristiandad pone de manifiesto la necesidad de tener las cosas claras a este respecto. El nacimiento, las circunstancias, el apego a quien fue el medio de nuestra conversión o a cristianos a quienes apreciamos, o incluso cierta inclinación por unas u otras formas, pueden haber hecho que nos hayamos unido a una denominación cristiana cualquiera, pero nuestra responsabilidad ante Dios es preguntarnos: “¿Estoy donde Dios quiere que esté? ¿Es esta la comunidad según él? Al estar aquí o al unirme a ella, ¿he seguido su Palabra?”.
Para responder a estas preguntas, primero hay que resolver esta otra: “¿Cuál es la regla de la verdad? ¿Dónde se encuentra la piedra de toque divina? ¿Cómo conoceré con certeza el pensamiento de Dios?”. Pues bien, queridos lectores, ocurre lo mismo que con la cuestión de su salvación: es la Palabra de Dios la que les da a conocer Su pensamiento, y que es la norma de la verdad. Es ella la autoridad suprema que nos guía, y el Espíritu Santo nos la hace comprender y la aplica a nuestras almas. La única piedra de toque para saber si nuestro camino es el que Dios quiere que sea es su Palabra.
4.4 - ¿Dónde encontrar los recursos? – La Palabra de Dios
Los mismos pasajes que nos advierten del mal que tendía a introducirse o que ya se había introducido en la Iglesia nos revelan este recurso único y plenamente suficiente. ¿Qué les dice Pablo a los ancianos de Éfeso, tras haberles advertido de los peligros que amenazaban a la Iglesia? Para conjurar esos peligros, ¿los remite a un papa o a un concilio infalibles? ¿Les dice que redacten una constitución con una confesión de fe, o que elijan un sínodo o un presbiterio? No, esto es lo que les presenta como único recurso y salvaguardia para todos los tiempos y todas las circunstancias: «Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, la cual es poderosa para edificaros» (Hec. 20:32). Dios, actuando por medio de su Espíritu; su Palabra como guía en medio de las dificultades (Hebr. 4:12) y como arma contra las artimañas del enemigo (Efe. 6:17), ¿no es eso suficiente?
Encontramos lo mismo en la Segunda Epístola a Timoteo. La ruina ya había comenzado y aún iba a agravarse. ¿A qué remite el devoto siervo del Señor a los fieles, para que se mantengan a salvo de las seducciones del mal? A la autoridad suprema y a la plena suficiencia de la Palabra de Dios. Escuchemos lo que dice: «Los hombres malos y los impostores», dice, «irán de mal en peor, engañando y siendo engañados», y esto en la cristiandad, pues no se trata ni de los judíos ni del mundo pagano. ¿Qué hacer en tales circunstancias? He aquí la respuesta: «Pero tú, persevera en lo que aprendiste y fuiste persuadido, sabiendo de quién lo aprendiste; y que desde la niñez conoces las Santas Escrituras, que pueden hacerte sabio para la salvación mediante la fe que es en Cristo Jesús» (2 Tim. 3:13 -17). Ahora bien, las cosas que Timoteo había aprendido las recibió de Pablo, el apóstol del Señor, y nosotros tenemos los escritos inspirados de Pablo, que ahora forman parte de las Sagradas Escrituras, de las Escrituras de las que él habla a Timoteo (vean 2 Pe. 3:15-16). La fidelidad a las Escrituras es, por tanto, la protección contra el error, y constituyen la norma para el cristiano. Su autoridad es suprema, pues están inspiradas por Dios y son aptas para enseñar e instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado.
Pedro, en su Segunda Epístola, donde también habla de los falsos maestros y del mal que se estaba introduciendo entre los fieles, dirige asimismo su mirada hacia la palabra profética y les exhorta a recordar las palabras de los profetas y lo que el Señor y Salvador dijo por medio de los apóstoles (2 Pe. 1:19; 3:1-2). Judas habla de la misma manera (v. 17); pues bien, estas palabras de los apóstoles, las tenemos en el Nuevo Testamento.
Nuestra guía para hacernos conocer el camino de Dios a través de la situación en la que nos encontramos no son por tanto las tradiciones, las ordenanzas de los hombres, los acuerdos humanos, por muy sensatos que puedan parecer, sino la Palabra infalible de Dios. Lectores, ¿creen que el Nuevo Testamento, al igual que el Antiguo, es la Palabra inspirada por Dios? ¿Creen que le deben una obediencia plena e incondicional? Entonces, es solo a ella a quien deben seguir en la cuestión que nos ocupa, y ella les dará para ello todas las indicaciones necesarias. Lo importante es abrir los ojos a lo que dice y obedecer sencillamente, sin dejarse detener por prejuicios, ideas preconcebidas, hábitos y ataduras que quizá se hayan forjado hace mucho tiempo. Hay que estar decidido, cueste lo que cueste, a mantenerse firme por Dios y su Palabra.
