El sendero del justo en el tiempo de la apostasía

Éxodo 33:1-11; 2 Timoteo 2:16-22


person Autor: William John HOCKING 15

flag Temas: La decadencia, la ruina, el declive, los remanentes La apostasía


Existe una íntima relación entre estos dos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Ambos contienen instrucciones divinas para los que buscan hacer la voluntad de Dios en el día de la apostasía, y tienen, por lo tanto, una aplicación especial en el tiempo presente.

El término apostasía implica una idea de alejamiento o abandono de lo que es verdadero y que antes se tenía por verdadero. Es el abandono de la verdad por otro terreno, es hacer una confesión diferente a la que se hizo anteriormente. La apostasía se desarrolló entre los hijos de Israel, según la historia del Antiguo Testamento, y en la Iglesia de Dios incluso en los tiempos del Nuevo Testamento. Los dos, Israel como la Iglesia, dejaron la posición original que Dios les dio en la tierra. Abandonaron la verdad de forma tan grave y rápida que se expusieron al juicio inmediato de Dios. Pero la Escritura nos dice que Dios se complació en diferir la ejecución de su juicio.

Durante este respiro, Dios ha prescrito, para el justo, un camino o conducta que le es agradable. Recompensará a los que la sigan en el futuro y les concederá una compensación inmediata. Estas condiciones son válidas para aquellos que, en el tiempo presente, permanecen fieles en presencia de la apostasía.

1 - La elección de Israel para dar testimonio de un solo Dios

Los dos pasajes citados anteriormente hablan de un abandono de la verdad divina tanto por parte de Israel como de la Asamblea de Dios, por su pueblo terrenal y por su pueblo celestial. También hablan de la gracia de Dios, glorificada en su juicio contra los apóstatas, y de la forma en que debemos comportarnos en esos tiempos, para tener su aprobación y presencia.

Veamos primero la apostasía de Israel tal y como se nos cuenta en Éxodo. Jehová acababa de sacar al pueblo de la casa de esclavitud de una manera que asombraba a las naciones del mundo. Nunca antes, en la historia de la humanidad, un inmenso número de hombres, mujeres y niños había podido cruzar el mar a seco en el curso de una sola noche, y que sus enemigos y opresores desaparecieran en ese mismo mar y en esa misma noche. Sin embargo, así es como Jehová había redimido a su pueblo de Egipto y lo había llevado al otro lado del mar Rojo.

Los hijos de Israel habían sido redimidos, en figura, por la sangre del Cordero. En el momento en el que el juicio de Jehová caía sobre los egipcios idólatras, ellos estaban protegidos por el símbolo de su presencia; la columna de nube y fuego los había salvado y había destruido a sus enemigos. Jehová los había llevado al otro lado del mar Rojo, al desierto, para hacerles comprender el propósito que tenía, en sus sorprendentes y excepcionales medios para con ellos, la simiente de Abraham. Iba a confiarles su honor y gloria en el mundo como Dios único y supremo, exigiendo de todas las naciones y de todas sus criaturas, una adoración absoluta. Por la fidelidad a su voluntad, debían ser, ante las naciones idólatras que los rodeaban, el testimonio de que había un solo Dios, y que Jehová, el Dios de Israel, era ese Dios. No debían tener otro dios más que él. Obedeciendo a su voz y guardando su pacto, serían su propio pueblo, su tesoro especial, por encima de todas las naciones del mundo.

Jehová había llevado a la casa de Jacob y a los hijos de Israel al pie del monte Sinaí para recibir esta comunicación y los términos de su pacto, que dependía de su obediencia implícita. Orgullosos y satisfechos de sí mismos, afirmaron estar dispuestos a cumplir cualquier condición que les impusiera.

Se podría pensar que los largos años de dura esclavitud en Egipto deberían haberlos humillado y llevado a desconfiar de sí mismos en presencia de la majestad de Jehová. Habían estado cautivos bajo Faraón, y sin fuerzas para liberarse. No tenían ninguna esperanza, ni ningún poder para liberarse, pero solo Jehová, con su mano derecha, los había hecho salir. Se podría pensar que habían aprendido esta lección: que hay que mirar fuera y no dentro de sí mismo para encontrar la fuerza. Y, por tanto, debían confiar exclusivamente en Jehová, en su poder y ayuda en esta nueva relación. Pero no eran conscientes del mal que había en sus propios corazones. Se creían capaces de cumplir con todas las obligaciones que se les imponía. Aunque todavía llevaran las marcas de los latigazos de los extorsionadores y de su degradante esclavitud, eran, al pie del monte Sinaí, un pueblo orgulloso y de cuello duro.

Cuando Jehová les propuso los términos de su pacto con ellos, por el cual debían guardar su ley y ser fieles a su nombre, declararon con deplorable ligereza: «Todo lo que Jehová ha dicho, haremos» (Éx. 19:8). Aceptaron con ligereza la obligación de una obediencia perfecta. Se presentaron ante su Liberador y Redentor, confiados, en sus propias fuerzas para cumplir su ley, aunque esa ley, por breve que fuera, conllevaba la sentencia de muerte por desobedecer una sola de sus diez palabras.

Asumieron el riesgo de las consecuencias del incumplimiento de sus compromisos. El pacto se selló entonces solemnemente. Sellados con la sangre de los sacrificios rociados sobre el libro del pacto y sobre ellos mismos. Era un pacto de muerte, pero lo aceptaron. Oyeron la voz de Jehová en el monte, hablando con truenos y relámpagos, con esos tonos terribles que los hacían temblar, pero aun así dijeron: «Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos» (Éx. 24:7).

