Índice general
David
Autor: Georges ANDRÉ 5
Tema: David
1 - Introducción
«Después de servir en su propia generación a la voluntad de Dios» (Hec. 13:36).
La historia de David ocupa en la Biblia más espacio que ninguna otra (unos 60 capítulos; la mitad de los Salmos se le atribuyen), excepto la del propio Señor Jesús (89 capítulos de los Evangelios). Su ejemplo se recuerda constantemente, especialmente en relación con la marcha de los reyes que le sucedieron. En el Nuevo Testamento se le cita 58 veces. Esto da una idea de la importancia que tiene la vida de este hombre de fe en la revelación divina. Notable tipo de Cristo, tanto en varias partes de su historia como a través de los Salmos, se nos presenta también como “un hombre con las mismas pasiones que nosotros”. Es incluso una prueba interna muy evidente de la inspiración divina de las Escrituras que los errores de un siervo tan destacado y graves, además, no se oculten ni se disimulen.
Su carrera puede considerarse desde un punto de vista histórico: la formación y la vida de un hombre de Dios.
También podemos detenernos en la enseñanza moral que se desprende de ella para nosotros. ¿Qué nos enseña su historia? ¿En qué podemos imitarlo? ¿Cómo evitar los escollos con los que se encontró?
Por último, esta vida tiene todo su significado profético y típico, en los libros históricos y en los Salmos, al presentarnos al Señor Jesús mismo, así como al futuro remanente de Israel.
Recordaremos sobre todo las enseñanzas prácticas que se desprenden de ella: la fe que, desde su juventud, fue el motor de su camino; la disciplina, la educación que Dios le impuso para formar el instrumento para, «servir en su propia generación a la voluntad de Dios»; la responsabilidad que, bajo el gobierno de Dios, seguía ligada a sus actos, y las consecuencias que se derivaron de ellos; por último, de manera particular, su vida familiar, que no estuvo a la altura de su juventud y de su vida interior.
2 - La juventud
La vida de David transcurre aproximadamente en el siglo 11 a.C., con fechas que se sitúan entre 1.085 y 1.015, sin demasiada certeza. Tenía 30 años cuando se convirtió en rey y reinó durante 40 años (2 Sam. 5:4; 1 Crón. 29:27). Nacido en Belén, donde más tarde nacería su Señor, era hijo de Isaí, por lo que descendía de Rut la moabita (Rut 4:21-22; comp. con Mat. 1:5).
2.1 - La unción (1 Sam. 16:1-13)
Contrariamente a la misión que se le había encomendado, Saúl no había destruido por completo a Amalec. Por ello, Samuel le dijo: «Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú» (1 Sam. 15:28). Desde ese día, el rey rechazado se preguntaba con ansiedad quién sería ese “prójimo” que le arrebataría el trono a él o a su hijo. Por su parte, Samuel lloraba la pérdida de Saúl y no parecía muy dispuesto a ungir al que Jehová designara.
Para decidir al profeta a ir a casa de Isaí en Belén, fue necesaria la insistencia de Dios: «Porque de sus hijos me he provisto de rey».
Samuel había tomado su frasco –obra del hombre– para ungir a Saúl, a petición del pueblo (1 Sam. 10:1). Para David, elegido por Jehová, tomará su cuerno –obra divina– (1 Sam. 16:1; comp. con Salomón, 1 Reyes 1:39).
En Belén, el anciano aprenderá una gran lección. Durante tantos años había caminado con Dios y, sin embargo, aún no había comprendido realmente que «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (v. 7). Reprendido por su Dios por lo de Eliab, deja pasar ante él a los 7 hijos de Isaí, sin elegir a ninguno. Sin embargo, Jehová había dicho claramente que debía ungir a un hombre de esa familia. «¿Son estos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el menor», responde el padre, «que apacienta las ovejas». A petición de Samuel, lo traen y lo unge en medio de sus hermanos. David era el menor, el menos apreciado, aquel que el hombre no habría elegido. Pero Dios veía en su corazón la fe que ya estaba viva en él. Era hermoso, como lo había sido Moisés (Hebr. 11:23), como lo será el Rey de gloria: «Eres más hermoso que los hijos de los hombres» (Sal. 45). Sobre todo, era pastor, como lo habían sido Jacob y Moisés. En la Palabra hay un contraste frecuente entre el pastor y el cazador. Este último encuentra su satisfacción a costa de su víctima, mientras que el pastor se desgasta por sus ovejas y se dedica a ellas. La energía del cazador caracterizaba a David, hombre de guerra; pero había sido formado como pastor; con este carácter, vencerá a Goliat y, más tarde, apacentará al pueblo de Dios.
Antes de convertirse en el pastor de Israel, tuvo que aprender a cuidar el rebaño de Belén, a liberar a la oveja que se llevaba el león, exponiéndose él mismo a sus golpes. En secreto, demostró así el valor que tenía para él una sola oveja (Lucas 15). “La primera etapa de nuestra propia historia contiene y revela las cualidades principales que distinguirán las etapas sucesivas de nuestra vida; por lo tanto, nada es más importante para el cristiano que la influencia que sufre cuando recorre esta primera etapa”. Incluso después de haber sido músico de Saúl, nada cambió para David: «Pero David había ido y vuelto, dejando a Saúl, para apacentar las ovejas de su padre en Belén» (1 Sam. 17:15).
El Espíritu de Jehová lo invadió desde el día de su unción y en lo sucesivo (v. 13). Qué transformación significó esto en su vida. En sus últimas palabras, vuelve a destacar: «El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua» (2 Sam. 23:2). A lo largo de su carrera, ¡de qué manera maravillosa fue guiado y enseñado por ese Espíritu!
Fue ungido en medio de sus hermanos, como el Señor Jesús fue ungido «con oleo de alegría por encima de sus compañeros» (Hebr. 1:9). José también fue «apartado de entre sus hermanos» (Gén. 49:26).
Los hombres forman a los jóvenes y luego los llaman a una tarea. Dios hace lo contrario. Primero llama. Si, como el joven Isaías (6:8), se responde: «Heme aquí, envíame a mí», Él prepara. Su formación no es de un día, ni de un año; puede prolongarse durante mucho tiempo: 40 años para Moisés, 3 años y más para Saulo de Tarso, muchos años para David.
En efecto, ¿cómo va a acceder al trono este joven? Apenas tiene la edad para ello. Saúl está rechazado, pero aún reina. ¿Lo aceptará el pueblo? Solo la fe podía discernir en él al elegido de Dios, fe que tuvieron aquellos que se reunieron con él en Adulam o en Siclag; fe que animó a Abigail; fe que permaneció activa en su propio corazón y le dio la paciencia para esperar a que llegara el momento de Dios para que le diera Él mismo la corona.
Esta fe deberá ponerse a prueba para demostrar su realidad; el hombre mismo deberá formarse en la escuela de Dios. No se puede “servir a su consejo” sin pasar por esta escuela, a menudo larga y dura, pero en la que el Maestro permanece lleno de gracia. «¿Qué enseñador semejante a él?» (Job 36:22; comp. con Mat. 11:29).
2.2 - Primeras puestas a prueba
En 1 Timoteo 3:10 se nos dice: «Estos sean probados de antemano, y entonces sirvan». Así es la manera de Dios. Estas primeras pruebas son muy importantes en la carrera de un joven cristiano. ¿Sabrá responder a ellas en su vida privada, en su testimonio público, para que Dios pueda luego confiarle más?
2.2.1 - El león y el oso (1 Sam. 17:34-35)
La fe del pequeño pastor de Belén fue puesta a prueba cuando, solo, cuidaba de su rebaño. Apareció un león que se llevó una de sus ovejas: ¿diría David: “Qué le vamos a hacer, el peligro es demasiado grande para rescatarla, solo es una oveja”? Todo lo contrario: persiguió a la fiera, liberó al animal de sus garras y, cuando el león lo atacó, lo golpeó y lo mató. En lo más profundo de su corazón, tenía la convicción: «Jehová… me ha librado de las garras del león» (v. 37). Una experiencia bendita del poder divino en respuesta a la fe, una experiencia feliz que puede tener todo joven creyente que confía en su Señor, en los problemas, las decisiones y las pruebas del comienzo de su carrera. Obtener la victoria (Sal. 119:9) es el preludio de una vida bendecida; dejarse detener, desanimar, abatir, puede tener consecuencias muy lamentables para el futuro, aunque el Señor es fiel y restaura al que vuelve a Él.
2.2.2 - Goliat (1 Sam. 17:1-54)
A David le espera una prueba mucho más seria. Tendrá que dar testimonio público de su fe y actuar en consecuencia.
Ante el gigante, el pueblo, incluido el propio Saúl, está aterrorizado (v. 11, 24). De Jonatán no se dice nada; en cualquier caso, no se ofreció a luchar. Pero en David habita una fe ya probada. Puede decirle a Saúl, sin dudar: «Tu siervo irá y peleará contra este filisteo». Por mucho que Saúl le diga: «No podrás tú ir contra este filisteo», David responde: «Jehová… me librará».
La fe del joven pastor estaba, por así decirlo, estimulada por una santa indignación. ¿Cómo se podía huir ante “ese hombre”, ese filisteo que había deshonrado a Israel, que había insultado a las tropas del Dios vivo, que había ultrajado al mismo Jehová? Dios debía liberar a su pueblo de semejante enemigo.
David rechaza los recursos humanos, la armadura de Saúl; elige para la lucha los instrumentos del pastor: la bolsa en la que sin duda llevaba los remedios necesarios para las ovejas enfermas o heridas, así como su propia comida, figura de la Palabra de Dios que alimenta al siervo y contiene los recursos necesarios para su servicio. En él coloca las 5 piedras lisas, figuras de otros tantos versículos de la Palabra aplicados al caso. «5» piedras, aparentemente pocas, imagen de la debilidad del hombre, pero, en la mano de Dios, instrumento de la victoria.
La fe llenaba su corazón y le daba toda la seguridad; venía contra Goliat «en el nombre de Jehová… a quien tú has provocado», para que toda la tierra supiera «que hay Dios en Israel», y para que toda esta congregación no ignorara que «la batalla es de Jehová».
La confianza en Dios era la base de tales declaraciones ante un pueblo aterrorizado. Aún más decisiva fue su audacia en el momento preciso en que el filisteo se levantó, avanzó y se acercó a David. El joven no huyó en ese momento crítico; al contrario, se apresura y corre hacia la línea de batalla, mete la mano en su bolsa, toma la piedra, la lanza con su honda: la victoria es suya. El filisteo está decapitado con su propia espada, como se nos dice del Señor Jesús que venció, por medio de la muerte, al que tenía el poder de la muerte (Hebr. 2:14).
El día de la batalla, David está despreciado por su hermano (v. 28); es desconocido para Saúl y Abner (v. 55); pero se convierte en objeto de afecto por la fe (Jonatán; 18:1-4).
2.3 - En la corte (1 Sam. 18)
David va a ser sometido a otro tipo de pruebas: el éxito, la popularidad, pero también la ingratitud y el odio fruto de los celos. ¿Qué será de su fe?
2.3.1 - El arpista (1 Sam. 16:18-23; 18:10; 19:9)
La música ocupa un lugar importante en la vida del hijo de Isaí. De joven, tocaba el arpa, lo que le brindó la oportunidad de ir a la corte para calmar a Saúl. Las reacciones del rey muestran que la música calma y relaja, pero no cambia el corazón. ¡Hoy en día no es diferente!
David tocaba el arpa para servir al rey, su señor. Continuó practicando su arte, pero centrándose en alabar a Dios. Al final de su vida, se llamará a sí mismo «el dulce cantor de Israel» (2 Sam. 23:1). Instituirá cantores para alabar a Jehová, quienes, a lo largo de todos los reinados posteriores, cumplirán con su servicio. Incluso al regresar del exilio, se seguirán utilizando los «instrumentos musicales de David» para cantar (Neh. 12:36).
2.3.2 - El jefe de tropas
Tras la victoria de David sobre Goliat, «lo puso Saúl sobre gente de guerra». Así, el joven fue elevado de inmediato a una posición muy alta. «Era acepto a los ojos de todo el pueblo, y a los ojos de los siervos de Saúl».
Al regresar de la batalla, las comitivas de mujeres tocaban y se respondían unas a otras: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». Saúl se enfadó mucho; se dio cuenta de que el joven era el sucesor anunciado por Samuel: «No le falta más que el reino. Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David». Pero David no se glorifica por ello, al contrario. Sigue caminando con su Dios: «Jehová estaba con él» (18:12).
Saúl lo aleja de su persona y lo degrada a ser solo jefe de miles. Sin embargo, David sigue «saliendo y entrando delante del pueblo», y «Jehová estaba con él». Para todos era evidente que caminaba con Dios. Todo Israel y Judá lo amaban. No era altivo, sino que se codeaba con ellos. «Tenía más éxito que todos los siervos de Saúl» y era muy estimado (18:30).
2.3.3 - Yerno del rey
Saúl había prometido a su hija Merab y grandes riquezas a quien matara a Goliat. En lugar de cumplir su palabra, puso nuevas condiciones al matrimonio de David con su hija mayor, esperando que, en nuevas batallas, la mano de los filisteos cayera sobre él. Luego, cuando llegó el momento de dar Merab a David, fue dada por mujer a Adriel.
Mical, la menor, ama a David. Saúl ve en ello una magnífica oportunidad para intentar de nuevo acabar con su rival a manos de los filisteos. David no se deja deslumbrar por la perspectiva: «¿Quién soy yo, o qué es mi vida, o la familia de mi padre en Israel?». En lugar de 100 prepucios de filisteos, traerá 200: responde a la trampa tendida con una nueva victoria según Dios. Saúl se ve obligado a darle a Mical y debe darse cuenta de que, a pesar de su alta posición como yerno del rey, David perseveraba en su fe y que «Jehová estaba con él» (v. 28).
2.3.4 - Los celos de Saúl
En la corte, una prueba más penosa y dura esperaba a David. La elevación no lo engrandeció a sus propios ojos, la ingratitud no lo amargó. ¿Qué hará la envidia de Saúl?