4.5 - La responsabilidad individual (2 Timoteo 2)
Dicho esto, ¿cuál es el camino trazado para la fe por la Palabra de Dios? Para verlo, volvamos al pasaje de 2 Timoteo 2:17-22, del que hemos hablado al referirnos al mal que predijo el apóstol y que ya comenzaba en su época. Sean cuales sean la ruina y la confusión, «el sólido fundamento de Dios» está firme. Su sello tiene 2 caras y 2 lemas. Por un lado, «conoce el Señor a los que son suyos». Los distingue en medio de la infidelidad general. Esa es la perspectiva de Dios. Pero hay otra: la de la responsabilidad individual en medio del mal. Y he aquí, a este respecto, el principio de suma importancia para todo cristiano deseoso de obedecer a Dios: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor». Así pues, cualquiera que se acoja al nombre del Señor; en otras palabras, cualquiera que se diga cristiano, está obligado a apartarse de todo lo que no esté en armonía con la voluntad de Dios expresada en su Palabra. Es importante comprender bien el alcance de esta exhortación: «Apártese de la iniquidad».
Observemos, en primer lugar, que la iglesia exterior, el conjunto de los que profesan la fe cristiana, se concibe como una casa grande –una morada humana, donde se mezclan vasos a honor y vasos a deshonor–. Como ya hemos señalado, ya no es «la Casa de Dios», el templo donde solo deben encontrarse vasos santos. Ahora bien, el cristiano –me refiero al que lo es, no solo de nombre, sino en realidad– se encuentra de hecho en esta casa grande; pero si es fiel, si quiere ser él mismo un vaso a honor, santificado, útil para el Maestro, su responsabilidad es obedecer a la Palabra que le prescribe apartarse de la iniquidad, purificarse separándose de los vasos a deshonor. Una vez más, intentemos comprenderlo bien. No se trata solo de apartarse del mal moral y caminar en la pureza, ni de romper las relaciones con quienes llevan una conducta mundana o escandalosa. El apóstol tiene en mente otro mal. Es aquel que proviene de hombres que, al seguir sus propios pensamientos, se han apartado de la verdad. «La iniquidad» es, en efecto, todo aquello que se deriva de la voluntad propia del hombre, sin tener en cuenta la de Dios. Apartarse de la iniquidad es, por tanto, separarse, distanciarse de todo lo que el hombre ha establecido por su cuenta en la casa grande: sistemas y ordenanzas.
En la época de los reformadores, aquellos que estaban iluminados por la Palabra de Dios se apartaron del vasto sistema de iniquidad que había invadido la Iglesia. En este sentido, obedecieron el mandato del apóstol. ¿Por qué restablecer después otros sistemas bajo el nombre de iglesias reformadas, luteranas, nacionales, libres, independientes, etc.? Es cierto que no encierran las abominaciones de Roma, pero no por ello dejan de ser fruto de la voluntad del hombre y no han hecho más que introducir confusión en la Iglesia. ¿Encontramos algún rastro de tal situación en las Escrituras? En nuestros días, como hemos visto, ¿qué no albergan, estas diversas denominaciones del protestantismo? Racionalismo, incredulidad, negación de las verdades fundamentales del cristianismo, falsos maestros, hombres semejantes a Himeneo y Fileto que subvierten la fe, por no hablar de todo tipo de aberraciones. ¿No es esto la iniquidad? ¿Acaso honra al Señor esta manifestación de la voluntad del hombre que pretende regular y organizar donde Dios no ha dicho nada, o que se erige en juez de su Palabra para actuar a su antojo? ¿Qué me queda entonces por hacer, sino purificarme y separarme de estas cosas? Esa es mi responsabilidad ante Dios, si quiero ser obediente. Puedo reconocer a los verdaderos cristianos que se encuentran en todos esos sistemas y sectas, pero por muy dedicados que sean, no debo seguirles en su postura contraria a las Escrituras. Debo separarme de todo lo que no haya sido establecido por Dios, de todo lo que su Palabra no apruebe; y mucho más cuando se haya adherido a ello un mal evidente. Esa es la iniquidad [3], y no podría unirme a ella ni permanecer vinculado a ella sin participar en ella. Que todo cristiano serio que lea estas líneas se pregunte: “¿Estoy realmente seguro de contar con la aprobación de la Palabra de Dios al permanecer vinculado a tal o cual sistema religioso?”
[3] Aunque una organización humana contuviera a muchos cristianos auténticos, o incluso estuviera compuesta únicamente por cristianos auténticos, sería desobedecer a Dios permanecer en ella bajo ese pretexto. El mero hecho de que no haya sido establecida por Dios me obliga a separarme de ella.