2 - Moisés recibe las tablas de la ley

Habiendo aceptado, los hijos de Israel, el pacto de la ley, Moisés subió al monte Sinaí para recibir los diez mandamientos en forma escrita, que debían permitir referirse a ellos sin cuestionarlos. Jehová escribió con su dedo sobre dos tablas de piedra las palabras que había ordenado mediante Moisés. Este subió a la presencia de Dios, y en la nube que envolvía la montaña, desapareció de la vista. Estaba allí con Dios, ayunando durante 40 días y 40 noches, para recibir de Él «la ley de los mandamientos en forma de decretos» (Efe. 2:15), que el pueblo se había comprometido a cumplir bajo pena de muerte por cualquier desobediencia.

Fue durante esta ausencia de Moisés cuando estallaron los problemas en el campamento (Éx. 32). «El que confía en su propio corazón es necio» (Prov. 28:26), porque no toma en cuenta a Dios. Sus prejuicios y el orgullo de sus propios deseos lo influencian más que la Palabra de Dios. Es la vista de sus ojos quien lo gobierna, más que la fe de su corazón.

Así fue que, tardando Moisés en la nube, el pueblo incrédulo dijo a Aarón: «Porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido» (Éx. 32:1). Fíjense en estas palabras: «Este varón que nos sacó». Era absolutamente falso. Solo tenían que retroceder tres meses para recordar la fecha de su gran liberación y pensar en los acontecimientos tan asombrosos como la muerte de los primogénitos y el cruce del mar Rojo. Así que, poco después, ¡estos milagros se atribuyeron al hombre y no a Dios!

Pero Israel se olvidó de su Dios Salvador, y de Moisés, su siervo. Le dijeron a Aarón: «Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros». Este hombre, Moisés, ha desaparecido; no sabemos qué le ha pasado, además, poco nos importa. Necesitamos algo visible para poder inclinarnos y rendir homenaje con el corazón. Haznos una imagen que sea nuestro liberador, nuestro redentor, nuestro guía y nuestra ayuda en el desierto.

Un ídolo mudo era la terrible ilusión que buscaban para ellos; y Aarón, un personaje débil, recto en muchas cosas, pero irresoluto ante el inquieto pueblo que exigía un dios, no pudo resistir sus demandas. Les dijo que le dieran sus pendientes de oro y se los trajeran. ¿Acaso pensó que se negarían a hacer el sacrificio? Pero lo hicieron. Aarón fundió el becerro de oro, y el pueblo satisfecho gritó: «Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto». Tres meses antes, el poder de este “becerro” ¿había dividido las aguas del mar Rojo?, ¿los hizo cruzar a ellos, a sus esposas e hijos y a todas sus posesiones? ¡Ese becerro! Y se postraron y adoraron la imagen de un buey que come hierba.

El pueblo hizo una fiesta a Jehová, atreviéndose a unir Su nombre a la adoración del ídolo. Se levantaron temprano, ofrecieron holocaustos y comieron las ofrendas de paz. Se sentaron a comer y beber y se levantaron a disfrutar. Sin embargo, Dios había dicho de ellos a Moisés que serían su pueblo, y que no debían tener otros dioses. Y ahora bailaban alrededor del becerro de oro, y se divertían. Ya habían roto las dos tablas de la ley. No solo habían deshonrado a Dios, y adorado la imagen de oro de un becerro, sino que, en sus concupiscencias, ellos mismos se habían deshonrado. La grosera apostasía ya estaba ahí. El pueblo había abandonado abiertamente lo que le había sido confiado.

3 - Pero Jehová ve la apostasía en el campamento

¿Qué se debía hacer? Jehová vio, desde la cima de la montaña, lo que ocurría al pie del Sinaí. Anunció a Moisés que Israel ¡adoraba un becerro de metal fundido! Utilizando las propias palabras del pueblo, Jehová los llama: «Tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto» (32:7). ¡Son tu pueblo, Moisés! Tú eres quien los sacó de Egipto. Ellos mismos lo dicen. ¿Cómo puedo llamarlos “mi pueblo” cuando están haciendo lo mismo que no quiero que hagan, que es la razón por la que los saqué de Egipto? Han vuelto a los ídolos de Egipto. Me quitan la gloria y se la dan a una imagen inanimada.

Dios dijo a Moisés que quería destruirlos. La condena de esta ley que se habían comprometido a observar era caer sobre la nación debido a su desobediencia. «Déjame», dijo, «que se encienda mi ira contra ellos y los consuma» (v. 10). Jehová amenazaba con borrarlos de la faz de la tierra por su terrible apostasía.

¿Cómo es que no los destruyó y por qué no estalló su ira? Es porque Moisés estaba allí ante él. Había escuchado las solemnes palabras de la justicia de Jehová, y había asumido una nueva labor, un oficio de bendición para la nación pecadora. Moisés se convirtió en mediador del pueblo apóstata, caído en la idolatría, y comenzó a interceder por él.

4 - El mediador en la montaña

Debemos mencionar aquí los tres oficios importantes en relación con los que confiesan el nombre del Señor: Mediador, Abogado y sumo Sacerdote. Nuestro amado Señor asume estos tres oficios. El Mediador es para los que han pecado y han abandonado el estado que Dios les había dado; el Abogado es también para el que ha pecado, pero está con el Padre (1 Juan 2:1), y es a través de Jesucristo, el Justo que la comunión de los que son de la familia de Dios está mantenida. El sumo Sacerdote es para los peregrinos de Dios durante la travesía del desierto, llenos de dolencias y expuestos a todos los fallos. Es a ellos a quienes el sumo Sacerdote proporciona fuerza y simpatía en los momentos de necesidad.

Menciono estos dos últimos cargos solo de pasada. En la montaña, Moisés era mediador, e intercedió por el pueblo, que sin esto estaba condenado. Por eso no los llama su pueblo, sino el pueblo de Jehová. Dijo: «¿Por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo?» (v. 11). Le recuerda a Jehová lo que había jurado a Abraham, Isaac e Israel, que había elegido a este pueblo cuando había hecho sus promesas a los padres, y que había sacado de su simiente una nación, sus testigos en la tierra prometida como herencia.

