Oración de Jabes - 1 Crónicas 4:9-10

Oraciones según la voluntad de Dios - Las respuestas de Dios a las oraciones


person Autor: Pierre COMBE 14

flag Tema: Oración


1 - Jabes –El dolor de la condición humana

Este Jabes es un hombre muy poco conocido, solo dos pasajes mencionan este nombre (1 Cr. 2:55 y 4:9-10), pero de estas pocas palabras solo podemos sacar estímulo y provecho.

Jabes era un hombre que había sido más honrado que sus hermanos. ¿Cuál fue la razón de esto? El resto de nuestro pasaje nos hace entender esto. Este hombre era consciente de que estaba de alguna manera señalado, por no decir imbuido, con el significado de su nombre: «Dolor». ¿No es esta la condición que está unida a nuestro ser natural, lo que hemos heredado como hombre? Todo hombre hereda una naturaleza pecaminosa que, cuando se manifiesta, solo puede generar dolor.

2 - Las cuatro peticiones de Jabes

Pero lo que nos llama la atención y nos anima es el atrevido deseo de este hombre expresado en su oración: «¡Oh! si me colmares de bendiciones, y ensanchares mi término, y que tu mano esté conmigo, y que me guardes del mal». Cuatro peticiones, y peticiones que van lejos. Aquel que está marcado por el dolor, casi se podría decir destinado al dolor en el nivel natural, está pidiendo cuatro cosas de valor; quiere ser bendecido, y no solo bendecido, sino bendecido en abundancia. ¡Qué deseo digno de meditación!

3 - Si me colmares de bendiciones

3.1 - Condiciones para la bendición

Por supuesto, todos buscamos, todos deseamos ser bendecidos incluso en abundancia; pero para que Dios pueda bendecir, nuestra condición debe permitirlo. Dios no bendice en cualquiera condición. No podemos, por supuesto, ordenarle que nos bendiga. A veces decimos: «bendícenos»; por supuesto, es un deseo loable y de acuerdo con el deseo que Dios mismo alimenta para los suyos. Pero pidamos también, y pidámosle mucho, que nos mantenga en una disposición que no obstaculice su bendición, o que produzca tal disposición si aún no existe.

Se complace en bendecir, dice un cántico. Se deleita en bendecir, desea bendecir. Y lo desea incluso cuando hace pasar por el dolor, por la prueba, por circunstancias dolorosas, como lo hizo con su pueblo terrenal. Ahora, ¿cuál era su propósito? Hacer el bien al final (Deut. 8:16), bendecir. Y he aquí que este hombre pide ser bendecido abundantemente. Dios quiera que esto sea el deseo de nuestros corazones, y que en su misericordia, en su bondad, en sus recursos, el Señor responda, para que estemos en una condición que no constituya un obstáculo para la bendición. No olvidemos que solo puede bendecir lo que aprueba.

3.2 - Discernir y disfrutar de las bendiciones que aún están aseguradas

Según nuestra posición en Cristo, nos dice la Epístola a los Efesios, somos bendecidos con toda bendición en los lugares celestiales en Cristo. Pero esto tiene que ver con lo que somos en cuanto a la nueva naturaleza en Cristo ante Dios. Esta plenitud de bendición nos está asegurada, así como nuestra posición nos está asegurada. No tenemos que obrar para tenerla; es adquirida una vez por todas, y gracias a Dios, no depende de nosotros, ni de lo que somos en Cristo. Somos hechos perfectos, agradables en el Amado; es una condición digna de alabanza e inalterable. También es inmejorable, ya que lo que es perfecto no puede ser mejorado. Pero lo que nos tranquiliza es que esta condición no puede ser alterada. Como redimidos del Señor, vestidos con Cristo, recibidos y vistos como él de un Dios santo, aceptados en él, siendo él mismo la medida de nuestra aceptación ante Dios, somos bendecidos con todas las bendiciones, –no en cuanto a la tierra, sino con las bendiciones espirituales que tienen su fuente y seguridad en él. Que él nos dé a discernirlos. Es en la medida en que los discernamos, que los disfrutaremos (un disfrute práctico, por supuesto).