Así pues, el primer paso en el camino de Dios es apartarse de la iniquidad, de lo que la Palabra de Dios no establece, de lo que es fruto de los pensamientos y la voluntad del hombre. Y debemos hacerlo, aunque nos quedemos tan solos como Elías creía estarlo cuando decía: «Solo yo he quedado» (1 Reyes 19:14). ¿Qué queremos seguir? ¿Nuestros pensamientos, nuestros gustos y nuestros sentimientos, o bien la voluntad de Dios?
Algunos ven claramente el mal que hay en los sistemas religiosos, pero dicen: “Debemos quedarnos donde estamos y emplear toda nuestra influencia para intentar reformar los abusos y protestar contra el error”. Esos verán pronto, con dolor, que son incapaces de frenar el avance del mal. Protestar en medio del mal, permaneciendo de hecho asociados a él, es una protesta sin fuerza e inconsistente. La verdadera protesta consiste en salir del mal y, sobre todo, es el mandato de Dios, que no puede aceptar compromisos con la iniquidad: «¡Salid de en medio de ellos y separaos!, dice el SEÑOR, y ¡no toquéis cosa inmunda, y yo os recibiré!» (2 Cor. 6:17). Una promesa preciosa, ¿no es así? «Así que salgamos a él, fuera del campamento, llevando su oprobio» (Hebr. 13:13). El campamento era un sistema de ordenanzas y ceremonias establecido sobre el principio de que Dios y el hombre pecador pueden habitar juntos. Eso es lo que existía en Israel. Ese sistema llegó a su fin, cuando el hombre expulsó a Dios del campamento, cuando Cristo fue crucificado. Había que salir de él para estar con Jesús. La posición cristiana estaba fuera del campamento. Aunque el hombre vuelva a crear “campamentos”, estableciendo, en el cristianismo, según su voluntad y su propia sabiduría, sistemas religiosos que consisten en ordenanzas y reglamentos, la exhortación de la Palabra sigue vigente: «Salgamos hacia él (Jesús)», para encontrarnos en la posición normal que corresponde al cristiano.
4.6 - No quedarse aislado
Supongamos ahora que un alma se ha visto impulsada a obedecer la Palabra de Dios y que ha entrado en el camino de la fe separándose de las organizaciones religiosas establecidas por los hombres; ¿no se sentirá entonces en un extraño aislamiento? ¿Qué hará?
La Palabra de Dios, que la ha llevado a dar el primer paso, le indica un segundo paso con estas palabras: «Huye de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón puro invocan al Señor» (2 Tim. 2:22). Huir de los deseos (vean 1 Juan 2:16), perseguir la justicia, la fe, el amor y la paz es, sin duda, lo que le corresponde a cada cristiano individualmente. Esto es lo que conviene a la presencia de Dios, y la actividad de la vida de Dios en el alma, por medio del Espíritu Santo, dará este fruto. Cada uno de nosotros debe examinar si, en su camino, pone en práctica esta exhortación del apóstol. Pero el pensamiento de Dios va más allá. En medio de la multitud de profesos que llenan la casa grande y se proclaman cristianos, hay almas «que corazón puro invocan al Señor» [4]. Un corazón puro sigue el mandato de la Palabra: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor». Es un corazón que, sin mezcla alguna, desea servir para el Señor y rechazar todo lo que deshonra su nombre. Es un corazón que, habiéndose separado del mal, camina en el temor y la comunión con Dios. Si, pues, un alma ha sido llevada a invocar así el nombre del Señor, y se encuentra con otras que caminan por el mismo sendero, su lugar no es quedarse sola, sino proseguir junto a ellas la justicia, la fe, el amor y la paz. Quedarse solo en este caso sería tan poco obediente como no separarse del mal una vez reconocido. Es evidente que, si no encuentro a tales personas, debo esperar a que Dios me las haga encontrar; pero, en ningún caso, bajo ningún pretexto, debo volver a unirme a lo que he juzgado y condenado. Sería reconstruir lo que he derribado y convertirme en transgresor [5] (Gál. 2:18). Esperar en Dios, confiar en Él, es siempre y en todo momento el camino seguro.
[4] Es evidente que este «corazón puro» no significa en absoluto que quien lo posee ya no tenga pecado en su interior, como muchos afirman hoy en día. La Escritura dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8).
[5] Ruego a las almas que se han separado de los sistemas humanos que sopesen bien esto. Uno puede encontrarse, por circunstancias de la vida, separado de aquellos con quienes caminamos en comunión. Esto nunca es motivo para buscar en un sistema humano una edificación que Dios, si esperamos en Él, nos dará más pura y real solo a través de su Palabra.