El rey tiene el ojo puesto en el joven. Lo humilla. Lo expone. Quiere matarlo o hacer que lo maten. Consulta con sus siervos para darle muerte. Una vez más, intenta clavarlo a la pared con su lanza. Y cuando su yerno logra escapar, envía mensajeros para matarlo en su lecho.
¿Cuál es la reacción de David? El Salmo 59, entre otros, nos lo muestra: intensas súplicas dirigidas a Dios para ser liberado; confianza en Aquel que es su alto refugio y le trata con bondad; seguridad de ser escuchado: «Yo cantaré de tu poder, y alabaré de mañana tu misericordia; porque has sido mi amparo y refugio en el día de mi angustia» (v. 16). A pesar de todo, David tendrá que huir. Debe ser formado para servir en el consejo de Dios. Debe pasar por la disciplina, en la tristeza del rechazo. Su fe ha sido puesta a prueba, en secreto, públicamente, en la corte; ha triunfado. Pero se necesita una escuela más dolorosa para preparar al rey según el corazón de Dios para la tarea que le espera.
3 - La escuela de la fe
David fue llamado, ungido. Su joven fe fue puesta a prueba por los peligros que corrió, por las atracciones que encontró en la corte de Saúl. Antes de acceder al trono, para cumplir según Dios sus altas funciones, debe pasar por Su disciplina.
3.1 - La formación
Para escapar de Saúl, David tuvo que huir, no sin pesar; tuvo que dejarlo todo: mujer, casa, amigos, mando, recursos. Durante años vagó de aquí para allá. Dios lo utilizó para hacerle pasar por diversas experiencias, fortalecer su fe mediante la prueba, hacerle conocer su propio corazón y llevarlo a descansar solo en Dios y en su gracia.
3.2 - Los diversos apoyos
En su angustia, David buscó primero ayuda aquí y allá.
3.2.1 - Hacia Samuel (1 Sam. 19:18)
Era natural que el fugitivo se refugiara junto al viejo profeta que lo había ungido y cuya experiencia podía ser una bendición para él. «Y él y Samuel se fueron y moraron en Naiot». Sin duda fue una estancia breve, pero muy provechosa para el joven que entraba en la escuela de Dios, donde durante tantos años se había formado el anciano que, tras completar todas las clases, iba a ser llamado al descanso en Él. Un oasis que el Señor dispensa antes de las soledades del desierto. Alrededor de Samuel se habían reunido un gran número de jóvenes profetas: cuántos ánimos pudo recibir David, y sin duda también dar, durante esos pocos días de retiro.
Más tarde, el joven Saulo pasará «quince días» con Cefas (Gál. 1:18). Recuerdos preciosos para los jóvenes que pudieron así beneficiarse de la enseñanza y la experiencia de aquellos que les precedieron en el camino de la fe.
Pero no era el deseo de Dios que David permaneciera con Samuel. Es cierto que los mensajeros de Saúl, uno tras otro, se ven reducidos a la impotencia; el propio rey no puede hacer nada contra su víctima. A pesar de todo, David debe huir de nuevo.
3.2.2 - Ante Jonatán (1 Sam. 20:1)
¿Sigue David conservando la esperanza de que la situación se arregle? Así parece, ya que recurre una vez más a Jonatán, quien en una primera ocasión había logrado que Saúl le perdonase. Pero todos los esfuerzos de los 2 amigos son en vano.
Sellan su amistad y se hacen promesas mutuas en presencia de Dios. Jonatán descubre las verdaderas intenciones de su padre y no puede sino transmitirle a su compañero la afligida noticia. Qué angustia para David. Sus lágrimas “se hicieron excesivas” (vean 1 Sam. 20:41). Se ve abandonado por todos. Todos sus esfuerzos por servir a su pueblo, por liberarlo del poder del enemigo, no son reconocidos. Todo aquello en lo que ponía su gozo: su amigo, sus tropas, el bien de Israel, todo le es quitado. Se levanta y se marcha. Jonatán entra en la ciudad.
3.2.3 - Ante Ahimelec (1 Sam. 21:1-10)
David intenta encontrar apoyo en el sacerdote. Pero su estado de ánimo no es muy feliz. Cuenta toda una historia inventada para que le den pan y una espada; obtendrá algunos recursos para sí mismo, pero traerá la desgracia sobre Ahimelec y su familia. ¿Demostró fe en esta ocasión? Una vez más, tiene que huir.
3.2.4 - Hacia Aquis (21:10-15)
David se aleja por completo del camino de la dependencia. Busca refugio entre los enemigos de su pueblo, los filisteos a los que él mismo había combatido. Le resulta imposible ocultar su identidad. Está descubierto, probablemente arrestado, y solo se libra haciéndose el insensato, el loco, de modo que Aquis lo despide.
Todos los esfuerzos de David por encontrar apoyo y ayuda entre los hombres han sido en vano. Solo, se refugia en la cueva de Adulam.
3.2.5 - Adulam (22:1-4)
David está solo, sumido en la angustia. El Salmo 142 da testimonio de ello: «No hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida… estoy muy afligido… los que me persiguen, son más fuertes que yo».
En su angustia, suplica a Jehová, clama a él, derrama ante él su queja, declara su aflicción. Entonces experimenta la maravillosa sensación de que Dios está muy cerca y «que da cánticos en la noche» (Job 35:10): «Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda… Clamé a ti, oh Jehová; dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes».
Abandonado por todos, David aprende a apoyarse solo en Dios: «¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre, tratando todos vosotros de aplastarle?… Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré» (Sal. 62).
Hasta entonces buscaba ayuda y socorro en los demás; ahora él mismo se convertirá en un centro de aliento y reunión para los pobres del rebaño. Sus hermanos, que antes se burlaban de él, toda la casa de su padre, se refugian junto a él en la cueva. Todos los hombres que se encontraban en la angustia, en las deudas, en la amargura, se reúnen a su alrededor. Él se convierte en su jefe. La pequeña tropa de Adulam no tiene nada de glorioso, pero la fe la anima, la fe en la Palabra de Dios que, por medio de Samuel, eligió al hijo de Isaí para ser el rey según Su corazón.
David es aquí un hermoso tipo del Señor Jesús, rechazado y despreciado, que acoge a los que reconocen su miseria y su angustia, y encuentran en él su centro y su fuerza.
3.3 - Las persecuciones de Saúl (1 Sam. 23:24, 26)
De estos años errantes, solo recordaremos algunos incidentes que ponen de relieve el tipo de pruebas por las que tuvo que pasar David, así como su propio carácter.
3.3.1 - Keila (1 Sam. 23:1-13)
Los filisteos saquean las eras de Keila. ¿Qué va a hacer Saúl? ¿Liberarlos? Parece que no le preocupa. El interés del pueblo de Dios ocupa un lugar demasiado importante en el corazón de David como para que permanezca inactivo. Consulta a Jehová para conocer su voluntad; cuando tiene claro y está seguro de su camino, va con sus hombres, inflige una gran derrota a los intrusos y libera a los habitantes de Keila.
¿Qué va a obtener con ello? Saúl no se ha molestado en luchar contra los filisteos; en cuanto se entera de que David está en Keila, donde podrá atraparlo como en una trampa, toma medidas para sitiar la ciudad. David se entera, consulta a Jehová, quien le confirma que los hombres de Keila lo entregarán en manos de Saúl. ¿Qué hacer, sino huir una vez más, pero con el doloroso sentimiento de la ingratitud de esos hombres por los que él y sus compañeros habían arriesgado sus vidas? Se marcha adonde puede, sin quejarse, sin vengarse, sin intentar hacer daño a quienes lo rechazan, reflejando el carácter del amado Maestro que, cuando los samaritanos se negaron a recibirlo en su pueblo, simplemente se marchó más lejos (Lucas 9:52-56).
¿No les suceden también estas experiencias a los siervos del Señor? Han podido dedicarse y esforzarse por el bien del rebaño, y a veces solo obtienen muy poco reconocimiento. El apóstol Pablo pudo decir: «Yo muy gustosamente gastaré, y me desgastaré por vuestras almas; aunque amándoos más, sea amado menos» (2 Cor. 12:15).
3.3.2 - Zif (1 Sam. 23:14-28; 26:1-2)
En el desierto de Zif, David vive una doble experiencia: la fidelidad de Jonatán y el servilismo de los zifeos.
Por última vez, Jonatán y David se reencuentran. El hijo del rey no teme el peligro y se dirige hacia su amigo para fortalecer su mano en Dios. Su fe está convencida de que reinará sobre Israel. Pero no lo sigue, regresa con su padre y compartirá su destino.
Los zifeos desean ganarse el favor del poder real. Se molestan en subir a ver a Saúl en Gabaa y decirle que David se esconde entre ellos. Están dispuestos a entregarlo, si el rey baja a buscarlo.
La providencia divina libera a David mediante una acción de los filisteos, que obliga a Saúl a cesar la persecución (23:27-28), pero poco después los habitantes de Zif vuelven a Saúl para ganarse su favor indicándole los lugares donde se esconde David.
Tal servilismo por parte de hombres que buscan la aprobación de los demás es una prueba muy dura para el hijo de Dios que es víctima de ello. Tengamos cuidado de no denigrar a un siervo del Señor ante aquellos que no lo aprecian, ni de criticarlo para valorizarnos a nosotros mismos ante “personas importantes”. Con la esperanza de elevarse en la estima de “los que son considerados”, algunos no temen informar de cosas de una manera que perjudica a sus hermanos. La trampa es mayor y más sutil de lo que a menudo se cree. El corazón se encoge y querría indignarse… pero, no sería mejor imitar a David y pasar por alto.
3.3.3 - David perdona a Saúl (1 Sam. 24 y 25)
En 2 ocasiones, durante esos años difíciles, David se enfrenta a la gran tentación de deshacerse por su propia mano de su acérrimo enemigo.
En En-gadi, en la cueva, sus hombres le dicen: «He aquí el día de que te dijo Jehová: He aquí que entrego a tu enemigo en tu mano, y harás con él como te pareciere» (24:5). El fugitivo podría haberse deshecho de su perseguidor, legítimamente, al parecer. Se contenta con cortar el borde de su manto, como prueba de lo que podría haber hecho, y deja escapar al rey. La conciencia de Saúl le remuerde; hace promesas formales a David de no volver a hacerle daño, pero no cumple su palabra.
Poco después, en la colina de Haquila (1 Sam. 26:3-25), se le presenta al joven una nueva oportunidad de acabar con su enemigo y tal vez asegurarse así el poder. La prueba es mayor esta vez, ya que Abisai propone matar él mismo al rey dormido. Pero David no puede aceptarlo; la fe y el temor de Dios lo detienen: «Vive Jehová, que si no es Jehová quien lo hiere... Lejos esté de mí, por Jehová, que yo extienda mi mano contra el ungido de Jehová».
Por la noche, de colina en colina, se entabla una conversación entre David y Abner, y luego con Saúl, quien expresa todo su arrepentimiento, y David todo su dolor. El rey dice: «He pecado; vuélvete, hijo mío David, que ningún mal te haré más» (26:21). El hombre de fe no confía en las promesas humanas, sino que expresa su confianza en Dios: «Así sea [preciosa] mi vida a los ojos de Jehová, y me libre de toda aflicción». David se va «por su camino», el camino que finalmente lo llevará a la gloria; Saúl regresa a «su lugar»; su destino está sellado, la noche se cerrará sobre él.
3.3.4 - «En su corazón» (1 Sam. 27)
David sentía profundamente el odio que se le profesaba: «Mas si fueren hijos de hombres, malditos sean ellos en presencia de Jehová». También sufría dolorosamente por estar alejado del culto de su pueblo: «Porque me han arrojado hoy para que no tenga parte en la heredad de Jehová, diciendo: Ve y sirve a dioses ajenos». Expresa este dolor en el Salmo 63, escrito cuando se encontraba en el desierto de Judá: «Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario» (Sal. 63:1-2).
Si olvidamos lo que es el corazón del hombre, entendemos aún menos que David, poco después de la magnífica demostración de su fe al perdonar la vida a Saúl, pueda, consultando sus propios pensamientos, decirse: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos» (v. 1). ¿No había aprendido nada de su primera experiencia? No consulta a Jehová, sino que razona consigo mismo, “en su corazón”. ¡Acababa de afirmar su confianza en Dios, su seguridad de que Él lo libraría de toda angustia! Pero su fe parece desvanecerse y sigue su propio camino. Las consecuencias fueron amargas.
En la corte de Aquis, el fugitivo encontrará sin duda refugio: Saúl renuncia a perseguirlo. Él y sus hombres pueden vivir tranquilos con sus familias. Pero el ambiente es penoso en Gat; los ídolos y sus cultos llenan la capital.
David obtiene de Aquis una ciudad en el campo, Siclag, donde vivirá un año y 4 meses con sus hombres. Todo parece ir relativamente bien; las familias están reunidas; ya no es necesario desplazarse constantemente de cueva en cueva para escapar de la venganza del rey de Israel. Se realizan incursiones contra los enemigos del pueblo. Frente al jefe filisteo, se disfrazan con el pretexto de realizar incursiones en Judá. Aquis llega a nombrar a David “guardián de su persona”, pensando que se ha ganado la antipatía de su pueblo.
Pero la situación empeora: los filisteos deciden declarar la guerra a Israel; el rey cuenta con el hijo de Isaí para que lo acompañe al combate con sus hombres.
Al abandonar el camino de la fe, David se ha metido en una situación crítica de la que ya no sabe cómo salir. Así, el cristiano que se asocia con el mundo puede, en un primer momento, parecer prosperar. Pero llega el día en que esa falsa posición se vuelve insostenible.
3.4 - Los esfuerzos de Satanás (1 Sam. 25:29-30)
El enemigo había intentado matar a David por medio de Saúl o de los filisteos. Más tarde, el rey Herodes mataría a los niños de Belén para deshacerse de Jesús. Pero Jehová libró a su siervo. Como dice David, su alma era preciosa a sus ojos.
