Índice general
Soy como tú
Job 33:6; 2 Crónicas 18:3
Autor: Jacques-André MONARD 23
Tema: Los cuidados y el lavado de los pies
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2012, página 323
0 - Introducción
Encontramos estas palabras en boca de 2 hombres del Antiguo Testamento, Eliú y Josafat, quienes ambos conocían a Jehová y le temían. En ambos casos, expresan la actitud de un hombre que no quiere ponerse por encima de aquel a quien se dirige. Por lo tanto, transmiten mansedumbre y humildad. Pero sus respectivos contextos nos muestran que, en un caso, se trata de una palabra de gran valor, mientras que, en el otro, es una palabra fuera de lugar y altamente censurable.
1 - «Yo como tú» –en boca de Eliú
«He aquí, yo como tú, pertenezco a Dios; del barro yo también he sido formado. He aquí, mi temor no te debe espantar, ni mi mano agravarse sobre ti» (Job 33:6-7, LBLA).
1.1 - El contexto
Job era un hombre «perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1:1). Sin embargo, Jehová permitió que pasara por inmensas pruebas. Le fueron quitados sus bienes, sus hijos murieron, una úlcera maligna lo cubrió de los pies a la cabeza, y su mujer lo incitó a maldecir a Dios. 3 de sus amigos, que habían acudido a él «para condolerse de él y para consolarle» (2:11), no hicieron más que aumentar su dolor al afirmar que sus desgracias eran un castigo de Dios a causa de sus pecados. Sus insinuaciones y acusaciones tuvieron un triste resultado: Job perdió la notable sumisión a Dios que había demostrado al principio (1:21; 2:10), se dejó llevar por palabras de irritación contra sus amigos y pronunció palabras impropias hacia Dios.
Pero cuando sus 3 amigos ya no pudieron decir nada más, y el propio Job, tras proclamar en voz alta su propia justicia (cap. 31), terminó todos sus discursos, Eliú intervino. Había escuchado en silencio el torrente de palabras inapropiadas pronunciadas por los distintos interlocutores y, en el momento oportuno, Dios pudo utilizarlo para transmitir a Job un mensaje que provenía de Él. Eliú le dio a Job la reprimenda que necesitaba, pero lo hizo con humildad, delicadeza y mesura. Y así, por la gracia de Dios, a pesar de la severidad de lo que tuvo que escuchar, Job aceptó la reprimenda.
1.2 - Humildad y mansedumbre
Las palabras de Eliú: «Yo como tú, pertenezco a Dios» expresan el hecho de que no se pone por encima de aquel a quien debe reprender. Ante Dios, todos estamos al mismo nivel. Estoy expuesto a los mismos peligros que mi hermano. Eliú confiesa que él también es frágil: «Del barro yo también he sido formado». Se guardará de asustar a Job: «Mi temor no te debe espantar». No lo aplastará de ninguna manera: «Ni mi mano agravarse sobre ti».
¡Qué ejemplo para nosotros! La historia de Job nos enseña que el servicio de la reprensión solo puede ser aceptado si se lleva a cabo con humildad y temor. «Yo soy joven, y vosotros ancianos; por tanto, he tenido miedo, y he temido declararos mi opinión», dice Eliú al comenzar su discurso (32:6).
1.3 - El lavado de los pies
En Juan 13, el Señor Jesús lava los pies de sus discípulos y nos da una enseñanza sobre el significado espiritual de este servicio. El lavado de los «pies» de aquellos que están «bañados» (v. 10) es una figura del servicio necesario hacia los creyentes, cuando su conducta ha manifestado cosas lamentables que deben ser confesadas y juzgadas. Para cumplir este servicio hacia los suyos, Jesús adopta la postura más humilde. Se rebaja y se pone a sus pies. Toma el lugar de un siervo, él que, sin embargo, es «el Señor y el Maestro». Luego les dice: «Os he dado ejemplo, para que vosotros también hagáis como yo he hecho con vosotros» (v. 15).
2 - «Yo soy como tú» –en boca de Josafat
«Yo soy como tú, y mi pueblo como tu pueblo; iremos contigo a la guerra» (2 Crón. 18:3). Estas son las palabras que Josafat, rey de Judá, dirige a Acab, rey de Israel, durante un banquete.
2.1 - Un rey fiel
Josafat nos está presentado como un rey fiel, que anduvo en los caminos de David, su padre, que buscó a Jehová y guardó sus mandamientos –«y no según las obras de Israel» (2 Crón. 17:3-4). Tras el reinado de Salomón, el reino se había dividido. Solo 2 tribus, Judá y Benjamín, habían permanecido bajo la autoridad de la casa de David. Las otras 10 habían tenido varios reyes, todos los cuales habían hecho lo malo ante los ojos de Jehová y habían llevado al pueblo al mal, en particular a la idolatría.