La obediencia individual conducirá así, por el sendero de la fe, a almas que caminarán juntas. De este modo, se formará, bajo la mano de Dios, un remanente, como el que vemos en medio de la ruina al final de cada dispensación. En Ezequiel, cuando la destrucción de Jerusalén era inminente, Jehová dijo a su mensajero: «Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella» (Ez. 9:4). Aquellos que desean ser fieles a Dios, en este día de ruina, no pasan con el corazón ligero esta triste situación. Cuanto mejor lo conocen, más lo sienten en sus corazones y más se afligen por ello. Escuchemos a otro profeta, que también anunció, algún tiempo antes que Ezequiel, en los días de Josías, el juicio que se abatiría sobre Judá: «Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová. El remanente de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni en boca de ellos se hallará lengua engañosa; porque ellos serán apacentados, y dormirán, y no habrá quien los atemorice» (Sof. 3:12-13).
El carácter del remanente no es la grandeza que llama la atención del mundo. Es débil y despreciado, también es tranquilo y sin temor, y camina por sendas de verdad y justicia. El último de los profetas, cuando los que habían sido traídos de vuelta del cautiverio caían en un frío formalismo, nos muestra también un remanente fiel, del que más tarde encontramos expresión en los Zacarías, los Simeón y las Ana en los 2 primeros capítulos de Lucas. «Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó» (Mal. 3:16). Encontramos aquí la conducta colectiva de testigos que, al actuar así, son aprobados por Jehová.
Por último, vemos en el Nuevo Testamento los rasgos de un verdadero remanente entre los santos de Filadelfia (Apoc. 3:7-13). Es también el final de una dispensación: el Señor anuncia su próxima venida y, como dicen los versículos siguientes, Laodicea, la iglesia profesa, va a ser vomitada de la boca del Señor. Los fieles de Filadelfia se enfrentan, por un lado, a pretensiones religiosas, a un sistema basado en tradiciones y ordenanzas –aquellos que se dicen judíos, y no lo son–; y, por otro lado, se encuentran “los que habitan en la tierra”, el mundo, apegado a la tierra, con sus intereses y placeres en ella. En medio de esta situación que provoca el juicio de Dios, los santos, aunque tienen poca fuerza, se han aferrado únicamente a Cristo: han guardado su Palabra y no han renegado de su Nombre. De este modo, se encuentran separados de una religión humana y del mundo, y asociados a Cristo personalmente, guardando y perseverando en la palabra del Señor. Ruego a mis lectores que sopesen ante Dios, con seriedad y en oración, este pasaje de la Palabra en el que se trazan los rasgos de un camino fiel y paciente de dedicación a Cristo, y en el que el propio Cristo se presenta con los rasgos que los fieles deben imitar como asociados a su persona: el Santo y el Verdadero.
5 - ¿Qué queda para el camino colectivo?
Ahora se plantea una cuestión importante para aquellos que han entrado en el camino de la fe y desean servir a Dios en él. Habiendo dejado atrás las formas, las ordenanzas y las organizaciones humanas: “¿Qué tendrán cuando se reúnan? ¿Qué les quedará para su camino colectivo?”
5.1 - El único centro de las reuniones
Tendrán todos los principios divinos, según los cuales los cristianos se reunían en los comienzos. Así tendrán el fundamento, el único, pero seguro fundamento sobre el que son edificados como piedras vivas, a saber, Jesucristo, el mismo ayer, hoy y por los siglos (1 Pe. 2:5-8; Efe. 2:20-22; Hebr. 13:8). Tendrán a Jesucristo, la Cabeza del Cuerpo del que son miembros, unidos a él por el Espíritu Santo con el que han sido bautizados (Col. 1:18; 1 Cor. 12:12-13).
A continuación, habiéndose apartado de la iniquidad por fidelidad al Señor cuyo nombre invocan, y habiendo, según la exhortación del apóstol, salido del campamento hacia Jesús –y no unos hacia otros–, se encontrarán reunidos a ese Nombre, único centro que el propio Señor señala, y hacia el cual el Espíritu Santo los habrá conducido. Reunidos a ese nombre, por muy reducido que sea su número, tendrán a Jesús en medio de ellos, según su promesa: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20).
5.2 - El Espíritu Santo y los dones
Además, tendrán al Espíritu Santo, no como una influencia, sino como una Persona divina, el Consolador prometido para permanecer con nosotros eternamente (Juan 14:16-17). Sea cual fuere la situación en la cristiandad, sabemos que el Espíritu Santo, que vino a la tierra el día de Pentecostés (Hec. 2), según la promesa del Señor, sigue estando ahí, actuando en las almas allá donde se anuncia el Evangelio. En la iglesia profesa, su presencia suele olvidarse y su personalidad, a menudo, negarse. La exhortación del apóstol: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios», y la no menos importante: «No contristéis al Espíritu» (Efe. 4:30; 1 Tes. 5:19), se malinterpretan y se tienen muy poco en cuenta. ¿Acaso no se entristece el Espíritu ante la confusión que reina en el cristianismo? ¿No es apagar el Espíritu en aquellos que han recibido dones de gracia por medio del Espíritu el hecho de no permitir su ejercicio, a menos que formen parte de un ministerio establecido y consagrado por el hombre? Pero aquellos que se reúnan en el nombre de Jesús reconocerán la presencia y la acción del Espíritu Santo y permitirán que los dones de gracia se ejerzan libremente entre ellos.