La violencia no tuvo éxito; Satanás utilizará la astucia para hacer caer al joven. En la corte, el orgullo podría haberlo marcado, dada su elevada posición en el ejército o como yerno del rey. En los años de vagabundeo, habría tenido la oportunidad de vengarse de Saúl. En Nob, junto a Ahimelec, mintió, instigado por el «padre de mentira». ¿Sucumbirá a las sugerencias de aquel que también es «homicida»? (Juan 8:44).
El incidente de Nabal pone en escena este nuevo esfuerzo del adversario. Nabal, rico en rebaños, se niega a dar a los jóvenes de David los víveres que le piden como recompensa por la protección que estos habían brindado a los pastores del Carmelo (1 Sam. 25). David, muy irritado, se levanta con su tropa para destruir al hombre y todo lo que le pertenece. Satanás logrará su objetivo: David, sin motivo, derramará sangre al hacerse justicia por su cuenta.
Pero, por medio de Abigail, Jehová interviene en favor de su siervo. La mujer de Nabal se apresura y lleva ella misma al joven jefe abundantes provisiones; le advierte del peligro de dar rienda suelta a su ira. Ella está segura de que la promesa de Jehová se cumplirá: David será príncipe de Israel; pero. «Entonces, señor mío, no tendrás motivo de pena ni remordimientos por haber derramado sangre sin causa, o por haberte vengado por ti mismo» 1 Sam. 25:31). David reconoce la mano de Jehová y le da gracias por haberle impedido recurrir a las armas.
Una vez más, el enemigo ha sido frustrado.
Por el contrario, parece haber tenido un éxito total cuando David se refugió entre los filisteos. En el desfile de las tropas que suben a combatir contra Israel, el hijo de Isaí y sus hombres no pueden evitar pasar a la retaguardia con Aquis. ¡Qué angustia sin duda en el alma del siervo de Dios! En qué situación tan falsa se ha metido al asociarse con los enemigos de su pueblo. ¿Y ahora qué hacer? Si lucha contra Israel, se acabó el trono: el pueblo nunca aceptará como jefe a un hombre que haya luchado contra ellos. ¿Dará el ungido de Jehová la mano a los enemigos de Dios y de los suyos? ¡Esta vez Satanás triunfa!
Pero Dios es fiel y, en su misericordia, interviene en favor de David. Se sirve de los príncipes filisteos para pedir a su jefe que expulse a los hebreos. A pesar de su deseo de mantener a su protegido a su lado, Aquis se ve obligado a separarse de él; con gran alivio, David y sus hombres regresan «a la tierra de los filisteos» (vean 1 Sam. 29:11). 3 días de marcha los llevan a Siclag. Se alegran de reunirse con sus mujeres e hijos y, sobre todo, de liberarse de la obsesión de tener que luchar contra su propio pueblo. Pero si Dios ha liberado a su siervo de la trampa en la que se había metido, la disciplina divina se ejercerá.
Siclag es destruida, quemada por el fuego; todas las mujeres y todos los niños son llevados cautivos; el futuro rey y sus hombres están angustiados: alzan la voz y lloran hasta que ya no les quedan fuerzas para llorar. Su jefe, en particular, está sumido en un profundo dolor. El pueblo habla de apedrearlo, porque todos están llenos de amargura por sus hijos y sus hijas. David debe tocar con sus propios dedos las dolorosas consecuencias de haber seguido su propio camino, de haberse dejado influir por Satanás, sin consultar a Jehová.
Pero la Palabra se complace en poner de relieve los recursos del hijo de Dios. Desde lo más profundo de su angustia, David puede mirar hacia arriba: “Se fortaleció en Jehová, su Dios”. Una nube había eclipsado su fe, pero la disciplina había hecho su obra. Dios sigue siendo «su Dios». Es hacia Él hacia quien se vuelve, en él en quien se fortalece. Desde su partida de la tierra de Israel, durante los 16 meses que pasó con Aquis, ni una palabra de Dios, ni una oración, ni un salmo. Se necesitan las grandes aguas y la profundidad de la prueba para llevarlo de nuevo a clamar.
Dios responde. La comunión se restablece. David consulta a Jehová, que claramente le anima a perseguir a los amalecitas. Todo se recupera: mujeres, niños, botín. Objeto de la gracia, David, a su vez, muestra misericordia hacia los que se quedaron junto al equipaje (v. 24) y hace partícipes a sus amigos del botín tomado a los enemigos del pueblo de Dios (v. 26-31). Al mismo tiempo, Saúl perecía en las montañas de Gilboa.
Satanás no logró su objetivo. Se retira por un tiempo, pero más tarde volverá a la carga.
3.5 - Hacia el trono (2 Sam. 1 al 4)
David fue formado para la tarea que le esperaba. Satanás ha sido y será derrotado. ¿De quién recibirá la corona el hijo de Isaí?
La alianza con Jonatán parecía garantizársela, pero no era de Jonatán de quien debía recibirla.
Podría habérsela asegurado él mismo, matando a Saúl, cuando tuvo 2 oportunidades para hacerlo. Pero ese no era el camino de Dios.
¿La aceptará de manos del amalecita que se la trae, después de despojar el cadáver de Saúl en el monte Gilboa? (2 Sam. 1) David trata a este hombre como se merece según sus propias palabras, y lo mata por haber extendido su mano sobre el ungido de Jehová. No es del amalecita de quien debe recibir la corona.
Además, por su actitud entre los filisteos, había perdido moralmente todo derecho al trono. Solo la gracia podía colocarlo allí: «Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel; y he estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra» (2 Sam. 7:8-9).
Tras la muerte de Saúl, consciente de esta gracia, David consulta a Jehová para saber adónde ir. Dios lo conduce a Hebrón. Y allí, los hombres de Judá, aparentemente sin que él los haya solicitado, vienen y lo ungieron rey sobre la casa de Judá (2:4).
David tiene 30 años, la misma edad que tendrá su divino Maestro cuando comience su ministerio (2 Sam. 5:4; Lucas 3:23). ¿No es sorprendente que haya compuesto la mayoría de sus Salmos antes de esa edad? Especialmente aquellos que hablan más de fe, confianza y comunión con Dios. No son los años lo que cuenta, sino la comunión y el apego al Señor; un creyente que camina con Él puede progresar más en poco tiempo que en toda una vida si su corazón está dividido.
Pero ¿de quién recibirá el hijo de Isaí la corona de Israel? Abner toma a Mefiboset, hijo de Saúl, y lo establece como rey sobre todo el pueblo. El resultado es una larga guerra civil entre la casa de Saúl y la casa de David (3:1). Tras una disputa con Mefiboset, Abner quiere aliarse con David y asegurarle el dominio sobre todo el pueblo. Pero no es de Abner de quien David debe recibir la corona de Israel. El asesinato del general por Joab no se produce por instigación del rey (3:37), pero Dios lo utiliza para evitar que, de la mano de un hombre, por muy bienintencionado que sea, se le entregue la corona a su ungido.
David tampoco aceptará la oferta de los asesinos de Mefiboset, que se jactan de haberlo asesinado en su lecho y llevan su cabeza a Hebrón. Manda ejecutar a estos violentos y no los utiliza, como ellos esperaban, para afianzar su reino.
Quizás hayan pasado 20 años desde que el joven pastor fue ungido por Samuel. Años de pruebas de fe, tentaciones y disciplina. El momento de Dios había llegado: «Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al rey en Hebrón, y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová; y ungieron a David por rey sobre Israel» (5:3).
El camino había sido largo; la fe había tenido sus altibajos y sus eclipses; a pesar de todo, se había mantenido; por fin encontraba su recompensa.
No es que la formación hubiera terminado; duraría toda la vida; sin embargo, formado en la escuela de Dios, David entraba en una nueva etapa de su carrera, la de rey responsable.
4 - Rey
David tenía 30 años cuando se convirtió en rey en Hebrón. 7 años y medio más tarde, fue ungido sobre todo Israel.
El reinado comenzaba en una época difícil. El desastre de Gilboa había vuelto a poner a Israel bajo el yugo de los filisteos. La guerra civil entre Judá y las tribus no contribuía a apaciguar los ánimos y fortalecer al pueblo.
¿Qué iba a ser del joven rey que comenzaba su reinado en circunstancias tan desfavorables?
4.1 - El fortalecimiento interior
4.1.1 - Jerusalén (2 Sam. 5:6-10; 1 Crón. 11:4-9)
Durante la conquista del país, Judá se había apoderado temporalmente de Jerusalén (Jueces 1:8); la ciudad fue rápidamente reconquistada por los jebuseos (Jueces 1:21), que la mantuvieron en su poder hasta los días de David. Sin embargo, era el lugar que Jehová había elegido «para poner en él su nombre» (Deut. 12:11). David la conquistó, a pesar de las fanfarronadas de los habitantes, que afirmaban que los ciegos y los cojos bastarían para repeler al rey de Israel y a sus tropas. Jerusalén, que en realidad no pertenecía a ninguna tribu, sino que se encontraba entre Judá y Benjamín, se convierte así en la capital política del país, evitando favorecer a la tribu real frente a las demás, o a estas frente a Judá. Sobre todo, se convierte en el centro religioso, donde se llevará el arca.
El secreto de la victoria de David se destaca una vez más: «Jehová… estaba con él» (2 Sam. 5:10; 1 Crón. 11:9).
4.1.2 - El arca (2 Sam. 6:1-19; 1 Crón. 13; 15-16:7)
En el desierto, el arca, tipo de Cristo, era el centro de Israel cuando acampaban (Núm. 1:52-53) y cuando se ponían en marcha (Núm. 10:21). En algunas ocasiones iba delante de ellos: para buscarle un «lugar de descanso» (Núm. 10:33); para abrirles el camino a través del Jordán, río de la muerte, e introducirlos en la tierra prometida (Josué 3). En el monte Ebal contrarrestaba la maldición que allí se pronunciaba (Josué 8. 33; comp. con Gál. 3:13). Establecida luego en Silo (Josué 18:1), donde vino Samuel (1 Sam. 1:3), fue sacada de allí por el pueblo con la intención de que les ayudara en su lucha contra los filisteos (1 Sam. 4:4). Estos se apoderaron de ella y la conservaron durante unos meses; pero como solo les acarreaba juicios, la devolvieron a Israel, en un carro tirado por vacas que se dirigieron por sí solas hacia la frontera de Bet-Semes. El arca permaneció en Quiriat-jearim, en la casa de Abinadab, donde parecía olvidada (1 Sam. 7:1; Sal. 132:6), tan grande era el desorden moral en el seno del pueblo.
Durante los días de Saúl, no se consulta (1 Crón. 13:3). Finalmente, David se propone, como atestigua el Salmo 132, llevarla a Sion.
Se consulta con los jefes del ejército y reúne a toda la élite de sus tropas para transportar el precioso cofre de Quiriat-jearim a Jerusalén. En lugar de buscar en la Ley de Moisés cómo debía transportarse el arca, David imita a los filisteos, que la habían colocado sobre un carro (2 Sam. 6:3; comp. con 1 Sam. 6:7-8). Se produce entonces una desgracia: los bueyes tropiezan, Uza toca el arca, que está a punto de caer, y muere en el acto. El rey, muy irritado, la desvía a la casa de Obed-Edom, donde permanece 3 meses y trae bendición a su familia.
La disciplina divina da sus frutos; David se da cuenta de que no es conveniente que nadie, excepto los levitas, transporte el arca de Dios. Jehová había hecho un “quebranto” entre el pueblo, porque no lo habían buscado «según su ordenanza» (1 Crón. 15:2, 13).
¿No nos muestra este relato la importancia de someternos a la Palabra, especialmente cuando se trata de adorar a Dios? «Damos culto por el Espíritu de Dios» (Fil. 3:3), no según ritos, liturgias o bajo dirección humana. Por otra parte, es necesaria la seguridad de la salvación para alabar verdaderamente a Dios por su gracia y su liberación en Jesucristo: «Con una sola ofrenda perfeccionó para siempre a los santificados... Teniendo, pues, hermanos, plena libertad para entrar... por la sangre de Jesús... acerquémonos» (Hebr. 10:14, 19, 22). También es importante reunirse en el nombre del Señor (Mat. 18:20), con todo lo que ello implica: la certeza de su presencia y nuestra unión con él y con todos sus redimidos, en un solo Cuerpo. Rendir culto sobre otra base no puede ser conforme al pensamiento de Dios y recibir su plena bendición. Las buenas intenciones no son suficientes.
Desde el mar Rojo, excepto en el pozo de Beer (Núm. 21:16), prácticamente no se había vuelto a cantar. Cuando el arca sube a Sion, llevada por los levitas, David instituye a los cantores, con los instrumentos musicales que hacen sonar al elevar sus voces con gozo. Entrega a Asaf este Salmo, «comenzó a aclamar a Jehová» (1 Crón. 16:7). El gozo llena los corazones (1 Crón. 15:25, 28) y se ofrecen sacrificios cuando el arca fue colocada en la tienda erigida para ella en Sion.
El Salmo compuesto por el rey para la ocasión recuerda las liberaciones de Jehová, anuncia las glorias futuras y, sobre todo, subraya la: «Alabanza y magnificencia delante de él; poder y alegría en su morada» (1 Crón. 16:27).
4.1.3 - El templo (2 Sam. 7; 1 Crón. 17)
El reinado de David se ha consolidado. Ahora habita en una casa de cedro, pero el arca está «debajo de cortinas» (1 Crón. 17:1). De ahí surge la excelente idea de construir para ella, para Jehová, una casa digna de su nombre. Esto estaba en armonía con Éxodo 15:17.
El deseo era bueno, pero David no era el instrumento que Dios tenía previsto para ello. El profeta vino a declarárselo: «Así ha dicho Jehová: Tú no me edificarás casa en que habite… levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y afirmaré su reino. Él me edificará casa, y yo confirmaré su trono eternamente».
David recordará más tarde el motivo de tal elección, motivo que se omite discretamente en 1 Crónicas 17, pero que él mismo relata: «Eres un hombre de guerra, y has derramado mucha sangre» (1 Crón. 28:3).
¿No sucede a veces que deseamos realizar tal o cual servicio para el Señor, y él no nos abre la puerta, a pesar de nuestras oraciones? La intención era buena, el deseo estaba en consonancia con su Palabra, pero... Dios tenía en mente otro instrumento para ese servicio. ¿Qué hacer?