La bendición deseada, que el Señor solo desea esparcir, está condicionada por nuestro estado. Esta es la razón por la que leemos tantas veces «si anduvieres». De hecho, Dios se lo dice más de una vez a Salomón: «si anduvieres». Quiere bendecir «si anduvieres en mis caminos», es decir, en condiciones que están relacionadas y de acuerdo con las relaciones en las que la gracia te ha introducido.

4 - Diferencia entre Jacob y Jabes

4.1 - El pacto de Jacob con Dios

Ser bendecido en abundancia: ¡Qué diferencia de nobleza con Jacob! Este último exigía exactamente lo contrario. En Génesis 28:20-21, leemos: «Y Jacob hizo voto, diciendo: Si estuviere Dios conmigo, y me guardare en este camino en que ando, y me diere pan que comer y ropa que vestir, de modo que yo vuelva en paz a la casa de mi padre, entonces Jehová será mi Dios». ¡Qué contraste! Jacob era un hombre que tenía mucho que ver con la carne; luchó contra ella hasta el final; y aquí está este suplantador, que siempre buscaba el aumento de los bienes terrenales, –comienza a hacer un trato con Dios: “Si me bendices, si me concedes todo lo que te pido, entonces serás mi Dios”. ¿Se le pueden poner condiciones a Dios? Si, por un lado, el plan de amor hacia Jacob era en verdad bendecirlo, y bendecirlo a pesar de lo que era prácticamente, sabemos, sin embargo, a qué dura escuela fue sometido.

4.2 - El deseo de Jabes –su aplicación a nosotros

¡Qué diferencia con este Jabes, que simplemente pide ser bendecido abundantemente, y que sus límites se extiendan! Es bien sabido que no estamos hablando aquí de límites geográficos, de posesiones materiales. Esto es lo que Jacob estaba buscando. ¡Cuánto esfuerzo se gastó, cuánto esfuerzo supremo para adquirir por su mano, por su trabajo, por su misma servidumbre! Pero aquí Jabes pide que se amplíen sus límites. En el nivel espiritual, ¿es este nuestro deseo? Lo debemos desear, en cualquier caso. Tenemos una heredad que no está circunscrita como la de Israel, que no es ni terrestre ni geográfica; nuestra heredad es inalterable, ilimitada, celestial, y como tal, nada puede dañarla. Israel, habiendo entrado en la tierra prometida, debía luchar y desposeer una tierra ocupada, pero esta tierra le fue dada para que entrara en su disfrute. En esto hay una gran similitud con lo que nos concierne porque nosotros también estamos en el desierto de este mundo. No pensemos que Canaán es la imagen del cielo –¡En absoluto! ¡Gracias a Dios no vamos al cielo para encontrar una zona ocupada por enemigos, un lugar donde tenemos que luchar! Canaán es la imagen de las bendiciones que Dios da al creyente, y que él disfruta, a través de una lucha permanente en la tierra. Se necesitaba energía para entrar en posesión de una tierra dada, pero ocupada por otros; se necesitaba desposeer al enemigo, y eso no es fácil.

4.3 - Decadencia

Israel demostró un celo inicial, pero al principio del Libro de los Jueces leemos esta frase repetitiva como el toque de queda: «no desposeyeron», «no desposeyeron». Todos pueden leer al principio del Libro de los Jueces la progresión del enemigo: quiso volver al país, luego entró en el país, luego se estableció en el país, luego mandó en el país de Canaán, y finalmente echó a los israelitas de su tierra. Leemos toda esta progresión al principio del Libro de los Jueces, «no desposeyeron». Al final del servicio de Josué, un servicio tan maravilloso, donde gastó tanta energía durante toda su vida para que el pueblo tomara posesión del país, ¿qué se nos dice? Todavía había un gran país por poseer.

