Inédito Nuevo

El lavado de pies

Extracto de una meditación sobre Juan 13:1-30


person Autor: Louis CHAUDIER 3

flag Tema: Los cuidados y el lavado de los pies


Los capítulos 13 al 16 e incluso el 17 del Evangelio según Juan constituyen una parte completamente distinta de este Evangelio. El Señor se dirige primero a sus discípulos. Estaba a punto de dejarlos y, como quien se despide de los que ama, les da sus recomendaciones: los instruye para el momento en que tendrían que seguir sin él en este mundo. En el capítulo 17, Jesús habla al Padre, pero le habla de sus discípulos. Así que los discípulos del Señor están siempre en su corazón. El Señor siempre piensa en sus discípulos; ni por un momento ninguno de los suyos escapa a su mirada vigilante o al cuidado de su corazón. Esto es un pensamiento feliz y serio a la vez.

Es comprensible que los discípulos tuvieran sus corazones compungidos pensando que Jesús los iba a dejar. No oculta nada de las dificultades que les esperaban; les dice: «En el mundo tendréis tribulación», pero añade, para consolarlos: «Pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

Es muy notable que estas instrucciones del Señor se abran con un pensamiento sobre la santidad. El Señor quiere que no haya contaminación en el corazón de sus amados. Él está mucho más preocupado por nuestra santidad que nosotros mismos lo estamos. Su preocupación por la santidad de los suyos nunca le abandona.

El obstáculo más grande para la bendición de cada uno de nosotros, seamos quienes seamos, cristiano de edad o joven creyente, el mayor obstáculo, y de hecho el único obstáculo para la bendición, es la contaminación, es el mal. Si hay contaminación en el corazón de un cristiano, si hay un rincón de su corazón que queda en la oscuridad, un rincón de su corazón que esconde a Dios, ese cristiano no puede prosperar.

Por lo tanto, queridos amigos, lo esencial, la primera y constante preocupación de cada uno de nosotros debe ser: ¿está mi corazón desnudo ante Dios? ¿Estoy presionado por el Espíritu Santo para decir: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Sal. 139:23-24)?

Tenemos la fuerza de Dios y la bendición de Dios en la medida en que caminamos en la luz de Dios, en la medida en que nuestro corazón «estará totalmente lleno de luz, como cuando una lámpara te ilumina» (Lucas 11:36). No hay un estado más elevado que ese. Eso es lo que importa, un estado moral según Dios.

El gran pecado de la cristiandad profesa, es que se ha servido de las verdades espirituales para encubrir un estado moral desastroso; esta es una gran victoria de Satanás. Por lo tanto, la lucha diaria consiste principalmente, e incluso exclusivamente, en vivir separados del mal, lo que implica mantener el contacto vivo de nuestra alma con Dios. Un contacto vivo: Dios me habla, yo hablo con Dios, Dios está conmigo, yo camino con Dios. Esa es la vida cristiana. No hay nada superior.

La causa de nuestros fallos y de la pobreza de nuestra vida cristiana radica en lo siguiente: no somos exigentes y vigilantes con nuestro estado moral ante Dios; no tenemos en cuenta las exigencias de Dios diciendo que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Dios cuando esto no es cierto. Mientras que si fuéramos exigentes como lo es Dios, que no puede soportar ninguna suciedad. Lo tendríamos con nosotros y su fuerza estaría con nosotros y siempre. Su fuerza, no para realizar hazañas, sino para alejarnos del mal, para gozar de Dios, para servir a Dios, para honrarlo. «El temor del Señor es aborrecer el mal» (Prov. 8:13).

La medida de santidad que Dios quiere ver en nosotros, es la suya propia. La santidad, es el carácter de una naturaleza que se separa del mal. La justicia, es el juicio del mal (ya sea en la evaluación moral, o en el acto judicial), la santidad es separarse rigurosamente de él.

Hace falta muy poco para contaminarnos: una mala palabra dicha o escuchada en nuestros contactos diarios, una lectura, una mirada. Cualquier cosa que haga que Dios sea menos precioso para nosotros, cualquier cosa que aleje a Dios de nuestra alma, cualquier cosa que oscurezca la claridad de Dios en nuestra alma, todo eso es el mal. La gente dirá: ¿qué tiene de malo esto o aquello? El mal está ahí porque no voy allí con Dios ni hago eso con él. El Señor Jesús ha sabido lo que era soportar el peso de la ira de Dios contra el pecado. Hablamos con facilidad del pecado y de la ira de Dios; son palabras que a veces pronunciamos a la ligera.

Así que tenemos un recurso para ayudarnos a alcanzar esa santidad «sin la cual nadie verá al Señor» (Hebr. 12:14), y es la ayuda del mismo Jesús. Antes de dejar a los suyos, hizo simbólicamente un servicio destinado a hacerles comprender lo que haría después de su partida: lavó los pies de sus discípulos. Los pies nos hablan de caminar (de la conducta) en un mundo donde todo es impuro. Pues bien, el Señor cuida de nosotros, nos lava los pies, es decir, quita con mucho cuidado, un cuidado continuo, la suciedad que se adhiere a nuestros pies, para que no se interrumpa nuestra comunión con él. ¿Y cómo lo hace? Puede utilizar su Palabra, su Espíritu, una prueba si no hay otro medio; también puede hablarnos a través de un hermano, de una hermana, lavarnos los pies utilizando a alguien.