De hecho, tendrán y reconocerán los dones que Cristo, el Señor, otorga para el ministerio, tal y como se nos muestran en Efesios 4:8-13; Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:28. En el primero y el último de estos pasajes, los dones son las personas mismas que poseen los diversos dones de gracia. Sin duda, los dones de apóstoles y profetas ya no subsisten hoy en día en el mismo sentido que tenían al principio; pero los de evangelistas, maestros y pastores, permanecen para la edificación del Cuerpo de Cristo. No queremos decir que, en los diversos sistemas humanos, no existan estos dones, pues Dios actúa en su gracia soberana; pero no están en su lugar, y, por lo demás, aquí nos limitamos a indicar lo que tendrán aquellos que se hayan separado de las organizaciones humanas. Les quedará todo lo que es de Dios y, en particular, el ministerio de los dones que Cristo dispensa.
5.3 - La Palabra de Dios
Y, por último, aquellos que, por la gracia de Dios, hayan entrado en el camino de la separación, tendrán la Palabra de Dios para edificarlos, instruirlos y guiarlos en ese camino. El Espíritu Santo y su acción, el Señor y sus dones, la Palabra de Dios y sus indicaciones, ¿no es todo esto plenamente suficiente? ¿Tenían los primeros cristianos algo más? Como creyentes, habían recibido el Espíritu Santo, «y», se nos dice, «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hec. 2:38, 41-42). Habiendo recibido el mismo Espíritu cuando creímos, ¿no podemos hacer lo mismo que ellos? Tenían a los apóstoles, dirán. Y nosotros tenemos “las palabras de los apóstoles”, uno de los cuales escribió: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros» (1 Juan 1:3).
La doctrina de los apóstoles, la tenemos en la Palabra divinamente inspirada. ¿Acaso querríamos añadirle algo, con el pretexto de que Dios no nos ha dicho todo lo necesario para guiarnos y que, por tanto, nos deja la libertad de organizarnos como mejor nos parezca? ¿Dónde está esa libertad que se nos concede? ¿Dónde lo ha dicho Dios? Todas las cosas deben ser examinadas a la luz de esta Palabra. Debemos someternos a lo que ella prescribe; lo que no autoriza, hay que dejarlo de lado; lo que condena debe ser rechazado. ¿Acaso queremos ser más sabios que Dios? ¿No es la obediencia en todo lo que nos conviene? ¿Podemos suponer que, si tal cosa establecida por los hombres hubiera estado en Su pensamiento, no nos lo habría dicho Él, quien, para Israel, su pueblo terrenal, indicó hasta el número de broches de las cortinas del tabernáculo?
5.4 - El culto
Acabamos de ver que aquellos que, por obediencia a Dios, se separan de los sistemas humanos, tienen todo lo necesario para su reunión y su camino según Dios. Que existe para ellos la obligación de reunirse nos lo muestra claramente la exhortación contenida en Hebreos 10:25, así como los ejemplos dados por los discípulos (Hec. 20:7), y las indicaciones que ofrecen las Epístolas (1 Cor. 11:18). Pero cuando aquellos que desean celebrar una reunión conforme a Dios se reúnan, ¿cuál será su objetivo? Evidentemente, su primer y principal objetivo, así como su privilegio más preciado, será rendir culto a Dios. Ahora bien, el culto no consiste en un discurso precedido y seguido de oraciones, siguiendo liturgias y formularios elaborados de antemano, leídos o recitados, o incluso improvisados, sino que es la adoración en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24), que se expresa mediante alabanzas y acciones de gracias, según la guía del Espíritu y la verdad de la Palabra, y que brota de corazones llenos de la presencia de Dios y del gozo de sus bendiciones. «Damos culto por el Espíritu de Dios», dice el apóstol (Fil. 3:3), caracterizando así a los cristianos. Para rendir a Dios este culto, para ofrecerle esos sacrificios espirituales que le son agradables por medio de Jesucristo, todos los cristianos son sacerdotes (1 Pe. 2:5). Por lo tanto, el ejercicio de los dones no tiene cabida en el culto; aquel a quien Dios se lo concede es el órgano de la asamblea para dirigirse a Él. Pero los creyentes también se reunirán para ser edificados, instruidos y exhortados, y es ahí donde se ejercerán los dones de gracia para el servicio de Dios con vistas a la perfección de los santos (Efe. 4:12).
