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Riquezas Inescrutables

Algunas de las relaciones de Cristo con su pueblo


person Autor: Edward DENNETT 9

flag Tema: Señor Jesús

(Fuente: bibletruthpublishers.com)


«Cristo es el todo» (Colosenses 3:11)

0 - Prefacio

Los capítulos que siguen y que componen este volumen no son conferencias (aunque el escritor puede haber hablado ocasionalmente acerca de estos mismos temas) ni notas de conferencias. Se trata de estudios o meditaciones por escrito; y por cuanto le han sido de ayuda al mismo escritor, se aventura a esperar que puedan ser también útiles para la edificación de sus lectores.

Son muy sencillos, y por ello mismo apropiados para la comprensión de los más sencillos santos de Dios. Por ello, no se ha dado nada por supuesto, porque el escritor ha llegado a la convicción, tras una cierta experiencia, de que es un error suponer que los oyentes o lectores ya no necesitan una reafirmación de verdades fundamentales. Se tiene que añadir que cada capítulo está completo en sí mismo, y que por ello mismo no se han evitado repeticiones si con ello el tema tratado podía ser hecho más inteligible y completo.

El tema es uno: es el mismo Cristo; y nadie sentirá más profundamente que el escritor cuán débil ha sido su intento de presentar algunas de las relaciones que Él tiene con su pueblo. Pero es provechoso estar ocupados con Cristo en cualquier medida; y es la oración del autor que el Señor condescienda a emplear estas páginas para conducir a los suyos a un creciente conocimiento de él mismo, y que así él pueda glorificarse a sí mismo ministrando bendición a sus santos en conformidad a su corazón. ¡Y a su nombre será toda la alabanza!

Blackheath, 1878

1 - Cristo, nuestro Salvador

Este es el primer carácter bajo el que Cristo es conocido. Los títulos y glorias de Hijo de Dios, Hijo del hombre, el Cristo de Dios, etc., son todos ellos de los que tenemos poco o ningún conocimiento hasta después de haber sido capacitados, por la gracia de Dios, para conocerle como Aquel que suple nuestra necesidad como pecadores, y para asirnos de él por la fe como nuestro Salvador. Entonces, en paz con Dios, nuestros corazones quedan liberados, y, conducidos por el Espíritu Santo, nos deleitamos en seguir, estudiar y gozar de cada aspecto en el que él es presentado para nuestra contemplación en las Escrituras. Este orden es mantenido en el evangelio según Mateo. Así, cuando el ángel se presentó ante José, para instruirlo en su perplejidad acerca de María, le dijo: «Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mat. 1:21). Es cierto que tenemos su linaje regio y su concepción milagrosa expuestos con anterioridad; pero con todo el primer anuncio acerca de él es en su carácter de Salvador. Así sucede en la Epístola a los Romanos.

Después de la salutación e introducción, tenemos ante todo la exposición del estado y la necesidad del hombre –sea gentil o judío; inmediata­mente después se introduce la sangre de Cristo como provisión para la culpa del hombre, esto es, Cristo como Salvador. «Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Rom. 3:22-26).

Así, al considerar a Cristo como Salvador, se incluyen principalmente dos cosas: su persona y su obra. Además de esto, está la acción de Dios al resucitarle de entre los muertos y ponerlo a su diestra. Pero esto es más bien declarativo, siendo la respuesta de Dios a lo que Cristo había hecho –la estimación de su obra por parte de Dios, de lo que le era debido a Aquel que le había glorificado en la tierra, y acabado la obra que le había dado que hiciera (Juan 17:4). Por ello Dios a una lo exhibe y declara como Salvador en virtud de su obra acabada –en virtud de la cruz.

La persona de Cristo como el Salvador es lo primero que puede atraer nuestra atención. En las escrituras ya citadas su persona demanda la precedencia. Así, en Romanos es «el evangelio de Dios acerca de su Hijo… (cito conforme al orden verdadero) que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor» (Rom. 1:1-4). En Mateo se dice también de él que es el Hijo de David, el hijo de Abraham (Mat. 1:1), y luego que es engendrado del Espíritu Santo, antes de ser anunciado como el Salvador.

Es la persona la que atrae nuestra mirada antes que podamos considerar su obra. Pero no es así con el pecador. Como norma, primero aprende el valor de la obra de Cristo antes de considerar la verdad acerca de Su persona. El bendito Señor mismo, antes de su conversación con Nicodemo, declara primero la misteriosa dignidad de su persona, y luego proclama su rechazamiento y muerte. «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:13-15).

Hay, pues, dos facetas en la persona de Cristo. Él era Dios manifestado en carne. «Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14). El Verbo era el Hijo eterno, y el Hijo eterno se hizo hombre. Era así Dios y hombre –una unión de extremos que no era posible en nadie más, y haciendo a su persona tan insondable, tan incom­prensible, que él mismo dijo: «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mat. 11:27). Pero es esencial que nos aferremos tanto a su verdadera divinidad y a su igualmente verdadera humanidad. Porque si no hubiera sido verdadero hombre, no hubiera podido ser sacrificio por el pecado; y si no hubiera sido Dios, su sacrificio no hubiera podido ser eficaz para todos. Satanás sabe esto, y por ello, en todas las edades, ha tratado de minar una u otra de estas verdades, insinuando dudas en ocasiones acerca de su humani­dad, y en ocasiones acerca de su divinidad. Pero es la gloria de la persona de Cristo que él es a la vez divino y humano, que él es, en su singular persona, a la vez Dios y hombre. Esta verdad se encuentra en el funda­mento de la redención, y más aún, le da su carácter.

¡Cuán inmenso es el campo que se abre a nuestra contemplación! Siguiendo a Cristo en su caminar aquí abajo, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario, vemos las manifestaciones tanto de lo humano como de lo divino. Al contemplarle, su humilde apariencia: «De tal manera fue desfigurado su parecer, y su hermosura mas que la de los hijos de los hombres» (Is. 52:14); al observarle en compañía de sus discípulos, le vemos fatigado y reposando, comiendo y bebiendo, llorando con los que lloraban (Juan 11), y durmiendo, también, sobre un cabezal en la popa del barco (Marcos 4:38), no podemos dudar que él era hombre. Fueron, en verdad, las pruebas de su humanidad las que, saltando a la vista, confundieron a sus adversarios, cegándolos a sus más altas reivin­dicaciones.

Por otra parte, las evidencias de su divinidad no son menos claras para el ojo ungido. ¿Quién sino Dios podía sanar al leproso, abrir los ojos del ciego, levantar al muerto a la vida, y controlar los vientos y las olas? Por ello le dijo él a Felipe, respondiendo a su petición de mostrarle al Padre: «¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras» (Juan 14:10-11). Y lo que él era, lo que se declara en las Escrituras que él es, es, si es posible, aún más concluyente: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:1, 18). De él se declara que es «El resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia» (Hebr. 1:3). En otra Epístola él es descrito como «La imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten» (Col. 1:15-17). Consideremos además sus propias palabras: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9); «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30); «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58); y ¿quién puede dudar que él afirmó ser divino?

No podemos bendecir a Dios suficientemente por los cuatro Evangelios, en los que se funden estos dos aspectos de la persona de Cristo. Por ello, son lo más profundo de todas las Escrituras, porque contienen el desarrollo de una vida divina-humana. Es indudable que en la superficie las narraciones son sencillas, pero al ser conducidos por el Espíritu de Dios, comenzamos a descubrir que hay profundidades en las que nunca habíamos ni soñado, y en las que debemos poner la mirada, y mantenerla atenta, si queremos observar los tesoros que ellas contienen. Y cuanto más familiarizados estemos con su contenido, tanto más impresionados estaremos con la majestad de la persona de Cristo como el Dios-hombre, Dios manifestado en carne. Y no se debería olvidar nunca que no puede haber estabilidad allí donde hay incertidumbre acerca de la persona de nuestro Salvador. ¡Qué fuerza le da al alma poder decir (para citar el lenguaje de otro): «¡Los pilares de la tierra reposan sobre aquel Hombre que fue menospreciado, escupido y crucificado!» Es el conocimiento de lo que él es, no menos (si no más) que el de lo que él ha hecho, lo que llena nuestros corazones de confianza, adoración y alabanza. Porque en verdad él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén (Rom. 9:5).

Podemos ahora pasar a la obra de Cristo. Por ella generalmente entendemos lo que él cumplió en la Cruz –Su muerte. En una perspectiva más amplia de la misma, se incluiría su vida, así como su muerte; pero hay una amplia y esencial distinción entre estas dos cosas. Fue solo en su muerte que él llevó los pecados de su pueblo (1 Pe. 2:24). Su vida reveló lo que él era, mostrando, si podemos así decirlo, su aptitud para ser ofrenda para el pecado, y demostró que él era el Cordero sin tacha ni contaminación –el Cordero de Dios; pero fue sobre la cruz solamente que tomó el lugar del pecador, afrontando todas las justas demandas de Dios, soportando la ira por el pecado. Es la sangre la que hace la expiación (Lev. 17:11; véase también Lev. 1, 2 y 16). Por ello, fue solo sobre la cruz que Dios trató con Cristo acerca de la cuestión del pecado y de los pecados.

Todo a través de su vida, aunque fue «Varón de dolores, experimentado en quebranto», reposó en la consciencia del amor y de la sonrisa del Padre; jamás se interpuso una nube entre su alma y Dios. Pero cuando él estuvo en la cruz, hubo un cambio total; porque allí fue donde fue hecho pecado; y en la insondable angustia de su espíritu, cuando le cubrieron todas las ondas y las olas de Dios, clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mat. 27:46). Fue así abandonado por Dios –abandonado por el lugar que él tomó volun­tariamente como sacrificio por el pecado. Así, en aquel terrible momento, Dios estuvo tratando con él, en lugar de con nosotros, acerca de la cuestión del pecado; aunque jamás fue él más precioso para Dios que entonces, porque fue en la cruz que él demostró su obediencia hasta lo sumo. «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar» (Juan 10:17).

Así, fue en la cruz –mediante el derramamiento de su sangre, y ciertamente por todo lo que sufrió allí, por su muerte, que fue llevada a cabo la expiación. Por ello, antes de que inclinara «la cabeza, entregó el espíritu», clamó: «Consumado es». Entonces quedó consumada aquella obra que tanta gloria dio a Dios que sobre esta base él salva, y es justo, más aún, es glorificado, al salvar a todo el que cree. Todas las bendiciones de todos los redimidos, la bendición en el milenio de la tierra, la reconciliación de todas las cosas, la eterna felicidad de los santos de todas las dispensaciones, la perfección de los nuevos cielos y de la nueva tierra –todas estas multiformes bendiciones y variadas glorias fluirán de la obra consumada de Cristo.

Esta obra, para hablar generalmente, tiene dos aspectos: para con Dios, y para con el hombre. El aspecto primero, y podríamos añadir que el esencial, es para con Dios. Así, en el gran día de la expiación, la sangre de la ofrenda por el pecado era llevada dentro del velo, y rociada «hacia el propiciatorio al lado oriental; hacia el propiciatorio esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre» (Lev. 16:14). Esto fue hecho tanto con la sangre del becerro que era la ofrenda por Aarón y su casa (un tipo especial de la Iglesia como la familia sacerdotal de Dios), y también con la sangre del macho cabrío de la expiación por Israel. Sin entrar aquí en las diferencias carac­terísticas y en los detalles de estos sacrificios, el punto que quiero apremiar es que en ambos casos la sangre era para Dios.

No digo (porque esto sería olvidar otras Escrituras) que la sangre nunca es para nosotros, pero aquí es enteramente para Dios; porque en verdad era rociada delante, así como sobre el propiciatorio, y rociada allí siete veces, de manera que cuando el adorador se allegaba podía encontrar su perfecto testimonio en presencia de Dios. Pero seguía siendo para Dios, habiéndose hecho con ella la expiación conforme a las demandas de su santidad, y de la justicia de su trono. Hacía propiciación por los pecados del pueblo.

Así es con Cristo: «Y él es propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por todo el mundo» (1 Juan 2:2, Besson). Por ello, la eficacia de la sangre de Cristo es en conformidad a su valor a los ojos de Dios; y es infinita. Así, si la sangre derramada sobre el propiciatorio por una parte para hacer propiciación por los pecados de su pueblo, por la otra, debido a su indecible valor delante de Dios, por cuanto él ha sido glorificado por ello, y a tal costo, ha venido a ser la base sobre la que Dios puede actuar en gracia con todo el mundo, y enviar a sus siervos con el mensaje implorante: «Reconciliaos con Dios». «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).

El otro aspecto al que hemos aludido es el de la sustitución –prefigurada en el macho cabrío vivo. Después de haber sido rociada la sangre, según la instrucción divina, se dice: «Hará traer el macho cabrío vivo; y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto» (Lev. 16:20-22). Esto se corresponde de manera precisa con lo que tenemos en Romanos. Al final del tercer capítulo Cristo es mostrado como el propiciatorio por la fe en su sangre (v. 25), y luego, al final del capítulo cuarto leemos: «El cual fue entregado por nuestras trans­gresiones, y resucitado para nuestra justifica­ción» (v. 25). Así, no solo ha sido hecha la propiciación ante Dios por medio de la sangre de Cristo, sino que, si somos creyentes, podemos decir que él fue entregado por nuestras transgresiones, que él ha llevado nuestros pecados sobre su propio cuerpo en el madero, llevándolas lejos a una tierra no habitada –dejándolos allí– donde ya no pueden ser más hallados; porque si él fue entregado por nuestras trans­gresiones, ha sido resucitado para nuestra justificación.

Se puede añadir otra cosa. Nuestro pecado, así como nuestros pecados, ha sido todo ello tratado en la cruz. «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Rom. 8:3). Así, no solo Dios ha sido glorificado, sino que todo el caso –tanto la necesidad como el estado del pecador– queda suplido por la muerte de Cristo. La verdad de todos los sacrificios queda incluido en ello –el holocausto así como la ofrenda por el pecado, el cordero pascual así como los sacrificios del día de la expiación. Todo esto eran meras figuras, sombras del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, sombras de aquel un sacrificio que fue cumplido en el calvario en la consumación de los siglos. Pero es solo después de conocerle como Salvador que aprendemos estas cosas. Entonces, en paz con Dios, nos deleitamos, como nos deleitaremos a través de toda la eternidad, en contemplar la muerte de Cristo, y en seguir, aunque ahora podamos verlo solo en parte, los maravillosos contornos de la obra que llevó a cabo, y sus múltiples relaciones tanto con Dios como con nosotros.

La resurrección de Cristo tiene un sentido particular y especial. «A este,» dice Pedro, «entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuera retenido por ella» (Hec. 2:23-24). Y destaca una y otra vez el hecho de que Dios ha resucitado y exaltado a su diestra a Aquel a quien ellos habían rechazado y crucificado (véase Hec. 3:14-15; 4:10; 5:30-31). También el apóstol Pablo enfatiza la misma verdad (véase Hec. 13:27-31; 17:31, etc.; también Rom. 4:24-25; 1 Cor. 15; Efe. 2; etc., para su enseñanza doctrinal acerca de toda la cuestión de la resurrección de Cristo). En lo que quisiera detenerme aquí es en que la resurrección de Cristo fue la declaración de satisfacción por parte de Dios con su obra, que el ponerle en la gloria a su diestra fue la expresión de su estimación de su valor –la respuesta de su corazón al gran valor de Aquel que lo había hecho, así como a los derechos que Cristo había adquirido ante él por ello. Nuestro mismo bendito Señor presenta esta verdad. Cuando el traidor hubo salido a solas para llevar a cabo su malvada obra, él dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará» (Juan 13:31-32). Así, cuando en el capítulo diecisiete toma su lugar en espíritu más allá de la cruz, alega su obra como constitutiva de un derecho obtenido ante el Padre, de glorificarle a él con la gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuera (v. 4-5). Y ciertamente la justicia de Dios fue exhibida al glorificar a Aquel, poniéndolo a su diestra, que para glorificarle se hizo «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:8-10).

Pero este hecho tiene otra voz para el creyente. Si Cristo llevó nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero, y descendió a la muerte bajo la ira y el juicio que nos eran debidos, el hecho de su resurrección por Dios demuestra, y ello de manera indiscutible, que nuestros pecados nos han sido quitados. Porque, ¿dónde está nuestro sustituto? En la gloria de Dios. Entonces, si él está en la gloria de Dios, sabemos, no solo que nuestros pecados han quedado atrás, sino también que Dios reposa en perfecta complacencia en Aquel que los expió mediante su muerte, por cuanto él ha recibido el lugar supremo en el cielo. En palabras de otro: «No puedo ver la gloria de Cristo ahora sin saber que soy salvo. ¿Cómo llega él allí? Él es un hombre que ha estado aquí abajo entre publicanos y pecadores, amigo de los tales, escogiéndolos como compañeros. Él es un hombre que ha llevado la ira de Dios debido al pecado; él es un hombre que ha llevado mis pecados en su propio cuerpo en el madero (hablo del lenguaje de la fe); él está ahí, como habiendo estado acá abajo en medio de las circunstancias y bajo la imputación de pecado; y sin embargo es en su rostro que veo la gloria de Dios. Lo veo allá en consecuencia de haber quitado mi pecado, porque él ha cumplido mi redención.

No podría ver a Cristo en la gloria si hubiera una tacha o mancha de pecado no quitadas. Cuanto más veo la gloria, tanto más veo la perfección de la obra que Cristo ha cumplido, y de la justicia en la que soy acepto. Cada haz de aquella gloria se ve en la faz de Uno que ha confesado mis pecados como suyos, muriendo por ellos en la cruz, de Uno que ha glorificado a Dios en la tierra, llevando a cabo la obra que su Padre le había dado que hiciera. La gloria que veo es la gloria de la redención. Habiendo glorificado a Dios con respecto al pecado –«Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese»– Dios le ha glorificado consigo mismo allí.

Cuando le veo en aquella gloria, en lugar de ver mis pecados, veo que están quitados. Veo mis pecados puestos sobre el Mediador. He visto mis pecados confesados sobre la cabeza del macho cabrío de expiación, y que han sido llevados fuera. Y de tal manera ha sido Dios glorificado respecto a mi pecado (esto es, en respecto a lo que Cristo ha hecho por causa de mis pecados), que este es el derecho que Cristo tiene de estar allá, a la diestra de Dios. No temo mirar a Cristo allá. ¿Dónde están ahora mis pecados? ¿Dónde se pueden encontrar, en el cielo o en la tierra? Veo a Cristo en la gloria. Una vez estuvieron sobre la cabeza de esta bendita Persona; pero se han ido, y no pueden ya ser hallados más. Si lo que yo viera fuese, por así decirlo, un Cristo muerto, podría temer que mis pecados pudieran volver a ser hallados; pero con Cristo vivo en la gloria, es en vano buscar. El que los llevó todos ha sido recibido al trono de Dios, y ningún pecado puede ser hallado allí».

Podemos preguntar, en conclusión: ¿cómo, pues, debemos ser llevados a la posesión de las bendiciones de la salvación? Es por la gracia de Dios, por medio de la fe. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). Una vez más, «El que cree en mí, tiene vida eterna» (Juan 6:47). «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hec. 16:31). «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1). Dios, en el evangelio, nos presenta a Cristo, de quien hemos hablado, como el Salvador. Es por ello el evangelio de la gloria de Cristo (2 Cor. 4:4), así como de la gracia de Dios. Al recibir su testimonio, inclinándonos ante él en juicio de nosotros mismos, ejercitando arrepentimiento para con Dios y fe para con nuestro Señor Jesucristo, somos salvados, unidos a Cristo, y traídos a Dios con toda la aceptación que Cristo mismo tiene. Cada creyente es así asociado con Cristo delante de Dios, y es traído al goce de todo lo que Cristo es por nosotros, así como de todas las bendiciones que él ha asegurado para nosotros por medio de su meritoria muerte y resurrección. ¡Cuán indeciblemente bendito, entonces, es poder decir, por el Espíritu de Dios, Cristo nuestro Salvador! Querido lector, ¿puedes tú reclamarlo como tal? Si no, ¡cuán indeciblemente penosa es tu posición! Pero Dios, incluso ahora, en los tiernos anhelos de su gracia, se encuentra contigo, al dirigir tu mirada a Cristo a su diestra, proclamando en su palabra: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna». Si puedes llamarle tu Salvador, entonces no tenemos palabras para expresar tu bienaventuranza; pero podemos recordarte la obli­gación en que te encuentras por ello mismo de hacer patente, por tu palabra y vida, que eres salvo, y de testificar de aquella gracia que te ha llamado de las tinieblas a la maravillosa luz de Dios.

 

«¡Oh Salvador, que Tú a ti me atraigas!
Así yo sin fatiga correré;
Que con gentil palabra me consueles;
Mi único anhelo seas Tú.
Todo temor y peso en Ti reposar;
En calma al saber que Tú cerca estás.
«¿Qué es lo que yo en tu amor no poseo?
Luz en mi noche, de día mi sol,
En la tierra seca Tú mi manantial,
Mi vino de gozo, pan de sostén,
Mi fuerza, mi escudo y gran protección,
¡Tú mi vestido ante el trono de Dios!»

2 - Cristo, nuestro Redentor

Es solo al considerar cada aspecto en el que Cristo nos es presentado en las Escrituras que podemos ser capacitados en alguna medida para asimilar lo que él es para y por nosotros, así como la plenitud de la verdad de nuestra salvación. Hemos contemplado a Cristo como nuestro Salvador, y podría parecerles a algunos como si este título incluyera también lo que él es como nuestro Redentor; pero veremos, al seguir este tema, que somos llevados a nuevos aspectos tanto de su obra como de nuestra condición.

De hecho, él en realidad consumó la redención antes que pudiera ser presentado como Salvador; porque él puede salvar solo sobre la base de su obra consumada. Por ello, desde el lado de Dios la redención precede a la salvación; pero aquí estamos hablando más bien del orden en que Cristo es aprendido en el alma.

Cosa a destacar, él nunca es presentado con este título y estas mismas palabras en el Nuevo Testamento. De él se dice que nos ha redimido; y se nos dice que tenemos redención en él, por medio de su sangre, etc., pero nunca es llamado nuestro Redentor. En cambio, en el Antiguo Testamento este título aparece con frecuencia (véase Job 19:25; Sal. 19:14; 78:35; Is. 41:14; 43:14; 44:6; 47:4; 49:26, etc.). Pero el hecho de que Cristo nos ha redimido, y que es por ello nuestro Redentor, se encuentra en cada libro de las Escrituras del Nuevo Testamento; y los ancianos en el cielo, al contemplar al Cordero tomando el libro de los consejos de Dios, cantan un nuevo cántico, diciendo: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, y lengua, y pueblo, y nación», etc. (Apoc. 5:9). Así, en cada dispensación Dios ha sido Redentor; y por ello no hay tema más digno de nuestra meditación.

En las Escrituras Hebreas hay dos palabras que se emplean con frecuencia para expresar la verdad de la redención. La primera significa «rescatar», «redimir mediante el pago de un rescate» (gaal), y la otra, «desatar» (padah), y por ello empleada en un sentido muy similar a la primera, aunque su sentido primario sea «desatar». En el Nuevo Testamento tenemos solo una palabra (lutroö o apolutrösis), pero incluye el significado de ambas palabras hebreas, esto es, liberar contra la recepción de un rescate. Así, hay dos conceptos en la palabra «redención», el pago del rescate, y la consiguiente liberación; nuestra puesta en libertad, y el estado al que somos introducidos como resultado de haber sido redimidos.

Así, antes que estemos en una posición de contemplar a Cristo como nuestro Redentor, tenemos que considerar en primer lugar el estado en que nos encontrábamos, que hizo necesaria su venida con este carácter. No solo se trata de que fuéramos pecadores. «Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom. 5:12). Así, fue por el pecado que reinó la muerte sobre todo el mundo. Pero había aún más que esto, por terrible que pueda parecer esta afirmación. Por la caída –el pecado del hombre– Satanás había adquirido derechos sobre el hombre, y retenía el poder de la muerte, blandiéndola, ciertamente, como el justo juicio de Dios (Hebr. 2:14). Así, por cuanto todos habían pecado, vino a ser el príncipe del mundo (Juan 12:31; 16:11); el dios de este mundo (2 Cor. 4:4); manteniendo a todos los hombres cautivos bajo su poder y dominio (Hec. 26:18; Col. 1:13). Por ello, estábamos en el caso de un cautiverio sin esperanzas, vendidos por nuestro pecado al poder de Satanás, que reinaba sobre nosotros, afligiendo nuestras almas bajo el duro rigor de la esclavitud bajo él. Y éramos tan impotentes como desesperada era nuestra condición; porque habiendo caído por nuestro propio pecado bajo la pena de muerte, y por ello mismo bajo el poder de Satanás, y no teniendo medio alguno de proveer un rescate, nos veíamos encerrados para siempre, a no ser que alguien de fuera, competente para ello y poderoso, interviniera para liberarnos de la cárcel de nuestro cautiverio. Por ello dice Pablo: «Estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia», etc. (Efe.2:1-2).

Esta era nuestra condición. Habíamos dejado de responder a las demandas de Dios sobre nosotros, y por ello habíamos caído en la condenación del pecado; y al mismo tiempo habíamos quedado bajo el poder de Satanás, que reinaba sobre nosotros por medio del poder de la muerte que blandía como juicio de Dios sobre nosotros por causa de nuestros pecados. Y fue entonces, cuando no teníamos derecho alguno ante Dios, sino habiendo incurrido en la justa condenación por nuestros pecados, que él, conforme a los consejos de su gracia, siendo rico en misericordia, en su amor y compasión, nos redimió –y no con cosas corrup­tibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha ni contaminación. (1 Pe. 1:18).

Consideraremos ahora de manera más particular el método por medio del cual se logró nuestra redención. Consistió propiamente hablando de dos partes, del precio pagado, y de la liberación efectuada; la satis­facción de las demandas de Dios, y nuestra liberación de manos y del poder de Satanás; y encontraremos estas dos cosas históricamente ilustradas en la reden­ción de Israel.

(1) El precio pagado, o el dinero del rescate. Hablando a los discípulos, nuestro bendito Señor les dijo: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mat. 20:28). En otra escritura leemos que Cristo «se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo» (1 Tim. 2:6). Esto es, se dio a sí mismo a la muerte –correspondiéndose con ello a la otra escritura citada, «dar su vida». La significación de estas declaraciones será explicada por un pasaje del Antiguo Testamento: «La vida de la carne EN LA SANGRE ESTA, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; Y LA MISMA SANGRE HARA EXPIACION DE LA PERSONA» (Lev. 17:11). Por ello, «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Hebr. 9:22). Fue por ello la sangre de Cristo (porque la vida está en la sangre) lo que constituyó nuestro dinero de rescate: este fue el precio pagado por nuestra redención. Por ello Pablo dice: «En quien tenemos redención por su sangre» (Efe. 1:7); y Pedro, en la escritura que hemos citado antes, que hemos sido redimidos con la preciosa sangre de Cristo.

No podemos asombrarnos que la llame «preciosa», por cuanto valió para dar satisfacción a todas las demandas de un Dios santo sobre nosotros, para que sobre esta base pudiera proclamar el perdón para todos. Porque, en verdad, no solo dio satisfacción a las demandas de Dios, sino que tan infinito fue su valor que el Señor Jesús, por el derramamiento de su sangre, glorificó a Dios en todo lo que él era –en cada atributo de su carácter– y así él puede de manera justa justificar a todo aquel que cree en Jesús. Más aún, él se glorifica a sí mismo, al traer a cada creyente a sí mismo, haciendo de él su hijo, y si hijo, heredero, heredero de Dios y coheredero con Cristo (Rom. 8:17).

Por ello, la sangre de Cristo es el precio de la redención, y por ello todo el que está bajo su protección está salvo para siempre del juicio. Esto quedó prefigurado en el caso de Israel en Egipto. Cuando Dios estaba a punto de azotar la tierra de Egipto, para pasar a través de ella como Juez, suscitando por ello la cuestión del pecado, su propio pueblo –Israel– era tan merecedor del golpe del destructor como los egipcios. ¿Cómo, pues, podía ser Israel pasado por alto con la misma justicia con la que Egipto era justamente juzgado? En uno de sus mensajes a Faraón, él dice: «Y yo pondré REDENCIÓN entre mi pueblo y el tuyo» (Éx. 8:23); y esto fue hecho de una manera notable cuando, por orden de Jehová, «Moisés convocó a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Sacad y tomaos corderos por vuestras familias, y sacrificad la pascua. Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana. Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir» (Éx. 12:21-23).

Así, el Señor redimió a su pueblo mediante la sangre –figura de la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Pero observemos esta importante distinción: el mandamiento fue dado a todos que rociaran la sangre –la provisión, por ello, era para todos; pero si el pueblo no llevaba a cabo en obediencia las instrucciones recibidas, no estarían protegidos. Así que ahora la sangre de Cristo es suficiente para refugiar a todo el mundo; pero a no ser que haya fe, de nada servirá. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel [y solo aquel] que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). «A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Rom. 3:25).

(2) La primera parte de la redención, entonces, fue el pago de la redención; y esto, como hemos visto, fue hecho mediante la sangre de Cristo. Pero Israel no estaba redimido –aunque perfectamente a salvo bajo la protección de la sangre– mientras estuviera en Egipto. Por ello, la segunda parte, o consumación de la redención, fue llevada a cabo cuando Dios, con mano alzada y brazo extendido, los sacó de la tierra de Egipto a través del mar Rojo, destruyendo a Faraón y a toda su hueste en sus poderosas aguas. Sobre la base de la sangre derramada Dios, habiendo quedado satisfecho como Juez, puede ahora actuar por su pueblo como Libertador; y por ello los saca de Egipto con poder. Entonces pudieron cantar, pero no mientras estaban en Egipto: «Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación… Condujiste con misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada» (Éx. 15:1-13). Son ahora, y desde ahora, un pueblo redimido.

Así sucede con los creyentes ahora: no se puede decir que son redimidos hasta que sepan no solo que están resguardados por la sangre, sino también que han sido sacados limpiamente del territorio enemigo mediante la muerte y el juicio, por la muerte y resurrección de Cristo. En el caso de Israel, por cuanto fue un acontecimiento histórico, el rociamiento de la sangre y el paso del mar Rojo fueron necesariamente dos etapas sucesivas. Pero ahora se ha llevado a cabo la obra, en la muerte y resurrección de Jesucristo, que se corresponde con ambas; y aunque en realidad las dos partes –el refugio de la sangre y la liberación– son a menudo sucesivas en nuestro conocimiento, no hay sin embargo razón alguna por la que no se pueda recibir y gozar en el acto de la plenitud de la redención. Y así sería mucho más frecuentemente, si se proclamara más comúnmente un evangelio pleno; mientras que pocas veces se va más allá del perdón de los pecados, y por ello las almas quedan desconocedoras de la salvación que Dios ha obrado para ellas en Cristo.

Pero será oportuno explicar con una mayor extensión cómo nuestra liberación tiene lugar en Cristo. Es por ello de la mayor importancia que sepamos que en la muerte de Cristo no solo que Dios ha tratado con la cuestión de nuestros pecados –nuestra culpa– sino que también ha tratado con el pecado –nuestra mala naturaleza. «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne». Así que Él ya ha juzgado el pecado, raíz y rama; y por ello Cristo se enfrentó con todo el poder de Satanás, quebrantándolo en su muerte (así como Dios quebrantó todo el poder de Egipto –figura del poder de Satanás– en el mar Rojo). La consecuencia de ello es que, creyendo en Cristo, soy llevado a través de su muerte fuera de la vieja condición en la que me encontraba (fuera de Egipto), y por su resurrección soy introducido en un nuevo lugar –un lugar (en Cristo Jesús) no solo donde no hay condenación, sino donde la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte (Rom. 8:1-2).

Consiguientemente, Dios puede decir ahora a los creyentes: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros» (Rom. 8:9). Por ello, nuestra redención es completa; Dios ha actuado por nosotros –habiendo quedado todas sus deman­das afrontadas y satisfechas por la sangre de Cristo– y nos ha sacado de nuestra vieja condición trayéndonos a sí mismo. «Nos ha llevado con su poder a su santa morada». Ya hemos pasado de muerte a vida, habiendo quedado para siempre detrás de nosotros la muerte y el juicio. Ya no estamos en la carne, con­templados como hijos de Adán, sino que, habiendo muerto con Cristo, queda roto cada lazo que nos ataba a aquel estado, y estamos ahora en Cristo, y en Cristo donde él está, y consiguientemente un pueblo redi­mido. Ahora sabemos que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, a los que son llamados conforme a su propósito, y teniendo entonces la seguridad de que, según este propósito, debemos ser conformados a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos; sabiendo también que a los que él predestinó, a ellos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó, podemos hacernos eco del triunfante lenguaje del apóstol: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» Sí, podemos reposar en la plena persuasión de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:28-39).

(3) Pero se debe observar una cosa. En tanto que estamos redimidos –en cuanto a nuestras almas de una manera total– tenemos que esperar a la consumación de nuestra redención en cuanto al cuerpo. Sacados de Egipto, y habiendo pasado a través del mar Rojo, plenamente liberados, y habiendo recibido el Espíritu Santo como las arras de nuestra herencia, esperamos la adopción –la redención de nuestro cuerpo. Porque en verdad seguimos estando en el desierto, y por medio de nuestros cuerpos atados a una creación gimiente; y por ello nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos también en nosotros mismos, esperando el tiempo en que nuestros cuerpos serán redimidos (Rom. 8:23).

«Nuestros vasos terrenos se quiebran,
Y el mundo mismo envejece;
Mas Cristo nuestro valioso polvo tomará,
Y nueva forma le ha de dar.
Él dará a esos cuerpos viles
Una forma cual la suya,
Dará sonrisa a la creación entera,
Y acallará sus gemidos».

«Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra» (Fil. 3:20-21), y entonces veremos lo gloriosamente completa que es la redención que él ha obrado para su pueblo, tan completa que nada quedará en manos del enemigo, sino que el espíritu, el alma y el cuerpo a una quedan rescatados y hechos suyos.

Entonces, al contemplar esta obra en toda su extensión, podemos ciertamente reconocer con corazones gozosos que Cristo es nuestro Redentor. Y nunca deberíamos olvidar a qué precio nos ha redimido para Dios. Estamos acostumbrados a decir: con su sangre. Pero cuán poco comprendemos del alcance de las palabras; cuán poco entramos en el maravilloso hecho de que él se dio a sí mismo para morir, yendo bajo toda la ira que nos era debida, fue hecho pecado por nosotros, para que pudiéramos venir a ser justicia de Dios en él. De cierto que mientras meditamos acerca de esto, evocará de nuestros corazones el más constante clamor de adoración: «Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén» (Apoc. 1:5-6).