David, al recibir la noticia que le trajo Natán, «entró el rey David y estuvo delante de Jehová» (v. 16). Sin duda, la decepción es grande, pero él la acepta de la mano de su Dios, con toda humildad, consciente de las numerosas gracias de las que ha sido, es y será objeto. Él no podía construir una casa para Jehová, pero Jehová le construiría una casa a él. La bendición de Dios descansaría sobre su descendencia «eternamente», expresión que prolonga la visión hasta el Mesías, el verdadero Hijo de David, cuyo glorioso reinado traería la paz a la tierra.
Aunque Dios no puede cumplir el deseo de su siervo, lo bendice. ¿No será lo mismo para todo joven creyente que, habiendo deseado hacer un servicio para el Señor, vea cómo se cierra esa puerta y otro cumple la tarea prevista? Que entre en la presencia del Señor, que repase ante Él todas las bendiciones con las que le ha colmado y que aún le promete. Que acepte la decepción de su mano y permanezca a su disposición para cualquier otro servicio que el Señor elija.
4.1.4 - El reinado establecido (2 Sam. 8:15-18; 1 Crón. 18:14-17)
Los versículos anteriores ofrecen un breve resumen del orden que David supo instaurar en su reinado bajo la dirección de Dios. Reina sobre todo Israel; hace justicia y derecho; todo está bien organizado, tanto para «las cosas de Dios» como para «los negocios del rey» (1 Crón. 26:32).
En 2 Samuel 20:23-26, encontramos términos muy similares hacia el final del reinado, después de la rebelión de Absalón. Sin embargo, hay una diferencia notable: ya no se habla de los hijos del rey, que en 2 Samuel 8 eran «los príncipes». La oscura tragedia que devastó a la familia de David, como consecuencia de su falta, dejó huellas. El rey se había alegrado de tener a sus hijos a su lado, confiándoles cargos apropiados; ahora, Ira jaireo, era sacerdote personal de David; y cuántas intrigas surgirán en torno a la sucesión al trono, hasta que Salomón se establezca en él.
4.2 - La dominación exterior (2 Sam. 5:17-25; 8:1-14; 10)
4.2.1 - Los filisteos
El reinado de David comienza inmediatamente después de las desgracias de Gilboa. Los filisteos, que esclavizaron a Israel en la época de los jueces, incluso al comienzo del reinado de Saúl, y que habían sido parcialmente expulsados del país, vuelven a triunfar. Apenas se enteran de que David es rey de todo Israel, suben a buscarlo (2 Sam. 5:17-25).
¿Qué hará el rey? Saúl ha sido derrotado. El pueblo aún es débil, está mal organizado; todos tienen los ojos puestos en él. Como en los años de su juventud, no deja de consultar a Jehová. Este le anima a subir y le promete entregar a los filisteos en sus manos. Primera victoria. Un nuevo ataque trae consigo una renovada dependencia: Jehová indica otro camino, se asegura una nueva victoria; David inflige una gran derrota a los filisteos.
Tras el establecimiento del arca en Sion y el deseo del rey de construir el templo, David somete a los filisteos y los domina (2 Sam. 8:1). Sin embargo, la lucha contra estos enemigos internos del pueblo no cesará; en el capítulo 21 (v. 15-22), ¿cuántas veces leemos «otra vez» y «otra vez».
Los filisteos representan la oposición interna dentro del pueblo de Dios. En la cristiandad, muchos de los que llevan el nombre de Cristo son, de hecho, sus enemigos: los que destruyen la Palabra de Dios, niegan su inspiración, la diseccionan; los que introducen elementos humanos o errores funestos en la enseñanza o el culto. La lucha contra tales enemigos durará hasta el final.
4.2.2 - Otros enemigos
Israel estaba rodeado de todo tipo de pueblos que le deseaban mal. Sucesivamente, David somete a Moab, Hadad-ezer, Toi, los sirios, Edom y los hijos de Amón (2 Sam. 8 y 10).
Recordemos sobre todo la expresión repetida: «Jehová dio la victoria a David por dondequiera que fue» (2 Sam. 8:6, 14). Además, en el cántico que dirige a su Dios «el día que Jehová le había librado de la mano de todos sus enemigos, y de la mano de Saúl», oímos al rey atribuir toda la victoria a Jehová: «Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador… mi escudo y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío... Él salva gloriosamente a su rey, y usa de misericordia para con su ungido, a David y a su descendencia para siempre» (2 Sam. 22).
4.3 - La obra del enemigo
En la corte, en el desierto, Satanás había tratado de hacer desaparecer o caer a David. Durante la primera parte de su reinado, parece mantenerse un poco al margen, a pesar de las faltas que la Palabra señala aquí y allá en David. Pero cuando el rey supera los 50 años, el enemigo vuelve a la carga. El hecho de que la Palabra de Dios no oculte sus faltas, sino que nos las presente con gran precisión, ¿no es una demostración interna de la inspiración de la Biblia? En efecto, si pensamos en el prestigio nacional, ¿era conveniente que en las Sagradas Escrituras de Israel se señalaran tales caídas, con sus consecuencias? ¿No era mejor pasarlas por alto? Los hombres sin duda lo habrían hecho, si la mano de Dios y su Espíritu no hubieran estado allí para conservarnos lo que debía servir de advertencia a muchas generaciones sucesivas de creyentes.
4.3.1 - Betsabé (2 Sam. 11:12)
Hasta entonces, todo había ido muy bien. David, un rey responsable, que caminaba con Dios y confiaba en él, había asegurado a su pueblo la estabilidad interior y las victorias exteriores. ¿Por qué no iba a ser así hasta el final?
Pero Satanás buscaba la oportunidad de derribar al rey según el corazón de Dios. «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:12), sigue siendo una exhortación siempre actual.
David había velado por la mañana, cuando, siendo joven, cuidaba el ganado, o luchaba contra Goliat, o se encontraba de repente siendo objeto de los honores de la corte. Había velado al mediodía cuando, como rey responsable, con la ayuda de Dios, consolidaba su reino. Más de 2 tercios de su vida habían transcurrido, ¡y el hombre maduro no vela! Joab y el ejército se van a luchar contra los hijos de Amón; él se queda en Jerusalén; pasa parte del día en su lecho de descanso; «al caer la tarde», pasea por la azotea de su casa y... “el viajero” del que hablará Natán (2 Sam. 12:4) llega a la casa del «hombre rico», el rey colmado de los favores de Dios, que ha demostrado su fidelidad, su fe y su obediencia durante tantos años. La codicia del deseo atrae la mirada de David; él la satisface y, cuando se entera de las consecuencias, en lugar de arrepentirse, solo busca ocultar su falta. «Cada uno es tentado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia. Luego la concupiscencia, tras concebir, engendra el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Sant. 1:14-15).
La pendiente es resbaladiza; Satanás sabe muy bien cómo llevar a su víctima cada vez más lejos en el mal. Es absolutamente necesario que Urías regrese al hogar, pero él se niega; David lo emborracha, pero sin éxito. ¿Qué hacer, sino ordenar a Joab que coloque al soldado en primera línea de batalla, donde encontrará la muerte a manos de los hijos de Amón? Pasado el duelo, David acoge a la mujer de su capitán; nace el niño; todo va bien, nadie sabe nada... «Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová» (2 Sam. 11:27).
Dios amaba demasiado a su siervo como para dejarlo en ese estado. Va a intervenir. Durante casi un año, espera el arrepentimiento, pero la conciencia de David no se manifiesta. No hay ni una sola palabra de Jehová en todo el capítulo 11. Entendemos que Saúl quisiera matar a David a manos de sus enemigos. Pero ¿cómo concebir que el hombre que escribió tantos salmos, que supo expresar la fe y la confianza en su Dios como pocos, que proclamó la grandeza y la bondad de Jehová, pudiera redactar la siguiente carta: «Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiraos de él, para que sea herido y muera» (2 Sam. 11:15). Esto nos hace comprender lo que somos y en qué podemos caer si no estamos atentos y la gracia de Dios no nos protege. Es el asesinato tras el adulterio.
La ley era categórica contra estos pecados (Deut. 5:17-18); David lo sabía. Levítico 20:10 ordenaba lapidar a tales hombres. Sin embargo, este verdadero creyente, cegado por Satanás y por su propia pasión, no se da cuenta de lo que ha hecho.
Es necesaria la visita de Natán, la parábola que cuenta, la terrible declaración: «Tú eres aquel hombre», para que los ojos del culpable se abran y, tocado en lo más profundo de su conciencia, declare: «Pequé contra Jehová».
A quien se arrepiente y confiesa su culpa, se le concede el perdón de Dios: «Jehová ha remitido tu pecado; no morirás» (v. 13). En el Salmo 51 reconoce su crimen, ve toda su oscuridad y confía en la gracia divina para lavar, purificar y borrar. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1). «Justo», no hacia nosotros, sino hacia Cristo, que llevó nuestras faltas y las expió en la cruz, tanto las nuestras como las de David.
Si, en cuanto a la culpa y sus resultados eternos, Dios perdona, sin embargo, bajo su gobierno y en la medida en que lo considera necesario, subsisten las consecuencias de nuestras faltas.
Natán le recuerda a David todas las bondades de Dios hacia él. Pero no minimiza su pecado: «A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer… Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste… Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol».
La “oveja” deberá ser devuelta por 4 veces su valor. David verá morir al hijo de Betsabé. Amnon será asesinado; Absalón perderá la vida en la batalla; y Adonías será ejecutado.
Después de entregar su mensaje, «Natán se volvió a su casa». Dejará al rey culpable, solo con su conciencia ante la presencia de Dios, durante casi un año (comp. con 12:25). Los Salmos 51, 32 y quizás 38 dan testimonio de los ejercicios del alma de David durante este doloroso período. Jehová golpea al niño, que cae gravemente enfermo; el rey suplica; manifiesta externamente su arrepentimiento ayunando y pasando la noche acostado en tierra. Durante 7 días, llora la muerte de su hijo. Pero la disciplina de Dios está sobre él; el castigo se cumple; el niño muere; los sirvientes no se atreven a decírselo, pero el padre se da cuenta.
Entonces –y aquí brilla la realidad de la fe y de la vida divina en él– David se levanta, se lava, se unge, se cambia de ropa; entra en la Casa de Jehová y se postra. Qué sumisión en ese silencio que se inclina ante la voluntad suprema que lo ha golpeado y cuya disciplina acepta. Los siervos se sorprenden, pero David da testimonio de su fe, su fe en la resurrección, aunque esta solo se haya revelado aún en figura: «Yo voy a él, mas él no volverá hacia mí». Se inclina bajo la mano de Dios y se entrega a su gracia infinita.
Puede consolar a Betsabé, y Jehová sella la restauración de su siervo dándole un hijo que será su heredero, Salomón, el rey de gloria, Jedidías, el amado de Jehová.
A nuestros corazones les cuesta mucho concebir la restauración completa de un hermano caído; pero la Palabra nos muestra que, si bien las consecuencias terrenales de la falta pueden subsistir y el discernimiento espiritual puede verse debilitado, el alma puede recuperar la luz y el gozo de su Señor, si ha habido un profundo juicio de sí misma. ¡Qué cosa tan admirable es la restauración de un alma después de tal caída! El servicio de David como rey se mantiene; en el Salmo 51 incluso podrá decir: «Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti» (v. 13). Volverá a escribir Salmos; podrá preparar todo lo necesario para el templo y solo se dormirá después de ver a Salomón instalado en el trono de Israel. ¡Es la gracia! Esa gracia que nos cuesta tanto recibir en su plenitud para nosotros mismos y aún más para los demás.
Pero las consecuencias de su caída oscurecerán, durante mucho tiempo aún, los últimos años de la vida de David. Él dará prueba de la restauración de su alma al aceptar estos castigos sucesivos, con humildad y en silencio.
4.3.2 - El censo (2 Sam. 24; 1 Crón. 21)
Jehová había dicho que multiplicaría a Israel como las estrellas del cielo (1 Crón. 27:23). Al comienzo de su reinado, el rey solo tenía unos pocos cientos de hombres a su alrededor. Con el paso de los años, se había formado, equipado y entrenado todo un ejército. En el corazón de David crecía cierto orgullo al saber cuántos hombres tenía ahora a su disposición. ¿Quería hacer alarde de ellos? ¿Quería apoyarse más en sus tropas que en Jehová, que tan claramente lo había salvado dondequiera que iba? La Palabra no lo dice. Pero al precisar que, por un lado, Jehová lo incitó a censar a Israel y, por otro, Satanás lo empujó a hacerlo, ¿no nos muestra que Dios permite la tentación para manifestar lo que hay en el corazón de su siervo? Dios ve lo que requería su disciplina y se sirve incluso del enemigo para ello.
A pesar de la reticencia de Joab, David tarda más de 9 meses en darse cuenta de su error: “se arrepintió” (2 Sam. 24:10). Reconoce que ha pecado gravemente y le pide a Dios que perdone su iniquidad. El perdón fue concedido, pero Dios no puede soportar el orgullo: el que se eleva debe ser humillado. Una vez más, su gobierno siguió su curso. En nombre de Jehová, el profeta Gad impuso al rey la elección entre 3 castigos; David se entregó en manos de Jehová en lugar de en manos de los hombres.
La peste asola el país. David se ofrece a sí mismo como rescate por el pueblo: «Yo pequé, yo hice la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí, y contra la casa de mi padre» (2 Sam. 24:17). Pero Dios no puede aceptar tal sacrificio: «Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás), para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción» (Sal. 49:7-9).
A instancias del profeta, el rey sube a levantar un altar a Jehová en la era de Arauna, el jebuseo. Él mismo no puede ofrecerse para desviar sobre su casa el castigo de su pueblo; debe presentar a Jehová un holocausto y sacrificios que hablan de alguien más grande que David, de la Víctima perfecta y sin mancha, que se ofrecerá para quitar nuestros pecados.