4.4 - Que el Señor tenga la preeminencia en todas las cosas

Es lo mismo para nosotros: tenemos una heredad que nos ha sido dada, y si no es la heredad la que está ocupada, es en cualquier caso el lugar de nuestro corazón el que está ocupado. Para que el enemigo sea expulsado del terreno de nuestros corazones y que el lugar que se le ha dado al Señor sea el primero, necesitamos esta energía espiritual que solo puede ser producida por el aprecio de lo que se nos da. Debe tener la preeminencia en todas las cosas. No se dice, no se pide mientras estamos aquí abajo, que Él tenga todo el espacio: este día llegará, lo estamos esperando. Pero por el momento, el Señor lo sabe, tenemos una vida que llevar en la tierra, obligaciones que cumplir, tareas que afrontar, y es normal que se cumplan en dependencia del Señor, buscando la medida que deben tomar en nuestras vidas.

4.5 - Tengamos el deseo de ensanchar nuestros términos

Dios quiera que se produzca en nuestros corazones el deseo que nuestros límites espirituales se extiendan, el deseo de poseer el país espiritual, una tierra dada, más precisamente una heredad inalterable y espiritual, que se nos da por completo. Dios quiera que seamos animados de este deseo de entrar en el disfrute de las bendiciones con las que estamos bendecidos. Así que si la prioridad, si la energía espiritual está activa para guiar, hará que nuestras elecciones sean mucho más fáciles y sabremos a qué dar prioridad.

5 - Si ensanchares mi término, y que tu mano esté conmigo

«Si ensanchares mi término, y que tu mano esté conmigo». Su mano con nosotros: qué deseo tan feliz y loable, porque sabemos que, durante nuestra estancia en la tierra, somos objeto de la actividad de dos manos: leamos sobre esto en Esdras 8.

5.1 - Esdras 8, dos manos en actividad para y contra el pueblo

En Esdras 8, había una pequeña congregación, de menos de 2.000 personas, que regresaba a Jerusalén bajo el liderazgo de Esdras, muchas décadas después del primer regreso al país, en la época de Ciro y bajo el liderazgo de Zorobabel. El segundo convoy sube de nuevo, cargado de bienes preciosos; se cuenta todo, y se les confía los vasos de oro y de plata que deben ser transportados a Jerusalén donde deberán depositarlos y donde todo será contado de nuevo. Antes de partir, este hombre tan espiritual, Esdras, se detuvo en el río Ahava para humillarse, en primer lugar, porque apenas había levitas, unos pocos (38), y para pedir la ayuda divina, que sentía que se necesitaba urgentemente, sobre todo porque no había querido recurrir a las fuerzas humanas, es decir, a la caballería del rey. El versículo 31 al 33 dice: «Enseguida levantamos el campamento, partiendo del río Ahava el día doce del mes primero, para ir a Jerusalén: y la mano de nuestro Dios estaba con nosotros, y nos libró de la mano del enemigo, y de quien asechaba en el camino. Llegamos pues a Jerusalén, y descansamos allí tres días. Y el día cuarto fueron pesados la plata y el oro, y los vasos en la Casa de Jehová nuestro Dios».

Este pasaje subraya esta realidad de las dos manos en actividad.

5.2 - La mano del enemigo

Está la mano del enemigo, que solo busca detener en el camino hacia Jerusalén (para nosotros es la nueva Jerusalén). Caminamos en este mundo, hacia una meta gloriosa, y a cada paso el enemigo busca poner obstáculos. ¡Ah, si pudiera detenernos, impedirnos entrar! ¿No lo hizo dos veces en relación con el pueblo terrenal de Dios, en cuanto a su introducción en Canaán? Apela a la incredulidad, que ha despertado en el corazón. El enemigo tiene aún menos dificultades para excitarlo ya que nuestro corazón natural tiene como «primera virtud», si podemos expresarlo así, ser incrédulo. El enemigo ha producido la incredulidad y el efecto es que «no pudieron entrar a causa de su incredulidad» (Hebr. 3:19). Cuando están a las puertas del país, el enemigo hace intervenir la maldición sobre el pueblo a través de Balaam. El enemigo ve muy bien nuestros defectos, y siempre busca colocarlos ante Dios para apelar al juicio; esto es lo que hizo con Josué (Zac. 3). Entre estas dos manos activas, entonces, está la mano del enemigo, que solo busca obstaculizar nuestra marcha, impedirnos alcanzar nuestro objetivo, ¡aunque solo sea porque somos portadores de valores mucho más preciosos que los vasos de oro y plata!