¿Cuáles son, pues, nuestras responsabilidades como pueblo redimido? Primera y principal, el recono­cimiento de que pertenecemos a Aquel que nos ha redimido. Esta verdad es constantemente expuesta incluso en las Escrituras del Antiguo Testamento: «Ahora, así dice Jehová, creador tuyo, oh Jacob, y formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú» (Is. 43:1). Es por ello que el apóstol, como observaremos más a fondo en el capítulo siguiente, se auto designa tan frecuente­mente el esclavo (doulos) de Jesucristo. Porque por cuanto el Señor ha pagado, en su maravillosa gracia y amor, nuestro precio de rescate, ha adquirido plenos derechos y título a todo lo que somos y tenemos. Desde entonces somos propiedad suya. Pero esto involucra un doble aspecto: privilegio y responsabilidad. Tenemos el privilegio de pertenecer a Cristo, de ser suyos, de estar ligados a él por especiales vínculos (porque él amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella), y por ello de ser los especiales objetos de su cuidado, ternura y amor. Ahora decimos: «Mi amado es mío, y yo suya»; más aún, «Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento» (Cant. 2:16; 7:10). ¡Y cuán duLucase y bendito el pensamiento de que él ha adquirido, por un título que nadie puede jamás poner en tela de juicio, la posesión de nosotros! Qué reposo para el alma recordar que somos de él. En el dolor, en la turbación o en el duelo –en las silenciosas vigilias de la noche– ¡qué solaz indecible poder levantar nuestros ojos a él, y poderle decir: Tú nos has redimido, y tuyos somos, tuyos para siempre!

Pero el privilegio involucra la responsabilidad de mostrar prácticamente en nuestro caminar y conversación que somos de él, de vivir no para nosotros, sino para Aquel que murió por nosotros, y resucitó (2 Cor. 5:15). Porque por nuestra redención somos separados de todos los pueblos de la tierra, y por tanto debemos distinguirnos por el testimonio de nuestras vidas que pertenecemos a nuestro Redentor. Debemos cada uno de nosotros, como delante del Señor, preguntarnos: ¿hasta qué punto es cierto en mi caso? ¿Estamos nosotros separados, como pueblo redimido, de los que están a nuestro alrededor, como lo estaba Israel, por ejemplo, de las tribus que los rodeaban cuando pasaba a través del desierto? Cierto es que, en el caso de ellos, hasta esto, se trataba de una separación externa; pero es cosa cierta que esto estaba dispuesto como tipo y figura de una separación más real que la de ellos, más real por cuanto el carácter de nuestra redención es tanto más profundo. Sin embargo, la cuestión es, ¿estamos confesando a diario, con nuestro corazón, vida y labios, que pertenecemos a Cristo?

Y esta cuestión nos lleva a una especial respon­sabilidad en relación con nuestra redención, como la enuncia el apóstol Pablo. Él les dice a los corintios: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?… glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor. 6:19-20). Por ello, el Señor demanda nuestros cuerpos, por cuanto nos ha comprado por precio; y es por ello que querría tener nuestros cuerpos como órganos para la expresión de sí mismo en esta escena. Así, después de la plena declaración de la redención en la Epístola a los Romanos, el apóstol dice: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Rom. 12:1).

¡Qué honor que así se nos hace, que tome él estos cuerpos nuestros, que eran antes instrumentos de Satanás, y que haga de ellos los medios de exhibirse él mismo, para que Dios sea glorificado! ¡Ah, que poco que sabía Satanás lo que estaba haciendo cuando apremió a los judíos a que dieran muerte a Cristo! Consiguió hacerlo desaparecer de la escena, pero, ¿cuál ha sido la consecuencia? Que hay miles de seguidores de Cristo cuya única misión es que reflejen su semejanza, que lleven en sus cuerpos la muerte del Señor Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en sus cuerpos (2 Cor. 4:10). ¿Cuán lejos estamos de cumplir con nuestra responsabilidad a este respecto? Todos lo reconoceremos; y si lo reconocemos, y al mismo tiempo tenemos que reconocer nuestro fracaso en responder a ello, podemos, y ciertamente lo haremos, echarnos sobre él para la gracia y la fuerza para presentarnos enteramente a Dios como vivos de entre los muertos, y nuestros miembros a Dios como miembros de justicia (Ro 6:13).

El apóstol Pablo enseña también que habiendo sido redimidos deberíamos desconocer y rechazar toda autoridad que entre en conflicto con la de Cristo. «Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres» (1 Cor. 7:23). Difícilmente será necesario decir que esto no significa que no debamos tener amos en este mundo. Por otra parte, él, por el Espíritu, ha dado instrucciones especiales a los que están así puestos. Pero lo que aquí afirma es la supremacía de la autoridad de Cristo, y que nosotros, por cuanto él nos ha comprado por precio, le pertenecemos, sea cual sea nuestra situación. «El que en el Señor fue llamado siendo esclavo, liberto es del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo. Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres» (1 Cor. 7:22-23). De la misma manera, apremiando la misma verdad, recuerda en otra epístola a los siervos que «a Cristo el Señor servís» (Col. 3:24). Así, sea cual fuere nuestra posición en este mundo, por muy sujeta que pueda ser, nunca debemos olvidar que pertenecemos a Cristo, que él nos ha comprado con su sangre; y de ahí que nuestro ojo siempre debe estar sobre él, porque él es nuestro Señor, y es a él a quien servimos.

Otra escritura nos indicará una responsabilidad adicional. «Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2:14). Ya hemos visto que el Señor nos ha adquirido por redención, y este pensamiento está también expresado en las palabras «purificar para sí un pueblo propio», pero aquí se añaden dos cosas que él desea que caractericen al pueblo que él ha redimido. Su objeto era redimirnos de toda iniquidad, tanto de su poder (véase Rom. 6:14) como de su práctica, y que fuéramos celosos de buenas obras. Como redimidos, por tanto, deberíamos ser conocidos por separación del mal, y por separación para Cristo, señalados como pueblo peculiar –un pueblo peculiar y propio de él, y conocido por el celo por las buenas obras.

Es bueno que nos juzguemos frecuentemente por esta escritura, para que podamos detectar nuestros fracasos y descubrir hasta dónde estamos respondiendo a la mente de Cristo acerca de nosotros –su objetivo en nuestra redención. Y especialmente que podamos aplicar la frase «celosos de buenas obras». Porque mientras que no hay un mayor peligro en el tiempo presente que una actividad excesiva, en la que el alma pierde con frecuencia toda comunión, y por ello mismo todo poder, nunca debería haber descuido acerca de las obras que son conforme a la mente de Dios. En verdad, somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios preparó de antemano, para que en ellas anduviéramos (Efe. 2:10). Por ello, somos responsables para ser celosos de tales buenas obras.

Si nos volvemos a 1 Pedro, encontraremos otro carácter de responsabilidad en relación con nuestra redención. «Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pe. 1:17-18). Pedro nos pone así en presencia de Dios Padre, y nos pone allí como peregrinos, para que pasemos el tiempo de nuestra peregrinación en temor, aquel santo temor que surge de su santidad, según la que nuestras obras son ya ahora juzgadas. Él quisiera tenernos como peregrinos que han sido sacados de Egipto, en nuestro paso por el desierto, para mantener la santidad, para ser santos, por cuanto Dios es santo (v. 16). Porque es para Dios que hemos sido redimidos; y por ello él demanda que seamos como es digno de él, de su carácter, en nuestro caminar y en nuestra forma de vivir. ¡Cuán vigilantes, pues, deberíamos ser, para mantenernos apartados del mal, para caminar como es digno de la vocación con que hemos sido llamados, teniendo delante de nuestros ojos el temor de Dios, sabiendo que él marca todos nuestros caminos, y que sin santidad nadie verá al Señor (Hebr. 12:14).

Finalmente, somos siempre invitados a mirar adelante al día de la redención. Así, se nos dice que el Espíritu que mora en nosotros es «las arras de nuestra herencia, hasta la redención de la posesión adquirida» (Efe. 1:14); y otra vez, que no debemos contristar «al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Efe. 4:30). Es entonces que se entrará en los plenos frutos de la redención, y que se gozará de ellos, cuando el Señor tomará posesión en poder de todo lo que ha sido comprado por su preciosa sangre. Ya hemos tratado de esto en cuanto al cuerpo. Pero hay más que esto. Tenemos al Espíritu como las arras «de nuestra futura plena participación en la herencia que pertenece a Cristo, por la que él ha comprado todas las cosas para sí mismo, pero de las que él solo se apropiará con su poder cuando haya reunido a todos los coherederos para que gocen de ellas con él». Es a esto que esperamos –no solo la venida de Cristo, la resurrección de nuestros cuerpos, y nuestra glorificación juntamente con él–, sino aquel tiempo en el que, como coherederos con él mismo, entraremos con él en la posesión de toda aquella escena de dominio, bienaventuranza y gloria que él ha adquirido mediante Su muerte –su obra de re­den­ción– siendo todo ello comprado por su preciosa sangre. ¡No podemos asombrarnos de que esta consumación sea para alabanza de la gloria de Dios! Nuestra presente aceptación en el Amado es para la alabanza de la gloria de su gracia; nuestra parte con Cristo en su herencia será para alabanza de su gloria. Pronto entraremos en esta escena de bienaventuranza y exaltación, por la gracia de nuestro Dios. Porque somos herederos por cuanto somos hijos, herederos de Dios, y coherederos con Cristo; y él está esperando aquel momento en que podrá cumplir el deseo de su corazón al tenernos consigo mismo, en conformidad a su propia oración: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Juan 17:24). ¡Quiera él capacitarnos a caminar ahora como aquellos que están esperando a la consumación de tal bienaventuranza!

3 - Cristo, nuestro Señor

Tan pronto como conocemos a Cristo como nuestro Salvador y Redentor, se nos enseña también que él es nuestro Señor. Su Señorío es desde luego universal, y por ello tiene referencia a los hombres como tales, aunque al mismo tiempo sustenta esta relación de una manera especial para con los creyentes. El apóstol Pedro declaró esta verdad en el día de Pentecostés. «Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho SEÑOR y Cristo» (Hec. 2:36). Y también así Pablo; porque después de describir el largo descenso de Cristo desde que estaba «en forma de Dios», hasta ser «hecho semejante a los hombres», y humillándose a sí mismo, haciéndose «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz», dice, «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:6-11). El mismo Señor Jesús, después de su resurrección, dice: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mat. 28:18). Una vez más, Pedro, tratando de otro aspecto de la misma verdad, nos habla de falsos maestros «que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató» (2 Pe. 2:1).

Tenemos por ahora, así, dos cosas; primero, que Dios ha hecho Señor a Cristo, sobre la base de la redención, dándole este puesto de supremacía universal para señalar su aprecio (si podemos hablar así con reverencia) de la obra que él llevo a cabo con su muerte. Y, en segundo lugar, que, como hemos visto en el último capítulo, Cristo ha adquirido el señorío sobre todo por derecho de compra. Este pensamiento lo encontramos en una de las parábolas: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo» (Mat. 13:44). La consecuencia de ello es que él es el Señor de todo, teniendo «potestad (exousian: autoridad) sobre toda carne» por desig­nación de Dios (Juan 17:2; véase también Hec. 10:36; Rom. 14:9). Sin embargo, cuando como creyentes hablamos de Cristo como «nuestro» Señor, expresamos otro pensamiento, por cuanto entonces introducimos el concepto de relación –la relación de siervos. Es el mismo Señorío, pero nosotros, por la gracia de Dios, hemos sido llevados a aceptarlo, a inclinarnos ante él en este carácter; a aceptar su autoridad y gobierno, y a tomar el puesto de sometimiento.

Este fue en verdad uno de los objetivos de su muerte, como nos lo dice Pablo: «Y por todos murió, para que los que vivan, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5:15). Y otra vez, «Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o sea que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven» (Rom. 14:7-9). Por ello, nosotros reconocemos, por medio de la gracia de nuestro Dios, no solo que Cristo es Señor de todos –como verdaderamente lo es– sino también que él es de una manera más entrañable nuestro Señor. Él es nuestro Señor, no solo en virtud de haber sido designado así, como el Cristo rechazado y ahora Hombre glorificado, sino también por cuanto ha adquirido este puesto sobre nosotros por medio de la redención. Es, por ello, nuestro gozo confesarle como Señor; y cuán solemne recordar que todos, incluso los que le rechazan en este día de la gracia, se verán un día obligados –una fuerza además significando destrucción– a reconocerle como Señor (Fil. 2:10-11). Nos es de la mayor importancia a nosotros los que somos creyentes que reconozcamos, declaremos y nos sujetemos a su autoridad, para que podamos en alguna medida ser testigos de él en este día de su rechazamiento.

Viendo que Cristo ocupa este lugar, ¿cuáles son nuestros privilegios y responsabilidades con referencia a él en este carácter?

(1) Lo primero que se debe nombrar es la adoración. Porque es delante de él como Señor que frecuente­mente nos postramos en adoración. Esto se enseña en principio en uno de los salmos. «Inclínate a él, porque él es tu señor» (Sal. 45:11). También se enseña en el pasaje ya citado de Filipenses: toda rodilla se doblará, y toda lengua confesará que el es «Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:10-11). Los teólogos se esfuerzan argumentando que Cristo debe ser adorado igualmente con el Padre, por cuanto él es Dios así como hombre. Y esto es cierto; pero al mismo tiempo se pierde de vista la enseñanza escritural acerca de Su actual posición y de la adoración que le es debida en ella. Él es Dios; pero la maravilla y característica de su lugar actual es que él lo ocupa como hombre. Es aquel mismo Jesús a quien los judíos crucificaron que ha sido hecho ahora Señor y Cristo, y él ha asumido como hombre aquella gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuera. Es un gran error suponer que él era hombre aquí abajo, y Dios en el cielo, como si ambas naturalezas pudieran ser divididas. La verdad es –si podemos hacer la distinción– que cuando estaba aquí abajo, mientras que era verdaderamente humano, era la presentación de Dios a nosotros; mientras que ahora, en tanto que nunca pierde su divinidad esencial, se sienta a la diestra de Dios como hombre. Por ello, aunque es perfectamente verdad que le adoramos como Dios, y que en verdad toda la adoración que asciende a Dios le es necesariamente ofrecida a él, por cuanto el término Dios incluye a todas las personas de la Deidad –es más bien como hombre que está en la gloria de Dios, Cristo Jesús nuestro Señor, que nos postramos ante él en alabanza y adoración.

Y desde luego que es un pensamiento entrañable para nuestras almas que Aquel que fue aquí abajo escarnecido, rechazado, echado fuera y crucificado –aquel a quien incluso sus propios discípulos abandonaron, dejándole en la hora de su mayor dolor– que está ahora exaltado, y puesto como objeto de nuestro homenaje. ¡Ah, cuán infinitamente valioso debe ser él para Dios! ¡Y qué valor inexpresable debe tener su obra delante de él, que le ponga en el lugar más exaltado, constituyéndole como objeto de la adoración tanto de los ángeles como de los santos! Así, Juan escribe: «Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre has redimido para Dios de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra. Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era diez mil veces diez mil, y miles de miles, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron» (Apoc. 5:9-14). ¡Qué gracia inefable, entonces, que ya ahora se nos haya enseñado que él es digno de nuestra alabanza!

«Padre, tu nombre santo bendecimos,
Lleno de gracia y justo tu sabio decreto,
Que toda lengua pronto ha de confesar,
Que Jesús de todos el Señor es.
Mas ¡ah!, tu gracia ya a nosotros
Nos ha llevado ante este Señor a adorar.
«A Él cual Señor gratamente confesamos;
Para Él solo quisiéramos vivir;
Quien nos llevó a inclinarnos ante Tu trono,
Dándonos todo lo que el amor pudiera dar.
Nuestras voces bien dispuestas claman fuerte,
¡Digno Tú eres, Cordero de Dios!»

(2) Así como le adoramos, también oramos a él, como Señor. Hay dos notables ejemplos de este principio que se registran en las Escrituras. Cuando Esteban fue martirizado por los enfurecidos judíos, se dice: «Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hec. 7:59). También Pablo, hablando del aguijón en la carne, dice: «Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor. 12:9). Y que es a Cristo que se dirigía aquí como Señor es evidente, porque añade: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder [dunamis, la misma palabra que se traduce «fuerza»] de CRISTO». Estos casos nos dan una instrucción de lo más importante en cuanto al carácter en el que Cristo debe ser invocado en oración. Es como Señor –no como «Jesús» o «Cristo», como a veces se oye infelizmente. Un momento de reflexión nos mostrará lo propio de esto. Emplear el apelativo –su nombre– de Jesús, o el término Cristo, cuando nos inclinamos delante de él, es ciertamente olvidarnos de nuestro lugar como suplicantes, así como de su lugar como Señor. Suena a familiaridad, si no a irreverencia; aunque se debe admitir abierta­mente que puede hacerse sin el menor sentimiento de este tipo. Sea como sea, jamás debemos olvidar su exaltación y dignidad cuando nos acerquemos a él en súplica. Los instintos espirituales de un hijo de Dios serán suficientes para enseñarle que en tal momento nunca se debería omitir el título de Señor. Le conviene a él recibirlo, y a nosotros rendírselo, marcando, al menos en alguna humilde medida, nuestra cons­ciencia de sus demandas, y también, desde luego, de nuestro lugar en su presencia. El ángel lo empleó, al calmar el temor de las mujeres ante el sepulcro en la mañana de la resurrección, y de la manera más significativa. Él les dijo: «No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el SEÑOR» (Mat. 28:5-6). De esta manera les recordó que Jesús, a quién ellos buscaban, era el Señor. También el malhechor en la cruz, indudable­mente enseñado por el Espíritu, se dirige a Él en este carácter. «Y le dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42). Entonces seamos cuidadosos en recordar lo que se le debe a Aquel delante de quien nos inclinamos, y de quien buscamos gracia y bendición.

Si este fuera el lugar, podríamos apuntar (lo que un cuidadoso examen de las Escrituras justificaría con toda certidumbre) que hay cuestiones especiales que traemos con toda justicia delante del Señor. Por ejemplo, hay, como podremos ver más adelante, una especial relación entre el siervo y el Señor. Él mismo les enseñó a sus discípulos así: «rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies». Asimismo el apóstol, como ya se ha visto en la cuestión del aguijón en la carne, que él pensaba que le estorbaba en su servicio, se dirige a Cristo como Señor. Será suficiente haber dado esta indicación, porque precisa de familiarización con e inteligencia divina para ser conducido rectamente en cuanto a esto. Sin embargo, es un tema que debería ser cuidadosamente conside­rado, porque nada es más penoso que oír el cambio de «Dios» a «Padre» o «Señor» en la oración, sin inteli­gencia, en oraciones de oración o de adoración.

Pero saliendo de este tema, es desde luego no poca consolación recordar cuando nos dirigimos a él en oración que él es nuestro Señor. Ello constituye tanto un derecho como una seguridad; un derecho, por la relación a la que hemos sido así introducidos, y una seguridad, porque nos recuerda de lo que él es para nosotros y por nosotros en este carácter. ¡Ah, ciertamente que él no nos es un desconocido!, y si nos es entrañable pronunciar estas palabras, ¡qué gozo para él oír que nos dirigimos a él como Señor. Conducidos por el Espíritu de Dios, seamos más abiertos en el empleo de este término –¡con el santo denuedo que solo la confianza en su amor puede inspirar!

(3) El término correspondiente a «Señor» es «siervo». Así, con el empleo del término «nuestro Señor» se nos recuerda de manera especial que somos sus siervos. Somos sus siervos debido a que él nos ha adquirido con su propia sangre; y por ello somos de una manera absoluta su propiedad. Es por ello que Pablo se deleita en llamarse siervo –esclavo (doulos)– de Jesu­cristo (Rom. 1:1; Fil. 1:1, etc.). Naturalmente, habla­mos aquí de todos los creyentes como siervos, y no de la clase especial a los que el Señor ha querido dotar con dones, para enviarlos a trabajar entre los santos, o en la obra del Evangelio. Perdemos mucho si limitamos el término «siervo» a esta clase, porque sea cual sea la posición que ocupemos, todos somos tan verdaderamente los siervos del Señor como si nos dedicáramos de una manera pública –como por ejemplo al ministerio de la Palabra.

Siendo este el caso, se observará en el acto que la voluntad del Señor es nuestra única ley. Es en verdad la característica del cristiano que no tiene voluntad; porque en el momento en que su voluntad se hace activa, aparece la carne. Así él no tiene –esto es, no debería tener– voluntad propia. Puede decir con el apóstol: «He sido crucificado con Cristo; sin embargo, vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2:20, V.M.). El Señor nos ha mostrado también este camino. «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38). Por ello que dice literalmente que «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (un esclavo –doulos, Fil. 2:7). Así como él no tenía voluntad, sino que todo lo que él pensaba, hablaba y hacía estaba gobernado por la voluntad del Padre, así nosotros en todas las cosas deberíamos mostrar respeto hacia su voluntad, no siendo ya más nosotros, sino Cristo en nosotros, y estos nuestros cuerpos solo órganos para la expresión de él mismo, de su voluntad.

Luego, nuestra responsabilidad como siervos es la obediencia. Como les dijo el Señor a ciertos profesos: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6:46). O, como le dijo a sus discípulos, «Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros» (Juan 13:13-14). Así, tan pronto como Cristo nos es revelado como nuestro Salvador, y lo reconocemos como nuestro Señor, deberíamos tomar la actitud de Saulo cuando dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hec. 9:6; 22:10). Desde aquel momento debemos aceptar el puesto de obediencia a su voluntad, y no solo aceptarlo, sino encontrar en él nuestro gozo, así como él dijo que su comida era hacer la voluntad de su Padre, y acabar su obra (Juan 4:34). Y ningún creyente puede alegar ignorancia de cuál sea su voluntad. Es cierto que muchos son ignorantes; pero por cuanto él ha tenido complacencia en darnos en las Escrituras la revelación de su mente para nosotros, de marcar la senda por la que él quiere que andemos, de asegurarnos de su conducción en cada dificultad y perplejidad, y por cuanto él nos ha enviado el Consolador para conducirnos a toda verdad (Juan 16:13), no tenemos excusa alguna si permanecemos ignorantes.

¡Cuán simple que es así nuestro sendero! Solo hay uno a quien tenemos que complacer. Solo es necesario, entonces, que la mirada esté siempre fija en él. Así como los ojos de los siervos miran a la mano de sus amos, y los ojos de una sierva a la mano de su señora, así deberían estar nuestras miradas puestas siempre sobre el Señor, para captar la más mínima indicación de su voluntad, para que nuestros bien dispuestos pies sean siempre rápidos en obedecer sus manda­mientos. ¡Y qué honra se nos confiere así! Cristo nuestro Señor es el centro de la gloria. Los ojos de todo el cielo se dirigen a él, el Objeto de su ilimitada reverencia, homenaje y deleite. ¿Y qué somos nosotros, entonces, que él se digne de hacernos sus siervos? Nada –nada sino lo que hemos sido hechos por la gracia soberana de nuestro Dios, en virtud de su obra acabada. Ciertamente, entonces, deberíamos tener una más profunda consciencia de lo maravilloso del honor que nos ha sido conferido, de manera que nuestros corazones, henchidos de un agradecido amor, se deleiten más y más en demostrar su amor guar­dando sus mandamientos (Juan 14:15).

(4) Tenemos una responsabilidad adicional rela­cionada con el Señorío de Cristo. Como se ha señalado, él es el Señor de todos (Hch 10:36). Así, no solo debemos los creyentes tomar una posición de obediencia, sino que también debemos reconocer su autoridad sobre todo lo que está relacionado con nosotros –sobre nuestras familias, sobre nuestras casas. Es una cuestión de creciente importancia si la doctrina del Señorío universal de Cristo no ha sido demasiado descuidada. El estado de las familias de muchos creyentes exige que sea considerada de manera imperativa. Es un error fatal, en el que caen muchos, suponer que los miembros inconversos de nuestras familias no tienen relación con Cristo. Él es el Señor de todos; y ellos están bajo la responsabilidad de reconocer, como los creyentes tienen la responsa­bilidad de mantener, este Señorío. El gobierno de Cristo debe ser mantenido en toda el área de responsabilidad de los santos –y de esta manera, al menos dentro de este círculo, anticipar el milenio. Es en esto que las familias de los santos deberían presentar un total contraste con las del mundo, siendo así un viviente testimonio de la autoridad de un Cristo ausente y rechazado –Cristo nuestro Señor.

(5) Además, si recordáramos que Aquel que es nuestro Señor es también Señor universal, esto nos daría mucho más poder para tratar con las almas. Cuando les acusamos del pecado de rechazar a Cristo, cuán a menudo se evaden o esquivan el golpe con el pensamiento de: ¡Nada tenemos que ver con la acción de los judíos y romanos hace dieciocho siglos! No que sea difícil enfrentarse a esta objeción, si se expresa abiertamente; pero si se instara el hecho del actual Señorío de Cristo, podemos aplicar una prueba que no puede ser rehuida. ¿Reconocen ellos el lugar que les ha sido dado por Dios? ¿Confiesan ellos y se someten a su autoridad? Entonces, como sabemos que no lo hacen, se encuentran convictos, palpablemente convictos, de rehusar y rechazar ahora a Aquel que ha sido hecho Señor y Cristo. Esta arma, si se emplea con capacidad, podría llegar, en el poder del Espíritu, a muchas conciencias, y llevar a almas al arre­pentimiento delante de Dios. Y este podría ser especialmente el caso, si la verdad ya tocada fuera conectada con esto: que si persisten en reconocer ahora a Cristo, en el día de la gracia, tendrán que reconocerlo delante del gran trono blanco, pero entonces, ¡ay! para su perdición eterna.

Es una cuestión digna de consideración si al predicar el Evangelio no le damos al hombre, como tal, un lugar demasiado prominente; si no le concedemos dema­siado lugar en cuanto a escoger o rechazar. Naturalmente, nunca debe ser pasada por alto su responsabilidad; porque es por este lado que se llega más pronto a su conciencia. Tampoco debemos olvidarnos de presentar la gracia, la misericordia y el amor de Dios; y ciertamente que cada presentación del Evangelio debería ser una expresión de su propio corazón. Concediendo todo esto, y desde luego insistiendo en ello, debe sin embargo hacerse la pregunta de si, como norma, se apremian suficiente­mente las demandas de Cristo como Señor. ¿Qué tema podría suplir un campo más fructífero para el argumento y la apelación? El hombre en todas partes reconocido, y Cristo rechazado. Es doloroso decirlo, pero sigue siendo cierto que no hay lugar para Cristo en el mesón (el mundo).

Se trata de la sabiduría humana, de los preceptos humanos, y de la autoridad humana; y todo esto se combina en decir: No queremos que Cristo reine sobre nosotros. Y con todo, él es el Señor de todos. Él estuvo en el mundo, y el mundo por él fue hecho, mas el mundo no le conoció. Y sigue desconociéndole, y así se dirige hacia su destrucción. Porque Dios hará que su Cristo sea universalmente reconocido, porque el decreto ha sido publicado, y no puede ser alterado; y sin embargo el mundo va pasando, expulsando a Aquel que es Señor de todos sus pensamientos, soñando vanamente que todo está bien, y que bien todo estará. Pero incluso mientras escribimos estas palabras, está a punto de tocar la hora cuando él dejará su puesto a la diestra de Dios para recibir a su pueblo a sí mismo, y entonces estarán para siempre con el Señor (1 Tes. 4:17).

Entonces comenzará una serie de terribles juicios que serán introductorios de su regreso con sus santos, cuando de su boca saldrá «una espada aguda, para herir con ella las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES» (Apoc. 19:15-16). Entonces tomará para sí su gran poder y reinará; «Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra». Entonces «Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las naciones le servirán» (Sal. 72:8-11). Sé sabio, por tanto, querido lector, y ahora, mientras es aún el tiempo aceptable y el día de salvación, inclínate ante Dios, reconociendo a Cristo como Señor; porque «si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Rom. 10:9). Pero si, ¡ay!, fueras de aquellos que permanecen indiferentes ante sus demandas, o que las rechazan, no solo tendrás que finalmente doblar la rodilla ante él, cuando él se siente como Juez en el gran trono blanco, sino que también deberás entonces oír la sentencia irrevocable de tu condenación eterna –la condenación de la segunda muerte (Apoc. 20). ¡Oh, entonces besa al Hijo –ahora que es aún el día de la gracia, y que continúa la longanimidad de Dios– no sea que él se enoje, y perezcas en el camino, cuando se inflame de pronto su ira! Reconciliado con él, será el gozo de tu corazón confesarle, y adorarle como Señor.

4 - Cristo, nuestro Pastor

Se debe plantear el interrogante acerca de si esta relación de nuestro bendito Señor con su pueblo ocupa su debido lugar en nuestras almas. Es bien cierto que se encuentra con la mayor frecuencia en las Escrituras del Antiguo Testamento; pero sería sufrir una gran pérdida suponer que se trataba solo de una relación judaica. En realidad, Juan prohibe (cap. 10) de manera expresa tal conclusión, porque el Señor afirma de una manera clara: «También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño,» (no redil, la palabra empleada es poimnë) «y un pastor» (v. 16). Pedro también, escribiendo a creyentes de esta dispensación, les dice: «Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y obispo de vuestras almas» (1 Pe. 2:25); y otra vez, «Apacentad (pastoread) la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria» (1 Pe. 5:2-4). Pablo emplea la misma figura, cuando se dirige a los ancianos de la iglesia en Éfeso. «Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar (pastorear) la iglesia del Señor», etc. (Hec. 20:28).

Cristo, por tanto, es ahora el Pastor de su pueblo; y ellos son sus ovejas –colectivamente, su grey. Hay, sin embargo, esta diferencia: Para los judíos, si le hubieran recibido, él habría sido un Pastor sobre la tierra; e incluso en el milenio él será el Pastor de su pueblo terrenal. «Y levantaré sobre ellas [mis ovejas] a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará; y él les será por pastor» (Ez. 34:23; véase también Jer. 23:1-4). Pero él es nuestro Pastor como aquel que murió, resucitó, y está sentado a la diestra de Dios. El escritor de la Epístola a los Hebreos dice así: «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas», etc. (Hebr. 13:20). Por ello, es desde su puesto en las alturas que ahora pastorea a su pueblo; y por ello es llamado el gran Pastor, porque en su tierno cuidado por las ovejas, estando ausente de ellas, provee aquellos que «apacentarán la grey» bajo su guía e instrucciones. Por ello, cuando ascendió a las alturas, constituyó a unos…pastores, etc. (Efe. 4:11); porque es por medio de estos, y de los que tienen el puesto de gobierno, que ahora ejerce las funciones de Pastor para su pueblo.

Así, la relación en ambas dispensaciones queda expresada por el mismo término; pero las bendiciones logradas por ella quedan determinadas por las respectivas posiciones y necesidades de las ovejas. De ahí que aquel hermoso Salmo 23, el solaz del pueblo de Dios en todas las edades, pueda ser adoptado por los santos de todas las dispensaciones. Y está redactado de tal manera que el mismo Señor, cuando estuvo en la tierra, podía emplear su lenguaje, lo mismo que el resto piadoso entre los judíos, y los creyentes en el día de hoy.

(1) Consideremos, pues, en primer lugar, un momento al mismo Pastor. A los judíos él les dijo: «El que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es» (Juan 10:2). Y allí él estuvo ante ellos como el único que entró en Israel de la manera señalada por Dios, que respondía a todas las condiciones predichas acerca de él en las Escrituras: Aquel, por tanto, a quien le fue divinamente abierta la puerta para darle acceso a sus ovejas. Pero el pueblo como tal no le recibió; y por ello, vino a ser también la Puerta de las ovejas (v. 7). «Todos los que antes de mí vinieron», dice él, «ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor: El buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:8-11).

Aquí pues tenemos la gran característica del buen Pastor: él da su vida por las ovejas. Él es el Cristo que ha muerto; y si por todos murió, entonces todos murieron (2 Cor. 5:14). Esto introduce todo el secreto de la redención. Las ovejas se habían descarriado –estaban perdidas, y habrían perecido para siempre, pero el buen Pastor fue en pos de lo que se había perdido, y hasta la muerte, y muerte de cruz, buscando hasta que halló. Esto nos explica el adjetivo: «buen» Pastor. Todos como ovejas nos habíamos descarriado, y cada uno se había ido por su propio camino; pero el buen Pastor se ofreció a sí mismo por nuestros pecados, dando su vida por las ovejas, y el Señor cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros (Is. 53:6). Tal como lo razona el apóstol Pablo, queriendo exaltar el carácter sin precedentes del amor de Dios: «Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:6-8).

Todo el corazón de Cristo, así como el de Dios, fue revelado mediante su muerte; porque no había nada en nosotros para atraer su afecto, para moverlo a morir por nosotros, y a redimirnos mediante su preciosa sangre. «La noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias» instituyó el memorial de su sacrificio consumado. Así, contemplamos el uno junto al otro su perfecta bondad, y la absoluta maldad del hombre; pero la plena exhibición de lo que era el hombre no podía obstaculizar la manifestación de lo que él era. No, sino que, así como la luz del sol cuando resplandece sobre una negra nube de tormenta parece tanto más brillante e intensa, así el amor, la gracia y la bondad de Cristo quedan magnificados por el mal sin atenuantes que de parte del hombre le llevó a la cruz. El buen Pastor pone su vida por las ovejas.

Al dar su vida por las ovejas, obtuvo el título a la posesión de las mismas. A ello sigue otra acción: Él da vida a las ovejas. «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10); y otra vez: «Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás» (v. 28). Con esto podemos relacionar otra palabra: «Yo soy la puerta: el que por mí entrare, será salvo», etc. (v. 9). Añadimos esta escritura para mostrar la manera en la que Cristo otorga vida, que nunca está aparte de la fe en sí mismo. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). Así que aquí es presentado como la Puerta, y todo el que entra por él es salvo: tiene vida eterna. Sería un error fatal suponer que, en tanto que él desde luego otorga la vida como un don –y desde luego como un don soberano– podría ser poseída sin una fe personal. Porque este es el medio señalado de su posesión, y ciertamente lo que los caracteriza como sus ovejas, separándolas así del mundo.

Otra vez, se dice: «A sus ovejas llama por nombre, y las saca» (v. 3); y también que conoce a sus ovejas (v. 14-27). Acababa de mostrarlo de manera evidente en el caso del ciego. Lo había encontrado en su ceguera, le había abierto los ojos, lo había conducido fuera del judaísmo, y había hecho de él un adorador de sí mismo como el Hijo de Dios. Hay también varias hermosas ilustraciones de estas características del buen Pastor que se registran en el evangelio. Tomemos una del primer capítulo de este evangelio. «Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Juan 1:47-48). Desde toda la eternidad él ha conocido a sus ovejas; y a su debido tiempo las llama por su nombre, con una voz de poder, y su voz, penetrando en sus almas, las conduce fuera, constriñéndolas a reconocerla como la del buen Pastor.

Así como en la mañana de su resurrección, cuando dijo: «María», ella respondió en el acto: «¡Raboni!», de la misma manera él habla, y las ovejas oyen su voz, y en el acto le siguen. Es así que ha llamado él a cada oveja de su rebaño, y así que reunirá aún a sus ovejas, hasta que la última que está descarriada por los montes o en los desiertos es llevada bajo su pastoral cuidado. «Yo conozco a mis ovejas» es de cierto una palabra de rica consolación para los corazones de los suyos. Todavía en el desierto –aunque siguiendo su conducción– y a menudo infieles y cansadas, ¿cuán a menudo no viene la tentación de dudar de su cuidado y amor? «Yo conozco mis ovejas» debería calmar todas las ansiedades y eliminar todo temor, revelando como revela que su ojo está siempre sobre nosotros, abarcando todas nuestras circunstancias, todas nuestras necesidades, conociéndonos de manera exhaustiva.

