Inédito Nuevo

Las tentaciones de Jesús

Lucas 4:1-14


person Autor: John Nelson DARBY 65

flag Temas: Su vida en la tierra, su tentación Dios y Cristo en la Cruz


Era necesario que el Señor Jesús, el Hijo del hombre, el segundo Adán, fuera tentado como el primero. Tenía que serlo, para poder salir victorioso como segundo Adán, pues no habría podido valerse de su victoria y poder, si no hubiera entrado en la lucha. Nuestro pecado había dado a Satanás el derecho de poner a prueba a Jesús; pero aparte de eso, la prueba tuvo lugar para que Él pudiera compadecerse de nosotros. Para compadecerse de nuestras debilidades, tuvo que ser tentado en todo, como nosotros, aparte del pecado.

Adán, inocente, cayó en la tentación por su debilidad, que le llevó a escuchar al Enemigo; nosotros tenemos, más que él, en nuestros corazones los malos deseos con los que Satanás nos seduce. Jesús vino, por amor y obediencia, hasta donde nuestra desobediencia nos había colocado. Nosotros, solo somos tentados por nuestra propia voluntad y por el pecado, mientras que Jesús fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para ser tentado. Había un contraste absoluto entre estas dos tentaciones, pues era la gracia la que conducía al Cordero de Dios para ponerlo a luchar contra el poder de Satanás.

Moisés ayunó 40 días, Elías tuvo una comida en el desierto que le dio fuerzas para 40 días; pero si Moisés y Elías tuvieron que ayunar 40 días, fue para encontrarse con Dios. Aquí, tenemos algo muy diferente: Jesús ayunó 40 días para encontrarse con Satanás. Moisés ayunaba gracias a la energía de Dios que lo sostenía de manera sobrenatural para permitirle recibir la Ley de la mano de Jehová. Las circunstancias de Elías eran diferentes; estaba llegando al final de la economía que Moisés había iniciado con Dios y que Israel había violado desde el primer momento al hacer el becerro de oro. Elías, como más tarde Juan el Bautista, predicaba el arrepentimiento al pueblo y le daba testimonio para hacerlo volver al Dios verdadero; y viendo que el arrepentimiento no podía salvar a Israel, regresó desesperado a Horeb, al Sinaí, la montaña de Dios. Entonces Dios le reveló que se había reservado 7.000 hombres en gracia. Pero, tanto si se trataba de entablar una relación con Dios sobre la base de la Ley, como sobre la base del arrepentimiento, el hombre solo podía hacerlo si contaba con el apoyo extraordinario de Dios.

Jesús, por el contrario, estaba habitualmente con Dios; la fuerza de Dios era su vida, pero debía estar colocado en la mayor debilidad, como exteriormente separado de Dios, para encontrarse con Satanás; y no, como Moisés o Elías, separado del hombre para encontrarse con Dios.

Por tanto, como segundo Adán, viene en gracia a visitar a los hombres en su estado de pecado, y cuando no son más que pecadores. Entra en las circunstancias en las que se encuentra el hombre pecador, reconoce la ruina y la debilidad absoluta de ellos, y se coloca ante Satanás para mostrar que, para el hombre, el poder de Dios se encuentra en la obediencia. Así, desciende en gracia al nivel de las circunstancias del hombre para ser tentado, reconociendo que el hombre está bajo el poder de Satanás; pero él está dispuesto a ser tentado, a luchar por el hombre y a vencer al Enemigo mediante la obediencia.

Es a través de la obediencia de un hombre que Satanás es derrotado, y esto nos sirve de ejemplo. Las respuestas que Jesús le da son respuestas de hombre y nos muestran cómo debemos proceder para obtener la victoria sobre el Enemigo.

El evangelio según Mateo nos ofrece este relato en orden histórico (los panes, el templo, la montaña) y termina con las palabras: «¡Vete, Satanás!» (4:10). Lucas omite estas últimas para presentar los hechos en el orden moral, informando en último lugar de la tentación, la más sutil de todas (los panes, la montaña, el templo).

La primera tentación invita al hombre a satisfacer las necesidades de la carne a su manera. La segunda es más sutil. Muchas personas que no desearían la primera tentación desearían, sin embargo, tener un lugar adecuado en el mundo. Jesús tenía derecho a poseer el mundo, pero para ello era necesario que abandonara a Dios. Por último, Satanás utiliza las promesas para tentar a Jesús. Le llama Hijo de Dios y le tienta para que actúe según su voluntad, basándose en estas promesas. Esta tentación es la más sutil de todas.

Jesús actúa en perfecta obediencia; no quiere hacer su propia voluntad, ni siquiera para alimentarse. Todo en él era obediencia; fue para obedecer por lo que no subió a Jerusalén (Juan 7:8), y luego, para obedecer, que subió para morir allí. Cuando la voluntad de Dios nos está revelada, podemos avanzar con perfecta certeza (Juan 11:6-8). Dios está ahí, si tan solo obedecemos.

Cuando Satanás nos ofrece el mundo, es para que necesariamente se le rinda honor a él. Jesús le responde por la obediencia: «Está escrito» (Mat. 4:10). Hay tentaciones muy grandes, aunque su carácter satánico sea muy evidente y las haga fácilmente reconocibles; pero el alma, cuando se encuentra ante ellas, siente su debilidad y no tiene otro recurso que la obediencia. Se nos ofrecen las ventajas mundanas, la amistad del mundo, pero aceptarlas no sería obediencia y perderíamos a Dios.

En la última tentación, Satanás presenta la Palabra, pero la trunca. Querer obtener las promesas de Dios fuera del camino de la obediencia es carecer de fe. Jesús responde: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios» (Mat. 4:7), es decir, no dudarás de que Dios está contigo. Tentar a Dios es ponerlo a prueba, porque no estamos seguros de que esté con nosotros. Los israelitas, después de negarse a entrar en Canaán cuando Dios los invitaba, quisieron ir allí cuando Dios se lo prohibía, para probar si Dios no estaría con ellos (Deut. 1:26, 42). Esto era tentar a Dios; pero la audacia que se apoya en Dios en el camino de la obediencia nunca tiene este carácter.

Cristo atravesó victorioso las tentaciones más sutiles. Satanás lo dejó por un tiempo, pero vuelve al final, siempre para impedirle seguir el camino de la obediencia. En el primer caso, el Señor ata al hombre fuerte para saquear sus bienes; en el segundo, toma el lugar del hombre culpable para sufrir la muerte y el juicio; entonces Satanás vuelve para disuadirlo, mediante el temor, de emprender esta obra. Habiendo venido una primera vez para presentarle todos los reinos de la tierra, para tentarlo, vuelve al final con todos los reinos de la tierra contra Él, para atemorizarlo, pero no le impide tomar la cruz. Todo está en ese momento contra el que obedece, pero no duda en tomar el camino del sufrimiento, porque la obediencia le lleva allí. Es a través de la obediencia que su gracia sale triunfante de estas dos tentaciones.

También nosotros, por gracia, encontramos en la obediencia la fuerza que se glorifica en nuestra debilidad. Nuestro Salvador renunció por completo a su voluntad, y este es el lugar al que nos invita su ejemplo.

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1912, página 352


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