En el monte Moria, donde Abraham había ofrecido a Isaac, se eleva el humo del sacrificio que sube hacia Dios y detiene su juicio. Salomón discernirá que allí debe construirse el templo, “en el monte Moria, donde Jehová se había aparecido a David, su padre, en el lugar que David había preparado en la era de Arauna, el jebuseo”.
¿No es sorprendente que primero venga el altar y luego el templo? Primero el sacrificio de Génesis 22, primero el holocausto del arado de Arauna, primero el altar en Esdras 3; luego la construcción de la casa. Solo podemos acercarnos a Dios como pecadores a través de la cruz. Solo podemos presentarnos ante él como adoradores sobre la base del sacrificio perfectamente consumado en el monte Calvario, muy cerca de Moria.
5 - Padre de familia
Tras años de formación y pruebas, David se había convertido en un rey responsable. A pesar de sus caídas, sigue siendo un modelo de fe y fidelidad a Dios para todas las generaciones posteriores. ¿Por qué no fue así como padre de familia? Sin insistir demasiado en ello, la Palabra nos ha dejado, en diversos incidentes, un cuadro que muestra su debilidad, porque con demasiada frecuencia se dejaba llevar por sus sentimientos naturales. Es sobre todo el segundo libro de Samuel, escrito desde el punto de vista de la responsabilidad, el que destaca sus faltas, mientras que el primer libro de las Crónicas, presentado desde el punto de vista de la gracia, las pasa por alto en general.
5.1 - Sus mujeres
La poligamia era habitual en Israel. Sin embargo, en cuanto al rey, se decía: «No tomará para sí muchas mujeres» (Deut. 17:17). Al principio no era así. El Nuevo Testamento, a través de la voz del Señor Jesús en los Evangelios y del apóstol en las Epístolas, nos muestra que el matrimonio cristiano tiene un concepto muy diferente: «Que cada uno tenga su propia mujer, y cada mujer su propio marido» (1 Cor. 7:2). Tanto Jesús como Pablo recuerdan las palabras de Génesis: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y quedará unido a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Mat. 19:5; Efe. 5:31). Esta unión íntima de los esposos cristianos, tal y como la describe Efesios 5:22-33, es muy diferente de la familia que se concebía en la época de Israel. Por lo tanto, no se puede aplicar literalmente al matrimonio cristiano todo lo que se dice al respecto en los libros de Moisés en particular.
Si David tuvo varias mujeres, no es por eso por lo que nos resulta útil, sino más bien por el carácter de algunas de ellas.
5.1.1 - Abigail (1 Sam. 25)
La mujer de Nabal no solo era hermosa, sino que también tenía buen juicio (v. 3). ¡Qué cualidad tan agradable de encontrar, y que contribuye más a la solidez y la armonía de un hogar que la gran inteligencia o el rango social! Todo el capítulo desarrolla este buen juicio y la fe que lo animaba. Abigail no dudaba de la promesa de Jehová de que David sería un día príncipe de Israel (v. 30). Advertida por uno de sus siervos, se apresura a hacer todo lo posible para evitar el golpe que amenaza su casa. Le da abundantemente a David los víveres que él deseaba; se arriesga yendo a su encuentro; y, sobre todo, se preocupa de que él no cometa un acto que le suponga un tropiezo el día en que reine (v. 31).
David ve en su intervención la mano de Jehová y la bendice (v. 32 y 39).
Cuando nos lanzamos a hacer algo bajo el imperio de la ira o la indignación, preguntémonos qué pensaremos más tarde. ¿Nos arrepentiremos de haber cometido tal o cual acto? ¿Y qué pasará el día en que todo salga a la luz en el tribunal de Cristo?
“Jehová me ha preservado” (v. 39). ¿No podemos decir lo mismo? Cuántas veces el Señor, incluso sin que lo sepamos, nos impide cometer un acto desafortunado o entregarnos a una acción de la que luego nos arrepentiríamos. Es la gracia prevenida de nuestro fiel Amigo.
Cuando David le pide que sea su esposa, Abigail se levanta apresuradamente y responde a su deseo: «He aquí tu sierva, que será una sierva para lavar los pies de los siervos de mi señor» (v. 41). Ella, que había sido la esposa de un gran terrateniente, ocupa un lugar humilde y une su destino al de un fugitivo que vaga de cueva en cueva, siempre en peligro de muerte. Acepta las incomodidades, los riesgos (¡el saqueo de Siclag!) y el oprobio que se cierne sobre David, porque lo ama. Sin amor puro y profundo, una unión no puede desarrollarse en feliz armonía bajo la mirada del Señor.
5.1.2 - Maaca (2 Sam. 3:3)
¿No le bastaban a David Ahinoam y Abigail? ¿Por qué tomó también a Maaca? ¿Necesitaba, por su prestigio, sangre real en su familia? Ella era, en efecto, hija de Talmai, rey de Gesur. Pero esta ventaja exterior se pagó muy cara: unirse a una princesa procedente de un entorno extranjero e idólatra. Ella sería la madre de Absalón, cuyo solo nombre basta para recordar todas las desgracias que finalmente se derivaron de tal unión. De ninguna manera y en ningún momento es conveniente que un hijo de Dios se alíe con un incrédulo. Es el «yugo desigual», con todo lo que ello conlleva de sufrimientos y peligros.
5.1.3 - Mical (2 Sam. 3:13-16)
Mical, hija de Saúl, había sido la primera mujer de David; cuando él huyó, fue entregada a Palti, hijo de Lais. Cuando Abner propone una alianza al rey, este exige recuperar a Mical. Sin duda, también en este caso se trata de una cuestión de prestigio: ella era la hija de Saúl, una princesa. No importa el dolor de su marido, David la quiere.
2 Samuel 6:20-23 nos muestra las penas que le causó. Feliz por el regreso del arca, después de bendecir al pueblo en nombre de Jehová, regresa para bendecir su casa; Mical sale a su encuentro, no para honrarlo ni para apreciar lo que ha hecho, sino para burlarse de él. David quería prestigio, pero se encuentra con desdén. ¿No han experimentado lo mismo muchos otros después de él?
5.1.4 - Betsabé
Mientras tanto, David tomó varias otras mujeres: en Hebrón (2 Sam. 3:2-5) y luego en Jerusalén (2 Sam. 5:13). Mucho más tarde, Betsabé entra en su casa, en las circunstancias que hemos visto. Era nieta de Ahitofel (2 Sam. 11:3; 23:34) y, por lo tanto, se convirtió en la madre de Salomón. Su influencia fue importante en la sucesión al trono (1 Reyes 1:11, 31), aunque David actuó con la seguridad de la voluntad de Dios.
5.2 - Sus hijos
David había encontrado en Hebrón un hogar, una familia, hijos pequeños, 7 años de felicidad. Pero pronto sus descendientes se volvieron demasiado numerosos para que su padre pudiera ocuparse de ellos de manera eficaz (2 Sam. 3:2-4; 5:13-16). Durante los primeros 20 años de su reinado, cuando aún eran jóvenes, David estaba sin duda muy absorto en sus deberes como rey y jefe del ejército, en el servicio religioso del templo y en la organización del reino. Sin embargo, sus hijos habían recibido el cargo de “oficiales principales” (2 Sam. 8:18). Pero, tras el asunto de Betsabé, se manifestaron todos los frutos que había dado una educación insuficiente.
5.2.1 - Amnon y Tamar (2 Sam. 13)
En Amnon vemos cómo la carne se da rienda suelta. En lugar de juzgar sus sentimientos culpables, se atormenta hasta enfermar. Su amigo Jonadab, un hombre muy hábil que solo buscaba su propio beneficio es un mal consejero para él (v. 5) y, en el momento crítico, lo abandona: cuando Absalón decide asesinar a su hermano, Jonadab no avisa a su querido amigo Amnon (v. 32). Tengamos cuidado con los amigos demasiado astutos, que saben halagar nuestras pasiones y, cuando estamos en dificultades, nos abandonan fríamente. La amistad en el Señor es uno de los mayores beneficios de la vida, pero hay que tener discernimiento antes de confiar en alguien.
Con la impaciencia de la carne, Amnon sigue el consejo de su amigo. Cuando David debe dar su consentimiento para que Tamar visite a su hermano enfermo en la habitación interior, el rey no sospecha nada. ¡Siempre y cuando complazca a sus hijos! Él mismo anima a su hija a ir a la casa de Amnon y prepararle un plato.
La joven era atractiva y estaba dispuesta a ayudar; sin embargo, si hubiera tenido que ver con Dios, ¿se habría dejado arrastrar inconscientemente a la trampa que la desoló? Dina, hija de Jacob, en Génesis 34, no se daba cuenta de las consecuencias de su visita de cortesía a Siquem. Pero Dios lo sabía. Cuán importante es estar atento y también tratar con el Señor antes de aceptar una invitación o cualquier propuesta. Podemos actuar con inocencia de corazón, sin vislumbrar en absoluto lo que se derivará de ello; pero el Señor lo sabe de antemano y puede proteger a quien realmente confía en Él: «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte» (Prov. 14:12; 16:25).
Una vez que ocurrió la desgracia, cuán dolorosas fueron las consecuencias. Amnon odia a Tamar; Tamar está desconsolada, David muy irritado; Absalón aborrece a su hermano mayor y solo espera la oportunidad de matarlo.
5.2.2 - Absalón (2 Sam. 14 al 19)
Después de hacer golpear a Amnon (13:28), Absalón huyó. La desolación era general en la familia. Los hijos del rey llegaron, alzaron la voz y lloraron; el rey también, y todos sus siervos, derramaron lágrimas muy amargas. Pero... ¡el rey David anhelaba ir hacia Absalón!
Los sentimientos naturales de su corazón de padre lo empujaron finalmente a hacer volver al hijo culpable (14:23); y después de 2 años de espera, a recibirlo y besarlo (14:33). En cierto sentido, se puede entender este perdón, pero ¿era conforme según Dios? Ciertamente no. Dios perdona a quien se arrepiente, pero primero exige el arrepentimiento y la confesión: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad». En su gracia, perdona y puede sacar bien del mal; pero en su gobierno, las consecuencias a menudo deben subsistir, según la disciplina educativa del Padre.
David perdona a Absalón según sentimientos humanos, sin preocuparse de si al igual que su padre tras el asesinato de Urías, el joven se ha arrepentido; la debilidad del rey no da ningún seguimiento a la venganza ejercida por su hijo. ¿Debemos sorprendernos de que, después de esto, David carezca por completo de discernimiento y no se dé cuenta de las intrigas del ambicioso, que roba los corazones de los hombres de Israel, y se proclama rey en Hebrón?
David tenía unos 65 años; Urías llevaba muerto 12 o 13 años; el castigo continuaba: la espada no se alejaba de su casa, y la corrupción iba a salir a la luz (16:22).
Para salvar a Jerusalén, el rey decide huir, aceptando de parte de Dios esta nueva prueba: «Si yo hallare gracia ante los ojos de Jehová, él hará que vuelva… Y si dijere: No me complazco en ti; aquí estoy, haga de mí lo que bien le pareciere» (2 Sam. 15:25-26).
Inclina la cabeza ante la disciplina divina; cuando poco después Simei lo maldice, lanzándole piedras y calumniándolo, David lo acepta como si fuera de la mano de Dios, diciendo: «Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho. Quizá mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy» (2 Sam. 16:11-12).
David ya es anciano; está cansado del camino; pero aún le espera una prueba más dura para su corazón. En la batalla del bosque de Efraín, los hombres de Israel están derrotados ante los siervos del rey; Absalón, atrapado por la cabeza entre las ramas de un árbol, fue rematado por Joab. Conmovedor dolor del anciano padre que, «yendo, decía así: ¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2 Sam. 18:33). Esta vez, su corazón está destrozado, porque amaba profundamente a ese hijo rebelde y le cuesta terriblemente aceptar su muerte a manos de Dios. Joab debe reprenderlo severamente y mostrarle cuán poco aprecio tenía por sus jefes y sus siervos, que habían arriesgado sus vidas por él (19:6).
5.2.3 - Adonías (1 Reyes 1:5-53; 2:13-25)
En Adonías vemos la vanidad. No tenía la envergadura ni el carácter de Absalón. Pero, imbuido de sí mismo, muy apuesto, era rápido para jactarse.
Cuarto hijo de David, tras la muerte de Amnon y Absalón y la desaparición de Quileab (quizás muerto en la infancia), era el heredero presuntivo del trono.
Sin embargo, no era necesario que se proclamara rey, después de haber conseguido 50 hombres que corrían delante de él (1 Reyes 1:6). Lo más extraño es que, desde su juventud, «y su padre nunca le había entristecido en todos sus días con decirle: ¿Por qué haces así?». Además, éste era de muy hermoso parecer; y había nacido después de Absalón. Evidente debilidad de David ante la actitud jactanciosa de su hijo. Poco a poco, el joven había adquirido gusto por ello y ahora se arriesgaba a disputar el trono, con el apoyo de Joab y Abiatar, los viejos compañeros de su padre.
Pero esta vez, David, aunque avanzado en edad y muy debilitado, muestra toda la dignidad real que había recibido de Dios. No huye de Jerusalén como ante Absalón; ni siquiera ataca a Adonías... finge ignorarlo y proclama rey a Salomón, su hijo menor, como había dicho Jehová. Basta con poner en su lugar al elegido de Dios, y todo vuelve a la normalidad. ¿No tendríamos a menudo la misma experiencia si, en las dificultades que pueden surgir entre nosotros, supiéramos dar al Señor el lugar que le corresponde: «Para que en todo, él tenga la preeminencia»? (Col. 1:18).
Cuando Adonías y sus invitados se enteran de la unción del hijo de Betsabé, se llenan de terror; cada uno huye por su lado; Adonías no ve otra oportunidad de salvación que agarrarse a los cuernos del altar. Temporalmente perdonado, será ejecutado poco después por Salomón, por atreverse a pretender la mano de Abisag, que había cuidado de su padre en su vejez.
El Salmo 2 proclama la unción del Rey en Sion y subraya la invitación a someterse a él. Se refiere esencialmente al Mesías, el Hijo. Pero ¿no hay en el fondo un claro eco de la rebelión de Adonías y de la unción de Salomón, él mismo tipo del Rey de gloria?