5.3 - El tribunal de Cristo –Todo se cuenta al final del viaje

Hay que señalar de paso que todo lo que se confió a estos hombres fue contado al principio; todo fue registrado. Son responsables de velar, y conocemos la exhortación del profeta Isaías: «Sed limpios, los que lleváis los vasos de Jehová» (52:11).

Por nuestra parte, somos portadores a los que la gracia divina ha confiado valores que son en sí mismos inalterables, pero de los que somos responsables. Tendremos que dar cuenta de lo que se nos ha confiado, según la conocida parábola de los talentos. No pensemos que podemos hacer cualquier uso, más o menos provechoso, de todas las bendiciones que nos han sido otorgadas. Ciertamente, la bendición será a causa de nuestra fidelidad, pero no olvidemos que tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, –no para ser juzgados, sino en cuanto a las apreciaciones celestiales, para hacernos saber el aprecio del Señor por nosotros mientras caminamos en la tierra. Podemos estar sorprendidos, que una vez que hemos sido liberados de nuestras limitaciones humanas, una vez introducidos en la presencia del Señor, en un lugar donde la responsabilidad ya no está comprometida, donde ya no hay peligro de contaminación, donde hemos terminado con el primer hombre, donde somos hechos semejantes al Señor en un gozo inalterable, ¡entonces deberemos comparecer! Y esto, para ver una retrospectiva dada por el mismo Señor en cuanto a nuestra vida, según lo que hemos hecho, ya sea bueno o malo; no habrá condenación, pero podemos experimentar una pérdida, una pérdida de recompensa. Será como con aquellos hombres de Esdras 8, que llevaban los vasos de oro y de plata, de los que tenían que dar cuenta, a los que tenían que velar, sobre los que tenían que velar muy atentamente; y cuando llegaron a Jerusalén, todo era contado.

5.4 - La mano de Dios

Pero si había existido la mano del enemigo deseando robarles estos valores, y obstaculizarles el camino, y si era posible evitar que llegaran a tiempo, había otra mano: «la mano de nuestro Dios estaba con nosotros». Fue en virtud de la poderosa y constante actividad de la mano de nuestro Dios que llegaron al destino que tenían ante ellos. Nosotros mismos hacemos la experiencia esta doble actividad –una que busca la pérdida de las bendiciones, de la fidelidad, que busca obstaculizarnos, avergonzarnos y hacernos perder lo que se nos ha confiado (no la vida, sino al menos el disfrute)–, pero estamos seguros de que la mano del Señor está con nosotros. «Nadie las arrebatará de mi mano», dijo el Señor: ¿quién podría quitarnos? «Nadie las arrebatará de mi mano», como las piedras colocadas en el pectoral, donde nadie más que Dios podía colocarlas, y de donde tampoco nadie podía quitarlas. Es esta mano la que prevalece, y es en virtud de esta mano activa de nuestro Dios que llegamos, a pesar de la mano activa del enemigo que busca obstaculizarnos.

6 - Y que me guardes del mal

Así que esta es la continuación de la petición de Jabes, su cuarto punto: «Que tu mano esté conmigo, y que me guardes del mal» –a salvo del mal que solo puede traer desgracia, por supuesto. ¡Para estar a salvo del mal! ¡Es exigente, Jabes! Pero es un hombre que tiene un profundo deseo de disfrutar de la bendición divina, y de ser protegido de todo lo que podría empañar este disfrute. Pero ¿cómo estar a salvo del mal? Es bajo la mano de su Dios que Jabes quisiera estar a salvo «del mal».

