La apostasía y su antídoto


person Autor: Biblicom 52

flag Tema: La apostasía


Apostatar, es abandonar la fe que se había confesado hasta entonces. El apóstol Pablo fue acusado de apartarse de las enseñanzas de Moisés (Hec. 21:21). Sin embargo, el hecho de apostatar rara vez es repentina; la mayoría de las veces es un proceso lento que no siempre conduce a una ruptura completa.

Muchos reyes y reinos de Israel y Judá se convirtieron en apóstatas. Acaz, rey de Judá, llegó a inmolar a su propio hijo y a copiar el modelo del altar que había en Damasco, para instalarlo en el templo de Jerusalén (2 Reyes 16:1-15).

Desde la caída en el Edén, la apostasía ha afectado a todas las generaciones. La Escritura nos dice que culminará en los últimos días antes de la venida del Anticristo, cuya religión será un cristianismo apóstata, que dará cabida a todas las religiones (2 Tes. 2:1-12). A lo largo de la historia de la Iglesia, verdaderos cristianos, por ignorancia o por debilidad, han contribuido al desarrollo de la apostasía…

Hombres como Agustín y Lutero son considerados con razón como verdaderos creyentes. Sin embargo, Agustín sentó las bases doctrinales de muchos dogmas católicos romanos, esa gran institución apóstata que es la iglesia católica romana. Lutero, conocido por su valiente postura contra esta iglesia, se equivocó en su odio anti-bíblico hacia los judíos.

A medida que el mundo avanza hacia la plena realización de la apostasía, todos los cristianos estarán sometidos a su destructivo poder de seducción.

¿Cuál es el antídoto? ¿Cómo podemos evitar ser contaminados?

El primer elemento de prevención se expone en el Salmo 1:1 «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado…».

El salmista da instrucciones para una vida espiritual fructífera en el Señor. Se centran en cómo debemos ser fortalecidos por la Palabra de Dios, y comienzan con la advertencia de no seguir el consejo de los impíos, cuando intentan apartarnos de la enseñanza de las Escrituras.

Un factor desestabilizador importante es que cada vez menos cristianos profesos creen en la suficiencia de la Palabra de Dios, a pesar de que ofrece «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad» (2 Pe. 1:3). Cada vez más buscan la sabiduría del mundo secular (un ejemplo entre otros: los psicoterapeutas que no pueden responder a las verdaderas necesidades espirituales). Cada vez más, la afiliación se busca también a través de técnicas de marketing tomadas del mundo actual.

Después de dar estas advertencias, el salmista pasa a presentar la medida principal que los creyentes necesitan incorporar a sus vidas: «Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche» (Sal. 1:2).

El escaso conocimiento de la Palabra de Dios entre los creyentes es la principal razón del rápido progreso de la apostasía. Pocos la leen realmente, y a menudo no la utilizan como guía para su vida diaria. Al parecer, no se toman en serio las palabras de Jesús: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». La Biblia nos dice que esa actitud se generalizará en los últimos días (2 Tim. 4:3-4).

Hoy, los absolutos bíblicos y la unicidad del camino de la salvación son vistos por el mundo como el modelo de la intolerancia. Una acusación para la que muchos creyentes no tienen respuesta bíblica. Meditar en la Palabra de Dios es la solución a esta situación. Además, al leer su Palabra, somos alentados y ayudados por el Señor. En su oración por los suyos: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad» (Juan 17:17). El Señor Jesús nos quiere santificados, apartados, como aquellos que (sin importar lo que el mundo piense o diga) confían en su Palabra y su Verdad. También es esta verdad la que nos hace libres (Juan 8:31). «Que luchéis por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3), y hacerlo con confianza, es parte de esa libertad. No podemos «luchar» por algo que descuidamos o ignoramos. Ser capaz de defender la propia fe, solo puede provenir de un estudio disciplinado de las Escrituras.

El creyente que medita en la Palabra de Dios descubrirá que sus esfuerzos tienen un doble efecto: será guardado contra la apostasía, y al mismo tiempo su fe será fortalecida. Cada vez más, dará mucho fruto y prosperará (Sal. 1:3).

La Palabra de Dios está en el centro de esta guerra espiritual. La estrategia del Adversario es desacreditar las Escrituras de todas las maneras posibles. Insinúa la duda con la pregunta: «¿Conque Dios os ha dicho…?» (Gén. 3:4-5), es decir: “¿Dios dijo realmente?” Los que no comprenden que están comprometidos en una lucha de este tipo ¡ya están cautivos de las mentiras del Adversario!

En cuanto a los que quieren combatir la buena batalla de la fe, necesitan una armadura espiritual (2 Cor. 10:4). Todas las armas de Dios están a su disposición (Efe. 6:13-17). A medida que la batalla se intensifica antes del regreso del Señor, como anuncia la Escritura, debemos seguir la exhortación del apóstol: «Orando en el Espíritu mediante toda oración y petición, en todo momento, y velando para ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Efe. 6:18).

Necesitamos fortalecer nuestros vínculos con otros hijos de Dios en la comunión fraterna para el consejo, el estímulo, la corrección, el consuelo y la edificación mutua (Mal. 3:16). Apartándonos de la iniquidad (2 Tim. 2:19) y siguiendo con ellos «la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón puro invocan al Señor» (ibíd. 2:22).

Si esto se convierte en nuestra práctica, mientras esperamos el regreso del Señor, incluso si la apostasía reseca nuestro entorno espiritual, seremos semejantes a un árbol plantado junto a una corriente de agua, que da su fruto en su temporada, cuyo follaje no se marchita; y que, hagamos lo que hagamos, prosperará en el Señor.


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