No quiere dejarnos con una mancilla en el corazón: ¡ni siquiera una mentira que nos parezca insignificante! El Señor no quiere que la más mínima mentira permanezca en nuestro corazón, es una mancha. El primer pecado que entró en la Iglesia, fue una mentira, incluso se podría decir que una media mentira; Ananías y Safira no habían robado nada, el campo era suyo, podían quedarse con todo su dinero; querían tener el prestigio de la piedad y quedarse con la mitad de sus posesiones. Mintieron al Espíritu Santo. Le mintieron a Dios. Una mentira es, en primer lugar, contra Dios. Pero el Señor no quiere que seamos mentirosos, no quiere que amemos al mundo y digamos: “Señor te amamos”, mientras nuestro corazón arde por el mundo. El Señor nos ama demasiado para tolerar algo así.

La ruina viene a través de las concesiones diarias, multiplicadas, repetidas y aumentadas de los valores morales ante Dios; el debilitamiento del pueblo de Dios viene a través de esto. Lo que antes se llamaba malo a la luz de la Palabra de Dios, ahora lo describimos: sin importancia y mañana se llamará bueno.

No juguemos con el mal, aborrezcámoslo. Temamos mucho perder el sentimiento del bien y del mal. Este sentimiento del bien y del mal está relacionado con el hombre que ha alcanzado madurez (Hebr. 5), es decir, de alguien que es consciente de su posición en Cristo en el cielo; se conoce el bien y el mal en la medida en que se goza de un Cristo glorificado. Un joven cristiano sincero no comienza con la ejecución de su vida en Cristo en la gloria; está salvado, sus pecados son quitados, el gozo lo llena, pero tiene mucho que aprender. Normalmente, si está progresando, en el décimo año ya no tolerará en su conducta lo que toleró en el primero. Sus sentidos espirituales se habrán desarrollado para discernir el bien y el mal.

En nuestro capítulo, Jesús no solo dice: “Esto es lo que hago, me pongo a vuestros pies, os lavo los pies”, sino que añade: «Que vosotros también hagáis como yo he hecho con vosotros» (Juan 13:15). «Si sabéis estas cosas, dichosos sois si las haces» (Juan 13:17). ¡Lavarnos los pies, unos a otros! Es un servicio del más alto valor, de la más alta importancia. Pero cuántas veces decimos: “Que mi hermano haga lo que quiera, que peque si quiere pecar, que siga en la mentira si quiere seguir en ella, que ande más o menos en la oscuridad si quiere, eso es cosa suya”. Ya el Antiguo Testamento nos dice: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado», dicho de otra manera: cuando sabes que tu hermano ha pecado, te haces culpable si no te preocupas (Lev. 19:17).

No se trata de aumentar el abatimiento del hermano, ni de fingir como si no hubiera nada. En cualquier caso, yo sería infiel.

La actitud de Jesús siempre se adaptaba perfectamente a la persona con la que trataba. Que sea difícil para nosotros, que requiere tacto, y no el tacto humano, es cierto; pero si carecemos de él, pidámosle al Señor que da a todos generosamente. Si tratamos con el Señor, sabremos adaptar en cada caso nuestra actitud al estado moral de nuestro hermano. Que el que hace este servicio se ponga a los pies de su hermano, pero que no retroceda. Puede ser rechazado. El que solo quiere halagos y alabanzas solo puede hacer el servicio del diablo; pero en el servicio del Señor, debe haber el amor que lo supera todo.

No esperemos que la persona a la que queremos servir lo entienda a la primera. ¡Cuántas veces el Señor se ocupa de nosotros mientras no le entendemos! No es el enfermo el que sabe cómo debe ser curado. A menudo incluso se resiste al tratamiento. Es el médico quien cura al enfermo. Una medicina algo amarga, a veces muy amarga, puede ser la que cure al moribundo. Solo el Señor puede decir a los suyos lo que debe emplear y el momento para hacerlo.

Cuando descuidamos el cuidado de un hermano o hermana en mal estado por miedo a perder su amistad, no amamos a nuestro hermano para el Señor, sino que lo amamos para nosotros mismos. Es cierto que el servicio del que hablamos es difícil, requiere mucha paciencia y vivir con Dios; pero ¿qué servicio hay en el que no sea necesario vivir con Dios?

Para terminar, me gustaría decir lo siguiente: es precioso poder encontrar un hermano o una hermana que sean discretos (dignos de confianza), a los que uno pueda abrirse, de los que sabemos que comerán el sacrificio por el pecado en un lugar santo (Lev. 6:19) y que sabrán hacer algo más que distraerse con el fracaso de otro y divulgarlo.

¿No es para nuestra vergüenza si alguien en apuros busca en vano a un hermano que pueda lavarle los pies y cumplir así lo que dijo Jesús? No hay mayor angustia que la de la conciencia. Un cristiano que tiene una prueba, una pena, y que tiene a Dios con él, atravesará esa prueba con Dios. Pero alguien que ha pecado y cuya conciencia está cargada, ¿quién le ayudará en este estado, el más doloroso de todos, si sus hermanos fallan en su servicio?

Que el Señor nos ayude a los unos y a los otros y que haga:

  1. que si alguien ha pecado, no se esconda de Dios; que no se engañe ni a sí mismo ni a sus hermanos;
  2. que los que saben lavar los pies de su hermano en falta, no cubriendo una herida no curada, y esperando en el Señor para saber cómo emplear el amor y la verdad. Además, no solo se trata del Señor y de la persona en cuestión, también la Asamblea está atañida.

¡Que el Señor, que ora sin cesar, que es fiel en su servicio, nos conceda ser fieles en el nuestro!

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1983, página 85


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