En su oración a su Dios en Juan 17, ¿qué pide el Señor para nosotros, entre otras cosas? «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno». El mal nos rodea, el mal nos asalta; la carne dentro de nosotros lo busca; la carne nunca sufre al hacer el mal, lo disfruta. Nuestro privilegio es tener los recursos, y nuestro deber es no satisfacer las aspiraciones de la carne.

«Que me guardes del mal»… En cierto modo, Jabes se da cuenta muy bien de que, él mismo, no tiene la fuerza. No va a decir: “en cuarto lugar, como resultado de las tres primeras peticiones, estaré al abrigo del mal”; sino que dice: «que me guardes del mal» para que este mal no sea un obstáculo para el goce de la intimidad de mi alma, de mi vida contigo.

7 - Conclusión

Cuatro peticiones: podemos desear que también estén presentes en nuestros corazones, y que sean objeto de nuestras oraciones.

8 - Las respuestas de Dios a las oraciones

Uno entiende la respuesta divina, la respuesta que sigue inmediatamente: «y le otorgó Dios lo que había pedido». De hecho, si pedimos de acuerdo con su voluntad, Él nos responderá.

Cuando se pide lo que es espiritualmente beneficioso, no para la satisfacción humana para la tierra, Dios responde. Hay muchas exhortaciones en las epístolas sobre la naturaleza de nuestras peticiones. Por ejemplo, Efesios 3:19-21: «Conocer el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento; para que seáis llenos hasta toda la plenitud de Dios. ¡Y al que es poderoso para hacer infinitamente más de todo lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos!». El deseo del apóstol era que sus lectores estuviesen llenos hasta la plenitud de Dios. Se puede decir que Jabes, en la medida en que se reveló en su tiempo, pidió esto, a saber, ser llenado con toda la plenitud de Dios, con todo lo que viene solo de Dios. Pero a este deseo del apóstol, Efesios 3 añade algo muy reconfortante cuando nos dice: «Y al que es poderoso para hacer infinitamente más de todo lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros». Sí, Él puede hacer mucho más.

8.1 - La oración de Salomón

En muchos casos en la Palabra vemos que Dios ha respondido más allá de las oraciones.

Pensamos en la oración de Salomón en 1 Reyes 3. Salomón era joven y el trono estaba destinado a él. En 3:5-14 leemos: «En Gabaón Jehová apareció a Salomón en sueños de la noche; y le dijo Dios: Pide lo que te he de dar. A lo que respondió Salomón: Tú has hecho para con tu siervo David, mi padre, gran merced, así como él anduvo delante de tu rostro con fidelidad y en justicia, y en rectitud de corazón para contigo; y le has guardado esta gran merced de darle un hijo que se siente sobre su trono, como parece hoy. Ahora pues, oh Jehová, Dios mío, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre; y yo soy un niño pequeño, y no sé cómo me debo conducir. Y con todo tu siervo está en medio de tu pueblo que has escogido, pueblo grande, que no se puede numerar ni contar por la muchedumbre de él. Da pues a tu siervo un corazón inteligente, para juzgar a tu pueblo, para poder distinguir entre el bien y el mal; porque ¿quién es capaz de juzgar este tu pueblo tan grande? Y esta petición agradó al Señor, por haber pedido Salomón semejante cosa. De manera, que le dijo Dios: Por cuanto has pedido esto, y no pediste para ti mismo larga vida, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la muerte de tus enemigos; sino que has pedido para ti mismo inteligencia para entender juicio; he aquí que hago según tu palabra; he aquí que te doy un corazón tan sabio y entendido, que no haya habido otro como tú antes de ti, ni después de ti se levantará tu igual. Y además, lo que no pediste te lo doy, así riqueza como gloria, tales, que no haya entre los reyes ninguno como tú en todos tus días. Y si anduvieres en mis caminos…». Qué hermosa primavera este comienzo de la vida del rey, el pacífico, objeto de privilegios particulares, hijo de Betsabé, sucesor en el trono del grato salmista. Accederá a este trono, sin interregno. Estos dos reinados de David y Salomón son muy diferentes ya que David era la figura de Cristo el rey rechazado, mientras que Salomón es la figura de Cristo el rey glorificado en relación con su reinado de mil años, proféticamente. Por eso no hay interregno.