Esta mediación de Moisés suspende el juicio del pueblo. Jehová escucha la voz del mediador. No podía retirar nada de la petición de Moisés, pues había prometido a Abraham que su simiente sería una bendición para todo el mundo y que poseería la tierra de los amorreos. ¿Cómo podría contradecir su propia palabra, confirmada por su juicio irrevocable, incluso cuando el pueblo caería en la idolatría?

5 - Las tablas rotas, signo de la apostasía de Israel

En consecuencia, Jehová retuvo su mano, y Moisés bajó del monte al cabo de los 40 días con las dos tablas de la ley. Pero, cuando llegó al campamento, cuando vio el ídolo brillando al sol y al pueblo festejando a su alrededor, se encendió su ira. Él, que se había postrado ante Jehová en el monte y había intercedido con todo su corazón por el pueblo culpable, estaba ahora inflamado de celo por el honor de Dios. Arrojó las tablas de piedra de sus manos, porque simbolizaban la transgresión del pueblo.

¿Cómo habría podido introducir Moisés, en el campamento idólatra, aquellas tablas?, que decían: «No tendrás dioses ajenos delante de mí», «No te harás imagen», «No te inclinarás a ellas» (20:3-5). El pueblo había escuchado estas palabras, pero no había cumplido con el pacto hecho solemnemente.

Por eso Moisés rompió las tablas a la vista de todo el pueblo. Antes de que llegara a ellos, la ley fue paralizada de hecho y de figura. La historia nos dice que Moisés intercedió por los hijos de Israel tres veces; pero no podemos seguir con el estudio de esta historia, por interesante e instructiva que sea. Esta refuerza un paréntesis muy importante, que recomiendo a la atención del lector, en el relato del libro del Éxodo (cap. 32-34).

Durante los primeros 40 días, Moisés había recibido la ley y diversas instrucciones relativas a la construcción del tabernáculo, la morada de Jehová en el campamento (cap. 25-31). Luego vino ese pecado, la apostasía, tratada en el paréntesis; y el tema de la construcción del tabernáculo se retoma en el capítulo 35. Pero por ahora solo nos preocupa el hecho de que Israel se encontraba ante Jehová como un pueblo que se había condenado sí mismo, rompiendo el pacto y fallando en el estatus que se le había dado.

6 - El mismo fracaso en la Iglesia

La historia temprana de la Iglesia de Dios, que comenzó con el descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, tiene mucho en común con este triste episodio de la historia temprana de Israel. El Espíritu Santo descendió según la promesa y, por su omnipotencia invisible, formó en una sola compañía a todos los creyentes que estaban en la tierra en aquel momento. Esta unidad fue formada, no por los lazos de la carne y la sangre, no por ninguna similitud de opinión, acción o rango, sino por su propio poder de asimilación, porque habían sido redimidos por la preciosa sangre de Cristo y elegidos en él desde antes de la fundación del mundo.

Así, por un poder divino, ajeno a la tierra, descendido del cielo, los creyentes fueron hechos uno, uno de corazón, uno de mente; siendo única esta unidad, teniendo como característica esencial que todos los que en la tierra eran de Cristo, estaban unidos a Cristo, la Cabeza en el cielo. Así, la unidad de la Iglesia o Asamblea no era la de una nación o hermandad humana, ni la de una sociedad humana formada por la aprobación mutua para un determinado objeto, o para un determinado método de vida, o para algún interés especial común a todos sus miembros. La Iglesia de Dios está unida en sí misma porque está unida a Cristo en el cielo, independientemente de su propia elección o deseo. Para ello, antes de su ascensión, el Señor, dirigiéndose a los suyos, les dijo que debían ser sus testigos; que, si le amaban, debían guardar sus mandamientos; que él se iba, y que ellos quedarían solos en el mundo; pero que les enviaría el Consolador, que permanecería con ellos, no solo por un tiempo, sino continuamente. Mientras la Iglesia estuviera en el desierto, el Espíritu Santo moraría en ella; quería que sus corazones le fueran fieles y que cada uno guardara su Palabra; el Espíritu Santo les enseñaría y abriría los obstáculos a su Palabra para que conocieran su mente y su voluntad para ellos. En ese momento el Señor no les reveló aún la verdad de la Asamblea, un Cuerpo único, pero sí les dio los principios esenciales de su vida práctica, especialmente el de la obediencia fiel durante su ausencia.

Luego, en los Hechos tenemos la historia de la formación de la Asamblea de Dios y su extensión mediante la predicación del Evangelio, y las epístolas dan las exhortaciones doctrinales y prácticas. De las mismas Escrituras aprendemos que la bancarrota y la apostasía aparecieron en la Iglesia en su mismo comienzo. No hace falta pasar muchas páginas del libro de los Hechos para ver que la santa y hermosa Asamblea de Cristo fue desfigurada por el pecado. Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo. Deliberadamente dijeron a los apóstoles algo falso, y trataron de engañarlos en medio de la Asamblea, la morada de Dios por el Espíritu. Así, la santidad de Cristo, la Cabeza de la Iglesia, fue empañada por primera vez, si se me permite hablar así, entre los suyos. En el mismo umbral de su historia, casi al mismo tiempo en que Cristo ocupara su lugar en el cielo, se cometió un pecado a la muerte en medio de la Asamblea de Dios.

No pretendo recordarles en detalle la triste historia de lo ocurrido en la Iglesia primitiva. Lean las Epístolas a los Corintios, Gálatas y Colosenses. Casi todas ellas hablan de la mala enseñanza y la mala práctica, profanando el honor y la gloria de Cristo y negando su santa Palabra. Podemos preguntarnos, al leer y meditar sobre estas cosas, ¿cómo es que la Iglesia, que pecó tan gravemente hace casi 2.000 años, sigue en la tierra hoy? ¿Por qué la gloria del Señor no ha barrido de la tierra a esta Asamblea infiel, como hizo con Ananías y Safira? ¿Por qué la Iglesia sigue en pie?