Así, Josafat es un rey que se distingue por su fidelidad a Jehová y cuyo comportamiento contrasta enormemente con el extravío de las 10 tribus. Al comienzo de su reinado, se fortalece en los caminos de Jehová y elimina de Judá los lugares donde se practica el culto a los ídolos (v. 6). Más aún, se propone dar a conocer la Ley de Dios en todo su reino. Con este fin, envía en misión a sacerdotes y levitas, junto con sus jefes. «Y enseñaron en Judá, teniendo consigo el libro de la ley de Jehová, y recorrieron todas las ciudades de Judá enseñando al pueblo» (v. 9). Se trata de un acto quizá único en la historia de Israel.
2.2 - Una unión desastrosa
Pero he aquí que aparece una sombra en este hermoso cuadro. A la hora de buscar una esposa para su hijo Joram, que será su sucesor, Josafat se deja llevar por consideraciones de gloria terrenal: para un hijo de rey, hace falta una hija de rey. Y así «Josafat… contrajo parentesco con Acab» (18:1). Su hijo Joram se convierte en esposo de Atalía, hija de Acab. Las consecuencias serán catastróficas. Joram anduvo «en el camino de los reyes de Israel, como hizo la casa de Acab; porque tenía por mujer a la hija de Acab» (21:6). Su hijo Ocozías, también él «anduvo en los caminos de la casa de Acab, pues su madre le aconsejaba a que actuase impíamente» (22:3). Los de la casa de Acab «le aconsejaron para su perdición» (v. 4). Y tras su muerte, «la impía Atalía», accederá al trono de Judá por la fuerza, intentará matar a todos los descendientes de la casa de David y devastará la Casa de Dios (22:10; 24:7).
Josafat no podía ignorar la miserable conducta del rey Acab y de su mujer Jezabel, hija del rey de Sidón (1 Reyes 16:29-33). Varios capítulos muy conocidos nos la describen, en particular los capítulos 18, 19 y 21 del primer libro de Reyes. Se nos dice: «A la verdad ninguno fue como Acab, que se vendió para hacer lo malo ante los ojos de Jehová; porque Jezabel su mujer lo incitaba» (1 Reyes 21:25). El grave error cometido por Josafat al aliarse con un rey así es incomprensible.
2.3 - Un error lleva a otro
«Y después de algunos años descendió a Samaria para visitar a Acab; por lo que Acab mató muchas ovejas y bueyes para él y para la gente que con él venía» (2 Crón. 18:2). ¡Visita real, festividades reales! ¿Qué testimonio de Dios podría dar Josafat en esta situación?
Acab le anuncia a Josafat que se está preparando para ir a la guerra a reconquistar una ciudad de Israel que los sirios han tomado. Y le hace la pregunta: «¿Quieres venir conmigo contra Ramot de Galaad?» (v. 3). En el marco de este banquete, donde solo caben palabras amables y agradables, Josafat no puede hacer otra cosa que aceptar la petición. No consulta a Jehová y responde a Acab: «Yo soy como tú, y mi pueblo como tu pueblo; iremos contigo a la guerra». ¡Qué triste respuesta!
Por supuesto, ambos hombres eran descendientes de Jacob, ambos reyes, y sus 2 pueblos eran «hermanos». En el momento de la división del reino, Jehová había dicho: «No peleéis contra vuestros hermanos» y «porque yo he hecho esto» (2 Crón. 11:4). Pero ¿no había elementos esenciales que los diferenciaban a ellos y a sus 2 pueblos? Uno de esos reyes había orientado su corazón y su vida hacia Jehová, mientras que el otro se había dedicado al culto a Baal (1 Reyes 16:32). Esa amable palabra de Josafat a Acab no se correspondía en absoluto con la realidad. Era incluso una mentira. Esto dejaba de lado la inmensa diferencia que había, a los ojos de Dios, entre Josafat y Acab.
Quizás nos haya pasado, ¡ay!, encontrarnos en una compañía donde era prácticamente imposible dar testimonio de Dios, donde la verdad divina no podía ser dicha porque solo podían pronunciarse palabras agradables. Evitémoslas cuidadosamente.
2.4 - Pidamos a Dios lo que debemos hacer
En esta situación crítica, Josafat tiene, sin embargo, una buena iniciativa. Le dice al rey de Israel: «Te ruego que consultes hoy la palabra de Jehová» (2 Crón. 18:4). Acab está de acuerdo. Reúne a 400 profetas y les plantea la pregunta: «¿Iremos a la guerra contra Ramot de Galaad?» (v. 5). Todos, sin excepción, responden: sí, id, obtendréis la victoria. Pero Josafat no está tranquilo. Discernió que eran falsos profetas. Entonces le preguntó a Acab: «¿Hay aún aquí algún profeta de Jehová, para que por medio de él preguntemos?» (v. 6).