8.2 - La oración de David a propósito de la Casa de Dios

David anhelaba mucho construir la casa de Jehová, pero no pudo poner ni una sola piedra. Sin embargo, las preparó todas, y esto es lo que hizo nuestro Señor durante su camino como hombre por la tierra mediante la realización de su obra: adquirió y preparó todo, pero no se puso ninguna piedra del edificio de la gracia; hay que esperar su resurrección, su glorificación y el descenso del Espíritu Santo para que este edificio de la gracia se constituya en las diferentes formas que la Palabra da, ya sea la familia, el Cuerpo, etc.

David, por lo tanto, no puso ni una sola piedra, pero 1 Crónicas 29 está ahí para decirnos que obró con todas sus fuerzas; puso toda su inteligencia y todo su fervor en preparar todo; todo estaba listo, pero no era el rey rechazado, no era Cristo el rey rechazado quien construyó la casa –fue Cristo el rey glorificado.

Y cuando Salomón con Hiram, la figura del Espíritu Santo, construirá la casa, el templo de Jehová, no se oyen instrumentos de trabajo; las piedras ya están a la medida, solo hay que ponerlas sobre el fundamento: ¿no es maravilloso? La Iglesia fue constituida cuando Cristo fue elevado a la gloria, y no había nada que añadir a su obra para que las piedras pudieran constituir esta Casa de Dios, de la cual, por pura gracia, nosotros somos las piedras vivas.

8.3 - El contenido de la oración de Salomón, y la respuesta de Dios

Pero volvamos a nuestro capítulo de 1 Reyes 3. Salomón es joven, tiene ante sí este reinado, un gran pueblo para dirigir, para juzgar (en el sentido de discernir sus necesidades, y conducirlo). Es muy hermoso ver esta primavera de Salomón, dejando de lado su responsabilidad frente a la cual fracasó totalmente. Jehová se dirige a él y le hace oír cosas mientras duerme. Este sueño, son las condiciones en las que la personalidad se desvanece; estamos de alguna manera fuera de nosotros mismos, y Dios le hablará.

¿Y qué dice Salomón en su oración? En primer lugar, tenemos expresiones de gratitud por lo que Dios fue para su padre: ¡qué hermoso es!

Después (en segundo lugar), «Tú has hecho para con tu siervo David, mi padre, gran merced, así como él anduvo delante de tu rostro con fidelidad y en justicia, y en rectitud de corazón para contigo». Qué hermoso es ver a un niño, un joven, evocando las cualidades, virtudes y valor espiritual de su padre. Esto no significa que su padre fuera perfecto; es bien sabido que David cometió faltas de extrema gravedad; pero tuvo rectitud: «Como mi siervo David… que era recto a mis ojos» (1 Reyes 14:8), para confesarlas y juzgarlas, y por ello conocer la restauración (¡no hay otra manera!). Pero lo que Salomón recuerda de la vida de su padre es que caminó ante Dios en verdad, en justicia, en rectitud y con un corazón comprometido con su Dios. Qué hermoso es este testimonio. Dios quiera que el recuerdo de los que caminaron antes que nosotros sea de esta naturaleza. ¡Oh, que la generación que se desvanece deje tales recuerdos! ¡El testimonio de un hijo a su padre!

Entonces Salomón se volvió a Dios y dijo: «Le has guardado esta gran merced de darle un hijo que se siente sobre su trono, como parece hoy». Salomón señala que la fidelidad de Dios a su padre continuó en que él mismo, Salomón, es el objeto del cumplimiento de las promesas hechas a su padre.