Ya hemos aludido al carácter compuesto de su rebaño –estando constituido por judíos y gentiles– como enseña en el versículo 16. En verdad, toda la historia de la formación del rebaño queda aquí expuesta: «También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor». Esta es la especial característica del rebaño durante esta dispensación. En el pasado, solo Israel era su rebaño; por ello es que el Salmo 23 comienza con Jehová es mi pastor. Pero por cuanto cuando acudió a los suyos, los suyos no le recibieron, él rompió, mediante su muerte, la pared intermedia que separaba a los judíos de los gentiles, y en su sangre puso el fundamento para llamar fuera de ambos indistintamente por la fe en su nombre. Y desde Pentecostés, por ello, él ha estado llamando a sus ovejas desde todas las tierras y climas, y ellas oyen su voz, y son traídas; y juntas, sean judíos o gentiles, constituyen el un rebaño bajo un Pastor.

Otra característica del Pastor es que él guarda sus ovejas a salvo. «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre» (v. 28-29). Así es como él garantiza una absoluta seguridad a los suyos. El lobo puede arrebatar a las ovejas al que es asalariado, y no pastor, pero del pastor nadie puede arrebatarlas de sus manos. ¡Qué reposo debería darnos al corazón, al leer estas benditas palabras!

(2) Puede que sea provechoso si ponderamos algo más detalladamente algunas de las características de las ovejas.

Ellas oyen su voz. (v. 4, 16, 27). Esto se remonta, como ya hemos explicado, al mismo comienzo, cuando él llama a sus ovejas por su nombre, y es esto lo que las distingue como ovejas suyas. El mismo Señor establece el contraste. «Vosotros», les dijo a los judíos, «no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz», etc. (v. 26-27). Podemos combinar esto con otro rasgo: «No conocen la voz de los extraños» (v. 5). Aquí está la seguridad de la grey. En el acto reconocen la voz del Pastor, pero aunque un extraño simule los tonos del Pastor, por muy bien que lo haga, ellos no conocen su voz; esto es, la detectan como la de un extraño. Esto es lo que enseña el apóstol Juan: «Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas… Os he escrito esto sobre los que os engañan. Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él» (1 Juan 2:20-27). No hay necesidad, por ello, de que tratemos de familiarizarnos con todos los errores que abundan por todos lados para poder escapar de sus seducciones: nos es suficiente con conocer la voz del Pastor; y nuestra seguridad estará en escucharla siempre, en familiarizarnos más y más con ella, manteniendo siempre la actitud de aquella que se sentaba a los pies de Jesús, oyendo su palabra (Lucas 10:39). Esto será a la vez nuestra protección del peligro y el medio de nuestra seguridad y bendición.

Después de escuchar su voz, las ovejas siguen al Pastor. «Va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (v. 4, 27). Las ovejas no tienen otra voluntad que la de su pastor; si dejan de seguirle, se vuelven ovejas descarriadas. «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas», dice el profeta, «cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6). En las tierras de Oriente, y también en algunos lugares de Europa, el pastor va siempre delante de las ovejas; y cuando se dirige adelante, ellas le siguen, y cuando él se detiene, ellas hacen lo mismo. Nuestro bendito Señor alude a esto en la escritura que tenemos ante nosotros, y emplea esta costumbre para darnos una notable instrucción. Porque para seguir al Pastor es necesario que el ojo de la oveja esté siempre fijo en él, y que esté siempre vigilante para ver cuándo quiere que se muevan, y a dónde quiere que le sigan. Así, todo queda en manos del Pastor; a él le toca discernir los peligros que se avecinen, proveer al sustento de ellas, e indicarles el camino. La responsabilidad de ellas es seguir –seguir al pastor dondequiera que él con­duzca– seguirle hasta que él venga para recibirlas a sí mismo.

También se dice que las ovejas conocen al Pastor. No solo conocen su voz, sino que también le conocen a él mismo. «Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre» (Juan 10:14-15). Esta es la mayor bendición de la que son capaces las ovejas; porque implica la entrada en sus propios pensa­mientos, caminos, y deseos, sí, al conocimiento de él mismo. Es así que somos llevados a la comunión con él. Puede que conozcamos su voz y que le estemos siguiendo, pero sin mucho conocimiento de su carácter. Conocerle a él es lo que da Juan como rasgo característico de los padres en la familia de Dios. «Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio» (1 Juan 2:13). Este, por tanto, es el más alto y bendito logro que puede alcanzar un creyente. Y el Señor desea que se llegue a esto –y en una medida infinita– «como él Padre me conoce a mí, y yo al Padre». Él nos conoce, y desea que nosotros le conozcamos a él. ¡Que él mismo nos conduzca a una familiarización creciente con él mismo, y que se presente de tal manera delante de nuestras almas que podamos crecer a diario en el conocimiento de él –de lo que él es, así de lo que él es para nosotros y por nosotros– por el poder del Espíritu Santo!

(3) Puede que nos sea de ayuda adicional para comprender la relación, así como los privilegios de las ovejas, si añadimos a las anteriores consideraciones la enseñanza del Salmo 23.

Jehová es mi Pastor. Depende enteramente de la relación para que podamos adoptar este lenguaje. Todos pueden decir que Jehová es un Pastor; y de ahí que la gran significación de esta declaración vaya conectada con el pequeño término «mi». Decir «mi» Pastor es el lenguaje de la fe; por ello, la palabra «mi» es la portalada de este salmo. ¡Qué bendición si podemos adoptar estas palabras como nuestras propias, y decir que él es nuestro Pastor! ¿Y qué sigue a ello? «Nada me faltará». Nada nos faltará, no porque seamos ovejas, sino porque él es nuestro Pastor. Esta conclusión no viene de lo que nosotros somos para él, sino de lo que él es para nosotros. Es muy fortalecedor para el alma ver esto con claridad, porque muchos de nosotros somos propensos a comenzar con nosotros mismos, y, consiguientemente, al descubrir lo pobres, débiles y descarriados que somos, caemos en dudas y ansiedades. Pero cuando comenzamos con el Señor, considerando lo que él es –lo que él es en sí mismo, así como lo que es en relación con nosotros, obtenemos la certeza bien fundamentada de que «nada me faltará». Porque ciertamente le corresponde al Pastor proveer para las ovejas. ¡Que insensatez incluso la de los niños si les preguntasen a sus padres acerca de cómo les proveerán mañana a sus necesidades! Y mucho más insensato sería de nuestra parte, cuando tenemos un tan gran Pastor. Nos es suficiente para nuestros corazones saber que él es nuestro, y en esta dulce confianza podemos dejarlo todo en las manos de Aquel que «como pastor apacentará su rebaño» (Is. 40:11). Él es nuestro, y todo lo tenemos en él; y por ello el corazón puede reposar en perfecta paz –en la plena certidumbre de su amor infalible, de su poder omnipotente, y de su cuidado infatigable.

«En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará» –o, en pastos de tierna hierba, y aguas de quietud. Así, él provee bendiciones apropiadas, el sustento necesario, reposo y refrigerio. Pero incluso esto deja de comunicar la riqueza y abundancia de la provisión que él prepara para su rebaño. Los pastos son pastos de hierba tierna, en la que las ovejas se apacientan con apetito y deleite, hasta que quedan satisfechas; y cuando quedan satisfechas, como con tuétano y grosura, se echan a reposar junto a las frescas y refrescantes aguas de quietud. Como se dice en Juan 10: «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos» (v. 9). ¡Qué desvelamiento del corazón del Pastor, ministrando de esta manera por las necesidades de los suyos, vigilándolos para ministrar a todas sus necesidades! ¡Felices las ovejas que quedan bajo un cuidado tan constante, amante y fiel!

«Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre» (Sal. 23:3). Esto pertenece también aquí a su oficio de Pastor. Es innecesario decir que el fundamento sobre el que hace esto es el de su obra consumada –la propiciación que ha hecho por nuestros pecados (1 Juan 2:1-2). Pero en el salmo esta restauración es contemplada como llevada a cabo por el Pastor. La oveja va errante, se descarría, y el Pastor va en pos de la perdida, y, habiéndola encontrado, la trae a lugar seguro. Cada oveja está así bajo su mirada, y no puede descarriarse sin su conocimiento; y cuando cualquiera de nosotros se ha descarriado, lo cierto es que jamás habría vuelto, si él no hubiera seguido en pos de nosotros, y nos hubiera devuelto a sí con las ministraciones de su amor.

Y así como nos debemos a él para la restauración, así también para ser guardados y guiados en los caminos de rectitud, las sendas de justicia, sendas que son conforme a su voluntad. Observemos, además, que él nos conduce así «por amor de su nombre». Vuelve a considerar –nunca se insistirá en demasía– lo que él es, debido a su propio nombre; y por ello su propia gloria está involucrada en conducirnos por estos caminos de justicia. Así siempre podemos dirigirnos a él sobre esta base; y siempre que así lo hacemos, este ruego es irresistible. Así fue con Josué. Cuando los israelitas, después del pecado de Acán, fueron derrotados delante de los hombres de Hai, Josué se rasgó las vestiduras, y se postró rostro en tierra delante del arca de Jehová, y le rogó a Dios; y toda la carga de su clamor fue al final expresada en una pregunta: «¿Qué harás tú a tu grande nombre?» (Jos. 7:6-9). Al levantarse a esta altura, la respuesta vino de inmediato. Recordemos, pues, que el Señor está interesado por causa de su nombre, en conducirnos por el camino que es conforme a su voluntad.

El salmista se vuelve ahora más decidido. Él nos ha dicho lo que es Jehová y lo que él hace. Esto le inspira con confianza, y por consiguiente puede decir: «Aun­que ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Sal. 23:4). El valle de sombra de muerte no es tanto nuestro paso a través de la muerte sino el carácter de nuestro caminar a través de esta escena. Estamos pasando a través de un mundo juzgado. La muerte flota sobre él como un manto; y por ello, para el creyente, que entra en los pensamientos de Dios acerca del mismo, es el valle de sombra de muerte. Pero, ¿cuál es su antídoto contra el temor? Es que «Tú estarás conmigo». Esta es en verdad la fuente de toda nuestra seguridad y bendición –El Señor está con nosotros. Y estando con nosotros, tenemos su vara y su cayado para infundirnos aliento. ¿Entramos suficientemente en este concepto? ¿Lo tenemos siempre tan presente en nuestras almas como debiéramos, que el Señor está con nosotros? Y ¿que su vara y su cayado nos infunden aliento? Esta escena puede estar totalmente oscura y desolada, y puede que nos sintamos sumamente débiles y fatigados, pero tenemos inagotables recursos en Aquel que es nuestro Pastor: Su propia presencia para alegrar nuestras almas, y su vara y su cayado para conducirnos en medio de la perplejidad, y para sustentarnos en nuestra debilidad. ¡Bendito sea su nombre!

Tenemos ahora otro rasgo, así como otro carácter, de la bendición. «Aderezas mesa delante de mí, en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando» (v. 5). No se trata solo de que el camino puede encontrarse a través del valle de la sombra de muerte, sino que hay enemigos alrededor. Pero Aquel que está con nosotros es totalmente suficiente para esta dificultad. Puede que ellos rujan, y que traten de destruir, pero, dice David: «Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores». Él será el sostén de su pueblo, y hará que sus enemigos vean que están mantenidos, sustentados y provistos por parte del Señor. Como escribe el apóstol: «Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre» (Hebr. 13:5-6). Pero tenemos más: «Ungiste mi cabeza con aceite» –la unción de Dios– el Espíritu de poder; y de ahí añade: «mi copa está rebosando». Nada falta; más aún, está lleno hasta sobreabundar con bondad y misericordia, y ello en una escena como esta. Y todo esto es el resultado de tener al Señor como nuestro Pastor; porque todo emana de él – e lo que él es para nosotros en esta relación. Y que no se olvide que esta es nuestra actual porción. Estas no son bendiciones que tendremos, sino bendiciones que tenemos ahora. ¡Cómo estrechamos el corazón de Dios por medio de nuestra incredulidad! Y de ahí nuestra necesidad de aprender siempre más de él mismo, para que podamos comprender más plenamente la inmensidad de su gracia y las riquezas de su provisión para nosotros, mientras pasamos a través del desierto. ¡Ciertamente, podemos decir: «Jehová es mi Pastor; nada me faltará»!

La conclusión es tan sencilla como hermosa. «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán [no me han seguido, sino me seguirán] todos los días de mi vida». ¿Cómo lo sabemos? Por lo que el Señor es como nuestro Pastor. Es la confianza en él, y el conocimiento de lo que es apropiado para él, lo que nos capacita para hablar así. Y más aún: «Y en la casa de Jehová moraré para siempre» (V.M.). Todo conduce a esto. Por mucha bendición de que ya gocemos, y gozando de tanto por lo que Cristo es como nuestro Pastor, entraremos en bendiciones aún mayores y goces más perfectos cuando él vuelva para recibirnos a sí mismo, y estaremos para siempre con él. Pero no debemos perdernos la actual aplicación de las palabras. El efecto de la gracia sobre el corazón es el de aproximarnos siempre más a Aquel de quien mana, y producir en nosotros el deseo de morar en su casa para siempre; sí, de morar delante de él y en presencia de él eternamente. «Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir [meditar] en su templo» (Sal. 27:4). El corazón, así, queda atraído y absorto en la contemplación de Aquel cuya hermosura ha sido desvelada en sus caminos de gracia y de amor; y de ahí no puede encontrar reposo ni satisfacción excepto en presencia de su Objeto. Todo –cada bendición– se concentra en él, y por ello el alma que la conoce desea estar siempre con él. Felices los que han aprendido la lección, que nada quieren aparte de Cristo: que él es «suficiente para llenar sus corazones y mentes».

Que el mismo Señor nos desvele más y más su hermosura, así como el carácter inefable de las bendiciones que son nuestras, porque por la gracia hemos sido introducidos en relación con él como nuestro Pastor.

«Amo la voz del Pastor:
Sus ojos solícitos guardarán
Mi peregrina alma entre
Los miles de ovejas de Dios.
Él su grey apacienta, los nombres de ellas llama,
Y tiernamente guía a los más tiernos corderos».

5 - Cristo, nuestra Vida

Cuando el Señor Jesús vino al mundo, las tinieblas cubrían la tierra, y oscuridad las naciones; sí, la negrura prevalecía sobre todo el globo. Era, para emplear el lenguaje de Job, hablando de la muerte, una tierra lóbrega, y de la sombra de muerte, «Tierra de tinieblas y de sombra de muerte; tierra de oscuridad, lóbrega, como sombra de muerte y sin orden, y cuya luz es como densas tinieblas» (Job 10:21-22). Porque «el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom. 5:12). Por ello, no había ningún rayo de luz para aliviar la total tiniebla del estado y de la condición de los hombres. No solo esto, sino que además Satanás reinaba; porque por el pecado del hombre Satanás había adquirido derechos sobre él, y por ello lo mantenía en total sometimiento a su voluntad. Por ello, vino a ser el príncipe de este mundo (Juan 12:31). «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley» (Gál. 4:4). «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que es hecho fue hecho. En él había vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece, mas las tinieblas no la comprendieron» (Juan 1:1-5).

Así, Cristo vino a esta escena de tinieblas; y en el acto hubo dos esferas morales distintas. Alrededor de él había tinieblas –las tinieblas de la muerte; en él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz y las tinieblas entraron así en contacto; porque la luz resplandeció en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Pero ahí estaba Cristo, que tenía vida en sí mismo, y por ello él era «aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo» (Juan 1:9, RV). Es cierto que pocos la recibieron, pero había luz resplandeciendo para cada uno, de manera que si alguno quedaba en tinieblas era porque no dirigían sus rostros hacia la luz. «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:10-13). Estos solo, los que le recibieron, fueron iluminados, y siendo iluminados, recibieron vida, porque fueron nacidos de Dios.

Durante su peregrinación terrenal, Cristo tenía vida en sí mismo como Hijo de Dios; y por ello, «como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida» (Juan 5:21). Porque en verdad, como nos lo dice Juan, «Porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó» (1 Juan 1:2); y como él mismo dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Así, cada uno que creyó en él fue entonces vivificado, así como los santos de la antigua dispensación fueron vivificados –nacidos de nuevo; pero una «vida en abundancia» solo podía ser recibida después de su muerte y resurrección; y por ello el otorgamiento de la vida eterna sobre los que creen durante esta actual dispensación es el fruto y la consecuencia de su obra consumada. Él mismo lo dice así: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste» (Juan 17:1-2).

Pero, ¿por qué fue necesario que Cristo muriera para llegar a ser el «Príncipe» de la vida? (Hec. 3:15). Hemos visto que la muerte fue el fruto –el salario del pecado (Rom. 6:23); y por ello en tanto que la cuestión del pecado no fuera afrontada, y las justas demandas de Dios con respecto al mismo insatisfechas, la muerte debía seguir reinando. El hombre había incurrido en la pena y en las consecuencias de sus acciones, y tenía que quedar bajo la una y las otras hasta que apareciera uno calificado, capaz y dispuesto a asumir su causa y a satisfacerla ante Dios. Y este fue Cristo, el Cordero provisto por Dios, «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Él vino, y por su muerte dio satisfacción a todas las demandas de Dios sobre el pecador, porque se puso bajo toda la ira debida justamente al pecador; y en aquel mismo lugar, y con respecto a la cuestión del pecado del hombre, hizo una plena y perfecta expiación, y glorificó a Dios de tal manera que Dios, en prenda de su satisfacción con su obra, le ha resucitado de entre los muertos, y lo ha puesto a su diestra en el cielo. Y así, ahora, él es el Viviente, la muerte no tiene más dominio sobre él, y puede otorgar vida eterna a todos los que a él acuden. «Así que, como por la transgresión de uno [un delito] vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno [una justicia] vino a todos los hombres la justificación de vida» (Rom. 5:18). Fue la santidad de Dios lo que hizo necesario que Cristo –estando en el lugar que por gracia ocupó– muriera en la cruz por el pecado; para que, sobre aquel fundamento de la expiación que él allí cumplió, Dios pueda ahora con justicia justificar y pasar de muerte a vida a todo el que cree. No hay vida, así, excepto en y por medio de Cristo. Por ello, Juan puede decir: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Juan 3:36).

Esta escritura nos provee también el medio por el que se recibe la vida. Es solamente por medio de la fe. Es por ello que nuestro Señor dice: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió [pisteuön töi pempsanti me], tiene vida eterna; y no vendrá a condenación [krisin, juicio], mas ha pasado de muerte a vida» (Juan 5:24). Aquí se exhibe la gracia de Dios. Nosotros habíamos segado la paga del pecado, la muerte; estábamos muertos en pecados, y debíamos haber seguido para siempre bajo la pena y las consecuencias de tal condición. Pero Dios era rico en misericordia, y actuando en conformidad a su propia naturaleza, de su propio corazón, encareció su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora, aunque el salario del pecado es la muerte, el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Es su don libre, gratuito y bendito, para todo el que recibe su testimonio con respecto al pecador y con respecto a su Hijo. Él ha provisto vida –vida de la muerte– y esta vida es gratuita para todo el que cree. «Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5:11-12).

Vemos así que cada creyente tiene vida eterna. Pero se debería observar cuidadosamente que nunca se dice que la tenga en sí mismo. Hay dos declaraciones negativas que han llevado a algunos a hacer esta inferencia; pero una inferencia, aunque sea legítima, no es la palabra de Dios. Así, nuestro Señor, hablando a los judíos, dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Juan 6:53); y Juan dice: «Y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él» (1 Juan 3:15). Pero estos pasajes no deben ser tomados como significando nada más que la negación de la posesión de la vida eterna por parte de los así descritos, porque la descripción de la Escritura, como aparece en el pasaje ya citado, es que «esta vida está en su Hijo». Teniendo la vida eterna, la tenemos, por ello, solo en Cristo. Cristo está en nosotros –pero de nuevo este es otro aspecto de la verdad– y teniendo a Cristo tenemos vida eterna; porque es Cristo que es nuestra vida. Pero cuando hablamos de vida eterna, nunca se dice que está en nosotros, sino siempre en «su Hijo». Es este hecho el que nos garantiza una seguridad absoluta, nos asegura que nunca puede perderse, porque el que quiera robarnos de ella tiene primero que arrebatarnos de sus manos; más aún, tiene que arrebatarlo a él de su asiento a la diestra de Dios.

Cristo es nuestra vida. Podemos seguir esta verdad un poco más adelante –o indicar algunas de sus consecuencias.

(1) Nuestra vida no está aquí. Esta es verdaderamente la declaración del apóstol. «Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:3). Ha estado en este pasaje exponién­donos nuestras responsabilidades en relación con el hecho de estar muertos y resucitados con Cristo. Y como muertos con él, no debemos actuar como vivos (zöntes] en el mundo (Col. 2:20). Seguimos el orden de Cristo. Él ha muerto y desaparecido de esta escena, no tiene lugar presente en ella; él, por lo que a este mundo toca, es un hombre muerto. Por ello, comen­zamos nuestra vida cristiana tomando el puesto de muertos. Somos sepultados con Cristo en el bautismo (Col. 2:12), y la estimación que Dios se hace de nosotros es que estamos muertos. De ahí nuestra responsabilidad de caminar en conformidad a esto, de hacer morir nuestros miembros sobre la tierra, etc. (Col. 3:5). La Escritura nos enseña que Dios nos ha asociado tan completamente con Cristo que nos cuenta con él como muertos al pecado (Rom. 6); muertos a la ley (Rom. 7); y muertos al mundo (Gál. 6), y de ahí la fe acepta su estimación como verdadera. Hemos sido llevados a través de la muerte y de la resurrección de Cristo, fuera de esta escena, a un nuevo lugar, de una manera tan completa, que se puede decir de nosotros: «Vosotros, empero, no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros» (Rom. 8:9, RV, V.M.). Por ello, nuestra vida no está aquí; no puede estarlo, porque estamos muertos: está escondida con Cristo en Dios.

¡Qué bienaventuranza para nosotros si tan solo aceptáramos las plenas consecuencias de esta verdad! ¡Qué inmenso beneficio si solo comenzáramos la vida cristiana aceptando la muerte sobre todo lo que somos por naturaleza, y sobre todo lo que está a nuestro alrededor! ¡Cómo nos levantaría fuera de nuestras circunstancias, si apartáramos firmemente nuestra mirada de todo lo que vemos, poniéndola allí donde Cristo está, y recordáramos que nuestra vida está allí, que él es nuestra vida! ¡Qué poder nos daría esto sobre los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la soberbia de la vida! ¡Qué testimonio daríamos de esta manera acerca de las demandas de un Cristo antes rechazado, pero ahora glorificado! Tenemos que juzgarnos a nosotros mismos en estas cosas, porque encontraremos que el secreto de mucha de nuestra debilidad y fracaso reside en buscar nuestra vida en cosas de este mundo. Pero como enseña el apóstol, si hemos resucitado con Cristo, debemos buscar aquellas cosas que están arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Debemos tener nuestras mentes (ta anö phroneite) en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col. 3:1-2). Esto es, deberíamos estar ocupados y deleitarnos con el lugar al que pertenecemos.

De ahí la enorme importancia de conocer nuestro lugar, que hemos muerto y resucitado con Cristo; porque en caso contrario no podemos decir que este no es nuestro reposo; que no tenemos parte en la escena a través de la que estamos pasando; que nuestra vida está arriba. Cuando alguien está viviendo un tiempo en el extranjero, no tiene interés en el lugar en el que vive: sus pensamientos, sus intereses, y sus asociaciones –en otras palabras, su vida– está todo ello relacionado con su hogar. Y así debería ser para el creyente. Habiendo muerto y resucitado con Cristo, todas sus «asociaciones vitales» deberían estar relacionadas con el lugar al que ha sido llevado; tal como dice Pablo: «Nuestra ciudadanía [politeuma] está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Fil. 3:20). Solo entonces –cuando se acepte esta verdad– cono­cere­mos el goce de la continua ocupación con Cristo. Y, se puede añadir, el objeto de todos los tratos de Dios con nosotros ahora es llevarnos bajo el poder de esta verdad. Si queremos encontrar nuestra vida en cosas de abajo, él debe traer la muerte sobre ellas, y hacernos pasar así a través de muchos dolores y amargas tristezas, para podernos enseñar para su propia gloria y nuestra bendición que Cristo –y solamente Cristo– es la vida de su pueblo. Como dijo un antiguo: “A menudo apaga el resplandor de esta escena para que podamos contemplar la gloria allende”; y el lugar de la gloria allende es donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

(2) Por cuanto Cristo es nuestra vida, es esta vida –Cristo– la que tenemos que revelar mientras pasamos por esta escena. En verdad, no tenemos otra. De ahí que Pablo dice: «He sido crucificado con Cristo; sin embargo, vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2:20, V.M.). Hay tres etapas claramente marcadas en la Escritura: Primero: «Habéis muerto» –esta es la estimación de Dios; segundo: «Así también vosotros consideraos muertos al pecado» (Rom. 6:11), etc.; por la fe tenemos que considerarnos muertos, en base de la valoración de Dios; y tercero: «Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Cor. 4:10). Estos cuerpos nuestros –antes los instrumentos y siervos del pecado– los ha tomado Dios ahora para que puedan venir a ser el medio para la exhibición de Cristo.

Esta es pues la totalidad de nuestra res­pon­sa­bilidad –expresar a Cristo en todo lo que somos y hacemos– por cuanto él es nuestra vida. Esto involu­cra llevar en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, la constante aplicación de la cruz –símbolo del poder de la muerte– a todo lo que somos como hombres naturales, para que no se exhiba nada del yo en forma alguna, nada de la mera naturaleza, sino solo lo que es de Cristo. Todos –al menos todos aquellos que conocen el carácter malvado e incurable de la corrupción de la carne– comprenden que no se le puede permitir a la carne que cumpla sus propósitos. Si, por ejemplo, nos irritamos –perdemos los estribos– podemos ver claramente que hemos fracasado, y estamos dispuestos a juzgarnos en presencia de Dios. Pero no son todos los que se dan cuenta que la mera naturaleza tiene que ser mantenida bajo la aplicación de la cruz, así como estas malvadas formas de la carne. Y sin embargo si es solo la vida de Jesús la que debe ser manifestada, está claro que nada de lo que yo soy debe verse, o la presentación de Cristo quedará confundida y oscure­cida. Es cosa cierta que necesitamos más vigilancia a este respecto, porque cuán a menudo, en nuestros momentos de descanso, en nuestra relación incluso con los santos, exhibimos mucho más de nuestras características naturales que de Cristo. Nos encontramos y conversamos, y a veces sucederá que, en tanto que la relación es totalmente placentera cuando la examinamos a la luz de una responsabilidad como esta, tendremos que confesar que fuimos nosotros los prominentes, y no Cristo. El ingenio, el humor y la brillantez no daban su aroma, sino el nuestro; y así fracasamos –fracasamos en aquel objeto para el que hemos sido redimidos y llevados a Dios.

Es cierto que para cumplir esta responsabilidad necesitaremos un cuidado incesante y una fidelidad inamovible. Esto es lo que dice el apóstol: SIEMPRE llevando en el cuerpo la muerte de Jesús. Nuestros momentos de relajamiento son nuestros tiempos de especial peligro. Olvidamos con mucha frecuencia que debemos tener siempre ceñidos –si podemos cambiar la figura por un momento– los lomos de nuestro entendimiento, para que, habiéndonos revestido de toda la armadura de Dios, y habiéndolo hecho todo, tengamos aún que mantenernos firmes. Al mismo tiempo tenemos que ser implacables en el juicio de nosotros mismos. Con demasiada frecuencia, a semejanza de Saúl, hemos reservado lo mejor de los rebaños y del ganado, con el pretexto de que eran para el servicio del Señor. No, no se debe retener nada, sino que todo lo relacionado conmigo, como hombre natural, todo lo del yo, de la carne, esto es, todo lo que somos (empleamos estos términos para que no escape nada) debe ser mantenido bajo la cruz –en el lugar de la muerte. Entonces, y solo entonces, resplandecerá Cristo. Es para alcanzar este fin que Dios tiene que tratarnos frecuentemente con tanta severidad; porque los vasos terrenales tienen que ser quebrados si la luz del interior ha de resplandecer.

¿Dónde –preguntará alguno– está el poder para afrontar esta responsabilidad? Solo puede hallarse estando ocupados con Cristo en la gloria. «Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18). Siendo transformados de esta manera, la semejanza con Cristo resplandecerá; reflejaremos la gloria con la que somos cambiados.

Por ello, no debemos considerar como una mera figura retórica el que se nos diga que hemos sido crucificados con Cristo; que nos hemos despojado del viejo hombre, y revestido del nuevo, etc. Estas cosas son realidades solemnes delante de Dios; y no deberían ser menos reales para nosotros –verdaderamente la base de nuestro puesto y bendición en Cristo. Solo Cristo queda; y él es nuestra vida; y solo él debe ser revelado a través de nosotros en nuestro andar y manera de vivir. ¡Cuán inestimable el honor que así se nos confiere! Y si tenemos alguna comunión con el deleite de Dios en Cristo, ¡cómo le alabaremos en que él nos haya hecho tales que seamos vehículos para la presentación de su Cristo en este tenebroso mundo!

(3) Cristo es nuestra vida: y esto se manifestará en el futuro. Este es el punto al que hace referencia la Escritura: «Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:3-4). La vida está ahora escondida, pero cuando Cristo se manifieste, será exhibida públicamente –y ello con Cristo en gloria. Hay sin embargo dos pasos en este proceso, y se pueden dar unas palabras acerca de ellos.

Primero, esto involucra la resurrección –o cambio de nuestros cuerpos. Porque tan grande es el poder de la vida en el Cristo resucitado que los cuerpos de sus santos, sea que estén viviendo o en el sepulcro, serán cambiados para perder toda traza de su mortalidad. Por ello el apóstol, hablando de la resurrección de los creyentes, dice: «Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria» (1 Cor. 15:53-54). La vida victoriosa, manando de Cristo, reinará suprema; y así quedará consumada nuestra redención. Nuestro mismo Señor fue el primero en anunciar esta bendita verdad. Hablando a Marta, le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (Juan 11:25-26). Así, él distinguía entre las dos clases de santos –los que habrán muerto antes de su regreso, y los que todavía estarán viviendo. Los primeros serán resucitados, y los últimos no morirán, en conformidad a la palabra del apóstol: «No todos dormiremos; pero todos seremos transformados» (1 Cor. 15:51; véase también 1 Tes. 4:13 18).

Fue esta perspectiva la que levantó a los apóstoles por encima de todas las circunstancias que le rodeaban. «Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día»; y después de señalar la relación de esta actual leve tribulación con el futuro peso de gloria, mientras se miran las cosas que son eternas, dice: «Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Cor. 5:1-4). Como alguien ha dicho de manera hermosa: “Él vio en Cristo glorificado un poder de vida capaz de sorber y tragar toda traza de mortalidad, porque el hecho de que Cristo estaba en las alturas en la gloria era el resultado de este poder, y al mismo tiempo la manifestación de la porción celestial que les pertenecía a los suyos. Por ello, el apóstol deseaba no ser desnudado sino revestido, y que aquello que en él era mortal fuera absorbido por la vida, para que la mortalidad que caracterizaba su naturaleza humana terrenal desapareciera delante del poder de la vida que veía en Jesús, y que era su vida. Este poder era tal que no había necesidad de morir”.

El tiempo de esta consumación es cuando el Señor vuelve para recibirnos a sí mismo. Esto queda declarado de manera definitiva en 1 Tesalonicenses 4: «Porque el Señor mismo con voz de mando, de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arre­batados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (v. 16-17). Es entonces que él «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Fil. 3:21).

Por ello, los resultados de que Cristo sea nuestra vida no serán alcanzados hasta la mañana de la resurrección. Ahora podemos regocijarnos en el conocimiento de que tenemos vida eterna, y de que, por cuanto la tenemos en Cristo, es nuestra para siempre; pero entonces perderemos toda traza tanto de mortalidad como de corrupción, porque la vida y la incorrupción [aphtharsia] han sido sacadas a luz por el Evangelio (2 Tim. 1:10). Es solo de una manera débil que podemos entrar en el pleno carácter de esto; y sin embargo se nos permite que levantemos la mirada a donde está Cristo, para verlo glorificado, para conocer que habiendo muerto no muere ya más, la muerte no tiene más dominio sobre él; y, según le contemplamos, tenemos justificación en la palabra de Dios para decir: Seremos semejantes a él; gozaremos de toda la plenitud de la vida que es en él; porque Dios nos ha predestinado para ser conformados a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Ciertamente que por cuanto todo es de gracia, es a Dios solo a quien pertenece toda la alabanza.

En segundo lugar, habrá, como ya se ha dicho, la exhibición de esta vida juntamente con Cristo en gloria. Este es el perfecto contraste con nuestra condición actual, y es expuesta en varias ocasiones, en otros aspectos, en las Escrituras. «Amados», escribe Juan: «ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2). Esta será la absoluta inversión de nuestra actual aparente condición. Ahora somos hijos de Dios, pero entonces se manifestará que somos hijos de Dios en que seremos como Cristo. Y del mismo modo es muerte ahora por lo que a este mundo respecta: Dios dice que estamos muertos, y nosotros nos consideramos así. Pero entonces –cuando aparezcamos con Cristo en gloria– se manifestará que él es nuestra vida, y que nosotros somos uno con él en aquella vida eterna. Entonces reinaremos en vida por él, por Jesucristo (Rom. 5:17).

Y la relación no cambiará jamás. Con Cristo es nuestra vida ahora, lo será asimismo por toda la eternidad. Podremos siempre decir: En ti está la fuente de la vida; en tu luz veremos la luz. Entonces todas las lágrimas serán enjugadas, y no habrá más muerte, ni tristeza ni llanto, ni habrá más dolor: porque las cosas primeras habrán pasado (Apoc.21:4). Porque la muerte, el último enemigo, habrá sido destruido antes de esto; y por ello habrá para cada santo de Dios el goce constante, perpetuo y sin obstáculos del poder de aquella vida «más abundante» que recibe a través de Aquel que ha muerto, resucitado y que ahora vive para siempre. ¡Qué contraste con nuestras actuales circunstancias! La muerte se cierne sobre toda esta escena, y tenemos que llevar siempre por todas partes la muerte de Jesús. Es muerte, así sobre nosotros, como sobre todos alrededor. Luego será vida, y nada sino vida, y vida para siempre.

«Bella la escena que ante mí se extiende;
Vida eterna Jesús da;
Mientras que él su bandera sobre mí ondea,
Paz y gozo a mi alma da:
¡Segura es su promesa!
Porque él vive, yo viviré».

6 - Cristo, nuestro Alimento

Otro carácter en el que Cristo nos es presentado es el de alimento nuestro. Esto fue prefigurado en la economía levítica, porque los sacerdotes recibieron las más minuciosas y precisas instrucciones con respecto a alimentarse de los sacrificios o de partes de los sacrificios (véase Lev. 7). Pero había diferencias. Había ocasiones en que toda la familia sacerdotal era admitida al privilegio (6:18; 7:6, etc.), y es en estos que vemos de manera especial el privilegio de los creyentes de alimentarse ahora de Cristo. Nuestro mismo Señor se refiere a este tema durante su vida. «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí», etc. (Juan 6:51 57).

Tenemos en esta escritura «comer de la carne del Hijo del hombre, y beber de su sangre», y «comer» del mismo Cristo; y combinando esto con otras escrituras, se dice de nosotros –hablando en general– que nos alimentamos de Cristo en tres caracteres: como el Cordero de la Pascua, como el Maná, y como el Trigo Viejo de la tierra [el fruto de la tierra de Canaán (Jos. 5:11-12)]; porque apenas si es necesario decir que estas tres cosas son tipos de Cristo. En la escritura citada del Evangelio de Juan tenemos a Cristo especialmente como el maná (v. 32-33,48-50, etc.), y una referencia también a él mismo como el Cordero de la Pascua (comparar el v. 4 con el v. 53, etc.); pero tendremos que dirigirnos a las Epístolas para hallarle en el carácter que se corresponde con el Trigo Viejo de la tierra (Jos. 5:11).