Al leer este relato, vemos cómo se confundían el Dios verdadero y los dioses falsos en el reino de Israel. Los falsos profetas dicen sin vacilar: «Así ha dicho Jehová» (v. 10), «Sube contra Ramot de Galaad, y serás prosperado; porque Jehová la entregará en mano del rey» (v. 11). Pero no tenían ningún contacto con el Dios verdadero. En cuanto al rey Acab, lo que quería eran profetas que le dijeran lo que se ajustaba a su propio pensamiento y a su propia voluntad. A un verdadero «profeta de Jehová», como Micaías, que se atrevía a decirle la verdad, no podía sino odiarlo (v. 7).
Sin embargo, ante la insistencia de Josafat, Micaías es llamado (v. 8). En nombre de Jehová, anuncia que el resultado de esta guerra será la muerte de Acab, pero que todo el pueblo se salvará (v. 16). El rey de Israel le dice entonces a Josafat: «¿No te había yo dicho que no me profetizaría bien, sino mal?» (v. 17). Como resultado de su fidelidad, Micaías es encarcelado.
¡Qué situación la de Josafat! Está moralmente asociado a ese rey impío y cruel que es Acab. ¡Qué “cuidado” para nosotros!
2.5 - La guerra en Ramot de Galaad
Acab ha rebatido abiertamente las declaraciones de Micaías. Ha afirmado que volverá en paz (v. 26). Sin embargo, no está tranquilo. Sintiéndose objeto del terrible juicio anunciado por Micaías, le hace a Josafat una propuesta poco caritativa: «Yo me disfrazaré para entrar en la batalla, pero tú vístete tus ropas reales» (v. 29). Así, piensa él, los sirios atacarán antes a Josafat, y yo escaparé. Al principio, eso es precisamente lo que ocurre. Josafat está a un paso de la muerte. Pero en su angustia, clama a Jehová. Y Dios hace que sus adversarios se alejen de él (v. 31).
¡Maravillosa gracia de Dios, que responde al clamor de uno de los suyos, aunque sea por su propia culpa que se encuentre en una situación inextricable! En otros casos similares, Dios ha permitido que los tropiezos de los suyos acarreen sus consecuencias naturales (por ejemplo: Josías en 2 Crón. 35:20-24). Dios muestra misericordia hacia Josafat, independientemente de cualquier mérito.
¿Y qué hay de Acab? ¿Escapará él también de la muerte? Un soldado del ejército sirio dispara al azar con su arco (v. 33). No sabe por qué dispara, ni dónde acabará su flecha. Pero Dios lo sabe. Él lo tiene todo en sus manos, tanto los pensamientos y los gestos de ese soldado como la propia flecha. Esta se abre paso entre las piezas de la coraza de Acab. Su disfraz no le ha servido de nada. La flecha cumple la Palabra de Jehová. Acab es herido de muerte.
2.6 - La reprimenda de un profeta
Jehová cuida de su siervo Josafat, no solo preservándole la vida, sino enviándole un mensajero para hacerle ver la gravedad de su falta. Cuando regresa en paz a Jerusalén, Jehú, hijo de Hanani, al verlo, sale a su encuentro y le dice: «¿Al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová? Pues ha salido de la presencia de Jehová ira contra ti por esto» (19:2). Esta pregunta solemne pone de manifiesto el profundo error de la declaración que Josafat había hecho a Acab: «Yo soy como tú».
Los capítulos 19 y 20 de 2 Crónicas nos muestran que Josafat aceptó esta reprimenda y fue restaurado por completo en su relación con Dios. Vemos en este rey un apego a Dios y una confianza en él ejemplares.
2.7 - El resto de la historia de Josafat
Nos gustaría que la historia de este rey fiel terminara aquí. Pero, para nuestra instrucción, Dios nos ofrece un cuadro veraz de los peligros a los que todos estamos expuestos, y de nuestra tendencia natural a caer en los mismos errores. Desgraciadamente, Josafat volverá a entablar relaciones que no son de Dios. Se aliará imprudentemente con 2 de los descendientes de Acab:
- Se aliará con Ocozías, «el cual era dado a la impiedad», para construir naves. Las naves naufragaron y, finalmente, Josafat se negó a continuar con esta colaboración (2 Crón. 20:35; 1 Reyes 22:49-50).
- También se alió con Joram, hijo de Ocozías, para ir a la guerra contra Moab, y le dijo más o menos las mismas palabras que a Acab (2 Reyes 3:7).
Para terminar, recordemos 2 versículos de Proverbios: «El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado» (13:20). «Vete de delante del hombre necio, porque en él no hallarás labios de ciencia» (14:7).