La respuesta a estas preguntas se encuentra en la analogía de la que hablamos con Israel. Hay un Mediador en el cielo, un sumo Sacerdote, un Abogado de la Asamblea. Está a la derecha de Dios, el Dios santo y justo. Cristo está allí para abogar por su Asamblea, y para salvar a toda la Asamblea en la tierra a pesar de la apostasía reinante.

¿Y qué pide él para su conservación? Él aboga por su propio amor y adquisición. «Cristo amó a la Iglesia» y se entregó por ella (Efe. 5:25). Podía decir: “¡Esta es mi Iglesia, oh Dios! La he comprado. Las aguas del juicio y de la muerte han pasado sobre mí y la han hecho mía. La santifico y la limpio diariamente con el lavado de la Palabra. Y ante mí tengo la gloriosa visión del día en que la tomaré para mí sin mancha ni arruga ni nada parecido”.

Además, el propósito eterno de Dios es que la Iglesia comparta la gloria de Cristo. La presciencia y la predestinación de Dios para este propósito, tal como se nos expone en la Epístola a los Efesios, están comprometidas con su mantenimiento hasta que se logre ese propósito. Es sobre este terreno que la Asamblea se sostiene, y sobre él también descansa la intercesión de Cristo en el cielo. No sería coherente con los principios de la justicia de Dios que la Iglesia apóstata estuviera aquí, separada del servicio mediador de Cristo, que murió y satisfizo la justicia de Dios en cuanto al estado de los creyentes en naturaleza y en práctica. Hubo un respiro para Israel, a causa de la promesa de Dios; también hay un respiro para la Iglesia a causa de su elección desde antes de la fundación del mundo.

7 - El castigo de Israel

Hemos visto que Israel fue salvada, pero su pecado no fue eliminado por completo. Leemos que cuando Moisés entró en el campamento, mostró al pueblo cuál era la opinión de Dios sobre su terrible pecado. Destruyó el becerro de oro y lo convirtió en polvo, que roció sobre la superficie del agua para que el pueblo bebiera el fruto de sus propias acciones. Los que la bebieron, bebieron el trago amargo de su propia condena como idólatras. El dios que habían adorado como su liberador de Egipto, lo recibieron en polvo y se lo tragaron. ¡Qué dios!

De este modo, el pueblo reconoció públicamente su pecado. No todos, pues al parecer hubo algunos que se negaron y se aferraron al becerro de oro. Fue sobre ellos que recayó el castigo. Moisés pidió voluntarios para actuar por la gloria del nombre de Jehová. Y los hijos de Leví, su propia tribu, hasta el último se reunieron con él.

Tenían que ponerse las espadas en los muslos, pasar por el campamento y matar a los que no se habían arrepentido y mantenían su idolatría e inmoralidad. Fueron justamente matados porque envenenaban el campamento con su idolatría y desprecio a Dios. Así, el santo nombre de Dios fue limpiado por este acto de juicio, y la justicia de la ley fue sostenida por la muerte de los 3.000 hombres. Además, leemos que hasta el último «hirió al pueblo, porque habían hecho el becerro que formó Aarón» (Éx. 32:35), pero no fue destruido del todo.

8 - Un centro de encuentro fuera del campamento

Entonces, después de esta condena pública de la apostasía, ocurre algo nuevo. Moisés instala el tabernáculo, o tienda, fuera del campamento. No puede tratarse, por supuesto, del tabernáculo que se construyó más tarde, en el que la gloria de Jehová habitaba en medio del campamento, porque su construcción no se había iniciado. No se nos dice qué tipo de tienda era. Probablemente una muy ordinaria, pero bien conocida por las tribus. Moisés la tomó y la colocó fuera del campamento, «lejos, fuera del campamento» (33:7).

¿Por qué eligió este lugar separado? Porque la contaminación del polvo del ídolo permanecía en el campamento a los ojos de Dios. El campamento había sido juzgado, pero no purificado. El nombre de Jehová, el Dios vivo y verdadero, había sido deshonrado allí; y Moisés levantó el tabernáculo fuera del campamento, y entró en él. No llamó a otros para que entraran con él, sino que se mantuvo separado del campamento que estaba bajo la maldición de Dios. Era tan celoso del honor del nombre de Jehová en el campamento como en la montaña.

Moisés llamó al tabernáculo la «tienda de reunión», la tienda del encuentro. ¿De dónde sacó este nombre, pues no lo inventa? Los capítulos anteriores nos dan las instrucciones que Moisés había recibido en la montaña. Allí había visto el modelo del tabernáculo de Jehová, la imagen de las cosas en los lugares celestiales, y allí había oído su nombre: «la tienda del encuentro» (véase Éx. 29:10, 44; 30:26).

Este era el nombre por el que se conocería la tienda de Jehová cuando se instalara en medio del campamento. Moisés utilizó este nombre para esta tienda especial, indicando que estaba actuando sobre las comunicaciones recibidas de Jehová durante los 40 días. Pudo decir a Jehová: “Sé que quieres habitar en tu pueblo. Sé que un tabernáculo debe ser construido según tu propia descripción. Esto no se puede hacer ahora debido a la contaminación del becerro de oro, pero voy a levantar esta tienda lejos del campamento contaminado y la llamaré con el nombre que has elegido: la tienda del encuentro”.

9 - La presencia de Jehová fuera del campamento

Moisés, el conductor del pueblo, entró en la tienda a la vista de todos. Los hijos de Israel estaban asombrados, cada uno ante su propia tienda. Se preguntaban qué podía significar esto; Moisés, que había estado ausente tanto tiempo, ¿desaparecería de nuevo y los abandonaría? Pero Jehová había escuchado la oración silenciosa de Moisés y le daba su aprobación. La columna de nube descendió y se puso a la entrada de la tienda, asociándose manifiestamente con este lugar de reunión a los ojos de la nación apóstata.