(1) Consideraremos a Cristo, primero, como el Cordero de la Pascua, como el alimento de su pueblo. Si nos remontamos a la historia de Israel, encontraremos que guardaron la Pascua en Egipto (Éx. 12), en el desierto (Núm. 9) y en la tierra (Jos. 5). Así, surge la cuestión: ¿Cómo nos alimentamos de Cristo como el Cordero de la Pascua? Se dice en ocasiones que lo hacemos al principio, cuando, convictos de pecado, tememos la llegada de Dios como Juez; y que tan pronto como tenemos liberación, dejamos de alimentarnos de él en este carácter. Si es así, ¿por qué Israel guarda la Pascua tanto en el desierto como en la tierra? Creo, por ello, que se puede ver que nunca dejaremos de guardar la Pascua; y más aún, que el lugar en el que así nos alimentamos de Cristo depende del estado de nuestra alma.

Cada creyente sabe lo que es (ha sabido lo que es) alimentarse del cordero asado en Egipto. Despertados por el Espíritu de Dios, alarmados por el inminente juicio, traídos bajo el refugio de la preciosa sangre, ¡cuán anhelantemente nos alimentamos del Cordero que había pasado por el fuego de la santidad de Dios cuando llevó nuestros pecados sobre el madero! Cierto que fue con hierbas amargas que lo comimos, porque entonces teníamos nuestros pecados delante de nosotros, en una medida conforme a Dios; y con los lomos ceñidos, y con los pies calzados, y con el bordón en las manos, porque ya Egipto se había transformado moralmente en un desierto, y estábamos solo esperando la palabra del Señor para comenzar nuestra peregrinación. Fue un momento para ser muy recordado, porque este fue el comienzo de los meses –el primer mes del año de nuestra vida espiritual.

Pero en tanto que cada creyente ha pasado por esta experiencia, se debe temer que muchos se alimentan del cordero asado en Egipto durante todas sus vidas. No conociendo la liberación por la muerte y resurrección de Cristo, ni siquiera la paz con Dios como resultado de la sangre protectora, se alimentan de Cristo solo como Aquel quien por su muerte cierra el paso a Dios como Juez; y por consiguiente no conocen a Dios como su Dios y Padre en Cristo Jesús. Este estado de alma debe ser censurado y lamentado, porque es el resultado o bien de una mala enseñanza, o de la incredulidad del corazón acerca de la plenitud de la gracia de Dios.

Pasando ahora fuera de Egipto, el siguiente lugar en el que Israel guardó la Pascua fue en el desierto; y allí se les mandó que la guardaran «conforme a todos sus ritos y conforme a todas sus leyes» (Núm. 9:3). El desierto es el lugar de cada creyente cuando es contemplado como peregrino. El mundo se ha tornado en desierto para él, y está pasando a través de él (como no perteneciendo a él), porque está esperando el regreso de su Señor. ¿Cómo entonces se alimenta de Cristo en el desierto como el Cordero inmolado? “Es participación por la gracia en el poder de la muerte y de la resurrección de Cristo”, por la cual hemos sido sacados del territorio del enemigo –liberados del poder de Satanás y redimidos para Dios. En el desierto nos alimentamos de la Pascua como el memorial de nuestra liberación de Egipto; y en ella vemos a Cristo descendiendo a la muerte, y no solo llevando todo el juicio que nos era debido –pasando a través de él y agotándolo, sino también afrontando y conquistando todo el poder del enemigo– destruyendo a aquel que tenía el poder de la muerte, y sacándonos así de la casa de servidumbre, y poniéndonos en libertad como hijos, y para el servicio de Dios.

En el desierto, por ello, nos alimentamos del Cordero de la Pascua como peregrinos y extranjeros –conociendo la liberación, pero no llegados todavía a la tierra de la que el Señor ha hablado. Por esto, en este carácter no solo valoramos (según nuestra fe) la preciosa sangre, y nos deleitamos en contemplar su maravillosa eficacia como eximiéndonos para siempre de toda acusación y demanda del enemigo, sino que también nos alimentamos de la muerte de Cristo como tal, debido a nuestra muerte (y resurrección) en él, por todo lo cual hemos sido introducidos en un nuevo lugar, desde donde podemos mirar hacia atrás a la muerte y al juicio como estando para siempre a nuestras espaldas.

En la tierra de Canaán la Pascua asumía aún otro carácter, que debería hallar también su correspondencia ahora con el creyente. Es muy evidente que para el israelita tendría una significación mucho más plena cuando hubo atravesado el Jordán que cuando estaba en el desierto. Ahora le sería el memorial no simplemente de la liberación de Egipto y de la servidumbre bajo el poder de Egipto, sino también de una salvación consumada. Porque en verdad su posición en la tierra, en tanto que era para la gloria de la fidelidad y gracia de Dios en la ejecución de todo lo que él había prometido («No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió». Jos. 21:45), era en conse­cuencia de la sangre derramada. En otras palabras: la sangre del cordero de la Pascua había establecido el fundamento para el cumplimiento de los propósitos de Dios; y de ahí, para aquellos cuyos ojos estuvieran abiertos, la sangre tendría un valor mucho mayor cuando hubieran cruzado el Jordán que cuando estaban en el desolado y estremecedor desierto.

Y así es ahora, por cuanto poseemos una posición que se corresponde exactamente con estar en la tierra; porque no solo hemos sido vivificados juntamente con Cristo, sino que también hemos sido resucitados juntamente con él, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús (Efe. 2:6). Este es el lugar de cada creyente delante de Dios; pero que lo estemos ocupando depende de si conocemos la muerte y la resurrección con, así como en y mediante Cristo; si hemos pasado el Jordán, así como el mar Rojo. Es nuestro privilegio hacerlo; en verdad, no deberíamos contentarnos hasta que, por la gracia de Dios, sepamos lo que es estar sentados en espíritu en los lugares celestiales. Pero si estamos allí, no podemos pasarnos sin la Pascua. Por otra parte, cuanto más plenamente comprendamos el carácter del lugar al que somos llevados, tanto más las riquezas de la gracia de Dios nos serán desveladas, y con tanto más deleite y con un entendimiento ensanchado miraremos hacia atrás a la cruz, y nos alimentaremos de la muerte de Aquel cuya preciosa sangre sola ha hecho posible que tuviéramos lugar en los parajes celestes. Pero nuestra alimentación de él ahora participará más del carácter de comunión con Dios en la muerte de su Hijo.

Nuestros ojos se abrirán entonces para descubrir no tanto las bendiciones que con ello nos han sido aseguradas, como el hecho de que Dios ha sido plenamente glorificado por aquella muerte en cada atributo de su carácter. Entonces podremos (si podemos hablar así) festejar con Dios cuando guardemos la Pascua en los lugares celestiales; y el efecto sobre nuestras almas será la adoración y la alabanza; en una palabra, el resultado de alimentarnos del Cordero inmolado, ya sentados en lugares celestiales, será la adoración del más elevado carácter. Porque estamos sentados allí en paz delante de Dios –ya en posesión de nuestro puesto en su presencia; y es solo entonces que podemos tener comunión con sus propios pensamientos, y con su propio gozo en la muerte de su Hijo.

Vemos, pues, que nos alimentamos de Cristo como el Cordero de la Pascua en cada etapa de nuestra experiencia; pero el lugar en el que lo hacemos –Egipto, el desierto, o la tierra– dependerá de nuestros estados de alma. Y es indudable que cuando estamos reunidos para anunciar la muerte del Señor hasta que él venga, se encuentran frecuentemente juntos los que están en el desierto y los que están en la tierra. Con todo, se alimentan semejantemente de la muerte de Cristo, le recuerdan en su muerte, sea cual sea la diferencia en sus niveles de comprensión, o en sus experiencias y logros. En el cielo mismo, desde luego, contemplaremos aquella muerte con una adoración siempre en aumento; porque la sangre del Cordero será el tema de los santos glorificados a través de toda la eternidad.

(2) Cristo como el Maná es también el alimento de su pueblo. El maná difiere del cordero asado en que estaba limitado al desierto. No fue sino hasta que Israel hubo pasado el mar Rojo que les fue dado el maná (véase Éx. 16), y este «cesó al día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto [viejo trigo] de la tierra; y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año» (Jos. 5:12). Por ello, fue el alimento del desierto para Israel, y de manera similar Cristo, como el Maná, es el alimento en el desierto para el creyente. Pero se debe hacer una distinción. Por cuanto la historia de Israel, pasando a través del desierto, atravesando el Jordán y ocupando el país, es tipológica, solo podían estar en un sitio a la vez. El creyente está a la vez en el desierto y en lugares celestiales. Para el servicio, para la expresión de Cristo aquí abajo, contemplado como peregrino, esperando el regreso de su Señor, está en el desierto; su posición delante de Dios, como unido a un Cristo glorificado, está siempre en los lugares celestiales. Si la ocupa o no, ya es otra cuestión. Por ello, suponiendo que conozca su lugar, necesita del Maná y del Viejo Trigo al mismo tiempo. En otras palabras, le es necesario alimentarse de Cristo en ambos aspectos. No está nunca en Egipto, sea cual sea su experiencia; porque ello sería negar la verdad de su liberación por medio de la muerte y resurrección de Cristo. Un alma vivificada puede estar en Egipto, pero un creyente –significándose por este término a uno que haya sido llevado al verdadero lugar de cristiano por el Espíritu que mora en él– ha roto para siempre con Egipto; porque el mundo se ha convertido para él en un desierto moral; y es estando en el desierto que se alimenta de Cristo como el Maná.

¿Qué es, pues, el Maná para el creyente? Es Cristo en su encarnación –un Cristo humillado. «Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo». «Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Juan 6:32-33, 49-51). Cristo es así el Maná en todo lo que él era en la carne –en la expresión de lo que él era como revelador del Padre y como el hombre perfecto. Su gracia, compasión, simpatía, ternura y amor –su gentileza y humildad de corazón, su paciencia, persistencia y longanimidad, su ejemplo, todas estas cosas se encuentran en el Maná que Dios nos ha dado como alimento durante nuestra peregrinación en el desierto.

Él nos es presentado continuamente en el carácter de Maná en aquellas epístolas que tratan especialmente con el sendero del santo en el desierto. «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebr. 12:1 3). Esto es, se nos exhorta a alimentarnos de Cristo como maná para sostenernos en medio de las pruebas, de las dificultades y de las persecuciones que se dan en el desierto. De la misma manera Pedro, que escribe de manera particular «a los expatriados de la dispersión en el Ponto», etc., nos lleva de continuo a Cristo en este aspecto. «Pues, ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas», etc. (1 Pe. 2:20-24; véase también cap. 3:17-18). También el apóstol Pablo alimenta a los santos con maná. Por ejemplo, aunque contiene más, lo tenemos en Filipenses 2:5-9: un maná, podríamos decir, del carácter más precioso: «Estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Pero es en los evangelios que el maná resplandece por todos lados, y donde puede ser recogido para ser empleado según lo requieran las necesidades de cada día. Porque es allí que tenemos la manifestación de aquella vida maravillosa –la vida de Aquel que fue el Hombre perfecto, y, al mismo tiempo, Dios manifestado en carne.

Sin embargo, se pueden hacer dos observaciones acerca de la recolección y del empleo del maná. Los israelitas salían del campamento para recoger una cierta cantidad cada día (Éx. 16:4). Nosotros tenemos que descender con este mismo propósito. Esto es, a no ser que conozcamos nuestro puesto en los lugares celestiales, y que sepamos en verdad lo que es alimentarnos del viejo trigo de la tierra, difícilmente podremos alimentarnos del maná. Esto es notablemente expuesto en el ministerio del apóstol Pablo: él comenzó con Cristo en la gloria. Y así tiene que ser con nosotros. Cuando conozcamos nuestra unión con un Cristo glorificado, nuestro lugar en él delante de Dios, podremos alimentarnos de Cristo como maná con un deleite más y más intensificado. Históricamente, el maná vino antes del trigo viejo, pero el orden para el creyente debería ser invertido, por la sencilla razón de que Dios así lo ha invertido en la presentación de Cristo a nuestras almas. Nosotros predicamos, como lo hacía Pablo, a un Cristo glorificado; y cuando es así comprendido, es entonces, y no hasta entonces, que podemos encontrar nuestro alimento en un Cristo en su humillación mientras caminamos por el desierto. De ahí la gran pérdida, y consiguiente debilidad, de aquellos a los que nunca se les da a oír de Cristo en la gloria; cuyo único pensamiento de él es como una vez habiendo morado aquí en la carne, cuando fue hecho en semejanza de hombre.

La segunda observación es muy evidente y a menudo repetida: que el maná no puede guardarse para su uso. Cada uno tiene que recogerlo cada día para su alimento (Éx. 16:16), y si recoge más –a no ser que sea para el sábado– se corromperá de cierto. No, queridos amigos, tiene que darse un constante alimentarse de Cristo, cada día, cada hora, y nunca podemos recibir más que lo que exige nuestra necesidad para el momento. Por medio de ello somos mantenidos en continua dependencia, y nuestros ojos son siempre dirigidos a Cristo. «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí» (Juan 6:57).

(3) Queda por considerar a Cristo como el Viejo Trigo de la tierra. En el pasaje al que se ha hecho ya referencia (Jos. 5:10-12) se mencionan juntos la Pascua, el maná y el viejo trigo, y este hecho hace más patente la interpretación. Así, si el Maná es Cristo en su encarnación, el viejo trigo, por cuanto la tierra tipifica los lugares celestiales, apunta necesariamente a Cristo en la gloria. Y así lo encontraremos presentado en las epístolas como el sostén y fortaleza de nuestras almas, y por ello presentado como nuestro alimento idóneo, como en Efesios, como sentados en lugares celestiales en Cristo; aunque los creyentes también puedan ser considerados en las epístolas como en Colosenses, Filipenses, y desde luego en 2 Corintios, como aquí abajo en la tierra; porque, aunque aún se encuentran aquí, están unidos a él donde él está.

Tomemos Colosenses en primer lugar: «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:1-3). Aquí es cierto que tenemos «las cosas de arriba; pero es evidente que por este término se significa toda la esfera de bendición, cuyo centro es Cristo en la gloria –de hecho, las bendiciones espirituales en lugares celestiales, en cuya posesión somos introducidos, y todo lo cual queda recapitulado en Cristo. Estas son, por tanto, el «viejo trigo de la tierra», el «fruto de la tierra de Canaán», el alimento y sostén idóneo para los que han muerto y han resucitado con Cristo.

En Filipenses 3 tenemos la misma verdad traída ante nosotros. Porque, ¿qué otra cosa tenemos aquí sino un Cristo glorificado llenando la visión del alma del apóstol, como la porción que llenaba su corazón? Así, si tenemos el maná en el capítulo 2, con toda certeza tenemos el viejo trigo de la tierra en el capítulo 3. Se puede citar otro ejemplo (2 Cor. 3:18): «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta, como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor». De ahí, también, el valor de la expectación constante de Cristo. Nos atrae a la persona del Cristo glorificado, liga nuestros corazones a él, y llena nuestras almas con anhelante deseo de aquel tiempo en que seremos como él, porque le veremos como él es (1 Juan 3:2).

Todos estos pasajes, y muchos otros de carácter semejante, nos dirigen a Cristo en la gloria como el viejo trigo de la tierra; pero este es un alimento del que no podemos privarnos: ningún otro nutrirá ni impartirá tanta fuerza al santo. Es alimento celestial para un pueblo celestial; y es solo cuando nos alimentamos de él que podemos ser vigorosos en el Señor y en el poder de su fuerza; solo entonces que podemos hacer la guerra contra el enemigo por la posesión (la ocupación) de nuestra heredad; solo entonces que somos hechos dispuestos a sufrir cualquier cosa y todo –comunión con los padecimientos de Cristo, siendo hechos semejantes a él en su muerte, si en alguna manera llegamos a la resurrección de entre los muertos (Fil. 3), cuando seremos glorificados juntamente con él, que ha sido la fuerza y el sostén de nuestras almas.

Se debería observar, también, que no hay poder para expresar a Cristo en nuestro andar aquí, excepto en cuanto que nos ocupemos con él en su gloria. Así, él debería estar siempre delante de nosotros en este carácter; y estará cuando, enseñados por el Espíritu, le podamos decir: «Todos nuestros manantiales, todas las fuentes de nuestro gozo, están en ti». Y él mismo desea esto: porque él les dijo a sus discípulos, cuando les hablaba del Espíritu de Verdad que vendría: «Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por esto dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:14-15).

Así, el alimentarse de Cristo, ocuparse de él, es el alfa y la omega de la vida cristiana: ocuparse en su muerte, aquella muerte que estableció el fundamento no solo de nuestra propia redención y liberación, sino también el de la reconciliación de todas las cosas; ocupación con él en su encarnación, cuando, aunque era Hijo, aprendió obediencia por las cosas que padeció cuando, como el Hombre obediente y dependiente, encontraba su comida en hacer la voluntad del Padre y en cumplir su obra, glorificando así a Dios en cada detalle de aquella maravillosa vida; y, por encima de todo, la ocupación con él en la gloria –como el Hombre glorificado– el centro de todos los consejos de Dios, y el objeto de toda su complacencia, la porción que da satisfacción a su corazón. Es así al ocuparnos de Cristo, al alimentarnos de él, al contemplarlo, que somos llevados, en el poder del Espíritu, en comunión con Dios; hechos aptos para entrar en sus propios pensamientos, e incluso compartir sus afectos, por el Bendito que está ahora sentado a su diestra. ¡Ciertamente, aquí tenemos la fuente de todo crecimiento, fuerza y bendición! Satanás lo sabe, y por ello está incesantemente dedicado a buscar ocuparnos con otras cosas, a apartarnos a un lado a fuentes y objetos terrenales. Por ello, nos conviene estar vigilantes, a mantener unos corazones y conciencias en ejercicio, para que podamos detectar en el acto, y juzgar implacablemente, todo aquello que pudiera apartar nuestras almas de la contemplación de Cristo.

¡Bendito Señor Jesús! Mantente tan constantemente delante de nuestras almas, desvelándote en toda tu gracia y belleza ante nuestros corazones, para que, suscitando nuestros afectos, no deseemos tener nada, ver nada y nada conocer más que a Ti; porque en ti mora toda la plenitud de la Deidad corporalmente, y estamos completos en ti.

«Pronto mis ojos te verán
Cara a cara arrebatados;
La mitad no se me ha dicho
De tu poder y gracia todos.
Tu belleza, Señor, y gloria,
De tu amor las maravillas,
Serán el tema inagotable
De todos tus santos en el cielo».

7 - Cristo, nuestro Sumo Sacerdote

El sacerdocio del Señor Jesucristo fue prefigurado de manera notable en muchos detalles, aunque de otro orden, el de Aarón. Así, en la consagración de este último encontramos que en un punto se le hace diferir de sus hijos. Fueron lavados con agua juntos, y luego, después de revestir a Aarón con las vestiduras sacerdotales, Moisés «derramó el aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió para santificarlo» (Lev. 8:6-12). A solas, aparte de sus hijos, es ungido sin sangre, mientras que después, estando junto con sus hijos, el rociamiento con sangre precedió al aceite de la unción (v. 13-30). La razón de esta diferencia es evidente. Aarón y sus hijos prefiguran a la Iglesia como la familia sacerdotal; pero Aarón por sí es un tipo de Cristo; y por ello su unción sin sangre, para establecer la verdad de que su gran Antitipo era «inocente, incontaminado, separado de los pecadores», y que por ello no necesitaba de la sangre, siendo que él era sin tacha ni contaminación, que era santo delante de Dios.

Pero en un aspecto le era imposible a Aarón prefigurar a Cristo. Habiendo sido lavado con agua, fue hecho una imagen de su pureza; pero no podía –excepto de manera oficial– prefigurar su dignidad personal. Por ello, en la Epístola a los Hebreos, donde se exhibe de una manera especial el tema del sacerdocio del Señor, lo primero a lo que se dirige nuestra atención es a la dignidad de su persona. La epístola comienza así: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (v. 1-2a); y luego tenemos una larga lista detallada de sus glorias personales. Él es Hijo, Heredero y Creador (v. 2); luego es el resplandor de la gloria y la expresa imagen de su persona, sustentando todas las cosas con la palabra de su poder; Aquel que, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se ha sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. Comparado con los ángeles, se muestra que ha obtenido por herencia un más excelente nombre que ellos: ser el Hijo, el Primogénito. A él, como Dios, se le adscribe el trono eterno de justicia; él es ungido con el aceite de alegría más que a sus compañeros; así se indica su inmutable divinidad como Creador de todas las cosas, y su lugar a la diestra de Dios, mientras que espera que sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies.

En el siguiente capítulo es expuesto como Hijo del Hombre –el heredero de todas las cosas; como Jesús hecho un poco menor que los ángeles, a causa del padecimiento de muerte, coronado con gloria y honra; luego, como idóneo para la gloria de Dios, como el Capitán de la salvación de su pueblo, perfeccionado por aflicciones; habiendo participado de carne y de sangre; hecho en todo semejante a sus hermanos, para que pudiera ser un misericordioso y fiel sumo Sacerdote en lo que a Dios se refiere, para hacer la propiciación (hilaskesthai) por los pecados del pueblo.

Así es el maravilloso carácter de la persona de nuestro Sumo Sacerdote: él es Dios; y él es hombre; y por ello cuando los ángeles, Moisés, Josué y Aarón son comparados con él, se desvanecen y desaparecen delante de su sobrepujante gloria. Y de seguro que con ello se nos comunica una lección. Pensamos mucho en la obra y en el oficio de nuestro sumo Sacerdote, y es bueno que así lo hagamos; pero lo primero que el Espíritu Santo nos presenta ante nuestra atención es su persona. Porque en verdad que su calificación para, y capacidad de desempeño de este oficio dependía del carácter de su persona. Porque si él no hubiera sido Dios así como hombre, no habría podido hacer propiciación por los pecados del pueblo; y si no hubiera sido hombre así como Dios, no habría podido destruir mediante la muerte al que tenía el poder de la muerte, esto es, al diablo, liberando a los que por temor a la muerte estaban toda su vida sujetos a servidumbre, ni tampoco habría podido ser perfec­cionado por aflicciones (Hebr. 2). Es así su persona lo que da seguridad para su oficio; y por ello el Espíritu de Dios quiere asegurar y consolar nuestros corazones desvelándonos sus glorias y dignidades distintivas, antes de dirigirnos a las funciones de su oficio como Sacerdote.

El siguiente punto a considerar es: aquellos para quienes él actúa como Sacerdote. Aquí es necesario ser detallado; primero, por cuanto es una cuestión vital; y segundo, por cuanto hay tanta confusión generalizada acerca de esto. Por ejemplo, ¡muchos de los himnos en himnarios populares hablan como si él fuera Sacerdote para todos sin excepción! ¿Es cierto? Nada podría estar más alejado de la realidad. La analogía con el sacerdocio judío debiera haber im­pedido tal error, porque Aarón desempeñaba el oficio de sacerdote no por todos los hombres, sino solo por el pueblo de Israel, por aquellos que habían sido traídos a una relación distintiva y pública con Dios. Es cierto que entre ellos los había que habían renacido y los que no habían renacido; pero este no es un extremo a considerar. Todo Israel era un pueblo redimido; todos habían sido sacados de Egipto, y todos habían pasado el mar Rojo; y por ello todos estaban tipológicamente salvados.

Por ello, Israel como tal prefigura a los que ahora son salvos –el pueblo de Dios sobre la tierra; y consiguientemente Cristo solo desempeña el oficio de Sacerdote para los creyentes, por aquellos que son de él. Es de hecho por un pueblo redimido, aunque, como aquellos que pasan a través de un desierto, como antaño Israel, son considerados como peregrinos y extranjeros, de camino hacia el reposo de Dios. Así, en el primer capítulo mismo se dice: «habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados (v. 3). Y otra vez, se nos dice que «Porque convenía a Aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos,» etc. (Hebr. 2:10-11). Estos términos, que hemos enfatizado, definen de una manera totalmente distintiva la clase para la cual él actúa; y encontramos también descripciones como estas: «santos hermanos», «participantes del llamamiento celestial», aquellos «que por él se acercan a Dios» (Hebr. 7:25) –esto es, aquellos que se allegan a la presencia de Dios para adorar– aquellos que tienen derecho a pasar dentro del velo rasgado, al lugar santísimo, por la sangre de Jesús (Hebr. 10:19-21).

Así, él desempeña su oficio solo por los que han sido redimidos, los que han sido santificados por la sangre, cuyos pecados han sido quitados, y que, por tanto, ya no tienen más conciencia de pecados; en una palabra, por los santificados que han sido hechos perfectos para siempre por la sola ofrenda de Cristo (Hebr. 10:1-14). Aquí no debemos confundirnos, porque sería solo engañarnos, y ello de la manera más fatal, si creyéramos, como tantos enseñan, que vamos al sacerdote para obtener perdón de nuestros pecados. La palabra de Dios nunca nos enseña tal cosa; la verdad es que no vamos al sacerdote en absoluto, sino que nos acercamos a Dios, por medio del sacerdote, sobre la base de que nuestros pecados han sido quitados para siempre.

Podemos ahora examinar sus especiales calificaciones para el oficio. Hemos visto que, si él no hubiera sido Dios y hombre, no habría podido cum­plirlas; y ahora nos proponemos observar algunas otras características que nos son expuestas en esta epístola. Leemos: «Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hebr. 5:4-10).

La calificación preeminentemente esencial en esta escritura es su designación divina. Nadie toma para sí esta honra, y tampoco lo hizo Cristo. Y este hecho está lleno de consolación para el creyente: que aquel que actúa como nuestro Sacerdote, aquel por medio de quien nos allegamos a Dios, ha sido designado por el mismo Dios. Uno, por tanto, que es aceptable: infinitamente aceptable. Esta es una de las creden­ciales de su oficio, y podemos añadir que es una credencial que destruye para siempre las pretensiones de cualquier sacerdocio humano. Es cierto que todo el pueblo de Dios son sacerdotes: son un sacerdocio santo (1 Pe. 2:5); pero si cualquiera pretende actuar como tal en nombre de otros creyentes, tiene que poder demostrar tal capacidad como un oficio recibido de parte del mismo Dios. El Señor Jesús lo recibió, y ello bajo circunstancias de la mayor solemnidad; porque cuando se contrasta su sacerdocio con el levítico, el escritor de esta epístola dice: «Porque los otros [sacerdotes] ciertamente sin juramento fueron hechos sacerdotes; pero este, con el juramento del que le dijo: Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec» (Hebr. 7:21). De hecho, hay tres cosas que aquí se señalan: en cuanto a su gloria personal, él era el Hijo de Dios; en su gloria oficial, él fue constituido Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec; y el origen de su oficio estuvo en la voluntad divina.

Pero ahora pasamos a otro orden de calificación, que él adquirió en los días de su carne, cuando aprendió obediencia por las cosas que sufrió. Aunque él era Hijo de Dios, estuvo aquí abajo como hombre, y de ahí toda esta amarga experiencia a la que se hace alusión, cuando ofreció oraciones y súplicas, con gran clamor y lágrimas, a aquel que podía librarle. En un capítulo anterior se nos dice que él sufrió, siendo tentado (cap. 2:18); y de nuevo que fue tentado en todo según nuestra semejanza –pecado aparte (chöris hamartias); pero aquí la referencia es primariamente a su conflicto en el huerto de Getsemaní, cuando Satanás apremiaba sobre su alma el poder de la muerte, y cuando en espíritu descendió a las honduras de la muerte; y cuando, en consecuencia, su angustia era tan grande que su sudor era como grandes gotas de sangre que caían al suelo (Lucas 22:44). Así, él, como hombre, bebió esta amarga copa, y por ello fue tentado como nosotros –aparte del pecado, y con ello aprendió por su propia experiencia lo que era sufrir, siendo tentado, para poder socorrer a los que son tentados.

Aprendió obediencia por lo que padeció; porque siendo Hijo de Dios no supo lo que era obedecer hasta que tomó sobre sí la forma de siervo, y, siendo hallado en semejanza de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil. 2:7-8). Así, todo lo que él sufrió, lo sufrió en obediencia: estaba haciendo la voluntad de Dios (Hebr. 10), y la hizo a la perfección, según la perfección de los pensamientos de Dios. Por ello, cuando clamó, en su amargo dolor, a aquel que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente, o de su piedad (apo tës eulabeias): Dios respondió al clamor de aquel que así le glorificó en su perfecta obediencia.

Pero el punto aquí es que, al pasar a través de este amargo dolor y agonía, en obediencia a la voluntad de Dios, él fue «perfeccionado». ¿Cómo? No moralmente, por cuanto él fue siempre perfecto –aquel en quien Dios tenía toda complacencia; pero él fue hecho perfecto en cuanto a su cualificación para su oficio, y así vino a ser el Autor de eterna salvación para todos los que le obedecen, constituido por Dios sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec. ¡Qué bienaventuranza saber que él, por tanto, no es alguien que no pueda compadecerse de nuestras debilidades! Que por sus experiencias aquí abajo él ha sido capacitado para entrar en y simpatizar con nosotros en nuestras debilidades y dolores, y que consiguiente­mente él sabe cómo presentar nuestro caso delante de Dios, discerniendo exactamente lo que necesitamos. Los que están a nuestro alrededor pueden entender mal, y desengañarnos al no mostrarnos sus simpatías; pero él nunca, porque él ha caminado la misma senda, y conoce cada paso de nuestro camino. ¡Bendito sea su nombre!

Sus otras cualificaciones –como la eficacia del sacrificio que ofreció una vez, y la perpetuidad de su sacerdocio (Hebr. 7:23-24, 26-27; 9:24-28)– podrán ser tocadas en otro contexto. Lo que se ha considerado ahora es suficiente para ver cuán maravillosamente idóneo es nuestro gran sumo Sacerdote para el oficio que él desempeña por nosotros en la presencia de Dios.

Este oficio –la obra de su sacerdocio– ocupará ahora nuestra atención. Dos o tres observaciones preliminares despejarán el camino a esta parte de nuestro tema. Primero: la escena del ejercicio de su oficio es el cielo, y no la tierra. Ya hemos observado que, al comienzo de la Epístola, se le muestra como sentado a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebr. 1:3). De nuevo: «Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre»; y otra vez, «Si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley» (Hebr. 8:1-2, 4). Pero a veces se pregunta si él no hizo propiciación por los pecados del pueblo como Sacerdote. Fue el sacerdote; pero ello fue solo por cuanto lo que él era en sí mismo no se puede separar de lo que él hizo. No era parte de las funciones del sacerdote dar muerte a la víctima, y por ello podemos decir que este no fue un acto sacerdotal de parte de Cristo, aunque él fue el sacerdote que lo hizo. Los pasajes anteriormente citados ponen muy en claro que no fue hasta que se sentó en las alturas que verdaderamente dio inicio a la obra de su sacerdocio.

Segundo, él es un sacerdote, como hemos visto, según el orden de Melquisedec. Pero el sacerdocio de Melquisedec tiene relación con el Milenio, como el mismo nombre implica –«cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también rey de Salem, esto es, Rey de paz» (Hebr. 7:2). Así, no es hasta que nuestro Señor deje su lugar presente a la diestra de Dios –no, ciertamente, hasta que él haya venido a por sus santos, y regrese con ellos, viniendo en los caracteres de Rey de paz (el verdadero Salomón), que entrará en las funciones del sacerdocio de Melquisedec. El orden de su sacerdocio permanece, pero a lo largo del actual intervalo de gracia, durante la actual dispensación, mientras que él permanece dentro del velo rasgado. Su actual servicio como sacerdote se corresponde con el de Aarón.

Queda otra observación preliminar. El fundamento de su sacerdocio es el un sacrificio que él ha ofrecido. «Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó», etc. (Hebr. 1:3). «No tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Hebr. 7:27). «No por la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención» (Hebr. 9:12). Así, su intercesión como sacerdote se basa en la virtud y eficacia eterna de aquella singular ofrenda que él ofreció en la cruz. POR TANTO, COMO SACERDOTE NADA TIENE QUE VER CON NUESTROS PECADOS. Este es un punto tan importante como innegable. Es importante por cuanto destruye toda la base sobre la que descansa el sacerdocio humano y eclesiástico. El oficio, del sacerdote Romano o Anglicano, quedaría descartado si se desligara de la cuestión de los pecados; y sin embargo nada hay más claro, en base de la enseñanza de toda esta Epístola a los Hebreos, que el hecho de que Cristo, como Sacerdote, no tiene nada que ver con pecados. Así, él había purificado nuestros pecados antes de sentarse a la diestra de la Majestad en las alturas. Él hizo propiciación por el pueblo antes de entrar en este oficio (Hebr. 2:17). Él obtuvo eterna redención antes de entrar en el Santuario (Hebr. 9:12). Él fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos (Hebr. 9:28). Por ello, los que acuden (tienen acceso) a Dios por él son considerados como ya no teniendo más conciencia de pecados (obsérvese: no de pecado, sino de pecados), como habiendo sido perfeccionados para siempre por su una ofrenda, como aquellos cuyos pecados e iniquidades ya no son recordados más (Hebr. 9:1-18). Esta es, verdaderamente, una verdad fundamental del cristianismo, que los pecados del creyente quedan desvanecidos para siempre de la mirada de Dios, sobre la base de que Cristo los llevó una vez, sufriendo por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Pe. 3:18). Habiendo sido expiados en la preciosa sangre de Cristo, no pueden ser nunca más traídos a la memoria; y así somos hechos aptos para entrar a la presencia de Dios, para entrar en el lugar santísimo por medio de la sangre de Jesús, y a estar dentro del velo rasgado como adoradores (Hebr. 10:19-22); y es para los tales, y solo para los tales, que Cristo desempeña el oficio de su sacerdocio.

Pasando ahora a considerar la obra desempeñada por este oficio, observamos: (1) Que él está allí delante de Dios en favor nuestro. «Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios» (Hebr. 9:24). Él es nuestro Representante delante de Dios. Así fue con Aarón. Y así leemos: «Y tomarás dos piedras de ónice, y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel; seis de los hombres en una piedra, y los otros seis nombres en la otra piedra, conforme al orden de nacimiento de ellos… Y pondrás las dos piedras sobre las hombreras del efod, para piedras memoriales a los hijos de Israel; y Aarón llevará los nombres de ellos delante de Jehová sobre sus dos hombros por memorial». Y tenemos instrucciones similares en cuanto al pectoral. Debía haber doce piedras en él, «y las piedras serán según los nombres de los hijos de Israel…Y llevará Aarón los nombres de los hijos de Israel en el pectoral del juicio sobre su corazón, cuando entre en el santuario, por memorial delante de Jehová continuamente» (Éx. 28:9 29). De la misma manera el Señor Jesús nos lleva en su corazón y sobre sus hombros en presencia de Dios –esto es, nos sostiene allí por su intercesión. El pecho es el emblema de los afectos, y los hombros, de la fuerza; y con ello aprendemos que él tiene la capacidad –la fuerza– derivada, ciertamente, de la prevalente y siempre permanente eficacia de su sacrificio –y el corazón para mantenernos delante de Dios; y por ello que su intercesión por nosotros sea tan eficaz que bien podemos decir:

«Nuestra causa jamás, jamás puede fallar,
Por cuanto Tú intercedes, y de cierto prevalecerás».