Luego leemos: «Ahora pues, oh Jehová, Dios mío, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre; y yo soy un niño pequeño, y no sé cómo me debo conducir». Después de esta feliz y loable evocación, procedente de un corazón que ha podido ver, bajo los ojos de Dios, las cosas con respecto a su padre, Salomón se da cuenta de su incapacidad, dada su corta edad, y de su inexperiencia ante la inmensa tarea que se presenta ante él. «No sé cómo me debo conducir»; estas expresiones «cómo me debo conducir» o «entrar y salir» equivalen aproximadamente a «ir y venir». En cierto modo, esto abarca la vida en el interior del santuario, y la vida práctica que sigue a la manifestación de lo que hemos recogido en el interior; recogemos en el interior del santuario para hacer el trabajo que se nos ha confiado en el exterior.

«Y con todo tu siervo está en medio de tu pueblo que has escogido, pueblo grande, que no se puede numerar ni contar por la muchedumbre de él». Salomón está preocupado, dada su inexperiencia y su juventud, por la amplitud de la tarea que se le ha encomendado. Se da cuenta de su insuficiencia frente a lo que se le pedirá. Es un sentimiento loable. No dice: “Soy fuerte, todo irá bien; con la inteligencia que se me da, todo solo puede ir bien”. No, él ve la amplitud de la tarea, la seriedad de la misión que se le pide en medio de un numeroso pueblo para cumplirla.

«Da pues a tu siervo un corazón inteligente, para juzgar a tu pueblo, para poder distinguir entre el bien y el mal; porque ¿quién es capaz de juzgar este tu pueblo tan grande?» Pide un corazón que escuche. «He aquí, el obedecer mejor es que sacrificios, y el escuchar que el sebo de los carneros» (1 Sam. 15:22), y «Oh, si mi pueblo me oyera» (Sal. 81:13). Este es un buen punto de partida, pero a veces ¡amamos más hablar que escuchar! Qué importante es estar atento a esta exhortación tantas veces repetida, este mandato que recorre las Escrituras, invitándonos a prestar oído, a escuchar, a estar atentos a las enseñanzas divinas, a las directrices que nos da la Palabra, a escuchar para poder caminar.

Entendemos que tal oración, muy diferente de la de Jabes, solo podía contar con la aprobación del Señor, de Dios: «Y esta petición agradó al Señor, por haber pedido Salomón semejante cosa… Y además, lo que no pediste te lo doy, así riqueza como gloria». Leemos en la Epístola a los Efesios que él responde infinitamente más allá de lo que sabemos pedir o pensar. Tenemos un ejemplo notable de esto aquí en la respuesta de Dios a la oración expresada por Salomón: «Además, lo que no pediste te lo doy».

Dios nunca será un deudor; él se complace en bendecir. En los días felices de su reinado, Salomón se benefició enormemente de la experiencia de que Dios da lo que no se le pide.

8.4 - La carne no envejece

Un poco más adelante en el mismo libro (1 Reyes 10), Salomón reina, y se viene de todas partes para conocerlo, para escucharlo, para beneficiarse de su sabiduría. Todo esto muestra que, por muy real que fuera esta sabiduría de un hombre incomparable y único en la tierra, toda su sabiduría no lo protegió de la caída. El extraordinario conocimiento de Salomón no lo preservó. Era falible como cualquier otra persona, e incluso cuando uno llega a la vejez, y esa vejez atenúa o disminuye el cuerpo, es decir, el hombre exterior, sin embargo, la carne no se atenúa por ello. La carne nunca envejece, tiene una salud extraordinaria; la carne siempre tiene plena capacidad de actuar. En los días de su vejez, Salomón cayó en las concupiscencias de la juventud sobre las que había advertido como ningún otro. Ni el conocimiento, ni la vejez son murallas; lo único que guarda al creyente es el temor al Señor y caminar en comunión con Él.