5.2.4 - Salomón
Salomón, el segundo hijo de Betsabé, había sido nombrado por el profeta Natán: Jedidías, el amado de Jehová (2 Sam. 12:25). Aunque era mucho más joven que los demás (1 Crón. 29:1), había sido elegido expresamente por Dios para suceder a David (1 Crón. 28:5).
Así, tras la unción privada de 1 Reyes 1:39, David reunió en Jerusalén a todos los que importaban en Israel (1 Crón. 28:1) para instalar oficialmente a Salomón en el trono.
En presencia de todos los allí reunidos, exhortó a su hijo a conocer al Dios de su padre, a servirle con un corazón dispuesto, recordando que Jehová escudriña los corazones, a buscarlo, a fortalecerse y a actuar (1 Crón. 28:9-10). Exhortaciones sucesivas, que son muy apropiadas para nosotros: conocer personalmente al Señor, no solo porque era el Dios de nuestros padres, sino con un conocimiento directo e íntimo. Servirle con gozo, no como un deber o para ganar méritos, sino con un corazón que se complace en ello, cuya única felicidad es estar a disposición de aquel que tanto nos ha amado. Hay que recordar que Él escudriña los corazones y los pensamientos; dejar que esa luz penetre en nosotros, para manifestar lo que no es conforme a él. Buscarlo: no solo orar brevemente cada día, sino tomarse el tiempo para estar ante él y buscar su rostro. Ese es el secreto de la fuerza y la energía.
David le dijo a Salomón, como antes Moisés a Josué: «Anímate y esfuérzate… porque Jehová Dios… estará contigo; él no te dejará ni te desamparará» (1 Crón. 28:20), promesa que también podemos tomar para nosotros mismos (Hebr. 13:5).
Durante la vida de David, Salomón se sienta en el trono de Jehová, como rey en lugar de su padre (1 Crón. 29:23). Todos se someten a él, incluso sus hermanos. Jehová le da una majestad real que ningún rey antes que él había tenido en Israel. Qué gozo en las últimas horas de la vida del viejo rey ver en el trono de Israel a este hijo que, en cierto sentido, le recordaba sus faltas, pero sobre todo la infinita gracia de su Dios.
6 - Tipo de Cristo
6.1 - Sufrimientos y glorias
En el camino de Emaús, el Señor resucitado recuerda a sus 2 discípulos que «era necesario que el Cristo padeciese estas cosas, y entrara en su gloria». Comenzando por Moisés y todos los Profetas, les explica «en todas las Escrituras las cosas que se a él refieren». Algunas páginas del Antiguo Testamento, como Isaías 53 o el Salmo 22, se refieren directamente al Salvador sufriente y glorioso. Pero también diversos personajes son tipos de Cristo. Entre ellos, 3 destacan especialmente: José, Moisés y David.
José fue separado de su padre, como en cierto sentido el Señor Jesús vino a este mundo «desde el Padre» para «buscar a sus hermanos», aunque él pudiera decir: «Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí». Moisés fue alejado del pueblo que amaba y tuvo que huir durante 40 años a Madián. David fue rechazado del trono durante muchos años, al igual que el Señor Jesús, que vino a la tierra para reinar, pero solo recibió una corona de espinas.
Los hermanos de José lo vendieron, como más tarde Judas vendería a su Señor. Los hermanos de Moisés no comprendían que él les daría la liberación por su mano. Del mismo modo, los hermanos de Jesús tampoco creían en él (Juan 7:5). El hermano de David le reprocha por querer luchar contra Goliat; los fariseos y los escribas no dejan de reprochar a Aquel que sacaba a la luz sus propias faltas.
José liberará a los suyos del hambre; ¿no es Jesús el pan de vida, el que da la vida eterna? Moisés liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, como el Señor nos liberó de la esclavitud de la Ley y de la carne. David venció al poder del enemigo que tanto aterrorizaba a su pueblo, como el Señor Jesús venció a aquel que tenía el poder de la muerte.
José recibirá el título de salvador del mundo; Moisés será pastor y guía de Israel; el mismo David se convertirá en rey. Tantos nombres que nos recuerdan a nuestro amado Salvador.
David nació en Belén, donde Rut, su abuela moabita, había venido a refugiarse bajo las alas del Dios de Israel; así entró en el linaje del Mesías; en la humilde aldea, según la palabra del profeta, se cumplirá el misterio inescrutable del Verbo hecho carne.
David fue ungido por encima de sus hermanos; Jesús es «ungido con oleo de alegría por encima de sus compañeros».
Después de la unción de Samuel, el Espíritu se apodera de David; después del bautismo de Juan, el Espíritu, la unción divina, desciende como una paloma sobre Jesús.
Hemos visto en David el carácter de pastor; su divino Maestro será el gran pastor de las ovejas, él, el Buen Pastor.
Y si David, en su gloria real, no es un tipo completo del Señor Jesús en su reinado, el tipo se prolonga en Salomón, el rey de gloria.
Muchos salmos, llamados “mesiánicos”, que se atribuyen a David, hablan de los sufrimientos y de las glorias del Señor Jesús. Las circunstancias por las que pasó David produjeron en él sentimientos y experiencias que el Espíritu Santo, por su boca, desarrolla y aplica directamente al Señor Jesús.
Así, en el Salmo 2, tenemos la gloria del Hijo de Dios, nacido en este mundo, con el que todos deben reconciliarse. En el Salmo 8 vemos al Hijo del hombre, hecho un poco menor que los ángeles, que, como hombre, es coronado de gloria y honor, y recibe el dominio sobre toda la creación. En el Salmo 110, también de David, el Señor, elevado a la diestra de Dios, es sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Estos 3 Salmos se recuerdan en la Epístola a los Hebreos para subrayar las diversas glorias del Señor Jesús.
En el Salmo 16, vemos a Jesús, hombre perfecto, dependiente de Dios, glorificándolo en la tierra. Debe pasar por la muerte, pero tiene la certeza de la resurrección y de las «delicias a la tu diestra para siempre». El Salmo 22 presenta de manera muy particular los sufrimientos del Señor en la cruz, pero también algunos rayos de la gloria que se deriva de ellos. Esta gloria se afirma en el Salmo 24, donde se levantan las puertas eternas para dejar entrar al Rey de gloria. En el Salmo 40 encontramos toda la humillación de Aquel que vino a la tierra para cumplir la voluntad de Dios y ofrecerse a sí mismo en sacrificio. El Salmo 69 nos ofrece un cuadro de los sufrimientos solitarios del Salvador, que 3 veces implora: «Respóndeme... escúchame… óyeme» (v. 13, 16-17), y, en su angustia, no encuentra consoladores. En el Salmo 102 tenemos la oración del afligido, pero también “el gozo que le esperaba”, cuando el Señor edificara Sion y los pueblos se reunieran para servirle.
Se podrían citar muchos otros, pero estos muestran cómo, sobre todo por boca de David, el Espíritu de Dios quiso poner ante nuestros corazones los sufrimientos y las glorias de Aquel de quien David no era más que un débil tipo.
6.2 - Centro de reunión
Cuando David huyó de su casa para escapar de Saúl, buscó apoyo a diestra y siniestra, para terminar, solo, en la cueva de Adulam, donde compuso el Salmo 142. Después de haber pasado él mismo por una profunda angustia, abandonado por todos, pero encontrando en su Dios los recursos necesarios, se convierte en centro de atracción para la casa de su padre y para todo hombre que estaba en angustia, endeudado o con amargura en el alma. Se reúnen a su alrededor y él se convierte en su jefe (1 Sam. 22:1-2). ¿No es así como el Señor Jesús, que, abriendo sus brazos, dice?: «¡Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os daré descanso!» (Mat. 11:28).
1 Crónicas 12 nos muestra cómo sucesivamente se unieron a David diversos grupos.
En el «lugar fuerte», los gaditas, entrenados para la guerra, armados y ágiles, acuden a él «para pelear» las batallas de Jehová. No temen los obstáculos: cruzan el Jordán cuando está desbordado. Ponen en fuga a los enemigos. Para ser fuertes, hay que revestirse de toda la armadura de Dios (Efe. 6) y agruparse alrededor del Jefe.
Otros procedían de la tribu de Benjamín. Sin duda, fue una decisión difícil abandonar a Saúl, al que les unían los lazos de la carne, para unirse a David, que aún era perseguido en el desierto. Para ello se necesitaba fe, una fe viva que David pone a prueba, haciendo brotar de la boca de su jefe este cántico: «Por ti, oh David, y contigo, oh hijo de Isaí. Paz, paz contigo, y paz con tus ayudadores» v. 18). Hermosa imagen de los creyentes sacados del mundo, que deben romper lazos a menudo muy queridos para unirse al verdadero David.
Otros se unieron al rey rechazado en Siclag. Sabían disparar con el arco, usando la mano derecha y la mano izquierda, y sus flechas no fallaban el blanco. «Las armas de nuestra milicia no son carnales» (2 Cor. 10:4): la Palabra de Dios, la espada del Espíritu. Un versículo citado a propósito es como una flecha que alcanzará la conciencia o animará el corazón; pero ¿cómo podríamos usar estas «flechas» si no estuviéramos primero entrenados para manejarlas? Es necesario que “la Palabra more en nosotros abundantemente”; haber experimentado por nosotros mismos sus diversos efectos nos permite, a su vez, usarla con los demás.
Otros se unen a David en Hebrón. Entre ellos se encontraban los hijos de Isacar, «entendidos en los tiempos, y que sabían lo que Israel debía hacer» (1 Crón. 12:32). Todos estamos llamados a un sano discernimiento, pero también hay que reconocer que el Señor ha dado a algunos de nosotros un discernimiento y una sabiduría especiales (1 Cor. 12:7-11). ¿No es entonces conveniente que, como los de Isacar, nos sometamos a los líderes a quienes el Señor ha dotado para pastorear a su pueblo?
Los de Zabulón “guardaban su puesto, sin tener doble corazón”. En el lugar donde habían sido puestos, cumpliendo su tarea, estando «íntegros», no envidiaban el servicio de otros, ni querían entrometerse en lo que no se les había confiado.
Entonces, “con un solo corazón”, todo el resto de Israel se reunió alrededor de David, en un día de gozo en el que hubo comida y refrescos en abundancia (v. 39-40).
El gozo es aún mayor cuando todos se reúnen alrededor del arca en Jerusalén: se ofrecen sacrificios; David bendice al pueblo y distribuye a cada uno, tanto a las mujeres como a los hombres, «una torta de pan, una ración de carne y un pastel de pasas», alimento, gozo y consuelo. Entonces estalla la alabanza en el santuario: «en ese día» David entrega a Asaf y a sus hermanos «el primer» Salmo para celebrar a Jehová (1 Crón. 16:1-7).
6.3 - Objeto de devoción
A lo largo de toda su carrera, David suscitó a su alrededor la devoción de quienes se unieron a él, le amaron y le sirvieron en las funciones más diversas; le fueron fieles en la adversidad y lucharon con él «las batallas de Jehová».
6.3.1 - Jonatán
David, vencedor de Goliat, se presenta ante Saúl con la cabeza del filisteo en la mano. Hasta entonces, Jonatán había obtenido las victorias de la fe (vean 1 Sam. 14). Ahora, otro es el instrumento de la liberación. ¿Cuál será la reacción del hijo del rey? Podría haber sido celoso, como su padre, y tratar de minimizar la victoria del héroe del día. Por el contrario: «El alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo» (1 Sam. 18:1). Este profundo amor no se tradujo solo en palabras, sino que Jonatán se despojó de su túnica, de sus vestiduras, de su espada, de su arco y de su cinturón, para ponerlo todo a disposición de David. Hermosa figura del creyente que, atraído por el amor del Señor, pone a su servicio todo lo que posee.
El afecto de Jonatán por David no se limitó a un momento de entusiasmo, como ocurre con demasiada facilidad, en un ambiente propicio, cuando algún joven se declara dispuesto a seguir al Señor dondequiera que lo envíe. Jonatán permaneció fiel al hijo de Isaí cuando Saúl comenzó a maltratarlo; intercedió por él, sin ocultar su afecto, arriesgando incluso su vida bajo los insultos de su padre (20:30-33).
En el desierto de Zif, en un bosque, el hijo de Saúl volverá a animar a su amigo en su soledad y a fortalecer su mano en Dios.
¿Debería Jonatán haber abandonado la corte y dejado a su padre infeliz y culpable para seguir a David al desierto, a quien estaba seguro de que algún día vería reinar? Nada en el texto nos parece indicarlo positivamente, salvo que su apego a Saúl le llevó a caer con él en Gilboa. Pero si pensamos en Aquel a quien David representa, a la luz del Nuevo Testamento, es cierto que aquellos que quieren seguir al Señor pueden verse llamados a abandonar incluso a su familia (Lucas 14:26), si esta se opone fundamentalmente al Evangelio, y si el Señor realmente los lleva a dar este paso tan trascendental. (En cualquier caso, no es así en el caso de la esposa cuyo marido es incrédulo, a menos que sea él quien la abandone (1 Cor. 7:2-16); por otra parte, 1 Tim. 5:4 sigue conservando su valor).
6.3.2 - Abiatar (1 Sam. 22:20-23)
Después del paso de David por Nob, Saúl mandó matar a todos los sacerdotes, «hirió a filo de espada; así a hombres como a mujeres, niños hasta los de pecho, bueyes, asnos y ovejas, todo lo hirió a filo de espada» (22:19). Uno de los hijos de Ahimelec, Abiatar, logró escapar. ¿Dónde encontró refugio en su dolor?, sino junto a David, quien lo acogió diciendo: «Quédate conmigo, no temas… pues conmigo estarás a salvo»? (22:23).
A veces se necesita el duelo y la angustia para que las almas sean conducidas al Señor, pero ¡qué refugio y qué consuelo encuentran en Él! Más tarde, María no irá, como pensaban los judíos, al sepulcro para llorar, sino a los pies de Jesús, que llorará con ella.
6.3.3 - Mefi-boset (2 Sam. 9)
A la muerte de Saúl y Jonatán, la nodriza del pequeño Mefi-boset, de 5 años, huyó por temor a las represalias de David. En su huida, dejó caer al niño, que quedó cojo para el resto de sus días.