Este no es un consuelo pequeño para nosotros, que estamos viajando por el desierto: mirar arriba y ver a nuestro gran sumo Sacerdote siempre llevándonos delante de Dios, y recordar en toda nuestra debilidad y frialdad que su fuerza y sus afectos están siendo ejercitados por medio de su intercesión en favor nuestro; y que, por tanto, nuestra causa es presentada ante Dios, no en base de lo que nosotros somos, sino en base de lo que él es.

¡Qué confianza debiera esto impartirnos! Y así lo hará cuando nuestra mirada no se pose sobre nosotros mismos, sino sobre nuestro sumo Sacerdote. Así, si un pobre, enfermo y débil creyente fuera a sentirse agitado con dudas, bajo la tentación de Satanás, porque no puede ni pensar ni orar, que mire arriba, y que recuerde que, si no puede orar, Cristo ha asumido su caso, y que, incluso mientras él está dudando, Él está dedicado a interceder en favor suyo. ¡Ah!, es indeciblemente dulce saber que soy llevado sobre el corazón y los hombros de Cristo –un corazón de amor tal que las muchas aguas no lo pueden ahogar, ni apagarlo las avenidas de los ríos, y unos hombros de tal fortaleza que sustenta todas las cosas con la misma palabra de su poder. Y el mismo hecho de su presencia delante de Dios en favor nuestro es el testimonio eterno de que nuestros pecados se han desvanecido para siempre.

(2) Es por la acción de Cristo como nuestro sumo Sacerdote que obtenemos misericordia ante el trono de la gracia, y que hallamos gracia para nuestro auxilio en tiempo oportuno (Hebr. 4:16). El sumo Sacerdote, como hemos señalado, está en relación con un pueblo en el desierto (véase Hebr. 3 y 4); y nosotros, por tanto, considerados en relación con el sacerdocio, vamos de camino al reposo de Dios, así como Israel iba de camino a Canaán. Mientras vamos así de peregrina­ción, Dios emplea su palabra para juzgar todo aquello en nuestros corazones que pudiera conducirnos fuera del camino de la fe e inducirnos a buscar un lugar de reposo en el desierto. Por ello el apóstol dice: «Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las inten­ciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien, todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebr. 4:11-13). Esto pudiera acobardarnos –y así sería si fuéramos dejados a nuestros recursos. «Pero hay otro socorro, uno de carácter distinto, para ayudarnos en nuestro cruce del desierto; y es el sacerdocio… Tenemos un sumo Sacerdote que ha traspasado los cielos, así como Aarón pasó a través de las sucesivas partes del tabernáculo –Jesús, el Hijo de Dios.

Él ha sido tentado en todo según nuestra semejanza, excluyendo el pecado, de modo que puede simpatizar con nuestras debilidades. La palabra trae a la luz las intenciones del corazón, juzga la voluntad, y todo lo que no tiene a Dios como su objetivo y fuente. Entonces, por lo que a la debilidad respecta, tenemos su simpatía. Cristo, naturalmente, no tuvo deseos malvados. Él fue tentado en todo, pecado aparte. El pecado no tuvo parte en ello en absoluto. Pero yo no deseo simpatía para con el pecado que tengo en mí; lo detesto, deseo mortificarlo –juzgarlo implacablemente. Esto es lo que hace la Palabra. Para mis debilidades y para mis dificultades busco simpatía, y la encuentro en el sacerdocio de Jesús». Así, teniendo un tal sumo Sacerdote –uno que también sufrió, siendo tentado, y uno, por ello, que se compadece de nuestras debilidades– somos alentados a acudir confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro (eis eukairon boëtheian).

(3) Tenemos acceso a la presencia de Dios en virtud de la eficacia de la sangre de Cristo, y también por su propia presencia allí como nuestro sumo Sacerdote (Hebr. 10:19-22). Podemos decir más: nuestro puesto es dentro del velo rasgado, en virtud de aquel un sacrificio que ha quitado nuestros pecados para siempre. Y teniendo un sumo Sacerdote sobre la casa de Dios, podemos acercarnos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestros corazones purificados de mala conciencia, y nuestros cuerpos lavados con agua limpia (v. 21-22). El lugar donde Cristo está, es el lugar de adoración, y este se halla dentro del velo rasgado; pero no podríamos estar allí si no fuera porque él está allí como sumo Sacerdote, habiendo obtenido eterna redención.

«Por él, nuestro Sacrificio y Sacerdote,
Adentro del velo confiados entramos».

(4) Es por medio de él como nuestro Sacerdote que ascienden a Dios nuestras alabanzas y adoración. «Así que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre» (Hebr. 13:15). ¡Qué indecible misericordia que tengamos tal sacerdote! –uno que sabe cómo separar lo precioso de lo vil, y que por ello solo permite que llegue delante de Dios lo que le es aceptable. Así como los sacerdotes de antaño tenían que examinar cada ofrenda que era traída, y rechazar todas las que tuvieran imperfecciones, para que no ardiera sobre el altar nada que no se ajustara a las demandas divinas, así Cristo, como nuestro sumo Sacerdote, actúa con respecto a nuestros sacrificios y alabanzas. Y esta no es una consolación pequeña cuando recordamos nuestra ignorancia y debilidad; porque mientras que deberíamos nosotros mismos poseer un discernimiento sacerdotal, y en tanto que no deberíamos minimizar nuestros fracasos en presentar lo que es apropiado para Dios, es sin embargo un aliento lleno de gracia para nosotros saber que nada llegará delante de su trono sino lo que es aceptado y ofrecido por nosotros por nuestro gran sumo Sacerdote. Él sabe cómo aplicar el cuchillo sacerdotal, y echar a un lado todo lo que Dios no puede recibir (véase Lev. 1:14-17).

(5) Una vez más, podemos añadir que su presencia continuada delante de Dios como nuestro sumo Sacerdote constituye la certidumbre de que seremos traídos a través de todas las dificultades, de que seremos completamente salvados. «Por lo cual también, puede salvar hasta lo sumo» (completamente, exhaustivamente, eis to panteles) «a los que se acercan a Dios por medio de él, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebr. 7:25, V.M.). Habiendo muerto una vez, ya no muere más; vive para siempre; y por ello tiene un sacerdocio inmutable. Así, al haber tomado nuestra causa, jamás la dejará; y, consiguientemente, la perpetuidad de su oficio, y su ininterrumpida y eficaz intercesión, nos dan una garantía absoluta de que no pereceremos en el desierto; que si Josué no dio reposo a Israel –y queda un reposo para el pueblo de Dios– el Señor Jesús, por medio de su sacerdocio, por cuanto ha vencido a la muerte y vive para siempre, nos llevará a él con toda seguridad.

Hemos ahora trazado en bosquejo al sacerdocio de Cristo; y ciertamente, al meditar acerca de él en este carácter y oficio, nuestros corazones quedarán llenos de gratitud y adoración hacia Dios, por cuanto él, en su gracia, ha hecho tal maravillosa provisión para nosotros mientras pasó por el desierto. Él dio a Israel un Moisés, un Aarón y un Josué; pero él nos ha dado a nosotros a su propio amado Hijo, el Señor Jesús, el resplandor de su gloria y la expresa imagen de su sustancia –una certidumbre absoluta e incondicional para nosotros de que nos introducirá en toda la gloria que se ha propuesto y que nos ha asegurado en Cristo.

¿Cuál pues debería ser el efecto en nosotros de contemplar a Cristo como nuestro sumo Sacerdote? «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión» (o, confesión) (Hebr. 4:14). Una vez más dice: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza» (Hebr. 10:23); y también habla de Cristo dentro del velo como nuestra Esperanza, como un ancla del alma, segura y firme (Hebr. 6:18-20). El efecto de todo ello, así, debería ser el de alentarnos a la confianza –confianza en él– al denuedo, y a la perseverancia. Cristo está allí delante de Dios como nuestro sumo Sacerdote; por ello, mantengámonos firmes, sabiendo que, a pesar de todas nuestras debilidades y flaquezas, y de la fuerza, actividad y hostilidad de nuestros enemigos, seremos llevados a través de todos los peligros del desierto a la posesión y el goce del reposo eterno de Dios.

«Y aunque por un tiempo él esté
De los ojos humanos oculto,
Su pueblo espera anhelante
A su gran sumo Sacerdote otra vez ver.
En gloria resplandeciente él volverá
Y a su pueblo expectante al hogar llevará».

8 - Cristo, nuestro Abogado

Nuestro conocimiento de la actividad de Cristo como nuestro abogado lo debemos enteramente a la Primera Epístola de Juan. No que no haya sombras y figuras de este oficio, pero en ninguna otra parte tenemos ninguna declaración directa acerca de ello. Pablo habla de Cristo estando a la diestra de Dios para interceder por nosotros (Rom. 8:34), e indudablemente que el término «intercesión» cubrirá la abogacía y el sacerdocio; pero no se refiere directamente a este oficio de Cristo. Por ello, ocupa mucho menos espacio en las Escrituras que el sacerdocio, a la exposición del cual la Epístola a los Hebreos dedica la mayor parte de su contenido. No es por ello un tema de poca importancia. Lejos de ser así, apenas hay algo que tenga más interés y que exija de manera más urgente la atención de los hijos de Dios. Porque la abogacía de Cristo es la provisión que Dios en su gracia ha hecho por nuestros pecados diarios. Así, después de sacar a la luz la verdad de nuestra posición, como Dios está en la luz –siendo este el lugar del verdadero creyente– el apóstol dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por todo el mundo» (1 Juan 1:8; 2:1-2).

Así, nada podría estar más claro que la abogacía de Cristo es ejercida en relación con los pecados de los creyentes. En los versículos 6 y 7 del capítulo 1 encontramos las dos clases contrastadas: los que caminan en tinieblas, los que no son salvos, y que no tienen comunión con Dios, sean cuales sean sus declaraciones y pretensiones, por cuanto él es luz, y en él no hay ningunas tinieblas (v. 5); y los que habían recibido el testimonio de los apóstoles acerca de «la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó», habiendo sido por ello introducidos a la comunión con aquellos que anunciaban aquel mensaje, y siendo la comunión de ellos con el Padre, y con Su Hijo Jesucristo (v. 1-3). Pero si tenemos comunión con Dios, «andamos en luz, como él está en la luz», esto es, nuestro lugar y esfera es en la luz, lo que es cosa cierta de cada creyente; y «tenemos comunión unos con otros», porque es solo en comunión con el Padre y el Hijo que podemos tener comunión unos con otros, «y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado».

Esta última cláusula tiene que ser comprendida, o no podremos comprender la naturaleza de la abogacía de Cristo. No significa, como se mantiene fre­cuentemente, que la sangre de Cristo es aplicada con­stante­mente para la continuada purificación del creyente; en breve, que sea la sangre la que nos purifica de nuestros pecados diarios. Si fuera así, ¿para qué sería necesaria la abogacía? Además, contradeciría la clara enseñanza de otras escrituras. Así, en Juan 13 nuestro Señor enseñó claramente a Pedro que estando una vez lavado (leloumenos –bañado), no tenía ya necesidad de nada más que lavarse (nipsasthai) los pies, estando ya limpio del todo (katharos holos) (Juan 13:10). Así también se dice en la epístola a los Hebreos, de una manera directa: «Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebr. 10:14). Es una verdad cardinal del cristianismo que todo el que es llevado por la fe bajo la eficacia de la sangre de Cristo queda para siempre limpiado de culpa, y que por ello no puede haber una segunda aplicación de la sangre.

Este es el meollo del argumento en Hebreos 9 y 10. Allí leemos que «No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado» (Hebr. 9:24-26).

Esta escritura muestra el contraste entre los repetidos sacrificios de la antigüedad, y el un sacrificio de Cristo –y por ello entre la eficacia temporal de los primeros y la eficacia eterna del último. La consecuencia de ello es que los pecados de los que están bajo la eficacia de la sangre de Cristo están para siempre fuera de la vista de Dios; porque «Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos» (Hebr. 9:28). Por ello, en el siguiente capítulo encontramos prueba tras prueba de que no hay más memoria de los pecados del creyente; que ahora ya no tiene más conciencia de pecados, por cuanto ha quedado perfeccionado para siempre por la una ofrenda de Cristo; y consiguientemente el Espíritu Santo testifica: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones» (Hebr. 10:1-17). Nos es esencial tener este punto bien clarificado; porque en verdad es uno de los fundamentos de nuestra fe.

La verdad, por ello, es que Juan no habla de la aplicación de la sangre (por cuanto ello sería inconsecuente con la verdad de que no tenemos más conciencia de pecados), sino de su eficacia. Su característica es que limpia de todo pecado; esto es, la sangre tiene esta propiedad, así como a veces decimos: el veneno mata: esto es, esta es la naturaleza del veneno. De la misma manera, la sangre de Cristo tiene la característica o propiedad esencial de purificar de pecado.

Así comprendido, el contexto es tan hermoso como evidente. «En luz, como él está en luz». ¿Cómo es posible estar ahí? podríamos sentirnos tentados a exclamar. Conscientes de las contaminaciones que hemos contraído a diario, y de los pecados en los que frecuentemente caemos, bien podríamos encogernos del pleno resplandor de la santidad de Dios. Por ello se nos recuerda que nuestra aptitud para tal lugar es solo y totalmente debida a la eficacia purificadora de la sangre, y que esta sangre está siempre delante de la mirada de Dios para responder a toda demanda que se pudiera presentar en contra de nosotros.

«Aunque incesante acuse el enemigo,
De nuestros pecados buscando el castigo,
Nuestro Dios rechaza cada acusación:
Cristo con su sangre ha hecho la expiación».

Habiendo entonces establecido la verdad en cuanto a nuestro lugar en la presencia de Dios, el apóstol nos recuerda ahora nuestra condición práctica. No podemos decir: «No tengo pecado», por cuanto esto sería engañarnos a nosotros mismos y pasar por alto la realidad de que tenemos pecado en nosotros, aunque no sobre nosotros, hasta que partamos para estar con Cristo, o él venga a recibirnos a sí; porque la vieja naturaleza es irremediablemente mala y corrom­pida, y así permanece. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados», etc. (el sentido de este pasaje será explicado más adelante). Tampoco podemos decir que no hemos pecado; si lo dijéramos, le haríamos mentiroso a Dios, porque él dice que todos hemos pecado, y su palabra entonces no estaría en nosotros. Y con ello el apóstol prosigue: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis». Así que el creyente no tiene necesidad alguna de pecar. Esta verdad debería ser tenazmente sostenida y se debería insistir apremiantemente en ella. «Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos», y con esto, el apóstol muestra, como antes se ha observado, cuál es la provisión de Dios para los pecados diarios de sus hijos. Se explicarán su carácter, el método de su aplicación y su efecto al continuar con esta cuestión.

El término «abogado» nunca es aplicado al Señor Jesús excepto en este pasaje. Él mismo lo aplica al Espíritu Santo. «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» (Juan 14:16; ver también v. 26; 15:26; 16:7). La palabra aquí traducida «Consolador» es la misma que se traduce «Abogado» en 1 Juan. Es paraklëtos, Paracleto en ambos casos. Esta palabra es difícil de traducir de manera que conserve su pleno significado. La palabra «Abogado» parece haber sido escogida para exponer el hecho de que Cristo está con el Padre, teniendo encomendados nuestros intereses, y habién­do­sele confiado nuestra causa, como aquel que ha asumido el cuidado de nuestro caso, para mantener nuestra comunión con el Padre; y de ahí es que cuando pecamos él intercede por nosotros, y nos asegura aquel ministerio de la palabra por medio del Espíritu que nos lleva al juicio propio y a la confesión, de manera que, en conformidad a 1 Juan 1:9, pueda ser perdonado nuestro pecado, y restaurada nuestra comunión. Cristo es nuestro Paracleto (Abogado), en este sentido, en las alturas; y el Espíritu Santo es nuestro Paracleto (Consolador) aquí abajo, morando dentro de nosotros, estando sus actividades en relación con las actividades de nuestro Abogado para con el Padre; y él, por ello, está encargado de nuestros intereses aquí abajo, como Cristo en lo alto.

La diferencia entre abogacía y sacerdocio es doble. El Sacerdote está con Dios; el Abogado es para con el Padre. El Abogado tiene que ver con el pecado; el Sacerdote, con nuestras debilidades (Hebr. 4:15) –nunca con pecados (Hebr. 2:17). Es cierto que él ha hecho propiciación por nuestros pecados (Hebr. 2:17); y es indudable que fue el Sacerdote quien lo hizo: pero no como una función de su oficio, sino más bien por cuanto el carácter está inseparablemente conectado con su persona. La propiciación que él ha hecho es la base (como también es el caso de la abogacía) sobre la que comienza a ejercer el oficio de Sacerdote. Por ello, Hebreos comienza con: «Habiendo efectuado la purifi­cación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Por ello, no fue sino hasta haber tomado aquel lugar que entró en las funciones de su oficio como Sacerdote: si estuviera en la tierra, no sería sacerdote (Hebr. 8:4).

Así es con el Abogado. El ejercicio propio de este oficio comenzó con su sesión a la diestra de Dios; y el fundamento de su ejercicio es doble: su obra y su persona. Él es la propiciación por nuestros pecados: esta es la base, y la eficaz base, sobre la que él es capacitado para ser nuestro Abogado para con el Padre. ¡Y qué base es esta! Nos recuerda que él ha quitado para siempre nuestros pecados; que la sangre que él ha derramado ha sido aceptada por Dios como una expiación plena y completa por toda nuestra culpa; que, por tanto, es una base sobre la que su intercesión jamás puede fracasar. Pero él es Jesucristo el justo; y así se nos recuerda lo que él es en sí mismo: Aquel que ha cumplido todas las demandas de Dios, en base de las normas de su propia e inmutable santidad, que le ha glorificado en todos los atributos de su ser; uno, por tanto, que responde perfectamente a la perfección de su propia naturaleza, la naturaleza de aquel Dios que desea verdad en lo íntimo, y que la ha hallado en el Hombre que está a su diestra.

Así, tanto la persona como la obra de Cristo constituyen para él, como nuestro Abogado, una reivindicación irresistible ante Dios. Y aún esto no expresa de una manera plena lo que está en el corazón del mismo Dios. No es suficiente decir que él no puede negarse al alegado de nuestro Abogado: porque ciertamente que su propio corazón se goza de oír y de responder a tal intercesión: porque debido a lo que Cristo es, y a lo que ha hecho, puede responderle con toda justicia: tiene libertad para expresarse con justicia en conformidad a su corazón de amor, y perdonar cuando confesamos nuestros pecados. Ciertamente que servirá de aliento a nuestros corazones recordar esto cuando seamos vencidos por el tentador.

Hay dos aspectos de la obra de Cristo como nuestro Abogado. «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre». Esto muestra su aspecto para con Dios –que, como nuestro Abogado, como ya se ha explicado, cuando pecamos, él toma nuestra causa, e intercede por nosotros ante el Padre. Por ello, no es solo su presencia lo que constituye su abogacía, sino más bien su intercesión activa por nosotros cuando hemos caído en pecado. Él nos ha dado una muestra e ilustración de esto mismo con respecto a Pedro. «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte» (Lucas 22:31-32). No se olvida que esta Escritura es frecuentemente aducida en ilustración del sacerdocio, y en un aspecto no hay objeción a esto; pero hablando de manera más estricta, se relaciona a sí misma con la abogacía, porque se pronuncia no con respecto a la debilidad, sino al pecado de Pedro. Cuando decimos, así: «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre», hablamos de uno que intercede activamente por nosotros cuando nos encontramos en las circunstancias que demandan su abogacía.

Por una parte, así, la abogacía de Cristo es para con el Padre. Por la otra, es un ministerio para con nosotros –siendo este ministerio el efecto de su intercesión. Para comprender este aspecto del oficio, tenemos que pasar a Juan 13; porque en tanto que 1 Juan 2 nos da la abogacía misma, Juan 13 nos da su efecto –el método de su aplicación a nuestras necesidades, así como el fin para el que se ejercita. Examinemos así este pasaje de la Escritura con un cierto detalle. Lo primero que se debe observar es que este ministerio de Cristo mana de su propio corazón de amor. «Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (v. 1). Apenas si será necesario observar que las palabras «los amó hasta al fin» no significan meramente que los amó hasta el fin de su peregrinación terrenal. La frase es mucho más intensa. Significa su amor perpetuo para los suyos; y se afirma aquí para mostrar que su amor es la fuente de su ministerio incansable en favor nuestro, ahora que él está ausente en la gloria.

A continuación, se nos expone el objeto de su ministerio, simbolizado en el lavamiento de los pies de sus discípulos. «Y cuando cenaban,» (esto es, habiendo llegado la cena –deipnou genomenou), «como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó» (v. 2-4). Así, Jesús está sentado en comunión con los suyos en la cena, y la perspectiva de su partida queda de inmediato presente ante su alma, y también el puesto que en adelante iba a ocupar como Hombre; porque él sabía que el Padre había dado todas las cosas en sus manos, y que él venía de Dios, y que a Dios iba.

Se levanta entonces de su lugar donde estaba reclinado a la cena con sus discípulos, y lo hace para enseñarles que no podía ya quedarse más tiempo con ellos en el lugar donde ellos estaban; y luego, habiéndose quitado su manto, tomó una toalla, se ciñó, en señal de servicio. «Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo» (v. 5-8). En estas últimas palabras tenemos expuesto el objeto del lavamiento. Hemos visto que el hecho de levantarse de la cena significaba que ya no podría continuar en el lugar en el que ellos estaban; y ahora les muestra cómo él los haría aptos para tener parte con él en el lugar al que él se dirigía. Dice Juan: «Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1:3). Y en esta escena el Señor enseña a los suyos cómo él los haría aptos para esta comunión, y cómo los mantendría en ella. Así, el objeto del lavamiento de los pies es capacitar a su pueblo para tener comunión con él mismo, y por ello también con el Padre, en el lugar al que él estaba a punto de ir en la gloria.

Pero tenemos entonces otra cosa. Pedro no comprende las palabras: «Si no te lavare, no tendrás parte conmigo», y por ello contesta: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado (leloumenos), no necesita sino lavarse (nipsasthai) los pies, pues está todo limpio» (v. 9-10). Esta declaración es la clave para comprender el tema, y por ello demanda una cuidadosa atención.

(1) Como ya hemos observado, el Señor nos enseña aquí que no había necesidad de una segunda purificación, excepto en cuanto a los pies. Estaban lavados, bañados, y esto no podía ya repetirse, porque estaban «limpios del todo». Esto había quedado ciertamente prefigurado en la consagración de los sacerdotes. Así Aarón y sus hijos fueron lavados con agua –tipo del nuevo nacimiento por medio de la instrumentalización de la Palabra en el poder del Espíritu Santo– antes que fueran revestidos con sus vestimentas sacerdotales (Éx. 29:4), y no volvieron más a pasar por este proceso; pero se les proveyó de la fuente de lavado en la que debían lavarse las manos y los pies cuando entraban en el tabernáculo para su servicio sacerdotal (Éx. 30:17-21). No se podrá nunca enfatizar con suficiente vigor que el creyente, una vez que está limpiado, está limpiado para siempre –que está «todo limpio». Si no fuera así, no tendría derecho a entrar en la presencia de Dios; porque si pudiera encontrarse una sola mancha sobre nosotros, no podríamos entrar dentro del velo rasgado.

(2) Mientras que estaban limpios del todo, sus pies necesitarían un lavado continuado. Los pies significan andar, y el pensamiento es que, aunque estamos en una posición de una aceptación permanente delante de Dios, en nuestro andar a través de esta escena contraemos contaminaciones constantemente, las cuales, aunque no pueden tocar nuestra posición, el hecho de estar en la luz como Dios está en la luz, por cuanto tenemos esto en virtud de lo que Cristo es y ha hecho –sin embargo, perturban, interrumpen nuestra comunión. Debido a ello necesitamos lavar nuestros pies para nuestra restauración a la comunión –para el goce de todo lo que nos pertenece en la posición en la que hemos sido puestos por la gracia de nuestro Dios.

Sin embargo, puede que se demande: ¿Cuál es la naturaleza de la contaminación que de esta manera contraemos? Relacionando, como ya lo hemos hecho, este pasaje con el ya considerado de 1 Juan 2, nuestra respuesta no puede ser otra más que el pecado. «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos». Es cierto que se mantiene frecuentemente que las contamina­ciones no están necesariamente conectadas con el pecado; pero ¿acaso esta postura no pierde de vista lo que es Dios en su santidad? Además, ¿qué otra cosa puede contaminar sino el pecado? No pasamos por alto el hecho de que en el Antiguo Testamento un nazareo podía contaminarse incluso de manera accidental por tener lugar una muerte accidental a su lado (Núm. 6:9). Pero la muerte es el fruto del pecado, y el nazareo caía de alguna manera bajo su poder, aunque su contacto con ello, en tal caso, pudiera parecer algo totalmente fortuito. Y en todos los casos como este, la lección que se enseña es lo absolutamente contraria que es la santidad al pecado y a la muerte (véase también Núm. 19 en cuanto a las causas de la contaminación).

Se comete frecuentemente el error de tomar la contaminación ceremonial como una exacta ilustración de la contaminación moral, en tanto que la primera es solo un tipo o sombra de lo segundo. Y el mantener que podemos quedar contaminados aparte del pecado pudiera incluso llevar a consecuencias peligrosas, porque nada más que el pecado puede descalificar al creyente para la presencia de Dios; y el mismo hecho de que nuestros pies necesitan repetidos lavados pone en claro que se ha incurrido en contaminación: puede que sea en ignorancia e inconscientemente por nuestra parte, pero, tal como lo ve la mirada de Dios, puede venir solo de la fuente contaminada y contaminadora del pecado. Así, podemos estar seguros de que, siempre que nuestra comunión queda interrumpida, hemos contraído contaminación, y ello por medio del pecado en alguna de sus múltiples formas. Es esto lo que nos lleva a necesitar y que demanda la incesante actividad de nuestro Señor y Salvador como Abogado delante del Padre.

(3) Tenemos ahora que responder a la pregunta: ¿Cómo lava el Señor los pies de los suyos? Aquí puso agua en el lebrillo, y lavó los pies de los discípulos, etc. Ahora bien, el agua es el bien conocido símbolo de la Palabra. Así, en este mismo evangelio el Señor dice que el hombre debe renacer del agua y del Espíritu. Pedro habla de que somos renacidos no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre (1 Pe. 1:23; véase también Sant. 1:18). Así, la Palabra es aquello que el agua esbozaba en el lenguaje de nuestro Señor. El salmista dice: «¿Con qué limpiará el joven su camino?» La respuesta es: «Con guardar tu palabra» (Sal. 119:9). Pablo habla más directamente cuando emplea el término «el lavamiento de agua por la palabra», etc., y esto en relación con la purificación –aunque aquí se trate de la Iglesia, no del creyente individual (Efe. 5:26). Así, es bien evidente que cuando el Señor empleó agua en la escena que tenemos ante nosotros, significaba con ello que tras su partida él llevaría a cabo el lavamiento de sus pies –su andar– por la aplicación de la Palabra. ¿Y cómo tiene lugar esta aplicación de la Palabra? Cuando pecamos, como hemos visto, el Señor asume nuestra causa ante el Padre. Con ello, ejercita el oficio de Abogado. El resultado con respecto a nosotros es que el Espíritu de Dios comienza, en el tiempo oportuno de Dios, a tratar con nosotros acerca de ello, a traer el pecado a nuestro recuerdo, a aplicar la Palabra a nuestras conciencias, a producir con ello juicio de nosotros mismos, lo que nos lleva a la confesión del pecado; y Dios es entonces fiel y justo para perdonar nuestros pecados y para purificarnos de toda iniquidad (1 Juan 1:9): así somos restaurados.

Este es el método de la abogacía; y tenemos una notable ilustración de ella en uno de los Evangelios, y de nuevo en relación con Pedro. El Señor le había advertido de su peligro; pero la advertencia, si no fue desatendida en aquel momento, fue pronto olvidada; y este devoto discípulo negó una vez tras otra que ni siquiera conocía a Cristo. En verdad, este fue un pecado del más negro color. Pero la pregunta es: ¿Se arrepentirá alguna vez de ello? No: jamás se arrepentirá –si se le sigue dejando a sí mismo; y jamás se hubiera arrepentido, excepto por la acción del Señor en gracia. Incluso el canto del gallo, que le había sido dado como señal, no llegó a recordarle su pecado. Pero en aquel momento «vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente» (Lucas 22:61-62).

Así es ahora. Cuando caemos en pecado, nunca nos arrepentiríamos si no fuera por el ministerio lleno de gracia de Cristo como nuestro Abogado. Con ello él logra, mediante su intercesión, que el pecado nos será traído a nuestras mentes por la acción del Espíritu Santo por medio de la Palabra, y nuestras conciencias quedarán entonces despiertas, para que podamos también tomar el puesto de juicio de nosotros mismos y de confesión, siendo con ello devueltos a la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Y nunca olvidemos que es la propiciación que él ha hecho por nuestros pecados mediante su muerte lo que le da a él derecho a actuar así. Pedro no estaba bien dispuesto a que el Señor le lavara los pies. ¡Ah! fue necesario que él se humillara a sí mismo de esta manera –sí, que descendiera incluso a la muerte de la cruz; que descendiera bajo todas las ondas y olas de la ira judicial de Dios, para poder hacer la propiciación, y poder, sobre esta base, servirnos por medio de todo el curso de nuestra peregrinación terrenal. ¡Qué amor y qué gracia! Ciertamente que nuestros corazones deberían clamar continuamente: ¡Bendito sea su Nombre!

Vale la pena observar una vez más de una manera clara que la abogacía de Cristo no espera a nuestro arrepentimiento. La Escritura dice: «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre». Nuestro arrepentimiento, como ya hemos remarcado, es la consecuencia de la actividad del Abogado. ¡Cuánto engrandece este pensamiento nuestros conceptos de su gracia, de su ternura, de Su amor! Si alguno peca contra nosotros, somos propensos a esperar a señales de contrición antes de permitir que nuestro corazón se abra al ofensor. No es así con nuestro bendito Señor. Tan pronto como pecamos –sí, y en el caso de Pedro incluso ya antes– él nos lleva sobre su corazón delante del Padre, y nos asegura la gracia res­tauradora.

Pero si por otra parte se nos recuerda cuán deudores somos a su gracia, deberíamos recordar, por la otra, la responsabilidad que tenemos unos para con otros, surgiendo del servicio de Cristo para nosotros como nuestro Abogado. «Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis» (Juan 13:12-17). Debemos imitar la acción de nuestro Abogado; porque si nos regocijamos en su actual servicio para nosotros en este carácter, nunca debemos nosotros al mismo tiempo olvidarnos de la obligación en que estamos de servirnos unos a otros. ¿Acaso no tenemos motivos para escudriñar nuestros corazones acerca de esta cuestión? ¿De preguntarnos a nosotros mismos si estamos tan familiarizados con nuestra obligación como con la doctrina del servicio de Cristo por nosotros? Si somos honrados, ¡con cuánta frecuencia deberíamos confesar que hemos des­cuidado esta responsabilidad! Que el mismo Señor, mientras nos enseña a regocijarnos más y más en el pensamiento de que él lava nuestros pies, nos dé la necesaria humildad, gracia y amor para lavarnos los pies los unos a los otros.

«Tu amor reconocemos, Jesús, Señor,
En servicio incansable,
Dentro del velo tú prevaleces,
Y cada alma para adorar apta haces;
Rodeados aquí estamos de fracasos,
Y todo refugio terreno de nada nos sirve;
Por dentro y por fuera por pecado asaltados –
Solo tu nombre socorrernos puede».

9 - Cristo, nuestro Objeto

Desde el primer momento en que somos despertados por el Espíritu de Dios, Cristo nos es presentado como nuestro objeto. Así, cuando vino el carcelero, en quien el Espíritu Santo había actuado por medio de lo que pudiera haber oído, y por los acontecimientos sobrenaturales de aquella noche tan agitada, y se postró delante de Pablo y Silas, preguntándoles: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?», le dijeron: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hec. 16:29-31). Esto está en conformidad con las propias palabras del Señor: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:14-15). La razón es evidente. Cuando al pecador se le hace sentir su culpa, Dios se aparece a su alma con el carácter de un Juez –de un Dios santo, cuyas demandas no ha llegado a cumplir, y bajo cuyo justo juicio se encuentra. Así, su necesidad es encontrar un camino de salida, tanto de este estado como de la condenación bajo la que gime; y por cuanto este se encuentra solo en Cristo, Cristo es el primer objeto al que se le dirige la mirada. Pablo expone esta verdad de una manera plena en la Epístola a los Romanos. Dice él: «Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:23-26).

Habiéndosele presentado así a Cristo en toda la eficacia de su obra expiatoria, y creyendo, recibiendo el testimonio de Dios acerca de Él –acerca de lo que él es y de lo que él ha hecho– el pecador (ahora un creyente) queda justificado, absuelto de toda su culpa –de todo aquello que estaba en contra de él– y tiene «paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1). Tiene mucho más, además; pero ahora solo llamamos la atención al hecho de que, al mirar con fe al objeto expuesto ante su alma en el tiempo de su necesidad, es salvo. ¿Ha terminado entonces con Cristo? ¡Lejos esté de nosotros tal pensamiento! Porque se encontrará, al examinar las Escrituras, que el objeto al que fue dirigida su mirada cuando era un pecador culpable es el objeto que sigue siendo mantenido ante su mirada después que ha sido salvado por la gracia de Dios. Sí, el objeto al que el pecador se vuelve para encontrar alivio de la pesada carga de sus pecados, es aquel que debe llenar su mirada en su caminar como santo, y, desde luego, por la eternidad.

Así, nos proponemos recoger unos pocos ejemplos de esto –para mostrar que la mirada del creyente debe estar siempre fijada sobre Cristo; que él es expuesto ante nosotros como el único objeto que debe llenar nuestra mirada, y absorber nuestras almas.

(1) Así como él es el objeto de la fe para salvación para el pecador, así él es el objeto de la vida de la fe para el santo. Pablo escribe así: «He sido crucificado con Cristo; mas sin embargo vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí: y aquella vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí» (Gál. 2:20, V.M.). Esto es: tocante solo a la cláusula que hemos enfatizado, la vida que el apóstol vivía aquí abajo tenía al Hijo de Dios como el objeto de su fe. Correspondiéndose con esto están las palabras del mismo Señor. Cuando los discípulos quedaron sumidos en gran dolor ante la perspectiva de su inminente separación de ellos, les dijo: «No se turbe vuestro corazón; Creéis en Dios, creed también en mí» (Juan 14:1). Así nos enseña que, aunque él iba a ausentarse pronto de ellos, que ya no le iban a ver más con sus ojos naturales, debían creer en él, tenerle a él como el objeto de su fe, así como ya creían en Dios; y con ello les reveló el carácter del lugar al que él estaba a punto de dirigirse. Era la casa del Padre, una casa de muchas moradas, en la que él iba a preparar lugar para ellos, en anticipación del momento en que él volvería por ellos. Mientras tanto, ellos debían estar ocupados con él, y tenerle a él como el objeto de su fe; y ¡qué cosa más grata y bendita levantar nuestras miradas a Cristo –o más bien tener siempre nuestra mirada fija en él– ¡como ocupado con y por nosotros en la casa del Padre! Las nubes pueden ser muy negras en torno a nuestro camino terrenal, y pueden abundar las pruebas, pero nada puede oscurecerle a él –a él en toda la ternura de su amor, en todo lo que él es por nosotros delante de Dios– en la contemplación de nuestra fe; y siempre de su presencia manan luz y gozo y paz.