Los hijos de Israel reconocieron esta nube. La habían visto unas semanas antes en el cruce del mar Rojo, cuando se interpuso entre ellos y sus enemigos. Y ahora veían este símbolo protector de la presencia de Jehová, no en medio del campamento –estaba profanado–, sino a la puerta de esa tienda que Moisés había levantado fuera del campamento y donde él mismo estaba.

Así que cuando Moisés entró en la tienda, la columna de nube apareció en la entrada, lo que significaba que este nuevo lugar de reunión tenía la aprobación divina. Allí Jehová vino a hablar a Moisés, pero no con aquella voz terrible que había escuchado en la montaña, y que le había hecho decir: «Temí a causa del furor y de la ira con que Jehová estaba enojado contra vosotros» (Deut. 9:19). Era entonces la condición bajo la ley que, habiendo sido quebrantada, había dado lugar a la gracia por medio de la intercesión; y Jehová en su gracia habló a Moisés en aquella tienda solitaria fuera del campamento, «cara a cara, como habla cualquiera a su compañero» (Éx. 33:11).

Este nuevo lugar de reunión era, pues, aquel de la íntima comunión con Jehová, que había puesto su nombre en él. El propio Moisés fue obediente y «fiel en toda su casa» (Hebr. 3:5). Todos los que en el campamento tenían sentimientos similares y eran celosos del honor y la gloria de Dios, apartaron sus rostros del lugar que el ídolo había profanado y «buscaron a Jehová», saliendo del campamento hacia donde estaba la columna de nube.

¿No era mejor estar donde estaba Jehová? ¿No era mejor estar con su siervo Moisés, por Su nombre, que estar en el campamento contaminado por el polvo del ídolo y por la ruina moral que su adoración había imprimido en el pueblo? Seguramente era mejor estar donde estaba Jehová y reunirse en torno a la columna de su presencia. Muchos eligieron esta «buena parte» (Lucas 10:42).

10 - Mantenimiento de la Palabra escrita

Hemos visto que Jehová, al no poder reunirse con Moisés en el campamento contaminado por la apostasía de los hijos de Israel, le señaló un nuevo lugar de reunión, fuera y lejos del campamento, y que todos los que estuvieran celosos del honor y de la gloria de Dios debían salir del campamento tras Moisés. Es en este hecho, principalmente, donde se encuentra la analogía con 2 Timoteo 2:16-22.

En este último pasaje tenemos instrucciones para el día de la apostasía que todos conocemos. Pero podemos revisarlos juntos brevemente. Sin duda se aplican a nosotros ahora, como lo fue en la época del apóstol. De hecho, tienen aún más fuerza y urgencia hoy en día porque el abandono de la verdad revelada que se manifestaba en aquel momento no ha hecho más que aumentar desde entonces. Cuando se ha abandonado el camino correcto para seguir otro que se aleja de él, los dos caminos ya no se encontrarán y la distancia no hará más que aumentar a medida que se avanza.

En la época del apóstol, el abandono de la verdad comenzó a manifestarse en la Asamblea. Y Pablo anunció que vendrían «tiempos difíciles» (2 Tim. 3:1). Malas doctrinas y malas prácticas surgieron en la propia Iglesia, que era la guardiana designada de la verdad. Así como Moisés había llevado a Israel la segunda edición de la ley, escrita de nuevo por el dedo de Dios, para que la guardaran tanto en el desierto como en la tierra de Canaán, el mantenimiento de la Palabra escrita fue confiado a la Asamblea.

Moisés había dado a Israel la ley de Jehová, su Palabra, y fue puesta en sus manos para ser guardada y observada. Las dos tablas del testimonio estaban encerradas en el arca de madera de acacia, figura de nuestro Señor Jesucristo, en quien se mantenía intacta la integridad de la ley. Del mismo modo, la Palabra de Dios, su voluntad revelada y sus mandamientos expresos, han sido dados a la Iglesia para que los guarde en sus términos originales. Por tanto, debemos mantener firmemente, sin añadir ni quitar, la forma de las sanas palabras, especialmente las dirigidas directamente a la Iglesia en las Escrituras.

El Nuevo Testamento completo es un volumen muy pequeño. Pero contiene una suma de verdades que son extremadamente vastas en su aplicación. Debemos, Vd. y yo, mantenerlas. Esto se ha vuelto más difícil en los últimos tiempos, y es probable que lo sea aún más. Pero tenemos la responsabilidad de guardar los preceptos del Señor sobre la Asamblea, de mantenernos firmes, de obedecerlos, como personas que tendrán que comparecer ante el tribunal de Cristo, para ser examinados allí sobre su integridad. Por tanto, debemos ser fieles a las palabras de verdad que encontramos en el Nuevo Testamento. No es porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia, que podemos excusar nuestra dejadez en la obediencia a la Palabra de Dios, o nuestra negligencia para asegurarnos de cuál es nuestro deber.

11 - La tendencia a la desidia

¿Os habéis dado cuenta de que nosotros, que conocemos las riquezas de la gracia de Dios, somos a menudo los primeros en abusar de ella y en dar poca importancia al pecado? Recordemos cómo hemos venido a Dios, a Cristo, cargados con nuestros pecados, con esa enorme carga de culpa que nos aplastaba. Oh, cuánto tenemos que agradecerle por habernos perdonado. Pero precisamente porque la gracia ha venido a nosotros tan generosamente, nuestros corazones malvados pueden inclinarse a decir: “El pecado no importa, la desobediencia no importa, ya que podemos obtener el perdón de nuevo en un momento. Hagamos lo que nos agrada, lo que queremos. ¿No somos como los israelitas?, que decían: «Este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido». ¡Está fuera de la vista! ¡No importa lo que diga sobre mantener el pacto! ¡Queremos tener los dioses que nos gustan!”. ¿No tratamos a menudo con espíritu de apostasía la gracia que nos redimió?