Quizás habían pasado 20 años, y el joven Mefi-boset se había refugiado en Lodebar, en casa de Maquir, hijo de Amiel, donde sin duda vivía en la indigencia, lisiado de ambos pies.
Allí fue donde un día le llegó la noticia de que David, a quien su abuelo había perseguido y odiado tanto, lo convocaba a Jerusalén. El mensajero habrá añadido que David quiere hacerle «misericordia de Dios», pero sin duda es con sentimientos muy mezclados de temor y confianza que Mefi-boset emprende ese largo viaje para acudir personalmente ante quien lo llama.
Hermosa imagen del Evangelio que se dirige a un alma temerosa y espiritualmente miserable, alejada de Dios, y la exhorta a acudir al Salvador. El «viaje» será más o menos largo, hasta el momento decisivo del encuentro personal con Jesús. Un encuentro, sin embargo, indispensable, porque ni el mensajero ni el siervo pueden dar paz al alma. Solo el Señor tiene ese poder.
David acoge al joven postrado ante él, llamándolo simplemente por su nombre: «¡Mefi-boset!» (vean Juan 10:3). Y añade rápidamente: «No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia». David no solo le perdona, sino que le devuelve la herencia; incluso acoge al hijo de Jonatán en su mesa, donde podrá comer pan continuamente. «Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apoc. 3:20). Intimidad bendita y constante del redimido con su Señor; comunión aún más preciosa en torno al memorial en el que se le permite participar con los creyentes reunidos en torno a Él.
David va más allá: tratará a Mefi-boset «como uno de los hijos del rey»: «A todos cuantos lo recibieron [es decir], a los que creen en su nombre, les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).
El capítulo termina recordándonos que, aunque seguía comiendo en la mesa del rey, Mefi-boset seguía siendo «lisiado de ambos pies». La vieja naturaleza no ha cambiado; aunque ante Dios ya no estemos «en la carne», ella sigue estando ahí, en nosotros, mientras estemos en la tierra; si no velamos, dará sus frutos (Rom. 7:25). Cuán importante es permanecer cerca del Señor, para “andar en novedad de vida, andar por el Espíritu”, y poder disfrutar sin obstáculos de la comunión que él quiere que experimentemos cada día.
6.3.4 - Itai (2 Sam. 15:19-22)
Era fácil someterse al rey David; cada uno encontraba en ello su propio interés. Pero cuando David tuvo que huir ante Absalón, los corazones se manifestaron. Algunos, como Ahitofel, lo abandonaron; otros le permanecieron fieles. “Un Cristo rechazado atrae la devoción, y es en estas circunstancias cuando se puede ver si los suyos le son fieles”. Muchos se quedaron en Jerusalén, pero Itai, aunque llevaba poco tiempo con David, no quiso abandonarlo. Se le puso a prueba. ¿Había venido de Gat para unirse al rey de Israel en su gloria y poder, o a la persona de David, aunque tuviera que compartir con él la huida al desierto? La fe de Itai brilló en su respuesta. «Vive Dios, y vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo». Eco de la decisión del corazón de una Rut o una Rebeca; ejemplo para quien responda al deseo de Jesús: «Si alguno me sirve, que me siga; y en donde yo estoy, allí también estará mi siervo» (Juan 12:26).
Itai acompañará a David, pero no solo; se va con «todos sus hombres, y toda su familia». Hermoso estímulo para que los padres sigan sin vacilar al Señor con toda su familia, recordando al mismo tiempo que solo Dios podrá obrar la salvación en sus hijos.
6.3.5 - Husai (2 Sam. 15:32-37; 17:6-16)
No todos están llamados al mismo servicio. Itai debía seguir a David; Husai, su amigo, está llamado, por orden expresa de este, a abandonarlo para ir a Jerusalén, arriesgando su vida, a cumplir la delicada misión que se le ha encomendado: anular el «consejo de Ahitofel». Husai no lo duda; muestra su devoción por aquel a quien ama y, por su medio, Dios responde a la oración del rey (15:31; 17:14) y permite la victoria que seguirá.
6.3.6 - Ahimaas
Ahimaas es el que corre, el mensajero. En 2 Samuel 17:17-21, irá a transmitir las recomendaciones de Husai a David; en el capítulo 18:19-28, quiere ser el primero en llevar al rey la noticia de la victoria. A pesar de los obstáculos, a pesar de la oposición de Joab, «sea como fuere, yo correré».
«¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren en verdad, pero solo uno recibe el premio? ¡Corred de forma que lo obtengáis!» (1 Cor. 9:24).
6.3.7 - Barzilai (2 Sam. 17:27-29; 19:31-40; 1 Reyes 2:7)
A diferencia de los anteriores, Barzilai es un anciano. A sus 80 años, podría haber considerado que había terminado su tarea; pero cuando David, al cruzar el Jordán, llega a Mahanaim, su pueblo, Barzilai, con todos sus bienes, mantiene al rey y a su séquito, hambrientos y cansados en el desierto. Parece no haber fin a la lista de todo lo que pone a disposición del soberano y sus hombres (17:28). Gálatas 6:6 nos recuerda que «el que es enseñado en la Palabra, que haga partícipe de todo lo bueno a aquel que le enseña»; y la parábola del mayordomo de Lucas 16 subraya nuestra responsabilidad de administrar para el Señor los bienes materiales que le pertenecen y que él nos ha confiado por un tiempo: «riquezas injustas» en cuya administración es importante ser fiel. Sin duda, se trata de poco, ya que se les llama «lo que es muy pequeño», pero es una fidelidad que lleva a que se nos confíen las «verdaderas riquezas», los bienes espirituales que son nuestros, aquellos que nadie podrá quitarnos jamás.
David querría recompensar a Barzilai, pero el anciano no puede seguirlo a Jerusalén; recibe el beso del rey y su bendición (19:39); en cambio, Quimam, su hijo, y más tarde incluso todos sus hijos (1 Reyes 2:7), comerán en la mesa real.
6.3.8 - Los valientes de David (2 Sam. 23:8-39)
David ha llegado al final de su vida. Ha pronunciado sus últimas palabras; su mirada recorre el camino recorrido con aquellos que le han sido fieles. Va a hacer una lista de sus «hombres valientes». En el día del juicio de Cristo, todo saldrá a la luz. El Señor recordará todo lo que se ha hecho por él; y con su sabiduría y según la medida del santuario, dará las recompensas y las coronas, para su propia gloria en los suyos, encontrando en ellos lo que su gracia habrá producido.
Entre los hombres fuertes de David, muchos se dedicaron al pueblo de Dios. Por medio de ellos, Jehová obró grandes liberaciones. «Con David» lucharon contra los filisteos; y, como Sama, también preservaron lo que debía servir de alimento al pueblo de Dios. A lo largo de los siglos, ¡cuántos creyentes han luchado por el Evangelio y por la Palabra, el alimento de nuestras almas! Qué inmensa pérdida sufriríamos si tantos cristianos, llamados por el Señor a esta labor, no hubieran luchado por conservar el texto de las Escrituras y ponerlo a nuestro alcance, en nuestra lengua, con toda facilidad y claridad.
3 de los 30 jefes demuestran a David su sencillo afecto cuando, un día de verano, en un comentario quizá casual, él expresa su deseo de beber agua fresca del pozo de Belén. A primera vista, la acción de estos 3 hombres, que se abren paso a través del campamento de los filisteos para traer un poco de agua a su jefe, parece una hazaña inútil. Pero ellos querían complacerlo, ofrecerle lo que deseaba ese día. Más tarde, María romperá su frasco de perfume para ungir la cabeza del Rey (Mat. 26:7), los pies del Hijo de Dios (Juan 12:3); un sacrificio inapropiado a los ojos de los discípulos, sobre todo de Judas, pero una ofrenda preciosa para el corazón del Maestro, que querrá que, dondequiera que se predique el Evangelio, se hable de lo que hizo esta mujer en memoria de ella. «Los tres valientes hicieron esto».
David no quiso cerrar la lista de sus valientes hombres sin mencionar a «Urías heteo». Podría haber tachado esta mención que le recordaba “todo su pasado de vergüenza y castigo; pero, condenándose a sí mismo y exaltando la gracia que lo había restaurado, nunca se le habría ocurrido borrar ese nombre del libro donde estaba registrado” (H. Rossier).
Todos estos hombres, fieles a David en el momento de su rechazo, compartieron su gloria: «Si alguno me sirve… a este le honrará mi Padre» (Juan 12:26).
7 - La vida interior
Toda la vida interior de David está marcada por 3 cosas: la fe, la comunión y el temor de Dios.
En la lista de hombres de fe de Hebreos, se menciona a David, líder de antaño, cuya “fe debemos imitar”. Esta fe se manifiesta en su confianza en Dios. Sin duda, a veces hubo “una nube”, pero fundamentalmente, y a lo largo de toda su vida, cuán real y sólida era la confianza de David en Jehová, tal como la expresa en tantos Salmos. También se traducía en dependencia; a menudo David consultaba a Jehová para conocer su voluntad, ya fuera durante los años de peregrinaje o durante su reinado. Y esa fe le dio la audacia con la que se enfrentó al león, se presentó ante Goliat o cortó el borde del manto de Saúl.
La comunión de David con su Dios se refleja en muchos Salmos. Se traduce en oraciones, en súplicas, pero también en alabanza y agradecimiento. Más aún, esta comunión le llevó a tener, por el Espíritu de Dios, una visión de Aquel que, verdadero Hijo de David, respondería por sí solo en todo punto al pensamiento de Dios.
Por último, el temor de Dios marcó su camino. Le llevó, cuando cayó, al arrepentimiento y a la confesión, y a la aceptación del castigo. Le guardó de muchos desvíos: «A Jehová he puesto siempre delante de mí» (Sal. 16:8), palabras sinceras en boca de David, aunque solo se cumplieron en Cristo.
Esta vida interior de David a través de las diversas circunstancias de su carrera se refleja en muchos Salmos, algunos de los cuales vamos a considerar.
7.1 - Los Salmos
73 de ellos se atribuyen a David, sin que podamos pensar necesariamente que sus dedicatorias sean inspiradas. Expresan sus propias experiencias, sus angustias, sus súplicas, las liberaciones de las que fue objeto y la alabanza y el agradecimiento que brotaban de su corazón.
Pero estas páginas también están llenas de enseñanzas para nosotros, que atravesamos diversas pruebas y podemos encontrar en estos versículos tanto ánimo y consuelo.
También tienen su alcance profético, dirigiendo la mirada hacia el futuro remanente de Israel y, sobre todo, hacia el Mesías, el Cristo. De hecho, al relatar sus experiencias, David fue llevado mucho más allá por el Espíritu de Dios, con el fin de revelar los propios sentimientos de Cristo a través de los hechos que se relatan en los Evangelios.
“¿Qué hay en este libro de 150 poemas, para que desde hace casi 2.000 años los conventos y los guetos, las iglesias y las comunidades cristianas más diversas los relean y los canten sin cansarse nunca? … ¿Qué sabor hay en el alma de aquellos que nunca renunciaron a las palabras pronunciadas por los propios labios de David, para que pudieran atravesar todas las noches, todas las guerras… Se llevaron este libro a sus exilios: vivieron en su carne, en su sangre, cada uno de estos versículos; estaba escrito: lo vivían tal y como lo leían, y era tan necesario vivirlo como leerlo”. ¿Cómo explicar, en efecto, que esta recopilación compuesta a lo largo de varios siglos, ordenada bajo la dirección del Espíritu de Dios cuando él lo quiso, haya podido ser una bendición, un consuelo, un estímulo para tantas generaciones sucesivas? No es su valor literario lo que le ha dado su sabor. Homero y Virgilio son releídos, pero ¿qué hay para el alma? El propio David dio la respuesta al asombro de los hombres: «El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua» (2 Sam. 23:2). Solo la inspiración del Espíritu de Dios hace que la Palabra sea eterna, inmutable, viva y eficaz.
Entre los numerosos Salmos de David, destacaremos algunos que, por su suscripción, indican que se refieren a circunstancias particulares de su vida.
7.1.1 - Salmo 23
El más conocido, el más querido, que durante 3.000 años ha sostenido la fe de los creyentes de todos los países, de todas las razas, de todas las épocas. ¿Lo compuso David cuando era joven, cuando él mismo era pastor, o más tarde, al repasar su vida? No se sabe. Este Salmo no tiene fecha. No envejece. Sus 6 versículos se aplican a todas las edades, a todos los tiempos; a los días de gozo, a las noches de prueba; a los enfermos y a los sanos; alegra la fe tanto al comienzo de la vida como al acercarse la muerte; y hace converger todas las miradas hacia el futuro eterno que, para nosotros, es la Casa del Padre.
«Jehová es mi pastor»: su fidelidad, su presencia, su comunión llenarán la vida. En primer lugar, el alma habla de Él (v. 1-3); luego, habiendo progresado en su conocimiento, se dirige directamente a él: «Tú estarás conmigo… Tú aderezas… Unges mi cabeza». Por último, considerando la carrera que aún le queda por delante, puede decir con seguridad: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida». Dirigiendo finalmente su mirada hacia el futuro, añade: «Y en la casa de Jehová moraré por largos días».
7.1.2 - Salmos 59, 56, 54
Estos 3 Salmos muestran la confianza de David en medio del peligro. En el primero, está vigilado en su casa por los emisarios de Saúl, que tienen órdenes de matarlo; en el segundo, aparentemente está detenido en Gat, adonde ha huido del rey de Israel; en el tercero, los zifeos han avisado a su perseguidor de que se esconde entre ellos, para que pueda capturarlo.
En los 3 Salmos, la oración y la súplica se elevan a Dios para que lo libere de sus enemigos. Pero al mismo tiempo existe la certeza de que «Dios, mi refugio», “Dios está conmigo”, “Dios es mi ayuda”. Y en esta seguridad, en la confianza de que Dios responderá, brota la alabanza: «A ti cantaré», «Te alabaré», «Celebraré tu nombre».