Pero hay más que esto. No se trata solamente de que él es el objeto de nuestra fe, sino que nuestra fe es sustentada –vivimos por medio de él como nuestro objeto. Cristo como nuestro objeto es la vida de nuestra fe. Así él dijo: «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por (debido a –dia) el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por (dia) mí» (Juan 6:57). Ahora bien, comer a Cristo (como se ha mostrado en un capítulo anterior) es simplemente la constante apropiación de él, en todo lo que él es, por el ejercicio de la fe; y por ello mismo expresa nuestra entera dependencia de él como la fuente de la vida; que, así como el alimento sustenta y nutre nuestros cuerpos, así Cristo sustenta y nutre nuestras almas. Así él es el objeto, y nosotros vivimos por el ejercicio de la fe, según aquella palabra en Hebreos: «El justo vivirá por la fe» (10:38). Con él está la fuente de la vida, y la fe es el canal que nos conecta con la fuente, y por medio de la que fluye la vida, en el poder del Espíritu. Por ello vivimos a la vez por la fe en Cristo y en dependencia de él.

(2) Cristo es también nuestro objeto en el servicio; más aún, toda nuestra vida le tiene a él como su fin y meta. Pablo lo expresa así: «Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5:14-15). Aún más inclusivo (aunque del mismo carácter) es su lenguaje en otra epístola: «Para mí el vivir es Cristo» (Fil. 1:21). En este tiempo él estaba encarcelado, y sin embargo estaba tan olvidado de sí mismo que podía alentar la ferviente expectativa y esperanza, de que en nada sería él avergonzado, sino que, con todo denuedo, como siempre también ahora, Cristo sería magnificado en su cuerpo, fuera por vida o por muerte; y él da esto como la base de su confianza: «Para mí el vivir es Cristo». Este era el singular objeto de su vida; en todas sus múltiples actividades, en todo lo que deseaba, en todo lo que hacía, todo tenía que ver con Cristo.

Fue así quizá la más cercana aproximación al ejemplo de nuestro bendito Señor que jamás se haya visto en la tierra. Porque Cristo jamás buscó agradarse a sí mismo, sino que hacía siempre aquello que agradaba al Padre; encontraba su alimento en hacer la voluntad de su Padre y en dar fin a su obra (Juan 4:34; 6:30; 8:29). Esta verdad la expone el apóstol de manera notable en relación con la muerte de Cristo: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en ofrenda fragante (Efe. 5:1-2). Cierto que él amó a la Iglesia y que se dio a sí mismo por ella; pero era Dios que era el objeto delante de su alma; que era la gloria de Dios la que sl buscaba, y el motivo que le impulsó a su muerte; porque él se hizo obediente –obediente ciertamente a Dios– obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Así debería ser también con nosotros: Cristo solo el objeto de nuestras vidas, de nuestros pensamientos, sentimientos, designios, ocupaciones y actividades. Somos de él, por cuanto él nos ha redimido con su propia y preciosa sangre, y por ello nos reclama como suyos, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para aquel que ha muerto por nosotros y resucitado. ¡Qué prueba más escrutadora y práctica que resulta de esto! ¿Tengo este o aquel propósito? ¿Es entonces para Cristo? ¿Deseo alguna cosa? ¿Es para Cristo? ¿Estoy ocupado en mi servicio? ¿Es para Cristo? ¿Puedo mirar alrededor de mi hogar, y decir de esto o aquello que veo, «Es para Cristo»? Así, «para Cristo» nos da un principio que puede ser aplicado a la totalidad de nuestras vidas diarias, un principio que debería reinar supremo, gobernándonos en todas nuestras obras y caminos, un principio que descarte el «yo» –al hombre– pero que haga de Cristo el todo.

(3) Por otra parte, Cristo nos es presentado como un objeto a ser poseído. Este aspecto nos es revelado en Filipenses 3. En el comienzo del capítulo el apóstol da una lista de las ventajas que tenía como judío –como hombre en la carne– y que constituían la base de su confianza como tal. «Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más; circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible». Así, tenía todo aquello que podía exaltar a un hombre natural a sus propios ojos delante de Dios. Moral, religiosa y eclesiásticamente no carecía de nada, por lo que respecta al juicio de los hombres. Más aún: escribiendo bajo la inspiración del Espíritu de Dios, puede decir que «en cuanto a la justicia que es en la ley» era «irreprensible». Como aquel joven que le preguntó al Señor Jesús: «¿Qué bien haré para tener la vida eterna?» y, cuando le fueron indicados los mandamientos, contestó, «Todo esto lo he guardado desde mi juventud», lo mismo Saulo; y, con aquel joven, podría haber añadido: «¿Qué más me falta?» (Mat. 19:16-20).

Pero cuando Saulo, persiguiendo a la Iglesia con su celo, estaba de camino a Damasco, el Señor en gloria le confrontó –aquel mismo Jesús a quien Saulo, junto con su nación, había rechazado y echado fuera, pero ahora se le apareció, resucitado de entre los muertos y glorificado; con ello Saulo descubrió el verdadero valor de sus valiosas cosas a la luz de la gloria que resplandecía a su alrededor– vio la absoluta indignidad de las mismas, y por ello pudo llegar a decir por la gracia: «Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por (debido a –dia) la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por (debido a –dia) amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Fil. 3:7-8). Ahora había descubierto el oro fino, y a su lado pudo ver que aquello en lo que se había estado enorgulleciendo era solo un miserable oropel, y, estimándolo en su verdadero valor, ahora solo deseaba ganar a Cristo –esto es, tener a Cristo como su ganancia. Todo lo que había sido de tanto valor a sus ojos desapareció, y solo quedó Cristo; y era Cristo solo a quien quería ahora poseer, no solo como su base de confianza delante de Dios, sino también como su posesión eterna. Porque Cristo había ganado su corazón, y el corazón nunca puede hallar reposo hasta que ha alcanzado al objeto de sus afectos.

Pero por cuanto era un Cristo en la gloria a quien había visto y deseado así, era solo en la gloria que podía ser él poseído. De ahí que todo el futuro curso del apóstol estuvo gobernado por este hecho. Con el corazón y la mirada fijos en su objeto, dice: «Prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido [si puedo alcanzar la posesión de aquello para lo cual también yo he sido tomado como posesión] por Cristo Jesús». Y en esta energía de su alma –totalmente encendido de fervoroso deseo– añade: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento (del llamamiento en lo alto –tës anö klëseös) de Dios en Cristo Jesús». Este era el premio en que tenía ahora puesto su corazón, y, como un corredor, se dirigía lanzado a la carrera hacia la meta, y los varios objetos de la escena que le rodeaba pasaban a su lado sin prestarles atención, o eran vistos solo oscuramente mientras se apresuraba adelante, porque su mirada estaba fijada en Cristo glorificado, y no podía ver nada más por la gloria de aquella luz.

Este era el objeto que poseía su corazón, que controlaba y conformaba su vida aquí abajo, y que le llevó incansablemente hacia adelante en la carrera que había emprendido; mientras esperaba al Salvador, al Señor Jesucristo, que cambiaría el vil cuerpo de su siervo, para que fuera conformado al cuerpo de su gloria; y entonces Pablo sería semejante a, y estaría con, su Objeto para siempre.

Tal es también el objeto puesto delante de cada creyente. Bien haríamos en examinarnos a la luz de esta Escritura –a la luz de la energía, del ardiente deseo, del afecto concentrado del apóstol. Pregunté­monos cada uno de nosotros en presencia de Dios: ¿Posee Cristo nuestros corazones de tal manera que no deseemos ningún otro objeto? ¿Estamos satisfechos con perderlo todo menos a él? ¿Estimamos nosotros, como Pablo, a todo lo que el hombre natural ama como pérdida por causa de la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús nuestro Señor? Se oye frecuentemente la oración, y puede que nosotros también la pronun­ciemos, de que nuestros corazones puedan estar puestos en Cristo. Pero él mismo dijo: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mat. 6:21). Si nuestros corazones, por ello, no están en él y ocupados en él, es debido a que él no es suficientemente nuestro tesoro. Entonces, si quere­mos que nuestros corazones sean apartados de esta escena y de sus objetos, tenemos que comenzar con Cristo; tenemos que reseguir sus multiformes perfecciones, sus variadas hermosuras, su inefable gracia e inmutable amor, y entonces nuestros cora­zones serán atraídos hacia él, e, inflamados de santo deseo por él, él absorberá nuestros afectos, y nos atraerá plenamente a él. Con frecuencia cantamos:

«Jesús, tú suficiente eres
Para la mente y el corazón llenar»,

y nada pudiera ser más cierto; pero la cuestión que nosotros debemos responder, cuando tengamos estas palabras en nuestros labios, es: ¿conocemos esto de una manera práctica? ¿Podemos tomar el terreno de no desear nada fuera de Cristo? Si nos quedáramos sin nada más, ¿podríamos decir: estamos satisfechos con Cristo? Estas son preguntas escrutadoras, pero preguntas que necesitan respuesta. Porque es solo cuando estemos satisfechos con Cristo, que ningún otro objeto desviará nuestra atención; y entonces anhelaremos el momento en que, como él, le veremos como él es, y estaremos para siempre con él.

«¡Para siempre verlo resplandecer!
¡Para siempre mío llamarle!
Y ante mí poderlo siempre ver;
Y siempre su rostro contemplar,
Y como todos los rayos de su gloria destellan
Mientras que toda su hermosura él manifiesta
A todos los santos en gloria!»

(4) Él es también expuesto ante nosotros como el objeto al que tenemos que ser conformados. Esto se implica en lo que acabamos de considerar; pero lo tenemos expuesto de manera distintiva en otro pasaje de las Escrituras. Así, se nos dice que Dios ha predestinado a los suyos «para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Ro 8:29). Juan alude asimismo a este hecho cuando dice: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2). Pero es Pablo quien expone esta verdad en su forma más definida. Escribiendo a los corintios, y contrastando el ministerio de justicia con el ministerio de condena­ción, y siendo llevado a declarar el lugar pleno y bienaventurado al que son ahora traídos los creyentes, dice: «Todos nosotros, mirando a cara descubierta [esto es, sin velar] como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18). Se refiere él a Éxodo 34, donde leemos que Moisés se vio obligado a cubrirse de un velo para ocultar la gloria que permanecía en su rostro (después de descender del Monte, donde había estado con el Señor durante cuarenta días y cuarenta noches), debido a que Aarón y todos los hijos de Israel «temían acercarse a él». «Y hasta que Moisés hubo acabado de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. Y siempre que entraba Moisés en el Tabernáculo, delante de la presencia de Jehová, para hablar con él, se quitaba el velo, hasta tanto que salía» (v. 28-34, V.M.). Solo Moisés entraba, bajo aquella dispensación, con el rostro desvelado delante del Señor; pero ahora todos nosotros –todos los creyentes– con rostro descu­bierto (sin velo) contemplamos la gloria del Señor, etc.

La verdad, entonces, es que todos los que están en terreno y posición cristiana están en la luz, tal como Dios está en la luz, y que allí ellos contemplan con rostro descubierto la gloria del Señor. Cristo en la gloria es el objeto que ellos contemplan. Esto quedó patente, aunque de una manera extraordinaria, en la muerte de Esteban. «Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios» (Hec. 7:55). Esta escena es significativa por el hecho de que ahora los cielos están abiertos para cada creyente, y que por tanto ahora ve, por la fe, un Cristo glorificado a la diestra de Dios. Porque a la muerte de Cristo el velo fue rasgado, lo que hacía patente el hecho de que la expiación que él había obrado por su muerte había sido aceptada por Dios como una respuesta plena y completa a todas las demandas de su santidad, de manera que él pudiera ahora manifestarse con toda su gracia y amor para encontrar al pecador y llevarle, por la fe en Cristo, a sí mismo, a morar en su misma presencia inmediata, en el lugar santísimo. Este es el lugar de cada santo de Dios.

Pero puede que sea necesaria una advertencia. Es indudablemente cierto que este lugar pertenece a cada creyente; pero otra cuestión distinta, y de la mayor importancia, es si lo estamos ocupando o no. Somos traídos a él en conformidad a la eficacia de la obra de Cristo, y por medio de su muerte y resurrección, y es así nuestro bendito privilegio estar siempre ocupados con Cristo como nuestro objeto. Dios quisiera tenernos ocupados así, porque él querría que compartiéramos su mismo deleite, al contemplar el rostro de Aquel que alcanzó su gloria haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. ¿Estamos nosotros, pues, ocupando el lugar al que hemos sido introducidos por la gracia de nuestro Dios, y teniendo comunión con él mismo en cuanto al objeto de su propio corazón? Quizá no haya mayor peligro en el tiempo presente que el de conocer la plena verdad de nuestra posición sin tratar de corresponder con ella en la práctica. Pero si nos jactamos de nuestra posición y descuidamos nuestra condición caemos en los mismos males que caracterizaban a los judíos en los tiempos de nuestro Señor. Por ello, debería ser una cuestión muy solemne a indagar si mantenemos la actitud de Esteban; si nuestros rostros, como el suyo, están siempre dirigidos hacia arriba a la gloria del Señor.

Pero lo maravilloso es que el Cristo que así contemplamos como nuestro objeto es el modelo al que debemos quedar conformados. Dios, según los propósitos de su infinita gracia, deleitándose en publicar su aprobación de la obra de Cristo, nos quiere tener como es aquel a quien él ha glorificado. Y ya ahora podemos decir: «Como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17). Esto es, nuestra aceptación, incluso ahora mientras estamos en esta escena, es tan perfecta como la de él a la diestra de Dios. Pero vendrá el tiempo en que nosotros seremos transformados a su propia semejanza, cuando incluso estos pobres cuerpos nuestros serán conformados a la semejanza de su glorioso cuerpo. ¡Qué gracia! Que nosotros, tales como éramos y tales como somos, podamos levantar nuestros ojos a Cristo en la gloria, y que se nos permita decir: «¡Seremos como él es!»

¿Cómo entonces, podemos inquirir, es obrado este cambio en nosotros? Esta misma Escritura da la respuesta: «Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18). Mientras que por otra parte Cristo en gloria es el modelo al que debemos ser conformados, contemplándole a él, por la otra parte hay la instrumentalización en el poder del Espíritu mediante quien esto es llevado a cabo. ¡Cuán sencillo! Contemplamos y somos cambiados –cambiados en la misma imagen de gloria en gloria– porque es un proceso gradual –como por el Espíritu del Señor. Recibimos la impronta de aquel a quien miramos; al caer sobre nosotros los rayos de la gloria de su rostro, estos penetran dentro de nosotros, transformándonos moralmente a semejanza de nuestro Señor.

Aquí reside nuestra responsabilidad. El objeto lo tenemos ante nosotros; estamos ante él con rostro descubierto, y es solo el poder divino el que puede amoldarnos a su semejanza; pero Dios ha querido conectar la actividad de este poder –por medio del Espíritu– con nuestra contemplación. ¿Quién, pues, no estaría siempre con el rostro dirigido hacia arriba, atrapando cada rayo de gloria que cae de tal objeto, con el ardiente deseo de obtener una mayor conformidad a él a quien contemplamos? Este es el secreto de todo crecimiento en la gracia: la ininterrumpida contemplación de Cristo en el trono del Padre. Pero se debería recordar que es solo una creciente semejanza la que alcanzamos mediante tal proceso. La plena conformidad espera, como lo enseña Juan, al momento en que le veremos a él como él es. Por lo tanto, no hay perfección aquí, por cuanto la norma de la santidad de Dios es Cristo en la gloria, y él nunca reposará hasta que hayamos sido perfec­cionados en conformidad a ella. ¡Que mantengamos siempre nuestra mirada fija sobre el objeto, para que podamos crecer a diario en semejanza a aquel a cuya imagen debemos ser conformados!

«Tu gloria ver, y quedar así,
En todo conformado a ti».

(5) Por cuanto Él es el objeto de Dios, también lo es nuestro; porque nuestra comunión es con el Padre, así como con el Hijo (1 Juan 1:3). Cuando él estuvo aquí sobre la tierra, dos veces vino una voz del cielo diciendo: «Este es mi Hijo amado». Él era el pleno deleite de Dios, y Dios reposó en él con perfecta complacencia. Antes de dejar esta escena, dijo: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar» (Juan 10:17). Por la obra que él llevó a cabo en la cruz, glorificando con ella a Dios, incluso con respecto a la cuestión del pecado, y estableciendo el fundamento sobre el que Dios podía con justicia salvar al creyente y reconciliar consigo a todas las cosas (Col. 1:20), él estableció un nuevo derecho ante Dios. Por ello dijo, anticipando la cruz: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará» (Juan 13:31-32). Y Dios lo ha hecho, y Cristo, el hombre glorificado, se sienta ahora a su diestra; porque Dios se regocija de responder al título que así ha sido adquirido ante él, y (si podemos emplear reverente­mente estas palabras) hacer así patente su estimación del valor de su obra. Allí está él sentado, el objeto del corazón de Dios, así como el centro de la gloria, y Dios se goza en aquel que ha vindicado su honra, glorificándole en cada atributo de su carácter, y nos invita a participar con él en su propio gozo. A esto es a lo que somos llamados –a compartir con Dios en sus pensamientos y afectos acerca de su amado Hijo. Él es suficiente para el corazón de Dios, y ciertamente lo es también para el nuestro; y si él llena la mirada de Dios, bien puede absorber nuestras miradas.

Nos será bueno considerar este aspecto de la verdad. No se trata solo de que Cristo sea un Salvador idóneo para todas nuestras necesidades, sino que también él es idóneo para el corazón de Dios –el Hombre según el corazón de Dios; y Dios quisiera que lo valoráramos según sus propios pensamientos del valor y gran precio que él tiene; que entremos en su aprecio, y que nos regocijemos con él en ello, por aquel que todo lo dio para su gloria. «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:9-11).

Y así como él es nuestro objeto ahora, así lo será a través de la eternidad. Estaremos para siempre con el Señor. Él mismo estará con nosotros –el Cordero que fue inmolado; luego, como ahora, el Hombre– porque él nunca se despojará de la humanidad que ha asumido; y luego él llenará nuestra contemplación y nuestros corazones, de una manera perfecta y completa. ¡Qué estudio infinito, trazar y contemplar sus variadas y multiformes excelencias! ¡Veremos su faz, y jamás nos cansaremos de beber en su hermosura! Oiremos su voz, y ¡ah!, ¡cómo estaremos pendientes de toda palabra que salga de su boca! Y todo lo que veamos y oigamos llenará nuestras almas de inefable deleite, y nuestro incesante gozo será postrarnos a sus pies en adoración y alabanza. ¡Oh! Señor, mientras esperamos este momento, aparta nuestra mirada de todo lo que pudiera oscurecerte de nuestra vista, y atráenos y llévanos a estar plenamente ocupados contigo.

«El Verbo eterno Tú eres, ¡oh Señor!
El unigénito Hijo divinal,
Dios revelado en su inefable amor,
Viniendo aquí del orbe celestial.
Digno, ¡oh Cordero de Dios, eres Tú!
¡Doblaos rodillas al Señor Jesús!

«De Ti expresado en toda perfección
Ya brilla el ser del Padre con virtud;
¡Oh manantial de excelsa bendición,
De la Deidad misma eres plenitud!
Digno, ¡oh Cordero de Dios, eres Tú!
¡Doblaos rodillas al Señor Jesús!

«Del universo en éxtasis de luz
Glorioso sol y el centro ¡oh Redentor!
El tema eterno de loor, fiel Jesús,
De Ti será, ¡oh Amado¡, en tu esplendor.
Digno, ¡oh Cordero de Dios, eres Tú!
¡Doblaos rodillas al Señor Jesús!»

10 - Cristo, nuestro Ejemplo

Una de las verdades con las que estamos más familiarizados es que Cristo, en su caminar por este mundo, es nuestro ejemplo. Hay varios pasajes de las Escrituras que declaran esto de una manera expresa y que lo destacan; y la verdad misma queda implicada en casi cada libro del Nuevo Testamento. Pedro, cuando trata de los deberes de los siervos, les señala a Cristo, que, dice él, nos ha dejado un ejemplo, para que sigamos en sus pisadas (1 Pe. 2:21). De la misma manera, el apóstol Juan dice: «el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo» (1 Juan 2:6). También en la Epístola a los Hebreos, después de detallar el largo catálogo de los hombres de fe en la anterior dispensación, el escritor prosigue: «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menos­preciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contra­dicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebr. 12:1 3).

El sentido de esta Escritura no es a veces captado por el lector superficial, debido a la inserción de la palabra «nuestra» en la versión Autorizada Inglesa, haciendo del Señor Jesús el Autor y Consumador de nuestra fe. Esto es perderse completamente la enseñanza del Espíritu de Dios. La verdad que nos es expuesta es que el Señor Jesús es un ejemplo completo de la fe; que como hombre él es nuestro ejemplo en la vida de fe. Esto se vería con más presteza si en lugar de Autor y Consumador, las palabras fueran traducidas, como lo son a veces, como Capitán (archëgon) y Perfeccionador teleiötën) de la fe: esto es, que él es el Caudillo en el camino de la fe, y que él es el Perfeccionador de la misma; que, a lo largo de todo el camino, de comienzo a fin, él es el perfecto ejemplo de la misma, como el Hombre obediente y dependiente. Por ello nuestros ojos deben estar siempre fijados sobre él; debemos estar mirando a Jesús, para observar su ejemplo, par poder ser sostenidos en nuestro seguimiento de los mismos pasos. Nuestro mismo Señor presentó frecuentemente esta misma verdad. Está involucrada en todos los pasajes en los que habla del discipulado. Por ejemplo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Mat. 16:24). Es cierto que el pensamiento prominente aquí es la condición del discipulado; pero «seguir» no es nada menos que en obediencia a sus palabras reconociéndole como Señor, y caminando en sus pasos.

Así, queda abundantemente claro que nuestro bendito Señor, en su vida aquí abajo como hombre, es nuestro ejemplo; y deseamos considerar esta cuestión, no solo para apremiar su importancia, sino par mostrar también la base de la misma, y los medios de llevarla a la práctica.

La base de ello reside en lo que él era como hombre en el mundo. Antes de su encarnación él se había presentado a Dios, diciendo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebr. 10:7). Y esta es la nota clave de toda su vida, viniendo como vino, no para hacer su propia voluntad, sino la voluntad de aquel que le envió (Juan 6:38). Y esto lo hizo a la perfección, e ininterrumpidamente, desde Belén hasta el Calvario. Cada pensamiento, cada sentimiento y cada acción fueron en obediencia a la voluntad de Dios. Por primera vez desde la Caída, Dios halló verdad en lo íntimo de un hombre: en aquel que respondió a todas sus demandas, de manera que Dios pudo reposar en él en perfecta complacencia y amor. Y ¡qué gozo debe haber sido para el corazón de Dios poder mirar a esta escena, donde todos habían fracasado y habían salido del camino, donde no había justo, ni aún uno, y ver a Cristo en medio de dificultades sin parangón, expuesto a toda la malicia de los hombres y de Satanás, y siempre respondiendo, y ello de una manera perfecta, a sus deseos –contemplarlo glorificando a Dios sobre la tierra en cada circunstancia en la que fue situado, y ello a través de toda su vida!

«Fuiste entre las tinieblas luz sola,
Fiel donde hubo infidelidad;
Y el nombre honraste del Padre en gloria,
Siempre haciendo su voluntad».

En él, así, al fin, Dios encontró al Hombre que fue, sin excepción alguna, conforme a su propio corazón, a aquel que encarnaba la perfección de sus propios pensamientos, y que se correspondía con el ideal de su propia mente: AL HOMBRE PERFECTO. En cada circunstancia, por tanto, en lo que era para con Dios y en lo que era para con el hombre; lo que fue en presencia de amigos o de enemigos; fuera en dolor, en persecuciones, o tentaciones; en todas las posibles escenas, fuera en solitario o en público, en todas las cosas, en cada manifestación de su vida aquí abajo, él fue nuestro ejemplo; porque todas sus multiformes experiencias fueron sencillamente ocasiones para el desvelamiento de lo que él era como el hombre obediente y dependiente; y por ello la revelación de la norma de Dios para todos los que son de él. Así, si quiero saber qué es lo que Dios desea que yo sea, debo mirar a Cristo, y seguir sus pisadas en su camino por el mundo.

Así, aceptando la verdad de que Cristo es nuestro ejemplo, debemos tener mucho cuidado en definir la clase para la que esto está designado. Un error aquí sería de lo más fatal, y lo cierto es que ha sido la causa del naufragio de muchas almas. Los Unitarios, por ejemplo, declaran que todo el deber del hombre reside en la imitación de la vida de Cristo, y, además, mantienen que es el pasaporte a una feliz inmortalidad; y libros como el de Tomás à Kempis “Imitación de Cristo” operan más o menos en base del mismo principio: que le es posible al hombre natural caminar en los pasos del Señor Jesús. Difícilmente será necesario señalar que estas enseñanzas ignoran toda la cuestión de la relación del hombre con Dios, la cuestión del pecado y la depravación del hombre por la caída de Adán. «Los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Rom. 8:8, V.M.) es una declaración que algunos hombres o bien ignoran o bien rechazan, para su propia destrucción. ¡Qué presunción para un pecador bajo condenación, para un pecador enajenado de Dios, cuya misma naturaleza es enemistad contra él (Rom. 8:7): ¡Pretender el poder de seguir en los pasos del Santo de Dios! Solo nos muestra el poder de Satanás para engañar, y para seducir hacia la ruina, cuando tal engaño es abrigado en las mentes de los hombres. Así como engañó a Faraón y a su hueste a pensar que podrían seguir a Israel a través del mar Rojo, y todos ellos «se hundieron como plomo en las impetuosas aguas», así lleva a los hombres a imaginarse que pueden imitar a Cristo con sus propios esfuerzos, y con ello a producir una justicia adecuada para la presencia de Dios; y así engañados, perecen para siempre. Así, nos conviene indicar muy cuidadosamente las cualificaciones necesarias para seguir el ejemplo de Cristo.

(1) La más esencial de todas es que debemos tener la misma naturaleza. Es cosa bien cierta –y en verdad es un dogma fundamental del cristianismo– que Cristo se hizo Hombre. «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer», etc. (Gál. 4:4). Él nació tan verdaderamente en este mundo como nosotros; pero no se deben olvidar nunca las palabras que el ángel pronunció a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35; véase también Mat. 1:18-20). Así, en tanto que Cristo verdaderamente «participó» de carne y de sangre (Hebr. 2:14), y fue consiguientemente «verdadero hombre» así como «verdadero Dios», no se podía decir que él asumiera nuestra naturaleza, que se hiciera hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne. Esto sería en realidad afirmar que él tuvo una naturaleza pecaminosa, descalificándole para ser el Cordero de Dios –aquel Cordero sin mancha ni contaminación– y socavar las mismas bases de la expiación y consiguientemente del cristianismo. No: Él fue siempre santo, inocente, sin tacha, separado de los pecadores, mientras que nosotros éramos por naturaleza los hijos de ira.

¿Cómo nos sería posible entonces a nosotros (siendo que en nuestra carne no mora el bien) imitar la vida de aquel que era absolutamente santo? El leopardo no puede cambiar sus manchas, ni el etíope su piel, ni el hombre natural alterar el carácter de la carne en la que ha nacido. De ahí que la necesidad primaria sea nacer de nuevo; como el mismo Señor lo dijo a Nicodemo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:5-7). Así que no podemos seguir a Cristo hasta que hayamos nacido de nuevo por medio de la fe en el Señor Jesús, por el poder del Espíritu Santo, habiendo en consecuencia recibido una nueva naturaleza. Estemos bien claros en este punto, porque hablar de otra manera es solo engañar a las almas y ponerlas en peligro. Si no hay la misma naturaleza, no puede haber semejanza en la vida. Puede que haya semejanzas exteriores entre una acción de un hombre natural y una acción de Cristo; pero esto no constituye, delante de Dios, una imitación de su ejemplo. La naturaleza de las dos acciones debe ser la misma en sus motivos, carácter y fin. Podemos atar rosas a un zarzal, pero no ha sido esta planta la que las ha producido. De la misma manera, las acciones, para ser semejantes a las de Cristo, deben ser producidas, y solo pueden ser producidas en aquellos que tienen la misma naturaleza –una naturaleza semejante a la de él. En otras palabras, tenemos que ser como Cristo (en cuanto a la naturaleza) antes de poder imitarlo.

(2) Pero la posesión incluso de la naturaleza no es suficiente, porque se carece aún del poder. La característica de la nueva naturaleza es debilidad –la misma debilidad. Y por esto puedo haber verdadera­mente renacido, ser un hijo de Dios, y sin embargo ser totalmente incapaz de tomar un solo paso tras Cristo. Tenemos un ejemplo de ello en Romanos 7. El que está en el caso que allí se describe dice: «Pues lo que obro, no lo apruebo: porque no lo que quiero es lo que practico; sino lo que odio, eso hago» (Rom. 7:15, V.M.). ¡Qué confesión! Y sin embargo nos dice que se deleitaba en la ley de Dios según el hombre interior (Rom. 7:22), mostrando que tenía una nueva naturaleza, que había nacido de nuevo. Así, lo que necesitaba era poder. ¿Y dónde podía ser obtenido este poder? El prerrequisito para el mismo era liberación: el conocimiento de que el pecado había sido juzgado, así como que la culpa de los pecados había sido remitida; que por medio de la muerte y de la resurrección de Cristo él había sido sacado de su condición adánica e introducido a un nuevo lugar en Cristo, por lo que teniendo el Espíritu de Dios morando en él ya no estaba en la carne, sino en el Espíritu (Rom. 8:9, V.M.). El Espíritu morando en nosotros es nuestro único poder para la imitación de Cristo. Y lo cierto es que este era el propio poder de Cristo. Así, leemos que «Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto»; y luego, que «Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea» (Lucas 4:1 14). Él mismo dijo: «Yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios» (Mat. 12:28); y Pedro, hablando de él, dice: «Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hec. 10:38). Así, a no ser que tengamos al Espíritu Santo, seguimos careciendo de poder para andar como Cristo anduvo; porque la naturaleza, como ya hemos visto, e incluso la nueva naturaleza por sí misma, no puede seguir en sus pasos.

(3) Hay otra condición importante. Puede que haya nacido de nuevo y que tenga el Espíritu de Dios, y con todo que no esté imitando a Cristo. Estoy calificado para hacerlo, pero el Espíritu de Dios no actúa necesariamente por el hecho de que more en mí. En verdad cada creyente lleva consigo un gran estorbo, que es su carne, la vieja naturaleza; porque, aunque ha sido juzgada en la muerte de Cristo, y que por ello judicialmente está fuera de la vista de Dios, sigue en nosotros, y está siempre en oposición a los deseos y objetivos del hombre nuevo. Satanás lo sabe, y encuentra en ello el medio, si no estamos vigilantes, de obstaculizar nuestro avance, e incluso de hacernos caer. Pablo, escribiendo acerca de esto, dice: «Andad según el Espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne. Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; pues que estos son contrarios entre sí; de modo que no podéis hacer» (más bien, «a fin de que no hagáis» – hina më ha an thelëte tauta poiëte) «las cosas que quisiereis» (Gál. 5:17, V.M.) Así, la carne y el Espíritu están en perpetua contradicción, y el objetivo de cada uno es estorbar al otro. Cuando la carne desea actuar, el Espíritu encabeza la oposición; y cuando el Espíritu quisiera actuar, la carne estorba –ambas partes buscan anular la voluntad de la otra, para que ni el uno ni la otra obtengan sus deseos. Así, se puede decir que, aunque como ya he dicho, esté calificado para imitar el ejemplo del Señor Jesús, quedaré efectivamente detenido: esto es lo que sucederá si permito que la carne cumpla su voluntad.

Así, la siguiente condición es que no se le debe permitir a la carne que actúe, sino que debe ser mantenida en el lugar donde Dios la ha puesto: bajo juicio en la muerte de la cruz. Por ello Pablo dice: «Si vivís según a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rom. 8:13-14 V.M.). Y si añadimos a esta otra Escritura, toda la cuestión quedará explicada: «Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Cor. 4:10). Por ello, la carne, y ciertamente todo lo que es de la mala naturaleza, tiene que ser mantenida bajo el poder de la muerte, bajo la constante aplicación de la cruz, de la muerte de Jesús; y el poder que capacita para ello es el Espíritu de Dios; que nada del yo, de la malvada naturaleza ni de la carne se exprese nunca, sino solo la vida de Jesús. Porque es solo cuando el yo es juzgado que podemos presentar la vida de Jesús; y si se manifiesta la menor cosa de la carne, la presentación queda en el acto dañada. Así, la muerte tiene que ser aceptada si queremos imitar a Cristo. Esto es lo que él mismo dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Mat. 16:24). El yo tiene que ser rehusado, y la cruz –la muerte– aceptada, antes que podamos seguir. Que aprendamos esta lección.

(4) La mirada debe estar también sobre Cristo, y sobre Cristo donde él está. Podríamos ciertamente cumplir todas las condiciones de las que ya hemos hablado, y sin embargo si la mirada no está fijada en Cristo, habría un fracaso totalmente cierto. Tomemos la conocida ilustración de Pedro caminando sobre el mar como explicación. Cuando vio a Jesús caminando sobre el mar, le dijo: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!», etc. (Mat. 14:25-31). Al principio Pedro anduvo, así como el Señor lo hacía, sobre la mar; pero en el momento en que su mirada se apartó de Cristo y se posó sobre sus propias circunstancias –las dificultades que le rodeaban– comenzó a hundirse.

Y así nos sucede siempre. Nunca podemos caminar en pos de su ejemplo a no ser que nuestra mirada esté sobre él. Pero hemos dicho que tiene que ser sobre él donde él está ahora, no donde estuvo en el pasado. Pedro, naturalmente, miraba al Cristo viviente delante de sus ojos; pero nosotros debemos mirar a un Cristo viviente donde ahora él está, en la gloria, a la diestra de Dios. Expliquemos esto. Pablo dice: «Por tanto, todos nosotros, mirando a cara descubierta [esto es, sin velo] como en un espejo [las palabras «como en un espejo» es mejor omitirlas] la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18). Aquí se nos enseña, como hemos visto en el anterior capítulo, que nuestro crecimiento, nuestra gradual transformación en semejanza de Cristo, depende de que nuestros ojos se posen fijos en él –en la gloria del Señor. Contemplamos por la fe, y los rayos de aquella gloria, cayendo sobre nuestras almas, son empleados por el Espíritu Santo para cambiarnos moralmente a la semejanza de aquel sobre quien miramos de esta manera. Con esto se conecta otra cosa. Es solo en tanto que estamos ocupados así que recibimos poder para llevar en el cuerpo la muerte de Jesús (2 Cor. 4:10). Con ello se ganan dos cosas: una creciente semejanza con Cristo, y la carne mantenida bajo el poder de la muerte. La consecuencia es que Cristo debe ser expresado; o, en otras palabras, que imitamos su ejemplo. Porque la imitación de Cristo debe venir desde dentro, y no desde fuera. En conformidad con el principio ya expresado, debemos ser semejantes a Cristo antes que podamos imitarle; y de ahí que la cercanía de nuestro andar a su voluntad dependa del grado de nuestra semejanza de él.