“Sí”, diréis, “eso es cierto de la cristiandad en general”. ¿Pero qué hay de ustedes, lectores? ¿Somos todos absolutamente fieles y leales a la palabra de nuestro Maestro y a la verdad de su Palabra? Ciertamente, hemos conocido a cristianos que profesan abandonar la Biblia a trozos, arrancando páginas aquí y allá, y todavía diciendo que algo de lo que quedaba era bueno solo para los que creen en fábulas.

En todas partes la Palabra de Dios es despreciada y repudiada; pero ¿dónde está nuestro respeto por esa Palabra? ¿La tienen en tan alta estima que no pueden vivir un día sin ella, porque es necesaria para cada paso de vuestro camino, y para guardaros del pecado de desobediencia? Si no le dais este lugar en vuestra vida, os veréis obligados un día a decirle al Señor por qué habéis descuidado su Palabra y habéis hecho lo que es absolutamente contrario a ella.

12 - El sólido fundamento en medio de las arenas movedizas

En este capítulo 2, de 2 Timoteo, tenemos instrucciones divinas para la conducta del hombre fiel a Dios en un día de descuido general de su Palabra. Pablo habla de conversaciones vanas y profanas que deben evitarse, y de palabras que roen como la gangrena. Es el mal devorando al bien, como las vacas flacas de Faraón, y es el estado general de la profesión cristiana. No me detengo en este punto, sino en el que permanece y se opone a la influencia corruptora del mal.

Leemos en el versículo 19: «Pero», a pesar de toda la apostasía, ante la ruina espiritual de la cristiandad, «el sólido fundamento de Dios está firme». Lo que Dios ha hecho y lo que ha dicho es imperecedero; toda la iniquidad de los hombres y todas las maquinaciones de los malvados no pueden derribar lo que él ha establecido. La Iglesia está establecida sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo la piedra principal del ángulo. El fundamento es seguro y sólido. La revelación que lo concierne es invariable. Los montes y la misma tierra pasarán, pero no pasará ni una sílaba de la Palabra de Dios. Tenemos, pues, un fundamento sólido sobre el que asentar nuestro pie en medio de las arenas movedizas de la opinión religiosa.

Recomiendo esta solidez en las Escrituras a la atención de los jóvenes lectores. No lo abandonen. Puede que os hayan enseñado otra cosa en las escuelas, en el taller o en la oficina; puede que vuestros compañeros os hayan instado a desaprobar la infalibilidad de la Palabra de Dios. Os dirán que leer la Palabra o no leerla todos los días no tiene consecuencias; que no importa si ustedes creen en toda la Biblia o no; que los tiempos han cambiado desde que fue escrita, y que está desfasada. Vuestra respuesta es que el fundamento de Dios permanece. Lo que tenemos es tan cierto hoy como en el día en que fue escrito, como en tablas de piedra, por el dedo de Dios. La Escritura está escrita sobre un material imperecedero, un fundamento que nunca será destruido. Por lo tanto, aferrémonos a la Palabra de Dios, y no nos dejemos llevar por la palabrería vana y profana de la cristiandad.

13 - El sello de doble inscripción

Después de afirmar la permanencia del sólido fundamento de Dios, el apóstol utiliza la figura de un sello para mostrar la autoridad suprema vinculada a este fundamento. Aún más, este sello lleva una doble inscripción, cada una de las cuales tiene un significado especial a la luz del contexto: «Teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor». El hecho de que haya dos inscripciones en el sello sugiere que se trata de un sello de Estado que tiene una cara y un reverso. Esto lo distingue de un sello ordinario que está grabado en una sola cara.

Por lo tanto, el sello tiene dos caras y, para establecer la validez del documento sellado, es necesario tener impresiones de ambas. Creo que «sello» en nuestro texto significa: autoridad divina. El sello indica, por un lado, la soberanía del Señor y, por otro, su voluntad para los que reconocen su señorío y gobierno.

Se aplica al sólido fundamento de Dios, y se vincula especialmente a ese documento inspirado que escribió el apóstol Pablo a Timoteo, cuando estaba a punto de partir para estar con Cristo en el cielo.

Así que el sello nos habla de dos cosas. En primer lugar, habla de la omnisciencia de Dios respecto a los suyos en una época de ruina y desorden eclesiástico. En ese momento: «Conoce el Señor a los que son suyos». No debemos pasar rápidamente sobre esta afirmación como si fuera evidente. Ella tiene un valor especial en nuestros días. Cuando el trigo se mezcla con la cizaña, cuando la levadura está en la masa, cuando la profesión y la posesión real se mezclan inextricablemente en una completa confusión, el Señor conoce a los que son suyos. Conoce al hipócrita y al humilde. Nosotros podemos equivocarnos sobre la identidad, él jamás. Él sabe quiénes pertenecen a esta Iglesia que él aprecia y que pronto se presentará a sí mismo. Él baja su mirada sobre esa confusión que se nombra a sí misma por Su santo nombre; su ojo nunca puede ser engañado, y él conoce a los que son suyos. Esto es un inmenso consuelo para aquellos a quienes las condiciones de la cristiandad angustian, y que podrían temer que él los haya olvidado.

Pero en el reverso del sello tenemos la responsabilidad personal del individuo en las palabras: «todo aquel que». Así está claramente indicado: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor». «Señor» es el título utilizado en ambas inscripciones. Aunque estemos en tiempos de desorden, seguimos siendo siervos del Señor, y tenemos que dar cuenta a Aquel que es nuestro Jefe. Mientras la injusticia y la infidelidad prevalecen en la cristiandad, ¿nos esforzamos por ser aprobados por el Señor como sus buenos y fieles siervos?