7.1.3 - Salmo 34
Salmo de respuesta, sigue moralmente al 56: «Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró». «Los que miraron a él fueron alumbrados… Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias».
Habiendo experimentado esta magnífica respuesta a sus súplicas, David puede volverse hacia los demás y animarlos a confiar en Dios: «Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias. Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu».
Consciente de la falta que había cometido al huir hacia un enemigo de su pueblo, puede añadir: «No serán condenados cuantos en él confían».
7.1.4 - Salmo 51
Salmo de arrepentimiento tras la caída, con todo el ejercicio del alma que conduce a la restauración.
Consciente de su crimen, David no tiene más remedio que recurrir a la misericordia de Dios: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia». No oculta nada: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí». Se ve obligado a confesar que ha pecado contra Dios, no solo contra Urías: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos».
Entonces, en 2 ocasiones, puede suplicar: borra, lava, purifica.
Reconoce no solo sus faltas (v. 9), sino también su naturaleza pecadora: «En pecado me concibió mi madre». La Epístola a los Romanos lo demostrará con tanta evidencia: no solo están los pecados, frutos del árbol, sino el pecado mismo, esa naturaleza mala que hay en nosotros, la carne. Por lo tanto, hay que llegar a un juicio de uno mismo, para producir «la verdad en lo íntimo».
Entonces la gracia opera la restauración: «Renueva un espíritu recto dentro de mí... Vuélveme el gozo de tu salvación... Enseñaré a los transgresores tus caminos...». La salvación no se ha perdido, pero sí el gozo, y solo el retorno a Dios podrá devolverlo. La restauración es completa; no solo se borra la falta, sino que el alma, que ha recuperado la comunión con Dios, puede enseñar sus caminos a los pecadores y decir a Jehová: «Abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza».
David sigue siendo consciente de que los sacrificios y las ofrendas que podría llevar a Dios no expían el pecado. Dios pide más que arrepentimiento: un espíritu contrito, arrepentimiento y confesión. Entonces perdona y restaura, porque tiene en mente la obra de Cristo en la cruz (Rom. 3:25-26).
7.1.5 - Salmo 32
Este salmo sigue naturalmente al 51: el alma, que vuelve a disfrutar de la comunión con su Dios, recuerda sus experiencias.
Los 2 primeros versículos presentan un doble «bienaventurado», subrayando el agradecimiento de aquel cuya transgresión es perdonada, a quien Jehová no le cuenta la iniquidad. David recuerda que cuando ocultaba su culpa, la mano de Dios pesaba sobre él, estaba angustiado, una experiencia que muchas almas han tenido después de él, bajo el peso de sus pecados. Pero añade: «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado».
El acceso al santuario vuelve a estar abierto: «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado». Dios protegerá, guardará de la angustia, liberará.
Hay que retomar el camino con una nueva decisión; la voz del Señor se hace oír: «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos». Bendita dependencia del creyente que escucha la voz de su Maestro y persevera en su comunión. ¿Nos negaríamos a “acercarnos a él”? Entonces Dios tendría que emplear «la brida y el freno», es decir, ejercer la disciplina, para que, de buen o mal grado, caminemos por su camino.
El salmo termina con una nota de felicidad: «Alegraos en Jehová y gozaos, justos; y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón». ¿Quién más que nuestro Dios podría dar gozo y alabanza después de la angustia en la que el pecado nos había sumido?
Pero antes de que la experiencia de nuestro Salmo pudiera hacerse realidad, ¡fue necesario el 22!
7.1.6 - Salmo 3
David compuso muchos menos salmos desde que se convirtió en rey que durante los años de angustia antes de su acceso al trono. Su huida de Absalón lo coloca en circunstancias similares a las de su juventud. Una vez más, su oración se dirige a Dios ante el número de sus enemigos, los que dicen: «No hay para él salvación en Dios».
Como en el pasado, está seguro de que: «Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza». Anticipándose a Filipenses 4, clama con voz fuerte a Jehová y luego puede acostarse y dormir, porque Jehová lo sostiene: «En todo, con oración y ruego, con acciones de gracias, dad a conocer vuestras demandas a Dios... y la paz de Dios… guardará vuestros corazones» (Fil. 4:6-7). Puede concluir diciendo: «Jehová es la salvación», como Jonás terminará su oración afirmando: «La salvación es de Jehová».
7.1.7 - Salmo 18 (2 Sam. 22)
David sale de sus pruebas y aflicciones con un cántico de triunfo y alabanza. En sus sufrimientos había aprendido a conocer a Dios; «el día que le libró Jehová de la mano de todos sus enemigos y de mano de Saúl», quiere cantar su agradecimiento. Parece que no tiene palabras suficientes para describir los recursos que ha encontrado en Dios: mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi escudo, el cuerno de mi salvación, mi alto refugio, mi refugio. Sean cuales sean las pruebas por las que haya pasado, afirma que, en cuanto a Dios, «perfecto es su camino». Quizás le había parecido un camino duro e incomprensible cuando tuvo que huir de un lugar a otro, cuando fue despreciado por Nabal y se encontró con la ingratitud de los hombres de Keila. Pero una vez superada la prueba, mirando atrás, reconoce que Dios lo ha guiado bien, que ha «guardado los caminos de Jehová». «Tú encenderás mi lámpara». Ciertamente, no todo fue fácil y sencillo, pero cuando se encontró con dificultades que a primera vista parecían insuperables, experimentó que Dios hacía que sus pies fueran «como de ciervas, Y me hace estar firme sobre mis alturas».
7.1.8 - Salmo 133
David se había propuesto llevar el arca de Quiriat-Jearim a Sion (Sal. 132). En ese día de gozo, en el que el rey pudo bendecir al pueblo que lo rodeaba, distribuir comida y bebida a todos e invitar a los cantores a alabar a Jehová, contempló la gran multitud reunida alrededor del arca y exclamó: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!» (Sal. 133:1).
Se acabó la guerra civil que enfrentaba a la tribu de Judá con todas las demás; Israel encontró su centro: el arca de Jehová en Jerusalén; la unidad fraternal es «como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna».
7.1.9 - Salmo 72
Sin estar atribuido expresamente a David, este salmo nos presenta al rey, que, en el ocaso de su vida, contempla a su hijo Salomón. Pero la mirada de su fe se extiende mucho más allá, hacia Aquel que es “más grande que Salomón”, el Rey de gloria, cuya bendición «descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada». En sus días habrá abundancia de paz; su dominio se extenderá por toda la tierra; su nombre será eterno; todas las naciones lo llamarán bienaventurado.
Los labios del salmista se cerrarán; ante sus ojos resplandece la belleza de Aquel que, un día, vendrá a establecer su reino de paz en la tierra. La carrera llega a su fin, «aquí terminan las oraciones de David, hijo de Isaí» (v. 20), pero es en la visión de la gloria de Cristo donde se dormirá.
7.2 - El ocaso de la vida
Tras la rebelión de Absalón y su muerte, y la de Seba, que también encontró su fin, se restablece el orden en Israel; David, que tuvo que dedicar tantos esfuerzos a los «asuntos del rey», se volcó, con sus últimas fuerzas, en los «asuntos de Dios» (1 Crón. 23:1-3). El que sufrió es el mismo que ordena todo para el santuario y el reino.
7.2.1 - El establecimiento del servicio religioso (1 Crón. 23 - 26:28)
El rey hace un recuento de los levitas y define con precisión sus tareas (1 Crón. 23). Divide a los sacerdotes en 24 clases, institución que perdurará hasta la venida de Jesús a la tierra, ya que en Lucas 1 encontramos a Zacarías, de la clase de Abías, ejerciendo el sacerdocio ante Dios «en el turno de la familia de Abías» (Lucas 1:5, 8).
David también establece los cantores (1 Crón. 25), a los que divide igualmente en 24 clases. A continuación, especifica la función de los porteros y les confía sus responsabilidades. Instituye a los encargados de los tesoros de la Casa de Dios y de los tesoros de las cosas sagradas (26:20).
7.2.2 - Los preparativos para el templo
«Dios me dijo: Tú no edificarás casa a mi nombre, porque eres hombre de guerra, y has derramado mucha sangre… Salomón tu hijo, él edificará mi casa y mis atrios» (1 Crón. 28. 3, 6). Sin embargo, la Casa de Dios ocupará los últimos días de David, tanto le importa. Con todas «sus fuerzas», preparó inmensas riquezas para levantar este edificio. Dios le dio “el modelo” (28:11-12, 19); instruyó a Salomón con precisión sobre los planos del templo que debía construir.
David añade: «Yo con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios, oro para las cosas de oro, plata para las cosas de plata…» (29:2). Por otra parte: «Por cuanto tengo mi afecto en la casa de mi Dios, yo guardo en mi tesoro particular oro y plata que… he dado para la casa de mi Dios» (v. 3).
Luego exhorta a los jefes y al pueblo a ofrecer voluntariamente para el templo. David bendice a Jehová por esta sincera voluntad y exclama: «¿Quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos» (29:14). Ofrendas materiales para lo que entonces era la Casa terrenal de Dios. Ofrendas espirituales que hoy podemos ofrecer al Padre en el santuario por medio del Señor Jesús, presentándole lo que viene de él, lo que nos ha revelado: las perfecciones de su Hijo amado y de su obra.
7.3 - Las últimas palabras (2 Sam. 23:1-7)
Qué contraste entre estas últimas palabras y el cántico de triunfo que ponía fin a las pruebas del desierto. David se encuentra en el ocaso de su vida. A sus espaldas tiene todos los años de prosperidad, los años de reinado con su gloria, sus victorias, pero también sus caídas.
Nos está presentada con 4 características. Es el «hijo de Isaí»: el humilde pastor que, detrás del desierto, cuidaba los rebaños de su padre y ni siquiera era invitado a la fiesta familiar. También es «varón que fue levantado en alto», aquel a quien Dios tomó de entre los rediles para ponerlo al frente de su pueblo, «el ungido del Dios de Jacob», el rey elegido por la gracia. Pero durante todo ese tiempo, pudo ser «el dulce cantor de Israel», el profeta y cantor que, más allá de sus experiencias personales, expresó las de los demás, hasta elevarse a los pensamientos, los sentimientos y los dolores del mismo Cristo.
No es de extrañar, pues que «el Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua». Es la inspiración divina de las Escrituras. Además, las comunicaciones que recibía, como instrumento para transmitirlas a otros, también eran para él: «Me habló la Roca de Israel».
¿Qué queda ante la visión del anciano cuya vida está a punto de extinguirse? Él describe no lo que ha sido, sino lo que será el «que gobierne entre los hombres». Mirando hacia el futuro, contempla a este Rey de gloria que un día vendrá y dominará en el temor de Dios, «como la luz de la mañana, como el resplandor del sol en una mañana sin nubes». Ve a Cristo, su justicia, su esplendor. Parece decir: esto es lo que debería haber sido; no lo he sido, pero otro lo será.
De hecho, añade: «No es así mi casa para con Dios». ¡Qué humillación y, al mismo tiempo, qué sencillez en estas pocas palabras! No quiere hablar de sí mismo ni de su familia. ¿De qué podría gloriarse? Simplemente, mirando atrás, confiesa: mi casa no es así con Dios.
Sin embargo: «Él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado, aunque todavía no haga él florecer toda mi salvación y mi deseo». Seguridad de la salvación ante la muerte, porque esta salvación no depende de las obras, del camino, sino de la gracia infinita de Aquel que ha establecido, para los suyos, una alianza eterna, bien ordenada y segura.
Para los rebeldes, los hijos de Belial, el juicio es inevitable: «Mas los impíos serán todos ellos como espinos arrancados… y son del todo quemados en su lugar».
7.4 - Se durmió (1 Reyes 2:10; Hec. 13:36)
La larga vida llega a su fin. «Todo lo relativo a su reinado, y su poder, y los tiempos que pasaron sobre él» (1 Crón. 29:30) no son más que un recuerdo. Las miradas del moribundo se posaron en Cristo, en su gloria. Por encima de todo, recordó su gracia.
Y ahora los ojos que tanto han visto, que han derramado tantas lágrimas amargas, se cerrarán; los labios que han suplicado y clamado, pero también bendecido y alabado, se cerrarán; David entra en el descanso bienaventurado de todos los redimidos: “Se duerme”. Espera el día glorioso de la venida de Cristo, en el que «los que durmieron con Jesús» (vean 1 Tes. 4:14-15), resucitarán; como él mismo dijo: «Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza» (Sal. 17:15).
«Después de servir en su propia generación a la voluntad de Dios, David durmió» (Hec. 13:36). David ocupaba un lugar importante en estos consejos divinos; fue el primer rey según el corazón de Jehová; fue él quien dio a Israel ese centro de Jerusalén que Dios había elegido para poner allí su nombre; fue él quien hizo grande al pueblo terrenal y, más aún, fue en muchos sentidos, un tipo del Señor Jesús.
Sin embargo, ¿no se puede decir que Dios espera que cada uno de sus hijos sirva, en su propia generación, a su consejo? En la época en que viven, en el entorno en el que se encuentran, Dios tiene en mente una tarea específica para ellos. Quiere servirse de ellos, a cada uno según la medida que él disponga, para cumplir “su obra en la tierra”. ¿Habrá testimonio más hermoso el día en que todo se manifieste que oír la voz del Señor decir que su redimido, a pesar de muchos errores, debilidades y faltas, habrá “servido a su consejo” y cumplido, como un esclavo fiel, el servicio para el que lo había dejado aquí abajo? «Entra en el gozo de tu Señor» (Mat. 25:21, 23).
Pero hay una felicidad aún mayor: contemplar a Aquel que es la Luz, ese Sol de justicia que, en un día sin nubes, iluminará todos los corazones, especialmente los que, muy cerca de él en la Casa del Padre, contemplarán su gloria:
Siempre en la luz
¡De la casa del Padre!
Toda sombra ha desaparecido
Ante el resplandor del día.
Y, lejos de la tierra,
Nuestra alma, entera
Gustará, cerca de Él, el descanso del amor.Himnos y Cánticos en francés No. 167, 2
Agosto de 1952/julio de 1966