El acordarnos de esto nos libraría de muchos desalientos y de muchos errores. Porque entonces se vería que andar como Cristo anduvo no es el resultado de ningún esfuerzo que podamos hacer –nunca podemos imitarle con ningún esfuerzo propio– sino que tiene que ser el resultado de lo que somos. Veamos cuán hermosamente quedó esto ejemplificado en el caso de Esteban, cuando sufrió el martirio. «Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios» (Hec. 7:55-56). Esta era su actitud; pero su testimonio solo sirvió para encolerizar a sus perseguidores, porque «entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon… Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió» (v. 57-60). Ahora bien, si comparamos esta escena con la muerte del Señor Jesús tal como la registra Lucas, encontraremos una notable correspondencia. Él también pronunció dos oraciones. Cuando estaba en la cruz, él clamó: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»; y también: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:34, 46). Incluso en la superficie uno no puede dejar de asombrarse ante la similitud de los dos casos. ¿Por qué fue que Esteban siguió tan ajustadamente en los pasos de su Señor? ¿Fue porque había oído que el Señor había pronunciado estas oraciones, y pensó entonces que él copiaría su ejemplo? Esta habría sido una imitación sin valor, si no totalmente falsa. No, él estaba ocupado con­templando la gloria del Señor, y el efecto de ello fue que él fue cambiado a la misma imagen, y por ello necesariamente se expresó a sí mismo de la misma manera. Y este es el secreto de toda semejanza con Cristo en nuestro andar. Si la mirada está fijada en Cristo tal como él era aquí abajo, y decimos: «Él hacía esto» o «Él hacía lo otro», y con ello hacemos lo mismo, con toda seguridad fracasaremos una y otra vez. Pero cuando nuestra mirada se dirige arriba, fija sobre él donde él está ahora, llevaremos siempre la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, y el Espíritu de Dios, no contristado y sin estorbos, obrará poderosamente dentro de nosotros en poder transformador, y luego nos conducirá necesariamente en pos de los pasos de nuestro gran Ejemplo, por cuanto su camino fue el del Hombre perfecto.

Así sucede incluso en el ámbito natural. Supongamos ahora que un artista desea reproducir una de las más grandes obras maestras. ¿Cómo va a comenzar? ¿Se dirige en el acto a copiar el cuadro? No, en absoluto; su primera tarea será estudiarlo, y obtener la impresión del mismo en su mente; y luego, cuando esté imbuido del espíritu y color de su modelo, lo puede reproducir. Milton escribió en cierta ocasión: «El que quiera escribir un poema heroico debe primero vivir la vida de un héroe». Este es el verdadero principio para la imitación de Cristo; y de ahí que cuanto más estemos ocupados con él en la gloria, tanto más fielmente reproduciremos su vida en nuestro andar y caminos.

Alguno preguntará: «Entonces, ¿no debemos seguir la vida del Señor Jesús aquí abajo?» Desde luego, porque, ¿qué mayor goce puede tener el creyente que seguirle a él en su maravillosa senda, estudiar cada detalle registrado, oír cada una de sus palabras, y observarle en toda posible circunstancia, contemplar cómo se comportó a sí mismo ante tanto sus amigos como sus enemigos, seguir sus caminos en sus retiros secretos, en su compartir con sus discípulos, especialmente con aquellos a los que él pudo admitir a una mayor intimidad, seguirle en aquel bendito hogar de Betania –todas estas cosas serán siempre un deleite seguirlas, y reseguirlas, y quizá incluso cuando estemos en la gloria. Pero no es así que recibimos poder para andar en sus mismas pisadas; ello solo puede venir de contemplarlo –mirándole por la fe a donde él está ahora, a la diestra de Dios. Nos alimentaremos de él (como se explica en otro capítulo) tal como él estaba aquí, porque el maná es Cristo en su humillación –Cristo en los desarrollos de su vida en su peregrinación en esta escena. Y es cosa muy bendita tener a Cristo en nuestras circunstancias –tener su gracia, su gentileza, su simpatía al seguir su ejemplo. Pero por bendito que todo esto sea, reiteramos que si quisiéramos andar como él anduvo, solo puede ser ocupándonos con él en la gloria.

Hay sin embargo cosas útiles en la consideración del ejemplo de Cristo que no deben ser pasadas por alto. Su ejemplo es nuestra norma; por ello, nada puede sernos más provechoso que medirnos ante este ejemplo, para poder descubrir nuestros defectos y aprender de nuestros fracasos. Es en base de esto que Pedro, al exhortar a los siervos a tener paciencia, incluso cuando sufrieran por hacer lo bueno, añade: «Pues para esto fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados» (1 Pe. 2:21-24). El apóstol presentó así el ejemplo de Cristo como modelo para ellos, para que pudieran ver su fracaso a su luz, y sentirse alentados a andar en los mismos pasos.

El escritor de la Epístola a los Hebreos aduce esto, de manera semejante, como aliento y estímulo a los que pudieran estar sufriendo persecución. Porque después de apremiarles que en la carrera que tienen ante ellos que miren fuera de sí mismos a «Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios», les dice, «Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado» (Hebr. 12:2-4). La palabra «considerad», en este pasaje, es de lo más notable; significa hacer una analogía, o una comparación, entre Cristo y vosotros mismos. Puede que te encuentres presionado, casi más allá de toda medida, por tus sufrimientos y persecuciones; pero compara tus circunstancias con las de él; síguele en su caminar, y contémplale al final muriendo como un mártir (porque este es el aspecto de su muerte que aquí se presenta) por causa de la justicia. No habéis resistido todavía hasta la sangre (como hizo él); no habéis sido hechos mártires, luchando contra el pecado. Alentaos, fortaleceos, así, con su ejemplo: aprended de él a soportar y a ser fieles incluso hasta la muerte.

El Señor mismo dio la misma clase de instrucciones a sus discípulos. Les recordó que, si el mundo les odiaba, le había primero odiado a él; que «si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra» (Juan 15:18-20). El camino del discípulo tiene que corresponderse con el de su Señor; y por esto es que su ejemplo debe ser siempre nuestro modelo y norma. Pero añadamos una vez más que en tanto que por mucho que sigamos el curso de nuestro bendito Señor a través de este mundo ni por mucho amor con que lo hagamos jamás será suficiente, sin embargo, para aprender cuál debe ser nuestra conducta, para detectar nuestros fracasos, y para recibir aliento y consolación, solo recibiremos capacidad para caminar en sus pasos fijando nuestras miradas en él donde él está ahora. ¡Que él llene siempre nuestra mirada, para que reflejemos su semejanza en nuestro andar y en nuestros caminos!

«¡Maestro! no quisiéramos ya más ser
Amados por un mundo que a Ti aborreció,
Mas pacientes tus pisadas seguir,
Para conocer tu dolor y gozar;
Querríamos –¡oh, confirma el poder!–
Mansos la hora oscura afrontar,
Por oprobio y desprecio, cual sea el probar,
¡Pues Tú escarnecido fuiste en cruz a morir!»

11 - Cristo, nuestra Paz

Es tan interesante como provechoso seguir los caminos de Dios en la tierra. Desde luego, a no ser que tengamos una medida de verdad distribuidora, tal como se desvela y exhibe en ellos, nos será imposible comprender el pasado, el presente o el futuro: la dispensación de la ley, la naturaleza del cristianismo, o el carácter del milenio. Es en la Epístola a los Efesios que encontramos el más pleno desarrollo de los consejos de Dios, en cuanto a la actual dispensación, o más bien en cuanto al puesto que él ha dado, en la soberanía de su gracia, a los creyentes en Cristo Jesús. Y esto involucra necesariamente observar algunas de las diferencias características que han prevalecido entre judíos y gentiles; pero se observan solo para indicar su total abolición en la actual dispensación. Ahora bien, es en relación con esto que Cristo es llamado nuestra Paz, como habiendo hecho de ambos –esto es, de judíos y gentiles– uno, habiendo derribado la pared media de separación entre nosotros (Efe. 2:14). Por esto, si queremos comprender todo el significado de esta frase, tenemos que contemplar el carácter de la verdad que esta epístola contiene.

En el primer capítulo, desde el versículo uno al catorce, se desarrollan los consejos de Dios, primero, en cuanto a la bendición individual del santo, y luego en cuanto a la posición universal de Cristo como cabeza. Somos bendecidos con toda bendición espiritual en lugares celestiales (en contraste con Israel, que eran bendecidos con todas las bendiciones temporales en lugares terrenales) en Cristo: «Según [el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo] nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Efe. 1:3-6). Luego se nos dice que Dios nos ha dado «a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo [o, de encabezar todas las cosas en Cristo –anakephalaiösasthai ta panta en töi Christöi], en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra» (Efe. 1:9-10). Luego tenemos una distinción, que es después repetida con frecuencia. «En él asimismo tuvimos herencia», etc., «a fin de que [nosotros] seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad… y habiendo creído en él», etc. (Efe. 1:11-13). El «nosotros» [implícito] y el «vosotros» son carac­terísticos, refiriéndose lo primero a los judíos que habían creído, y lo segundo a los gentiles. Porque después de haber recordado a los creyentes gentiles que, en Cristo, después que hubieron creído, fueron también sellados con el Espíritu Santo de la promesa, dice: «que es las arras de nuestra» (ahora refiriéndose a judíos y gentiles juntamente) «herencia», etc.

Así, tenemos en este pasaje de las Escrituras, en esta breve declaración de los consejos de Dios, la introducción de la característica esencial de la presente dispensación: la unión de judío y gentil –quedando borradas todas sus distinciones nacionales– en Cristo. Y sobre la verdad así revelada el apóstol basa una oración, que conduce a la declaración del actual lugar exaltado que Cristo ocupa a la diestra de Dios. Él nos muestra a Cristo resucitado de entre los muertos, según la operación del poder de la fuerza de Dios, y sentándolo «a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo» (Efe. 1:19-23).

Si la primera parte del capítulo nos dio los consejos de Dios acerca de los creyentes individualmente, en cuanto al puesto que él quisiera que ocuparan cerca de y en relación con él mismo, la última parte introduce sus consejos acerca de Cristo como la Cabeza del Cuerpo, y el puesto del Cuerpo como unido a él. Porque tan pronto como el apóstol nos ha dado el ver la Cabeza exaltada, que en el siguiente capítulo nos enseña cómo es que los creyentes han sido así relacionados con el Cristo glorificado. Pero antes que pueda hacer esto, debido a que se trata totalmente del consejo de Dios, y por ello para exaltar su gracia y su amor –para mostrarnos que fue Dios actuando desde su propio corazón, en conformidad a lo que él es en sí mismo, y según su propia voluntad soberana, expone la condición pasada tanto de los gentiles como de los judíos.

Nada es tan destacable como la forma en que comienza esta parte de su tema. Acaba de mencionar a la Iglesia como el Cuerpo de Cristo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo. Esta es la Iglesia vista en conformidad a la perfección de los consejos de Dios; pero está compuesta de aquellos que antes eran judíos y gentiles, y en verdad que es algo actualmente existente en la tierra. Por ello, al descender desde la Cabeza, en toda su suprema exaltación, a los miembros, él habla así: «Vosotros… estando muertos en las transgresiones y los pecados, en que anduvisteis en un tiempo, conforme al uso de este siglo, conforme al príncipe de la potestad del aire, espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia: en medio de los cuales también nosotros todos (judíos así como gentiles) «vivíamos en las concupiscencias de nuestra carne, cumpliendo los deseos de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, así como los demás» (Efe. 2:1-3, V.M.).

Tal es la imagen de la condición pasada de los miembros del Cuerpo de Cristo –una imagen tan oscura que no queda iluminada por un solo rayo de luz. Muertos en transgresiones y pecados, sin un solo pensamiento, deseo o movimiento haca Dios; porque reinaba la muerte en toda su quietud y soledad terribles. Pero por cuanto eran hombres sobre la tierra, se describe el carácter de su andadura como tales –una andadura gobernada por este siglo, por el poder de Satanás y por las concupiscencias de la carne. ¡Así es el hombre! ¿Podemos asombrarnos que se añada que por naturaleza eran hijos de ira? De cierto que nos es bueno ponderar esta descripción, tanto para aprender lo que éramos, y lo que el hombre es siempre, y lo que merecíamos. No hay una sola cosa por la que podamos ganar mérito alguno delante de Dios. Éramos totalmente malvados, y bajo el poder del pecado, de Satanás y de la muerte.

¿Cómo llegó a suceder que los que así estaban situados fueron sacados de tal condición y asociados con un Cristo glorificado? Los siguientes versículos nos dan la respuesta. «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con Cristo nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús», etc. (Efe. 2:4-6). Fue Dios, que actuó en conformidad a lo que él es, siendo rico en misericordia, interviniendo en la escena de nuestra mísera y perdida condición; e intervino, como lo muestra el primer capítulo, según sus propios consejos eternos, y, como aquí hemos leído, debido al gran amor con que nos amó. Se muestra así que la fuente de toda nuestra bendición es el corazón de Dios; y por ello es solo en redención que podemos contemplarlo como plenamente revelado. Dios vino a esta escena debido a lo que él era como Dios, y ello (observemos el contraste), «cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados». Él quisiera que recordáramos que no había en nosotros nada sino mal, y nada sino bien en él.

Así, Dios, movido por su propio corazón, según su propia naturaleza, cuando estábamos en tal condición, «nos dio vida juntamente con Cristo». Por ello, Cristo tiene que haber muerto. Y fue esto ciertamente lo que hizo posible que Dios actuara hacia nosotros con misericordia y amor; porque hasta que él fuera glorificado en cada atributo de su carácter por la muerte de Cristo en la cruz, él no podía acudir y revelarse como un Dios de gracia y de amor. Pero hay una característica peculiar en relación con la introducción de Cristo aquí. No es un Cristo muriente, sino un Cristo muerto el que nos es presentado. Así en el primer capítulo se exhibe el poder mencionado: obró en Cristo cuando le resucitó de entre los muertos. En esta epístola no se nos permite verle ir a la muerte, sino que le vemos ya muerto. Y esto hace resaltar una de las grandes características de la epístola. Los judíos y los gentiles son igualmente contemplados no como en Romanos, como viviendo en sus pecados, sino como muertos en ellos; y luego tenemos la maravilla de la gracia: a Cristo descendiendo a la condición de ellos, yaciendo en muerte, por así decirlo, al lado de ellos; porque siendo que aquí estamos sobre el terreno de la nueva creación, todo comienza de manera renovada. Y es entonces, en aquel momento en que Cristo es visto como muerto, y los judíos y los gentiles como asimismo muertos (pero estos en sus pecados), que Dios, en su infinita misericordia, y por el gran amor con que nos amó, que interviene, entra, y nos vivifica (a judíos y a gentiles) juntamente con Cristo. «La supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos» es, por tanto, «según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales», etc. (Efe. 1:19-20).

Porque el cuerpo ya es considerado como completo, por cuanto es el fruto de los consejos de Dios; y por ello, desde esta perspectiva, cada miembro del Cuerpo es considerado como vivificado juntamente con –al mismo tiempo que– Cristo. Cristo mismo vino primero, y descendió a la condición de muerte. Su muerte eliminó toda barrera del camino para el cumplimiento de los consejos de Dios, poniendo el fundamento de este mismo cumplimiento: dio libertad a su corazón, teniendo lugar de inmediato una maravillosa exhibición de poder, que descendió a la escena en la que Cristo yacía con los miembros de su cuerpo, y, levantándolo de entre los muertos, lo sentó a la diestra de Dios en lugares celestiales, muy por encima de todo princi­pado, y autoridad, y poder y señorío, y todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y este mismo poder nos vivificó juntamente con Cristo.

Pero hay más. El apóstol, antes de proseguir, nos recuerda que es por la gracia que hemos sido salvados; y desde luego no se trata de nada más que de la pura y soberana gracia; pero él quisiera que el conocimiento de ello produjera en nuestros corazones la alabanza a Dios. Entonces él añade: «Y juntamente con él nos resucitó [a judíos y a gentiles], y asimismo nos hizo sentar [de nuevo otra vez a judíos y a gentiles juntos] en los lugares celestiales con Cristo Jesús», Así que el poder que nos resucitó juntamente con Cristo, nos resucitó juntos, nos llevó aún hacia las alturas, y ello incluso ahora mientras que en cuanto a nuestros cuerpos seguimos estando en la tierra; y todo esto para que en los siglos venideros Dios muestre «las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (Efe. 2:7). “Unos míseros pecadores de entre los gentiles y de entre los desobedientes y murmuradores judíos son traídos a la posición en la que está Cristo por el poder que le resucitó de entre los muertos, sentándolo a la diestra de Dios, para mostrar en las edades venideras las inmensas riquezas de la gracia que había llevado esto a cabo. Una María Magdalena, un ladrón crucificado, compañeros en la gloria con el Hijo de Dios, darán testimonio de esto”.

Habiendo así desarrollado los consejos de Dios en su cumplimiento, y habiéndonos revelado la perfección de la nueva creación en la que hemos ya ahora sido introducidos como unidos a Cristo, por cuanto está escribiendo a gentiles, pasa ahora a recordarles su pasada condición, y los medios por los que fueron introducidos en el goce de sus actuales maravillosos privilegios y bendiciones, así como la posición que ellos ocupaban sobre la tierra, junto con creyentes de entre los judíos. «Por tanto,» dice él, «acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circun­cisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efe. 2:11-12). Y esta era su condición como gentiles, en contraste con la de Israel; porque, aunque en el comienzo del capítulo les muestra que los israelitas eran por naturaleza hijos de ira en pie de igualdad con los gentiles, sin embargo, como pueblo sobre la tierra, escogidos en la soberanía de Dios, tenían ventajas (véase Rom. 3:2; 9:4-5) a las que los gentiles no tenían título ni derecho alguno. Y por esto ellos –los gentiles– estaban sin Cristo; el Mesías, como tal, nunca les había sido prometido a ellos; eran ajenos a la ciudadanía de Israel, y por ello fuera de todos sus privilegios y bendiciones. «Pero ahora en Cristo Jesús,» prosigue Pablo, «vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es NUESTRA PAZ, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos [los gentiles], y a los que estaban cerca» (los judíos) (Efe. 2:13-17).

Ante todo, es de destacar el puesto que el Espíritu de Dios siempre se deleita en dar a la sangre de Cristo. Aquí, como en todas partes en las Escrituras, es puesta como el fundamento de todo, la base sobre la que todo ha sido cumplido conforme al propósito de Dios. Porque ciertamente fue por la sangre de Cristo, por la entrega de su vida (porque la vida está en la sangre), que Dios ha sido liberado (si se puede emplear esta expresión de manera reverente) para actuar conforme a su propio corazón en la obra de la redención, porque cumplió todas las demandas de su santidad, dando gloria a todo lo que él es, de manera que él está glorificado en la salvación de todo el que cree en Jesús. De manera que aquí los pecadores gentiles han sido hechos cercanos por la sangre de Cristo; porque habiendo hecho «la paz mediante la sangre de su cruz» (Col. 1:20), puede reconciliar para Dios a aquellos que eran en otro tiempo extraños, y enemigos en su mente, haciendo malas obras (Col. 1:21).

Esta verdad abre el camino para la declaración de que Cristo es nuestra Paz. Él es nuestra Paz, no solo ahora con Dios, sino como entre judío y gentil. Y él viene a ser nuestra paz por aquella misma muerte en la cruz que puso el fundamento para la reconciliación de los unos y de los otros; porque mediante la misma ha derribado la pared intermedia de separación (to mesotoichon tou phragmou) que separaba a los judíos de todos los demás pueblos de la tierra. Fue Dios quien los había separado así para sí mismo, poniéndolos de esta manera bajo su ley y gobierno; pero sabemos cuán de inmediato quebrantaron ellos su ley y transgredieron sus mandamientos, de manera que la ley llegó a ser un ministerio de condenación y de muerte. La muerte de Cristo dio satisfacción a las demandas de Dios tanto sobre los judíos como sobre los gentiles; porque él tomó sobre si la totalidad de nuestra responsabilidad, y con ello derribó la pared intermedia de separación entre los dos, por cuanto tanto unos como otros deben ser salvos ahora, no por las obras de la ley, sino sobre el principio de la fe. Así, él abolió en su carne la enemistad entre los dos –la ley de mandamientos expresados en ordenanzas– para poder hacer de ambos en sí mismo (de judíos y gentiles por un igual, unidos en él al creer, por el Espíritu Santo enviado desde el cielo) un nuevo hombre, haciendo así la paz; y para que ambos pudieran ser reconciliados con Dios en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo por medio de ella dado muerte a la enemistad. Por esto, sobre la base de lo que había cumplido en la cruz, él pudo acudir predicando la paz tanto a los judíos como a los gentiles, porque todos ellos, siendo justificados por la fe, tendrían paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Así, es en relación con el cuerpo de Cristo que él es nuestra Paz. En la pasada dispensación, Israel era un pueblo separado; en el milenio, Israel volverá a tener un lugar distintivo y preeminente; pero ahora estas distinciones están abolidas. «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál. 3:28; Col. 3:11). Esto fue prefigurado incluso en el llamamiento del apóstol, a quien le fue especialmente confiado el ministerio del Cuerpo de Cristo. Narrando el relato de su conversión delante de Agripa, describe la aparición del Señor, que le dijo: «Levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote [más bien, sacándote fuera –exairoumenos se ek tou laou] de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío» (Hec. 26:16-17). Así, es considerado como no poseyendo nacionalidad alguna, habiendo sido sacado tanto de entre los judíos como de los gentiles, para que pudiera ser una especie de modelo de su ministerio.

Esta era aquella cosa nueva, «que en otras generaciones no se dio a conocer» (Efe. 3:5), sino que fue reservada para su posterior comunicación –aunque fue tema de los consejos de Dios desde la eternidad– hasta después que Cristo fuera rechazado. Los judíos sabían por sus propios profetas que los gentiles serían introducidos a la bendición bajo la influencia y por medio del Mesías; pero que «los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio» (Efe. 3:6) es algo que desconocían en absoluto; y esta verdad, cuando les fue proclamada, suscitó la más acerba hostilidad. Pero este era el propósito de Dios, y su propósito fue cumplido en Cristo; y por ello podemos decir: «Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación». Primero él hizo la paz mediante la sangre de su cruz (Col. 1:20); luego él vino y proclamó la paz tanto a los gentiles como a los judíos (Efe. 2:17); con ello, él reconcilió para con Dios a los que creyeron (Efe. 2:13; Col. 1:20-21), y, además, hizo la paz entre judíos y gentiles haciendo en sí mismo de ambos un nuevo hombre (Efe. 2:15). Así que podemos decir, en el más amplio sentido posible, que Cristo es NUESTRA PAZ.

Hay consecuencias de esta verdad en su aspecto especial que deben ser indicadas para finalizar este tema.

Después de mostrar cómo judíos y gentiles quedan identificados mediante la unión de ellos en el Cuerpo de Cristo, el apóstol habla de otras posiciones y relaciones consiguientes. La paz les es proclamada tanto a los que están lejos como a los que están cercanos: «Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efe. 2:18). ¡Qué contraste con lo que existía hasta entonces! En la anterior dispensación, y hasta la muerte de Cristo, solo los judíos de entre todos los pueblos de la tierra tenían acceso, por medio de su sumo sacerdote, a la presencia inmediata de Dios. Pero ahora el velo estaba rasgado, y después de la ascensión de Cristo todos los creyentes, tanto si de los judíos como de los gentiles, fueron sellados por el Espíritu Santo de la promesa, que es también el Espíritu de adopción, por el que claman, «¡Abba, Padre!» (Rom. 8:15). De esta manera, por medio de Cristo ambos tienen acceso por un Espíritu al Padre. Cristo está en la misma relación con ambos; ambos tienen el mismo Espíritu, y ambos son igualmente hijos; y por ello, ambos tienen la misma posición de cercanía, y gozan del mismo privilegio de acceso.

Esto conduce a adicionales bendiciones. «Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudada­nos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:19-22). Por cuanto todas las distinciones y privile­gios nacionales quedan abolidos en el Cuerpo de Cristo, así también en las relaciones que sustentan comúnmente con Dios sobre la tierra. Todos están sobre un terreno común, por lo que nadie puede jactarse sobre los otros. Los gentiles han perdido su condición de extraños, y son introducidos, junto a los judíos, para ser conciudadanos con los santos, y de la familia de Dios; porque ambos son edificados sobre el mismo fundamento, Cristo, la principal piedra del ángulo.

El apóstol apunta luego a dos características que van ligadas corporativamente con los santos que son así unidos con Cristo sobre la tierra, y que son de la mayor importancia. Primero, como edificados juntamente sobre la misma base, ellos, o el edificio así constituido, es descrito como creciendo para ser un templo santo en el Señor. Obsérvese la expresión: «Crece para ser un templo santo»; por ello, no está aún completado, sino en proceso de ser construido, y será edificado hasta que el Señor regrese, cuando cada una de las piedras vivientes esté en su lugar predestinado. Como el templo de Salomón cuando estaba siendo construido, que lo «fabricaron de piedras que traían ya acabadas, de tal manera que cuando la edificaban [la casa de Dios], ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro» (1 Reyes 6:7), de modo que la edificación del templo es llevada a cabo en silencio, siendo cada piedra previamente preparada, y luego puesta sobre el fundamento en su lugar designado. Porque es Dios mismo el constructor, y su obra no es vista por los hombres; pero cuando esté completado, llevará la impronta de su mano, con la estampa de la perfección de sus propios pensamientos y consejos.

Dice Juan: «Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero. Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra pre­ciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal», etc. (Apoc. 21:9-11). Este es el templo acabado, porque después de los nuevos cielos y de la nueva tierra encontramos que esta misma ciudad desciende de Dios desde el cielo, preparada como novia para su esposo. Y el apóstol dice: «Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres» (v. 2-3). ¡Qué maravilloso privilegio ser una piedra en el templo de Dios –de aquel templo que será eternamente revestido y hermoseado con la gloria de Dios! Los judíos tuvieron la singular bendición de tener el templo en Jerusalén, el lugar donde Dios moraba entre los querubines, y se manifestaba a su pueblo en la gloria de la Shekiná. Pero los creyentes ahora deben constituir el templo, y ser así la morada eterna de Dios.

No solo esto, sino que ya ahora en la tierra constituyen la morada de Dios por el Espíritu (Efe. 2:22). No entramos aquí en las diferentes fases de la casa de Dios en esta dispensación, ni a señalar las diferencias entre la casa como edificada por Dios, y como edificación encomendada a la responsabilidad de los hombres (1 Cor. 3). Es solo el hecho el que se presenta en esta epístola –el hecho de que los creyentes en esta dispensación forman la Casa de Dios– que Dios en verdad mora sobre la tierra, por cuanto somos juntamente edificados en Cristo para ser su morada por el Espíritu. Por ello, incluso ahora hay un lugar ocupado y habitado por el Espíritu Santo. Todo lo demás fuera de esta esfera está bajo el poder de Satanás; y por ello no es poco el privilegio de estar en la morada de Dios sobre la tierra.

Así son algunas de las características distintivas de la actual dispensación, algunas de las consecuencias que brotan del hecho de que Cristo sea nuestra paz. ¡Que él nos dé a comprender más plenamente el maravilloso lugar en que nos ha puesto, en base de la redención cumplida, en base de su propia ascensión a la diestra de Dios, en base de la presencia del Espíritu Santo sobre la tierra!

«A Ti que derramaste tus dones–
Preciosas muestras de tu amor–
Y nos limpiaste con tu sangre,
Nos diste vida, ¡oh Salvador!,
Sea el dominio, el reino y la gloria
Por siempre, y sin cesar loor».

12 - Cristo, nuestra Cabeza

Hay varios sentidos en la Escritura en los que se dice de Cristo que es Cabeza. En primer lugar, «Cristo es la cabeza de todo varón» (1 Cor. 11:3); luego, es «cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (Efe. 1:22); y finalmente, «es la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (Col. 1:18). Lo primero establece su señorío sobre todos los hombres, porque él tiene autoridad (exousian) sobre toda carne; lo segundo, su supremacía universal sobre todas las cosas; y lo último establece su relación especial con la Iglesia. Y él ha entrado en todas estas glorias en virtud de la redención, y por ello como hombre. No se puede insistir suficientemente en esta verdad: que él ocupa este maravilloso lugar, que hereda estas varias dignidades, como el Hombre –el Hombre que fue una vez en esta escena rechazado y crucificado, pero que es ahora el Hombre exaltado a la diestra de Dios.

Esto es especialmente expuesto en un aspecto en Hebreos 2. Allí dice el apóstol: «Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando; pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites?: Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos» (o, por todo –huper pantos). Por ello, es como Hijo del hombre, como se enseña en este pasaje de la Escritura, que el Señor Jesús recibe el sometimiento de todas las cosas bajo sus pies. Porque Dios «nos ha dado a conocer», escribe Pablo, «el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo» (o, de encabezar todas las cosas en Cristo –anakephalaiösasthai ta panta en töi Christöi), «en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra» (Efe. 1:9, 10).

Es también como hombre, como el Hombre glorificado a la diestra de Dios, que Cristo es la Cabeza de su Cuerpo, la Iglesia. «Y él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia» (Col. 1:18). Es por ello como el Resucitado, el Primogénito de entre los muertos, que él ocupa este lugar; porque apenas si será necesario observar que cuando se habla de él en relación con la resurrección es siempre como Hombre. De esto sigue que la Iglesia no podría haber tenido existencia hasta después que él tomara su lugar a la diestra de Dios; porque hasta que la Cabeza no estuviera en el cielo, el Cuerpo, la Iglesia, no se habría podido formar aquí abajo. Esto quedará más allá de toda duda si nos referimos a otra Escritura: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1 Cor. 12:12-13). El lenguaje que aquí se emplea es digno de notar. Al introducir la comparación del cuerpo humano con sus muchos miembros, en lugar de decir, como esperaríamos, «Así también la Iglesia», es, «Así también Cristo» –más exactamente el Cristo. «El Cristo» es así un término que incluye a la Cabeza en el cielo y a los miembros en la tierra; y en el siguiente versículo se explica el secreto: «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo». Así, no fue hasta que Cristo hubo ascendido a las alturas, y que descendió el Espíritu Santo, que se pudo constituir el Cuerpo. Por ello encontramos a nuestro bendito Señor, después de su resurrección, diciendo a los suyos: «Seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hec. 1:5). Esta promesa fue verificada en el día de Pentecostés; y aquel día, aunque la verdad del Cuerpo no había sido todavía revelada, se formó el Cuerpo de Cristo. Entonces, por el Espíritu Santo enviado, los creyentes fueron, por el bautismo del Espíritu, unidos con un Cristo glorificado en lo alto, formando juntamente con él –¡qué maravilloso pensamiento, y qué gracia aún más maravillosa!– un Cuerpo. Y permanece la característica de la actual dispensación: que los creyentes, habitados por el Espíritu Santo, son miembros del Cuerpo de Cristo, él la Cabeza, y ellos los miembros (véase Rom. 12:4-5; Efe. 4:1-16, etc.).

Así, cuando hablamos de Cristo nuestra Cabeza, no se significa con ello una relación individual, sino una relación que compartimos en común con cada creyente que ha recibido al Espíritu Santo. Así, por cuanto estamos unidos a Cristo en común, estamos también unidos unos con otros, miembros de su Cuerpo, y consiguientemente miembros los unos de los otros. ¡Qué pensamiento más abrumador, mientras caminamos por esta escena! Y, sin embargo, ¡qué solaz, qué fortaleza que nos imparte, estar asociados vitalmente con Cristo a la diestra de Dios, y que estemos también vitalmente asociados con nuestros hermanos en la fe! Y este doble pensamiento cubre todo el terreno de nuestras responsabilidades como miembros del cuerpo de Cristo –nuestra responsabilidad para con Cristo como Cabeza, y nuestra responsabilidad unos para con otros, para con todos los creyentes, como miembros de aquel Cuerpo. Y podremos considerar de manera provechosa tanto lo uno como lo otro.

(1) Cristo es nuestra Cabeza. Así, la Iglesia está sujeta a Cristo (Efe. 5:24). ¡En verdad, no debería haber necesidad de extenderse acerca de una verdad tan evidente en sí misma, ni de insistir en ella! ¡Qué deleite fue para el corazón de Dios dar a su Cristo este lugar exaltado, expresando así su estimación de la obra que él obró en su vida y en su muerte! «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo», etc. (Fil. 2:8-9). Así, si tenemos cualquier comunión con el corazón de Dios, ¡qué deleite para nosotros adscribirle tal lugar de supremacía! Además, cuando consideramos cuán profundamente estamos interesados en el lugar que él ocupa; cómo es que todas nuestras bendiciones nos provienen de él en aquel lugar, en virtud de su obra acabada; cómo es que por su incesante amor y ministerio nos mantiene en la bendición en que somos situados; cómo, en una palabra, que le debemos a él todo lo que somos, y tenemos y esperamos recibir, podríamos llegar a la conclusión de que los corazones de su pueblo encontrarían su gozo en reconocer su condición de Cabeza, y en asumir el puesto de sometimiento a su voluntad.

Pero ¿cuáles son los hechos? Miremos a nuestro alrededor, y ¿qué vemos? ¿Emulación en la obediencia al Cabeza de la Iglesia? No, sino la supremacía del hombre y la voluntad del hombre en la Iglesia. Tomemos todas las denomina­ciones de la cristiandad existentes en la actualidad, y encontrare­mos más o menos que están basadas en con­stituciones humanas, y gobernadas por leyes humanas; que el Encabezamiento de Cristo en su sentido y esfera apropiados es ignorado en la práctica. Es con dolor que escribimos estas palabras; y estamos confiados en que los piadosos de todos los nombres tienen comunión con nuestro dolor. Pero si la aserción del voluntarismo por parte de los miembros de su cuerpo nos duele tanto a nosotros, ¿qué es lo que debe sentir él, el Cabeza del cuerpo? Cierto que ello se debe principal­mente a causa del desconocimiento: desconocimiento de la verdad del cuerpo, y des­conocimiento de las Escrituras. Sin embargo, persiste la realidad –una realidad que, si se valorara en su significado apropiado en relación con Cristo y en conformidad a su corazón, nos llenaría de una vergüenza intolerable, abatiéndonos en el polvo en humillación y juicio propio.

Si Cristo es nuestra Cabeza, nuestra responsa­bilidad es la de darle una obediencia total y sin reservas. Porque la cabeza debe gobernar y dirigir al cuerpo, no el cuerpo a la cabeza. ¿Cómo, pues, puede dilucidarse la voluntad de la Cabeza? Por la Palabra de Dios. Y el examen más por encima de sus páginas nos hará patente el cuidado que él ha tomado en comunicárnosla. Y desde luego, no solo nos ha revelado su voluntad, sino que nos ha dado, en el Espíritu Santo, la capacidad de comprenderla (Juan 14:20; 16:13-14; 1 Cor. 2; etc.). Por ello, no podemos alegar excusas si permanecemos en la ignorancia. Pero a veces se hace la pregunta: “¿Acaso no ha dejado mayormente a nuestra discreción el disponer las cuestiones relacionadas con el culto y el gobierno, tal como nos parezca mejor?” Este argumento se presenta una y otra vez, y ello con el fin de justificar todas las divisiones existentes en la Iglesia de Dios. Sin embargo, solo se precisa de un momento de reflexión para ver su futilidad. Investiguemos toda la línea de los tratos de Dios con el hombre, y ¿qué es lo que encontramos? Que, en cada dispensación, todo aquello que ha sido confiado a la responsabilidad humana ha fracasado totalmente. Así fue con Adán en el huerto, con Noé en la nueva tierra, con Israel bajo la ley, el sacerdocio, e incluso la Iglesia, y ello a pesar de las instrucciones y de los mandamientos de la mayor precisión. ¡Y sin embargo se sugiere de manera seria que el Señor nos ha dejado que empleemos nuestra discreción!