5.5 - La Cena
Los creyentes tienen, en la Cena del Señor establecida «hasta que Él venga» (1 Cor. 11:26), el fundamento del culto cristiano. Ella recuerda los sufrimientos y la muerte del Señor, y nos habla así de la inmensidad del amor de Dios, que nos dio a su Hijo, y de la abnegación de Cristo, que se entregó por nosotros; nos anuncia nuestra liberación perfecta mediante su muerte y, en consecuencia, nuestra separación de un mundo pecador. La Cena, al presentar al creyente cosas tan grandiosas, estimula sus afectos, eleva sus pensamientos hacia Dios –lo que Él es y lo que ha hecho por nosotros– y, de este modo, da lugar a la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Es, por tanto, el centro del culto cristiano. Pero, al mismo tiempo, es el centro de la comunión para los creyentes. Allí afirman que, en comunión con Cristo, están en comunión unos con otros, como miembros de un mismo Cuerpo, según dice el apóstol: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo Cuerpo; porque todos participamos de un solo pan» (1 Cor. 10:16-17). Se sitúan así en el terreno de la unidad del Cuerpo de Cristo, una verdad preciosa, pero olvidada, y que, bien comprendida, haría desaparecer las sectas. La Cena del Señor es, por tanto, la preciosa ordenanza establecida por el propio Cristo (1 Cor. 11:28), y que tendrán como centro de su culto aquellos que se reúnan en el nombre de Jesús.
Detengámonos un momento más en este acto tan importante, la Cena del Señor. En primer lugar, en cuanto a su celebración, no vemos nada en la Palabra que nos autorice a pensar que exista una clase de personas consagradas y designadas por un sínodo o cualquier otra autoridad eclesiástica, a quienes se les haya encomendado la función de dar gracias por la Cena y distribuirla. ¿Y qué vemos, sin embargo, en la casi totalidad de los sistemas religiosos? Dejo de lado el papismo; sabemos en qué aberraciones monstruosas ha caído en lo que respecta a la Cena, que se ha convertido en la misa, un acto de idolatría. Pero, en las diversas corrientes del protestantismo, la tarea de dar gracias y distribuir la Cena corresponde exclusivamente –al igual que el bautismo– a hombres establecidos para ello, a ministros consagrados, como se dice. ¿Se menciona esto en alguna parte de las Escrituras? No; la Epístola a los Corintios nos enseña que se habían introducido desórdenes en la asamblea con motivo de la Cena del Señor. Se había olvidado su significado y su alcance. ¿Reprende el apóstol a algún ministro o a unos ministros que hubieran olvidado cumplir fielmente con su cargo? ¿O establece alguna autoridad para mantener el orden? No; es a la asamblea a quien se dirige y a quien hace responsable en lo que respecta a la Cena del Señor, así como del orden que debe mantenerse en todo (vean 1 Cor. 11:17-34; 14:26-40).
¿A quién corresponde, pues, dar gracias y distribuir la Cena del Señor? A aquellos a quienes Dios, por medio de su Espíritu, lo pone en el corazón, y que en esa ocasión se convierten en la voz de la asamblea, de modo que esta diga «Amén» a su acción de gracias. Quizás en algunas asambleas se haya comprendido hasta cierto punto lo que acabamos de decir y, cediendo a la evidencia de la Palabra, se permita a un anciano –de entre los elegidos por la asamblea– bendecir y distribuir la Cena, pero sigue siendo un miembro del presbiterio, del clero, por así decirlo, y ¿dónde vemos eso en las Escrituras?
También diré unas palabras sobre el día en que conviene partir el pan. En muchas “iglesias”, se celebra la Cena del Señor 4 o 5 veces al año –en las grandes fiestas, como se las denomina, sin que haya en las Escrituras ninguna base para establecerlas. En otras asambleas, se celebra cada mes. Pero también se trata de una disposición humana, mientras que una simple lectura de la Palabra nos muestra que estaba establecido partir el pan el primer día de la semana, el día de la resurrección del Salvador. Se ve incluso que ese era el propósito de la reunión de los discípulos (Hec. 20:7).
Por lo tanto, aquellos que deseen entrar en el camino de separación al que la Escritura llama a los creyentes, tendrán también a su favor aquello que les recuerde el estrecho vínculo que les une a Cristo, presente en medio de ellos; tendrán el memorial de sus sufrimientos y de su muerte.