Estemos seguros, el Señor tendrá algo que decirnos a cada uno de nosotros, sobre nuestra conducta en este día de apostasía eclesiástica, y es porque pronunciamos el nombre del Señor. Le conocemos como Señor; hagamos, pues, las cosas que él exige de nosotros, y las que son para el honor de su nombre. Cuando Moisés se separó del pueblo para honrar el nombre de Jehová, sucedió que «cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento».

«Apártese de la iniquidad todo aquel que» es una responsabilidad personal hoy como lo fue en el día del becerro de oro. La iniquidad o la injusticia, sea cual sea la traducción que se adopte, es especialmente odiosa para Dios. La palabra significa: hacer lo que no está bien. Y es de esto de lo que nosotros, que nos reclamamos del Señor, debemos separarnos. No debemos establecer una comunicación entre el Señor justo y la injusticia. El Evangelio es la revelación de la justicia de Dios, y: «la ira de Dios es revelada desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen con injusticia la verdad» (Rom. 1:18).

Este pasaje debería abrirnos los ojos a todos los que tenemos la verdad en una mano y la injusticia en la otra. El Señor justo ama la justicia, y dice a los que pronuncian su nombre, que se aparten de la injusticia, porque «¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad?» La voluntad del Señor es que los que llevan su nombre eviten toda asociación con el mal de la iniquidad.

Todos sabemos cómo el mero contacto puede transmitir una infección en el ámbito físico; así que el contacto con el mal espiritual nos contamina. Las experiencias ordinarias de la vida nos enseñan el peligro de la infección por contacto, y la inscripción del sello del sólido fundamento de Dios dice: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor».

14 - La casa grande y sus vasos

La figura de la «casa grande» de la que habla el apóstol en este pasaje parece ser un desarrollo de la instrucción que nos dan el fundamento y el sello. Esta figura no es nueva, pero llama la atención que aquí no esté vinculado el nombre de Dios. Timoteo debió notar esta omisión inmediatamente. En la Primera Epístola (3:15) se la llama «la casa de Dios (que es la Iglesia del Dios vivo), columna y cimiento de la verdad». En la Segunda Epístola es simplemente: «una casa grande».

Estas palabras nos hacen pensar en una casa construida para un hombre importante, para marcar el lugar que ocupa y la gloria que tiene en el mundo. Ella fue deteriorada, por lo que ya no puede ser llamada «la casa de Dios», el lugar donde se manifiesta su gloria en la tierra.

«Pero en una casa grande no hay solo vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para honor, y otros para deshonor». Ninguna distinción de naturaleza, a que haga despreciable a uno en comparación con el otro, se hace entre los vasos de oro y plata o de madera y barro. El «honor» de los vasos parece depender de su uso más que de su valor intrínseco. Son de diferentes materiales para diferentes propósitos. Los de oro y plata pueden ser para el honor del Dueño, así como los de madera y barro, cumplen el propósito para el que fueron hechos.

Lo que hay que ver es que, a los ojos del Dueño, el carácter individual de los vasos depende de su utilidad. Están en la casa para su uso y no para su adorno. En su estimación, los vasos que han sido mal utilizados se deprecian, no por el material del que están compuestos, sino porque han estado en contacto con algo impuro. Así, los vasos de oro del templo, que Nabucodonosor se había llevado a Babilonia, fueron utilizados allí «a deshonor». Su nieto Belsasar hizo un uso profano de ellos en el banquete que ofreció en su corte. Los vasos consagrados a Jehová ¡estaban llenos de libaciones para los ídolos! ¿Puede haber algo más deshonroso para Jehová que esto?

Pues bien, este es el principio que contiene la imagen. El criterio para juzgar los vasos, es saber si el honor pertenece al Dueño o no. Por eso, el empleo de un vaso «a deshonor», ya sea de plata o de barro, ¿no es un acto de iniquidad? Por ejemplo, el ecónomo que falsificó las deudas de su señor; ¿era justo o injusto? Cuando invitó al deudor que anotara 50 en lugar de 100, ¿no era culpable de un acto de iniquidad? El ecónomo era un vaso a deshonor, ya que un ecónomo es un siervo en la casa, especialmente responsable de velar por los intereses de su amo y de «apartarse de la iniquidad».

15 - Cómo llegar a ser un vaso a honor

Continuando con la figura, el apóstol vuelve a nuestra responsabilidad personal. Estamos en una casa grande, y entre sus diversos vasos. El Dueño está en el cielo: ¿qué debemos hacer? Algunos vasos están empleados «a deshonor». ¿Qué debemos hacer para no ser contados entre ellos? La respuesta se nos da: «Si, pues, alguien se purifica de estos, será un vaso para honra». Antes se invitaba a «todo aquel» a apartarse de la iniquidad: aquí se dice que hay que purificarse de los vasos a deshonor separándose de ellos.

Nos alejamos de la iniquidad mientras nos purificamos de las personas que son llamadas «vasos a deshonor». Esta purificación de sí mismo es un acto en honor al nombre del Dueño, y quien lo hace se convierte en un «vaso a honor».

¿Por qué me tengo que alejar de los «vasos a deshonor»? Porque mi Dueño, a quien sirvo, ha hecho de mí un representante en el mundo de su justicia y santidad durante su ausencia, y debo ser fiel a lo que me ha confiado. Debo ser puro y santo en mis relaciones externas. El resultado será que seré «un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena». No se dice que un vaso de barro o madera se convierta así en un vaso de oro o plata. El valor intrínseco del vaso no cambia, pero se convierte en apto para el servicio «para honra», porque evita ciertas asociaciones.