La Cabeza dejará que los miembros del cuerpo actúen como les parezca de manera individual –o por grupos de dos o tres– ¡Por favor! ¡Esto es imposible! No, escudriñad las Escrituras, y pronto se habrá de confesar que el Señor jamás nos ha dejado a nuestra propia prudencia, sino que ha provisto para todas las emergencias, de manera que la Iglesia pueda ser capaz, en cada situación, y en todas las circunstancias, de tener la segura conducción de su mente infalible. Este ha sido nuestro fracaso: descuidar el estudio de las Escrituras. Y se debería recordar en todo momento que cada creyente es responsable de conocer la voluntad de su Señor. Cierto es que él, cuando trate con sus siervos, hará una distinción entre los que fueron desobedientes voluntariosamente, y los que lo fueron en ignorancia (Lucas 12:47-48). Pero queda la responsabilidad; y toda alma piadosa que desee conocer la mente del Señor tiene abierto el dilucidarla en base de la palabra de Dios. «El que quiera» (o desee) «hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:17).

Así, nuestra responsabilidad para con nuestra Cabeza queda recapitulada en una sola palabra: obediencia. Así, tal como él estuvo, estando en la tierra, sometido al Padre, así nosotros estamos sujetos a él. Él nunca hizo su propia voluntad, porque descendió del cielo para hacer la voluntad de su Padre (Juan 6:38); y él nos ha dejado un ejemplo, para que sigamos en sus pisadas. Nos ahorraríamos muchas dificultades, así como mucha ansiedad, si siempre recordáramos que la característica de un cristiano es que él no tiene voluntad. La voluntad está relacionada con el viejo hombre, y el creyente se ha despojado del viejo hombre; está crucificado con Cristo (Col. 3:9; Rom. 6:6). Por ello, tiene que estar gobernado por la voluntad de otro, la de Cristo. Se trata más bien de una responsabilidad individual; pero cuando hablamos de la responsabilidad de los miembros del Cuerpo de Cristo, el pensamiento es que colectivamente deben estar sujetos: es la Iglesia la que está sujeta a Cristo. Por ello, cuando estemos reunidos, así como en nuestro camino individual, debemos estar en obediencia –tenerlo todo sancionado y regulado por la palabra de Dios.

¡Y qué perfecto reposo da no tener voluntad, estar en obediencia! No puede haber conflicto donde no hay voluntad, sino que la consecuencia necesaria sería la paz y la armonía. La obediencia sanaría todas las divisiones existentes, y aseguraría una vez más la respuesta a la propia oración de nuestro bendito Señor, que todos sean uno (Juan 17:21). ¿Quién hay entre todos los hijos de Dios que no anhele esta consumación? ¿Quién hay que no lamente de continuo estar separado, aquí en la tierra, de tantos de los miembros del Cuerpo de Cristo? Así, no lo aceptemos como una penosa necesidad, sino que reconozcamos nuestra responsabilidad, cada uno de nosotros por sí, y busquemos en todo someternos a la voluntad de nuestra Cabeza, y luego llevar a otros al mismo lugar de reposo y de bendición, para que todos puedan ser contemplados como lo son realmente, como uno en Cristo.

(2) Nuestra responsabilidad no está menos marcada en referencia a nuestros compañeros de membresía en el Cuerpo de Cristo. Porque, como ya hemos visto, el mismo Espíritu que nos une a Cristo como nuestra Cabeza une también a todos los miembros en un todo viviente. Así, el apóstol, escribiendo a los efesios, y señalando al fin y objeto de los dones que proceden del Cristo ascendido como Cabeza de la Iglesia, prosigue de esta manera: «Sino que siguiendo» (o, sosteniendo –se trata de una palabra compleja, alëtheuontes) «la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efe. 4:15-16). El bienestar, la bendición y el crecimiento del Cuerpo como un todo depende así de la armoniosa actividad de cada uno de sus miembros. Sin embargo, es en otra epístola que tenemos indicado especialmente el carácter de nuestras mutuas responsabilidades. Ya nos hemos referido a ellas cuando hemos hablado de la formación del cuerpo por el bautismo del Espíritu (v. 14); y, en segundo lugar, que, aunque hay muchos miembros, se trata de solo un Cuerpo. Por un lado, por tanto, debemos mantener la multiplicidad, la diversidad, de los miembros; y por otro, la unidad del todo. Luego él pasa a especificar la interconexión de los miembros, y sus consiguientes relaciones y responsabilidades.

Primero, cada miembro necesita a todos los otros miembros. «Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios», etc. (v. 21-22). Por ello, todos se necesitan unos a otros. Sabemos esto con respecto al cuerpo humano; porque si hemos sufrido la pérdida –incluso temporalmente– del más mínimo de nuestros miembros, ¡qué inconvenientes que surgen en el acto, afectando al bienestar de todo el cuerpo! De la misma manera el Espíritu de Dios quisiera que sintiéramos la necesidad de cada miembro del cuerpo de Cristo. Y este sentimiento debería gobernar nuestra actitud para con todos. No podemos ser independientes los unos de los otros; y el estado de la Iglesia en la actualidad es simplemente la consecuencia del descuido de esta verdad. Nuestro propio bienestar –el bienestar de todos– exige que todos reconozcamos nuestra necesidad mutua, en lugar de ¡ay! estar de acuerdo en muchas ocasiones en diferir y en separarnos unos de otros en pos de la paz. Lo que Dios ha unido –podemos decir esto con respecto al Cuerpo de Cristo– no lo separe el hombre; y no podemos jamás estar suficientemente agradecidos de que, aunque no sea mantenida externamente, su unidad no pueda ser destruida. Con todo, jamás debemos olvidar nuestra responsabilidad; y desde luego, deberíamos tener más poder en nuestros tratos con las almas que ignoran esta bendita verdad, si tratáramos con ellas con este espíritu anhelante por ellas, porque constituyen parte necesaria de la gloria de la Cabeza, en el mantenimiento de la unidad del Cuerpo en la tierra, y para la bendición de todos sus miembros. Lo mismo que los miembros de una familia que se duelen porque alguno de sus miembros se ha ausentado de su hogar, y no pueden sentirse felices hasta su regreso, también nosotros deberíamos sentirnos así cuando pensamos en tantos santos dispersos, y no atendiendo a su responsabilidad para con sus compañeros miembros del Cuerpo de Cristo.

Y obsérvese de manera distintiva que no son los dones lo que aquí se menciona, sino los miembros del Cuerpo. ¡Qué responsabilidad que tenemos todos, por insignificantes que podamos ser, o que otros consi­deren que somos! Yo, sea lo que sea, soy necesario para todos los santos. Cada uno me necesita a mí, y yo necesito al resto. Nuestras mismas necesidades, por no decir nada de la mente de Cristo, deberían por ello atraernos unos a otros, y estorbar de manera eficaz todas las divisiones sectarias que la voluntad del hombre y la malicia de Satanás han introducido en la Iglesia de Dios. ¡Ojalá que esta verdad quedara grabada en los corazones de todos los santos, y con tan gran poder que pudiera desenredarlos de todo lo que está tan opuesto a la voluntad del Señor, y traerlos juntamente sobre la base de la unidad del Cuerpo de Cristo!

En segundo lugar –y surgiendo de nuestras mutuas necesidades– debería haber un cuidado mutuo. El apóstol dice: «Y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos vestimos más dignamente; y a los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros» (v. 23-25). Aquí se ve con claridad que nuestra responsabilidad fluye de lo que Dios ha hecho. Él ha unido al Cuerpo, ajustándolo todo en sus diferentes partes para la ayuda mutua y bendición, y debemos actuar en la línea de su propósito para preservar aquello que él ha hecho, teniendo en ello su propia mente y comunión con sus propios pensamientos y objetivos. Él nos enseña nuestro deber en base de nuestros propios cuerpos, que son también obra de sus manos.

Todos nosotros damos mayor cuidado a nuestros miembros más débiles, y todos los recursos de los otros miembros van en ayuda de ellos. El cuidado de los más débiles es la preocupación de todos, y así debiera ser en la Iglesia de Dios. ¿No hay acaso el peligro de olvidar esta verdad, de cuidarnos principalmente de los miembros destacados del cuerpo –dones espléndidos– descuidando aquellos miembros del cuerpo que nosotros consideramos menos honrosos? Y desde luego no es un caso infrecuente que las iglesias que tienen los dones más distinguidos son las más débiles. Porque el peligro de ellas es la de perder su sentimiento de dependencia de la Cabeza, y también unos de otros, y de mirar demasiado al don o a los dones que atraen su admiración. Los dones pueden llegar a ser de esta manera una red para el pueblo del Señor, y siempre sucede así cuando adquieren una indebida prominencia, oscureciendo los principios de la Iglesia de Dios, o cuando en cualquier medida se interponen entre la Iglesia y el Señor. Pero si hemos ya aprendido la verdad en que se insiste aquí, que aquellos miembros del Cuerpo que parecen ser más débiles son necesarios, escaparemos entonces al peligro, y reconoceremos nuestra responsabilidad de ejercitar el mismo cuidado los unos por los otros.

Sería para provecho de todos si con frecuencia nos preguntáramos a nosotros mismos acerca de si estamos reconociendo de una manera real nuestro deber en este aspecto particular, si confesamos de manera práctica la responsabilidad de tener «el mismo cuidado» por todos los miembros del Cuerpo que conocemos. Muchos de nosotros tenemos una tendencia muy manifiesta a formar nuestros propios círculos dentro de la Iglesia de Dios, y es de temer que, en ocasiones, se trata de círculos de amistad más que de comunión espiritual. No se olvida que necesaria­mente los que estén más cercanos a Cristo se verán ellos necesariamente atraídos entre sí, y que los que están más alejados de Cristo también se atraerán entre sí. Es cierto. Pero la responsabilidad que aquí se expone es la basada en la común membresía en el Cuerpo, por lo que debo tener cuidado por mis compañeros de membresía simplemente por cuanto ellos son del Cuerpo.

Podríamos aprender esta lección de las relaciones familiares. Los padres tienen cuidado de sus hijos por cuanto son sus hijos, y no en absoluto porque concuerden con lo que ellos quisieran. Así, tenemos todos que tener el mismo cuidado unos por otros sobre la base de la común membresía en el Cuerpo. Por esto, también nuestra responsabilidad va mucho más allá de los que están reunidos sobre la base del Cuerpo. Desde luego, habrá muchas más frecuentes oportunidades para exhibir el cuidado hacia aquellos que están juntamente asociados, pero la deuda es para con todos, sea donde sea que se hallen; porque no debemos olvidar reivindicarlos como miembros de Cristo, incluso si ellos no nos reconocen como tales. En verdad, debemos expresar el corazón de Cristo, y en el mismo círculo; y sus afectos abrazan a todos los que son suyos.

Tenemos, finalmente, simpatías mutuas. «Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan» (v. 26). Padecer unos con otros tiene dos aspectos. De una manera, lo hacemos necesariamente: Así como, por ejemplo, todo nuestro cuerpo padece con el sufrimiento del mínimo de sus miembros, lo mismo en el Cuerpo de Cristo; si un miembro está sufriendo espiritualmente de tibieza, por haber recaído, o por haber caído en tentación, todos los miembros, aunque inconscientemente, serán afectados. El estado del todo es el estado de sus miembros individuales. Tomemos, por ejemplo, un lebrillo de agua caliente, y si se añaden solo dos gotas de agua fría, la temperatura del todo descenderá. Así es en la Iglesia. Que haya solo uno en la iglesia con el corazón frío, y el tono de la iglesia quedará afectado –todos padecerán con el miembro que padece.

Esto es cierto, pero aquí se trata más bien del sufrimiento activo, porque está conectado con la responsabilidad. Es lo que nos debemos unos a otros. ¡Y qué cosa más bendita –y demos gracias a Dios que su exhibición no es cosa rara– cuando la simpatía de la iglesia se extiende a uno de sus miembros sufrientes! ¡Y ver prácticamente como esta manifestación de simpatía con el sufrimiento liga entre sí los corazones de los miembros de Cristo! Ciertamente, esta es una de las más benditas presentaciones de lo que es el mismo Cristo, que no puede dejar de compadecerse de nuestras debilidades. Así, aprovechemos estas oportunidades, no solo reconociendo nuestra responsabilidad de sufrir con los que sufren, sino también con el propósito de exhibir la gracia de Cristo, que tomó sobre sí mismo nuestras enfermedades y llevó nuestros dolores.

El otro lado de esta responsabilidad: si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan, es más difícil. El caso que se supone es el de un miembro del cuerpo a quien el Señor le ha dado algún honor especial, dándole algún papel destacado, o usándole en el servicio de una manera notable. Cuando este sea el caso, se da por supuesto que todos los miembros se regocijarán en su exaltación, en el hecho de ser honrado, «glorificado». Digo que esto se da por supuesto; y la verdad es que, si se mantiene en la práctica la unidad del Cuerpo, habrá esta perfecta simpatía. Ello queda frecuentemente ejemplificado en una familia. Si uno de sus miembros recibe algún honor, o alguna marca especial de aprobación de parte del soberano, toda la familia se siente honrada, y se regocija con su distinguido miembro. Así debería ser en la Iglesia de Dios. Pero, ¿será exagerar si se dice que en la realidad la simpatía en esta dirección es más infrecuente que en el caso del dolor? Somos unas criaturas tan débiles que en lugar de regocijarnos con el hermano al que el Señor pueda haber señalado para honra, encontramos en esta decisión del Señor alimento para la envidia y los celos. Estos sentimientos no deberían ser ni siquiera nombrados entre los santos y, sin embargo, ¡ay!, no son infrecuentes.

Cada uno de nosotros necesita vigilarse a sí mismo, porque sabemos cómo es la carne –y esta sigue en nosotros– para juzgarnos a nosotros mismos sin contempla­ciones cuando fracasemos con respecto a esto. Y más aún, somos responsables de regocijarnos con el miembro que recibe la honra. El Señor cuenta de tal manera en la unidad de sentimiento que espera verla exhibida. Se puede citar a Juan el Bautista como una ilustración, aunque él no supiera nada acerca del Cuerpo de Cristo. «Rabí», le dijeron sus discípulos: «Mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él. Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:26-30). ¡Qué gracia más bendita y maravillosa –pensar en todo por Cristo y en nada por uno mismo, y entrar en su gozo, regocijándose a causa de este gozo suyo! Es precisamente este espíritu el que deberíamos abrigar; y es en la expresión del mismo que proclamamos que somos de Cristo, siguiendo por ello en el camino de la humildad y del abatimiento propio que siempre caracterizaron sus caminos mientras estuvo aquí en la tierra. Entonces no tendríamos dificultades en regocijarnos con la honra que reciba un miembro.

Todas estas responsabilidades –estas que hemos considerado– fluyen de que estamos unidos con Cristo, y de que le tenemos como nuestra Cabeza. ¡Que nos deleitemos más y más en la relación a la que, por la soberanía y gracia de Dios, hemos sido así introducidos! ¡Y que seamos hallados siempre reconociendo de una manera eficazmente práctica que somos a la vez miembros del Cuerpo de Cristo y miembros unos de otros, esforzándonos por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz!

Como miembros de su Cuerpo, conocemos a Cristo ahora como nuestra Cabeza. Pero él pronto volverá para recibirnos a sí mismo; y aquellos a los cuales él así reunirá consigo mismo, aquellos que han sido sus miembros sobre la tierra, constituirán entonces la Esposa, la Iglesia que él amó, y por la cuál se entregó a sí mismo, «para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni ninguna cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Efe. 5:25-27). Es de esta Iglesia que habla Juan cuando dice: «Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido» (Apoc. 21:2). Los mil años han pasado ya, y sigue teniendo la hermosura inmarcesible de la Esposa; porque en verdad ha sido revestida de la gloria de Dios (v. 11); y así, por la eternidad, será siempre la idónea compañera del Cordero. ¡Qué honra entonces ser miembros del Cuerpo de Cristo; y qué gracia sobrepujante que nos ha puesto en tal lugar de bendición! ¡Y con qué gratitud llena de adoración deberíamos reconocer ahora a Cristo como nuestra Cabeza!

13 - Cristo, nuestra Esperanza

Solamente una vez encontramos en las Escrituras la expresión «Cristo nuestra esperanza»: «Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza» (1 Tim. 1:1). Pero, aunque el término mismo no se repite, lo significado por este término se encuentra en casi cada libro del Nuevo Testamento, y en algunos libros aparece en casi cada página. Porque la característica de cada cristiano es que está esperando al Señor Jesús, que regresará, según su misma promesa, para recibirnos a sí mismo, para que donde él está estemos nosotros también (Juan 14:3). Por lo tanto, pertenece a nuestra posición, como habiendo sido dejados en este mundo, que estemos esperando a Cristo, por cuanto es en su venida que entraremos en los plenos frutos de nuestra redención. Porque es entonces que nuestros cuerpos serán también redimidos (Rom. 8:23): Él «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Fil. 3:20). Por ello se dice que somos salvos en esperanza (Rom. 8:24). Y ya ahora recibimos el fin de nuestra fe, la salvación de nuestras almas (1 Pe. 1:9); pero esperamos aquel momento en que nuestros cuerpos serán asimismo redimidos del poder de la muerte y del sepulcro; porque Dios nos ha predestinado a ser conformados a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8:29).

Por ello, pertenece a nuestra presente posición que estamos esperando la venida de nuestro Señor; porque es a su vuelta que tendrá lugar la consumación de nuestra bienaventuranza. Él es por ello nuestra Esperanza, porque es a él mismo a quien esperamos en relación con ella. Y no solo esto, sino que es a él mismo a quien esperamos, porque aquel que nos ha redimido es aquel en quien tenemos puestos nuestros corazones. Así, aparte de cualquier otra consideración, Cristo es nuestra Esperanza –Cristo en su venida– porque deseamos estar con el objeto de nuestros afectos. Así, somos llevados a la comunión con sus propios deseos; porque si le esperamos y deseamos estar con él, él espera el momento en el que los deseos de su corazón se cumplirán al tenernos consigo mismo (Juan 17:24).

Así, hallaremos que, durante su peregrinación con sus discípulos, él estuvo preparándolos continuada­mente, exhortándoles a que esperaran su regreso. A veces les presentó esta verdad –la esperanza de su venida– en relación con la responsabilidad que tenían como siervos. «Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así» (Mat. 24:46); y otra vez: «Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando» (Lucas 12:35-37). A veces les presentó su venida como introduciendo en la plenitud de bendición a los que le esperaban, trayéndolos a su propia presencia para estar para siempre con él. Por ejemplo, en la Escritura a la que ya se ha hecho referencia, cuando sus discípulos estaban embargados de dolor ante la perspectiva de su inminente partida, les dice: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:1-3). El Señor no solo se presenta aquí a sus dolientes discípulos como el objeto de su fe en su ausencia de ellos, y como aquel que partía en interés de ellos, para prepararles lugar, sino también como el objeto de la esperanza de ellos, de que volvería para recibirlos a sí.

Y con esto está en total acuerdo la enseñanza de las epístolas. El apóstol dice de los tesalonicenses que ellos se habían convertido «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo» (1 Tes. 1:9-10). Este pasaje es de enorme importancia, por cuanto muestra, más allá de toda duda, que la venida de Cristo no era una verdad avanzada impartida a unos pocos de los espirituales, ni una doctrina peculiar adoptada por una clase, sino una parte esencial del cristianismo de estos primeros creyentes. Será bueno también observar que esta era la primera epístola de Pablo, y que fue escrita por ello a creyentes muy jóvenes; y es a estos a los que les recuerda que, por su conversión, fueron no solo llevados a Dios, etc., sino que también fueron llevados al terreno de esperar al Hijo de Dios. Su venida era la esperanza de ellos.

Se podría aducir evidencias del mismo carácter en base de casi cualquier epístola. Serán suficientes unas pocas citas. Escribiendo a los corintios, el apóstol les dice: «De tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1:7); a los filipenses: «Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo», etc. (3:20). Santiago nos dice también: «Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor» (5:7); y en el último capítulo del canon inspirado, el mismo bendito Señor anuncia tres veces su pronto regreso (Apoc. 22:7, 12, 20). Pero fue Pablo quien recibió de manera especial la comisión de revelar esta verdad en su carácter específico como la esperanza de la Iglesia; y lo hace con precisión y plenitud en su primera Epístola a los Tesalonicenses. Dice: «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron con él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arreba­tados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1 Tes. 4:13-18). Dos cosas quedan claras en base de esta escritura: Primero, que el Señor volverá para sus santos, tanto los que han dormido como los que puedan estar vivos en aquel tiempo en la tierra antes de su venida. Y segundo, que cuando él venga de vuelta a la tierra, sus santos estarán con él (véase también Col. 3:4).

Hay otra clase de pasajes que hablan de nuestra expectativa y espera de la manifestación más que de la venida de Cristo. Ya se ha citado uno de estos (1 Cor. 1:7). Añadimos otro: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaven­turada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo», etc. (Tito 2:11-13). Hay una razón para esto. Se verá que siempre que los creyentes son contemplados como bajo responsabilidad sobre la tierra –como, por ejemplo, en el servicio– la meta es «la manifestación» (o la aparición) más que la «venida». Así, Pablo le dice a Timoteo: «Que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tim. 6:14). Algunos han concluido, en base de este y otros pasajes similares, que la Iglesia será dejada aquí abajo hasta la aparición, y que tendrá que pasar a través de la amarga tribulación a la que se refiere nuestro Señor en Mateo 24. Pero esto está totalmente equivocado, como se ve, en verdad, en base del ya citado pasaje de 1 Tesalonicenses 4:13-18.

El hecho es que la aparición es mencionada en el contexto de la responsabilidad, por cuanto la tierra ha sido la escena del servicio, y la tierra será también testigo de la manifestación de la recompensa. Por ello en 2 Tesalonicenses, después que el apóstol ha exhibido la esperanza apropiada de la Iglesia en la venida de Cristo, al escribir a los mismos santos, y hablar de su paciencia y fe en todas sus persecuciones y tribulaciones que estaban soportando, les señala a la época en que ellos reposarían, «cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron» (2 Tes. 1:7-10). Esto no es en absoluto inconsecuente con la verdad de la venida del Señor a por sus santos como el objeto idóneo de nuestra esperanza, sino más bien complementario de ello.

Puede que esto se haga más evidente, si es posible, si mostramos que no hay nada, por lo que las Escrituras revelan, que se interponga entre nosotros y el regreso del Señor: que él puede volver en cualquier momento para recibir a su pueblo que le espera. Si en realidad hubiera un solo acontecimiento que debiera interponerse necesariamente, sabiéndolo nosotros, entre nosotros y su regreso, no sería nuestra esperanza inmediata su regreso. En este caso, esperaríamos primero el acontecimiento o aconteci­mientos que estuvieran predichos, y después de ello podríamos esperar la venida del Señor. Dos o tres pasajes de la Escritura nos mostrarán que nuestro privilegio es el de esperar el regreso del Señor en cualquier momento.

Después de la resurrección de nuestro Señor, y antes de su ascensión, en una de sus entrevistas con sus discípulos, Pedro le dijo, con respecto al discípulo a quien Jesús amaba: «Señor, ¿y qué de este? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú» (Juan 21:21-22). Ahora bien, sin detenernos a entrar en el especial sentido de estas palabras en su aplicación a Juan, está evidente ya de entrada que, si hubiera habido de necesidad un largo período intercalado entre la partida del Señor y su regreso, hecho necesario con el fin de que se cum­plieran unos acontecimientos terrenales, estas palabras no habrían podido ser pronunciadas. Una vez más, en la Epístola a los Corintios, cuando estaba tratando de la resurrección del Cuerpo, el apóstol dice: «No todos dormiremos; pero todos seremos transfor­mados», etc.; asimismo, en el pasaje de Tesalonicenses acerca del que ya hemos hablado, dice él: «Luego nosotros los que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor…» Se ha gastado una gran cantidad de ingenio acerca de estos pasajes de las Escrituras para destruir su evidente enseñanza: que Pablo no sabía de nada que cerrara el paso al regreso del Señor en el curso de su propia vida. Si él hubiera sabido de un largo curso de eventos proféticos y de juicios terrenales que debían cumplirse primero, no habría podido ponerse él, como lo hace con la palabra «nosotros», entre los que pudieran ser los que jamás murieran.

Pero se objeta que nuestro mismo Señor preparó las mentes de sus discípulos, en otras escrituras, a que esperaran un largo curso de acontecimientos antes de su regreso; y Mateo 24 es libremente empleado por los que quisieran oscurecer la esperanza de la Iglesia. ¿Qué es, pues, lo que encontramos allí? Después de describir un tiempo de especial tribulación, el Señor habla así: «E inmediatamente después de la tribula­ción de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mat. 24:29-31). Ahora bien, se concede libremente que, si esta es una descripción del regreso del Señor por la Iglesia, puede ser que tiene que transcurrir todavía un largo intervalo. Pero, ¿está hablando de la Iglesia, este pasaje? Hay varias razones en el mismo capítulo que impiden llegar a esta conclusión. En el versículo quince el Señor da una señal: «Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda)», etc. Esta señal, como lo tienen que confesar todos los que se tomen el trabajo de leer la predicción de Daniel, se refiere exclusivamente a un templo (que ha de ser reconstruido en el futuro) en Jerusalén. Una vez más, nuestro Señor les apremia a orar para que su huida «no sea en invierno, ni en día de reposo, oración esta que difícilmente podría ser ofrecida por un cristiano, por cuanto el sábado –el día séptimo, y no otro– le es para él como cualquier otro día de la semana. Si, además, alguno viniera, según el versículo veintitrés, y le dijera a un creyente: «Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está», ¿cómo podrían engañarlo? ¿No sería su respuesta: «Cristo está a la diestra de Dios»? Pero no podría haber nada mejor calculado para engañar a un judío, esperando anhelante la venida del Mesías.

La verdad es que es innegable que todo este capítulo es de aplicación a los judíos, que estarán, en la época mencionada, en Jerusalén y Judea. Y esto se puede exponer de una manera aún más convincente. Examinemos el orden de los acontecimientos detallados en el pasaje citado. Después de la tribulación, el sol es oscurecido, etc., y entonces aparece la señal del Hijo del hombre en el cielo, y entonces se lamentan todas las tribus de la tierra, y entonces verán al Hijo del hombre viniendo, etc., y no es sino hasta después de esto que envía a sus ángeles con gran toque de trompeta para recoger a sus escogidos, etc. De manera que, si esto se aplica a la Iglesia, la Iglesia no es recogida hasta después de la manifestación. Pero, ¿qué dice Pablo? «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). Ambas escrituras no pueden por tanto aplicarse a lo mismo, o serían mutuamente contradictorias. Así, por cuanto la escritura en Mateo 24 difiere de la de Colosenses 3, es evidente que la primera no es de aplicación a la Iglesia. En realidad, la aplicación es al remanente escogido de entre los judíos, que serán reunidos en la forma descrita en Mateo 24, cuando el Hijo del hombre venga en su gloria.

En Apocalipsis 19 encontraremos una evidencia corroborativa. «Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS» (v. 11-13). Esta es una descripción de la venida del Señor Jesús en juicio, como lo muestra la secuela; en otras palabras: de su manifestación. Es en este tiempo que él vuelve con sus santos. Que la Palabra hable por sí misma. «Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos» (v. 14). ¿Quiénes son estos? Su vestimenta es distintiva, y da la respuesta: «Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas [ta dikaiömata] de los santos» (v. 7-8). Por ello, los ejércitos que siguen montados en caballos blancos son santos; pero si son santos, deben haber estado con Cristo antes que él salga para juicio en su manifestación. Esto concuerda con la declaración de Pablo: «Cuando Cristo, vuestra vida, se mani­fieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4).

Así, está bien claro que el Señor regresa a por su pueblo antes de aparecer en juicio, y por lo tanto que no hay acontecimientos que necesariamente se interpongan entre nosotros y la venida del Señor. Esto podría deducirse en verdad de las mismas palabras del Señor: «Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana»; porque la estrella de esperanza que arde en el cielo es heraldo y precursor del día que se avecina, la estrella a la que nos volvemos en las horas más oscuras de la tierra con la anhelante expectativa de que seremos pronto arrebatados y asociados con él en todos sus celestiales esplendores. «El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve». Felices los que de todo corazón puedan responder: «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apoc. 22:20).

Esta es la enseñanza de la Palabra de Dios, y muchos profesan recibirla y mantenerla. Pero una cosa es mantener la doctrina, y otra muy distinta vivir en su poder, ser poseídos y moldeados por la verdad que se expresa en la misma. Mantener la doctrina de que el Señor está cerca, y vivir como si esta escena fuera nuestro hogar, absorbernos en sus ansiedades, actividades o placeres, o asociarnos con cosas no consecuentes con aquel a quien profesamos esperar, es negar en la práctica nuestra esperanza, e incluso volver la gracia de Dios en una ocasión para la libertad de la propia voluntariedad y de agradar al yo. Así, a todos los que creen que el Señor está cerca les conviene, a la luz de la Palabra, examinarse a sí mismos, sus corazones y sus caminos, para que puedan ser traídos a un estado conforme a su expectativa, ajustado a la presencia de aquel a quien tan pronto esperamos ver cara a cara, y con quien esperamos estar para siempre. Por ello, examinemos unos pocos ejemplos del efecto que esta bienaven­turada esperanza debería producir de una manera práctica sobre nuestra conducta y sobre nuestros caminos.

La parábola de las diez vírgenes (Mat. 25) nos muestra que, sea cual sea nuestra profesión, no estamos preparados para encontrarnos con el Señor a no ser que tengamos «aceite» en nuestras lámparas; y el efecto del clamor: «¡Aquí viene el esposo!» fue el de despertar tanto a las prudentes como a las insensatas a su condición y necesidad. Pero todos comprenderán que nadie sino los nacidos de nuevo por la Palabra y por el poder del Espíritu Santo pueden estar preparados para la venida del Señor. Hubo algo más. El grito era: «¡Salid a recibirle!» Con esto se corresponde otra escritura. Juan, después de revelarnos que cuando Cristo se manifieste nosotros seremos como él, porque le veremos como él es, añade: «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él [en Cristo], se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3:2-3). Así, el efecto de la expectativa de Cristo, cuando se mantenga en poder viviente, será estar separado, y producir en nosotros una separación en constante aumento. Así, con él mismo delante de nuestras almas, y esperándole cada momento, nuestro deseo será estar apartado de todo lo que no le complazca a sus ojos, y de estar poseído de todo aquello que deleite a su mirada. Por ello podemos medir la realidad e intensidad de nuestra esperanza por el poder separador que ejerza sobre nuestros corazones y vidas. ¿Cómo será posible, realmente, adherirnos a ninguna cosa, por inocente incluso que sea por sí misma, si no es claramente para Cristo, si estamos esperando en todo momento ver su rostro? No: si le esperamos a él, nuestro objetivo será ser hallados tal como él quisiera que fuéramos, de manera que, destetados de todo objeto terrenal que pudiera ligar nuestro corazón a la escena a través de la que estamos pasando, no tengamos nada que dejar atrás más que el mismo desierto, cuando él descienda del cielo con un gran clamor, y con voz de arcángel, y con la trompeta de Dios.

También nos será de ayuda para mantener nuestras lámparas dispuestas y ardiendo. Las diez vírgenes se habían dormido, y cuando se levantaron de su infiel sueño, su primera ansiedad fue sus lámparas. «Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas» (v. 7). Habían sido des­cuidadas acerca de esto antes, pero en el momento en que oyen el clamor, «Salid a recibirle», se vuelven para ver si podían preparar sus lámparas a tiempo para salir a su encuentro. Pero las lámparas debían haber estado listas y ardiendo a lo largo de toda la oscuridad de la noche; y si realmente hubieran estado esperando al esposo, no habría podido ser de otra manera. ¿Y cómo nos va a nosotros que ahora profesamos estar esperando al Señor? ¿Están ardiendo nuestras lámparas –ardiendo estables y resplandecientes a través de las tinieblas que nos rodean? La luz es Cristo. ¿Lo estamos reflejando a él? «Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa» (Mat. 5:14-15). De la misma manera, si, por la gracia de Dios, Cristo está en nosotros, es para que sea exhibido. «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación [pros phötis­mon] del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Cor. 4:6).

Pablo aplica esta verdad de muchas maneras. «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos», etc. (Fil. 4:5-6). Él quería que estuviéramos sin cuidados ante la perspectiva de su venida. Emplea la misma verdad para consolar los corazones de los que se duelen en el pasaje ya expuesto (1 Tes. 4). Y ¿qué puede consolar el corazón de una persona enlutada como la expectativa de Cristo? Porque incluso mientras los cuerpos de nuestros seres amados están yaciendo en la casa, o de camino al cementerio, tenemos derecho a la esperanza de que el Señor puede volver. Y que entonces, levantados de su sueño de la muerte, y nosotros mismos cambiados, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire; y así estaremos para siempre con el Señor.

El apóstol Santiago nos exhorta a la paciencia sobre la misma base. «Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca» (Sant. 5:7, 7). Así, la perspectiva del regreso del Señor es un antídoto para la fatiga, para las pruebas y para las dificultades del peregrinaje por el desierto.

El mismo Señor emplea de continuo la incerti­dumbre acerca del tiempo de su regreso como incentivo para la fidelidad. Cuando él se representa a sí mismo en la parábola como partiendo para recibir un reino y volver, y entrega las «minas» a los siervos, su palabra es: «Negociad entre tanto que vengo» (Lucas 19:12-13). Y dice también: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo, que sobre todos sus bienes le pondrá. Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que este no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes» (Mat. 24:45-51).

Estas son solo unas muestras de los usos prácticos de la verdad de la venida de Cristo por su pueblo. Un examen de todos los pasajes que tratan del tema, mostrarán que está entrelazado con cada detalle de la vida y del caminar cristiano. Por ello, ignorarlo es perder uno de los más poderosos motivos para la santidad que se nos da en las Escrituras. Más que esto: es, como ya se ha observado, una parte integral del cristianismo; y por ello el cristiano que no ha recibido la verdad de la venida del Señor es desconocedor del carácter del lugar al que es traído, así como de la plenitud de la gracia de Dios. ¿Es tu esperanza, querido lector, la venida de Cristo –Cristo mismo en su venida? ¿Puede haber ninguna expectativa tan llena de gozo para el creyente? ¡Ver el rostro de aquel a quien amamos sin haber visto! ¡Ser semejantes a él, y estar para siempre con él! Ciertamente que, si nuestros corazones responden en una medida, por débil que sea, a lo que él es para nosotros, y a su amor, deberemos anhelar el momento en que él entrará en el disfrute de su propio gozo al recibirnos, a los suyos, a sí mismo, y cuando nuestro gozo quedará consumado en la posesión eterna del objeto de nuestros afectos.

¡Quiera el Señor traer a muchos más de sus amados santos al conocimiento de esta verdad, y capacitar a los que por su gracia le esperan para que mantengan la verdad en un poder vital –caminando bajo su influencia plenamente separadora, a cada paso en su senda a través del desierto!

Traducción del Inglés: Santiago Escuain


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