5.6 - La disciplina necesaria
Pero a la Mesa del Señor se une otra cosa que compromete la responsabilidad de la asamblea. Se trata de la disciplina. Es evidente que solo los verdaderos creyentes tienen cabida en la Mesa del Señor, porque solo ellos han sido redimidos por su sangre y son miembros de su Cuerpo. Supongamos, pues, que la Mesa del Señor está dispuesta en medio de aquellos que se han separado de los vasos a deshonor. Por muy triste y humillante que sea reconocerlo, un cristiano puede, por falta de vigilancia, caer en el pecado. ¿Qué debe hacer la asamblea? Purificarse de un mal que la mancillaría por completo si, una vez reconocido, ella lo tolerara. Encontramos a este respecto una enseñanza clara y positiva en 1 Corintios 5, capítulo que termina con estas palabras: «Quitad al malvado de entre vosotros» (v. 13). Al ser excluido de la asamblea, queda necesariamente excluido también de la Cena del Señor, que es la expresión de la comunión entre unos y otros. En este capítulo de la Epístola a los Corintios se trata del mal moral; ¿qué diremos entonces del mal doctrinal, del error que atenta contra Cristo y su Palabra? La Escritura no es menos clara, ya que hay que rechazar al hereje o al sectario, tras una primera y una segunda amonestación (Tito 3:10-11), y no hay que recibir en casa ni siquiera saludar a quien no traiga la doctrina de Cristo (2 Juan 10).
Ahora bien, en lo que respecta a la disciplina, ¿qué vemos en la mayoría de las denominaciones cristianas? ¡Cada uno toma la Cena del Señor bajo su propia responsabilidad, y la Mesa del Señor, o lo que se llama así, está abierta a los incrédulos o a hombres que profesan errores anticristianos!
He intentado mostrar, según las Escrituras, lo que poseen aquellos que desean caminar por el sendero de la fe y la obediencia, separándose del mal que ha invadido la cristiandad; al mismo tiempo, hemos podido ver la sencillez de los ritos y las instrucciones dadas en la Palabra para el orden que debe mantenerse en una reunión celebrada en nombre de Jesús. Añadiré que, si todos estos puntos que hemos repasado tienen su fundamento en la Palabra de Dios, todos los cristianos verdaderamente deseosos de obedecer al Señor tienen su lugar junto a quienes se encuentran en este terreno. Es lo suficientemente amplio para todos ellos. Por otro lado, ningún cristiano tiene derecho a insistir en que se acepte lo que no está claramente establecido en las Escrituras y a plantearlo como condición para la comunión. Tal sería el caso, por ejemplo, si se quisiera imponer el bautismo de adultos. Se iría más allá de lo que nos dice la Palabra. Lo mismo ocurriría si se dejara de lado cualquier cosa que establezca la Escritura. Así pues, lo repito, el terreno es lo suficientemente amplio para acoger a todos aquellos que desean sinceramente caminar en obediencia al Señor.
5.7 - Cómo mantener la unidad
Hay más. La unidad que antaño caracterizaba a los creyentes de manera visible ya no existe actualmente de esa forma; sin embargo, el principio de esa unidad encontrará su manifestación práctica mediante la obediencia a la Palabra de Dios. Supongamos, en efecto, que en distintos lugares se hayan formado asambleas de creyentes unidos por los mismos principios, aceptando todo lo que la Palabra de Dios prescribe y nada más. ¿No estarán estas diferentes asambleas en comunión unas con otras, sea cual sea la distancia que las separe, o a cualquier país que pertenezcan? Evidentemente. Y como estarán reunidas en torno a un mismo centro, Jesús, y como tienen el mismo Espíritu que los une a él y los guía, también se encontrarán en una misma Mesa, la Mesa del Señor. Los dones que haya entre ellos se ejercerán libremente en todas estas asambleas, dondequiera que se encuentren, y la disciplina impuesta por una asamblea no podrá sino ser aceptada por todas. Así es como se mantendrá la unidad en la práctica.