Y si el Dueño viene a la casa grande en busca de un vaso para honra, ¿cuál tomará? Ciertamente, no uno de oro si es impuro y está sucio. Su elección puede ser un vaso de barro si está santificado y es apto para su servicio. Nótese que es el hombre actuando para su Dueño en su ausencia como si estuviera presente, que es «útil» para el Dueño, «preparado» para su servicio. ¿Por qué? Porque en tiempos de apostasía el honor de su Dueño está, para él, por encima de cualquier otra consideración. Dice: “Seré fiel a mi Señor, y viviré solo para honrar su nombre. Lo que soy, lo que hago, mis asociaciones deben estar de acuerdo con la santidad y la justicia de mi dueño». Un hombre así es un vaso para honor, y puede ser empleado en lo que la voluntad del Dueño requiera.

16 - Lo que aquel que se purifica debe proseguir

Además de purificarme de los que son impuros, debo tener mucho cuidado conmigo mismo y con mis nuevas asociaciones. «Huye de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón puro invocan al Señor». El apóstol no establece un camino de reclusión para quien se separa de los vasos a deshonor. Si todavía tiene su responsabilidad personal ante el Señor que le hizo actuar, no se deduce que deba permanecer solo. Su lugar de separación no es un lugar de aislamiento. Guardarse de contagio es un simple deber, pero, si hay otros que hacen lo mismo, es con ellos con quienes debemos proseguir la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro. Es la reunión de los que buscan al Señor «fuera del campamento» (Hebr. 13:13).

En primer lugar, antes de andar en compañía de ellos, examinad vuestra propia condición espiritual. Huid de las concupiscencias a las que os expone especialmente la energía de la juventud. No os enorgullezcáis porque os hayáis purificado de los «vasos para deshonra». Existe el peligro de decir: “Alejaos; soy más santo que vosotros. No manchéis mis vestiduras” (véase Is. 65:5). Es fariseísmo creerse superior a los demás por estar separado del mal externo. Este orgullo es una abominación para el Señor, y una piedra de tropiezo para los demás.

A continuación, el apóstol enumera las cualidades espirituales que deben ser buscadas personalmente por aquellos que desean separarse de la impureza de la cristiandad. Se han alejado de la iniquidad: por lo tanto, deben proseguir primero la justicia, individual y colectivamente. El Señor dice: «Buscad primero el reino y la justicia de Dios».

Después de la justicia viene la fe, un nuevo objeto a proseguir. No creo que se trate de la fe personal para la salvación, sino de aquella fe que fue «enseñada una vez a los santos», la suma y la sustancia de la doctrina cristiana, dada para ser creída. Debemos actuar en base a lo que el Señor nos ha dado en su Palabra, y solo en base a eso.

Luego está el amor. Hay un amor que es espontáneo; no podéis evitar amar a ciertos hermanos y hermanas a causa de su manera de ser amable y gentil. Pero aquí «amor» sugiere un esfuerzo; es un amor que hay que buscar, que hay que proseguir. Una persona con un carácter desagradable y hosco, con un discurso áspero y mordaz, debéis amarla. Un Alejandro, el calderero, que os hace mucho daño, como un Bernabé que os hace un gran servicio. Buscad este amor. Es necesario incluso para aquellos que invocan al Señor Jesús con un corazón puro. El amor nos enseña a amar a los no amables, porque el Señor nos ha dado el ejemplo. Pero hay que proseguirlo para conseguirlo.

Por último, también debemos proseguir la paz. Es el fruto de la justicia y está asociado a ella en el reino de Dios. Así que no sembréis la discordia entre los que invocan al Señor con un corazón puro. Recordad que la voluntad propia es el gran enemigo de la paz. En una asamblea, muchas querellas y disturbios suelen ser causados por una o dos personas que insisten en su propia manera de ver. Nosotros mismos nos podemos equivocar, y ciertamente es a causa de la propia voluntad. Y este egoísmo es frecuentemente causa de división en las asambleas. Debo proseguir la paz con todos, las cosas que tienden a la paz, y las cosas por las que otros pueden ser edificados.

La falta de paciencia también puede ser una causa de problemas en una asamblea. A menudo, nuestro Señor podría haber abierto su boca para corregir y reprochar, ¡pero no lo hizo! Escuchaba, aguantaba y esperaba pacientemente de Dios el momento para hablar. Porque él había venido a traer la paz, no la espada. Esto es lo que debemos imitar, ya que este es el camino para buscar la paz.

Si vemos claramente la voluntad del Señor sobre un determinado tema y otros no lo ven, es un asunto para orar; pidamos al Señor que manifieste su pensamiento, en nuestros corazones, en los de nuestros hermanos y esperemos pacientemente su respuesta.

Si con este espíritu buscamos de todo corazón la paz en nuestro trato con los que invocan al Señor con un corazón puro, los santos de Dios estarán en un estado feliz.

Cuando nos apartamos de la ruina de la cristiandad, a causa de su injusticia ante el Señor, y nos unimos a los que invocan al Señor de corazón puro, corremos el gran peligro de llevar con nosotros los mismos elementos de desobediencia que provocaron la separación, la semilla de la oposición a la voluntad de Dios, o la de la mundanalidad, que conducen a la apostasía. Si no tenemos cuidado de caminar en el camino de la santidad, prosiguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz, podemos introducir nosotros mismos semillas de infección entre los que «invocan al Señor con un corazón puro».

No seamos culpables de tal deshonor. En cambio, seamos fieles al Señor y a su Palabra, mientras que la masa de los que lo confiesan se conforma con hacer lo que es correcto a sus propios ojos.

El Señor vendrá muy pronto a buscar su Iglesia. Él está probando nuestra paciencia, pero mientras él espera, apartémonos de la iniquidad, y deseemos con todo nuestro corazón hacer solo aquellas cosas que le agradan, y ser como él quiere. Este es el camino del justo, que «es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Prov. 4:18).

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1946, página 237


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