8.5 - La petición de la reina de Saba

Leemos en 1 Reyes 10:10-13, acerca de la reina de Sabá: «Y ella dio al rey ciento y veinte talentos de oro, y especias aromáticas en muy grande abundancia, y piedras preciosas: nunca más vino tanta abundancia de especias aromáticas como las que la reina de Sabá dio al rey Salomón. Y también la flota de Hiram que traía oro de Ofir, trajo también de Ofir muy grande acopio de madera de sándalo, y de piedras preciosas. E hizo el rey de la madera de sándalo balaustradas para la Casa de Jehová, y para la casa del rey; hizo arpas también y salterios para los cantores: nunca más vino semejante madera de sándalo, ni se ha visto hasta el día de hoy. Por otra parte el rey Salomón dio a la reina de Sabá todo cuanto ella quiso, y cuanto pidió; fuera de lo que Salomón le había dado de su real munificencia. Se volvió pues, y se fue a su tierra, ella y sus siervos».

Inmensamente rica, esta reina ofrece regalos incomparables; solo el oro equivale a unos 50 millones de euros. En la medida de sus posibilidades, expresó su gratitud y admiración por Salomón. Además, ella le expuso todas sus preguntas, todos sus ejercicios y todo lo que le llenaba el corazón, y él los contestó, y respondió a todas sus peticiones. Y a esto se añade lo que Salomón le dio: «El rey Salomón dio a la reina de Sabá todo cuanto ella quiso, y cuanto pidió», pero además de lo que ella pidió, le dio «de su real munificencia», se podría decir que según su voluntad. Este es otro ejemplo entre muchos que nos muestra que Dios responde más allá de nuestras necesidades, Él sabe lo que es bueno para nosotros.

8.6 - La viuda del profeta –2 Reyes 4

Podríamos multiplicar los ejemplos. Estamos familiarizados con la escena de 2 Reyes 4, donde una viuda tenía que pagar una enorme deuda cuando no tenía nada. Eliseo le dijo: «¿Qué tienes en casa?», «Nada tiene tu sierva en casa sino una botija de aceite», «Ve, pide prestadas para tu uso… vasijas vacías», y añadió: «No dejes que sean pocas. Luego… cerrarás la puerta… y vaciarás el aceite en todas aquellas vasijas», hasta que, cuando todas las vasijas estuvieron llenas, le pidió a su hijo: «Alcánzame otra vasija». ¡Ah, no hay más!

Podemos llenar vasijas vacías, pero nunca se puede llenar una vasija ya llena. Si nuestros corazones están llenos de cosas triviales, y nuestra vida desborda de actividad que no deja lugar al Señor, él no podrá poner nada en ella. «Tráeme vasijas vacías», vacías de nosotros mismos, es lo más difícil de vaciar. No solo hay que vaciar el corazón de actividades, tal vez de atracciones, de cosas loables en sí mismas, e incluso humanamente provechosas, sino que hay que vaciarse de sí mismo. Incluso un apóstol Pablo, erudito como era, fue capaz de decir: «Nada soy» (1 Cor. 13:2), y así, liberado de sí mismo, pudo llenarse del amor de Cristo.

«Alcánzame vasijas vacías», entonces el aceite figura del Espíritu Santo, trabajando en nosotros, podrá llenarnos, y al final de esta maravillosa y bendita experiencia, no es el aceite el que se ha agotado, sino las vasijas que faltan. «Ve, vende el aceite, y paga tus deudas; y tú y tus hijos viviréis de lo sobrante». Se podrían añadir muchos ejemplos, pero el pensamiento traducido es siempre el mismo.

9 - Las oraciones de dependencia y de confianza

Que el Señor quiera llenar nuestros corazones y alimentar en nosotros esta dependencia, esta confianza que lleva a nuestros corazones a abrirse al Señor, a liberarlos de nosotros mismos para que Él ocupe el primer lugar en ellos y que pueda alimentar, mantener y desarrollar nuestros afectos hacia Él, y para que así podamos vivir en una comunión, una intimidad que solo puede glorificarle y sernos provechosa.

Que estos pocos pensamientos nos lleven a ocuparnos de estas peticiones expresadas por Jabes y que también constituyan en cada uno de nuestros corazones un ardiente deseo: el Señor se complacerá en concederlo.


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