Quiero anticiparme a una objeción que se podría plantear. Se dirá: “Usted afirma que la cristiandad está dividida en sectas, y que eso es un gran mal; pero al querer reunirse de la manera que usted propone, ¿no se estaría formando una nueva secta que se sumaría a todas las demás?” En absoluto, y espero demostrarlo. En primer lugar, ¿qué es una secta? ¿No es acaso un conjunto de personas unidas por las mismas opiniones sobre un punto, o sobre puntos particulares (NdT: a menudo alrededor de un jefe)? Partiendo de esto, ¿qué vemos en la cristiandad, sino una gran cantidad de iglesias separadas unas de otras por diferencias de organización, doctrina o disciplina? Y son precisamente esos puntos de vista particulares los que distinguen a cada iglesia, los que constituyen el vínculo de unión entre los miembros que la componen. Así, las iglesias presbiterianas son aquellas cuyos miembros consideran que la mejor forma de gobierno para una iglesia es aquella en la que el gobierno de la iglesia lo ejerce el cuerpo de ancianos o presbiterio. Es este punto de vista particular el que las separa del resto de los cristianos. Las iglesias independientes o libres se basan en el principio de la independencia del control del Estado en lo que respecta al salario del clero y al gobierno de la iglesia. Está bien; pero ¿debe ser eso el vínculo de unión? Se trata de una visión particular. Si se dice: “Lo hacemos por obediencia a Cristo, la Cabeza de la Iglesia”, yo responderé: “Obedezcan, pues, a Cristo en todo, y que él sea vuestro centro de unión”. Supongamos ahora una iglesia bautista. Se trata de un grupo de personas unidas por esta visión particular, según la cual la verdadera forma de bautismo es la de los adultos por inmersión. Podríamos repasar todas las demás denominaciones del protestantismo y veríamos que ocurre lo mismo en todas ellas y que, por lo tanto –como, por cierto, muchos reconocen– son sectas. Pero ¿se puede llamar así a aquellos que rechazan cualquier punto de vista particular para reunirse únicamente en el nombre de Jesús, aferrándose exclusivamente a lo que la Palabra de Dios enseña claramente? Se nos dice, como ya he recordado: «Así que salgamos a él, fuera del campamento» (Hebr. 13:13); eso es lo que todos los cristianos deben hacer, y no formar campamentos separados, cada uno bajo un estandarte particular.
Es cierto que entre muchos cristianos se ha hecho sentir una necesidad de unión. Se ha hablado, y se sigue hablando, de los medios para satisfacerla. Supongamos por un momento que miembros de diversas denominaciones o sistemas religiosos se reúnan para examinar cómo podrían llevarla a cabo. ¿No es cierto que, en primer lugar, cada uno tendría que dejar de lado lo que caracteriza a su sistema? Y si llegaran hasta el final, y tras haber abandonado cada uno los puntos de vista que los separan se acordaran para seguir únicamente lo que está conforme a la Palabra y nada más, ¿no se encontrarían necesariamente en el terreno que hemos señalado?
Quizá se dirá: “Eso es lo que se hace en la Alianza Evangélica; nos reunimos para orar juntos, y cada uno deja de lado sus opiniones particulares para estar allí únicamente como cristiano”. Está bien, pero ¿qué se hace después de esos días de reunión? Cada uno vuelve a su sistema y sigue allí. De este modo, la confusión ha quedado aún más patente. Si ha sido bueno despojarse durante 1 día u 8 días de ese carácter sectario, ¿por qué no despojarse de él para siempre? Si nos reuniéramos dejando realmente de lado lo que distingue y separa a las diversas denominaciones, los nombres que estas adoptan se volverían innecesarios; ya solo quedaría el nombre de Cristo, y nos llamaríamos únicamente hermanos cristianos en el Señor, como en los primeros tiempos.
Permítanme hacer otra suposición. Si el Señor Jesús volviera entre nosotros para poner las cosas en orden según la Palabra y restablecer la unidad de la Iglesia, ¿creen que iría a ocupar su lugar en tal o cual denominación, excluyendo a las demás? No; sino que, al igual que en otro tiempo Moisés, que plantó fuera del campamento la tienda de reunión (Éx. 33:7), el Señor, al margen de todo sistema, llamaría a él a todos aquellos que le aman con un corazón puro. Estos dejarían allí sus diversas organizaciones para salir hacia él, y se encontrarían reunidos en su nombre, con él mismo y su Espíritu en medio de ellos. Él distribuiría diferentes dones de gracia, según le placiera, y ellos contarían también con su Palabra para guiarlos en lo que tuvieran que hacer. Ahora bien, si el Señor no está corporalmente en medio de nosotros, el principio de su presencia queda establecido en la Palabra. Él lo dijo: Si nos reunimos en su nombre –solo a su nombre– él está en medio de nosotros. Por lo tanto, debemos actuar en consecuencia. Es evidente que, si todos los verdaderos cristianos salieran así hacia Jesús y se reunieran a su nombre, se produciría una nueva manifestación de la Iglesia como un solo Cuerpo, que no tiene otro nombre que el de Cristo, ni otro centro ni otra cabeza que él, ni otra regla que su Palabra, ni otro ministerio que los dones otorgados directamente por él y que actúan en la libertad y el poder del Espíritu.
Ahora bien, queridos lectores, no tenemos que esperar a que otros o a que todos sigan este camino para emprenderlo nosotros mismos. Cada uno, personalmente, está obligado a obedecer al Señor, sean cuales fueren las consecuencias y aunque tenga que estar solo en este camino. Si reconocen que las cosas que he intentado poner ante sus ojos están de acuerdo con la Palabra, solo tienen un camino que seguir para ser fiel: el de la separación y de la obediencia.